Kitabı oku: «Diario de máscaras»

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Luisa Valenzuela

Diario de máscaras


Este libro puede leerse como un libro de viajes donde los paisajes y las situaciones están resueltos con pinceladas rápidas, inteligentes y bien elegidas por esa gran escritora que es Luisa Valenzuela.

De Nuevo México a Nueva Guinea, de la Amazonia a Corea y de Cerdeña a Mali, estos relatos están marcados por la presencia de las máscaras.

Buscadas expresamente o halladas de las maneras más azarosas, ellas remiten a tradiciones que se pierden en el tiempo, al duelo o la celebración, y necesariamente a un más allá cuyas criaturas se empeñan en intervenir en la vida presente de los enmascarados y en su entorno cercano.

De allí que el interés –y muchas veces la sorpresa− de cada capítulo de este libro nos invite a la búsqueda de información adicional, de modo que es un libro que puede desplegarse en lecturas infinitas.

Valenzuela, Luisa

Diario de máscaras.-1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Capital Intelectual, 2017.

EBook.

ISBN 978-987-614-548-0

1. Crónicas. 2. Sociedades.

CDD 301

Diseño de cubierta: Ariana Jenik

Diagramación: Sebastián Sánchez

Edición: Patricia Piccolini

Coordinación: Inés Barba

Producción: Norberto Natale

© Luisa Valenzuela, 2014

© Capital Intelectual, 2014

Edición en formato digital: octubre de 2017

Capital Intelectual S.A.

Paraguay 1535 (1061) • Buenos Aires, Argentina

Teléfono: (+54 11) 4872-1300 • Telefax: (+54 11) 4872-1329

www.editorialcapin.com.ar • info@capin.com.ar

Pedidos en Argentina: pedidos@capin.com.ar

Pedidos desde el exterior: exterior@capin.com.ar

Queda hecho el depósito que prevé la Ley 11723. Impreso en Argentina. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida sin permiso escrito del editor.

Conversión a formato digital: Libresque

Índice

  Cubierta

  Portada

  Acerca de "Diario de máscaras"

  Créditos

  Dedicatoria

  El tiempo de la máscara

  Alrededor de la manzana

  Las cuatro direcciones

  La sobriedad del palo borracho

  La verdadera vuelta a la manzana

  Australia

  Adenda zoológica

  Primera vez en Bali

  Adenda botánica

  Java

  La sorpresa

  Papúa Nueva Guinea

  Adenda. Casuarios, un microrrelato

  Vanuatu

  Adenda kanak

  Estética o misterio

  Mujeres y mascareros

  Adenda. Hine-nui-te-pō

  Integración

  El río Zambeze

  Egipto, puerta del África

  Los dogón de Mali

  El Tíbet

  Adenda. La sal, un microrrelato

  India y Nepal

  Japón

  Adenda. Shishi y Tengu

  Corea por dos

  China

  Diablos

  Adenda sudaca

  La Tierra sin Mal

  El Amazonas

  Adenda. Entre boras y huitotos

  El Sibundoy y la literatura

  Formas de respeto

  México lindo y querido

  Huehuenches

  Días y Noches de muertos

  Adenda. Catrina, la calaca

  Semana Santa yaqui

  Malla de alambre

  La máscara mortuoria

  El secreto

  Payasos sagrados

  Adenda. Bonifacio

  La máscara cambiante

  La máscara sarda

  Osos

  Adenda de novela

  V de Venecia y B de Basilea

  Fuego

  Adenda. Caminar sobre el fuego

  La casa de la máscara

  Nombre

  Identidad y anonimato

  Curalotodo

  Biografía

A Angelina del Valle, la tan querida Nenuca, y a la memoria de su añorado compañero Javier Wimer. En reconocimiento por abrirme las puertas de México, nido de máscaras entre tantas otras maravillas.

“Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más pro­fundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símil. ¿No sería la antítesis tal vez el disfraz adecuado con que caminaría el pudor de un dios?”

Friedrich Nietzsche Más allá del bien y del mal.

“Man is least himself when he talks in his own person. Give him a mask, and he will tell you the truth.”

Oscar Wilde, “The Critic as Artist”, Intentions.

El tiempo de la máscara

¿Qué son en verdad las máscaras? ¿Objetos de uso, esculturas, obras de arte, piezas coleccionables? Nada de eso, nada de lo otro. Como en los pases de prestidigitación, nada por acá, nada por allá y de golpe: todo.

La máscara es un puente entre los mundos, el palpable y el imaginario.

Un vehículo que nos transporta al no-tiempo sagrado.

Una oración hecha materia.

Es un intermediario para hablar con los dioses, un escudo ante lo desconocido.

Es en sí misma un rito de exorcismo, de limpieza, de curación, de alegría desenfadada. O del más puro maleficio.

Es un texto en código.

Es la alegría de poder ser simultáneamente uno mismo y el otro.

Y mucho más.

Cualquier definición resulta incompleta; las máscaras, al igual que el lenguaje, abarcan lo múltiple cuando permitimos que se abran a la compleja ambigüedad. Cuando intentamos precisar, definir, la cosa se complica.

Decimos que el ser humano, el Homo sapiens, es un bípedo implume que pertenece a la especie de los mamíferos bimanos del orden de los primates, dotado de razón y de lenguaje articulado. Faltaría agregar –y lo recomiendo– “creador de máscaras”. Porque les son inherentes y nos diferencian de los animales a la vez que nos asemejan y aúnan a ellos.

Las máscaras son la dualidad hecha materia.

“La máscara mezcla hombre y bestia, dioses y objetos inanimados. La máscara yuxtapone hombre y seres y objetos separados por las diferencias. Las máscaras están más allá de las diferencias; no solo las desafían o las borran, las incorporan y las arreglan de manera original. En una palabra son otro aspecto del doble monstruoso”, escribe René Girard en su libro La violencia y lo sagrado.

Por su parte, Roger Caillois en Méduse & Cie alega que la máscara es universal al hombre, mucho más que la rueda o cualquier otro artefacto, pero solo se accede a la civilización abandonando la máscara. Se cree acceder, porque desde las más remotas épocas prehistóricas las máscaras son un reflejo del espíritu humano y de su lento avance civilizatorio. Algo de eso entendió Girard cuando escribió “Transformación de lo real en irreal, [la máscara] es parte del proceso por el cual el hombre se oculta a sí mismo el origen humano de su propia violencia, atribuyéndola a los dioses”.

Los seres humanos conocen las máscaras desde tiempos remotos. Lo atestiguan las pictografías de la cueva de Trois Frères, en Ariège, Francia, y también las de las cavernas a orillas del río Urubamba, en Perú, como tantos otros petroglifos, donde aparecen hechiceros que se investían con cabezas de ciervo o de huemul para atraer a las presas. Es decir, que utilizaban ya los subterfugios del simulacro y también entendían eso que hubo de llamarse “magia simpática”, tanto imitativa como contagiosa, la creencia de que lo similar convoca a lo similar, o bien que las cosas que han estado en contacto siguen ejerciendo influencia mutua una vez separadas.

Dicen los especialistas que las máscaras de Corea, utilizadas hasta hoy en representaciones de teatro danzado, chamánico o no, pueden ser rastreadas hasta unos cinco mil años antes de Cristo. Y en Egipto, gracias a antiguos frescos, sabemos que la mayoría de los sacerdotes portaban máscara. Los oficiantes de Anubis, guardián de los cementerios, llevaban –lo hemos visto mil veces reproducido– cabeza de chacal negro, porque el negro no representaba la muerte sino la fertilidad. Y a la entrada de las tumbas los sacerdotes de Anubis realizaban la ceremonia de apertura de la boca y de los ojos para devolverle al difunto la capacidad de ver, hablar y comer en la otra vida: ojos y boca abiertos, como una máscara. En cambio Thot, dios del poder alado, maestro de sabiduría, de las artes y las ciencias, padre de la doctrina hermética y de las palabras sagradas de la escritura jeroglífica, se identificaba con el ibis y por lo tanto sus sacerdotes usaban esbelta máscara de ave.

Desde su más temprana edad, la de piedra, el ser humano intentó derivar un sentido de este magma que es el universo y buscó personificar sus fuerzas gracias al uso de máscaras en rituales y celebraciones, haciendo así visible lo invisible. Ya sea para despertar a la tierra después de un largo invierno, para asegurarse buena caza y buenas cosechas e incentivar la fertilidad en todos sus aspectos, o para aplacar y homenajear a los dioses, para celebrar a los muertos y a los vivos, la máscara siempre tuvo y tiene un rol preponderante. También para divertirse en los carnavales tan diversos.

Sabido es que la palabra persona, en su acepción más profunda, significa “máscara”. Del latín persōna, es un término que según ciertos filólogos fue tomado por los griegos del etrusco phersu para acuñar prósôpon (delante del rostro), nombre que se le daba a la máscara en las tragedias. De allí derivó “per sonare”, como dicen algunos que decían los romanos refiriéndose precisamente a las enormes máscaras con bocina que se usaban en el teatro griego para proyectar la voz.

Las máscaras son umbrales: entidades liminales entre lo sagrado y lo profano, entre el mundo de los espíritus y el de los mortales, entre el bien y el mal, entre la obra de arte y la espontaneidad del desparpajo, entre la risa y el llanto, la alegría, el ritual, la muerte, el desenfreno. El desenfado también. Son una de las primeras manifestaciones del arte allí donde nunca existió la palabra arte; ni la palabra máscara, si vamos al caso. Están vivas a la par de quien las porta, han servido para personificar las fuerzas de la naturaleza y para ahuyentar o asimilar los miedos, son instrumentos de enseñanza social y de contención, son el todo en cada pieza individual.

Cuando la máscara no está en uso se dice que duerme. Cuando un oficiante, sacerdote, bailarín o actor se la cala, la máscara despierta. Y despierta a su usuario, transportándolo a otros mundos.

En muchas culturas se entiende que las máscaras son de inspiración divina. Los dogón de Mali opinan, señala Michel Lieris, que “cuando un artista está inspirado ya no es más un simple ser humano. Se dice que no está más solo, que está habitado por un kungo-fe, una cosa de la cabeza, y ya no tiene por qué responder a las reglas sagradas de las interdicciones. Los principios cotidianos se invierten, la creación se impregna de una fuerza sexual, y el artista y su creación se ven insertados en un dominio, el Bamanaya, en realidad una fuerza que reagrupa las formas para entrar en contacto con el secreto, con el más allá”.

Un kungo-fe, “una cosa de la cabeza”, eso también es la máscara que pone fuera lo que sentimos por dentro.

Alrededor de la manzana

A menudo me preguntan cuándo nació mi pasión por las máscaras y por los carnavales. No tengo respuesta. Debe de haber nacido conmigo, con el impulso que me llevó a ser una viajera impenitente. ¿De dónde me saldrá también esta necesidad de ir siempre un poco más allá? La compulsión despuntó en mi primera infancia y escapé de casa a los cinco años; no fui muy lejos, me escondí en un jardín vecino. Allí quizá empezó la aventura, las ansias de aventura, la busca de horizontes ajenos y lejanos que la máscara representa en todo su esplendor.

Al principio debí inventarme los horizontes lejanos porque ni siquiera me dejaban cruzar la calle. Pero la casa de mi infancia tenía una terraza rodeada por los techos de las casas vecinas, todas bajas. Y allá al fondo, en el mismo corazón de la manzana, una casa algo más alta lucía en lo más alto un ángel de mampostería. Un querubín que parecía convocarme. Y como todos me creían a salvo en esa terraza de altos muros, yo me escabullía por los techos en pos de esa figura mágica, pisando suave sobre las chapas de zinc y haciendo equilibrio por las cornisas como un gato. Pero nunca pude alcanzar mi meta; un patio profundo, oscuro y despiadado me impedía llegar. Solo me quedaba el consuelo de buscar nuevos desafíos. Entonces –precoz lectora de Salgari, de Jack London, de Stevenson– me inventaba viajes alrededor de la manzana urbana y cargaba la canastita de mi vieja bici con vituallas para enfilar hacia un terreno baldío de la vuelta que según el caso se convertía en isla del tesoro o en selva de la Malasia. La manzana era doble, suerte para mí, porque en el arbolado y añejo barrio de Belgrano la calle Aguilar corta justo en la calle 11 de Septiembre, donde vivíamos. Y yo zarpaba en busca de tesoros que variaban invariablemente según mis aficiones o colecciones del momento: figuritas con relieve, monedas extranjeras, estampillas, postales. Todos elementos alusivos al secreto del viaje, a los mundos distantes y desconocidos. Todos valiosos para mí. No máscaras en aquel entonces, aunque cada uno de estos elementos las prefiguraban.

Los viajes empezaron siendo un sueño, se convirtieron en pasión, acabaron en vicio. Por momentos se vuelven pesadilla nocturna: tengo que zarpar o alcanzar un vuelo inesperado y no logro juntar todas mis cosas y armar las valijas. También de la vigilia en los engorros de los aeropuertos; pero toda pesadilla, cansancio, hartazgo, se borran en el momento sublime cuando el avión despega y me siento libre de peso, feliz. Entonces tomo la revista de la aerolínea y ya empiezo a solazarme con la posibilidad de un próximo viaje. Siempre más allá, a tierras desconocidas.

Los viajes colmados de aventura que me inventaba de chica fueron tomando cuerpo a partir de mis veinte años. Gracias al periodismo y más tarde a la literatura pude desplazarme por trabajo y llegar a los países más remotos. Cumplo con mis obligaciones, generalmente fascinantes, y aprovecho para avanzar más allá en busca de ritos, de festivales, y de máscaras. Porque si somos verdaderos viajeros, y no simples turistas, todo viaje resulta una forma de exploración. Y de exploración interior. Al viajar nos abrimos al otro y en el otro a alguna zona desconocida de nuestra propia alma.

Pero nunca tanto como con el anuncio que me llegó días atrás por mail.

Cheap Flights to Valenzuela

Así, en cuerpo catástrofe. Lo entendí como un truco publicitario, me pareció divertido, hice clic para volar a mi fuero interno desde la comodidad de mi escritorio, y ¡oh sorpresa! encontré que Valenzuela es una ciudad en la Gran Filipina. Tendré que volar a visitarla. A visitarme, como sucede en todo viaje, pero esta vez con etiqueta personalizada. Y para mejor, barata.

Será para otro momento. Por ahora, solo consignar un incidente que quizá abrió la puerta del secreto:

Casi en las antípodas de la manzana en la que estaba nuestra casa de esquina, existía una vieja casona abandonada, siempre en venta. Se decía que había sido refugio de nazis durante la guerra; al respecto se hacían muchas conjeturas, alentadoras para la imaginación de una niña. Allí arrastraba yo a mis amiguitas, y el viejo guardián nos permitía pasar para explorar las habitaciones. Hasta que una buena mañana nos recibió con el pantalón desabrochado y todas esas cosas, entonces extrañas para nosotras, colgándole a la intemperie. Intuimos un abismo y con mi amiguita de turno escapamos corriendo. Nunca más volví a esa casa, pero muchísimos años más tarde me puse a pensar si no habría sido aquel el tesoro tan buscado: la máscara de Tengu, el rojo diablejo de nariz fálica que trae buena suerte, infaltable en las casas japonesas. Volveremos a Tengu cuando le llegue el turno.

Ahora que lo pienso, ahora que me pongo a escribir sobre el probable nacimiento de una seducción… por las máscaras, aclaro, quizá la raíz haya sido más íntima y muy anterior. Me veo ante una tristísima ventana que da al patio de aire y luz de un departamento interno. Tengo dos añitos apenas y la cabeza vendada como una pelota (¿habrá sido esa mi primera máscara?) porque me habían operado de mastoiditis. Entonces contemplaba por horas la ventana ciega de la pared de enfrente hasta que se producía el milagro. De golpe la ventana se abría y la vecina del departamento A (Florida 930, quinto piso) se descolgaba por esa ventana y haciendo equilibrio por una amplia cornisa llegaba hasta mí trayéndome los dones. Ella era Lina Wille Bille, la austera pero ágil y generosa mujer del dueño de Gong, una boîte de moda en aquel entonces, y traía hasta mi ventana la magia del cotillón: matracas, cornetas, globos, antifaces. Quizá aquellos antifaces decorados con lentejuelas y purpurina fueron los detonadores de algo que hasta el día de hoy me arranca del sufrimiento y la tristeza, me deslumbra y me despierta un incondicional fervor.

Porque, ¿cuándo nace una pasión?

Es probable que crezca de a poco; en mi caso la puedo rastrear en mi fascinación por todo lo lejano, en las lecturas, sobre todo, y en las distintas colecciones que fui juntando de chica, hasta banderines y etiquetas de hoteles de esas muy antiguas que se pegaban en las valijas y en los arcaicos baúles ropero. Oh, los baúles ropero del llamado “cuarto de plancha”, en la terraza de casa, un verdadero desván. Cerrados con llaves inhallables, tan llenos de inaccesibles secretos. Una manera de estar en todo el mundo sin moverme de casa, eso era el desván. Lo mismo vengo armando ahora en mi estudio, pero aquellos baúles-ropero representaban la inversa: una manera de llevarse la casa por el mundo.

Palabras portmanteau llamaba Joyce a esas que combinan significados. Baulropero. Así las máscaras. Y así las pasiones, porque nada es tan unívoco como parece.

No son solo las máscaras. Son también los libros que las mentan, las muestran, las reconocen. Los busco y atesoro; en las ciudades que visito entro en las librerías y dejo que el olfato me guíe hasta algún hallazgo. Al igual que mi antropóloga en La travesía:

Hay algo en una librería cualquiera que ella busca denodadamente sin preguntar a vendedor alguno. Libros sobre máscaras, ya se sabe, pero nada de los secos tratados de su especialidad, no, quiere libros con muchas fotos, en colores si posible, de máscaras en uso, de esos instantes cuando el ser humano se hace dios y diablo, y baila. Máscaras como escudo ante lo desconocido, arma mágica para enfrentar fantasmas volviéndose un fantasma.

Investí de antropóloga a la protagonista de La travesía, esa novela que defino como una “autobiografía apócrifa”, quizá porque mi vocación errada haya sido precisamente esa, la antropología. Desde mi preadolescencia leía libros sobre los mundos desconocidos, los pueblos que ahora llamamos originarios, las civilizaciones perdidas, las variadas religiones. Recuerdo haber leído a Joseph Campbell, quien dijo que “la metáfora es la máscara de dios”. Quizá invertí los términos y entendí que también puede decirse que la máscara es la metáfora de dios, y quedé capturada para siempre en su hechizo.

Bruce Chatwin, en su recopilación de textos sobre el nomadismo, cita a Verlaine cuando dice que Rimbaud tenía “suelas de viento”. Temo que, haciendo medio honor a mi apellido, ese también es mi caso. Tras las máscaras y sus rituales sagrados y sus carnavales profanos (sagrados a su modo) he recorrido miles de kilómetros y con esfuerzo he acopiado especímenes, no necesariamente valiosos pero siempre de uso y por lo tanto significativos. Me he metido en algunos de los más insólitos andurriales del mundo y he armado una muy nutrida biblioteca sobre el tema.

En este libro me propongo revivir retazos de esa travesía.

Las cuatro direcciones

¿Por dónde empiezo para mentar las máscaras?

Me rodean, aun estáticas están vivas. Yo también estoy viva y así andamos, comunicándonos. En mi estudio saludo a las cuatro direcciones como corresponde al ritual y me asombra la distribución que el azar ordenó atendiendo a la disponibilidad de espacio. El estudio es en realidad un gran galpón; mi casa supo ser una pequeña fábrica de ductos para aire acondicionado, abandonada y astrosa cuando la conocí. Amé a primera vista el galpón de chapas, atiborrado de escombros. Los demás no importaba; horrible como era sabía que tenía potencial sin excesivo gasto. No en vano viví en Nueva York y asistí a las transformaciones de los espacios industriales en el Soho. No podía aspirar a tanto, claro que no, pero este galpón...

Hoy las paredes están semicubiertas por bibliotecas; hay cuatro ventanas que llegan hasta el piso, dos puertas de vidrio. A lo largo de los años las máscaras fueron encontrando sus variados lugares y acabaron colonizando el territorio. Reinan por sobre libros, ventanas, piano y muebles varios. En lo alto. El azar ha ido colocándolas atendiendo a los puntos cardinales –grosso modo, porque hay mezclas y ellas siempre están dispuestas al cambio–. Hoy los diablos están al sur, la mayoría de las máscaras mexicanas al norte, al este las de África y las de Oriente al Occidente. El mundo dado vuelta.

Es así como ofician las máscaras.

Cada una de mis máscaras es para mí como un libro. Me cuenta muchas cosas, algunas más interesantes, fascinantes, novedosas que otras. Hay coleccionistas de libros que buscan incunables, primeras ediciones, libros de artistas. Yo busco historias en las máscaras, y no me importa si lo que consigo es algo así como una edición de tapa blanda.

Por menos valiosas que sean las máscaras de mi colección, nunca me las he endosado ni siquiera para probármelas. Como suele decirse hablando de otro tema, les tengo tanto respeto que no las toco.

Una amiga en Nueva York tiene una máscara “Cara falsa” de los indios iroqueses. Dice la leyenda que esos seres anduvieron recorriendo nuestras tierras hasta que se toparon con la pared del fin del mundo, por eso siempre tienen la gran boca y la nariz torcidas. El certificado de autenticidad que acompaña a la máscara, curiosamente enternecedora, dice lo siguiente:

FALSE FACE, máscara de danza ceremonial usada para curar a la humanidad de ciertas aflicciones, para prevenir futuras enfermedades y, ubicada al aire libre, para desviar los vientos destructores. A pesar de que este Ayudante no ha sido ungido, sería groseramente inadecuado darle un uso espurio en una danza simulada o de cualquier otra forma. Ha adquirido usted un objeto de gran significación para el pueblo iroquoi. No lo denigre.

¿Sagradas aunque profanas? ¿Qué son las máscaras?

Entre tantas otras posibilidades, son un viaje.

Para encarar estas narraciones sentí que se imponía hacer una ofrenda. Urbana y simple, pero necesaria. Al fin y al cabo, escribir sobre máscaras es una forma de calárselas y salir a bailar con ellas, devolviéndolas a la vida, porque la palabra confiere un nuevo aliento. ¿Y quién puede pretender entender las máscaras, abarcarlas en toda su miríada de significados?

Caleidoscópica la máscara, transformativa; performativa al igual que los verbos jurar o prometer, que con el simple enunciado ya realizan la acción. Las máscaras son así, prometen mucho y cumplen por demás, inesperadamente. Como las del teatro Noh −hay tres sobre la segunda ventana: un Okina, el viejo; una Onna-men usada por el onnagata, ese hombre que personifica a una mujer; un Otoko-men, el joven−. Son hieráticas solo en apariencia porque cambian de expresión con el más leve movimiento de la cabeza del actor. Si el actor mira ligeramente hacia arriba la máscara parece feliz, y triste cuando inclina la cabeza. Todo es cuestión de sombras. Casi siempre es cuestión de sombras con las máscaras.

Entonces, sin proponérmelo, encontré una forma simple de pedirles permiso y congraciarme con ellas para poder seguir escribiéndolas. Porque al pasar frente a una tienda de artículos autóctonos la vi, desatendida, desmerecida frente a unas primas putativas radiantes y nuevas, hechas para el turismo. Se trataba de una máscara chané, usada quizá en algún lejano pin-pin del chaco salteño y no destruida como exige el ritual. Estropeadita, la pobre; había perdido casi todas las plumas que le rodean el rostro, coronándolo. La compré a precio excesivo sin saber bien por qué, y medio arrepentida, ya en casa, entendí la razón, y con suma paciencia y cuidado fui reponiendo una a una las pequeñas plumas en los orificios preexistentes, y lo hice de forma metódica pero algo ecléctica, porque no usé plumones de ave como corresponde, sino breves y leves plumas de un verde vibrante que el azar había puesto en mi camino. Las plumitas esmeralda pertenecen a un pequeño plumero que encontré tirado en las calles de Nueva York tiempo atrás; me atrajo por el color; en principio lo adosé como penacho a otra máscara pero no le correspondía. Ahora sí, ahora corresponde perfectamente. Le robé muchas plumitas pero él es ubérrimo y no se nota. En cambio ella, la máscara, por fin reemplumado su contorno, cambió de expresión. La devolví a su lugar en una ventana y le nació una sonrisa interior, imprevista, y sus ojos que no están, que son dos simples ranuras, le brillan que es un gusto.

La sobriedad del palo borracho

Las máscaras chané están talladas en la blanda madera del palo borracho, árbol cuyo tronco espinoso luce forma de botella de vino Chianti. El palo borracho, como las mil caras que puede tener una máscara, tiene mil nombres: yuchán, samohú, samuhú, copadalick, mandiyú-rá, mandiyú, algodonero, palo botella, palo barrigudo, paineira de Corrientes, árbol botella, árbol de lana, toborochi rosado, paina de seda, paineira fêmea, árvore de paina, barriga d’agua, bomba d’agua, paineira branca, paineira de espinho, árbol de la seda, ceiba de Brasil, samoé. Los chané del Chaco salteño y el Chaco paraguayo lo llaman yuchán y lo veneran porque lo consideran el Señor de las Máscaras.

Hacia finales del carnaval fuimos a Tuyunti, pobre caserío de barro y paja en el árido Chaco salteño más allá de Tartagal. Teníamos la intención de asistir a un pin-pin o arete, el baile ceremonial chané, pero llegamos tarde: se había acabado la chicha y por lo tanto también los días ceremoniales. Solo quedaban en el descampado unos chicos que brincaban al son de una flauta de carrizo. Tenían máscaras de cartón y pedazos de tela armadas por ellos mismos imitando a los mayores, porque a los chicos no les está permitido usar las verdaderas máscaras que representan, o mejor dicho son, el alma o chea de los antepasados.

Los chanés no mueren, me contaron en Tuyunti. Su espíritu se refugia en el palo borracho a la espera de que el mascarero lo rescate tallando la máscara. Eso sí, ni los mascareros pueden acercarse al yuchán cuando el árbol está “de encargue”, es decir, preñado, portando semilla.

A nuestra llegada ya no quedaban más máscaras de aña, ni el aña ‘ndechi ni el aña hanti, los distintos espíritus que pueblan el imaginario de este pueblo llegado siglos atrás desde el Caribe. Todas habían sido arrojadas al río, como en una ceremonia de “limpia”, porque la máscara bailada durante los carnavales absorbe el mal de la comunidad.

No encontré allí las máscaras, pero sí la narración:

El carnaval es gran baile que nosotros hacemos durar varios días. Para el entierro salen el toro y el tigre a pelear. Lo ideal es que gane el tigre porque es de los nuestros; al toro lo trajo el blanco, pero a veces la cosa se nos va de las manos y la pelea se vuelve seria y puede ganar el toro. Eso sí, después las máscaras del tigre y el toro y todas las otras máscaras que se usaron, junto con cajas y bombos, se rompen y se queman o se tiran al río. El fuego o el agua se llevan los espíritus de los antepasados, todos los espíritus. El carnaval se va con todos los espíritus dañinos, y también con los buenos que regresan a sus pagos del más allá.

En Tuyunti y demás poblados chané, el pin-pin es bailado en ordenadísima aunque algo bamboleante ronda alrededor de un árbol. Hombres y mujeres del brazo arman breves hileras que se desplazan como los rayos de una rueda. Las mujeres sin máscara, el rostro embadurnado de rojo. Día tras día mientras corra la chicha. Cuando esta se acaba en toda la comarca, cuando ya no queda ni una mazorca para ser fermentada, surgen del monte los cuchis o chanchos todos embarrados para hacer de las suyas, y también el toro y el tigre que se entablarán en lucha simbólica. Eso cuentan.

Por suerte encontré más tarde algunas máscaras y unos mascareros. En Campo Durán el cacique Máximo lamentó la pérdida de las tierras confiscadas por YPF porque entre otras cosas se opacaron allí los carnavales. Los jóvenes se han ido a la ciudad a rebuscarse la vida, y el tigre y el toro ya no aparecen casi nunca por aquí, pero cuando lo hacen la simbología muchas veces se subvierte. Se supone que siempre ganará el toro, el mundo domesticado versus la barbarie del tigre. “Pero usted sabe cómo son las cosas”, reflexionó, pragmático, mientras tallaba máscaras de animales. “Yo dejo que se las lleve el hombre blanco, que se lleve hasta los añas ya bailados, que se los lleven no más, así también los espíritus que chupó la máscara se alejan de nuestra gente y van a conocer otras tierras”.

No dudé de su palabra y adquirí unos ejemplares.

Y como tengo un dios aparte –el dios Momo, naturalmente– al volver a la ciudad de Tartagal el fin de semana siguiente al Miércoles de Ceniza nos topamos con un gran corso callejero. Y entre los carros alegóricos y los trajes de fantasía tipo murga propios de todo carnaval, desfilaron comparsas chané favorablemente aculturadas, porque las tradicionales máscaras se habían sofisticado y prestado a los juegos de la imaginación. Logré adquirir un par, pintadas no con las tradicionales tierras sino con simple pintura comercial al aceite. No por eso son menos autóctonas. La más grande tiene el rostro clásico: un óvalo blanco con nariz aplicada y ojos y boca calados, pero la corona no es la clásica tablita sino que está formada por dos personajes propios: una gran cabeza de indio color castaño con sonrisa reluciente, algo desdentada, y por encima de él la monjita de hábito azul, típica de las misiones de la zona. La otra máscara, más pequeña, tiene sobre la cabeza un águila de alas desplegadas. Posiblemente, como suele suceder, cada portador había tallado su máscara según su imaginación.

La verdadera vuelta a la manzana

Viví diez años en Nueva York, de 1979 a 1989. Allí compré una que otra máscara africana, traicionando, pero no del todo, mi propósito de buscarlas in situ: Nueva York en la década del 80 era el ombligo del mundo. El ónfalo, al menos para mí, con todo su esplendor y las consabidas pelusas, lo más claro y también lo más oscuro a pasos de distancia. Tengo una máscara artesanal de papel maché comprada una noche de Halloween, esa fiesta de brujas que por las calles del Village estalla con toda magnificencia y locura creativa resumiendo lo que esa ciudad brinda en materia de imaginación, poder de síntesis y, como se pudo comprobar en el 2001 y por desgracia, capacidad premonitoria. Se trata de un rostro abstracto, verde turquesa con motas, que tiene dos largas orejas rectangulares en las que están dibujadas las torres gemelas; la nariz impactante de elevado puente tiene en la punta un pequeño rectángulo con un zapato dibujado. Bajo las orejas-torres gemelas y sobre la frente, la siguiente frase: “Después crearon lo que ellos llamaron civilización”, que se continúa con flechitas que descienden por el puente de la nariz hasta el zapato, para culminar a la altura de la boca con palabras lapidarias: “y le zapatearon encima”.

Simple comprobación de la polisemia, de la capacidad polivalente de las máscaras. Y de esa ciudad que todo el tiempo se redibuja y transforma.

Quedé imantada con Nueva York desde que la conocí por primera vez porque allí se daban los encuentros más sorprendentes. Por eso cuando en 1988 Roberta Allen, artista plástica y escritora brillante, me dijo con alegría que había recibido una beca para pasar un año en Australia me sorprendí. ¿Vas a dejar Manhattan por un país tan aburrido?, le pregunté. Aburrido en absoluto, me contestó, y me instó a leer The Songlines de Bruce Chatwin, el autor de En Patagonia, y conocer la sorprendente cosmogonía de los aborígenes. El mito de origen de esos pueblos se basa en el Dreamtime, el “tiempo del ensueño”, cuando los seres superiores emergieron del centro de la Tierra en lo que hoy es Australia y avanzaron creando el mundo por medio de su canto. Nacieron así las “líneas de canto” que cada tribu hereda desde hace más de cinco mil años. Cada aborigen, a su vez, hereda un tramo del paisaje y su parte del canto, y año tras año debe revivir el diseño dibujándolo en forma abstracta sobre la tierra con pétalos de flores y otros elementos naturales, y al menos una vez en la vida caminarlo cantando.

Casi ni había terminado la lectura del libro cuando Sandra Shotlaner, una de las dos únicas australianas que conocía entonces, llegó a la ciudad y me buscó. Estupenda dramaturga, Sandra había viajado con Eva Johnson, una colega aborigen (el término solo nos suena despectivo a nosotros, ellos lo reivindicaron con orgullo porque no hay duda de que estuvieron allí “desde los orígenes”), con quien tuvimos largas charlas. Eva me habló de los niños de su generación, arrancados a sus madres a los dos años para ser criados como “ingleses” en los orfelinatos. Ella recién al cumplir los 17 pudo salir de allí y reencontrarse con su hermano. Juntos buscaron y buscaron a la madre de ambos hasta encontrarla por fin años después, pero ya en su lecho de muerte. Es una historia que ahora a los argentinos, por causas aún más atroces, nos puede resultar dolorosamente familiar. Gracias a Eva Johnson entendí los repliegues de la identidad aborigen. Este pueblo originario del otro sur, casi en nuestras antípodas, debió redescubrir sus mitos y su ritos y las cosmogonías que lo unen a su tierra, y así volver a establecer las líneas de canto, recuperar el Tiempo del Ensueño. Y retomar sus sistemas totémicos, porque ellos no solo son los hijos de sus padres, son los hijos de la tierra y deben venerarla como corresponde, volviendo a cantarla. Es así de profunda su necesidad de pertenencia. Y deben recuperar los antiguos nombres, y los idiomas y lenguajes casi perdidos. Así ocurrió con la célebre Ayers Rock, la gigantesca roca monolítica −casi una montaña− que surge en medio del desierto rojo en el corazón de Australia, y a la cual los aborígenes lograron devolverle su nombre ancestral, Uluru. Eva Johnson la canta en un poema que lleva por título el nombre de su idioma también reconstruido, “Waka Waka”:

Aislada roca / que en silencio te yergues / para acariciar la tierra / mientras el agua de las lágrimas / acarrea antiguas historias / deslizándose por tus ríspidas grietas / hasta las cristalinas charcas / donde las mujeres cantan, lavan, danzan. / Ritualmente, / protege los secretos de tu ensueño.

Uluru, contó Eva cuando la conocí, era el nombre ancestral de la gran roca sagrada que no podía ser pronunciado porque acababa de morir el “heredero” de dicho territorio. Debían cumplirse los tres años de duelo antes de que otro pudiera sucederlo. También habían roto la tchuringa de ese hombre, la piedra que encierra el diseño del territorio que le corresponde a cada aborigen y que ningún blanco debe ver entera. Pero yo he visto tchuringas en el museo antropológico, le dije a Eva, y ella me preguntó con toda seriedad si en castigo por haber roto el tabú no me había golpeado la frente contra una pared hasta sangrar.

Así de rigurosas son las enseñanzas ancestrales. Opté por respetarlas desde ese momento; por eso mismo no cuento aquí ni en ninguna otra parte los secretos de las mujeres que me reveló Eva Johnson, secretos relacionados con la menstruación sagrada y con la circuncisión de los hijos varones.

Y paso a paso fue creciendo en mí la fascinación por las cosmogonías de ese pueblo solo primitivo en apariencia, al punto que el sábado 5 de noviembre de ese mismo año 1988, cancelé mis compromisos para pasar el día observando, en la Asia Society, Park Avenue y la calle 70, cómo un par de aborígenes australianos, por primera vez fuera de su país, dibujaban ceremonialmente las líneas de canto de su grupo totémico con tierras de diversos colores y pétalos de flores sobre el piso del escenario. Quizá por timidez, o más bien quizá para mantener el secreto de su línea, los abos no cantaban, pero el diseño que iban plasmando resultaba hipnótico. Todo el día duraría la confección del mapa, como un mandala tibetano o una pintura de arena navajo, por eso a la hora del almuerzo salí a buscar un bocado y tomar aire. Y ya que estaba crucé la bella Park Avenue,que hace honor a su nombre, y aproveché para ir al entonces llamado Center for Interamerican Relations (hoy Americas Society) a ver una exposición itinerante de huacos precolombinos, y ya que estaba, fui a la mansión de al lado, el Instituto Hispánico, a ver una muestra de Zurbarán, y después ¿por qué no? mientras el diseño aborigen iba lentamente avanzando crucé la calle 68 y entré al Museo de Arte Africano que allí estaba en esa época, y como esa misma noche tenía entradas para ver en Hunter College, a la vuelta de la Asia Society, unas danzas ceremoniales tibetanas (con máscaras, por supuesto), entendí que en la mágica Manhattan ese preciso día, yo y cualquiera que por allí anduviese, en dos manzanas a la redonda, podía recorrer los cinco continentes.

Mi sueño infantil quedaba cumplido. Eso sí, necesité cruzar la calle, cosa que nunca me había sido ni me volvería a ser tan provechosa.

Australia

A partir de aquella memorable vuelta de manzana(s) todo se precipitó, y el vínculo que se había empezado a tejer con Australia no se cerró allí; por lo contrario, se desplegó en abanico de la forma más inesperada a partir de la invitación que recibí a los pocos meses para participar en un gran encuentro de escritores −el Carnivale Writers Festival−, en Sydney con ramificaciones en Melbourne.

En un diario de máscaras como este no es cuestión de hablar de esas dos bellas ciudades tan disímiles. Solo cabe mencionar las buenas amistades que allí forjé además de Sandra Shotlander y Joan, su compañera: mis compatriotas Ofelia y Roberto Brozky, la escritora Stephnie Dowrick, el fotógrafo Brendan Hennessy. Fue Brendan, original retratista de escritores y apasionado de la literatura quien, a pesar de ser irlandés, fue mi cicerón para conocer lo más australiano de Australia: sus animales. Necesitaba verlos, comenté, para no sentirme en Río de Janeiro estando en Sydney o en la Inglaterra victoriana al llegar a Melbourne. Brendan entendió y no quiso llevarme al zoo sino a un santuario, el Healesville, donde la fauna local vive en semilibertad. Y allí estaban aquellos bichos casi míticos. El ornitorrinco, que parece una vieja pantufla aplastada y es el único mamífero ovíparo y para colmo venenoso. Y el koala, como osito de peluche que en primavera se emborracha con las hojas nuevas del eucalipto y cae del árbol, y el wombat, ese perro-chancho. Allí escuchamos al kukaburra, el pájaro que ríe, y al pájaro campana que hace honor a su nombre. Fue en Healesville que una hembra de canguro enano, o wallaby, me permitió meter la mano en su bolsa de tibia felpa. En materia animal toco todo lo que puedo.

La fascinación por la fauna cimentó mi amistad con Brendan y pude confesarle que yo había viajado a Australia con una agenda oculta, como dicen en inglés: la secreta intención de llegar hasta Papúa Nueva Guinea y remontar el río Sepik para ver las fantásticas máscaras de la zona, pero me sentía tan pero tan agotada que no tenía ánimos para una incursión de esa envergadura. Andá a Bali, dijo entonces Brendan, yo te acompañaría si pudiera, pero estoy con mucho trabajo. Bali, repitieron mis otras amistades, un lugar donde podrás descansar, pero ni se te ocurra quedarte en Denpasar, la nada interesante capital, o ir a Kuta o Legian, las playas de moda llenas de australianos. No. En Bali el mar es considerado impuro, la montaña es sagrada, hay que ir a Ubud, sugirió Brendan. Y yo que me sentía morir, que no entendía por qué esa falta de fuerzas, por inercia saqué un vuelo barato a Bali. Como despedida, Brendan me dio una moneda de Papúa Nueva Guinea para que nunca olvidara mis sueños.

Resultó tranquilizador encontrar en la revista del avión un artículo sobre el jet lag. Entendí entonces mi dolencia, porque según explicaba se necesita un día de descanso por cada huso horario que se atraviesa en viaje. El vuelo transpolar de Buenos Aires a Sydney cruza al menos doce husos horarios, era solo cuestión de paciencia…

Y como el tema me interesó, un año más tarde, en la siguiente invitación a dar conferencias en Melbourne, me puse a investigar. En el vuelo de ida tenía a mi lado un joven ejecutivo gringo que me contó que no pasaba más de tres días en cada ciudad, y de Sydney debía viajar a Londres, y de allí a Los Ángeles y después… Agotada por la sola descripción del vertiginoso itinerario le pregunté cómo se arreglaba con el jet lag y esas cosas de los diferentes horarios. Ningún problema, me dijo él, en cuanto llego al hotel, donde quiera que sea y a la hora que sea, me pongo el equipo de jogging y salgo a correr; en una hora de ejercicio aeróbico mi organismo ya se adaptó a los cambios.

Me resultó una idea sensata, pero no me dio ganas de ponerla en práctica.

En el viaje de regreso me tocó un ejecutivo australiano, mayor que el anterior pero de equivalente trayectoria. Le hice la misma pregunta y él propuso algo más sencillo: ni me entero del famoso jet lag, me dijo; yo bebo… Y para demostrarlo no cesó de pedir whisky durante las veintipico horas de vuelo. Eso sí, me dejó otra enseñanza práctica que consiste en descubrir, de acuerdo a sus preguntas, de qué ciudad de Australia viene nuestro interlocutor. A saber:

Quien pregunta ¿quiere usted una cerveza? es de Perth. ¿A qué iglesia concurre? es de Adelaide. ¿Cuál es su universidad? es de Melbourne. El de Sydney preguntará ¿cuál es su club? Y el de Brisbane ¿quiere usted otra cerveza? Él, fácil comprobarlo, era de Brisbane… No se me ocurrió en aquel momento sugerir la pregunta apropiada para reconocer a los de Alice Springs, en el corazón de la isla: ¿cuál es su Ensueño?

Mi propio ensueño es decir mi animal totémico, según me dijeron los abos de Tranby en ese segundo viaje, era el emu, enorme ave de plumas mórbidas pariente en las antípodas de nuestro ñandú, cuyos huevos son empollados por el macho. También me regalaron una uña de ese ave gigante y, tallado en piedra un huevo negro con sus símbolos. Para protección, me dijeron. Lo habría puesto a empollar sobre el abanico de plumas de avestruz de mi abuela si éste hubiese sobrevivido a mis mudanzas.

Adenda zoológica

Empecé tocando los lentos babeantes caracoles de tierra, cuernitos de ternura.

Estando embarazada jugué a ser un hipopótamo en tibio río africano.

Nunca quise jugar al avestruz. Sí al emu, que no escondía la cabeza en la arena.

Me adorné con víboras, me las puse como collares y pulseras, igual que la Phidusa.

Antes que nada, para empezar la historia, me senté sobre el montículo de hormigas y me cubrí de hormigas coloradas. Lindo bicho, dije, admirándolas.

Quizás aún antes hubo otros contactos; no los tengo registrados.

Toqué la negra aterciopelada tarántula que me presentó el criador.

Toqué la boa constrictora y toqué la anaconda.

He tocado al puma suelto. Al tigrillo lo empecé a tocar con la punta de mi lápiz, lo seguí tocando con un dedo, la mano, y por fin lo saqué de la jaula y me lo acerqué a la cara.

Palmeé el rinoceronte en cautiverio (y al rinoceronte pareció gustarle).

El guardián de un zoológico me arrancó del sitio dos milímetros antes de acariciarle la zarpa extendida al oso polar.

Hubo besos y abrazos de chimpancés, montonal de abrazos de Darwin, el mono araña amigo.

Nos entendimos con aquella perra boxer (¡guardiana!) que en Oberá, Misiones, me invitó a pasar al jardín, me guió hasta su casa-cucha y para espanto de sus dueños me permitió alzar sus cachorritos recién nacidos.

Alguna vez toqué una lagartija, la tuve entre las manos sin haberla cazado.

Memorables sapitos de Punta del Este, negros como de seda fina con la panza a puntitos rojos y amarillos. Había muchos entonces; hoy ya están casi extinguidos.

Para no hablar de bichitos de luz, luciérnagas, mariposas (¿y la crueldad de convertirlos en joyas?).

Mi langosta saltona favorita en el año de la manga de langostas. Renga la pobre. Creo que la bauticé Pancho.

Muchísimos perros y gatos, claro.

Un pájaro se quedó en lo alto de una ruina en Massada, dejándome acercar muy cerca. Y abajo el Mar Muerto.

Podría hacerme amiga de un ratón. De una araña; las respeto, como a la araña Estrella, o a las Pepitas patudas de mi casa en Tepoztlán.

Nunca de un leopardo negro como el de la otra noche en sueños, el que se fue acercando incontenible por puertas que no cerraban bien. Una puerta a cada lado de la misma pared. No podía cerrarlas y tampoco importó tanto, porque el leopardo negro pasó a formar parte o era parte de esa pieza, de esa escena, de mí misma. Mi máscara.

Primera vez en Bali

Fue poner un pie en el aeropuerto de Denpasar, mencionar la palabra Ubud y ya un enjambre de choferes de taxi y demás medios de transporte, más o menos públicos y más o menos destartalados, me ofrecían llevarme hasta esa ciudad central y me ofrecían hoteles y hostales y pensiones y lo que fuere. Por qué elegí al que elegí solo los dioses del panteón hindú, que se veneran en Bali, lo saben. Pero ahí estaba yo, metida en ese coche que avanzaba a los tumbos por las rutas de la isla, sin saber a ciencia cierta dónde quedaba mi destino. Me sucedió tantas veces a lo largo de mi vida que solo atiné a recordar nuestra Biblia telúrica y me recité esos versos del Martín Fierro que dicen “Derecho ande el sol se esconde / tierra adentro hay que tirar; / algún día hemos de llegar... / después sabremos adónde”.

Ese adónde me empezó a resultar medio inquietante cuando pasamos por un poblado y dejamos atrás del cartel que decía UBUD. Pregunté al chofer, y su acompañante me respondió en su medio inglés que ahí nomás estaba la hostería o lo que fuere, y continuaron la marcha. El sol, haciendo honor al verso, se estaba poniendo. Por fin aterrizamos, mi bolso y yo, en medio de los arrozales y en una triste pieza de pensión. Alguna alimaña, en la noche, me tiraba besitos y yo decidí que temprano a la mañana me mudaría al pueblo. Pero la mañana siguiente trajo el esplendor de los arrozales, las mujeres de coloridos sarongs haciendo sus ofrendas y la propuesta de mudarme a una de las cabañas. El cambio resultó paradisíaco y me puse a escribir:

Visitar Bali o visitarme a mí misma, mi duda de siempre. Moviéndome de balcón a balcón como ahora, balcones a los paddies, los campos de arroz, la maravilla. Estoy en un palacio entre aguas, terrazas inundadas y verdes, ¡oh tan verdes! Quiero todo el tiempo por delante para mí y ya me hice una cita y ya saldría corriendo pero no, me quedo en esta barca muy propia, un arca de Noé a mi medida y solo entran los gekos curiosos, esas lagartijas, y yo me acuerdo de aquel fragmento de Calvino sobre el geko contra el vidrio y me acuerdo de Felisberto (aquí también flotan las velas, las bellas ofrendas) y el geko bebé que me mira tiene manchas doradas y una panza plateada y su voz es la de tirar besitos. Al menos, creo que es esa su voz, porque la primera vez que la escuché me pareció la voz de un murciélago.

En lo alto de mi cabaña el techo es como una barca invertida; me cubre, es de paja dorada y gruesas cañas de bambú. La tierra firme del frente es de cocoteros. A mis espaldas unos techos de paja, a lo lejos, de maravillosas formas. Y los campos de arroz, los reflejos, el verde tan verde del arroz en ciernes, tierno, y alguien dibujando más surcos en el agua mientras arría una fila de gansos, lentamente, como quien reza. Todo acá es rezo. Todo. Y yo en la cama en medio de la barca invertida. Rodeada del mosquitero verde, un scrim para suavizar esta realidad tan suave de suyo y a la vez poderosa.

El estado contemplativo no me duró demasiado, tampoco la escritura. Porque en Bali hay un mundo al alcance de la mano, y zarpé a los cuatro costados, al templo de los murciélagos sagrados y al de los monos; al Templo Madre, el gran templo de Besakih en la falda del volcán Agung, tierras sagradas, pero todo es sagrado en Bali, y el tiempo transcurre entre una ofrenda y otra, las matinales y las vespertinas, y en los festivales de los templos siempre suena el dulce gamelán.

Esta no es una guía de turismo, así que no me detendré en descripciones, pero pensé dos cosas en mi primera visita: si alguien que solo pudiera hacer un viaje en su vida me consultara, yo le recomendaría Bali, porque encierra un universo en su breve territorio de isla. Y pensé sobre todo y con dolor, que si los conquistadores y todos sus tremendos sucesores hasta el día de la fecha hubiesen dejado a los mayas quiché de Guatemala vivir en paz, América Latina tendría su propia Bali, con inciensos y ofrendas, y los volcanes sagrados y el gran lago de Atitlán tan parecido al de Batuán, y sobre todo esos tejidos milagrosos, de idéntica técnica: el ikat, teñido directamente en el hilo para después producir los más bellos y asombrosos dibujos geométricos, y que viste tanto a las mujeres balinesas como a las mayas.

Siendo este un diario de máscaras y yo su fiel servidora, consigno acá que lo primero que hice cuando atiné a bajar al pueblo fue comprar una entrada para esa misma noche. Representarían la sagrada lucha del buen dragón Barong con la bruja Rangda.

Y al volver avanzando por los magros desfiladeros en cuadrícula entre los paddies inundados, me pregunté cómo haría por la noche para reintegrarme a mi barca invertida. Al llegar a la zona del hostal vi a una joven extranjera, sentada en la terraza de una de las cabañas, leyendo. Desde abajo le pregunté si ella solía regresar por las noches del pueblo, y cómo. Me contestó que por supuesto, que volvía a pie con una linterna y era un lujo apagarla al llegar al arrozal para ver la noche estrellada. Le conté que tenía una entrada para la ceremonia de Barong y Rangda y ella decidió acompañarme. Era alemana y estaba en Bali para aprender a tallar máscaras en el pueblo vecino de Mas, cuna de los mascareros. Dios las cría y ellas se juntan, pensé, y así fue como en Bali entré de lleno en el universo máscaras casi sin proponérmelo.

Esa noche una vez más el bondadoso Barong, deidad solar algo payasesca y tierna con su gran máscara de leonino dragón que castañetea los dientes, tocado de dorada filigrana recortada en cuero y cuerpo de largos flecos, portado por dos hombres para darle extensión, se enfrentará a la bruja Rangda, viuda negra con ojos saltones inyectados de sangre, feroces desmesurados colmillos y larguísima lengua también de dorada filigrana de cuero. No pueden existir el uno sin el otro, el yang sin el yin, la luz sin la sombra, y en la pelea eterna nunca habrá un vencedor porque no podríamos calibrar el bien, ni siquiera definirlo, si no tuviera como contracara el mal, que lo resalta y valoriza. Por eso mismo todas las esculturas de feroces deidades hinduistas que protegen la entrada de las casas en Ubud tienen delantales a cuadros blancos y negros: el bien y el mal entrecruzados, como siempre sucede en esta vida.

Y en la noche de la ceremonia, a la luz de las antorchas y bajo el sencillo tinglado, Barong y Rangda luchan solos hasta que los seguidores de Barong aparecen en escena e intentan herir a la bruja con sus krisses; Rangda entonces revierte el ataque y ellos caen en trance y sus propios cuchillos rituales se tornan en su contra, pero claro, protegidos por Barong no pueden autoherirse y así queda la cosa, en equilibrio, si bien siempre inestable y repetitivo.

Años después escribiré en una novela:

Joe tiene la piel oscura. Con él por momentos ella logró sentirse amada y bondadosa, como si él usara la máscara de Rangda y ella fuera Barong. En una inversión de géneros ella fue Barong, el dragón bienhechor, aquel que no tiene ni fuerza ni existencia sin la fuerza y existencia de la bruja Rangda. Sus poderes se oponen: Rangda amenaza y mata al menor descuido, Barong protege y resucita. Luchan y se complementan y ambos son igualmente sagrados porque en la necesaria lucha logran integrarse.

Hay en Bali gran número de máscaras, caras sorprendentes. Y la representación del Ramayana, el llamado topeng, exhibe entre ellas a Hanuman, el mono blanco muy humano que acompaña el ketchak, un baile sobre cocos ardientes.

Esta pequeña isla de Indonesia, cuatro veces más chica que la provincia de Tucumán, con cuatro millones y medio de habitantes y, dicen, treinta mil templos, vibra de vida porque todo allí está en conexión directa con el espíritu y, al menos en apariencia, la mayor actividad de sus gentes es la de fabricar ofrendas. Pequeñísimas canastitas diarias donde colocar un bocado para los dioses en cada puerta de entrada, gigantescas y bellas torres como pagodas de flores y frutas que las mujeres vestidas con los colores más puros y radiantes llevan sobre sus cabezas en procesión a algún altar distante. Todo parecería estar rezando allí, de la manera más liviana, menos dogmática. El animismo en Bali, con mezcla de budismo y de creencias mágicas, muestra su cara más feliz, y sus máscaras, aun las más feroces, irradian algo así como alegría.

Al igual que nuestros chané y ciertos pueblos africanos, el árbol del que será extraída la madera para fabricarlas es venerado, recibe oraciones y ofrendas, y a él se le piden disculpas, so pena de que el espíritu del árbol de ofenda y contamine la máscara. En este caso un árbol está preñado cuando produce algún nudo especial; se cuida mucho de no lastimarlo con la poda y por supuesto se le brinda todo tipo de ofrendas a su espíritu. Durante su elaboración, la máscara que luego será consagrada demanda ceremonias sublimes (uso el adjetivo pensando en Kant, y también en Macedonio Fernández cuando dijo que la diferencia entre lo bello y lo sublime es que lo bello no conversa con la muerte; todo en Bali conversa con la muerte, de la mejor manera que es la de la integración). Una vez pintada, más ceremonias se requieren para cargarla. Y nunca, nunca, será expuesta. Cuando no está bailando se la guarda en una bolsa de seda del color acorde a la intención que se le asigna, y se la coloca en una canasta como nido. Si las ceremonias no han sido oficiadas con la devoción que corresponde hay veces que hasta la misma canasta se contamina y deben proceder a descargarla. Aun sin haber sido consagrada la máscara puede cargarse, hasta las hechas para su venta a los turistas, porque según afirman: “Al fin y al cabo si usted tiene una casa atractiva alguien va a querer habitarla”.

No sé si mi máscara de topeng estará habitada; se la compré al maestro de mi vecina alemana, el renombrado Ida Bagus Anom. Es una máscara solar muy sonriente, y quizás solo puede admitir algún espíritu simple y botánico porque no está pintada. La elegí por varias razones: es una talla precisa que explota las vetas de la madera a la perfección, y su precio es razonable; las máscaras pintadas son mucho más costosas por los días de trabajo que exigen para laquearlas y decorarlas. También porque me saturé con las coloreadas, es éste un drama que me ocurre cada vez que veo cantidad de máscaras juntas. Será una forma de autodefensa. La que sí estaba habitada es una máscara de afable tigre proveniente de Kalimantan que compré también en Bali. Habitada al punto que los aduaneros australianos me la querían confiscar por culpa del comején de la madera; juré que no la sacaría de su embalaje protector antes de llegar a Buenos Aires, donde la pobre tuvo que pasar una semana en el congelador para liberarse de sus molestos y muy materiales habitantes.

Adenda botánica

Vale la pena comprobar hasta qué punto los pueblos que usan máscaras de madera, salvo los latinoamericanos de influencia española, veneran al árbol, ese hermano de los cuatro elementos que se conecta con el fondo de la tierra y con el aire, que en su aspecto benéfico se emparenta con el agua y en el aspecto opuesto con el fuego.

Más allá de los celtas y los famosos robles, son muchos los pueblos que tienen sus especies sagradas: el palo borracho o yuchán de los chané de extracción guaranítica, los baobabs de los dogón y otras etnias africanas, la ceiba que en Cuba reemplaza al baobab en los cultos de la santería, el banyan, ese ficus gigante sagrado para los balineses, el pero selvatico o peral silvestre de los sardos. Todos estos pueblos se ven en la necesidad de hacerles ofrendas al árbol, y pedirle permiso y apaciguarlo antes de podarle una rama o talarlos para tallar las máscaras.

Como si la máscara fuera la continuación de la vida del árbol, siendo el único objeto salido de la mano del hombre que puede adquirir fuerza de vida. La savia que antes circulaba por el tronco de origen parecería ingresar así en una dimensión inmaterial y sin embargo vibrante.

En muchas regiones del mundo las máscaras de madera son consideradas pararrayos o antenas para captar la energía del universo, la fuerza vital llamada ka por los egipcios, la misma que los indios iroquoese llaman orenda, los brasileros del candomblé llaman axé (ashé), y taksu los bailarines balineses.

Java

Para hablar sobre viajes, para reconocer y honrar la idea del viaje pongo en marcha mi cuerpo, viajando. Intento hacerlo con palabras siempre cambiantes como las nubes. Las mismas nubes que vi desde el avión en el vuelo hacia al oeste, el largo camino desde una A hasta la otra, de Argentina a Australia. Hay un problema: fue noche todo el tiempo en nuestra carrera contra el sol, por casi veinte horas fue de noche, y, como todo el mundo sabe, viajar es un tema del día, con paisajes para ser disfrutados por el ojo. El viaje nocturno tiene otra connotación: algunos podrían llamarlo pecado. O sueño.

Tras la nueva invitación a Australia decidimos, con mi amigo el fotógrafo Brendan Hennessy, ir a Yogyakarta, Java, en plan periodístico, para hacer un par de notas sobre dos majestuosos templos. Borobudur, ese libro budista de piedra que es como un gigantesco mandala tridimensional, y Prambanan, un conjunto de templos dedicados a Shiva y otras deidades hindúes, construidos ambos a lo largo del siglo IX.

La idea era hacer un viaje corto y volver a los pocos días para visitar el corazón aborigen de Australia. Pero uno propone y los dioses disponen. Y nos quedamos sin posibilidad de regreso por aire en la musulmana Java a causa del Ramadán. Nos vimos así forzados a alquilar un coche con su joven conductor, ambos al mejor estilo tropical-improvisado, y emprender la marcha de días hasta cruzar a Bali, donde sí habría vuelos disponibles. No se puede decir que las rutas de Java, al menos en aquella época, hayan sido más despejadas que las de la India, porque si bien faltaba el eventual elefante de carga y las vacas sagradas en medio de la carretera, las mismas que los motociclistas pateaban para sacar del camino, no faltaban los ciclistas a pedal cargando un armario, y los caminantes cargando bultos enormes sobre la cabeza, y todo tipo de camiones, camioncitos y camionetas, ninguno en lo que los ingleses llaman mint condition. Claro que, como es sabido, no hay mal que por bien no venga, y el peregrinaje por llamarlo de algún modo que se inició en un hotelito patético del camino, tuvo auspicioso lanzamiento. Esa misma mañana, a la hora del desayuno, Brendan apareció con un par de canastitas ovoides, burdas, hecha de largas hojas trenzadas. Me entregó una y me dijo que espere. Ya en la ruta hizo detener el coche frente a un bosquecito, lo seguí bosque adentro, imité su gesto de romper el burdo tejido de la canasta. El pájaro que salió volando casi me asustó. Y me llenó de alegría: era una ofrenda para abrirnos a las sorpresas y maravillas del viaje.

Hubo mucho, de ambas. En la plaza de la siguiente etapa vi por primera vez el teatro de sombras javanés, el wayan kulit, los “cueros que bailan”.

Javier Villafañe, nuestro titiritero emblemático, alguna vez dijo que “el títere nació con el primer deslumbramiento del amanecer, cuando el hombre vio por primera vez su sombra.” Algo de eso perdura en la magia de esas figuras de cuero calado que, tras una cortina o sábana blanca, evolucionan a la luz de un candil. Son extrañísimas figuras estilizadas, siempre de perfil, con muy largos y ágiles miembros, que cuentan los mitos fundacionales. El dalang, narrador, titiritero y director del conjunto musical, es el hombre sabio del pueblo, quizá el representante de la divinidad. Extraña atmósfera se respira en esa noche teatral al aire libre, con la gente sentada en el piso, participando a su manera, con alborozo y también con reverencia. Java, que al igual que el resto de Indonesia −salvo Bali y Flores− es predominantemente islámica, encontró la manera de preservar su tradición ancestral en un medio que prohíbe la reproducción de la figura humana, patrimonio exclusivo de Alá. Esas marionetas de sombra, han alegado sus defensores, no son en absoluto una representación del hombre: caladas como son, permitiendo el paso de la luz, nada tienen de humano.

Es el mismo argumento usado en Turquía para defender sus propias ancestrales marionetas de sombra, donde los títeres o marionetas no están hechos de cuero opaco como las javanesas, sino de cuero transparente, tipo pergamino. En Java estas figuras son clásicas. Me sorprendió encontrarlas en Estambul aunque no las vi en escena, por lo que compré el libro gracias al cual aprendí que el pequeño títere de sombra que tengo, de rostro grotesco, animal, y caras humanas estampadas como máscaras en rodillas y codos, es un duende o djinn, una de esas figuras compuestas llamadas Göstermelik. En Turquía el teatro de sombras lleva el nombre de su personaje principal, Karagöz. Debe de haber llegado allí, vía la India e Indonesia, desde la China, donde el teatro de sombras es milenario. En la China las encontré en el mercado de Xian, al pie de la Torre de los Gongs y en las inmediaciones de las figuras de terracota del mausoleo de Qin Shi Huang. Estas imágenes planas y caladas pueden ser las hermanas muy evolucionadas de aquellas sombras chinescas de nuestra infancia, hechas solo con las manos.

En Java existen en menor grado las marionetas de madera, vestidas con telas como las tan artísticamente manipuladas en Myanmar. De allí a la máscara, un solo paso. Es otra forma del wayang, el wayang topeng, y los rostros son pequeños y estilizados, de muy sutil nariz, breves incisiones bajo los ojos para poder ver, y casi siempre con corona tallada en la misma madera. En Java conocí las máscaras de batik, finamente “tatuadas”, que expuestas en la casa prometen protección, paz y felicidad a sus moradores.

Son muchas las culturas que cuelgan en la casa una máscara, sobre todo a la entrada, para impedir el paso a los demonios. Yo sigo el buen ejemplo, por si acaso.

Durante los tres días de ese arduo viaje en coche hasta alcanzar la costa frente a Bali, Java nos fue abriendo su caja de sorpresas. Y encontramos regalos. Uno de esos fue fue la vista desde el coche de campesinos con máscaras de colores tipo pasamontañas, o mejor dicho con pasamontañas tejidos como muy coloridas máscaras; hombres y mujeres labrando la tierra. Pero no era tierra y me recordaron, en el primer golpe de vista, a los collas que suben a la alta montaña a buscar hielo festejando el Apu de las Nieves. Porque blanco era el territorio: los campesinos estaba cosechando la sal de mar depositada en piletones, y llevaban la cara cubierta para protegerse del brutal reflejo del sol sobre el manto blanco e iridiscente.

Y así, de sorpresa y sorpresa llegamos al ferry, cruzamos el breve estrecho a Bali y enfilamos a Ubud, la zona más pura y más sagrada de la isla, en pos del hostal en medio de los arrozales, pero el paisaje ya no era el mismo. Como hongos y en apenas dos años le habían crecido más hotelitos o pensiones al místico lugar que yo había conocido en mi viaje anterior. Por lo tanto decidimos buscar alojamiento en el pueblo.

La sorpresa

Al llegar al Café Lotus, lugar clave en Ubud, pueblo que es en realidad una larga calle ascendente, doblamos a la derecha en busca de una de esas cabañas que se alquilan en casa de los lugareños. Y justo antes de encontrarla, la sorpresa: el gran toro con alas, de la cremación. Tres hombres trabajan en él, ya le han cubierto el cuerpo de felpa roja, le están terminando los fastuosos adornos de cuero dorado. El toro tiene máscara de tigre y melena de ramitas bien combustibles. Y dentro de la boca abierta, entre cómica y sanguinaria, ya ha sido colocada una ofrenda. El toro será el sarcófago. Al lado está la gran torre, terminada, que hoy día solo cumple funciones simbólicas.

¿Para cuándo es la cremación?, preguntamos. Para dentro de una semana, logran respondernos en un inglés pobre, y no quisimos seguir preguntando. Porque sentimos el pudor de los occidentales ante la muerte. Bastante fuera de lugar en Bali, pienso ahora, después de haber asistido a la elaborada, intensa, inquietante y casi festiva ceremonia de cremación masiva.

Porque no fue un solo toro el que se quemó en Ubud. Para la fecha del 2 de agosto –auspiciosa, ya que las cremaciones solo pueden realizarse cuando los sacerdotes lo señalan, y también cuando se logra juntar el dinero suficiente− se estaban preparando otros ocho toros que encontraríamos en las caminatas por el pueblo.

Camino arriba, hacia los arrozales inundados, van apareciendo otros toros rojos, radiantes. Nos detenemos un poco, reímos con los niños que juegan con los enormes falos de los toros, tirando de un piolín para erguirlos. Seguimos ascendiendo por la carretera que es el pueblo y al llegar a un puente descubrimos allá abajo, en la verde hondonada, algo que parece un hirviente hormiguero. Quizá estén construyendo un templo. Corregimos, y corrimos cuesta abajo por caminitos de selva hasta el lugar donde, efectivamente, los artesanos tallan la madera y la piedra, colocan ladrillos o fabrican techitos de paja negra para los altares que son como pagodas. Nos sentimos en la Edad Media, asistiendo a la construcción de una catedral. Pero los templos de Bali son cosas del aire libre. “Estamos reconstruyendo”, nos explica el capataz, “casi cien hombres han trabajado porque se aproxima el festival de este templo que se celebra cada cien años, y es por eso que van a tener lugar las cremaciones: el pueblo debe estar libre de impurezas cuando llegue el momento”.

Nada había hecho prever esta coincidencia extraordinaria. Por suerte logramos postergar una semana nuestro retorno para asistir a los elaborados rituales.

Todo el pueblo contribuye para alcanzar la purificación. En casi todas las casas se están armando ofrendas, y en un jardín un poco escondido se vislumbran dos toros negros y dorados, de aire menos amenazador que los rojos, bellísimos con sus caras de toro descubiertas y sus cuernos de oro. “Los negros son los toros de las castas altas, los rojos, de las castas bajas, los blancos, de los sacerdotes”, nos explicará Wayan, uno de los muchos Wayan (porque las castas bajas solo pueden usar cuatro nombres, que se repiten y repiten) en una de las tantísimas y maravillosas tiendas de antigüedades. Ida Bagus Anom, el maestro tallador de máscaras, nos dirá: “Es alegre la cremación, porque ya ha pasado el tiempo del duelo y de las lágrimas. Ahora se trata de liberar el espíritu, no retenerlo más entre nosotros, liberarlo para que ascienda en su camino de transformación y renacimiento”.

El lunes empieza la ceremonia que ha de culminar el viernes. En lo alto del pueblo, más allá del puente, sobre el templo, se abre el terreno sagrado. Allí están los altares de cada muerto, como kioscos de un fiesta de cumpleaños, alineados, decoradísimos. En medio del terreno, la plataforma donde oficiará el sacerdote, y a un costado, el lugar donde se reúnen los músicos. Durante cuatro días se desarrollará en esa zona sagrada un ritual elaboradísimo, mezcla de devoción, reunión social, purificaciones y entrega de regalos a los muertos. Los cerdos que serán sacrificados chillan, atados frente a la entrada del terreno; los chicos piden juguetes que se venden ahí afuera como en una kermés; hay comida, bebida, charla. Pero todo muy pacífico: hasta el gamelán, la típica “orquesta” indonesia, toca como en sordina y sin instrumentos de viento. Solo gongs y xilofones.

La gente lleva sus mejores atuendos. Mujeres de blusas de encaje negro y sarongs dorados, hombres de sarongs impecables y un perfecto tocado en la cabeza (en realidad, todos debemos usar sarong como muestra de respeto). Hay procesiones que van llevando ofrendas a los dioses o parten en busca del agua sagrada, mientras en casi cada casa se mata un chancho para elaborar las ofrendas comestibles –los dioses absorberán la esencia, la carne será para los humanos o los perros, según las circunstancias–. Y las ofrendas decorativas caladas en las blancas tiras de grasa.

Así se llega a la mañana del viernes.

Los nueve toros ya están alineados en la calle más ancha de Ubud: frente al Palacio y bajo el banyan, el árbol sagrado. Toros y torres, en toda su intrincada colorida decoración, cubiertos de ofrendas, esperan el momento de la partida. Ya han sido montados sobre enormes plataformas de bambú armadas como dameros. Después de las abluciones y las bendiciones, los hombres de negro sarong y vinchas blancas se van colocando en los cuadrados del damero. Son entre treinta y cuarenta por toro, y a la voz de mando levantan sobre sus hombros la enorme plataforma y salen a la carrera. Un hombre monta sobre cada toro que es el sarcófago, la multitud grita.

Todos van detrás en son de fiesta, casi, y al llegar a los cruces de camino con bestial esfuerzo, a los gritos y casi descontroladamente, toda esa estructura que es el gran toro o la torre y sus portadores gira un par de vueltas para desorientar a los espíritus maléficos; esos nefastos invisibles no saben contornear una esquina, razón por la cual al entrar a las casas balinesas solemos darnos contra una pared que debemos contornear. Y también, a qué negarlo, esas vueltas cumplen la función de despedida, porque el espíritu del muerto no encontrará más su camino de retorno y se verá obligado a seguir viaje hacia su liberación.

Después de la carrera, montaña arriba, la multitud llega (llegamos) al cementerio. Allí ya está todo dispuesto: los sutiles techitos que cobijarán el sarcófago, los tanques de kerosén para iniciar el fuego. Los músicos con sus gongs recobran el aliento mientras los deudos y los familiares se encargan de los toros: les bajan las alas, les sacan la tapa a eso que es, en esencia, un tronco ahuecado y empiezan a colmar el interior con ofrendas y sarongs, y a rociarlos con agua sagrada.

Hay un remanso. Es el momento más conmocionante porque se ha hecho el silencio. Estamos frente a unos cúmulos de tierra sin marca y unos pocos hombres del mismo color sepia de la tierra se han puesto a cavar. De golpe del fondo del pozo salen los aullidos, ululantes, que festejan al cuerpo recién desenterrado en su mortaja de esparto, ya casi momificado. A las corridas el cuerpo es envuelto en una estera nueva y trasladado a toda velocidad al vientre del toro que aguarda. Y sin aviso alguno se enciende el fuego.

Primero lentamente, después con avidez, el fuego va devorando todo eso que fue madera y cuero dorado, y máscara de tigre o cuerno de oro, que fue ofrendas y perfumes y un ser humano que ya no es más.

Y allí estamos, la pequeña multitud observante, y lo único que nos aleja un poco de los alados toros ardientes es ese humo que se hace cada vez más denso entre los grandes árboles, convirtiendo el espectáculo en algo fantasmal mientras cae la tarde.

Después, deudos, oficiantes y el pueblo entero se retirarán a sus casas, o a desmontar los altares en el terreno sagrado. Lavarán sus sarongs. No quedará nada de la cremación, ni toros ni torres, ni techitos, ni plataformas. Solo algunos huesos calcinados que los deudos recogerán al día siguiente para llevarlos en solemne procesión y depositarlos en una urna que es como una cunita. Los de las castas altas se dirigirán al mar y los demás al río, para que el agua complete el trabajo del fuego. Ahora del muerto o de la muerta solo quedará su memoria y los buenos recuerdos; sus deudos no tendrán más pesar, el espíritu ha sido liberado para siempre. El pueblo se ha quedado purificado y podrán iniciarse los festivales del templo.

Y nosotros los observadores, que fuimos bienvenidos porque el lugar donde se lleva a cabo un ritual de semejante envergadura se transforma de suyo en el centro del mundo −y no es concebible un axis mundi sin extraños y afuereños− sentiremos que por esos pocos días alcanzamos a tocar una puntita del misterio. Estamos agradecidos.

Papúa Nueva Guinea

En mi primer viaje a Bali (1989), habiendo agotado mis días de permanencia en ese paraíso terrenal, llegué con tiempo al aeropuerto de Denpasar para enterarme de que mi vuelo a Sydney tenía una demorada de dos horas. Me quedé observando a los pasajeros hasta que detecté a una joven que tenía una actitud de calma amabilidad. Me acerqué a ella porque sentí que estaba imbuida del espíritu de la isla y le pregunté si no quería ir al festival en un templo frente al que había pasado yo un rato antes. Ella aceptó de inmediato. Tenía en su bolso de mano un par de esas fajas amarillas necesarias para poder ingresar a los templos, me prestó una y así fuimos a ver los bailes sagrados bajo las sombrillas también amarillas del templo y a escuchar el gamelán como un último adiós a ese país mágico. De regreso al aeropuerto tratamos de juntar nuestras últimas moneditas locales para compartir una cerveza. ¿Y esa?, me preguntó mi nueva amiga señalando la moneda extraña que tenía yo en la mano junto con las otras. Le dije que era de Papúa, y que me la había dado un amigo para la suerte porque yo había soñado con ir allí. ¿Y por qué no vas ahora?, me preguntó ella, reavivando mi deseo. Ahí no más decidí postergar mi retorno a casa y largarme a la aventura.

¿Qué hace una chica como yo en un lugar como este?, me pregunté un par de días más tarde, no sin cierta ironía y bastante aprensión, mientras marchaba cuesta arriba y cuesta abajo por las altas montañas del corazón de Papúa Nueva Guinea. Iba tras un supuesto guía, un aborigen de aspecto amenazador y dulce mirada, armado de un enorme machete. Yo había llegado a esa isla en el confín del mundo simplemente para conocer, y mi temor radicaba precisamente en la imposibilidad de conocer lo que más podía interesarme.

Mi guía, sin hablar palabra siquiera de ese horrible pidgin english allí llamado tok pisin, me iba mostrando bajo la llovizna una de las aldeas locales. Bella chozas de paja tejida como canastas, en un paisaje casi alpino con bananeros. Paisaje que quita el aliento, pero yo mi aliento lo tenía reservado para otras emociones y ¿qué hacía, entonces, siguiendo una ruta escueta por la que habrían transitado montones de turistas?

Está bien: la fauna local bastaba para sorprender a cualquiera, con sus canguros de árbol y los más bellos y extraños pequeños marsupiales de la tierra, animales de otras eras, y aves del paraíso, y los casuarios, esas aves feroces que pueden matar de una patada, el enorme casuario que allí funciona como por aquí el Rolex o el BMW, como un símbolo de estatus.

Pero yo quería otra cosa. Había hecho el viaje en Air Niugini desde Sydney, pasando por Port Moresby (pronúnciese Port Mosby), la fea capital, para ver a los hombres decorados con los rostros como obras de arte del más puro fauve que imaginarse pueda mente alguna. O, mejor aún, los mudheads, esos guerreros que bailan con máscaras-yelmo de barro, especie de gran nido de hornero con facciones seudohumanas y aterradoras, hechos en sus orígenes precisamente para eso, para aterrorizar al enemigo.

Pero aun en esas latitudes del desconcierto, donde habría de encontrarme con estrellas de mar de color azul iridiscente y bandadas de murciélagos que oscurecían el cielo, los hombres de colores o de barro no son cosas de todos los días, como se podría inferir al ver las fotos.

“Usted espera asistir a un sing-sing”, me dijo con más desprecio que piedad la estilizada y rubia australiana vestida con ropa de safari dueña del lodge donde fui a parar más allá de Mount Hagen, en las Western Highlands, las Tierras Altas del Oeste, para decirlo en traducción. “Esas son pretensiones de extranjeros, los sing-sing son algo muy especial, y fuera de la fiesta anual en agosto no es nada fácil encontrarlos, y además los aborígenes prohíben la asistencia de foráneos. Eso sí, cuando hay muchos pasajeros en el lodge solemos organizar una representación muy realista. Pero usted ahora es la única huésped, comprenderá que no podemos movilizar a la gente”.

Comprendí, pero no puedo decir que supe resignarme. Eso que había emoción y actividad en la zona: una guerra tribal. El escueto pasquín local advertía lo siguiente:

“Hay toque de queda en las áreas de Tambul-Nebilyer y Waghi, y está prohibida la portación pública de armas ofensivas tales como lanzas, arcos y flechas, hachas y cuchillos”.

Guerra quizá por culpa de los misioneros blancos que tanto desalentaron las ancestrales ceremonias moka, ahora llamadas sing-sing, “canta-canta” en tok pisin. Porque la ceremonia moka es una forma de retribución, de reparación, de regalo y a la vez una enorme manifestación de poder. Una forma elegantísima de enfrentarse con el enemigo en la cual no impera la violencia, todo lo contrario, donde el otro no queda vencido sino aplastantemente apabullado, viéndose a su vez obligado a reunir durante años elementos y cerdos y dinero y caracoles kina que son una forma del dinero, y cantidad de guerreros danzantes y comida para poder ofrecer a sus adversarios un sing-sing aún más esplendoroso.

Yo había hecho el viaje para ver algo de eso, y ahí estaba jadeando detrás del guía, recorriendo un poblado de aisladas chozas vacías. Los habitantes estaban cultivando papas dulces en las faldas de la montaña, con las caras lavadas o más o menos, sin rastro alguno de colores ni de bellas máscaras de paja colorida y trenzada con arte, especiales para el gran festival de la batata.

Al atardecer volví a la gran choza-hotel para tomar unas cervezas y recibir un premio consuelo: videos de la zona. Petrus Picks, nativo local, contestaría mis preguntas. Mi primera pregunta fue: ¿no habrá un sing-sing por acá, mañana o pasado? Y obtuve una respuesta negativa, naturalmente. Más tarde, Petrus puso la cassette titulado Primer Encuentro y pude ver cómo los hombres de esas mismas montañas ríspidas fueron “descubiertos” recién en l935, fecha en la cual debieron abandonar de un porrazo lo que los documentalistas llamaron la “edad de piedra”. No conocían ni el metal ni la rueda. Para no mencionar la filmadora a manivela con la que los registró uno de los buscadores de oro australianos que hasta allí llegó sin proponérselo. Todo parecía ir a pedir de boca entre aborígenes convencidos de enfrentarse con los espíritus de sus antepasados y los dos hermanos blancos seguros del poder de sus rifles, hasta que se armó la gresca y empezó la matanza de nativos.

Salté como un resorte y apagué el televisor en un ataque de furia. No quería ver esa horrible y tan repetida muestra de poder del blanco sobre los nativos. Me puse a echar pestes y Petrus entendió lo dicho y también lo no dicho, porque un largo rato después de golpe reconoció que en realidad sí, había un sing-sing de cuatro días, que empezaba al día siguiente, uno grande que su gente, los Mendi, le ofrecería a una tribu vecina. Pero para poder llevarme debía pedirles permiso a los ancianos de su tribu.

Petrus reanudó entonces el desfile de videos mansos y a la vez extraordinarios sobre cotumbres de la zona, y entre una casette y otra yo le rogaba −sin demasiadas esperanzas− que fuera a pedir permiso, y él con nativa inmutabilidad aseguraba que iría. En eso golpearon a la puerta y asomó la cabeza un hombre local de cordial actitud y aspecto feroz (tez muy muy oscura, barba hirsuta) que a manera de presentación dijo “I, security”. Entendí que era el guardia nocturno, lo invité a pasar y le ofrecí una cerveza –tenía a mi disposición la heladera llena− y me senté a ver más videos mientras ellos conversaban en su idioma. Hasta que Petrus me dijo que el guardia, su tío, era uno de los ancianos de la tribu y aceptaba que yo asistiera a la ceremonia moka, el sing-sing, como la llaman los blancos.

Y fue así, por arte de la magia generada por la sensación de afinidad y solidaridad que me despertaban esas gentes (quienes no pueden entender por qué los blancos tienen todas las riquezas y ellos, ancestrales dueños de esas tierras tan ricas donde crece el mejor café del mundo y hay minas de oro, no tienen nada), aterricé en la que considero aun hoy la experiencia de maravillamiento más intensa de mi vida.

A la mañana temprano nos encontramos con Petrus en el pueblo de Mount Hagen donde, después de largas tratativas, un camión nos llevó hasta el pie de una montaña y trepamos por el mismo amplio camino de tierra roja por el que habrían de subir los guerreros emplumados y pintados. La gente ya estaba instalada alrededor del terreno ceremonial: una meseta pelada en lo alto de esa cordillera tropical y frondosa. El paisaje casi al borde de las nubes era de intensa belleza, pero los seres humanos implicados en la ceremonia tenían una belleza más deslumbrante aún, también hecha de montaña y de tierra y de hierba y de pájaros. Al ingresar en el terreno ceremonial el grupo de mujeres vino a saludarnos, con su paso rítmico y perfecto, como habrían de saludar después a los contingentes de guerreros.

Las mujeres lucían su particular pintura facial de fondo rojo, con las rayas azules y blancas que −lo supe más tarde, cuando a mi vez me pintaron la cara− simbolizaban las lágrimas y la lluvia. Tenían sus collares, y un amplio pectoral con el gran caracol kina, símbolo de riqueza, y los pechos al aire y faldas de fibras vegetales. El paso de las mujeres era de una delicadeza extrema, pero el de los hombres no le iba en zaga. Esos guerreros brutales, oscurísimos y barbados, de caras pintadas para denotar ferocidad, iban entrando en grupos como de treinta, en perfecta formación de hileras sucesivas con un paso liviano, casi aéreo, y el canto más primitivo, más ululante y elemental que jamás había yo escuchado, al ritmo de sus pequeños tambores kundu en forma de reloj de arena.

Al rato nomás empezó a vibrar la montaña con una fuerza que se repetiría a lo largo del día. Un nuevo contingente de guerreros iba llegando. Algunos empuñaban lanzas apuntando al frente y traían los rostros y las barbas pintados en negro, amarillo y rojo con diseños geométricos en total armonía con las plumas que coronaban sus cabezas. Caras pintadas de aspecto feroz y altos tocados de plumas bellísimas como joyas, implantados sobre las llamadas “pelucas” de fibra vegetal negra, que se balanceaban al compás del baile, también del baile in situ que no habría de detenerse mientras durara la ceremonia, logrando así que los largos “delantales”, piezas de fibras vegetales teñidas y tejidas con arte, se mecieran con suma gracia a un mismo compás.

La palabra es armonía. Armonía y una belleza extraña hecha de fuerza, y una energía que me hacía saltar en mi lugar y querer seguirlos mientras daban tres vueltas alrededor del terreno ceremonial.

Varios de estos grupos seguirían llegando, hasta completar unos doscientos guerreros que al cabo de su despliegue de ferocidad armoniosa se integrarían a la hilera que iba cercando el terreno. Una mujer pintada venía siempre en el centro de la primera fila del contingente de guerreros.

Sin lanza o tambor, las manos juntas y los codos alzados, la joven iba marcándole el ritmo a todo el grupo. Porque la esencia de ese paso iniciado con la punta del pie consiste en provocar la perfecta ondulación del grupo. Como un pequeño mar de colores: ondulan las plumas, y los largos delantales-taparrabos de los hombres, y las hojas que completan la retaguardia del atuendo.

Y yo no podía menos que ondular con ellos y sonreír de oreja a oreja con una felicidad nacida de esa energía que me traspasaba. Al rato nomás mi sonrisa me daba miedo, o resquemor, o pudor: no solo era la única blanca allí. Era la única persona ajena a las dos tribus que estaban interactuando. Y sonreía sin saber si se trataba de una ceremonia profundamente trágica, o agresiva, o simplemente solemne.

Al llegar le había preguntado a Petrus si asistiríamos a un ritual religioso. Él había negado, pero yo sabía que esas cosas no se dicen, que el animismo perdura en Nueva Guinea, y no se dice. Razón por la cual trataba a mi vez de ponerme sería, y pedir con gestos mil permisos para sacar alguna foto, pero la sonrisa me ganaba y al rato ya estaba riendo y saltando, llena de maravillamiento.

Al promediar el ritual los ancianos de la tribu empezaron a acercarse para saludarme, me tomaban la mano y me la sacudían y no la largaban. Pienso que supieron captar el deslumbramiento de alguien que recibía sus despliegues con el corazón, como una ofrenda.

Esas caras de colores, esos delantales de fibras tejidas con los dedos, parecidas a las yiscas wichis pero más coloridas, esos tocados compuestos de plumas de ave de paraíso pelirroja, de plumas del ave de paraíso Rey de Sajonia, que son azules, largas y aserradas, de negras plumas de casuario, blandas y mórbidas como la pluma de avestruz. Un arte para ser vista en movimiento, aunque ellos no tengan concepto de arte y sí de algo quizá más sutil: la capacidad de integrarse a los ritmos de la naturaleza.

Hay un orden en las llamadas pelucas (que algunos dicen encierran el espíritu de los antepasados), en la composición de los tocados y en la elección de las plumas. Hay un arte profundo y elemental en los decorados del rostro, todos distintos y a la vez armonizados porque se trata de resaltar el individualismo humano en su consustanciación con los pájaros y los animales de la selva.

Estos hombres tienen las orejas y la nariz perforadas como con sacabocados. Por allí pasan cañas de bambú, flores, plumas, aquello que a cada uno le parece más vistoso. La decoración física es tomada muy en serio en las Tierras Altas de Nueva Guinea, por eso los cuerpos brillan aceitados y las piernas están pintadas con arcilla, como medias.

Se trata de una seriedad no exenta de humor.

Cierto grupo de jóvenes con atuendos más informales, digamos, anda por allí haciendo cabriolas. Sabina Kilipuka, que se me ha acercado quizá porque es la única, aparte de Petrus, que allí habla inglés, me explica que esos son los payasos y no pertenecen la tribu; han sido contratados especialmente. Será muy divertido, promete, verlos pasado mañana cuando los ancianos maten los chanchos y los asen, cosa que les despierta un entusiasmo loco.

Solo pude ver los cincuenta postes a los que se amarrarían otros tantos chanchos. Tribu rica, los Mendi, a sus huéspedes les iba a llevar como dos años poder amasar la fortuna necesaria para retribuir este moka.

“No es rico el que más tiene”, me susurró Sabina. “Es rico el que más da. Vas a ver qué ricos somos aunque después nos quedemos sin una pluma”.

Y me explicó el alto valor de esas plumas especiales: se necesitan cinco aves de paraíso naranja disecadas, varias plumas de ave de paraíso azul, cinco chanchos y un casuario para comprar una esposa.

Estábamos sentadas a cierta distancia de los bailarines-guerreros, agotadas. Calculé que serían alrededor de las cuatro de la tarde; la ceremonia parecía estar apagándose. Un hombre se instaló a nuestro lado con la peluca y las plumas de uno de los bailarines; con esmero y hasta con ternura empezó a desarmar el tocado, a guardar pluma por pluma en envoltorios hechos de hojas secas de banano. Cuando levantó la vista para mirarme pensé que había llegado hasta allí para permitirme observar de cerca ese lujo de colores y texturas. Sabina me había dicho que no se podían tocar las plumas por temor a engrasarlas, pero el hombre entendió mi deseo y me las acercó: pasé con enorme cuidado el dorso de la mano por ese temblor que es como la piel de una finísima chinchilla y sonreí agradecida. Sabina aclaró que a esa hora se imponía desmontar los tocados por temor a la lluvia. Al día siguiente al alba los armarían de nuevo en una nueva combinación siempre geométrica, siempre deslumbrante.

Me iba a ser imposible retornar al día siguiente, debía seguir viaje a Madang. La australiana dueña del lodge se indignó cuando supo por dónde había andado su huésped. Son peligrosos; no debió de haber ido, me conminó, y después se quejó porque no le avisaban de esas ceremonias. Como para avisarle, pensé, y aproveché para decirle que el peligro y el bruto miedo (¡era cierto!) lo había pasado la noche anterior ahí mismo en su cabaña comunitaria, con tabiques entre un cubículo vacío y el otro, solita yo y sin electricidad en medio de las aterradoras fantásticas máscaras del río Sepik, los muy variados espíritus de esa tierra casi ignota, las posibles alimañas y la guerra tribal adyacente. Pudo cerrar bien la puerta con traba, me dijo la australiana. La puerta sí, claro, pero imposible reforzar las paredes hechas con paja trenzada, como canastos, a merced del primer machetazo…

Y al día siguiente hube de partir a Madang, pequeña y bella ciudad al borde de un mar increíble, pero esa es otra historia que tiene más relación con la vida de turista que la de viajera. Y por razones tanto temporales como económicas no pude remontar el río Sepik como era mi sueño, pero me sentía completa gracias al sing-sing de las Tierras Altas. Dicen que el ritmo de la danza, el ritmo de la naturaleza, perdura en uno aunque la danza se haya acabado. Para grabármelo antes de dejar las Western Highlands, una mujer de los Mendi me pintó la cara con el azul y blanco del agua y los rojos del fuego. La pintura la tenía en una hoja, se sirvió de un palito a manera de pincel, pero en honor a la extranjera empleó pinturas acrílicas en lugar de las habituales tierras. Mi cutis no se sintió demasiado agradecido, en cambio mi espíritu hasta hoy conserva rostro de colores, el rostro de la montaña, el rostro de la vida.

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