Kitabı oku: «Por la parte de Swann»
Título original francés: À la recherche du temps perdu I. Du côté de chez Swann.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO628
ISBN: 978-84-9056-183-6
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Dedicatoria del traductor
Dedicatoria
Primera parte: Combray
I
II
Segunda parte: un amor de Swann
Tercera parte: nombres de países. El nombre
Dedico este trabajo a la memoria de Luis Martín Santos y de Alejo Carpentier y a Rafael Sánchez Ferlosio, mis maestros en el arte de cierta prosa castellana contemporánea, inexistente, por lo demás, salvo en sus obras.
EL TRADUCTOR
AL SR. GASTON CALMETTE.
COMO TESTIMONIO DE PROFUNDA Y AFECTUOSA GRATITUD.
PRIMERA PARTE
COMBRAY
I
Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa, que no tenía tiempo de decirme: «Me duermo». Y, media hora después, al pensar que ya era hora de buscar el sueño, me despertaba; quería dejar el volumen que creía tener aún en las manos y apagar de un soplo la luz; mientras dormía, no había cesado de pensar en lo que acababa de leer, pero esos pensamientos habían cobrado un cariz algo particular; me parecía que era yo mismo aquello de lo que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad entre Francisco I y Carlos V. Esa impresión sobrevivía unos segundos a mi despertar; no repugnaba a mi razón, pero me pesaba como escamas sobre los ojos y les impedía advertir que la palmatoria ya no estaba encendida. Después empezaba a resultarme ininteligible, como tras la metempsicosis los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se separaba de mí y me sentía libre para prestarle o no atención; en seguida recobraba la visión y me resultaba extrañísimo encontrar a mi alrededor una obscuridad suave y relajante para mis ojos, pero tal vez más aún para mi espíritu, al que parecía cosa sin motivo, incomprensible, algo en verdad velado. Me preguntaba qué hora podía ser; oía el pitido de los trenes, más o menos lejano, como el canto de un pájaro en un bosque, que, al indicar las distancias, me describía la extensión del campo desierto por el que se apresura hacia la cercana estación el viajero, a quien —con la excitación procurada por lugares nuevos, actos inhabituales, la charla reciente y las despedidas bajo una lámpara ajena, que aún lo acompañan en el silencio de la noche, y la cercana dulzura del regreso— el caminito recorrido se le quedará grabado en la memoria.
Reclinaba tiernamente la cara en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y frescas como las de nuestra infancia. Encendía una cerilla para mirar el reloj: faltaba poco para la medianoche. Ése es el instante en el que, despertado por un acceso, el enfermo que se ha visto obligado a salir de viaje y a acostarse en un hotel desconocido se alegra al advertir bajo la puerta una rayita de luz. ¡Qué dicha! ¡Ya es de día! Dentro de un momento, se habrán levantado los sirvientes, podrá tocar el timbre y vendrán a socorrerlo. La esperanza del alivio le infunde valor para sufrir. Precisamente ha creído oír pasos: se acercan y después se alejan y la rayita de luz bajo la puerta ha desaparecido. Es medianoche, acaban de apagar el gas, el último sirviente se ha marchado y tendrá que pasar toda la noche sufriendo sin remedio.
Volvía a dormirme y a veces ya sólo me despertaba un instante, el tiempo justo para oír los crujidos orgánicos de los artesonados, abrir los ojos y clavarlos en el caleidoscopio de la obscuridad y saborear, gracias a una vislumbre momentánea de la conciencia, el sueño en el que estaban sumidos los muebles, la alcoba, el todo del que yo era tan sólo una parte pequeña y a cuya insensibilidad volvía en seguida a sumarme, o bien, mientras dormía, había regresado sin esfuerzo a una edad para siempre desaparecida de mi vida primitiva, había revivido uno de mis terrores infantiles, como el de que mi tío abuelo me tirara de los bucles y disipado el día —fecha de una nueva era para mí— en que me los habían cortado. Durante el sueño había olvidado aquel episodio y, en cuanto había podido despertar para escapar de las manos de mi tío abuelo, recobraba su recuerdo, pero, como medida de precaución, me rodeaba la cabeza completamente con la almohada antes de volver al mundo de los sueños.
A veces, durante mi sueño, una mujer nacía —como Eva de una costilla de Adán— de una mala postura de mi muslo. Me imaginaba que era ella —creada por el placer que estaba a punto de experimentar— quien me lo ofrecía. Mi cuerpo, que sentía en el suyo mi propio calor, quería unirse con él y me despertaba. Junto a aquella mujer de la que me había separado unos momentos antes, el resto de los seres humanos me parecían muy lejanos; sentía aún en la mejilla el calor de su beso y el cuerpo dolorido por el peso de su talle. Si —como a veces sucedía— tenía las facciones de una mujer que hubiera conocido en la vida, iba a entregarme por entero a ese fin: volver a verla, como quienes salen de viaje para contemplar con sus propios ojos una ciudad deseada y se imaginan que se puede gozar en una realidad el encanto del sueño. Poco a poco su recuerdo se disipaba: había olvidado a la muchacha de mi sueño.
Un hombre que duerme está rodeado por el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos. Los consulta por instinto al despertarse y lee en ellos en un segundo el punto de la Tierra que ocupa y el tiempo transcurrido hasta su despertar, pero sus filas pueden mezclarse, romperse. Si hacia el amanecer, después de un lapso de insomnio, lo sorprende el sueño leyendo en una postura demasiado diferente de la que suele adoptar al dormir, basta con que alce el brazo para detener y hacer retroceder el sol y en el primer minuto de su despertar ya no sabrá qué hora es, creerá que acaba de acostarse. Si se adormece en una postura aún más inhabitual y divergente —por ejemplo, después de cenar, sentado en un sillón—, el desorden en los mundos desorbitados será completo, el sillón mágico lo hará viajar a toda velocidad por el tiempo y el espacio y en el momento de abrir los párpados se creerá acostado unos meses antes en otro lugar. Pero bastaba con que en mi propia cama mi sueño fuera profundo y relajara enteramente mi espíritu para que éste abandonase el plano del lugar en el que me había quedado dormido y, cuando me despertaba en plena noche, en el primer instante —por ignorar dónde me encontraba— ni siquiera sabía quién era; tenía tan sólo la sensación de la existencia en su sencillez primordial, como la que puede vibrar en el fondo de un animal; estaba más despojado que un hombre de las cavernas, pero entonces el recuerdo —aún no del lugar en el que estaba, sino de algunos de aquellos en los que había vivido y en los que podía encontrarme— venía en mi ayuda desde lo alto para sacarme de la nada de la que no habría podido salir solo; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización y la imagen, confusamente vislumbrada, de los quinqués y después de las camisas de cuello vuelto recomponía poco a poco los rasgos originales de mi ser.
Tal vez las cosas a nuestro alrededor deban su inmovilidad a nuestra certidumbre de que son ellas y no otras, a la inmovilidad de nuestro pensamiento ante ellas. El caso es que, cuando me despertaba así, agitándome mentalmente para intentar —sin conseguirlo— saber dónde estaba, todo —las cosas, los países, los años— giraba en torno a mí en la obscuridad. Mi cuerpo, demasiado entumecido para moverse, intentaba descubrir —por la forma de su fatiga— la posición de sus miembros para de ella deducir la dirección de la pared y el lugar ocupado por los muebles a fin de reconstruir y nombrar la morada en la que se encontraba. Su memoria —la memoria de sus costillas, sus rótulas, sus hombros— le presentaba sucesivamente varias de las alcobas en las que había dormido, mientras que a su alrededor las paredes invisibles —al cambiar de lugar según la forma del cuarto imaginado— giraban en las tinieblas, y, antes incluso de que mi pensamiento, que vacilaba en el umbral de los tiempos y las formas, hubiera identificado la casa al relacionar las circunstancias, él —mi cuerpo— recordaba en cada caso cómo era la cama, dónde estaban las puertas, adónde daban las ventanas, si había un pasillo, junto con lo que estaba pensando en el momento de quedarme dormido y que recobraba al despertar. La parte anquilosada de mi cuerpo, al intentar adivinar su orientación, se imaginaba, por ejemplo, tumbada frente a la pared en una gran cama con baldaquín y al instante me decía: «Hombre, al final me dormí, aunque mamá no viniera a darme las buenas noches»; estaba en el campo en casa de mi abuelo, muerto muchos años atrás, y mi cuerpo y el costado sobre el que descansaba, guardianes fieles de un pasado que nunca debería haber olvidado, me recordaban la llama de la lamparilla de cristal de Bohemia, en forma de urna, que colgaba del techo mediante cadenillas, la chimenea de mármol de Siena, en mi alcoba de Combray, en casa de mis abuelos, en días lejanos que en aquel momento me figuraba actuales sin representármelos exactamente y que después, cuando estuviera del todo despierto, volvería a ver mejor.
Luego renacía el recuerdo de una nueva actitud; la pared seguía otra dirección: estaba en mi alcoba de la casa de la Sra. de Saint-Loup, en el campo. ¡Dios mío! Son por lo menos las diez, ¡y ya habrán acabado de cenar! Habré prolongado en exceso la siesta que hago todas las tardes, al volver del paseo con la Sra. de Saint-Loup y antes de ponerme el traje. Pues han pasado muchos años desde la época de Combray, en la que —en las ocasiones en que más tarde regresábamos— lo que veía por los cristales de mi ventana eran los rojos reflejos del ocaso. Otra es la vida que llevamos en Tansonville, en casa de la Sra. de Saint-Loup, otro es el placer que experimento al salir tan sólo de noche, al seguir a la luz de la luna los caminos en los que en tiempos jugaba al sol, y, cuando regresamos, de lejos diviso la alcoba en la que me habría quedado dormido, en lugar de vestirme para la cena, atravesada por los fuegos de la lámpara, único faro en la noche.
Esas evocaciones, serpenteantes y confusas, nunca duraban más de unos segundos; con frecuencia, me resultaba tan difícil distinguir las diversas suposiciones que me inspiraba mi breve incertidumbre sobre el lugar en que me encontraba como difícil resulta —al ver un caballo al galope— aislar las posiciones sucesivas que nos muestra el cinetoscopio. Pero había vuelto a ver ora una ora otra de las alcobas que había habitado en mi vida y acababa recordándolas todas en las largas ensoñaciones que seguían a mi despertar: alcobas de invierno en las que, cuando estamos acostados, nos arrebujamos la cabeza en un nido que trenzamos con las cosas más dispares —un ángulo de la almohada, el extremo de las mantas, la punta de un mantón, el borde de la cama y un número de los Débats roses— y que acabamos cimentando con la técnica de los pájaros y a fuerza de apoyarnos sin cesar en él; alcobas en las que, cuando el tiempo es glacial, el placer que experimentamos es el de sentirnos separados del exterior —como la golondrina de mar, que hace su nido en el fondo de un subterráneo, al calor de la tierra— y en las que, al mantenerse vivo el fuego toda la noche en la chimenea, dormimos con un gran manto de aire caliente y humoso, atravesado por los fulgores de las ascuas que se reavivan, como en una recámara impalpable, una cálida caverna excavada en el propio cuarto, zona ardiente y móvil en sus contornos térmicos, aireada con hálitos que nos refrescan la cara, procedentes de los ángulos, de los puntos —cercanos a la ventana o alejados del hogar— que se han enfriado; alcobas de verano en las que nos gusta estar unidos a la tibia noche, en las que la luz de la luna, apoyada en los postigos entreabiertos, arroja hasta el pie de la cama su escala encantada, en las que dormimos casi al aire libre, como un alionín mecido por la brisa en el vértice de un rayo de luz: unas veces la habitación Luis XVI, tan alegre, que ni siquiera la primera noche me había sentido demasiado infeliz en ella y en la que las columnitas que sostenían ligeramente el techo se apartaban con tanta gracia para mostrar y reservar el lugar de la cama; otras veces, al contrario, la pequeña y de techo tan alto, abierta en forma de pirámide hasta la altura de dos pisos y parcialmente revestida de caoba, en la que desde el primer segundo me había sentido moralmente intoxicado por el ignoto olor del espicanardo, convencido de la hostilidad de los visillos violáceos y de la insolente indiferencia del péndulo, que parloteaba muy alto, como si yo no estuviera allí, en la que un extraño e implacable espejo de pie cuadrangular, que ocultaba oblicuamente uno de los ángulos del cuarto, se hacía a la fuerza —en la plácida plenitud de mi campo visual acostumbrado— un sitio que no estaba previsto, en la que —estando yo tendido en la cama con los ojos clavados en el techo, el oído ansioso, las ventanas de la nariz aleteando y el corazón palpitante— mi pensamiento —esforzándose durante horas por dislocarse, por estirarse hacia arriba, para cobrar la forma exacta del cuarto y acabar llenando del todo su gigantesco embudo— había pasado muchas noches crueles hasta que la costumbre cambió el color de los visillos, acalló el péndulo, enseñó la piedad al oblicuo y cruel espejo, disimuló —ya que no expulsó completamente— el olor del espicanardo y disminuyó en gran medida la altura aparente del techo. ¡La costumbre! Organizadora experta, aunque muy lenta, y que empieza dejando sufrir a nuestro espíritu durante semanas en una instalación provisional, pero que, pese a todo, representa un encuentro venturoso, pues, sin ella y reducido exclusivamente a sus medios, se vería impotente para hacernos habitable una vivienda.
Cierto es que entonces ya estaba despierto, mi cuerpo había dado una última vuelta y el ángel bueno de la certidumbre lo había detenido todo a mi alrededor, me había acostado bajo las mantas, en mi alcoba, y había situado aproximadamente en su lugar —en la obscuridad— mi cómoda, mi escritorio, la ventana que daba a la calle y las dos puertas, pero, aun sabiendo que no me encontraba en las moradas cuya presencia —pese a no habérmela presentado como una imagen nítida— me había hecho considerar posible —al menos por un instante— la ignorancia del despertar, la memoria se me había puesto en movimiento; por lo general, no procuraba volver a dormirme en seguida: pasaba la mayor parte de la noche recordando nuestra vida de antaño —en Combray, en casa de mi tía abuela, en Balbec, en París, en Doncières, en Venecia—, recordando los lugares, las personas que había conocido, lo que de ellas había visto, lo que de ellas me habían contado.
En Combray, todos los días, desde el atardecer —mucho antes del momento en que debería meterme en la cama y permanecer en ella sin dormir, lejos de mi madre y de mi abuela—, mi alcoba volvía a ser el centro fijo y doloroso de mis preocupaciones. Cierto es que —para distraerme en las noches en que mi expresión de infelicidad les inspiraba mayor inquietud— se les había ocurrido la idea de ponerme una linterna mágica, con la que, en espera de la hora de cenar, cubrían mi lámpara y, a semejanza de los primeros arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, substituían la opacidad de las paredes con impalpables irisaciones, con sobrenaturales apariciones multicolores, en las que, como en una vidriera vacilante y momentánea, aparecían representadas leyendas, pero con ello mi tristeza no hacía sino aumentar, porque el simple cambio de iluminación destruía la costumbre con la que me había hecho a mi alcoba y gracias a la cual se me había vuelto —salvo el suplicio del acostar— soportable. Ahora ya no la reconocía y me sentía inquieto en ella, como en una habitación de hotel o de chalet, a la que hubiese llegado por primera vez, tras bajar del tren.
Golo, embargado por un propósito perverso, salía, al paso nervioso de su caballo, del bosquecillo triangular que aterciopelaba con un verde obscuro la pendiente de la montaña y avanzaba a saltos hacia el castillo de la pobre Genoveva de Brabante, recortado en una línea curva que no era sino el límite de uno de los óvalos de vidrio insertos en el bastidor deslizable entre las ranuras de la linterna. Era sólo un lienzo de castillo y tenía ante sí una landa en la que soñaba Genoveva, ceñida con un cinturón azul. El castillo y la landa eran ambarinos y yo no había necesitado verlos para conocer su color, pues, antes que los vidrios del bastidor, la sonoridad de doradillo del nombre de Brabante me lo había revelado con certeza. Golo se detenía un momento para escuchar entristecido la salmodia leída en voz alta por mi abuela y que parecía comprender perfectamente, pues —con una mansedumbre que no excluía cierta majestad— adaptaba su actitud a las indicaciones del texto y después se alejaba con el mismo paso nervioso y nada podía detener su lenta cabalgada. Si movían la linterna, yo distinguía el caballo de Golo, que seguía avanzando por los visillos de la ventana, abombándose en sus pliegues, descendiendo en sus hendiduras. El propio cuerpo de Golo, de esencia tan sobrenatural como el de su montura, se adaptaba a todo objeto material, a todo objeto que se interpusiera en su camino, tomándolo como osamenta e interiorizándoselo, aunque fuese el pomo de la puerta, al que se amoldaba al instante y por el que flotaba invencible su roja vestidura o su pálido rostro, siempre tan noble y melancólico, pero que no dejaba traslucir inquietud alguna ante aquella transvertebración.
Desde luego, no se me escapaba el encanto de aquellas brillantes proyecciones que parecían emanar de un pasado merovingio y paseaban a mi alrededor reflejos históricos tan antiguos, pero no puedo expresar el malestar que no por ello dejaba de causarme la intrusión del misterio y la belleza en un cuarto que yo había acabado llenando con mi persona hasta el punto de prestarle tan poca atención como a ella. Extinguida la influencia anestesiante de la costumbre, me ponía a pensar, a sentir, cosas muy tristes. Aquel pomo de la puerta de mi cuarto, que para mí difería de todos los demás del mundo —en el sentido de que parecía abrirse solo, sin que necesitara yo girarlo, de tan inconsciente como había llegado a resultarme su manejo—, servía de pronto de cuerpo astral a Golo y, en cuanto llamaban para la cena, me apresuraba a correr al comedor —donde la gran lámpara colgada del techo, que nada sabía de Golo ni de Barba Azul y que conocía a mis padres y el asado de carne de vaca, daba su luz, como todas las noches— y a arrojarme en brazos de mamá, por quien los infortunios de Genoveva de Brabante me hacían sentir más cariño, mientras que los crímenes de Golo me hacían examinar mi propia conciencia con más escrúpulos.
Después de la cena, me veía —¡ay!— obligado a separarme en seguida de mamá, que se quedaba hablando con los demás: en el jardín, si hacía buen tiempo; en el saloncito al que, si estaba desapacible, se retiraba todo el mundo, menos mi abuela, según la cual era «una lástima permanecer encerrado en el campo» y que, los días en que llovía intensamente, mantenía discusiones incesantes con mi padre, porque éste no me dejaba permanecer fuera y me mandaba a leer a mi cuarto. «Así no se hará robusto y enérgico», decía con tristeza, «sobre todo un niño como éste, que tanto necesita cobrar fuerzas y voluntad». Mi padre se encogía de hombros y examinaba el barómetro, pues le gustaba la meteorología, mientras mi madre, procurando no hacer ruido para no molestarlo, lo miraba con respeto cariñoso, pero sin demasiada insistencia para no intentar penetrar en el secreto de sus superioridades, pero a mi abuela —hiciera el tiempo que hiciese: incluso cuando llovía a cántaros y Françoise, temiendo que se mojaran los preciosos sillones de mimbre, se había apresurado a meterlos dentro— se la veía, en cambio, en el jardín vacío y azotado por el chaparrón, apartándose sus desordenadas mechas grises para que la frente se le embebiera mejor con la salubridad del viento y la lluvia. Decía: «¡Por fin se puede respirar!», y recorría las encharcadas calles del jardín —demasiado simétricamente dispuestas, para su gusto, por el nuevo jardinero, carente del sentimiento de la naturaleza y al que mi padre había preguntado desde la mañana temprano si iba a arreglarse el día— con sus entusiastas y nerviosos pasitos, acompasados con los diversos impulsos que despertaban en su alma la embriaguez de la tormenta, el imperio de la higiene, la estupidez de mi educación y la simetría de los jardines, más que con el deseo, desconocido para ella, de evitar a su falda de color ciruela las manchas de barro bajo las cuales desaparecía hasta una altura que siempre era —para su doncella— un problema y un motivo de desesperación.
Cuando mi abuela recorría así el jardín después de cenar, sólo una cosa podía hacerla volver a entrar en la casa: que mi tía abuela —en uno de los momentos en que la revolución de su paseo la traía periódicamente, como un insecto, ante las luces del saloncito, donde se servían los licores sobre la mesa de juego— le gritara: «¡Bathilde! ¡Ven, anda, a impedir que tu marido beba coñac!». En efecto, para hacerla rabiar —es que había aportado a la familia de mi padre un carácter tan diferente, que todo el mundo le hacía bromas y la atormentaba—, mi tía abuela hacía beber a mi abuelo, quien lo tenía prohibido, unas gotas de licor. Mi pobre abuela entraba y rogaba encarecidamente a su marido que no probara el coñac; él se enfadaba e igual echaba el trago y mi abuela volvía a marcharse, triste, desanimada y, sin embargo, sonriente, pues era tan humilde de corazón y tan afable, que su ternura para con los demás y el poco caso que hacía de su propia persona y sus sufrimientos se conciliaban en una sonrisa de su mirada en la que —al contrario de lo que se ve en el rostro de muchos seres humanos— tan sólo había ironía para sí misma y, para todos nosotros, como un beso de sus ojos, que no podían ver a quienes quería sin acariciarlos apasionadamente con la mirada. Aquel suplicio que le infligía mi tía, el espectáculo de los inútiles ruegos de mi abuela y de su debilidad, vencida de antemano, al intentar en vano quitar a mi abuelo la copa de licor, era una de esas cosas a las que más adelante nos acostumbramos hasta considerarlas riendo y tomar partido por el perseguidor bastante resuelta y alegremente para convencernos a nosotros mismos de que no se trata de una persecución; entonces me causaban tal horror, que me habría gustado pegar a mi tía abuela, pero, en cuanto oía decir: «¡Bathilde! ¡Ven, anda, a impedir que tu marido beba coñac!», me comportaba —hombre ya por la cobardía— como lo hacemos todos, ya de mayores, ante los sufrimientos y las injusticias: no quería verlos; subía a sollozar al punto más alto de la casa, junto a la sala de estudio, bajo los tejados, a un cuartito que olía a iris y perfumaba también un grosellero silvestre, crecido fuera, entre las piedras de la muralla, y una de cuyas ramas en flor entraba por la ventana entreabierta. Aquel cuarto, destinado a un uso más especial y vulgar y desde el que, durante el día, se llegaba con la vista hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió durante mucho tiempo de refugio —seguramente porque era el único que me permitían cerrar con llave— para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad. Por desgracia, no sabía yo que —mucho más tristemente que los pequeños incumplimientos del régimen por parte de su marido— mi falta de voluntad, mi delicada salud y la incertidumbre que proyectaban sobre mi futuro preocupaban a mi abuela, durante aquellos paseos incesantes de la tarde y la noche, en los que se veía pasar y volver a pasar —con el perfil alzado hacia el cielo— su hermoso rostro de mejillas morenas y surcadas de arrugas —que con la edad se le habían vuelto casi malva, como las tierras labradas en otoño— y cubiertas, cuando salía, con un velito a medias alzado y en las cuales había siempre, secándose, una lágrima involuntaria, provocada por el frío o por un pensamiento triste.
Mi único consuelo, mientras subía a acostarme, era que, cuando estuviese en la cama, mamá vendría a darme un beso, pero aquellas buenas noches duraban tan poco, mamá volvía a bajar tan aprisa, que el momento en que la oía subir y después sentía, por el pasillo de doble puerta, el ligero roce de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban cordoncitos de paja trenzada, me resultaba doloroso. Anunciaba el que iba a seguirle, una vez que me hubiera dejado y hubiese vuelto a bajar. De modo que llegué a desear que aquellas buenas noches que tanto me gustaban se retrasaran lo más posible, que se prolongase aquel momento de tranquilidad en el que aún no había venido mamá. A veces, cuando, después de haberme dado un beso, abría la puerta para marcharse, quería yo volver a llamarla, decirle: «Dame otro beso», pero sabía que al instante se le dibujaría el enfado en el rostro, pues la concesión que hacía a mi tristeza y mi desasosiego al subir a besarme, al traerme aquel beso de paz, irritaba a mi padre, que consideraba absurdos aquellos ritos, y habría preferido librarme de aquella necesidad, aquella costumbre, antes que dejarme adquirir la de pedirle —cuando ya se encontraba en el umbral— un beso más. Ahora bien, verla enfadada destruía toda la calma que me había aportado un instante antes, cuando había inclinado sobre mi cama su amorosa cara y me la había ofrecido como una hostia para una comunión de paz en la que mis labios saborearían su presencia real y la posibilidad de conciliar el sueño, pero las noches en las que mamá permanecía, a fin de cuentas, tan poco tiempo en mi cuarto eran aún gratas en comparación con aquellas en que había invitados a cenar y, por ese motivo, no subía a darme las buenas noches. Por lo general, el invitado era el Sr. Swann, quien era casi la única persona, aparte de algunos forasteros de paso, que venía a nuestra casa de Combray, unas veces, como vecino que era, a cenar —con menor asiduidad después de su desafortunado matrimonio, porque mis padres no querían recibir a su esposa— y otras después de la cena, de improviso. Las noches en las que, sentados —delante de la casa y bajo el gran castaño— en torno a la mesa de hierro, oíamos en el extremo del jardín, no el cascabel profuso y chillón que rociaba, que aturdía, al paso, con su ruido ferruginoso, inagotable y helado a toda persona de la casa que lo desencadenaba al entrar «sin llamar», sino el doble tintineo tímido, ovoide y dorado de la campanilla para los extraños, todo el mundo se preguntaba al instante: «Una visita: ¿quién puede ser?», pero de sobra sabíamos que sólo podía ser el Sr. Swann; mi tía abuela, hablando en voz alta, para predicar con el ejemplo, y esforzándose para que su tono pareciese natural, decía que no cuchicheáramos así, que nada hay más descortés para el recién llegado, pues le hace pensar que se están diciendo cosas que no debe oír, y enviábamos de exploradora a mi abuela, quien siempre se alegraba de tener un pretexto para dar otra vuelta por el jardín y de paso aprovechaba para arrancar subrepticiamente algunos tutores a fin de dar a las rosas un aspecto más natural, como una madre que —para ahuecarlo— pasa la mano por el pelo de su hijo, aplastado en exceso tras su paso por la peluquería.
Nos quedábamos todos pendientes de las noticias que mi abuela iba a traernos del enemigo, como si hubiéramos podido vacilar entre un gran número posible de asaltantes, y poco después mi abuelo decía: «Reconozco la voz de Swann». En efecto, sólo se lo reconocía por la voz, no se distinguía bien su rostro de nariz aguileña y ojos verdes bajo una alta frente rodeada de cabellos rubios casi pelirrojos, peinados a lo Bressant, porque manteníamos el jardín lo menos iluminado posible para no atraer los mosquitos, y yo, como quien no quiere la cosa, iba a decir que trajeran los refrescos; mi abuela insistía —por considerarlo más amable— en que no debía parecer algo excepcional y sólo para las visitas. El Sr. Swann, aunque mucho más joven, era muy amigo de mi abuelo, quien había sido uno de los mejores amigos de su padre, persona excelente pero singular, al que a veces bastaba, al parecer, una nadería para interrumpir los impulsos del corazón y cambiar el rumbo del pensamiento. Varias veces al año, oía yo a mi abuelo contar en la mesa anécdotas, siempre las mismas, sobre la actitud del Sr. Swann padre a la muerte de su mujer, a la que había velado noche y día. Mi abuelo, quien llevaba mucho tiempo sin verlo, había corrido junto a él en la propiedad que los Swann poseían en los alrededores de Combray y, para que no asistiera a su introducción en el ataúd, había logrado hacerlo abandonar un momento, deshecho en llanto, la sala mortuoria. Dieron unos pasos por el parque, donde brillaba un poco el sol. De repente, el Sr. Swann, tomando del brazo a mi padre, había exclamado: «¡Ah, amigo mío, qué felicidad pasearnos juntos con este buen tiempo! ¿No le parecen hermosos todos estos árboles, estos majuelos, y mi estanque, por el que nunca me ha felicitado usted? Parece usted afligido. ¿Nota este vientecillo? ¡Ah! Digan lo que digan, ¡la vida tiene sus cosas buenas, mi querido Amadée!». De súbito, le volvió el recuerdo de su esposa muerta y, considerando seguramente demasiado arduo intentar explicar cómo había podido dejarse llevar por un arranque de júbilo en un momento así, se contentó —mediante un gesto que le era familiar siempre que le venía al pensamiento una cuestión peliaguda— con pasarse la mano por la frente y enjugarse los ojos y los cristales de las gafas. Sin embargo, no pudo consolarse por la muerte de su esposa, pero, durante los dos años que le sobrevivió, decía a mi abuelo: «Es curioso, pienso muy a menudo en mi pobre esposa, pero no puedo hacerlo mucho de una vez».