Kitabı oku: «El club de los suicidas»


EL CLUB DE LOS SUICIDAS Autor: LUIS FELIPE SAUVALLE Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: noviembre de 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
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Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-4276
ISBN: Nº 9789563384895
ISBN Digital: Nº 9789563384901
A Ernesto Araya
“De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado”.
F. Scott Fitzgerald
PRIMERA PARTE
1
Una lechuza aterrizó sobre el capó del sedán cuando se estacionaron, pero pronto se echó a volar. Al mirar por la ventana, en dirección a la casona, Ximena distinguió un par de leones de piedra que flanqueaban una escalinata. En cuanto se bajó Bastián miró hacia la casa, esperando que alguien lo estuviera observando pero todavía nadie reparaba en su presencia. Justo después ella abrió la puerta. Una pierna desnuda resplandeció en la noche. Ximena llevaba puesto un vestido apretado con mangas de encaje que se acomodó cuando salió del auto. Unos focos ubicados en el césped iluminaban la escalinata. Mientras subía los peldaños se ciñó del brazo de Bastián. La conversación, las risas de los invitados, todo contribuía al clima festivo que se insinuaba adentro. Ximena se detuvo y sujetó esa mano de dedos gruesos, que se llevó a la cara.
–Si tienes dudas… –dijo ella, pero toda vacilación quedó despachada con un movimiento del mentón.
–Ya estamos acá –le respondió.
La escalinata culminaba en una puerta entreabierta que franquearon para llegar a un pasillo bien iluminado. Unos metros más allá los recibiría Shayla –la dama de honor– con su cara blanca y sus ojos de gata. En el momento en que entraron al hall –Bastián con las manos en los bolsillos, Ximena colgada de su brazo– escucharon unas risotadas. La muchacha se sobresaltó, pero de inmediato recuperó la compostura.
Ajena al bullicio, Shayla les explicaba dónde se haría la ceremonia, dónde la comida, y dónde el bailoteo.
–Van a estar súper cómodos, al ladito de la chimenea –les decía, mientras Bastián miraba al fondo buscando dónde estaría el bar.
Ximena, con un nudo en el estómago, se preguntaba si acaso no se había puesto demasiado maquillaje. Solo respiraría más aliviada una vez que se fundiera con el centenar de invitados. A Bastián, en cambio, le costaba quedarse quieto. En medio de toda esa gente destacaban su cabello gris, sus cejas gruesas, sus ojos lánguidos y esa chaqueta de tweed casi sin forro. Ese look desarrapado era un fuero que se reservaba, tanto por su labor de profesor universitario como por su pasado como ajedrecista.
–¿Y en qué piensas, Bastián?
–En que somos la sal de la tierra –y sonrió.
Ximena pronto captó la ironía: circulaban rumores de boca en boca. Un grupo de personas murmuraba, sus miradas de buitre se posaban sobre ella: calculaban mentalmente su edad y hacían la sustracción para calcular los años de diferencia con Bastián.
Unos criticaban esa manera que tenía él de desenvolverse en sociedad, al lado de esa jovencita (“¡si es casi una niña!”, se encargó de recalcar una mujer de rostro beatífico a su marido). Otros, los más audaces, se preguntaban qué hacía en ese papel tan secundario el padre de la novia.
Bastián se había enterado del casorio casi por error. El parte de matrimonio llegó hasta sus manos cuando él estaba en su oficina preparando una clase. Ni una llamada de Maura, nada. Un sobre con su nombre, eso era todo. La invitación –y la noticia–, adentro. Se dio cuenta de inmediato de que era una manera fría pero honesta de invitarlo. Sí, Maura quería que asistiera. La invitación estuvo guardada en el bolsillo interior de su chaqueta durante todo el día, hasta que por la noche se la mostró a Ximena. Hasta entonces su relación era conocida por unos pocos: carecía de una aparición en sociedad. Esa noche, con la tarjeta sobre la mesa, decidieron que no tenían nada que ocultar: irían juntos, como pareja.
–Y aprovechamos de limar asperezas –diría Ximena, con un entusiasmo que a Bastián le pareció inusitado.
–Bien. Vamos.
Con ocasión del matrimonio –ya confirmada su asistencia–, Bastián se interrogó sobre el momento en que se alejó de su hija. Hubo dos hitos claves: primero la separación; después, como una nota sostenida, su indiferencia. Bastián era otro cuando partió hacía veinte años a París a obtener su tercera norma de ajedrez. Por entonces tenía veintiséis años y decenas de partidas revoloteando en su cabeza. Habitaba el mejor de los mundos posibles, aunque Raquel, su señora de aquel entonces, lo forzaba a encontrar un trabajo estable. “Y con tu sueldo compras ropa, juguetes para la Maurita, y después, maybe, gastas en competir”, le decía. Pero Bastián hacía oídos sordos, y más todavía cuando clasificó a las Olimpiadas de Paris.
Allí se lo jugaría el todo por el todo –su proyecto de vida, la medalla de oro– ante Viacheslav Morozov, connotado Gran Maestro Internacional. Morozov era la estrella en ascenso del circuito y tenía como principio rector no mezquinar a nadie su cara de conchesumadre; compañeros, rivales, oligarcas rusos, financistas de ocasión: tarde o temprano todos se llevaban un desaire. Se habían enfrentado en un teatro cerca de la Place du Palais Royal. Fue un partido largo, disputado, pero Morozov nunca abandonó un rictus acorde al desprecio que sentía por Bastián. Raquel junto a su hija estaban en primera fila dándole ánimos. Pero la historia se impuso, Morozov lo derrotó. Bastián tuvo que verlo ponerse de pie, darle un coscorrón a la nada, y alzar los brazos en gesto de triunfo; bestial. Durante el discurso de premiación Morozov se mantuvo impasible, pero al recibir la medalla de oro miró a Bastián con una mueca burlona, que mal disimuló torciendo su cabeza, en un gesto similar al de un violinista. “La próxima lo cazo”, había dicho Bastián por lo bajo, sin saber que su mundo se iba a derrumbar.
Raquel partió con Maura a Chile a pasar una Navidad y nunca más regresó; desde allí acometió la labor de levantar un muro entre padre e hija. “Es que su papá es como el gitanito que nació cansado”, sería la respuesta estándar a cada pregunta que hiciera Maura.
A la deriva en un mar de apuntes desperdigados por el piso alfombrado de su departamento en Saint-Denis, Bastián pasó los siguientes años alternando derrotas con triunfos cada vez más esporádicos. Hasta entonces no temía sacrificar piezas, arriesgar una derrota con tal de imponer sus términos; luego, ya separado de su familia, Bastián se mostraba errático, como si ya no tuviera deseos de ganar. Pero los torneos debían tener jugadores extranjeros para otorgar normas, así que mes a mes un sobre con membrete oficial caía en sus manos invitándolo a tal o cual lugar. Su vida era una constante cuenta regresiva, quería llegar al minuto cero: abrir un hoyo y dejarse caer. Todavía en París, durante una tarde de otoño, Bastián se dio cuenta de que su oportunidad había pasado. Caminando por los pasillos del Museo de Arte Contemporáneo sufrió un rapto de lucidez. Mientras observaba esas telas, con sus cosmogonías y sus refriegas –era una retrospectiva de Matta–, Bastián supo que ya no sería campeón: contagiado del pánico de ese expresionismo abstracto, partió a embalar sus cosas a su departamento en Saint-Denis. Al mes estaba de regreso en Santiago. Refugiado en un departamento en Dublé Almeida, Bastián dedicó seis años a dictar cursos en distintas universidades del Barrio República. Todas las cuales detestaba por igual. A su hija la veía poco y nada: a la distancia –primero geográfica, luego emocional– observó cómo la niña se convertía en adolescente y después en mujer. Ese estado suyo de feliz decadencia solo se vio alterado cuando conoció a Ximena, quien en ese instante se le acercó para susurrarle por lo bajo:
–Mira: es Maura.
Se escuchó un murmullo generalizado de aprobación cuando apareció la novia. La concurrencia observó a Maura –con su pelo frondoso y rizado sobre su vestido blanco– descender por una escalera y avanzar del brazo de Tomás Aldunate, su padrastro. Una niña de ojos azules caminaba atrás. Era Emilia, hija de Shayla, la alborotada dama de honor que los había recibido. Unos pasos más adelante, aguardaba el novio: Diego Pataccini.
–Tiene buena facha –dijo Ximena.
–Y cara de mentecato.
Bastián sabía que por la cama de Maura habían pasado una larga lista de indeseables, entre los cuales Pataccini –por extravagante que resultara– estaba lejos de descollar. No era más que un argentino, mariscado por su hija quién sabe dónde: Maura aún no desclasificaba las circunstancias en las que sus vidas se cruzaron.
Los hechos establecidos eran dos: uno, el novio tenía treinta y cinco años cumplidos; dos, había sido campeón de póquer Texas Hold’em.
–Es buen augurio –dijo Ximena.
–¿Esa cara?
Si era una provocación, la dejó pasar.
–Los hombres inteligentes hace rato que pasaron de moda –dijo y sonrió.
Cuando la novia se asomó desde arriba, Pataccini alzó la cabeza –con una mezcla de incredulidad y asombro– para después, cuando ella ya estaba junto a él, ofrecer al encargado del registro civil su cara más solemne. Por su parte, el encargado miró la hora en su reloj de pulsera con un gesto maniaco.
Nadie supo quién dio la voz de alarma, pero se produjo una conmoción que subió como la espuma hasta donde Bastián vigilaba la escena. Se habló de un testigo. Una anciana en segunda fila miró hacia el lado asintiendo. Más atrás alguien preguntó que qué pasaba. Al minuto el testigo seguía sin aparecer. A un costado suyo, Ximena hacía las consultas respectivas. Todavía no se sabía dónde estaba Valderique. Una mujer de rostro pintarrajeado se aprontaba a reemplazarlo cuando un suspiro de alivio colectivo se originó en la fila posterior, indicando que todo continuaba según lo planeado. Por un segundo nadie dijo nada, todos a la espera. A ese segundo le siguió la irrupción intempestiva de un tipo con chaqueta de cuero negro y bluyines desgastados. Ante un centenar de miradas el testigo aparecía en el pórtico de la entrada.
–¿Y ese?
–Ese es Valderique. Y Valderique es el hombre.
Humorista experto en monólogos, Valderique se conducía por la vida como si esta fuera una de sus comedias. Tenía una frente ancha, que aterrizaba en unas cejas gruesas. De facciones anguladas, con una nariz mediterránea, su rostro hacía pensar en una estatua. Usaba el pelo recogido en un moño mal logrado pero que balanceaba con su rostro pletórico. Sumado a unos ojos diminutos daba por resultado un aspecto de cuidada dejación. Tanto esa ajada chaqueta de cuero como ese casco de motocicleta que llevaba bajo el brazo daban testimonio de que Valderique se las había ingeniado para sortear con éxito la crisis de la mediana edad.
–Se toma sus espacios –comentó Ximena al verlo repartir abrazos.
–Sí, demasiado.
Valderique se había iniciado como humorista en un bar de mala muerte. Al principio nadie seguía su monólogo: ni el dueño del bar que contaba billetes tras la caja registradora, ni el mesero que limpiaba una mancha de grasa en una mesa, ni el grupo de amigotes que no despegaba los ojos de los churrascos que habían encargado. Para captar la atención de la audiencia, comenzó a practicar pequeños trucos de magia. Era un ilusionismo tan a la chilena que la gente se echaba a reír.
Y ahora, en el matrimonio, la tensión nuevamente se asentaba en el ambiente. Un poco más allá Shayla corría hacia el fotógrafo, daba instrucciones atropelladas, apuntaba a Valderique, quien aguardaba distendido.
–Se le soltaron las clavijas, o eso parece –dijo Ximena y miró a Bastián, quien negó con la cabeza.
–Aguarda.
Pero en vez de esperar, Ximena apretó:
–¿Es medio tonto?
–De tonto no tiene un pelo –le garantizó Bastián.
Una mano le quitó el casco de la moto a Valderique, quien así logró salir de su trance. El testigo caminó por entre los invitados y se apostó adelante. La tensión solo se disipó una vez que Valderique pudo saludar a los novios.
Un pulgar en alto anunció que estaba todo listo. Las argollas aparecieron por arte de magia, literalmente. Una, materializada desde la oreja del novio. Otra, desde el escote de la novia. Cuando las risas –incómodas– se extinguieron, el enviado del registro civil dijo unas palabras con un tono nasal. Diego Pataccini extrajo un lapicero del interior de su chaqueta. En un movimiento insolente, se volvió con las manos en alto hacia su suegra. Una sonrisa le rasgaba el rostro. Bastián, que observaba la escena unos metros más arriba, tomó nota del gesto. Tal vez Pataccini no fuera tan bruto. Una vez que cada uno estampó su rúbrica en el contrato, se oyó un “vivan los novios” y cuatro mozos aparecieron en el horizonte.
–Muero por un trago –dijo Bastián.
Ximena estaba por decir que si él moría por un trago ella moría por él, pero se mordió los labios. No, eso era mucho.
–Yo también.
Los garzones se movían en perfecta sincronía, conformando un todo coherente. Era tal la simbiosis que a medida que uno se agotaba los otros adquirían energía. Portaban bandejas que tras los embates del gentío quedaban vacías. Uno de veinte años que apenas se la podía con las copas de champán, maniobraba entre las mesas gracias a unos pasitos cortos, enclenques; cuando estaba por derrumbarse, otro, que aparecía desde atrás, lo excusaba de su bandeja. Era un paliducho que se movía sin dar ni pedir demasiado. Bastián los siguió a ambos con la mirada y después se fijó en un tercero, más viejo, que se descolgó del convoy para acercarse serpenteando entre los invitados a ofrendarle una copa a Ximena. Agradecida tomó una para ella y una para Bastián.
–Brindemos –le propuso.
–Ya era hora –replicó él.
Alguien a su espalda murmuró una frase. Una risa estridente –una octava más alta que lo socialmente aceptable– llegó hasta sus oídos. Una voz interior le decía: ‘Bastián no lo hagas’, pero igualmente se dio vuelta a mirar.
Con su vestidito bien ceñido al cuerpo, con su cara de mosquita muerta, Raquel, su ex, aceptaba la copa que le ofrecía un tipo de pelo negro y engominado, el cuarto mozo.
Por el rabillo del ojo Bastián vio que la masa de invitados se apretujaba detrás de él; no había escapatoria.
–¿Qué pasa por tu cabeza?, ¿cómo pudiste venir? –le espetó ella.
–También estoy encantado de verte, Raquel.
La mujer no respondió de inmediato. Se dedicó a fulminar con la mirada a la jovencita que lo acompañaba. Una vez que hubo asimilado sus medidas, se dedicó nuevamente a Bastián.
–¡Cómo puedes ser tan carerraja!
Por toda respuesta Bastián se llevó la copa de champán a la boca y dio un trago que le supo amargo.
Una vez concluido el brindis posceremonia, Ximena junto a Bastián pasaron al salón principal. Los invitados se iban acercando a sus puestos, los platos iban circulando, un buen estado de ánimo se iba apoderando de todos. Se sentaron en una mesa ovalada en donde aguardaba por ellos un plato de filete miñón con ensaladas.
A un costado de la novia, Valderique, con una servilleta en el cuello y una mancha de salsa a cada lado de su boca, ofrecía su humanidad a todo quien la quisiera. Tras aguantar una serie de palmoteos en la espalda, Pataccini se ubicó en el puesto asignado, junto a él había un espacio vacío, puesto que Maura aún no llegaba a comer. Del otro lado de la mesa, Tomás Aldunate hacía el ademán de levantarse de su asiento para ir en ayuda del mozo; una mano, la de Raquel, lo conminaba a quedarse en su puesto. Esa orden no perturbó la actitud empática y proactiva de Aldunate, quien se contentó con arreglarse las mangas de su chaqueta y exhibir una sonrisa de oreja a oreja. Mientras lo observaba, Ximena tendió a imitar esa sonrisa, casi sin darse cuenta. De lo que sí se daba cuenta era de que estaba ubicada en la mesa de los cercanos a la novia, y de que eso echaría por tierra cualquier intento de pasar desapercibida. Sin más que hacer, clavó el tenedor en su ensalada.
A un costado suyo Valderique decía:
–Se abre sola.
–¿Yo?
–La carne.
Ximena tenía un nudo en el estómago. Nunca le había gustado la carne asada, con ese olor a grasa quemada, y ahora menos que nunca. Con la mirada de Valderique aguardando por el veredicto, sin embargo, se obligó a probarla.
–Exquisita –dictaminó.
Satisfecho con la respuesta, Valderique se llevó a la boca un nuevo pedazo.
–¿Se sirve otro pedacito?
Antes de que Ximena pudiera responder, un nuevo trozo había aterrizado en su plato. Cuando era niña una vez al mes su padre aparecía con un filete, que se encargaba de preparar al horno; con los años el ritual se comenzó a espaciar. La variedad de los platos, de la ensalada, de los postres, todo se resintió. Cuando entró a la universidad las carnes magras abiertamente dieron paso a los embutidos. No le importó esa frugalidad, impuesta por las circunstancias, y aunque ahora no tenía tanta hambre como demandaba ese banquete, la situación no le resultaba del todo incómoda.
En eso Maura pasó como un ciclón junto a ella, apenas saludándola con un gesto. La bruja que se acostaba con su papá. No era bienvenida, Ximena se daba cuenta. Y Maura se tomó su tiempo: se exhibió con los destellos de la fiesta como mar de fondo, hasta que se sentó a la mesa junto a su marido.
La novia acaparó las miradas por un instante, después cada quien volvió a su plato, también Ximena.
–¿Usted es amiga de la Maura?
La pregunta venía desde unos puestos más allá. Desde atrás de Valderique asomaba la cara de un anciano con el rostro hinchado, pómulos rosáceos, sonrisa de lactante. Sin duda se había perdido su entrada, en la que todo quien la circundaba aprovechó de cuchichear.
–No –dijo ella.
Luego de un breve silencio añadió:
–Vine con Bastián.
–Te pongo un ejemplo –decía al rato Pataccini–. Supongamos que un vecino me golpea la puerta, sale con que se quiere esconder en mi casa porque le disparó a Jaime Guzmán. Te lo digo: yo lo escondo.
–No hablemos de política –rezongó Raquel.
–Lo escondería –continuó Pataccini, sin prestar atención a las protestas–. Sí, lo escondería, pero se las cantaría clarita: usted, compadre, cometió ho-mi-ci-dio. Pero no, no lo voy a entregar. ¿Y sabe por qué? Porque está en vigor una ley antiterrorista. Usted no va a tener garantías. De que metió la pata, metió la pata.
–Metió la pata, pero no las manos –dijo Aldunate.
Raquel apretó los labios.
–Ya no pasan esas cosas –dijo.
–Tenemos a los mapuches en el sur. Es más complejo.
–Sí, en efecto –intervino Bastián, mientras se acomodaba en su asiento. Era la primera vez que tomaba la palabra para opinar, y lo hizo sin ponerse nervioso.
Hizo una pausa. Luego continuó:
–Los mapuches han sido aplastados por generaciones. Sin embargo, aún conservan sus valores tradicionales: la reciprocidad en lugar del mercado, un sistema de justicia social basado en la dualidad complementaria. También se han contaminado de occidente, con su culto al ego, pero de una manera bien particular.
–¿Usted cree?
–Sí, lo creo. Es un etnocentrismo alienado.
Cuando terminó de hablar Bastián bebió media copa de vino y dedicó una mirada casi furtiva a Ximena.
–Te encuentro toda la razón. Es alienación de clase –decía en ese instante el novio, y luego se servía más vino.
Desde el otro lado de la mesa, una anciana sorbía de su taza. Con la mirada clavada en Ximena, se las ingenió para incomodarla. Tenía unos ojos grises, un tanto cansados, que usaba para examinarla de arriba abajo. Ya habían partido el pastel, que Ximena había empujado con una taza de café instantáneo. Con las manos a la altura del abdomen y con los dedos entrelazados, miró hacia el otro extremo de la mesa, donde se encontró con Raquel. Tenía el rostro enrojecido, y en ese momento se inclinaba hacia su compañero de asiento para murmurar quién sabe qué cosa.
–¿Cuántos años tienes? –terció una mujer, de rostro aguzado y lengua puntuda, que hacía pensar en un reptil anémico.
Ximena tragó saliva. ¡Cuántas tipas había en ese matrimonio! ¡Y seguían apareciendo! Desvió la mirada para ganar tiempo. En otra mesa un anciano de cara eminente achinaba los ojos al probar la torta. Antes de que la urgieran miró a la mujer con cara de reptil y respondió:
–Veintisiete.
–Apenas tres más que yo –dijo Maura. Era el adverbio “apenas” lo que la irritó. Tan cargado de intención. Para asestarle el golpe definitivo, Maura acotó que eran veintisiete primaveritas.
Todos miraron a Bastián, pero él se guardó el comentario: entre las sábanas Ximena le decía que la diferencia era poca. “¿Y cómo para Gardel veinte años no son nada?”, le preguntaba juguetona. Bastián sonreía; para él veinte años eran toda una vida. “Podría ser tu hija”, le había dicho un colega, a lo que él había respondido: “Eso es lo interesante”.
–Y tan jóvenes que se casaron –decía la anciana con su atención ahora puesta en Maura.
Ximena la observó encogerse de hombros y tuvo que reconocer que era estupenda. Bastián le había dicho que Maura vivía de manera independiente desde los 17, cuando se ganó una beca Prodar para deportistas destacados.
Tras una pausa en la que cada uno se dedicó a su plato alguien preguntó:
–¿Y ustedes cómo se conocieron?
Ximena le echó una mirada fugaz a Bastián. ¿Le preguntaban a ella? Los párpados se cerraron al tiempo que inclinaba el mentón hacia abajo; sí, le preguntaban a ella. Como la pregunta provenía de varias cabezas más allá trataría de ignorarla, se dijo Ximena. Supo que ya no podía cuando Raquel dijo:
–Cuéntennos.
Se habían topado en una galería de arte, entre un ir y venir de personas, ella preguntó si le podía hacer una entrevista para su diario. “Encantado, donde tú quieras”, le dijo él. Ximena observó extasiada que Bastián ponía los ojos como dos soles cuando ella respondió que iría a su casa.
–Por eventualidades del destino –resumió.
Del otro lado de la mesa la observaba la anciana, secundada por Diego Pataccini, Maura, y Raquel. En medio de ese ritmo incesante del matrimonio Raquel estableció contacto visual con Ximena, y una vez erigida su jerarquía sobre ella le preguntó:
–¿Amor a primera vista?
Bastián permaneció en silencio, con una sonrisa despectiva en el rostro. Sabía que Raquel no lo dejaría tranquilo, se había preparado mentalmente.
–Sí, que cuenten –dijo Pataccini.
–También yo quiero saber –dijo Maura.
Ximena, por su parte, se mordió el labio. Se acordó de su primera visita –por razones de trabajo– al departamento en Dublé Almeyda. Se acordó también de cuando Bastián, de pie junto a la ventana, le preguntó si podía ayudarla en algo más. La entrevista había concluido, así que ella había dicho que no, muchas gracias, que se hacía tarde. Ya estaba en el umbral de la puerta cuando sintió que Bastián le sujetaba la mano. “Mi biblioteca. Tienes que conocerla”, le había dicho. Todavía recordaba su dedo, que apuntaba a una puerta al final del pasillo. Esa grabadora en su cartera, esas mariposas en el estómago. “De acuerdo”, había respondido ella. Fueron hacia allá. Uno junto al otro, en silencio, mientras un manto de oscuridad caía sobre Santiago. Bastián sonrió con malicia cuando Ximena se percató de que, entre anaqueles de libros, había un espejo, una mesita de velador y una cama. Aquella no era una biblioteca.
Una ensimismada Ximena había paseado su dedo por el lomo de esa Enciclopedia Espasa, de ese Diccionario Larousse, de esos dos tomos de Vidas paralelas de Plutarco que ahora se conocía de memoria. “Buenos textos”, se dijo sacando un libro amarillento.
Era una breve historia del ajedrez, en cuya portada aparecía un alfil. En la solapa aparecía el autor, Bronstein. Una vez que lo tenía abierto Ximena comprobó que las páginas estaban deshilvanadas. Alcanzó a leer unas líneas cuando de adentro se deslizaron unos recortes de diario, que de inmediato se agachó a recoger. Mientras los ordenaba se dio cuenta que eran recortes de cuando Bastián asolaba las competencias internacionales.
–¿Quieres vino?
La pregunta había quedado flotando en el aire por un rato, mientras Ximena fingía pensarlo. Una cosa llevó a la otra: pronto estaba desnuda, tendida en la cama y respirando de manera entrecortada. Bastián tenía una lengua larga, dura, áspera; en los minutos siguientes la utilizó para recorrerla entera.
Al cabo de unos primeros encuentros –tempestuosos, que marcaron la tónica– el orden se instaló en torno a las cosas. Observando una discreción monacal, cada viernes Ximena salía de su trabajo rumbo al departamento de Bastián en Dublé Almeyda. Al entrar lo saludaba con un beso, luego se desnudaba y sin mayor ceremonia se deslizaba entre sus sábanas.
–También me interesa –se escuchó una voz, que sacó a Ximena de su ensueño. La voz era gutural, y provenía del otro lado de la mesa, pero no de Raquel, quien todavía esperaba su respuesta. No: era de la anciana en silla de ruedas. Los ojos clavados en Ximena, solo una respuesta podría aplacarla.
–A segunda vista, más bien –dijo.
No estaba segura de cuándo sintió amor del bueno: si durante su escapadita a las Termas de Chillán, o durante un almuerzo en el Giratorio. Tal vez el punto de inflexión lo había marcado la llegada de Charlotte, su perrita, o esa misma invitación al matrimonio, con la determinación exhibida por Bastián de que en ese cuadro social se mostraran juntos.
Una ventolera asoló la terraza, un sombrero salió volando, un murciélago y varias servilletas saltaron en su búsqueda. Esto pareció animar a la señora del rostro pintarrajeado (que por poco no había sido testigo), quien murmuró:
–Usted es ajedrecista, o lo era.
Bastián se volvió hacia la mujer. Nadie sabía ni de dónde sacaba sus tips de belleza ni en virtud de qué estaba sentada en esa mesa.
–Lo era. Y lo soy.
–Ah, raro igual –dijo con una mueca.
Era una mujer que sabía lo que quería, y en ese momento demandaba una justificación. ¿Una simple amargada o acaso ocultaba una intencionalidad detrás? Bastián tenía una sola manera de saber, doblar la apuesta.
–¿Y lo raro es el ajedrez? –dijo.
–Sí, el ajedrez.
Su propia respuesta parecía no haberla dejado satisfecha, por lo que tras suspirar aparatosamente añadió:
–Lo veo como un hobbie, no como una profesión.
–No es raro. Al revés, es súper simple: unos ganan, otros pierden –y pensó en ese campeonato en Montpellier donde se coronó campeón. En esa sensación fugaz de sentirse dueño del mundo. Era un campeonato menor, pero daba igual.
–Mi suegro tiene su doctorado en matemáticas también –escuchó que decía Pataccini por tirarle un salvavidas.
–Sí, así es –dijo Bastián, reclinándose en su asiento, recordando lo aburrido que había sido escribir su tesis doctoral (una búsqueda del veleidoso número omega). Su doctorado no había sido más que un premio de consuelo, una decisión tomada a la rápida, cuando su permiso de residencia estaba por caducar. En su momento consideró el ponerse al alero de una universidad como una flaqueza moral, y quién diría que terminaría haciendo clases en el Barrio República.
–Sí, para hobby está bien –dijo la mujer.
–Cada loco con su tema –la cortó Pataccini.
–También es cierto –reconoció la mujer del rostro pintarrajeado.
Y después, girándose hacia Ximena, sin reprimir su curiosidad, preguntó:
–Y usted, ¿a qué se dedica?
La curiosidad parecía genuina, pero a Ximena se le hacía molesta. Respondió escuetamente que se dedicaba al periodismo, y aguardó a ver si cambiaban de tema, pero la mujer del rostro pintarrajeado volvió a la carga. Le preguntó:
–¿Y dónde trabaja?
Lo ideal hubiera sido que Ximena se las ingeniara para guiar la conversación en otra dirección, pero nada acudía a su imaginación. Explicó someramente que había partido como interna en La Tercera, pero que después había terminado en TV Grama.
–Somos la última revista del rubro en circulación –remató Ximena.
Y pese a que no quería hablar contó que luego de la última junta de accionistas –TV Grama era una sociedad anónima cerrada– se había dado el mandato al editor para que se centrara en la digitalización; era inminente el arribo de un ejército de programadores prestos a reemplazar a los periodistas de profesión como ella.
La mujer del rostro pintarrajeado la escuchaba con atención.
–Corren tiempos difíciles –comentó.
–Sí, pero me encanta.
–Es porque tiene vocación –dijo la mujer, y algo en su tono delató que el interés era un tanto impostado.
Y no obstante era cierto, Ximena tenía vocación y en términos abstractos amaba lo que hacía. Su entusiasmo, sin embargo, había menguado: sueldos impagos, roces cotidianos, pugnas soterradas entre colegas, todo desembocaba en un mar de agotamiento.
Diego Pataccini preguntó:
–¿Sos free lance?
–Full-time –dijo Ximena con orgullo.
Era un orgullo un tanto injustificado. Por las mañanas los ojos se le cerraban solos, por las tardes las horas se alargaban, empapándola de un tedio que por la noche no la libraba del insomnio. Los deseos con que había hecho sus primeras armas –de forjarse un nombre, de validarse como una profesional– dieron paso a una aspiración más humilde: no molestar.
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