Kitabı oku: «La prisionera»
Título original francés: À la recherche du temps perdu V. La Prisonnière.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO636
ISBN: 978-84-9056-191-1
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
La prisionera
La prisionera
Ya por la mañana, con la cabeza aún vuelta hacia la pared y antes de haber visto, por encima de las grandes cortinas de la ventana, el matiz de la raya de luz, ya sabía yo qué tiempo hacía. Los primeros ruidos de la calle me lo habían indicado, según me llegaran amortiguados y desviados por la humedad o vibrantes como flechas en el resonante y vacío aire de una mañana espaciosa, glacial y pura; con el fragor del primer tranvía, ya había comprendido yo si estaba esperando bajo la lluvia o partía hacia el cielo. Y tal vez a esos ruidos mismos hubiera precedido alguna emanación más rápida y penetrante que, tras colarse en mi sueño, esparcía en él una tristeza anunciadora de la nieve y hacía entonar a un personajito intermitente tan numerosos cánticos a la gloria del sol, que éstos acababan preparando para mí —quien, aún dormido, empezaba a sonreír, con los párpados cerrados preparándose para verse deslumbrados— un impresionante despertar con música. Por lo demás, durante aquel período percibí la vida exterior sobre todo desde mi cuarto. Sé que Bloch contó que, cuando venía a verme por la noche, oía el sonido de una conversación; como mi madre estaba en Combray y nunca encontraba a nadie en mi cuarto, sacó la conclusión de que yo hablaba solo. Cuando, mucho más tarde, se enteró de que entonces Albertine vivía conmigo y comprendió que yo la había ocultado a todo el mundo, declaró que por fin entendía la razón por la que en aquella época de mi vida nunca quería yo salir. Se equivocó. Por lo demás, se podía disculparlo perfectamente, pues la realidad, aun cuando sea necesaria, no es completamente previsible: quienes se enteran de algún detalle exacto de la vida de otro se apresuran al instante a sacar consecuencias que no lo son y ven en el hecho recién descubierto la explicación de cosas que precisamente no tienen relación alguna con él.
Cuando ahora pienso en que a nuestro regreso de Balbec mi amiga había venido a vivir en París bajo el mismo techo que yo, que había renunciado a irse en un crucero, que su cuarto estaba a veinte pasos del mío, al final del pasillo, en el despacho tapizado de mi padre, y que todas las noches, muy tarde, antes de separarse de mí, deslizaba su lengua en mi boca, como un pan cotidiano, un alimento nutritivo, y con el carácter casi sagrado de toda carne a la que los sufrimientos que hemos soportado por ella han acabado confiriendo como una dulzura moral, lo que evoco al instante, en comparación, no es la noche que el capitán de Borodino me permitió pasar en el cuartel, como un favor que sólo curaba, en una palabra, un malestar efímero, sino aquella en la que mi padre mandó a mi madre a dormir en la camita contigua a la mía, pues la vida, si debe librarnos una vez más de un sufrimiento que parecía inevitable, lo hace en condiciones hasta tal punto diferentes y a veces opuestas, ¡que el reconocimiento de la identidad de la gracia concedida representa casi un aparente sacrilegio!
Cuando Albertine se enteraba por Françoise de que yo no estaba dormido en la obscuridad de mi alcoba, con las cortinas aún echadas, no procuraba no hacer ruido en su cuarto de baño. Entonces yo, en lugar de esperar a una hora más tardía, muchas veces iba a un cuarto de baño contiguo al suyo y que era agradable. En tiempos un director de teatro gastaba centenares de miles de francos para constelar con esmeraldas auténticas el trono en el que la diva desempeñaba un papel de emperatriz. Los ballets rusos nos han mostrado que unos simples juegos de luces, proyectados en la dirección oportuna, prodigan joyas igualmente suntuosas y más variadas. Esa decoración ya más inmaterial no resulta, sin embargo, tan atractiva como aquella mediante la cual, a las ocho de la mañana, el sol substituye a la que solíamos ver, cuando no nos levantábamos hasta el mediodía. Las ventanas de nuestros dos cuartos de baño no tenían —para que no pudiesen vernos desde fuera— cristales lisos, sino que estaban cubiertos con una escarcha artificial y anticuada. De repente el sol amarillecía aquella muselina de cristal, la doraba y, tras revelar despacito en mí un joven más antiguo durante mucho tiempo ocultado por la costumbre, me embriagaba con recuerdos, como si hubiera estado en plena naturaleza, delante de los follajes dorados en los que ni siquiera faltaba la presencia de un pájaro, pues oía a Albertine silbar sin cesar:
Los dolores son unos locos
Y quien los escucha está más loco aún.
Yo la amaba demasiado para no sonreír, feliz, ante su mal gusto musical. Por lo demás, aquella canción había encantado el verano anterior a la Sra. Bontemps, quien no tardó en oír decir que era una necedad, por lo que, en lugar de pedir a Albertine que la cantara, cuando había visitas, la substituyó por ésta:
Una canción de despedida sale de fuentes turbulentas,
que pasó a ser, a su vez, «una vieja cantinela de Massenet con la que la niña nos castiga los oídos».
Pasaba un nubarrón, eclipsaba el sol y yo veía apagarse y volver a la monotonía la púdica y frondosa cortina de vidrio.
Los tabiques que separaban nuestros dos cuartos de baño (el de Albertine, idéntico, era uno que mi madre, por tener otro en el otro extremo del piso, nunca había usado para no hacer ruido mientras yo dormía) eran tan finos, que podíamos hablar, al tiempo que nos lavábamos cada uno en el nuestro, y proseguir una charla que sólo interrumpía el ruido del agua, en esa intimidad que muchas veces permite —en un hotel— la exigüidad del espacio y la proximidad de las habitaciones, pero que en París es tan poco frecuente.
Otras veces, permanecía acostado, soñando todo el tiempo que deseara, pues el personal de servicio había recibido la orden de no entrar nunca en mi cuarto antes de que hubiera yo tocado el timbre, cosa que —por la incomodidad que entrañaba la colocación de la perilla eléctrica por encima de mi cama— requería tanto tiempo, que con frecuencia, harto de intentar alcanzarla y contento de estar solo, permanecía unos instantes casi dormido de nuevo. No es que yo fuera totalmente indiferente a la estancia de Albertine entre nosotros. Su separación de sus amigas lograba librar a mi corazón de nuevos sufrimientos. Lo mantenía en un reposo, en una inmovilidad, casi total, que lo ayudarían a curar, pero, en definitiva, aquella calma que me procuraba mi amiga, más que una alegría, era un lenitivo del sufrimiento. No es que no me permitiera experimentar muchas alegrías de las que el dolor intenso me había privado, pero, lejos de debérselas a Albertine, quien, por lo demás, apenas me parecía ya hermosa y con la cual me aburría, a la que tenía la clara sensación de haber dejado de amar, las saboreaba, al contrario, cuando Albertine no estaba a mi lado. Por eso, para comenzar la mañana, no mandaba a llamarla en seguida, sobre todo si hacía bueno. Durante unos instantes —y sabiendo que me hacía más feliz que ella—, permanecía a solas con el personajito interior, que saludaba cantando al sol y del que ya he hablado. De los que componen nuestra individualidad, los que nos resultan más esenciales no son los más patentes. En mí, cuando la enfermedad haya acabado derribándolos uno tras otro, quedarán aún dos o tres que tendrán la vida más dura que los demás, en particular cierto filósofo que sólo es feliz cuando ha descubierto —entre dos obras, entre dos sensaciones— un rasgo en común, pero a veces me he preguntado si no sería el último de todos el hombrecillo muy parecido a otro que el óptico de Combray había colocado tras su escaparate para indicar el tiempo que hacía y que, tras quitarse la capucha en cuanto hacía sol, volvía a ponérsela si iba a llover. De ese hombrecillo conozco el egoísmo; ya puedo sufrir un ataque de sofoco que sólo calmaría la llegada de la lluvia, que a él lo trae sin cuidado y ante las primeras gotas, tan impacientemente esperadas, pierde la alegría y vuelve a ponerse la capucha con mal humor. En cambio, estoy convencido de que, en el momento de mi agonía, cuando todos los demás «yoes» estén muertos, si llega a brillar un rayo de sol, el personajito barométrico se sentirá —mientras yo lance mi último suspiro— muy a gusto y se quitará la capucha para cantar: «¡Ah! Por fin hace bueno».
Llamaba yo con el timbre a Françoise. Abría Le Figaro. Buscaba y comprobaba que no figuraba en él un artículo —o supuestamente tal— que había yo enviado a ese periódico y no era otra cosa que la página recientemente recuperada —y un poco modificada— escrita en tiempos en el coche del doctor Percepied, al contemplar los campanarios de Martinville. Después leía la carta de mi madre: le parecía extraño, chocante, que una joven viviera sola conmigo. El primer día, en el momento de abandonar Balbec, cuando mi madre me había visto tan desdichado y le había preocupado dejarme solo, tal vez se hubiese alegrado al enterarse de que Albertine partía con nosotros y al ver que junto a nuestras maletas —aquellas junto a las cuales había pasado yo la noche en el hotel de Balbec llorando— habían cargado en el tren-tranvía las de Albertine, estrechas y negras, que me habían parecido con forma de ataúdes y me habían dejado dubitativo sobre si con ellas entraría en mi casa la vida o la muerte, pero yo ni siquiera me lo había preguntado, presa como era de la alegría —en la mañana resplandeciente, después del espanto de permanecer en Balbec— de llevar conmigo a Albertine. Ahora bien, aunque al principio mi madre no se había mostrado hostil —y hablaba, amable, a mi amiga, como una madre cuyo hijo acaba de ser gravemente herido y se muestra agradecida para con la joven amante que lo cuida con abnegación— a ese proyecto, había llegado a serlo a partir del momento en que éste se había realizado completamente y se prolongaba en nuestra casa la estancia de la joven y, además, en ausencia de mis padres. Sin embargo, no puedo decir que mi madre no manifestara nunca aquella hostilidad. Ahora —como en el pasado, cuando había dejado de atreverse a reprocharme mi nerviosismo, mi pereza— vacilaba —cosa que tal vez yo no adivinara del todo en el momento o no quisiera adivinar— a la hora de arriesgarse —expresando algunas reservas a la joven con la que, según le había dicho yo, iba a prometerme— a ensombrecer mi vida, de volverme más adelante menos afecto a mi esposa, de sembrar tal vez —para cuando ella misma hubiera desaparecido— el remordimiento de haberla hecho sufrir al casarme con Albertine. Mi madre prefería que pareciese aprobar una elección de la que no podría —tenía la sensación— hacerme desdecirme, pero todos los que la vieron en aquella época me dijeron que a su dolor de haber perdido a su madre se sumaba una expresión de perpetua preocupación. Aquella tensión mental, aquella discusión interior, daban a mi madre un gran calor en las sienes, por lo que abría constantemente las ventanas para refrescarse, pero ninguna decisión lograba adoptar por miedo a «influirme» en sentido negativo y menoscabar la que creía mi felicidad. Ni siquiera podía adoptar la de impedirme mantener provisionalmente a Albertine en casa. No quería mostrarse más severa que la Sra. Bontemps, a quien ante todo incumbía aquel asunto y no le parecía improcedente, cosa que sorprendía mucho a mi madre. En todo caso, lamentaba haberse visto obligada a dejarnos a los dos solos, al marcharse hasta aquel momento a Combray, donde podía ser que hubiera de permanecer —y, de hecho, así fue— muchos meses durante los cuales mi tía abuela la necesitó sin cesar, de noche y de día. Allí todo le resultó fácil gracias a la bondad, a la abnegación, de Legrandin, quien, sin escatimar esfuerzo alguno, por grande que fuera, aplazó de semana en semana su regreso a París, pese a conocer poco a mi tía, simplemente —primero— porque había sido amiga de su madre y —segundo— porque notó que la enferma incurable apreciaba sus atenciones y no podía prescindir de él. El esnobismo es una enfermedad grave del alma, pero localizada y que no la estropea del todo. Sin embargo, yo, al contrario que mi madre, estaba muy contento de su traslado a Combray, sin el cual habría temido —por no poder decir a Albertine que la ocultara— que descubriera su amistad con la Srta. Vinteuil, cosa que habría sido para mi madre un obstáculo absoluto no sólo a un matrimonio del que, por lo demás, me había pedido que no hablara aún definitivamente a mi amiga, pero que cada vez me resultaba más intolerable plantearme, sino también a que ésta pasara un tiempo en casa. Salvo una razón tan grave y que no conocía, mi madre, en virtud del doble efecto de la imitación edificante y liberadora de mi abuela, admiradora de George Sand y que concebía la virtud como nobleza del corazón, y, por otra parte, de mi propia influencia corruptora, se mostraba ahora indulgente con mujeres para con cuya conducta habría estado severa en tiempos o incluso en el presente, si hubieran sido amigas suyas burguesas de París o de Combray, pero cuya hermosa alma yo le encomiaba y a las cuales perdonaba mucho, porque me apreciaban. Pese a todo e incluso independientemente de la cuestión de su oportunidad, creo que Albertine no habría soportado a mi madre, quien había conservado de los tiempos de Combray, de mi tía Léonie, de todas sus parientes, hábitos relativos al orden de los que mi amiga no tenía la menor noción. Habría sido capaz de no cerrar una puerta y, en cambio, habría dejado de entrar, cuando una puerta estuviera abierta, tan poco como un perro o un gato. Así, su encanto un poco incómodo consistía en no estar en casa tanto como una muchacha cuanto como un animal doméstico, que entra en una habitación y sale de ella, que aparece dondequiera que no se lo espere y que iba —cosa que resultaba para mí un motivo de quietud— a echarse en mi cama junto a mí, a hacerse un sitio en ella, del que ya no se movía más, sin molestar, como habría hecho una persona. Sin embargo, acabó por plegarse a mis horas de sueño, a no intentar no sólo entrar en mi alcoba, sino tampoco hacer ruido antes de que yo hubiese llamado. Fue Françoise quien le impuso aquellas normas. Ésta era de esos sirvientes de Combray que saben el valor de su señor y que deben, como mínimo, hacer que les brinde lo que merecen. Cuando un visitante extranjero daba una propina a Françoise para que la repartiera con la chica de la cocina, apenas había tenido el donante tiempo de entregar la moneda cuando ya Françoise —con una rapidez, una discreción y una energía idénticas— había aleccionado a la chica, quien acudía a dar las gracias no con medias palabras, sino franca, claramente, como, —según le había dicho Françoise— se debía hacer. El cura de Combray no era un genio, pero también él sabía lo que convenía. Bajo su dirección, la hija de unos primos protestantes de la Sra. Sazerat se había convertido al catolicismo y la familia se había portado perfectamente con él. Se habló de un matrimonio con un noble de Méséglise. Los padres del joven escribieron, para informarse, una carta bastante desdeñosa y en la que había desprecio para el origen protestante. El cura de Combray respondió en tal tono, que el noble de Méséglise, rendido y prosternado, escribió una carta muy diferente, en la que solicitaba, como el favor más precioso, su unión con la muchacha.
Françoise no tuvo mérito al conseguir que Albertine respetara mi sueño. Estaba imbuida de la tradición. Ante el silencio que guardó o la respuesta perentoria que dio a una propuesta de entrar en mi alcoba o mandarla a preguntarme algo, que debía de haber formulado inocentemente Albertine, ésta comprendió con estupor que se encontraba en un mundo extraño, de costumbres desconocidas, regulado por leyes vitales que ni siquiera se podía pensar en infringir. Ya había tenido un primer presentimiento de ello en Balbec, pero en París no intentó siquiera resistirse y esperó con paciencia todas las mañanas a mi llamada por el timbre para atreverse a hacer ruido.
Por lo demás, la educación que le impartió Françoise fue saludable para nuestra propia vieja sirviente, al calmar poco a poco los gemidos que desde el regreso de Balbec no cesaba de lanzar, pues en el momento de montar en el tren-tranvía se había dado cuenta de que había olvidado despedirse del «ama de llaves» del hotel, persona bigotuda que vigilaba los pisos y apenas conocía a Françoise, pero había estado relativamente educada con ella. Françoise quería a toda costa dar media vuelta, bajar del tren-tranvía, volver al hotel, despedirse del ama de llaves y partir el día siguiente. La prudencia y mi horror súbito de Balbec me impidieron concederle aquel favor, pero, a consecuencia de ello, había contraído un malhumor enfermizo y febril que el cambio de aires no había bastado para disipar y se prolongaba en París, pues, según el código de Françoise, tal como aparece ilustrado en los bajorrelieves de Saint-André-des-Champs, no está prohibido desear la muerte de un enemigo, asestársela incluso, pero es horrible no comportarse como Dios manda, no corresponder a una cortesía, no despedirse antes de partir, como una auténtica grosera, de un ama de llaves de piso. Durante todo el viaje, el recuerdo, a cada momento renovado, de que no se había despedido de aquella mujer, había hecho subir a las mejillas de Françoise un bermellón que podía espantar y, si se negó a comer y a beber hasta llegar a París, tal vez fuera porque aquel recuerdo le hacía sentir un «peso» de verdad «en el estómago» (cada clase social tiene su patología) más aún que para castigarnos.
Entre las causas a las que se debía que mi madre me enviara todos los días una carta, y en la que, además, nunca faltaba alguna cita de Mme. de Sévigné, figuraba el recuerdo de mi abuela. Mi madre me escribía: «La Sra. Sazerat nos ha dado uno de esos desayunos que sólo ella sabe preparar y que, como habría dicho tu pobre abuela, citando a Mme. de Sévigné, nos privan de la soledad sin brindarnos la sociedad». En mis primeras respuestas, cometí la tontería de escribir a mi madre: «Por esas citas, tu madre te reconocería al instante», lo que me valió, tres días después, esta nota: «Pobre hijo mío, si era para hablarme de mi madre, invocas muy inoportunamente a Mme. de Sévigné. Ésta te habría respondido como lo hizo a Mme. de Grignan: “Entonces, ¿no era nada de usted? Yo creía que eran parientes”».
Entretanto, oía los pasos de mi amiga, que salía de su alcoba o entraba en ella. Tocaba el timbre, pues era la hora en que iba a venir Andrée con el conductor, amigo de Morel y prestado por los Verdurin, a buscar a Albertine. Yo había hablado a ésta de la lejana posibilidad de casarnos, pero nunca lo había hecho oficialmente; ella misma, por discreción, había movido la cabeza —cuando yo había dicho: «No sé, pero tal vez fuera posible»— con una sonrisa melancólica y había dicho: «¡Qué va! No lo sería», lo que significaba: «Soy demasiado pobre». Y entonces, al tiempo que decía: «Nada es menos seguro», cuando se trataba de proyectos futuros, en el momento hacía yo todo lo posible para distraerla, volverle la vida agradable, con lo que tal vez procurara también, inconscientemente, hacer que desease casarse conmigo. Ella misma se reía de todo aquel lujo. «La madre de Andrée es la que pondría mala cara al verme convertida en una señora rica como ella, lo que ella llama una señora que tiene “caballos, coches, cuadros”. ¡Cómo! ¿Nunca te había contado que decía eso? ¡Oh! ¡Tiene gracia! Lo que me extraña es que eleve los cuadros a la dignidad de los caballos y los coches».
Pues más adelante veremos que, pese a los estúpidos hábitos de habla que había conservado, Albertine se había desarrollado asombrosamente, cosa que me era del todo igual, pues las superioridades intelectuales de una mujer siempre me han interesado tan poco, que, si se las he comentado a una o a otra, ha sido por pura cortesía. Sólo el curioso genio de Céleste me habría gustado tal vez. A regañadientes sonreía yo unos instantes, cuando, por ejemplo, aprovechando que se había enterado de que Albertine no estaba, me abordaba con estas palabras: «¡Divinidad del Cielo depositada en una cama!». Yo decía: «Pero, bueno, Céleste, ¿por qué “divinidad del Cielo”?». —«Oh, si cree usted que tiene algo en común con los que viajan por nuestra vil Tierra, ¡se equivoca pero bien!». —«Pero, ¿por qué “depositada” en una cama? Como ve usted perfectamente, estoy acostado». —«Usted nunca está acostado. ¿Acaso se ha visto jamás a una persona acostada así? Ha venido usted a posarse ahí. Su pijama, en este momento tan blanco, con sus movimientos del cuello, le da el aire de una paloma».
Albertine, aun en el ámbito de las tonterías, se expresaba de forma muy diferente de la niña que había sido hacía unos años, en Balbec. Llegaba hasta el extremo de declarar, a propósito de un acontecimiento político que censuraba: «Me parece estupendo», y no sé si no fue hacia aquella época cuando aprendió a decir, para significar que un libro le parecía mal escrito: «Es interesante, pero, hay que ver, está escrito como con los pies».
La prohibición de entrar en mi alcoba, antes de que yo hubiera llamado al timbre, la divertía mucho. Como había adquirido nuestra costumbre familiar de las citas y utilizaba las de obras de teatro que había interpretado en el colegio de monjas y que, según le había dicho yo, me gustaban, me comparaba siempre con Asuero:
Y la muerte es el precio de todo audaz
Que sin ser llamado se presenta a sus ojos.
Nada protege contra esa orden fatal,
Ni el rango ni el sexo y el crimen es igual.
Yo misma...
Estoy a esa ley como otra sometida
Y sin avisarlo es necesario, para hablarle,
Que me busque o al menos que me mande llamar.
Físicamente, había cambiado también. Sus largos ojos azules —más alargados— no habían conservado la misma forma; tenían el mismo color, pero parecían haber pasado al estado líquido, por lo que, cuando los cerraba, era como cuando con las cortinas se impide ver el mar. Seguramente esa parte de ella era la que sobre todo recordaba yo, todas las noches, al separarme de ella, pues, por ejemplo, todas las mañanas, la ondulación de su pelo me causó, al contrario, la misma sorpresa durante mucho tiempo que algo nuevo, que no hubiera visto nunca, y, sin embargo, ¿acaso hay algo más bello que esa corona ensortijada de violetas negras por encima de la mirada risueña de una muchacha? La sonrisa ofrece más amistad, pero los caracolillos barnizados de los cabellos en flor, más emparentados con la carne, cuya transposición en olitas parecen, atrapan más el deseo.
Nada más entrar en mi alcoba, saltaba a la cama y a veces se ponía a caracterizar mi inteligencia, juraba, presa de un arrebato sincero, que preferiría morir a separarse de mí: eran los días en que me había yo afeitado antes de dejarla entrar. Era de esas mujeres que no saben distinguir la razón de lo que sienten. Explican el placer que les causa un cutis fresco mediante las cualidades morales de aquel que les parece prometer una felicidad para su futuro, capaz, por lo demás, de disminuir y llegar a ser menos necesario a medida que nos dejamos crecer la barba.
Yo le preguntaba adónde pensaba ir. «Creo que Andrée quiere llevarme a las Buttes-Chaumont, que no conozco». Cierto es que me resultaba imposible adivinar entre tantas otras palabras si bajo aquélla se escondía una mentira. Por lo demás, tenía confianza en Andrée para que me dijera todos los lugares a los que iba con Albertine. En Balbec, cuando me había sentido demasiado cansado de Albertine, había pensado decir, mendaz, a Andrée: «Mi querida Andrée, ¡si al menos te hubiera vuelto a ver antes! A ti es a la que habría amado, pero ahora mi corazón está preso de otra. Aun así, podemos vernos mucho, pues mi amor a otra me causa grandes pesares y me ayudarás a consolarme». Ahora bien, esas mismas palabras de mentira se habían vuelto verdad a tres semanas de distancia. Tal vez Andrée hubiese creído en París que era, en efecto, una mentira y que yo la amaba, como lo habría creído seguramente en Balbec, pues la verdad cambia tanto para nosotros, que a los demás les cuesta reconocerse en ella, y, como yo sabía que me contaría todo lo que hubieran hecho, Albertine y ella, le había yo pedido —y ella había aceptado— venir a buscarla casi todos los días. Así, podría yo permanecer, despreocupado, en casa y aquel prestigio de Andrée de ser una de las muchachas de la pandilla me hacía confiar en que obtendría todo lo que yo quisiera de Albertine. La verdad es que entonces habría podido decirle de verdad que era apta para tranquilizarme.
Por otra parte, mi elección de Andrée —que resultaba estar en París, tras haber renunciado a su proyecto de volver a Balbec— como guía de mi amiga se había debido al deseo de que Albertine me contara el afecto que su amiga había sentido por mí en Balbec, en un momento en el que yo temía, al contrario, aburrirla y, si lo hubiera sabido entonces, tal vez habría sido a Andrée a quien habría amado. «¡Cómo! ¿No lo sabías?», me dijo Albertine. «Pues bromeábamos al respecto entre nosotras. Por lo demás, ¿no notaste que había empezado a adoptar tus maneras de hablar, de razonar? Sobre todo, cuando acababa de dejarte, era palpable. No necesitaba decir si acababa de verte, se veía al primer segundo. Nos mirábamos entre nosotras y nos reíamos. Parecía un carbonero que quiere aparentar que no lo es, estando todo negro. Un molinero no necesita decir que lo es: se ve toda la harina que lleva encima, se ve aún el lugar ocupado por los sacos que ha cargado. Con Andrée ocurría lo mismo, movía las cejas como tú y después su alto cuello: en fin, no sé cómo decirte. Cuando cojo un libro que ha estado en tu alcoba, puedo leerlo fuera, pero, de todos modos, se sabe que procede de tu casa, porque conserva algo de tus inmundas fumigaciones. Es una nadería, no sé qué decirte, pero una nadería que resulta bastante grata. Siempre que alguien había hablado amistosamente de ti y había parecido hacerte mucho caso, Andrée estaba arrobada».
Pese a todo, para evitar que prepararan algo sin que yo me enterase, yo aconsejaba que dejasen por aquel día las Buttes-Chaumont y fueran, mejor, a Saint-Cloud o a otro sitio.
No es, desde luego, que yo amara —de sobra lo sabía— a Albertine lo más mínimo. El amor tal vez no sea otra cosa que la propagación de esos remolinos que, a consecuencia de una emoción, conmueven el alma. Algunos habían conmovido mi alma entera, cuando Albertine me había hablado en Balbec de la Srta. Vinteuil, pero ahora se habían detenido. Yo ya no amaba a Albertine, pues ya no me quedaba nada del sufrimiento —ahora curado— que había sentido en el tren-tranvía, en Balbec, al enterarme de cuál había sido su adolescencia, en la que tal vez hubiera habido visitas a Montjouvain. Yo había pensado durante demasiado tiempo al respecto y ya estaba curado, pero a veces ciertas formas de hablar de Albertine me hacían suponer —no sé por qué— que debía de haber recibido en su vida, aún tan corta, muchos cumplidos, declaraciones y con gusto o, lo que es lo mismo, con sensualidad. Así, decía a propósito de cualquier cosa: «¿De verdad? ¿Lo dices en serio?». Desde luego, si hubiera dicho, como una Odette: «¿Es cierta, de verdad, esa gran mentira?», no me habría preocupado, pues la propia ridiculez de esa fórmula se habría debido a una estúpida trivialidad de talante femenino, pero su expresión interrogativa: «¿Es cierto?», daba, por una parte, la extraña impresión de un ser que no puede darse cuenta de las cosas por sí mismo, que necesita para ello nuestro testimonio, como si no contara con las mismas facultades que nosotros (le decían: «Hace una hora que nos hemos marchado» o «Llueve», y preguntaba: «¿De verdad?»). Lamentablemente, esa falta de facilidad para darse cuenta por sí misma de los fenómenos exteriores no debía de ser, por otra parte, el verdadero origen de «¿De verdad? ¿Lo dices en serio?». Parecía más bien que esas palabras habrían sido, por su nubilidad precoz, respuestas a: «Ya sabes que no he conocido nunca a nadie tan precioso como tú», «ya sabes que siento un gran amor por ti, que estoy en un estado de excitación terrible», afirmaciones a las que respondían, con una modestia coquetamente consentidora, aquellos «¿De verdad? ¿Lo dices en serio?», que ya sólo servían a Albertine para responder a una afirmación mía como ésta: «Has dormitado más de una hora», con una pregunta: «¿De verdad?».
Sin sentirme enamorado lo más mínimo de Albertine, sin hacer figurar entre los placeres los momentos que pasábamos juntos, yo seguía preocupado por su empleo del tiempo; cierto es que yo había huido de Balbec para estar seguro de que no vería a tal o cual persona con la que pudiera entregarse —temía yo— a sus malas inclinaciones, tal vez riéndose de mí, que había intentado hábilmente acabar de un solo golpe —con mi partida— con todas aquellas malas relaciones y Albertine tenía tal fuerza de pasividad, tal facultad para olvidar y someterse, que aquellas relaciones se habían acabado, en efecto, y la fobia que me atormentaba se había curado, pero ésta puede revestir tantas formas como el mal incierto que es su objeto. Mientras mis celos no se habían reencarnado en otras personas, había yo tenido, después de mis pasados sufrimientos, un intervalo de calma, pero a una enfermedad crónica el menor pretexto le sirve para renacer, como, por lo demás, al vicio de la persona que es la causa de dichos celos puede servir la menor pasión para ejercerse de nuevo —después de una tregua de castidad— con personas diferentes. Yo había podido separar a Albertine de sus cómplices y con ello exorcizar mis alucinaciones; si bien se podía hacer que olvidara a las personas, volver breves sus apegos, su gusto del placer era también crónico y tal vez sólo esperara una ocasión para darle rienda suelta. Ahora bien, París brinda tantas como Balbec.
En cualquier ciudad en la que se encontrara, Albertine no necesitaba buscar, pues el mal no estaba en ella sola, sino también en otras para quienes cualquier ocasión de placer es buena. Una mirada de una, en seguida entendida por la otra, acerca a las dos hambrientas y a una mujer hábil le resulta fácil aparentar no ver y cinco minutos después dirigirse hacia esa persona, que ha entendido y la ha esperado en una calle transversal, y con dos palabras concertar una cita. ¿Quién lo sabrá jamás? Y resultaba muy sencillo a Albertine decirme, para que continuara el asunto, que deseaba volver a ver determinado punto de los alrededores de París que le había gustado. Por eso, bastaba con que volviera demasiado tarde, que su paseo hubiese durado un tiempo inexplicable, aunque tal vez demasiado fácil de explicar sin invocar razón sensual alguna, para que mi mal renaciese, vinculado esa vez a representaciones que no eran de Balbec y que me esforzaría por destruir, como las anteriores, como si la destrucción de una causa efímera pudiera entrañar la de un mal congénito. No me daba yo cuenta de que en aquellas destrucciones, en las que tenía de cómplice —en Albertine— su facultad para cambiar, su capacidad para olvidar, casi para odiar, el objeto reciente de su amor, causaba yo a veces un dolor profundo a tal o cual de esas personas desconocidas con quienes ella había obtenido sucesivamente placer ni de que causaba en vano ese dolor, pues serían abandonadas, pero substituidas, y, paralelamente al camino jalonado por tantos abandonos que ella cometía a la ligera, se seguiría para mí otro despiadado, apenas interrumpido por respiros muy breves; de modo, que, si hubiera reflexionado, mi sufrimiento no podía acabar sino con Albertine o conmigo. Incluso los primeros tiempos de nuestra llegada a París, insatisfecho con las informaciones que Andrée y el conductor me habían brindado sobre los paseos que daban con mi amiga, los alrededores de París me habían parecido tan crueles como los de Balbec y me había marchado unos días de viaje con Albertine, pero la incertidumbre sobre lo que ella hacía era en todas partes la misma, igualmente numerosas las posibilidades de que se tratara de sus malas inclinaciones y aún más difícil la vigilancia, por lo que había vuelto con ella a París. En realidad, al abandonar Balbec, había yo creído abandonar Gomorra, arrancar de ella a Albertine, pero Gomorra estaba —¡ay!— dispersa por los cuatro confines del mundo y, a medias por celos y a medias por ignorancia (caso que resulta muy poco común) de esos gozos, había yo decidido, sin saberlo, aquel juego del escondite en el que Albertine siempre se me escaparía.
La interrogaba de sopetón: «¡Ah! A propósito, Albertine, ¿estoy soñando? ¿No me habías dicho que conocías a Gilberte Swann?». «Sí, es decir, que me habló en clase, porque tenía los cuadernos de Historia de Francia, estuvo muy amable incluso, me los prestó y yo se los devolví en cuanto la vi». «¿Tiene esas inclinaciones que no me gustan?». «¡Oh, no! Todo lo contrario».
Pero, en lugar de entregarme a ese tipo de charlas investigadoras, yo dedicaba con frecuencia a imaginar el paseo de Albertine las fuerzas que no empleaba para darlo y hablaba a mi amiga con ese entusiasmo que conservan intacto los proyectos no ejecutados. Expresaba tal deseo de ir a ver de nuevo determinada vidriera de la Sainte Chapelle, tal pesar por no poder hacerlo con ella sola, que ella me contestaba con ternura: «Pero, mi amor, puesto que parece gustarte tanto, haz un pequeño esfuerzo, ven con nosotras. Esperaremos todo lo que quieras, aunque sea tarde, hasta que estés listo. Por lo demás, si te divierte más estar solo conmigo, basta con devolver a Andrée a casa, ya vendrá en otra ocasión». Pero aquellos ruegos mismos para que saliera se sumaban a la calma que me permitía permanecer en casa.
Yo no pensaba en que la apatía que entrañaba descargar, así, en Andrée o en el conductor la tarea de calmar mi agitación dejándolos vigilar a Albertine anquilosaba en mí, volvía inertes, todos esos movimientos imaginativos de la inteligencia, todas esas inspiraciones de la voluntad, que ayudan a adivinar, a impedir, lo que va a hacer una persona. Era tanto más peligroso cuanto que por naturaleza el mundo de las posibilidades me ha resultado siempre más abierto que el de la contingencia real. Ayuda a conocer el alma, pero nos dejamos engañar por los individuos. Mis celos nacían en forma de imágenes, por un sufrimiento, no en virtud de una probabilidad. Ahora bien, en la vida de los hombres y en la de los pueblos puede haber —e iba a haber un día en la mía— un momento en que necesitamos tener dentro un prefecto de policía, un diplomático con ideas claras, un jefe de la seguridad, quien, en lugar de pensar en las posibilidades que encierra el espacio hasta los cuatro puntos cardinales, razona con precisión y se dice: «Si Alemania declara eso, es que se propone hacer tal otra cosa, no algo impreciso, sino muy concretamente esto o aquello, que tal vez ya haya iniciado». «Si determinada persona ha huido, no ha sido hacia las metas a, b, d, sino hacia la meta c y el lugar en el que debemos hacer nuestras pesquisas es... etcétera». Dejé —¡ay!— que esa facultad que no estaba demasiado desarrollada en mí se embotara, perdiera sus fuerzas, despareciese al habituarme a estar tranquilo, en vista de que otros se ocupaban de vigilar por mí. En cuanto a la razón de ese deseo, me habría resultado desagradable decírsela a Albertine. Yo le decía que el médico me ordenaba guardar cama. No era cierto y, aunque lo hubiese sido, sus prescripciones no habrían podido impedirme acompañar a mi amiga. Le pedía que me permitiera no acompañarla a ella y a Andrée. Voy a decir sólo una de las razones, que se debía a la prudencia. En cuanto salía con Albertine, por poco que estuviese un instante sin mí, me sentía inquieto, me figuraba que tal vez hubiese hablado —o simplemente hubiera mirado— a alguien. Si no estaba ella de un humor excelente, yo pensaba que la obligaba a abandonar o aplazar un proyecto. La realidad es siempre un simple punto de partida hacia algo desconocido por cuya vía podemos avanzar muy poco. Vale más no saber, pensar lo menos posible, no brindar a los celos el menor detalle concreto. Lamentablemente, a falta de la vida exterior, la interior propicia también incidentes; a falta de los paseos de Albertine, los azares encontrados en las reflexiones que hacía yo solo me brindaban a veces esos pequeños fragmentos de realidad que atraen hacia sí —al modo de un amante— un poco de lo desconocido que, por esa razón, se vuelve doloroso. De nada sirve vivir bajo el equivalente de una campana neumática, las asociaciones de ideas, los recuerdos, siguen jugando.
Pero aquellos choques internos no se producían en seguida; apenas se había marchado Albertine para su paseo, cuando yo me sentía vivificado, aunque sólo fuera unos instantes, por las exaltantes virtudes de la soledad. Disfrutaba de la parte que me correspondía en los placeres del día iniciado; el deseo arbitrario —la veleidad caprichosa y puramente mía— de saborearlos no habría bastado para ponerlos a mi alcance, si el tiempo especial que hacía no me hubiera —además de evocar sus imágenes pasadas— afirmado la realidad actual, inmediatamente accesible a todos los hombres a los que una circunstancia contingente y, por tanto, desdeñable no forzaba a permanecer en su casa. Ciertos días hermosos, hacía tanto frío, estábamos en comunicación tan intensa con la calle, que las paredes de la casa parecían haberse desunido y, siempre que pasaba el tranvía, su timbre resonaba como lo habría hecho un cuchillo de plata al golpear una casa de vidrio, pero sobre todo en mí oía yo, embriagado, un sonido nuevo producido por el violín interior. Sus cuerdas se aprietan o se distienden por simples diferencias de la temperatura, de la luz, exteriores. En nuestro ser, instrumento que la uniformidad de la costumbre ha vuelto mudo, el canto nace de esos desfases, de esas variaciones, fuente de toda música: el tiempo que hace ciertos días nos hace pasar sobre todo de una nota a otra. Recuperamos la melodía olvidada cuya necesidad matemática habríamos podido adivinar y que durante los primeros instantes cantamos sin conocerla. Sólo esas modificaciones internas, aunque procedentes del exterior, renovaban para mí el mundo exterior. Puertas de comunicación durante mucho tiempo condenadas volvían a abrirse en mi cerebro. La vida de ciertas ciudades, la alegría de ciertos paseos volvían a ocupar su lugar en mí. Estremeciéndome todo yo en torno a la cuerda vibrante, habría sacrificado mi apagada vida de otro tiempo y mi vida futura, sometidas a la goma de borrar de la costumbre, por aquel estado tan particular.
Aunque yo no había ido a acompañar a Albertine en su largo recorrido, mi mente vagabundearía aún más precisamente y, por haberme negado a saborear con mis sentidos aquella mañana, gozaba con la imaginación de todas las mañanas semejantes, pasadas o posibles, más exactamente de cierto tipo de mañanas cuya simple aparición intermitente eran todas las de la misma clase y que yo había reconocido al instante, pues el aire terso pasaba por sí solo las páginas necesarias y yo encontraba —enteramente indicado delante de mí, para que pudiera seguirlo desde mi cama— el evangelio del día. Aquella mañana ideal colmaba mi espíritu de realidad permanente, idéntica a todas las mañanas semejantes, y me comunicaba una alegría que mi estado de debilidad no disminuía: como el bienestar es resultado mucho más de nuestra buena salud que del excedente no empleado de nuestras fuerzas, podemos alcanzarlo —tanto como aumentando éstas— limitando nuestra actividad. Aquella que desbordaba en mí y que yo mantenía en potencia en mi cama me hacía sobresaltarme, saltar interiormente, como una máquina que, al no poder cambiar de sitio, gira sobre sí misma.
Françoise venía a encender el fuego y, para que prendiera, le arrojaba algunas ramitas cuyo olor, olvidado durante todo el verano, describía en torno a la chimenea un círculo mágico en el que, al verme a mí mismo leyendo ora en Combray ora en Doncières, me sentía tan feliz permaneciendo en mi cuarto de París como si hubiera estado a punto de salir de paseo por la parte de Méséglise o de volver a ver a Saint-Loup y sus amigos de servicio en maniobras. Con frecuencia ocurre que el placer que sienten todos los hombres al repasar los recuerdos que su memoria ha coleccionado es más intenso, por ejemplo, en aquellos a quienes la tiranía del mal físico y la esperanza cotidiana de su curación privan, por una parte, de ir a buscar en la naturaleza cuadros que se parezcan a dichos recuerdos y, por otra, infunden bastante esperanza de que pronto podrán hacerlo, para permanecer respecto de ellos embargados de deseo, de apetito, y no considerarlos sólo como recuerdos, como cuadros, pero, aunque sólo hubieran podido ser eso jamás para mí y aunque hubiese podido yo, al recordarlos, volver a verlos tan sólo, de repente rehacían en mí, de mí entero, en virtud de una sensación idéntica, al niño, al adolescente, que los había visto. No sólo había habido un cambio de tiempo fuera o una modificación de olores en el cuarto, sino también una diferencia de edad en mí, una substitución personal. El olor en el aire helado de las ramitas era como un trozo del pasado, una banquisa invisible separada de un invierno antiguo que se acercaba en mi cuarto, con frecuencia estriada, por lo demás, por determinado perfume, determinado resplandor, como en años diferentes en los que me veía sumido de nuevo, invadido, antes incluso de que los hubiera identificado, por el alborozo de esperanzas abandonadas desde hacía mucho. El sol llegaba hasta mi cama y atravesaba el tabique transparente de mi cuerpo adelgazado, me calentaba, me ponía ardiente como un cristal. Entonces me preguntaba yo —convaleciente hambriento que se alimenta ya con todos los manjares que aún le deniegan— si casarme con Albertine echaría a perder mi vida, tanto haciéndome asumir la tarea, demasiado pesada para mí, de consagrarme a otra persona como forzándome a vivir ausente de mí mismo con su continua presencia y privándome para siempre de los gozos de la soledad y no sólo de ésos. Aun no pidiendo al día otra cosa que deseos, hay algunos —los provocados no por las cosas, sino por las personas— que se caracterizan por ser individuales. Por eso, si, al levantarme de la cama, iba a apartar un momento la cortina de mi ventana, no era sólo como un músico al abrir por un instante su piano y para comprobar si en el balcón y en la calle estaba la luz del sol en el mismo diapasón exactamente que en mi recuerdo, sino también para divisar a alguna lavandera con delantal azul, a una lechera con peto y mangas de tela blanca que sostenía el gancho del que colgaban las garrafas de leche, a alguna niña rubia y orgullosa que seguía a su institutriz, una imagen, en una palabra, que las diferencias de líneas tal vez cuantitativamente insignificantes bastaban para volver tan distinta de cualquier otra como en una frase musical la diferencia de dos notas y sin cuya visión habría empobrecido mi día, al carecer de los objetivos que podía proponer a mis deseos de felicidad, pero, si bien el colmo del gozo brindado por la visión de las mujeres imposibles de imaginar a priori me volvía más deseables, más dignos de ser explorados, la calle, la ciudad, el mundo, por esa misma razón me infundía el deseo ardiente de curarme, de salir y ser —sin Albertine— libre. ¡Cuántas veces sufrí, en el momento en que la mujer desconocida con la que yo iba a soñar pasaba por delante de mi casa —ora a pie ora con toda la velocidad de su automóvil— la imposibilidad de mi cuerpo para seguir a mi mirada, que la alcanzaba y —tras caer sobre ella como lanzado desde el vano de mi ventana por un arcabuz— detener la huida del rostro en el que me esperaba el ofrecimiento de una felicidad que, enclaustrado así, nunca disfrutaría!
De Albertine, en cambio, ya no tenía yo nada que aprender. Todos los días me parecía menos hermosa. Sólo el deseo que excitaba en los demás —cuando, al enterarme, empezaba a sufrir y quería disputársela— la ponía ante mí por las nubes. Era capaz de causarme sufrimiento, en modo alguno alegría. Sólo por el sufrimiento subsistía mi aburrido apego. En cuanto desaparecía —y con ella el deseo de aplacarla, que requería todo mi esmero, como una distracción atroz— sentía yo la nada que era para mí, que debía yo de ser para ella. Me sentía desdichado porque se prolongara aquella situación y a veces deseaba enterarme de algo espantoso que hubiera hecho ella y que hubiese podido —hasta que me hubiera yo curado— malquistarnos, lo que nos permitiría reconciliarnos, rehacer —diferente y más flexible— la cadena que nos tenía atados. Entretanto, yo encargaba a mil circunstancias, mil placeres, que le procuraran junto a mí la ilusión de esa felicidad que no me sentía capaz de darle. Me habría gustado, en cuanto me curara, partir para Venecia, pero, ¿cómo iba a hacerlo, si me casaba con Albertine, yo, tan celoso de ella, que, incluso en París, en cuanto me decidía a moverme, era para salir con ella? E incluso cuando me quedaba en casa toda la tarde, mi pensamiento la seguía en su paseo, describía un horizonte lejano, azulado, engendraba en torno al centro que era yo una zona móvil de incertidumbre y vaguedad. «¡Cómo me evitaría Albertine», me decía yo, «las angustias de la separación, si, durante uno de aquellos paseos, al ver que yo había dejado de hablarle del matrimonio, se decidía a no volver y se marchaba a casa de su tía, sin que hubiera tenido que despedirme de ella!». Mi corazón, desde que su herida cicatrizaba, empezaba a dejar de adherirse al de mi amiga; mediante la imaginación podía desplazarla, alejarla de mí, sin sufrir. Seguramente, a falta de mí, cualquier otro sería su esposo y ella, libre, tendría tal vez aquellas aventuras que me horrorizaban, pero hacía un tiempo tan hermoso, estaba tan seguro de que ella volvería por la noche, que, aun cuando me viniera a las mientes aquella idea de sus posibles faltas, no podía aprisionarla mediante un acto libre en una parte de mi cerebro, en la que no tenía más importancia que los vicios de una persona imaginaria en mi vida real; al poner en movimiento los goznes flexibilizados de mi pensamiento había superado —con una energía que sentía, en mi cabeza, a la vez física y mental: como un movimiento muscular y una iniciativa espiritual— el estado de preocupación habitual en que me había visto confinado hasta entonces y empezaba a moverme al aire libre, desde donde sacrificarlo todo para impedir el matrimonio de Albertine con otro y poner obstáculos a su gusto por las mujeres parecía tan poco razonable para mí mismo como para alguien que no la hubiera conocido. Por lo demás, los celos son una de esas enfermedades intermitentes cuya causa es caprichosa, imperativa, siempre idéntica en el mismo enfermo, a veces enteramente distinta en otro. Hay asmáticos que sólo calman su ataque abriendo las ventanas, respirando el viento fuerte, un aire preso en las alturas, otros refugiándose en el centro de la ciudad, en una habitación ahumada. No hay celoso cuyos celos no admitan ciertas derogaciones: uno consiente ser engañado con tal de que se lo digan, otro con tal de que se lo oculten, en lo que uno no es menos absurdo que el otro, pues, si bien el segundo es engañado más verdaderamente, en el sentido de que le ocultan la verdad, el primero reclama en esa verdad el alimento, la extensión, la renovación de sus sufrimientos.
Más aún: esas dos manías inversas de los celos superan con frecuencia las palabras, ya imploren o nieguen las confidencias. Vemos a celosos que sólo lo están de hombres con quienes su amante tiene relaciones lejos de ellos, pero permiten que se entregue a otro hombre, si es con su autorización, cerca de ellos y, ya que no delante de su vista incluso, al menos bajo su techo. Ese caso es bastante frecuente entre los hombres de edad enamorados de una joven. Notan la dificultad para gustarle, a veces la impotencia para satisfacerla, y, antes que verse engañados, prefieren dejar que acuda a su casa, en un cuarto contiguo, alguien a quien no consideran capaz de darle malos consejos, pero sí placer. En el caso de otros, sucede todo lo contrario: al no dejar a su amante salir sola ni un minuto por una ciudad que conocen, al mantenerla en una auténtica esclavitud, le conceden permiso para marcharse durante un mes a un país que no conocen, porque no pueden imaginarse lo que hará en él. Yo tenía para con Albertine esas dos clases de manía calmante. No me habría sentido celoso, si ella hubiera disfrutado de placeres cerca de mí, alentados por mí, que habría mantenido enteramente bajo mi vigilancia, con lo que me habría evitado el miedo de la mentira; tampoco lo habría estado tal vez, si se hubiera marchado a un país bastante desconocido para mí y alejado para que no pudiese yo imaginar ni tener la posibilidad y la tentación de conocer su estilo de vida. En los dos casos la duda habría sido suprimida por un conocimiento o una ignorancia igualmente completos.
Como el declinar del día volvía a sumirme, gracias al recuerdo, en una atmósfera antigua y fresca, la respiraba con las mismas delicias que Orfeo el aire sutil, desconocido en esta Tierra, de los Campos Elíseos, pero ya se acababa el día y me invadía la desolación del anochecer. Al comprobar maquinalmente en el reloj de péndulo cuántas horas pasarían antes de que Albertine regresara, vi que disponía aún de tiempo para vestirme y bajar a pedir a mi propietaria, la Sra. de Guermantes, indicaciones sobre ciertos artículos de tocador que quería regalar a mi amiga. A veces me encontraba en el patio a la duquesa, que salía a hacer recados a pie, aun cuando hiciera mal tiempo, con un sombrero plano y un abrigo de piel. Yo sabía perfectamente que para muchas personas inteligentes no era otra cosa que una señora cualquiera, pues, ahora que ya no hay ducados ni principados, el título de duquesa de Guermantes nada significa, pero había adoptado otro punto de vista en mi forma de disfrutar con las personas y los países. Me parecía que llevaba —aquella dama con abrigo de piel que desafiaba el mal tiempo— todos los castillos de las tierras de las que era duquesa, princesa, vizcondesa, así como los personajes esculpidos en el dintel de un pórtico sostienen en la mano la catedral que construyeron o la ciudadela que defendieron, pero sólo los ojos de mi mente podían ver aquellos castillos, aquellos bosques en la mano enguantada de la señora con abrigo de piel, prima del Rey. Los de mi cuerpo no distinguían en ella —los días en que el tiempo amenazaba— otra cosa que un paraguas con el que la duquesa no temía armarse. «Nunca se sabe, es más prudente: si me encuentro muy lejos y un coche me pide un precio demasiado caro para mí». Las expresiones «demasiado caro», «superar mis posibles» reaparecían todo el tiempo en la conversación de la duquesa, como también «soy demasiado pobre», sin que se pudiera discernir bien si hablaba así porque le parecía divertido decir que era pobre, siendo tan rica, o porque consideraba elegante —siendo tan aristocrática, es decir, al aparentar ser una campesina— no atribuir a la riqueza la importancia de las personas que son simplemente ricas y desprecian a los pobres. Tal vez fuera más bien una costumbre contraída en una época de su vida en la que, siendo ya rica, pero, aun así, no lo suficiente, en vista de lo que costaba el mantenimiento de tantas propiedades, tuviese algún apuro económico y no quisiera parecer que disimulaba. Por lo general, las cosas de las que con más frecuencia se habla bromeando son, al contrario, las que preocupan, pero con las que no queremos parecer preocupados, tal vez con la esperanza no confesada de contar con la ventaja suplementaria de que precisamente la persona con quien hablamos, al oírnos bromear al respecto, crea que no es verdad.
Pero la mayoría de las veces sabía que a aquella hora encontraría a la duquesa en su casa y me alegraba de ello, pues era más cómodo para pedirle por extenso las informaciones deseadas por Albertine, y bajaba sin pensar casi en lo extraordinario de que tan sólo fuera a la casa de aquella misteriosa duquesa de Guermantes de mi infancia a fin de utilizarla para una simple comodidad práctica, como se hace con el teléfono, instrumento sobrenatural ante cuyos milagros nos maravillábamos en tiempos y ahora usamos, sin siquiera pensarlo, para mandar venir al sastre o encargar un helado.
Las chucherías de adorno daban mucho placer a Albertine. Yo no sabía negarme a darle uno nuevo todos los días y —siempre que ella me había hablado con arrobo de un chal, una estola, una sombrilla, que por la ventana o al pasar por el patio había visto —con sus ojos, que distinguían al instante todo lo relativo a la elegancia— en el cuello, los hombros, la mano de la Sra. de Guermantes y sabiendo que el gusto naturalmente difícil de la muchacha, aguzado aún más por las lecciones de elegancia que le había brindado la conversación de Elstir, en modo alguno se sentiría satisfecho por una simple aproximación, aun de algo bonito, que lo substituyera a juicio del vulgo, pero difiriese enteramente— iba en secreto a que la duquesa me explicara dónde, cómo, con qué modelo, habían confeccionado lo que había gustado a Albertine, qué debía yo hacer para obtener exactamente eso, en qué consistía el secreto del artífice, el encanto —lo que Albertine llamaba «el tono», «el estilo»— de su hacer, el nombre preciso —pues la belleza de la materia tiene su importancia— y la calidad de las telas que debía encargar.
Cuando, a nuestra llegada a Balbec, había yo dicho a Albertine que la duquesa de Guermantes vivía enfrente de nosotros, en el mismo palacete, ella había adoptado —al oír título y nombre tan distinguidos— aquella expresión —más que indiferente, hostil, desdeñosa— que es la señal del deseo impotente en los caracteres orgullosos y apasionados. Por mucho que el de Albertine fuera magnífico, las cualidades que encerraba sólo podían desarrollarse en medio de esas trabas que son nuestros gustos o de ese duelo por aquellos a los que nos hemos visto obligados a renunciar —como en el caso de Albertine el esnobismo—: los que reciben el nombre de odios. El de Albertine para con las personas de mundo ocupaba, por lo demás, poco lugar en ella y me gustaba por su faceta de espíritu revolucionario —es decir, amor desgraciado de la nobleza— inscrito en la cara opuesta del carácter francés, en el que figura el tipo aristocrático de la Sra. de Guermantes. Ese tipo aristocrático a Albertine —por imposibilidad de alcanzarlo— tal vez no le habría interesado, pero, al recordar que Elstir le había hablado de la duquesa como de la mujer de París que mejor se vestía, el desdén republicano para con una duquesa quedó substituido en mi amiga por el vivo interés por una elegante. Con frecuencia me pedía informaciones sobre la Sra. de Guermantes y le gustaba que yo fuera a buscar en casa de la duquesa consejos para ella sobre el vestuario. Seguramente habría podido yo pedírselos a la Sra. Swann e incluso le escribí una vez al respecto, pero la Sra. de Guermantes me parecía extremar aún más el arte de vestirse. Si, al bajar un momento a su casa, tras haberme asegurado de que no había salido y haber pedido que me avisaran en cuanto Albertine hubiera regresado, me encontraba a la duquesa nublada con la bruma de un vestido de crespón de China gris, aceptaba aquel aspecto, debido —lo sentía yo— a causas complejas y que no se habría podido cambiar, me dejaba invadir por la atmósfera que desprendía, como el fin de ciertas tardes enguatadas en gris perla por una niebla vaporosa; si, al contrario, la bata era china con llamas amarillas y rojas, yo la contemplaba como una puesta de sol que se enciende; aquella vestimenta no era un decorado cualquiera, substituible a voluntad, sino una realidad dada y poética como la del tiempo que hace, como la luz especial de cierta hora.
De todos los vestidos o batas que llevaba la Sra. de Guermantes, los que parecían deberse más a una intención determinada, estar provistos de un significado especial, eran los que Fortuny había hecho a partir de antiguos dibujos de Venecia. ¿Será su carácter histórico o más bien el hecho de que cada uno de ellos es único lo que les infunde un carácter tan particular, que la postura de la mujer que los lleva mientras nos espera, mientras charla con nosotros, adquiere una importancia excepcional, como si ese traje hubiese sido el fruto de una larga deliberación y como si esa conversación estuviera separada de la vida corriente como una escena de novela? En las de Balzac se ve a heroínas que se ponen a propósito tal o cual atuendo, el día en que van a recibir a determinado visitante. Los atuendos de hoy no tienen tanto carácter, a excepción de los vestidos de Fortuny. En la descripción del novelista no puede subsistir ninguna vaguedad, puesto que ese vestido existe realmente y hasta los menores dibujos están tan naturalmente determinados como los de una obra de arte. Antes de ponerse éste o aquél, la mujer ha tenido que elegir entre dos vestidos no casi iguales, sino profundamente individuales cada uno de ellos y que podrían recibir un nombre.
Pero el vestido no me impedía pensar en la mujer. La Sra.de Guermantes me pareció en aquella época más agradable incluso que en la época en que aún la amaba. Al esperar menos de ella, pues ya no iba a ver por ella misma, la escuchaba casi con la tranquilidad descarada que tenemos cuando estamos solos, con los pies sobre los morillos de la chimenea, así como habría leído un libro escrito en el lenguaje de antaño. Tenía la suficiente libertad mental para saborear en lo que ella decía esa gracia francesa tan pura, que ya no encontramos ni en el habla ni en los escritos de la época actual. Escuchaba yo su conversación como una canción popular deliciosamente francesa, comprendía haberla oído burlarse de Maeterlinck —al que, por lo demás, admiraba ella ahora por debilidad espiritual de mujer sensible a esas modas literarias cuyos rayos llegan con retraso— así como comprendía que Merimée se burlara de Baudelaire, Stendhal de Balzac, Paul-Louis Courier de Victor Hugo y Meilhac de Mallarmé. Comprendía yo perfectamente que el burlón tenía un pensamiento más limitado que el de aquel de quien se burlaba, pero también un vocabulario más puro. El de la Sra. de Guermantes, casi tanto como el de la madre de Saint-Loup, lo era en un grado hechizador. No es precisamente en los escritores de hoy, que dicen de hecho (por en realidad), singularmente (por en particular), asombrado (por presa del estupor), etcétera, etcétera, en los que encontramos el antiguo lenguaje y la verdadera pronunciación de las palabras, sino hablando con una Sra. de Guermantes o una Françoise. Ya a la edad de cinco años, había aprendido yo, gracias a esta última, que no se pronuncia Tarn, sino Tar, ni Béarn, sino Béar, por lo que a los veinte años, cuando entré en la alta sociedad, no tuve que aprender a no decir, como la Sra. Bontemps: la Sra. de Béarn.
Mentiría, si dijera que la duquesa no tenía conciencia de aquella faceta rural y casi campesina que conservaba y no la mostraba con cierta afectación, pero, por su parte, se trataba menos de falsa sencillez de gran señora que se las da de campesina y orgullo de duquesa que se burla de las señoras ricas desdeñosas de los campesinos, a quiénes no conocen, que de gusto casi artístico de una mujer que conoce el encanto de lo que posee y no va a estropearlo con un enlucido moderno. Del mismo modo, todo el mundo ha conocido en Dives al propietario normando de Guillermo el Conquistador, que se había abstenido —cosa muy poco común— de dotar a su hostal del lujo moderno de un hotel y que, aun siendo millonario, a su vez, conservaba el habla, la blusa de un campesino normando y te dejaba verlo hacer en persona en la cocina, como en el campo, una cena que no por ello dejaba de ser infinitamente mejor y aún más cara que en los mayores palacios.
Toda la savia local que hay en las antiguas familias aristocráticas no basta, es necesario que nazca en ellas un ser lo bastante inteligente para no desdeñarla, para no borrarla bajo el barniz mundano. La Sra. de Guermantes, pese a ser, por desgracia, ingeniosa y parisina y a no conservar, cuando la conocí, de su terruño otra cosa que el acento, había logrado al menos, cuando quería describir su vida de niña, para su lenguaje uno de esos términos medios —entre lo que habría parecido demasiado involuntariamente provinciano o, al contrario, artificialmente letrado— a los que deben su atractivo La pequeña Fadette de George Sand o ciertas leyendas transmitidas por Chateaubriand en las Memorias de ultratumba. Lo que a mí me daba placer sobre todo era oírla contar alguna historia en la que aparecían campesinos con ella. Los nombres antiguos, las antiguas costumbres, hacían que esos paralelismos entre el castillo y la aldea resultaran bastante sabrosos. Cierta aristocracia, al permanecer en contacto con las tierras en las que era soberana, sigue siendo regional, por lo que las palabras más sencillas hacen desplegarse ante nosotros todo un mapa histórico y geográfico de la historia de Francia.
Si no había la menor afectación, la menor voluntad de fabricar un lenguaje propio, esa forma de hablar era un auténtico museo de historia de Francia mediante la conversación. «Mi tío abuelo Fitt-jam» no resultaba extraño, pues sabido es que los Fitz-James proclaman que son grandes señores franceses y no quieren que se pronuncie su nombre a la inglesa. Por lo demás, resultaba admirable la conmovedora docilidad con que personas que habían creído hasta entonces deber aplicarse para pronunciar gramaticalmente ciertos nombres, se atenían de pronto —tras haber oído a la duquesa de Guermantes decirlos de otro modo— a la pronunciación que no habían podido sospechar. Así, la duquesa, como un bisabuelo suyo había estado junto a Chambord, gustaba —para pinchar a su marido por haberse vuelto orleanista— de proclamar: «Nosotros, los viejos de Frochedorf». El visitante que había creído acertar al decir hasta entonces «Frohsdorf» cambiaba de casaca a toda prisa y no cesaba de decir «Frochedorf».
Una vez en que pregunté a la Sra. de Guermantes quién era un joven exquisito al que me había presentado como su sobrino y cuyo nombre había oído yo mal, no lo distinguí mejor, cuando, desde el fondo de su garganta, la duquesa emitió muy fuerte, pero sin articular, estas palabras: «Es el... ño Léon, hermano de Robert. Afirma tener la forma del cráneo de los antiguos galos». Entonces comprendí lo que había dicho: es el pequeño Léon (el príncipe de Léon, cuñado, en efecto, de Robert de Saint-Loup). «En todo caso, no sé si tiene ese cráneo», añadió, «pero su forma de vestirse —muy elegante, por lo demás— no es de allí. Un día en que —de Josselin, donde me encontraba en casa de los Rohan— habíamos ido a un peregrinaje, habían acudido campesinos de casi todas las partes de Bretaña. Un aldeano larguirucho de Léon miraba con asombro los pantalones cortos y de color beis del cuñado de Robert. “¿Por qué me miras así? Me apuesto algo a que no sabes quién soy”, le dijo Léon y, como el campesino decía que no, añadió: “Pues, mira, soy tu príncipe”. “¡Ah”, respondió el campesino, al tiempo que se descubría y se disculpaba, “lo había tomado por un ‘inglis’”». Y, si, aprovechando ese punto de partida, incitaba yo a la Sra. de Guermantes a extenderse sobre los Rohan, con quienes su familia se había unido a menudo por casamiento, su conversación se impregnaba un poco del encanto melancólico de los perdones y, como diría ese auténtico poeta que es Pampille, «del áspero sabor de las hojuelas de trigo negro tostadas sobre un fuego de aulagas».
Del marqués de Lau —cuyo triste fin es sabido, cuando, estando ya sordo, se hacía llevar a casa de la Sra. H***, ciega— contaba los años menos trágicos, cuando en Guermantes, después de la caza, se ponía en zapatillas para tomar el té con el rey de Inglaterra, del que no se consideraba inferior y con el cual, como se ve, no se andaba con miramientos. La duquesa lo comentaba con tanto pintoresquismo, que le añadía el penacho a la mosquetera de los gentilhombres un poco gloriosos de Périgord.
Por lo demás, incluso en la simple calificación de las personas, procurar diferenciar las provincias era para la Sra. de Guermantes, fiel a sí misma, un gran encanto que nunca habría podido tener una parisina de origen y aquellos simples nombres de Anjou, Poitou, Périgord, reconstruían paisajes en su conversación.
Volviendo a la pronunciación y al vocabulario de la Sra. de Guermantes, con esa faceta es con la que la nobleza se muestra en verdad conservadora, con todo lo que da a esa palabra un cariz un poco pueril, un poco peligroso, refractario a la evolución, pero también divertido para el artista. Yo quería saber cómo se escribía en otro tiempo la palabra Jean. Lo supe al recibir una carta del sobrino de la Sra. de Villeparisis, quien firma —como lo bautizaron y figura en el Gotha— Jehan de Villeparisis, con la misma —y hermosa— h inútil, heráldica, tal como la admiramos, coloreada de bermellón o de azul de ultramar, en un libro de horas o en una vidriera.
Por desgracia, yo no tenía tiempo de prolongar indefinidamente aquellas visitas, pues no quería, en la medida de lo posible, volver después que mi amiga. Ahora bien, nunca podía obtener de la Sra. de Guermantes, salvo con cuentagotas, las informaciones sobre sus atuendos que me resultaban útiles para encargar atuendos del mismo estilo —en la medida en que una muchacha puede llevarlos— para Albertine.
«Por ejemplo, señora mía, el día en que iba usted a cenar en casa de la Sra. de Saint-Euverte antes de ir a casa de la princesa de Guermantes, llevaba usted un vestido totalmente rojo, con zapatos rojos, estaba usted insólita, parecía como una gran flor de sangre, un rubí en llamas, ¿cómo se llamaba? ¿Podría ponérselo una muchacha?».
La duquesa, infundiendo a su rostro cansado la radiante expresión que ponía la princesa Des Laumes cuando Swann le hacía cumplidos en tiempos, miró riéndose hasta saltársele las lágrimas, con aire burlón, inquisitivo y embelesado, al Sr. de Bréauté, quien siempre estaba allí a aquella hora y hacía templar bajo su monóculo una sonrisa indulgente por aquel guirigay del intelectual, dada la exaltación física de joven que le parecía ocultar. La duquesa parecía decir: «¿Qué le pasa? Está loco». Después, volviéndose hacia mí con expresión mimosa: «No sabía yo que pareciese un rubí en llamas o una flor de sangre, pero recuerdo, en efecto, que tuve un vestido rojo: era de raso rojo, como el que se hacía en aquella época. Sí, una muchacha puede llevarlo, si no hay más remedio, pero me había dicho usted que la suya no salía de noche. Es un vestido de gran gala, no se puede ponérselo para hacer visitas».
Lo extraordinario es que de aquella velada —al fin y al cabo no tan antigua— la Sra. de Guermantes sólo recordara su atuendo y hubiera olvidado algo que, sin embargo, debería —como veremos— haberle interesado mucho. Parece que en las personas de acción —y las de la alta sociedad lo son: minúsculas, microscópicas, pero, en fin, personas de acción— la mente, agotada por tener puesta la atención en lo que ocurrirá dentro de una hora, confía muy poco a la memoria. Con mucha frecuencia, por ejemplo, no era por dar el pego y parecer no haberse equivocado por lo que el Sr. de Norpois, cuando se le hablaba de pronósticos que había emitido respecto de una alianza alemana que ni siquiera había llegado a materializarse, decía: «Debe de estar usted en un error, no lo recuerdo en absoluto, eso no parece cosa mía, pues en esa clase de conversaciones me muestro siempre muy lacónico y nunca habría predicho el éxito de una de esas hazañas que con frecuencia son simples cabezonadas y suelen degenerar en abuso de autoridad. Resulta innegable que en un futuro lejano se podría hacer un acercamiento francoalemán, que sería muy provechoso para los dos países y del que Francia no saldría perjudicada, creo yo, pero nunca he hablado de ello, porque la pera no está aún madura y, si quiere usted que le dé mi opinión, al pedir a nuestros antiguos enemigos que se desposen con nosotros en justas nupcias, creo que iríamos derechos a un gran fracaso y lo único que conseguiríamos serían malas jugadas». Al decir eso, el Sr. de Norpois no mentía, había olvidado simplemente. Por lo demás, olvidamos muy pronto lo que no hemos pensado a fondo, lo que nos ha dictado la imitación, las pasiones circundantes. Éstas cambian y con ellas se modifica nuestro recuerdo. Más aún que los diplomáticos, los políticos no recuerdan el punto de vista en el que se situaron en determinado momento y algunas de sus palinodias se deben menos a un exceso de ambición que a una falta de memoria. En cuanto a la gente de mundo, recuerda poco.
La Sra. de Guermantes sostuvo no recordar que en la velada en la que llevaba un vestido rojo había estado la Sra. de Chaussepierre y que yo me equivocaba sin lugar a dudas. Ahora bien, ¡Dios sabe, sin embargo, lo mucho que el duque e incluso la duquesa habían pensado después en los Chaussepierre! Vamos a ver la razón. El Sr. de Guermantes era el más antiguo vicepresidente del Jockey, cuando murió el presidente. Algunos miembros del club que carecen de relaciones y sólo disfrutan votando con bolas negras contra quienes no los invitan hicieron campaña contra el duque de Guermantes, quien —seguro como estaba de ser elegido y bastante dejado respecto de aquella presidencia, que era poca cosa en comparación con su situación mundana— no se ocupó de nada. Adujeron que la duquesa era dreyfusista —y eso que el caso Dreyfus había acabado hacía mucho, pero veinte años después se seguía hablando de él y ella sólo lo era desde hacía dos años— y recibía a los Rothschild y que desde hacía un tiempo se favorecía demasiado a grandes potentados internacionales, como el duque de Guermantes, a medias alemán. La campaña encontró un terreno muy favorable, los clubes siempre envidian mucho a las personas que están en primer plano y detestan las grandes fortunas. La de Chaussepierre no era pequeña, pero nadie podía ofenderse por ello: no gastaba ni un céntimo, el piso del matrimonio era modesto, la mujer iba vestida con lana negra. Loca por la música, daba muchas fiestecitas vespertinas a las que se invitaba a más cantantes que en casa de los Guermantes, pero nadie hablaba de ellas, se celebraban —sin refrescos e incluso con el marido ausente— en la obscuridad de la Rue de la Chaise. En la Ópera, la Sra. de Chaussepierre pasaba inadvertida, siempre con personas cuyo nombre evocaba el medio más «ultra» de la intimidad de Carlos X, pero desdibujadas, poco mundanas. El día de la elección, para sorpresa general, la obscuridad triunfó sobre el deslumbramiento: Chaussepierre, segundo vicepresidente, fue nombrado presidente del Jockey y el duque de Guermantes se quedó en la estacada, es decir, como primer vicepresidente. Cierto es que ser presidente del Jockey no representa gran cosa para príncipes de primer rango, como eran los Guermantes, pero no serlo cuando te toca, ver preferido a un Chaussepierre —a cuya esposa no sólo no devolvía Oriane el saludo dos años antes, sino que, además, llegaba hasta el extremo de mostrarse ofendida al ser saludada por aquel murciélago desconocido— era duro para el duque. Afirmaba estar por encima de aquel fracaso y aseguraba, por lo demás, que lo debía a su antigua amistad con Swann. En realidad, no cabía en sí de cólera. Cosa bastante particular: nunca se había oído al duque de Guermantes emplear la expresión, bastante trivial, «lisa y llanamente», pero desde la elección del Jockey, en cuanto se hablaba del caso Dreyfus, surgía «lisa y llanamente»: «Caso Dreyfus, caso Dreyfus, es fácil decirlo y es un término inapropiado; no es un asunto de religión, sino lisa y llanamente un asunto político». Podían pasar cinco años sin que se oyera «lisa y llanamente», si durante ese tiempo no se hablaba del caso Dreyfus, pero, si, pasados los cinco años, volvía el nombre de Dreyfus, al instante llegaba sin falta «lisa y llanamente». Por lo demás, el duque ya no podía soportar que se hablara de aquel asunto «que ha causado», decía, «tantos males», si bien él sólo era en verdad sensible a uno solo: su fracaso en la presidencia del Jockey.
Por eso, la tarde de la que hablo y en la que recordé a la Sra. de Guermantes el vestido rojo que llevaba a la velada de su prima, el Sr. de Bréauté tuvo una acogida bastante mala, cuando —queriendo decir algo, por una asociación de ideas que permaneció obscura y no reveló—, comenzó haciendo maniobrar la lengua en la punta de su boca de pitiminí, así: «A propósito del caso Dreyfus...». (¿Por qué del caso Dreyfus? Se trataba simplemente de un vestido rojo y el pobre Bréauté, que nunca pensaba en otra cosa que en agradar, no tenía —cierto es— la menor intención maliciosa), pero el simple nombre de Dreyfus hizo fruncir las jupiterinas cejas del duque de Guermantes. «Me han contado», dijo Bréauté, «una ocurrencia bastante buena, muy fina, la verdad, de nuestro amigo Cartier» (¡avisemos al lector de que ese Cartier, hermano de la Sra. de Villefranche, no tenía la menor relación con el joyero del mismo nombre!), «cosa que, por lo demás, no me extraña, pues tiene ingenio para dar y tomar». «Pues a mí», interrumpió Oriane, «no me hace gracia precisamente. No puede usted imaginarse lo que su Cartier me ha fastidiado siempre y nunca he podido comprender el encanto infinito que Charles de la Trémoïlle y su mujer ven en ese pelmazo al que me encuentro en su casa siempre que voy». «Mi ’uerida du’uesa», respondió Bréauté, quien tenía dificultad para pronunciar las q, «me parece usted muy severa con ’artier. Cierto es que tal vez se haya aposentado excesivamente en casa de los La Trémoïlle, pero, en fin, para Charles es —¿’ómo lo diría yo?— ’omo un fiel Acate, ’osa que ha llegado a ser muy po’o ’omún en los tiempos que ’orren. En todo ’aso, ésta es la o’urrencia ’ue me han ’ontado. Al parecer, ’artier dijo ’ue, si el Sr. Zola había intentado ser procesado y ’ondenado, era para probar una sensación que no ’onocía aún: la de estar en la ’árcel». «Por eso se dio a la fuga antes de ser detenido», interrumpió Oriane. «Eso no se tiene en pie. Por lo demás, aun cuando fuera verosímil, me parece una ocurrencia totalmente idiota. ¡Si eso es lo que le parece ingenioso a usted!». «Dios mío, mi ‘uerida Oriane», respondió Bréauté, quien, al ver que le llevaban la contraria, empezaba a dar marcha atrás, «no es una o’urrencia mía, se la repito tal ’omo me la ’ontaron, tómela por lo ’ue vale. En todo ’aso, fue el motivo por el ’ue ’artier fue reprendido ’on firmeza por ese excelente La Trémoïlle, ’uien con mucha razón no ’uiere ’ue se hable en su salón de lo ’ue podríamos llamar —¿’ómo diría yo?— los asuntos en ’urso y que se sentía tanto más ’ontrariado ’uanto ’ue estaba presente la Sra. de Alphonse Rothschild. ’artier tuvo ’ue soportar una auténtica reprimenda de La Trémoïlle». «Claro está», dijo el duque de muy mal humor, «los Alphonse Rothschild, aunque tienen tacto para nunca hablar de ese abominable caso, son dreyfusistas en el alma, como todos los judíos. Se trata incluso de un argumento ad hominem» (el duque empleaba un poco a tontas y a locas la expresión ad hominem) «que no se esgrime lo suficiente para mostrar la mala fe de los judíos. Si un francés roba, asesina, no me siento obligado, porque sea francés como yo, a considerarlo inocente, pero los judíos nunca admitirán que uno de sus conciudadanos sea un traidor, aunque lo sepan perfectamente, y les preocupan muy poco las espantosas repercusiones» (el duque pensaba, naturalmente, en la maldita elección de Chaussepierre) «que el crimen de uno de los suyos puede tener hasta... A ver, Oriane, no me negarás que es abrumador para los judíos que todos ellos apoyen a un traidor. No me negarás que es porque son judíos». «Huy, Dios mío, sí», respondió Oriane (quien sentía, junto con cierta irritación, cierto deseo de oponer resistencia al Júpiter tonante y también de dar a entender que «la inteligencia» estaba por encima del caso Dreyfus), «pero tal vez sea precisamente porque, al ser judíos y conocerse a sí mismos, saben que se puede ser judío y no ser forzosamente traidor y antifrancés, como afirma, al parecer, el Sr. Drumont. Desde luego, si hubiera sido cristiano, los judíos no se habrían interesado por él, pero lo han hecho porque notan perfectamente que, si no fuese judío, no se lo habría considerado tan fácilmente traidor “a priori”, como diría mi sobrino Robert». «Las mujeres no entienden nada de política», exclamó el duque, mientras miraba fijamente a los ojos a la duquesa, «pues ese crimen atroz no es simplemente una causa judía, sino lisa y llanamente un inmenso asunto nacional que puede granjear las más espantosas consecuencias a Francia, de la que habría que expulsar a todos los judíos, si bien reconozco que las sanciones adoptadas hasta ahora no han ido (de una forma innoble y que se debería revisar) dirigidas contra ellos, sino contra sus adversarios más eminentes, contra hombres de primer orden, a quienes, para desgracia de nuestro país, se ha dejado apartados».
Yo sentía que aquello iba a acabar mal y volví precipitadamente a hablar de vestidos.
«¿Recuerda usted, señora mía», dije, «la primera vez en que estuvo usted amable conmigo?». «La primera vez en que estuve amable con él», repitió riendo y mirando al Sr. de Bréauté, a quien se le afinaba la punta de la nariz y se le enternecía la sonrisa por cortesía para con la Sra. de Guermantes y cuya voz de cuchillo en pleno afilado emitió algunos sonidos imprecisos y herrumbrosos. «Llevaba usted un vestido amarillo con grandes flores negras». «Pero, querido, es lo mismo: son vestidos de noche». «¡Y el sombrero de acianos que tanto me gustó! Pero, en fin, todo eso es retrospectivo. Me gustaría encargar para esa muchacha un abrigo de piel como el que llevaba usted ayer por la mañana. ¿Sería posible para mí verlo?». «No, Hannibal tiene que marcharse dentro de un instante. Venga conmigo y mi doncella le enseñará todo eso. Sólo, que no tengo inconveniente en prestarle todo lo que quiera, pero, querido, si encarga usted atuendos de Callot, de Doucet, de Paquin a humildes costureras, nunca será lo mismo». «Pero si no quiero en modo alguno ir a encargarlo a una humilde costurera, sé perfectamente que no será lo mismo, pero me interesaría comprender por qué no». «Pero sabe usted perfectamente que yo no sé explicarme, soy tonta de remate, hablo como una campesina. Es una cuestión de habilidad manual, de maña; en el caso de los abrigos de piel, puedo al menos darle una nota para mi peletero, que no le robará, pero ya sabe que, aun así, le costará ocho o nueve mil francos». «¿Y esa bata, oscura, vellosa, moteada, estriada de oro, como un ala de mariposa, que llevaba usted la otra noche y que huele tan mal?». «¡Ah! Ésa es una bata de Fortuny. Esa muchacha de usted puede perfectamente ponerse eso en casa. Tengo muchas, voy a enseñárselas, puedo regalarle alguna incluso, si le hace ilusión, pero sobre todo me gustaría que viera usted la de mi prima Talleyrand. Tengo que escribirle para que me la preste». «Pero llevaba usted también unos zapatos muy bonitos, ¿eran también de Fortuny?». «No, ya sé a lo que se refiere usted: es cabritilla dorada que encontramos en Londres, estando de compras con Consuelo de Manchester. Era extraordinaria. Nunca he entendido cómo podía ser dorada, parecía una piel de oro. No hay nada como eso, con un diamantito en el centro. La pobre duquesa de Manchester murió, pero, si le hace ilusión, escribiré a la Sra. de Warwick o a la Sra. Marborough para intentar encontrar otras iguales. Me pregunto incluso si no tengo aún piel de ésa. Tal vez se podría encargar aquí. Miraré esta noche, ya se lo diré».
Como yo intentaba, en la medida de lo posible, despedirme de la duquesa antes de que Albertine hubiera regresado, con frecuencia, por la hora, me encontraba en el patio, al salir de la casa de la Sra. de Guermantes, al Sr. de Charlus y a Morel, que iban a tomar el té en casa de... Jupien, ¡favor supremo para el barón! No me los cruzaba todos los días, pero iban todos los días. Por lo demás, resulta digno de mención que la constancia de una costumbre suele estar en relación con su carácter absurdo. Por lo general se suelen hacer las cosas clamorosas con intermitencias, pero las vidas insensatas, en las que el maníaco se priva a sí mismo de todos los placeres y se inflige los mayores males, son las que menos cambian. Si hubiéramos tenido la curiosidad, cada diez años encontraríamos al desdichado durmiendo a horas en las que podría vivir, saliendo a horas en las que no se puede hacer otra cosa que dejarse asesinar por la calle, tomando bebidas heladas cuando tiene calor, siempre curándose un constipado. Bastaría un pequeño arranque enérgico, un solo día, para cambiar todo eso de una vez por todas, pero precisamente esas vidas suelen ser privativas de personas carentes de energía. Los vicios son otro aspecto de esas existencias monótonas que la voluntad bastaría para volver menos atroces. Cuando el Sr. de Charlus iba todos los días, junto con Morel, a tomar el té en casa de Jupien, se podían tener en cuenta los dos aspectos. Una sola borrasca había ensombrecido aquella costumbre cotidiana. La sobrina del chalequero había dicho un día a Morel: «Sí, muy bien, venga mañana y le pagaré el té»; el barón había considerado —y con motivo— aquella expresión muy vulgar tratándose de una persona a la que pensaba casi aceptar como nuera, pero, como le gustaba herir y se embriagaba con su propia cólera, en lugar de rogar simplemente a Morel que diese una lección de elegancia al respecto, todo el regreso había sido una serie de escenas violentas. Con el tono más insolente, más orgulloso, había dicho: «Entonces, ¿el “toqueteo”, que, como se ve, no va forzosamente unido al “tacto”, ha impedido en ti el desarrollo normal del olfato, ya que has tolerado que esa fétida expresión de pagar el té —unos quince céntimos, supongo— hiciera subir su olor a desagüe hasta las regias ventanas de mi nariz? Cuando has acabado un solo de violín, ¿has visto alguna vez que en mi casa te recompensaran con un pedo, en lugar de un aplauso frenético o un silencio más elocuente aún, porque nace del miedo a no poder retener —no lo que tu prometida nos prodiga precisamente, sino— el sollozo que has hecho salir hasta el borde de los labios?».
Cuando un funcionario ha recibido semejantes reproches de su jefe, resulta destituido sin falta el día siguiente. Nada habría sido, al contrario, más cruel para el Sr. de Charlus que despedir a Morel y, temiendo incluso haber llegado demasiado lejos, se puso a hacer elogios minuciosos de la muchacha, rebosantes de gusto, involuntariamente salpicados de impertinencias. «Es encantadora. Como eres músico, creo que te ha seducido por su hermosísima voz en las notas altas, en las que parece alcanzar el acompañamiento de tu si sostenido. Su registro grave me gusta menos, lo que debe estar relacionado con el triple comienzo de su cuello, extraño y fino, que parece acabarse y vuelve a alzarse; en ella, más que detalles mediocres, la silueta es lo que me agrada y, como es costurera y debe saber usar las tijeras, tendrá que recortarme su bonita figura en papel».
Charlie había escuchado tanto menos aquellos elogios cuanto que nunca había advertido los atractivos que celebraban en su prometida, pero respondió al Sr. de Charlus: «De acuerdo, querido, ¡le echaré una bronca para que no vuelva a hablar así!». Si Morel decía, así, «querido» al Sr. de Charlus, no era porque el apuesto violinista ignorara que apenas tenía la tercera parte de la edad del barón. No lo decía tampoco como lo habría hecho Jupien, sino con una sencillez que en ciertas relaciones postula que la supresión de las diferencias de edad ha precedido tácitamente a la ternura: la fingida en Morel; en otros, la sincera. Así, hacia aquella época, el Sr. de Charlus recibió una carta de este tenor: «Mi querido Palamède, ¿cuándo te veré? Te echo mucho de menos y pienso con frecuencia en ti, etcétera. Tuyo, PIERRE». El Sr. de Charlus se devanó los sesos para averiguar cuál de sus parientes, quien debía conocerlo mucho y, aun así, él no reconocía su letra, se permitía escribirle con semejante familiaridad. Todos los príncipes a los que el Almanaque de Gotha dedica algunas líneas desfilaron durante varios días por el cacumen del Sr. de Charlus. Al fin, de repente, una dirección escrita en el reverso lo aclaró: el autor de la carta era el botones de un club de juego al que a veces iba el Sr. de Charlus. Aquel botones no había considerado descortés escribir en ese tono al Sr. de Charlus, a quien, al contrario, tenía en gran concepto, pero pensaba que no habría estado bien no tutear a alguien que lo había besado varias veces y con ello le había dado —se imaginaba con su ingenuidad— su afecto. El Sr. de Charlus se sintió, en el fondo, encantado con aquella familiaridad. Incluso acompañó al Sr. de Vaugoubert a la salida de una reunión vespertina para poder enseñarle la carta y, sin embargo, Dios sabe que al Sr. de Charlus no le gustaba salir con el Sr. de Vaugoubert, pues éste, con el monóculo en el ojo, miraba en todas las direcciones a los jóvenes que pasaban. Más aún: por sentirse emancipado cuando estaba con el Sr. de Charlus, empleaba un lenguaje que el barón detestaba. Ponía en femenino todos los nombres de hombres y, como tenía muy pocas luces, se imaginaba esa broma muy ingeniosa y no cesaba de reírse a carcajadas. Como, al mismo tiempo, le importaba mucho su cargo diplomático, los deplorables y sarcásticos modales de que daba muestras resultaban perpetuamente interrumpidos por el canguelo que le daba en el mismo momento el paso de personas de mundo, pero sobre todo de funcionarios. «A esa telegrafista tan mona», decía, al tiempo que tocaba con el codo al barón, ceñudo, «la conocí yo, pero ha sentado cabeza, ¡la malvada! ¡Oh! Ese repartidor de las Galeries Lafayette, ¡qué maravilla! ¡Huy, Dios mío, ahí va el Director de Asuntos Comerciales! ¡Espero que no haya notado mi gesto! Sería capaz de contárselo al ministro, quien me pondría en situación de disponible, sobre todo porque, al parecer, “entiende”». El Sr. de Charlus no podía contener su rabia. Por fin, para acortar aquel paseo que lo exasperaba, se decidió a sacar la carta y dársela a leer al embajador, pero le recomendó discreción, pues fingía que Charlie estaba celoso para poder hacer creer que lo amaba. «Ahora bien», añadió con impagable expresión de bondad, «hay que procurar siempre causar el menor sufrimiento posible».
Antes de volver a la tienda de Jupien, el autor desea decir lo mucho que lo entristecería que el lector se ofendiera con descripciones tan extrañas. Por una parte resulta —y se trata de lo menos importante— que la aristocracia parece en este libro más acusada, proporcionalmente, de degeneración que las otras clases sociales. Aunque así fuera, no habría razón para el asombro. Las más viejas familias acaban confesando, en una nariz roja y corcovada, en una barbilla deformada, señales específicas en las que cada cual admira la «raza», pero entre esos rasgos persistentes y sin cesar agravados hay algunos que no son visibles: se trata de las tendencias y los gustos.
Una objeción más grave, si tuviera fundamento, sería la de que todo eso nos es ajeno y hay que obtener la poesía de la verdad más próxima. El arte extraído de la realidad más familiar existe, en efecto, y su ámbito tal vez sea el mayor, pero no por ello deja de ser cierto que un gran interés y a veces belleza puede nacer de acciones resultantes de una mentalidad tan alejada de todo lo que sentimos, de todo lo que creemos, que ni siquiera podemos llegar a comprender las que se despliegan ante nosotros como un espectáculo sin sentido. ¿Acaso hay algo más poético que Jerjes, hijo de Darío, mandando azotar con varas el mar que se había tragado sus navíos?
No cabe duda de que Morel, valiéndose del poder que sus encantos le brindaban sobre la muchacha, transmitió a ésta —haciéndola suya— la observación del barón, pues la expresión «pagar el té» desapareció tan completamente de la tienda del chalequero como desaparece para siempre de un salón determinada persona íntima a la que recibíamos todos los días y con la que, por una u otra razón, hemos reñido o deseamos ocultarla o sólo la frecuentamos fuera. El Sr. de Charlus quedó satisfecho con la desaparición de «pagar el té», vio en ello una prueba de su ascendiente sobre Morel y la erradicación de la única y pequeña mácula para la perfección de la muchacha. Por último, como todos los de su especie, además de sinceramente amigo de Morel y de su casi prometida y ardiente partidario de su unión, era muy aficionado a crear a su antojo piques más o menos inofensivos, fuera —y por encima— de los cuales se mantenía tan olímpico como lo habría hecho su hermano.
Morel había dicho al Sr. de Charlus que amaba a la sobrina de Jupien y quería casarse con ella y al barón le resultaba grato acompañar a su joven amigo en visitas en las que desempeñaba el papel del futuro suegro indulgente y discreto. Nada le agradaba tanto.
Mi opinión personal es la de que «pagar el té» era una expresión del propio Morel, que la joven costurera, cegada por el amor, había adoptado por ser de su persona adorada y desentonaba por su fealdad en medio de la hermosa habla de la joven. A aquella habla, a aquellos modales encantadores que armonizaban con ella, a la protección del Sr. de Charlus, se debía que muchas clientas para las que ella había trabajado la recibieran como amiga, la invitasen a cenar, la mezclaran con sus relaciones, si bien la joven sólo aceptaba, por lo demás, con el permiso del barón y las noches en que le venía bien. «¿Una joven costurera en la alta sociedad?», se me dirá. «¡Qué inverosímil!». Pensándolo bien, no era menos inverosímil que el hecho de que en tiempos Albertine viniese a verme a medianoche y ahora viviera conmigo y tal vez hubiese resultado inverosímil en el caso de otra, pero no de Albertine, que era huérfana de padre y madre, llevaba una vida tan libre, que al principio la había tomado yo en Balbec por la amante de un corredor, y cuya pariente más cercana era la Sra. Bontemps, quien, ya en casa de la Sra. Swann, sólo admiraba en su sobrina sus malos modales y ahora hacía la vista gorda sobre todo ello, si podía servir para librarla de ella mediante el matrimonio con un buen partido, una parte de cuyo dinero correspondería a la tía (en la más alta sociedad madres muy nobles y muy pobres, tras haber logrado que su hijo se casara con una mujer rica, se dejan mantener por los jóvenes esposos, aceptan abrigos de piel, un automóvil, dinero de una nuera a la que no quieren y a la que logran ver recibida en la alta sociedad).
Tal vez llegue un día en que las costureras entren —y en modo alguno me chocaría— en la alta sociedad. Como la sobrina de Jupien era una excepción, no podemos preverlo aún, pues una golondrina no hace verano. En todo caso, si bien la modestísima posición de la sobrina de Jupien escandalizó a algunas personas, no fue a Morel, pues en ciertos sentidos su necedad era tan grande, que consideraba «bastante tonta» a aquella joven mil veces más inteligente que él, tal vez sólo porque lo amaba, pero, además, él suponía que quienes la recibían eran aventureras, subcostureras disfrazadas, que se las daban de señoras y de cuyo trato no se jactaba. Naturalmente, no eran unas Guermantes ni personas que los conociesen siquiera, sino burguesas ricas, elegantes, de mentalidad lo bastante libre para no considerar una deshonra recibir a una costurera y lo bastante esclava para sentir cierta satisfacción al proteger a una muchacha a la que Su Alteza el barón de Charlus iba a ver —con el mejor propósito— todos los días.
Nada gustaba más al barón que la idea de aquel matrimonio, pues pensaba que así no quedaría privado de Morel. Al parecer, la sobrina de Jupien había tenido, siendo casi una niña, un «desliz» y el Sr. de Charlus, al tiempo que la elogiaba ante Morel, no habría tenido inconveniente en revelárselo a su amigo, quien se habría puesto furioso, y con ello sembrar cizaña, pues el Sr. de Charlus, pese a ser terriblemente malvado, se parecía a gran número de personas buenas que elogian a éste o a aquélla para demostrar su propia bondad, pero rehuirían como el fuego palabras benévolas, tan raras veces pronunciadas, que podrían hacer reinar la paz. Aun así, el barón se abstenía de hacer insinuación alguna y por dos razones. «Si le cuento», pensaba, «que su prometida no carece de mácula, heriré su amor propio y me guardará rencor y, además, ¿quién me dice que no está enamorado de ella? Si no digo nada, ese fuego de paja se apagará pronto, yo regiré sus relaciones a mi antojo, la amará sólo en la medida en que yo lo desee. Si le cuento el desliz en el pasado de su prometida, ¿quién me dice que mi Charlie no esté aún lo suficientemente enamorado para ponerse celoso? Entonces transformaré un coqueteo sin importancia y manejable a voluntad en un gran amor, cosa difícil de gobernar». Por esas dos razones, el Sr. de Charlus guardaba un silencio que sólo en apariencia era discreción, pero que, por otra parte, era meritorio, pues callarse resulta casi imposible a personas de su estilo.
Por lo demás, la joven era deliciosa y al Sr. de Charlus, en quien ella satisfacía todos los gustos estéticos que podía sentir por las mujeres, le habría gustado tener centenares de fotografías de ella. Él, menos necio que Morel, se enteraba con gusto de cuáles eran las señoras bien que la recibían y que su olfato social sabía situar, pero se abstenía —pues quería conservar su ascendiente— de decírselo a Charlie, quien, por ser un verdadero bruto al respecto, seguía creyendo que, aparte de la «clase de violín» y de los Verdurin, sólo existían los Guermantes, las pocas familias casi regias enumeradas por el barón, porque todo lo demás era una simple «hez», una «turba». Charlie tomaba en sentido literal esas expresiones del Sr. de Charlus.
¡Cómo! ¿Que el Sr. de Charlus, en vano esperado todos los días del año por tantos embajadores y duquesas y que no cenaba con el príncipe de Croy para no tener que cederle el paso, pasaba en casa de la sobrina de un chalequero todo el tiempo que substraía a aquellas grandes señoras, a aquellos grandes señores? Para empezar, Morel —razón suprema— estaba allí. Si no hubiera estado, yo no veo inverosimilitud alguna, a no ser que lo juzguéis como un mensajero de Aimé. Los camareros de restaurante se pintan solos para creer que un hombre excesivamente rico siempre viste con ropa nueva y de punta en blanco y que un señor de lo más elegante da cenas de sesenta cubiertos y sólo se desplaza en automóvil. Se equivocan. Con mucha frecuencia, un hombre excesivamente rico lleva siempre una chaqueta raída. Un señor de lo más distinguido es alguien que sólo congenia en el restaurante con los empleados y, al regresar a su casa, juega a las cartas con sus sirvientes, lo que no quita para que se niegue a pasar tras el príncipe de Murat.
Entre las razones que hacían desear al Sr. de Charlus el matrimonio de los dos jóvenes, figuraba la de que la sobrina de Jupien sería en cierto modo una extensión de la personalidad de Morel y, por tanto, a la vez del poder y del conocimiento que el barón tenía de él. Al Sr. de Charlus no se le habría ocurrido ni por un segundo la idea de sentir escrúpulos por «engañar» —en el sentido conyugal— a la futura esposa del violinista, pero —al tener un «joven matrimonio» al que guiar y sentirse el protector temido y todopoderoso de la esposa, quien, por considerar al barón como un dios, demostraría que su querido Morel le había inculcado esa idea, que entrañaría, así, algo de él— varió el tipo de denominación del Sr. de Charlus y nació en su «objeto» Morel otra persona más, el esposo, es decir, que se le brindó algo más, nuevo, curioso que amar en él. Tal vez esa dominación pasaría a ser mayor incluso de lo que había sido jamás, pues, mientras que Morel solo, desnudo, por decirlo así, oponía a menudo resistencia al barón, a quien se sentía seguro de reconquistar, una vez casado, temería en seguida más por su hogar, su piso, su futuro, ofrecería a la voluntad del Sr. de Charlus más margen y asidero. Todo aquello e incluso, en caso necesario, promover, las noches en que se aburriera, la guerra entre los esposos —pues el barón nunca había detestado los cuadros de batallas— gustaba al Sr. de Charlus, menos, sin embargo, que pensar en la dependencia de él en que viviría el joven matrimonio. El amor del Sr. de Charlus por Morel adquiría un delicioso carácter nuevo, cuando pensaba: «También su mujer será mía, mientras él lo sea, procurarán no disgustarme, obedecerán a mis caprichos y, así, ella será una señal —hasta ahora desconocida para mí— de lo que ya casi había olvidado y que es tan caro a mi corazón: que para todo el mundo, para quienes me vean protegerlos, alojarlos, para mí mismo, Morel es mío». Esa evidencia ante los otros y ante los suyos alegraba al Sr. de Charlus más que todo lo demás, pues la posesión de lo que amamos es un gozo mayor aún que el amor. Con mucha frecuencia quienes ocultan a todos esa posesión lo hacen tan sólo por miedo a que les quiten el objeto querido y su felicidad resulta disminuida por esa prudencia que los obliga a callar.
Como tal vez recuerde el lector, Morel había dicho tiempo atrás que deseaba seducir a una joven, en particular a aquélla, y que para lograrlo le prometería el matrimonio, pero, una vez consumada la violación, «se largaría con viento fresco», pero el Sr. de Charlus —ante las confesiones de amor por la sobrina de Jupien que Morel le había hecho— lo había olvidado. Más aún: tal vez le sucediera lo mismo a Morel. Tal vez hubiese un intervalo verdadero entre el carácter de Morel, tal como lo había confesado cínicamente —quizás hábilmente exagerado incluso— y el momento en que recuperara su potestad. Al relacionarse más con la muchacha, ésta le había gustado, la amaba. Se conocía tan poco a sí mismo, que seguramente se imaginaba amarla, tal vez incluso para siempre. Cierto es que su primer deseo inicial, su proyecto criminal, subsistían, pero cubiertos por tantos sentimientos superpuestos, que no hay razones para considerar insincero al violinista cuando decía que aquel deseo vicioso no era el móvil verdadero de su acto. Por lo demás, hubo un período de corta duración en el que, sin reconocerlo exactamente ante sí mismo, aquel matrimonio le pareció necesario. En aquel momento, Morel tenía calambres bastante fuertes en la mano y se veía obligado a pensar en la posibilidad de tener que abandonar el violín. Como —salvo para su arte— era de una pereza incomprensible, se le imponía la necesidad de ser mantenido por alguien y para ello prefería a la sobrina de Jupien antes que al Sr. de Charlus, pues esa combinación le brindaba mayor libertad y también un gran surtido de mujeres diferentes: tanto entre las aprendices, siempre nuevas, de cuya corrupción para él encargaría a la sobrina de Jupien, como entre las hermosas señoras ricas para las cuales la prostituiría. Que su futura esposa pudiera negarse a condescender a esas complacencias y fuese perversa hasta ese punto no entraba ni por un instante en los cálculos de Morel. Por lo demás, una vez que cesaron los calambres, pasaron a segundo plano, cedieron su lugar al amor puro. Bastaría el violín, junto con las pagas del Sr. de Charlus, cuyas exigencias disminuirían, seguro, una vez que él, Morel, se hubiese casado con la muchacha. El matrimonio era lo que urgía, por su amor y por el interés de su libertad. Fue a pedir la mano de la sobrina de Jupien, quien consultó a ésta. La verdad es que no era necesario. La pasión de la joven por el violinista se derramaba a su alrededor, como la melena, cuando se la soltaba, como la alegría que sus miradas reflejaban. En Morel casi todo lo que le resultaba agradable o provechoso despertaba emociones morales y palabras del mismo tipo, a veces lágrimas incluso. Así, pues, sinceramente —si semejante palabra se le puede aplicar— pronunciaba ante la sobrina de Jupien discursos tan sentimentales —sentimentales son también los que tantos jóvenes nobles que no desean hacer nada en la vida pronuncian ante una encantadora hija de burgueses riquísimos— como de una bajeza sin disimulo eran las teorías que había expuesto al Sr. de Charlus a propósito de la seducción, de la desfloración. Sólo, que en Morel el entusiasmo virtuoso para con una persona que le daba placer y los compromisos solemnes que contraían con ella tenían una contrapartida. En cuanto la persona dejaba de darle placer o incluso, si, por ejemplo, la obligación de afrontar las promesas hechas le causaba desagrado, pasaba a ser objeto por parte de Morel de una antipatía que éste justificaba ante sí mismo y que, tras algunos trastornos neurasténicos, le permitía demostrarse a sí mismo, una vez reconquistada la euforia de su sistema nervioso, que estaba —aun considerando el asunto desde un punto de vista puramente virtuoso— eximido de cualquier obligación.
Así, al final de su estancia en Balbec, había perdido —no sé en qué— todo su dinero y, por no haberse atrevido a decírselo al Sr. de Charlus, buscaba a alguien a quien pedirlo. Había aprendido de su padre —quien, pese a ello, le había prohibido que se volviera jamás un «sablista»— que en un caso semejante conviene escribir a la persona a la que se desea dirigirse que «se necesita hablar con ella de negocios», que «conceda una cita de negocios». Esa fórmula mágica encantaba tanto a Morel, que habría deseado —creo yo— perder dinero sólo por sentir el gusto de pedir una cita «de negocios». Más adelante en su vida, había visto que la fórmula no tenía toda la virtud que él pensaba. Había comprobado que personas a quienes, de lo contrario, él mismo nunca habría escrito no habían respondido cinco minutos después de haber recibido la carta «para hablar de negocios». Si pasaba la tarde sin que hubiera recibido repuesta, no se le ocurría a Morel que, aun en el mejor de los casos, el señor solicitado tal vez no hubiese vuelto a su casa, podía haber tenido otras cartas que escribir, si es que no había salido de viaje o había caído enfermo, etcétera. Si, por una fortuna extraordinaria, Morel recibía una cita para la mañana siguiente, abordaba al solicitado con estas palabras: «Precisamente me extrañaba no haber tenido respuesta, me preguntaba si habría pasado algo; entonces, ¿qué? ¿Sigue bien la salud?, etcétera». El caso es que en Balbec —y sin decirme que debía hablar con él de un «negocio»— me había pedido que le presentara a ese mismo Bloch con el que se había mostrado tan desagradable una semana antes en el tren-tranvía. Bloch no había vacilado a la hora de prestarle —o, mejor dicho, lograr que el Sr. Nissim Bernard le prestara— cinco mil francos. Desde entonces Morel adoraba a Bloch. Se preguntaba, con lágrimas en los ojos, cómo podría ser útil a alguien que le había salvado la vida. Al final, yo me encargué de pedir para Morel mil francos al mes al Sr. de Charlus, dinero que entregaría al instante a Bloch, con lo que éste cobraría toda la deuda con bastante rapidez. El primer mes, Morel, aún impresionado por la bondad de Bloch, le envió inmediatamente los mil francos, pero después seguramente le pareció que podría ser agradable un empleo diferente de los cuatro mil francos que faltaban, pues empezó a hablar muy mal de Bloch. Ya sólo verlo le inspiraba los pensamientos más negros y, como el propio Bloch había olvidado exactamente lo que había prestado a Morel y le había reclamado tres mil quinientos francos, en lugar de cuatro mil, con lo que el violinista habría ganado quinientos francos, éste tuvo a bien responder que, en vista de aquella falsedad, no sólo no pagaría ni un céntimo más, sino que, además, su prestador debía considerarse muy afortunado de que no presentara una denuncia contra él. Al decirlo, los ojos le llameaban. Por lo demás, no se contentó con decir que Bloch y el Sr. Nissim Bernard no tenían motivo para guardarle rencor, sino que no tardó en añadir que debían declararse afortunados de que no lo hiciera él. Por último, como el Sr. Nissim Bernard había declarado, al parecer, que Thibaud tocaba tan bien como Morel, éste consideró que debía entablar una acción judicial contra él, pues semejante afirmación perjudicaba a su reputación profesional y después, como ya no hay justicia en Francia, sobre todo contra los judíos (al haber sido el antisemitismo en Morel el efecto natural del préstamo de cinco mil francos por parte de un israelita), ya no salió más de casa sin un revólver cargado. Semejante estado nervioso posterior a una intensa ternura no iba a tardar en producirse en Morel respecto de la sobrina del chalequero. Es cierto que el Sr. de Charlus tal vez tuviera algo que ver, sin sospecharlo, en aquel cambio, pues con frecuencia declaraba, sin pensar ni una sola de sus palabras, y para pincharlos, que, una vez casados, no volvería a verlos y los dejaría volar con sus propias alas. Esa idea era en sí absolutamente insuficiente para separar a Morel de la muchacha y, tras permanecer en la cabeza de éste, estaba lista para combinarse con otras afines a ella y aptas —una vez realizada la mezcla— para llegar a ser un poderoso agente de ruptura.
Por lo demás, no era demasiado frecuente que me encontrara yo con el Sr. de Charlus y Morel. A menudo ya habían entrado en la tienda de Jupien, cuando yo me despedía de la duquesa, pues el placer que sentía yo junto a ella era tal, que llegaba a olvidar, gracias a él, no sólo la espera ansiosa que precedía al regreso de Albertine, sino también la propia hora en que sucedería. Voy a destacar —de entre los días en que me entretenía en casa de la Sra. de Guermantes— uno que quedó marcado por un pequeño incidente cuyo cruel significado se me escapó por completo y no lo comprendí hasta mucho después. Al final de aquella tarde, la Sra. de Guermantes me había regalado, porque sabía que me gustaban, unas celindas procedentes del sur de Francia. Cuando, tras despedirme de la duquesa, volví a subir a mi casa, ya había regresado Albertine y me crucé en la escalera con Andrée, a quien el penetrante olor de las flores que le llevaba pareció incomodar.
«¿Cómo? ¿Ya habéis regresado?», le dije. «Hace sólo un instante, pero Albertine tenía que escribir y se ha despedido de mí». «¿No tendrá un proyecto censurable?». «En modo alguno, está escribiendo a su tía, creo, pero, como a ella no le gustan los olores fuertes, no le van a encantar tus celindas». «Entonces, ¡no ha sido buena esta idea mía! Voy a decir a Françoise que las ponga en el rellano de la escalera de servicio». «No creas que Albertine no vaya a sentir en ti el olor a celinda: junto con el del nardo, tal vez sea el que más marea. Por lo demás, creo que Françoise ha ido a hacer un recado». «Pero entonces, yo, que hoy no llevo la llave, ¿cómo voy a poder entrar?». «¡Oh! Bastará con que llames y Albertine te abrirá y, además, es que tal vez Françoise haya vuelto, entretanto».
Me despedí de Andrée. Al primer toque, Albertine vino a abrir, lo que resultó bastante complicado, porque, como Françoise había bajado, Albertine no sabía cómo dar la luz. Por fin pudo abrirme, pero las flores de celinda la ahuyentaron. Las dejé en la cocina, con lo que mi amiga, tras interrumpir su carta (no comprendí yo por qué), tuvo tiempo de ir a mi habitación, desde donde me llamó, y tumbarse en mi cama. Una vez más, en aquel mismo momento todo aquello me pareció de lo más natural, un poco confuso, si acaso y, en cualquier caso, insignificante. Había estado a punto de ser sorprendida con Andrée y se había concedido un poco de tiempo apagando todas las luces, yendo a mi habitación para que no viera yo su cama deshecha y había fingido estar escribiendo, pero más adelante veremos todo eso, que nunca supe yo si era cierto.
Salvo aquel único incidente, todo transcurría normalmente cuando yo volvía a subir de casa de la duquesa. Como Albertine no sabía si desearía yo salir con ella antes de la cena, por lo general me encontraba en la antecámara su sombrero, su abrigo y su sombrilla, que había dejado de cualquier modo. En cuanto los veía, al entrar, la atmósfera de la casa se volvía respirable. Sentía que, en lugar de un aire enrarecido, la llenaba la felicidad. Me había salvado de mi tristeza, la vista de aquellas cositas me hacía poseer a Albertine y corría hasta ella.
Los días en que no bajaba yo a casa de la Sra. de Guermantes, para que el tiempo me pareciera menos largo, durante esa hora que precedía al regreso de mi amiga, me ponía a hojear un álbum de Elstir, un libro de Bergotte.
Entonces —como las obras mismas que parecen dirigirse sólo a la vista y al oído exigen que, para gustarlas, nuestra inteligencia despierta colabore estrechamente con esos dos sentidos— yo hacía salir de mí, sin sospecharlo, los sueños que Albertine había suscitado ya cuando aún no la conocía y que la vida cotidiana había apagado. Los arrojaba a la frase del músico o a la imagen del pintor como a un crisol y con ellos alimentaba la obra que estaba leyendo y seguramente ésta me parecía, por esa razón, más brillante, pero Albertine no ganaba menos al ser transportada así de uno de los dos mundos a los que tenemos acceso y en los que podemos situar sucesivamente un mismo objeto, al escapar así a la agobiante presión de la materia para ventilarse en los fluidos espacios del pensamiento. De pronto, y por un instante, podía experimentar yo por aquella fastidiosa muchacha sentimientos ardientes. En aquel momento tenía la apariencia de una obra de Elstir o de Bergotte y yo experimentaba una exaltación momentánea por ella, al verla con la distancia de la imaginación y del arte.
No tardaban en avisarme de que acababa de regresar; ahora bien, tenían la orden de no pronunciar su nombre, si no estaba yo solo, si estaba, conmigo, por ejemplo, Bloch, a quien obligaba yo a permanecer un instante más para no arriesgarme a que se encontrara con mi amiga, pues yo le había ocultado que ella vivía en casa e incluso que la recibiera yo jamás en mi casa, por el miedo cerval que tenía a que uno de mis amigos se enamoriscara de ella y la esperase fuera o a que, al encontrarse por un instante en el pasillo o en la antecámara, pudiese ella hacer una señal o conceder una cita. Después oía el rumor de la falda de Albertine al dirigirse a su alcoba, pues, por discreción y seguramente también por los miramientos mediante los cuales en tiempos se las había ingeniado —en nuestras cenas en La Raspelière— para que yo no estuviera celoso, no venía a la mía, al saber que no estaba solo, pero no era sólo por eso, lo comprendí de pronto. Recordaba que había conocido a una primera Albertine y después, bruscamente, se había convertido en otra, la actual. Y al único al que podía considerar responsable del cambio era a mí. Todo cuanto me habría confesado fácilmente y después de buen grado, cuando éramos buenos amigos, había dejado de esparcirse, desde el momento en que había creído que yo la amaba o, tal vez sin llamarlo amor, había adivinado un sentimiento inquisitorial que quiere saber, pese a sufrir por saber, e intenta averiguar más. Desde aquel día me lo había ocultado todo. Si pensaba que yo estaba —no ya, con frecuencia, con una amiga, sino— con un amigo, se apartaba de mi habitación, ella, cuyos ojos se interesaban en tiempos tan vivamente cuando yo hablaba de una muchacha: «Hay que procurar que venga, me divertiría conocerla». «Pero es de las que tienen, como tú dices, malas inclinaciones». «Precisamente por eso será mucho más divertido». En aquel momento tal vez habría podido yo saberlo todo e incluso, cuando en el pequeño casino había separado sus senos de los de Andrée, no creo que fuera por mi presencia, sino por la de Cottard, quien podía hacerle granjearse mala reputación, y, sin embargo, ya entonces había empezado a paralizarse, habían dejado de salir de sus labios palabras confiadas, sus gestos eran reservados. Después había apartado de sí todo lo que habría podido alterarme. Atribuía a las partes de su vida que yo no conocía un carácter del que mi ignorancia se hacía cómplice para acentuar lo que tenía de inofensivo y ahora la transformación estaba consumada: si yo no estaba solo, se iba derecha a su habitación, no sólo para no molestar, sino también para mostrarme que los demás le resultaban indiferentes. Había una sola cosa que ya no volvería a hacer por mí, que sólo habría hecho en la época en que me habría resultado indiferente y que por esa misma razón le habría resultado fácil hacer, y era precisamente confesar. Iba yo a quedar reducido para siempre, como un juez, a sacar conclusiones inciertas de imprudencias lingüísticas que tal vez no fueran inexplicables sin recurrir a la culpabilidad y ella iba a sentirme siempre celoso y juez.
Nuestro noviazgo adquiría un cariz de proceso y le infundía la timidez de una culpable. Ahora Albertine cambiaba de conversación, cuando se trataba de personas, hombres o mujeres, que no fueran ancianas. Cuando aún no sospechaba que yo estuviese celoso, era cuando debería haberle yo preguntado lo que quería saber. Hay que aprovechar esa coyuntura. Entonces es cuando nuestra amiga nos habla de sus placeres e incluso de los medios con los que los disimula a los demás. Ahora ya no iba a confesarme, como lo había hecho en Balbec, a medias porque era verdad y a medias para disculparse de no mostrarse más cariñosa conmigo, pues ya entonces la importunaba yo y había visto, gracias a mi gentileza con ella, que no necesitaba darme tantas muestras como a otros para obtener más aún: «Me parece estúpido dar a entender a quién se ama; yo hago lo contrario: en cuanto una persona me gusta, aparento no prestarle atención. Así, nadie sabe nada». ¡Cómo! ¡Era la Albertine actual con sus pretensiones de franqueza y de ser indiferente a todo el mundo quien me había dicho eso! ¡Ahora ya no me habría enunciado esa regla! Cuando hablaba conmigo, se contentaba con aplicarla diciendo de tal o cual persona que podía inquietarme: «¡Ah! No sé, no la he mirado, es demasiado insignificante». Y de vez en cuando, para adelantarse a lo que yo pudiera averiguar, hacía esas confesiones cuyo acento —antes de que conozcamos la realidad que van encaminadas a desvirtuar, a exculpar— denuncia ya como mentiras.
Mientras escuchaba los pasos de Albertine con la cómoda satisfacción de pensar que ya no iba a salir aquella noche, admiraba yo que, para aquella muchacha a quien en tiempos había creído yo no poder llegar a conocer, volver todos los días a casa fuera precisamente volver a mi casa. El placer, compuesto de misterio y sensualidad, que yo había experimentado, fugaz y fragmentario, en Balbec, la noche en que ella había venido a acostarse en el hostal, se había completado, estabilizado, llenaba mi morada, en tiempos vacía, con una provisión permanente de dulzura doméstica, casi familiar, que irradiaba hasta los pasillos y en la que todos mis sentidos —unas veces efectivamente y otras, cuando estaba solo, con la imaginación y mediante la espera del regreso— se alimentaban apaciblemente. Cuando yo había oído cerrarse la puerta de la habitación de Albertine, si había un amigo conmigo, me apresuraba a hacerlo salir, sin separarme de él hasta estar del todo seguro de que ya se encontraba en la escalera, algunos de cuyos escalones bajaba yo, en caso de necesidad.
Por el pasillo que tenía yo delante, venía Albertine. «Mira, mientras dejo esto, te mando a Andrée, que ha subido un segundo para darte las buenas noches». Y, envuelta aún en el gran velo gris de la toca de chinchilla que le había regalado yo en Balbec, se retiraba y entraba en su habitación, como si hubiera adivinado que Andrée, encargada por mí de velar por ella, fuese a aportar —dándome muchos detalles, mencionándome el encuentro que habían tenido ellas dos con una persona conocida— alguna determinación a las vagas regiones por las que se había desarrollado el paseo que habían dado durante todo el día y que yo no había podido imaginar.
Los defectos de Andrée se habían revelado: ya no era tan agradable como cuando la había conocido yo. Había ahora en ella, a flor de piel, como una agria inquietud, lista para acumularse como en el mar una borrasca con sólo que yo me pusiese a hablar de algo que era agradable para Albertine y para mí. No por ello podía Andrée dejar de ser mejor para conmigo, quererme más —y con frecuencia tuve pruebas de ello— que personas más amables, pero, a la menor apariencia de felicidad que tuviéramos, si no la había causado ella, le infundía una impresión nerviosa, desagradable como el ruido de un portazo. Admitía los sufrimientos en los que ella nada tenía que ver, no los placeres; si me veía enfermo, se afligía, me compadecía, me habría cuidado, pero, si yo tenía una satisfacción tan insignificante como estirarme con expresión de beatitud, al cerrar un libro y decir: «¡Ah! Acabo de pasar dos horas encantadoras leyendo tal libro divertido», esas palabras, que habrían complacido a mi madre, a Albertine, a Saint-Loup, inspiraban a Andrée como una censura, tal vez simplemente de desazón nerviosa. Mis satisfacciones le causaban una rabia que no podía ocultar. Completaban esos defectos otros más graves; un día en que yo estaba hablando de aquel joven tan enterado en materia de carreras, juegos y golf y tan inculto en todo lo demás al que había conocido con la panda en Balbec, Andrée se puso a burlarse: «Pues has de saber que su padre ha robado, ha estado a punto de ser procesado, lo que no les impide presumir aún más, pero yo me divierto contándoselo a todo el mundo. Me gustaría que me denunciaran por calumnias. ¡Iba yo a hacer una declaración preciosa!». Le centelleaban los ojos. Ahora bien, me enteré de que el padre no había cometido indelicadeza alguna y Andrée lo sabía tan bien como cualquiera, pero se había creído despreciada por el hijo, había buscado algo que pudiese ponerlo en un aprieto, avergonzarlo, y había inventado toda una novela de declaraciones judiciales imaginarias por formular y, a fuerza de repetirse los detalles, tal vez ya no supiese ella misma si eran ciertas.
Así, tal como se había vuelto (e incluso sin sus odios breves y disparatados), yo no habría deseado verla, aunque sólo hubiese sido por aquella malévola susceptibilidad que envolvía, agria y glacial, su verdadera naturaleza, más cálida y mejor, pero las informaciones que sólo ella podía darme sobre mi amiga me interesaban demasiado para que desaprovechara yo una ocasión tan poco frecuente de conocerlas. Andrée entraba y cerraba la puerta tras sí; se habían encontrado con una amiga y Albertine nunca me había hablado de ella. «¿Qué han dicho?». «No lo sé, porque he aprovechado que Albertine no estaba sola para ir a comprar lana». «¿A comprar lana?». «Sí, me lo ha pedido Albertine». «Razón de más para no ir, tal vez fuera para alejarte». «Pero es que me lo había pedido antes de que nos encontráramos a esa amiga». «¡Ah!», respondía yo, mientras recuperaba la respiración. En seguida volvía a sentir la sospecha: «Pero, ¿quién sabe si no habría quedado por adelantado con su amiga y no habría preparado un pretexto para estar sola, cuando lo deseara?». Por lo demás, ¿acaso estaba yo totalmente seguro de que la antigua hipótesis (según la cual Andrée me decía la verdad y nada más que la verdad) era la acertada? Tal vez Andrée estuviese de acuerdo con Albertine. Amor, pensaba yo en Balbec, sentimos por una persona cuyas acciones parecen ser el objeto de nuestros celos; tenemos la sensación de que, si nos las contara todas, tal vez nos curaríamos fácilmente del amor. Por mucho que quien sienta celos los disimule hábilmente, aquella que los inspira no tarda en descubrirlos y se vale, a su vez, de la habilidad. Intenta darnos el pego con lo que podría hacernos sentirnos desdichados y lo consigue, pues, ¿por qué habría una frase insignificante de revelarle a quien no está avisado las mentiras que oculta? No la distinguimos de las otras; dicha con pavor, no se le presta atención. Más adelante, cuando estemos solos, volveremos a pensar en esa frase y no nos parecerá totalmente ajustada a la realidad, pero, ¿la recordaremos bien? Parece que nazca espontáneamente en nosotros —respecto de ella y en cuanto a la exactitud de nuestro recuerdo— una duda del estilo de las que en ciertos estados nerviosos impiden siempre recordar si se ha echado el cerrojo y tanto la quincuagésima vez como la primera; parece que puede volver a comenzar indefinidamente el acto sin que vaya acompañado nunca de un recuerdo preciso y liberador. Al menos se puede volver a cerrar la puerta una quincuagésima primera vez, mientras que la frase inquietante está en el pasado, en una inacción incierta, que no podemos repetir. Entonces dirigimos nuestra atención a otras que nada ocultan y el único remedio, que no deseamos, sería ignorarlo todo para no tener el deseo de saber más. En cuanto se descubren los celos, aquella que es su objeto los considera un desafío que autoriza el engaño. Por lo demás, para intentar averiguar algo, hemos sido nosotros quienes hemos tomado la iniciativa de mentir, de engañar. Andrée y Aimé nos prometen sin falta no decir nada, pero, ¿lo cumplirán? Bloch no pudo prometer nada, ya que no sabía y, por poco que hable con cada uno de los tres, Albertine, gracias a lo que Saint-Loup habría llamado «atar cabos», sabrá que le mentimos, cuando aparentamos indiferencia ante sus actos y nos fingimos moralmente incapaces de mandar vigilarla. Así, el pequeño fragmento de respuesta que acababa de aportarme Andrée, al suceder —respecto de lo que hacía Albertine— a mi infinita duda habitual, demasiado indeterminada para no resultar indolora y que era a los celos lo que a la pena son esos comienzos del olvido en los que el apaciguamiento nace de la vaguedad, planteaba al instante nuevas cuestiones; al explorar una parcela de la gran zona que se extendía ante mí, yo sólo había conseguido hacer retroceder hasta la vida real —incognoscible para nosotros, cuando intentamos efectivamente representárnosla— de otra persona. Yo seguía interrogando a Andrée, mientras Albertine, por discreción y por dejarme (¿lo adivinaría?) todo el tiempo para hacerlo, prolongaba su cambio de ropa en su habitación.
«Creo que los tíos de Albertine me aprecian», decía yo a Andrée, sin pensar en su carácter. Al instante veía yo su viscoso rostro ensombrecerse, como un jarabe que se echa a perder, parecía enturbiado para siempre. La boca se le volvía amarga. Ya no quedaba nada a Andrée de aquella alegría juvenil que, como toda la panda y pese a su carácter desvalido, desplegaba el año de mi primera estancia en Balbec y que entonces (cierto es que Andrée tenía algunos años más) se eclipsaba tan aprisa en ella, pero yo iba a hacerla renacer involuntariamente antes de que Andrée me hubiera dejado para ir a cenar en su casa. «Hoy alguien me ha hecho un inmenso elogio de ti», le decía yo. Al instante, un rayo de gozo iluminaba su mirada, parecía quererme de verdad. Procuraba no mirarme, pero reía con la mirada perdida y unos ojos de repente muy redondos. «¿Quién?», preguntaba con un interés ingenuo y ansioso. Se lo decía yo y, fuera quien fuese, se ponía contenta.
Después llegaba la hora de marchar y se despedía de mí. Albertine volvía junto a mí; se había desvestido y llevaba una de las preciosas batas de crespón de China o uno de los vestidos japoneses cuya descripción había yo pedido a la Sra. de Guermantes y para varios de los cuales la Sra. Swann me había proporcionado algunas precisiones suplementarias en una carta que comenzaba con estas palabras: «Después de tu largo eclipse, al leer tu carta relativa a mis tea gowns, me ha parecido recibir noticias de un aparecido». Albertine llevaba zapatos negros adornados con brillantes, que Françoise llamaba con rabia «chanclas», semejantes a los que por la ventana del salón había visto llevar a la Sra. de Guermantes en su casa por la noche, así como un poco más adelante Albertine llevó chinelas —algunas de cabritilla dorada, otras de chinchilla— cuya vista me resultaba grata, porque eran, unas y otras, como los signos —que otros zapatos no habrían sido— de que vivía en mi casa. Tenía también cosas que no le había regalado yo, como una hermosa sortija de oro. En ella admiraba yo las alas desplegadas de un águila. «Me la regaló mi tía», me decía. «Pese a todo, a veces es buena. Es algo que me envejece, porque me la regaló cuando cumplí veinte años».
Albertine tenía para todas aquellas cosas bonitas un gusto más intenso que la duquesa, porque, como todo obstáculo ante una posesión (como para mí la enfermedad, que me volvía los viajes tan difíciles y tan deseables), la pobreza, más generosa que la opulencia, infunde a las mujeres —mucho más que la vestimenta que no pueden comprar— el deseo de tenerla, que es su conocimiento verdadero, detallado, profundo. Como ella no había podido pagarse esas cosas y como, al encargarlas para ella, yo quería agradarle, éramos como esos estudiantes que por adelantado conocen al dedillo cuadros que desean con avidez ir a ver a Dresde o a Viena, mientras que las mujeres ricas, en medio de la multitud de sus sombreros y sus trajes, son como esos visitantes a quienes el paseo por un museo, al no ir precedido de deseo alguno, infunde sólo una sensación de aturdimiento, fatiga y hastío. Determinada toca, determinado abrigo de marta cebellina, determinada bata de Doucet con mangas forradas de rosa, adquirían para Albertine —que los había visto, los había anhelado y, gracias al exclusivismo y a la minucia que caracterizan el deseo, los había aislado del resto en un vacío sobre el cual se destacaba de maravilla el forro o el chal y a la vez los había conocido en todas sus partes— y para mí —que había ido a casa de la Sra. de Guermantes para que intentara explicarme en qué consistía su particularidad, su superioridad, su elegancia y la inimitable hechura del gran artífice— una importancia, un encanto, que no tenían, desde luego, para la duquesa, saciada antes incluso de que pudiera abrírsele el apetito, o incluso para mí, si los hubiese visto unos años antes, al acompañar a tal o cual mujer elegante en una de sus aburridas giras por las casas de las modistas. Cierto es que, poco a poco, Albertine estaba volviéndose una mujer elegante, pues, si bien cada cosa que yo encargaba así para ella era la más bonita en su género, con todos los refinamientos que les habrían aportado la Sra. de Guermantes o la Sra. Swann, empezaba a tener muchas de ellas, pero poco importaba, en vista de que le habían gustado antes y aisladamente. Cuando hemos estado prendados de un pintor y después de otro, podemos profesar al final una admiración de todo el museo que no es glacial, pues se compone de amores sucesivos, cada uno de ellos exclusivo en su momento, y que al final se han quedado juntos y conciliados.
Por lo demás, no era frívola, leía mucho, cuando estaba sola, y me leía, cuando estaba conmigo. Se había vuelto extraordinariamente sagaz. Decía —equivocándose, por cierto—: «Me horroriza pensar que, de no haber sido por ti, habría seguido siendo estúpida. No lo niegues, me has abierto un mundo de ideas que no sospechaba y lo poco que he llegado a ser te lo debo a ti exclusivamente».
Sabido es que había dicho lo mismo de mi influencia en Andrée. ¿Abrigaban una u otra algún sentimiento por mí? Y, en sí mismas, ¿qué eran Albertine y Andrée? Para saberlo, habría que inmovilizaros, dejar de vivir en esa espera perpetua de vosotras en la que siempre acabáis siendo distintas, habría que dejar de amaros, para paralizaros, dejar de conocer vuestra interminable y siempre desconcertante llegada —¡oh, muchachas, oh, rayo sucesivo en el torbellino en el que palpitamos al veros reaparecer!— y apenas reconoceros en la vertiginosa velocidad de la luz. Si no nos hiciera correr hacia vosotras una atracción sexual, gotas de oro siempre desemejantes y que siempre superan nuestras previsiones, tal vez ignoraríamos esa velocidad y todo nos parecería inmóvil. Todas las veces, una muchacha se parece tan poco a lo que era en la ocasión anterior (con lo que hace pedazos, en cuanto la vemos, el recuerdo que habíamos conservado y el deseo que nos proponíamos), que la estabilidad natural que le atribuimos es puramente ficticia y por comodidad del lenguaje. Nos han dicho que una muchacha hermosa es tierna, amorosa, dotada de los sentimientos más delicados. Nuestra imaginación cree lo que oye y, cuando se nos aparece la primera vez, bajo la crespa faja de su pelo rubio, el disco de su cara rosada, casi tememos que esa hermana demasiado virtuosa nos aplaque el entusiasmo por su propia virtud y no pueda ser nunca para nosotros la amante que hemos deseado. Al menos, ¡cuántas confidencias le hacemos desde el primer momento, confiando en esa nobleza de corazón, cuántos proyectos concebidos juntos! Pero, unos días después, lamentamos habernos confiado tanto, pues la segunda vez la rosada muchacha conocida nos habla como una lúbrica Furia. En las fases sucesivas que, después de una pulsación de unos días, nos presenta la rosácea luz interceptada, ni siquiera es seguro que un movimentum exterior a esas muchachas haya modificado su aspecto y así podía haber sido en el caso de mis muchachas de Balbec. Nos alaban la dulzura, la pureza de una virgen, pero después tenemos la sensación de que algo más picante nos gustaría más y le aconsejamos que se muestre más atrevida. ¿Era, en sí misma, más una o la otra? Tal vez no, sino que podía acceder a tantas posibilidades diversas en la vertiginosa corriente de la vida. En el caso de otra cuyo entero atractivo radicaba en algo implacable (que pensábamos ablandar a nuestro modo), como, por ejemplo, la terrible saltarina de Balbec que rozaba en sus brincos los cráneos de los ancianos espantados, ¡qué decepción cuando, en la nueva faz brindada por esa cara, en el momento en que le decíamos palabras tiernas exaltadas por el recuerdo de tanta dureza para con los otros, la oíamos, para empezar, decirnos que era tímida, que nunca sabía decir nada sensato a nadie la primera vez, por el tremendo miedo que sentía, y que hasta pasados quince días no podría hablar tranquilamente con nosotros! El acero se había vuelto algodón, ya no tendríamos nada que intentar domeñar, ya que ella misma perdía toda su consistencia: por sí misma, pero tal vez por nuestra culpa, pues las tiernas palabras que habíamos dirigido a la dureza tal vez le hubieran sugerido —aun sin que hubiese concebido un cálculo interesado— la necesidad de mostrarse tierna. (Cosa que nos desolaba, pero era sólo a medias torpe, pues el agradecimiento por tanta dulzura tal vez fuera a obligarnos a algo más que el arrobamiento ante la crueldad doblegada.) No digo que no llegue un día en que no asignemos —ni siquiera a esas luminosas muchachas— caracteres muy marcados, pero será porque habrán dejado de interesarnos, su entrada ya no será para nuestro corazón la aparición que esperaba y todas las veces lo deja trastornado con nuevas encarnaciones. Su inmovilidad se deberá a nuestra indiferencia, que las entregará al juicio del entendimiento. Por lo demás, éste no concluirá de forma mucho más categórica, pues, después de haber juzgado que determinado defecto, predominante en una, estaba afortunadamente ausente en la otra, verá que su contrapartida era una cualidad preciosa. De modo, que del falso juicio de la inteligencia, que no entra en juego hasta que dejamos de interesarnos, saldrán definidos caracteres estables de muchachas, los cuales no nos revelarán más que las sorprendentes caras aparecidas todos los días, cuando, con la asombrosa velocidad de nuestra previsión, nuestras amigas se presentaban todos los días, todas las semanas, demasiado diferentes para permitirnos —al no cesar la carrera— clasificar, atribuir rangos. Para nuestros sentimientos —ya hemos hablado con demasiada frecuencia de ello para repetirlo— un amor no es muy a menudo sino la asociación de una imagen de muchacha —que, sin ello, nos habría resultado muy pronto insoportable— con los latidos de corazón inseparables de una espera interminable y vana y de un plantón que la señorita nos ha dado. Todo ello es aplicable sólo a los jóvenes imaginativos ante las muchachas cambiantes. Desde el momento al que nuestro relato ha llegado, parece —y lo supe más adelante— que la sobrina de Jupien había cambiado de opinión sobre Morel y sobre el Sr. de Charlus. Mi mecánico, como refuerzo del amor que ella sentía por Morel, le había alabado —como propias del violinista— delicadezas infinitas a las que se sentía demasiado inclinado a dar crédito y, por otra parte, Morel no dejaba de explicarle el papel de verdugo que el Sr. de Charlus ejercía para con él y que ella, al no adivinar el amor, atribuía a la maldad. Por lo demás, no le quedaba más remedio que comprobar que el Sr. de Charlus asistía tiránicamente a todas sus entrevistas y oía a las mujeres de mundo hablar —cosa que contribuía a corroborarlo— de la atroz maldad del barón. Ahora bien, desde hacía poco su juicio se había invertido enteramente. Había descubierto en Morel —sin por ello dejar de amarlo— profundidades de maldad y perfidia, compensadas, por lo demás, por una dulzura frecuente y una sensibilidad real, y en el Sr. de Charlus una insospechable e inmensa bondad, mezclada con durezas que no conocía. De modo, que no había sabido concebir un juicio más definido sobre lo que eran, cada cual en sí, el violinista y su protector que yo sobre Andrée, pese a verla todos los días, y sobre Albertine, quién vivía conmigo.
Las noches en que esta última no me leía en voz alta, lo que hacía era interpretarme música o entablar conmigo partidas de damas o charlas, que yo interrumpía —tanto unas como otras— para besarla. Nuestras relaciones eran de una sencillez que las volvía apacibles. El propio vacío de su vida infundía a Albertine algo así como solicitud y obediencia para las únicas cosas que yo le reclamaba. Detrás de aquella muchacha, como detrás de la luz purpúrea que caía a los pies de mis cortinas en Balbec, mientras estallaba el concierto de los músicos, se nacaraban las ondulaciones azulinas del mar. ¿Acaso no era, en efecto, ella —en cuyo fondo radicaba de forma habitual una idea de mí tan familiar, que tal vez fuera yo, después de su tía, la persona a la que menos distinguía de sí misma— la muchacha, desconocida aún, a la que, bajo su gorra de polo y con sus insistentes y risueños ojos, había yo visto por primera vez en Balbec, delgada como una silueta perfilada sobre la ola? Esas efigies conservadas intactas en la memoria, cuando volvemos a verlas, nos asombran con su desemejanza respecto de la persona que conocemos; comprendemos el trabajo de modelado que hace cotidianamente la costumbre. En el encanto que tenía Albertine en París, en el rincón de mi chimenea, vivía aún el deseo que me había inspirado el insolente y florido cortejo que se desarrollaba a lo largo de la playa y, así como Rachel conservaba para Saint-Loup, incluso cuando él la había hecho abandonarlo, el prestigio de la vida del teatro, así también en Albertine, enclaustrada en mi casa, lejos de Balbec, de donde la había yo traído precipitadamente, subsistían la emoción, el desasosiego social, la vanidad inquieta y los deseos errantes de la vida de balneario. Estaba tan bien enjaulada, que algunas noches yo no mandaba a decirle que abandonara su alcoba y viniera a la mía, ella, a la que en tiempos todo el mundo seguía, a la que tanto me costaba alcanzar, cuando corría en su bicicleta, y que ni siguiera el ascensorista podía traerme, con lo que apenas conservaba yo la esperanza de que viniera, y a la que, sin embargo, esperaba toda la noche. ¿Acaso no había sido Albertine delante del hotel como una gran actriz de la playa ardiente que inspiraba envidia, cuando avanzaba en aquel teatro natural, sin hablar con nadie, atropellando a los asiduos, dominando a sus amigas? ¿Y acaso no era ella esa actriz tan codiciada, que, tras retirarla yo de la escena y encerrarla en mi casa, estaba al abrigo de los deseos de todos los que en adelante podían buscarla en vano, ya fuera en mi habitación o en la suya, donde se dedicaba a dibujar o cincelar?
Desde luego, en los primeros días de Balbec Albertine parecía encontrarse en un plano paralelo a aquel en que yo vivía, pero que se había aproximado a él (cuando había yo estado en casa de Elstir) y después lo había alcanzado, paralelamente a mis relaciones con ella, en Balbec, en París y después en Balbec de nuevo. Por lo demás, entre los dos cuadros de Balbec, en mi primera estancia y en la segunda, con las mismas quintas de las que salían las mismas muchachas delante del mismo mar, ¡qué diferencia! En las amigas de Albertine de la segunda estancia, tan bien conocidas mías, con cualidades y defectos tan claramente grabados en su rostro, ¿podía yo volver a ver a aquellas lozanas y misteriosas desconocidas que en tiempos no podían hacer —sin que yo sintiera palpitaciones— chirriar sobre la arena la puerta de su hotelito y chafar de paso los tamariscos trémulos? Sus grandes ojos se habían hundido después, seguramente porque habían dejado de ser niñas, pero también porque aquellas arrebatadoras desconocidas, actrices del novelesco primer año y sobre las cuales no cesaba yo de buscar informaciones, carecían ya de misterio para mí. Se habían vuelto para mí —obedientes a mis caprichos— simples muchachas en flor, cuya más bella rosa había cogido yo —y no me sentía poco orgulloso de ello— a escondidas de todos.
Entre los dos ambientes —tan diferentes uno de otro— de Balbec, había el intervalo de varios años en París, en cuyos largos recorridos se situaban tantas visitas de Albertine. La veía yo en los diferentes años de mi vida ocupando en relación conmigo posiciones diferentes que me hacían sentir la belleza de los espacios interferidos, ese largo tiempo pasado en el que no la había visto, y sobre cuya diáfana profundidad se modelaba con misteriosas sombras y un relieve imponente la rosada persona que tenía ante mí. Por lo demás, se debía a la superposición no sólo de las imágenes sucesivas que Albertine había sido para mí, sino también de las grandes cualidades de inteligencia y corazón, de los defectos de carácter, unas y otros insospechados para mí, que Albertine —en una germinación, una multiplicación de sí misma, una eflorescencia carnosa de colores sombríos— había añadido a una naturaleza en tiempos casi nula y ahora difícil de profundizar, pues, si bien las personas —incluso aquellas con las que hemos soñado tanto, que nos parecían simplemente una imagen, una figura de Benozzo Gozzoli que se destacaba sobre un fondo verdoso y respecto de las cuales estábamos dispuestos a creer que las únicas variaciones se debían al punto en que estábamos situados para mirarlas, a la distancia que nos alejaba de ellas, a la iluminación— cambian en relación con nosotros, también lo hacen en sí mismas y en la figura en tiempos simplemente perfilada sobre el mar había habido enriquecimiento, solidificación y aumento de volumen. Por lo demás, no era sólo el mar al final del día el que vivía para mí en Albertine, sino a veces también el adormecimiento del mar sobre el arenal en las noches con luz de luna. En efecto, a veces, cuando me levantaba para ir a buscar un libro en el despacho de mi padre, mi amiga, que me había pedido permiso para tumbarse durante ese tiempo, estaba tan cansada por la larga caminata de la mañana y de la tarde al aire libre, que, aunque yo hubiese permanecido sólo un instante fuera de mi habitación, al volver a ella, me encontraba a Albertine dormida y no la despertaba. Tumbada de la cabeza a los pies en mi cama, en una actitud tan natural, que no se habría podido inventar, me recordaba a un tallo en flor que hubiesen colocado en ella y así era, en efecto: en esos instantes junto a ella, recuperaba la capacidad de soñar, que sólo tenía en su ausencia, como si, al dormir, se hubiera vuelto una planta. Con ello su sueño realizaba, en cierta medida, la posibilidad del amor; a solas, podía pensar en ella, pero me faltaba, no la poseía. Cuando ella estaba presente, yo le hablaba, pero estaba demasiado ausente de mí mismo para poder pensar. Cuando dormía, ya no tenía yo que hablar, sabía que ya no me miraba, ya no tenía necesidad de vivir en la superficie de mí mismo. Al cerrar los ojos, al perder la conciencia, Albertine había despojado, uno tras otro, sus diferentes caracteres de humanidad que me habían decepcionado desde el día en que la había conocido. Ya sólo la animaba la vida inconsciente de los vegetales, de los árboles, vida más diferente de la mía, más extraña, y que, sin embargo, me pertenecía más. Su yo no se escapaba a cada momento, como cuando hablábamos, por las tangentes del pensamiento inconfesado y de la mirada. Había devuelto a sí misma todo lo que era en el exterior, se había refugiado, encerrado, condensado en su cuerpo. Al mantenerla ante mi mirada, en mis manos, tenía la impresión —ausente cuando estaba despierta— de poseerla entera. Su vida me estaba sometida, exhalaba hacia mí su ligero hálito. Yo escuchaba esa murmurante emanación misteriosa, dulce como un zafiro marino, mágica como aquella luz de la luna, que era su sueño. Mientras persistía, yo podía soñar con ella y, sin embargo, mirarla y, cuando ese sueño se volvía más profundo, tocarla, besarla. Lo que entonces experimentaba era un amor ante algo tan puro, tan inmaterial, tan misterioso como si me hubiera encontrado ante las criaturas inanimadas que son las bellezas de la naturaleza y, en efecto, en cuanto se dormía un poco profundamente, dejaba de ser sólo la planta que había sido y su sueño, al borde del cual soñaba yo con una fresca voluptuosidad de la que no me habría hastiado nunca y que habría podido saborear indefinidamente, era para mí todo un paisaje. Su sueño situaba a mi lado algo tan apacible, tan sensualmente delicioso, como en aquellas noches de luna llena, en la bahía de Balbec, tan apacible como un lago, en las que las ramas apenas se mueven y, tumbados en la arena, escucharíamos sin fin romper el reflujo.
Al entrar en la habitación, me había quedado de pie en el umbral sin atreverme a hacer ruido y no oía otro que el de su aliento que iba a expirar en sus labios, a intervalos intermitentes y regulares, como un reflujo, pero más adormecido y más dulce y, en el momento en que mi oído recogía ese sonido divino, me parecía que era —condensada en él— toda la persona, toda la vida de la encantadora cautiva, extendida ahí ante mis ojos. Por la calle pasaban coches ruidosos, pero su rostro permanecía tan inmóvil, tan puro, y su aliento tan ligero, reducido a la simple expiración del aire necesaria. Después, al ver que no resultaría turbado su sueño, avanzaba prudente, me sentaba en la silla que estaba junto a la cama y después en la propia cama. Pasé veladas encantadoras hablando, jugando, con Albertine, pero nunca tan dulces como cuando la miraba dormir. De nada servía que tuviera, al charlar, al jugar a las cartas, esa naturalidad que una actriz no habría podido imitar: la que me ofrecía el sueño era una naturalidad más profunda, una naturalidad de segundo grado. Su melena, que bajaba a lo largo de su rosado rostro, estaba situada junto a ella en la cama y a veces un mechón aislado y derecho hacía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares, menudos y pálidos, que vemos, muy derechos, en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. En cambio, si los labios de Albertine estaban cerrados, por el modo como estaba yo situado, sus párpados parecían tan poco ajustados, que casi habría podido preguntarme si de verdad estaba dormida. Aun así, aquellos párpados bajados infundían a su rostro esa continuidad perfecta que no interrumpen los ojos. Hay personas cuya cara adquiere una belleza y una majestad desacostumbradas a poco que dejen de tener mirada. Yo medía con los ojos a Albertine tendida a mis pies. A veces, la recorría una agitación ligera e inexplicable como los follajes que una brisa inesperada convulsiona por unos instantes. Se tocaba el pelo y después, al no haberlo hecho como quería, volvía a llevarse la mano hasta él con movimientos tan seguidos, tan voluntarios, que me convencían de que iba a despertarse. En modo alguno: recobraba la calma en el sueño que no había perdido. En adelante seguía inmóvil. Se había puesto la mano sobre el pecho con un abandono del brazo tan ingenuamente pueril, que, al contemplarla, me veía obligado a reprimir la sonrisa que con su seriedad, su inocencia y su gracia, nos inspiran los niños. A mí, que conocía a varias Albertines en una sola, me parecía ver muchas otras descansar junto a mí. Sus cejas arqueadas, como no las había visto nunca, rodeaban los globos de sus párpados como un dulce nido de alción. Razas, atavismos, vicios descansaban en su rostro. Siempre que desplazaba la cabeza, creaba una mujer nueva, con frecuencia insospechada para mí. Me parecía que no poseía a una, sino a innumerables muchachas. Su respiración, cada vez más profunda, elevaba regularmente su pecho y, por encima de éste, sus manos cruzadas, sus perlas, desplazadas de forma diferente por el mismo movimiento, como esas barcas, esas cadenas de amarre que hace oscilar el movimiento de la ola. Entonces, al notar que el sueño estaba en su momento más profundo y que no chocaría con escollos de conciencia, cubiertos ahora por el pleno mar del sueño profundo, saltaba yo, deliberadamente y sin hacer ruido, a la cama, me acostaba junto a ella, le cogía la cintura con uno de mis brazos, ponía mis labios sobre su mejilla y su corazón y después posaba sobre todas las partes de su cuerpo la mano que me había quedado libre y que era elevada también, como las perlas, por la respiración de Albertine; yo mismo me veía ligeramente desplazado por su movimiento regular. Me había embarcado en el sueño de Albertine.
A veces, me hacía saborear un placer menos puro. Para ello no necesitaba movimiento alguno, pegaba mi pierna a la suya, como un remo que se deja arrastrar y al que se imprime de vez en cuando una oscilación ligera, semejante al batir intermitente del ala que experimentan la aves que duermen en el aire. Para mirarla, elegía esa faz de su rostro que no se veía nunca y que era tan hermosa. Se comprende, si acaso, que las cartas que nos escribe alguien sean casi semejantes entre sí y tracen una imagen bastante diferente de la persona a la que conocemos para que constituyan una segunda personalidad, pero, ¡cuánto más extraño es que una mujer quede juntada —como Rosita a Doodica— a otra cuya belleza diferente hace inducir otro carácter y que para ver a una haya que colocarse de perfil y para la otra de cara! Al volverse más fuerte el sonido de su respiración, podía dar la falsa ilusión del jadeo del placer y, cuando el mío tocaba a su fin, podía besarla sin haber interrumpido su sueño. En esos momentos me parecía que acababa de poseerla más completamente, como algo inconsciente y sin resistencia de la muda naturaleza. No me inquietaban las palabras que ella dejaba a veces escapar al dormir, su significado me eludía y, por lo demás, fuera cual fuese la persona desconocida a la que hubieran designado, en mi mano, en mi mejilla, era en las que su mano, a veces animada por un ligero estremecimiento, se crispaba un instante. Yo saboreaba su sueño con un amor desinteresado y apaciguador, así como permanecía horas escuchando el romper de una ola. Tal vez sea necesario que las personas nos hagan sufrir mucho para que en los momentos de remisión nos procuren esa misma calma apaciguadora de la naturaleza. No tenía que responderle como cuando hablábamos e incluso habría podido callarme, como hacía también, cuando hablaba ella, y, al oírla hablar, no penetraba tan profundamente en las profundidades de su ser. Al seguir oyendo, al recoger de instante en instante, el murmurio, apaciguador como una brisa imperceptible, de su puro aliento, lo que tenía ante mí era toda una existencia fisiológica; me habría quedado mirándola, escuchándola, tanto tiempo como cuando permanecía en tiempos tumbado en la playa, a la luz de la luna. A veces parecía que la mar se ponía gruesa, que se dejaba sentir la tormenta hasta la bahía, y me ponía como ella a escuchar el rugido de su aliento, al roncar.
A veces, cuando ella tenía demasiado calor, se quitaba, casi dormida ya, el quimono y lo arrojaba a un sillón. Mientras dormía, yo me decía que todas sus cartas estaban en el bolsillo interior de dicho quimono, donde siempre las guardaba. Una firma, una cita concedida, habrían servido para demostrar una mentira o disipar una sospecha. Cuando notaba que el sueño de Albertine era muy profundo, bajaba al pie de su cama, donde la contemplaba desde hacía mucho sin hacer un movimiento, y, presa de una curiosidad ardiente, al sentir el secreto de aquella vida ofrecido, fláccido y sin defensa, en aquel sillón, aventuraba un paso. Tal vez diera yo aquel paso también porque contemplar a alguien que duerme sin moverse acaba fatigando y así, de puntillas, volviéndome sin cesar para cerciorarme de que Albertine no se había despertado, me acercaba al sillón. Ahí me detenía, me quedaba largo rato mirando el quimono, como me había quedado largo rato contemplando a Albertine, pero nunca lo toqué —y tal vez hiciera mal— ni metí la mano en el bolsillo ni miré las cartas. Al final, al ver que no me decidiría, volvía de puntillas junto a la cama de Albertine y de nuevo me ponía a contemplarla dormir, a ella, que no me decía nada, mientras yo veía sobre un brazo del sillón aquel quimono que tal vez me habría revelado muchas cosas y, así como hay quienes alquilan a cien francos por día una habitación en el hotel de Balbec para respirar el aire del mar, a mí me parecía de lo más natural gastar mucho más que eso por ella, ya que tenía su aliento junto a mi mejilla, en su boca, que entreabría con la mía, a la que pasaba por mi lengua su vida.
Pero a aquel placer de verla dormir, y que era tan dulce como el de sentirla vivir, otro le ponía fin: el de verla despertarse. Era —en grado más profundo y misterioso— el de que viviese en mi casa. Sin lugar a dudas, me resultaba grato por la tarde, cuando se apeaba del coche, que fuese a mi piso al que volviera. Más me lo resultaba que, cuando, desde el fondo del sueño, volvía a subir los últimos peldaños de la escalera de los sueños, fuese en mi habitación en la que renaciera a la conciencia y a la vida, se preguntara por un instante: «¿Dónde estoy?», y, al ver los objetos que la rodeaban, la lámpara cuya luz apenas hacía pestañear los ojos, pudiera responderse que estaba en su casa, al comprobar que se despertaba en la mía. En aquel primer momento delicioso de incertidumbre, me parecía que tomaba de nuevo posesión de ella más completamente, ya que, en lugar de que, después de haber salido, entrara en su habitación, la mía era la que, en cuanto Albertine la reconociese, iba a rodearla, contenerla, sin que los ojos de mi amiga manifestaran turbación alguna, sino que permanecerían tan apacibles como si no hubiese dormido. Su silencio, no su mirada, era el que revelaba la vacilación del sueño.
Recuperaba el habla y decía: «Mi...» o «Mi querido», seguidos uno y otro de mi nombre de pila, lo que, al atribuir al narrador el mismo nombre que al autor de este libro, habría sido: «Mi Marcel», «Mi querido Marcel». Por esa razón yo ya no permitía que mis padres, al llamarme también «querido», privaran de su excepcionalidad aquellas deliciosas palabras que me decía Albertine. Al tiempo que las pronunciaba, hacía un mohín que cambiaba por sí misma en beso. Tan aprisa como se había dormido, hacía un rato, se había despertado.
Aquel enriquecimiento real, aquel progreso autónomo de Albertine, no eran —como tampoco mi desplazamiento en el tiempo, la contemplación de una muchacha sentada junto a mí bajo la lámpara, que la iluminaba de forma distinta que el sol, cuando de pie avanzaba a lo largo del mar— la causa importante de la diferencia que había entre mi forma de verla en aquel momento y al comienzo en Balbec. Un mayor número de años habría podido separar las dos imágenes sin propiciar un cambio tan completo; se había producido, esencial y repentino, cuando me había enterado de que mi amiga había sido casi criada por la amiga de la Srta. Vinteuil. Si en tiempos me había yo exaltado al creer ver misterio en los ojos de Albertine, ahora sólo era feliz cuando de aquellos ojos, de aquellas mejillas mismas, reflectantes como ojos, antes tan dulces, pero en seguida hurañas, lograba expulsar cualquier misterio. La imagen que buscaba, con la que me reposaba, junto a la cual me habría gustado morir, ya no era la de Albertine con una vida desconocida, era una Albertine conocida al máximo por mí (y ésa es la razón por la que aquel amor no podía ser duradero sin dejar de ser desdichado, pues, por definición, no satisfacía el deseo de misterio), era una Albertine que no reflejaba un mundo lejano, pero que no deseaba otra cosa —había instantes en que, en efecto, parecía ser así— que estar conmigo, semejante en todo a mí, una Albertine imagen de lo que era precisamente mío y no de lo desconocido. Cuando de una hora de angustia en relación con una persona, de la incertidumbre sobre si podremos retenerla o se escapará, ha nacido, así, un amor, lleva la marca de esa revolución que lo creó, recuerda muy poco a lo que habíamos visto hasta entonces, al pensar en esa misma persona, y mis primeras impresiones ante Albertine, al borde de las olas, podían subsistir, en pequeña medida, en mi amor por ella: en realidad, esas impresiones anteriores ocupan tan sólo un lugar mínimo en un amor de esa clase, en su fuerza, en su sufrimiento, en su necesidad de dulzura y su refugio en un recuerdo apacible, apaciguador, al que nos gustaría atenernos y no saber nada más de aquella a la que amamos, aun cuando hubiera algo odioso que saber: ¡semejante amor radica en algo muy distinto! A veces yo apagaba la lámpara antes de que ella entrara. En la obscuridad, apenas guiada por la luz de un tizón, se acostaba a mi lado. Sólo mis manos, mis mejillas la reconocían sin que mis ojos —mis ojos, que con frecuencia tenían miedo de encontrarla cambiada— la vieran. De modo que, gracias a aquel amor ciego, tal vez se sintiese bañada por más ternura que de costumbre.
Yo me desvestía, me acostaba y, sentada Albertine en un extremo de la cama, reanudábamos nuestra partida o nuestra conversación interrumpida por besos y en el deseo, que es lo único que nos hace sentir interés por la existencia y el carácter de una persona, nos mantenemos tan fieles a nuestra naturaleza, mientras que, en cambio, abandonamos sucesivamente a las diferentes personas amadas, unas tras otras, por nosotros, que en cierta ocasión, al vislumbrarme en el espejo en el momento en que besaba a Albertine y la llamaba «mi niña», la triste y apasionada expresión de mi propio rostro, semejante a como habría sido en otro tiempo junto a Gilberte y que yo ya no recordaba, a lo que sería tal vez un día junto a otra, si llegaba a olvidar a Albertine, me hizo pensar que, independientemente de las consideraciones de persona (pues el instinto hace que consideremos a la actual la única verdadera), estaba yo cumpliendo con los deberes de una devoción ardiente y dolorosa dedicada como una ofrenda a la juventud y la belleza de la mujer. Y, sin embargo, con ese deseo que honra con un «exvoto» a la juventud y también con los recuerdos de Balbec, se mezclaba —en la necesidad que tenía yo de mantener todas las noches a Albertine a mi lado— algo que había sido ajeno a mi vida, al menos la amorosa, hasta entonces, aun cuando no fuese enteramente nuevo en ella. Era una capacidad de apaciguamiento como no había experimentado yo desde las lejanas noches de Combray, en que mi madre, inclinada sobre mi cama, venía a traerme el sosiego con un beso. Cierto es que en aquella época, si me hubiesen dicho que yo no era del todo bueno y sobre todo que alguna vez intentaría privar a alguien de un placer, me habría extrañado mucho. Seguramente me conocía a mí mismo muy mal entonces, pues mi placer de tener a Albertine viviendo en mi casa era mucho menos un placer positivo que el de haber retirado del mundo, donde todos podían disfrutarla, a su vez, a la muchacha en flor que, aunque no me procurara un gran gozo, al menos privaba a los otros de él. La ambición, la gloria, me habrían dejado indiferente. Aún más me sentía incapaz de experimentar el odio y, sin embargo, amar carnalmente era, de todos modos, para mí gozar de un triunfo sobre tantos competidores. Nunca me cansaré de decirlo: más que nada, era un apaciguamiento.
Por mucho que hubiese yo dudado de Albertine, antes de que hubiera vuelto a casa, y la hubiese imaginado en la habitación de Montjouvain, una vez que se había sentado en bata frente a mi sillón o —si, como era más frecuente, yo había seguido tumbado— al pie de mi cama, le atribuía mis dudas, se las entregaba para que ella me las disipara, con la abdicación de un creyente que pronuncia su oración. Podía haber pasado toda la velada, traviesamente ovillada como una bola, jugando conmigo como una gran gata; su naricilla rosada, disminuida aún más en la punta con una mirada coqueta que le atribuía la finura privilegiada de ciertas personas un poco gruesas, había podido infundirle un semblante travieso y encendido, había podido dejar caer un mechón de su largo pelo negro sobre su mejilla de cera rosada y, tras cerrar a medias los ojos y descruzar los brazos, haber parecido decirme: «Haz conmigo lo que quieras». Cuando, en el momento de separarse de mí, se me acercaba para darme las buenas noches, la dulzura, que había llegado a ser casi familiar, era lo que yo besaba a los dos lados de su potente cuello, que entonces nunca me parecía lo bastante moreno ni granulado, como si esas sólidas cualidades hubieran estado en relación con alguna bondad leal en Albertine.
«¿Vendrás con nosotras mañana, niño malo?», me preguntaba antes de dejarme. «¿Adónde vais a ir?». «Dependerá del tiempo y de ti. ¿Has escrito algo antes, al menos, queridito mío? ¿No? Entonces más valía que hubieras venido a pasear. A propósito, dime: antes, cuando he vuelto, ¿has reconocido mis pasos? ¿Has adivinado que era yo?». «Naturalmente. ¡Cómo iba a equivocarme! ¿Acaso no reconocería de entre mil los pasos de mi pocholita? Y que me permita descalzarla antes de que vaya a acostarse me dará mucho gusto. Estás tan simpática y tan rosada con toda esa blancura de encaje...».
Así le respondía yo; entre las expresiones carnales, el lector reconocerá otras propias de mi madre y mi abuela, pues, poco a poco, iba pareciéndome a todos mis parientes: a mi padre, que —de forma muy distinta a la mía, desde luego, pues, si bien las cosas se repiten, lo hacen con grandes variaciones— tanto se interesaba por el tiempo que hacía, y no sólo a mi padre, sino también y cada vez más a mi tía Léonie, enteramente impregnada de devoción y con quien yo —tan apasionado por los placeres, totalmente distinto en apariencia de aquella maníaca, quien nunca había conocido ninguno y se pasaba todo el día rezando el rosario, yo, que sufría por no poder hacer realidad una vida literaria, mientras que ella había sido la única persona de la familia que no había podido comprender aún que leer era algo diferente de pasar el tiempo y «divertirse», lo que volvía, incluso en época pascual, permisible la lectura en domingo, día en el que cualquier ocupación seria está prohibida a fin de que sea únicamente santificado por la oración— habría jurado no tener ni un punto en común. De no haber sido por eso, Albertine no habría podido ser para mí otra cosa que una razón para salir, para no dejarla sola, sin mi control. Ahora bien, aunque todos los días encontrara yo la causa en una indisposición particular, lo que con tanta frecuencia me obligaba a permanecer acostado no era Albertine, no una persona a la que yo amaba, sino una —transmigrada en mí, despótica hasta el punto de hacer callar a veces mis sospechas celosas o al menos ir a ver si tenían o no fundamento— con mayor poder sobre mí que una amada: mi tía Léonie. ¿Era bastante que me pareciera con exageración a mi padre hasta el extremo de no contentarme con consultar, como él, el barómetro, sino volverme yo también un barómetro vivo? ¿Era bastante que me dejara gobernar por mi tía Léonie para quedarme observando el tiempo, pero desde mi habitación o incluso desde mi cama? Resulta que así mismo hablaba yo entonces a Albertine: ora como el niño que había sido en Combray hablando a mi madre ora como mi abuela. Cuando hemos superado cierta edad, el alma del niño que fuimos y la de los muertos de los que procedemos vienen a arrojarnos a puñados sus riquezas y sus infortunios y pretenden cooperar con los nuevos sentimientos que experimentamos y en los que los refundamos —borrando su antigua efigie— en una creación original. Así, todo mi pasado desde mis años más antiguos y, más allá de éstos, el pasado de mis padres mezclaban con mi impuro amor por Albertine la dulzura de un cariño a la vez filial y maternal. A partir de cierto momento, debemos recibir a todos nuestros parientes llegados de tan lejos y reunidos en torno a nosotros.
Antes de que Albertine me hubiera obedecido y se hubiese quitado los zapatos, yo le entreabría la blusa. Sus dos senitos erguidos eran tan redondos, que, más que formar parte de su cuerpo, parecían haber madurado en él como dos frutos y su vientre —disimulando el lugar que en el hombre se afea como con el gancho que queda en una estatua arrancada— se volvía a cerrar, en la confluencia de los muslos, mediante dos valvas de una curva tan adormecida, tan relajante, tan claustral como la del horizonte cuando ha desaparecido el sol. Se quitaba los zapatos y se acostaba junto a mí.
¡Oh, grandes actitudes del Hombre y de la Mujer en las que intenta unirse, con la inocencia de los primeros días y la humildad de la arcilla, lo que la Creación ha separado, en las que Eva está asombrada y sumisa ante el Hombre junto al cual se despierta, como él mismo, aún solo, ante Dios, que lo formó! Albertine anudaba los brazos detrás de su melena negra, con la abultada cadera y la pierna caída con una inflexión de cuello de cisne que se alarga y se curva para volver sobre sí mismo. Sólo había un aspecto de su cara —tan buena y tan hermosa de frente— que, cuando estaba totalmente de lado, no podía yo soportar, que —ganchudo como en ciertas caricaturas de Leonardo— parecía revelar la maldad, la codicia de ganancia, la perfidia de una espía, cuya presencia en mi casa me habría horrorizado y parecía desenmascarada por esos perfiles. Al instante cogía yo la cara de Albertine con mis manos y volvía a ponerla de frente.
«Sé bueno, prométeme que, si mañana no vienes con nosotras, trabajarás», decía mi amiga, mientras volvía a ponerse la blusa. «Sí, pero no te pongas aún la bata». A veces acababa durmiéndome a su lado. La habitación se había enfriado y hacía falta leña. Yo intentaba encontrar el timbre a mi espalda; no lo conseguía, tras palpar todos los barrotes de cobre que no eran aquéllos entre los cuales colgaba, y decía a Albertine, quien había saltado de la cama para que Françoise no nos viera uno junto al otro: «No, vuelve a subir un segundo, que no encuentro el timbre».
Instantes dulces, alegres, inocentes en apariencia y en los que, sin embargo, se acumula la posibilidad del desastre, lo que hace de la vida amorosa la más marcada de todas por los contrastes, aquella en que la lluvia imprevisible de azufre y pez cae después de los momentos más risueños y en la que después, sin tener el valor de sacar las enseñanzas que se desprenden de la desgracia, volvemos a construir inmediatamente en los flancos del cráter, de donde no podrá salir otra cosa que la catástrofe. Yo tenía la despreocupación de quienes creen duradera su felicidad. Precisamente porque esa dulzura ha sido necesaria para engendrar el dolor —y volverá, por lo demás, a calmarlo mediante intermitencias— pueden los hombres ser sinceros con el prójimo e incluso consigo mismos, cuando se vanaglorian de la bondad de una mujer para con ellos, aunque, mirándolo bien, por su relación circula constantemente —de forma secreta, inconfesada a los demás o revelada involuntariamente por preguntas, averiguaciones— una inquietud dolosa, pero ésta no habría podido nacer sin el dolor previo; incluso después, el dolor intermitente es necesario para volver soportable el sufrimiento y evitar las rupturas y la disimulación del infierno secreto que es la vida común con esa mujer, hasta la ostentación de una intimidad cuya dulzura se alega, expresa un punto de vista verdadero, un vínculo general del efecto con la causa, uno de los modos como resulta posible la producción del dolor.
Ya no me asombraba que Albertine estuviera allí y fuese a salir el día siguiente sólo conmigo o con la protección de Andrée. Esas costumbres de vida en común, esas grandes líneas que delimitaban mi existencia y dentro de las cuales nadie, excepto Albertine, podía penetrar y también las líneas lejanas, paralelas a éstas y más vastas —en el plano futuro, aún desconocido para mí, de mi vida ulterior, como el trazado por un arquitecto para monumentos que no se erigirán hasta mucho después— mediante las cuales se esbozaba en mí, como una ermita aislada, la fórmula un poco rígida y monótona de mis amores futuros, habían sido trazadas, en realidad, aquella noche en Balbec en la que, después de que Albertine me revelara en el tren-tranvía quién la había criado, había querido yo a toda costa substraerla a ciertas influencias e impedirle estar alejada de mi presencia durante unos días. Se habían sucedido los días y aquellas costumbres se habían vuelto maquinales, pero, como en el caso de esos ritos cuyo significado intenta reencontrar la Historia, habría podido yo decir —y no lo habría deseado— a quien me hubiera preguntado lo que significaba aquella vida retirada, en la que me secuestraba a mí mismo hasta el punto de no ir ya al teatro, que se debía a la ansiedad de una noche y la necesidad de demostrarme a mí mismo en días posteriores que aquella de cuya enojosa infancia me había enterado no tendría la posibilidad, si la hubiera deseado, de exponerse a las mismas tentaciones. Yo ya raras veces pensaba en esas posibilidades, pero, aun así, debían de permanecer vagamente presentes en mi conciencia. Su destrucción —o el intento de lograrla— día tras día era seguramente el motivo por el que me resultaba tan dulce besar aquellas mejillas que no eran más hermosas que muchas otras; bajo toda dulzura carnal un poco profunda hay la permanencia de un peligro.
Había yo prometido a Albertine que, si no salía con ella, volvería a dedicarme al trabajo, pero, el día siguiente, como si, aprovechando nuestros sueños, la casa hubiera viajado milagrosamente, me desperté con un tiempo distinto, en otro clima. No se trabaja en el momento en que se desembarca en un país nuevo, a cuyas condiciones hay que adaptarse. Ahora bien, todos los días eran para mí países diferentes. ¿Cómo iba yo a reconocer mi propia pereza bajo las formas nuevas que adoptaban? Unas veces, en días irremediablemente malos, según decían, nada, salvo la residencia en la casa situada en medio de una lluvia igual y continua, presentaba la deliciosa calma, el silencio sedante, el interés de una navegación; otra vez, en un día claro, permanecer inmóvil en mi cama era dejar girar las sombras en torno a mí como en torno a un tronco de árbol. En otras ocasiones, con los primeros sones de campanas de un convento vecino, tan escasos como las devotas matinales, que apenas blanqueaban el cielo obscuro con sus aguaceros inciertos creados y dispersados por el viento tibio, había yo advertido uno de esos días tempestuosos, desordenados y gratos, en que los tejados, mojados por una ola intermitente que seca un soplo o un rayo, dejan deslizar, arrullándose, una gota de lluvia y, en espera de que el viento vuelva a virar, pulen, al sol momentáneo que los irisa, sus pizarras tornasoladas; uno de esos días con tantos cambios de tiempo, incidentes aéreos, tormentas, que el perezoso no cree haberlos perdido, porque se ha interesado por la actividad desplegada, a falta de él, por la atmósfera, actuando en cierto modo en su lugar; días —semejantes a las épocas de motines o de guerra— que no parecen vacíos a un colegial que ha decidido hacer novillos, porque en los alrededores del Palacio de Justicia o leyendo los periódicos tiene la falsa ilusión de encontrar en los acontecimientos habidos, a falta del trabajo que no ha hecho, un provecho para su inteligencia y una excusa para su ociosidad; días, por último, con los que se pueden comparar los marcados en nuestra vida por alguna crisis excepcional de cuyo posible desenlace feliz quien nunca ha hecho nada cree poder obtener costumbres laboriosas: por ejemplo, es la mañana en que sale para un duelo que va a celebrarse en condiciones particularmente peligrosas; entonces se le aparece de repente —en el momento en que tal vez vayan a quitársela— el valor de una vida que habría podido aprovechar para comenzar una obra o simplemente disfrutar de los placeres, cosa que no ha sabido hacer en absoluto. «Si pudiera conseguir que no me mataran», piensa, «¡cómo volvería a dedicarme al trabajo al cabo de un minuto y, además, cómo me divertiría!». En efecto, la vida ha adquirido de repente para él un valor mayor, porque le atribuye todo lo que parece que podría dar, al parecer, y no lo poco que obtiene de ella habitualmente. La ve conforme a su deseo, no con el cariz que, como su experiencia le ha enseñado, sabía atribuirle, es decir, tan mediocre. Está al instante llena de los trabajos, los viajes, las excursiones por montañas, todas las cosas bellas que el resultado funesto de ese duelo podría —se dice— volver imposibles, sin pensar en que lo eran ya antes de que se plantease siquiera el duelo, por malos hábitos que, aun sin éste, habrían continuado. Regresa a casa sin haber resultado herido siquiera, pero vuelve a encontrar los mismos obstáculos para los placeres, las excursiones, los viajes, para todo aquello de lo que había temido por un instante verse despojado para siempre por la muerte; para todo ello basta la vida. En cuanto al trabajo —al tener las circunstancias excepcionales el efecto de exaltar lo que existía previamente en el hombre: en el laborioso el trabajo y en el ocioso la pereza— se concede un permiso.
Yo hacía como él y como había hecho siempre desde mi antigua resolución de ponerme a escribir, que había adoptado en tiempos, pero me parecía datar de ayer, porque había considerado todos los días, uno tras otro, inadecuados. Lo mismo hacía con aquel al que me refiero, dejando pasar sus chaparrones y sus escampadas y prometiéndome comenzar a trabajar el día siguiente, pero yo ya no era en él el mismo bajo un cielo sin nubes; el dorado son de las campanas no entrañaba sólo, como la miel, luz, sino también la sensación de la luz (y también el sabor soso de las mermeladas, porque en Combray se había quedado rezagado con frecuencia como una avispa en una mesa en la que ya se han retirado los cubiertos). En aquel día de sol esplendoroso, permanecer todo él con los ojos cerrados era algo permitido, habitual, salubre, agradable, estacional, como mantener las persianas cerradas contra el calor. Con un tiempo así, al comienzo de mi segunda estancia en Balbec, oía yo los violines de la orquesta entre corrientes azuladas de la marea ascendente. ¡Cuánto más poseía yo a Albertine ahora! Había días en que el sonido de una campana que daba la hora llevaba en la esfera de su sonoridad una placa tan fresca, tan intensamente cargada de humedad o de luz, que era como una traducción para ciegos o, si se quiere, como una traducción musical del encanto de la lluvia o del encanto del sol. De modo que en aquel momento, con los ojos cerrados, en mi cama, me decía que se puede transponerlo todo y que un universo sólo audible podría ser tan variado como el otro. Remontando perezosamente de día en día, como en una barca, y viendo aparecer ante mí siempre nuevos recuerdos encantados —que no elegía, que, un instante antes, me resultaban invisibles y que mi memoria me presentaba, uno tras otro, sin que pudiera elegirlos— proseguía perezosamente por aquellos espacios unidos mi paseo al sol.
Aquellos conciertos matinales de Balbec no eran antiguos y, sin embargo, en aquella época relativamente cercana, poco me interesaba Albertine. Ni siquiera en los primerísimos días de la llegada había tenido yo noticia de su presencia en Balbec. Entonces, ¿por quien la había sabido? ¡Ah! Sí, por Aimé. Hacía un sol hermoso como éste. ¡El bueno de Aimé! Se alegraba de volver a verme, pero no le gustaba Albertine. No podía ésta gustar a todo el mundo. Sí, fue él quien me anunció que estaba en Balbec. ¿Y cómo lo sabía? ¡Ah! La había visto y le había causado mala impresión. En aquel momento, al abordar el relato de Aimé por una vertiente distinta de la que me había presentado en el momento en que lo había hecho, mi pensamiento, que hasta entonces había navegado sonriendo por aquellas aguas bienaventuradas, estallaba de pronto como si hubiera chocado con una mina invisible y peligrosa, insidiosamente colocada en aquel punto de mi memoria. Me había dicho que la había conocido, que le había causado mala impresión. ¿Qué habría querido decir con lo de mala impresión? Yo había entendido que por su vulgaridad, porque, para contradecirlo de antemano, había declarado yo que era distinguida, pero no, tal vez se hubiese referido a su estilo gomorreo. Estaba con una amiga, tal vez estuvieran cogidas de la cintura, mirasen a otras mujeres, tuvieran, en efecto, un «estilo» que yo nunca había visto en Albertine, cuando estaba en mi presencia. ¿Quién sería la amiga? ¿Dónde se habría encontrado Aimé a aquella odiosa Albertine? Yo intentaba recordar exactamente lo que me había dicho Aimé, para ver si podía estar relacionado con lo que me imaginaba o si se refería sólo a modales comunes, pero, por mucho que me lo preguntara, la persona que se hacía la pregunta y la que podía ofrecer el recuerdo eran —¡ay!— una y la misma — yo—, que se desdoblaba momentáneamente, pero sin añadirse nada. Por mucho que interrogara, era yo quien respondía y no averiguaba nada nuevo. Ya no pensaba en la Srta. Vinteuil. El ataque de celos que sufría, nacido de una sospecha nueva, era nuevo también o, mejor dicho, era la simple prolongación, la extensión, de dicha sospecha; tenía el mismo escenario, ya no era Montjouvain, sino la carretera en que Aimé se había encontrado a Albertine; los objetos eran las amigas una u otra de las cuales podía ser la que estaba con Albertine aquel día. Tal vez fuera una tal Élisabeth o tal vez esas dos muchachas a las que Albertine había mirado en el espejo del casino, cuando no parecía verlas. Seguramente tenía relaciones con ellas y, por lo demás, también con Esther, la prima de Bloch. Semejantes relaciones —si me las hubiese revelado un tercero— habrían bastado para matarme a medias, pero, como era yo quien las imaginaba, procuraba añadir la suficiente incertidumbre para amortiguar el dolor. Diariamente llegamos a absorber, en forma de sospechas, dosis enormes de esa idea misma de que nos engañan, una cantidad muy pequeña de la cual, inoculada por la picadura de una palabra desgarradora, podría resultar mortal y seguramente por eso, y por un derivado del instinto de conservación, el mismo celoso no vacila en concebir sospechas atroces a propósito de hechos inocentes, a condición de negar —ante la primera prueba que le aporten— la evidencia. Por lo demás, el amor es un mal incurable, como esas diátesis en las que, cuando el reumatismo da tregua, es para ceder el paso a migrañas epileptiformes. Si se calmaba la sospecha celosa, yo reprochaba a Albertine no haber estado tierna, tal vez haberse burlado de mí con Andrée. Yo pensaba con espanto en la idea que debía de haberse hecho, si Andrée le había repetido todas nuestras conversaciones: el futuro me parecía atroz. Aquellas tristezas sólo me abandonaban, si una nueva sospecha celosa me lanzaba a otras pesquisas o si, al contrario, las manifestaciones de cariño de Albertine volvían insignificante mi felicidad. ¿Cuál podía ser aquella otra muchacha? Tenía que escribir a Aimé, intentar verlo y después comprobaría sus afirmaciones hablando con Albertine, confesándola. Entretanto, convencido de que debía de ser la prima de Bloch, pedí a éste, quien en modo alguno entendió para qué lo hacía, que me enseñara sólo una fotografía de ella o, mejor, que, en caso de necesidad, me la presentase.
¡Cuán ávidos de conocer a personas, ciudades, caminos nos vuelven, así, los celos! Son una sed de saber gracias a la cual, en puntos aislados unos de otros, acabamos teniendo sucesivamente todas las ideas posibles sobre lo que desearíamos. Nunca se sabe si nacerá una sospecha, pues de repente recordamos una frase que no estaba clara, una coartada que no se había aducido sin intención. Sin embargo, aunque no hayamos vuelto a ver a la persona, hay unos celos retrospectivos, que no nacen hasta después de habernos separado de ella, unos celos de la escalera. Tal vez la costumbre que había adquirido yo tantos años atrás de conservar en lo más profundo de mí —sin haberlos satisfecho— ciertos deseos —el de una muchacha de la alta sociedad, como las que veía yo pasar por mi ventana, seguidas de su institutriz, y, en particular, de aquella de quien me había hablado Saint-Loup, que iba a las casas de citas; el de doncellas hermosas y, en particular, la de la Sra. Putbus; el de ir al campo al comienzo de la primavera a volver a ver majuelos, manzanos en flor, tormentas; el de Venecia; el de ponerme a trabajar; el de hacer una vida como la de todo el mundo— y contentarme con la promesa hecha a mí mismo de no olvidar satisfacerlos algún día, esa costumbre del aplazamiento perpetuo, de lo que el Sr. de Charlus condenaba con el nombre de procrastinación, hubiera llegado a generalizarse tanto en mí, que se apoderaba también de mis sospechas celosas y, al tiempo que me hacía tomar mentalmente nota de que no dejaría de tener algún día una explicación con Albertine sobre la muchacha (tal vez las muchachas: aquella parte del relato estaba confusa, borrosa o, lo que es lo mismo, indescifrable en mi memoria) con la cual —o las cuales— se la había encontrado Aimé, me hiciera retrasar dicha explicación. En todo caso, no iba a hablar de ello a mi amiga aquella noche para no arriesgarme a parecer celoso y enojarla. Sin embargo, cuando el día siguiente Bloch me envió la fotografía de su prima Esther, me apresuré a hacérsela llegar a Aimé y en el mismo minuto recordé que Albertine me había denegado por la mañana un placer que habría podido fatigarla, en efecto. ¿Sería, entonces, para reservárselo a alguna otra persona, aquella tarde tal vez? ¿A quién? Así resultan interminables los celos, pues, aun cuando el ser querido no puede —por haber muerto, por ejemplo— provocarlos con sus actos, hay recuerdos que, después de cualquier acontecimiento, se comportan de repente en nuestra memoria también como acontecimientos, recuerdos que no habíamos aclarado hasta entonces, que nos habían parecido insignificantes y a los que basta nuestra propia reflexión sobre ellos, sin suceso exterior alguno, para darles un sentido nuevo y terrible. No hace falta ser dos, basta con que estemos solos en la habitación pensando para que se produzcan nuevas traiciones de nuestra amante, aunque esté muerta. Por eso, no se debe temer —en el amor, como en la vida habitual— sólo el futuro, sino también el pasado incluso, que con frecuencia no se realiza para nosotros hasta después del futuro y no nos referimos sólo al aplazado del que nos enteramos más adelante, sino al que hemos conservado desde hace mucho dentro de nosotros y que de repente aprendemos a leer.
Poco importa, estaba yo muy contento, al acabar la tarde, de que faltara poco para la hora en que iba a poder pedir a la presencia de Albertine el sosiego que necesitaba. Por desgracia, la velada que llegó fue de las que no me traían el sosiego, en las que el beso que Albertine me daría, al separarse de mí, muy diferente del habitual, me calmaría tan poco como en tiempos el de mi madre, cuando estaba enfadada y no me atrevía yo a llamarla, pero sabía que no podría conciliar el sueño. Aquellas veladas eran ahora aquellas en que Albertine había concebido para el día siguiente algún proyecto que quería ocultarme. Si me lo hubiera confiado, yo habría dedicado a garantizar su realización un ardor que nadie habría podido inspirarme tanto como Albertine, pero no me decía nada y, por lo demás, no necesitaba decir nada: en cuanto había entrado, en la puerta misma de mi habitación, sin que se hubiera quitado aún el sombrero o la toca de la cabeza, ya había visto yo el deseo desconocido, reacio, encarnizado, indomable. Ahora bien, se trataba con frecuencia de las noches en que yo había esperado su regreso con los pensamientos más cariñosos, en que pensaba saltarle al cuello con la mayor ternura. Desacuerdos como los que yo había tenido con frecuencia con mis padres, a los que veía fríos e irritados en el momento en que corría junto a ellos, desbordante de cariño, no son nada —¡ay!— en comparación con los que se producen entre dos amantes. En estos casos el sufrimiento es menos superficial, es mucho más difícil de soportar, tiene su sede en una capa más profunda del corazón. Sin embargo, aquella noche Albertine no pudo por menos de hablarme del proyecto que había concebido; comprendí al instante que quería ir el día siguiente a hacer una visita a la Sra. Verdurin, que, en sí misma, no me habría contrariado en modo alguno, pero seguro que era para reunirse con alguien, para preparar algún placer. De lo contrario, no se habría empeñado tanto en hacerla. Quiero decir que no me habría repetido que no le importaba demasiado. Yo había seguido en mi vida un camino inverso al de los pueblos que no utilizan la escritura fonética hasta después de haber considerado los caracteres sólo como una serie de símbolos; yo, que durante tantos años había buscado la vida y el pensamiento reales de las personas en el enunciado directo que de ellos me brindaban voluntariamente, por su culpa había llegado, al contrario, a no conceder ya importancia sino a los testimonios que no son una expresión racional y analítica de la verdad; las palabras mismas no me informaban, salvo a condición de interpretarlas como un aflujo de sangre a la cara de una persona que siente turbación, al modo también de un silencio sufrido. Determinado adverbio (empleado, por ejemplo, por el Sr. de Cambremer, cuando creía que yo era «escritor» y que, sin haberme hablado aún, se había vuelto hacia mí —al contar una visita que había hecho a los Verdurin— para decirme: «Estaba precisamente De Borrelli») salta en una conflagración por el acercamiento involuntario, a veces peligroso, de dos ideas que el interlocutor no expresaba y del cual —mediante determinados métodos de análisis o electrólisis apropiados— podía yo extraerlas, me revelaba más que un discurso. Albertine dejaba a veces figurar en sus palabras tal o cual de esas preciosas amalgamas que yo me apresuraba a «tratar» para transformarlas en ideas claras.
Por lo demás, una de las cosas más terribles para el enamorado es que, si bien los hechos particulares —que sólo la experiencia, el espionaje, entre tantas realizaciones posibles, permitirán conocer— son tan difíciles de averiguar, la verdad, en cambio, es muy fácil de desentrañar o simplemente de presentir. Con frecuencia la había yo visto en Balbec dirigir a muchachas que pasaban una mirada brusca y prolongada, semejante a una caricia, después de la cual, si yo las conocía, me decía: «¿Y si las llamáramos? Me gustaría injuriarlas». Y desde hacía un tiempo, desde que me había calado seguramente, ya no había petición alguna de invitar a nadie, palabra alguna, ni un desvío siquiera de las miradas, carentes ya de objeto y silenciosas, acompañadas de una expresión distraída y vacía, tan reveladora como en tiempos su imantación. Ahora bien, me resultaba imposible hacerle reproches o formularle preguntas a propósito de cosas que había calificado de tan mínimas, tan insignificantes, y en las que me había fijado por el placer de «buscarle tres pies al gato». Ya resulta difícil decir: «¿Por qué has mirado a tal persona que pasaba?», pero mucho más aún: «¿Por qué no la has mirado?». Y, sin embargo, sabía yo —o, al menos, habría sabido— perfectamente si había preferido creer esas afirmaciones de Albertine antes que todas las naderías comprendidas en una mirada, demostradas por ésta, y tal o cual contradicción en las palabras, de la que con frecuencia no me daba cuenta hasta mucho después de haberme separado de ella, que me hacía sufrir toda la noche y a la que ya no me atrevía a referirme de nuevo, pero que no por ello dejaba de honrar de vez en cuando mi memoria con sus visitas periódicas. En el caso de aquellas simples miradas furtivas o desviadas en la playa de Balbec o en las calles de París, podía preguntarme con frecuencia si no sería la persona que las provocaba no sólo un objeto de deseo en el momento en el que pasaba, sino también una antigua conocida o una muchacha de la que le hubieran hablado con insistencia, cosa que, cuando yo me enteraba, me dejaba estupefacto, pues se trataba de una persona totalmente ajena al círculo de Albertine, pero la Gomorra moderna es un rompecabezas compuesto de trozos que proceden de donde menos los esperaríamos. Así, por ejemplo, en cierta ocasión vi en Rivebelle una gran cena a cuyas diez invitadas conocía yo por casualidad, al menos de nombre, lo más desemejantes posible y, aun así, perfectamente reunidas, hasta el punto de que nunca vi una cena tan armónica, pese a su heterogeneidad.
Volviendo a las jóvenes que pasaban, Albertine nunca habría mirado a una señora de edad o a un anciano con tanta fijeza o, al contrario, con reserva y como si no viera. Los maridos engañados que nada saben saben, aun así, todo, pero hace falta un expediente más materialmente documentado para armar una escena de celos. Por lo demás, si los celos nos ayudan a descubrir cierta inclinación a mentir en la mujer a la que amamos, centuplican dicha inclinación, cuando ella ha descubierto que somos celosos. Miente (en proporciones en que nunca lo había hecho antes), ya sea por piedad o por miedo o porque se escabulla instintivamente mediante una fuga simétrica a nuestras investigaciones. Cierto es que hay amores en los que desde el comienzo una mujer ligera se ha presentado como una virtud ante el hombre que la ama, pero, ¡cuántas otras abarcan dos períodos perfectamente contrastados! En el primero, la mujer habla casi fácilmente, con simples atenuaciones, de su gusto por el placer, de la vida galante que le ha brindado, cosas todas que más adelante negará con la máxima energía al mismo hombre, a quien ha notado celoso y que la espía. Éste llega hasta el extremo de lamentar la época de aquellas primeras confidencias, cuyo recuerdo, sin embargo, lo tortura. Si la mujer le hiciera otras semejantes, casi le brindaría ella misma el secreto de las faltas que en vano persigue todos los días. Y, además, ¡qué abandono, qué confianza, qué amistad demostraba con ello! Si ella no puede vivir sin engañarlo, al menos lo engañaría como amiga, contándole sus placeres, asociándolo a ellos, y él lamenta semejante vida que el comienzo de su amor parecía esbozar, que su continuación ha vuelto imposible, al convertir dicho amor en algo atrozmente doloroso, y que volverá, según los casos, inevitable o imposible la separación.
A veces la escritura en la que yo descifraba las mentiras de Albertine, sin ser ideográfica, debía leerse simplemente al revés; así, aquella noche me había lanzado con expresión despreocupada este mensaje, destinado a pasar casi inadvertido: «Podría ser que mañana fuera a casa de los Verdurin; no sé aún si iré, porque no me apetece nada». Anagrama infantil de esta confesión: «Mañana iré a casa de los Verdurin, no cabe la menor duda, pues reviste la mayor importancia para mí». Aquella vacilación aparente significaba una voluntad firme y tenía por objeto disminuir la importancia de la visita, al tiempo que me la anunciaba. Albertine empleaba siempre el tono dubitativo para las resoluciones irrevocables. La mía no lo era menos: me las arreglaría para que la visita a casa de los Verdurin no llegara a suceder. Con frecuencia los celos no son otra cosa que una inquieta necesidad de tiranía aplicada a los asuntos del amor. Seguramente había yo heredado de mi padre ese brusco deseo arbitrario de amenazar a las personas a quienes más quería en las esperanzas con las que se arrullaban con una seguridad cuya falacia quería yo mostrarles; cuando veía que Albertine había preparado —sin que yo lo supiera, ocultándomelo— el plan de una salida que yo habría removido Roma con Santiago para facilitarle y hacer que le resultara más agradable, si me lo hubiera confiado, decía despreocupadamente —para hacerla temblar— que pensaba salir aquel día.
Empecé a proponer a Albertine otros paseos que habrían imposibilitado la visita a la casa de los Verdurin, con palabras cargadas de una fingida indiferencia bajo la cual intentaba disfrazar mi abatimiento, pero ella lo había descubierto. Encontraba en ella la fuerza eléctrica de una voluntad contraria que lo rechazaba vivamente; en los ojos de Albertine yo veía saltar chispas. Por lo demás, ¿de qué servía atenerme a lo que decían las pupilas en aquel momento? ¿Cómo es que no había notado desde hacía mucho tiempo que los ojos de Albertine pertenecían a la familia de los que —incluso en el caso de una persona mediocre— parecen compuestos de varios fragmentos correspondientes a todos los lugares en los que la persona quiere encontrarse —y ocultarlo— ese día? Ojos siempre inmóviles y pasivos —de mentira—, pero dinámicos, mensurables mediante los metros o kilómetros que salvar para encontrarse en la cita deseada, implacablemente deseada, ojos que sonríen menos aún al placer que los tienta, que no se aureolan con la tristeza y el desánimo ante la posibilidad de que haya un obstáculo para acudir a la cita. Aun entre nuestras manos, ésas son personas en fuga. Para comprender las emociones que infunden a diferencia de otras personas, aun más hermosas, se debe tener en cuenta que no están estáticas, sino en movimiento y añadir a su persona un signo correspondiente al que en física significa velocidad.
Si alteramos su programa, nos confiesan el placer que nos habían ocultado: «¡Tenía tantas ganas de ir a merendar a las cinco con tal persona a la que tanto quiero!». Pues bien, si seis meses después llegamos a conocer a la persona de que se trate, nos enteraremos de que ésta y la muchacha cuyos proyectos habíamos alterado —quien, al verse atrapada y para que la dejáramos libre, nos había confesado que merendaba así con una persona querida todas las tardes a la hora en que no la veíamos— jamás merendaron juntas, porque aquélla decía estar muy acaparada por nosotros precisamente.
Así, la persona con quien había confesado ir a merendar, con quien nos había suplicado dejarla ir a merendar y cuyo nombre había confesado por necesidad no era ella, sino otra, ¡era otra cosa! Otra, ¿qué? Otra, ¿quién? Tal vez los ojos fragmentados, perdidos en la lejanía y tristes permitirían —¡ay!— medir las distancias, pero no indican las direcciones. El infinito campo de las posibles se extiende y si, por casualidad, la realidad se presentara ante nosotros, estaría tan alejada de las posibles, que con un brusco aturdimiento, al ir a topar contra ese muro surgido, nos quedaríamos patidifusos. El movimiento y la fuga comprobados no son siquiera indispensables, basta con que los induzcamos nosotros. Ella nos había prometido una carta, estábamos tranquilos, ya no la amábamos. La carta no llegó, ningún correo la trajo: «¿Qué ocurre?». Renace la ansiedad y el amor. Son sobre todo esas personas quienes, para desolación nuestra, nos inspiran el amor, pues, con cada ansiedad nueva que nos hacen experimentar, su personalidad desmedra a nuestros ojos. Estábamos resignados al sufrimiento, al creer que nuestro amor estaba fuera de nosotros y nos damos cuenta de que está en relación con nuestra tristeza, de que tal vez nuestra tristeza sea nuestro amor y su objeto es en muy poca medida la muchacha de la melena negra, pero el caso es que semejantes personas son las que inspiran el amor. La mayoría de las veces, el objeto del amor es un cuerpo sólo si una emoción —el miedo a perderlo, la incertidumbre de recuperarlo— se funden en él. Ahora bien, esa clase de ansiedad presenta una gran afinidad con los cuerpos. Les añade una cualidad ajena a la propia belleza, lo que constituye una de las razones por las que vemos a hombres, indiferentes a las mujeres más bellas, amar apasionadamente a algunas que nos parecen feas. A esas personas, a esas «personas en fuga», su naturaleza y nuestra inquietud les dan alas y, aun estando a nuestro lado, su mirada nos dice que van a alzar el vuelo. La prueba de esa belleza, que sobrepasa la belleza y que añaden las alas, es que con mucha frecuencia una misma persona nos resulta sucesivamente sin alas y alada. Como temamos perderla, olvidamos a todas las demás. Estando seguros de conservarla, la comparamos con esas otras, a las que al instante preferimos, y, como esas emociones y esas certezas pueden alternar de una semana a otra, una persona puede verse una semana sacrificando todo lo que le gustaba y la semana siguiente sacrificada y así sucesivamente durante mucho tiempo, cosa que resultaría incomprensible, si no supiéramos por experiencia que todos los hombres han de tener, al menos una vez en su vida, la experiencia de dejar de amar, de olvidar a una mujer y lo poco que es en sí misma una persona, cuando ya no es —o no es aún— permeable a nuestras emociones, y, naturalmente, si decimos «personas en fuga», también es aplicable a las personas encarceladas, las mujeres cautivas que nunca podrán ser —pensamos— nuestras. Por eso, los hombres detestan a las alcahuetas, pues éstas facilitan la fuga, hacen brillar la tentación, pero, si aman, al contrario, a mujeres enclaustradas, buscan con gusto a las alcahuetas para que las hagan salir de su cárcel y se las lleven. En la medida en que las uniones con las mujeres raptadas son menos duraderas que las otras, se debe a que el miedo a no llegar a conseguirlas o la inquietud de verlas huir constituyen enteramente nuestro amor y, una vez raptadas a su marido, arrancadas de su teatro, curadas de la tentación de abandonarnos, disociadas, en una palabra, de nuestra emoción, sea cual fuere, son sólo ellas mismas, es decir, casi nada y, después de haber sido codiciadas durante tanto tiempo, no tardan en ser abandonadas por aquel mismo que tanto temía verse abandonado por ellas.
He dicho: «¿Cómo es que no lo había yo adivinado?». Pero, ¿acaso no lo había adivinado yo el primer día de Balbec? ¿Acaso no había adivinado en Albertine a una de esas muchachas bajo cuya envoltura carnal palpitan más personas ocultas —no digo que en una baraja aún en su estuche, que una catedral cerrada o un teatro antes de que entremos en ellos, sino— que en la muchedumbre inmensa y renovada? No sólo tantas personas, sino también el deseo, el recuerdo voluptuoso, la inquieta búsqueda de tantas personas. En Balbec no me había inquietado porque ni siquiera había supuesto que un día me encontraría siguiendo pistas, aun falsas. Poco importa, todo eso había atribuido para mí a Albertine la plenitud de una persona rebosante de la superposición de tantas personas, de tantos deseos y recuerdos voluptuosos de personas, y, después de que me hubiese dicho un día: «la Srta. Vinteuil», me habría gustado —no arrancarle el vestido para verle el cuerpo, sino— contemplar a través de su cuerpo todo ese cuaderno de sus recuerdos y sus próximas y ardientes citas.
¡Qué valor más extraordinario cobran de pronto las cosas probablemente más insignificantes, cuando una persona a la que amamos (o a quien sólo faltaba esa duplicidad para que la amáramos) nos las oculta! En sí mismo, el sufrimiento no nos infunde forzosamente sentimientos de amor o de odio por la persona que lo causa: un cirujano que nos ha hecho daño nos resulta indiferente. Pero una mujer que nos ha dicho durante un tiempo que éramos todo para ella, sin que ella fuese, a su vez, todo para nosotros, una mujer a la que nos da placer ver, besar, sostener sobre nuestras rodillas, nos asombra, con sólo que sintamos una brusca resistencia a que dispongamos de ella. Entonces la decepción despierta a veces en nosotros el recuerdo olvidado de una angustia antigua, pese a saber que no ha sido provocada por esa mujer, sino por otras cuyas traiciones se escalonan en nuestro pasado. Y, por lo demás, ¿cómo tenemos el valor de desear vivir? ¿Cómo podemos hacer el menor esfuerzo para preservarnos de la muerte, en un mundo en el que el amor sólo es provocado por la mentira y sólo consiste en nuestra necesidad de ver nuestros sufrimientos mitigados por la persona que nos ha hecho sufrir? Para salir de la postración que experimentamos cuando descubrimos esa mentira y esa resistencia, tenemos el triste remedio de intentar influir —contra su voluntad, con ayuda de personas a quienes sentimos más relacionadas con su vida que nosotros mismos— en aquella que se nos resiste y nos miente, recurrir nosotros mismos a ardides, hacer que nos deteste, pero el sufrimiento de semejante amor es de los que hacen invenciblemente que el enfermo busque en un cambio de posición un bienestar ilusorio. No nos faltan —¡ay!— esos medios de acción y el horror de esos amores engendrados exclusivamente por la inquietud se debe a que damos vueltas y más vueltas en nuestra jaula de las palabras insignificantes; sin contar con que raras veces las personas por quienes los sentimos nos gustan físicamente de una forma completa, ya que no es nuestro gusto deliberado, sino el azar de un minuto de angustia —minuto indefinidamente prolongado por nuestra debilidad de carácter, que revive todas las noches las experiencias y se rebaja hasta el extremo de recurrir a calmantes— el que ha elegido por nosotros. Seguramente mi amor por Albertine no era el más desvalido de aquellos a los que podemos vernos reducidos por falta de voluntad, pues no era enteramente platónico; me daba satisfacciones carnales y, además, ella era inteligente, pero todo eso era una redundancia. Lo que me tenía mentalmente ocupado no eran las afirmaciones inteligentes que hubiese podido formular, sino determinada palabra que despertaba en mí una duda sobre sus actos. Intentaba yo recordar si ella había dicho esto o aquello, con qué expresión, en qué momento, en respuesta a qué palabras, reconstituir toda la escena de su diálogo conmigo, en qué momento había querido ir a casa de los Verdurin, qué palabra mía había provocado en su cara expresión de enojo. Aunque se hubiera tratado del acontecimiento más importante, yo no me habría esforzado tanto para determinar su veracidad, restituir su atmósfera y su cariz exacto. Seguramente, tras haber alcanzado un grado en el que esas inquietudes nos resultan insoportables, a veces logramos calmarlas enteramente por una noche. También nosotros estamos invitados a la fiesta a la que nuestra amiga a la que amamos debe acudir y sobre cuya verdadera naturaleza llevábamos días cavilando, nuestra amiga sólo tiene en ella miradas y atenciones para nosotros, volvemos con ella y entonces —disipadas nuestras inquietudes— experimentamos un descanso tan completo, tan reparador, como el que a veces saboreamos en ese sueño profundo que sigue a las largas caminatas, pero la mayoría de las veces lo único que hacemos es cambiar de inquietud. Una de las palabras de la frase que debía calmarnos orienta nuestras sospechas por otra pista y seguramente semejante reposo merece que paguemos un precio elevado por él, pero, ¿no habría sido más sencillo no comprar nosotros mismos, voluntariamente, la ansiedad y más cara aún? Por lo demás, sabemos perfectamente que, por profundas que puedan ser esas calmas momentáneas, la inquietud podrá, de todos modos, más. Con frecuencia la renueva incluso la frase cuyo objetivo era brindarnos el descanso. Las exigencias de nuestros celos y la ceguera de nuestra credulidad son mayores de lo que podía suponer la mujer a quien amamos. Cuando espontáneamente nos jura que determinado hombre es un simple amigo para ella, nos trastorna, al informarnos de que era para ella —y no lo sospechábamos— un amigo. Mientras nos cuenta, para mostrarnos su sinceridad, cómo han tomado el té juntos, esa misma tarde, a cada palabra que dice lo invisible, lo insospechado, cobra forma ante nosotros. Confiesa que él le ha pedido que sea su amante y sufrimos el martirio ante la posibilidad de que ella haya podido escuchar sus propuestas. Según dice, las ha rechazado, pero poco después, al recordar su relato, nos preguntaremos si el rechazo es, en efecto, verídico, pues, entre las diferentes cosas que nos ha dicho, hay esa falta de vínculo lógico y necesario que, más que las cosas que nos cuenta, es la señal de la verdad y, además, es que ha puesto esa entonación desdeñosa: «Le he dicho que no, categóricamente», que vemos en todas las clases de la sociedad, cuando una mujer miente. Sin embargo, hay que agradecerle su rechazo, animarla con nuestra bondad para que en el futuro vuelva a hacernos confidencias tan crueles. Si acaso, hacemos esta observación: «Pero, si ya te había hecho propuestas, ¿por qué has consentido en tomar el té con él?». «Para que no pueda guardarme rencor y decir que no he sido amable con él». Y no nos atrevemos a responderle que, al negarse, tal vez habría sido más amable con nosotros.
Por lo demás, Albertine me espantaba al decirme que yo tenía razón —para ser justos— al afirmar que no era su amante, ya que, al fin y al cabo —añadía—, «no deja de ser cierto que no lo eres». Tal vez no lo fuese del todo, en efecto, pero entonces, ¿era como para pensar que todas las cosas que hacíamos juntos las hacía ella también con todos los hombres cuya amante —me juraba— no había sido? ¡Qué extraño resultaba que yo sacrificara todo a la necesidad de conocer a toda costa todo lo que Albertine pensaba, a quién veía, a quién amaba, ya que había sentido la misma necesidad de saber —respecto de Gilberte— nombres propios y hechos que ya me resultaban indiferentes! Me daba perfecta cuenta de que en sí mismas las acciones de Albertine no tenían más interés. Es curioso que un primer amor —si bien, con la fragilidad que comunica a nuestro corazón, abre el camino a los amores siguientes— al menos no nos brinda —por la identidad misma de los síntomas y los sufrimientos— el medio para curarlos. Por lo demás, ¿acaso es necesario conocer un hecho? ¿Acaso no conocemos primero de forma general la mentira y la discreción misma de esas mujeres que tienen algo que ocultar? ¿Existe acaso posibilidad de error? Convierten en virtud su silencio, cuando tanto desearíamos hacerlas hablar, y tenemos la sensación de que han dicho a su cómplice: «Nunca digo nada. No será por mí por quien se sepa algo, nunca digo nada».
Damos nuestra fortuna, nuestra vida, por una persona y, sin embargo, sabemos perfectamente que, con diez años de intervalo, antes o después, le denegaríamos esa fortuna, preferiríamos conservar la vida, pues entonces la persona estaría separada de nosotros, sola, es decir, nula. Lo que nos apega a las personas son esas mil raíces, esos innumerables hilos que son los recuerdos de la velada de la víspera, las esperanzas de la mañana siguiente; de esa trama de costumbres es de la que no podemos desprendernos. Así como hay avaros que apilan por generosidad, nosotros somos pródigos que gastamos por avaricia y no es tanto a una persona a la que sacrificamos nuestra vida cuanto a todo lo que ha podido apegar a su alrededor de nuestras horas, de nuestros días, de aquello en comparación con lo cual la vida aún no vivida, la vida relativamente futura, nos parece más lejana, más desapegada, menos íntima, menos nuestra. Lo que deberíamos hacer es desprendernos de esos vínculos más importantes que ella, pero surten el efecto de crear en nosotros deberes momentáneos para con ella, deberes que nos impiden abandonarla por miedo a ser mal juzgados por ella, mientras que más adelante sí que nos atreveríamos, pues, separada de nosotros, ya no sería nosotros y, en realidad, sólo nos creamos deberes (aunque deban —por una aparente contradicción— concluir en el suicidio) para con nosotros mismos.
Si yo no amaba a Albertine (cosa de la que no estaba seguro), el lugar que ocupaba junto a mí nada tenía de extraordinario: sólo vivimos con lo que no amamos, que hemos hecho vivir con nosotros tan sólo para matar el amor insoportable, ya se trate de una mujer, un país o incluso una mujer que encarne un país. Incluso temeríamos mucho empezar a amar de nuevo, si se volviera a producir la ausencia. Yo no había llegado a ese punto con Albertine. Sus mentiras, sus confesiones, me brindaban la posibilidad de consumar la tarea de esclarecer la verdad: sus tan numerosas mentiras, porque no se contentaba con mentir como toda persona que se cree amada, sino que por naturaleza era, aparte de eso, mentirosa, y tan cambiante, por lo demás, que, aun diciéndome todas las veces la verdad sobre lo que, por ejemplo, pensaba de las personas, habría dicho siempre cosas diferentes; sus confesiones, por ser tan escasas, tan poco explícitas, dejaban entre ellas, en la medida en que se referían al pasado, grandes intervalos en blanco y a lo largo de todos los cuales tenía yo que remontar —y para ello averiguar— su vida. En cuanto al presente, en la medida en que podía yo interpretar las sibilinas palabras de Françoise, no era sobre esos puntos particulares exclusivamente, sino sobre todo un conjunto, sobre lo que mentía Albertine y ya vería yo «un buen día» todo lo que Françoise aparentaba saber, lo que no quería ella decirme, lo que no me atrevía yo a preguntarle. Por lo demás, seguramente por la misma envidia que había sentido en tiempos por Eulalie era por lo que Françoise hablaba de las cosas más inverosímiles, tan vagas, que, si acaso, se podía suponer en ellas la insinuación en verdad increíble de que la pobre cautiva —a la que gustaban las mujeres— prefería un matrimonio con alguien que no parecía ser del todo yo. Si así hubiera sido, pese a sus radiotelepatías, ¿cómo lo habría sabido Françoise? Cierto es que los relatos de Albertine en modo alguno podían informarme al respecto, pues eran todos los días tan opuestos como los colores de una peonza casi parada. Por lo demás, parecía enteramente que lo que movía a Françoise a hablar era sobre todo el odio. No había día en que no me dijera —y yo no soportara, estando mi madre ausente— palabras como éstas: «Desde luego, es usted amable y nunca olvidaré el agradecimiento que le debo» (probablemente para que yo me granjeara el suyo), «pero la casa está infestada desde que la amabilidad instaló aquí la picardía, la inteligencia protege a la más tonta que se haya visto jamás, la finura, los modales, el ingenio, la dignidad en todas las cosas, el porte y la realidad de un príncipe se dejan imponer la ley y engañar y dejan que me humillen a mí, que llevo cuarenta años con la familia, por el vicio, por lo más vulgar y más bajo».
Françoise reprochaba sobre todo a Albertine recibir órdenes de alguien distinto de nosotros y el aumento de trabajo doméstico, una fatiga que, al alterar la salud de nuestra vieja sirviente (quien, aun así, no quería ayuda en su trabajo, por no ser una «inútil»), había bastado para explicar aquel abatimiento, aquellas cóleras rencorosas. Cierto es que le habría gustado que Albertine-Esther fuese proscrita. Ése era el deseo de Françoise y, al consolarla, habría bastado para relajar a nuestra vieja sirviente, pero, en mi opinión, no era sólo eso. Semejante odio tenía que haber nacido en un cuerpo agotado, por lo que, más que miramientos, Françoise necesitaba dormir.
Para no perder tiempo, mientras Albertine iba a quitarse la ropa, yo cogí el auricular del teléfono e invoqué a las divinidades implacables, pero lo único que conseguí fue excitar su furia, que se plasmó en esta palabra: «Comunicando». En efecto, Andrée estaba hablando con alguien. Mientras esperaba a que acabara su comunicación, yo me preguntaba cómo es que —puesto que tantos pintores intentan renovar los retratos femeninos del siglo XVIII, en los que la ingeniosa escenificación es un pretexto para las expresiones de la espera, del enfurruñamiento, del interés, del ensueño— ninguno de nuestros modernos Boucher o Fragonard pintó, en lugar de La carta o El clavecín, etcétera, esa escena que podría llamarse así: Delante del teléfono, y en la que nacería espontáneamente en los labios de la oyente una sonrisa tanto más verdadera cuanto que estaría segura de no ser vista. Por fin, Andrée me oyó decir: «¿Vendrás a recoger a Albertine mañana?», y, al pronunciar aquel nombre de Albertine, pensaba yo en el deseo que me había inspirado Swann, cuando me había dicho el día de la fiesta en casa de la princesa de Guermantes: «Venga a ver a Odette», y en que había reparado en la fuerza de un nombre de pila que, para todo el mundo y para la propia Odette, sólo en boca de Swann tenía ese sentido absolutamente posesivo. ¡Qué dulce debía de ser —me pareció siempre que estuve enamorado— semejante dominio —resumido en un vocablo— durante toda una vida! Pero, en realidad, cuando así ha sido, ora se ha vuelto indiferente ora la costumbre no ha debilitado el cariño, pero ha convertido las dulzuras en dolores. La mentira es muy poca cosa, vivimos inmersos en ella sin hacer otra cosa que sonreír, la practicamos sin conciencia de hacer daño a nadie, pero los celos la sufren y ven más de lo que oculta (con frecuencia nuestra amiga se niega a pasar la velada con nosotros y va al teatro simplemente para que no veamos que tiene mala cara), como también permanece con frecuencia ciega ante lo que oculta la verdad, pero no puede obtener nada, pues las que juran no mentir se negarían, aun con un cuchillo delante, a confesar su carácter. Yo sabía que sólo yo podía decir de ese modo «Albertine» a Andrée y, sin embargo, notaba que, para Albertine, para Andrée y para mí mismo, no era nada y comprendía la imposibilidad con la que choca el amor. Nos imaginamos que su objeto es una persona que puede estar acostada delante de nosotros, encerrada en un cuerpo. Por desgracia, es la extensión de esa persona a todos los puntos del espacio y del tiempo que esa persona ha ocupado y ocupará. Si no poseemos su contacto con determinado lugar, determinada hora, no la poseemos. Ahora bien, no podemos tocar todos esos puntos. Si al menos se nos designaran, tal vez pudiéramos llegar hasta ellos, pero palpamos sin encontrarlos. A eso se deben la desconfianza, los celos, las persecuciones. Perdemos un tiempo precioso por una pista absurda y pasamos sin sospecharlo por delante de la verdad.
Pero ya una de las divinidades irascibles, con sirvientes vertiginosamente ágiles, se irritaba no de que yo hablara, sino de que no dijera nada. «Pero hay que ver, ¡la línea está libre desde que está usted conectado! Voy a tener que cortar». Pero no lo hizo y, al tiempo que suscitaba la presencia de Andrée, la envolvió, como gran poeta que es siempre una señorita telefonista, en la atmósfera particular de la morada, del barrio, de la vida misma de la amiga de Albertine. «¿Eres tú?», me dijo Andrée, cuya voz era proyectada hasta mí con una velocidad instantánea por la diosa que tiene el privilegio de volver los sonidos más rápidos que el relámpago. «Mira», respondí yo, «id a donde queráis, a cualquier sitio, excepto a casa de la Sra. Verdurin. Debes alejar a toda costa a Albertine de allí mañana». «Pero es que precisamente mañana debe ir allí». «¡Ah!».
Pero me vi obligado a interrumpir un instante y hacer gestos amenazadores, pues, si bien Françoise seguía sin querer aprender —como si hubiera sido algo tan desagradable como una vacuna o tan peligroso como un aeroplano— a telefonear, cosa que nos habría librado de las comunicaciones que podía conocer sin inconveniente, entraba, en cambio, inmediatamente en mi cuarto, en cuanto estaba yo manteniendo una bastante secreta para querer ocultársela. Cuando por fin hubo salido de la habitación, no sin haberse entretenido recogiendo diversos objetos que estaban en ella desde la víspera y habrían podido seguir allí sin molestar a nadie una hora más y para poner en el fuego un tarugo que resultaba de lo más inútil con el ardiente calor que me daban la presencia de la intrusa y el miedo a que me «cortara» la señorita, dije a Andrée: «Perdona, Andrée, me han interrumpido. ¿De verdad es seguro que haya de ir mañana a casa de los Verdurin?». «Absolutamente, pero puedo decirle que no te hace gracia». «No, al contrario, lo que es posible es que vaya yo con vosotras». «¡Ah!», dijo Andrée con voz molesta y como espantada por mi audacia, que, por lo demás, se afirmó aún más. «Bueno, pues, te dejo y perdona que te haya molestado para nada». «No, no», dijo Andrée y —como el uso del teléfono ya había llegado a ser corriente, en torno a él se había desarrollado el embellecimiento con frases especiales, como en tiempos en torno a los «tés»— añadió: «Me ha dado mucho placer oír tu voz».
Yo habría podido decir lo mismo y más verídicamente que Andrée, pues acababa de sentirme infinitamente sensible a su voz, que hasta entonces no me había parecido tan distinta de las otras. Entonces recordé otras voces, de mujeres sobre todo: unas aminoradas por la precisión de una pregunta y la atención mental, otras jadeantes, interrumpidas incluso por la oleada lírica de lo que contaban; recordé una por una la voz de cada una de las muchachas a las que había conocido en Balbec, después la de Gilberte, luego la de mi abuela, después la de la Sra. de Guermantes, y todas me parecían desemejantes, moldeadas con un lenguaje particular a cada una de ellas, intérpretes todas de un instrumento diferente, y pensé en el poco lucido concierto que debían de dar en el Paraíso los tres o cuatro ángeles músicos de los pintores antiguos, cuando veía elevarse hacia Dios, a docenas, a centenares, a millares, la armoniosa y multisonora salutación de todas las voces. No abandoné el teléfono sin dar las gracias con algunas expresiones propiciatorias a la que reina sobre la velocidad de los sonidos, por haber tenido a bien emplear a favor de mis humildes palabras un poder que las volvía cien veces más rápidas que el rayo, pero mis acciones de gracia quedaron sin otra respuesta que el corte de la comunicación.
Cuando Albertine volvió a mi alcoba, traía un vestido de raso negro que contribuía a volverla más pálida, a hacer de ella la parisina descolorida, ardiente, marchita, por la falta de aire, la atmósfera de las multitudes y tal vez el hábito del vicio, y cuyos ojos aparecían más inquietos, porque no los alegraba el rojo de las mejillas. «Adivina», le dije, «a quién acabo de telefonear: a Andrée». «¿A Andrée?», exclamó Albertine en tono ruidoso, asombrado, emocionado, que contrastaba con una noticia tan simple. «Espero que se haya acordado de decirte que el otro día nos encontramos a la Sra. Verdurin». «¿A la Sra. Verdurin? No lo recuerdo», respondí con expresión de pensar en otra cosa, a la vez para parecer indiferente a aquel encuentro y para no traicionar a Andrée, quien me había dicho adónde iba a ir Albertine el día siguiente, pero, a saber si la propia Andrée no me traicionaría, si no contaría el día siguiente a Albertine mi deseo de que impidiera a toda costa su visita a casa de los Verdurin y si no le habría revelado ya que yo le había hecho varias veces recomendaciones análogas. Me había dicho que nunca las había repetido, pero el valor de esa afirmación quedaba compensado para mí por la impresión de que desde hacía algún tiempo había desaparecido del rostro de Albertine la confianza que durante tanto tiempo había tenido en mí.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.