Kitabı oku: «Diario de máscaras»

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Luisa Valenzuela

Diario de máscaras


Este libro puede leerse como un libro de viajes donde los paisajes y las situaciones están resueltos con pinceladas rápidas, inteligentes y bien elegidas por esa gran escritora que es Luisa Valenzuela.

De Nuevo México a Nueva Guinea, de la Amazonia a Corea y de Cerdeña a Mali, estos relatos están marcados por la presencia de las máscaras.

Buscadas expresamente o halladas de las maneras más azarosas, ellas remiten a tradiciones que se pierden en el tiempo, al duelo o la celebración, y necesariamente a un más allá cuyas criaturas se empeñan en intervenir en la vida presente de los enmascarados y en su entorno cercano.

De allí que el interés –y muchas veces la sorpresa− de cada capítulo de este libro nos invite a la búsqueda de información adicional, de modo que es un libro que puede desplegarse en lecturas infinitas.

Valenzuela, Luisa

Diario de máscaras.-1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Capital Intelectual, 2017.

EBook.

ISBN 978-987-614-548-0

1. Crónicas. 2. Sociedades.

CDD 301

Diseño de cubierta: Ariana Jenik

Diagramación: Sebastián Sánchez

Edición: Patricia Piccolini

Coordinación: Inés Barba

Producción: Norberto Natale

© Luisa Valenzuela, 2014

© Capital Intelectual, 2014

Edición en formato digital: octubre de 2017

Capital Intelectual S.A.

Paraguay 1535 (1061) • Buenos Aires, Argentina

Teléfono: (+54 11) 4872-1300 • Telefax: (+54 11) 4872-1329

www.editorialcapin.com.ar • info@capin.com.ar

Pedidos en Argentina: pedidos@capin.com.ar

Pedidos desde el exterior: exterior@capin.com.ar

Queda hecho el depósito que prevé la Ley 11723. Impreso en Argentina. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida sin permiso escrito del editor.

Conversión a formato digital: Libresque

Índice

  Cubierta

  Portada

  Acerca de "Diario de máscaras"

  Créditos

  Dedicatoria

  El tiempo de la máscara

  Alrededor de la manzana

  Las cuatro direcciones

  La sobriedad del palo borracho

  La verdadera vuelta a la manzana

  Australia

  Adenda zoológica

  Primera vez en Bali

  Adenda botánica

  Java

  La sorpresa

  Papúa Nueva Guinea

  Adenda. Casuarios, un microrrelato

  Vanuatu

  Adenda kanak

  Estética o misterio

  Mujeres y mascareros

  Adenda. Hine-nui-te-pō

  Integración

  El río Zambeze

  Egipto, puerta del África

  Los dogón de Mali

  El Tíbet

  Adenda. La sal, un microrrelato

  India y Nepal

  Japón

  Adenda. Shishi y Tengu

  Corea por dos

  China

  Diablos

  Adenda sudaca

  La Tierra sin Mal

  El Amazonas

  Adenda. Entre boras y huitotos

  El Sibundoy y la literatura

  Formas de respeto

  México lindo y querido

  Huehuenches

  Días y Noches de muertos

  Adenda. Catrina, la calaca

  Semana Santa yaqui

  Malla de alambre

  La máscara mortuoria

  El secreto

  Payasos sagrados

  Adenda. Bonifacio

  La máscara cambiante

  La máscara sarda

  Osos

  Adenda de novela

  V de Venecia y B de Basilea

  Fuego

  Adenda. Caminar sobre el fuego

  La casa de la máscara

  Nombre

  Identidad y anonimato

  Curalotodo

  Biografía

A Angelina del Valle, la tan querida Nenuca, y a la memoria de su añorado compañero Javier Wimer. En reconocimiento por abrirme las puertas de México, nido de máscaras entre tantas otras maravillas.

“Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más pro­fundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símil. ¿No sería la antítesis tal vez el disfraz adecuado con que caminaría el pudor de un dios?”

Friedrich Nietzsche Más allá del bien y del mal.

“Man is least himself when he talks in his own person. Give him a mask, and he will tell you the truth.”

Oscar Wilde, “The Critic as Artist”, Intentions.

El tiempo de la máscara

¿Qué son en verdad las máscaras? ¿Objetos de uso, esculturas, obras de arte, piezas coleccionables? Nada de eso, nada de lo otro. Como en los pases de prestidigitación, nada por acá, nada por allá y de golpe: todo.

La máscara es un puente entre los mundos, el palpable y el imaginario.

Un vehículo que nos transporta al no-tiempo sagrado.

Una oración hecha materia.

Es un intermediario para hablar con los dioses, un escudo ante lo desconocido.

Es en sí misma un rito de exorcismo, de limpieza, de curación, de alegría desenfadada. O del más puro maleficio.

Es un texto en código.

Es la alegría de poder ser simultáneamente uno mismo y el otro.

Y mucho más.

Cualquier definición resulta incompleta; las máscaras, al igual que el lenguaje, abarcan lo múltiple cuando permitimos que se abran a la compleja ambigüedad. Cuando intentamos precisar, definir, la cosa se complica.

Decimos que el ser humano, el Homo sapiens, es un bípedo implume que pertenece a la especie de los mamíferos bimanos del orden de los primates, dotado de razón y de lenguaje articulado. Faltaría agregar –y lo recomiendo– “creador de máscaras”. Porque les son inherentes y nos diferencian de los animales a la vez que nos asemejan y aúnan a ellos.

Las máscaras son la dualidad hecha materia.

“La máscara mezcla hombre y bestia, dioses y objetos inanimados. La máscara yuxtapone hombre y seres y objetos separados por las diferencias. Las máscaras están más allá de las diferencias; no solo las desafían o las borran, las incorporan y las arreglan de manera original. En una palabra son otro aspecto del doble monstruoso”, escribe René Girard en su libro La violencia y lo sagrado.

Por su parte, Roger Caillois en Méduse & Cie alega que la máscara es universal al hombre, mucho más que la rueda o cualquier otro artefacto, pero solo se accede a la civilización abandonando la máscara. Se cree acceder, porque desde las más remotas épocas prehistóricas las máscaras son un reflejo del espíritu humano y de su lento avance civilizatorio. Algo de eso entendió Girard cuando escribió “Transformación de lo real en irreal, [la máscara] es parte del proceso por el cual el hombre se oculta a sí mismo el origen humano de su propia violencia, atribuyéndola a los dioses”.

Los seres humanos conocen las máscaras desde tiempos remotos. Lo atestiguan las pictografías de la cueva de Trois Frères, en Ariège, Francia, y también las de las cavernas a orillas del río Urubamba, en Perú, como tantos otros petroglifos, donde aparecen hechiceros que se investían con cabezas de ciervo o de huemul para atraer a las presas. Es decir, que utilizaban ya los subterfugios del simulacro y también entendían eso que hubo de llamarse “magia simpática”, tanto imitativa como contagiosa, la creencia de que lo similar convoca a lo similar, o bien que las cosas que han estado en contacto siguen ejerciendo influencia mutua una vez separadas.

Dicen los especialistas que las máscaras de Corea, utilizadas hasta hoy en representaciones de teatro danzado, chamánico o no, pueden ser rastreadas hasta unos cinco mil años antes de Cristo. Y en Egipto, gracias a antiguos frescos, sabemos que la mayoría de los sacerdotes portaban máscara. Los oficiantes de Anubis, guardián de los cementerios, llevaban –lo hemos visto mil veces reproducido– cabeza de chacal negro, porque el negro no representaba la muerte sino la fertilidad. Y a la entrada de las tumbas los sacerdotes de Anubis realizaban la ceremonia de apertura de la boca y de los ojos para devolverle al difunto la capacidad de ver, hablar y comer en la otra vida: ojos y boca abiertos, como una máscara. En cambio Thot, dios del poder alado, maestro de sabiduría, de las artes y las ciencias, padre de la doctrina hermética y de las palabras sagradas de la escritura jeroglífica, se identificaba con el ibis y por lo tanto sus sacerdotes usaban esbelta máscara de ave.

Desde su más temprana edad, la de piedra, el ser humano intentó derivar un sentido de este magma que es el universo y buscó personificar sus fuerzas gracias al uso de máscaras en rituales y celebraciones, haciendo así visible lo invisible. Ya sea para despertar a la tierra después de un largo invierno, para asegurarse buena caza y buenas cosechas e incentivar la fertilidad en todos sus aspectos, o para aplacar y homenajear a los dioses, para celebrar a los muertos y a los vivos, la máscara siempre tuvo y tiene un rol preponderante. También para divertirse en los carnavales tan diversos.

Sabido es que la palabra persona, en su acepción más profunda, significa “máscara”. Del latín persōna, es un término que según ciertos filólogos fue tomado por los griegos del etrusco phersu para acuñar prósôpon (delante del rostro), nombre que se le daba a la máscara en las tragedias. De allí derivó “per sonare”, como dicen algunos que decían los romanos refiriéndose precisamente a las enormes máscaras con bocina que se usaban en el teatro griego para proyectar la voz.

Las máscaras son umbrales: entidades liminales entre lo sagrado y lo profano, entre el mundo de los espíritus y el de los mortales, entre el bien y el mal, entre la obra de arte y la espontaneidad del desparpajo, entre la risa y el llanto, la alegría, el ritual, la muerte, el desenfreno. El desenfado también. Son una de las primeras manifestaciones del arte allí donde nunca existió la palabra arte; ni la palabra máscara, si vamos al caso. Están vivas a la par de quien las porta, han servido para personificar las fuerzas de la naturaleza y para ahuyentar o asimilar los miedos, son instrumentos de enseñanza social y de contención, son el todo en cada pieza individual.

Cuando la máscara no está en uso se dice que duerme. Cuando un oficiante, sacerdote, bailarín o actor se la cala, la máscara despierta. Y despierta a su usuario, transportándolo a otros mundos.

En muchas culturas se entiende que las máscaras son de inspiración divina. Los dogón de Mali opinan, señala Michel Lieris, que “cuando un artista está inspirado ya no es más un simple ser humano. Se dice que no está más solo, que está habitado por un kungo-fe, una cosa de la cabeza, y ya no tiene por qué responder a las reglas sagradas de las interdicciones. Los principios cotidianos se invierten, la creación se impregna de una fuerza sexual, y el artista y su creación se ven insertados en un dominio, el Bamanaya, en realidad una fuerza que reagrupa las formas para entrar en contacto con el secreto, con el más allá”.

Un kungo-fe, “una cosa de la cabeza”, eso también es la máscara que pone fuera lo que sentimos por dentro.

Alrededor de la manzana

A menudo me preguntan cuándo nació mi pasión por las máscaras y por los carnavales. No tengo respuesta. Debe de haber nacido conmigo, con el impulso que me llevó a ser una viajera impenitente. ¿De dónde me saldrá también esta necesidad de ir siempre un poco más allá? La compulsión despuntó en mi primera infancia y escapé de casa a los cinco años; no fui muy lejos, me escondí en un jardín vecino. Allí quizá empezó la aventura, las ansias de aventura, la busca de horizontes ajenos y lejanos que la máscara representa en todo su esplendor.

Al principio debí inventarme los horizontes lejanos porque ni siquiera me dejaban cruzar la calle. Pero la casa de mi infancia tenía una terraza rodeada por los techos de las casas vecinas, todas bajas. Y allá al fondo, en el mismo corazón de la manzana, una casa algo más alta lucía en lo más alto un ángel de mampostería. Un querubín que parecía convocarme. Y como todos me creían a salvo en esa terraza de altos muros, yo me escabullía por los techos en pos de esa figura mágica, pisando suave sobre las chapas de zinc y haciendo equilibrio por las cornisas como un gato. Pero nunca pude alcanzar mi meta; un patio profundo, oscuro y despiadado me impedía llegar. Solo me quedaba el consuelo de buscar nuevos desafíos. Entonces –precoz lectora de Salgari, de Jack London, de Stevenson– me inventaba viajes alrededor de la manzana urbana y cargaba la canastita de mi vieja bici con vituallas para enfilar hacia un terreno baldío de la vuelta que según el caso se convertía en isla del tesoro o en selva de la Malasia. La manzana era doble, suerte para mí, porque en el arbolado y añejo barrio de Belgrano la calle Aguilar corta justo en la calle 11 de Septiembre, donde vivíamos. Y yo zarpaba en busca de tesoros que variaban invariablemente según mis aficiones o colecciones del momento: figuritas con relieve, monedas extranjeras, estampillas, postales. Todos elementos alusivos al secreto del viaje, a los mundos distantes y desconocidos. Todos valiosos para mí. No máscaras en aquel entonces, aunque cada uno de estos elementos las prefiguraban.

Los viajes empezaron siendo un sueño, se convirtieron en pasión, acabaron en vicio. Por momentos se vuelven pesadilla nocturna: tengo que zarpar o alcanzar un vuelo inesperado y no logro juntar todas mis cosas y armar las valijas. También de la vigilia en los engorros de los aeropuertos; pero toda pesadilla, cansancio, hartazgo, se borran en el momento sublime cuando el avión despega y me siento libre de peso, feliz. Entonces tomo la revista de la aerolínea y ya empiezo a solazarme con la posibilidad de un próximo viaje. Siempre más allá, a tierras desconocidas.

Los viajes colmados de aventura que me inventaba de chica fueron tomando cuerpo a partir de mis veinte años. Gracias al periodismo y más tarde a la literatura pude desplazarme por trabajo y llegar a los países más remotos. Cumplo con mis obligaciones, generalmente fascinantes, y aprovecho para avanzar más allá en busca de ritos, de festivales, y de máscaras. Porque si somos verdaderos viajeros, y no simples turistas, todo viaje resulta una forma de exploración. Y de exploración interior. Al viajar nos abrimos al otro y en el otro a alguna zona desconocida de nuestra propia alma.

Pero nunca tanto como con el anuncio que me llegó días atrás por mail.

Cheap Flights to Valenzuela

Así, en cuerpo catástrofe. Lo entendí como un truco publicitario, me pareció divertido, hice clic para volar a mi fuero interno desde la comodidad de mi escritorio, y ¡oh sorpresa! encontré que Valenzuela es una ciudad en la Gran Filipina. Tendré que volar a visitarla. A visitarme, como sucede en todo viaje, pero esta vez con etiqueta personalizada. Y para mejor, barata.

Será para otro momento. Por ahora, solo consignar un incidente que quizá abrió la puerta del secreto:

Casi en las antípodas de la manzana en la que estaba nuestra casa de esquina, existía una vieja casona abandonada, siempre en venta. Se decía que había sido refugio de nazis durante la guerra; al respecto se hacían muchas conjeturas, alentadoras para la imaginación de una niña. Allí arrastraba yo a mis amiguitas, y el viejo guardián nos permitía pasar para explorar las habitaciones. Hasta que una buena mañana nos recibió con el pantalón desabrochado y todas esas cosas, entonces extrañas para nosotras, colgándole a la intemperie. Intuimos un abismo y con mi amiguita de turno escapamos corriendo. Nunca más volví a esa casa, pero muchísimos años más tarde me puse a pensar si no habría sido aquel el tesoro tan buscado: la máscara de Tengu, el rojo diablejo de nariz fálica que trae buena suerte, infaltable en las casas japonesas. Volveremos a Tengu cuando le llegue el turno.

Ahora que lo pienso, ahora que me pongo a escribir sobre el probable nacimiento de una seducción… por las máscaras, aclaro, quizá la raíz haya sido más íntima y muy anterior. Me veo ante una tristísima ventana que da al patio de aire y luz de un departamento interno. Tengo dos añitos apenas y la cabeza vendada como una pelota (¿habrá sido esa mi primera máscara?) porque me habían operado de mastoiditis. Entonces contemplaba por horas la ventana ciega de la pared de enfrente hasta que se producía el milagro. De golpe la ventana se abría y la vecina del departamento A (Florida 930, quinto piso) se descolgaba por esa ventana y haciendo equilibrio por una amplia cornisa llegaba hasta mí trayéndome los dones. Ella era Lina Wille Bille, la austera pero ágil y generosa mujer del dueño de Gong, una boîte de moda en aquel entonces, y traía hasta mi ventana la magia del cotillón: matracas, cornetas, globos, antifaces. Quizá aquellos antifaces decorados con lentejuelas y purpurina fueron los detonadores de algo que hasta el día de hoy me arranca del sufrimiento y la tristeza, me deslumbra y me despierta un incondicional fervor.

Porque, ¿cuándo nace una pasión?

Es probable que crezca de a poco; en mi caso la puedo rastrear en mi fascinación por todo lo lejano, en las lecturas, sobre todo, y en las distintas colecciones que fui juntando de chica, hasta banderines y etiquetas de hoteles de esas muy antiguas que se pegaban en las valijas y en los arcaicos baúles ropero. Oh, los baúles ropero del llamado “cuarto de plancha”, en la terraza de casa, un verdadero desván. Cerrados con llaves inhallables, tan llenos de inaccesibles secretos. Una manera de estar en todo el mundo sin moverme de casa, eso era el desván. Lo mismo vengo armando ahora en mi estudio, pero aquellos baúles-ropero representaban la inversa: una manera de llevarse la casa por el mundo.

Palabras portmanteau llamaba Joyce a esas que combinan significados. Baulropero. Así las máscaras. Y así las pasiones, porque nada es tan unívoco como parece.

No son solo las máscaras. Son también los libros que las mentan, las muestran, las reconocen. Los busco y atesoro; en las ciudades que visito entro en las librerías y dejo que el olfato me guíe hasta algún hallazgo. Al igual que mi antropóloga en La travesía:

Hay algo en una librería cualquiera que ella busca denodadamente sin preguntar a vendedor alguno. Libros sobre máscaras, ya se sabe, pero nada de los secos tratados de su especialidad, no, quiere libros con muchas fotos, en colores si posible, de máscaras en uso, de esos instantes cuando el ser humano se hace dios y diablo, y baila. Máscaras como escudo ante lo desconocido, arma mágica para enfrentar fantasmas volviéndose un fantasma.

Investí de antropóloga a la protagonista de La travesía, esa novela que defino como una “autobiografía apócrifa”, quizá porque mi vocación errada haya sido precisamente esa, la antropología. Desde mi preadolescencia leía libros sobre los mundos desconocidos, los pueblos que ahora llamamos originarios, las civilizaciones perdidas, las variadas religiones. Recuerdo haber leído a Joseph Campbell, quien dijo que “la metáfora es la máscara de dios”. Quizá invertí los términos y entendí que también puede decirse que la máscara es la metáfora de dios, y quedé capturada para siempre en su hechizo.

Bruce Chatwin, en su recopilación de textos sobre el nomadismo, cita a Verlaine cuando dice que Rimbaud tenía “suelas de viento”. Temo que, haciendo medio honor a mi apellido, ese también es mi caso. Tras las máscaras y sus rituales sagrados y sus carnavales profanos (sagrados a su modo) he recorrido miles de kilómetros y con esfuerzo he acopiado especímenes, no necesariamente valiosos pero siempre de uso y por lo tanto significativos. Me he metido en algunos de los más insólitos andurriales del mundo y he armado una muy nutrida biblioteca sobre el tema.

En este libro me propongo revivir retazos de esa travesía.

₺446,75
Yaş sınırı:
0+
Hacim:
281 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789876145480
Telif hakkı:
Bookwire
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