Kitabı oku: «La habitación cerrada»
Título original: Det slutna rummet
© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1972.
© de la traducción: Elda García-Posada, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CODI SAP: OEBO209
ISBN: 9788490064269
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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1
Las campanas de la iglesia de Maria daban las dos cuando salió del metro por la boca de Wollmar Yxkullsgatan. Se detuvo a encender un cigarrillo antes de proseguir con pasos rápidos hacia Mariatorget.
El tañido de las campanas vibraba en el aire, recordándole los sombríos domingos de su infancia. Nacida y criada a pocas manzanas de la iglesia de Maria, allí la habían bautizado y allí había recibido también la confirmación hacía casi doce años. Lo único que recordaba de las clases previas a esta era haber preguntado al sacerdote qué era lo que quería decir Strindberg al hablar del «melancólico tiple» de las campanas, pero no se acordaba de cuál había sido la respuesta.
El sol le quemaba la espalda y, tras cruzar Sankt Paulsgatan, aminoró el paso para no empezar a sudar. De pronto se dio cuenta de lo nerviosa que estaba y lamentó no haberse tomado un tranquilizante antes de salir de casa.
Al llegar a la fuente del centro de la plaza, metió su pañuelo en el agua fría y fue a sentarse en un banco, a la sombra de los árboles. Se quitó las gafas de sol y, tras frotarse rápidamente la cara con el pañuelo mojado, las limpió con una punta de la camisa color azul claro y se las volvió a poner. Tenían grandes cristales de espejo que le tapaban la parte superior de la cara. A continuación, se quitó el sombrero de tela vaquera y ala ancha, se recogió la lacia media melena rubia, que le rozaba las hombreras de la camisa, y se enjugó la nuca. Se volvió a poner el sombrero, calándoselo hasta las cejas, y se quedó allí sentada, sin moverse, con el pañuelo estrujado en una bola entre las manos.
Al cabo de un rato desplegó el pañuelo sobre el banco y se limpió las palmas de las manos en los pantalones vaqueros. Miró el reloj de pulsera, que mostraba las dos y doce minutos, y se concedió tres minutos para calmarse antes de continuar.
Cuando dieron las dos y cuarto, abrió la solapa de la bandolera de lona verde oscuro que reposaba en su regazo, recogió el pañuelo, ya seco, y lo echó en el bolso sin plegarlo. Acto seguido se levantó, se colocó la correa de cuero sobre el hombro derecho y se puso en marcha.
Los nervios se le pasaron mientras se dirigía a Hornsgatan y se convenció de que todo iría bien.
Era el viernes 30 de junio: para muchos, las vacaciones ya habían comenzado. Hornsgatan era un hervidero de coches y peatones. Abandonando la plaza, torció a la izquierda y caminó a la sombra de los edificios.
Esperaba haber hecho lo correcto al elegir ese día y no otro. Tras sopesar los pros y los contras, había concluido que quizá debía aplazar el proyecto hasta la siguiente semana. No habría pasado nada por eso, pero no tenía ganas de aguantar los nervios que la espera le habría provocado.
Llegó a su meta antes de lo que pensaba, y se detuvo en la zona de sombra mientras contemplaba el gran ventanal al otro lado de la calle. El sol producía brillantes destellos en el cristal, al tiempo que el denso tráfico obstaculizaba en parte la vista, pero pudo de todos modos observar que las cortinas estaban echadas.
Caminó lentamente de un lado hacia otro de la acera, fingiendo contemplar los escaparates, y a pesar del gran reloj que se veía a la entrada de una relojería al fondo de la calle, no paraba de mirar el suyo, al tiempo que mantenía un ojo puesto en la puerta de enfrente.
A las tres menos cinco se dirigió al paso de peatones en la intersección y, cuatro minutos más tarde, se apostó a la entrada de la sucursal bancaria.
Tras levantar la solapa de la bandolera, abrió la puerta y entró.
Con la mirada, efectuó un barrido por todo el local, que albergaba una sucursal de uno de los bancos más importantes del país. Era una estancia larga y estrecha, cuyo ancho estaba ocupado por la puerta y la única ventana que existía. A la derecha, desde la ventana hasta la pared del fondo, se extendía un mostrador, y fijados a la pared izquierda había cuatro escritorios, tras los cuales se observaba una mesita baja redonda con dos sillas tapizadas a cuadros rojos. Al fondo había una escalera muy empinada que, haciendo una curva, desaparecía hacia lo que debían de ser la cámara acorazada y las cajas de seguridad del banco.
No había nada más que otro cliente delante de ella: un hombre que, junto al mostrador, estaba metiendo billetes y otros papeles en su maletín.
Detrás del mostrador estaban sentadas dos empleadas y un poco más allá un hombre hojeaba un fichero.
Acercándose a uno de los escritorios, rebuscó en el bolsillo externo del bolso para sacar un bolígrafo mientras con el rabillo del ojo contempló cómo el cliente del maletín salía por la puerta de la calle. Cogió un formulario y comenzó a dibujar garabatos en él. Al poco tiempo vio cómo el empleado se acercaba a la puerta exterior para echar el cierre, y cómo, una vez hecho esto, se agachaba a soltar el tope que mantenía abierta la puerta interior. Cuando esta se cerró, el empleado, con un pequeño suspiro, volvió a su puesto detrás del mostrador.
Ella sacó su pañuelo del bolso y, sosteniéndolo en la mano izquierda, fingió sonarse la nariz mientras se dirigía al mostrador con el formulario en la mano derecha.
Al llegar a la caja, tras meter el formulario en la bandolera, sacó una bolsa de nailon y la puso sobre el mostrador. A continuación cogió la pistola y, señalando con ella a la cajera, le dijo, con el pañuelo ante la boca:
—Esto es un atraco. La pistola está cargada y dispararé si os ponéis tontos. Meted todo el dinero que tengáis en esta bolsa.
La mujer que se hallaba tras el mostrador la miró, y lentamente cogió la bolsa de nailon y la puso ante ella. La otra mujer, que estaba peinándose, se detuvo en medio de un movimiento y bajó las manos despacio. Abrió la boca como para decir algo, pero no emitió un solo sonido. El hombre, que seguía en pie tras el mostrador, hizo un movimiento brusco, de manera que ella, apuntando el arma hacia él, gritó:
—Quieto ahí. Y pon las manos donde yo pueda verlas.
Mientras agitaba impaciente el cañón de la pistola contra la mujer que, tras el mostrador, se había quedado a todas luces paralizada, continuó:
—Date prisa con el dinero. ¡Todo lo que haya!
La cajera comenzó a meter fajos de billetes en la bolsa y, cuando terminó, la puso de nuevo sobre el mostrador. El hombre dijo de repente:
—Esto no le va a salir bien. La policía...
—¡Silencio! —gritó.
Después arrojó el pañuelo en el bolso abierto y agarró la bolsa de nailon, ahora gratamente pesada. Apuntando con la pistola a los tres empleados, uno detrás de otro, fue poco a poco retrocediendo hacia la puerta.
De repente, desde la escalera del fondo, vino alguien corriendo: un tipo rubio y alto con pantalones blancos, bien planchados, y un blazer azul con botones brillantes y una gran insignia dorada bordada en el bolsillo del pecho.
Un intenso fragor recorrió la estancia y retumbó entre sus muros; mientras dirigía el brazo hacia el techo, vio al hombre de la insignia dorada catapultarse hacia atrás, con sus zapatos recién estrenados, blancos y de gruesas suelas rojas de goma acanalada. Solo cuando su cabeza golpeó el suelo de piedra con un espantoso ruido sordo, se dio cuenta de que ella le había disparado.
Arrojó la pistola al bolso y, tras lanzar una mirada furiosa a las tres personas aterrorizadas de detrás del mostrador, se precipitó hacia la puerta. Mientras manejaba con torpeza el cierre y antes de salir, le dio tiempo a pensar: «Calma, tengo que ir con mucha calma», pero una vez se halló en la acera, empezó a corretear hasta el cruce.
Sin ver a la gente a su alrededor, solo notó que se tropezó con varias personas, mientras la detonación del disparo todavía tronaba en sus oídos.
Al torcer la esquina, comenzó a correr con la bolsa en la mano y la pesada bandolera rebotando contra su cadera. Abrió de un tirón el portal de la casa donde había vivido de niña, atravesó a toda velocidad el patio que conocía tan bien y aminoró la marcha para cruzar el porche de una casa interior y salir a otro patio trasero. Una vez allí, bajó la empinada escalera que conducía a un sótano y se sentó en el escalón inferior.
Trató de apretujar la bolsa de nailon en la bandolera, tapando la pistola, pero no cabía. Se quitó el sombrero, las gafas y la peluca rubia y lo metió todo en el bolso. Tenía el pelo corto y moreno. Se levantó, se desabrochó la camisa, y tras quitársela la introdujo también en el bolso. Bajo la camisa llevaba una camiseta de algodón negro de manga corta. Se colgó la bandolera al hombro izquierdo, cogió la bolsa de nailon y volvió a subir al patio. Tras cruzar varios portales más y otros cuantos patios, y trepar un par de muros, se encontró por fin en una calle de la otra punta de la manzana.
Entró en una tienda de ultramarinos, compró dos litros de leche que metió en una bolsa de la compra, y encima de los cartones colocó la bolsa negra de nailon.
Luego bajó a Slussen y cogió el metro hacia casa.
2
Gunvald Larsson llegó a la escena del crimen en su vehículo particular: un BMW rojo, muy poco habitual en Suecia y, a juicio de muchos, demasiado exclusivo para un subinspector de policía, sobre todo cuando lo utilizaba estando de servicio.
Esa hermosa tarde de viernes, justo cuando acababa de ponerse al volante con la intención de irse a casa, Einar Rönn había salido corriendo hacia el aparcamiento de la jefatura central de policía para desbaratarle el plan de pasar una velada tranquila en su casa de Bollmora. Einar Rönn era también subinspector en la brigada antiviolencia y, probablemente, el único amigo que Gunvald Larsson tenía, de manera que, cuando le dijo a este cómo lamentaba que tuviera que sacrificar su tarde libre, la verdad es que lo decía en serio.
Rönn se dirigió a Hornsgatan en un vehículo oficial: cuando llegó, se encontraban allí varios coches y algunas personas de la comisaría de policía de Söder; Gunvald Larsson ya había entrado en la sucursal bancaria.
Fuera del banco se había formado una pequeña multitud y cuando Rönn cruzó la acera, uno de los agentes uniformados que mantenían a raya a los curiosos, se le acercó y le dijo:
—Tengo por aquí un par de testigos que dicen haber oído el disparo. ¿Qué hago con ellos?
—Retenlos un momento. E intenta dispersar a los demás.
El agente asintió y Rönn entró en el banco.
En el suelo de mármol, entre el mostrador y la fila de escritorios, yacía el muerto de espaldas, con los brazos extendidos y la rodilla izquierda doblada. La pernera del pantalón se le había deslizado hacia arriba, revelando un calcetín de deporte blanco inmaculado con el dibujo de un ancla azul oscuro y una pierna muy bronceada cubierta de reluciente vello rubio. La bala le había dado en plena cara, de modo que, de la parte posterior de la cabeza, le habían brotado sangre y masa encefálica.
El personal del banco se había congregado al fondo de la estancia y ante ellos se hallaba Gunvald Larsson, medio sentado sobre una pierna al borde de una mesa de escritorio. Tomaba notas en un cuaderno mientras una de las empleadas hablaba con voz chillona y airada.
Cuando Gunvald Larsson vio a Rönn, alzó la palma de su gran mano derecha para cortar a la mujer, que inmediatamente se quedó callada sin terminar la frase. Gunvald Larsson se levantó para acercarse a Rönn con el cuaderno en la mano. Señaló con la cabeza al hombre del suelo y dijo:
—No tiene muy buen aspecto que digamos. Si te quedas aquí, puedo llevarme a los testigos a alguna parte, tal vez al antiguo local de Rosenlundsgatan. Así podrás trabajar en paz.
Rönn asintió con la cabeza.
—Dicen que ha sido una chica —observó—. Y que se llevó el dinero. ¿Alguien ha visto hacia dónde se fue?
—No, por lo menos ninguno de los empleados —respondió Gunvald Larsson—. Al parecer, un chico de ahí fuera vio un coche largarse, pero no se quedó con el número de matrícula ni está seguro de la marca, así que no nos sirve de gran cosa. Luego volveré a hablar con él.
—Y este, ¿quién es? —preguntó Rönn señalando hacia el muerto con un leve gesto de la cabeza.
—Un idiota que quería dárselas de héroe. Trató de lanzarse encima de la atracadora y ella le disparó: de puro susto, claro. Era un cliente del banco, los empleados lo conocían. Estaba abajo, trajinando en su caja de seguridad, y subió por la escalera esa en medio de todo el follón.
Gunvald Larsson miró su cuaderno.
—Era profesor de educación física y se llamaba Gårdon, con «å».
—Tal vez se creía Flash Gordon —comentó Rönn.
Gunvald Larsson le lanzó una mirada inquisitiva.
Rönn, sonrojándose, cambió de tema:
—Pues ahí debe de haber imágenes de la atracadora.
Señaló a la cámara situada bajo el techo.
—Si está bien enfocada y si tiene cinta... —replicó escéptico Gunvald Larsson—. Y si la cajera se acordó de apretar el botón para encenderla.
Por entonces, la mayoría de las sucursales bancarias estaban ya equipadas con cámaras, las cuales grababan cuando el empleado que atendía la caja pisaba un botón en el suelo. Esa era la única medida que el personal podía adoptar en caso de atraco. Dado que los atracos a mano armada se habían vuelto cada vez más habituales, los bancos habían impartido a sus empleados la orden de entregar el dinero que se les pidiera, sin hacer nada para detener o frenar a los ladrones que pudiera poner en peligro sus propias vidas. Esa norma de conducta no había sido dictada, como quizá se pudiera creer ingenuamente, por razones humanitarias o por consideración hacia los empleados de banca, sino que se basaba en la experiencia de que resultaba más barato para los bancos y para las compañías de seguros dejar que los atracadores se largaran con el botín que tener que pagar daños y perjuicios, además de quizá una pensión vitalicia, a las familias de los afectados, lo cual podía fácilmente ocurrir si alguien resultaba herido o muerto. El médico forense llegó y Rönn fue a su coche a buscar el maletín con el kit de policía científica: usaba los métodos de antaño, que a menudo no le servían de mucho. Gunvald Larsson partió hacia la antigua comisaría de policía de Rosenlundsgatan junto con los tres empleados del banco y otras cuatro personas que se habían identificado como testigos.
Le permitieron usar una sala de interrogatorios donde, tras quitarse la cazadora de ante y colgarla en el respaldo del sillón, comenzó con las preguntas preliminares.
Así como los tres primeros testimonios —efectuados por los empleados del banco— fueron prácticamente idénticos, los cuatro siguientes discreparon bastante.
El primero de esos cuatro testigos era un hombre de cuarenta y dos años que, cuando se oyó el disparo, se hallaba en un portal a cinco metros de la puerta del banco. Había visto a una chica con sombrero negro y gafas de sol pasar a toda prisa, y cuando, según refirió, miró hacia la calle medio minuto más tarde, vio un turismo verde, probablemente un Opel, que arrancó bruscamente desde un punto en la acera a quince metros de distancia. El coche desapareció a toda velocidad rumbo a Hornsplan, y le pareció ver a la chica del sombrero sentada en el asiento de atrás. No acertó a divisar el número de matrícula, pero creía que empezaba con las letras AB.
El siguiente testigo, una mujer, era dueña de una tienda y se hallaba ante la puerta abierta de su local, situado justo al lado del banco, cuando oyó una detonación. Al principio pensó que el ruido provenía de la despensa de su propia tienda y, creyendo que era una explosión de gas, entró corriendo en el local. Cuando comprobó que no era eso lo que había ocurrido, volvió a la puerta de entrada, y al mirar hacia la calle vio un gran coche azul haciendo tal giro en la calzada que los neumáticos chirriaron. En ese preciso momento, salió una mujer del banco gritando que habían disparado a una persona. La testigo no pudo ver quién había dentro del coche ni el número de la matrícula; tampoco tenía ni idea acerca de la marca del vehículo, pero en su opinión parecía un taxi.
El tercer testigo era un obrero metalúrgico de treinta y dos años que proporcionó un informe más detallado. No había oído el disparo, o al menos no había sido consciente de ello. Iba caminando por la acera cuando la chica salió del banco. Tenía prisa y lo empujó al pasar a su lado. No le vio la cara, pero estimaba que debía de tener unos treinta años. Vestía un pantalón azul y una camisa, llevaba sombrero y una bolsa de color oscuro. La había visto subir a un automóvil, un Renault 16 color beige claro, cuya matrícula tenía la letra A y dos 3. Al volante del mismo se sentaba un hombre flaco que aparentaba entre veinte y veinticinco años. Tenía el pelo largo, negro y lacio, y llevaba una camiseta blanca de algodón de manga corta. Estaba sumamente pálido. Además de él había otro hombre, que parecía ser algo mayor, fuera del coche, en la acera, y que abrió la puerta del asiento trasero a la chica. Cuando esta subió, cerró la puerta y se sentó junto al conductor en el asiento delantero. Ese segundo hombre era corpulento, medía alrededor de uno ochenta y tenía el cabello color rubio ceniza, encrespado y muy tupido. Era de rostro rubicundo y vestía pantalón negro de campana y una camisa negra de tela brillante. El coche había girado para cambiar de sentido y desaparecer en dirección a Slussen.
Después de este testimonio Gunvald Larsson se sentía algo confundido y se puso a releer lo que había escrito antes de llamar al último testigo.
Este resultó ser un relojero de cincuenta años que había estado esperando dentro de su coche a la puerta del banco mientras su esposa se hallaba dentro de una tienda de zapatos, en la acera de enfrente. Al tener la ventanilla bajada, había oído el disparo, pero no reaccionó, ya que siempre había mucho ruido en una calle tan transitada como Hornsgatan. Eran las tres y cinco cuando vio a la mujer saliendo del banco. Se había fijado en ella porque parecía tener tanta prisa que no se paró a pedir disculpas cuando dio un empellón a una señora mayor, lo que le hizo pensar en lo acelerados y antipáticos que eran los habitantes de Estocolmo (él era de Södertälje). La mujer vestía unos pantalones largos, en la cabeza llevaba algo que recordaba a un sombrero vaquero, y en la mano, una bolsa negra. La había visto correr hasta la siguiente calle transversal y desaparecer tras la esquina. No, no se había subido a ningún coche ni se había detenido en medio de la calle, sino que había ido directamente a doblar el recodo tras el cual desapareció.
Gunvald Larsson llamó para comunicar las descripciones de los dos hombres del Renault; a continuación se levantó, recogió sus papeles y miró el reloj, que marcaba ya las seis.
Probablemente, había hecho mucho trabajo para nada.
Los policías que llegaron primero al lugar ya habían informado hacía rato de la presencia de varios coches.
Además, ninguno de los testimonios ofrecía una imagen global y coherente de la escena.
Todo se había ido por supuesto al garete, como solía suceder.
Por un momento pensó si tal vez no debería retener al mejor de los testigos, pero descartó la idea. Todos parecían estar ansiosos por irse a casa lo antes posible.
A decir verdad, él era el que estaba más ansioso por marcharse.
Aunque, con toda probabilidad, su deseo no se cumpliría.
Así que dejó a la gente que se fuera.
Se puso la cazadora y volvió al banco.
Los restos del valeroso profesor de gimnasia habían sido retirados, y un joven agente de radiopatrulla salió de su vehículo y le comunicó que el subinspector Rönn estaba esperando al subinspector Larsson en su despacho.
Gunvald Larsson suspiró y se dirigió a su coche.