Kitabı oku: «Memorias de un presidiario (en las cárceles franquistas)»

Yazı tipi:

MEMORIAS DE UN PRESIDIARIO

(EN LAS CÁRCELES FRANQUISTAS)

Relato original de Manuel García Corachán,basado en los hechos por él vividos,según las notas tomadas durante su cautiverio

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA 2005

Esta publicación no puede ser reproducida, ni toda ni parcialmente,ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico,electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Herederos de Manuel García Corachán, 2005

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2005

© De la imagen de la cubierta: Biblioteca Valenciana y herederos de Manuel García Corachán, 2005

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Ilustración de la cubierta: Fotos Damián (Casa Escuder), 1939. Biblioteca Valenciana

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 84-370-6167-9

Realización de ePub: produccioneditorial.com

A mi padre, que no lo puede leer:

para que lo lean mis hijos

PRÓLOGO

A las dos de la madrugada del 29 de marzo de 1939, Manuel García Corachán (Valencia, 1912-1974), abogado en la vida civil y capitán del Cuerpo Jurídico del Ejército de la República, como tantas otras personas que temían las represalias fascistas, se vio obligado a emprender un viaje que le alejara del terror y le llevara a la libertad. Sin embargo, el trayecto de Valencia hasta el puerto de Alicante determinó su entrada en el laberinto de incertidumbres, pesadillas y miserias que supusieron los campos de concentración, las cárceles y los juicios sumarísimos organizados por los ideólogos, militares y funcionarios judiciales del franquismo.

La huida accidentada hacia Alicante —descrita en el texto con la minuciosidad de una secuencia cinematográfica— distanció a Manuel García y a sus compañeros de una Valencia que, según numerosos testimonios, había sido, hasta finales de 1937, una ciudad tranquila en apariencia, un oasis en medio de una lucha encarnizada que presentaba una notable efervescencia cultural y un inusual ambiente cosmopolita. Y también le separó de su familia —tan indispensable para él—, al igual que destrozó, en pocas horas, la esperanza, ilusión y esfuerzos que había aportado para conseguir un país nuevo y democrático.

Así, los efectos perversos de la historia le llevaron al Campo de los Almendros, al deAlbatera, al Seminario de Orihuela, a la Prisión-Reformatorio de Alicante, a la Cárcel Modelo de Valencia y al Penal de San Miguel de los Reyes de la misma ciudad. Es decir, a un camino inhóspito —casi un regreso a las cavernas—, trazado al capricho del franquismo victorioso, en el que tuvo que sobrevivir enfrentándose a la brutalidad y sorteando —con acatamiento resignado, no desprovisto de ironía— las normas rígidas y los rancios preceptos establecidos por los funcionarios del nuevo régimen y por la religión católica.

En sus memorias, Mariano Rawicz comenta que, durante la larga estancia que permaneció en San Miguel de los Reyes, observó que muchos presos anotaban, en cuadernos improvisados, los avatares diarios de la vida carcelaria. Lamentablemente, la inmensa mayoría de aquellos testimonios se ha perdido; unos, nunca se acabaron de escribir, y otros no se conocen porque, al finalizar la reclusión, sus autores prefirieron destruirlos y olvidar para siempre aquel descenso a los infiernos. También se dio el caso de penados que desestimaron publicar sus memorias, para no involucrar a otros compañeros y, asimismo, ante el temor a las muy probables represalias. Por ese motivo, resulta imprescindible la crónica de Manuel García que, descarnada y despojada de virtuosismos literarios, permite reconstruir con rigor uno de los más lamentables episodios políticos que sucedieron en una época, aún reciente, de la historia de nuestro país.

A diferencia de otros textos similares, el de Manuel García dejó a un lado los recursos poéticos para, de forma muy directa, con crudo realismo, describir la rutina diaria en aquellos lugares dominados por los bulos, la crueldad, la fatalidad, el castigo arbitrario y los múltiples e inestables malabarismos que casi todos los penados debieron inventar para seguir con vida. El título de su relato no deja lugar a dudas: Memorias de un presidiario (en las cárceles franquistas).

Pero esta primera experiencia de Manuel García como narrador —forzado por las penosas circunstancias y la ira ante las manifiestas injusticias—, en la que había intentado, sin concesiones, al estilo de los dibujos de George Grosz, mostrar a los oprimidos el verdadero rostro de la clase dominante, desembocó en una pasión por escribir.

Tras más de dos años de injustificado cautiverio —y habiendo sido condenado a treinta años de prisión— quedó libre y viajó a Barcelona donde, con nombre falso —temía que la policía franquista lo volviera a detener—, trabajó impartiendo clases y en un kiosco de periódicos. Hacia finales de los años cuarenta regresó a Valencia y ejerció como abogado, intentando también la aventura literaria. Además de escribir distintos textos profesionales, en 1953 fue finalista del Premio de Teatro de la Diputación Provincial de ValenciaconlacomediapolicíacaEn la oscuridad,estrenadaesemismoaño en el Teatro Serrano por la Compañía de Ana María Méndez, José Codoñer y Emila Clement. Y, en 1959, Editorial Aguilar publicó su novela Hasta alcanzar la cumbre, en la que reflejó su admiración por Ernest Hemingway. Asimismo, realizó adaptaciones de cuentos clásicos dirigidos a la infancia.

Pero la Valencia que encontró Manuel García, después de una década de prisión y alejamiento, no tenía nada que ver con la de los años treinta.

De aquella ciudad, en la que los artistas y escritores se citaban en el Ideal Room o en el Café Wodka e iban a escuchar a la Orquesta Dernier Jazz en el Sanghai Music-Hall, ya no quedaba rastro alguno. Más frustración. El lugar era, entonces, un páramo cultural —la tierra de la modernidad imposible— en el que gracias al aislamiento de la dictadura, la reacción contra las ideas modernas y la censura, dominaba un “selecto” grupo de artistas y escritores adeptos al régimen que rechazó, sistemáticamente, cualquier intento crítico o renovador.

Manuel García falleció a temprana edad. Nunca se reconcilió con los vencedores. Y muy marcado por los años de cautiverio, aguardó el momento de publicar estas memorias que conservó y revisó, disciplinada y obsesivamente, a lo largo de su vida.

CARLOS PÉREZ

NOTA DEL AUTOR

Si no otra, la presente narración tiene la virtud de haber sido escrita íntegramente, en su parte básica, durante mi permanencia en las cárceles franquistas; cada episodio comprendido en ella, con la impresión que en mi alma torturada produjo. Incluso las notas retrospectivas que en el relato se incluyen, pensadas también, e igualmente escritas, cuando, junto a millares y millares —millones— de víctimas de la cruel represión, estábamos pagando por el enorme delito de haber creído en la libertad y luchado por ella.

Sólo un cúmulo de circunstancias favorables, la casualidad unas veces y la astucia del preso otras, ha hecho posible que lo entonces escrito haya podido salvar las rejas de la cárcel y permitido ahora, después de diecisiete años, transcribirlo en estas mal pergueñadas líneas, sin otro afán que el de dejar constancia histórica de lo que entonces sucedió en el limitado ámbito por donde estuve, o me hicieron que estuviese, puesto que yo era nada más que un número, sin albedrío alguno sobre mi amordazada voluntad.

Estoy seguro de que, al igual que el mío, existirán otra serie de relatos reflejando el trágico transcurrir de aquellos años plenos de ignominia, y de que, con el conjunto de todos ellos, más si son acompañados de cifras estadísticas, hoy casi imposible de obtener, podrá completarse una verídica historia que, sirviendo de ejemplo a las generaciones venideras, impida la repetición de unos hechos que, aún siendo yo una de sus víctimas, me llenan de vergüenza al pensar que fueron cometidos por gentes que se hinchaban la boca diciendo ser, y lo eran, españoles ¡y cristianos!

Hoy, un día del mes de noviembre de mil novecientos cincuenta y seis, cuando me preparaba a ordenar lo entonces escrito, pleno de emoción extiendo ante mí los papeles donde quedaron jirones de mi alma, dispuesto a revivir aquellos inolvidables momentos de angustia y desesperación, en los que, cuando todo, hasta la misma vida, parecía perdido, sólo brillaba una indestructible esperanza, la seguridad de que la humanidad, el sentido humano del hombre, triunfaría, no dejándose aniquilar por las recias botas de las bestias.

Sería injusto terminase estas líneas sin un emocionado recuerdo de mi querido padre, primer lector de lo que yo llamaba «Mis memorias», quien, como él me decía, lloraba de pena, orgullo y rabia, al penetrar, a través de las palabras escritas en la cárcel, en mi vida de presidiario. Luego, antes de que yo franqueara los recios muros de la prisión reintegrándome al hogar, rindió tributo a la muerte, o a la vida, sin que pudiera asistirle, estar junto a él, en sus últimos momentos.

INTRODUCCIÓN

Sin fecha, probablemente del mes de septiembre de mil novecientos treinta y nueve, aparece ante mí, escrita a lápiz, una carta dirigida a mi mujer y a mis padres y hermano, que, por su especial significación quiero figure al principio de estas «Memorias», y que dice así:

«Queridos Visitación y padres: como veréis os mando parte de mi modesto diario; no sé como estará, pues todo él lo escribí bajo la impresión del momento. Creo, sí, que a través suyo conoceréis mi vida en estos interminables meses, con todas sus miserias y penalidades; alegrías habrá pocas, pues todos los días, unos más y otros menos, son igualmente tristes y desesperantes. No os apene lo que podáis leer, puesto que, a pesar de todo, mi naturaleza ha respondido formidablemente bien y, como tantas veces habréis podido constatar, mi salud es buena; ya casi me he habituado a esta vida y el tiempo que falta hasta volver a vosotros supongo me será menos duro, y, como es natural, lo resistiré también perfectamente.

Espero veros pronto en la comunicación y que entonces me digáis si han llegado a vuestro poder estas líneas y las hojas del diario. De San Miguel todavía no se nada.

Esperando que lo escrito os sirva de alegría, os manda muchísimos besos, con todo su inmenso cariño, vuestro Manolo.»

Después continúa la carta en un tono más íntimo que, no obstante, decidido a no ocultar nada que se refiera a mis sentimientos y emociones, o a los hechos vividos, me decido también a transcribir. Sigo, pues, diciendo:

«Visitación, no puedo terminar sin decirte una vez más que te amo con toda mi alma, que eres mi vida, que te quiero con locura, que lo único que deseo es volver a estar a tu lado, para ser todo lo más feliz que se puede ser, y que todo esto, tantas veces dicho, hoy lo siento con mayor fuerza que nunca y que, lo que siempre ha sido verdad, ahora es pálido reflejo de la realidad. Mi sentimiento no se puede expresar con palabras, pero tú lo comprenderás, porque también, si me quieres, ¿me quieres?, sentirás lo mismo.

Pero vosotros, viejos, no os pongáis celosos porque no os diga nada, sabéis que os quiero todo lo más que se puede querer a los padres. Y tú, “so pinta”, le digo a Cristino, no pongas esa cara, pues, aunque no te lo mereces, también te quiero mucho.

No os quejaréis, pues para todos ha habido algo. Añadid un abrazo a los besos que os mandé antes.»

* * *

Como seguramente se repetirán sus nombres en las páginas que siguen, explicaré que Visitación era y es mi mujer, casado con ella al comenzar la guerra civil y con quien, durante su transcurso, llevado de un lado a otro por los avatares de la contienda, sólo pude pasar muy cortas temporadas; ni que decir tiene que entonces estaba sincera y profundamente enamorado de ella. Los «viejos» eran mis buenos padres, a los que siempre he adorado. Cristino es mi único hermano, mayor que yo y con el que nunca he dejado de estar unido por un verdadero sentimiento de hermandad.

No es preciso añadir que mis sentimientos afectivos se hallaban exacerbados hasta el máximo y que toda mi carta, aunque hoy en alguno de sus pasajes me pueda parecer plena de ingenuidad, está impregnada de la pasión comprimida dentro de los muros de la cárcel.

Como al principio de la misma carta digo, ésta fue enviada a casa a través,o por conducto, de cualquiera de los medios de que disponíamos: otro presoque sale en libertad, disimulado escondite en la «cistella» (cesta con que nosentraban la comida de casa), «buenos oficios» de algún guardián o soldado,por lo común pagados, por los que iban a juicio, etc., etc. Escribía algo la mayoría de los días, y cuando se me presentaba oportunidad mandaba lo escritoa casa, pues temía perderlo en los continuos registros que sufríamos nosotros y nuestras cosas.

* * *

Tras esta misiva familiar, comenzando desde su principio, a continuación van las notas de mi «diario», transcritas tal y como en su día las concebí, con un comentario actual, a veces mucho más extenso que la nota, puesto a continuación de ella.

Para una mayor claridad, haré constar que lo entonces escrito, el «diario», irá siempre entrecomillado, y los comentarios posteriores sin indicación alguna, perfectamente separadas una cosa de la otra.

PRIMERA ETAPA

ALICANTE - ALBATERA - ORIHUELA

(29 de marzo a 24 de julio de 1939)

I. ALICANTE

29 de marzo.- Salida de Valencia a las dos de la madrugada. Llegada a Alicante a las diez de la mañana. A las siete de la tarde entrada en el muelle.

* * *

Sólo esa corta nota exclusivamente cronológica, más algún breve relato retrospectivo escrito con posterioridad, conservo de tan memorable día del año 1939. Sin embargo, fue tal la alucinante intensidad de sus horas que hoy, al recordarlas, reviven ante mis ojos todos los hechos que entonces tuvieron lugar, con deslumbrante relieve, tal y como si los estuviera viviendo de nuevo.

Recuerdo perfectamente el 28 de aquel lejano marzo. Fracasadas durante el día todas las gestiones realizadas para salir de España, a las once de la noche marché a Capitanía General, en último y desesperado intento de librarme de caer en manos de los triunfantes ejércitos nacionales. El general Aranguren, de uniforme, aunque sin polainas y calzado con unas cómodas pantuflas, era la estampa viva de una valiente serenidad, quizás un tanto fatalista, en medio del acusado nerviosismo de todos los que llenábamos los amplios salones.

Me encontré allí a un grupo de abogados, todos, como yo, oficiales del Cuerpo Jurídico del Ejército Republicano, venidos de Madrid y de la Zona Central, con quienes pronto quedé ligado por el deseo común de marchar al extranjero.

Aproximadamente a las doce de la noche, hablo con el comandante Carretero, ayudante de Aranguren y antiguo compañero en la Facultad de Derecho. Me expone sinceramente la situación: completa imposibilidad de embarcar en Valencia, pues aunque en este puerto hay tres buques ingleses, sus capitanes se niegan a zarpar; añade que la única probabilidad de salir está en Alicante, donde, a aquellas horas, tiene noticias de que se halla un barco cargando gente, dispuesto a hacerse a la mar, y que todavía no está lleno.

Tras un breve cambio de impresiones con mis camaradas jurídicos, decidimos marchar hacia dicha ciudad y que sea yo quien conduzca el coche que a ellos les ha traído desde Madrid. Nos ponemos enseguida en movimiento. En la plaza de Tetuán tomo posesión de mi puesto al volante de un automóvil en el que es la primera vez que monto y cuyo mecanismo me es por completo desconocido, un Dodge, pesadote y viejo, pero potente, del cual sólo me explican, muy someramente, el funcionamiento del cambio de marchas (el que lo trajo de Madrid se quedaba en Valencia y los otros no sabían conducir).

Sin más, el tiempo no permitía otra cosa, montamos en él y con rapidez de película de «gansters», la vida jugada al virar cada esquina, pasamos por los domicilios de todos, recogiendo los equipajes de cada uno. El último sitio a donde vamos es a mi casa; con la consiguiente emoción, un tanto mitigada por el nerviosismo de la prisa, me despido de todos mis seres queridos, quienes —yo también— en formidable esfuerzo consiguen evitar las inevitables lágrimas.

Cuando ya estamos casi fuera de Valencia, me doy cuenta de que aún hace frío y de que me he dejado el gabán en casa, se lo digo a los otros y acordamos volver a recoger la olvidada prenda. Si antes la velocidad había sido de película, ahora es suicida; tomo las curvas, en plena ciudad, sobre dos ruedas, de nuevo jugándome el tipo, el de todos, en cada cruce de calles, pero, sin novedad llego otra vez a mi domicilio. Una vez allí, recojo el abrigo y en esta nueva despedida, rapidísima, si que veo las lágrimas de mis familiares, a quienes creo no pude ocultar las mías.

Sin otra incidencia, emprendemos, llenos de temor y esperanza, el viaje hacia lo desconocido, dejando atrás todo lo que hasta entonces habíamos sido, todo lo que amábamos, dispuestos a emprender una nueva vida, hasta que las circunstancias nos permitieran volver a nuestra patria.

Vamos seis en el coche, cada uno con su equipaje, el mío y el de los otros por el estilo: una pesada maleta, que yo tenía preparada desde el día anterior para cuando llegara el momento de partir, pues, desde que me convencí de que la guerra la ganaban nuestros enemigos, mi propósito de marchar era irrevocable. Además, atado al coche, en una de sus estriberas, iba un bidón con más de cincuenta litros de gasolina. Total, que la carga del viejo Dodge era casi la de un camión, con el handicap de estar confiado a mis inexpertas manos.

Nada de interés sucede hasta que llegamos a Silla, donde había millares de hombres esperando encontrar cualquier medio de locomoción con el que huir. Fuimos detenidos en el control de carreteras, donde, sólo después de justificar nuestra personalidad, nos permiten continuar. Al reanudar la marcha, noto que el coche ya casi no puede avanzar, sin explicarme la causa hasta ver que un verdadero racimo de hombres está encaramado en los estribos, trasera..., en todo lugar donde había apoyo, de nuestro coche. Imposible seguir con tan enorme peso. Bajamos y, fracasados nuestros razonamientos, hemos de obligarles, pistola en mano, a que nos dejen libres; les hubiéramos permitido venir con nosotros pero era imposible que subiera ni uno más en el coche. Desembarazados de aquel primer obstáculo, proseguimos nuestro correr hacia lo que pensamos será la libertad.

Cuando aún no habíamos terminado de atravesar el mismo Silla, veo que me pasa, a endiablada velocidad, un coche que va escoltado por motoristas del ejército. Mis compañeros han visto de quien se trata, yo no, y entre nosotros se cruza el siguiente diálogo:

– ¿Has visto quien va ahí? —me pregunta uno.

– No —le respondo, sin desviar mi atención del volante.

– Es el general Miaja —dice otro.

– Hay que seguirle —añade un tercero.

– Nos mataremos —observo yo, desconfiando de mi pericia y de las condiciones del sobrecargado Dodge.

– Es igual, aunque nos matemos, ¡síguelo! —termina cualquiera de ellos, sus palabras ratificadas por los gestos y murmullos de todos.

– Como queráis —me limito a contestar, al tiempo que, decidido a satisfacer sus deseos, que también son los míos, aprieto a fondo el acelerador.

Un sencillo razonamiento me hizo comprender que siguiendo al General era posible unir nuestra suerte a la suya, y embarcar si él embarcaba. De otra forma era muy problemático el éxito en la gran aventura emprendida.

Durante algunos kilómetros me mantengo a la zaga del coche que seguimos. No llevaba cuentakilómetros, pero es seguro que sobrepasáramos los cien kilómetros hora.

Le perdemos de vista. Luego nos detenemos para repostar gasolina en un surtidor que vemos dispone de ella, lo hacemos, a pesar de la reserva de los cincuenta litros, al ver se está agotando la del coche y no tener medios para el trasvase de la otra. En mis prisas casi lastimo al conductor de otro automóvil que también estaba repostando; le aprisioné la pierna entre su coche y el mío, afortunadamente sin hacerle daño alguno.

Sin perder ni un segundo, reemprendo la marcha, siempre con el pie calado a fondo en el acelerador, con la vana pretensión de alcanzar al General. Resultado: que tras un recorrido de otros pocos kilómetros, sucede lo que era fácil prever, el cansado Dodge se niega a seguir caminando, sin que se conmueva ante nuestras súplicas, ni haga caso de nuestras amenazas. En realidad yo no entendía de mecánica, no obstante, echo pie a tierra, destapo el motor y toco donde me parece. Al montar de nuevo, compruebo sorprendido que el vetusto cacharro anda, poniéndose en movimiento a mi primer intento. Suben todos y seguimos adelante.

Nuestras ilusiones se desvanecen casi al instante, pues aún no habríamos avanzado quinientos metros, cuando de nuevo nos quedamos parados. Dos o tres veces se repite la misma operación con igual resultado, si bien el recorrido es menor, hasta que, al fin y de forma definitiva, quedamos del todo inmovilizados. Yo soy, y así se lo declaré a los otros, incapaz de reparar la avería.

No nos queda otra solución que la de seguir hacia Alicante por el procedimiento que sea. De Valencia nos debíamos hallar a unos cincuenta kilómetros, pero nadie pensaba en regresar.

En la carretera, un rosario interminable de coches, los unos casi tocando a los otros, sigue la misma ruta que nosotros llevábamos. A todos les hacemos señas de que paren, en los pocos que se detienen no podemos montar por in tan cargados como nosotros íbamos. Un oficial de automovilismo se presta a examinar el motor del averiado Dodge y su dictamen es desolador: tiene, dice, fundidos los platinos, resultando completamente imposible seguir en esas condiciones. Se impone la imperiosa necesidad de encontrar otro medio de locomoción que nos permita continuar.

Fácil de imaginar cual sería nuestro estado de ánimo en aquellos decisivos momentos. Salidos de Valencia confiando en una huída que nos librara de caer en manos de los que creíamos iban a ser, ¡y vaya que lo fueron!, crueles triunfadores, nos veíamos tirados en la carretera, ignorantes de lo que a nuestro alrededor pasaba, ante nosotros el negro panorama de ser hechos prisioneros allí mismo.

Afortunadamente, un camión, ya lleno de trastos y de hombres, accede a llevarnos, a base de que le demos la gasolina que nos quede, bastante pues nuestro depósito adicional está intacto. Aceptamos encantados el trueque y, después de cargar los equipajes, nos encaramamos en la repleta caja del tal camión. El derengado Dodge queda en la cuneta, como uno más de los que en incalculable número van a festonear la línea gris del camino.

Los alborotados nervios se calman un tanto al vernos de nuevo en marcha hacia donde, aún, pensamos puede estar nuestra liberación. Yo voy en la parte trasera, viendo estrecharse ante mis ojos la cinta, en aquel amanecer blanquecina, de la carretera, que semeja correr hacia la amada Valencia.

En un lugar, creo que por las cuestas del Mascarat, me llevó un regular susto. Un grupo de hombres tocados con prendas militares, uno de ellos empuñando un naranjero, aparece de pronto ante mis ojos, sus armas apuntando al camión, hacia mí también, en decidida actitud de disparar. Caso de hacerlo, yo y los que a mi lado estaban, lo hubiéramos pasado bastante mal, pues ofrecíamos magnífico blanco. La cosa no pasó del susto, y las amenazadoras siluetas, ya en pleno día, se desvanecieron al compás de nuestro avance. Luego, los que iban delante me contaron que, pretendiendo intimidarle con sus armas, habían hecho señas a nuestro conductor para que parase, pero que este, en vez de hacerles caso, pisó a fondo el acelerador, atropellándoles casi. ¿Qué harían allí y que pretenderían de nosotros? Probablemente no lo sabré nunca.

El número de vehículos tirados a un lado de la carretera aumenta conforme nos acercamos a Alicante.

También nuestro nerviosismo, renacido tras la breve calma que siguió al momento en que reanudamos la marcha, va «in crescendo», desesperados por la lentitud del avance, no sólo por la poca velocidad del camión, sino al ver que los que lo controlan se detienen con demasiada frecuencia para examinar los coches averiados y apoderarse de la gasolina que queda en sus depósitos, y alguno de ellos creo que, también, de todo lo demás útil o de valor que encuentran. Pasaban las horas, y con cada una se desvanecía parte de la primitiva esperanza de alcanzar el buque de que nos hablara Carretero. Nuestra ansia de llegar a la bella capital mediterránea era por instantes mayor, pues en ello se cifraba la única posibilidad de librarnos del temido cautiverio.

A las diez de la mañana arribábamos al tan deseado puerto. Se habían invertido ocho horas en un viaje que normalmente sólo dura tres o cuatro. El camión, con todos sus otros ocupantes, por su atuendo soldados del disperso ejército republicano, siguió su camino, no sé hacia donde.

El espectáculo que se ofreció a nuestra ávida mirada era inolvidable, yo, al menos, no lo podré olvidar nunca. Por todos lados coches y gentes, hombres y mujeres y hasta chiquillos, en cantidad difícil de calcular que, desorientados pero sin signos de miedo ni en los semblantes ni en los gestos, marchan, después yo también mezclado con ellos, de un lado a otro en la ciudad que todavía era nuestra, mirándolo todo con ojos curiosos, acaso como despidiéndose de la España que creían iban a dejar. Con una mayor concentración de personas en los muelles donde, ya a aquellas horas, se agolpaba una densa muchedumbre, decenas de millares de individuos que aún confiaban en la salvadora partida.

Del barco no quedaba ni rastro. Sí, nos dijeron, había estado allí, pero zarpó al amanecer, aún con plazas vacías que por falta de gente no pudo completar. Después he oído diferentes versiones sobre la suerte del buque y de los que en él iban, no faltando quien dice fue apresado por la marina nacional que, al poco de nuestra llegada, navegaba por aquellas aguas, visible desde la playa.

El aspecto de la ciudad es de fiesta o de tragedia; gente por todas partes en constante movimiento. Yo, como muchos otros, pasé el día yendo de un lugar a otro, lo menos tres viajes de Comandancia Militar al Puerto y viceversa, sin que en sitio alguno pudiera adquirir cualquier creíble información sobre lo que podíamos esperar continuando allí.

En los muelles, la abigarrada multitud que por la mañana los ocupaba se había hecho más y más espesa, apretujándose hasta formar una masa compacta. Las gentes, la mayoría hombres, algunas mujeres, sin que faltasen familias enteras, todos con sus más o menos voluminosos equipajes, lo ocupaban todo. Nosotros ni tan siquiera pudimos encontrar cobijo bajo el techado de uno de los tinglados y, no obstante la pertinaz lluvia que avanzada la tarde comenzó a caer, nos acomodamos, yo y todos los otros que conmigo salieron de Valencia, en un lugar a la intemperie.

Había allí, junto a las personas o en ellas, armas de todas clases, desde la poco menos que inofensiva pistola que todos llevábamos, hasta tanques directamente traídos del frente por sus servidores.

Sumergidos en el agua, en informe montón visible desde el borde del muelle, muchos coches, cuyos ocupantes prefirieron lanzarlos allí, antes de que cayeran en manos de los odiados triunfadores.

Como en la nota al principio transcrita digo, a las siete de la tarde entré en el recinto del muelle, donde, ya prácticamente en cautiverio, iba a gozar de una apariencia de libertad durante unas pocas horas.

* * *

30 de marzo.- Permanecemos durante todo el día en el muelle.

* * *

Al llegar en la tarde anterior, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que se había construido una barricada de sacos terreros, con el objeto de impedir el acceso a los embarcaderos de aquellos que no dispusieran de un pase especial, y todos nosotros, los que salimos de Valencia en el abandonado Dodge, carecíamos de él. Nuestra situación, pues, al igual que la de casi todo el gentío allí estacionado, era precaria; caso de que arribara el problemático barco, unos cuantos, los que estaban al otro lado de la barricada, gozaban de una posición privilegiada, puesto que no se oponía a ellos obstáculo alguno que les cerrara el paso a la salvadora nave. Los demás, creo que todos, si el caso hubiera llegado, estábamos dispuestos a abrirnos camino, como hubiese sido, hasta el barco que, posible es que afortunadamente, no llegó.

Detalle curioso es el producido en el grupo de jurídicos. Deseábamos pasar dicha barricada, guardada por gente armada, pensando diferentes planes para lograrlo. Optamos por destacar a uno de nosotros para que entrara en el espacio acotado y, una vez en él, gestionase el pase especial para todos. Pues bien, fue uno y no volvió, luego enviamos a otro, al que tampoco volvimos a ver; el tercero volvió, si, pero fue porque no le dejaron pasar.

Continuó lloviendo durante toda la noche. Pude resguardarme algo de la lluvia, gracias al gabán que recogí de casa, y mitigué un tanto los efectos de la mojadura arrimándome a las hogueras que, a pesar del agua, ardían en los espacios descubiertos; muy cerca del fuego, me ponía primero de frente y luego de espaldas, secando por un lado la ropa que por el otro seguía mojándose. Ahora bien, en la emoción de las alucinadas horas nada representaba aquella molestia física que, acaso, contribuyera a alejar mi pensamiento de la trágica situación.

Y pasó la noche. Con la sorpresa, al amanecer del día siguiente, de que se había perdido la libertad que disfrutáramos durante la jornada anterior. Un cordón de centinelas, sacado de nuestras propias filas, cerraba el paso hacia la ciudad, que veíamos silenciosa y triste, ya tierra de nadie, puesto que, abandonada por nosotros, aún no había sido ocupada por los fascistas. El cordón de centinelas fue dispuesto por el grupo de hombres que asumió la dirección de la improvisada aglomeración humana.