Kitabı oku: «La mente del futuro»

Yazı tipi:

© Luis Muiño Martínez, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

© de los prólogos: Molo Cebrián y Mónica González, 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO777

ISBN: 9788491877585

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.


Índice

Portada

Créditos

Portadilla

Prólogos por Mónica González y Molo Cebrián

1. DRUIDAS, BALCONES MUSICALES Y ERIZOS QUE SE JUNTAN (PERO POCO)

¿Combinaremos libertad individual con cariño colectivo?

2. TERMÓMETROS, FRIKIS ORGULLOSOS DE SERLO Y UN BARÓN RAMPANTE

¿Seremos capaces de disfrutar estando a solas con nosotros mismos?

3. CABAÑAS LLENAS DE HIKIKOMORIS, VAMPIROS TÓXICOS Y GRUPOS INTELIGENTES...

¿Dedicaremos más tiempo a aquellos que realmente lo merecen?

4. FOLLAMIGOS, PUENTES INESTABLES Y PREGUNTAS QUE DESCOLOCAN

¿Elegiremos mejor a nuestras parejas?

5. BURBUJAS PERSONALES, HATERS Y PERSONAS QUE SON MEJORES QUE YO MISMO

¿Volveremos a confiar en los demás?

6. PECES DESMEMORIADOS, POLÍTICOS MENTIROSOS Y FANTASMAS

¿Tendremos más reflejos emocionales?

7. HÁMSTERES, EL ESCONDITE INGLÉS Y UN SAXOFONISTA

¿Estaremos más abiertos a los cambios?

8. SIESTAS, VIDEOJUEGOS COMPLICADOS Y PLACERES SENCILLOS

¿Disfrutaremos más de la vida?

9. MÁQUINAS QUE MANDAN, VICIOSOS Y PSEUDORRELACIONES

¿Aprenderemos a usar las nuevas tecnologías para nuestro desarrollo personal?

10. CEBRAS, TAXIS Y AGUJEROS NEGROS

¿Seremos más conscientes de nuestros objetivos?

11. CISNES QUE NO SON TAN NEGROS, ENFERMEDADES METAFÓRICAS Y UN BOXEADOR LUCHADOR

¿Cuidaremos mejor de nuestra salud?

12. CUÑADOS, UN TERRORISTA ACCIDENTAL Y UN ESPEJO NEGRO

¿Valoraremos más el conocimiento profundo?

13. PERROS ALQUILADOS, TROLES Y MICROGESTOS COPIADOS

¿Nos atreveremos a ser lo que somos?

14. VENTANAS, CARRILES CONTRARIOS Y VACAS VACUNADAS

¿Canalizaremos mejor nuestra empatía?

15. VOLCANES, DRUIDAS QUE NO ESCRIBEN PERO SÍ, Y SEGUNDAS VIDAS

¿Encontraremos el equilibrio entre control y tolerancia a la incertidumbre?

Lista de canciones

Notas

Este libro no es un monólogo, sino un diálogo. Las ideas que aporto han surgido gracias a muchas personas. Aquí están, de una u otra forma, las charlas con Susana, Javi, Clara, Isolina, Molo, Mónica, Montse, Anna, Esteban, Jaime, Ana, Ramiro, Rosana, Ángel, Sofía, César, Javier, Elena, Juan, Teresa, Analía, Alejandra, Marcelo, Marta, Javi, Anabel, Carmen, Ignacio, Chucho, Osqui, Chema, Ana, Marta, Álvaro, Álex, Jordi, Gorka, Carlos, Rosario, Cristina, Carmen,Teresa, Bárbara y muchas otras personas con las que he tenido (y quiero seguir teniendo) conversaciones muy sugerentes acerca del futuro.

Gracias, de verdad, a todos.

PRÓLOGOS

Conocí a Luis Muiño cuando planificábamos nuestro primer proyecto juntos, el pódcast de psicología Entiende tu mente, idea de nuestro común amigo Molo Cebrián. En ese primer contacto, me llamó la atención su mirada inteligente y su voz sosegada. Conforme íbamos hablando brotaban de él ideas inspiradoras y profundas que explicaba con la enorme sencillez que le otorga ser un gran divulgador.

Desde ese momento ya han pasado más de cuatro años y he tenido la gran fortuna de compartir muchas horas a su lado. He vivido ese brillo inteligente de su mirada combinado con enormes dosis de ilusión y entusiasmo ante los nuevos retos que hemos ido construyendo. He aprendido infinidad de conceptos, experimentos y referencias de la psicología mundial, explicados con la rotunda sencillez que aporta su alquímica combinación de conocimientos y experiencias. Y, sobre todo, he crecido emocionalmente al lado de un maestro humilde y honesto como el que más, que tiene una visión de la vida abierta, tolerante y respetuosa con todos los que lo rodean.

Luis Muiño ha vivido la pandemia de la COVID-19 considerándola como una nueva experiencia por explorar, observando, investigando, comprendiendo, ayudando a muchas personas a canalizar sus emociones y, a la vez, adaptándose él mismo a esta nueva realidad. Y creo que precisamente eso es lo que lo convierte en un profesional más que autorizado para compartir con todos nosotros todas las ideas que recoge este libro. Ideas útiles, pragmáticas, realistas, cotidianas, fundamentadas, coherentes y, sobre todo, normalizadoras de una situación que nos ha pillado a todos por sorpresa.

La pandemia de la COVID-19 se ha convertido ya en un hecho histórico. Ha cambiado formas de hacer y de comportarnos, ha afectado a nuestras mentes y ha generado profundas crisis allá por donde ha ido pasando; pero, más allá de las crisis, también generará oportunidades que debemos aprovechar para reformular nuestras vidas. Te recomiendo que explores cada mensaje de este libro, cada idea. Que leas y releas lo que más te llame la atención para tu momento y circunstancias vitales específicas, en este contexto tan extraordinario, inesperado y sorprendente que estamos viviendo. Y que extraigas aquellas conclusiones que más aplicables consideres para acomodar tu mente en este nuevo hábitat que ya es una realidad, explorando con espíritu de aprendizaje y gusto por descubrir, como tiene por norma su autor.

MÓNICA GONZÁLEZ,

del equipo de Entiende tu mente

Acabo de terminar de leer el libro que tienes entre las manos. ¡Cuánto lo he disfrutado! En el capítulo 3, Luis te cuenta cómo nos conocimos. Muchos oyentes del pódcast Entiende tu mente creen que es profesor mío en la Facultad de Psicología. La verdad es que no, pero sí lo considero un maestro. Es nuestro Panorámix, aunque cuando le pones cara ves que lo es en versión joven y con menos barba.

Algunos amigos también suelen preguntarme por libros sobre psicología, y no sé qué decirles. Hay algunos que considero mis referentes, pero apenas tengo tiempo de apartar los ojos de los manuales de las asignaturas. Y, de repente, mira tú por donde, aquí aparece Luis con sus reflexiones «de cabaña».

¡Y así es como realmente se disfruta la psicología! Luis lleva años haciendo divulgación sobre el comportamiento humano desde un punto de vista científico y humanista. No soy objetivo. Para mí es el número uno. Casi en cada página vas a encontrar múltiples referencias a libros, estudios, experimentos de psicología social, neurobiología..., y todo ello, con términos aptos para todos los públicos. Porque eso es lo que hacen los buenos divulgadores y los buenos psicoterapeutas. Saben mucho, pero te dicen lo que sirve. No te explican lo tedioso, te dan la parte que te puede hacer bien y que te ayude a entenderte, entenderlos, planificar y tomar acción.

Este libro es, además, una propuesta «de una nueva forma de tomarse la vida para el segundo cuarto del siglo XXI». El primero ya casi ha pasado y, aunque los coches aún no vuelan —como nos prometieron en Regreso al futuro—, nuestra sociedad está en continua evolución. Una evolución tan rápida a la que cuesta adaptarse.

¿Y Luis se adapta y predica con el ejemplo? Sí. Se adapta. Doy fe. ¿Te cuento una cosa, para que veas? Mira, Entiende tu mente es un pódcast que cuenta con más de un millón de descargas al mes y nos sentimos en deuda con todo el cariño que nos dan los amigos y oyentes. Tratamos de hacerlo de la mejor manera posible en todos los aspectos. Y, claro, la parte técnica no es la principal, pero es básica. ¡Tiene que sonar bien! Solíamos quedar para grabar en el estudio que había montado en un pequeño loft de la zona este de Madrid. Nos gustaba grabar juntos, vernos las caras. Era todo un ritual. Era nuestro momento. Y aparece la dichosa pandemia y nos impiden salir de casa. Luis me había confesado abiertamente que no le gustaban la técnica, los aparatos, los cables..., pero en esta ocasión no quedaba otra. Nos pusimos a ello. En un tiempo récord aprendió a utilizar un software de grabación, a revisar los niveles de entrada, a adaptar su despacho para que «sonara bien» y pudimos continuar con la aventura. Pero no solo eso: escribo estas líneas después de una de nuestras grabaciones en remoto. De la primera a la última, hemos mejorado en equipo y habilidades, y ahora puedo afirmar que, sin duda, el sonido del pódcast es tan bueno como el que teníamos antes del confinamiento. Ahora grabamos en remoto, viéndonos las caras por una pantalla y con una increíble calidad de sonido. Esto es adaptación. Y eso que Luis, en la primera grabación —permíteme que lo cuente, amigo—, puso el micrófono apuntando al lado contrario, al monitor en vez de a la boca. Cosas de genios.

Te cuento cómo se ha adaptado porque es una muestra de lo que a todos nos ha tocado vivir. No nos ha quedado otra si queríamos seguir adelante; pero ¿estos aprendizajes han venido para quedarse? En nuestro caso, puedo decirte que sí. Ahora Luis, Mónica y yo vamos a poder estar cada uno en una esquina del mundo sin dejar nuestra cita semanal y sin pasar por los atascos madrileños. Y eso es mágico. Es de las cosas buenas que ha tenido esta situación que nos ha tocado vivir. Y este libro también habla de eso.

Las palabras de Luis son una ayuda para todos. Para situarnos en el punto de partida en el que nos hallamos ahora.

Si estás en ese pequeño reducto de personas que quieren reflexionar en equipo y atreverse a mirar la vida con la ayuda de las gafas de nuestro druida gallego de Malasaña, estás en el libro adecuado. Somos los galos y tenemos la poción que ha preparado nuestro Panorámix.

MOLO CEBRIÁN,

del equipo de Entiende tu mente

1

¿COMBINAREMOS LIBERTAD INDIVIDUAL CON CARIÑO COLECTIVO?
LA PUGNA ENTRE EL INDIVIDUO Y EL GRUPO

Siempre me he sentido como un psicólogo de aldea. Desde pequeño quise ser como Panorámix, el druida de Astérix el galo, al que las gentes consultaban cuando les sucedía algo extraño. Sabían que él les aportaría una idea sencilla pero sensata. No buscaban en él ninguna solución espectacular que cambiara la vida de nadie, solamente una pequeña intervención que sirviera para que el día a día de la tribu continuara con tranquilidad.

La sabiduría de Panorámix le permitía encontrar soluciones sutiles, que mantenían el espíritu de grupo sin meterse demasiado en la vida de cada persona individual. Porque en la pequeña e irreductible aldea gala, cada persona tenía sus extravagancias y la diversidad se respetaba. Nadie le preguntaba a Obélix por qué cuidaba a su perro como si fuera un bebé. No se cuestionaba, tampoco, al pescadero por traer el producto en lentos bueyes desde Lutecia aunque su aldea esté junto al mar. Y, por supuesto, ningún lugareño se reía del jefe por su empeño en que lo portaran en un escudo a pesar de los porrazos continuos que le suponía ese método de transporte. Los habitantes de la aldea solo aceptan dejar a un lado sus excentricidades cuando es necesario ponerse de acuerdo por el bien común.

Ese es el tipo de vínculo grupal que mantenemos todos aquellos que —como los antiguos galos— provenimos de la esencia celta. Es una forma poco ortodoxa de relacionarnos con los demás, en la que se asume que cada cual toma sus propias decisiones y los demás solo tienen derecho a intervenir en sus vidas cuando los actos personales afectan al colectivo.

En el ámbito de la antropología es habitual distinguir entre sociedades colectivistas (las que fomentan la pertenencia al grupo como forma de sentirse apreciado) e individualistas (en las que la autonomía es un valor prioritario). Los miembros de las primeras suelen percibir que el grupo les exige una lealtad duradera a cambio de la protección que les ofrece. Por el contrario, los que se han criado en culturas individualistas han aprendido a ser autónomos: son libres pero, a cambio, tienen que asumir las consecuencias de sus actos.

En general, en terapia me resulta fácil saber quién ha mamado de una u otra forma de ver el mundo. Los educados en culturas colectivistas tienden a sentirse más seguros en sus decisiones cuando estas siguen la norma social. Por eso, suelen tener más autoestima incondicional: se sienten bien, aunque fallen de manera puntual. A cambio, se sienten muy culpables cuando lo que les pide el cuerpo es salirse de la norma, porque para ellos es muy difícil decepcionar las expectativas ajenas. Acaban reprimiendo cualquier opción vital que se salga de lo común y son proclives a los trastornos del estado de ánimo causados por el hastío vital o la represión de sentimientos u opciones minoritarias.

Por el contrario, los que se han alimentado de espíritu individualista llevan mucho mejor la tolerancia a la tensión: entienden el conflicto con los demás como parte de la vida. Se sienten mucho menos presionados por el grupo, pero el precio que pagan es el sentimiento de soledad. Son conscientes de que ellos llevan las riendas de su vida: toman las decisiones, pero, a cambio, tienen que apechugar ellos solos con las consecuencias. El estrés por la excesiva responsabilidad, el peso de la continua exigencia y la necesidad de mantener una imagen todopoderosa son el lado oscuro de las mentalidades más egocéntricas.

«KEEP THE STREETS EMPTY FOR ME»

A principios del siglo XXI, se hablaba mucho de la deriva individualista del mundo entero. Muchos psicólogos alertaban de la inflación de ego que se podía notar en todos los países. Desde Ecuador a Sudáfrica, pasando por la India, Italia o Australia, la tendencia al «Yo-Mi-Me-Conmigo» parecía evidente. La psicóloga Jean M. Twenge, en su libro Generation Me,1 retrataba a los jóvenes de esa época como personas arrogantes cuyo egocentrismo los hacía pasar de una infancia de «niños tiranos» que abusan de sus padres a una madurez de ejecutivos narcisistas que causan todos los males de la sociedad.

El fenómeno era obvio, también, según otros analistas.Alguno de ellos era capaz, incluso, de definir los hitos que nos habían llevado hasta aquí. El estadounidense Roy Baumeister hablaba de varios saltos de nivel en este videojuego individualista al que, según él, estábamos jugando. El cristianismo como religión predominante, el Renacimiento y la Reforma protestante que llegaron después, la Ilustración y su forma de ver el mundo, el movimiento romántico y, por último, el impacto del capitalismo fueron, según este ensayista, saltos cualitativos que convirtieron nuestra sociedad en un mundo egocéntrico. Según Baumeister, esos hitos han creado fenómenos que nos han llevado a despegarnos del grupo de manera progresiva. Una de esas variables, por ejemplo, es el autoconocimiento: la práctica general de la confesión, que el cristianismo introdujo en el siglo xiii, inició ese camino que ha terminado en la psicología moderna. Conocerse a uno mismo es esencial en una cultura individualista.

Esos hitos también nos ayudaron a cambiar los criterios mediante los cuales nos definimos: a partir del siglo xvii, la identidad deja de asociarse con el linaje familiar. Hoy en día ya no nos definimos por aquello de «¿Y tú de quién eres?», que se preguntaba en los pueblos. Nuestra identidad es completamente individual: nos definimos a través de las redes sociales o de nuestro prestigio profesional. Hemos pasado del estereotipo local («Es que los de mi pueblo somos...») al branding como estrategia para crear una marca personal.

El resultado final es que estos acontecimientos históricos han cambiado nuestra forma de relacionarnos con la sociedad. La rebeldía romántica acrecentó el individualismo de aquel que se siente en conflicto con el mundo. El capitalismo, por su parte, nos habla de la necesidad de autorrealización privada, un crecimiento personal que no tiene por qué armonizarse con la felicidad social.

BUSCANDO LO MEJOR DE CADA UNO

¿Cómo afectan las dos primeras décadas del siglo XXI —con jalones como el desarrollo de Internet, la crisis económica o la pandemia— a ese análisis? Los partidarios de que nuestra sociedad es cada vez más egoísta creen que estos hitos acentuarán la tendencia. Según ellos, el aislamiento al que nos llevan las nuevas tecnologías y la sospecha del prójimo como posible fuente de contagio acrecentarán el egocentrismo más salvaje. Un meme que se hizo popular durante el coronavirus plasmaba esa inquietud. Era un tuit que decía: «¡Qué ganas tengo de que acabe la cuarentena para seguir enganchado al móvil en otro sitio!».

Pero yo creo que hay otra posibilidad. Podemos aprovechar los acontecimientos de las primeras décadas del siglo XXI para caminar hacia un tipo de mente que trascienda la dicotomía entre individualismo y colectivismo. A los que estamos imbuidos de ese espíritu celta del que hablo siempre nos pareció que esa dicotomía era una falsa elección. No pensamos que haya que elegir entre nosotros y nuestro rebaño. En ese sentido, siempre recuerdo la revelación que me supuso descubrir una drástica frase que Fritz Perls proponía como mantra a sus pacientes: «Yo hago lo mío, y usted hace lo suyo. No estoy en este mundo para adaptarme a sus expectativas.Y usted no está en este mundo para adaptarse a las mías. Usted es usted y yo soy yo. Y si por casualidad nos encontramos, será hermoso. De lo contrario, cada uno podrá seguir en paz su propio camino». Acababa de encontrar la plasmación en palabras de ese espíritu personalista, que nos respeta nuestras decisiones individuales pero también nos anima a juntarnos con otras personas si nos resultan nutritivas.

Mi aldea gala es un barrio de Madrid. Se llama Malasaña y es, posiblemente, uno de los lugares más concurridos del mundo. Sus calles están llenas día y noche. Por las mañanas, con una vida de pueblo, poblada de personas que hacen la compra o van y vienen porque trabajan en pequeños comercios. Por las tardes, con la animación de los niños que juegan y gritan como si no hubiera un mañana (y, en efecto, para ellos no lo hay: siempre es hoy). Por las noches, Malasaña se convierte en un centro de ocio bohemio, de cultura estimulante y charlas entre risas.

En mi barrio se produce esa mezcla entre colectivismo e individualismo. Por una parte, hay fenómenos que muchos antropólogos relacionarían con el primer rasgo cultural. Hay, por ejemplo, una crianza casi colectiva de los niños, que suelen estar cuidados y recibir cariño de varios de los padres del barrio. Hay, también, un asociacionismo muy activo. Y el nivel de conocimiento entre vecinos es tal que, igual que en los pueblos, no es raro bajar a la calle a por pan y volver horas después porque uno ha acabado de cañas con un amigo y luego con otro y con otro...

Pero también hay variables relacionadas con el individualismo: la mayoría de los habitantes del barrio somos autónomos y llevamos nuestros negocios de forma completamente privada. Y hay una total libertad en lo que se refiere a asuntos morales, normas de convivencia familiar, comportamiento o formas de vestir. Es muy raro ver que alguien critique la conducta de otro mientras no le afecte en el plano personal. La apertura a la diversidad se da con completa naturalidad.

UN BAÑO GRUPAL PUNTUAL ES BUENO PARA LA MENTE

Me gusta llamar personalismo a esa mezcla que rompe la falsa dicotomía e intenta aunar la libertad que da el individualismo con el cariño social que ofrece el colectivismo. Quiero defender que nuestra psicología puede avanzar hacia un tipo de mente que se siente independiente del grupo, pero que elige asociarse a otras mentes cuando cree que le favorece. Los últimos acontecimientos nos brindan esa oportunidad. De hecho, sentí en mi barrio ese espíritu desde el principio de la pandemia.

En Malasaña aceptamos el confinamiento por protección individual. En general, no tuvimos problemas en recluirnos en nuestros hogares y aprovechar la libertad que nos daba Internet para relacionarnos con personas de todo el mundo buscando afinidades, teletrabajar en nuestros modernos y peculiares oficios y vivir nuestras vidas con total libertad fuera de las miradas ajenas.

Pero a la vez buscamos el cariño del rebaño. La música nos unió. En mi calle salíamos a los balcones a las ocho de la tarde a aplaudir conjuntamente a los sanitarios. Un buen día, un vecino sacó un altavoz y, de manera espontánea, se organizó todos los días una especie de garito formado por balcones en los que la gente bailaba. Yo llegué incluso a cantarle a alguien el «Cumpleaños feliz», una canción que odio de manera especial y que considero el acúfeno social más insidioso de la historia de la humanidad. Pero cómo no unirse a un fenómeno que creció hasta autoorganizarse como ritual colectivo: en otra de las calles del barrio se organizó un día un festival2 con un DJ que coordinaba a un vecino que tocaba clásicos del jazz, a otros que interpretaban música del siglo xvii con instrumentos originales, a alguien que se arrancaba con «La llorona» y a los demás que bailaban disfrazados. En el tipo de cultura personalista que tenemos la oportunidad de crear, la música puede ser una de las formas de sentimiento colectivo. Nos une, pero no nos quita libertad individual, porque va directamente a las vísceras, a un sentimiento de tribu que no afecta a nuestras decisiones personales.

«¿No es extraordinario que unas tripas de carnero tengan la propiedad de hacer salir las almas de su envoltura corporal?», se preguntaba Benedicto en la obra de William Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces. El misterio evolutivo de la música fascina a los psicólogos. Las ventajas evolutivas de la guerra, la envida o la atracción sexual son evidentes. Pero ¿por qué nos emocionamos con la música? ¿Por qué todas las culturas del mundo dedican tanto tiempo y energía a elaborar y escuchar ruidos rítmicos o armoniosos?

Para algunos investigadores, la respuesta es que la música es nuestra forma más ancestral de colectivismo. Nos ayuda a comunicar emociones que el lenguaje no puede expresar y que nos unen al grupo. Steven Mithen, autor del libro Los neandertales cantaban rap,3 sostiene que la música y el lenguaje fueron un sistema de comunicación conjuntos, al que podríamos llamar musilengua, que se dividió en dos formas distintas de transmitir información. Sus teorías se apoyan en algunas lenguas en las que se utilizan sonidos (como, por ejemplo, chasquidos con la lengua) que parecen situadas a medio camino entre los dos fenómenos. La música se quedaría como una forma visceral de unión de grupo, al contrario que el lenguaje, que por lo general nos separa. Por eso es una solución sencilla pero sutil para conservar el espíritu celta, de esas que tanto le gustaban a Panorámix. Quizá por eso, los antiguas druidas tenían que empezar por ser, primero, bardos, dominando el arte de la música.

Me he detenido en la música porque siempre ha sido mi forma de unión emocional preferida. Este libro, como verás, está lleno de canciones: he hecho una lista en Spotify con todas las que aparecen para que puedas escucharlas mientras lo recorres. Pero sé que en una cultura personalista existirán muchas más formas de disolverse en el colectivo conservando nuestra personalidad única. Una charla entre amigos con una sana dosis de cervezas de por medio (estoy seguro de que los neandertales bebían cerveza mientras cantaban rap) es otro ejemplo. Pero también lo es un grupo de chavales que se ríen juntos mientras juegan a Minecraft o haciendo una flash movie reivindicativa en un centro comercial. Son formas puntuales de sentimiento colectivo que buscan el calor visceral de la tribu sabiendo que, después, se volverá a los mundos personales. En Galicia, en mi otra aldea, se habla mucho de la estrategia del erizo. Es un animal que, en invierno, necesita estar cerca de los otros para calentar su cuerpo. Pero, a la vez, debe tener cuidado de no pincharse con las púas de sus congéneres. Mantener la distancia adecuada es el secreto.

«HALLELUJAH»

Hace ya unas cuantas décadas, la antropóloga Ruth Benedict nos dio una pista sobre un factor que podría definir cuándo estamos demasiado cerca o demasiado lejos del prójimo. Esta investigadora realizó estudios comparativos para explicar por qué en algunas sociedades se daban más fenómenos de responsabilidad solidaria que en otras. El factor explicativo que encontró era un sentimiento subjetivo al que llamó sinergia y que podríamos definir como sensación de «estar o no en el mismo barco». En las culturas personalistas existía esa sensación. No tenían que decidir entre individuo y colectivo porque sentían que lo que hacían podía servir, al mismo tiempo, a su propio beneficio y al del grupo. En palabras de Abraham Maslow, que rescató este concepto, una sociedad con alto grado de sinergia es «aquella en la que la virtud rinde». Después del coronavirus, tendremos la opción de redirigir nuestro camino y caminar hacia el personalismo psicológico. La sinergia nos puede servir como nueva regla mental para tomar decisiones e implicarnos solo en actividades que nos beneficien a nosotros y al grupo, a la vez, sin sacrificar ninguno de los dos aspectos.

Para trabajar interiormente con el fin de conseguir ese equilibrio, tendríamos que alejarnos de fenómenos limitadores procedentes de nuestra formación en un tipo de cultura o en otro. Aquellos de mis pacientes que han mamado el colectivismo sufren, habitualmente, de un exceso de deseabilidad social: su tendencia a agradar a todo el mundo les quita libertad individual. Estar pendientes de ser elegidos los hace olvidar su derecho a elegir. Un ejemplo: muchas personas son pusilánimes porque alguno de sus progenitores lo era. En la infancia es fácil confundir la debilidad de los padres con la bondad. Las personas que han crecido con ejemplos de padres demasiado sumisos tienden a creer que defender nuestros derechos es ser egoísta.

Los que han sido educados en el individualismo padecen, por su parte, de un excesivo narcisismo que los lleva a competir continuamente con los demás. Rechazan cooperar, aunque eso les pudiera acarrear un mayor bienestar vital. Sus padres los premiaban cuando tenían éxito pisando a los otros, cuando destacaban por encima del colectivo. Y toda su autoestima se basa en esa sensación de superioridad.

Si queremos aprovechar esta oportunidad, tenemos que cambiar por dentro, haciendo que se respeten nuestros derechos personales. Pero también por fuera, usando las circunstancias para construir una arquitectura vital personalista. Por ejemplo, las redes sociales se pueden usar para la adicción al narcisismo y el cultivo de la imagen más individualista... o para la búsqueda de vínculos nutritivos, aprovechando que Internet acaba con la obligación de aguantar forzadamente a las personas que tenemos cerca y nos permite elegir aquellas relaciones que nos resulten más sinérgicas.

Un fenómeno como una pandemia parece una coyuntura perfecta para unirnos a todos en una lucha sinérgica. Pocas veces el bienestar individual y el colectivo han estado ligados de una manera tan clara. Aun así, ha habido, por supuesto, quienes salieron de aquello reafirmados en su individualismo (protestando contra todos y aplicando el sálvese quien pueda) o en su colectivismo (aferrándose al espíritu de rebaño para reprimir la libertad de los demás). Pero creo que los que consigan darse nacimiento a sí mismos en este personalismo y usar lo que los rodea para fomentarlo tienen mucha cancha para correr en el mundo futuro. Podrán construir una arquitectura vital que una la libertad y el respeto por la diversidad con el cariño grupal y las relaciones que los harán crecer. La oportunidad está ahí.

DIEZ DERECHOS BÁSICOS QUE DEBEMOS DEFENDER EN UNA SOCIEDAD PERSONALISTA

1. Tienes derecho a ser feliz, aunque los individuos que están a tu alrededor te digan que no lo son. Nuestro crecimiento personal no puede depender del nivel de quejas ajeno.

2. Tienes derecho a tener cualquier tipo de opinión y expresarla abiertamente, aunque eso suponga decepcionar las expectativas de los demás. En una sociedad personalista, lo importante es que seas fiel a tu propia escala de valores.

3. Tienes derecho a cometer errores si luego te haces responsable de ellos. Tomar decisiones libremente y ser capaz de asumir las consecuencias va asociado.

4. Tienes derecho a manifestar tus propias necesidades. A la hora de llegar a un acuerdo, tiene que estar claro que son tan importantes como las de la otra persona.

5. Tienes derecho a pedir información sobre todo aquello que te concierne porque afecta a tu vida de manera decisiva. Si los demás quieren ocultártela, están en su derecho, pero debes saber que se niegan a informarte y valorar ese hecho.

6. Tienes derecho a decidir si satisfaces las expectativas de la otra persona o si te comportas siguiendo tus intereses. Puedes rechazar peticiones de las otras personas sin sentirte culpable, aunque eso suponga hacer menos de lo que humanamente eres capaz de hacer. Mientras no violes los derechos personales del otro, la alternancia entre tus intereses y los colectivos es legítima.

7. Tienes derecho a cambiar de opinión sin sentirte culpable. Cuando te retiras a pensar en privado, puedes llegar a conclusiones más acertadas que decidiendo en público: es sano, tanto para ti como para los demás.

8. Tienes derecho a experimentar y a expresar tus propios sentimientos. En una sociedad personalista, sentir cualquier emoción es legítimo: solosomos responsables de la forma en que la canalizamos hacia fuera.

9. Tienes derecho a detenerte y pensar antes de actuar, aunque la otra persona tenga prisa por saber tu decisión. Nadie puede imponernos un ritmo determinado por sus propios intereses. Recuerda: los manipuladores siempre piden que decidamos deprisa.

10. Tienes derecho a pedir (no exigir) a la otra persona que responda a tus necesidades. Los acuerdos personalistas comienzan con la exposición de anhelos individuales. Después, se negocia la posibilidad de un punto medio conjunto.

2

¿SEREMOS CAPACES DE DISFRUTAR
ESTANDO A SOLAS CON NOSOTROS MISMOS?
LOS RAROS ÉRAMOS RAROS

«Jamás hallé compañero más sociable que la soledad», decía el escritor Henry David Thoreau. Este filósofo pasó dos años, dos meses y dos días aislado para demostrarnos que la clausura puede sentarle bien al ser humano. Walden, el libro que escribió a raíz de su experiencia, nos sirve aún de reflexión sobre cómo cambia nuestra mente después de una etapa de aislamiento.Thoreau, una de esas personas que creían que quizá no exista la libertad pero sí la liberación, se atrevió a escabullirse de la continua mirada de los demás para dar nacimiento a un yo más sereno. La experiencia le agradó y siempre conservó después ese gusto por la soledad elegida. Una gran parte de la humanidad ha realizado el mismo experimento por culpa del coronavirus. ¿Nos servirá para aprender a disfrutar de nuestra propia compañía?

Hasta el siglo XXI, aquellos que se aislaban de manera voluntaria como Thoreau sin importarles que los tacharan de raros estaban mal vistos. Se dice, por ejemplo, que en japonés no existe la palabra «excentricidad». El único concepto que se le asemeja (haaji) es una combinación de vergüenza y culpabilidad, que probablemente sea la mezcla de sentimientos más común que experimentaba cualquier persona que se salía del rebaño. Tal vez eso explique que solo nos hayan llegado crónicas aisladas de las escasas personas que intentaron mantener esa forma de vida.

Un ejemplo es el movimiento de los excéntricos ingleses: sus estrategias curiosas para buscar la soledad han pasado a la historia. El decimocuarto barón Berners conseguía, por ejemplo, que nadie invadiera su espacio en las reuniones sociales encasquetándose un bonete negro y unas gafas oscuras, sacando un gran termómetro y tomándose la temperatura cada cinco minutos mientras no hacía más que quejarse sobre su mal estado de salud. El quinto duque de Portland, otro modelo de ese movimiento, jamás dejó entrar a nadie en su dormitorio: cuando su médico lo visitaba, le pedía que le hiciera las preguntas a través de su criado, que era el único que podía acercarse a hablarle a su puerta.

Quizá la pandemia les hubiera sentado estupendamente a estos excéntricos ingleses. Preservar la salud fue, de hecho, su excusa para alejar el excesivo ruido social. Algo parecido a lo que nos ha ocurrido a muchas personas durante el confinamiento. Amigos y pacientes me hablaban en este período recluidos de una sensación que yo también viví: el alivio de tener una justificación para librarnos del ruido social.

Santiago Ramón y Cajal afirmaba que «El hombre es un ser social cuya inteligencia exige, para excitarse, el rumor de la colmena». Por supuesto, es cierto que todos echamos de menos la vida social. Pero somos muchos los que solo añoramos la verdadera comunicación con personas con las que conectamos a nivel profundo. Sin embargo, hemos agradecido descongestionarnos de la cháchara que no nos resulta nutritiva. El coronavirus nos libró por un tiempo de ese jefe al que teníamos que hacer como que escuchábamos, de aquellos padres de amigos de nuestros hijos con los que dejábamos de expresar nuestras opiniones para no poner en peligro el mundo social de nuestros retoños, de ese otro compañero de trabajo con el que necesitábamos fingir complicidad en asuntos que nos resultaban indiferentes o de las parejas de nuestros amigos a las que preguntábamos por sus asuntos aunque las respuestas nos resultaran indiferentes. La COVID-19 nos libró de una gran cantidad de ruido social y nos permitió concentrarnos en nuestras propias señales.

«FISHERMAN’S BLUES»

Ya antes de la pandemia, existían estudios que mostraban que quienes somos propensos a vivir a lo ermitaño también tenemos un hueco en nuestra sociedad. «Si un hombre está en una minoría de uno, lo encerramos bajo llave», se quejaba el juez Oliver Wendell Holmes a principios del siglo xx. Sin embargo, los estudios de las primeras décadas del XXI apuntaban ya la posibilidad de ser solitarios... y no morir en el intento. Sin ir más lejos, el neuropsicólogo escocés David Weeks analizó a miles de personas que viven fuera del rebaño y constató que, entre otras ventajas, gozan de una salud estupenda. Los que van a su aire acuden al médico una vez cada nueve años de promedio, mientras que la población general lo hace dos veces por año.4 Los datos de Weeks corresponden a Estados Unidos en 1995. Si los extrapolásemos a nuestra sociedad actual, el número de visitas médicas aumentaría considerablemente. Pero la relación se mantiene, por lo que las conclusiones del neuropsicólogo son plenamente vigentes: atribuye la vitalidad de los solitarios a los que él denomina su «insultante felicidad». Estas personas se caracterizan por el inconformismo, el idealismo, la dedicación a aficiones propias muy particulares y un alto grado de tolerancia a la frustración: exploran nuevos caminos y no temen a los fracasos. Quizá porque dependen mucho menos de la satisfacción de las expectativas de los demás: no les importa decepcionar a quienes los rodean.

¿Será este el tipo de individuo más adaptativo en la tercera década del siglo XXI? A mí, personalmente, me encanta la posibilidad. Soy, como el barón rampante que ideó Italo Calvino, «un solitario que no evita a la gente»5. No he necesitado vivir toda mi existencia en ramas de árboles para esquivar a aquellos que no me interesan: los solitarios modernos tenemos casas que nos sirven para ese fin. Parapetado dentro de mi hogar, me relaciono solo con aquellos cuya compañía me aporta más que el silencio. Las nuevas tecnologías me sirven para abrir y cerrar las compuertas de mi mente: si quiero quedarme a solas, me basta con cerrar el WhatsApp y las redes sociales. De hecho, me sorprende que los críticos no entiendan ese potencial de las nuevas tecnologías, que nos liberan de la esclavitud de tener que hablar con quienes están cerca y nos permiten dedicar nuestro tiempo a los que realmente nos importan, aunque estén lejos..., o a tener una cita con nosotros mismos.

En la nueva sociedad que se avecina, el centro será la persona, que solo saldrá de sí misma por propia elección. Para llegar a eso, tenemos que empezar a entrenarnos en una capacidad que resultará decisiva: ser indiferentes a la opinión de los otros. El tiempo posterior a la pandemia nos abre esa posibilidad. El psicólogo Dustin Wood6 analizó cómo se ha llegado a esa capacidad. Según él, hasta tiempos recientes la expresión de nuestros rasgos estuvo regulada por una especie de barómetro que nos indicaba cómo actuar «siguiendo al rebaño». Pero en las últimas décadas ha habido un vuelco cultural. La independencia de criterio y la capacidad de seguir nuestro propio camino aunque los demás nos miren mal se valoran tanto que, como afirma Wood, «el imaginario colectivo empieza a asociar la absoluta normalidad con problemas de salud mental».

«BIG IN JAPAN»

Los frikis le teníamos miedo a 2020. En Akira, un manga clásico de los años ochenta, había una viñeta con un gran anuncio de los Juegos Olímpicos de Tokio del año 2020. Un grafiti inquietante, a su lado, advertía: «Anúlenlos». Muchos lectores de Akira recordamos con desasosiego todo lo que sucedía en su argumento cuando el Comité Olímpico anunció que se le concedían a esa ciudad, justamente, los juegos de ese preciso año. Incluso los más racionalistas vimos un augurio alarmante.

Soy de una generación fascinada con Japón a la que han seguido otras más influidas aún por el país nipón. El resultado es que he vivido las primeras décadas de este siglo XXI compartiendo el magnetismo de aquel país con otakus de diferentes edades. He disfrutado con la proliferación de restaurantes de gastronomía de ese país, me he dejado seducir por mangas y animes, he podido transmitirles a mis hijos la sugestión que producen aún Hokusai y los artistas de Shin-hanga, he redescubierto la animación gracias a El viaje de Chihiro o Death Note, me ha fascinado la capacidad de renovar el universo del terror que tuvieron películas como The Ring, he vuelto a ver con amigos las antiguas cintas de Ozu, Kurosawa o Mizoguchi... y, por fin, he viajado a ese país y he regresado con más ganas de volver que las que tenía la primera vez.

¿Qué nos ofrece Japón a ciertas personas? La japofilia tiene muchas posibles explicaciones. A mí personalmente me fascina la sencillez que recorre toda su estética japonesa; me encanta el concepto del wabi-sabi: lo simple, lo fugaz. Para un hedonista como yo, la belleza cotidiana es tan importante como la Gran Obra de Arte, y la cultura japonesa la fomenta. También me atrapa la conexión con el futuro de su sociedad. Recuerdo atravesar el cruce de Shibuya, en el que confluyen varios pasos de peatones y tres mil personas a la vez. Mi imagen de 2018 de cientos de ciudadanos, la mayoría de ellos con mascarillas, entrecruzándose sin tocarse y manteniendo la distancia social, auguraba lo que sería el futuro...

Pero quizá, para mí, lo más interesante de la cultura nipona sea su absoluto respeto hacia la diversidad interior. El coronavirus llegó justo en plena Quiet Revolution, la Revolución de los Silenciosos. Desde las teorías pioneras de Eysenck, se ha dividido a los seres humanos en dos categorías: introvertidos y extravertidos. Los primeros se sienten más cómodos en ambientes con un grado bajo de activación externa. Por eso dosifican los estímulos: buscan continuamente espacios de intimidad y organizan la vida en torno a su necesidad de aislamiento puntual. Por la misma razón son más selectivos en sus relaciones y no se abren a los demás con facilidad. Prefieren la conversación cara a cara al grupo. Un fenómeno habitual en ellos es que suelen disfrutar más cuando recuerdan los buenos momentos en compañía que cuando los están viviendo. Son más proclives a la lectura o a escuchar música sin necesidad de bailarla.

A los extravertidos, por el contrario, les descansa estar con muchas personas, participar en conversaciones continuas y tener gran cantidad de estímulos a su alrededor. Pueden estar solos si es necesario o si se sienten aturdidos por la situación. Pero incluso en esos momentos, su corriente mental se canaliza hacia fuera: por eso suelen poner música, encender la radio o la televisión para mantenerla como sonido de fondo o atendiendo continuamente mensajes en su teléfono. Son más propensos a contarle sus intimidades a todo el mundo y suelen ser más espontáneos a la hora de manifestar sus emociones. También es habitual que tengan más parejas a lo largo de su vida.

Yo soy, claramente, de los primeros. Siempre me consideré (y me consideraron) un friki. Me iba de las fiestas el primero, aunque me lo estuviera pasando bien, porque ya había tenido bastante activación social. No me gustaban las interrupciones de mi intimidad y era un perfecto desastre en la charla insustancial. Por eso no ligaba y no era, precisamente, un éxito social.

No soy el único. Hasta principios de este siglo, la introversión era considerada insana. La psicóloga Susan Cain nos recuerda, en libros como El poder de los introvertidos,7 que hasta bien entrado el siglo xx vivíamos en un mundo que hacía apología de la juventud, una etapa en la que es muy importante estar integrado en el colectivo. Además, se primaban más las habilidades sociales que la eficacia laboral o académica: era más importante «vender» nuestro trabajo que haberlo hecho bien. Prueba de esta tendencia era que los consejos de los «orientadores sociales» (profesores, coaches o pedagogos) se encaminaban, hasta hace bien poco, a que las personas manifestaran continuamente sus sentimientos, aprendieran a trabajar con todo tipo de individuos sin elegir sus compañeros y fueran capaces de hablar de cualquier tema con cualquier persona. Esos ideólogos nos condenaron a los frikis de finales del siglo pasado a llevar una vida de continuo disimulo social en la que sentíamos el peor de los aislamientos: la soledad en compañía de personas.

Pero eso empezó a cambiar a partir de este movimiento para reivindicar la introversión. Susan Cain nos pide que pensemos en individuos a quienes admiramos en facetas diferentes. Cuando hacemos la lista, es fácil darse cuenta de que Johann Sebastian Bach, Miguel de Cervantes, Immanuel Kant, Charles Darwin, Albert Einstein, John Lennon, Steve Jobs y la gran mayoría de nuestros ídolos eran introvertidos. No es de extrañar: Jenn Granneman, otra de las destacadas promotoras de este Movimiento de los Silenciosos, nos hace notar que muchas de las actitudes asociadas a la introversión son muy adaptativas en el mundo moderno. No airear nuestras vulnerabilidades, concentrarse en silencio, profundizar en las relaciones nutritivas en vez de dispersarse dedicando el tiempo a cualquiera o ser ajenos a la presión de grupo son actitudes que rendirán frutos en este nuevo mundo que nos espera después de la pandemia.

Yo, como paleofriki que contempla con envidia el respeto con el que ahora se trata a los chavales neofrikis, le doy la razón a la doctora Granneman. La generación Y sabe que el chaval callado que no parece precisamente el macho alfa de la manada puede convertirse en el nuevo Bill Gates, Steve Jobs o Mark Zuckerberg. Ser friki en la actualidad es mucho más fácil de lo que ha sido nunca.

EL ARTE DE HABLARNOS BIEN A NOSOTROS MISMOS

Podemos aprovechar esa oportunidad y aceptar nuestra parte introvertida como un factor de personalidad sano. Pero eso no basta para librarse de la presión de la mirada ajena, porque muchas veces la llevamos interiorizada. El psiquiatra Ronald Laing afirmaba que las personas sanas solo se sienten mal cuando incumplen sus expectativas sobre sí mismos, no cuando decepcionan las expectativas ajenas. De hecho, desilusionar a los demás porque no hemos atendido sus intereses egoístas es parte de la coherencia de comportamiento. Por eso es tan importante que el ser humano del futuro se prepare para defraudar a quienes lo rodean sin importarle el juicio ajeno. Tenemos que llegar a ser como aquellos que vivieron su vida sin importarles la opinión de los demás. Personas como Benjamin Franklin, que solía pasear desnudo («Estoy tomando baños de aire», dicen que argumentaba) u Oscar Wilde, que pidió champán en su lecho de muerte para poder «morir por encima de sus posibilidades» pueden ser nuestros guías.

Para emularlos, tenemos que cambiar la forma en la que nos hablamos a nosotros mismos. Porque todos tenemos interiorizados en nuestra mente a todos aquellos que nos han impartido instrucciones que nos culpabilizan y nos limitan. Para ser ciudadanos de este nuevo mundo, tenemos que conseguir una voz interior libre de esos guardianes.

La psicóloga estadounidense Laura Berk8 ha desarrollado varios experimentos para investigar cómo interiorizamos esa presión social. Llega a la conclusión de que los niños más eficaces son aquellos que interiorizan discursos de adultos que los animan a afrontar los retos pero cuidan su seguridad en sí mismos («Puedes hacerlo. Inténtalo de nuevo»). Sin embargo, se desenvuelven peor quienes llevan dentro la voz del tutor abrupto y tendente a la impaciencia («Eres un idiota, nada te sale bien»). Por desgracia, en opinión de Berk, a la mayoría de las personas nos ha impactado más este último tipo de adultos. Y su voz surge en ciertos momentos para llenarnos de culpa y paralizarnos en nuestro intento de ser nosotros mismos.

Otros estudios muestran ese efecto limitante midiendo las diferencias de resultados entre aquellos que se concentran en lo que están haciendo y los que están continuamente pendientes de la mirada externa. Los experimentos9 de Ethan Kross, profesor de la Universidad de Míchigan, son paradigmáticos. Uno de los más sencillos trataba de medir la eficacia del uso de autoinstrucciones que contienen el nombre de la persona que se habla a sí misma («¡Ánimo, Juan! ¡Puedes hacerlo!»). Una técnica tan sencilla como invocarnos a nosotros mismos minimiza la ansiedad social y el miedo a ser evaluados, que es uno de los asuntos que más trato en psicoterapia. La mayoría de las ocasiones en las que no somos nosotros mismos sucede que no nos atrevemos: tenemos demasiado interiorizado el juicio externo.

Hay ideas sencillas que pueden ayudarnos a cambiar nuestra conversación interior para convertirnos en ciudadanos libres de una sociedad personalista. Por ejemplo, podemos empezar a hablar de deseos («Me gustaría acabar este informe hoy para poder ponerme mañana con otra cosa») y quitarnos la presión de las supuestas necesidades que nos han inculcado («Necesito terminarlo como sea»). También podemos empezar a sustituir los «tengo que» que nos han impuesto («Tengo que ver a mi madre este domingo») por los «elijo» que parten de nuestro interior («He decidido que voy a ver a mi madre este fin de semana»). Y es mucho mejor admitir que no queremos hacer determinadas cosas («No me apetece mejorar mi inglés este verano») que evadir la responsabilidad con continuos «no puedo».

El terapeuta Albert Ellis nos trae otro ejemplo de imposición de las expectativas ajenas: el «principio del todo o nada». Se trata de la tendencia a catalogar los acontecimientos y a las personas en términos absolutos. «Todo me sale fatal, soy un desastre» o «Mis amigos son unos completos egoístas» son autoinstrucciones que delatan que la persona está cayendo en este sesgo irracional. Si atendemos a las expectativas ajenas, acabamos cayendo en ese perfeccionismo infinito, que no tiene ningún sentido en nuestra época. Lo que propone Ellis es sustituir esos lemas insanos por frases más objetivas, del tipo de «Me he equivocado en estas dos situaciones en particular» o «Mi amigo Pepe se comportó siguiendo sus propios intereses aquel día en particular».

LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA

De ese mismo autor te traigo el que, para mí, es el concepto que más revolucionará nuestra relación con las expectativas ajenas: cambiar culpabilidad por responsabilidad. La culpa es un sentimiento inútil que nos hace dudar de nuestro sentido vital. Es, además, un sentimiento autocomplaciente: nos permite amargarnos tranquilamente sin hacer nada por los demás. No ayuda a nadie: ni a nosotros mismos ni a aquellos a quienes creemos haber hecho daño. Sin embargo, la responsabilidad sí puede echarnos una mano a nosotros y a los que nos rodean. Este fenómeno psicológico nos guía hasta las estructuras mentales racionales que nos motivan a hacer algo para mejorar nuestros inevitables errores y seguir trabajando en cumplir nuestro sentido vital. Por eso creo que la desaparición del sentido de culpabilidad es clave para que nuestra sociedad extraiga enseñanzas importantes del confinamiento que hemos vivido.

Edge.org es una página de Internet en la que científicos y ensayistas reflexionan acerca del futuro que nos espera. Sus últimos artículos publicados analizan cómo ha afectado el coronavirus en nuestra forma de vida. Pero ya hubo una versión que se anticipó a este asunto. En enero de 2006 comenzó, como siempre, lanzando una pregunta a varias eminencias. La de ese año fue: «¿Cuál es la idea más peligrosa del mundo?». De entre todas las variadas respuestas, hubo una que llamó la atención: la del neuropsicólogo Leo Chalupa.10 Este científico afirmaba que lo más revolucionario sería tener, de cuando en cuando, un día de completa soledad para poder conseguir el funcionamiento óptimo de nuestro cerebro. Demostrar que necesitamos una jornada libre de estímulos en la que nuestra mente descanse del bombardeo continuo al que está sometida diariamente era, según este investigador, la hipótesis social más revolucionaria.

Década y media después, hemos tenido esa oportunidad de eliminar el ruido social durante dos meses. Quizás estos acontecimientos de las primeras décadas del siglo XXI nos sirvan para llegar a la conclusión de que una vida con grandes espacios de soledad elegida intercalados con encuentros selectivos con personas con las que realmente conectamos es una opción sana y natural. Quizá, después de habernos pasado semanas encerrados por culpa de una pandemia, empecemos a pensar que la introspección es un fenómeno natural en el ser humano y que no tenemos que sentirnos culpables por masturbarnos las neuronas de vez en cuando. De ese modo, podremos dejar de huir de una vez por todas de nuestro yo interior y empezar a hacernos amigos de nosotros mismos.A fin de cuentas, como decía Oscar Wilde, uno de esos ejemplos de solitarios audaces que te propongo: «Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida».

DIEZ CARACTERÍSTICAS DESCONOCIDAS DE LOS INTROVERTIDOS QUE QUIZÁ TE AYUDEN A ENTENDERTE (Y A QUE TE ENTIENDAN)

1. No nos sentimos especialmente entusiasmados por experiencias externas. Una investigación de la Universidad de Cornell descubrió que nuestro cerebro se activa a partir de estímulos internos, no externos. Nuestra felicidad no se ve afectada por una fiesta divertida o por un viaje exótico: depende del estado de ánimo interior. Y eso a veces puede decepcionar a las personas a quienes queremos.

2. Tendemos a ser ajenos a las modas. Nunca tomamos las decisiones cuando lo hace el colectivo. Resolvemos después, a solas. Por eso es típico que se nos acuse de individualistas o de «estar fuera» del grupo. No nos importa que nos llamen «viejos» cuando somos jóvenes o que se diga que nos estamos perdiendo lo mejor de la vida.

3. Cuando necesitamos comunicarnos, tenemos que hacerlo con personas concretas, dependiendo del tema y del tipo de retorno que busquemos. No nos sirve cualquiera: hay amigos con los que hablamos de sus inquietudes culturales (de cine o de literatura), gente con la que nos desahogamos emocionalmente y personas con las que quedamos para reír y divertirnos.

4. Nos gusta estar «solos acompañados». Nuestras relaciones de pareja, de amistad o familiares se basan, en gran parte, en la capacidad que tienen otras personas para permanecer a nuestro lado en silencio o dedicados cada uno a su actividad. Eso conlleva el riesgo de que nuestros seres queridos sientan que «no estamos».

5. Solemos ser los depositarios de los secretos ajenos. Se tiende a confiar en nosotros por dos razones fundamentales: nuestra capacidad de escucha activa y nuestra tendencia a guardar la intimidad. La parte positiva es que los demás sienten que sus secretos están a salvo; la negativa, que es fácil sentir que somos excesivamente reservados.

6. Tendemos a profundizar en un asunto en vez de diversificarnos. La psicóloga Marti Olsen Laney, autora de La ventaja de ser introvertido: Usa tu poder para triunfar en un mundo extrovertido,11 considera esta como una de nuestras ventajas adaptativas, que explica por qué hay tantos introvertidos entre los expertos en todas las disciplinas. Pero también nos puede convertir en obsesivos incapaces de salir de nuestra manía.

7. Nos gusta que la vida se desarrolle en «lugares seguros». No se trata únicamente de que tengamos miedo a salir de la zona de confort. Además, nos gusta elegir sitios donde podamos dosificar las personas y los estímulos. Por ese motivo evitamos los garitos grandes y ruidosos y tendemos a repetir experiencias. Por supuesto, eso nos puede llevar a resultar aburridos en esas circunstancias.

8. Buscamos continuamente espacios de intimidad. Nos sentamos un poco aparte, cerramos la puerta de la habitación aunque no estemos haciendo nada íntimo, ocultamos lo que estamos viendo en el ordenador o lo que estamos leyendo aunque no nos avergoncemos de ello... Todo eso despierta los recelos de los demás.

9. Evitamos las interrupciones de nuestra corriente mental. Por eso es típico que no cojamos el teléfono o tardemos mucho en contestar el WhatsApp. Aunque queramos comunicarnos con esa persona, preferimos esperar a «haber acabado de pensar» o hacer lo que estemos haciendo.

10. No sabemos manejarnos en las conversaciones frívolas. Tenemos poca facilidad para hablar de tópicos y solo empezamos a sentirnos cómodos cuando la conversación se hace más profunda, incluso si estamos hablando del tiempo, de fútbol o de ropa. Por supuesto, eso nos hace resultar demasiado intensos en muchas ocasiones.

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¿DEDICAREMOS MÁS TIEMPO
A AQUELLOS QUE REALMENTE LO MERECEN?
LA SOLEDAD PUEDE SER ADICTIVA

Uno de los fenómenos más curiosos que vivimos cuando terminó la época del confinamiento fue el «síndrome de la cabaña». Al igual que ocurría con las personas que han pasado varios meses enfermos en un hospital o los reclusos que han pasado varios años en prisión, la perspectiva de recuperar la vida normal nos asustaba. Aislarnos nos resultó desagradable, pero nuestros mecanismos de supervivencia contrarrestaron esa sensación y, al cabo de unas cuantas semanas, estábamos hechos a no tener contacto con los demás. «Un ser que se acostumbra a todo; tal parece la mejor definición que puedo hacer del hombre», decía Fiódor Dostoievski.

En aquellos momentos se rescató el concepto de síndrome de la cabaña: una especie de fobia colectiva a volver a juntarnos entre nosotros. Parece como si muchos hubiésemos preferido seguir para siempre en la seguridad del hogar. El fenómeno era adaptativo: durante la pandemia, muchos entramos en un estado similar a la ataraxia, esa ausencia de ideal para aguantar los malos momentos. Desde los budistas hasta los estoicos, muchas escuelas de pensamiento han reivindicado la carencia de anhelos como técnica para soslayar la frustración, la evitación de la ira para aceptar lo que no podemos cambiar y la pasividad que lleva al sosiego interior. Era un estado que se aclimataba a aquellos momentos, la reacción normal ante circunstancias anormales. Pero por suerte, no duró mucho: en cuanto las nubes se despejaron, volvimos a desear hacer planes, a enfadarnos cuando las cosas no iban como queríamos y a ser proactivos en la búsqueda de nuestra alegría de vivir.

Aun así, en aquellos momentos muchos analistas nos recordaron el ejemplo de los hikikomoris, los adolescentes de Japón que se encierran en alguna habitación de su casa abrumados por el mundo exterior y no vuelven a salir en meses. Cientos de artículos periodísticos nos advertían de que quienes se apuntaron a esa forma extrema japonesa de fobia social acabaron por acostumbrarse a que la familia, resignada, se dedicara a pasarles comida. Por su parte, preferían asegurarse de que disponían de todo lo necesario para llevar una buena vida moderna: Play Station, juegos de ordenador, Internet... Nos inquietaron con la idea de que la sociedad corría el riesgo de «hikikomorizarse».

Cuenta Adolfo Bioy Casares que uno de los textos más antiguos de la historia de la humanidad es una tablilla babilónica en la que alguien se lamenta del rumbo que está tomando el mundo. Según el anónimo quejica, las nuevas generaciones han perdido todos los valores y el mundo se encamina a su fin. Es un hecho constatado: la queja intergeneracional es un placer onanista que llevamos ejerciendo desde hace miles de años. Para obtener gusto en esta práctica, buscamos siempre un archienemigo cultural, una costumbre de «los jóvenes de hoy en día» que nos negamos a entender porque está fuera de nuestro universo mental. El adversario de los que tenemos más de cuarenta años son las nuevas tecnologías. Los influencers sociales de las generaciones anteriores a los millennials hablan una y otra vez del aislamiento que producen las nuevas tecnologías. De hecho, protestaban contra esa supuesta hikikomorización social mucho antes de que llegara el coronavirus.

«WITH A LITTLE HELP FROM MY FRIENDS»

Pero yo creo que olvidan un aspecto importante de esa forma de vivir de los jóvenes que se convirtió en nuestro nuevo hábito durante la pandemia. En efecto, en una vida así las personas parecen pegadas a pantallas, pero... al otro lado siempre hay alguien. Y ese interlocutor con el que nos comunicamos por WhatsApp, intercambiamos fotos por Instagram, ligamos en Tinder o jugamos a League of Legends es alguien a quien elegimos por afinidad. En efecto, en el mundo moderno no atendemos en exceso a la persona que nos ha tocado tener enfrente. Pero estamos mucho más cerca de aquellas personas con las que conectamos, aunque la distancia geográfica nos separe.

De hecho, ese es mi recuerdo del desconfinamiento. Aproveché para limpiar mucho ruido social: salirme de grupos de WhatsApp en los que nunca había querido estar o evitar conversaciones por Skype con aquellos con los que menos conectaba. Y sí, sufrí un cierto síndrome de la cabaña. Me costó volver a encontrarme con gente con la que no tenía ningunas ganas de hablar y, en esos momentos, casi deseé volver al confinamiento. Pero te aseguro que me moría de ganas de ver a mis amigos verdaderos y que no tardé en quedar a charlar y echar unas risas con ellos. Para mí (y para muchas personas con las que he hablado del tema), la pandemia se alió a Internet y nos descubrió el placer de poder dedicar tiempo y energías a aquellos con los que me merece la pena estar.

La enfermera australiana Bronnie Ware trabajó durante mucho tiempo con enfermos terminales. Esa experiencia la conmovió y la llevó a escribir un artículo —después convertido en libro— en el que recopilaba los actos de los que se arrepentían sus pacientes en el lecho de muerte. En Los cinco mandamientos para tener una vida plena: ¿De que no deberías arrepentirte nunca?,12 nos recordaba que la vida (eso que nos sucede mientras nosotros estamos ocupados haciendo otros planes) va muy deprisa. Y es cierto que, en muchas ocasiones, aprendemos sus enseñanzas cuando ya es demasiado tarde para ponerlas en práctica. La inminencia de la muerte es la experiencia que más nos acerca a esa sensación: la difícil asunción de nuestro fin nos puede ayudar a entender qué es lo que de verdad nos parece importante. Como decía el terapeuta Irvin Yalom: «Si bien el hecho de la muerte, su fisicalidad, nos destruye, la idea de la muerte puede salvarnos». Para él, al igual que para muchos psicólogos existenciales, los últimos momentos de nuestra vida nos proporcionan un estado de lucidez que nos lleva a entender de repente nuestras prioridades vitales y aprender máximas que la urgencia de lo cotidiano no nos ha permitido dilucidar.

SOMOS GALLINAS. NECESITAMOS A POLLO

Algo así ocurrió en la época de la pandemia. Todos nos enfrentamos a nuestro miedo a la muerte y nos paramos a valorar qué era lo importante en nuestras vidas. Y creo que a muchos de nosotros no nos sorprende saber que una de las pesadumbres más habituales de los pacientes de Bronnie Ware era el no haber sido capaz de gestionar lo relativo a la amistad. Según la escritora, una de las frases más oídas en lechos de muerte es: «Tendría que haber buscado a aquel amigo del que nunca más he vuelto a saber».

La enfermera recoge testimonios de personas que se arrepienten en su lecho de muerte de no haber retomado el contacto con viejos amigos con quienes aún sentían afinidad. Dice que les habría gustado ver de nuevo a esas personas, recordar momentos de su vida y continuar la relación, pero no habían realizado el esfuerzo de encontrarlos. La enfermera asocia esta importancia de la amistad en los últimos momentos de la vida a factores cronológicos: según ella, al final de la vida los amigos son muy importantes porque a menudo los familiares que rodean a un enfermo terminal están pasando por su propio duelo. Hay una forma de acompañamiento que solo un amigo sabe hacer.

Y esta puede ser la cuestión más relevante en la sociedad post-millennial. Se trata de buscar el acompañamiento adecuado para cada momento. Internet nos ha dado la oportunidad de ejercer el arte que el filósofo francés Michel Onfray denominaba eumetría: buscar la distancia ideal con respecto a los demás. El coronavirus ha sido un empujón para las relaciones virtuales: si a partir de ahora las armonizamos con las presenciales, podemos aprovechar ese juego de distancias para alejarnos de los tóxicos y disfrutar únicamente de unas risas puntuales con aquellos con los que solo nos une un vínculo superficial. Decir no, poner límites y hacer que se respeten los derechos de los que hablé en el capítulo 1 es más fácil, para algunas personas, alternando el cara a cara con Internet. Eso nos permitiría dedicar nuestra mente y nuestro corazón a los optimizadores, a las personas con las que, como decía en el primer capítulo, nos une relación de sinergia, una amistad win-win en la que las dos partes salen ganando.

Los duros momentos de aislamiento nos permitieron poner a prueba nuestras amistades. Lo que allí descubrimos (y tenemos la oportunidad de no olvidar) es que somos capaces de hacer un casting emocional que nos permita descubrir a los optimizadores, a aquellas personas que nos ayudan a sacar a la luz nuestras mejores cualidades en los momentos difíciles. En una sociedad personalista, cada uno de nosotros debería saber qué características diferenciales deben tener esos amigos nutritivos para nosotros. Pero quizá puedo darte algunas ideas generales: los treinta años que llevo haciendo psicoterapia me han permitido extraer algunos rasgos generales.

«AL CALOR DEL AMOR EN UN BAR»

Los optimizadores son personas capaces de recordarnos nuestros compromisos vitales, aquellos objetivos que, aunque nosotros hayamos elegido, se nos suelen olvidar por el vértigo del día a día. Consiguen, con sus preguntas y frases, reavivar nuestra capacidad para retomar las riendas aunque las hayamos perdido de manera momentánea. Nos ayudan también a rememorar tácticas que hemos utilizado en el pasado para salir de nuestros agujeros vitales. Y nos transmiten un sano sentido del desafío: nos dan fuerzas para entender la vida como un reto salpicado de contratiempos inesperados que acaban convirtiéndose en una constante oportunidad de crecimiento y mejora.

Rescato una investigación antigua que nos puede ayudar a elegir en el mundo actual a esas personas vigorizantes. Durante décadas, la psicóloga Emmy Werner siguió el camino vital de cientos de niños nacidos en medio de la pobreza en la isla de Kauai, en el archipiélago de las Hawái. Estos chavales fueron criados por familias desestructuradas con elementos traumáticos (violencia sexista, alcoholismo y enfermedades mentales) y muchos acabaron desarrollando patologías psicológicas. Pero una parte de esos niños consiguió un desarrollo vital positivo y la investigadora encontró un nexo común: todos habían encontrado en algún momento de su vida a alguien (un familiar, un profesor o una pareja) que los aceptó de forma incondicional.

En una sociedad personalista, esa podría ser otra de las características que cabe buscar en los individuos revitalizadores: la valoración incondicional, la aceptación de todo nuestro ser, entendiéndonos como un conjunto en el que hay aspectos que agradan y otros que molestan. Los que nos aprecian así logran transmitirnos un cariño que nos acompaña en el tránsito vital y deja que nos desenvolvamos solos mientras nos marcamos límites para evitar los peligros. Es decir, están cerca sin resultar sobreprotectores.

Quizá, mientras lees estos últimos párrafos, piensas en las personas que te han acompañado a lo largo de tu vida y te das cuenta de que pocas cumplían esas características. Muchos de los que nos rodean nos resultan, más bien, minimizadores. Aprovechan que nuestro cerebro está mejor preparado para detectar lo negativo que lo positivo y que nos cuesta creer los elogios. Buscan nuestros fallos, hunden nuestra autoestima y nos transmiten desánimo, apatía y desmotivación. Son «vampiros emocionales», personas que se sienten mejor a medida que se entristecen quienes los rodean. Para debilitarnos, utilizan diversas estrategias. Nos analizan en términos de todo o nada (utilizando frases del tipo de «Eres siempre muy egoísta» o «Todos te odian»), sobregeneralizando («Se te ha olvidado la sal: no sirves para hacer la compra»), minimizando lo positivo («Has acertado por suerte, pero esta no te va a durar toda la vida») y personalizando en exceso acontecimientos que no están bajo nuestro control («Algo habrás hecho para que te ocurriera eso»). Además, son expertos vendedores de miedo: el temor es una emoción con un gran impacto psicológico y este tipo de individuos intentan inculcárnoslo de manera continua. Intentan convencernos de que cualquier incertidumbre, tensión o problema es un síntoma catastrófico. Si hacemos caso a estas personas tóxicas para nosotros, viviríamos continuamente en estado de alarma y, además, crearíamos un efecto de «profecía autocumplida»: por el hecho de hablar continuamente de lo malo, viviríamos como si eso fuera lo único que existe.

EL PLACER DE CONSTRUIR JUNTOS

Entramos en la tercera década del siglo XXI. Podemos crear una cultura personalista en la que no hay presión social para mantener cerca a las personas tóxicas. Además, en la aldea global, la búsqueda de afinidades es más sencilla, porque no estamos limitados a encontrar personas con las que conectar cerca de nosotros... ¿Qué sentido tiene seguir siendo pasivos y limitarnos a conformarnos con lo que surja? Tenemos derecho a elegir, a escoger con proactividad a las personas que realmente nos resulten nutritivas.

Quizás hayas escuchado Entiende tu mente, el pódcast que Mónica González, Molo Cebrián y yo elaboramos desde hace años. Para un oso solitario como yo, escribir la frase es sorprendente. Juntar en una misma oración un plural como «elaboramos» con un desarrollo en el tiempo tan largo («desde hace años») me deja perplejo. Yo he presumido siempre de trabajar solo, como los poetas y los asesinos en serie. He necesitado tres décadas de vida laboral para darme cuenta de que estar orgulloso de ello era pura estupidez.

Conocí a Molo en una celebración por un amigo común. Tardó dos frases en fascinarme por su desparpajo creativo: es una persona que deja ideas innovadoras en la conversación con la misma facilidad con la que respira. Días después, me llamó para proponerme que hiciéramos juntos un pódcast. Yo no lo tenía muy claro: no sabía ni siquiera qué quería decir la palabra y, sobre todo, tenía mucho miedo a trabajar en equipo. Pero ya te digo que Molo es como un Mozart de la comunicación y, en cuanto empezó a dibujarme el formato, no dudé en apuntarme.

El oso solitario había decidido juntarse con otro de su especie. Pero el asunto iba a ser más extraño aún para mí: Molo me dijo que quería incluir a una tercera persona. Yo sabía que las posibilidades de que yo me sintiera a gusto haciendo un trío hablando de psicología eran incluso más pequeñas que las de disfrutar de un trío sexual. Para los ermitaños, dos son muchedumbre, tres son legión. Pero Molo me convenció para quedar a comer y conocer a Mónica. Ella llegó, intercambiamos unas cuantas frases, se fue al baño... y yo le dije a Molo que aceptaba: perpetraríamos, entre los tres, un pódcast. Me había asombrado encontrarme con una persona que juntaba pasión con lucidez, corazón y cerebro, una mezcla poco habitual que me encanta disfrutar.

Entiende tu mente me ha regalado muchas cosas. Los tres juntos hacemos programas que yo no podría hacer nunca por separado. Me he abierto a mundos (encuentros virtuales, vídeos en directo y eventos en teatros) a los que yo solo ni me habría asomado. He descubierto que pienso mejor en un colectivo nutritivo que encerrado en mi cueva mental. También me he dado cuenta de que hablo mejor dialogando que monologando. Sé que somos más eficaces en nuestro mayor objetivo (echar una mano a los demás) que si yo intentara hacer el programa solo. La mezcla de juventud y de madurez, de afecto y de inteligencia, de desparpajo y de experiencia es la clave. Y todo eso viene de que somos personas muy distintas que nos aportamos mutuamente.

Pero, además, Entiende tu mente me ha regalado otra cosa: me ha rejuvenecido y me ha hecho volver a creer en los optimizadores. Y prometo, a partir de ahora, tener los ojos bien abiertos y buscarlos de forma proactiva. Henry Miller escribió: «Todos los hombres, cuando se sosiegan, cuando se vuelven desesperadamente honrados consigo mismos, son capaces de pronunciar verdades profundas. Todos derivamos de la misma fuente. No hay misterio sobre el origen de las cosas. Todos somos parte de la creación, todos reyes, todos poetas, todos músicos, basta con que nos abramos, con que descubramos lo que ya existe». Hay personas que nos ayudan a extraer las energías necesarias para convertirnos en reyes, poetas o músicos. Buscarlas de manera activa puede ser una buena táctica. Porque con ellos llenaremos la mochila que nos servirá para vivir esos nuevos «años veinte» que nos tienen trabajando en el siglo XXI.

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9788491877585
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