Kitabı oku: «Huellas y marcas de la infancia»
Marcelo D. Rocha
Huellas y marcas de la infancia
Vicisitudes del ser niño ante las conflictividades de la constitución psíquica

Rocha, Marcelo D.
Huellas y marcas de la infancia : vicisitudes del ser niño ante las conflictividades de la constitución psíquica / Marcelo D. Rocha. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2021.
(Colección Conjunciones)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-841-3
1. Infancia. 2. Psicología Infantil. 3. Orientación Vocacional. I. Título.
CDD 155.41
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, julio de 2021
Edición en formato digital: septiembre de 2021
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina
Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com
ISBN 978-987-538-841-3
Conversión a formato digital: Libresque
MARCELO ROCHA. Psicólogo, psicoanalista (UNR). Docente de Especialización en Estudios Sociales de la Discapacidad (UCA). Posgrado de Especialización en Educación inclusiva (UNComa). Exdocente seminario “Discapacidad. Su abordaje clínico y social” (UNR) y “Pedagogías de las diferencias”. Miembro fundador de la Fundación “Estar E. Schwank” (Deportes, arte y proyectos de vida para personas con discapacidad). Premio TOYP (2010) de la provincia de de Santa Fe por su labor humanitaria. Autor y coautor de diversas publicaciones, entre ellas, Títeres en terapia. Una experiencia sensible y única sobre el cuidado de las infancias, en coautoría con Elena Santa Cruz (Noveduc, 2021).
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre el autor
Dedicatoria
Prólogo
Introducción Mi marca Recuerdo introductorio El concepto de marca de la infancia Nota
Capítulo 1. Nuestras primeras marcas La marca que nos preexiste: el deseo de un Otro Las primeras inscripciones en la infancia. ¿Cómo se constituye el deseo? La construcción de la subjetividad: las marcas que nos constituyen Hacerse un cuerpo. La importancia de la imagen del cuerpo en la infancia Contingencias y vicisitudes en la experiencia de las infancias Notas
Capítulo 2. Nuestro pasado y las infancias Un pasado sensible que nos marca La patria de la infancia La escuela: marcas de lápiz y tiza El juego como huella y como marca de la infancia Notas
Capítulo 3. Qué es una marca de la infancia Particularidades de las marcas de la infancia Diferentes formas de expresar una marca Requisitos y condiciones para que una vivencia se convierta en marca Los diferentes destinos de las marcas de la infancia El psicoanálisis y su buena relación con el pasado Una marca de la infancia no construye necesariamente un síntoma Notas
Capítulo 4. Destinos de lo sensible Las marcas de Víctor Heredia Marcas Sobre un recuerdo muy fecundo. Las marcas de J. D. Nasio Las marcas de mi padre Nostalgias del pasado Notas
Capítulo 5. Destinos y posibilidades de las marcas Las marcas que configuran una elección vocacional Luchar contra los destinos programados La discapacidad, ¿marca? Notas
Bibliografía
A las infancias…
Al niño y niña que llevamos dentro.
Agradezco a quienes me cedieron sus permisos para la publicación de los extractos de sus vidas: a Víctor Heredia, Fabián Gallardo, Juan David Nasio, Carlos Skliar, Jorge Larrosa, Eduardo Schwank y Emiliano Naranjo. A Elvira Castaño, por las lecturas atentas, a Liliana Szwarcer por la corrección del libro. A Editorial Noveduc por su interés en esta publicación. A los amigos, de hoy y de antes, que siempre permanecerán en mí.
Por último, agradezco al niño que fui por darme la letra sensible de estas páginas.
Prólogo
Por Esteban Levin
Recordar es volver a pasar por el corazón. A la memoria de Eduardo Galeano, que continúa en nuestros corazones.
A veces me pregunto si ciertos recuerdos son realmente míos, si no serán otra cosa que memorias ajenas de episodios de los que fui actor inconsciente y de los que más tarde tuve conocimiento porque me los narraron personas que sí estuvieron presentes. No sé cómo los percibirán los niños de ahora, pero en aquellas épocas remotas, para la infancia que fuimos, nos parecía que el tiempo estaba hecho de una especie particular de horas, todas lentas, arrastradas, interminables. José Saramago, 2006
En el decurso de mis muchas, de mis demasiadas conferencias, he observado que se prefiere lo personal a lo general, lo concreto a lo abstracto. Por consiguiente, voy a empezar refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, ceguera parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde, puedo descifrar el azul. Y sobre todo hay un color que no me ha sido nunca infiel, que me ha sido siempre leal, que me ha acompañado siempre y es el color amarillo. Recuerdo que de chico (si mi hermana está aquí lo recordará también) yo me demoraba ante unas jaulas del jardín zoológico de Palermo y eran precisamente la jaula del tigre y la del leopardo. Yo recuerdo que me demoraba ante el oro y el negro del tigre hasta el atardecer. Aún ahora, el amarillo sigue acompañándome y he escrito un poema titulado El oro de los tigres en el que hablo de esa amistad del amarillo conmigo, como siempre, el amarillo estuvo conmigo. Jorge Luis Borges, 1977
En esta oportunidad, Marcelo Rocha nos dona un libro que nos introduce intempestivamente en la propia escena infantil; él se pone en escena en el acto de la escritura y nos invita a recorrer aquellas huellas que, sin darnos cuenta, han dejado marcas imborrables. Muchas de ellas nunca podrán recordarse aunque, paradójicamente, nunca se olvidarán.
Al narrarnos sus propias marcas, esos trazos devenidos huellas significantes se abren a otros relatos que nos transportan a rescatar la memoria afectiva, plástica y, por lo tanto, imperecedera que, como lo explicita el autor, delinea la intensidad de la herencia y la experiencia vivida por un sujeto.
Las marcas, los trazos de la experiencia infantil, acontecen por primera vez, pero esta primera vez es la última vez que es la primera. De este modo, perviven apasionadamente al resignificarse en otros acontecimientos. Esta vivencia se realiza, está en el mundo del afuera y, al jugarla, conforma el adentro. La sensibilidad infantil se origina en ese espejo, cuyas marcas inéditas crean el adentro del afuera como pertenencia, identidad e historicidad.
La lectura del libro me llevó a recordar una historia infantil que me comentaron mis padres: cuando era muy pequeño, precozmente, aprendí a decir mi nombre. Los adultos que me rodeaban lo notaron y cada vez que me veían o nos reencontrábamos por algún motivo, me preguntaban: “¿Cómo te llamás?”. Por supuesto, con mucha gracia, pronunciaba mi nombre, “Esteban”. Como la pregunta se reproducía insistentemente una y otra vez, un día, cansado de ella, cuando la repitieron, súbitamente respondí “Kaleta” en lugar de Esteban.
Para aquel niño que fui, Kaleta se transformó en un nombre secreto, en una identidad jugada y cómplice, en la que podía refugiarme detrás de tantos interrogantes y, por unos breves instantes, ser otro. El sinsentido del nombre Kaleta multiplicaba muchos sentidos y permitía al pequeño Esteban la osadía de perder el nombre y desplegar e imaginar fantasías imposibles –pero, por eso mismo, verdaderas– en la complicidad de la escena.
Para un recién venido a este mundo, el nombre es una primera marca sensible, un primer espejo intenso y sonoro, siempre y cuando refleje en eco un deseo de hijo, de sujeto, que se transmite como don de amor. Cuando el Otro (encarnado en la función materna) lo nombra como hijo, no solo lo incluye en una genealogía, sino que lo nomina en una historicidad singular dentro del propio linaje. El pequeño bebé ocupará una posición del orden de lo familiar; para ello, tendrá que tener lugar un recambio de lugares, pérdida y resignificación generacional. La nominación cobra estatuto familiar, reubica funciones. Tanto la mujer como el hombre, al nominarlos, serán nombrados por el recién nacido como madre y padre, respectivamente. Lo mismo ocurre con otros integrantes de la familia, como por ejemplo, los hermanos.
El nombre se constituye en un espejo de múltiples caras, en el que cada uno de los integrantes de la familia se re-conoce en una nueva posición, que necesariamente implica perder la anterior. Los padres se reconocen, en primer lugar, en el hijo, lo que hace posible que él se reconozca en ellos, doble espejo por donde circulan el deseo, la repetición y la memoria. Apropiarse del nombre pone en escena la relación afectiva con el Otro primordial, los otros y el otro semejante a él. Determina la identidad y la transformación de la experiencia infantil en un acontecimiento en el que se juega la plasticidad, tanto la simbólica como la neuronal.
Para que esta apropiación significante pueda realizarse, el niño debe producir con su nombre un juego esencial, que ya no pasa por responder a él, sino por la operación inversa, por perder, deshacerse del nombre, ausentarse de él, para jugar a hacer de cuenta que es otro. Se trata de jugar a inventarse otro nombre en escena. Nominarse de otro modo, para representar otro escenario en el artificio y la ilusión de la representación. Perder el nombre, emanciparse de él para hacer “como si” y tener otro es una operación simbólica, propia de la creencia, de la imaginación y el fulgor de la invención. Solo es posible inventarse otro nombre si conquista el poder del símbolo al descubrir que puede, por primera vez, ser otro, sin dejar en el fondo de ser él, ya que al jugar crea la complicidad de la ficción escénica.
El niño es feliz cuando descubre el poder de inventarse un personaje, un mundo imaginario y fantasioso, pues no hay deseo sin fantasía. Para entrar a ese territorio es preciso cruzar una frontera, un umbral, y soportar el secreto de saber por unos instantes que pierde el nombre: lo pone entre paréntesis, para jugar y volver a él cuando lo desee. Lo propio del nombre es esa posibilidad de dejarlo en suspenso para jugar y vivir la otra escena que le permitirá retornar, pero diferente, tras haber experimentado el “poder” simbólico de crear lo imposible como posible.
Hacer de cuenta que es otro, jugar por unos momentos a lo que no es. Sustraerse del propio nombre para nombrase como otro revela y oculta al mismo tiempo las marcas de la infancia produciéndose en escena. Esta experiencia, fundamental, despierta y suscita la problemática afectiva que lo afecta: la de amar y ser amado como acontecimiento que se experimenta e inscribe en relación al campo del Otro, donde constituye el adentro del afuera. Es allí, en ese espejo móvil, como resuena la vibración de la memoria nominándolo sujeto.
Al nacer, el niño incorpora, pliega el nombre que él produce al relacionarse con el afuera. Balbucearlo es sustraer de la lengua los sonidos que lo representan para otro. Este primer balbuceo es del orden del gesto, gestuar un sonido para devenir en condición corporal amorosa y subjetiva. La boca se abre y se cierra al deseo del otro, entre los labios se pliega la demanda que lo alimenta, nombrándolo. El don del balbuceo del pequeño excede el murmullo y recupera el nombre en la apertura del gesto, el cuerpo se torna receptáculo del deseo del otro. La motricidad y la postura del niño se nutren del placer en la realización escénica, que constituyen las marcas sensibles de lo infantil, con las cuales el niño puede hacer uso de la imagen del cuerpo.
Entre mamadas, al balbucear, el bebé levanta la mirada, la sobreceja parece abrazar el instante, lo que provoca el deseo materno que unifica la escena. La madre juega en el límite del silencio y la palabra por donde se cuela el balbuceo de la infancia, ese habla sin significado previo ni sentido en sí mismo, surgido del plus de amor de la voz del otro que, al acariciarlo, lo toca en la musicalidad del tiempo compartido. El clamor del balbucear sostiene el nombre para otro que escucha un sujeto más allá de lo corporal, pero anudándolo a él. En ese vértigo, el pequeño podrá apropiarse del nombre que, al unísono, lo unifica y se abre al afuera para tejer y zurcir el adentro incorporándolo como marca, huella del otro.
La infancia termina, esta es su condición, como nos plantea Marcelo; de ella prosperan las marcas sensibles, no como un destino predicho y fijado previamente; por el contrario, son ellas, al constituir el pasado, las que configuran un futuro todavía por venir. El autor nos va introduciendo en la intensidad del relato que nos narra la propia historicidad, colocándonos en ella para rescatar y reencontrarnos nuevamente con el niño que somos ahora, diferente del que fuimos, distinto del que vendrá y, de esta manera, en esa alteridad, donar lo infantil de la infancia para otros. Tal vez sea ese el secreto y misterioso destino plural de las marcas de la infancia.
Por último, este libro nos permite pensar en los trazos de lo infantil, no solo como recuerdo y memoria, sino como relación sensible con el otro. Ser afectado por esa relación significa una experiencia del orden del don. Donar la potencia afectiva del deseo de desear delinea el origen del placer, envuelve a la experiencia corporal y la relanza al afuera para resignificar la realidad en el devenir de la propia historicidad. Bienvenido este escrito, que nos permite pensar para resignificar.
Introducción
MI MARCA
En lo más profundo de mi mente, aún siento y veo girar las ruedas –con sus oxidados rayos– de la vieja bicicleta en la que mis padres me llevaban a la escuela siendo yo un niño… Ellos ponían un almohadoncito sobre el asiento de atrás, para que yo viajara más cómodo esas veinte cuadras eternas, que se convertían para mí en tiempos para pensar, soñar e imaginar.
Aquella experiencia vivida y repetida diariamente se constituyó en una de las principales marcas de mi vida: el lento andar del rodado sobre el pavimento agrietado, arreglado con brea, y mi mirada fija, adormecida aún por el sueño de la mañana.
En esos trayectos siempre me acompañaba una sensación extraña, fuerte y agradable: la admiración por la fuerza del pedaleo diario, constante, silencioso, fecundo de mi madre y mi padre, que me llevaban a la escuela para que yo pudiera estudiar. Ellos, incansables, siempre persistentes y decididos a no resignar ese acto. Me pregunto si esa sensación era mía o era lo que, en realidad, mis padres deseaban para mí. Creo que, sin ser del todo conscientes de esto, pudieron transmitírmelo con su propio ejemplo.
Lo cierto es que entonces comprendí –no sé cómo ni por qué– que sin prisa, pero sin pausa, llegaría adonde me propusiera en la vida… Esta es una de las marcas más fuertes de mi infancia que, sin duda, forma parte de lo que soy hoy.
RECUERDO INTRODUCTORIO
Es en el juego y solo en el juego que el niño o el adulto como individuos son capaces de ser creativos y de usar el total de su personalidad, y solo al ser creativo el individuo se descubre a sí mismo. Donald Winnicott
Ayer, cuando era niño, disfrutaba de pasar horas pensando y fantaseando cómo construir esos juguetes a los que no podía acceder debido a la situación económica de mis padres. Recuerdo la necesidad que tenía entonces de trabajar para eso; gran parte de mis juegos consistían en inventar lo que no había y crear desde la imaginación. Hoy, al comenzar a escribir este libro, comprendo que un deseo tenaz, fuerte y fecundo, se forjaba sobre esa sensible experiencia infantil.
Actualmente, me descubro haciendo lo mismo en gran parte de mi vida, al trabajar de modo activo como psicoanalista junto a mis pacientes, al jugar con mis hijos, al renovar y reinventar día a día el amor, y al escribir las palabras que el lector encontrará en esta obra. Todo sigue creándose, inventándose y modelándose de la misma forma en que eran fabricados aquellos juguetes de mi infancia.
Hoy, luego de haber generado y dado vida a decenas de juegos y juguetes, vuelvo a poner en práctica ese mismo trabajo infantil que aún sigue presente en lo más profundo de mí ser, pues ese niño ya habita en mi inconsciente. Hoy, en este preciso momento, termino de crear este libro para que usted, lector ávido y ansioso por descubrir el mensaje central del mismo, pueda empezar a identificar sus propias marcas de la infancia y, con ello, gran parte de su ser.
EL CONCEPTO DE MARCA DE LA INFANCIA
Sin duda, el mayor placer de un autor es revelar lo esencial de un concepto con la simplicidad de una demostración. J. D. Nasio
Desde que me dedico a escuchar y a intentar aliviar el sufrimiento de las personas, hay una frase (yo diría que muy fecunda) que me resonó de modo particular y permaneció guardada, de manera inconsciente, en mi mente. Poco a poco se tornó cada vez más significativa y adoptó un vivo color en cuanto a sentido e intensidad.
Comencé a escucharla fuera de mi consultorio, en charlas con amigos, de boca de gente con experiencia, en los bares, en reportajes televisivos a personalidades; en fin, en diferentes espacios y momentos. Esa frase se repetía insistentemente y me resultó más representativa cuando, por fin, me di cuenta de su valor en mí y también en muchos otros. Con el tiempo, la frase ya aparecía por todos lados, se me presentaba cual espectro que ronda por la vida para ser redimido de su letargo. Entonces, me lancé a su búsqueda y comprensión.
Bastaba solo que, en el contexto de una charla, escuchara frases tales como “Recuerdo algo que me marcó mucho en la vida” o “Lo que viví en mi infancia me marcó muchísimo” para que supiera que me hallaba ante un modo particular del rememorar, no vinculado a recuerdos vulgares; frente a una forma muy especial de expresión del pasado. Observé que solo era cuestión de preguntar a alguien por lo que más lo había marcado en su vida para notar cómo el interpelado comenzaba a sumergirse en su recuerdo de una forma muy particular.
Ante esta pregunta, la mayor parte de las personas tiene algo que decir. Instantáneamente sale a la luz algún recuerdo y se modifica la expresión de sus rostros, como si emprendieran un viaje y no quisieran perderse el paisaje que van observando. Se conforma una atmósfera extraña, donde el adulto que hoy cuenta se viste por un rato de aquel niño que fue, de ese niño que vivió la experiencia que marcó al adulto actual. Muchas veces, el nudo en la garganta que se produce en el transcurso del relato, en el centro del recuerdo, marca el punto de sensibilidad mayor que ata las puntas del tiempo transcurrido entre el ayer y el hoy. Así es: existe un momento en el que el relato pasado se vuelve presente conocido, cuando quien cuenta se ve nítidamente en eso que narra y presiente algo familiar que aún perdura en él.
Desde entonces, no logro escapar a estas breves e intensas historias que la realidad me muestra y por eso sentí la necesidad de documentar el resultado de mis reflexiones en torno a lo observado. La infancia es puro presente para quien la vive y pasado-presente para quien ya la atravesó; permanece en el ser adulto, no solo como recuerdo sino como acto de lo que se es y se hace.
Existen diferentes tipos de marcas de la infancia, tantas, quizá, como seres humanos, pues son únicas e irrepetibles; se diferencian en su esencia y comparten sus destinos. Sí, he notado que las marcas vividas y forjadas en nuestro pasado también sufren diferentes destinos en su necesidad constante de permanecer y repetirse1, determinando conductas, definiendo subjetividades, abriéndose camino hacia una vocación, como sencillo recuerdo, a través de las manifestaciones de un síntoma o simplemente como necesidad constante de alcanzar ciertas metas en la vida. Todas y cada una de ellas tendrán su propia función y explicarán parte de lo que hoy somos.
En tal sentido, ¿podríamos decir que las marcas de la infancia experimentan los mismos destinos que cualquier tipo de vivencia de nuestro pasado? Rápidamente diría que no, puesto que en nuestra vida infantil atravesamos miles de experiencias que pasarán a formar parte del material inconsciente que nos constituye, pero solo algunas situaciones o escenas vividas en aquel momento resultarán relevantes para nuestra vida psíquica adulta.
Siento que escribirles a las “marcas de la infancia” es rendir homenaje al niño que todos llevamos dentro, en nuestra memoria más sensible. De este modo intento restituir el valor que nuestras sociedades le están quitando a esa etapa tan hermosa y cargada de experiencias. Pareciera que ya no hay tiempo para la infancia; vivimos corriendo contrarreloj para realizar cada vez más tareas que nos convierten en esclavos de las sociedades de consumo. De hecho, ya nadie duda en afirmar que los nuevos síntomas de la época que manifiestan los niños se vinculan directamente con los modos de vida contemporáneos.
La infancia, dentro de la lógica del capitalismo productivo, es considerada un objeto de consumo; consumo de nuevos juguetes que cada vez resisten menos y acompañan a los niños durante un lapso menor, porque serán pronto reemplazados por otros con nuevas funciones, más interesantes y de tecnología más avanzada. Las nuevas infancias ya no son las de antaño, en las que las experiencias fluían por doquier y el tiempo parecía eternizarse en esas siestas en las que la imaginación se activaba para crear, inventar y soñar. Me preocupa la forma de vida de nuestros hijos en las grandes urbes agobiadas por la violencia, la inseguridad y el temor, reducidos a quedar encerrados en sus cuartos, tras las rejas de una casa segura, sin tener la posibilidad de poder ir a jugar con sus amigos, libres y autónomos en la placita de su barrio.
Las formas de la vida líquida de nuestras sociedades actuales sumergen a los niños en nuevos modos de transitar la infancia. Estas modalidades de contrato social pueden llegar a producir futuros muy inciertos, ya que hipotecan las experiencias de vida tan necesarias para el desarrollo de las subjetividades, en pos de un progreso productivo. No solo el futuro de la existencia humana se pone en juego ante tal situación; asistimos a un nuevo tipo de lazo social generado por este nuevo escenario. Los vínculos sensibles se encuentran en peligro.
Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis plantean el concepto de “adiáfora” como un nuevo modo de comportamiento de los seres humanos por fuera del universo de evaluaciones y obligaciones morales:
La adiáfora implica una actitud de indiferencia a lo que acontece en el mundo, un entumecimiento moral. En una vida cuyos ritmos están dictados por guerras de audiencia e ingresos de taquilla, donde la gente está absorta en las últimas tendencias en aparatos tecnológicos y formas de cotilleo; en nuestra “vida apresurada” en la cual rara vez hay tiempo para detenernos y prestar atención a temas de importancia, corremos el grave riesgo de perder nuestra sensibilidad ante los problemas de los demás. Solo las celebridades y las estrellas mediáticas pueden esperar ser tenidas en cuenta en una sociedad extenuada por la información sensacionalista y sin valor (Bauman y Donskis, 2015).
La sensibilidad no puede comprarse para ser regalada a nuestros hijos y que forme parte de los objetos de consumo que guardan en sus cuartos. Este tipo tan particular de afecto se crea únicamente a través de las experiencias afectivas producidas en la vida cotidiana, imposibles de suplantar por otro tipo de creación moderna.
Pero, mientras estas nuevas formas de vínculos avanzan sin detenerse, día a día las experiencias de vida construyen y marcan nuevos destinos. Me preocupan aquellas infancias que, por tener que salir a ganarse el sustento, soportan ese otro peso de la pérdida de la niñez. Me inquietan esas infancias que, por portar determinados estigmas discapacitantes o por llevar adheridos múltiples rótulos (esos que aún emplean ciertos profesionales del campo psi), quedan reducidas a peligrosos circuitos de exclusión. Debemos comprender que ellas siguen exponiéndose ante las marcas que afectarán su futuro y es el deber de nuestra sociedad intervenir para que esto no continúe sucediendo. Por eso, este libro también propone pensar a nuestros niños del presente en función de su porvenir adulto, un porvenir que estará íntimamente ligado al tipo de experiencias sensibles a las que los expongamos.
Si en el mundo aún existen infancias que sufren, no podemos pretender un mejor futuro para la humanidad…