Kitabı oku: «Memorias de un presidiario (en las cárceles franquistas)»
MEMORIAS DE UN PRESIDIARIO
(EN LAS CÁRCELES FRANQUISTAS)
Relato original de Manuel García Corachán,basado en los hechos por él vividos,según las notas tomadas durante su cautiverio
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA 2005
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© Herederos de Manuel García Corachán, 2005
© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2005
© De la imagen de la cubierta: Biblioteca Valenciana y herederos de Manuel García Corachán, 2005
Publicacions de la Universitat de València
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Ilustración de la cubierta: Fotos Damián (Casa Escuder), 1939. Biblioteca Valenciana
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 84-370-6167-9
Realización de ePub: produccioneditorial.com
A mi padre, que no lo puede leer:
para que lo lean mis hijos
PRÓLOGO
A las dos de la madrugada del 29 de marzo de 1939, Manuel García Corachán (Valencia, 1912-1974), abogado en la vida civil y capitán del Cuerpo Jurídico del Ejército de la República, como tantas otras personas que temían las represalias fascistas, se vio obligado a emprender un viaje que le alejara del terror y le llevara a la libertad. Sin embargo, el trayecto de Valencia hasta el puerto de Alicante determinó su entrada en el laberinto de incertidumbres, pesadillas y miserias que supusieron los campos de concentración, las cárceles y los juicios sumarísimos organizados por los ideólogos, militares y funcionarios judiciales del franquismo.
La huida accidentada hacia Alicante —descrita en el texto con la minuciosidad de una secuencia cinematográfica— distanció a Manuel García y a sus compañeros de una Valencia que, según numerosos testimonios, había sido, hasta finales de 1937, una ciudad tranquila en apariencia, un oasis en medio de una lucha encarnizada que presentaba una notable efervescencia cultural y un inusual ambiente cosmopolita. Y también le separó de su familia —tan indispensable para él—, al igual que destrozó, en pocas horas, la esperanza, ilusión y esfuerzos que había aportado para conseguir un país nuevo y democrático.
Así, los efectos perversos de la historia le llevaron al Campo de los Almendros, al deAlbatera, al Seminario de Orihuela, a la Prisión-Reformatorio de Alicante, a la Cárcel Modelo de Valencia y al Penal de San Miguel de los Reyes de la misma ciudad. Es decir, a un camino inhóspito —casi un regreso a las cavernas—, trazado al capricho del franquismo victorioso, en el que tuvo que sobrevivir enfrentándose a la brutalidad y sorteando —con acatamiento resignado, no desprovisto de ironía— las normas rígidas y los rancios preceptos establecidos por los funcionarios del nuevo régimen y por la religión católica.
En sus memorias, Mariano Rawicz comenta que, durante la larga estancia que permaneció en San Miguel de los Reyes, observó que muchos presos anotaban, en cuadernos improvisados, los avatares diarios de la vida carcelaria. Lamentablemente, la inmensa mayoría de aquellos testimonios se ha perdido; unos, nunca se acabaron de escribir, y otros no se conocen porque, al finalizar la reclusión, sus autores prefirieron destruirlos y olvidar para siempre aquel descenso a los infiernos. También se dio el caso de penados que desestimaron publicar sus memorias, para no involucrar a otros compañeros y, asimismo, ante el temor a las muy probables represalias. Por ese motivo, resulta imprescindible la crónica de Manuel García que, descarnada y despojada de virtuosismos literarios, permite reconstruir con rigor uno de los más lamentables episodios políticos que sucedieron en una época, aún reciente, de la historia de nuestro país.
A diferencia de otros textos similares, el de Manuel García dejó a un lado los recursos poéticos para, de forma muy directa, con crudo realismo, describir la rutina diaria en aquellos lugares dominados por los bulos, la crueldad, la fatalidad, el castigo arbitrario y los múltiples e inestables malabarismos que casi todos los penados debieron inventar para seguir con vida. El título de su relato no deja lugar a dudas: Memorias de un presidiario (en las cárceles franquistas).
Pero esta primera experiencia de Manuel García como narrador —forzado por las penosas circunstancias y la ira ante las manifiestas injusticias—, en la que había intentado, sin concesiones, al estilo de los dibujos de George Grosz, mostrar a los oprimidos el verdadero rostro de la clase dominante, desembocó en una pasión por escribir.
Tras más de dos años de injustificado cautiverio —y habiendo sido condenado a treinta años de prisión— quedó libre y viajó a Barcelona donde, con nombre falso —temía que la policía franquista lo volviera a detener—, trabajó impartiendo clases y en un kiosco de periódicos. Hacia finales de los años cuarenta regresó a Valencia y ejerció como abogado, intentando también la aventura literaria. Además de escribir distintos textos profesionales, en 1953 fue finalista del Premio de Teatro de la Diputación Provincial de ValenciaconlacomediapolicíacaEn la oscuridad,estrenadaesemismoaño en el Teatro Serrano por la Compañía de Ana María Méndez, José Codoñer y Emila Clement. Y, en 1959, Editorial Aguilar publicó su novela Hasta alcanzar la cumbre, en la que reflejó su admiración por Ernest Hemingway. Asimismo, realizó adaptaciones de cuentos clásicos dirigidos a la infancia.
Pero la Valencia que encontró Manuel García, después de una década de prisión y alejamiento, no tenía nada que ver con la de los años treinta.
De aquella ciudad, en la que los artistas y escritores se citaban en el Ideal Room o en el Café Wodka e iban a escuchar a la Orquesta Dernier Jazz en el Sanghai Music-Hall, ya no quedaba rastro alguno. Más frustración. El lugar era, entonces, un páramo cultural —la tierra de la modernidad imposible— en el que gracias al aislamiento de la dictadura, la reacción contra las ideas modernas y la censura, dominaba un “selecto” grupo de artistas y escritores adeptos al régimen que rechazó, sistemáticamente, cualquier intento crítico o renovador.
Manuel García falleció a temprana edad. Nunca se reconcilió con los vencedores. Y muy marcado por los años de cautiverio, aguardó el momento de publicar estas memorias que conservó y revisó, disciplinada y obsesivamente, a lo largo de su vida.
CARLOS PÉREZ
NOTA DEL AUTOR
Si no otra, la presente narración tiene la virtud de haber sido escrita íntegramente, en su parte básica, durante mi permanencia en las cárceles franquistas; cada episodio comprendido en ella, con la impresión que en mi alma torturada produjo. Incluso las notas retrospectivas que en el relato se incluyen, pensadas también, e igualmente escritas, cuando, junto a millares y millares —millones— de víctimas de la cruel represión, estábamos pagando por el enorme delito de haber creído en la libertad y luchado por ella.
Sólo un cúmulo de circunstancias favorables, la casualidad unas veces y la astucia del preso otras, ha hecho posible que lo entonces escrito haya podido salvar las rejas de la cárcel y permitido ahora, después de diecisiete años, transcribirlo en estas mal pergueñadas líneas, sin otro afán que el de dejar constancia histórica de lo que entonces sucedió en el limitado ámbito por donde estuve, o me hicieron que estuviese, puesto que yo era nada más que un número, sin albedrío alguno sobre mi amordazada voluntad.
Estoy seguro de que, al igual que el mío, existirán otra serie de relatos reflejando el trágico transcurrir de aquellos años plenos de ignominia, y de que, con el conjunto de todos ellos, más si son acompañados de cifras estadísticas, hoy casi imposible de obtener, podrá completarse una verídica historia que, sirviendo de ejemplo a las generaciones venideras, impida la repetición de unos hechos que, aún siendo yo una de sus víctimas, me llenan de vergüenza al pensar que fueron cometidos por gentes que se hinchaban la boca diciendo ser, y lo eran, españoles ¡y cristianos!
Hoy, un día del mes de noviembre de mil novecientos cincuenta y seis, cuando me preparaba a ordenar lo entonces escrito, pleno de emoción extiendo ante mí los papeles donde quedaron jirones de mi alma, dispuesto a revivir aquellos inolvidables momentos de angustia y desesperación, en los que, cuando todo, hasta la misma vida, parecía perdido, sólo brillaba una indestructible esperanza, la seguridad de que la humanidad, el sentido humano del hombre, triunfaría, no dejándose aniquilar por las recias botas de las bestias.
Sería injusto terminase estas líneas sin un emocionado recuerdo de mi querido padre, primer lector de lo que yo llamaba «Mis memorias», quien, como él me decía, lloraba de pena, orgullo y rabia, al penetrar, a través de las palabras escritas en la cárcel, en mi vida de presidiario. Luego, antes de que yo franqueara los recios muros de la prisión reintegrándome al hogar, rindió tributo a la muerte, o a la vida, sin que pudiera asistirle, estar junto a él, en sus últimos momentos.
INTRODUCCIÓN
Sin fecha, probablemente del mes de septiembre de mil novecientos treinta y nueve, aparece ante mí, escrita a lápiz, una carta dirigida a mi mujer y a mis padres y hermano, que, por su especial significación quiero figure al principio de estas «Memorias», y que dice así:
«Queridos Visitación y padres: como veréis os mando parte de mi modesto diario; no sé como estará, pues todo él lo escribí bajo la impresión del momento. Creo, sí, que a través suyo conoceréis mi vida en estos interminables meses, con todas sus miserias y penalidades; alegrías habrá pocas, pues todos los días, unos más y otros menos, son igualmente tristes y desesperantes. No os apene lo que podáis leer, puesto que, a pesar de todo, mi naturaleza ha respondido formidablemente bien y, como tantas veces habréis podido constatar, mi salud es buena; ya casi me he habituado a esta vida y el tiempo que falta hasta volver a vosotros supongo me será menos duro, y, como es natural, lo resistiré también perfectamente.
Espero veros pronto en la comunicación y que entonces me digáis si han llegado a vuestro poder estas líneas y las hojas del diario. De San Miguel todavía no se nada.
Esperando que lo escrito os sirva de alegría, os manda muchísimos besos, con todo su inmenso cariño, vuestro Manolo.»
Después continúa la carta en un tono más íntimo que, no obstante, decidido a no ocultar nada que se refiera a mis sentimientos y emociones, o a los hechos vividos, me decido también a transcribir. Sigo, pues, diciendo:
«Visitación, no puedo terminar sin decirte una vez más que te amo con toda mi alma, que eres mi vida, que te quiero con locura, que lo único que deseo es volver a estar a tu lado, para ser todo lo más feliz que se puede ser, y que todo esto, tantas veces dicho, hoy lo siento con mayor fuerza que nunca y que, lo que siempre ha sido verdad, ahora es pálido reflejo de la realidad. Mi sentimiento no se puede expresar con palabras, pero tú lo comprenderás, porque también, si me quieres, ¿me quieres?, sentirás lo mismo.
Pero vosotros, viejos, no os pongáis celosos porque no os diga nada, sabéis que os quiero todo lo más que se puede querer a los padres. Y tú, “so pinta”, le digo a Cristino, no pongas esa cara, pues, aunque no te lo mereces, también te quiero mucho.
No os quejaréis, pues para todos ha habido algo. Añadid un abrazo a los besos que os mandé antes.»
* * *
Como seguramente se repetirán sus nombres en las páginas que siguen, explicaré que Visitación era y es mi mujer, casado con ella al comenzar la guerra civil y con quien, durante su transcurso, llevado de un lado a otro por los avatares de la contienda, sólo pude pasar muy cortas temporadas; ni que decir tiene que entonces estaba sincera y profundamente enamorado de ella. Los «viejos» eran mis buenos padres, a los que siempre he adorado. Cristino es mi único hermano, mayor que yo y con el que nunca he dejado de estar unido por un verdadero sentimiento de hermandad.
No es preciso añadir que mis sentimientos afectivos se hallaban exacerbados hasta el máximo y que toda mi carta, aunque hoy en alguno de sus pasajes me pueda parecer plena de ingenuidad, está impregnada de la pasión comprimida dentro de los muros de la cárcel.
Como al principio de la misma carta digo, ésta fue enviada a casa a través,o por conducto, de cualquiera de los medios de que disponíamos: otro presoque sale en libertad, disimulado escondite en la «cistella» (cesta con que nosentraban la comida de casa), «buenos oficios» de algún guardián o soldado,por lo común pagados, por los que iban a juicio, etc., etc. Escribía algo la mayoría de los días, y cuando se me presentaba oportunidad mandaba lo escritoa casa, pues temía perderlo en los continuos registros que sufríamos nosotros y nuestras cosas.
* * *
Tras esta misiva familiar, comenzando desde su principio, a continuación van las notas de mi «diario», transcritas tal y como en su día las concebí, con un comentario actual, a veces mucho más extenso que la nota, puesto a continuación de ella.
Para una mayor claridad, haré constar que lo entonces escrito, el «diario», irá siempre entrecomillado, y los comentarios posteriores sin indicación alguna, perfectamente separadas una cosa de la otra.
PRIMERA ETAPA
ALICANTE - ALBATERA - ORIHUELA
(29 de marzo a 24 de julio de 1939)
I. ALICANTE
29 de marzo.- Salida de Valencia a las dos de la madrugada. Llegada a Alicante a las diez de la mañana. A las siete de la tarde entrada en el muelle.
* * *
Sólo esa corta nota exclusivamente cronológica, más algún breve relato retrospectivo escrito con posterioridad, conservo de tan memorable día del año 1939. Sin embargo, fue tal la alucinante intensidad de sus horas que hoy, al recordarlas, reviven ante mis ojos todos los hechos que entonces tuvieron lugar, con deslumbrante relieve, tal y como si los estuviera viviendo de nuevo.
Recuerdo perfectamente el 28 de aquel lejano marzo. Fracasadas durante el día todas las gestiones realizadas para salir de España, a las once de la noche marché a Capitanía General, en último y desesperado intento de librarme de caer en manos de los triunfantes ejércitos nacionales. El general Aranguren, de uniforme, aunque sin polainas y calzado con unas cómodas pantuflas, era la estampa viva de una valiente serenidad, quizás un tanto fatalista, en medio del acusado nerviosismo de todos los que llenábamos los amplios salones.
Me encontré allí a un grupo de abogados, todos, como yo, oficiales del Cuerpo Jurídico del Ejército Republicano, venidos de Madrid y de la Zona Central, con quienes pronto quedé ligado por el deseo común de marchar al extranjero.
Aproximadamente a las doce de la noche, hablo con el comandante Carretero, ayudante de Aranguren y antiguo compañero en la Facultad de Derecho. Me expone sinceramente la situación: completa imposibilidad de embarcar en Valencia, pues aunque en este puerto hay tres buques ingleses, sus capitanes se niegan a zarpar; añade que la única probabilidad de salir está en Alicante, donde, a aquellas horas, tiene noticias de que se halla un barco cargando gente, dispuesto a hacerse a la mar, y que todavía no está lleno.
Tras un breve cambio de impresiones con mis camaradas jurídicos, decidimos marchar hacia dicha ciudad y que sea yo quien conduzca el coche que a ellos les ha traído desde Madrid. Nos ponemos enseguida en movimiento. En la plaza de Tetuán tomo posesión de mi puesto al volante de un automóvil en el que es la primera vez que monto y cuyo mecanismo me es por completo desconocido, un Dodge, pesadote y viejo, pero potente, del cual sólo me explican, muy someramente, el funcionamiento del cambio de marchas (el que lo trajo de Madrid se quedaba en Valencia y los otros no sabían conducir).
Sin más, el tiempo no permitía otra cosa, montamos en él y con rapidez de película de «gansters», la vida jugada al virar cada esquina, pasamos por los domicilios de todos, recogiendo los equipajes de cada uno. El último sitio a donde vamos es a mi casa; con la consiguiente emoción, un tanto mitigada por el nerviosismo de la prisa, me despido de todos mis seres queridos, quienes —yo también— en formidable esfuerzo consiguen evitar las inevitables lágrimas.
Cuando ya estamos casi fuera de Valencia, me doy cuenta de que aún hace frío y de que me he dejado el gabán en casa, se lo digo a los otros y acordamos volver a recoger la olvidada prenda. Si antes la velocidad había sido de película, ahora es suicida; tomo las curvas, en plena ciudad, sobre dos ruedas, de nuevo jugándome el tipo, el de todos, en cada cruce de calles, pero, sin novedad llego otra vez a mi domicilio. Una vez allí, recojo el abrigo y en esta nueva despedida, rapidísima, si que veo las lágrimas de mis familiares, a quienes creo no pude ocultar las mías.
Sin otra incidencia, emprendemos, llenos de temor y esperanza, el viaje hacia lo desconocido, dejando atrás todo lo que hasta entonces habíamos sido, todo lo que amábamos, dispuestos a emprender una nueva vida, hasta que las circunstancias nos permitieran volver a nuestra patria.
Vamos seis en el coche, cada uno con su equipaje, el mío y el de los otros por el estilo: una pesada maleta, que yo tenía preparada desde el día anterior para cuando llegara el momento de partir, pues, desde que me convencí de que la guerra la ganaban nuestros enemigos, mi propósito de marchar era irrevocable. Además, atado al coche, en una de sus estriberas, iba un bidón con más de cincuenta litros de gasolina. Total, que la carga del viejo Dodge era casi la de un camión, con el handicap de estar confiado a mis inexpertas manos.
Nada de interés sucede hasta que llegamos a Silla, donde había millares de hombres esperando encontrar cualquier medio de locomoción con el que huir. Fuimos detenidos en el control de carreteras, donde, sólo después de justificar nuestra personalidad, nos permiten continuar. Al reanudar la marcha, noto que el coche ya casi no puede avanzar, sin explicarme la causa hasta ver que un verdadero racimo de hombres está encaramado en los estribos, trasera..., en todo lugar donde había apoyo, de nuestro coche. Imposible seguir con tan enorme peso. Bajamos y, fracasados nuestros razonamientos, hemos de obligarles, pistola en mano, a que nos dejen libres; les hubiéramos permitido venir con nosotros pero era imposible que subiera ni uno más en el coche. Desembarazados de aquel primer obstáculo, proseguimos nuestro correr hacia lo que pensamos será la libertad.
Cuando aún no habíamos terminado de atravesar el mismo Silla, veo que me pasa, a endiablada velocidad, un coche que va escoltado por motoristas del ejército. Mis compañeros han visto de quien se trata, yo no, y entre nosotros se cruza el siguiente diálogo:
– ¿Has visto quien va ahí? —me pregunta uno.
– No —le respondo, sin desviar mi atención del volante.
– Es el general Miaja —dice otro.
– Hay que seguirle —añade un tercero.
– Nos mataremos —observo yo, desconfiando de mi pericia y de las condiciones del sobrecargado Dodge.
– Es igual, aunque nos matemos, ¡síguelo! —termina cualquiera de ellos, sus palabras ratificadas por los gestos y murmullos de todos.
– Como queráis —me limito a contestar, al tiempo que, decidido a satisfacer sus deseos, que también son los míos, aprieto a fondo el acelerador.
Un sencillo razonamiento me hizo comprender que siguiendo al General era posible unir nuestra suerte a la suya, y embarcar si él embarcaba. De otra forma era muy problemático el éxito en la gran aventura emprendida.
Durante algunos kilómetros me mantengo a la zaga del coche que seguimos. No llevaba cuentakilómetros, pero es seguro que sobrepasáramos los cien kilómetros hora.
Le perdemos de vista. Luego nos detenemos para repostar gasolina en un surtidor que vemos dispone de ella, lo hacemos, a pesar de la reserva de los cincuenta litros, al ver se está agotando la del coche y no tener medios para el trasvase de la otra. En mis prisas casi lastimo al conductor de otro automóvil que también estaba repostando; le aprisioné la pierna entre su coche y el mío, afortunadamente sin hacerle daño alguno.
Sin perder ni un segundo, reemprendo la marcha, siempre con el pie calado a fondo en el acelerador, con la vana pretensión de alcanzar al General. Resultado: que tras un recorrido de otros pocos kilómetros, sucede lo que era fácil prever, el cansado Dodge se niega a seguir caminando, sin que se conmueva ante nuestras súplicas, ni haga caso de nuestras amenazas. En realidad yo no entendía de mecánica, no obstante, echo pie a tierra, destapo el motor y toco donde me parece. Al montar de nuevo, compruebo sorprendido que el vetusto cacharro anda, poniéndose en movimiento a mi primer intento. Suben todos y seguimos adelante.
Nuestras ilusiones se desvanecen casi al instante, pues aún no habríamos avanzado quinientos metros, cuando de nuevo nos quedamos parados. Dos o tres veces se repite la misma operación con igual resultado, si bien el recorrido es menor, hasta que, al fin y de forma definitiva, quedamos del todo inmovilizados. Yo soy, y así se lo declaré a los otros, incapaz de reparar la avería.
No nos queda otra solución que la de seguir hacia Alicante por el procedimiento que sea. De Valencia nos debíamos hallar a unos cincuenta kilómetros, pero nadie pensaba en regresar.
En la carretera, un rosario interminable de coches, los unos casi tocando a los otros, sigue la misma ruta que nosotros llevábamos. A todos les hacemos señas de que paren, en los pocos que se detienen no podemos montar por in tan cargados como nosotros íbamos. Un oficial de automovilismo se presta a examinar el motor del averiado Dodge y su dictamen es desolador: tiene, dice, fundidos los platinos, resultando completamente imposible seguir en esas condiciones. Se impone la imperiosa necesidad de encontrar otro medio de locomoción que nos permita continuar.
Fácil de imaginar cual sería nuestro estado de ánimo en aquellos decisivos momentos. Salidos de Valencia confiando en una huída que nos librara de caer en manos de los que creíamos iban a ser, ¡y vaya que lo fueron!, crueles triunfadores, nos veíamos tirados en la carretera, ignorantes de lo que a nuestro alrededor pasaba, ante nosotros el negro panorama de ser hechos prisioneros allí mismo.
Afortunadamente, un camión, ya lleno de trastos y de hombres, accede a llevarnos, a base de que le demos la gasolina que nos quede, bastante pues nuestro depósito adicional está intacto. Aceptamos encantados el trueque y, después de cargar los equipajes, nos encaramamos en la repleta caja del tal camión. El derengado Dodge queda en la cuneta, como uno más de los que en incalculable número van a festonear la línea gris del camino.
Los alborotados nervios se calman un tanto al vernos de nuevo en marcha hacia donde, aún, pensamos puede estar nuestra liberación. Yo voy en la parte trasera, viendo estrecharse ante mis ojos la cinta, en aquel amanecer blanquecina, de la carretera, que semeja correr hacia la amada Valencia.
En un lugar, creo que por las cuestas del Mascarat, me llevó un regular susto. Un grupo de hombres tocados con prendas militares, uno de ellos empuñando un naranjero, aparece de pronto ante mis ojos, sus armas apuntando al camión, hacia mí también, en decidida actitud de disparar. Caso de hacerlo, yo y los que a mi lado estaban, lo hubiéramos pasado bastante mal, pues ofrecíamos magnífico blanco. La cosa no pasó del susto, y las amenazadoras siluetas, ya en pleno día, se desvanecieron al compás de nuestro avance. Luego, los que iban delante me contaron que, pretendiendo intimidarle con sus armas, habían hecho señas a nuestro conductor para que parase, pero que este, en vez de hacerles caso, pisó a fondo el acelerador, atropellándoles casi. ¿Qué harían allí y que pretenderían de nosotros? Probablemente no lo sabré nunca.
El número de vehículos tirados a un lado de la carretera aumenta conforme nos acercamos a Alicante.
También nuestro nerviosismo, renacido tras la breve calma que siguió al momento en que reanudamos la marcha, va «in crescendo», desesperados por la lentitud del avance, no sólo por la poca velocidad del camión, sino al ver que los que lo controlan se detienen con demasiada frecuencia para examinar los coches averiados y apoderarse de la gasolina que queda en sus depósitos, y alguno de ellos creo que, también, de todo lo demás útil o de valor que encuentran. Pasaban las horas, y con cada una se desvanecía parte de la primitiva esperanza de alcanzar el buque de que nos hablara Carretero. Nuestra ansia de llegar a la bella capital mediterránea era por instantes mayor, pues en ello se cifraba la única posibilidad de librarnos del temido cautiverio.
A las diez de la mañana arribábamos al tan deseado puerto. Se habían invertido ocho horas en un viaje que normalmente sólo dura tres o cuatro. El camión, con todos sus otros ocupantes, por su atuendo soldados del disperso ejército republicano, siguió su camino, no sé hacia donde.
El espectáculo que se ofreció a nuestra ávida mirada era inolvidable, yo, al menos, no lo podré olvidar nunca. Por todos lados coches y gentes, hombres y mujeres y hasta chiquillos, en cantidad difícil de calcular que, desorientados pero sin signos de miedo ni en los semblantes ni en los gestos, marchan, después yo también mezclado con ellos, de un lado a otro en la ciudad que todavía era nuestra, mirándolo todo con ojos curiosos, acaso como despidiéndose de la España que creían iban a dejar. Con una mayor concentración de personas en los muelles donde, ya a aquellas horas, se agolpaba una densa muchedumbre, decenas de millares de individuos que aún confiaban en la salvadora partida.
Del barco no quedaba ni rastro. Sí, nos dijeron, había estado allí, pero zarpó al amanecer, aún con plazas vacías que por falta de gente no pudo completar. Después he oído diferentes versiones sobre la suerte del buque y de los que en él iban, no faltando quien dice fue apresado por la marina nacional que, al poco de nuestra llegada, navegaba por aquellas aguas, visible desde la playa.
El aspecto de la ciudad es de fiesta o de tragedia; gente por todas partes en constante movimiento. Yo, como muchos otros, pasé el día yendo de un lugar a otro, lo menos tres viajes de Comandancia Militar al Puerto y viceversa, sin que en sitio alguno pudiera adquirir cualquier creíble información sobre lo que podíamos esperar continuando allí.
En los muelles, la abigarrada multitud que por la mañana los ocupaba se había hecho más y más espesa, apretujándose hasta formar una masa compacta. Las gentes, la mayoría hombres, algunas mujeres, sin que faltasen familias enteras, todos con sus más o menos voluminosos equipajes, lo ocupaban todo. Nosotros ni tan siquiera pudimos encontrar cobijo bajo el techado de uno de los tinglados y, no obstante la pertinaz lluvia que avanzada la tarde comenzó a caer, nos acomodamos, yo y todos los otros que conmigo salieron de Valencia, en un lugar a la intemperie.
Había allí, junto a las personas o en ellas, armas de todas clases, desde la poco menos que inofensiva pistola que todos llevábamos, hasta tanques directamente traídos del frente por sus servidores.
Sumergidos en el agua, en informe montón visible desde el borde del muelle, muchos coches, cuyos ocupantes prefirieron lanzarlos allí, antes de que cayeran en manos de los odiados triunfadores.
Como en la nota al principio transcrita digo, a las siete de la tarde entré en el recinto del muelle, donde, ya prácticamente en cautiverio, iba a gozar de una apariencia de libertad durante unas pocas horas.
* * *
30 de marzo.- Permanecemos durante todo el día en el muelle.
* * *
Al llegar en la tarde anterior, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que se había construido una barricada de sacos terreros, con el objeto de impedir el acceso a los embarcaderos de aquellos que no dispusieran de un pase especial, y todos nosotros, los que salimos de Valencia en el abandonado Dodge, carecíamos de él. Nuestra situación, pues, al igual que la de casi todo el gentío allí estacionado, era precaria; caso de que arribara el problemático barco, unos cuantos, los que estaban al otro lado de la barricada, gozaban de una posición privilegiada, puesto que no se oponía a ellos obstáculo alguno que les cerrara el paso a la salvadora nave. Los demás, creo que todos, si el caso hubiera llegado, estábamos dispuestos a abrirnos camino, como hubiese sido, hasta el barco que, posible es que afortunadamente, no llegó.
Detalle curioso es el producido en el grupo de jurídicos. Deseábamos pasar dicha barricada, guardada por gente armada, pensando diferentes planes para lograrlo. Optamos por destacar a uno de nosotros para que entrara en el espacio acotado y, una vez en él, gestionase el pase especial para todos. Pues bien, fue uno y no volvió, luego enviamos a otro, al que tampoco volvimos a ver; el tercero volvió, si, pero fue porque no le dejaron pasar.
Continuó lloviendo durante toda la noche. Pude resguardarme algo de la lluvia, gracias al gabán que recogí de casa, y mitigué un tanto los efectos de la mojadura arrimándome a las hogueras que, a pesar del agua, ardían en los espacios descubiertos; muy cerca del fuego, me ponía primero de frente y luego de espaldas, secando por un lado la ropa que por el otro seguía mojándose. Ahora bien, en la emoción de las alucinadas horas nada representaba aquella molestia física que, acaso, contribuyera a alejar mi pensamiento de la trágica situación.
Y pasó la noche. Con la sorpresa, al amanecer del día siguiente, de que se había perdido la libertad que disfrutáramos durante la jornada anterior. Un cordón de centinelas, sacado de nuestras propias filas, cerraba el paso hacia la ciudad, que veíamos silenciosa y triste, ya tierra de nadie, puesto que, abandonada por nosotros, aún no había sido ocupada por los fascistas. El cordón de centinelas fue dispuesto por el grupo de hombres que asumió la dirección de la improvisada aglomeración humana.
Aquella mañana comenzó, de hecho, nuestra cautividad. Podíamos, todavía, pasear por la Explanada, pero en su parte que da al mar, limitada por la verja que cierra el puerto, separándolo de la ciudad. No nos apercibimos de la trascendencia del hecho, yo al menos no me apercibí, dado que el día fue pródigo en acontecimientos.
Me referiré tan sólo, de entre los presenciados, a los que mayor impresión dejaron en mí.
En diferentes ocasiones, desde una ventana del edificio donde estaba instalado lo que pudiéramos llamar último puesto de mando del ejercito republicano, distintas personas, para mí desconocidas, se dirigieron a nosotros recomendando calma y serenidad, como machaconamente decían, tratando de mantener, en evitación de mayores males, la general esperanza sobre el que ellos ya debían saber era imposible embarque.
Un pobre hombre, salido de entre el gentío, se subió a un poste de la conducción de energía eléctrica, con el visible propósito de suicidarse. Por fortuna, o desgracia, para él, los cables no conducían fuerza y falló su primer intento de morir. Luego, durante gran rato, estuve contemplando un triste y emocionante espectáculo: los amigos, o los que más cerca estaban, del presunto suicida le instaban desde tierra firme a que bajara, él no les hacía caso, y cuando alguno iniciaba la escalada al poste, con decidido ademán de lanzarse al suelo impedía subieran a salvarle. Los espectadores del improvisado drama temíamos verle caer en cualquier momento; pero, al fin, bajó por su pie de las alturas, confundiéndose entre la gente. Ya de noche, oímos unas voces de socorro que venían del mar: se trataba del mismo hombre, que insistió en su idea suicida, lanzándose en silencio al agua e internándose a nado en la dársena. Se arrepintió cuando estaba apunto de ahogarse. Por esa vez le trajeron vivo a tierra, sin que halla sabido nada más de él.
Al lado mismo de donde yo estaba, un grupo de personas trataba de coger a otro, que, desesperadamente, se resistía a ser asido; manchones rojos ensuciaban el suelo, visibles entre las piernas de los que de modo tan singular luchaban. Al poco, unos cuantos se marcharon con el cuerpo exánime del que hasta el último momento estuvo resistiendo. Si en un principio creí se trataba de un juego o de una riña, enseguida me percaté del gran drama, al ver la sangre que a borbotones había manado del cuello del que contra todos los otros peleaba. Después me enteré del principio de la tragedia, por mí no visto: aquel hombre, el que no quería que le cogieran, acababa de seccionarse la yugular con una navaja barbera, y luchaba por la muerte. Consiguió su objetivo.
No muy lejos de mí, percibí el estampido, casi simultáneo, de dos disparos de pistola. Vi luego como se llevaban a dos hombres de uniforme. Se trataba de unos oficiales de nuestro derrotado ejército que, con formidable sangre fría, en presencia de todos, se dieron un abrazo de despedida y, antes de que nadie pudiera impedirlo, dispararon el uno contra el otro. No se la suerte definitiva de aquellos, desgraciados o héroes, hombres. Los que estaban a su lado dicen que se los llevaron muertos.
Lo que he relatado sucedió en un reducidísimo espacio de terreno. Del resto del amplio recinto se cuentan historia de igual signo, que yo me abstengo de reproducir, aún creyéndolas, porque con lo dicho, rigurosamente cierto, basta para tener una idea de la intensidad de tales momentos.
Así pasaban las horas, después de cada uno de sus minutos, alejando de nosotros, cada vez más, la esperanza de embarcar. Pero, hubo una ocasión en que nos creímos salvados: por entre nuestra gente, dirigiéndose al improvisado puesto de mando, circularon diversos individuos, venidos de la calle y llevando brazaletes con banderas de países extranjeros. Se dijo, al verlos, que los muelles habían sido declarados zona internacional, y que en ellos podríamos permanecer todo el tiempo que hiciera falta, hasta salir de España. Creímos la noticia —bulo—, hubiéramos creído cualquier otra cosa que mantuviera nuestra ilusión, aunque hubiera sido más descabellada.
A todo esto, la ciudad, hasta entonces triste y silenciosa, comenzaba a tener vida. Vimos la llegada de algunos camiones llenos de gente, enarbolando banderas falangistas o nacionales, que pasaban y repasaban por las desiertas calles, siendo muy contadas las personas que salían a recibir a los eufóricos ocupantes de los camiones.
Muchos de los nuestros, perdida toda esperanza de huir, arrojaban sus equipajes al mar. Yo conservé siempre el mío que, con las mermas habidas en mi peregrinaje, volvió al fin a casa.
* * *
31 de marzo.- cuatro tarde, salida del muelle y presentación en el Paseo de los Mártires. Después marcha al Campo de los Almendros.
* * *
Si los días anteriores fueron pródigos en acontecimientos emotivos, los que siguieron no quedan a la zaga de aquellos.
Al desvanecerse el bulo referente a la supuesta declaración de zona internacional, desapareció casi toda idea de salvación, además, en contra del bulo, circuló la noticia, ahora cierta, de que buques de la escuadra enemiga estaban patrullando por las aguas inmediatas al puerto, impidiendo la entrada al mismo de cualquier embarcación.
Alrededor del mediodía de esta jornada llegó el inevitable fin de tan anómala situación. Desde la misma ventana que otras veces hiciera de tribuna pública, por uno de los nuestros se nos advirtió era poco menos que imposible embarcar, por tanto, nos aconsejaron «a los que no tuviéramos las manos manchadas de sangre» (la misma traidora frasecita de Franco) que nos presentáramos a las autoridades nacionales. Aseguraron que «no nos pasaría nada».
Los momentos fueron de gran confusión. Unos a otros nos consultábamos, inquiriendo sobre lo que cada cual pensaba hacer.
¿Tú que haces?
Y tú, ¿qué haces?
¿Qué crees que debemos hacer? Las opiniones eran dispares, todos poseídos de gran incertidumbre, sin saber como obrar. Para complicar más la cuestión, los del partido comunista lanzaron la consigna de que se trataba de un engaño, por lo cual debíamos quedarnos y, si era preciso, vender caras nuestras vidas, que, de todas formas, estaban perdidas.
Se impuso, creo, el buen criterio y la mayoría, resignados al triste destino, nos presentamos al ejército italiano que aquella misma mañana había ocupado la ciudad.
El cautiverio, desde el amanecer de aquel día, era efectivo, pues más allá del primitivo cordón de guardias montado por nosotros, a escasos metros de ellos, los nacionales habían establecido otra línea de soldados, que nos cerraba definitivamente cualquier salida de aquella ratonera, en la que, aunque es difícil calcular su número, supongo quedaríamos encerrados más de cincuenta mil personas.
Fui, pues, uno más en el numerosísimo grupo de los que nos presentamos a las autoridades militares fascistas. Tras un ligero cacheo, nos concentraron en la Explanada, desde donde, en larga caravana, íbamos en dos filas de a uno, emprendimos el camino hacia el Campo de los Almendros, primera etapa de mi vida de presidiario.
Un ambiente de desolada tristeza reinaba en toda la parte de Alicante por donde pasó la caravana de presos. Calles desiertas, sin nadie en ellas ni en los balcones, con sólo alguna valiente mujer que, a la puerta de sus casas, nos daba a beber un sorbo de agua.
Yo, cargado con la pesada maleta, tuve la suerte de que nadie —me refiero a los soldados de la escolta— se metiera conmigo. Luego me contaron que muchos de mis compañeros habían sido inicuamente expoliados. Los soldaditos de la escolta, por cierto que españoles, amenazándoles con sus fusiles, les habían obligado a entregarles, «por las buenas», todo lo que de valor llevaban a la vista: relojes, botas, sortijas, la cazadora...
Tras larga caminata, arribamos al Campo de los Almendros, sito en las afueras de la ciudad y así llamado por tratarse de unas tierras de labor dedicadas al cultivo de ese árbol.
Antes, apenas salidos del Puerto, oímos un nutrido tiroteo que de los muelles venía. Pensamos, yo y los que cerca de mí estaban: «ya se están cargando a los desgraciados que allí quedaron». Por fortuna no fue así, pues a la mañana siguiente se unieron a nosotros, explicando el motivo de los disparos, hechos, según contaron, contra unos que intentaban escapar. Desde luego el miedo que pasaron fue más que regular.
El campo de concentración, Los Almendros, estaba bajo la jurisdicción de las fuerzas italianas. Con cierto sonrojo, puesto que yo, a pesar de todo, también soy español, debo decir que el trato que, mientras estuvimos en contacto con ellos, nos dieron los súbditos de Musolini fue correcto, hasta afable, en contraste con el que recibimos después de nuestros compatriotas. Aquellos hombres, odiosos por su carácter de invasores de la martirizada España, fueron amables, buscaban nuestra compañía y les agradaba conversar con nosotros; conocían el nombre de nuestras divisiones más destacadas y no se recataban en elogiarlas. Además, nos hablaban pestes de las fuerzas nacionales, por ejemplo, trataban de justificar el desastre de Guadalajara, diciendo que las divisiones falangistas que cubrían sus flancos les dejaron por completo al descubierto, por lo que no hubo otra salvación que la de llevar a cabo lo que había sido una vergonzosa huída, a la que ellos llamaban retirada estratégica.
En el dicho Campo había tierra y árboles, nada más. Sin embargo, en tan cómodo alojamiento, bien arrebujado en el gabán, dormí como un leño. El despertar, todavía entre las dos luces del amanecer estuvo pleno de emoción: una «ensalada» de tiros cortando el pesado sueño. Mi sobresalto se hace mayor al ver, apenas despierto, correr a la gente presa de pánico, algunos echados de bruces en el suelo queriendo resguardarse del imaginario enemigo que sobre nosotros disparaba. Mentiría si dijese que yo no me contagié del miedo general, y que, al creer llegada mi última hora, no deje de buscar refugio contra los tiros reales que oía, corridos, como la pólvora a todos los puestos que rodeaban el Campo. Contaron luego que los centinelas dispararon contra unas sombras, que creyeron hombres en fuga. Que yo sepa no hubo baja alguna.
Al segundo día de nuestra estancia nos dieron algo de comer: un poco de pan y un bote de conserva, todo de la intendencia italiana, pues las autoridades españolas nada dispusieron para los vacíos estómagos. La comida fue igual durante los pocos días que allí permanecimos. Cada uno, salvo los que optaron por utilizar los dedos, tuvo que improvisar un cubierto con el que llevar a la boca aquella escasa comida; yo hice una tosca cuchara de madera, que conservaba como recuerdo de aquellos días.
Para las noches siguientes —no sabíamos cuantas— tratamos de hacer más «confortable» el alojamiento. A tal efecto, como buenamente se pudo, muchos solo que con las manos, hicimos hoyos en el suelo, donde, algo resguardados del viento,poder dormir. En el «extrarradio» del terreno destinado a dormitorios y living, se habilitó como letrina un espacio acotado, también al aire libre, donde los hombres, en cuclillas, culos al viento, hacían sus necesidades; en un lugar apartado de aquel, creo hubo otros «servicios» para las señoras. ¡Buena cosecha darían las bien fertilizadas tierras!
Los extranjeros, italianos, aparte de su afable trato, permitieron, a los pocos que recibieron visitas, comunicar con los familiares o amigos que allí se atrevían a llegar; también nos dejaron escribir a casa, aunque la carta que yo mandé no llegó a su destino.
II. ALBATERA
4 de abril.-Amediodía salida haciaAlbatera, donde se llega al atardecer. Nada más llegar, selección de jefes y oficiales y quedar en el Campo.
* * *
¡Inolvidables jornadas!
Nos dejábamos atrás el celebre, en nuestro recuerdo, Campo de los Almendros. E iban a comenzar otros alucinantes días, aún si cabe, y si que cabe, más cargados de emoción que los pasados.
La primera de las intensas impresiones la recibimos en el tren que nos conducía a Albatera. Era un convoy especialmente dedicado a nosotros, todas sus salidas guardadas por centinelas armados. Pues bien, las lágrimas saltaron a los ojos de la mayoría de nosotros, al ver el valor de muchas gentes con las que nos cruzamos, incluidas las mujeres, quienes desafiando la ira de los guardianes —alguno llegó a apuntarles con su fusil— nos saludaban con el puño en alto, sin duda que también sus ojos enrojecidos por el llanto.
Al salir de Los Almendros no teníamos la menor idea de cual era nuestro destino. Fue Albatera, el que había de ser famoso campo de concentración.
El tren se detuvo en medio de lo que parecía un oasis del desierto africano: dunas de arena sembradas de palmerales. Bonito paisaje, en el que no tuvimos tiempo de fijar nuestra atención. Ya bajados del tren, tras un corto paseo por el arenoso suelo, penetramos en un recinto acotado por alambradas, con unos pabellones de madera en su centro y alguna edificación a los lados. Era el Campo de Concentración de Albatera, ya utilizado para igual fin durante la guerra, en el cual, ahora, se habían invertido los papeles, pues los antes allí recluidos pasaban a ser nuestros guardianes.
A su llegada, nuestra expedición, primera que de los vencidos arribaba a tal lugar, quedó formada en dos grandes columnas, una a cada lado del recinto acotado.
Apenas habíamos dejado nuestros bultos, yo la pesada maleta, en el suelo, un capitán del ejército triunfador se dirigió a nosotros, diciendo sólo:
– Los que hayan sido oficiales o comisarios en el Ejército Rojo que den un paso al frente.A mi lado estaba el que con el tiempo había de ser excelente amigo y compañero, Mario, capitán de artillería.No sabíamos que partido tomar.
Aquí uno, otro más allá, otro y otro... De nuestras filas comienzan a salir hombres que decididos en su paso al frente, responden al llamamiento del oficial fascista.
Mario y yo nos miramos.
– ¿Qué hacemos?, dice uno
– La verdad, quizás sea lo mejor, contesta el otro
Y, sin más consideraciones, los dos al unísono damos, también, el paso fatal.
¡Lejos estábamos de suponer lo que aquello podía haber significado!
En la vida he hecho muchas tonterías y me he equivocado incontables veces, pero nunca como entonces.
Desde el momento en que creí que la guerra estaba perdida, me formé el decidido propósito de marchar al extranjero, para evitar caer en manos de los vencedores, de quienes, por lo que sabía de ellos, pensaba iban a ser extremadamente crueles. Recuerdo que mi padre y mi hermano, conocedores ambos de mi limpia actuación antes de la guerra y en la guerra misma, me decían:
– Para que vas a marchar, si a ti no te puede pasar nada.
– Sí que me puede pasar: me voy —les contestaba.
– Recuerda que Franco ha dicho...
– ... Lo de las «manos manchadas de sangre», ¿No? —les interrumpí.
– Eso mismo: lo ha prometido y no puede faltar a su palabra.
– Sois tontos, y os habéis olvidado de lo que ha pasado en la zona nacional, donde han sido asesinados miles y miles de personas, sólo por el hecho de ser de izquierdas, o de no estar con ellos, la mayoría cazada en sus casas, antes de haber tenido tiempo de hacer nada —les replicaba.
– No es lo mismo, ahora ha terminado la guerra —insistían ellos.
– ¿Y qué? Seguirán obrando igual, persiguiendo con saña a todos los que pensamos de distinta forma que ellos; además, si me quieren matar, podrán acusarme impunemente de todo lo que les acomode. Pero, aunque no fuera así, no quiero ser un «cipayo» a sus órdenes.
* * *
Y ahora, yo que nunca me fié de tal promesa, que cría era, y fue, falsa, en Albatera no sospeché del traicionero llamamiento de un militar fascista, y me dejé cazar, como todos los que dimos el paso al frente, en la trampa que nos tendió.
Pronto nos dimos cuenta de la enormidad de nuestra acción. Al ver de la forma como engrosábamos en número, el tal capitán se echó las manos a la cabeza, acaso asustado, o impresionado, por la iniquidad de lo que pensaba realizar
Al percibir su gesto, comprendimos el peligro en que inconscientemente nos habíamos metido.
A todos los que dimos el fatídico paso, se nos hizo formar en fila de a dos y, sin ninguna explicación, se nos llevó al centro del campo, enfrentando directamente con dos ametralladoras emplazadas en la puerta del recinto que, con sus servidores dispuestos, apuntaban hacia nosotros.
Creí, lo creímos todos, llegado el último momento. Esperaba, todos esperábamos, oír el siniestro ¡tac!...¡tac!...¡tac!... de las máquinas y ver como los hombres de nuestra columna, cerca de doscientos, comenzaban a caer segados por el mortífero fuego.
Hoy, a través de los años desde entonces pasados, recuerdo aquello como algo de pesadilla. Me parece poco menos que incomprensible que nuestro grupo de hombres, muchos de ellos con valor acreditado en los frentes de combate, hubiéramos podido estar allí, quietos, casi seguros de que íbamos a morir, esperando la muerte sin hacer nada por evitarla. Pero, ¿qué podíamos hacer?
Así, en tan angustiosa situación, permanecimos un tiempo que nunca he podido precisar, pudiera ser de minutos o de horas; de cualquier forma, algo horrible. Todos, yo, llenos de vida, la mayoría en plena juventud, esperando una alevosa muerte. No se tampoco lo que pensé en ese tiempo, en el supuesto de que pensara algo.
No llegó la muerte. Al oficial le vimos desaparecer de nuestra presencia, luego ir de un lado a otro, nervioso, desorientado.
¿Qué pudo suceder en esos minutos u horas? Supusimos que aquel hombre, decidido a asesinarnos, posiblemente con órdenes de hacerlo, se impresionó ante nuestro número y, bien por iniciativa propia o tras consultar con sus superiores, decidió aplazar la prevista ejecución. Lo cierto es que, ya con reforzada escolta, se nos llevó a una dependencia del Campo, el llamado «Cuarto oficinas», donde quedamos completamente aislados del resto de los compañeros del cautiverio. De momento habíamos salvado la vida, aunque quedaba abierta la gran interrogante acerca de lo que iba a ser de nosotros, sin otra alternativa que la de aceptar, ¿qué remedio? La suerte que el porvenir nos reservara.
Durante una hora, seguro que no llegaría a hora y media, estuvimos encerrados en tal dependencia. Después llegaron unos señores... (cada uno puede poner, en lugar de los puntos suspensivos, el calificativo que estime mejor cuadre), con sendos banderines en el brazo, uno de los nuevos colores nacionales, el otro de los colores de la «Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista» (así, nada menos, se llamaba el flamante partido triunfador), acompañados de unos soldaditos, gallegos sin duda —y que perdonen los gallegos— que procedieron a realizar un concienzudo cacheo, de todos los de nuestro malventurado grupo.
Nos hacían salir del «Cuarto de oficinas» uno a uno.
– Tú, todo lo de valor que lleves, dilo, sino te fusilamos en el acto —mandaba el abanderinado de turno.
Y uno, atemorizado, decía todo lo de valor... que llevaba a la vista.
Yo entregué a tales ladrones, sí, además de todo lo otro, eran unos se
ñores ladrones, casi todas las joyas y cosas de algún valor que llevaba, o visibles y encontrables.
– Y esto, ¿dónde lo has robado? —me preguntaba el hijo de... Satanás.
Se trataba de un reloj extraplano de bolsillo, marca Watchman, con tres tapas, todo de oro, que había pertenecido a mi tío Vicente.
– Sois unos cochinos ladrones —añadía el «caballero» falangista, mientras que, primero el reloj, después un anillo regalo de mi esposa, luego los pendientes de ella y dos monedas de oro que al marchar me dieron mis padres, hasta que al final todo lo valioso que tenía y que pudo encontrar, lo iba echando, sin más, en una manta sostenida por dos soldaditos, ya repleta de objetos preciosos logrados de la misma forma.
Los insultos de tal canalla —otro calificativo para poner a continuación del anterior «señores»— continuaron durante todo el tiempo que duró la vergonzosa, para ellos, expoliación. Sólo amainó un poco al tropezarse con mi título de licenciado en derecho.
– ¿Esto de quién es? —preguntó, al hallarlo en mi maleta, que registró a fondo.
– Mío —me limité a responderle.
– ¿Tú eres abogado? —siguió inquiriendo, sin duda un tanto sorprendido de que un «rojo» pudiera ser tal cosa.
– Sí —afirmé. Cogió el título y, después de leerlo, lo arrojó también a la manta que sostenían los soldaditos.
El hombre se quedó, además de lo citado, con mi pluma estilográfica, una primorosa maquinilla de afeitar regalo de mi padre, incluso con un par de zapatos y varias camisas. De lo que llevaba en la maleta, antes repleta, sólo dejó un traje en mal estado y alguna ropa interior. Para hacer más cruel el sarcasmo de la escena, cuando llegó a unos botes de leche condensada que mi buena madre metió en el equipaje, para prevenir posibles contingencias en lo que hubiera podido ser accidentado viaje, el cínico falangista dijo, tirándolos también e la manta:
– Esto no lo necesitas para nada. No somos como vosotros, que nos matabais de hambre.
¡El muy bandido! Ellos asesinaban a tiros y así pensaban matarnos.Ysi yo y los otros no morimos de hambre durante el cautiverio —muchos sí que murieron— fue gracias a la comida que recibíamos de nuestras casas.
Me amenazó también con el fusilamiento inmediato si no le daba todo lo demás de valor que pudiera tener escondido. No obstante el miedo, sí, ¡miedo!, ¿por qué no he de decirlo si lo sentía?, tuve el valor suficiente para aguantármelo y nada revelar. De esa forma pude salvar otras dos monedas de oro que mi familia, más previsora que yo, escondió entre la ropa que llevaba puesta.
Todos los de nuestro grupo fuimos cacheados y robados de igual manera, después de lo cual, otra vez en completo aislamiento y bajo reforzada guardia, quedamos recluidos en el «Cuarto oficinas». Luego de haber sido tan brutalmente expoliados, hecha desaparecer la documentación personal de todos, ya nadie dudaba de cual iba a ser nuestro destino.
Y la noche, esa y todas las noches que allí pasamos, fue terrible. Esperando en todos sus minutos que vinieran a por nosotros y que, cual perros sarnosos, nos mataran en cualquier encrucijada de los caminos que allí conducían. Todo horrible y cierto. Aunque no nos mataran.
Hoy echo de menos cualquier nota donde constaran mis pensamientos de entonces, pues mi recuerdo sobre tal punto es confuso. Sé que a pesar de sabernos condenados a morir, nos seguían preocupando los problemas de la vida diaria: la comida, el frío y el calor, el dormir. Y comíamos y dormíamos. Conservo todavía un cuaderno, con hojas de papel cuadriculado, en las que constan los resultados de las partidas en el infantil juego de «los barquitos», que Mario y yo emprendíamos durante las horas del día. Estaba, ¿cómo no?, continuamente ante nosotros la idea de la muerte, de nuestra muerte, sin embargo fue admirable la serenidad de todos, pues no se dio ni un solo caso de histerismo.
7 de abril.-Por dificultades lógicas, pasamos treinta y seis horas sin comer.
* * *
«Dificultades lógicas» que se repitieron durante todos los días que allí permanecimos. Nos daban de comer un día si otro no, pero ¡qué comida! Un «chusco» para cinco y una pequeña lata de sardinas para dos.
Aunque más adelante lo repita, diré ahora el porque de tan escuetas notas como las hasta aquí escritas.
En primer lugar, no tenía aún conciencia de que estaba escribiendo «mi diario», sus primeras páginas. Creo que lo hacía por el deseo, sin más miras, que el de dejar constancia cronológica de unos sucesos que pensaba eran de inusitada trascendencia, no ya en mi vida, que eso poco hubiera significado, sino para la pobre España que, cuando creía comenzar a respirar el aire puro de la libertad, veía cortadas sus alas y muertas sus ilusiones por la traicionera conjura de quienes siempre la habían traicionado: las oscuras y tenebrosas fuerzas de la caverna, que, bajo el pretexto de unas doctrinas en las que ellos no creían, defendían pura y simplemente unos absurdos privilegios de clase, del dinero, de las armas...
Pero no es eso sólo. Fui también obtusamente parco en mis palabras por miedo. Aún en las terribles horas en que la muerte rondaba a nuestro alrededor, nunca dejé de sentir una instintiva resistencia a la idea de morir, con la siempre renovada esperanza de seguir viviendo. Y yo, humano al fin, pensaba que si era más explícito en mis notas, si en ellas dejaba asomar la verdad terrible de los hechos o de mis pensamientos, caso de que cayeran en poder de los carceleros, eso iba a agravar más mi ya gravísima situación.
Además, confiaba en que las breves referencias, si lograba sobrevivir a la terrible crisis, traerían a mi recuerdo todo lo fundamental entonces sucedido. Así afortunadamente ha sido, y ahora, al leer aquellas notas, desfilan ante mí, con diáfana nitidez, los hechos que las motivaron. Me he visto, y me veo aún cuando vuelvo a ello, en el Dodge, camino de Alicante, llorando al ver a aquellos hombres y mujeres saludándonos con el puño en alto, en el «cuarto oficinas»...
Y así, ahora, con peligro todavía, pero sin miedo, puedo escribir lo que estoy viendo, lo que entonces sucedió, y decir lo que siento, que es igual a lo que entonces pensara, aunque mi mente esté más serena.
Mas, volviendo al relato, diré que es posible que nuestros verdugos tuvieran razón ¿Para qué necesitaban comer unos hombres que iban a morir?
El convencimiento de una muerte próxima se vio acrecentado por el encierro, en el cuarto donde estábamos alojados, de unos cuantos individuos más. En cuanto llegaban, les rodeábamos ansiosos.
– ¿Por qué te han traído aquí? —preguntaba uno cualquiera de nosotros.
– Un hijo de la gran puta me ha denunciado —contestaban, casi siempre en parecida respuesta.
– ¿De qué? —seguíamos preguntando.
– De que he matado durante la guerra a...
No había más que saber. Con verdad o con mentira, eso ellos lo sabrían, aquellos hombres venían a nuestro lado bajo la grave acusación de haber cometido delitos de sangre. O sea que, junto a nosotros, todos oficiales o comisarios del Ejército Republicano, traían a presuntos criminales, al menos a personas acusadas de serlo. No es de extrañar, pues, que nos reafirmáramos en la terrible conclusión tantas veces repetida, sobre todo recordando la frase de Franco.
Además contrastando con la relativa libertad de que los otros cautivos tenían, quienes podían circular por todo el recinto del Campo, la vigilancia cerca de nosotros era de un extremado rigor. En la puerta del célebre Cuarto, de gruesos barrotes de hierro, se hizo constante, día y noche, la presencia de una guardia armada, que no dejaba se acercara nadie allí. Para satisfacer nuestras más perentorias necesidades, ir a los puercos retretes del Campo, teníamos que hacer cola tras los barrotes, y en ella, esperar pacientemente que vinieran, a por los afortunados a quienes alcanzaba el turno, ocho o diez de los soldaditos gallegos, quienes, cual si fuéramos peligrosos criminales o apestados, nos mantenían alejados de los demás prisioneros, sin permitirnos hablar con ellos, y sin perdernos de vista ni un solo instante.
Total que, contemplados desde nuestro alojamiento, una jaula por el detalle de los barrotes, los otros presos nos parecían casi libres. Ellos apenas se atrevían a mirar hacia nosotros y al hacerlo, siempre cuando no eran vistos por los guardianes, nos parecía adivinar en sus ojos lástima y miedo.
Diré algo, antes no lo he dicho, del «cuarto oficinas». Era una reducida habitación de obra, primitivamente destinada a oficinas y de ahí su nombre, en la que, si bien de pie y algunos sentados, cabíamos los allí metidos, cuando por la noche nos tendíamos a dormir, en el suelo claro está, ya no había espacio suficiente para todos, que quedábamos materialmente amontonados. Yo utilizaba como almohada la casi vacía maleta y dormía con las piernas de otros dos o tres, unas arriba y otras debajo entrelazadas con las mías. Total, unas condiciones infrahumanas, en las que, dada nuestra preocupación por la muerte, casi no reparábamos.
Detalle que puede completar la visión de nuestra vida, es el del agua. En el cuarto no la había de ninguna clase y los guardianes, en alarde de graciosa generosidad, nos hacía llegar cada día un botijo lleno del precioso líquido. No hubo otro remedio, para que todos pudiéramos beber, que organizar —nosotros— rigurosos turnos. De cada botijo se responsabilizaba uno de los presos, controlando el tiempo que cada uno bebía con rigurosa exactitud. Todos pasábamos sed, no obstante nunca se suscitó cuestión alguna en la distribución del agua, que todos respetaban con admirable espíritu de camaradería o solidaridad. No hace falta decir que ni una sola gota de líquido se dilapidaba en necesidades «superfluas», como por ejemplo lavarse.
Transcurridos unos días, comenzaron a llegar al Campo y hasta nosotros, alegres y simpáticos visitantes fascistas o falangistas. Eran, si cabe, más crueles y canallas que los canallas y crueles carceleros.
Sin duda, el espectáculo fuerte deAlbatera éramos nosotros. Los visitantes llegaban plenos de curiosidad, a los barrotes de nuestra jaula; algunos, los menos, se limitaban a mirarnos como a bichos raros pero la mayoría de ellos se complacía en llenarnos de insultos, en ocasiones de los más soeces, que, ¡valientes ellos!, osaban lanzar a través de la reja que de nosotros les separaba, protegidos, además, por los fusiles de los centinelas y por nuestro miedo. Eran frecuentes escenas de este tipo:
– ¡Tú!, ven aquí —decía el visitante de turno, en ocasiones, muchas, un «caballero» oficial o jefe del gloriosos ejército.
El llamado, cualquiera de nosotros, sin otra alternativa que la de ir, se aproximaba a la reja donde el otro le seguía diciendo:
– ¿Qué has sido en la guerra?... ¿Comandante, no?... y antes que eras, ¿limpiabotas? —a lo mejor el «caballero» estaba hablando con un ingeniero, maestro, médico o un abogado, que de todo había en nuestro grupo.
El ingeniero, maestro, etc., o el limpiabotas que también es posible que hubiera alguno que lo fuera, seguro que más hombre, en todo el buen sentido de la palabra, que el interrogante, nada contestaba, con lo que el otro seguía, a veces entre las estúpidas risotadas de sus acompañantes.
– ¡Valiente canalla!... —continuando con un variado repertorio de palabrotas, denigrantes para quien las decía, no para el que tenía que escucharlas a la fuerza.
Yo, afortunadamente, nunca fui llamado a la reja, por lo que en mis consideraciones sobre estos repugnantes hechos no hay nada de resentimiento personal directo, aunque sí que sentía en mí los insultos que a los otros, extensivos a todos, les dirigían.
El número clown en estas visitas era el hijo del lider socialista Largo Caballero, quien, como un animal de rara especie, más aún que todos los demás, era mostrado a los visitantes, cuando estos venían a verlo. Largo se «alojaba» en el ladrillo continuo al que yo ocupaba, por tanto yo participaba de su enorme «éxito».
Una de las noches de estancia allí, nos vimos sorprendidos por un nutrido tiroteo. A la enfermería, situada al lado de nuestro «cuarto», fueron traidos numerosos heridos. Nos enteramos, luego, que los tiros fueron motivados por el intento de fuga de algunos de los prisioneros. Lo criminal del suceso estuvo en que los guardianes no se limitaron a disparar sobre los que intentaban huir, sino que se hizo fuego concentrado, desde todos los puestos que rodeaban al Campo, sobre los que en su interior dormían ajenos a todo. Hubo bastantes muertos. Después he tenido conocimiento de que en el mismo lugar, los asesinatos alevosos, similares a ese, o más crueles aún, fueron numerosos. ¡Los soldaditos gallegos!
Y repito lo de gallegos sin menosprecio para los nacidos en tan bella región.
Antes he hablado de que, estrechamente vigilados, nos llevaban a los retretes del Campo. Añadiré que se nos hacía salir en grupos de cinco o seis, muy espaciados en el tiempo, por lo que cada día los más que iban a hacer sus necesidades eran unos cuarenta o cincuenta. Para orinar habíamos habilitado un bote, que cada vez se vaciaba en un rincón del cuarto; pero «lo otro» —de nuevo el admirable espíritu de auto control— no queríamos hacerlo en el reducido alojamiento, puesto que, de otro modo, se habrían agravado las ínfimas condiciones higiénicas de que disfrutábamos. Nuestra determinación era vana, pues, consecuencia quizás de la clase especial de los alimentos que ingeríamos y de su escasez, ni aún los que salían custodiados y luego exhibían sus «vergüenzas» ante la vigilante mirada de los guardianes, podían evacuar una necesidad ficticiamente sentida. Hubo entre nosotros una epidemia general de estreñimiento, que sólo al cabo de muchos días logramos corregir.
Desde luego que los guardianes eran crueles, lo que no obsta para que también fueran imbéciles. Muchos de los prisioneros recobraron la libertad y salvaron la vida gracias a esa imbecilidad. Un buen día, por los altavoces del Campo oímos unas voces diciendo:
– Que se presenten al oficial de guardia todos los que hayan sido soldados en el ejercito rojo, pertenecientes a la quinta del año 1936.
Atendieron el llamamiento muchos, que fueron interrogados por el oficial, quien, si estimaba satisfactorias las respuestas y le «caía» simpático el interrogado, ordenaba su libertad, dándole un pasaporte para el que dijera ser su pueblo.
Al día siguiente llamaban a los soldados de otra quinta, haciendo lo mismo. Pues bien, personas a quienes con gusto hubieran fusilado, incluso algún lider izquierdista, recobraron la libertad presentándose a esos llamamientos, con la particularidad de que, rechazados un día volvían a presentarse al siguiente, ante distinto oficial que, en ocasiones les dejó pasar. Muchos, ya libres, tuvieron la suficiente inteligencia, o picardía, para ocultarse en lugar de ir a los sitios señalados en el pasaporte. Hubo también ingenuos que marcharon a su pueblo, siendo inmediatamente detenidos en él.
Entre las personas amigas o conocidas que estuvieron en Albatera, recuerdo al doctor Peset, a Valldecabres, a Cerezo, a Molina...
Recapitulando mis experiencias directas y las contadas por compañeros de cautiverio en Albatera, habría materia para llenar uno o varios volúmenes de muchas páginas. Pero, puesto que, a ser posible, quiero terminar mi trabajo sin fatigar demasiado a quien lo lea, pongo punto final a este tema y sigo con base en otra breve anotación.
III. ORIHUELA
15 de abril.- A las cuatro de la tarde salida de Albatera; una hora después llegada a Orihuela. Quedar, ya por la noche, en el dormitorio número 3, junto a 180 más.
* * *
Once días habíamos estado allí. Probablemente las más emocionantes jornadas de mi vida; con la experiencia formidable del condenado a muerte que espera cada noche sea la última. Algo que nunca se puede olvidar.
Cuando nos avisaron de la inmediata marcha, aún a pesar de no saber nuestro destino, sentimos gran alegría. Aunque hubiera sido para matarnos nos habría alegrado, pues terminaba el gran suplicio. Claro que no pensábamos en eso; era medio día y ellos, a tales horas, no acostumbraban matar.
Bajo fuerte escolta salimos del Campo; nos montan en unos camiones que esperaban en la puerta. Volvemos a respirar el aire libre, sintiendo sobre nosotros los tonificantes rayos de un hermoso sol de primavera.
En el camino, quizás la noticia dicha por alguno de los guardias, sabemos de nuestro destino, es Orihuela, otro pueblo alicantino lindando con la provincia de Murcia. Después de atravesar el poblado, los coches se detienen al pie de la cuesta que conduce al Seminario. Echamos pie a tierra, yo con la inseparable maleta en la que llevaba alguna cosa de Mario, y formados, como siempre en fila de a dos, emprendemos la caminata hacia la nueva prisión.
Sobre todo se gravaron en mí dos de los hechos sucedidos aquella tarde.
Mi agotamiento en la subida de la pendiente que termina en el Seminario, tan grande que, cuando estaba a punto de caer desvanecido, vino Mario en mi ayuda y me libró del porrazo. Había marchado, durante toda la larga y empinada cuesta, portando la maleta, teniendo que seguir el ligero paso de los soldados que nos conducían, sintiendo, hacia su final, como mis fuerzas flaqueaban hasta desfallecer.
El otro hecho que aún hoy, en la estampa del recuerdo, puedo ver con igual extrañeza y asombro que entonces, se refiere a los soldados de la guardia exterior de la prisión, seis u ocho de ellos formados en su puerta principal, quienes, en el momento de romper filas, llevándose las manos extendidas al pecho, en lo que pretendían fuese enérgico ademán marcial, dijeron, si no precisamente de forma simultánea, si que a voz en grito:
– ¡Fran... —al subir el brazo, y
– ¡Co... —al bajarlo.
Fue algo tan ridículo, al menos para mí que era la primera vez que lo veía y oía, que, no obstante el cansancio y todo lo que nos conturbaba, me dieron ganas de reír a carcajadas, sin que pudiera dejar de sonreír.
Sin otras novedades, penetramos en la nueva cárcel, se puede decir que hasta contentos. Habían terminado, de momento aunque pensáramos que para siempre, los días de horrible pesadilla e, ignorantes aún de quienes eran realmente los bárbaros triunfadores, no nos preocupaba demasiado el porvenir. ¡Éramos jóvenes, ansiosos de vida, y en ella creíamos!.
* * *
16 de abril.- Primera comida en Orihuela. Gran alegría por mejora que supone en relación con anterior.
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En mi comentario a la nota precedente ya he indicado algo sobre ello. Veníamos de una profunda sima, el salto, al ver un tenue rayo de luz, fue, pues, formidable. Después de veinte días de casi no comer, probábamos algo caliente, todo lo escaso y mal guisado que se quiera, pero que nos pareció excelente: el estómago recobraba su indubitada preferencia como motor de los impulsos humanos.
Lo que fue mi vida en Orihuela durante los cuatro meses que allí pasé, puede verse en las notas que siguen, todas tomadas sobre el terreno.
17-20 de abril.- Compramos ocho naranjas por una peseta; se cambia una cartera de cuero por un chusco y una naranja, también una boina por ocho naranjas. Hacemos la ficha procesal. Se termina el estreñimiento terrible producido por el régimen de Albatera, no sin grandes esfuerzos y teniendo que recurrir a procedimientos mecánicos. Es aumentada la ración de pan hasta un chusco para tres; hay frecuentes reenganches y nuestra mayor preocupación es la comida. Dormimos tres en dos colchonetas, como es natural, mal.
No cesa un momento mi preocupación por la falta de noticias de casa. Es terrible no saber si ya soy padre y no tener noticias de mi mujer.
El alojamientodonde estamos es el Seminario;nuestro dormitorio,y sala de estar, y jardín..., amplio, orientado N. S., era capilla o aula, no se sabe cierto, aunque parece lo primero. Duermo al pie de la escalera de lo que fue altar, con el primer escalón como almohada; de día hacemos una especie de diván con las colchonetas plegadas, dejando un pequeño pasillo para ir al fondo, donde están el lavabo y retrete. Todos los días nos podemos lavar y hacer nuestras necesidades, y hasta pasear alrededor de la amplia sala. La comida es siempre la misma: por la mañana arroz con guisantes, sin aceite y todo el pan que nos comemos a esa hora; por la noche, arroz con lentejas, también sin aceite, en cantidad regular, menos mal que hay frecuentes reenganches. Carecemos por completo de noticias del mundo exterior.
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No había economato en la prisión, pero si, fuera de ella, unos aprovechados soldaditos, no sé si también gallegos, que supieron sacar buen partido de su situación de privilegio y de nuestra cautividad. Así, a través de las rejas se estableció una especie de mercado negro en el que se negociaba con todo, mejor dicho, negociaban ellos, quienes unas veces, las menos, por dinero nacional, y otras por la diversidad de cosas que casualmente conservábamos, hicieron absurdos trueques y sucios cambalaches, por ejemplo, los citados de una cartera y una boina por naranjas y un chusco, con la particularidad de que los soldados no tenían más que bajar a la huerta para coger, gratis, los frutos que quisieran, por lo que en los cambios todo eran ganancias. Tales lucrativas «operaciones» fueron, día a día, adquiriendo un volumen mayor, hasta intervenir en ellas hasta los mal vestidos oficiales franquistas, muchos de los cuales lograron hacerse con un buen equipo militar a cambio de cuatro cosas que si para nosotros eran casi vitales, para ellos nada valían.
Desde luego que, aunque impulsados por la necesidad, realizábamos los cambios de forma voluntaria, ellos también, pero, ocasiones hubo en que, concertada una «operación» —por ejemplo unas magníficas botas altas por unos chuscos y cajetillas de tabaco—, el soldado, o el oficial, cogía la prenda que, confiados, le dábamos y se la quedaba sin dar nada a cambio.
El estreñimiento comenzado en Albatera llegó a presentar caracteres alarmantes. Eran ya veinte días, o más, sin hacer de vientre y entre los médicos presos, si hubo alguno nacional no lo vimos, cundió el temor de que pudiera originarse algo grave. Nos recomendaron procedimientos mecánicos, el dedo, o, una varita si se era escrupuloso. Antes de terminar con el mal, se produjo una situación que hoy me parece cómica, aunque entonces no lo fuera. Ante el único retrete de que disponíamos se formaban largas «colas». El que entraba permanecía, a veces, hasta treinta minutos en cuclillas, encerrado y haciendo fuerza; salía sudando, hecho migas. Los demás, ansiosos de la buena noticia, alguien que rompiera el fuego, nos acercábamos a él, preguntándole:
– ¿Qué?
– ¡Nada! —decía, desalentado, el de turno.
Seguían otro y otro, con repetición de igual o muy parecida escena. Así, unos primero y después otros, pronunciábamos el desolador ¡nada!, expresivo de la ineficacia de nuestros esfuerzos y de que todo fue una falsa alarma.
Pero, con los procedimientos mecánicos, no sin grandes esfuerzos y tras tentativas infructuosas, logramos, al fin, romper el atasco. En el intestino se habían formado unas bolas como piedras, que, al no poder salir, fue necesario sacar.
Sobre la parquedad de la comida, baste el detalle de que un chusco, la mitad de la ración diaria de un soldado, la teníamos que repartir entre tres y hacerla durar día y medio.
Salvada la vida, eso creíamos entonces, nuestra mayor preocupación consistía en comer, y era gracioso —daba pena, pero lo era— ver a algún sesudo varón, primero en la cola, comerse a marchas forzadas el rancho, limpiar su plato con nerviosa rapidez, y luego correr de nuevo hacia la cola y ponerse otra vez en ella, a por su segunda ración. Yo lo hice unas pocas veces, pero algunos, más hambrientos o más hábiles, eran verdaderos maestros, llegando a coger, en una misma comida, tres raciones.
Para dormir, a cada grupo de tres nos dieron dos colchonetas y dos mantas, sin otra solución que la de hacer una sola cama para todos. Antes ya íbamos juntos, pero esa circunstancia hizo que fuera mayor la intimidad entre Mario, Juan y yo, hasta formar un trío de excelentes amigos.
Mi mujer, cuando marché de casa, estaba ya salida de cuentas en su primer embarazo, habiendo calculado que el hijo nacería aquel mes de abril. Era, pues, lógica mi intranquilidad al no tener noticia alguna de la presunta paternidad.
De día, al recoger las colchonetas y dejadas enrolladas, sirviendo de asiento, se procuraba quedase un pasillo circular entre ellas, por el que, en fila de a uno, y todos en la misma dirección, podíamos pasear. No era mucho, más ya habíamos salido de la forzosa inmovilidad de Albatera, pudiendo hacer lago de ejercicio.
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21 de abril.- Nos entregan, para llenar por nosotros, la ficha clasificadora, eso por la tarde. Antes había enviado una nota al director, solicitando hablar con él, con la intención de pasar a la galería número 5, donde estaban los «distinguidos».
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Este, como tantos otros, fue uno más en el lento transcurrir de los días de preso. Sin que apenas destaque la nota referente a la galería citada, en la que había ciertas comodidades de las que nosotros carecíamos. Se trataba de una serie de habitaciones, seguramente antes celdas del seminario, en cada una de las cuales dormían sólo cuatro o cinco hombres, cada uno con su colchoneta y mantas individuales. En duro contraste, existía también otra galería de «distinguidos», la llamada 1.ª, situada en el sótano, en la que sus ocupantes, aparte de vivir en un ambiente enrarecido por la humedad y falta de espacio —los techos eran bajísimos— no veían ni un solo momento el resplandor del sol.
Yo, en mi inexperiencia, no ya como presidiario, sino de la vida misma, creía que bastaba un título universitario para considerarme, en algún sentido, como «distinguido», y pretendía, por las buenas, sin influencia de clase alguna, ocupar una posición, entre nosotros, de privilegio.
Aunque entonces lamentara el fracaso, hoy me alegro de haber sido sólo un preso más entre la innumerable masa de los que llenaron las cárceles franquistas. Pude, así, recoger una interesante experiencia que, seguro, en otro caso no hubiera alcanzado.
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22 de abril.- No recibo contestación a la nota. Por la tarde salgo a declarar, ante un teniente sacerdote, sobre los extremos de la ficha. Después, vamos todos a la explanada existente a la entrada del edificio, donde nos dirige la palabra un señor teniente coronel, enviado por el Generalísimo y que, según algunos, es Jiménez Caballero; yo sólo se que es de estatura regular, más bien alto, con gafas, que pertenece a la segunda de Navarra y que estuvo muy bien en su discurso.
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Era Jiménez Caballero el que nos dirigió la palabra. Dije que estuvo muy bien en su discurso, pero, ¿qué otra cosa podía decir? Lo cierto es, aunque no recuerdo sus palabras, que todos quedamos asombrados de que un personaje del nuevo régimen fuera capaz de decir tantas tonterías.
La verdad es que nunca perdí el temor de que mis notas cayeran en poder de los carceleros.
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23 de abril.- Se nos pide, a primera hora de la mañana, una relación de los que quieran ir a misa; nos incluimos todos. A las nueve y media oímos nuestra primera misa en la prisión. Después de pasar lista, entrego otra instancia solicitando por escrito mi traslado a la 5.ª galería.
Pasamos lista, casi mejor un recuento, a las nueve de la mañana y a las nueve de la noche; antes, a las siete y media tocan diana (señal para levantarnos), a las trece comemos y a las diecinueve nos dan la cena; poco después de las nueve de la noche se toca retreta y alrededor de las nueve y media, silencio.
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Se produce en este día, después ha de repetirse otras muchas veces en todas las prisiones por donde anduve, un hecho que pugna mi conciencia de hombre libre. Los carceleros llegaron a nosotros con la falaz afirmación de que era completamente voluntaria la asistencia a misa, pero que los que no quisieran ir deberían facilitar sus nombres para la confección de la pertinente lista. No fue necesario que previamente nos pusiéramos de acuerdo, para coincidir todos en que todos queríamos asistir a la ceremonia religiosa: temimos se tratase de una añagaza y que después hubiera represalias contra los que manifestaran su voluntad negativa. Y a misa vamos como borregos, formados en fila de a dos. Ni que decir tiene que casi nadie hubiera querido ir, más ¿y el miedo?
Como es usual en las prisiones, al menos así ha sucedido en aquellas por donde yo he pasado, nuestra vida carcelaria estaba regida por toques de corneta, aproximadamente con igual horario en todos sitios. O sea, que a las siete y media había que levantarse, aunque no se tuviera nada que hacer, y lo mismo en todo. Como en el cuartel, al entrar en él, desaparecía de los hombres todo impulso voluntario, para ser nada más que un número.
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24 de abril.- Me decido a seguir sistemáticamente con esta especie de diario. Mi primer pensamiento, después de tomada esa decisión, es para mi mujer y a ella se lo dedico con todo mi corazón; el segundo es para mi hija, a quien, en la imaginación, veo tal como la habíamos soñado tantas veces. Todo con la esperanza de pronto poder abrazarlas. Mi cariño, cada día que pasa, aumenta de forma inconmensurable.
Estamos aquí ciento ochenta, la mayoría jefes: comisarios y capitanes.
No recibo contestación a la instancia, desconfío de recibirla. Hoy como doble ración. La tarde transcurre sin novedad, y por la noche se plantea por Llorca, al oficial de guardia, la cuestión de los intelectuales: se acuerda mandar mañana una lista de los que somos.
Por la tarde se produce un hecho vergonzoso. Estando en la «bolsa», pasa un soldado de la guardia con restos de comida: en un plato cortezas de naranjas con unos pocos fideos, unos huesos de conejo y algo de salsa, todo con el aspecto repulsivo de las sobras de una comida ya de por si no demasiado buena. Pues bien, por unos exoficiales del Ejército Republicano, casi implorando, se piden aquellas migajas y, sin escrúpulo alguno, con avaricia, se las comen en presencia de un sargento y de otros militares que estaban «intercambiando». Este hecho, circunstancial testigo de él, me produce una impresión deplorable; yo, aún con hambre, por nada hubiese comido de aquello.
Por la noche, después de tocar silencio y entre otros exoficiales, se organiza un pequeño barullo, llegando a cruzarse palabras insultantes y con intento de llegar a las manos.
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Hasta entonces me había limitado a tomar notas sueltas, sin propósito preconcebido alguno. Apartir de ese día ya lo hago consciente de persistir en la labor, dándole carácter de diario a lo que escribo. La finalidad que persigo es íntima: disponer de un testimonio escrito que, en caso de fallar la memoria, me permita recordar siempre los tristes días.
Los ciento ochenta somos los mismos que en Albatera estuvimos en el «cuarto oficinas», salvo alguno que, por influencia o suerte, había pasado a la galería de «distinguidos» a la que yo quería ir.
Llorca era otro abogado que, con igual tontería que yo, por el hecho de tener un título, se creía superior a los demás. Para terminar con este asunto, diré que no nos hicieron el menor caso.
Llamábamos la «bolsa» a un amplio ventanal, a través del que se realizaban la mayoría de las operaciones mercantiles, los trueques de que antes hablé. Hoy, mitigado por el tiempo, el hecho que relato, aunque lamentable, ya no me parece vergonzoso: aquellos oficiales del derrotado ejército, dos muchachos más jóvenes que yo, sin duda hambrientos, más que yo lo estaba, no pudieron contener su deseo —hambre— y se humillaron hasta el punto de pedir y comerse las miserables sobras. Sigo creyendo que, salvo el peligro de morir de hambre, y es posible que ellos se creyeran en tal situación, por nada hubiera probado de aquello, menos en presencia de los fascistas. Pero, después he visto como personas normales y dignas se comían sucias cortezas de plátano, extraídas de los cubos de basura.
Otro hecho que ahora me parece lógico y en perfecta consonancia con la naturaleza humana, es el de aquella primera bronca entre unos hombres que, en los cercanos días de Albatera, ante el peligro habían mostrado un admirable espíritu de solidaridad. Las circunstancias eran distintas, el riesgo inminente desaparecido y en nosotros, en mí también, se despertaba el sentimiento egoísta que todos llevamos dentro, dando lugar a aquel y a otros hechos similares, de menos importancia de la que yo entonces le diera.
Hoy me parece imperdonable que para nada nombrase en la nota diaria a mis queridísimos padres ni a mi hermano. Afortunadamente en los días siguientes corrijo tan lamentable omisión que, seguro, a ellos les debió apenar.
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25 de abril.- Organízase por la mañana, antes del toque de diana, un barullo semejante al de la noche, provocado por la inconsciencia de unos. En definitiva, casi no he dormido.
Antes de levantarme procedo al expulgado, con tal resultado que he de cambiarme completamente de ropa interior, y que tender al sol los pantalones; todos los días es necesario proceder a la «busca». Me lavo medio cuerpo.
Llevo veintisiete días detenido; no lo había estado nunca. Estoy todo ese tiempo incomunicado con el exterior, sin saber, ni tener casi idea de lo que pasa fuera de estas paredes. El ansia de libertad es infinita, aunque de momento mimáxima aspiración se reduce a querer saber de mi mujer, de mi hijo y de toda mi familia; saber de ellos y comunicar con ellos. Hay ocasiones en que la carencia de noticias me llena de desesperación. Nunca pude concebir una situación parecida a ésta de ignorar si soy padre. No es fácil imaginar lo que vale la libertad hasta que se pierde. Desde aquí se ve una pequeña porción del pueblo y gran parte de su huerta; se envidia a la gente que libremente pasea por allí, y se daría lo que fuese por poder hacer lo mismo.
Desde que estoy aquí he leído varias obras, entre ellas Metafísica de Kant. Falta, sin embargo, la tranquilidad de espíritu necesaria para fijar la atención en lo que se lee, igual que falta también para pergueñar estas torpes líneas.
Carezco, casi desde que llegué, de tabaco; fumo alguna colilla (ya no hay) y cáscara de naranja, que está bastante mala, pero no tenemos otra cosa; también la he comido y la primera vez me pareció formidable, hoy casi no me gusta. Por la tarde, después de casi un mes sin hacerlo, nos afeitamos un grupo de nuestro dormitorio, yo había desistido de la idea de dejarme la barba. Creo estoy bastante amarillo, el peluquero me preguntó si estaba enfermo.
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Era difícil dormir. Lo impedían, nuestra situación moral, las duras colchonetas en el suelo, en ellas tres personas sin apenas podernos mover, los ciento ochenta en la misma estancia, los bichos, la luz encendida toda la noche, etc.; en fin, una serie de circunstancias diametralmente distintas a las habituales en nuestra vida normal, de la que tan sólo unos pocos días nos separaban.
De forma especial quiero referirme al expulgado. Era algo formidable, definitivo. Al amanecer, con espontánea unanimidad, nos incorporábamos en las colchonetas y, sentados en ellas, procedíamos a la busca, captura y muerte de los incontables parásitos que anidaban y se reproducían en nuestras ropas y en nuestros cuerpos. El espectáculo era dantesco: primero nos quitábamos la camiseta y, con el torso desnudo, en ella se cazaba, tras laboriosa y paciente búsqueda, una apreciable, por no decir considerable, cantidad de las pulgas y piojos que en tal prenda había: después se repetía la operación con los calzoncillos, con igual resultado. Luego, desnudos del todo, había que seguir la tarea con la camisa, pantalones y chaqueta, que habían quedado apilados en el suelo, junto a la «cama», por lo que también estaban infectados de bichos. Era de ver a aquel puñado de hombres, todos muy serios, aplastando entre las uñas a los «bichitos», uno tras otro, que conseguían coger, añadiendo una nota de color al ya miserable aspecto del suelo, cubierto por las andrajosas mantas.
Lo más curioso es que, haciendo todos los días la misma operación, aún después, como aquel día, de haberme lavado medio cuerpo (luego hablaré del problema del agua) y de cambiarme de ropa, al salir al patio y seguir notando una molesta picazón, iniciada de nuevo la «busca», siempre se volvían a encontrar parásitos, recogidos no se como ni de donde. No es de extrañar, pues, que en aquellos primeros días no consiguiera dormir, con mayor motivo si añado que los chinches pululaban por sus respetos en cantidades realmente fabulosas; causará asombro si digo que a los pocos días, perdurando tal miseria, conseguí conciliar el sueño y hasta dormir de forma normal. La facultad de adaptación del cuerpo llega a límites insospechados.
Agua teníamos la suficiente para beber, casi para nada más. Quien quería lavarse la cara tenía que levantarse antes de que apuntara el día y, tras larga cola, utilizar un tenue hilillo del preciosos líquido, que cesaba de manar apenas amanecido. Pude lavarme medio cuerpo, porque gran parte de la noche Mario y yo estuvimos al lado del grifo, hasta llenar un botijo que luego, usado con avaricia, utilizamos para tal necesidad, cada uno su mitad, echándonos recíprocamente el agua, uno al otro.
Nunca había considerado la posibilidad de estar en la cárcel en calidad de preso. Así, después de casi un mes, comenzaba a hacerse insoportable la vida de presidiario, más que por las penalidades materiales que hube de sufrir, por el padecimiento moral que la falta de libertad significa, entonces agravado por la carencia de noticias de mi casa, en especial las referentes a mi posible paternidad.
Sólo teníamos para leer las obras que de casualidad llegaban a nuestras manos, prestadas por algún compañero que las conservó en su equipaje, pues en aquellos días no se permitía la entrada de libros, ni de nada.
Sobre el tabaco citaré una curiosa anécdota. Mario y yo habíamos agotado nuestras provisiones, todas menos el polvillo que, rebuscando en el fondo de los bolsillos, pudimos encontrar y que apenas bastó para liar un pitillo del grosor de un mondadientes. El partirlo en dos hubiera sido una pena, por el mayor desperdicio que significaba la doble colilla; ante eso decidimos fumarlo a medias. Echamos a suerte y, por el orden que marcó el azar, daba uno dos chupadas al esquelético pitillo y se lo pasaba al otro para que diera otras dos; así hasta el final casi, en el que las chupadas eran únicas, quemándonos los dedos en nuestro afán de que no quedara nada sin arder. Aunque no nos viera nadie de fuera, si nos vio daba lo mismo, y de los compañeros presos que nos contemplaban alguno lo hacía con envidia por no disponer ni de aquello, en ningún momento sentimos el menor sonrojo por nuestra acción, aunque el hecho pueda parecer similar al de los dos muchachos que se comieron las sobras de la comida de nuestros guardianes y que califiqué de vergonzoso, si bien a estos les dominaba el hambre y a nosotros el inofensivo, o estúpido, vicio de fumar. La verdad es que no sentí la menor repugnancia en las muchas veces que el cigarro pasó de los labios de Mario a los míos, y que supongo él fumaba con la misma fruición que yo. Siempre recordaré tan curiosa escena, en la que dos hombres de cierta cultura, Mario era maestro, fuimos casi felices apurando aquel último cigarrillo.
En la vida creo que no volveré a encontrar otras naranjas tan integralmente aprovechadas como las que Juan obtuvo a cambio de una boina. Las partimos amigablemente entre los tres, comiendo una cada día —entiéndase, cada día una repartida entre los tres— en sustitución del desayuno que en la prisión no nos daban. De la corteza sólo quitábamos una tenue capa exterior, que bien desmenuzada poníamos a secar para luego fumarla Mario y yo, tras riguroso racionamiento; aquello sabía a diablos, pero ardía y echaba humo, lo que bastaba para consolarnos de la falta del desaparecido tabaco. Con el tercio de naranja nos hacíamos la ilusión de haber desayunado y hasta, poderoso poder de la imaginación, creíamos mitigado el hambre de aquellas difíciles horas de la mañana, pues hasta el mediodía no se nos daba alimento alguno.
Nada de particular tiene el que estuviera amarillo, o verde: había que estarlo.
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26 de abril.- Sin novedad hasta las diez de la mañana, a cuya hora he comenzado a escribir. Voy a tratar de hacer el estudio colectivo que pensé el otro día.
Parece que vamos a ser trasladados. Llegan rumores sobre la situación en Valencia, que dicen ser crítica: no hay trabajo ni dinero.
Como denominador común, el interés domina a la masa de hombres en esta galería reunidos, bien es verdad que el hambre es constante y que el día se pasa esperando las comidas, para, después de haber comido, quedar más hambrientos que antes. Todos son, o somos, ferozmente egoístas, el yo domina sobre todas las cosas y desaparece todo concepto de hermandad; hasta el más elemental concepto de la dignidad llega a faltar en ocasiones. Se piensa en animal y como tal se obra.
La vida, en líneas generales, se distribuye del siguiente modo: levantarse al toque de diana, a las ocho y media pase de bote, el espulgo, lavarse, después jugar al parchís, damas, ajedrez, o leer, pasear por la sala hasta la hora de la comida, charlar un rato luego de haber esperado el reenganche y dormir; a las cinco de la tarde levantarse y volver a jugar, a las seis otra vez pasear, cenar a las siete, charlar hasta la lista de retreta, acostarse, toque de silencio y a dormir. Como distracciones especiales, pequeñísimas incidencias y el mercado o «bolsa».
Ahora, a las tres de la tarde, nada nuevo. Mis pensamientos siguen el curso de siempre, no se apartan de Valencia, de mi casa; siento cada día más deseos de estar con ellos, sobre todo con mi mujer y con mi hijo. Ya es indudable que ha nacido, por consiguiente, cada día es más angustiosa la carencia de noticias. Creo que mi hijo se llamará como yo y que se debe parecer a mí y a Visitación... En este momento entran en la galería otros tres reclusos procedentes de Albatera.
Por parte de Juan se manifiesta alguna hostilidad hacia mí, no le doy importancia.
Concibo la idea de escribir algo novelesco. He de buscar el argumento, pues quiero que esté basado en Orihuela, especialmente en la prisión, el Seminario. Éste, según creo recordar, desde el pueblo ofrece la perspectiva de un caserón viejo, mitad cárcel mitad convento, a su entrada una pequeña explanada. El edificio dividido en dos cuerpos, uno la iglesia y el otro destinado a alojamientos. Todo sin belleza, frío, carente de estilo. Nosotros, al llegar entramos por la parte que parece la iglesia (no lo es), pasando directamente a un patio interior, triste, feo, sin tan siquiera árboles, más grande y casi con más luz que el otro que da a nuestro dormitorio; ambos deben ser los únicos que existen y, según el sacerdote que nos habló durante la misa, los corredores, estrechos, sombríos, de techos bajos, que parecen construidos para cárcel, y los patios, eran los lugares de solaz y esparcimiento entre los seminaristas.
A las cinco de la tarde lavo la toalla y un poco de ropa; primera vez que hago eso. Enseguida formamos y se pregunta, y se busca, por uno de Cuenca.
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En este día aparece, por lo menos tiene su primera manifestación escrita, otro de los fenómenos que ha de seguirme durante toda la vida carcelaria: el «bulo». La noticia falsa que nadie sabe de donde ha salido y que, aunque sea absurda, o por muy absurda que sea, casi siempre nos creemos... cuando es favorable a nuestras ansias de libertad.
Sólo un valor relativo, puesto que mi criterio variaba con el amanecer de cada día, tiene el estudio colectivo que de mis compañeros de prisión hago. Es cierto que el interés y el egoísmo dominan entre los presos,... igual que entre los hombres libres; pero, al lado de ello he podido presenciar acciones y gestos admirables, llevados a cabo por gentes privadas de libertad. Además, a nadie puede extrañar que, dadas las precarias condiciones en que vivíamos, se impusiera el instinto de conservación y cada uno tratase de resolver su problema, el del hambre que todos sentíamos, de la mejor forma posible para él. A pesar de eso, en las prisiones por donde he pasado, llenas siempre de presos «políticos», se ha vivido dignamente, dentro de una esfera de acusada moralidad; la odiosa figura del «chivato», salvo contadas y desgraciadas excepciones, no ha existido entre nosotros. Los ánimos, ¿cómo no? si se trataba de hombres en la plenitud de vida, la mayoría endurecidos por tres años de lucha en los frentes, estaban excitados, furiosos por haber perdido una guerra que creíamos, y era, justa. Yo mismo, no obstante mi absurda pretensión de ser objetivo, también lo estaba, aunque no me diera cuenta de ello.
Hoy, con una mayor experiencia, estoy convencido de que el valor físico o moral del hombre, o de una colectividad de hombres, es relativo, en el sentido de que reaccionarán de distinta forma según las circunstancias externas o internas en que se hallen. O sea, que un egoísta puede aparecer como no tal, incluso como altruista, en un momento determinado de su vida, e igual al revés. Y lo mismo sobre la valentía, la generosidad, etc.
No he escrito, ni posiblemente escribiré nunca, la novela aquel día proyectada. Lo cierto, interesante para mí, es que comienza a nacer una afición que perdura hasta hoy, constituyendo casi un veneno, difícil de desarraigar: la de escribir.
En el escueto párrafo final de la nota anterior, se refleja uno de los más trágicos hechos reiteradamente vividos en Orihuela. De vez en cuando, casi siempre a horas intempestivas, nos hacían formar en hileras de a uno, luego desfilaban ante nosotros unos señores, la mayoría vestidos de falangistas que, con cara feroche, nos examinaban uno a uno, despacio; después elegían a unos cuantos, aquellos a quienes habían venido a buscar desde sus pueblos, o a los que ellos encontraban casualmente, se los llevaban maniatados, y ya nadie volvía a tener noticia de los pobres elegidos. Suponíamos que eran inmolados a la bárbara sed de venganza de los implacables triunfadores.
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27 de abril.- Como casi todas las anteriores, he pasado una noche malísima.
Hoy hace veintiséis meses que me casé. ¡Que fecha aquella y que amarga diferencia comparada con ésta!... Con más motivo que nunca y también con mayor intensidad, mi pensamiento no se aparta de Valencia. ¿Qué será de todos mis seres queridos? ¿Qué sabrán de mi situación? Quiero imaginar lo que estarán pasando mi madre, mi mujer y, a pesar de lo que de forma directa me aflige, sufro por ellas y por todos los demás. Ansió, cada vez más intensamente, poder comunicar con casa, suponiendo no se podrá
prolongar mucho la situación actual, que cada día es más desesperante.
Nos dicen que mañana pasaremos a la galería de distinguidos.
La capilla donde estamos es, creo, de estilo gótico, con una falsa bóveda. Tiene once ventanales, diez en la iglesia y otro en lo que debió ser sacristía. Las dimensiones de esto son unos treinta metros de largo por doce de ancho.
Ingresan y salen enseguida siete de Socuéllamos. El doctor está malo todo el día, dice tener gripe.
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Nada interesante que comentar, como no sea la incoherencia de mis notas, manifestada al pasar, sin orden alguno, de un asunto a otro, aunque sus temas sean completamente dispares.
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28 de abril.- El doctor, como consecuencia de su enfermedad, marcha a lo que hay habilitado como enfermería y posiblemente no volverá ya a esta sala. Quedo, pues, con un petate para mí solo, mejorando las condiciones de vida, aunque no me hayan trasladado de galería. En la noche, Guillermo tiene el gesto de regalarnos, a Mario y a mí, dos naranjas. Por lo demás sin novedad.
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Antes hablaba del egoísmo de los otros —la paja en el ojo ajeno— para en este día manifestar, leyendo entre líneas, mi contento por la pobre mejora material obtenida al precio de la enfermedad de un compañero —la viga en mi ojo, que no veía—. Total ganaba unos centímetros de colchoneta, puesto que Mario y yo, en el tiempo que durase la ausencia de Juan, íbamos a poder ocupar una entera para cada uno.
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29 de abril.- Anoche, por el oficial de servicio, se preguntó en la sala quienes queríamos confesar y comulgar el domingo.Yo digo que sí, en total coinciden conmigo ciento quince, y optan por no ir sesenta y cinco.
Y mi querida Visitación. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá dado a luz? ¿Seré ya padre? ¿Cómo estará la pobre mamá?... Con todas éstas y otras muchas preguntas incontestadas, la vida se me hace imposible; si se prolonga mucho la incomunicación, voy a terminar neurasténico perdido.Además, para mí, de naturaleza débil, resulta insuficiente la comida diaria: no se si podré resistir esta dura prueba. Pienso en mi mujer e hijo, y no quisiera seguir pensando en ellos.
Hoy es día de entrada de paquetes. Creo que no puedo recibir ninguno, y, sin embargo, escucho con emoción los nombres que cantan en la puerta. ¡Que terrible es el tormento del hambre!
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Vuelve a surgir el problema religioso. Los ciento quince que decidimos «querer» confesar y comulgar, todos o casi todos, lo hacemos impulsados por el miedo, yo, al menos, así lo hago, temerosos de las probables represalias. Fueron valientes los que manifestaron no querer ir. En mi defensa, como justificación de la timorata conducta, sólo puedo alegar que las preguntas comenzaron a hacerse por el oficial, con un papel en el que anotaba los nombres de los que decían no ir, para terminar poniendo tan sólo el número de ellos. Por tanto, todos los que fuimos preguntados al principio dijimos que sí. En definitiva dio lo mismo, pues cuando llegó el momento, a todos nos hicieron confesar y comulgar, con el resultado que expongo en la nota correspondiente al día que tuvo lugar tal ceremonia.
Es cierta la desesperación que me produce la carencia de noticias, pero también lo es que tal asunto está íntimamente relacionado con mi estómago. La comida era escasa y mala, insuficiente a todas luces para la nutrición de un hombre normal. Mi única esperanza de que aquello se corrigiera antes de ser demasiado tarde, estaba en el auxilio que de mi casa esperaba recibir, y que no dudaba recibiría tan pronto supieran de mí y de la precaria situación en que me hallaba. Total que, hablando con las inceridad que quiero caracterice este trabajo, existía un muy cierto sentimentalismo, aunque no ajeno al estómago. Incluso creo que uno y otro estaban estrechamente ligados, puesto que para cumplirse la gran esperanza, ver a los míos, era premisa indispensable la de seguir viviendo, y temía no fuera posible lograrlo —como para muchos no lo fue— de perdurar aquellas misérrimas condiciones materiales.
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30 de abril (domingo).- Un grupo de los de la sala vamos a misa. Durante su celebración, nos dirige la palabra un misionero que, según él dijo, ha recorrido toda América. Parece ser habla con el corazón en la mano: convence a cualquiera.
Al volver a la sala, cambié con otro preso, un traje negro en mediano uso por un reloj de pulsera, con la intención de canjearlo después por comida. Tengo miedo de volver a pasar por otra crisis de anemia como la que viví durante mis años mozos, con la desventaja de que aquí casi con toda seguridad que me muero, y quiero vivir, por mí y por los míos.
Por la tarde he dormido bastante bien, despertándome obsesionado por la idea del cambio hecho.
En el equipaje guardo las pajaritas de papel que hice en Albatera, destinadas a ser lo primero que regale a mi hijo. Guardo también la cuchara que utilicé en el Campo de los Almendros.
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Vuelvo a ser, y lo seguiré siendo muchas veces más en las anotaciones escritas en la cárcel, hipócrita. El misionero no convenció a nadie; por el contrario, todos sentíamos profunda rabia ante la violación de nuestra libertad de conciencia, significada por la asistencia obligada a la ceremonia religiosa.
En la maleta, ya lo dije, después de la inicua expoliación, como objeto de valor sólo quedó ese traje negro. Pues bien, cuando el tormento del hambre se hizo irresistible, me decidí a cambiarlo por lo que los «negociantes» de la «bolsa» me quisieran dar; desgraciadamente no daban nada, o casi nada por él, lo que me obligó a buscar un objeto mejor apreciado por los militares cambistas. Aproveché la oportunidad de permutarlo por el reloj, y lo hice con la esperanza de que por éste podría obtener un mayor «precio». Me preocupó el trueque efectuado, aunque sabía era preciso hacerlo.
No tenía noticia alguna de casa, por tanto, ignoraba todo lo relacionado con mi supuesta paternidad, pero, quería hacerme la ilusión de que era un hecho cierto y feliz. En la vida ordinaria es preciso tener ilusiones, se vive en ellas. En la cárcel, esa necesidad es casi un imperativo categórico del vivir y, aunque hubiera sido con base en absurdas quimeras, o en estúpidos «bulos», necesitábamos algo que mantuviera en activo nuestro deseo de seguir siendo. Claro que mi ilusión en un hijo se basaba en un hecho cierto: el embarazo de mi mujer.
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1 de mayo.- Me levanto a las siete. Antes y después, mi pensamiento vaga libremente: mi mujer, nuestro hijo, mis padres y hermano, todo lo que me es querido. Siento gran nostalgia por todo; no sé como se puede vivir así, no sé tampoco si me matará la alegría cuando vuelva con ellos.
Hoy me parece mentira que pueda volver a casa, y, sin embargo, tengo la seguridad de que volveré pronto.
Nada he de temer de la justicia, siempre que sea recta, como no puede dejar de serlo la Nacional. Nada malo he hecho y nada malo me puede pasar: mis actos, mi conducta, han recibido ya el fallo inapelable de mi conciencia, juez supremo como dijo el sacerdote ayer, y nada hace me sienta culpable ante ella. He sido justo, evitando se fusilara a alguno, y no he contribuido, directa o indirectamente, a la muerte de alguien; no he robado ni he perjudicado a nadie por ideas políticas, ni por cualquier otra cosa. ¿Qué tengo, pues, que temer?
Pronto conoceré a mi hijo, seguro que antes de que yo cumpla los 27 años el próximo 23 de mayo. Quisiera pasar ese día junto con Visitación, dudo de conseguirlo, aunque confió en verla. ¿Qué es de ella? ¿Qué ha sido de todos los seres queridos que hoy viven en mi pensamiento?... ¿Viven?...Primera vez, ésta, en que me formulo tal pregunta con toda su crudeza y, ante ella, siento angustia, me dan ganas de llorar. ¿Puede ser que no les vea más? No, eso no es posible, no puedo concebirlo. Cuando de aquí salga, todo lo encontraré tal como estaba antes de aquí entrar. Necesariamente ha de ser así. Tengo que salir pronto, ¡Y VOLVER A SER FELIZ!
El doctor, Juan, regresa hoy a la sala. De nuevo seremos tres a dormir en dos petates. Por la mañana compro, con la única peseta que tengo, nueve naranjas: he desayunado, pues. Anoche contraté el reloj en veinte pesetas, dos chuscos, dos latas de sardinas y una docena de naranjas. Hoy, los mismos me daban un duro, cuatro cajetillas de tabaco, un chusco y naranjas; no he querido cambiar, yo pedía dos cajetillas más. La «bolsa» es lo que impera, sin otra alternativa que recurrir a ella, para obtener algo de lo mucho que nos falta. Seguimos comiendo lo mismo: por la mañana y por la noche, arroz y «refugios» (llamamos así a los guisantes secos, viniendo el nombre de que muchas veces tienen dentro un bichito); de pan continuamos con el chusco para tres. Estamos regular, aunque insuficientemente alimentados.
Por la tarde entran en la sala unos detenidos procedentes de Callosa del Segura. Uno de ellos ha estado en Valencia, preso en la plaza de toros; dice, allí estaban concentrados los del Ejército de Levante, quienes se presentaron a las autoridades nacionales en cumplimiento de la orden de que todos los militares republicanos fueran allí a entregarse. Desde luego, hubiera preferido, por todo, quedarme en Valencia.
Anoche salió de la sala el antiguo cabo, nombrando para sustituirle a Benigno de Dios. Creo que ya no me muevo de aquí.
Lo único que en la cárcel, y en España, gozaba de una determinada libertad era el pensamiento.Yel mío, cuando lograba evadirse de la angustia del momento, volaba hacia los seres queridos, a quienes recordaba con gran ternura, con un sublimizado cariño. Su amada evocación siempre llegaba relacionada con mi ansia de libertad, puesto que, si deseaba salir de allí, era para estar junto a ellos. Contento, veo que las palabras que antes se referían sólo a mi mujer, ahora van, por igual, dirigidas a todos.
Llevaba más de un mes sin tener noticia alguna de casa, viendo como otros recibían, incluso, la visita de sus familiares y, ante tales hechos, acudieron a mi mente lúgubres ideas. Me horroricé ante la sospecha de que su silencio pudiera obedecer a alguna desgracia.
Tenía entonces, y hoy más al ver que los acontecimientos posteriores han confirmado la justicia de nuestra causa, la conciencia plenamente tranquila. Fui un soldado en el Ejército Republicano, ocupando un puesto importante en él, pero siempre obré dentro de la más estricta legalidad. Claro que temía la ira de los vencedores y que para evitarla quise salir de España, mas, desde el punto de vista legal, nada había hecho que pudiera justificar una condena. En aquellos días estaba muy lejos de pensar en la monstruosidad jurídica de que yo, igual que los que estaban en mi caso, pudiera ser condenado como autor de un delito de «rebelión», y como tal juzgado.
Me casé, en plena guerra, profundamente enamorado, sin que, por los avatares de la contienda, pudiera gozar de la felicidad soñada. No es pues raro y si normal, que en el máximo vigor de la juventud, veintisiete años, anhelara estar con mi mujer y ser feliz con ella. Me resistía a admitir que nuestra separación pudiera ser larga.
Curioso el comentario que en mi suscita la vuelta a nuestro lado del doctor, en el que se ve la pena al tener que compartir de nuevo la colchoneta —o petate— que durante unos días había disfrutado yo solo. Seguía viendo el egoísmo de los otros, pero no el mío.
Era poseedor de un pequeño tesoro, el reloj de pulsera, y deseaba sacar el máximo partido de él, sin contar con que los de fuera eran más fuertes y que al final tendría que aceptar lo que ellos quisieran darme, como al día siguiente sucedió.
Cuando volví a Valencia, me enteré de la forma estúpida como resultaron autodetenidos los hombres encerrados en la plaza de toros. Ellos mismos, sabiendo la suerte que les aguardaba —de momento la inmediata detención— se presentaron a los vencedores, respondiendo al llamamiento por éstos hecho, algunos con la colchoneta y la ropa precisa para quedarse en la improvisada prisión. La mayoría pasaron luego largos años encarcelados, y muchos pagaron con la vida su ingenuidad. De haber estado en Valencia, creo que, al menos, les hubiera dado el trabajo de venir a por mí.
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2 de mayo.-Esta mañana, por Mario, se produce el cambio del reloj por ocho cajetillas de tabaco, un duro y un chusco que traerán luego; al mismo tiempo, Valbuena cambia una camisa por diez cigarrillos. Tenemos tabaco, un poco de dinero y pan, somos casi ricos. Mario y yo lo administraremos todo de la mejor manera posible.
Anoche entró en la sala otro grupo de detenidos procedente de Albatera. Dicen que allí salen en libertad hasta oficiales, siempre que lleven un aval. La situación internacional semeja ser muy crítica. Se habla de la constitución aquí de una comisión clasificadora.
Vendo un paquete de tabaco por un duro; lo hago por hacer un favor. En la sala somos doscientos dos y seguimos durmiendo tres en dos petates. Anoche empecé la lectura de Historia de los griegos y romanos, de
M. Bellini, traducción de Francisco Xavier de Villanueva, edición del año 1761. Dentro de la tristeza de la prisión, hoy estoy relativamente satisfecho por los cambios, hasta me siento más optimista que ayer.
Muchas noches sueño con la libertad, que es la idea que nos domina. Como se refleja en estos apuntes, la vida transcurre dentro de una gran monotonía; sólo se producen pequeños hechos que, sin embargo, son toda nuestra vida; menos mal que para el pensamiento no hay límites. De momento, sobre todas las cosas, me hace falta salir de la incomunicación para saber de mi familia.
Ala hora de comer he cambiado tres cigarrillos por un tercio de chusco, luego vendo otro paquete de tabaco también por un duro, y por la noche compro una docena de naranjas por una peseta y setenta y cinco céntimos. Estoy hecho un completo judío, pero, por lo menos, como naranjas y un poco más de pan.
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Para comprender el alcance del trueque realizado, diré que una cajetilla de tabaco valía treinta céntimos y que un chusco —gratis para los soldados— se vendía por cincuenta céntimos. Total, que por el reloj, antes traje, me dieron artículos, al precio de la calle, por un valor de siete pesetas y noventa céntimos. ¡Bonito negocio para los aprovechados de nuestros guardianes! Para mí, en aquellas circunstancias, una cajetilla de tabaco, sin esperanzas de renovar la agotada existencia, tenía un valor muy superior al de la calle, lo mismo que los chuscos; en cambio, para nada, o casi nada,servían ni el traje ni el reloj. Pero eso no es óbice para que fuera inicua expoliación la que los soldados y oficiales de la guardia exterior hacían al aprovecharse de nuestra situación, obteniendo, poco menos que regalados,objetos de algún valor.
Hoy, vista a través del tiempo, no me parece exactamente correcta mi conducta de «cambista»; mas la realidad es que se imponía, ante el generalpeligro, la ley del más fuerte o del más hábil, so pena de perecer. Y todos, yo el primero, queríamos vivir.
Por primera vez aparece en mis notas un tema que, con el tiempo, iba a ser fundamental para nosotros: el de la situación internacional, en la cual se habrían de concentrar nuestras mejores esperanzas en una próxima libertad, «liberación» diría, si esa palabra no hubiera sido prostituida por el fascismo.
De nuevo se enlazan el estómago y el sentimiento: el recuerdo de la familia, seguido de las ideas mercantiles que mis pequeños cambalaches significan. Yo mismo me califico de «judío», con perdón de los israelitas, por las operaciones comerciales que me veía obligado a hacer, tratando de salvar la difícil situación por la que atravesábamos.
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3 de mayo (miércoles).-Por la mañana, antes de levantarme, me figuro estar ante un Tribunal Nacional, asumiendo mi propia defensa que, por cierto, me sale formidable. Desayuno una naranja y después fumo un cigarrillo, con eso casi me creo feliz. Hoy siento alguna molestia en la garganta, Mario está pasando la gripe y es posible que lo mío sea un principio de ella. Comienzo la lectura de una universal de la Editorial Sopena, con ello, por lo menos conseguiré algo más de cultura.
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En la cama, lo sé por propia y reiterada experiencia, se «hacen» discursos formidables y se «escriben» frases maravillosas; después, en plena vigilia, ya no son tan fáciles las cosas y aquellos párrafos redondos que se pensaban cómodamente tumbados, se esfuman cual humo en el viento. Además, en mi caso concreto —igual que en el de todos— no pensaba entonces, y aún hoy me parece mentira haya podido suceder, que se pueda juzgar, ¡y matar!, a un hombre —a miles de hombres— sin darle la más remota posibilidad de defensa. Más adelante, en el día que corresponda, doy una versión detallada del desarrollo del juicio en el que fui condenado.
¡Poco necesitaba para sentirme feliz! La verdad es que en la cárcel, más que en la vida, con asombrosa facilidad se pasa de una negra desesperación al «nirvana» de la estúpida dicha. Bastaban una naranja y un cigarrillo malo.
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4 de mayo (jueves).- Nada de particular. Como día de entrada de paquetes, espero recibir alguno de casa, que no llega.
Cambio tres cigarrillos por una ración de pan; compró una docena de naranjas por 1’50 pesetas, luego vendo un paquete de tabaco por un duro y dos cigarros por una peseta. Tengo al terminar el día tres paquetes de tabaco y 12’75 pesetas, supongo que para defenderme ocho días.
Se recibe prensa, que da cuenta del desfile del día 2 en Valencia, y anuncia como seguro el del día quince en Madrid. Al doctor le entregan un paquete de casa, esto modifica un poco su actitud y las relaciones son cordiales. Mario está ya bien, yo casi, pues la irritación de garganta no sigue adelante. Las noticias de fuera son pesimistas.
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Sintomático, ya lo dije antes, en cuanto refleja mi estado de ánimo y cual era uno de los fundamentales problemas con que me enfrentaba, todo el juego de cifras sobre dinero, tabaco y naranjas. Y estupendo mi comentario sobre el doctor: había recibido de su casa un paquete con comida y, claro, su actitud se modifica, así como también la nuestra, la mía, ante tan «sustancial» hecho, con la circunstancia, sin duda por vergüenza entonces callada, de que había compartido con Mario y conmigo, parte de las cosas recibidas. El estómago. ¡El tiránico estómago!
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5 de mayo (viernes).-Hace un mes que mi mujer salió de cuentas, ya es seguro que somos padres. Con ello aumenta mi intranquilidad al no haber recibido noticias de casa; quiero seguir creyendo que todo ha marchado satisfactoriamente y que Visitación y el «peque» están bien.
Sin grandes novedades por la mañana, después de comer hablo con Mario de temas familiares; llego a emocionarme pensando en mi mujer y en mi hijo. ¿Existirá mi hijo? Sí, actualmente sí que existe, al menos en mi imaginación; sin conocerle, desde la cárcel, experimento el primer cariño de padre, la primera sensación de serlo, cosa que llena de algo más mi vida dentro de la prisión: de algo, unas veces alegre cuando pienso en él como ser real, lleno de vida, parecido a su madre y a mí, alegre también al pensar en Visitación, intranquila por mí, con la nueva belleza de ser madre y contenta con nuestro hijo, pensando, como yo, en el momento en que estaremos los tres juntos y comenzará una vida más feliz que la anterior; triste cuando pienso en mi estado y en todo lo que nos separa.
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Era una situación muy seria aquella por la que yo estaba pasando. Privación de libertad, vida misérrima incluso con hambre, porvenir incierto, y para completar el negro panorama la carencia completa de noticias, al mes y pico de haber salido de casa, de mis familiares, con la agravante del supuesto nacimiento de un hijo de quien no sabía nada.
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6 de mayo (sábado).- Con Mario y el doctor hacemos planes para la época normal: venir a Valencia en la feria, de aquí a Benidorm y después a Calasparra. Por la tarde se me ofrece ocasión de mandar una nota a casa, casi con la seguridad de que llegue, por medio de la madre de Juan; esto me llena de alegría, sobre todo porque, en su consecuencia, recibiré noticias de mi hijo, de mi mujer y de toda mi familia.
Por la tarde nos dirige la palabra —un sermón— el padre Jesús de Orihuela. Se refiere especialmente al acto de la confesión que hemos de realizar mañana; al final todos puestos de rodillas, nos da la bendición. Cenamos y después me como tres naranjas de postre.
Por la mañana, Juan recibió la visita de su madre. Trae noticias optimistas de la calle, donde se cree que el día quince habrá una amnistía bastante amplia, y que a los jefes y oficiales que no tengamos nada más a lo máximo que nos podrán condenar es a seis años, pareciendo ser que no se exigen responsabilidades políticas en gran escala; nos cuenta además otras cosas de menos interés.
Tengo ya la casi completa seguridad de que llegarán noticias de casa; creo, por tanto, que pronto sabré de ellos.
Habló con el doctor de bibliografía y me convenzo de la pobreza de mis conocimientos, con el propósito, para cuando salga, de adquirir la mayor cantidad posible de libros interesantes sobre cultura general, pues la necesito en casi todas las ramas del saber, menos en derecho.
Esta tarde salen algunos de la sala a confesar, no se si me llegará el turno; desde luego tengo ganas de terminar con eso.
Con los mismos Mario y el doctor hablamos de nuestra vida futura. Yo no se si dedicarme al ejercicio de la profesión en Valencia, irme al campo, o que hacer; lo decidiré cuando salga. Quiero orientar mi vida sobre bases firmes, crear la felicidad de los míos y la mía, con una idea fundamental: la de no hacer daño a nadie, refugiándome en mí mismo, en el seno de la familia y en la lectura. Espero, mejor dicho estoy seguro de alcanzar la felicidad ansiada.
Hoy, otro día de entrada de paquetes, vuelvo a tener la esperanza de recibir alguno; si no, cuando creo que llegará es el jueves próximo, pues entonces habrá habido tiempo de que contesten a mi carta. Si no es así me llevaré un gran disgusto, pensando hayan sufrido una desgracia mi mujer o mi hijo. Aunque, ¿para que pensar en cosas que no pueden suceder? Estoy optimista y no quiero entristecerme con pensamientos sombríos; todo sucederá de forma que nada perturbe nuestra felicidad. Aquí, hasta se habla de que pronto empezaremos a salir los oficiales con un aval; yo supongo que lo más tarde que saldré de la prisión será el 18 de enero.
A última hora de la tarde, entregan al doctor otro paquete de comida, con un poco de pan, carne y unos huevos. Enseguida salgo a confesar y lo hago con el padre Jesús. Ceno fuera de la sala, en la cocina que está cerca de donde confesamos, y tengo doble ración. Al volver al dormitorio (la sala) pruebo de lo del doctor, un poco de carne, pan y una naranja; todo me sienta formidablemente. Fumo después en abundancia para celebrar el día, que ha sido el que mejores esperanzas hasta ahora ha traído dentro de la prisión.
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Comienza a perfilarse el «trío» de inseparables que, al fin, habíamos de formar el doctor, Mario y yo, desaparecida ya la impresión desfavorable que aquel nos causara. Aunque el plan que entonces forjáramos, al igual que otros muchos proyectos formados en la cárcel, no haya sido, aún, realidad, y acaso no lo sea nunca, el formarlo, pensar en una posible vida mejor, era bastante aliciente para perseverar en nuestras quimeras.
También, aquel día, se inicia en mí otro de los hechos característicos de la vida del preso: la comunicación clandestina con el exterior, más importante que las reguladas comunicaciones orales y las censuradas misivas postales. Se llega hasta a recibir prensa extranjera que, sin saber por donde ha entrado ni de donde viene, en muchas ocasiones llegó a mis manos durante el peregrinaje carcelario.
Puede parecer, o es, machacona la constante repetición de conceptos que en mis notas se observa, sobre todo en lo que afecta a las preocupaciones familiares. Ello es natural: todos los días de la prisión —creo ya lo he dicho antes— eran iguales, como casi iguales, por necesidad, habían de ser mis pensamientos, debatiéndome en un extraño círculo de ansias afectivas, los deseos de libertad, el contacto con los compañeros de prisión ellos con iguales problemas a los míos, las llamadas del estómago, y casi nada más.
El padre Jesús, la verdad es, según la estampa que de él recuerdo, que se trataba de un individuo curioso, de comicidad extraordinaria aunque él se creyera buen orador y nosotros, en guasa, fingiéramos gran entusiasmo al oírle.
Aún hoy tengo la duda de si todas las noticias optimistas que los familiares o amigos nos han traído a la cárcel, eran sólo mentiras caritativas dichas con el noble intento de mantener nuestra esperanza en la libertad,
o si realmente ellos las creían. De cualquier forma, el «bulo» se enseñoreó de las prisiones y en él se basaban, la mayoría de las veces, todas nuestras ilusiones de una pronta «liberación».
El 6 de mayo de 1939 oigo hablar por primera vez de amnistía; hoy 7 de junio de 1958, más de diecinueve años después, se pronuncia alguna vez tal palabra, pero ya con la casi completa seguridad de que, mientras continúe el actual régimen, nunca será realidad. Desgraciadamente, aquí, en España, los que estamos fichados como «rojos» —tal calificativo se aplica a casi todos los que no comulgamos con las absurdas y falsas doctrinas del vencedor— somos ciudadanos de ínfima categoría, privados de multitud de derechos y siempre sobre nosotros la amenaza de una arbitraria detención, por lo que la, cacareada en huecas palabras, unidad de todos los españoles es sólo un medio de propaganda usado por los jerifaltes del régimen en sus falsos discursos, o en sus declaraciones a algún bien pagado periodista.
Quimeras. Estaba seguro, nada menos, que de alcanzar la felicidad. Hoy, sobre mis espaldas la amarga experiencia de unos años plenos de sinsabores, me pregunto, ¿existe la felicidad? Si hubiera de responder por lo que yo sé, la contestación sería negativa. Yo no creo en la felicidad, sin embargo, aunque sea difícil aceptarlo, admito que otros logran ser felices, a pesar de que yo, en tiempos que me parecen de sueño, también fui feliz, o creí serlo.
Lo más interesante de la confesión, al final obligatoria para todos, fue que la cocina estaba al lado del confesionario, y que yo, como otros muchos, después del acto religioso pude introducirme en aquella y comer lo que quise de la cena compuesta, ¿cómo no?, de arroz y «refugios», guisado en bastante cantidad para prever tal contingencia. Por si ese suplemento alimenticio fuera poco, al volver al dormitorio participé en el «festín» del doctor. Lógico, pues, que terminara el día con euforia.
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7 de mayo (domingo).- Desayuno media naranja. Vamos a la misa en la que se da la comunión; el sacerdote se queja de algunas burlas y nos exhorta a que prescindamos de ellas. Al volver al dormitorio, Mario y yo comemos un huevo y pan; después pruebo unos nísperos como postre, regalo de Llorca a quien le han traído un paquete. Con motivo de ello recuerdo un antiguo refrán, contado por mi tío Vicente, que dice: «Quién nísperos come, bebe cerveza, espárragos chupa y besa a una vieja, ni come, ni bebe, ni chupa, ni besa».
Por la tarde nos llegan noticias de fuera: Polonia que ocupa militarmente el «Pasillo»; haberse aplazado hasta el día dos el desfile de Madrid, y que dentro de unos días, los que no tengamos nada «común» empezaremos a salir en libertad.
Van, ahora a repartir el rancho de la noche. He ojeado un libro de poesías de Carrere y empiezo a leer Historia de la Civilización de la editorial Calpe; como se ve, las lecturas son desordenadas, pues no hay más remedio que coger lo que llega a las manos de uno, y menos mal si llega algo.
Después de la cena, no sé si a consecuencia de lo mucho leído, me invaden un sopor y una laxitud que me dejan dormido antes de pasar lista.
He sentido de forma irresistible la nostalgia de casa, me acuerdo de todos y de toda mi vida, con el temor, infundado, de no volver a vivirla y, claro, desespero. No se, ni tan siquiera vislumbro, la solución de todo esto. Dicen también que un día próximo vendrá un juez militar a activar los expedientes de cada uno, pero esto mismo se dijo hace mucho tiempo. Ya no me creo nada.
Comento con Mario la lentitud tan desesperante con que pasa el tiempo. El veintiocho de marzo parece una cosa lejanísima, lo mismo el Campo de los Almendros y Albatera. Todo se recuerda como cosa vieja, tal como si hubieran pasado años, pero, sin embargo no se olvidan los detalles de lo sucedido. Más antiguo, naturalmente, es el recuerdo de casa, pero este parece un sueño agradable, nada más que un sueño; si vuelvo a vivir como entonces, será cuando me de cuenta de que fue realidad, y entonces la vida de ahora me semejará una pesadilla.
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Por fortuna, yo pude evadirme de una comunión que, el recibirla sin fe hubiera sido un acto estúpido. Pero, con tal motivo se produce un hecho lamentable del que, por cierto, no éramos responsables nosotros: después de la comunión, por el suelo e incluso en los retretes, entre la mierda que los llenaban, aparecen tiradas algunas hostias; se organiza un gran revuelo, con amenazas de castigo colectivo por parte del sacerdote y de los guardianes, sin embargo no se logra descubrir a los autores del hecho. Para mí, lo mismo que para todos, los culpables del «sacrilegio» eran aquellos que, haciendo caso omiso de nuestras creencias, obligaron a un acto que repugnaba a la conciencia de la mayoría, que vieron en él una humillación más. Quizás como consecuencia de tan triste experiencia, esa ceremonia ya no se repitió más con carácter obligatorio; si que la asistencia forzada a misa, en la que por individuos irreverentes, se cometieron actos de irreverencia.
Nombrado en mi nota, diré algo del tío Vicente, hermano de mi madre. Era militar profesional, en activo. Teniente coronel delArma de Intendencia. Al estallar el, más o menos, más bien menos, glorioso movimiento, estaba en Madrid, en situación de excedencia voluntaria, habiéndose presentado en el Ministerio de la Guerra del Gobierno de la República, quedando en expectativa de destino. Pues bien, ya en marcha la sublevación militar, mi hermano Cristino se desplazó a Madrid, con la pretensión de que se viniera con nosotros a Valencia, donde, más desapercibido y con nuestra protección, hubiera podido librarse de la tormenta que le amenazaba. Se negó a venir, en la creencia de que muy pronto las fuerzas nacionales —los sublevados— tomarían Madrid y se podría incorporar a su ejército. Esa fue su perdición, pues, cuando el general Mola cometió la enorme e imprudente majadería de decir públicamente que contaba, dentro de la misma ciudad, con una «quinta columna», mi tío, al igual que otros muchos militares en su situación es detenido y luego encerrado en la cárcel de «Porlier». Llegó tarde a nosotros esa noticia y, cuando estábamos realizando gestiones para lograr su libertad, tuvimos conocimiento del fatal hecho. Había muerto en la prisión, a consecuencia de una bronconeumonía.
Quería sincera y profundamente a mi pobre tío, él también a todos nosotros, sin que fuera óbice a ese mutuo cariño el profundo antagonismo en nuestros respectivos credos políticos, sobre los que nunca, en sus espaciadas visitas a Valencia, dejáramos de discutir cordialmente.
El lamentable hecho, unos familiares en un bando y otros en el opuesto, se repitió en miles de hogares, en unos por razones geográficas y en muchos por diferencias ideológicas. Como más destacados, recuerdo los siguientes casos, todos sus protagonistas amigos míos: un individuo, gobernador civil y jefe de la Falange en Valencia, mientras su padre estaba cumpliendo condena por «rojo» en una prisión de la misma ciudad, cada uno luchando, durante la guerra, en distinto ejército; el jefe del Cuerpo de Ejército donde estuve encuadrado, que, cada vez que venía a bombardear la aviación enemiga, pensaba que su hermano pilotaría alguno de aquellos aparatos, pues era aviador en el otro bando; un abogado amigo, condenado a muerte, también por «rojo», mientras uno de sus hermanos era Juez especial de los «nacionales» y el otro ocupaba un destacado puesto en la política regional falangista... Con tantos y tantos casos similares que harían interminable esta relación.
Vaya, como homenaje a todas las víctimas de la cruel guerra, un cariñoso y emocionado recuerdo a mi querido tío Vicente, aunque militar, excelente persona.
Circulan noticias internacionales, que, al igual que los «bulos» han de seguirnos durante toda nuestra vida carcelaria. Pero, ese hecho, Polonia, precursor del próximo cataclismo, todavía no tiene un definido color y casi nadie le da demasiada importancia.
En efecto, todos aquellos hechos, a pesar de que los «veo», me parecen hoy una pesadilla. Ahora, libre, mejor si estuviera plenamente libre, me agradaría volver a recorrer los sitios por donde anduve preso, reviviendo en el pensamiento, sobre el lugar donde se desarrollaron, los alucinantes momentos que tan increíble huella dejaron en mí. Y hoy, cuando mis años se acercan a una edad en la que empieza a declinar la energía vital, pienso en lo relativo del tiempo, que unas veces semeja ser lento y otras huir a endiablada velocidad, con la triste realidad de que nunca vuelve atrás.
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8 de mayo (lunes).-Comienzo la lectura de Breve historia del mundo, de
H.G. Wells. Me parece formidable, y si la encuentro será uno de los libros de mi biblioteca, junto con Extracto de la historia, del mismo autor.
El dolorcillo de garganta que tenía hace unos días se acentúa y aparecen mucosidades nasales, primer síntoma gripal o de un simple constipado. Por la tarde, después de leer y dormir un rato, juego tres partidas de ajedrez con Hervás (excelente muchacho del que no he vuelto a saber) y le gano dos.
Había jugado otros días con Mario, quien, dada su superioridad, siempre me ha ganado.
Este diario, tal y como está, es posible resulte deshilvanado; no obstante pienso seguir en él. No quiero que esta etapa de mi vida, la más emotiva de mi vida, quede sin plasmación escrita, lo más veraz posible.
Otro bulo, continuación de uno anterior: que pronto comenzará a actuar el Juzgado Militar, y que enseguida saldremos de aquí los «políticos».Aunque los deseos de que sea así son muy grandes, no me lo llego a creer.
La vida, en general transcurre como siempre: la misma comida, iguales las horas que regulan nuestros actos, todos los días idénticos paseos por la sala, sin salir de ella. Perenne la falta de agua para lavarse y, en ocasiones, casi también para beber. El estado sanitario de la gente es regular, pues hay una epidemia gripal que dura bastantes días, atacando diariamente a varios con elevadas temperaturas, siendo su duración de dos a tres jornadas; con el inconveniente de que se carece de medicinas. Ahora van a repartir la cena, por cierto que, dada la falta de agua, ni los platos se pueden limpiar.
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Sigo creyendo que Wells es un formidable escritor, aunque, en la calle, de sus obras sólo haya podido encontrar El mundo se liberta. Otra vez he de volver al doctor, para decir, aunque en una primera y falsa impresión le juzgue de egoísta, fue el primero de los tres —él, Mario y yo— que recibió comida en cantidad apreciable y, por decisión espontánea, la compartió con los otros dos.
En casa, de mi padre gran aficionado a él, aprendí el juego del ajedrez; allí en la prisión llegó a constituir uno de nuestros pasatiempos favoritos, jugando con un tablero y piezas improvisadas, pero que servían a nuestros fines.
¿Optimismo? ¿Pesimismo? De nuevo optimista. Otra vez escéptico. Amí, por lo menos, me sucedía eso; sin motivo aparente, o aunque existiera no percibido, pasaba con suma facilidad de uno a otro estado, a veces en el transcurso del mismo día. Ahora, existiendo gran semejanza entre deambular por la gran prisión que es España con mi vivir en la pequeña cárcel de Orihuela, me ocurre lo mismo. Una inextinguible ilusión, hasta cierto punto similar a la de entonces, llena mi mente y, sobre el fondo de un constante «no creer», hay ocasiones en que pienso que pronto será realidad lo del ansiado cambio de régimen. En la calle impera, también, el bulo, que pretendemos razonar con sofísticas argumentaciones, carentes, en su mayor parte, de fundamento.
Es de admirar que nuestro estado sanitario fuera sólo regular, dadas las pésimas condiciones en que nos desenvolvíamos.
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9 de mayo (martes).- A la una de la madrugada llaman a José, el «cabo fogonero o jefe del S. I. M.», como le apodamos. No se sabe si va en libertad o conducido a otra parte. Se trata de un tipo curioso, de unos cuarenta y pico de años, regordete, hoy viste chaqueta, hace unos días blusa murciana, la propia de su profesión de carretero; es de Mula y, según dice, ha ido mucho a Caravaca y Calasparra, vendiendo limones y otras diversas cosas. Vino a «Oficinas», en Albatera, porque parece ser le confundieron con el jefe del S. I. M. de Cartagena; no tiene «pinta» de tal, más bien, como dice, debe haber sido cabo fogonero o cosa por estilo. Sin embargo no carece de inteligencia, aunque poco cultivada.
En todo el día no sucede nada de particular: leo, paseo y juego al ajedrez: es otra jornada que termina sin que se resuelva mi gran problema: recibir noticias de Valencia. Conservaré la paciencia hasta pasado mañana, jueves. Apesar del hambre, lo que más me interesa son las noticias que no llegan. A la madre del doctor le conmovió mi triste caso. Yo no sé como no me he vuelto loco, no creía se pudiera resistir tanto, aunque ahora creo que se puede aguantar aún mucho más.
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Especialmente me ligaba a José el nombre de Calasparra, pueblo de origen de mi mujer. Fue uno de los muchísimos individuos interesantes, o curiosos, que conocí en el peregrinaje por las distintas cárceles en donde estuve. En igual medida, yo también sería un «tipo curioso» ante los ojos de mis compañeros de prisión.
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10 de mayo (miércoles).- Así un día y otro día y un mes y otro mes pasó... Mi desesperación aumenta ante la falta de noticias... ¿Vivirá mi mujer? Sí, tiene que vivir para mí, lo mismo que yo he de salir para ella. Pero, ¿vive? ¿Toda mi demás familia, cómo está, cual es su situación? Necesariamente han de estar bien y en situación normal, pensar otra cosa es absurdo. Más..., mi pobre madre, a su edad, en su delicado estado, ¿vive?... Y mi hijo, ¿existe?... ¿ha llegado a ser?... ¿habrá sido la causa de la muerte de su madre? ¡No! Ella, aunque el hijo no haya nacido, ha de vivir. Ahora seguramente está pensando en mí, hasta, quizás, se halle camino de Orihuela, o puede ser que ya esté aquí y no pueda comunicar.
¿Por qué pienso estas cosas absurdas? ¿Acaso sea que falla mi mente? ¿Se habrán olvidado de mí? ¿No hacen todo lo que pueden? ¿Estarán esperando vaya a Valencia, en libertad o conducido? ¿Cómo responderán los amigos de Valencia? ¿Y mis tías Fidela y Ángeles?.
Preguntas que espero tener contestadas mañana, cuando, al fin, reciba la visita ansiada. Hace una semana que pienso en ese día como el más grande de mi vida de presidiario... ¡Presidiario!... Yo, que he tenido y tengo por norma la máxima honradez en todos mis actos, antes, en y después de la guerra, soy ahora carne de presidio.
Mario recibe la visita de su mujer, que le trae comida. Le da la dirección de la mía para que le transmita noticias mías. Reparte tabaco en la sala.
A las cuatro de la tarde salimos por primera vez al patio, donde, durante un rato, tomo el sol desnudo de cintura para arriba. A las seis y pico regresamos a la sala. El doctor obtiene una serie de noticias favorables a nuestra situación, tales como: levantamiento de incomunicaciones; aumento del rancho; posibilidad de amnistía, con un ambiente favorable a ella en la calle, sobre todo entre los tradicionalistas. Y, sin nada más, llega la hora de la cena.
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Vuelve a mí, con base en los versos recordados, el sentimiento trágico de la vida. Veo como llegan constantemente, a comunicar con ellos, los familiares de otros presos, y me siento abandonado por los míos, sin comprender el motivo de su silencio. Ante ello, mi pensamiento no tiene otra salida que la de derivar hacia suposiciones plenas de negros presagios; además, estaba de por medio el nacimiento de aquel hijo: ellos tenían que suponer mi inquietud, mi ansia de saber y, sin embargo, no dicen nada, ni vienen a verme. Al final, la ilusionada esperanza de besar al día siguiente a mi mujer y a mi hijo.
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11 de mayo (jueves).-Esperaba noticias de casa, aunque sólo fueran unos céntimos o una cajetilla de tabaco enviada por correo. El día casi ha transcurrido ya, han traído muchos paquetes; a mí ninguno, aunque dicen hay más para repartir mañana. Me queda, pues, esa pequeña esperanza, aguardar a mañana. Mas, ¿qué voy a hacer? Me consumiré de angustia y de desesperación; siempre habré de esperar el incierto mañana. ¿Cómo es posible no sepa, aún, nada de mi familia? No se que pensar, doy vueltas y más vueltas a mi mente, tratando de descifrar las causas de ese silencio absurdo y las soluciones que encuentro las rechazo por imposibles. Me olvido de que es probable haya dado a luz hace muy pocos días, puede ser que sólo seis, y esté imposibilitada de venir. Pero, ¿y por correo? Mas, ¿acaso llegan las cartas o los paquetes postales?
Por la tarde nos ponen la vacuna antivariólica, en el patio grande. Amediodía ha habido reenganche, a mí por unos cuantos no me llegó. Hacia una semana que no lo había.
Esta noche me tocará a mí, falta que hace pues el hambre es desolador.
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A partir de ese día, la transcripción de mis notas adquiere un nuevo e inestimable valor: las encuentro escritas de puño y letra de mi buen padre, y me emociono pensando en la emoción que él debió sentir al trasladar a nuevo papel lo por mí anotado a lápiz con una letra que, en ocasiones, le costaría gran trabajo descifrar. Seguro, también, que sentía el orgullo de hacerlo, aún a pesar de que a veces le hirieran mis consideraciones, o los imperdonables olvidos.
Por lo demás, reconozco ahora que era pesado en las continuas evocaciones a mi mujer y a mi hijo, y en la expresión de mis sentimientos hacia ellos, repitiendo constantemente los mismos conceptos; más, ¿qué iba a hacer si el pensamiento en ellos era la idea que me dominaba?
Hay que tener en cuenta que yo era uno de los pocos afortunados, gracias a la «bolsa», al doctor y a Mario, que había podido gozar de alimentación suplementaria. Así pues, si para mí el hambre era desolador, ¿qué no sería para los más desgraciados que sólo se habían alimentado con el poco y malo rancho que nos daban?
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12 de mayo (viernes).- Anoche, a Martín, le compré veintiún cigarrillos finísimos por dos pesetas; su valor no llegaba a cincuenta céntimos. Me produjo un efecto lamentable el ser explotado por un individuo de la prisión; un amigo por la proximidad de su petate, aquí y en Albatera. En esta ocasión, obtuvo con lo que sacó de los cigarrillos, pan y unas latas de sardinas, no ofreciéndome una ni por cortesía.
A indicación del doctor, recojo la siguiente interesante observación: Cuando un individuo se pone enfermo, todos los de su alrededor se desviven por él, llaman al médico, se interesan por el estado del paciente, y su pregunta, después de conocer la alta temperatura, siempre es la misma... ¿podrá comer?... ¿no será perjudicial hacerlo con tanta fiebre? Persiguen el triste plato de rancho, objeto de todas las ansias dentro de la cárcel.
Otro hecho, motivado por causas parecidas, es el de la serie de amigos que les salen a aquellos que tienen la suerte de recibir algún paquete con comida; todos automáticamente transformados en los más fieles servidores del afortunado.
Si esto dura mucho, creo llegaran a establecerse categorías entre los presos, basadas únicamente en la cantidad de comida que cada cual reciba.
Relacionado con lo mismo, no quiero pasen desapercibidos los «cara duras», que se han creado, o descubierto si ya lo eran, con motivo de la distribución del rancho: son los individuos que por múltiples procedimientos,algunos sucios, conseguían dos platos o raciones todos los días, habiendo quien ha conseguido hasta tres.
Anoche, por el nerviosismo del reenganche, se produjo una gran bronca, con principio en una discusión acerca de por donde debía de comenzar el reparto, y terminada por el hecho de haberse negado otro plato a un pobre enfermo del pecho; los ánimos se pusieron al rojo vivo. El estómago,¡pobre estómago!, es nuestro consejero y guía. Por cierto que, desde hoy,los profesionales de los dos platos están de enhoramala: la comida se repartirá en los petates.
Se da como cierto el rumor de la próxima amnistía, igual que lo de la libertad de los jefes y oficiales, siempre que no tengan nada más. No acepto ni rechazo estas noticias: espero simplemente.
Esta mañana he comenzado la lectura de vivir de T. Bradcome, novela publicada con licencia.
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Otra vez la paja en el ojo ajeno... Incomprensible mi indignación ante la venta de veintiún cigarrillos por dos pesetas, cuando, pocos días antes, yo había vendido una cajetilla —su valor, 0’30 céntimos— por un duro. La diferencia entre ambas «operaciones» es que yo había comprado, mediante trueque, el tabaco que vendí a un precio que resultaba exorbitante,sin ganar nada al desprenderme de él. De cualquier forma, era el menos indicado para «meterme», como lo hice, con un compañero cuyo egoísmo no era superior al mío.
Plena de realidad la observación del doctor. Ahora bien, ya lo dije antes, se había salvado de casualidad la vida y era preciso seguir viviendo, como fuera, pero viviendo. Si la ración suplementaria se lograba al preciode la salud de un compañero, ¿qué más daba?... ¿Acaso yo no me había alegrado de la enfermedad del mismo Doctor, sólo que a cambio de un pedazo de petate donde mal dormir? Todo egoísmo, o instinto de conservación. De cualquier forma algo mucho más digno que los mismos hechos constantemente repetidos entre los hombres en libertad.
Volviendo al viejo tema de el reenganche, veo en mí un bajo sentimiento de envidia hacia los más afortunados, más hábiles, que lograban siemprealcanzarlo. A pesar de todo, la defensa que en la bronca se hizo del desgraciado enfermo, es claro exponente de que aún perduraba en muchos de los nuestros un noble sentimiento de solidaridad.
13 de mayo (sábado).- Ayer tarde, a última hora, oímos otra conferencia del padre Jesús de Orihuela. Después de expresar su contrariedad por no haber conseguido tabaco y libros para nosotros, nos dio unos consejos referentes a la confesión y comunión, tras lo cual entró en materia. Trata de los incrédulos, de los crédulos y de los creyentes; los dos primeros censurables por defecto y por exceso. Los crédulos, dice, son los supersticiosos, y cuenta alguna anécdota al respecto; a los incrédulos los estudia en el hombre que dice: «no creo porque no creo», en relación con eso habla de la constelación de Las Pléyades (Cabrillas), con trescientas mil estrellas, y de la sangre con sus glóbulos rojos, todo cosas que no se ven, no se comprenden y que, sin embargo, son ciertas; del hecho de que cuando habla el médico, el ingeniero o el arquitecto, los ajenos a la materia no le discuten, cosa distinta a lo que sucede cuando habla el sacerdote. Se refiere después a la parábola del paralítico y a la historia del Hijo del Hombre, para llegar a la idea de Dios, basada en sus cualidades y, sobre todo, en la fe. Es una idea, añade, tan excelsa, tan grande, que la razón no puede llegar a comprenderla y que constituye el misterio de la humanidad, alcanzable sólo por la fe. Estuvo mejor que la otra vez, con un defecto, el de haber elegido argumentos demasiado simplistas.
Anoche se extendió, hasta tomar consistencia, el viejo rumor de que pronto habrá una amnistía, pues, según dicen, la prensa ya ha hablado de eso; se espera para después del día de la victoria y que Franco la anuncie en su discurso. Quisiera, claro, fuese cierto. Aquí, eso y la comida son los temas de preocupación —aparte del familiar— y base de casi todas las conversaciones.
Hoy, día de entrada de paquetes y de visitas, espero, también, que me llamen; sin embargo, no tengo gran esperanza de que sea así. Sigo anonadado por la falta de noticias de casa, pero ya ni siquiera busco explicación a ese hecho incomprensible; la busqué y no pude encontrarla, no tengo otro remedio que esperar. No puedo creer en una desgracia, ni en negligencia por parte de los míos, pero temo lo primero.
A la hora de la comida, don Paco, jefe de servicios, nos ha leído una orden, en virtud de la cual queda levantada de hecho la incomunicación: se nos autoriza a escribir una carta semanal, en tarjeta postal o en una cuartilla a una sola cara. Anuestra sala (dormitorio1.º) nos toca los martes; además, el lunes se comenzará a repartir la correspondencia detenida. Al fin cesa la odiosa incomunicación, produciendo este hecho un gran contento en todos los presos. En lo que a mí respecta abre un nuevo paréntesis de esperanza; el martes escribiré, enseguida espero tener contestación y saber, al fin, que todos están bien... ¡No! Las noticias serán buenas, confió en recibirlas en ese sentido. Sea lo que quiera, lo cierto es que ya pronto sabré de ellos, saliendo de la incertidumbre en que ahora estoy. En mi carta, cuyo borrador voy a hacer ahora, pienso pedir alguna cosa. ¡Qué alegría no se llevará mi familia cuando reciba noticias mías!... Hasta mi «peque» la va a leer.
Sin más novedad transcurre el día hasta mediada la tarde. Pero, como hoy tenía que ser la fecha más grande de las pasadas en prisión, a esa hora y al repartir los paquetes, cantan mi nombre; con duda me dirijo a la puerta, y veo que sí, que se trata de mí. ¡Emoción! La dirección, en el paquete entregado a mano, viene escrita con letra del papá; primera noticia grande, ya sé que está bien y además aquí. Enseguida lo abro: contiene ropa, comida, papel, sobres, tabaco, y viene también lo más hermoso que podía recibir: una foto con mi mujer y mi pequeña. Desaparece la anterior intranquilidad al ver que, quien sólo existía en la imaginación, adquiere vida, se transforma en imagen real que ya por nada se puede borrar de mi mente. La vida tiene un nuevo aliciente para mí, el más grande imaginable, el amor hacia mi mujercita guapa, que ya, sobre todo, es la madre de nuestra hija, aumenta, se transforma en algo más excelso. La abuelita querida adquiere un nuevo valor ante mis ojos, lo mismo que el abuelo gruñón, y mi hermano y todos los demás seres queridos, hacia los cuales también aumenta mi cariño. Raudales de optimismo, de ansias de vivir en libertad, me invaden. La emoción que siento no es comparable a ninguna anterior.
En el primer momento, cuando sólo había visto los muchísimos manjares que me envían, ante la presencia de los compañeros, tengo que aguantarme las ganas de llorar, después necesidad de llorar. Luego, la emoción se manifiesta en transportes de alegría; unas veces quisiera, en medio de todos los que me rodean, ponerme a saltar y a gritar: les doy unos cuantos cigarros a los más amigos; tengo que contenerme ante el deseo de repartirlo todo entre todos. No se concretamente lo que siento, pues nada se puede comparar a esto de ahora. ¡Soy padre! Dos palabras, sí, incluso vulgares, pero, ¡qué palabras!
En la foto, mi hija, nuestra hija, se parece a mí; debe parecerse más a cuando yo era pequeño: es peluda como yo, y como yo debe ser una «meona». Como su madre es y será guapa; buena como los dos y como los abuelos. La he de educar en los principios de la más sana moral y así, necesariamente, será buena.
Estoy escribiendo a la una de la madrugada del día catorce. No sé, creo es imposible de conseguir reflejar todo lo que ayer sentí, todo lo que ahora estoy sintiendo; sólo acierto a comprender que es algo antes desconocido, nuevo, incomparable a nada anterior. No puedo dormir pensando en mi hija. Anhelo verla, abrazarla, comérmela a besos, vivir la vida de padre...Mas, ¡que triste es recibir tal noticia privado de libertad, conocer a una hija solamente por su fotografía, no saber ni tan siquiera cuando nació! En fin, me tendré que resignar y esperar hasta poder hablar con su madre.
¿Su madre? ¡Eh, «chinita»!Ya eres madre, y que contenta no estarás con el fruto de nuestro amor: te consolará de esta forzosa separación. Me dirás que quieres que estemos juntos, yo también lo deseo sobre todo en el mundo, mas tú la tienes a ella, sentirás sus primeras caricias, verás su primera sonrisa y oirás sus primeras palabras. Sé que la enseñarás a quererme, que lo primero que aprenderá a decir será pa-pá. Pero yo tendré que vivir con la imaginación, que me llevará a vuestro lado para no separarme de allí. Sin embargo, ¡qué diferencia! No, no puede ser así, yo no tengo porque estar aquí, y como nada malo he hecho, nada he de temer. Y ya, cuando pronto recobre la libertad, comenzaremos una nueva etapa de nuestra vida, más feliz que la anterior, pues tenemos un motivo más de felicidad...
Y dejo de soñar.
Quiero dormirme con el convencimiento de recibir visita, con la idea de levantarme temprano y vestirme con el traje azul, para recibir a mi hija con igual ropa a la que llevaba cuando tomé por compañera a su madre.
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Recogí en ese día, con algún detalle, lo que fue discurso o sermón, del padre Jesús. Dijo las mismas vaguedades, con iguales tópicos, que siempre tales individuos suelen decir, lo suficientemente vulgares como para que nosotros, el heterogéneo auditorio que le oímos, comprendiéramos, sin lugar a dudas, que ninguna base lógica ni racional tenían sus afirmaciones. Por cierto que estos días estoy leyendo El hijo del hombre, de Emil Ludwig, que me parece una formidable biografía del hombre Jesús.
Hoy, 13 de junio de 1958, he oído por la radio fragmentos de las declaraciones de Franco a un corresponsal de Le Figaro, de París. Entre otras cosas ha dicho que aquí, en España, después de la guerra civil no hubo casi represión y que no se castigó a nadie por ideas políticas; también que a los veteranos republicanos se nos ha tratado espléndidamente, sacrificándose ellos para darnos puestos de responsabilidad, hasta que alguno ha sido ministro con él. Es algo inaudito, la cosa más cínica y desvergonzada que en mi vida he leído u oído.
Hitler decía que la mentira, cuando más absurda es, con más facilidad se la cree el pueblo. No obstante, supongo que los españoles, testigos de las más sangrientas de las represiones, no serán tan idiotas —y lo somos mucho— como para creer tamaños embustes. Por encima de la suya, quisiera hacer resonar mi voz, para decirle al mundo de toda la bárbara crueldad de unos sanguinarios vencedores, que ni tan siquiera necesitaban ser crueles; eran, son y seguirán siendo unos fanáticos a quienes sólo el odio guiaba, y a quienes hoy —antes igual— además guía la codicia.
Me expongo, lo sé, a que estas notas caigan en manos de la policía y que, a pesar de que sólo son escritas para mí, sin ánimo alguno de darles publicidad, sienta sobre mi cuerpo las caricias —léase golpes— de los esbirros de la justicia franquista, y que ésta, después, por cualquier tipo de delito que se inventen, si no lo han creado ya, me condene a una pena aflictiva. No obstante escribo, dejándome llevar de la indignación. Es vergonzoso que ese hombre, por la radio, en voz alta, diga tales falsedades.
Verídico exponente, aunque pálido, de la crueldad de nuestros guardianes y de todos los vencedores, es que, después, de mes y medio de estar en su poder, completamente inermes, como gran merced se levantara la incomunicación general hasta entonces sufrida. ¿Por qué —me pregunto— de esa incomunicación? Desde luego no encuentro, ni creo exista, otra explicación más que la tan repetida crueldad, puesto que escribiendo a casa ningún daño podíamos hacer a las victoriosas armas. Pura y simplemente se trataba de mortificarnos, por el solo placer de hacerlo. ¡Y lo consiguieron!
Sin duda, aquel fue uno de los días más emotivos de los vividos en la cárcel, sólo superado por el otro nefasto en que me enteré de la muerte de mi padre.
En mis notas anteriores he negado la existencia de solidaridad entre los compañeros presos. ¡Mentira! Aún hoy veo alrededor de mí, contentos con mi alegría y emocionados por mis lágrimas, a todos los del dormitorio, en especial a los que como yo, venían de Albatera, entre quienes se había hecho célebre «mi caso». Abrazos, apretones de mano, risas, cantos...también lágrimas en alguno, me hicieron percibir un calor humano pleno de amistad y comprensión. Desde luego, aunque yo lo diga y a veces parezca así, no todo es miseria y egoísmo en el hombre.
La fotografía recibida exarcebó en mí el ya exaltado cariño familiar, llenando todos mis pensamientos, hasta hacerme ser pesado al decir continuamente lo mismo en mis notas... ¿De qué iba a hablar?
Entonces no sabía escribir —hoy tampoco— y quise expresar mis ideas y sentimientos con toda la emoción que la vista de mi hija despertaba en mí. Sin que crea hace falta más comentarios sobre este hecho.
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14 de mayo (domingo).- Me despierto antes de hacerse de día. Mi primer pensamiento ¿para quién ha de ser? No me levanto hasta más tarde; me gusta estar en la cama, haciendo proyectos para nuestra vida futura, aunque, como es natural, no decida nada. Contemplo nuevamente la gran fotografía. No me canso de verla, de mirarla.
Por fin salgo de la cama y me visto como todos los días, con la intención de cambiarme cuando volvamos de misa. Arreglo un paquete con la ropa sucia y una nota con las cosas que les he de pedir. Tengo la seguridad de recibir visita; únicamente sé que mi padre está aquí, sin poder adivinar si Visitación ha venido o no, con la esperanza de que a muy corta distancia de mí estén los dos. La mamá no creo haya hecho el viaje. ¡Qué grande sería recibir la visita de los cuatro: mis padres, mi mujer y mi hija! De Cristino, no pienso esté aquí, aunque, claro es, también siento deseos de abrazarle.
Voy a misa. A la vuelta, lo primero que hago es ponerme «guapo», para recibir a los seres que más se lo merecen. ¿Vendrán?...¿Estarán todavía en Orihuela? Supongo que sí y que hoy les veré, podré hablar con ellos y, acaso, también abrazarles. Hasta tengo preparada la corbata para ponérmela ¿les veré?
Hace un rato nos han traído la comida que encargamos, viene un poco de pan con una tortilla de patatas, un huevo, cebollas, naranjas y una lechuga: estamos, pues, en grande. Después de la crisis pasada volvemos a vivir, sobre todo yo, y no por la comida. Ya, sí se permiten las visitas, tengo la casi seguridad de celebrar el día 23 de la mejor forma que podía imaginar, con la compañía de mi mujer y de nuestra hija. Espero, ¿como no?, recibir también la visita de los papás, de Cristino, de mi sobrina, en fin de todos los seres queridos.
Siento aún inquietud, se refiere a los efectos que todas estas emociones habrán producido en mi madre. Pero ella es fuerte, además de que el nacimiento de la nieta le habrá hecho sobrellevar mejor nuestra separación y su zozobra por mí.
Ayer, el doctor tomó nota de los enfermos de sarna que hay en la sala, llegando a la cifra de cuarenta y cinco, entre los ciento noventa y ocho que somos; resultado que bien claramente revela cual es nuestro estado sanitario. Hay también dos casos de tracoma, algunos de enfermedades venéreas y un tuberculoso hospitalizado (un catalán que se acostaba detrás de nosotros, a quien llamábamos el Follones, por estar siempre metidoen líos y que viste estrafalariamente, con una guerrera de comisario sobre el pijama de seda). Con seguridad existe algún otro caso de tuberculosis, y sin duda los debe haber de otras enfermedades. Respecto a la sarna, se ha contagiado de forma extraordinaria; en Albatera, entre ciento ochenta presos, solo había unos diez casos. Claro que, desde entonces, no se ha aplicado tratamiento alguno, ni casi bebido agua. Dicen que ahora se trata de adoptar medidas sanitarias respecto a los sarnosos.
Están trasladando a Madrid a los agentes del S. I. M. y de la policía, parece que se los van a llevar a todos. Relacionado con esto, se asegura que, de momento, van a ser trasladados allí todos los de esa procedencia, y que después sucesivamente marcharán a las otras provincias los que pertenezcan a ellas. Esta noticia se la dio un falangista al cabo.
Al terminar la misa el jefe de Servicios ha manifestado su satisfacción por ser nuestra sala la mejor, habiéndonos dicho que lo que necesitemos no tenemos mas que pedírselo a él, y si está en su mano lo concederá; dice además, que somos educados y disciplinados.
El sacerdote, al comenzar la comunión ha pronunciado unas palabras referentes al acto. Ha aludido luego a los crímenes y al seguro perdón de las víctimas.
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Sabía, por mi dirección escrita de su mano que, al menos mi padre, estaba allí, a dos pasos de mí, y confié en verle. Pero, mezclado entre las notas afectivas, igual que siempre, el detalle material sobre una vulgar comida, que entonces nos parecía pantagruélica.
El estado sanitario de los presos era malo, con la lamentable circunstancia de que se carece de medios para combatir las enfermedades, incluso no había nada para curar la sarna. Lo raro, pues, es que no estuviéramos peor.
No he sabido nada de aquellos compañeros de prisión trasladados a Madrid, lo probable es que su suerte no haya sido mejor que la mía, y que alguno habrá pagado con la vida el formidable delito de haber luchado por la libertad, contra la tiranía.
Yo, novato en la vida de presidiario, veía muchos defectos en mis compañeros de cautiverio; creo, no obstante, justificada la opinión favorable del jefe de Servicios, pues, sin duda y en términos generales, las cárceles españolas se vieron honradas por nuestra presencia, al propio tiempo que nosotros fuimos enaltecidos al merecer el honor de ser encerrados en la cárcel como presos políticos enemigos del franquismo y de todo lo que representaba.
En aquella ocasión, después en otras muchas, he podido ver como los curas que hasta nosotros venían, al parecer en plan catequístico, con total ausencia de tacto, han aludido, o hablado claramente, de los crímenes cometidos durante la guerra, motejándonos a todos de criminales. Creo que, si hubieran sabido prescindir del odio que llenaba sus almas, nos hubiesen hablado de Dios, en el que alguno de los nuestros creía, prescindiendo de cualquier consideración política.
15 de mayo, 1939 (jueves).- Ayer pasé todo el día esperando la ansiada visita, que no llegó. Hoy sigo aguardando lo mismo. La ropa, ante lo de anoche (descubrimiento en la vuelta del cuello de la chaqueta de un verdadero vivero de piojos) la he vuelto a meter en la maleta, en espera de que puede revisar todas las otras prendas que tengo en ella.
Ayer, por la tarde fuimos un rato al patio, nos entregaron un montón de cartas. Yo no tenía ninguna; menos mal que ya había recibido noticias. Por la noche, después de acostados, hablé un rato con el doctor, primero de cuestiones de Derecho Penal, luego de los planes profesionales una vez salgamos de aquí. Antes había leído la Ley de Responsabilidades Políticas, que comenté con otro abogado que hay en el dormitorio; la parte que venía en la prensa no me produjo muy mala impresión, pues me parece no está mal construida y no es demasiado dura. Me falta, para formar un juicio sobre ella, poseer datos acerca de su aplicación y, sobre todo, conocerla íntegra.
Pienso pedir a casa que me manden «el Carrara», un libro de César Juarros titulado Los horizontes en psicoanálisis y Lo vivo y lo muerto en el psicoanálisis de López Ibor. Esta materia me interesa desde que estudiéDerecho Penal, y quisiera imponerme en ella.
Hoy, consecuencia de que el cabo a nombrado a Mario encargado de todo lo relacionado con los sellos, pasamos el tiempo dedicados a esa tarea. Por cierto que, hacemos arqueo y nos da un resultado satisfactorio.
Dada la carencia de dinero, he tenido que vender una cajetilla de tabaco, después, ante la insistencia de algunos compañeros, les he vendido veinte cigarrillos hechos por dos pesetas; además, por compromiso, le he prestado otra cajetilla a Regidor. Desde luego el estanco ha quedado cerrado: lo que tenemos es para fumarlo nosotros.
Hemos desayunado el resto de pan y tortilla que nos quedó de anoche. Ante la prohibición, según nos comunicó el oficial de servicio, de seguir entrando comida y de recibir paquetes, no sería raro pasáramos otra temporada de crisis; creo que, por muy dura que sea, tendré fuerzas de sobra para sobrellevarla bien, aunque no fuera más que por el nuevo ser que me necesita y exige que siga viviendo para él y para su madre.
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Difícilmente explicable, pero cierto. La chaqueta que me puse el día anterior sin notar nada en ella y que por la noche quedó encerrada en la maleta, al sacarla de nuevo, apareció transformada en un nido bien poblado delos repugnantes piojos, eso aún a pesar de que tales bichos son parásitosdel hombre y se alimentan de nuestra sangre. ¿Estarían ya en la chaqueta cuando me la puse la primera vez? ¿Vendrían morando en ella desde tiempo atrás, saliendo de su escondite por la noche y alimentándose de mí o deotro compañero?
Dado el total aislamiento del mundo exterior, creí que la Ley de Responsabilidades Políticas era la que iba a servir de base para juzgarnos. Hasta que no lo conocí directamente, primero por la experiencia de otros, después por la mía propia, nunca pensé que el cinismo de los rebeldes —los triunfadores— iba a ser tanto como para condenarnos a nosotros, los «rojos», que nos habíamos limitado a defender un régimen absolutamente legal, por un delito, el de rebelión, que sólo ellos habían cometido. Pensé, si deseaban matarme, como con tantos hicieron, no tenían más que acusarme de todos los delitos comunes que hubieran querido y con ello legalizar un asesinato más, pero, repito, nunca entró en mis cálculos que fuera condenado como rebelde, por los mismos y únicos rebeldes. Hacía poco tiempo que obtuve la licenciatura en derecho, incluso quise ser juez y, como hombre de leyes, todavía con fe en la justicia, estaba poseído de tremenda ingenuidad, ignorante de que en nombre del derecho se puede hacer lo que se quiera, hasta las más bárbaras injusticias.
En relación con la comida, sería interesante conocer el número de tuberculosos que, por hambre, enfermaron en las cárceles franquistas. De cualquier forma, es vergonzoso para un Estado que deje sin comer a sus presos; claro que nosotros éramos considerados peor que perros sarnosos, por lo que es muy posible que el hambre fuera uno más de los tormentos que con sádico placer nos aplicaban.
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16 de mayo (martes).- Ayer pasó otro día sin recibir la visita que esperaba; creo que no la recibiré pues, ante la imposibilidad de conseguir comunicación, se deben haber vuelto a Valencia. ¿Habrán venido mi mujer y mi hija? Creo, también, que no, por ser demasiado pronto para hacer el viaje, aunque espero que no tardaré mucho tiempo en verlas.
A última hora, al grupo de sanos nos trasladan a otra sala. Mario, enfermo de sarna, con todos los que la también la tienen, queda en el antiguo dormitorio. Me sabe mal, pues es un excelente muchacho y gran compañero, recto, serio, amable, en fin el mejor amigo que aquí tengo. Espero que pronto curará y volveremos a estar juntos.
El nuevo dormitorio es el séptimo, ubicado en el segundo piso. La sala donde nos alojan es mucho más pequeña que la anterior, yo, con otros dieciséis más, ocupo una habitación en el vestíbulo, regular de capacidad y con dos ventanas al exterior. La principal característica de esto son los chinches, que ayer, primera noche pasada aquí, casi no nos dejan dormir. Hemos estado un mes justo en el otro alojamiento, comienza, pues, lo que pudiéramos llamar nueva etapa en mi vida carcelaria.
Por la tarde bajamos al patio, allí espero carta, que no recibo. Antes me habían llamado para entregarme el dinero que, como valores declarados, me envían de casa, de las cien pesetas giradas, sólo me dan veinticinco, dicen que las otras me las irán entregando conforme vaya gastando las recibidas. Llama mi atención el hecho de que el sobre no traiga la letra de mi padre ni de nadie de casa, únicamente, a primera vista, encuentro semejanza con la de Aurelio, aunque de remitente figura mi mismo padre, desde Valencia. A lo mejor él estaba allí, o está todavía, y fue quien hizo el envío.
Desde una ventana que da al patio de los sarnosos, he hablado con Mario, que está muy cabreado, pues cree que no tiene sarna y que es inevitable se contagie, puesto que a aquella sala han ido más de doscientos, alguno llagado hasta la cabeza.
Escribo mi primera carta a casa desde esta prisión; hago, pues, uso de la «facilidad» que nos han dado de comunicar. Para conseguir sellos, tuve que vender una cajetilla de tabaco por 2’50 pesetas.
Al final ha pasado todo el día sin recibir la tan esperada visita; sigo creyendo que el papá, acaso con Visitación, está aquí y no puede comunicar. En el nuevo dormitorio tenemos una ventana que da al camino que sube a la prisión. Paso grandes ratos esperando ver a mi mujer o a mi padre. Hoy he recibido el dinero, aunque esto sólo demuestra que no se olvidan de mí. Esta mañana, a primera hora, ha salido hacia Alcira el nuevo compañero que ocupa el puesto de Mario, el Carabinero, por lo que Juan y yo tenemos colchonetas individuales, una para cada uno.
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Quizás, con el cambio de alojamiento se ganara en condiciones higiénicas, puesto que de la húmeda planta baja pasamos a un piso alto; pero, sobre todo, había perdido la compañía insustituible de Mario. También, aún a pesar de la inicua explotación de que éramos objeto, perdíamos la ventaja de la «bolsa», a través de la cual obtuvimos, no importa el precio, alimentos que es posible hayan contribuido a que muchos, yo entre ellos, pasásemos aquella triste etapa sin grandes daños en nuestra constitución física.
Sobre los chinches, para valorar con exactitud mi nueva referencia a ellos, hay que tener en cuenta que venía de un lugar donde ya abundaban, ni que decir tiene, pues, que en el dormitorio recién ocupado su número era exorbitante, fuera de todo cálculo. Por primera vez en la vida, allí que el techo era bajo, pude observar un hecho curiosísimo: los tales «bichitos» utilizaban una técnica especial para alcanzar sus objetivos, así, para llegar a nosotros, aún partiendo del mismo suelo donde dormíamos, primero habían de encaramarse por la pared hasta alcanzar el techo y, desde él, con precisión matemática, dejarse caer sobre nuestros cuerpos, exactamente donde querían picar, siempre en los lugares donde la carne estaba al desnudo. Al descubrir esta complicada técnica, establecimos «guardias» nocturnas encargadas de cazarlos en su camino ascendente, matando millares de ellos, lo que no era obstáculo para que al día siguiente su número fuera sensiblemente igual. Algo delicioso, repugnante claro, pero que dotó de un cierto colorido a mi paso por todas las cárceles franquistas, en las que siempre viví acompañado de tales parásitos. Les llamábamos «los paracaidistas», o «parachutistas».
También por primera vez en la cárcel, dispongo de una apreciable cantidad de dinero. A partir de entonces, gracias al sacrificio de mis queridos padres, quienes siguieron mandándomelo, incluso durante las épocas en que no tenían casi para comer, nunca ya me faltó de él.
Mario tenía razón en su enfado, ello aún en el caso de que tuviera sarna. Con los doscientos hombres ya infectados, lo único que, en principio, se hace es aislarlos de los demás, sin aplicarles ningún remedio curativo. Podíamos verlos desde una ventana, en el patio interior donde salían a pasear y, los pocos días, su aspecto, el de todos, era tal que creo hubiera impresionado al mismo Dumas. Se desnudaban de cintura para arriba, algunos del todo, y nos era dado contemplar el panorama de los cuerpos, en su mayoría esqueléticos, cubiertos completamente de llagas, muchos hasta en la cara y en la cabeza, tan desfigurados que, a pesar de la distancia que nos separaba de ellos, les veíamos como verdaderos monstruos. Es una de las cosas que con mayor fuerza ha quedado gravada en mi retina.
La subida a la prisión, aquel camino zigzagueante descrito al principio de mis notas, en el cual casi caí desvanecido, fue, también, senda de calvario para nuestras familias. Pasé muchas horas contemplándolo y sentí pena por las pobres mujeres que, como yo, medio desfallecidas, llegaban con los pesados paquetes para los presos.
En fin, otra vez dispongo de una colchoneta para mí sólo.
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17 de mayo, 1939 (miércoles).- Otro día, el de ayer, sin recibir la ansiada visita.
Por la mañana, como cosa especial, nos dan dos naranjas, a las que, sin aguardar la comida, les doy inmediato fin, lo mismo que al pan. Antes, desde la ventana, había oído cantar mi nombre; sé por ello que tengo carta, pero he de esperar a la tarde para leerla. Efectivamente, al salir al patio me dan la carta, la primera que recibo. Escriben mi mujer y mis padres, y veo que todos están bien; claro que la misiva es del 18 del pasado mes y las noticias son muy atrasadas, de todas formas he visto su letra y leído lo que me dicen mis familiares más queridos. Sólo falta que escriba mi «negrita» (así mi padre nombraba a su nieta), pero aún ha de pasar bastante tiempo para que sepa hacerlo. Me confirman lo que suponía, que se parece a mí. Después de saber las calamidades que ha tenido que pasar la esposa de Llorca, pienso prohibirle a la mía que venga.
La vida ahora transcurre aparentemente más aprisa, quizás como indicio de que ha mejorado nuestro régimen de vida. Como hecho destacable, el de ayer a la hora de repartir el rancho: las gentes se lanzaban como locas sobre las gavetas que habían quedado solas a la entrada del dormitorio, y con los platos, botes, algunos metiendo hasta el codo, sacan la comida como pueden, con perjuicio para los demás en caso de reenganche. Otro suceso fuera de lo corriente es que, en la aglomeración ante la puerta que da a la escalera, le quitaron una cajetilla de tabaco a un preso.
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Creo que ya lo dije antes, pero no está de más el repetirlo: la comida era insuficiente, escasísima y, no obstante las ayudas recibidas, yo, al igual que todos, pasaba hambre. Por eso aquel y cada día, nos comíamos el pan en cuanto llegaba a nuestras manos. Para repartirlo, se formaba en fila de a uno dentro del dormitorio, y los gaveteros nos daban el pequeño trozo de toda la jornada. Pues bien, salvo raras excepciones, nada más coger el dicho trozo, había desaparecido, pasando en dos bocados a los vacíos estómagos. Se precisaba de gran fuerza de voluntad para guardarlo y distribuirlo entre la comida y la cena. Igual pasó con las dos naranjas especiales.
Sobre las noticias de casa, después supe que ellos pasaron días de mayor zozobra que los míos, sobre todo mi buen padre, a quien le llegaron a decir que los fascistas habían hecho una «masacre» con todos los que estábamos en el Puerto de Alicante. Los ratos amargos los vivió él solo, pues no quiso decir nada a nadie de la alarmante noticia.
Vergonzoso e indignante lo que sucedía en Orihuela con nuestros familiares. En tal pueblo, con fama de catolicismo en sus habitantes (tenía obispado y en cada calle una iglesia o un convento) a los que venían a vernos se les negaba el techo, el pan y el agua: sólo tras innumerables penalidades lograban, no sin ser explotados, un mísero alojamiento y algo de comida, todo entre continuas vejaciones por parte del vecindario. Supongo que allí también habitarían personas decentes, siendo posible que estuviesen aterrorizadas por los otros, y no se atrevieran a nada por el temor de ser detenidas.
Sin duda, en el transcurrir de las horas influye el estado de ánimo de cada uno; el mío, entonces, era más conforme, ya con noticias de casa y medio habituado a la vida de la prisión, por eso el tiempo parecía marchar más deprisa.
Sí, era vergonzoso el hecho de los pobres hombres, lanzándose como locos sobre una mísera comida. Vergonzoso, sí, pero para los canallas que nos tenían presos, tipos todos de la catadura de aquel que, mientras me robaba unos botes de leche condensada, decía que no nos iban a matar de hambre...! y ¿cuántos pobres compañeros de hambre murieron?
Hoy me produce casi risa mi indignación ante el robo, si lo hubo, de una cajetilla de tabaco. Pienso si yo mismo, caso de haber estado hasta entonces sin fumar, no hubiera sido capaz, también, de robarla. Es posible que sí, si se me hubiera presentado una ocasión propicia.
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18 de mayo, 1939 (jueves).-Anoche, con el doctor, trasnoché hasta después de las doce. Hablamos, aparte de nuestros proyectos, del efecto tan lamentable que produce el espectáculo que dan muchos jefes y oficiales de nuestro Ejército, y de la diferencia que existe entre verlos en la prisión, al desnudo, con todas sus flaquezas y debilidades, a contemplarles con sus flamantes uniformes y mando. El doctor se muestra satisfecho de su frase «yo soy yo», en la cual expresa, con diferentes palabras, mis propios sentimientos. A última hora, cuando estamos paseando, nos encontramos con Llorca, quien nos convida a una cucharadita de miel; antes, a mí, después de cenar, me había dado media naranja y otra cucharada de miel. Atodo esto, me ofrece un bote de carne de un kilo por veinticinco pesetas. ¡Vaya negocio!
En el patio nos han leído una Orden de la Dirección General de Prisiones contra la blasfemia: la pena es, al que la pronuncia por primera vez la incomunicación completa, y por segunda la privación de los beneficios de la libertad provisional o condicionada y de la redención de penas por el trabajo. Luego van a confesar los que quieran prepararse para la comunión de mañana, día de la Ascensión.
Hoy, a primera hora, vamos a misa. El sacerdote, después de consagrar, se dirige duramente a nosotros, por los sacrilegios que se produjeron con las sagradas formas después de la comunión general anterior. Coincido con él, en cuanto lo menos que puede exigirse a una persona es el respeto a las creencias ajenas y, por tanto, no profanar en ocasión alguna los actos de cualquier culto, menos del católico, religión de nuestros antepasados y de la cual, por el hecho del bautismo, formamos parte.
Al cabo de un rato, nueva mente bajamos al patio, donde primero se llama a los que tienen visita; yo la espero, pues sigo creyendo que, por lo menos mi padre, está aquí: no me llaman. Después comienzan a repartir los paquetes; estaba tomando el sol, desnudo de cintura para arriba, cuando veo el maletín de casa, me da un vuelco el corazón. Antes de que me llamen acudo a lo alto de la escalera, recojo el maletín y, al leer la nota del papá, me dirijo al dormitorio, donde saco las cosas que me mandan y las paso a la maleta; en el mismo maletín meto toda la ropa sucia y lo bajo, junto con el gabán para que se lo den a mi padre, por conducto de un ordenanza. Le pregunto, al hacerlo, si va solo y me dice que sí. En fin, se ha solucionado el problema de la comida, probablemente para siempre, pues el doctor espera también paquete: ya tenemos, lo menos para quince días, probablemente para más.
Al volver al patio, Llorca me entrega una carta que han cantado en mi ausencia. Está escrita por mi padre, desde aquí, en la que incluye unas líneas de Visitación: Veo que la «negrita» cumple un mes, ¡ya un mes y sin conocerla! Otra vez me afecto profundamente, es la carta más emocionante que hasta ahora he recibido, aunque, sin duda lo que más me ha impresionado fue la fotografía recibida hace unos días.
Estoy optimista, con la creencia de que no podré estar mucho tiempo aquí; si no salgo en alguna amnistía, tengo la seguridad de que quedaré absuelto en el juicio. En casa se han preocupado extraordinariamente de mí y han hecho lo que yo pensaba decirles hicieran.
Esta mañana no he visto al papá de verdadera casualidad, puesto que, por el presentimiento de que vendría, he pasado un gran rato en la ventana, vigilando el camino de subida, hasta que he tenido que marchar al patio. En fin, sé que están bien y eso, de momento, casi me basta. Deseo verlos a todos, sin rejas y cada día, vivir con ellos normalmente, cuidar de mi hija... Tengo ante mí un gran problema: seguir en Valencia, dedicado a mi profesión y vivir en sociedad, o «buscando reposo al alma», refugiarme en el campo con los dos seres más queridos y vivir en la naturaleza, serenar el espíritu al mismo tiempo que fortalezco mi cuerpo. Pienso que lo mejor es el campo, la naturaleza, lejos de los hombres.
Para comer, además del rancho, hay extraordinario con carne y dos naranjas, también nos tomamos un huevo y un pastelillo que está formidable. Me molesta, hasta avergüenza, comer delante de tanta gente sin darles nada; claro que los compañeros de cuarto, sin excepción, cuando ellos han tenido, a mí tampoco me han dado. A Mario, ansioso de fumar, le han llegado a negar las colillas, a pesar de que nosotros habíamos repartido algo de tabaco.
Cuando uno tiene comida, parece establecerse una tirantez entre él y los demás. Antes, cuando nada tenía, sentí deseos de la comida de los otros, sin agobiarme por la seguridad de que la ayuda de mi familia había de llegar.
Se presenta en la sala un individuo original, a quien Juan llama el Filósofo. Viene ofreciendo una palangana pequeñita a cambio de comida o de tabaco; dice: «basta que esté colocado en este camastro para ser compañero». Va completamente derrotado y es medio sordo, aunque hablador como el solo. Tiene más de cincuenta años y está en la celda 10, otro de los cuartos similares al nuestro que hay en este dormitorio; tratándole debe ser uno de los tipos interesantes de la prisión. Alto, demacrado, con ideas originales al igual que él, se porta como inculto, aunque no razona mal. Dice que las doctrinas cristiana y católica se dan bofetadas, después se queda con nosotros, charlando de diversas cosas, tales como: la fuerza de la gravedad, y de la no existencia del arriba y el abajo, no pudiéndose ascender al cielo, descender a la tierra ni bajar al infierno.
Esta tarde, en ocasión de asomarnos a la ventana, un centinela hace un disparo contra nosotros, que entra en la habitación y no le da a nadie de verdadera casualidad. Poco después, el mismo individuo vuelve a disparar contra el piso de abajo, alcanzando a varias personas, con dos heridos y un muerto. A todo esto las víctimas estaban dentro de la habitación, sin tan siquiera asomar la cabeza al exterior.
El individuo de antes parece ser ha sido guardia civil, pues se sabe de memoria el reglamento de la «Benemérita». Tiene, según él, nociones de latín, árabe y griego. Habla del concepto de peces y pescados de forma curiosísima.
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Es indudable que en la cárcel se ve al hombre al desnudo, sobre todo cuando se vive en condiciones tan precarias como las nuestras, y que la humanidad desnuda no es un espectáculo agradable. Tonta, igual que nosotros mismos, la frasecita del médico, que hoy encuentro carente de sentido y de una pedantería enorme.
Para mí, desde joven convencido escéptico, la blasfemia es una estupidez. Sí el Dios que las religiones nos pintan no existe, resulta tonto e imbécil «meterse» con él, o con los santos y vírgenes de su supuesta corte celestial; y si, por casualidad, existiera es aún más estúpido el provocar su ira. Aparte de eso siempre, por un criterio de respeto a las creencias de los otros, a lo que pueda herir sus sentimientos, la blasfemia me pareció un signo de mala educación. Bien, eso era antes, que hoy, al ver que esos otros pisotean y escarnecen, sin respeto alguno, las ideas y creencias de los que no piensan como ellos, encuentro justificada la blasfemia, y hasta el sacrilegio, como una liberación de los espíritus aprisionados por el implacable fanatismo.
En cuanto a lo que manifiesto sobre el bautismo, véase en mis palabras el temor a que los carceleros pudieran leer lo que escribía. He de añadir que yo también fui bautizado a los pocos días de nacer y que, en modo alguno, me considero como católico.
¿Sentimiento? ¿Estómago? De nuevo ambas cosas se mezclan en mis notas, pues, si alegría me producen las noticias de casa, nota de mi padre y la carta, no menos contento me siento al ver la abundante provisión de alimentos que envían. ¿Cómo, entonces, no estar optimista? Me sentía protegido por el cariño de los míos, con la seguridad de no morir de hambre.
Mi padre, luego en las comunicaciones, pues no tuve la dicha de hablar con él estando en libertad, me contó de las interminables horas que pasó, sentado en el banco de una plazuela del pueblo desde la que se veía la prisión, con la mirada fija en ella, soñando verme a mí a través de los fríos muros. Supongo su gran pena por estar tan cerca ¡y tan lejos! de mí, pudiéndome ver sólo mientras soñaba.
Egoísmo, estupidez, orgullo. Todo eso es lo que leo en mis desafortunadas consideraciones acerca de la comida. Sentía vergüenza de comer ante las famélicas miradas de los hambrientos, lo que no era obstáculo para que el «superdotado» doctor y yo repartiéramos entre nosotros los manjares recibidos, sin darles nada a los otros. Luego, cuando desapareció el espectro del hambre, las cosas variaron un tanto, y yo, como todos los que recibían comida de casa, repartía mucha de ella entre los compañeros menos afortunados. Se puede afirmar que, gracias a nuestra ayuda, los pobres que nada recibían no murieron depauperados, igual o peor que los internados en los tristemente célebres campos de concentración alemanes.
El piso inferior al que entonces ocupaba era, precisamente, aquél donde estaban las celdas de «distinguidos» a las que yo había pretendido ir. Se trataba del entresuelo, para desgracia de los que lo ocupaban, sus ventanas a la misma altura que los «soldaditos» centinelas de la guardia. Pues bien, en tan «favorables» circunstancias, esos... soldaditos, se agazapaban en su garita y, con ejemplar paciencia, el fusil a punto, esperaban que la «pieza» se pusiera a tiro; cuando ello sucedía, ¡pum!, pequeña presión sobre el gatillo, un tirito, y a sentir el inefable placer de ver caer sin vida a la alimaña —el «rojo»— cazada. Entre otros amigos, recuerdo perfectamente los casos de Mayral y Pastor, sacrificados a la vesania de tales canallas, asesinados alevosamente en el interior de las celdas, el primero bebiendo agua en un botijo, y el segundo mientras se sentaba a comer.
Esos hechos, manifestación estúpida de la horrible crueldad de los bárbaros vencedores, se repitieron en todas las cárceles propicias, o sea donde los presos estaban al alcance de los fusiles de los guardianes. Claro que no todos los soldados eran así, pues muchos hubo que sentían simpatía hacia nosotros y que se atrevieron a manifestarla. Pero, lo más repugnante era que los cobardes crímenes se cometían con el beneplácito, no sé sí cumpliendo sus órdenes, de los «caballeros» oficiales que mandaban la guardia, de otra forma no hubieran sido posibles. Incluso se dijo que a los soldados asesinos se les daba un permiso por cada «rojo» que mataran. Algo inaudito, difícil de creer para los que no han tenido la desgracia de vivirlo.
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19 de mayo (viernes).- Anoche, en conmemoración del día de la Asunción, o de la Ascensión es igual, las calles de Orihuela estaban profusamente iluminadas. Por la tarde debió haber habido procesión. Además, el adorno y la iluminación coinciden con el principio, mañana, de la marcha sobre Madrid. Durante tres días, dicen, van a desfilar 350.000 hombres, 400 piezas de artillería, etc., etc. Será un día grande el de la Victoria, y se confía en que se de, por el Caudillo, una amplia amnistía que nos alcance a todos o a casi todos. Yo no creo nada aunque, como ayer, sigo estando optimista.
Hoy en cumplimiento exacto de la orden que nos dieron anoche (tenerlo todo limpio a las ocho y media y nosotros preparados para la revista) a esa hora estamos todos arreglados. Luego, la revista se reduce a que venga el oficial de siempre y nos eche un vistazo; la orden debió obedecer a la festividad del día. Yo espero en alguna de estas tres jornadas, algo extraordinario, pues, hasta nosotros tendremos que participar en la gran fecha. En Orihuela, además de los balcones engalanados, tocan constantemente las campanas y, a intervalos de quince minutos, se disparan morteros. Cuentan que esos días serán de fiesta nacional y que toda España está engalanada. Lástima que aquí se haya producido la muerte de aquel muchacho catalán. Sigo leyendo Ambiente espiritual de nuestro tiempo.
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Ira, dolor, casi lágrimas, producen en mí la lectura de las notas correspondientes a este día. ¡El de la Victoria! Prefiero, pleno de indignación no comentarlo, pues, caso de hacerlo, hasta la blasfemia asomaría a mi pluma.
20 de mayo (sábado).- Anoche, en un estado de ánimo especial (había comido bien), sin embargo con dolor de cabeza, después de acostarme, pienso en la humanidad. Ahora he conocido a un puñado de hombres de todas clases y categorías: me han producido una impresión lamentable. El sentimiento que les domina es el egoísmo, con tipos como uno que cambiaba un sello por una caja de tabaco y después vendía el tabaco por un duro. Igual que los animales, los hombres se dejan dominar por las necesidades materiales y casi todas las broncas se originan por la comida, que motiva envidias, disputas y riñas.
Y ante este panorama, se pregunta uno ¿vale la pena trabajar y luchar por el mejoramiento del hombre? Cierto que existen aún elementos nobles, pero ¡es tan escaso su número!.
No obstante el caso de España, creo que esta generación ya está en marcha, que todo hombre en ella piensa en un porvenir mejor. En muchos países se producen nuevos estados de cosas, ensayos que considero como manifestación de la inquietud actual del hombre, aunque no se les pueda considerar como algo definitivo.
Estos días, después de las buenas noticias de casa, se ha serenado mi espíritu, desapareciendo toda inquietud. Mi suerte no me preocupa, pues tengo la conciencia tranquila; sólo pienso en el día en que recobraré la libertad.
Se ha producido el hecho con impaciencia esperado, la entrada del Generalísimo en Madrid. De ello espero se resuelva, o por lo menos se aligere, nuestra situación, o que pronto se celebre el juicio del que espero la libertad. No tenemos noticias aún de tal acontecimiento, visto sólo en las iluminaciones de Orihuela.
La vida aquí sigue normal, como extraordinario sólo se puede citar el que siguen dándonos como desayuno dos naranjas, que por cierto hoy (siete de la tarde) no han llegado todavía. Mi salud es perfecta, no he estado enfermo y con la comida extraordinaria creo resolveré lo de la debilidad.
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Hoy no coincido con las consideraciones filosóficas —filosofía desde luego barata— que en mis notas se contienen. Ni la humanidad es como entonces la veía, ni los presos eran como digo. En estos, cuando salimos de aquella sima, también en ella, se han dado ejemplos admirables de bondad y de altruismo. Además, caso de que en nuestro sufrido pueblo predominaran aquellos aspectos negativos, es absolutamente preciso luchar para borrarlos, elevar la cultura de las gentes, cultivar lo que hay de bueno en todos, para conseguir una humanidad mejor, perfecta si pudiera ser.
Realmente no veo ningún impedimento para alcanzar ese logro que no se pueda vencer. Ahora bien, dentro de los múltiples ensayos que con ese fin se han hecho, estoy convencido de que el fracaso mayor corresponde al cristianismo que, en veinte siglos de existencia, no ha logrado en el hombre perfeccionamiento moral alguno; algo parecido creo que sucede con todas las religiones positivas conocidas.
Del fascismo sólo diré que lo considero sin valor alguno, o con un valor negativo, en el desenvolvimiento del género humano; para mí es únicamente un esporádico retroceso en el lento avanzar de la humanidad. Nefastos momentos en que las fuerzas del mal —egoísmo, ambición, vanidad, lujuria, etc.— se apoderan de los resortes del gobierno de una determinada nación, por regla general todas esas lacras condensadas en la persona del dictador, durante los cuales las bajas pasiones y malos instintos se contagian a las masas, imperando en todos los estratos sociales las fuerzas maléficas, apoyadas en el terror, la delación, el cohecho y el soborno, que tiene sometidos a los más, en beneficio de la minoría que sigue al tirano.
Como credo político de indudable valor positivo está la democracia que, en sus variadas manifestaciones, ha pervivido a través de todas las vicisitudes históricas que conocemos. Como culminación, o colofón, final de ella —hoy, al decir de muchos, utopía— está el anarquismo, en la correcta acepción de la idea, considerado, también por muchos, como formidable... si el hombre fuera perfecto, mas ¿por qué no lo ha de ser, o hemos de hacer que lo sea?
En cuanto a los ensayos de tipo económico es indudable que tienen gran importancia y han significado, y significan, un gran paso en el progreso humano todas las teorías y doctrinas socialistas, incluso el mismo comunismo.
Así pues, en la armónica conjunción entre democracia y socialismo está el buen camino a seguir por el hombre, si realmente quiere mejorar su triste condición. Las generaciones que vengan detrás de nosotros dirán, seguramente, que la nuestra es una de las más desquiciadas de las habidas.
Los infelices presos, yo también, esperábamos la entrada de Franco en Madrid, con la creencia de que tal hecho iba a producir alguna manifestación de su cacareada, siempre esperada y siempre desmentida, magnanimidad. La verdad es que entonces no teníamos idea de los sentimientos de aquel a quien el ciego destino puso al frente de nuestra patria.
Sobre esto recuerdo una curiosa anécdota de la que fue protagonista mi hermano. Tuvo que ir a Burgos a los pocos días de la «liberación»; en el comedor del hotel entró en conversación con unos estudiantes que habían pasado toda la guerra en la llamada Zona Nacional, estos, sabiendo el objeto del viaje (más adelante hablaremos de eso), a pesar de ignorar de quien se trataba, al oírle unas manifestaciones en contra del nuevo régimen, le dijeron:
– Habla usted así, cuando sólo les conoce de cuatro días —se referían a Franco y sus secuaces— ¡qué diría si llevara ya tres años con ellos!
Hoy llevamos veintidós años. ¡Veintidós!, de falangismo, o por mejor decir, de franquismo militarista, y los resultados están tan a la vista que huelga comentario sobre ellos.
No quiero terminar esta nota sin dedicar un emocionado recuerdo a mi amada madre que, en otro veinte de mayo, el de mil novecientos cincuenta y siete, rindió tributo a la vida. Murió.
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21 de mayo (domingo).-Igual que todos los domingos, esta mañana hemos ido a misa. En ella, los compañeros de cuarto le dan a Mario un huevo que dicen cocido; Mario, cuando se levanta, después de alzar al Señor, profiere una exclamación: el huevo se le había roto en el bolsillo, ¡estaba crudo! Como puede, aún en la misa, se come una parte muy pequeña de la yema. El doctor me dice:
– He ahí un hecho para tu anecdotario.
Bien. Al poco rato nos traen doce huevos, ¡que también están crudos! Nos los metemos en los bolsillos, donde uno de ellos se hace una tortilla; salvamos otra parte de la yema que me bebo yo. Son dos, pues, los hechos para mi anecdotario.
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No se podía despreciar alegremente nada menos que un huevo. Mario y yo nos comimos todo lo que se pudo salvar de aquellos que se rompieron, sin importarnos que mezclada con ellos apareciera algo de la pelusa que se forma en el fondo de los bolsillos. Los huevos eran para nosotros, enviados a comprar al restaurante del pueblo.
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22 de mayo (lunes).- Mi último día de los 26 años. Acuden a mi recuerdos de otros cumpleaños, pasados de tan diferente manera; sobre todo de la promesa que Visitación y yo nos habíamos hecho de estar juntos en todos los aniversarios. Espero, casi con seguridad, que el próximo sí que lo podamos estar, y confió en que mi mujer, con nuestra hija, mañana vendrá aquí.
Anoche me planteé grandes problemas, que me siento incapaz de resolver, ni aún en el papel. Uno,fundamental, es el de adivinar, o determinar, la suerte de la humanidad, que,indiscutiblemente,camina hacia la perfección: progresa rápidamente en el orden técnico y con menos rapidez en el moral.
En el técnico, el siglo pasado y lo que va de este se caracterizan por un gran salto científico, que ha abierto posibilidades casi ilimitadas al conocimiento. En este aspecto, el hombre es posible llegue a dominar a la naturaleza, pero, ¿en qué consiste ese dominio? En medicina, por ejemplo, ¿llegará a desasparecer la enfermedad? ¿El hombre estará, durante su vida, sano por completo?... ¿Se llegará a la inmortalidad? No. Ello significaría ser igual a la idea de Dios y eso no es posible. El hombre puede aproximarse a Dios, nunca ser igual a Él; conseguirá por la ciencia prolongar su vida, pero tendrá que sujetarse a las leyes implacables de la Naturaleza —del mismo Dios— lo que nace vive y muere, y esta ley es inmutable. Lo mismo sucede con otra serie de problemas científicos, que se resolverán, siempre con sujeción a esas leyes.
En el orden moral, el hombre se dirige, también, a la perfección, pero, ¿alcanzará a ser absolutamente perfecto? Tampoco. La absoluta perfección sólo se puede dar en Dios, en su idea, y el hombre sólo puede ser, y lo será, humanamente perfecto. Con ello se aproximará igualmente a Dios, mas esa perfección deberá consistir en el cumplimiento de las normas naturales, o divinas, y así como las leyes físicas tienen su expresión en la naturaleza visible y tangible, las morales se plasman en la conciencia del individuo, mejor aún en la conciencia de la humanidad, puesto que pueden haber individuos anormales, que obren mal, de acuerdo con su conciencia, tratándose en esos casos de enfermos mentales, o morales. Todo ser racional tiene una conciencia, al igual que todo ser físico tiene determinados elementos o miembros, de estos puede faltar, o ser anormal, alguno, sin que ello pase de ser un defecto material, lo mismo que la falta, o alteración, de la conciencia es un defecto moral.
Desde el punto de vista político, todos los regímenes que existen y lo mismo los distintos sistemas económicos, no pasan de ser ensayos, más o menos afortunados e interesantes, que, considerando históricamente su evolución, han representado, representan, un lento avance, una serie de intentos sucesivos que han proporcionado una gran experiencia, la cual, completada con la que se obtenga en el futuro, será la base del sistema administrativo que el hombre se de a sí mismo en su vida colectiva.
La humanidad, ¿será individualista? ¿comunitaria? ¿subsistirán las nacionalidades tal y como hoy las entendemos? ¿se llegará a una fusión de razas y pueblos? ¿existirá la propiedad, tanto la individual como la colectiva, en el sentido que hoy se entiende?...
Preguntas las anteriores, y otras muchas similares que se podrían formular, para mi incontestables, sobre las cuales ni siquiera puedo prever una aproximada respuesta. Cierto, al menos así lo creo, que el mundo está mal organizado y que hay que reformar su estructura, así como que la humanidad tendrá que pasar por una serie de etapas, avances y retrocesos, antes de alcanzar la verdad, para lograr la cual, habrá de tener una altura moral infinitamente superior a la que hoy tiene.
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¡El fin de los veintiséis años! En plena juventud, ya próximo el principio de la madurez, ¡y encerrado en una mazmorra! No sé lo que el delincuente preso puede pensar, sí que el principal motivo de mi desesperación era el sentirme limpio de toda culpa, inocente de cualquier delito que nunca cometí. Si acaso sentía el remordimiento de no haber puesto de mi parte todo lo que podía para el triunfo de unas ideas, las mías, encuadradas dentro de la más absoluta legalidad.
Las consideraciones filosóficas, o seudofilosóficas, carecen de la objetividad necesaria al estudio de estas cuestiones. El principal, o único, valor que veo en ellas es el referente al tiempo y circunstancias en que se escribieron; la fe que, a pesar de todo, puede verse en mí de una humanidad mejor.
Volviendo a los problemas que entonces abordé, hoy me pregunto: ¿Por qué el hombre no puede ser inmortal? ¿Es que el hecho de que hasta ahora todos mueran, implica la necesidad de que todos sigan muriendo? ¿Acaso hoy no estamos viviendo en medio de hechos, para nuestros antepasados, tan asombrosos, como la misma inmortalidad pueda serlo para nosotros? La ciencia, la inefable ciencia, nos dice que la Tierra ha de perecer también, posiblemente desintegrándose en el espacio, pero, ¿acaso los mismos científicos no nos decían que era el centro del Universo? Sean esas preguntas expresión, otra más, de mi escepticismo. Con la formal protesta de que no creo, antes ni ahora, en la posibilidad de tal inmortalidad.
Por si a alguien le pasara desapercibido, quiero que quede expresa constancia de que, para mí, Dios y Naturaleza son conceptos sinónimos, y que las leyes divinas son las leyes naturales. En cuanto a Dios como ser sobrenatural, ni creo ni dejo de creer en él; a veces pienso si podrá ser un ente infinitamente grand, en relación al cual nosotros seríamos igual que los microorganismos son para nuestro cuerpo; con una vida, la del hombre, lo mismo que un instante en la del Superhombre-Dios. ¿Por qué no ha de ser así?
Sobre el progreso de la humanidad, sólo diré que hoy, con una mayor experiencia, está, y repito lo en otro lugar dicho, en una armónica conjunción de las ideas socialistas con las liberales. Claro que pienso en un futuro próximo, en aquel que puede preverse sobre la base de lo hoy conocido.
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23 de mayo de 1939 (martes).- Anoche, mi último pensamiento en los veintiséis años fue para mi casa y mi familia. Esta mañana, mi primer pensamiento, entrado ya en los veintisiete años, ha sido para mi familia y para mi casa. Las dos veces, en especial para mi hija.
He despertado pronto, cuando alboreaba el día. Como de costumbre, hasta el momento de lavarme, estuve en la cama. Ahora me acabo de levantar en pijama, con la intención de cambiarme de ropa después. Han tocado diana floreada y, como desconozco la causa de ello, aún sabiendo que es pura coincidencia, la atribuyo a mi cumpleaños. Después nos han dado el desayuno; el mío ha sido extraordinario, consistente en unos huevos batidos, con tres cucharadillas llenas de leche condensada y un poco de zumo de naranja, todo revuelto con unas galletas que le daban mayor consistencia; ni que decir tiene que estaba formidable. Apenas arreglados mis trastos, tocan a formar para bajar al patio, donde al principio me he dado un baño de sol, para luego sentarme, a la sombra, en la escalera de la iglesia. En el sol me dediqué a la caza de bichitos. Por último, también formados, subimos al dormitorio, donde mi primera visita es al W. C.; todos los días hago lo mismo, pues voy perfectamente de cuerpo. Mientras estábamos en el patio, el dormitorio ha sido limpiado con zotal.
Hace dos fechas marcharon a Alicante unos procesados de Callosa; parece ser llevaban mala cara y que iban acusados de algo grave. Ayer por la tarde, en iguales circunstancias salieron otros para Elche, y por la noche veintidós para Valencia, algunos de esta sala. Hay, pues, movimiento de presos, aunque dicen que, por ahora, no nos afecta a los militares.
Han repartido el pan; el Doctor y yo nos ponemos de acuerdo para comer un pedazo ahora, con las sardinas que nos quedaron de anoche, y el resto guardarlo para la cena; convenimos, también, en que el resto de leche condensada sirva de postre, o a la noche comer del embutido pequeño a discreción. Esta mañana, en el desayuno, Juan ha hecho de cocinera.
En el patio, cuando tomaba el sol, he estado con el doctor (Juan) y luego con Llorca, Hervás y Batán, a quienes he dado un cigarro; esperaba, caso de recibir el tabaco, haberles dado un pitillo inglés a cada uno de los de la habitación: cuando lo reciba lo haré. Con media caja de atún vacía me construyo un cenicero, el mismo doctor trae de la enfermería un bote grande para agua y un clavo que esperamos sea de gran utilidad; como almohada, al igual que desde que estoy aquí, uso la cazadora y los pantalones envueltos en una toalla. Dormimos con las ventanas abiertas, aunque antes, al hacer más fresco, se juntaba la puerta. Ya llevamos dos días seguidos pudiéndonos lavar. Hoy estoy encargado de anotar los sellos que los otros quieren, recoger el dinero y dárselo al recadero, lo que supongo que esta tarde me dará algún trabajo. Hace unos días que, ante la escasez de tabaco, recojo todas mis colillas. Como jabonera utilizamos una lata de sardinas.
Sigue con nosotros el hijo de Largo Caballero, quien ha estado bastantes días enfermo del estómago y casi sin comer; ahora parece estar bien; tiene malísimo genio, consecuencia, sin duda, de su enfermedad. Fernández también está mal del estómago, con una colitis.
Son las dos y aún no han tocado a fajina.
Siguiendo el curso de los pensamientos de ayer sobre el hombre, diré que, en mi concepto la guerra se ha humanizado, desapareciendo el ensañamiento brutal con el enemigo, pues se respeta su vida y, hasta cierto punto, la personalidad de la nación vencida. Vemos que en este aspecto, el más bárbaro de la época actual, se ha dado un gran paso, que la humanidad prospera, a pesar de las crisis pasajeras en que semeja hundirse en el caos, y de las que siempre renace pujante. ¿Llegará algún día a lograr tal perfeccionamiento que permanezca en situación estática, sin posibilidad de avanzar ni retroceder? Creo que sí, pero que cuando haya llegado a esa meta, desaparecerá como tal.
¿Cuál será la base política de esa humanidad perfecta? ¿La democracia o la aristocracia? Los pueblos deben ser gobernados, eso es incuestionable, por los mejores. Mas, ¿quién elige, o selecciona, a esos mejores? He aquí el gran problema: si lo hace el pueblo se está en la democracia, mas se dice, no sin cierta parte de razón, que el pueblo, la masa, se deja engañar fácilmente y, en general, elige a los más hábiles, que nunca son los mejores. Bien, pero ¿quién los elige?... ¿Ellos mismos? Indicando la última de las preguntas lo absurdo de su contestación afirmativa.
Se rechaza la democracia por la imposibilidad de que el pueblo seleccione a los mejores, y se desecha la aristocracia porque nadie puede sustituir al pueblo en esa misión.
Hoy por hoy, no obstante la crisis por la que se está pasando, creo que la única solución posible, con todos los defectos que se quiera, está en la democracia pura.
Por iniciativa del doctor, en vista de que la comida tarda y aprovechando la poca gente que hay en la fuente, nos lavamos bien y llenamos el bote nuevo de agua. A poco de volver tocan fajina. Nos dan un plato de guisantes solos, además durísimos; después comemos de las provisiones que aún nos quedan. Luego descanso un poco y al despertar termino de leer El mundo se liberta de Wells y comienzo Miedo de vivir. Por la tarde hago unas cuantas anotaciones de sellos y, alrededor de las siete traen la correspondencia, sin que yo reciba nada, quedando defraudado en todo lo que esperaba.
También por la tarde nos visita el Filósofo, nos relata un cuento que dice:
– ¿En que se parece el pan a un poste de telégrafos?
– ...
– ...En que los dos sostienen al hambre. Malo pero de actualidad. En ocasión de ir a beber agua, me ha dado por un instante como una especie de mareo, algo como si se nublara la vista, sin llegar a perderla. Es la primera vez que me ocurre y lo achaco a la debilidad.
Ayer por la tarde tocaron silencio prolongado, parece ser que debido a la muerte del enfermo a quien le dieron los santos óleos. Se dice que en la sala de abajo hirieron, hace unos días, a otro preso.
Ya varios días que corre por aquí el bulo de que se va a llegar a una restauración monárquica, afirmándose que en Orihuela se celebró una manifestación pidiéndola. Eso dicen, yo no lo creo.
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Siempre es fecha interesante la del paso de una a otra edad, para mí lo fue más por la circunstancia de transcurrir por primera vez en prisión. Quise, por eso, que quedara consignado ese día de mi vida con más detalle que los otros.
La salida de presos hacia las distintas localidades debió ser ya un toque de atención, o motivo de alarma, para nosotros. No fue así, viéndoles ir sin sospechar de la triste suerte que, acaso, les aguardaba, seguramente igual, o peor, a la que acechaba a los demás. En realidad ignorábamos todo lo referente a lo que ya era brutal represión, que nuestros familiares habían tenido buen cuidado en ocultarnos; sobre este asunto vivíamos en el mejor de los mundos, en Jauja, o en la Inopia, sólo pensando en el gran problema inmediato, el de la comida y con la esperanza de una problemática libertad, sin sospechar que nuestras vidas estaban en grave peligro.
En mis apreciaciones sobre la guerra, aparte de que olvido todas las barbaridades habidas en la tan reciente lucha civil por la que estaba preso, todavía no se había iniciado la que sin duda es la más bárbara de todas las guerras habidas.
Sobre el gran problema político que me planteo, diré que todas las formas de estado y sistemas de gobierno continuarán siendo malos, mientras los hombres —los pueblos— sigan tan estúpidos como hoy, dejando que, contra su misma voluntad, les gobiernen, o les esclavicen, audaces aventureros, o un grupo de ellos, guiados por desorbitada ambición o malsano fanatismo. Indudablemente para mí, antes lo dije, que los gobernantes deberán ser los mejores y que deben ser elegidos por el conjunto de los gobernados, cuando estos sean capaces de no dejarse engañar por demagogos más o menos hábiles y embusteros. Tres solas palabras quizás bastarán para resolver la cuestión: cultura, bienestar y libertad.
Chistes políticos, en la cárcel y fuera de ella, se han dicho a montones, hasta el punto de que resultaría curiosísima una recopilación de ellos. El que transcribimos no era de ese carácter, pero sí de actualidad por eso del hambre.
El dichoso tema de la restauración monárquica aún sigue en el candelero, con la desalentadora circunstancia de que, tal forma de estado se halla, salvo raras excepciones, por completo desacreditada y es constante e ininterrumpida la caída de monarquías que se transforman en repúblicas, en España, la de los tristes destinos, piensan todos, hasta convencidos republicanos, en que la única salida viable del actual régimen consiste en la vuelta a ese sistema monárquico, sea quien quiera el rey. Algo lamentable.
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24 de mayo (miércoles).- Ayer cenamos lentejas. Entre el doctor y yo nos comemos tres platos; nos tocó reenganche, parte del cual repartimos entre los otros compañeros. Paseamos un poco después de la cena. En la sala entran unos cuantos, que deben ser de Orihuela. Después nos acostamos, en la cama fumo un cigarrillo y enseguida me duermo.
Estoy escribiendo a primera hora del día 25. Como he dicho, pasó la primera jornada de mis 27 años, sin haber recibido nada de lo que esperaba de casa, ni siquiera carta, que indudablemente estará retenida en Dirección. Se repone la despensa con unas cosas que nos traen, pagadas con nuestro dinero.
25 de mayo (jueves).- Desde por la mañana están entrando paquetes y llamando gente para comunicar, han traído también cartas: yo esperaba de todo y me he quedado sin nada. Nuevamente reponemos nuestra provisión de alimentos con un paquete que al doctor le trae su familia. No hay hasta ahora, siete de la tarde, ninguna novedad importante, únicamente es de señalar la solicitud de Mario sobre cambio de dormitorio. Seguimos desayunando opíparamente, es lo mejor que hacemos.
26 de mayo (viernes).- Anoche estuve hasta muy tarde con Llorca hablando de deportes. Hoy hemos desayunado lo mismo de todos los días, pero con chocolate. Estoy leyendo una obra del doctor Álvarez Sierra. Por la tarde bajamos al patio y pido 25 pesetas, que me entregan, de las 75 que tenía en depósito. Sigo sin recibir noticias de casa.
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Tres días más acumulados en mi haber de presidiario. Leyendo lo que buenamente cae en mis manos y con las mismas preocupaciones de siempre. Las anotaciones que preceden se comentan solas, en ellas, como era usual, primero la comida y luego el recuerdo de los míos, o el recuerdo y la comida; sin que, pensando objetivamente sea fácil determinar el orden de preferencia en nuestras preocupaciones.
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27 de mayo 1939 (sábado).- Hoy hace veintisiete meses fue el día más feliz de mi vida. Espero alguna noticia de casa, con el presentimiento de que Visitación estará aquí. Durante la mañana, el tiempo que estamos arriba, lo paso en la ventana para, si viene, aunque no nos permitan comunicar, poder, al menos, verla a ella y a nuestra hija. Pasa el tiempo y no veo ni recibo nada. El doctor comunica con su madre y además recibe comida.
Por la tarde escribo una tarjeta postal y al poco de haberla entregado me traen carta de casa; me alegro, pues ya desconfiaba de tenerla. Mi mujer me anuncia su viaje: me sabe mal que venga por si tiene que sufrir alguna humillación o andar de un lado a otro; me alegra porque pronto la veré. Hoy probablemente estará aquí, claro que es muy tarde y no podremos comunicar. Lo más fácil será que nos veamos el jueves próximo, sin embargo, hasta entonces estaré pendiente de que me llamen al locutorio.
Anoche subió Mario, quien con todos los sarnosos curados, se ha instalado en la antesala donde se sacudían las mantas. Esta tarde han traído los sellos que para los del dormitorio había encargado, también una bombilla eléctrica, comprada por suscripción entre los de nuestra habitación.
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El 27 de febrero de 1937, nos casamos Visitación y yo, en sencilla ceremonia celebrada en el Colegio de Abogados de Valencia. Ahora el recuerdo de la boda, antes mi cumpleaños: en todo momento una fecha que nos hace pensar en otros distintos días y esperar la llegada de lo que ansiamos, yo, entonces la visita de mi mujer y de una hija a la que aún no conocía. Otras fechas, las de significación general, aunque fueran «nacionales», nos traían esperanzas de libertad. Pero, pasaban, con el desespero de sentir esfumarse el ansiado acontecimiento.
Sin importancia, aunque de gran elocuencia, el hecho de que tuviéramos que ser los mismos presos quienes comprasen las bombillas fundidas. Interesante en mi vida de preso la vuelta del buen amigo Mario.
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28 de mayo (domingo).- Ayer a última hora, me lave de medio cuerpo para arriba y los pies, que no me había lavado aún: olvide el jabón en el water y creo que ya no lo encontraré. Esta mañana me han traído un saco con la ropa limpia; he buscado por si veía la letra de Visitación y no he encontrado nada, lo que me hace suponer no ha venido y que lo dejará hasta el jueves. En ese caso, es fácil que reciba antes mi carta y desista de venir. No se todavía si eso me alegraría o no, sí que resueltamente mi esperanza está en que venga, en verla.
Por la mañana hemos ido a misa, donde no ha ocurrido nada de particular. Doy fin a la lectura del Manual del inspector municipal de Sanidad, de Álvarez Sierra, del que he sacado en limpio algunas nociones de higiene, aunque la obra me parece floja. Creo interesante y útil el estudio de estas materias tratadas por autor de competencia y de forma asequible a los profanos. He estudiado a la ligera una lección de inglés, la primera que veo en mi vida, y creo fácil su aprendizaje hasta llegar a saberlo si sigo aquí algún tiempo, aunque preferiría estudiarlo en casa; el método se lo han dejado a Mario. He empezado a leer las obras de Emiliano de Somorata y El decálogo de Mirino. Esta última es formidable, escrita con gran habilidad y un bello estilo literario, expone ideas magníficas ensalzando al gran pueblo griego; es un canto a la vida sencilla, tal y como entonces se entendía, también de aplicación a la nuestra.
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Total pasé con los pies sucios unos dos meses; aunque el agua seguía escasa, es posible que antes hubiera podido lavármelos, pero, yo y todos, estábamos contagiados por el ambiente de miseria en que se vivía y no le dábamos excesiva importancia a detalles como ese. La mejor limpieza, lavado de ropa en el exterior mediante pago, más agua, etc., era una mejora en las condiciones higiénicas, que, sin embargo, no hizo desaparecer los parásitos, si bien su número había decrecido considerablemente, una buena parte por las matanzas nocturnas.
Estuve allí y en otras prisiones el tiempo suficiente para aprender bien el inglés. Sin llegar a dominarlo, alcancé a leer y traducir correctamente. Después dejé de practicar y hoy he perdido una gran parte de lo que aprendí; lo siento, pues no es fácil que vuelva a empezar.
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29 de mayo (lunes).-Empiezo a leer La Isla del Tesoro que, en su género, está bien; ya la había leído, aunque no recordaba nada. He descansado de las lecturas filosóficas de otros días, que reanudaré más adelante.
Anoche pensé intensamente en la libertad y en mi familia. Me aterra el hecho de que pueda estar unos años detenido, supongo no lo resistiría. No creo en ello y confío salir pronto libre, mi ilusión es esa. Todo lo más que se puede prolongar la detención es algún mes, hasta julio o agosto, pues, la conciencia tranquila, con la seguridad de mi inocencia, creo que cuando se conozca mi caso saldré absuelto.
No se sabe lo que vale la libertad hasta que se pierde: es lo más grande del mundo. Aquí, comemos, dormimos, tomamos el sol, leemos, jugamos, estamos, pues, bien; no obstante falta la libertad y sin ella no vale la pena, casi, vivir. Desde las ventanas se ve el cielo, el campo y el pueblo, un pedazo del mundo, que para nosotros es como si sólo existiera en fotografía; yo daría cualquier cosa por pasear por esos campos, bajo el cielo, como un hombre libre. En relación con eso me planteo, y me he planteado mil veces, esta cuestión: ¿qué delito he cometido para ser tratado como un criminal?, y en esa pregunta sin respuesta condenso todo mi pensamiento.
Después de comer me dan una buena noticia: Balaguer parece ser que está aquí, trabajando con el juez militar. Quiero ver si consigo comunicar con él, por su mediación supongo me será fácil ver a Visitación y poder estar con ella y con nuestra hija.
Esta tarde comienzo la lectura de Diálogos, de Platón.
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Seguía soñando en la libertad. Completamente equivocado en cuanto a las previsiones que sobre la duración de mi encarcelamiento hacía, si bien se ha de tener en cuenta, para comprender este error, que los cálculos se basaban sólo en sueños, sin noticia alguna del exterior que pudiera servir de referencia. Hoy no recuerdo, ni comprendo, el por qué de aquella caprichosa fijación de ideas.
Antes de la guerra civil, cuando por mi mente no había pasado la idea de que pudiera perderla, estaba ya profundamente arraigada en mí la idea de libertad, que consideraba como uno de los atributos esenciales de la naturaleza humana. Después de haberla perdido, cuando he sentido en el cuerpo y en mi espíritu el cruel peso de la bárbara tiranía, mis ideas liberales se han acrecentado hasta el máximo, considerando como odiosa toda forma de opresión o de servidumbre humana.
Balaguer había sido soldado en el Ejército Republicano y estuvo a mis órdenes en el Tribunal Militar del XXI Cuerpo de Ejército. Confiaba en que, al enterarse de mi presencia allí, le faltaría tiempo para hablar conmigo y favorecerme en lo que pudiera, puesto que yo, durante el tiempo en que estuvimos juntos, aún conociendo sus ideas, me había portado bien con él. Me equivoqué, como tantas otras veces.
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30 de mayo (martes).- Hace un día malísimo; esta tarde está cayendo casi tanta agua como en Alicante, se siente, incluso, frío. Dicen que hoy o mañana van a llevarse a los de Madrid. Leo algo de medicina, sobre enfermedades de los niños y sigo con el inglés y con Platón. Ayer tuve un ataque de optimismo, pensé podría comunicar todos los días con Visitación y hasta alcanzar la libertad provisional.
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31 de mayo (miércoles).-Entrego la ropa a lavar, desayuno una naranja, como y ceno con una cebolla. Nos dan una buena noticia: mañana se abre el economato, en el que nos venderán algunas cosas de comer; hemos hecho el correspondiente encargo, que supongo nos traerán mañana. Confío en ver a mi mujer y a mi hija, y tal vez también a mi madre. Sin embargo estoy triste pensando en esos seres queridos y en mi penosa situación, en lo que habrán sufrido mientras carecían de noticias de mí. Hago planes sobre mi estancia aquí, con el propósito, si en casa están bien, de satisfacer mis necesidades, sobre todo comida y tabaco, para lo que supongo que con cinco pesetas diarias tendré bastante, y que ese gasto lo podrán soportar.
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Nada importante que comentar en esas dos jornadas. Podría anticipar que, al fin, el constante presentimiento se cumplió, puesto que al día siguiente casi llegó la ansiada visita; pero si lo dijera sería una tontería, dado que si todos los días pensaba y presentía lo mismo, salvo el imposible de que nunca hubieran venido, era preciso que acertase.
1 de junio 1939 (jueves).-Otra vez levantado antes que nadie, me lavo a primera hora y me visto con el traje azul. ¿Por qué? Sencillamente, porque sigo con la esperanza de ayer, aguardando la visita de mi mujer y de mi hija. Durante la noche apenas he dormido, estuve hasta muy tarde leyendo y pensando en ellas. Cuando estaba a punto de llegar el sueño, apareció una legión de chinches de los que hice una matanza. Antes del toque de diana ya estaba despierto; como digo, me vestí de punta en blanco, con detalles tales como una flor en el ojal de la chaqueta.
Por la mañana, hasta que salimos al patio, mi emoción fue creciendo por momentos. Antes, en el dormitorio, había estado asomado a la ventana. Llaman a comunicar muy tarde, las doce y media, a los de la primera lista, va en ella un Manuel García que no soy yo; sufro un gran desengaño. Al cabo de un rato avisan a los de otra lista, con otro Manuel García sin segundo apellido. Salimos dos de ese nombre, que marchamos al locutorio con la emoción que es de suponer. En aquel momento nos dicen que se han suspendido las comunicaciones, pues los que han ido antes hicieron el salvaje, con rotura de la tela metálica, lanzar paquetes por encima de ella,subirse a la reja, etc, etc.
El otro y yo, sin saber para quien era la llamada, hablamos con don Máximo (el é), quien nos da como señas tratarse de una muchacha alta, bien parecida y de blanco, coincidiendo estos datos con los de la novia del otro. Don Máximo sale fuera y trae la noticia de que es Visitación; a preguntas mías añade que viene con una niña. Se que mis dos seres queridos están ahí fuera, a dos pasos de mí, sin yo poder verlos. Desespero, mi nerviosismo es grande. Don Máximo me dice que Visitación le ha rogado nos permitiera comunicar, pero que no puede ser, que él le ha dicho que el lunes, ya seguro, podremos vernos. Creo que Visitación esperará hasta ese día. Mi indignación contra los individuos que con su salvaje proceder me han privado de ver a mi hija y a mi compañera es enorme.
Antes de salir del patio, por medio de un guardián, he tratado de ponerme en contacto con Balaguer, que creo anda por aquí; también le he hablado de este asunto a don Máximo, quien dice le mandará recado, comunicándome en la comida que le ha pasado el recado al dicho Balaguer. Ese señor, lo mismo que el Jefe de Servicios, se han portado bien conmigo, por lo que les estoy agradecido. A este respecto he de hacer constar el buen trato que todos los funcionarios de aquí nos dan.
En el dormitorio hemos encontrado las cosas subidas del economato, y nos dan la noticia, ya oficial, de que se establece una comunicación regular, seguramente semanal y que a nuestro dormitorio le toca los lunes. Parece ser, también, que ese día se permitirá la entrada de todo.
Sigo con mis lecciones de inglés, también leí un libro sobre Juan Ponce de León, una historia novelada que, aunque mal escrita, tiene un cierto interés. Con la tenue confianza de comunicar, espero para esta tarde la llegada de algún paquete. Pasa el tiempo y no viene nada, pero, como era lógico, al fin me llaman y me dan el deseado paquete: trae quince cajetillas de tabaco, el mono, pantalones, toallas, colonia, etc., etc., en total parte de lo que había pedido, el resto quizás lo traiga Visitación. Comida, sin duda, no dejan pasar, da lo mismo, ahora (madrugada del día 2) estoy contento, igual que anoche lo estaba; se que Visitación y Manolita (mi hija, que ya tiene nombre), quizás también la mamá, están aquí y que pronto, ¡aún faltan tres días!, voy a verlas y hablar con ellas. Hoy, pues, ha sido un día importante, menos que cuando recibí la fotografía, y menos que lo será el día cinco.
Un muchacho del cuarto lleva un termómetro para medir eso que llaman «radio bulo». Según él, para todos el de hoy ha sido un día bueno, los ánimos están bien, y así ha quedado registrado en el correspondiente gráfico. Por la noche, hace un poco, han llamado a los de Albacete; salen hacia allí, seguro que conducidos, Regidor, los panaderos y otros. Por contraste, vuelven con nosotros algunos que hacia tiempo allí marcharon, entre ellos el abogado Fernández. También se llevan a otros a distintos sitios.
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No tengo suerte. Tanto esperar la visita de los míos y, primero, es mi padre quien tiene que volver a Valencia sin verme, y luego yo, cuando me han llamado para comunicar, he de salir desesperado del locutorio, frustrado una vez más mi anhelo. Bien o mal que los que comunicaron antes hicieran un tanto el burro al ver a sus familias, mas eso en nada justifica la arbitraria medida de castigarnos a nosotros, dejándonos sin comunicar. Mi indignación, ahora, se dirige más contra los carceleros que contra los compañeros presos. Yo no se lo que en sus circunstancias hubiese hecho.
Sobre el comportamiento de los guardianes para con nosotros, quiero consignar expresamente que, a diferencia de lo que estaba sucediendo en toda España, no se nos pegó y que dentro de los dormitorios gozábamos de relativa libertad. Don Máximo, conmigo, y que yo sepa con todos, siempre fue correcto y considerado; el apodo que le pusimos obedecía a que efectivamente era un requeté. Los otros guardianes, incluso los que suponíamos eran falangistas por su modo de vestir, tampoco se portaron mal. En cuanto a los oficiales de prisiones, bastará decir eran los mismos que prestaron servicios allí durante la guerra, y que ellos, según algunos nos decían, se consideraban casi tan presos como nosotros, esperando de un momento a otro ser detenidos, como muchos lo fueron.
La llegada de aquellas cosas de casa, junto con las noticias continuas de los míos, la existencia del economato y, creo que sobre todo, la ignorancia de lo que fuera de allí estaba sucediendo, hizo que estimase como terminados los días malos y comenzada una nueva etapa plena de tranquilidad, en la cual sólo pesaba sobre nosotros la falta de libertad. En fin, las fechas que transcurrieron desde entonces hasta mi conducción a Valencia, fueron, quizás, las menos desagradables de todo el tiempo de prisión, en mí la esperanza de que la detención necesariamente tenía que terminar pronto.
Lo del termómetro era cosa de guasa, que contribuía a matar algunas de las largas horas; no así la salida de presos hacia sus puntos de origen, tras la cual, aunque nosotros no lo supiéramos, se ocultaba casi siempre una tragedia.
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2 de junio (viernes).- Esta mañana me visto ya con el «mono». Mario y yo nos ponemos a liar cigarrillos. Vienen unos falangistas de los de la «busca y captura», espectáculo este de los más desagradables de la prisión. Salen otros varios hacia Madrid. Al Doctor le traen del economato parte de la comida que habíamos encargado, con lo que seguimos teniendo provisiones extraordinarias. Ayer arreglé la ropa, dejando aparte la que pienso enviar a casa. Del tabaco que recibí, reparto una cajetilla de «canarios» entre los del cuarto. Por cierto que don Máximo, al dármelo, me dijo que llevara cuidado con él; se refería al «comercio» y me supo mal me confundiera con los mercaderes que pululan, aún, por aquí, claro que no me conoce. En el resto del día no ocurre nada de particular.
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Seguía el trasiego de presos desde Orihuela a otras cárceles; iban a ser juzgados, con la especial circunstancia de que la gente marchaba contenta, esperando una pronta liberación, sin sospechar que, acaso, iniciaban el camino de la muerte, trágica palabra que aún no había llegado a aquel lugar. Cosa distinta, plena de intenso dramatismo, eran las «visitas» de falangistas uniformados, de las que ya antes he hablado, y que hasta nosotros continuaban llegando con aspecto de verdaderos asesinos.
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3 de junio (sábado).-Hoy, con la seguridad de que Visitación subirá por aquí, aunque no la vea, me lavo a primera hora y me visto con los pantalones que me trajo. Como de costumbre bajamos al patio. Luego, otra vez en el dormitorio, al asomarme a la ventana, veo en una lejana revuelta del camino, a una mujer que me parece la mía, va con blusa blanca y falda negra, con una paraguas de raso negro y un chiquillo de mantillas al brazo. Al rato me entregan un paquete conteniendo: un plato, una cuchara de madera, una servilleta, nueve huevos y un pan, sin ninguna explicación. Después sube don Máximo y me comunica que Visitación espera hasta el lunes para verme; aunque me lo figuraba, la noticia me produce gran alegría. El mismo guardián pregunta si he recibido el paquete y me habla de mi hija: sigue portándose admirablemente.
Comemos opíparamente. Después paseo un rato con uno de aquí, a quien resulta conozco: es valenciano e intervino conmigo en la liberación de los detenidos del S. I. M.
Mario y yo hemos confeccionado una lista, por orden alfabético de los de la sala, es con objeto de regularizar las visitas; me corresponde el número cincuenta. Tengo confianza en poder besar y abrazar a mi hija, creo me lo permitirán.
Durante la tarde construimos un «parchís»; mi plato viejo lo cambio por uno de Fernández y éste lo transformamos en sartén. Hago y curso una instancia a la Dirección, pidiendo 25 pesetas de las mías. Compro una cartera para documentos por 15 pesetas, creo ha estado bien la compra. Comienzo la lectura de Club de los suicidas, que ya conocía. Me vuelve la idea de terminar mi comenzada novela, sobre la base de la historia contada en un club y el suicidio después. No he conseguido abordar a Balaguer, espero lograrlo. Pienso unas interesantes reflexiones acerca de la actuación de la Junta de Defensa, esta noche o mañana las escribiré.
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En la monotonía de los días, todos iguales, era difícil surgieran temas nuevos, por eso, puesto que los viejos ya quedaron glosados en estos comentarios, para evitar enojosas repeticiones, prescindiré de comentar aquello que ya lo hubiera sido antes.
De lo que el tiempo era para nosotros, bastará considerar el detalle de la rapidez con que leía cada una de las cosas que a mí llegaban, cualquiera que fuese su tema. Había que quemar muchas horas y yo lo lograba en parte, con la escritura de mis notas, la lectura y el estudio del inglés. Aún así, era insoportable la prisión.
4 de junio 1939 (domingo).-Otra misa, claro. Luego al patio, pero, como está lloviendo, enseguida volvemos al dormitorio. Nada de particular, hasta que por la tarde me traen carta de Visitación escrita desde Orihuela; me confirma que se espera a comunicar y dice que ha puesto un telegrama a casa. Ahora voy a hacer una lista de las cosas que tengo que decirle. He leído El mercader de Venecia de Shakespeare; anoche mismo terminé El club de los suicidas. Sigo con las lecciones de inglés, ya sé algo.
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5 de junio (lunes).-Hoy, por fin, casi con seguridad que veré a mi familia. Anoche dormí muy poco, leí hasta muy tarde y después mate unoscuantos chinches. Esta mañana, como es lógico, me he levantado a primerahora, me he vestido con lo mejor que tengo a mano y lavado con un pocode agua y colonia; antes de tocar a formar estaba dispuesto para recibir ladeseada visita.
Bajamos al patio, estoy nervioso, fumo seguido, me entran ganas de orinar. Al poco, serían las diez, llaman a la primera tanda de visitas, mi nombre va el cuarto. Me emociono. Vamos formados al locutorio, yo en cabeza. ¡Voy a ver a mis dos seres más queridos!
Paso al locutorio, me coloco en un extremo de él; enseguida llegan los familiares. Visitación entra con nuestra hija en brazos. Viene emocionada, llorando, desorientada; tengo que llamarla y cuando me ve se emociona más. Llega, sin dejar de llorar, a donde estoy, a mi las lágrimas me asoman a los ojos. Contengo la intensa emoción. Soy feliz, ese momento es inmenso, tengo frente a mí, las estoy viendo, a mi mujer y a nuestra hijita. Pero, ¡ah!, soy al mismo tiempo el más desgraciado; entre nosotros se interpone una insensible reja que deja pasar la voz, más que contiene mis caricias, los deseos de estar junto a ellas, de estrujarlas entre mis brazos...
Domino, como puedo, la emoción y calmo la suya. Me da noticias de casa, todos están bien y trabajando; en Barcelona igual, lo mismo que la tía Dolores que está en Valencia. Han juzgado a algunos compañeros del Cuerpo Jurídico, sabe han absuelto a varios, entre ellos a Campos; Ávila se halla en libertad, así como otros de quienes no recuerda los nombres. A mí me siguen un sumario en Valencia; el papá verá a Vázquez, Herrero, etc. Le digo que ella vea a Balaguer.
Visitación se volverá a Valencia, de allí irá a Calasparra donde se instalará y vendrá todos los lunes. Se que eso representa para ella un sacrificio, pero que, al mismo tiempo, le gustará verme todas las semanas.
Transcurre el tiempo, no se cuanto, para mí un instante, y ya comienzan a oírse las palmas anunciadoras del fin de la comunicación. De prisa, voy leyendo las notas escritas, me quedo el último y no puedo terminar. Salgo casi a empujones. ¡Nos hemos de despedir con una mirada!
Estoy contento: he conseguido mi deseo, las he visto. Pero, ¡qué poco me parece ahora eso! ¡Qué doloroso es ser padre desde la cárcel, no pudiendo seguir los pasos de mi hija, viéndola sólo una vez a la semana y a través de la odiosa reja!
Visitación está tan bonita como siempre, bastante más delgada, las lágrimas y la emoción la hacen parecer más aún. Mi hija es como en la foto, con cara de mona parecida a la de su mamá; es peluda, fea como todos los críos. No ha llorado, me miró por entre los barrotes y parece ha intentado una sonrisa. Siento ganas de hacer ya alguna perrería con ella.
Tengo grandes esperanzas, por las buenas noticias que me trajo Visitación, de que pronto podré volver a casa y reintegrarme al seno de la familia, con los seres que me han visitado y con mis padres; ahora estoy viviendo con y para ellos, pero sólo en el pensamiento.
Al salir espero en el vestíbulo. Quiero hablar con don Máximo, lo que consigo al cabo de un rato. Me dice que Visitación le ha expuesto nuestro deseo de que me dejaran pasar a darle un abrazo a mi hija, pero que no puede ser; que el próximo lunes si que será. Con ello me llevo un pequeño desengaño, pues creía lo iba a conseguir, y menos mal si me dejan dentro de siete días.
En la próxima visita creo vendrán los papas; también tengo grandes deseos de verles. Confío en que me traerán más tabaco. Siento ganas, aún mayores que antes, de que llegue el próximo lunes; quisiera que todos los días fueran lunes y que los días sólo duraran el tiempo que estoy comunicando. De todos modos mi estancia aquí ya tiene una finalidad: esperar el lunes, vivir pensando en ese día y seguir, semana tras semana, el crecimiento de mi hija.
De lo que me ha dicho en la visita, sospecho que en cualquier momento puedo ser trasladado a Valencia. Mejor, se verá mi caso y recobraré la libertad.
Siento más, y menos, la tragedia del cautiverio: menos por lo dicho, la seguridad de ver todas las semanas a esos dos seres; más, porque después de haberles visto se me hace mayormente difícil conformarme con mi suerte.
Al volver al patio, subo con el doctor al botiquín, donde me sajan el forúnculo que tenía en la mano; no me hacen daño. Toda la mañana la paso con los amigos hablando de la visita. Estamos en el patio hasta las tres, algunos protestan, yo lo doy por bien empleado a pesar de lo penoso que es; quisiera que todos los días fueran lo mismo. Algunos, también, protestan de que no hayan dejado pasar comida; no obstante el hambre, por mucho que me hubiesen traído, no lo hubiera cambiado por la visita, tampoco lo cambiaría ninguno de los lunes venideros.
Por la tarde comienzo la lectura de una biografía de Julio César. He terminado Más fuerte que el amor, que está bien escrita, con un argumento interesante. El mercader de Venecia me gustó extraordinariamente, como de Shakespeare.
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Se hizo esperar, más de dos meses ya que salí de casa, pero llegó la visita ansiada. Gran nerviosismo la precede, luego experimento intensa emoción, que no se sí he logrado plasmar en mis notas. De todo lo dicho hasta ahora, sin añadir más, podrá apreciarse que estaba profundamente enamorado de mi mujer, con ello, añadido al dato de no conocer aún a mi hija, se comprenderá lo justificado de dicha emoción.
Siempre, los recién nacidos me han parecido feos, de aspecto simiesco con su carita arrugada. Con Manolita me pasó lo mismo, sin que la pasión del momento, ni el cariño de padre, me cegaran hasta el punto de hacer que la viera bonita, aunque lo fuera en comparación con los otros críos de su edad. Daba lo mismo, era mi hija y con eso bastaba.
No tenía aún conciencia del peligro que significaba ser juzgado en una época en que casi la única pena que pedían los fiscales, y que aplicaban los mal llamados tribunales, era la de muerte. Yo ignoraba esa circunstancia y por eso me alegré ante la noticia del próximo traslado a Valencia y de que se me instruía un sumario. Creí que ello podía significar la pronta libertad; ni por un momento pensé que pudiera equivaler a una próxima muerte. Más, repito, allí nos encontrábamos en plena «inopia», ajenos a la espantosa tragedia que estaban viviendo los presos de otras cárceles.
Elocuentes, por su valor sintomático, mis consideraciones acerca de lacomida en comparación con la visita. Afortunadamente me inclino hacia loespiritual, sin desdeñar, ni mucho menos, la parte material y prosaica dela vida.
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6 de junio (martes).- Todo el día de hoy he estado pensando en la comunicación de ayer y, casi más, en los días que faltan para la otra, a la que espero vengan mis padres. También casi, cuento las horas, una que pasa es una menos que falta, hasta que llegue el lunes.
Voy otra vez a la enfermería y queda curado el dedo, con sólo una especie de pelado, en el que no tardará en salir la costra.
Vivo estos días pendiente de diez fugaces minutos, durante los cuales, separados por una doble reja, a más de dos metros de distancia y en medio del griterío de los otros, sólo a gritos podíamos hablar nosotros, constantemente vigilados por el guardián que paseaba incansable en el centro del pasillo que separaba a los presos de los visitantes.
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7 de junio (miércoles).- Anoche a última hora, un rato después del silencio, Mario y yo estábamos paseando por el corredor, subió don Paco y no nos vio, pero a otros les echó la gran bronca. Ayer liamos dos cajetillas más de tabaco. Voy a hacer otra instancia pidiendo los cinco duros que me quedan. Termino la biografía de Julio César, está bien, aunque me pareció mejor la que antes leí.
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8 de junio 1939 (jueves).- Nada de particular en toda la tarde de ayer. Por la noche comentamos lo referente a las salidas de aquí, que, al parecer se realizan por orden alfabético, según lo cual el doctor será de los últimos. Nos acostamos y a las doce y media llaman al doctor que era completamente ajeno a ello; le dicen que se prepare «con todo», para salir. No sabe a donde va. De los tres compañeros de petate, sólo quedamos dos, yo y Mario; éste se iba a colocar en la colchoneta que ha quedado vacía a mi lado, pero los otros del cuarto no quieren y se acuesta en ella Ricardo Largo. Sin embargo, sigo siendo el compañero de Mario durante el día.
El doctor, Juan Serrano, aún con sus excentricidades, es un excelente muchacho y buen compañero: formábamos los tres un trío magnífico. He sentido su marcha, que supongo será para su bien y que pronto estará en la calle. Quedamos en que escribirá diciéndonos lo que ha sido de él. Es inteligente y, cuando prescinda de las rarezas, brillará más su capacidad y cultura. Consecuencia del disgusto que me produce su marcha, tardo mucho en dormirme.
Esta mañana vamos, ¿cómo no?, a misa. El altar está adornado con flores, la bandera nacional y un retrato del Generalísimo. Durante la ceremonia nos habla un padre capuchino muy joven. El sacerdote que ha oficiado en la misa nos bendice con la custodia y dice elevemos una oración de desagravio por los sacrilegios cometidos.
El capuchino ha tratado un tema que anoche fue objeto de conversación entre Mario y yo: la existencia de Dios, los límites de la razón y la necesidad de sobrepasarla por medio de la fe.
Hoy, sin el doctor, la habitación parece presentar un aspecto distinto, más deplorable; desaparece su influencia y, probablemente, decaerá el nivel de todo. Ya esta mañana se ha suscitado una discusión tan absurda como las de siempre, diciéndose muchas sandeces, que en lo sucesivo se repetirán con más frecuencia que nunca.
Anoche nos dijeron que Franco había pronunciado un discurso constructivo, el primero de paz. Habló de la reconstrucción de España, marcando la política económica nacional e internacional. Quiero conocerlo directamente.
Por la noche vinieron varios de Ciudad Real que conocían a Mario. Le trataron bien y, según parece, su objeto es llevarse a algunos ya reclamados por el Juzgado Militar de allí. Llegaron en un plan distinto al de otras veces. No creo me abandone, también, Mario.
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Juan prometió escribirnos, sí. Pero, desde aquel día, sólo he tenido noticias suyas indirectas, por personas de su pueblo a quienes les he preguntado. Creo está bien, dedicado a su profesión. Me gustaría conversar con él.
Era la fiesta del Corpus, por eso la función religiosa revistió una cierta solemnidad.
Sobre el trascendental punto de la existencia de Dios, creo conveniente, sino interesante, decir lo que hoy pienso, que es lo que entonces pensaba y no me atrevía a decir. En definitiva, ni creo ni dejo de creer en Él, si bien estoy plenamente convencido de que, caso de existir, Dios no es como las religiones positivas nos lo presentan. Aún siendo esencialmente materialista, creo que hay una serie de problemas, o enigmas origen y fin del hombre, por ejemplo que, en el estado actual de la ciencia, la sola razón no puede descifrar o resolver. Ahora bien, ¿a la humanidad le es necesaria la fe? ¿Necesita el hombre, para ser mejor, creer en el más allá, con todas las dulzuras del premio a los buenos y los horrores del castigo a los malos? Si mi respuesta a tales preguntas fuera afirmativa, tendría que llegar a la conclusión de que la religión, cualquiera pues todas se parecen, es necesaria a la convivencia humana y que, por tanto, aún los no creyentes, debíamos propagarla.
Pero, con absoluta sinceridad, opino no es necesaria la fe ni la creencia en el premio y el castigo; basta para comprenderlo, al menos a mi humana razón, los siglos de pervivencia de todas las religiones actuales, que no sólo no han logrado el perfeccionamiento moral del hombre, sino que, en muchos casos han dado lugar a la comisión de horrendos crímenes realizados en nombre, y según ellos también, en defensa de la religión. Todas mandan no matar y, en ocasiones, incluso por sus ministros, o con la bendición de sus ministros, se ha matado sin tasa ni medida.
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