Kitabı oku: «Dilo, antes que sea demasiado tarde»

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Narrativa

DILO, ANTES QUE SEA DEMASIADO TARDE


DILO, ANTES QUE SEA DEMASIADO TARDE

© Luis Cifuentes Seves, 2020

I.S.B.N. 978-956-396-100-3

© Editorial Cuarto Propio

Valenzuela Castillo 990, Providencia, Santiago

Fono: 22 7926518

www.cuartopropio.com

Diseño y diagramación interior: Alejandro Álvarez

Diseño de portada: Rosana Espino

Imagen portada: Las energías del universo transformándose en la palabra.

Inspirado en un ideograma de los Códices Mayas.

Autora: Dra. Gricelda Figueroa Irarrázabal

Impresión:

IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE

1ª edición, octubre 2020

Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile

y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.

A Gricelda,

el gran amor de mi vida.

A Gricelda Figueroa por sus amorosos y eruditos comentarios.

A Valentina Montoya, por su delicada sinceridad.

A Katia Chornik, por su rigor y certeza.

Quiero que me digas amor

Que no todo fue naufragar

Por haber creído que amar

Era el verbo más bello

Dímelo, me va la vida en ello

(“Me va la vida en ello”,

Eduardo Aute, 1998)

Yo no sé lo que es el destino

Caminando fui lo que fui

Allá Dios que será divino

Yo me muero como viví

Yo me muero como viví.

(“El necio”,

Silvio Rodríguez, 1992)

Prólogo

He escrito desde la adolescencia, aunque en esos primeros años, más que nada como una manera de aclarar mis propias ideas.

En mi vida adulta, aparte de artículos derivados de mi trabajo académico, dediqué muchas líneas al ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, a temas históricos, políticos y universitarios, que resultaron en seis libros (hay otro en preparación) de los que soy autor o coautor; y en numerosos artículos para revistas tales como Araucaria, Análisis, Pluma y Pincel y para diarios, especialmente La Época y La Nación. Además, he expresado opiniones acerca de las artes, historia y política vía Internet. Esta etapa se ha extendido entre 1987 y la actualidad.

Entre 1980 y 1990, viviendo en Gran Bretaña, comencé a escribir ficción tanto en inglés como en español, con la intención de finalizar la tarea, sin fecha fija, de vuelta en Chile.

Después de jubilarme, a comienzos de 2018 y de dos encuentros cercanos con la muerte en el mismo año, me acometió la necesidad de escribir sobre temas nuevos o retomar los postergados.

En 2019, me dediqué a escribir sobre el periodo junio de 1973 a septiembre de 1975, cargado de vivencias dramáticas generadas por el Golpe de Estado. De aquí surgió la primera parte de este libro, que he llamado “Cayendo al abismo”.

Luego decidí retomar un escrito de comienzos de los noventa, acerca de mis años de exilio en Gran Bretaña (1975-1992), lo que me obligó a realizar una extensa revisión. Esta es la segunda parte, llamada “Oxford Road con Alameda”. Los inusuales títulos de la mayoría de los capítulos de esta sección corresponden a típicos mal entendidos del exilio chileno. Que mis lectores hagan de esto lo que les plazca.

Para dar forma final al libro, me hice apoyar por dos amigos de impecables credenciales literarias. Me refiero a Jorge Scherman Filer, novelista, cuentista y ensayista multi publicado y Doctor en Literatura y a María Sol Vera Giusti, editora de vasta experiencia, quien había publicado uno de mis libros en la editorial bajo su dirección, Cuarto Propio. De ambos he aprendido mucho en torno al oficio de escritor, pero, por supuesto, todos los errores y deficiencias que se encuentran en este volumen son de mi exclusiva responsabilidad.

No quiero soslayar el hecho de que, al igual que otros miembros de mi generación, creo encontrarme en la última etapa de mi existencia. Tal vez esa sea la causa de una cierta urgencia que me acometió por relatar vivencias y reflexiones que, sentí, no deberían quedar en mi fuero interno.

El autor

La Reina, Santiago, Chile

PRIMERA PARTE
CAYENDO AL ABISMO (Testimonios)

Un eclipse eterno
(El Golpe)

El 11 de septiembre de 1973 despierto con la noticia que de alguna manera esperaba hacía ya un tiempo. Rodolfo, mi hermano menor, muy alterado, me anuncia: “Parece que hay intento de Golpe de Estado”. Consternado y furioso, mi respuesta instantánea es “¡Qué se tiren! ¡Qué se tiren estos hijos de puta! Ahora vamos a ver cuánto pesa cada cual”.

Vivimos con nuestra madre, Eugenia. Ella ha salido a su trabajo muy temprano; nosotros, presa de una profunda ansiedad, dejamos la casa a toda prisa para dirigirnos a nuestros respectivos destinos.

El mío es la Universidad Técnica del Estado (UTE), donde me desempeño como profesor de ingeniería química. En el camino veo que casi todos escuchamos las noticias en nuestras radios a transistores. Me entero que el movimiento militar empezó en Valparaíso y parece estar extendiéndose a todo el país. Recuerdo que el pasado 29 de junio un movimiento similar, conocido como “el tanquetazo”, había sido rápidamente contenido por fuerzas leales al gobierno de Allende, lideradas por los generales Prats y Pinochet.

El día está nublado y casi todas las caras que veo están serias, tristes, angustiadas. Llego a la universidad. Varias organizaciones políticas habían instruido a sus militantes y simpatizantes permanecer en sus lugares de trabajo o de estudios en la eventualidad de un Golpe, por lo que en los corredores hay mucha gente. Me doy cuenta que un número considerable se está devolviendo a sus casas. En eso, llegan nuevas instrucciones. El rector permanecerá en la Casa Central con una dotación mínima de personal administrativo y la mayoría de los que se queden deben dirigirse a la Escuela de Artes y Oficios (EAO), el edificio más grande y sólido del amplio campus.

Escuchamos por radio el último mensaje de Allende. Macizo, sereno, impecable, seguro que lo tenía bien ensayado, alcanzo a pensar. Hacía ya semanas que se venía considerando la posibilidad de un Golpe de Estado, pero muchos en la izquierda confiábamos con que contaríamos con fuerzas propias, con preparación militar y armamento para hacerle frente. Aparte de dar por cierto que el trabajo previo al interior de las FF.AA., garantizaría su división y la victoria sobre los golpistas. Sin embargo, a medida que transcurre la mañana, va quedando en claro que no hay combates a gran escala en Santiago. Y en las radios que aún transmiten, tampoco se mencionan enfrentamientos en otras grandes ciudades. Escuchamos el bombardeo del palacio presidencial (La Moneda), cuando llega la noticia trágica en su máxima expresión ¡Allende estaba muerto! ¿Asesinado? ¿Se había suicidado?

Estamos viviendo el quiebre más trágico en la historia del país. La muerte del gran líder nos taladra como la expresión sorprendente, fría y viscosa de una gigantesca catarata, de un líquido cuya naturaleza tendríamos aún que descubrir. ¿Miedo? ¿Derrota? ¿Sangre?

Recibo instrucciones de guarecerme en cualquier sala de clases y tenderme en el suelo. Se supone que las gruesas paredes del antiguo edificio son a prueba de fuego de fusilería; y en efecto, lo son, aunque las grandes ventanas permiten el ingreso de balas. En la sala elegida encuentro estudiantes de mi departamento.

Los días previos no habían sido del todo malos.

Por una parte, el país vivía una escalada de violencia y crecían la agitación y el nerviosismo. El Edecán Naval del Presidente Allende, Capitán de Navío Arturo Araya, había sido asesinado y en las calles se vendían “miguelitos”, esos clavos doblados para reventar neumáticos e impedir el tránsito.

Por otra, entre el caos y la incertidumbre, habíamos tenido momentos de esperanza, de alegría, de celebración, de amor.

A pesar de ser profesor, a mis 26 años seguía militando en las Juventudes Comunistas (JJ.CC.), cuyos miembros eran mayoritariamente estudiantes. Allí conocí a Danae, una joven profesional quien, con una tentadora mezcla de coquetería e inocencia, se las arregló para hacerme saber su interés en mi persona, acercándoseme cada vez que podía.

Tendido en el suelo, recuerdo aquella vez, para el fallido intento de Golpe del 29 de junio, cuando estudiantes y trabajadores habíamos hecho guardia multitudinaria frente a La Moneda, gritando y trotando en el lugar. Entonces, Danae se había tomado de mi brazo y estuvimos todo el tiempo muy juntos, cantando y bromeando. El ambiente ese día, terminada la asonada, había sido festivo. Recuerdo el olor de su piel, su cabello y su ropa húmeda por la llovizna, mientras sentía su atractivo cuerpo intencionalmente presionado contra el mío. Otras parejas se besaban mientras participaban del jolgorio colectivo. La escena era como un canto a la vida en medio de la atroz incertidumbre. Por razones difíciles de articular, fueron días de olores y sonidos. Olor a mujeres y hombres, a humo y quemazón, a humedad y pólvora. Sonidos de disparos y gritos, de música y canciones, de vehículos y altavoces. Pocos días después, sentados en uno de los cafés que aún funcionaban con un remedo de normalidad, Danae me había dicho con una sonrisa coqueta: “Me tratas con demasiado respeto. Parece que no me consideras mujer. ¿Necesitas una prueba de que lo soy?” “¿Qué prueba tienes in mente?”, respondí. “Lo dejo en tus manos. He tenido poca experiencia en el amor, pero quiero tenerla contigo”, había afirmado con gran desenvoltura.

Yo solía quedarme trabajando hasta el anochecer en mi oficina y había llevado una colchoneta que escondía tras un estante, para tener donde dormir en caso de que se me hiciera demasiado tarde, pues ya casi no había locomoción colectiva. Pues bien, fue providencial para nuestro primer encuentro íntimo.

Ahora, en medio del cataclismo político y social que se nos había venido encima, tengo que abandonar bruscamente mis recuerdos eróticos para volver al presente, a la más que dura realidad. Por lo menos hasta aquí no ha habido muertos de la universidad, pensé. ¿O tal vez sí?

Al amanecer, un compañero de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica del Estado (FEUT), arriesgando su vida, había pasado por las salas informando que un camarógrafo de la universidad, Hugo Araya, a quien apodaban “El Salvaje”, había sido herido de muerte. Al parecer, las balas provinieron de francotiradores fascistas, apostados en lo alto de los edificios de la Villa Portales, adyacente a la universidad.

Pero el Golpe iniciado el día 11 aún no se manifestaba en toda su intensidad en nuestra casa de estudios.

Rodolfo, por su parte, se había dirigido a su facultad en la Universidad de Chile. La encontró casi vacía y los pocos que aún quedaban le aconsejaron irse a su casa. Incapaz de devolverse, así como así y sintiendo que debía hacer algo, aunque no tuviera idea qué, se dirigió a otra facultad, pero tuvo la misma experiencia. Intentó entrar al centro de Santiago, pero no lo dejaron pasar. Se escuchaban tiroteos por doquier, mientras el aire se iba cargando de humo y tristeza. Lo amenazaron con fusiles de guerra. Decidió irse a pie hasta nuestra casa en Ñuñoa, junto a un grupo de personas que iban en la misma dirección. Cuando veían patrullas militares, levantaban los brazos. No los detuvieron. Tal vez su aspecto era demasiado inofensivo. Quizá los soldados y oficiales estaban más preocupados de encontrarse con gente uniformada perteneciente a las temidas tropas leales a Allende. Otros grupos, en marcha hacia sus casas, tuvieron experiencias mucho menos benignas.

A esa hora ya todos sabíamos que la resistencia al Golpe sería inefectiva. Estábamos derrotados.

Al amanecer del 12 de septiembre se sintieron estallidos de artillería y disparos de fusiles y ametralladoras. También, habíamos sentido voces fuera de la pared que separaba el patio trasero de la EAO de la Villa Portales. Después supimos que el presidente de la FEUT, Osiel Núñez, había negociado con los militares armados hasta los dientes, solo y sin armas, logrando pactar la rendición pacífica de los ocupantes de la EAO y evitar así una masacre. ¡Sin duda, un gran gesto de heroísmo!

Escuchamos el ingreso al trote de muchos militares al patio de la escuela. A gritos nos conminaron a salir de las salas. Lo hicimos con los brazos en alto. Nos obligaron a tendernos boca abajo en el suelo.

Allí estuvimos horas, esperando saber cuál sería nuestra suerte. Los militares pasaban caminando sobre nosotros. Nos amenazaban de muerte a gritos. En el gran patio, un reguero de sangre indicaba el paso de una estudiante que había sido baleada en la mandíbula.

Nos preguntaron mucho por armas, golpearon a estudiantes, profesores y funcionarios, pero obviamente, armas no había: nadie había respondido el fuego militar sostenido por horas contra la escuela. Por fin, nos embarcaron en micros hacia el Estadio Chile, que quedaba cerca de la universidad. Nos condujeron trotando hasta los buses, flanqueados por soldados que nos golpeaban con sus fusiles. Me di cuenta de que, si me movía en zigzag detrás del compañero que me precedía, podía evitar los golpes de ambos lados. Mi estratagema resultó y no fui golpeado ni una sola vez. Punto mío, pero no sabíamos cuán largo sería el partido. Al subir a la micro vi de cerca a Víctor Jara, el famoso cantautor, quien además era funcionario de la universidad. A los pocos días sería asesinado, acribillado con más de cuarenta balas.

Nos formaron en la calle de entrada al estadio y nos tuvieron trotando sin avanzar durante un largo rato. Me di cuenta que entre los detenidos había personas que claramente no pertenecían a la universidad; seguramente habían sido capturados en las calles o en cualquier lugar. Nos quitaron el carnet de identidad antes de hacernos ingresar.

Iniciábamos así, un nuevo episodio de una saga que, tres años antes, había comenzado llena de esperanzas y se tornaba ahora en un cuento de horror.

Del temor al infierno
(Estadio Chile)

Entraste trotando al Estadio Chile. Chocabas y tropezabas con tus compañeros. Te sentías atemorizado. Veías a los soldados, todos con uniforme del ejército, golpeando prisioneros al azar. Había poca gente en las graderías y te dirigiste hacia donde te indicaron. Te sentaste junto a Heriberto, un colega de la universidad y te quedaste inmóvil, como te habían ordenado.

Las graderías se iban llenando mientras escuchabas más órdenes militares, más gritos. Oíste a Heriberto hacer comentarios, rompiendo las órdenes de silencio. No pensabas hacer lo mismo, era demasiado peligroso.

De pronto escuchaste: “¡A ver, el de rojo! ¡El de rojo!”. No sabías a quién se refería el oficial, pero tú no andabas de rojo. Tus ojos ubicaron al interpelado poniéndose de pie.

“¡No te dijeron que no hablaras, concha de tu madre! ¡Ven acá!”

No te moviste, pero lo sentiste pasar al trote por la escalinata y dirigirse al pasillo de ingreso. Escuchaste sonidos terribles. Golpes, alguien cayendo al suelo y volviendo a caer, luego alaridos. “¡Piedad!”. ¿Qué le estarán haciendo?, pensaste. Nunca lo supiste. Hasta hoy es un misterio para ti. No sabes si lo mataron allí mismo o se lo llevaron a otra parte para torturarlo y/o asesinarlo.

Sentiste como se repitió varias veces esta escena. Los mismos golpes, alaridos de diversa intensidad. Y Heriberto, imprudente, haciendo comentarios: “Las torturas, las torturas…”. Lo hiciste callar.

Viste cómo desde un pasillo superior con vista a todo el estadio, un oficial joven se dirigía a la multitud que ya casi llenaba el recinto, acaso cinco mil personas. “¡Tenemos orden de separar a los extremistas y someterlos a interrogatorio! ¡Y no se crean víctimas! ¡Yo sí que lo fui! ¡Me detuvieron el 29 de junio y lo pasé harto peor que ustedes!”. Después supiste que lo apodaron El Príncipe, por los aires de superioridad que se daba.

Notaste que el mismo oficial joven se paseaba por el pasillo superior con aires de gran arrogancia y volvía a dirigirse a los prisioneros. “¡Aquí no vale la Convención de Ginebra! ¡Ustedes no son prisioneros de guerra! ¡Son guerrilleros! ¡Son extremistas! ¡Ustedes querían matarnos a nosotros y a nuestras familias! ¡Iban a poner una bomba en la Parada Militar del 19 de septiembre y muchos íbamos a morir! Pues bien. ¡No les resultó! ¡Nosotros tenemos la sartén por el mango!”.

Al cabo de un rato observaste a un oficial de mayor graduación, tal vez un coronel, ocupar el mismo sitio: “¡Aquí no vamos a tolerar ninguna indisciplina! ¡Los que tengan que ir al baño, que se levanten con las manos en la nuca y vayan de manera franca! ¡Para quienes rompan las reglas, aquí tenemos esta ametralladora!”. ¡La llamaban “la sierra de Hitler”!

Presenciaste cómo un obrero de alrededor de 50 años corrió desde uno de los pasillos superiores gritando. “¡Viva el Partido Comunista de Chile!”, y se lanzó al vacío cayendo sobre una superficie de cemento, donde pensaste que debe haber perdido la vida de inmediato.

Sentiste cómo la muerte se enseñoreaba en el estadio, en Santiago, en todo Chile. Pensaste que estabas presenciando por primera vez en tu vida qué era el fascismo. Y sentiste que aún te quedaba mucho por ver y más que temer.

Te levantaste y fuiste al baño con las manos en la nuca, como te habían ordenado. En el camino viste al profesor Claudet, conocido por su caballerosidad. Te saludó: “Lamento verlo en condiciones tan desafortunadas, Julio. Esperemos que esto pase”. Tiempo después te enteraste de que, en los días que siguieron, le habían dado golpes de culata, quebrándole dos costillas. En el baño viste numerosas camisas de las JJ.CC. abandonadas; sin duda muchos jóvenes habían aprovechado la ocasión para liberarse de toda evidencia condenatoria.

A lo lejos, en una gradería superior divisaste a Osiel separado del resto. A Víctor, el cantautor, no volverías a verlo. Días después, aún en el estadio, algunos de tus colegas de la universidad serían testigos de su cadáver acribillado, junto a los de otros prisioneros. Su viuda retiraría su cuerpo de la morgue de Santiago, las manos destrozadas a golpes de culata.

De pronto, tus oídos fueron agredidos por los parlantes a todo volumen: “Se ordena a todos los profesores de nivel universitario dirigirse al foyer con las manos en la nuca”. Junto a Heriberto caminaste al punto de reunión y viste a unos 50 académicos, casi todos conocidos. Luego observaste entrar a un grupo de extranjeros. Después te dirían que eran estudiantes latinoamericanos, la mayoría de posgrado.

Viste entrar a un coronel acompañado de un mayor, ambos del ejército; escuchaste al de grado más alto dirigirse insultantemente a los extranjeros, llamándolos “la cloaca latinoamericana”, e indicar que no se les daría de comer. Era la primera vez que oías mencionar comida desde tu ingreso al estadio. Tuviste que esperar todavía un par de horas hasta que el mayor, quien dijo que su apellido era Acuña, llegara con un par de soldados llevando una canasta llena de panes. Las tripas te sonaban, hasta entonces solo habías podido tomar agua de la llave, igual que el resto de tus compañeros. El pan se transformó, para ti y los demás presos, en un manjar incomparable. Notaste que el mayor Acuña se portaba respetuosamente con los presos, a tal punto que uno hasta lo llamó, sin duda por el confuso estado en que estábamos, “compañero Acuña”, provocándole una sonrisa, en lugar de la respuesta airada que habría dado otro oficial. Después te contarían que Acuña había salvado numerosas vidas en el Estadio Nacional. Allí estaba a cargo de la sección en la que hacían sentarse a los prisioneros que habían sido interrogados y estaban listos para salir en libertad. En esas circunstancias, algunos de esos prisioneros eran llamados a interrogatorio y Acuña, a gritos, los hacía permanecer en sus asientos.

Supiste después que este hombre noble se habría suicidado a comienzos de 1974. Y no sería el único, no todos los militares estuvieron a favor del Golpe ni del horror que lo siguió. Leíste, meses más tarde, que aquellos que se habían opuesto en sus cuarteles habían sido salvajemente asesinados, sacándoseles los ojos usando bayonetas como punzones, entre otras horribles mutilaciones, antes de ser asesinados a tiros.

Te diste cuenta que, al retirarse los milicos, varios presos lanzaron trozos de pan hacia el grupo de extranjeros, quienes procedieron a repartirlos entre ellos. Desde el ámbito principal del estadio, invisible desde el foyer, sentiste balazos y gritos, además de una prolongada silbatina. Prisioneros que iban llegando te contaron que cada bullicio había correspondido a uno o más asesinatos, incluido el de un joven a quien le habían desarmado un fusil en la cabeza.

Durante la primera noche, dormir se te hizo muy difícil, debido a los gritos de torturados y descargas de fusil. A partir de los ruidos, imaginaste que obligaban a los presos a dar la vuelta al estadio por un pasillo interior, amarrados de los testículos, de manera de provocarles un intenso dolor al caminar de pie o de cuclillas y que a otros les arrancaban las uñas con alicates.

Al día siguiente tuviste que ser testigo de más actividades represivas. Empezaron a llamar a los prisioneros a interrogatorio, de a uno o por grupos pequeños; a algunos los viste regresar, de otros no volverías a saber. Entre ellos estuvo Heriberto. En un momento hicieron salir a un grupo de prisioneros entre los que te encontrabas. Fuiste conducido a un subterráneo. Allí viste torturar bestialmente a varios obreros, algunos colgados, otros amarrados de forma grotesca. Los oficiales desplegaban linchacos, unas curiosas armas orientales. Y notaste sin querer que estaban salpicadas de sangre, como el suelo, como los muros, como los uniformes verdes. Los gritos te parecieron espantosos.

Volviste junto a tus compañeros con una considerable carga de colchonetas y otra aún mayor de imágenes lacerantes, vomitivas, inolvidables, que con el tiempo se irían convirtiendo en recuerdos patógenos y vitalicios.

Algunos de tus compañeros se pusieron a contar lo visto de inmediato. Tú no. Elegiste el silencio como mal menor, como evasión momentánea, como escudo contra una realidad inesperada e insoportable, aplastante.

De pronto escuchaste gritos provenientes del callejón de entrada al estadio, claramente audibles a través de un gran ventanal de vidrio. Unos militares estaban forzando a un grupo de prisioneros, te pareció que eran extranjeros, a correr hacia la calle desde una de las puertas del recinto. Viste cómo se resistían y cómo eran obligados a golpes. Los viste correr desesperados hacia alguna de las esquinas, con la vana esperanza de huir. Viste cómo fueron acribillados a tiros de metralletas y fusiles ametralladoras.

Notaste cómo, durante el día, el callejón que ahora lleva el nombre de Arturo Godoy se cubría de sangre. Horrorizado, viste correr el líquido a regueros, después armando pozas, luego formando una capa continua, implacable, aullante, de color rojo, increíblemente rojo. Por alguna razón que hasta hoy te supera, no lo imaginaste resbaladizo, sino firme, representativo del momento vivido. Tu país había tomado un camino que te alejaba de todos tus sueños, pero tú eras parte de la estúpida marcha hacia un mundo peor.

Tres días viviste más de lo mismo, sin ser llamado aún a enfrentar tu propia tortura, tu propia muerte. ¿Debería sentirme afortunado?, te preguntaste. De inmediato rechazaste la pregunta por obscena. Concluiste que hay ocasiones en que hacerse ese tipo de preguntas puede ser no solo inmoral, sino también promover complicidades que te asqueaban. Rogaste al Dios en quien no creías, que no te hiciera portaestandarte en la maloliente comitiva.

Los militares comunicaron la novedad en tono burocrático: te llevarían, junto al resto de los presos sobrevivientes, al Estadio Nacional, el mayor recinto deportivo en el país. Subiste a la micro, donde te obligaron a arrodillarte con la cara apoyada en un asiento. Algunos minutos después escuchaste la voz conocida de un colega diciendo: “¡Cachen La Moneda!”. Alzaste la cabeza, contraviniendo instrucciones y viste la imagen ennegrecida, destruida, aún humeante, profundamente desmoralizante, del palacio presidencial donde Allende había muerto.

Media hora después los buses ingresarían al Estadio Nacional, escenario de grandes jornadas deportivas, de gigantescas manifestaciones culturales y políticas. Comenzaba tu recorrido por otro rincón del infierno y de este no saldrías incólume.

Del infierno al desierto
(Estadio Nacional)

Julio, junto a un grupo de sus colegas de la Universidad Técnica del Estado, bajó trotando, manos en la nuca, del bus que lo había llevado al Estadio Nacional. Fueron conducidos a gritos, empujones y culatazos, a uno de los numerosos camarines. El reducto se llenó. Pasó más de una hora sin que ocurriera algo.

Comenzaron a surgir distintas reacciones, intentos de aliviar la tensión nerviosa con gotas de humor. A ambos costados del camarín había bancos que los deportistas usaban para vestirse y en la parte superior, una parrilla de madera donde se colocaban las bolsas de equipo. Claudio y Pedro se paseaban observando a los que estaban acostados en las parrillas pretendiendo que eran trofeos de caza. “¡Oh, qué hermoso ejemplar!”, exclamaba Claudio, con voz engolada, mientras su amigo inquiría, “¿Y cuántas puntas cuentas en su cornamenta?”. El primero respondía. “Ninguna. ¡Es un coipo, profesor!”.

Por su parte, Eduardo se cubría la cara con trocitos de papel plateado sacados de una cajetilla de cigarrillos, se aproximaba a alguien por detrás y cuando este se volvía a mirarlo, decía: “Compañero: ¡ha estallado la peste!”.

De pronto se abrió la puerta con violencia y eligieron cuatro prisioneros al azar para llevarlos a interrogatorio. No regresarían al camarín. En el segundo grupo salió Julio. Lo condujeron a otro reducto, tres personas vestidas de civil lo hicieron desnudarse, le preguntaron por su militancia, por posibles viajes al extranjero, por manejo de armas. Para apremiarlo lo metían y sacaban de una ducha fría. No lo golpearon, ni le aplicaron electricidad, ni nada de lo que luego se convertiría en tratamiento de rutina. Lo calificaron como SP (sospechoso peligroso), en lo esencial, por su confesión de haber hecho un posgrado en un país socialista. Esta información no podía ocultarse, ya que constaba en los registros de la universidad.

A Julio le pareció que había sido un interrogatorio de cierta lógica y eficacia. Fue el último de ese tipo que presenciaría en sus cinco meses de prisión, dos de ellos en el estadio. Luego le contarían que quienes lo habían interrogado eran detectives clasificados como “de izquierda” por los militares, posiblemente porque habían ingresado al servicio durante el gobierno de Allende. En ese periodo, el examen de los nuevos agentes de la policía civil consistía en asaltar la sede de una organización fascista, de modo que los ánimos de la extrema derecha respecto a estos funcionarios policiales eran muy poco amistosos. Los tenían interrogando como manera de demostrar su lealtad al nuevo régimen dictatorial.

Lo llevaron al último camarín en el primer piso del estadio, bajo el área de la marquesina, conocida como Tribuna Pacífico. Había hombres y mujeres, todos calificados como SP. Nos asistía la conciencia de que sobre ellas se cernía la amenaza de ser sexualmente abusadas por los torturadores, método de tortura que fue practicado en casi todos los casos en que se trató de mujeres jóvenes.

En un momento, posiblemente por órdenes de un oficial decente, se llevó a las mujeres a tomar un baño en las cómodas tinas a ras de suelo utilizadas por los futbolistas. Volvieron limpias y contentas por la experiencia. Sus sonrisas nos iluminaron. Las aplaudimos.

Llamaban a interrogatorio todo el día. Algunos regresaban al camarín, otros no. Entre los que volvían, había quienes mostraban claras señales de haber sido torturados. Un prisionero de origen europeo, posiblemente asesor técnico en una empresa nacionalizada por Allende, volvió con síntomas de infarto cardíaco. Se pidió un médico y apareció el doctor Jádresic, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, prisionero como el resto de nosotros. Luego de examinar al paciente, exigió que lo trasladaran a la unidad médica de campaña que habían instalado fuera del estadio. Así se hizo. No volvimos a saber de él.

Llegó el momento de las primeras comidas. La mayoría de las veces, estas consistirían en cazuela de vacuno, porotos o garbanzos, en raciones muy pequeñas. Los militares habían formado una “escuadra de servicio” para llevar los fondos de comida y servirla en pocillos plásticos a los prisioneros. Todos sus integrantes eran “patos malos”, delincuentes jóvenes a quienes se había llevado al estadio para crear problemas y/o espiar. Cuando había cazuela, nos servían solo el caldo y dejaban todos los componentes sólidos en el fondo de la olla para comérselos ellos mismos. Claramente, eso no era alimentación. Al final, el pan era lo único seguro. Afortunadamente, las JJ.CC. se organizaron rápidamente y su primera misión fue quitarle la escuadra de servicio al lumpen. Esto se cumplió. El hijo del Secretario General del Partido Comunista, Alberto Corvalán, encabezó la escuadra, lo que no solo mejoró nuestra comida, sino que también les permitió llevarla, de manera oculta, a prisioneros en aislamiento, a los que no les daban alimentos. La movilidad así adquirida por los jóvenes militantes ayudaría a la organización y funcionamiento clandestino del Partido Comunista, permitiendo el intercambio de mensajes entre los dirigentes presos en diversas partes del estadio.

En el camarín atiborrado de gente, Julio eligió guardar un bajo perfil. Se tendía bajo uno de los bancos envuelto en la frazada que le habían asignado y pasaba allí el día y la noche, excepto para ir al baño, lavarse y comer. Varios de los prisioneros con quienes compartía el camarín habían logrado entrar diminutas radios a transistores, burlando la revisión de los militares. Cada vez que podía, Julio conseguía que le prestaran una para escuchar música. En particular, buscaba la canción “Morning has broken”, de Cat Stevens, tema que lo hacía sentirse mejor y le ayudaba a evadirse por minutos de la dramática situación en que se encontraba.

Pronto, el modus operandi de los militares fue quedando claro. Los prisioneros dormían en camarines o en escotillas, amplios espacios bajo las graderías. Algunas horas al día los sacaban a tomar sol y desde allí llamaban a los que iban a ser interrogados. Se les convocaba al “disco negro”, utilizado para dar la partida en pruebas atléticas, que situaron junto al foso de salto largo. La mayoría iba al velódromo, que quedaba algo alejado del coliseo central. A otros se les llevaba al espacio existente tras la tribuna presidencial, que también era utilizado como sala de tortura. Los gritos de dolor se escuchaban durante toda la jornada laboral cumplida por los torturadores.

Autorizaron a los prisioneros a realizar shows en los camarines, en las horas de reclusión, que consistían básicamente en canciones, poemas y relatos. Julio participó cantando “Answer me”, popularizada por Frankie Laine. Dieron luego autorización para repetir las actuaciones en las graderías del estadio durante el día. Allí se pudo apreciar a destacados artistas, algunos profesionales, la mayoría amateurs.

Julio formó dúo con Víctor Canto, que había sido dirigente estudiantil de la UTE, y cantaban “En qué nos parecemos”, conocida en la versión de Quilapayún.

Los milicos nunca pudieron llevar bien la cuenta de cuánta gente tenían en el estadio. Se les perdían o confundían las listas. Entonces decidieron dejar a un preso a cargo del conteo general. La designación recayó en Víctor Canto. Como consecuencia, a Julio le tocó presenciar la más increíble de las escenas: Víctor retando severamente a un mayor diciéndole: “¡Oiga, pero si no me traen las listas por sector a tiempo, yo no puedo hacer la lista general! ¡Dígale a su gente que me cumpla, porque si no, no hay lista!”. El milico, en actitud compungida, le ofrecía disculpas al joven. Habría sido menos paradójico y más divertido, de no haber sido porque a metros de la escena estaban torturando y matando gente a discreción.

En ocasiones, los prisioneros eran autorizados para caminar dentro del estadio. Había algunas secciones del edificio que tenían vista al exterior desde la altura, en las que, durante los partidos de fútbol se instalaban puestos de comida y bebida. Para su sorpresa, Julio descubrió que desde un lugar específico podía ver la población donde vivía, que quedaba a no más de una cuadra del estadio; y que podía incluso divisar el balcón del departamento que había habitado hasta su captura. El joven esperaba largos ratos por si veía alguna actividad en ese balcón, a su madre o hermano. Jamás ocurrió.

Otros prisioneros se dirigían al costado opuesto del estadio, desde el que se divisaba la piscina olímpica, donde tenían a las mujeres. Muchos tenían allí, o creían tener, a sus esposas, parejas o pololas, familiares, amigas y procuraban verlas a la distancia.

De noche se escuchaban disparos y cabía poca duda de que, al menos algunos, correspondían a ejecuciones realizadas en los amplios terrenos fuera del estadio. Nunca se sabrá cuántos murieron fusilados.

Casos célebres de torturados fueron los de Alberto (“El Gato”) Gamboa, director del diario Clarín, Alberto Corvalán, Osiel Núñez y Rodrigo Rojas, alto dirigente del Partido Comunista. El Gato Gamboa no pudo mantenerse en pie durante una semana después de su sesión. La tortura de Rojas había consistido en patadas en los testículos, con el resultado que estos órganos se le hincharon del tamaño de un balón de fútbol. Todos quedaron en pésimas condiciones. Corvalán moriría dos años después, exiliado en Bulgaria, debido a los daños al corazón que le produjeron las múltiples descargas eléctricas. Hasta hoy ignoramos cuántos murieron durante la tortura.

Por fin, después de un mes de espera, Julio fue llamado al “disco negro” y llevado al velódromo. Como a todos sus compañeros, le cubrieron la cabeza con una frazada y empezó lo que le pareció una interminable caminata.

Al llegar al velódromo lo hicieron sentarse en las graderías y entonces les permitieron descubrirse la cabeza. Poco después empezaron a llamarlos por parlantes, indicando nombres que correspondían a grupos de torturadores: Chago 1, Chago 2, Caracol 1, Caracol 2, Garrido, entre otros. Comenzaron prontamente los alaridos provocados por la aplicación de electricidad. La situación era altamente estresante.

En el grupo cercano a Julio había una joven muy atractiva. Un civil bien vestido, parte de uno de los grupos de torturadores, se acercó y la llamó aparte. La mujer volvió a su asiento al poco rato agitando la cabeza. Más tarde, el mismo civil volvió a llamarla. Asombrados, nos dimos cuenta que el torturador parecía estar tratando de conseguir una cita con la joven. Después se supo que esta práctica fue común, que las mujeres fueron liberadas y que tuvieron que aceptar sexo con los verdugos bajo la amenaza de volver al estadio y de sufrir violaciones colectivas.

Pasó el día, empapado de alaridos y bajezas, y Julio no fue llamado a interrogatorio. En el camino de vuelta al estadio y a sus camarines de origen, obligaron a la fila de prisioneros a pasar caminando sobre una ruma de cuerpos inmóviles. Tropezó y cayó y pudo comprobar al tacto que los cuerpos estaban fríos. Eran rumas de cadáveres.

Durante los siguientes tres días volvió a ser llevado al velódromo sin ser interrogado. Vio ancianas obligadas a permanecer de rodillas por horas sobre el cemento, que lloraban y gritaban de dolor. Y, por supuesto, repitiéndose la rutina auditiva de la tortura por largas ocho horas.

Sólo al cuarto día lo llamaron a interrogatorio. Lo llevaron con la cabeza cubierta por una frazada, hasta la entrada de uno de los “caracoles”, baños públicos del velódromo. Le vendaron los ojos bajo amenazas a gritos de no mirar. Luego lo hicieron desnudarse.

Lo primero que le preguntaron fue qué tipo de música le gustaba, sin duda, pensó, para determinar sus tendencias políticas, que quedarían al descubierto de haber mencionado artistas de izquierda. Julio respondió: “Vivaldi, Bach y Leo Dan”, repitiendo un verso de una canción de Leonardo Favio. Lo hizo para despistar a sus verdugos, pero también para reírse de ellos sin que se dieran cuenta.

Acto seguido, comenzó un estúpido interrogatorio relacionado con su vida sexual, mientras le aplicaban golpes de corriente. Aprendió con sorpresa que los alaridos salían espontáneamente de su garganta. No gritaba de dolor, sino antes de sentirlo. “¿Así que profesor universitario el huevoncito?”. “¿Y te culeábai a tus alumnas?”. “¿Y por dónde te las culeábai?”. “¿Y te lo chupaban?”. “¿Y gritaban cuando se los metíai por el chico?”. “¿Y gozaban las huevonas?”. “¿Y qué te decían después de la cacha?”. Las respuestas les eran irrelevantes y simplemente preguntaban y torturaban sin parar. ¡Vaya interrogatorio para un peligroso sospechoso de terrorismo!

La impresión de Julio fue que los torturadores eran personas con graves frustraciones en torno al sexo. Al parecer, ansiaban acceso sexual con muchachas universitarias, pero, por brutos, ignorantes o cobardes, no lo conseguían. Utilizaban, entonces, la tortura como venganza contra aquellos que, suponían, tenían ese privilegio. La dictadura sirvió para todo lo más bajo y despreciable.

Luego salió el tema de las armas. Preguntaron qué armas tenían en la universidad, dónde había aprendido a manejarlas, quién se las había entregado.

Hacia el final, los torturadores expresaron interés en las asambleas estudiantiles. Insistían, mostrando su ignorancia, en preguntar nombres de dirigentes que “acarreaban gente a las asambleas”, suponiéndoles algo así como poderes mágicos. Debido a que no era posible negar que hubiera líderes estudiantiles, a los militantes comunistas se les había instruido nombrar como tales a tres personas: uno que había sido asesinado el día del Golpe, otro que se encontraba en Europa y un tercero que estaba asilado en una embajada. Por cierto, sus nombres resonaban todo el día por los parlantes.

Finalmente obligaron a Julio a firmar un papel que no pudo ver por la venda en sus ojos. “Mañana vamos a seguir conversando sobre las armas, huevoncito”, lo amenazaron. No lo volverían a llamar.

Cuando ya había pasado un mes y medio desde la ocupación del estadio como campo de tortura y exterminio, recibieron el anuncio que los presos que permanecían en el recinto serían enviados a unas “minas en el Norte”. También se les dijo que permitirían visitas, una por prisionero. Cada visitante estaba autorizado para llevarles una maleta con ropa y efectos personales. La visita se llevó a cabo en las graderías y Julio pudo ver que algunos habían traído libros, guitarras y diversos instrumentos musicales. Semanas después, además de experimentarlo personalmente, se enteró de que, a su llegada a los distintos campos de prisioneros, los militares destrozarían todo tipo de objetos: libros, efectos personales, ropa, etcétera, pero nunca dañarían los instrumentos, hecho que quedaría como un misterio. Un sociólogo preso comentó que se trataba de un fenómeno chilensis.

Julio recibió a Eugenia, su madre, quien lo puso al día respecto a la situación de la familia. Con alivio supo que su hermano Rodolfo, militante de las JJ.CC., no había sido detenido.

Al cumplir dos meses en el estadio, acompañado de un grupo de unos 30 presos, fue llevado al aeródromo de Santiago para abordar un avión que lo llevaría a las misteriosas “minas en el Norte”. Habría más vuelos y otros se irían por barco.

Al salir de los terrenos deportivos, observó a su colega y amigo Claudio, que había sido liberado, parado en la calle mirando los buses y tratando de identificar a personas conocidas.

Se iniciaba así un viaje al desierto con resultados impredecibles. Julio se preguntó si alguna vez volvería a ver Santiago, su familia, sus amigos, sus amores, o si durante su estadía en las soledades, como Jesús, encontraría al demonio tratando de tentarlo. ¿Con qué? ¿Para qué?

Sobrevivientes del abismo
(Chacabuco)

El avión que llevaba a Julio y sus 30 compañeros aterrizó en Antofagasta. Al llegar fueron obligados a pasar a través del callejón oscuro formado por una amenazante fila de soldados, con armas prestas a descargar culatazos sobre sus cabezas al menor descuido, antes de llegar al bus que los trasladaría a las misteriosas “minas”.

Por las señales camineras se enteraron que estaban en la carretera que une Antofagasta con Calama. Al cabo de lo que les pareció un viaje interminable, llegaron a una vieja oficina salitrera abandonada: estaban en Chacabuco.

La oficina se dividía en tres áreas de tamaño considerable1: en primer lugar, el centro cívico, con una gran plaza, el teatro, la filarmónica, edificios administrativos y una bella iglesia de madera; en segundo, el sector industrial, donde se había extraído y procesado el salitre; por último, las casas donde habían vivido los obreros, empleados, profesionales y directivos.

Se veía que el teatro, en largo desuso, había tenido un pasado glorioso y hasta se contaba que allí había actuado Caruso (apócrifo, por cuanto Enrico Caruso falleció en 1921). Las enormes cortinas, hechas jirones por el tiempo, aún colgaban en el gran escenario. La filarmónica era el lugar donde antaño se realizaban bailes con orquesta y se encontraba en buen estado de conservación.

El bus se detuvo en la plaza. Desde allí, los recién llegados pudieron observar las calles y casas pareadas, la mayoría de un piso, muy antiguas y abandonadas. A un costado se veía un gran espacio enrejado, bordeado por 6 torres de vigilancia de 10 metros de alto, con focos de alta potencia (1 kW) en las que se ubicaban dos soldados de uniforme provistos de fusiles. Esta sección ocupaba algo menos de la tercera parte de la superficie total de la oficina. Era lo que de allí en adelante los prisioneros llamarían “el campo”.

Los hicieron ingresar marchando hasta un amplio espacio adyacente a lo que parecía una cancha de fútbol. Eran cerca de las 10 de la mañana y hacía mucho frío, cuando apareció un capitán que les ordenó desvestirse, hasta quedar en calzoncillos. Comenzó entonces a revisar sus maletas, que contenían lo que habían recibido de sus familiares en la visita previa a la partida. Procedió a tirar los contenidos al suelo, pisoteándolos y rompiendo algunos libros y otros efectos de uso personal, a la vez que insultaba y abofeteaba a los prisioneros. Anunció que no requisarían las hojas de afeitar por si alguno quería suicidarse. Dio especial atención a Mario Céspedes, académico que tenía un programa televisivo y al cantautor Ángel Parra. Los insultó y cacheteó en el rostro. Lo mismo hizo con un preso de origen social evidentemente muy modesto, que se había defecado de miedo en el avión, su primer viaje aéreo. Le gritó que los rotos no tenían derecho a dirigirse a un oficial como “mi capitán”, porque eso estaba reservado solo a “los caballeros”.

Luego hizo formar a los internos en la calle central, que más tarde algunos bautizarían como “Avenida Lenin” (otros la llamaban “Avenida del caldo de cabeza”) y les anunció que luego se les pasaría lista. Acto seguido, se retiró, dirigiéndose a las barracas militares.

Pocos segundos después se escuchó, de lo alto de una torre de vigilancia, el grito de “¡Alberto Corvalán!”. El interpelado, dando muestras de un valor inolvidable, corrió hacia la torre, sin saber si sería ametrallado o qué. Ante los atónitos ojos del grupo, cuando llegó al pie de la torre, los conscriptos le dejaron caer un saco con pan que habían reunido para los presos, gritándole: “¡De la base de las JJ.CC.!”

Lo asombroso de esta historia no consistía tanto en que hubiera una organización de izquierda entre los militares. Lo insólito, y que hasta hoy cuesta explicar, era el que hubieran actuado así a vista y paciencia de los demás conscriptos, sin haber sido denunciados a la oficialidad. Todos estaban conscientes, sin que les cupiera ni la más remota sombra de una duda, que un acto así les habría valido la muerte por despedazamiento. En todo caso, los panes fueron rápidamente distribuidos -se ignora si también fueron multiplicados- y el saco lanzado dentro de una casa. Los oficiales nunca se enteraron.

El capitán volvió al poco rato. Lanzó un largo discurso lleno de odio. Informó que entre su dotación había un campeón panamericano de tiro con fusil de guerra, dispuesto a matar a cualquiera que rompiera la estricta disciplina. Más tarde, otros oficiales y suboficiales se encargaron de hacer saber a los prisioneros que el campeón de tiro era el propio capitán.

A la primera formación, los militares habían hecho un catastro de los prisioneros: su nombre, procedencia, profesión/oficio y cuántos eran. Al día siguiente, ya contaban con la información de que entre ellos había médicos, ingenieros, abogados, arquitectos, periodistas, economistas, artistas profesionales, algunos ex oficiales de las FFAA, Vicente Sota, diputado de la República y mucha otra gente con altas calificaciones académicas. Y una gran mayoría de obreros, campesinos, funcionarios administrativos y personas de diversos oficios.

Autorizaron la constitución de un Consejo de Ancianos para establecer la comunicación entre los militares y los presos. Este se componía de un representante elegido por cada pabellón y su primer presidente fue el médico Mariano Requena. A pesar de su relativa juventud era un académico de gran prestigio, que se distinguió además por sus esfuerzos por colocar la medicina al servicio de los sectores menos privilegiados de la sociedad chilena.

Llamaban pabellón a cada grupo de 10 casas pareadas, aunque el número podía variar. Estas eran modestas; la mayoría constaba de dos dormitorios, cada uno equipado de literas para cuatro personas, una pequeña cocina carente de equipamiento y un patio de no más de 4 por 5 metros. En ellas habían vivido los obreros del salitre y ahora cobijarían a los presos políticos.

Fuera de dos formaciones diarias para pasar lista y ocasionales trabajos forzados inútiles, los internos disponían de tiempo libre, de modo que conversaban mucho. Los temas eran sus familias, sus trabajos, sus aficiones y, por cierto, los malos tratos sufridos desde sus detenciones hasta llegar a Chacabuco. En esos intercambios se forjaron amistades duraderas, como también antipatías.

Comúnmente, los oficiales a cargo aprovechaban las formaciones para dar instrucciones y comunicar cualquier novedad a los prisioneros, pero a los pocos días de abierto el campo, se reunió a los internos en un galpón techado para recibir una arenga del comandante y recalcar reglas generales de conducta. Julio se sorprendió mucho de que, al finalizar el discurso militar, numerosos prisioneros alzaron sus manos pidiendo la palabra.

Obviamente no se las dieron, pero el solo hecho de que creyeran que se las podían dar, como si estuvieran en una asamblea sindical o de otro tipo, reflejó hasta qué punto la estresante situación y los maltratos previos habían afectado su percepción de la realidad.

Pero no sólo algunos prisioneros parecían tener una visión alterada de lo que era posible y no lo era. Uno de los primeros comandantes del campo, un teniente coronel de apellido alemán, estaba obsesionado con la idea de transformar el suelo salitroso “en un vergel” y pensaba que los prisioneros podrían ser quienes realizaran ese milagro. Alberto Corvalán, que era ingeniero agrónomo, comentó que era más fácil bajar la luna. El oficial de marras no volvió a aparecer por Chacabuco.

Algunos de los oficiales a cargo, no se destacaban precisamente por su brillo intelectual. Uno de ellos creó una frase célebre: “El desierto es así: en el día… ¡calor! En la noche… ¡frío!”. Esto generó gran jolgorio entre los internos, que repetían la frase o la reemplazaban por: “En el día… ¡claro! En la noche… ¡oscuro!”.

Otro de los comandantes, cuando se enteró de que el proceso de censura de las cartas que salían de Chacabuco era muy prolongado, propuso simplificarlo por medio de una tabla que diera cuenta a sus familias del estado de cada prisionero. “Hagan una lista que diga: Cabeza… bien, regular o mal; tórax… bien, regular o mal; brazos… bien, regular o mal; piernas… bien regular o mal…; pies… bien, regular o mal, etcétera”. Por cierto, esto dio origen a burlas y listas alternativas.

El tiempo libre generaba, en algunos prisioneros, ideas tendientes a planear protestas por la situación en la que se encontraban y, en especial, por la indefensión de sus familias. Parecían olvidar que se encontraban en manos de una dictadura terrorista que había demostrado sobradamente no tener ningún respeto por la vida de quienes consideraban sus enemigos. El famoso Plan Zeta, inventado por la extrema derecha, según el cual la Unidad Popular planeaba asesinar a los miembros de las FF.AA. y sus familias había calado hondo entre el personal militar.

Por supuesto, muchos internos pensaban que la intención de organizar protestas era absurda y tendían a echarlas a la risa. En una oportunidad, ante un grupo de entusiastas conspiradores, el periodista Manuel Cabieses propuso, en chunga, realizar una marcha diciendo: “Habrá dos columnas: una parte de la reja electrificada y la otra, de la cancha de los plantones”. Esto fue recibido con hilaridad por la mayoría de los presentes.

Dado que al comienzo los militares autorizaron a algunos prisioneros a cambiarse de casa con el pretexto de vivir con amigos, se produjo una segregación por clases sociales: casas de intelectuales/profesionales y casas de obreros/campesinos. Esto se discutió políticamente y el PC acordó que tal separación era inconveniente. Julio permaneció en la casa que se le asignó al llegar al campo, que compartía con dos dirigentes obreros, un campesino, un ex detective, un académico de la UTE y otro profesional.

Los baños eran comunes y sin puertas, junto a un área de duchas y otra para lavar ropa. En el centro del campo, se habilitó un comedor techado con grandes mesas y bancas. Durante las tres comidas diarias, los presos podían conversar libremente, incluso temas políticos, cuando no había militares en la cercanía.

Los oficiales a cargo del campo cambiaban constantemente y más de una vez llegaba uno particularmente agresivo. Como el que tuvo la brillante idea de poner un tanque apuntando su cañón de alto calibre hacia el comedor a la hora de almuerzo, lo que por cierto, afectó mucho a algunos prisioneros, hasta el punto de no poder tragar bocado.

A partir de un cierto momento, los prisioneros contaron con autorización para recibir giros de dinero que les enviaban sus familiares. El Consejo de Ancianos, que aparte de ser el puente de comunicación entre militares y presos, estaba a cargo de atender las necesidades del diario vivir de los detenidos, decidió utilizar esos recursos para crear una pulpería o almacén, en la que se pudieran adquirir los artículos de primera necesidad de los que carecían casi por completo. Se formó así una Cooperativa, en la que cada socio hacía una “inversión”, que le era devuelta al ser liberado. Los mismos militares eran quienes hacían las compras en Antofagasta y las transportaban al campo, a cambio de una ganancia. El administrador de la pulpería fue Raúl Palacios, que había sido presidente de la Federación de Estudiantes de la UTE y luego, académico de la misma, a cargo de los Institutos Tecnológicos. Un hombre con gran talento organizativo. La comida siempre fue un problema en el campo, pues en general era poca o insípida, de modo que la pulpería vino a aliviar en parte esta situación; lamentablemente, solo en parte, ya que no todos los internos recibían giros de dinero y dependían de la solidaridad de otros.

En el área exterior del campo había una cocina bien equipada, a la que se llamaba “el rancho” y donde los militares preparaban su comida y la de los prisioneros.

“El rancho” había solicitado la colaboración de algunos detenidos para pelar papas, lavar ollas, platos y cubiertos y otras tareas menores, a cambio de una recompensa que, por cierto, era comer más y a veces, mejor. Así se formó un grupo de internos a quienes se veía como privilegiados.

Donde vivía Julio, uno de los presos recibía muchos tarros de conservas de su familia, que compartía con sus compañeros. Se habían conseguido un tarro grande de aceite de automóvil, que, bien lavado servía de olla, que calentaban sobre un fuego de madera. Allí hacían cocimientos de mariscos con los tarros de choros, machas, almejas, cholgas, entre otros. En estas ocasiones se generaban ambientes de cordialidad, con muchas bromas y tallas.

Ante la necesidad de ocupar el tiempo y de evitar los estados depresivos, que cundían entre los internos, surgió un dúo humorístico conocido como “Ño Pampa y su hijo Caliche”, que se hizo muy conocido en el campo. Esto estimuló a otros presos con experiencia o inclinación artística a actuar en público, llegando a sumar decenas de cultores que llegaron a requerir un lugar donde montar un show. Este fue autorizado por los militares.

En algún momento, el dúo cómico se quedó sin chistes y no querían repetir los ya contados. Un preso que demostraba muy buen ánimo, Hugo Valenzuela, comenzó a proveerlos de chistes para dar continuidad al acto. Hasta el presente, Hugo sigue manifestando su excelente disposición y junto a su esposa, hacen de expertos cocineros en los encuentros anuales de la Corporación Memoria Chacabuco.

Aprovechando un galpón techado, los prisioneros construyeron con sus propias manos una especie de teatro, con escenario e iluminación y un amplio espacio cubierto de bancos, en el que cabían varios cientos de personas. Debe tenerse en cuenta que la población penal de Chacabuco llegó a alrededor de 850 en el periodo en que Julio permaneció allí y a más de 1250 en los meses posteriores.

El show se realizaba los domingos al crepúsculo, duraba dos o tres horas y tenía lugar bajo la vigilancia de la oficialidad del campo y un grupo reducido de soldados.

Cabe señalar que el humor y el arte fueron formas espontáneas de autodefensa anímica y de resistencia a los intentos del régimen por doblegar y humillar a quienes se veía como enemigos.

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