Kitabı oku: «El Mago de Oz»

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Baum, Lyman F.

El mago de Oz / Lyman F. Baum. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2019.

Libro digital, EPUB - (Sonsoles ; 3)


Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4419-67-5


1. Narrativa Estadounidense. 2. Novela. I. Título.

CDD 813

Reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

EL MAGO DE OZ

/ CAPÍTULO 1

EL CICLÓN

Dorothy vivía en medio de las grandes planicies de Kansas con su tío Henry, que era granjero, y su esposa, la tía Em. La casa era pequeña, porque para construirla tuvieron que llevar la madera en carreta desde muy lejos. Tenía cuatro paredes, un piso y un techo que formaban un solo ambiente. En él había una cocina vieja, un aparador para los platos, una mesa, tres o cuatro sillas y las camas. En una de las esquinas, estaba la cama del tío Henry y la tía Em, y en otra esquina, la pequeña cama de Dorothy. No había ni bohardilla ni sótano, salvo por un pequeño agujero cavado en el piso, al que llamaban “el sótano del ciclón”. Allí la familia podía refugiarse, en caso de que uno de esos grandes torbellinos se levantara con la fuerza suficiente como para destruir una casa. Y a ese pequeño y oscuro hueco se entraba por una puerta trampa que había en el suelo, desde donde bajaba una escalera.

Cuando Dorothy se paraba en la puerta de la casa y miraba a su alrededor, no veía nada más que la gran llanura. Ni un árbol ni una casa rompían la monotonía de la planicie, que se extendía hasta el horizonte, en todas direcciones. El sol había quemado los campos, convirtiéndolos en una dura superficie de tierra gris y agrietada. Y ni el pasto era verde, pues el sol lo había dejado tan gris como a la tierra. En una oportunidad, habían pintado la casa. Pero el sol resecó la pintura y las lluvias la lavaron, así que ahora estaba tan opaca y gris como todo lo demás.

Cuando la tía Em fue a vivir allí, era una mujer joven y bonita. Pero el sol y el viento también la cambiaron. Le quitaron el brillo de los ojos y se los dejaron de color gris profundo. Se llevaron el rojo de sus mejillas y de sus labios, que fueron tomando el mismo color. Ahora era una mujer flaca y seca, que nunca sonreía. Cuando Dorothy se quedó huérfana y fue a vivir con ella, la tía Em se sobresaltaba con la risa de la niña y daba un grito. Y cada vez que oía la voz alegre de Dorothy, se llevaba una mano al corazón y la miraba asombrada, preguntándose de qué se reía.

El tío Henry tampoco se reía nunca. Trabajaba sin descanso, de la mañana a la noche, y no sabía lo que era la alegría. Él también era gris, desde su larga barba hasta sus botas gastadas. Tenía un aspecto severo y solemne, y rara vez hablaba.

Era Toto el que hacía reír a Dorothy y el que la salvó de que se volviera tan gris como todo lo que la rodeaba. Toto no era gris. Era un perrito negro de sedoso pelo largo y de ojitos azabaches, que brillaban alegres a cada lado de su graciosa nariz. Toto jugaba todo el día con Dorothy y ella lo quería mucho.

Sin embargo, un día no jugaron. Ese día, el tío Henry estaba sentado en el escalón de la puerta y miraba el cielo con preocupación, porque se había puesto más gris que nunca.

Dorothy, parada a su lado y con Toto en brazos, también miraba el cielo. La tía Em lavaba los platos. Desde el Norte llegaba el gemido bajo del viento, y el tío Henry y Dorothy vieron cómo, en esa dirección, se inclinaba la hierba. Entonces, desde el Sur, llegó un silbido agudo y, cuando miraron hacia ese lado, vieron que allí también el viento mecía la hierba. De repente, el tío Henry se puso de pie.

–Viene un ciclón, Em. Iré a ver a los animales –le anunció a su mujer y corrió hacia los establos, donde se guardaban las vacas y los caballos.

La tía Em dejó su tarea y fue hasta la puerta. Y solo con una mirada advirtió el peligro que corrían.

–¡Rápido, Dorothy, al sótano! –gritó.

Toto saltó de los brazos de Dorothy y se escondió debajo de la cama, mientras la niña trataba de atraparlo. La tía Em, muy asustada, abrió la puerta trampa que estaba en el piso y bajó por la escalera hacia el “sótano del ciclón”. Dorothy, por fin, atrapó a Toto y fue detrás de su tía. Pero cuando estaba a mitad de camino, llegó el viento y la casa se estremeció tanto, que la niña perdió el equilibrio y quedó sentada en el suelo.

Entonces, pasó algo extraño. La casa dio dos o tres vueltas sobre sí misma y se elevó lentamente por el aire. Dorothy sintió como si estuviera subiendo dentro de un globo.

Los vientos del Norte y del Sur se habían encontrado justo donde estaba la casa y, en ese preciso lugar, se había formado el centro del ciclón.

En el centro de un ciclón, por lo general el aire está en calma. Pero la gran presión que el viento hacía sobre los cuatro costados de la casa la elevaron más y más, hasta colocarla en la punta. Allí se quedó, y el viento la transportó a miles de kilómetros, tan fácilmente como si fuera una pluma.

Aunque estaba muy oscuro y el viento rugía con furia, Dorothy se dio cuenta de que la casa se trasladaba con bastante suavidad. Después de que los primeros remolinos la inclinaran peligrosamente, sintió como si la mecieran con dulzura, lo mismo que a un bebé en la cuna.

A Toto no le gustaba nada de eso y corría de aquí para allá por toda la habitación, ladrando sin parar. Pero Dorothy se quedó quieta, sentada en el piso, esperando para ver qué iba a pasar. Hasta que, en un momento, Toto se acercó mucho a la puerta trampa que había quedado abierta, y cayó al vacío.

Al principio, la pequeña pensó que lo había perdido pero, de pronto, vio que una de sus orejas se asomaba por el agujero. Lo que pasaba era que el aire soplaba desde abajo con tanta fuerza que le impedía caerse. Entonces, ella se arrastró hasta el agujero, lo tomó de la oreja y lo metió de nuevo en la habitación. Tan pronto como lo hizo, cerró la puerta para evitar nuevos accidentes.


Poco a poco, Dorothy fue perdiendo el miedo, aunque se sentía bastante sola. El viento aullaba con tanta fuerza a su alrededor, que casi se quedó sorda. Al principio, se había preguntado si la casa se haría pedazos cuando cayera. Pero a medida que las horas pasaban y nada terrible ocurría, dejó de preocuparse y resolvió esperar con calma lo que el futuro le deparaba. Al fin, gateó por el piso hasta su cama y se acostó. Toto la siguió y se echó a su lado.


/ CAPÍTULO 2

EN LA TIERRA DE LOS MUNCHKINS

A pesar del balanceo de la casa y de los aullidos del viento, Dorothy cerró los ojos y pronto se durmió. La despertó una sacudida tan repentina y fuerte que, si no hubiera estado acostada en su mullida cama, se habría lastimado. El golpe la sobresaltó y se preguntó qué habría pasado. Toto le puso el hocico frío en la cara y gimió aterrado.

Entonces, Dorothy se sentó y se dio cuenta de que la casa ya no se movía. Tampoco estaba oscuro, pues un brillante rayo de luz entraba por la ventana, inundando el pequeño cuarto. Saltó de la cama y, con Toto pisándole los talones, corrió a abrir la puerta.

La pequeña niña dio un grito de asombro, y sus ojos se abrieron cada vez más al descubrir, a su alrededor, un paisaje maravilloso. El ciclón había depositado la casa –con mucha delicadeza, para ser un ciclón– en medio de un campo de una belleza increíble.

Era un encantador prado verde, rodeado de enormes árboles, cargados de ricas y suculentas frutas. Por todos lados, había canteros de flores hermosas y pájaros de plumajes raros y coloridos, que cantaban y revoloteaban entre los árboles y las plantas. Un poco más allá, corría un arroyito entre verdes orillas. El brillo y el susurro de sus aguas encantaron a la niñita que había vivido tanto tiempo en la llanura seca y gris de Kansas. Y mientras contemplaba maravillada el bello y sorprendente paisaje, notó que se acercaba el grupo de gente más extraño que había visto en su vida. No eran tan altos como los adultos que ella conocía, ni tampoco muy bajos. Tenían más o menos su misma estatura, y Dorothy era bastante alta para su edad. Sin embargo, a simple vista se notaba que eran mucho mayores que ella.

El grupo estaba compuesto por tres hombres y una mujer, vestidos de forma muy rara. Usaban sombreros cónicos, de unos treinta centímetros de alto y que terminaban en una puntita. En el ala, estaban adornados con campanitas, que tintineaban suavemente cuando se movían. Los sombreros de los hombres eran azules. El de la mujer era blanco, igual que su túnica, salpicada de estrellitas que brillaban al sol como diamantes. La ropa de los hombres era del mismo tono azul que los sombreros, y sus botas, también azules, estaban muy bien lustradas y tenían la punta enrollada hacia adentro. Dorothy pensó que los hombres eran más o menos de la misma edad que el tío Henry, porque dos de ellos tenían barba. La mujercita, sin lugar a dudas, era mucho mayor, pues tenía la cara cubierta de arrugas, el cabello blanco y caminaba casi tiesa.

Dorothy estaba parada junto a la puerta de la casa y los extraños caminaban hacia allí. Pero de pronto, se detuvieron a cuchichear entre ellos, como si tuvieran miedo de seguir avanzando. Entonces, la viejecita se acercó a la niña y le hizo una profunda reverencia.

–Noble hechicera, eres bienvenida a la Tierra de los Munchkins. Te agradecemos mucho que hayas matado a la Bruja Malvada del Oriente, liberando a nuestra gente de la esclavitud –le dijo con dulzura.

Dorothy escuchó estas palabras con asombro. ¿Por qué la viejita la llamaba hechicera? ¿Qué quería decir con que había matado a la Bruja Malvada del Oriente? Ella era una nena inocente e inofensiva. Un ciclón la había llevado muy lejos de su hogar, pero jamás en su vida había matado a nadie. Sin embargo, era evidente que la ancianita esperaba que le respondiera.

–Es usted muy amable, pero debe haber algún error. Yo no maté a nadie.

–Bueno, entonces lo hizo tu casa, que es lo mismo –dijo la pequeña anciana, riéndose. Luego, señaló una esquina de la casa y agregó–: ¡Mira! Ahí están sus pies, que asoman por debajo de esa tabla de madera.

Dorothy miró en la dirección que señalaba la anciana y pegó un gritito de miedo. En efecto, justo en la esquina de la casa, asomaban dos pies, calzados con zapatos de plata, con las puntas enrolladas hacia adentro.

–¡Ay, Dios, ay! La casa debe haber caído sobre ella –exclamó la niña, mientras se retorcía las manos. Y de inmediato preguntó–: ¿Qué vamos a hacer ahora?


–No hay nada que hacer –respondió la mujercita, con calma.

–Pero ¿quién era ella? –quiso saber Dorothy.

–La Bruja Malvada del Oriente, como te dije. Durante años esclavizó a los Munchkins. Ahora son libres y te agradecemos el favor –le explicó la ancianita.

–¿Quiénes son los Munchkins? –preguntó la pequeña.

–Los que viven en las Tierras del Este, donde gobernaba la Bruja Malvada.

–¿Y usted es una Munchkin? –volvió a preguntar.

–No, pero soy su amiga, aunque vivo en las Tierras del Norte. En cuanto los Munchkins vieron que la Bruja del Oriente estaba muerta, me mandaron un mensajero y vine de inmediato. Yo soy la Bruja del Norte.

–¡Ah, qué graciosa! –exclamó Dorothy–. ¿Una bruja de verdad?

–Sí, de verdad. Pero soy una bruja buena y la gente me quiere. Sin embargo, no soy tan poderosa como la Bruja Malvada, pues en ese caso los habría liberado yo misma –aclaró la mujercita.

–Yo creía que todas las brujas eran malvadas –dijo la nena, que estaba un poco asustada por encontrarse frente a una bruja de verdad.

–Oh, no, ese es un grave error. Hay solo cuatro brujas en todo el País de Oz y dos de ellas, las que viven en el Norte y en el Sur, son brujas buenas. Lo sé porque yo soy una, así que no puede haber error. Las del Oriente y del Occidente son, de veras, brujas malas. Pero ahora que tú has matado a la del Oriente, no queda más que una sola bruja malvada en toda la Tierra de Oz: la que vive en el Occidente.

–Pero la tía Em me dijo que todas las brujas habían muerto hace muchísimos años –afirmó Dorothy, después de pensar un momento.

–¿Quién es la tía Em? –preguntó la mujercita.

–Es mi tía que vive en Kansas, de donde vengo yo.

La Bruja del Norte también se quedó pensando, con la cabeza baja, mirando el suelo. Luego, levantó los ojos.

–No sé dónde queda Kansas y nunca antes oí hablar de ese lugar. ¿Es un país civilizado?

–Oh, sí –respondió Dorothy.

–Eso lo explica todo. En los países civilizados, creo que ya no quedan brujas, ni adivinos, ni hechiceras, ni magos. Pero verás, como el País de Oz nunca se civilizó, somos diferentes del resto del mundo. Es por eso que todavía hay brujas y magos entre nosotros.

–¿Quiénes son los magos? –preguntó Dorothy.

–Oz es el Gran Mago –le reveló la Bruja. Y bajando la voz, continuó–: Es más poderoso que todos nosotros juntos. Y vive en la Ciudad Esmeralda.

Dorothy estaba por hacer otra pregunta, cuando los Munchkins, que hasta ese momento no habían hablado, gritaron señalando debajo de la esquina de la casa, donde estaba la Bruja Malvada.

–¿Qué pasa? –se sorprendió la ancianita y, al mirar, empezó a reírse.

Los pies de la Bruja muerta habían desaparecido por completo y solo quedaban los zapatos de plata.

–Era tan vieja, que el sol rápidamente la secó –explicó la Bruja del Norte–. Ese fue su fin. Pero los zapatos de plata ahora son tuyos y puedes usarlos.

Se agachó a recogerlos, les sacudió el polvo y se los dio a Dorothy.

–La Bruja del Oriente estaba orgullosa de esos zapatos plateados –comentó uno de los Munchkins–. Tienen algo mágico, pero nunca supimos qué.

Dorothy los llevó adentro de la casa y los dejó sobre la mesa. Después, volvió a salir y les dijo:

–Estoy ansiosa por volver con mis tíos, porque seguro que están preocupados por mí. ¿Podrían ayudarme a hacerlo?

Los Munchkins y la Bruja se miraron unos a otros, luego a Dorothy, y negaron con la cabeza.

–Hacia el Este, no muy lejos de aquí –dijo uno–, hay un gran desierto que nadie pudo cruzar.

–Lo mismo pasa al Sur –dijo otro–, porque yo estuve allí y lo vi. En el Sur, está la Comarca de los Quadlings.

–A mí me dijeron que es igual en el Oeste –agregó el tercero–. En esa Tierra viven los Winkies, gobernados por la Bruja Malvada del Occidente. Y si pasaras por allí, ella te convertiría en su esclava.

–El Norte es mi hogar y limita con el mismo desierto que rodea el País de Oz. Mucho me temo, querida, que tendrás que vivir con nosotros –concluyó la ancianita.

Al oírla, Dorothy se puso a llorar, porque se sentía sola entre esa gente extraña. Sus lágrimas entristecieron a los amables Munchkins quienes, de inmediato, sacaron sus pañuelos y también lloraron. Entonces, la Bruja del Norte se quitó el sombrero cónico y, haciendo equilibrio, colocó la punta en la punta de su nariz. Contó: “Uno, dos, tres”. Al instante, el sombrero se transformó en una pizarra que tenía una frase escrita con tiza blanca y letras grandes:


La ancianita se quitó la pizarra de la nariz, leyó las palabras y le preguntó:

–¿Te llamas Dorothy, querida?

–Sí –contestó la niña, levantando los ojos y secándose las lágrimas.

–Entonces, debes ir a la Ciudad Esmeralda. Quizás Oz te ayude.

–¿Dónde está esa ciudad? –preguntó Dorothy.

–Justo en el centro del país y la gobierna Oz, el Gran Mago del que te hablé.

–¿Es un buen hombre? –volvió a preguntar la niña, con ansiedad.

–Es un buen mago. Ahora, si es un hombre o no, no sé decirte, porque no lo he visto nunca.

–¿Y cómo llegaré allí? –quiso saber Dorothy.

–Tendrás que caminar. Es un largo viaje por un país que tiene cosas agradables y otras, terribles. Sin embargo, emplearé todas mis artes mágicas para protegerte de los peligros.

–¿Usted no vendrá conmigo? –suplicó la niña, que había empezado a considerar a la ancianita como su única amiga.

–No, no puedo hacerlo. Pero te daré mi beso, y nadie se atreve a lastimar a quien ha recibido el beso de la Bruja del Norte –la consoló. Después, se acercó a ella y la besó suavemente en la frente.

Cuando sus labios tocaron a la nena, le dejaron una marca redonda y brillante, algo que Dorothy descubriría más adelante.

–El camino a la Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos –continuó la Bruja–, así que no puedes perderte. Cuando estés frente a Oz, no le tengas miedo. Cuéntale tu historia y pídele que te ayude. ¡Adiós, querida mía!

Los Munchkins le hicieron una profunda reverencia, le desearon un viaje agradable y se fueron hacia los árboles. La Bruja la saludó con una pequeña inclinación de cabeza, giró tres veces sobre su talón izquierdo y, al instante, desapareció. Esto sorprendió al pequeño Toto, que empezó a ladrar con fuerza, ahora que ella se había ido pues, en su presencia, ni siquiera se había atrevido a gruñir.

Pero Dorothy no se sorprendió en lo más mínimo, porque sabía que la ancianita era una bruja y que las brujas desaparecen de esa forma.


/ CAPÍTULO 3

CÓMO DOROTHY SALVÓ AL ESPANTAPÁJAROS

Cuando se quedó sola, Dorothy sintió hambre. Entonces fue al aparador, cortó una rodaja de pan, le puso manteca y le convidó un pedacito a Toto. Luego, tomó un recipiente del estante y fue hasta el arroyo, a llenarlo con su agua clara y brillante. Toto les ladraba a los pájaros que estaban en los árboles. La nena fue a buscarlo, vio las deliciosas frutas que había en las ramas y decidió cortar algunas, para completar su merienda. Volvió a la casa y, después de que ella y Toto bebieron el agua fresca y cristalina, se preparó para emprender el viaje a la Ciudad Esmeralda.

Dorothy tenía un solo vestido, además del que llevaba puesto. Pero estaba limpio y colgaba de un gancho, detrás de su cama. Era de algodón a cuadros blancos y azules y, a pesar de que el azul estaba un poco desteñido por tantos lavados, se veía bonito. La niña se aseó y se puso el vestido, un delantal y un sombrero rosa, para protegerse del sol. Tomó una canastita, la llenó con el pan que había en el aparador y lo tapó con una servilleta blanca. Luego, se miró los pies y notó que sus zapatos estaban muy viejos y gastados.

–No creo que resistan una larga caminata, Toto –le dijo. Y Toto la miró con sus ojitos negros y movió la cola, para demostrarle que entendía sus palabras.

En ese momento, Dorothy vio sobre la mesa los zapatos de plata de la Bruja del Oriente.

–Espero que me queden bien. Son justo lo que necesito para caminar mucho, porque no creo que se gasten –continuó diciéndole a Toto.

Se quitó sus gastados zapatos de cuero y se probó los de plata, que le quedaron tan bien como si se los hubiesen hecho a medida. Después, tomó la canasta y se dirigió al perrito:

–Vámonos, Toto. Iremos a la Ciudad Esmeralda y le preguntaremos al Gran Oz cómo volver a Kansas.

Cerró la puerta con llave y la guardó con cuidado en el bolsillo del delantal. Y con Toto trotando serio detrás de ella, inició el viaje.

Había varios caminos, pero no le costó mucho encontrar el que estaba pavimentado con ladrillos amarillos. Poco después, marchaba a buen paso hacia la Ciudad Esmeralda, al compás del tintineo alegre de los zapatos de plata. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y Dorothy ya no se sentía tan mal, como era de esperar en una niñita a la que un ciclón arrancó de su tierra y la depositó en otra, extraña.

Mientras caminaba, la sorprendió la belleza del paisaje. A ambos lados del camino, se extendía un prolijo cerco pintado de un suave azul. Detrás, se veían los campos sembrados con abundantes cereales y hortalizas. Se notaba que los Munchkins eran buenos granjeros y obtenían grandes cosechas.

De vez en cuando, pasaba por una casa y la gente salía a saludarla con una reverencia, pues ya todos sabían que ella había destruido a la Bruja Malvada y los había liberado. Las casas de los Munchkins eran muy raras, de forma circular y con una gran cúpula como techo. Todas estaban pintadas de azul, porque el azul era el color de la Tierra del Este.

Al atardecer, Dorothy se sentía cansada, pues había caminado mucho. Empezaba a preguntarse dónde pasaría la noche, cuando llegó a una casa un poco más grande que las otras. En el jardín delantero, muchos hombres y mujeres bailaban. Cinco violinistas tocaban sus instrumentos con gran entusiasmo, y todos reían y cantaban. Cerca de ellos, había una gran mesa con deliciosas frutas, nueces, tortas, pasteles y muchas otras cosas ricas.

Todos le dieron la bienvenida y la invitaron a cenar y a que pasara la noche con ellos. Era la casa de uno de los Munchkins más ricos de esa Tierra, y sus amigos estaban reunidos allí para festejar que se habían liberado de la Bruja Malvada.

El dueño de casa, que se llamaba Boq, le sirvió personalmente una cena abundante. Después de comer, Dorothy se sentó en un sillón, a mirar cómo bailaba la gente. Entonces, Boq le vio los zapatos y le dijo:

–Debes ser una gran hechicera.

–¿Por qué? –le preguntó la nena.

–Porque usas zapatos de plata y mataste a la Bruja Malvada. Además, tu vestido tiene blanco, y solo las brujas y las hechiceras que son buenas usan el blanco.

–Mi vestido es a cuadros blancos y azules –aclaró Dorothy, alisándose las arrugas de la falda.

–Eres muy amable al usar esos colores. El azul es el color de los Munchkins y el blanco, el de las brujas buenas. Por eso sabemos que, además de ser una bruja, eres nuestra amiga –le explicó Boq.

Dorothy no supo qué decir. Todo el mundo creía que ella era una bruja pero, en realidad, solo era una niña común, que había llegado a esa tierra extraña por un ciclón.

Cuando se cansó de ver el baile, Boq la acompañó hasta su cuarto. Tenía una bonita cama con sábanas de algodón azul, en la que Dorothy durmió profundamente, con Toto acurrucado en la alfombra, junto a ella.

A la mañana siguiente, desayunó con abundancia y se entretuvo mirando al bebé de la casa, que jugaba con Toto, le tiraba de la cola y se reía. Toto era una novedad para los Munchkins, pues nunca habían visto un perro.

–¿Queda muy lejos la Ciudad Esmeralda? –preguntó Dorothy.

–No lo sé, nunca fui. Es mejor mantenerse lejos de Oz, salvo que tengas algún asunto que arreglar con él –respondió Boq, con seriedad–. Lo que sé es que te tomará varios días llegar y que por aquí, el camino es bonito y agradable, pero también tendrás que atravesar lugares feos y peligrosos.

Estas palabras la preocuparon un poco. Pero como sabía que solo el Gran Oz podía ayudarla a volver a Kansas, resolvió armarse de coraje y continuar. Así que se despidió de sus amigos y retomó el camino de ladrillos amarillos. Después de andar varios kilómetros, se detuvo a descansar. Se trepó al cerco que corría al costado del camino y se sentó en el borde. Desde allí, vio un gran maizal y, no muy lejos, un espantapájaros colgado en un poste, para evitar que los pájaros se comieran los granos.

Dorothy apoyó el mentón en sus manos y observó atentamente al espantapájaros. La cabeza era una bolsa rellena de paja, a la que le habían pintado una cara con ojos, boca y nariz. Encima, tenía un sombrero cónico azul, que seguramente había sido de algún Munchkin. Su cuerpo era un viejo y desteñido traje azul, también relleno de paja. Y en los pies, le habían puesto las mismas botas de punta azul que usaban todos los hombres de esa Tierra. La figura sobresalía entre los tallos de maíz por el poste que le atravesaba la espalda.

Dorothy miraba seria la curiosa cara del espantapájaros cuando, de pronto, vio que lentamente le guiñaba un ojo. Al principio, pensó que se trataba de un error, porque en Kansas ningún espantapájaros guiña los ojos. Pero luego, la figura la saludó con una inclinación de cabeza. Entonces, Dorothy se bajó del cerco y caminó hacia él, mientras Toto corría alrededor del poste y le ladraba.

–¡Buen día! –la saludó el Espantapájaros, con una voz bastante ronca.

–¿Hablas? –se sorprendió Dorothy.

–¡Claro! –contestó el Espantapájaros–. ¿Cómo estás?

–Muy bien, gracias –respondió Dorothy, cortésmente–. ¿Y tú?

–No muy bien –se lamentó él, con una sonrisa–. Es muy aburrido estar aquí, colgado todo el tiempo, para espantar a los cuervos.

–¿No puedes bajar? –le preguntó la pequeña.

–No, porque tengo el poste metido en la espalda. Si me lo quitas, te lo agradeceré muchísimo.

Dorothy levantó los brazos y lo sacó del poste pues, como estaba relleno de paja, era liviano.

–Muchas gracias. Me siento como un hombre nuevo –le agradeció el Espantapájaros, cuando estuvo en el suelo.

La nena estaba muy asombrada, porque era raro escuchar hablar a un hombre de paja y verlo caminar a su lado.

–¿Cómo te llamas y adónde vas? –le preguntó el Espantapájaros, después de estirarse y bostezar.

–Me llamo Dorothy y voy a la Ciudad Esmeralda, a pedirle a Oz que me envíe de regreso a Kansas.

–¿Dónde queda la Ciudad Esmeralda? –volvió a preguntar él–. ¿Y quién es Oz?

–¿Qué, no lo sabes? –se sorprendió la niña.

–No, no sé nada, de veras. Como ves, estoy relleno de paja, así que no tengo cerebro –se quejó él, con amargura.

–Oh, lo siento mucho –se compadeció Dorothy.

–¿Crees que si voy a la Ciudad Esmeralda contigo, ese Oz me dará un cerebro?


–No lo sé. Pero puedes venir conmigo, si quieres. Y si Oz no te da un cerebro, no estarás peor que ahora –reflexionó la niña.

–Es cierto –respondió el Espantapájaros. Y, en tono confidencial, continuó–: No me importa que mi cuerpo, mis brazos y mis piernas sean de paja, porque si alguien me da un pisotón o me pincha, no siento dolor. Pero no quiero que la gente me diga tonto, ni tener una cabeza de paja, en vez de una con sesos como la tuya. Si no, ¿cómo voy a aprender cosas?

–Sé cómo te sientes –aseguró la niña, que estaba de veras conmovida–. Ven conmigo. Le pediré a Oz que haga todo lo que pueda por ti.

–¡Gracias! –se alegró él.

Dorothy lo ayudó a atravesar el cerco y retomaron el camino de ladrillos amarillos, hacia la Ciudad Esmeralda.

Al principio, a Toto no le gustaba la nueva compañía. Lo olía como si sospechara que tenía un nido de ratas entre la paja y, con frecuencia, le gruñía.

–No le tengas miedo –le dijo Dorothy a su nuevo amigo–. Nunca muerde.

–No, no le tengo miedo, porque no puede lastimarme –le explicó el Espantapájaros–. Déjame que te lleve la canasta, porque tampoco me canso. –Tomó la canasta y luego de un momento agregó–: Te contaré un secreto. Hay una sola cosa a la que le tengo miedo.

–¿A qué? ¿Al Munchkin que te fabricó?

–No. A un fósforo encendido.


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