Kitabı oku: «La armonía que perdimos», sayfa 4
• Periodo de formación: impacto de la biósfera. Entre 1930 y 1980 (aproximadamente) empezamos a crecer sin tener en cuenta los límites de la naturaleza. Crecieron las ciudades y creció la población mundial, creció la economía y se consolidaron los modelos de mercados; crecieron los conflictos entre países y creció la pobreza del mundo; creció el arsenal nuclear de destrucción masiva en poder de algunos países y cambió para siempre la geopolítica global; se conoció la inminencia del fin del petróleo barato y se desarrollaron las energías renovables (incluyendo la energía nuclear de fisión46). Pero los efectos del cambio global sobre la esfera de la técnica (la tecnósfera) concebida como la infraestructura del progreso lograron impactar la esfera de la vida: la biósfera, de una manera agresiva y letal. Muchos de los cambios que hemos producido en ella son irreversibles, especialmente los cambios en el uso de la tierra por la deforestación y la ocupación indebida de los territorios (el arrinconamiento invasivo de muchos ecosistemas que hoy parece haber producido nuevas mutaciones biológicas en formas de virus letales), y los que hemos producido en la atmósfera, debido a las moléculas de carbono (y otros gases de efecto invernadero) depositados allí.
• Periodo del cambio climático. Entre 1950 y 2000 (aproximadamente) comprobamos la irreversibilidad de muchos de estos impactos, pero, en lugar de detener el tren suicida y cambiar los estilos de vida, al impactar de manera acumulativa e irreversible las condiciones físicas y químicas de la atmósfera, empezamos a impactar la esfera del conocimiento y de la cultura humanas: la noósfera47. Hoy el aislamiento global a que hemos sido sometidos por la pandemia hace saltar a un primer plano ese impacto en la esfera psíquica del mundo. Nos miramos en la soledad de nuestros hogares y nos preguntamos: ¿por qué ha sucedido todo esto?
• Certeza del Antropoceno. Entre 2000 y 2020 (aproximadamente) hemos empezado a conocer los primeros signos de una catástrofe humanitaria global: las migraciones climáticas. Hemos empezado a considerar que los cambios ya irreversibles en la esfera de la vida le conceden a este periodo un nombre geológico: el Antropoceno. Nos aproximamos a una crisis civilizatoria global. Antes de 2020 no había habido ninguna pandemia que pudiera asociarse directamente con la crisis ambiental y climática. Casi 1900 catástrofes climáticas/ambientales causaron 24,9 millones de nuevos desplazamientos internos en 140 países y territorios en 201948, según el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC) (ver figura 2), que depende del Norwegian Refugee Council. Es la cifra más alta desde 2012; desde hace medio siglo se tiene constancia de las migraciones climáticas, pero hace apenas dos años se ha puesto el foco en ellas. La aparición de la pandemia del coronavirus, por otra parte, nos enfrenta con la certeza científica de que puede haber nuevas pandemias de este tipo, lo cual corrobora las alertas que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático había hecho, por lo menos desde el año 2007.
• La bifurcación. Entre 2020 y 2030 aún podemos hacer las grandes transformaciones, especialmente en la actual economía del carbono, para impedir la catástrofe anunciada. El papel de la educación será decisivo durante este periodo. Nos aproximamos a un punto de inflexión en las condiciones de la vida humana y la no humana.
Figura 2. Desplazados internos por desastres naturales
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Fuente: Informe mundial sobre desplazamiento interno (grid, por sus siglas en inglés) del Observatorio de Desplazamiento Interno (IDMC, por sus siglas en inglés), Consejo Noruego para los Refugiados, publicado el 20 de abril de 2020.
He aquí el cuadro más gris
Si partimos del hito de 1930, conocido como la depresión económica o el crack de 1929, podemos decir que en poco menos de cien años hemos pasado de un cuadro gris a un cuadro más gris en la representación de la realidad del mundo; lo que Pedro Calderón de la Barca llamó, en el siglo XVII, el gran teatro del mundo. Al cuadro gris podemos llamarlo el cuadro de la crisis ambiental y climática (1930-2000). Al cuadro más gris lo llamaremos el del Antropoceno (2000…).
Figura 3. El cuadro más gris
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Fuente: elaboración del autor, 2017.
Hemos pasado (me apoyo, nuevamente, en las prefiguraciones del arte) del cuadro La isla de los muertos49 de Arnold Böcklin (1883), al cuadro El verdadero cuadro de ‘La isla de los muertos’ de Arnold Böcklin a la hora del Ángelus de Salvador Dalí, pintado, ¡cómo no!, en 1932, cuando el mundo de la economía balbuceaba soluciones más o menos simplistas (como siempre ha sido) para salir del mayor fracaso de su historia reciente. Dalí tenía 28 años y mantuvo la obsesión por aquel cuadro, por lo menos hasta 1934, cuando pintó Elementos enigmáticos de un paisaje.
En el cuadro de A. Böcklin puede verse una isla rocosa poblada de enormes cipreses, tan hermosos y exuberantes que alcanzan a comunicar la sensación de silencio y reverencia por la naturaleza y por la vida que el autor probablemente se propuso. La vida también cobra presencia por la muerte: un hombre ataviado de blanco va en una pequeña barca llevando hasta la isla el ataúd de otro que ha muerto. En el cuadro de Dalí, pintado 44 años más tarde, ya no hay cipreses, no hay nada. Solo un inmenso cielo azul testigo de la desolación y el silencio. Es la hora del Ángelus en aquella isla rocosa (¿el cabo de Creus, Carteret, Tuvalú, islas Marshall?). Es la hora de la oración y la esperanza. Tampoco hay vida humana. El mar es amarillo. Una taza de café sobre la cual parece caer desde lo alto un chorro de metal líquido es ahora la sombra de un pasado, pero hay esperanza en este cuadro. No sabría cómo explicarlo, pero algo más de mi intuición que de mi razón me dice que sí existe la posibilidad de ese cielo, sin una sola nube que presagie desgracias, tiene que haber esperanza. Lo cierto es que ahora hemos agregado complejidad a la crisis y estamos a punto de comprometer la continuidad de la cultura, como lo afirma Franny Armstrong en su documental The Age of Stupid (1972)50; allí muestra los efectos del Antropoceno sobre la cultura al poner en escena una torre construida en el norte de Noruega (el archivo mundial), cuyo objetivo es guardar las obras de arte y los archivos culturales y científicos de una época a punto de desaparecer, la nuestra51.
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Documental The Age of Stupid
¿Por qué ocurrió todo esto?
Debido a este panorama (gris, más gris), son cada vez más los pensadores que se han aproximado a la crisis para preguntarse: ¿por qué? James Lovelock, uno de los primeros, escribió en 1987:
Tal vez el acontecimiento más extraño que se haya derivado de nuestra búsqueda de GAIA sea la comprensión de que, por muy robusta que sea, las condiciones de nuestra Tierra se están acercando al punto en que la vida misma puede que no esté lejos de su fin […] en términos gaianos, si la duración de la vida fuese de un año, ahora estaríamos en la última semana de diciembre52.
Figura 4. La isla de los muertos, Arnold Böcklin, 1883
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Fuente: Recuperado el 14 de septiembre de 2020, de https://www.traveler.es/experiencias/articulos/viaje-a-un-cuadro-la-isla-de-los-muertos-de-arnold-bocklin/17568
Connie Hedegaard tiene el dudoso honor de haber presidido la Cumbre que pudo haber cambiado el rumbo de la crisis. Ello no sucedió así, pero no por responsabilidad de Hedegaard sino de Lars Loocke, primer ministro danés, quien, o bien cedió a las presiones de los Estados Unidos, o bien no supo manejar las tensiones entre los grandes intereses en juego. Fue así como la COP 15 de Copenhague (realizada en 2009) pasó a la historia como el fracaso más rotundo de la diplomacia del clima (como ya dije). Hedegaard es actualmente la comisaria europea de Acción por el Clima, y recientemente hizo un esfuerzo pedagógico para explicar la emergencia que vivimos: “Si su doctor le dijese que está seguro en un 95 % de que padece una grave enfermedad, buscaría inmediatamente una cura. ¿Por qué deberíamos asumir más riesgos cuando es la salud de nuestro planeta la que está en juego?”53.
En realidad, no es la salud del planeta lo que está en juego, como afirma Hedegaard, aunque, evidentemente, no se puede decir que nuestra ‘casa común’ goza hoy de su mejor salud. Resulta que el asunto es peor, mucho peor de lo que la mayor parte de nosotros imaginamos, como escribe el periodista Wallace-Wells. El asunto es que lo que está en juego hoy es la posibilidad de que la vida siga siendo posible en este planeta. Y si un día (que ojalá nunca llegue) se acaba la vida, la Tierra seguirá ‘viviendo’ tranquila sin nosotros, pues ella, como afirma Lynn Margulis, es una pícara tenaz que ha sobrevivido a embates de todo tipo, y ha desarrollado, a lo largo de miles de millones de años, poderosas capacidades para resistir; no se rinde fácilmente. Pero la vida no es tan fuerte. El Informe de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES)54 muestra que la crisis de biodiversidad está a la par con la amenaza climática. A nivel mundial, las especies se están extinguiendo a tasas de hasta mil veces las tasas típicas del pasado de la Tierra: las poblaciones de animales están disminuyendo y desapareciendo en la tierra y en el mar. El último índice de Planeta Vivo estimaba una disminución promedio del 60 % en el tamaño de la población de miles de especies de vertebrados en todo el mundo entre 1970 y 2014, con disminuciones aún más rápidas en las poblaciones de agua dulce. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el 40 % de los anfibios, el 25 % de los mamíferos, el 34 % de las coníferas, el 14 % de las aves, el 33 % de los corales formadores de arrecifes y el 31 % de los tiburones y rayas están en grave riesgo. Los arrecifes de coral, por ejemplo, ya están sufriendo extinciones masivas debido a las altas temperaturas. Según el Informe Especial del IPCC (2018), se espera que entre el 70 y el 90 % de todos los arrecifes de coral del mundo mueran con solo 1,5 °C de calentamiento por encima de los niveles preindustriales, y más del 99 % si llegamos a los 2 °C, el nivel considerado como ‘seguro’ de calentamiento en las negociaciones internacionales.
Este libro
Escribo desde el tiempo presente. No obstante, no es mi intención abrumarlos con datos sobre la crisis, ni mucho menos asustarlos. Escribo este libro porque creo que todavía podemos reaccionar, si actuamos juntos y coordinadamente con efectividad y sentido de urgencia. Reitero: si y solo si (actuamos juntos, coordinadamente y con sentido de urgencia). Tampoco apelaré a la proclamación de una esperanza vacía: tomémonos de las manos y digamos al unísono: ¡La vida es bella y triunfará! Mucho menos repetiré mensajes que considero equivocados (iba a escribir irresponsables) —dan la impresión de que si hacemos ‘eso’ (que nadie sabe cómo se hace) basta para resolver el problema—: ¡Salvemos la Tierra!
Aquí estoy, escribiendo desde la peor pandemia que ha sufrido la humanidad en toda su historia (no sé si habrá sido la más letal, pero sí la más global); estoy aquí (repito) para invitar a la construcción de un pensamiento colectivo para enfrentar la crisis; me anima la certeza de que la transición hacia una economía sin carbono es aún posible; y como no estoy seguro de que la idea de la amenaza global sea de dominio público (ya lo dije), creo que la sociedad necesita ser informada sobre los riesgos que corre y las alternativas que tiene para salvarse. Propongo una cruzada global de comunicación y educación orientada a este fin. Un diseño apropiado de esta cruzada puede ayudar al propósito global de enfrentar la crisis, que bien podría tener tres etapas: 2020-2030: preparar los cambios; 2030-2050: hacer los cambios; y 2050-2080: profundizar y globalizar los cambios.
Mi trabajo consiste en analizar los hechos de esta problemática: un desastre climático, un nuevo informe científico, una acción climática relevante, una protesta ciudadana, una cumbre de naciones, un acontecimiento local. Con el paso del tiempo fui encontrando que una bien balanceada mezcla de investigación, activismo, docencia y periodismo conviene a la búsqueda de un pensamiento colectivo para enfrentar la crisis. Entendí que a partir de esa mezcla es posible aproximarse a la complejidad de la crisis desde el doble flanco de la ciencia y de los hechos.
El economista Manfred Max Neef (1932), coautor junto con Antonio Elizalde de trabajos que les merecieron el Premio Nobel alternativo de Economía en 1983, fue invitado a Bogotá en 1991 y dijo:
Estamos viviendo una especie de megacrisis […] sobre la cual puede haber muchas interpretaciones, pero sentimos que ninguna de ellas es completa y suficiente. Al constatar este hecho, un mundo que empeora en tantos aspectos y crea tantas ansiedades y angustias, uno inevitablemente tiene que enfrentarse a unas preguntas: ¿y por qué hemos logrado crear este tipo de mundo?, ¿qué es lo que sucede con nosotros, ya que después de tantos miles de años de evolución llegamos a este mundo en una crisis tan descomunal como la presente?, ¿a qué se debe?, ¿qué es lo que hemos hecho para que sea esta la situación que impera?, ¿cuál ha sido nuestra contribución responsable a la evolución y al mundo?55
Es cierto que todas las formas de vida están amenazadas, pero la crisis global proviene de una sola de ellas: la nuestra, también amenazada, por supuesto, pero es la única que tiene la oportunidad de reaccionar y detener la catástrofe. Interpreto la crisis ocasionada por la pandemia como un llamado a la humanidad. Es esta una catástrofe global selectiva: solo ataca de manera mortal a los seres humanos. Este libro se concentra en el aporte que puede hacer la educación desde el examen de dos frentes: la perspectiva ética del factor antropogénico de la crisis global (léase mejor: el factor antroposocial): la perspectiva ética del desarrollo; y la búsqueda de una respuesta colectiva (impulsada desde la ciudadanía) antes de que sea demasiado tarde. Para estimular la búsqueda de esta respuesta (y también de las respuestas que buscaba Max Neef), apelo al sentido de lo humano. Creamos o no en dioses (vivos o muertos), sabemos, en virtud de la biología, que a partir del cerebro humano pueden surgir objetivos trascendentes, más allá del individuo, más allá de la comunidad o de la tribu, capaces de producir grandes transformaciones en la sociedad.
Me guía el pensamiento de Rabrindanath Tagore: “La civilización contemporánea ha reducido el sentido de lo humano a un solo fin: la producción y el consumo de bienes materiales y la noción de crecimiento como sinónimo de progreso”56. Es por ello que “estamos atrapados” y que “no hay salida”, como dijo José Saramago57. La verdad es que dentro de ese esquema de pensamiento y de acciones colectivas anticipado por Tagore, no hay salida. No obstante, algo más de mi intuición que de mi razón me dice que, desde un esquema nuevo de desarrollo, de producción y de consumo, y de respeto por la naturaleza, aún existe un resquicio de esperanza; a ese resquicio le apuesto, desde las cátedras, desde el periodismo y desde el activismo. Invito a los estudiantes (y a los ciudadanos) a formularse un propósito trascendente, los invito a trascender ellos, desde la potente posibilidad de sus cerebros. Trato de ubicarlos no en los años que corren sino más allá de 2030, y les digo que trabajen para que podamos construir, entre todos, una cruzada global en defensa de la vida. Una cruzada de tal alcance y de tal ambición como no hubo otra en toda la historia humana. Por la posibilidad de ese despertar de la conciencia biosférica global escribo.
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La isla de los muertos, S. Rachmaninof
Invito a escuchar el poema sinfónico de Sergei Rachmaninoff La isla de los muertos. Invito, además, a leer el comentario puesto en el YouTube del poema por quien se identifica como “Guerrero espectral”:
Eras la vida y no lo sabías, porque te comportabas como la muerte, entonces me confundías. Pero ahora, a la distancia, me doy cuenta de que eras la savia, la civilización, la destrucción y nuevamente la vida. Renacía. Eras la muerte y yo te apreciaba, como a todo lo oscuro que siempre amé, pero te comportaste tan bien que pensé que eras la vida y te acepté, pero eras la ruina, la consumación, la alteración, el arrepentimiento58.
Sobre el tiempo presente
Tienen los buenos libros esa virtud oculta de descubrir los vericuetos del alma de quienes los han escrito, más con el corazón que con el cerebro. Vericuetos hechos de nombres, citas, versos, signos, puntos suspensivos que nos llevan a pasadizos, planicies, cimas, simas. Ventanas para asomarnos al corazón de quienes los han escrito; y desde allí, como un efecto rebote, saltar hasta el corazón del lector que es uno, desde donde se vuelven a abrir pasadizos, invisibles pero ciertos, hasta el corazón de otros lectores cuyas señas intuimos, ya dejadas en los libros como huellas en la arena: subrayados, ojos, admiraciones, exclamaciones, interjecciones, flechas de una dirección, de dos, rayas cruzadas, rayas simples, palabras sueltas, deleite en incoherencias quizá, como escribió Pedro Salinas: “Palabras sueltas, palabras, deleite en incoherencias, no eran ya signo de cosas, eran voces puras, voces de su servir olvidadas”.
Este rodeo (algo largo) se debe a la necesidad de atenuar un robo que en el siguiente renglón quedará expuesto (una cita de un poema y el poema). La cita es de Alejandro Gaviria y está en su libro Hoy es siempre todavía59 (2018): “Escribo, hermano mío, de un tiempo venidero, sobre cuanto estamos a punto de no ser, sobre la fe sombría que nos lleva. Escribo sobre el tiempo presente”.
Y el poema Sobre el tiempo presente de José Ángel Valente (1929) pueden leerlo más adelante. Ese tiempo venidero que nos puede llevar al tiempo del no ser, de la nada casi absoluta, desolación de voces y de cielos. Pues bien, yo también escribo este libro desde el tiempo presente y desde un tiempo venidero; pero, vislumbrado con la esperanza de que podamos impedir todo ‘cuanto estamos a punto de no ser’. Por eso, más que una reflexión académica (o intelectual) sobre la educación, sobre la crisis, es (también como escribe Gaviria) “‘un testimonio de amor y gratitud’: a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis alumnos”. Un testimonio del aprendizaje que he podido obtener de todos ellos.
También lo escribo desde la razón. Inevitable. Pero no olvido la persistente lluvia de poesía que aún gotea en mi alma de gaviero, desde cuando abandoné mis estudios ‘de mar y de guerra’ en la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena de Indias. Entonces creí (a veces aún lo sueño) que sería mejor idea dedicar el esfuerzo de mis días a escribir poemas en lugar de derribar aviones enemigos o dirigir la tropa como “‘Dios y la Patria se lo ordenan’ […] mi ambición más grande es la de llevar con honor el título de colombiano, y llegado el caso, morir por defenderte”60. Traté de escribir poesía (durante aquellos años del mar y de la guerra, de las dudas existenciales y de la soledad), y aunque nunca me abandonó aquella luz temblante que sostenía la vida (que la sostiene), con el pasar de los años, cuando fui asumiendo y luego abandonando otros oficios y profesiones considerados como respetables y lucrativos —al decir de mi padre—, y dediqué mis días al ambientalismo, a la enseñanza, al periodismo; cuando ocurrió todo ello, mantuve abierta una puerta secreta que me conectaría (si fuere menester) con la luz de la poesía. Así fui descubriendo (en el tiempo presente) que lo que había hecho con mi vida (ese azar) había sido regresar a mis orígenes: el ambientalismo existe para sostener la vida, ese es su fin último y superior. Y la poesía en particular, y el arte en general, ayudan a ver mejor lo que el racionalismo esconde, camufla o tergiversa. Por eso muchas veces he sentido que mi verdadera plataforma es la poesía.
No obstante, resulta inevitable para los docentes de hoy (tan conminados por el pragmatismo y los indicadores de eficiencia) ‘pensar en concreto’, conectar el diagnóstico con la acción. Ojalá logren el equilibrio entre el arte y la ciencia que hoy resulta necesario para comprender el filo de la historia y sus vicisitudes. Ojalá puedan comprender que hoy, más que nunca, necesitamos restituir el dualismo mente cuerpo en beneficio de una nueva unidad que rescate el idealismo y el romanticismo alemanes pero que transcienda el posmodernismo. Esa nueva unidad ya fue enunciada por Schelling: “Yo soy uno con la naturaleza”61. No somos, evidentemente, parte de la naturaleza, sino que somos también naturaleza. No somos razón y emoción, somos una integralidad compuesta por razonamientos y sentimientos, por certezas y por intuiciones, por arte y por ciencia. Humboldt también lo entendió así, y le dedicó a Goethe su Ensayo sobre la geografía de las plantas y agregó en la portada de su libro la imagen de Apolo, el dios de la poesía. Pero Humboldt no solo subrayaría la importancia de la poesía, sino que él mismo sería un adelantado en escribir “desde la razón y la emoción”, como escribe Carl Langebaek en Humboldtiana neogranadina62.
Pues bien, permitirán los lectores que enmarque mis ideas sobre la educación mediante los ejes de la cátedra de Acción Climática de la Universidad del Rosario63: 1) el reconocimiento de los límites de los sistemas implicados en la crisis global; 2) el reconocimiento de la complejidad de los sistemas; 3) la necesidad de estimular la formación de ciudadanías activas y resilientes que demanden y propongan respuestas sectoriales, locales y globales sobre todos los factores del cambio global; 4) el examen de las transiciones hacia un futuro sin carbono (si bien las transiciones económicas y energéticas constituyen el eje de las acciones climáticas, es preciso examinar primero las alternativas para transitar entre el paradigma aún vigente del “crecimiento ilimitado como idea rectora del progreso” y la nueva idea del progreso (aún por construir) que conceda primacía a la vida por sobre todo otro valor); 5) la urgencia de recuperar lo que de humanos hemos perdido, pues solo a partir de lo que somos como especie y como cultura podremos salvar la vida amenazada. Para este fin es necesario volver por la enseñanza de las artes y las humanidades, como complemento necesario de la formación técnica de los estudiantes.
Si este enfoque es acogido, modificado, mejorado y multiplicado por los docentes, este libro habrá cumplido su propósito. Esta es una cátedra nacida más de la intuición que de la razón, que promueve un proceso orden-caos-nuevo orden, y que se aparta, de manera deliberada, del ecologismo tradicional para subrayar su énfasis en el contexto humano, político, social y económico del problema. Reconoce el avance de la ciencia y su principal referente es el Grupo Intergubernamental de Expertos de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
La palabra enseñar no es adecuada. Lo que hacemos es comunicar una urgencia. Compartir la necesidad de encontrar una respuesta adaptativa global y una acción colectiva de gran envergadura que salve la vida amenazada. Docentes y estudiantes intentamos situarnos en un mismo plano: sencillamente humano. De manera, que, en lo posible, esta clase se dicta sin jerarquías explícitas o convencionales, debido a que necesita hacerse no desde la sentencia nietzscheneana (quizá presuntuosa en su aparente sencillez): “lo humano demasiado humano”, sino desde lo humano complejamente humano. No simplemente desde la ciencia (aséptica), no desde los hechos que hoy revelan la gravedad de la crisis (aunque estos hechos se revisan de manera crítica), no desde la conceptualización sobre la adaptación, la mitigación, la financiación y los múltiples ismos, siglas, acrónimos y jerigonzas con que se suelen envolver la diplomacia internacional y los expertos, para nombrar la problemática. No desde todo aquello, sino desde el sentido común de lo humano amenazado.
La enumeración de los cinco ejes de la cátedra pretende servir de marco de trabajo a la convicción que la sustenta: la necesidad de apelar al sentido de lo humano, más que al propósito de una ciencia, una ideología o una categoría geográfica o nacional. Más adelante hablaré de este tema. Por ahora declaro que a José Ángel Valente64 no lo conocía, “cuánto se aprende al término de un día”65, pero al linfoma no Hodgkin sí, aunque de una forma menos invasiva que la que inspiró al autor de Hoy es siempre todavía. Melanoma que horada la piel de la tierra. Más lento que otros males de su especie, pero igual de mortal. Células que se incubaron en la historia del pensamiento de los humanos del siglo XX. La crisis global es, quizá, el linfoma sí Hodgkin de una civilización que descubrió en la química del carbono, la vida, el progreso, la felicidad, el crecimiento, la bicicleta Giant de fibra de carbono, pero también la muerte.
Sobre el tiempo presente, José Ángel Valente66
Escribo desde un naufragio,
desde un signo o una sombra, discontinuo vacío
que de pronto se llena de amenazante luz.
Escribo sobre el tiempo presente,
sobre la necesidad de dar un orden testamentario
a nuestros gestos,
de transmitir en el nombre del padre,
de los hijos del padre,
de los hijos oscuros de los hijos del padre,
de su rastro en la tierra,
al menos una huella del amor que tuvimos
en medio de la noche,
del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre
al tiempo ávido del dios
y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,
hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.
Escribo sobre el tiempo presente.
Con lenguaje secreto escribo,
pues quien podría darnos ya la clave
de cuanto hemos de decir.
Escribo sobre el hálito de un dios
que aún no ha tomado forma,
sobre una revelación no hecha,
sobre el ciego legado
que de generación en generación
llevará nuestro nombre.
Escribo sobre el mar,
sobre la retirada del mar que abandona en la orilla
formas petrificadas
o restos palpitantes de otras vidas.
Escribo sobre la latitud del dolor,
sobre lo que hemos destruido,
ante todo en nosotros,
para que nadie pueda edificar de nuevo
tales muros de odio.
Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,
con palabras secretas,
sobre una visión ciega, pero cierta,
a la que casi no han nacido nuestros ojos.
Escribo desde la noche,
desde la infinita progresión de la sombra,
desde la enorme escala innumerable de números,
desde la lenta ascensión interminable,
desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,
de presentir la tierra, el término,
y la certidumbre al fin de lo esperado.
Escribo desde la sangre,
desde su testimonio,
desde la mentira, la avaricia y el odio,
desde el clamor del hambre y del trasmundo,
desde el condenatorio borde de la especie,
desde la espada que puede herirla a muerte,
desde el vacío giratorio abajo,
desde el rostro bastardo,
desde la mano que se cierra opaca,
desde el genocidio,
desde los niños infinitamente muertos,
desde el árbol herido en sus raíces,
desde lejos, desde el tiempo presente.
Pero escribo también desde la vida
desde su grito poderoso,
desde la historia,
no desde su verdad acribillada,
desde la faz del hombre,
no desde sus palabras derruidas,
desde el desierto,
pues desde allí ha de nacer un clamor nuevo,
desde la muchedumbre que padece
hambre y persecución y encontrará su reino,
porque nadie podría arrebatárselo.
Escribo desde nuestros huesos
que ha de lavar la lluvia,
desde nuestra memoria
que será pasto alegre de las aves del cielo.
Escribo desde el patíbulo,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
pues de algún modo hemos de ser ejecutados.
Escribo, hermano mío, de un tiempo venidero,
sobre cuanto estamos a punto de no ser,
sobre la fe sombría que nos lleva.
Escribo sobre el tiempo presente.
Algunas preguntas
Me hago algunas preguntas orientadas a confrontar un mito de reciente data, que no por estúpido deja de tener adeptos: el cambio climático no existe, y si existe, no es tan grave. Wallace-Wells es más benigno. Le llama patrañas tranquilizadoras al mito en construcción (el estúpido y homicida mito)67. Las preguntas son:
• ¿Por qué no empezamos ya?
• ¿Hasta cuándo nos mantendremos aplazando las soluciones de fondo? El porcentaje de reducción de emisiones que los países asumieron en conjunto durante el periodo que duró el Protocolo de Kioto68 fue de 5,2 %. Esta meta se consideraba insuficiente, a la luz de los datos de la ciencia, por lo menos desde 2007, cuando se conoció el Cuarto Informe de Evaluación del IPCC.
• ¿Por qué no hicimos entonces lo que deberíamos haber hecho? Aumentar significativamente estas metas de reducción de emisiones de los países. El esquema actual de contribuciones nacionalmente determinadas (NDC) del Acuerdo de París estará vigente, por lo menos, hasta 2030, y puede representar, en el caso de muchos de los países altamente emisores, metas reales aún más insuficientes que las del Protocolo de Kioto.
• ¿Por qué la diplomacia internacional (léase, las Naciones Unidas) no se ha movilizado para hacer una enmienda del Acuerdo de París?
• ¿Por qué no atienden el llamado de los científicos que han pedido que estas metas (que hoy rondan el 25 %) se aumenten, por lo menos, hasta el 45%?
Entrego un primer avance (quise escribir andanada) sobre la ineficacia, a mi juicio, de la diplomacia internacional para enfrentar la crisis climática en los últimos treinta años. Me baso en una certeza: la Convención Marco de Cambio Climático y las Conferencias de Partes de esta Convención no han dado muestras de atender seriamente los datos de la ciencia. He aquí un elocuente ejemplo de ello: como insumo de la que en su momento se consideró una oportunidad (única, decisiva) para la reacción global: la Cumbre de Copenhague de 2009 (COP 15), las organizaciones ambientales del mundo, basadas en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos redactaron el Tratado Climático de Copenhague. Allí se consignó que un nivel de reducciones globales aceptable sería de 35 % para el año 2020 y de 70 % para el 2050, tomando como referencia las emisiones de 1990. Ese mismo año el IPCC había pedido a las economías emergentes que debían reducir sus emisiones entre un 25 y un 40 % para el año 2020, con respecto a las emisiones de 1990; hoy ese mismo IPCC pide reducciones mínimo de 45 %. Si el mundo quisiera actuar con la celeridad que pide la ciencia hoy, le bastaría con actualizar el Tratado Climático de Copenhague. Lo que pedían las organizaciones que lo suscribieron, apoyadas por más de 150 000 personas que marcharon desde el centro de Copenhague hasta el Bella Center (donde se había reunido la COP 15) era que los gobiernos facilitaran acciones para “una transición justa y sostenible de nuestras sociedades hacia un modelo que garantizara el derecho a la vida y a la dignidad de todas las personas”. Nadie las escuchó69.