Kitabı oku: «Entretelones de una épica pedagógica»
Entretelones de una épica pedagógica
Lury Iglesias

| Iglesias, Ascensión María Entretelones de una épica pedagógica / Ascensión María Iglesias ; prólogo de Hugo Roberto Correa Luna. - 1a ed . - Ituzaingó : Cienflores , 2020. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4039-37-8 1. Educación Artística. 2. Ciencias de la Educación. 3. Pedagogía. I. Correa Luna, Hugo Roberto, prolog. II. Título. CDD 371.3 |
© “Entretelones de una epica pedagogica”, Ascensión María Iglesias, 2017.
© de esta edición, Editorial Cienflores, 2017.
Director editorial: Maximiliano Thibaut
Diseño editorial: Soledad De Battista
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Índice
PRÓLOGO
RECREO
De Gonzalo H. C., alumno de 4° grado
Punto y aparte
PRÓLOGO
Un prólogo quizá no debería tomar como marco de referencia la actualidad histórica inmediata si la realidad del texto prologado no se sitúa en esa actualidad –en este caso, para ser precisos, el año 2016 y la primera mitad de 2017–. Sospechará el lector, tras una afirmación así, que estas palabras pretenden ser la excusa para una excepción. Ocurre que el relato que compone este libro trata –como lo enuncia con toda claridad el título– una épica que cada tanto, en nuestro país, se renueva: la que libran los maestros, y la comunidad educativa en general, alrededor de diversos problemas a ella concernientes.
Razono, entonces, que un libro que narra la épica de los intentos por renovar las técnicas de enseñanza, de relación con la institución, con los alumnos y con los padres, con los propios maestros; los intentos por vencer una burocracia perezosa cuando no malintencionada; los intentos por abrir esa escuela a la comunidad, al barrio al que pertenece; que narra asimismo la necesidad de cuidarse del bestial e ignorante clima del totalitarismo de los setenta en gran parte del período que el relato abarca; ese libro no puede apartarse de la actualidad cuando los maestros se encuentran, hoy, en una lucha contra –una vez más– autoridades incompetentes en educación, pero cuya incompetencia es apenas un dato, porque no se trata de su incompetencia sino de la eficacia en otro campo: el de la ejecución de un plan que desmonta la educación pública y pretende transferirla al ámbito privado y a las desopilantes virtudes de la meritocracia.
El gobierno actual, con brutal simpleza, reduce prácticamente esa épica a la cuestión del salario, bajo el supuesto de que le basta con la degradación económica para lograr sus propósitos.
Entonces que esta lúcida y fresca narración de Ascensión María Iglesias –o Lury Iglesias, como preferimos llamarla o como suele presentarse ella– aparezca ahora, en esta realidad, en esta actualidad, tiene su importancia y sus consecuencias. Somos un país que ha tomado conciencia de la necesidad de la memoria en términos de derechos humanos, pero la conciencia de la comunidad suele circunscribirlos a aquellos derechos que fueron atropellados en la segunda década infame: a la desaparición de personas, a la tortura, a la apropiación de la identidad, al robo y las violaciones, en el marco de la represión de esas épocas. Pero no termina de incluirse, concreta, firme, conscientemente la educación en general y en especial la educación pública en ese paquete de los derechos humanos.
No soy, es claro, un experto en el tema, pero sí un observador curioso y creo que hay, en cambio, una intuición del pueblo que sale en favor de los maestros cuando las tensiones recrudecen, pero esa misma intuición no termina de ser la puerta de entrada a una consciencia que organiza de una vez por todas el papel y la necesidad de la educación en el contexto de los derechos humanos.
Por eso es que me parece tan importante la aparición de este libro, que debería constituirse en lectura imprescindible acerca de lo que tiene que ser una escuela, y en recordatorio de lo que significó y significa la educación pública, laica, gratuita y obligatoria.
No voy a contar, es claro, una historia que el texto cuenta impecablemente, pero sí voy a dejar en claro algunos de los ejes para que el lector entienda en qué fundamento mis aserciones.
La narración hace centro en un personaje que está en la memoria de todos, una figura que el recuerdo –el estereotipo, esencialmente el estereotipo– suele hacer alejada y un poco temible; un personaje secundario en la épica del alumno, en la medida en que no forma parte de la experiencia nuclear de la escuela como es el aula; un personaje que es –siempre hablamos del estereotipo– la contrapartida de la maestra – la señorita, en mis épocas–, a saber: la directora.1
La directora es, desde esa perspectiva, la que representa el poder de la institución, la autoridad, la que castiga, la que habla con los padres cuando el alumno se ha metido en problemas. Pero sobre todo es un personaje que en la narración, sea la literaria o la de nuestro recuerdo, no suele trascender esa visión.2 Es que, casi siempre, esta experiencia, la de la escuela, se concentra en el aula, en el mundo formado por la maestra o el maestro y sus alumnos.
Asistimos aquí a la historia de una directora, Ami, que conocemos a través de distintas voces: las de las auxiliares, las de los maestros, la de la vicedirectora y naturalmente la voz de la propia Ami: sus recuerdos, que nos permiten darle una vida más allá de la escuela, y el intercambio de misivas con la vicedirectora, que se comunican mutuamente los problemas a enfrentar en cuestiones de organización y vida diaria de la escuela.
Estos intercambios con la vicedirectora constituyen, a mi juicio, uno de los tesoros de la narración, porque conocemos la escuela desde otro punto de vista, como es el de las bambalinas, la cocina, una perspectiva no muy presente en la consciencia del público. Ami se presenta como una mujer de convicciones abiertas a un modo distinto de ver los problemas de la enseñanza y a menudo debe persuadir a maestros que se anquilosan en los viejos métodos –afortunadamente, Lury Iglesias no hace concesiones a lo políticamente correcto–, o dialogar con padres que no tienen demasiado en cuenta a sus hijos. Pero sobre todo lucha contra la cerrazón de los burócratas y de jueces o, más difícil todavía, con autoridades de la dictadura, cosa cuyos peligros serán evidentes.
No todas son dificultades, hay momentos conmovedores que brindan un aire fresco en medio de tanto obstáculo. Y también momentos en que es Ami la que se monta en causas excesivamente justicieras. De eso, da cuenta otra perspectiva, que es la de su familia.
En fin, la multiplicidad de planos que propone Lury Iglesias es inabarcable en los límites de un prólogo que, además, no tiene que describir en detalle lo que se hará evidente en la lectura. Lo que importa aquí es destacar la sensibilidad de este libro para tratar aspectos tan diversos de la educación; la riqueza narrativa que nos muestra la escuela en épocas de la dictadura y en épocas de la democracia, pero también la humanidad de los personajes que componen esa aventura que puede ser dirigir una escuela.
Sirva, además, este libro como testimonio de la humilde grandeza de nuestros educadores, en especial hoy, cuando se intenta desprestigiar a la educación pública, minimizar el tiempo que dedican los trabajadores de la educación y, sobre todo, esa brutal operación que lo peor de los gobernantes realiza sobre nuestros maestros: el intento de sumirlos en un apostolado en el que luchar por la remuneración que se merecen es ser poco menos que un mercenario.
Hugo R. Correa Luna
Mayo de 2017
1 Como hacemos énfasis en los estereotipos, estos personajes son femeninos.
2 En mi recuerdo solo encuentro la novela El director, de Gustavo Ferreyra (Losada, 2006), donde es, como lo indica el título, personaje central y, acertadamente, muy lejos del estereotipo antes descrito.
A mi compañero de andanzas de toda la vida, a mis adorables hijas, nacidas de nuestro gran amor, a mis queridísimos nietos: felicidad máxima.
Estoy en deuda y profundamente agradecida con Manolo, mi esposo; nuestras hijas, Madó y Patricia, los nietos Julian y Ailin (quien me animó a que escribiera mi andanzas y me ayudó a corregirlas), mi hermamiga Teresita, mi hermana Isabel y Hugo Correa Luna, mi profesor. Todos ellos me acompañaron con paciencia y cariño durante la escritura de estas páginas, releyendo borradores, dándome sugerencias y alentándome cada vez que intenté abandonarlas.
Lury
—Ah, olvidé contarte, Yamila, el próximo fin de semana largo van a llevar las cenizas al mar. También lo dejó escrito la dire.
— Qué locura. Con el frío que se viene. Si les toca un día ventoso, van a quedar tapados de cenizas, como en aquella película italiana que me prestaste.
— Callate, no hagas chistes con eso. —…Pero te hice reír. Consuelo, ¿vos vas a ir?
— No, mujer; irán el marido, las hijas, los nietos, sus hermanos y Marianela, Ami me decía que era su “hermamiga”; con ella se conocieron siendo maestras de grado no sé cuántos años, en una escuela muy humilde de Villa Tesei, y se hicieron tan amigas que se llamaban así.
— Por más que pienso, no la recuerdo.
— No, porque fueron directoras en escuelas distintas, pero, hasta que las jubilaron, durante más de cuarenta años, trabajaron juntas como docentes del Centro Arte Infantil y Adolescente de la Municipalidad de Morón. Ellas dos lo crearon. Lo sé porque muchos alumnos de nuestra escuela iban a ese taller y hacían teatro.
—De eso sí me acuerdo.
***
— ¿Qué pasó?
— Dejame que te ayude, Consuelo, no te agaches. La llenaste demasiado y se desfondó.
— Ahora se mezclaron los años, mirá qué lío.
— ¿Para qué querés este papelerío? La directora nos autorizó a tirarlo a la basura. Será una felicidad para los cartoneros ¿Te diste cuenta?, el flaquito que viene todos los días me tira onda, tiene unos ojos…
— No me fijé… estos escritos me traen recuerdos de la dire, la vice, de Jesusa, de aquellas maestras, de Daniel…mirá, Yamila, hoy, precisamente hoy, después de tantos años, me encuentro con estos cuadernos y papelitos sueltos y no puedo dejar de preguntarme qué debería hacer con ellos. La directora era mi amiga.
¡Siempre han estado ordenadamente guardados!
***
Consuelo se fue a su casa con el paquete que le calentaba el alma de recuerdos y le helaba la sangre. Comenzó a escuchar las voces de los chicos, de aquellas maestras, de las madres, de algunos papás que aparecían generalmente cuando se enteraban de que sus hijos debían repetir el grado… a percibir las arrogantes presencias de las inspectoras, a escuchar el sonido de la campana acallando tantas risas y juegos de los recreos.
Se vio a sí misma, joven, trabajando con alegría, debido al reconocimiento de todos…
Sin sacarse el abrigo, se descalzó, preparó el mate tan ansiado y continuó leyendo página tras página. El cansancio llamó al sueño y, entre dormida y despierta leyó o soñó que Ami le pedía, como siempre: Consuelo, ¿no me haría un tecito?
La despertó el dolor de huesos, allí sentada en la silla de la cocina. Se acordó que a la mañana la esperaban tareas pesadas; la actual directora les había pedido a Yamila y a ella que hicieran limpieza general en la biblioteca, el archivo y los armarios de la cocina.
Se miró las manos ajadas y las venas que sobresalían como cuerdas, se quitó el abrigo, buscó unos guantes de goma para emplear al día siguiente, recalentó el guisito, comió y no tuvo fuerzas ni para lavar la olla y el plato.
***
— Consuelo, vos siempre recordando, qué pesada.
— Es que fue una época distinta. Imaginate, yo tenía veinticinco años cuando vine; acababa de enviudar y ya tengo cincuenta.
— ¿Cincuenta?...
— Bue… digamos. Estaba destruida, me había aparecido un tumor en el cuello, me sentía sola, sin un peso, por la larga enfermedad de mi marido…
— ¿Y cómo es que viniste a parar acá?
—Una señora amiga de mi suegra, secretaria del Consejo Escolar, me consiguió la suplencia de auxiliar y después, el nombramiento. Me salvaron la vida, me curé y hasta lograron que cursara el secundario de noche.
— Sí, seguro que te volvieron loca como a mí, que no me dejaron ni a sol ni a sombra hasta terminar séptimo…
— Me acuerdo de vos como si fuese ayer, sentadita en primer grado, quién diría… al principio, tan tímida…
— Mi mamá limpiaba por horas y yo cuidaba a mis hermanitos, hasta que un día apareció por casa la asistente social, Perla, me pareció un hada; entré a la escuela de su mano, varias semanas más tarde de que empezaran las clases.
— Sí, siempre venías contenta. Después de lo que te pasó, la porfiaste a la inspectora: o te dejaban en la escuela o abandonabas la primaria. Ella insistía en pasarte a la nocturna. A pesar de tus doce años, decía que se lo habían pedido un grupo de madres, y vos le discutías hecha un mar de lágrimas.
— Qué querés que te diga, no iba perder a mis compañeros de séptimo.
— Lo que le costó a la dire convencerla, ni te imaginás… te salvó la edad; te defendió con el reglamento en mano, argumentando que en tu estado no te iban a aceptar de noche y menos con gente grande.
— Mirá si me voy a olvidar, había cumplido recién los trece años cuando nació Brian y todos quisieron ser los padrinos, ¿te acordás?
— Claro que sí, entre las maestras y algunas mamás juntamos para el ajuar… —…Y nunca tuve que comprar ni pañales. Vinieron cargadas de regalos chapoteando debajo del puente; justo ese día había llovido a cántaros.
— Cuando fuimos había parado la lluvia pero llegamos patinando en el barro… la de Ramírez encontró tirado un palo de escoba y lo usó de bastón.
— ¡Qué santas! Enseguida le puse el conjunto celeste a Brian, parecía un muñeco…
— Brian… dejémoslo ahí… ¿Cómo se te ocurrió tatuarte su nombre en el brazo?
— ¿Y qué?, es mi hijo.
— También yo los tengo pero los llevo grabados en el corazón.
— ¡Uf!, ya empezaste otra vez, te creés mi mamá, qué pesada.
— Mirá, Yamila, me hubiese encantado tener una nena. Cuando llegué a la escuela, la primera que se me acercó fuiste vos, la excusa era la trencita que se te había desatado saltando a la soga y yo, a peinarte; sonaba la campana y ya te veía asomada a la cocina. Eras piel y huesos; yo también tenía un pretexto, te pedía que probaras la leche para que me dijeras si le había puesto suficiente cacao, así tomabas doble ración.
— Ya lo sé… todos fueron muy buenos conmigo. Me acuerdo hasta de los cuentos que nos contaba la señorita Clara. Che, y la dire, ¿cómo te recibió cuando empezaste a trabajar de portera?
— Portera no, Yamila, lo sabés: ¡auxiliar!... Imaginate, me presenté acariciando mi anillo de casamiento, sigue siendo mi talismán; llevaba el mejor trajecito, uno azul eléctrico.
— Creo habértelo visto, te quedaba lindo, aunque esas hombreras eran espantosas.
—Y… estaban de moda. La dire me invitó a sentarme y terminé revelándole mi vida.
— Te deschavaste con ella.
— Ni imaginé que a partir de esa mañana volvería a nacer; mi rumbo se dio vuelta, se llenó de voces de chicos y de amigos; yo estaba convencida de que mis días serían siempre iguales, sola, como desde que Carlos falleció. Vos sabés, los hijos varones vuelan pronto, y los míos ya lo hicieron. Ella no era una directora como yo las suponía; primero me pidió que la tuteara, nunca pude, y que le dijera Ami, fue lo que más me llamó la atención; me explicó cuáles serían mis actividades, nada difíciles. Me presentó a Jesusa, compañera de tareas, y durante el recreo, a todo el personal del turno. Me dijo que yo decidiera cómo organizarme y que no dudara en cambiar la rutina si encontraba mejores maneras. La hubieses visto qué feliz se puso el día en que enceré los pisos de dirección y secretaría.
— ¡Ah…, habías sido vos la de la idea!
— Y lo lindos que quedan, lo sabés. También me conquistó Vera, la vice, tan graciosa, pero, te acordarás, enojada era de temer.
— Y con Jesusa, ¿cómo te fue?
— Compartí muchos años, hasta que se jubiló, vos le tenías un miedo...
— ¡Pánico! Jesusa… medio bruta con los chicos, che; en mi grado creíamos que en cualquier momento nos iba a agarrar a escobazos; después descubrí que era macanuda. Sabés las veces que me preparó una bolsa con pan y botellas de leche para mis hermanitos; en casa no había más que mate cocido.
— Sí, era muy generosa; murió hace poco, por la diabetes, no se cuidaba; recuerdo que defendía a los alumnos y al personal como fiera; la escuela fue su casa, trabajó más de veinte años acá.
— Y ustedes ¿se hicieron amigas?
— Más o menos; cuando llegué, se puso tan celosa que nada de lo que yo hacía le parecía bien. Cambió desde que nos invitaron a participar en las reuniones de personal, a partir de ahí nos entendimos mejor. Nos sentíamos parte del equipo. En cuanto se jubilaron la dire y la vice y aparecieron las nuevas, eso se acabó, ¡a la cocina, a limpiar!
— Somos de segunda nomás, che, cuando les sirvo el café, me parece que nos están descuereando vivas.
— No seas tonta, Yamila, hablan de las clases, los chicos, la escuela… no somos tan importantes para ellas.
— A mí me gustaría estar en esas reuniones, y te juro que tendría bastantes cosas para decirles.
—Olvidate.
***
— Consuelo, ¿de dónde venís tan empilchada?
— Ayer te dije que iba a despedir a la directora, trabajé muchos años con ella, era mi amiga.
— Me salvé, no voy al cementerio ni que me maten, bah, si me matan tendré que ir, obligada…
— Callate, Yamila, sos una piba. Aunque no lo creas fue una ceremonia alegre, pusieron Carmen de Bizet mientras la… bueno, eso; fue su deseo, era uno de los discos que ella ponía siempre en dirección, ¿lo escuchaste?
— Ah, ¿fue con música y todo el asunto?, ¿rock o cumbia?
— No, qué cumbia ni rock. El nieto, un muchacho flaco, altísimo, me hizo reír, dijo que hubiese sido mejor La Danza del Fuego.
— Ya sé, pensó que su abuela se iba derechito al infierno.
— No creo, y seguramente él tampoco. No hay nada después, solo queda el recuerdo, y a veces. Ese día el nieto me contó que sus abuelos fueron luchadores por la justicia y la paz, que al abuelo lo persiguió la dictadura, que estuvo detenido varias veces, y que sus padres, además de ser músicos, siguen su ejemplo.
— ¿Viste?, te lo dije, la historia se repite.
— Y la nieta pronunció unas palabras reveladoras. Dijo que hoy todo es más veloz, que el mundo se achicó y que no habrá que esperar tanto para lograr los cambios por los que lucharon sus abuelos porque algo habremos aprendido.
— Optimista la piba, che.
— A la salida del cementerio me dio su teléfono; sabés, me conocía porque Ami le había hablado de mí, le dijo que yo era su amiga; increíble, che, me emocioné. La nieta es una chica preciosa, también maestra, y me contó que hablaban horas con la abuela sobre anécdotas de la escuela.
— Me imagino que yo no me salvé…
— Es muy posible. Una vez, escuché a la dire proponiéndole a la vice escribir un libro sobre la escuela, pero Vera no quiso.
— ¿Un libro?… ¿da para tanto?
—… le dijo que podrían hacer algo parecido a Qué porquería es el glóbulo o algo así… y ponerle de título, Qué querés que te diga.
La nieta me contó, que un día le sugirió a la abuela que escribiera sus memorias y que deseaba lo hubiese hecho ¿Te das cuenta por qué quiero leer estos papeles? Me cuesta imaginar a Ami convertida en cenizas.
Ni me lo digas, la muerte tiene sus fantasmas, a veces me parece escucharlos. Si hay algo piola contámelo y después hacemos la limpieza. Che, acá ya no entra más nada.
¡No manipulen los papeles! Qué falta de respeto.
— Madre mía, cómo trabajábamos en esa época… mirá, Yamila.
— Ya voy; mientras preparo el mate, vos seguí revisando y me leés lo más interesante.
— ¡Los cuadernos! Seguro que no los viste nunca, son Rivadavia, Laprida, Gloria…
— Sí, mi mamá me mostró uno de cuando iba a la escuela, allá en Santiago; la pobre llegó hasta cuarto grado nomás, las hojas estaban así de amarillas.
— Yamila, en estos cuadernos está lo que se oye, se escribe, se ve, se vive en la escuela. Eran maestras y maestros que amaban a los niños, a su profesión y eran amigos, y muy autocríticos. Mientras leo, creo que en cualquier momento pasará la dire para guardar la bicicleta en el salón de actos, o vos, chiquita, jugando al elástico con tu delantal blanco y las dos trencitas, que siempre se te deshacían y yo te volvía a peinar; Jesusa, con sus inseparables llaves soldadas a la cintura; Noemí, siempre seria, vestida de luto, eso sí pintada como para una fiesta; chicos y más chicos jugando en el recreo… hasta escucho el sonido de la guitarra de Daniel…
— ¿Y dónde escondían estos cuadernos?
— Jesusa había descubierto el lugar; la dire y la vice los guardaban con llave pero a veces se olvidaban de cerrar el cajón, entonces ella aprovechaba y los leía.
— ¿En serio? Si hoy la vieja nos pesca entrometiéndonos en sus cosas, nos mata, con lo histérica que es.
Lo dicho, son confidenciales…
Diálogos que referían lo ocurrido en la escuela y hechos de la vida cotidiana.
Déjenlos dormir su siesta eterna.
— A ver, che, me siento un espía… qué prolijitas…
— Eso fue al principio, pensá que se conocieron acá, en la escuela y eran muy diferentes.
— Me acuerdo; la dire le llevaba como dos cabezas y recorría el patio casi volando. La vice no, era peticita y más tranqui. —No me refería a la altura, aunque las peticitas, de tranquilas, nada; tenían distinto carácter y nos llevó tiempo reconocer su amistad. Cuando entraron en confianza, se pasaban las novedades a la disparada. Mirá este cuaderno, acá hay una fecha: 1989, fijate el apuro con que deben haberlo escrito… lapiceras, biromes de distintos colores, fibras, lápices…lo que tenían a mano, ¿ves acá?, borrones, tachaduras, frases inconclusas…
— Pienso que ellas tendrían necesidad de contarse lo que pasaba.
— Y… sí, cumplían turnos alternados, el día que una venía a la mañana, la otra venía a la tarde. Con Vera trabajé dos años más porque se jubiló después que Ami y la reemplazó en la dirección. Me imagino que nunca se animó a tirar estos cuadernos. La dire había organizado un taller literario en su casa donde iban las maestras más amigas y la vice era una de ellas.
— Mirá este sobre, está lleno de papelitos escritos, vaya a saber qué dicen… mm, me parece que acá hay confidencias… Consuelo, por qué no te los llevás a tu casa y me los vas prestando.
— Tengo una idea, Yamila: vos ayudame a tipearlos, de paso hacés los deberes y lográs escribir sin mirar el teclado, como te dijo el profe de computación.
— Dale, con la curiosidad, en una de esas… y vos ¿qué vas a hacer?
— Se me está ocurriendo algo…
— Contame.
— Ya te lo voy a decir… vos andá copiando textual lo que te doy. Solo le cambiaré los nombres, aunque pasaron más de veinte años y nadie se reconocerá.
¿Qué es esto, piensa publicarlos?
Más de una persona se sentirá ofendida.
No es ético, solo registraron hechos.
—… Che, el mate está frío.
— Antes, muy caliente; ¿quién te entiende, Consuelo?; le puse cascarita de naranja como te gusta y nada de azúcar.
— Acabemos con la limpieza, Yamila, te envidio, no puedo acostumbrarme a trabajar con guantes; acá hay tierra de aquellos años… ¡Uy, leé lo que escribió la dire sobre Jesusa, pobre…!
¡Qué impertinencia!
No fueron hechos extraordinarios, solo diferentes.
A veces.
***
¡Hola, Vera! Sigo en la escuela y ya son las 6.30. ¡Qué día! Jesusa me vio cuando regresaba de guardar la bici. Me atajó antes de entrar a dirección y ahí nomás se despachó con la noticia, como de costumbre pegada a la escoba. No hay agua, debe ser de nuevo el flotante del tanque. Ya llamé al plomero, el vecino me prestó el teléfono. Le pregunté con miedo si tenía alguna otra noticia. No, dijo; ¡ah, sí!, la llave de tercer grado se trabó…dónde van a dar clase hoy día. En eso salió disparada para increpar a un chiquito de primer grado: si seguís llorando te voy a mojar con la manguera. El chico se atornilló a su madre. Decime, che, qué vamos a hacer con esta mujer. Después, paró a una señora. Adónde va. La mujer le dijo: a hablar con la maestra de tercero; no vino, espere afuera. Al rato: olvidé contarle: hoy pasó el marido de Elisa, avisó que su esposa está con gripe, quiere una planilla de licencia... se hace la enferma, de seguro; mejor me voy a barrer.
Y yo, me fui a dar clase en el grado de Elisa, para variar… Hasta mañana. Ami
***
— Leé, Yamila, ésta es la respuesta de la vice. Renegaban de lo lindo con Jesusa; ella hacía años que trabajaba en la escuela, se sentía dueña y señora.
Si supieran… no saquen conclusiones apresuradas.
—… Sí, Ami, es una situación. Yo te iba a preguntar lo mismo; ¿viste con la saña que toca el timbre? Por favor, compremos otra campana, la que nos robaron tenía un sonido tan alegre. Odio este timbre.
Te cuento que pesqué a Jesusa mandando a un costado a los chicos que llegaban tarde. A la una en punto cierra las puertas de un portazo y se pone a barrer mientras protesta.
En fin… te diré que las licencias de Elisa me irritan más
que las torpezas de Jesusa….
¡Oh, vino el plomero! Te dejo. Hasta mañana.
Un beso. Vera.
***
Vos, siempre con la escuela al hombro. Sí, estoy un poco cansada, esperá que guardo la bicicleta. Dejame a mí, yo bajo la bolsas con los cuadernos y las compras; qué pesadísimas, no entiendo cómo podés andar tan cargada todas esas cuadras en bicicleta, y ¡con zapatos de taco! Suerte que ya nuestras hijas crecieron, acordate cuando las llevaba a una sentada adelante y a la otra en la sillita de atrás.
***
Ami piensa y escribe: Parece que no tengo cura.
Cuando estaba en el grado, me resultaba difícil olvidar a Ramón, con su cabecita de pepino, el que no entendía las cuentas de dividir; a Clarita… sí, su mirada era clara, pero no aprendía nada, tenía hambre… y examinar todos los días más de treinta cuadernos, nunca logré hacerlo en clase… y él rezongándome porque no alcanzaba a corregirlos en la escuela, y yo diciéndole que, con Marianela, aplicábamos la doble corrección, trabajo minucioso propuesto por ese inspector genial que hubo una vez, un caso raro: Jorge Thevenin; nunca tuvimos otro similar; murió de un infarto fulminante. Creo que no soportó la dictadura; había publicado sus métodos en unos pequeños libros muy interesantes y prácticos.
Mis pensamientos se disparan. Pienso lo poco que puede interesarle a alguien que los maestros señalen los errores con lápiz para que los chicos, en el aula, se autocorrijan.
Continúo aburriéndolo mientras le explico en qué consiste el proceso de enseñanza aprendizaje; él me escucha un rato y después me pide que deje la escuela donde está y cambie el dial. Y yo la sigo: como para no traerme la escuela al hombro… no era solo corregir cuadernos, además, había que pensar la clase y escribir el leccionario, dejar asentada en la carpeta la ejercitación, planificar la semana, las unidades, el año…
Mis hijas me sacan de las cavilaciones, aquí vienen a darme besos para contarme a dúo cómo les ha ido en la escuela. Las abrazo a las dos juntas, son tan hermosas.
***
Ami, no te enojes conmigo pero desde que sos directora te veo más preocupada que cuando tenías grado; vivís con los nervios de punta; pensábamos que te iba a resultar más llevadero... ¡vamos, nenas!, a lavarse las manos que ya estamos con mami sentados a la mesa.
Días después, Ami le contó feliz que habían logrado aplicar en la escuela el método de autocorrección, a partir de cuarto grado.
***
— Yamila, vení, ayudame que nos toca la limpieza del cuartito.
— Ya veo, hoy nos vamos de noche… Decime, Consuelo, qué es este armatoste. —Aunque no lo creas es una aspiradora industrial; se utiliza con agua; Ami vio que las usaban en el Banco Provincia y consiguió que nos donaran una; Jesusa no quiso usarla porque debíamos levantar todas las sillas, y ahí quedó, arrumbada. Yo era nuevita y en aquella época, no me animaba a contradecirla. Después me olvidé de su existencia.
— Che, qué querés que te diga, ¿tan atrasada era Jesusa? Para baldear también hay que levantar las sillas.
— Ya lo creo, recién ahora estoy logrando que los chicos las pongan sobre las mesitas, es mucho más aliviado y ni te imaginás lo que era limpiar con los pupitres antiguos, atornillados a los pisos, eran verdaderas armaduras ¿Te acordás del Señor Nadal? Fue el que designó el Banco Provincia como padrino. Se enamoró tanto de la escuela que logró que cambia-ran todo el mobiliario obsoleto por estas mesitas redondas.
— Che, me acuerdo cuando las trajeron, creo que yo estaba en cuarto, y nos divertía estudiar en grupo. —También iluminaron las aulas con tubos fluorescentes dobles, colocaron ventiladores de techo y dejaron los baños como de confitería…
— Todos los chicos estábamos recontentos. Bueno, yo voy a probar este cachivache, espero que funcione. Cuando baldeamos los salones me queda la espalda molida. Podrías practicar conmigo un poco de esos masajitos que estudiás, ¿cómo se llamaban?