Kitabı oku: «Cartas a un joven investigador»

© Manel Esteller Badosa, 2022.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2022.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
https://www.rbalibros.com
Primera edición: febrero de 2022.
REF.: OBDO002
ISBN: 978-84-9187-983-1
Ilustraciones de las portadillas: Shutterstock.
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INTRODUCCIÓN
Hace más de treinta años que entré por primera vez en un laboratorio para investigar. Todavía estaba cursando la carrera de medicina y mi tarea como becario colaborador consistía en ayudar a los que estaban realizando su tesis doctoral. Aunque en mi casa ya había hecho mis pequeños experimentos, el hecho de ponerme la bata blanca y empezar a ver las proteínas fue como una revelación. De ahí pasé a realizar mi propio trabajo predoctoral y la investigación postdoctoral, fui jefe de laboratorio y director de departamento, y ahora soy director de un centro de investigación. Aventuras científicas desarrolladas en universidades, hospitales e institutos de investigación. De Barcelona a Escocia, de Baltimore a Madrid, de Hospitalet de Llobregat a Badalona, con pinceladas en San Diego, Boston y Nueva York. Estudiando principalmente el cáncer, pero pegando mordiscos también al Alzheimer y las enfermedades raras como el síndrome de Rett. Experiencias múltiples que han llevado hasta este libro.
Estas páginas responden a las numerosas preguntas y dudas que durante este tiempo me han planteado muchas personas, principalmente jóvenes que querían dedicarse a la investigación o ya habían iniciado ese apasionante camino. He intentado contestarlas con la máxima sinceridad y agrupándolas por temas. Quizá más de un lector se reconozca en una de ellas o diga: «¡Pero si esto también me ha pasado a mí!». Es difícil encontrar soluciones mágicas para problemas complejos, pero espero que en las líneas de esta obra encuentren algunas respuestas. Y, sobre todo, deseo que compartan a través de su lectura mi pasión por la ciencia.
Cordialmente,
DOCTOR MANEL ESTELLER
LAS CARTAS

Apreciado M.:
Gracias por tu carta. Me hizo mucha ilusión recibirla. Hacía mucho tiempo que no llegaba a mi despacho una carta personal escrita a mano. El correo postal solo trae publicidad no deseada. De ahí mi alegría, que viaja a los tiempos de mi juventud, por poder abrir el sobre y leer tus palabras. Escríbeme a partir de ahora por correo electrónico y así nuestra correspondencia será más rápida, aunque quizás menos personal. Pequeños peajes que debemos pagar por el progreso.
Te agradezco que me escribas. No sé si buscas consejos y no sé si sabré darlos. Lo que te puedo asegurar es que me hace muy feliz que ya desde joven hayas decidido ser científico. Nunca han hecho más falta investigadores en el mundo. Me explicas que te gustaría realizar descubrimientos y que eventualmente estos puedan ser útiles a la gente. Si finalmente te decides por la investigación biomédica, me añades que ojalá sirvan para vencer enfermedades incurables. Siento de corazón el fallecimiento de tu tía por un cáncer de páncreas y comparto también la tristeza de ver apagarse poco a poco a tu abuela a causa del Alzheimer, borrando sus recuerdos de aquellos campos de trigo de su niñez. Entiendo perfectamente que estas circunstancias hayan motivado tu decisión de ser investigador, porque en parte también determinaron la mía. Tú, desde tu precoz vocación, y yo, desde la dirección de este instituto de investigación, no estamos tan alejados. Compartimos un sueño.
Se desprende de las palabras de tu carta una enorme ilusión. Es esa una gran cualidad. Se podrán tener una enorme inteligencia y una inmensa ambición, pero, sin el ansia del descubrimiento, el científico es un huérfano. Adivino el brillo en tus ojos cuando explicas las emociones de los primeros experimentos, de cuando te pusiste tu primera bata de laboratorio, de cuando apareció aquel primer resultado positivo. Esas ganas de levantarse pronto para ver dónde nos llevará hoy la investigación. Se dice, no sin razón, que las personas a las que le guste su trabajo no sentirán que están trabajando ni un solo día del resto de su vida. Yo siempre he visto el trabajo como un premio, nunca como un castigo. La oportunidad de contribuir. La sensación de formar parte de un esfuerzo común y global para luchar contra enfermedades devastadoras, para llevar a un ser humano hasta Marte o descubrir una forma nueva de producir energía limpia. Un dicho popular afirma que todos los adultos llevamos todavía en nuestro interior el niño que fuimos. A veces está dormido. Pero un día se puede despertar con el estímulo adecuado, con la pregunta correcta, con aquel enigma que nos recorre la columna vertebral. Tu ilusión nutre a ese niño y será la base para una carrera científica plena y valiosa.
Tus ganas de aprender, de hacer cosas, tu motivación, tienen un pequeño problema. Pueden ser frágiles y convertirse al mismo tiempo en la diana de aquellos con pequeños corazones. La ilusión es magnífica, maravillosa, puede brillar como una centella de fuego, pero, al igual que esta, puede también ser fugaz y desaparecer en la negrura más absoluta. Habrá días en que los experimentos no darán resultado, tu jefe de laboratorio no estará del mejor humor o tendrás que repetir un análisis rutinario hasta la saciedad. Por eso, más que una estrella fugaz, el resplandor y luz de tu ilusión deben ser como la de nuestro sol: una luz que no se extinga en millones de años. Bueno, en tu caso en unas cuantas decenas de años. Para eso tendrás que alimentar ese fuego del conocimiento. Existen muchas maneras de hacerlo y, como todo en esta vida, varias de estas formas tendrás que aprenderlas tú mismo basándote en tus peculiaridades e idiosincrasias. Una opción para mantener viva esa llama del deseo del saber es tomar cada cierto tiempo algo de distancia. Salir de la opresión del día repetitivo de la marmota y examinar la situación desde una cierta distancia. Esto te permitirá darte cuenta de que tu trabajo sigue siendo importante, de que tus hallazgos han contribuido a la ciencia, ya sea en menor o mayor grado, y entonces volverás al día siguiente con energía renovada y ese brillo incandescente de la ilusión. También puedes conseguir este efecto vigorizante recordando tus comienzos, es decir, el momento en el que te encuentras ahora. Volver a esa pureza limpiará tu mente de aquellos lastres con los que haya podido cargarte el día a día del quehacer científico. Finalmente, un último consejo para preservar esa ilusión de juventud que tanto admiro: céntrate siempre en lo importante que es el descubrimiento, en la exploración de mundos en los que ningún humano ha estado antes, ya sea dentro de un paciente, una célula o un átomo. Los fuegos fatuos o los cantos de sirena pueden ser acompañantes, pero no son el objetivo de tu tarea. No brillaban por ellos tus ojos. Existirán muchas distracciones, personajes que cambiarán las señales de las direcciones de los caminos y problemas que parecerán insolubles, pero siempre existirá un nuevo amanecer, sobre todo si tu fuerza motriz es la generación de nuevo conocimiento. Protégete también de los ladrones de tiempo, aquellos seres de trajes grises que, robándote unos minutos aquí y unas horas allá, te hagan preguntarte esta noche: «¿Qué he hecho hoy?». Ojalá tu respuesta sea: «He contribuido».
Si el hecho de envejecer no te proporciona necesariamente una mejor manera de actuar, seguro que te proporciona más información. Muchas de las cosas que ahora crees quizás sean incompletas, descomposiciones de la realidad al pasar por el prisma de tu juventud. Pero debes de creer en ellas. Los ojos, bien alzados. La mirada, en las estrellas, pues de lo contrario seguro que solo el frío suelo te espera. Objetivos máximos: ¿si no te pones estas metas elevadas ahora, con la energía que tienes, cuándo lo harás? Estados Unidos es un país con cantidad de problemas, pero muchos de sus estudiantes crecen con la creencia que, si se lo proponen, un día podrán llegar a ser su presidente. Y lo piensan aunque estadísticamente sea muy improbable. Recuerdo una encuesta similar realizada en nuestro entorno que reveló que el objetivo número uno de los encuestados era convertirse en dependiente en una tienda de moda de una marca conocida. Pues eso: que este momento precioso del que disfrutas, cuando te abres al mundo de la investigación, no tenga límites. Goza imaginando que lo que haces un día servirá para curar una enfermedad rara infantil, descifrar un lenguaje antiguo ahora ininteligible o producir un carburante que ponga a nuestro alcance las estrellas más lejanas. Lo más probable es que dentro de unos años la realidad ponga a cada uno en su lugar, pero si de entrada tú mismo te pones fronteras, tu universo se irá haciendo más pequeño y tus logros acabarán dejándote insatisfecho. Lo que te digo no significa que no debas conocer tus puntos fuertes o débiles, sino que saques lo máximo de los primeros e intentes mejorar los segundos. Estas líneas, apreciado M., me hacen recordar dos historias personales relacionadas entre sí. La primera se refiere a una ocasión en que una maestra de mi colegio quiso hablar con mis padres. Sentada detrás de una mesa anónima, con la cabeza rematada en un moño oscuro, les dice: «Este niño no vale para estudiar». ¡Vaya ojo clínico que tenía la señora, porque estudiar es lo único que he hecho durante toda mi vida! Pues eso, que no te pongas barreras ni mucho menos te creas las limitaciones que te intentarán imponerte a veces los demás. Y la segunda historia está relacionada con mi vida deportiva. El baloncesto es un deporte que siempre me gustó practicar, y aún juego cuando puedo. Llegó un momento en que ocupaba buena parte de mi tiempo, coincidiendo con una época en que debía estudiar mucho para poder entrar en la facultad de Medicina. Pues bien, después del mejor partido de mi vida, después de conseguir veinticuatro puntos a pesar de ocupar sobre todo la posición de pívot defensivo, decidí dejar de jugar en competiciones. Comprendí que nunca sería lo suficientemente alto ni habilidoso como para dedicarme al baloncesto profesional, y que, en cambio, mi energía y mis capacidades me permitían adentrarme en las ciencias biomédicas con entusiasmo. Conoce tus puntos fuertes y súmales tu ilusión.
Seguro que tu ilusión es efervescente por tu juventud, pero debes basarla también en unos cimientos fuertes. Muchas veces se presentan espejismos que nos hacen creer que hemos llegado al agua del oasis y solo es la seca arena del desierto la que toca nuestros ansiosos labios. Es cierto que ciertos modelos de éxito o modas pueden haber sido el primer catalizador para tu vocación científica, pero no debes anclarte en ellos. A veces nuestros ídolos con pies de barro caen y las tendencias que son ahora de rabiosa actualidad dejan de serlo al día siguiente. Tus ganas de ser un buen investigador deben ir más allá de estos motivos o alicientes, pero si fueron el primer motivo para despertar el gusanillo de la ciencia, bienvenidos sean. En mi caso recuerdo varias influencias tempranas: una biografía del doctor Fleming, el descubridor de la penicilina, y el libro Introducción a la ciencia de Isaac Asimov, que me recomendó un buen amigo. Aquella edición aún la guardo con cariño en mi despacho. A veces, si la tarde parece poco productiva, el teléfono no deja de sonar o el correo electrónico solo trae distracciones, la contemplo con cariño y vuelvo al trabajo. También recuerdo la influencia de la televisión —un aparato que en una generación como la mía nos hacía de niñera muchas veces—, especialmente de una serie norteamericana en la que una familia acomodada le pregunta a su hijo qué quiere por su cumpleaños y, en la escena siguiente, el joven acaricia emocionado unas cajas con instrumentos nuevos de cirugía. Quizás eso, algo tan banal, fue decisivo para que deseara ser médico. En tiempos más recientes, series policiacas con las nuevas tecnologías del ADN (como CSI) provocaron un aluvión de alumnos hacia carreras de análisis forense y criminalístico; del mismo modo que series sobre las aventuras en hospitales (como Urgencias u Hospital St. Eligius) causaron un incremento de las vocaciones en carreras asociadas a la medicina. Sean cuales fueren esos fogonazos que despertaron tu pasión, sean bienvenidos, pero recuerda que la investigación es una prueba atlética de largo recorrido y que deberás mantener viva esa ilusión en el tiempo y el espacio.
Quiero comentarte una última cosa en esta carta, si me lo permites. Todos conocemos ejemplos de deportistas que fueron estrellas brillantísimas a edades muy precoces y luego nunca más se supo de ellos. Recuerdos de futbolistas que parecían ser el nuevo Pelé o Messi me vienen ahora a la mente, y sus nombres, que ocuparon portadas en la prensa de ese ramo, ahora están casi borrados de nuestra memoria. A veces es mejor no saber qué ha sido de ellos. La industria artística, ya sea en cantantes o actores, también ha originado estas figuras deslumbrantes en edades infantiles y juveniles, y luego se las ha tragado la tierra. Muchos han acabado como juguetes rotos, solo repescados por mal llamados periodistas del género carroñero. He visto a jóvenes científicos, que fueron rutilantes en su momento, afectados por trayectorias muy parecidas a las descritas, aunque con una repercusión mediática mucho menor. Incluso compañeros cercanos, mucho más inteligentes que el pobre destinatario de tu carta, han desaparecido en el olvido de un trabajo gris y sin recompensa. En un momento u otro perdieron su ilusión, vencidos por las circunstancias. Así que persigue tus sueños, pero tampoco pienses que el camino te resultará fácil gracias a las que tú crees buenas cualidades. Incluso si el éxito te llega muy pronto, sé consciente de que ese solo es el principio del camino. Una golondrina no hace verano, pero un calor constante y acogedor te puede seguir reconfortando el resto de tu vida.
Me despido con afecto. Guardo tu carta en mi mesa de reuniones. La dejo encima de otros papeles como si fuera por casualidad. No lo es. Es un cebo. Una estratagema para pescar nuevos investigadores que se vean reflejados en tus palabras de entusiasmo. También la usaré para insuflar nuevos aires de esperanza y deseos de saber a aquellos investigadores ya más mayores, golpeados por la mala suerte o el peso de los días. Quiero contarte también un secreto. No se lo digas a nadie. También la guardo para mí. Para releerla a escondidas. Después de un largo día de investigación que aún no sabré si va a dar resultados. La ilusión por la investigación que brilla en tus ojos y que transpiran tus frases despierta esas luciérnagas de luz en los míos. Al final de este proceso, solo nos diferencian las patas de gallo rodeando mis ojos y su ausencia en los tuyos.
Si no me he hecho pesado, aquí estoy para lo poco que pueda ayudar. Mantenme informado de cómo te van las cosas, si te apetece. Siempre es agradable encontrarse con almas gemelas en un mundo inhóspito.
Con ilusión,
MANEL

Hola, M.:
Estoy contento de tener noticias tuyas otra vez. Y estoy satisfecho de saber que mi anterior respuesta no te pareciera tan soporífera y de que me hayas enviado este correo electrónico. Acuérdate de poner tu nombre en el «asunto», pues de lo contrario tu mensaje quedará enterrado bajo una montaña de otros correos. Otro día te hablaré de la esclavitud de los nuevos medios de comunicación, si no te importa. Me parece genial que te hayas incorporado a ese laboratorio para empezar tu trabajo como investigador. Veo que te han asignado un tema de investigación, pero tienes dudas acerca de cómo afrontarlo. No entraré en detalles técnicos, de los que si quieres hablaremos más tarde, pero sí querría transmitirte una idea sobre la que, en mi modesta opinión, es una de las mejores cualidades que debería tener un científico: la imaginación. Déjame que te explique unas cuantas cosas sobre esta musa.
La imaginación nos hace humanos. También lo hacen el conocimiento de la muerte y el sentido del humor, seguramente, pero estas ideas escapan de mi campo de experiencia (aunque soy plenamente consciente de su existencia). Perdona la digresión y ten un poco de paciencia, pues no todos somos tan jóvenes como tú. Decía que la capacidad de imaginar nos distingue de otras especies y que debería ser una de las características del homo cientificus. En este sentido, esta habilidad de pensar en cosas que aún no han sucedido, de proyectar formas de conseguir determinados eventos, de buscar nuevas herramientas para ver y visitar lugares inexplorados, guarda cierta similitud con las obras de los artistas. Por ejemplo, los escritores, por regla general, preparan una novela con una introducción, un momento cumbre, un desenlace posterior y un epílogo final. Del mismo modo, cuando escribas tu primer artículo científico primero expondrás lo que se conocía de ese tema, el porqué de tus experimentos, el resultado de los mismos y las posibles consecuencias derivadas de esos experimentos. Asimismo, el pintor o escultor que realiza su obra a partir de un modelo interpreta la llamada «realidad» a la luz de su visión artística, al igual que el investigador que pone sus hallazgos en relación con lo que se conoce de ese tema. La única diferencia es que el investigador debería buscar más la objetividad, ya que ello permite la utilización de sus datos por otros científicos.
La imaginación también tiene sus riesgos. Si Cristóban Colón no hubiera tropezado con América relativamente pronto, se hubiera encontrado con un motín en sus barcos o con otras situaciones igualmente desagradables. Pero fue valiente, arriesgó y ganó. De igual forma, cuando te preguntes qué problema o cuestión científica vas a abordar, no puedes descartar de entrada acercamientos más novedosos. Es bonito andar sobre caminos no trillados. Si haciendo un mismo análisis 637 veces sale A, es difícil pensar que haciéndolo 638 veces saldrá B, aunque todo es posible. Por eso tu mente debe estar abierta, y en este sentido, y seguramente en muchos otros, los científicos deben ser capaces de replantearse hipótesis y aceptar diferentes fuentes de información contrastada. No siempre repetir lo habitual origina los mejores frutos. Te recuerdo en este sentido una historia: «Un hombre busca de noche entre unos matorrales las llaves del coche, otro se le acerca y le dice si las vio allí por última vez. El primero se da la vuelta y le dice: “No, fue en aquella pared, pero aquí hay más luz”». La moraleja de este breve cuento es doble: debemos adecuar nuestros planteamientos a aquello que deseamos averiguar o, en todo caso, debemos averiguar aquello que se adapte a nuestros planteamientos. Del mismo modo que un cirujano ortopédico no es probablemente la persona ideal para resolver la teoría de las supercuerdas, tampoco nos debemos fiar de un especialista en física cuántica para nuestra prótesis de rodilla. Es decir, usa tu imaginación para adentrarte en zonas ignotas del conocimiento, pero hazlo contando con las mínimas herramientas necesarias para que el objetivo no sea inalcanzable. El pobre Colón, ni con todo su coraje, hubiera podido llegar al nuevo continente en una sencilla canoa.
Investigar en áreas poco conocidas puede comportar que después de días, meses o años no se hayan generado datos que se acepten de forma convencional como interesantes. La sociedad está montada así, y en este sentido los resultados negativos, aunque importantes para descartar teorías, no suelen ser adecuadamente reconocidos. Si aciertas en estos campos sin explorar, puedes realizar un gran descubrimiento. De una manera entre académica y publicitaria se suele llamar a este fenómeno «cambio de paradigma». También se denomina en inglés high risk / high gain. Descubrimientos en el área de la biomedicina que encajarían más o menos en esta definición fueron que el llamado genoma oscuro del ADN tenía una función y estaba activo y, más de actualidad, que las vacunas basadas en el ARN tenían una utilidad clínica real. Prueba una de estas hipótesis un poco locas en tu acercamiento al problema que me describes en tu correo electrónico, hasta donde los recursos y la paciencia de tu mentor lo permitan. Me gustaría, no obstante, hacerte la siguiente reflexión: muchos conquistadores se perdieron en la selva y nunca volvieron de su búsqueda de la legendaria ciudad de El Dorado que, según las leyendas, estaba bañada en oro. Es decir, por el afecto creciente que te tengo, no me gustaría que solo persiguieras una quimera, sin tener un plan B. Por favor, si aprecias a este veterano compañero, desarrolla también planes experimentales más seguros. Igualmente los resultados pueden ser positivos o negativos, pero conocerás un poco mejor el terreno que pisas. Lánzate al vacío, si quieres, pero con un paracaídas. Básate en técnicas contrastadas por otros investigadores, partiendo de los datos previos obtenidos por la comunidad científica, y a ellos añádeles tus gotas de imaginación para resolver ese puzle que te intriga. Este tipo de descubrimientos suelen ser los mayoritarios en ciencia y han supuesto, después del trabajo de muchos científicos, avances importantísimos. Te pongo un ejemplo en el área de la oncología: en los años ochenta alguien descubrió un gen asociado al crecimiento celular, en los noventa otra persona descubrió que ese gen está mutado en el cáncer, en la década del 2000 se diseñaron los primeros inhibidores del mismo y a partir de 2010 esos fármacos comenzaron a usarse de forma mayoritaria. Un camino similar siguieron los medicamentos contra los virus VHC y VIH causantes de la hepatitis C y el sida. Si alguna vez participas en cualquier paso de historias parecidas de descubrimientos, sé tan amable de acordarte de estas líneas que he escrito para ti.
En mi laboratorio intento que los miembros del grupo tengan dos proyectos que sigan respectivamente la tipología mencionada anteriormente: uno más arriesgado que pocas veces podemos anticipar si saldrá bien y otro más seguro del que se derivará algún resultado. Si sale bien el primero el laboratorio es una fiesta, pero esto ocurre muy pocas veces; en cambio, el trabajo más clásico permite al investigador progresar en su carrera profesional, continuar formándose y contribuir con una bonita piedra a la construcción de una pirámide formidable.
La imaginación en el diseño de una investigación científica no cae del cielo. Ojalá fuera así, pues todo sería más fácil. No creas a pies juntillas la historia de que fue una manzana caída sobre la cabeza de Isaac Newton la que dio lugar a las leyes de la gravedad. A veces, no obstante se producen situaciones que despiertan ese momento «¡eureka!» (¡Lo he descubierto!), como exclamó Arquímedes en su bañera de Siracusa (Sicilia). He sido afortunado de experimentar unos pocos de esos preciosos instantes. Un ejemplo es el de una tarde que estábamos sentados en un restaurante de comida rápida donde dos hermanas gemelas pidieron el mismo menú basura, pero una era obesa y la otra delgada. ¿Cómo era posible si tenían la misma secuencia genética? Pues eso dio lugar a que descubriéramos que seres vivos con el mismo ADN pueden tener una distinta regulación del mismo que les puede dar distinto aspecto y susceptibilidad ante las enfermedades. Aunque podemos pensar que este es un clásico evento eureka, sin los datos previos del grupo y de muchos otros investigadores no hubiera sido posible. Ni el propio Fleming, sin sus eminentes conocimientos en bacteriología, se hubiera dado cuenta al volver de vacaciones del potencial de la penicilina, este antibiótico milagroso derivado de un hongo.
Creo que eres una persona imaginativa y por eso te pido que cuides esta propiedad como si fuera un pequeño tesoro. Muchos intentarán denostarla, te lo advierto, confundiéndola con la fantasía o la ficción, conceptos por otra parte también respetables. Pero si eres capaz de imaginar tus descubrimientos, estos pueden ser diferenciales y representar grandes avances. Te pongo un ejemplo: cuando científicos de la Costa Oeste de Estados Unidos consiguieron crear un ADN recombinante no lo hicieron para crear seres híbridos o monstruos de la razón, sino que abrieron la puerta a la producción masiva de insulina. Se acabó la búsqueda de cadáveres y la matanza de animales para conseguirla, y qué gran respiro para los diabéticos. Tu imaginación, y su capacidad asociada de incorporar nuevas ideas, te hará además permeable a conocimientos que proceden de otros campos. Hoy en día una de estas áreas híbridas es la bioingeniería, en la que se están desarrollando nuevos dispositivos que mezclan componentes biológicos y silicio. También las ciencias biomédicas se benefician directamente de otras ciencias como las matemáticas o la informática. Ejemplos de estas aplicaciones serían, entre otros, la aplicación de programas para hacer la radioterapia y el diagnóstico de imagen más específicos o el uso de la bioinformática en el estudio del cáncer y otras enfermedades. Así pues, sé imaginativo: si estudias células humanas, quizás estudios en una mosca o un gusano te proporcionen la pista que te faltaba. No quiero venderte ninguna moto, te lo prometo, si me permites la expresión. La identificación de los genes responsables de una de las principales formas de cáncer de colon hereditario se realizó inicialmente en levaduras, esos minúsculos seres que nos dan tanto placer produciendo la cerveza que tan ricamente tomamos en verano. Conviértete en una esponja (no de cerveza) y absorbe también ideas y técnicas de otras disciplinas que puedan resultarte útiles. Sé como el junco, fuerte pero flexible, como dice la antigua cita oriental.
La imaginación crece siempre mejor en terreno fértil. Cuando abordes una cuestión científica, como por ejemplo «por qué esta maldita célula del cáncer no se muere con este fármaco cuando hace unos meses la mataba», el primer paso es estar informado. La información es poder. Los políticos, los militares y los economistas ya lo saben, y también los científicos deberían ser conscientes de ello. Realiza una búsqueda bibliográfica completa de los diferentes aspectos y antecedentes de la situación antes de empezar el ensayo. Sé que eres una persona trabajadora, así que no me seas perezoso y no busques información solo de los últimos cinco años. Recuerdo a un joven miembro del grupo que entró en mi despacho muy excitado explicando que había descubierto la inactivación de un gen en el cáncer. No sabía como decírselo de forma delicada, así que fui directo al grano: «Sí, se sabe desde 1997». Recuerda, por favor, que debes retroceder en el tiempo todo lo que sea necesario para conocer los detalles de tu sistema experimental. Si me permites la broma, te diré que el mundo existe antes de que aparecieran Instagram y Twitter, e incluso (esto no te lo vas a creer) antes de internet.
Finalmente, te diré que la imaginación no es un ave solitaria, sino que muchas veces vuela en bandadas. Es mucho más fácil que emerjan ideas creativas en tu tarea investigadora si estás rodeado de otros científicos con esa capacidad de adelantarse al futuro, de pensar out of de box. A las personas mediocres les gusta rodearse de individuos grises para poder destacar —el tuerto en el país de los ciegos—, pero si quieres realizar una investigación disruptiva o simplemente relevante, intenta rodearte de los mejores. Los buenos no te empequeñecerán; al contrario, aprendiendo de ellos, de sus aciertos y sus errores, te harás más grande.
Te dejo, pues tengo ganas de estar con la familia antes de la cena. He de confesarte que mi hijo ha heredado mi curiosidad por las cosas, no necesariamente las científicas. Imaginando un futuro brillante en tu quehacer investigador, me despido hasta la próxima ocasión, si este profesor no te aburre.
Con afecto,
MANEL