Kitabı oku: «Los evangélicos en la política argentina»

Yazı tipi:

LOS EVANGÉLICOS EN LA POLÍTICA ARGENTINA

La avanzada evangélica en las arenas partidarias latinoamericanas es uno de los acontecimientos más estudiados en el campo de la sociología de la religión y un evento que suscita hondas polémicas en el espacio amplio de la sociedad civil. Fundamentalismo antiderechos, mesianismo y redención de la política son algunas de las etiquetas que circulan en el debate que se esfuerza por nombrar un fenómeno que cosecha bancadas, alcaldes, gobernadores y hasta vicepresidentes en países como Brasil o Colombia.

La proyección de esta fuerza religiosa regional suscita la pregunta por el caso argentino. Sustentado en una investigación de corte cualitativa, este libro analiza las proyecciones partidarias de actores evangélicos en la Argentina del nuevo milenio. Tras examinar el perfil de sus protagonistas, sus estrategias y demandas, explica la disparidad entre su suerte en las urnas y los logros obtenidos por experiencias religiosas del mismo cuño en otros países de la región. También presenta dos vías fecundas para pensar la politicidad evangélica más allá de la vía electoral: su participación creciente en debates públicos referidos a la extensión de derechos sexuales y reproductivos, y su rol como mediadores de políticas públicas orientadas a la contención de los sectores vulnerables de la sociedad.

MARCOS CARBONELLI es doctor en Ciencias Sociales (UBA), magíster en Ciencia Política (UNSAM) y licenciado en Ciencia Política (UBA). Investigador adjunto del Conicet. Docente en la carrera de Ciencia Política y en la maestría en investigación social de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Docente regular en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Trabaja temas de religión, política y metodologías de investigación, sobre los que ha dictado cursos y publicado artículos, capítulos y libros, en español y portugués. Becario doctoral (2008-2013) y posdoctoral (2013-2014) del Conicet e investigador en ese organismo desde mayo de 2014. Participa desde su formación (en 2008) en el área Sociedad, Cultura y Religión del Centro de Investigaciones Laborales (CEIL-Conicet).

CARCOS CARBONELLI

LOS EVANGÉLICOS EN LA POLÍTICA ARGENTINA

Crecimiento en los barrios y derrotas en las urnas


Índice

  Cubierta

  Acerca de Los evangélicos en la política argentina

  Portada

  Acrónimos y siglas

  Introducción

  Capítulo 1. Los márgenes políticos de la minoría Hacer política en un país católico La democracia como oportunidad La vía partidaria La movilización por los derechos en el espacio público La politicidad evangélica en discusión

  Capítulo 2. Justicia y redención para el pueblo: los movimientos evangélicos peronistas El fin de la antipolítica y el anclaje territorial Afinidad territorial, simbólica y organizacional entre los políticos evangélicos y el peronismo La apuesta representativa de los evangélicos en el conurbano ¿El poder de los votos? Dilemas en la apuesta representativa evangélica territorial

  Capítulo 3. “La diputada de Dios”: Cynthia Hotton en el Congreso La inserción en el mundo partidario Misión religiosa, misión política La movilización fallida del colectivo evangélico La fundación del espacio Valores para mi País Ley de cultos: resignificación de una demanda histórica El clivaje de los valores como criterio identitario Fuerza electoral evangélica y horizonte transversal La apuesta representativa de VPMP: dramaturgia y esfuerzo de traducción La organización interna de VPMP

  Capítulo 4. La experiencia Valores para mi País VPMP como monobloque parlamentario La intervención en el debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo Dislocaciones en el proyecto de ley de libertad religiosa Denuncia de corrupción en la Cámara de Diputados Elecciones 2011: VPMP, un partido con identidad “cristiana” Balances de la experiencia de Valores para mi País

  Capítulo 5. Política y religión en la periferia: el pastor Leo Álvarez y la organización Sal de la Tierra Cabos sueltos La Cava: radiografía de un territorio vulnerable Redención en la villa Entre el Estado y el barrio: el oficio de una representación Anclaje territorial y competencia Actores políglotas Conclusiones

  ¿Conclusiones? Más allá de la derrota electoral: repensar la politicidad evangélica en la Argentina contemporánea Los evangélicos y la disputa electoral: articulaciones múltiples y dinámica competitiva Los evangélicos, entre la novedad partidaria y la reproducción de lógicas históricas Las urnas como límite La politicidad evangélica en discusión

  Referencias bibliográficas y fuentes

  Créditos

Acrónimos y siglas


Aciera Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina
Anses Administración Nacional de la Seguridad Social
APDH Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
ARI Afirmación para una República Igualitaria
CCNV Iglesia Centro Cristiano Nueva Vida
C4 Compromiso Cívico y Cristiano con la Comunidad (Colombia)
CEPA Consejo Evangélico de Pastoral y Acción Social
CEA Civismo en Acción
CIERP Confederación de Iglesias Evangélicas del Río de la Plata
CNCE Consejo Nacional Cristiano Evangélico
CPC Compromiso por el Cambio
FAIE Federación Argentina de Iglesias Evangélicas
Fecep Federación Confraternidad Evangélica Pentecostal
Frejufe Frente Justicialista por la Fe
Frepaso Frente para un País Solidario
Freufe Frente Unión por la Fe
IURD Iglesia Universal del Reino de Dios
Kolina Corriente de Liberación e Integración Nacional
MCI Movimiento Cristiano Independiente
MEDH Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos
MIRA Movimiento Independiente de Renovación Absoluta (Colombia)
MJC Movimiento Justicialista Cristiano
MR Movimiento Reformador
MRI Movimiento Reformador Independiente
MSTM Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo
PNC Partido Nacional Cristiano (Colombia)
PRO Proyecto Republicano
PT Partido de los Trabajadores (Brasil)
UCA Universidad Católica Argentina
UCR Unión Cívica Radical
VPMP Valores para mi País

Introducción

Las iglesias evangélicas irrumpieron en la escena política latinoamericana en las décadas de 1980 y 1990. De la mano de su innegable crecimiento demográfico, ensayaron diferentes estrategias de incursión en la arena política. En varios países su performance fue destacada; Brasil constituye el caso paradigmático. El hecho de haber alcanzado gobernaciones municipales y estaduales, la vicepresidencia de un gobierno nacional y el armado de una bancada evangélica en el ámbito legislativo evidenció que en dicho país las iglesias tenían intención y capacidad para formar candidatos, producir un discurso con diagnósticos y propuestas sobre la cuestión pública, competir en elecciones y generar lazos identitarios en el electorado. Sin homologar semejante éxito, en Colombia y en Perú (por mencionar solo algunos casos) también dejaron su huella, sea apoyando activamente a candidatos seculares y movilizando a su grey, o bien aportando sus propios candidatos a la contienda.

Frente a este panorama, el caso argentino se desmarcó rápidamente. Si bien la feligresía evangélica aumentó considerablemente en el país, al igual que la visibilidad de sus acciones proselitistas y sus reclamos en el espacio público, cuando organizaron partidos políticos su fracaso fue rotundo. Este desfasaje entre una presencia cada vez más vigorosa en el paisaje sociorreligioso y una performance negativa en la arena partidaria habilitó numerosos interrogantes en el campo académico en torno a la cuestión de la politicidad evangélica en la Argentina: ¿las iglesias evangélicas solo incidían en los procesos de conversión?, ¿el campo político argentino era impermeable a sus influencias? Si en las contiendas electorales los evangélicos eran derrotados sistemáticamente, ¿eso significaba que eran una forma religiosa inocua en términos políticos?, ¿o acaso habría que buscar su dimensión política en otras acciones?

Este libro se propone realizar un aporte a esta discusión central sobre el fenómeno evangélico en la Argentina. Para ello aborda una serie de experiencias conformadas por pastores y líderes que, en la década de 2000, intentaron (nuevamente) proyectarse en el campo partidario argentino, a partir de discursos, estrategias y ambiciones distintas de las ensayadas en la década anterior. Si bien el resultado en términos electorales volvió a ser magro, mi intención es mostrar cómo en las huellas de estas experiencias fallidas se identifican acciones que pueden calificarse como políticas, por su incidencia en las gramáticas del espacio público contemporáneo y por sus vinculaciones con el campo de la ejecución de políticas públicas, especialmente aquellas que gravitan en el tejido social de barrios populares.

Bajo este planteo, en las páginas que siguen procuro cumplir con tres objetivos. En primer lugar, caracterizar las proyecciones evangélicas en el campo partidario argentino en el nuevo milenio: quiénes protagonizaron estas experiencias, por qué lo hicieron, cuáles eran sus diagnósticos sobre la realidad sociopolítica argentina, qué propuestas y agendas sostenían, a quiénes deseaban representar en la esfera política y qué estrategias utilizaron para alcanzar sus fines. En segundo lugar, explicar la regularidad de la derrota evangélica en las urnas, identificando las razones circunstanciales y estructurales de esta suerte esquiva y sus semejanzas y distancias con la experiencia de los partidos evangélicos en la década de 1990. Finalmente, rescatar la dimensión política de las intervenciones evangélicas, haciendo foco en su incidencia tanto en las controversias desplegadas en el espacio público contemporáneo como en el repertorio de acciones estatales orientado a asistir y contener a los sectores más vulnerables de las zonas urbanas del país.

La evidencia empírica que sustenta mis argumentos fue producida mediante una investigación cualitativa, cuya primera etapa desarrollé entre 2007 y 2012 en el marco de mis estudios doctorales, financiados por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). La selección de los casos siguió una lógica inductiva, lo cual significa que no pretendió ser exhaustiva (no estudié todos los actores que apelaron a su identificación religiosa evangélica en términos electorales), sino que los casos fueron elegidos intencionalmente, de acuerdo con criterios teóricos, a los fines de maximizar y explorar las diferentes formas de hacer política evangélica en el período 2003-2011.1

Como explicito en el último capítulo, mis sospechas con respecto a que la politicidad evangélica se anidaba en dinámicas que excedían (aunque estaban conectadas con) la incursiones partidarias me llevaron a desarrollar una segunda etapa de investigación entre 2014 y 2017, también cualitativa aunque con un tono más etnográfico, que abordó las tareas político-sociales y religiosas desarrolladas por un pastor evangélico en un barrio vulnerable de Villa Fiorito, partido de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires.

El libro se organiza de la siguiente manera: a partir de los antecedentes en la materia (históricos, antropológicos y sociológicos), en el primer capítulo reconstruyo la historia de las intervenciones políticas evangélicas. En un contexto marcado por la amplia llegada del catolicismo a las estructuras de poder, resulta clave reconstruir cómo los evangélicos lidiaron con esta situación, cómo se ajustaron a la condición de minoría religiosa, qué reivindicaciones iniciaron en este sentido, fundamentalmente a partir de la recuperación democrática (1983). En sentido, el capítulo cierra con la presentación de la discusión académica en torno a la politicidad evangélica en la Argentina, debate que tuvo lugar cuando se evidenció la disonancia entre sus intenciones en la arena partidaria y sus resultados en materia de procesos de conversión y movilización en el espacio público.

En el segundo capítulo me concentro en el desempeño político del Movimiento Justicialista Cristiano, el movimiento Cristianos en Acción y el Frente Unión por la Fe, tres formaciones políticas evangélicas que compitieron en las arenas políticas de diferentes municipios del conurbano bonaerense. El despliegue, por parte de sus líderes, de un trabajo social intenso resultó, según mis conjeturas, en su principal vía de acceso a la arena política propia de los barrios populares. Su afiliación a una modalidad territorial de competencia política y los puntos de contactos con el peronismo configuraron una apuesta representativa basada en la unidad y el apoyo de iglesias evangélicas locales y en la postulación de sus líderes como portavoces del “pueblo”, colectivo que agrupaba retóricamente tanto a fieles evangélicos como a sectores postergados socialmente.

En el tercer y en el cuarto capítulo hago foco en el itinerario político de la diputada Cynthia Hotton y su espacio Valores para mi País. Sus intervenciones en disputas públicas sobre temas como aborto y matrimonio homosexual, su discurso basado en la transparencia en la gestión pública y la construcción de una oferta política posideológica articularon una propuesta de división del campo político que denomino “clivaje de los valores”. Esta líder apostó a representar tanto al colectivo evangélico como a una comunidad moral, conformada potencialmente por un público pluriconfesional en respaldo de la defensa de valores considerados primordiales. Varios factores posicionan este caso como uno de los más importantes de la década. En primer lugar, la relevancia pública de su líder Cynthia Hotton, merced al cargo público alcanzado y a su intervención en debates centrales en la agenda pública reciente, donde puso de manifiesto decididamente su identidad religiosa. En segundo lugar, su pretensión de constituir un espacio de referencia para el conjunto de cristianos en política, pero bajo un formato que no coincidió con el del partido confesional. Finalmente, la presentación de una propuesta política centrada en la problemática de la ética y la defensa de valores, que contrastaron con las características de los movimientos evangélicos territoriales y que permitía profundizar la perspectiva comparada, explorando y delineando las consecuencias del desarrollo de intersecciones político-evangélicas profundamente diversas.

En el quinto capítulo abordo una experiencia que se distancia de sus precedentes, en la medida en que remite a una organización que no compite electoralmente, aunque guarda contactos notables con el mundo partidario, en un plano cotidiano como es la gestión de recursos en barrios vulnerables. La organización Sal de la Tierra y la acción de su referente, el pastor Leo Álvarez, serán analizados en pos de mostrar cómo las agencias evangélicas protagonizan un trabajo político social y religioso que, en su anudamiento, gesta una representación política diferente: la representación del propio Estado en la estructuración de las vidas de los habitantes de una de las villas más vulnerables del conurbano sur, La Cava, en el partido de Lomas de Zamora.

El orden de la presentación de los casos no resulta azarosa. Se orienta a mostrar las potencialidades y las vicisitudes de cada uno de los casos presentados y también a sostener una hipótesis, que espero quede suficientemente respaldada al arribar al final de este libro: si bien es innegable la persistencia de los malos resultados en las proyecciones partidarias evangélicas en la Argentina, en las huellas de esas mismas incursiones proyecciones es posible leer e interpretar la presencia y la gravitación de tramas políticas más profundas, menos perceptibles en superficie pero no por ello menos potentes. Me refiero puntualmente a (1) la legitimación sociopolítica de su trabajo social entre los sectores más postergados de la sociedad, actividad que habilita a su tiempo una conexión creciente con políticas estatales, y (2) la participación importante de sus líderes en los debates públicos de la sociedad argentina, en particular en el despliegue o desenvolvimiento de sus últimas controversias referidas a la extensión de derechos sexuales y reproductivos.

En términos epistemológicos, durante mi labor científica concebí al espacio sociorreligioso como una experiencia plural, a la cual se debía acceder mediante un ejercicio hermenéutico. Las estructuras de sentido que lo constituyen solo se tornan asequibles en la medida en que se ponga en práctica un conocimiento local, centrado en el diálogo y el intercambio en términos de igualdad con quienes responden a las consultas del investigador. De esta manera “el conocimiento es producto de la interacción entre investigador y aquellos que responden a este proceso investigativo” (Guba y Lincoln, 1994: 12).

La adopción de la vía comprensiva como eje metodológico de mi trabajo redundó en la consecuente elección de determinados instrumentos de recolección, procesamiento y análisis de datos. En primer lugar, realicé entrevistas recurrentes y en profundidad tanto a los líderes y pastores evangélicos con proyección partidaria en el período indicado como a los dirigentes de las federaciones evangélicas, y a funcionarios y dirigentes políticos. La apertura del trabajo de campo se encontró facilitada, a su tiempo, por la mediación de informantes clave (con los que ya habíamos tratado en la fase exploratoria) o bien como resultado de entrevistas concertadas.

A los fines de reconstruir de manera exhaustiva sus cursos de acción política, en el caso de los candidatos evangélicos también analicé sus documentos publicados en sitios web (particularmente blogs, mailings y espacios en redes sociales virtuales), la propaganda gráfica de sus campañas electorales, sus intervenciones en medios masivos de comunicación y, en el caso de la diputada Hotton, los proyectos de ley presentados en la Cámara de Diputados durante el ejercicio de su mandato.

El relevamiento de los diarios Clarín, La Nación, Página 12, Crítica de la Argentina y Perfil y de las publicaciones confesionales Pulso Cristiano y El Puente en el período 2001-2011 resultó un componente clave en el proceso de investigación, en la medida en que no solo proporcionó datos sobre las intervenciones públicas y las declaraciones de los casos centrales de este trabajo sino que asimismo habilitó la identificación de los posicionamientos de otros actores, en particular las federaciones evangélicas, pero también pastores y comunidades evangélicos que se pronunciaron públicamente ante las acciones públicas de los casos en cuestión.

Finalmente, durante el trabajo de campo también incorporé la perspectiva etnográfica (Rosato, 2009), orientada a comprender profundamente los sentidos subjetivos asignados por los actores a las situaciones de interacción político-religiosa donde participan. Particularmente, tal perspectiva se centró en la observación participante y el registro periódico y sistemático de reuniones, actos de campañas, charlas públicas, conferencias y movilizaciones.

Mi intención al escribir este libro fue sistematizar y pulir los hallazgos más importantes de mi tesis y estudios posdoctorales, y realizar un aporte al campo de análisis que indaga la potencia política de los evangélicos en la Argentina. Y, en un plano mayor, contribuir al crecimiento y la complejización de la sociología de la religión en nuestro país y en Latinoamérica. Más allá de mis intuiciones, aciertos y esmeros, este escrito no hubiera sido posible sin una serie de apoyos y respaldos fundamentales. Mi mujer Rosana y mis hijos, Lisandro y Lucía, son artífices de este logro, porque sin su amor infinito nunca hubiera podido avanzar lo suficiente y vencer mis propias limitaciones y derrotas. Mis papás, mis hermanos, tíos y primos colaboraron siempre, desde el afecto, la pregunta y el interés por mis indagaciones.

Soy un creyente acérrimo de la ciencia como una actividad colectiva. Desde esta perspectiva, en las personas de Juan Esquivel y Daniel Jones quiero agradecer infinitamente a todas las personas que con sus lecturas, comentarios, críticas y sugerencias me ayudaron a ser mejor investigador. No quiero dejar de mencionar el apoyo institucional de Conicet y la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, fundamental en el avance y la publicación de estos resultados.

Y, finalmente, agradezco a todos los pastores y las pastoras, líderes barriales, funcionarios y vecinos que generosamente me abrieron las puertas de sus hogares, templos, despachos y oficinas durante varios años y me donaron su invaluable tiempo en conversaciones, en la apertura de archivos y en la posibilidad de observar sus intervenciones públicas. Ojalá que las páginas que siguen sirvan para que sus acciones políticas sean comprendidas de manera exhaustiva y profunda, por fuera de cualquier prejuicio estigmatizante.

1. Hecha esta aclaración necesaria en términos metodológicos, cabe destacar que hasta el momento, en la Argentina, ningún grupo y actor que haya apelado a la identidad evangélica en términos electoralistas tuvo resultados positivos.

CAPÍTULO 1
Los márgenes políticos de la minoría
Hacer política en un país católico

Para analizar la historia política de los evangélicos en la Argentina es preciso considerar dos premisas básicas. La primera remite al carácter diverso y horizontal de este mundo religioso. El espacio evangélico en la Argentina se conformó a partir de la inserción de diferentes corrientes u “olas” inmigratorias. La ola inicial tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIX y se conformó con el arribo de las iglesias protestantes históricas (metodistas, valdenses, luteranos, anglicanos, presbiterianos, entre otros), herederas en sus formas litúrgicas y organizacionales de la Reforma protestante. Hacia 1880 fue el turno de las corrientes evangelicales, próximas en sus enfoques misionales a los avivamientos que tuvieron lugar en Estados Unidos y Gran Bretaña hacia fines del siglo XIX y principios del XX (la Iglesia de los Hermanos Libres y los adventistas son expresiones de esta corriente). Finalmente, alrededor de 1910, tuvieron lugar las primeras misiones pentecostales (Marostica, 1997: 17-37). Como marcan Hilario Wynarczyk, Pablo Semán y Mercedes de Majo (1995), este esquema se complementa mucho más tarde, en 1980, con una cuarta corriente, correspondiente al neopentecostalismo, conformado por formas religiosas que sintetizaron ciertos rasgos constitutivos del pentecostalismo clásico con elementos de la religiosidad popular.

A diferencia del mundo católico, que tiene en el Vaticano y el poder papal un centro referencial en materia de ordenamiento litúrgico, doctrinal y de posicionamiento público, cada una de las denominaciones que conforman las corrientes evangélicas citadas se destacan por ser autónomas, tanto en sus ordenamientos organizacional, pastoral y litúrgico como en lo que refiere a sus cursos de acción pública. Esto no significa que a lo largo de la su residencia en la Argentina no hayan celebrado actividades intercomunitarias ni concertado posicionamientos aunados, pero en todos los casos esto se produjo sin que ninguna iglesia o federación de iglesias alcanzara un poder y una legitimidad tal que le permitiera hablar “en nombre de” la totalidad de los evangélicos en la Argentina. El mundo evangélico, en términos políticos, fue y es un mundo fragmentado, dividido, aunque no necesariamente inconexo.

La segunda premisa hace foco en la condición de minoría religiosa. Desde su llegada hasta nuestros días, los evangélicos representan la minoría religiosa más importante en un país donde el catolicismo no solo es la religión mayoritaria sino también un lenguaje político; es decir, una matriz cultural que en diferentes pasajes históricos se mimetizó con la identidad nacional. Este fenómeno no solo marcó una disparidad ostensible en materia de recursos materiales y simbólicos, sino también períodos de hostilidad y persecución hacia la disidencia religiosa que en su intensidad modularon la conciencia y el repertorio de demandas y acciones colectivas de los evangélicos.

Hechas estas consideraciones, en lo que sigue haré un sucinto repaso de cinco momentos o hitos clave de la politicidad evangélica: 1) su participación en los debates circundantes al proceso formativo del Estado argentino; 2) su resistencia en las décadas de 1930 y 1940 a la hostilidad propiciada por la simbiosis entre identidad católica y nacional; 3) la afinidad entre peronismo y pentecostalismo, sellada por la apertura del primero a las campañas de evangelización; 4) las fracturas internas producidas en las décadas de 1960 y 1970, por posicionamientos disímiles frente a los contextos políticos nacionales e internacionales, y finalmente 5) la profundización y diversificación de su acción política, a partir de la recuperación democrática (1983).

Superada la homogenización católica del territorio, propia de la etapa colonial (Di Stefano y Zanatta, 2000), la presencia evangélica se intensifica de la mano de los primeros acuerdos que las elites criollas celebran con potencias extranjeras, en especial con las europeas. Una prueba de ello resulta el tratado celebrado en 1825 con Gran Bretaña, que al mismo tiempo que concedía garantías para el ejercicio de actividades comerciales, aseguraba la libertad de conciencia de la población inglesa en Buenos Aires, permitiéndole a su vez la celebración de culto en el ámbito privado y la construcción de capillas e iglesias para dichos fines.

La Constitución de 1853 institucionalizará la hegemonía religiosa: el artículo 2° deja asentada la obligación del sostenimiento del culto católico, mientras que el artículo 63 impone la adhesión al catolicismo como cláusula de acceso a la titularidad del Poder Ejecutivo. Incluso el poder político se comprometía a amparar la evangelización de las poblaciones indígenas (art. 67 inc. 15 de la Constitución Nacional de 1853).1 Si bien con este andamiaje jurídico el catolicismo retenía su impronta cultural y la rubricaba legalmente, paralelamente se promulgaba la libertad de cultos (art. 14 de la Constitución Nacional de 1853), en un gesto de reconocimiento a la diversidad religiosa ya existente y que respondía, a su tiempo, al deseo de los sectores dirigentes de mantener una mirada benevolente sobre las expresiones religiosas no católicas, en el contexto de un país en pleno proceso de organización y que anhelaba atenuar los conflictos internos y con las potencias mundiales (Bianchi, 2004).

El período comprendido entre 1870 y 1930 marcó la emergencia de una elite política de corte liberal, que ponderó la consolidación de la administración estatal y el emprendimiento de una serie de acciones orientadas a fortalecer su autonomía y capacidad de injerencia social. Por primera vez la figura estatal se separa de la tutela religiosa y adquiere el rostro de un “Estado enemigo”. De esta época data la estatización de registros civiles, cementerios y escuelas (Mallimaci, 2006). Este último derecho se articula con la fuerte política inmigratoria que la denominada “generación del 80” impulsaba, en tanto factor de poblamiento y progreso. El libre ejercicio de oficios religiosos era pensado, en este contexto, como un elemento importante en la promoción del ingreso de inmigrantes con otras afiliaciones religiosas, principalmente protestantes y eventualmente judíos.

También de este período data la ley 1420 de educación común, obligatoria y laica que, bajo el gobierno de Julio Argentino Roca, marcó la exclusión de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y la consiguiente reacción de la conducción eclesiástica católica, que no aceptaba la confinación de los valores y criterios religiosos al ámbito de lo privado.

Como señala Fortunato Mallimaci (2006: 71), este proceso asumió el cariz propio “de paso conflictivo, de idas y venidas, de una sociedad donde la verdad católica es tomada como ley, a otro donde la libre conciencia afirma sus derechos y estos son reconocidos políticamente”. La fuerte oposición esgrimida por la jerarquía católica ante estas propuestas activó el apoyo de diversos grupos religiosos a la iniciativa de independencia estatal, en un contexto de una ciudadanía aún restringida. En su análisis sobre la Iglesia Metodista y su perfil público, Paula Seiguer (2015) destaca que los evangélicos respaldaron, mediante su prensa y sus personajes más notables, todas las medidas tendientes a disociar catolicismo de Estado Nacional, aunque no necesariamente comulgaban con la idea de la privatización del fenómeno religioso. Por el contrario, su modelo societal se acercaba al norteamericano, donde las creencias trascendentes gravitaban en la escena pública, incluso en las escuelas, por considerarlas eje de promoción de valores y de progreso.

Este ciclo de tensiones y debates adquiere otro tenor con la transición hacia una sociedad de masas, acontecida entre fines del siglo XIX y principios del XX. Las transformaciones sociales y políticas propias del período (inmigración masiva, lucha y expansión de derechos civiles, circulación de ideologías políticas producidas en el contexto europeo y emergencia de la cuestión social) no pasaron desapercibidas para la Iglesia Católica, que activó un proceso de avance y conquista de las diferentes esferas sociales en pos de “catolizar” la sociedad y contrarrestar la emergencia de ideologías foráneas (el liberalismo, pero también el marxismo y el anarquismo, y sus predicamentos sobre los conflictos de clase). Una primera avanzada en este sentido fue la formación de partidos políticos confesionales, fallida y breve2 ya que la jerarquía católica juzgaba la arena partidaria como un territorio hostil para sus pretensiones de consolidarse como la afiliación religiosa monopólica en la nación.

Como bien señala Juan Cruz Esquivel (2004: 71-72), la estrategia de la Iglesia Católica de catolizar la sociedad se orientó a la inserción en las estructuras sociales antes que la creación de instancias paralelas. Así como en el caso de los conflictos en el mundo del trabajo, la Iglesia Católica no creó “sindicatos católicos” sino que se entrometió en los existentes, de la misma manera procedió frente a la clase gobernante: no estimuló la creación de un partido esencialmente católico al interior del sistema político argentino, sino que intentó influenciar “desde adentro” a la clase gobernante.

Esta apuesta redundó en lo que Roberto Di Stefano y Loris Zanatta (2000) denominaron “el mito de la nación católica”: un relato que posicionó a la Iglesia Católica como matriz fundante de la Nación Argentina, preexistente al Estado y, por ende, dadora de sentido de su organización social y política. Este imaginario religioso tuvo la aquiescencia de los elencos políticos conservadores que, retrocediendo en su propuesta de secularizar la sociedad, apostaron a utilizar la identidad católica como criterio de homogeneización de la población argentina (Segato, 2007: 196).

En tanto base de una identidad política, “el mito de la nación católica” demarcó sus fronteras bajo la lógica amigo-enemigo y esto tuvo consecuencias negativas para los credos no católicos que, por su parte, estaban atravesando transformaciones profundas. Si en los inicios del siglo XX en el mundo evangélico persistía una identificación entre lo religioso y lo nacional/étnico bajo la idea de las iglesias como refugio de la etnicidad (Bianchi, 2004; Seiguer, 2011), a partir de la década de 1930 el recambio generacional demanda cambios sustantivos. Las nuevas generaciones de evangélicos ya eran ciudadanos argentinos y ponían todo su énfasis en reclamar sus derechos no solo a una libertad de culto nominal o en un régimen de tolerancia como el que existía hasta ese momento, sino en la igualdad plena en el ejercicio de la fe. Entre sus anhelos se encontraba la pretensión de una sociedad perfectamente plural, pero para ello requerían una regulación estatal ecuánime (Bianchi, 2004).

Sobre cada uno de estos grupos y sus aspiraciones, el mito de la nación católica montó un discurso deslegitimante. Al referirse a la comunidad judía, los miembros más integralistas apelaron para excluirlos al argumento medieval del deísmo.3 En idéntico sentido, luteranos, pentecostales, bautistas y adventistas pasaron a ser considerados representantes de una ideología foránea, secularizante y anómala cuya meta era contaminar todo aquello que era fundante en un país de exclusiva raíz católica. Cualquier manifestación de fe fuera de los templos y las comunidades étnicas fue prohibida y, sobre todo, cualquier acción proselitista. De esta manera, el mito de la nación católica y sus defensores postulaban la exclusión de la esfera pública por parte de la disidencia religiosa, que debía atenerse a una situación de tolerancia mínima y a una confinación estricta de sus actividades a la esfera de lo privado.

Los grupos evangélicos no permanecieron pasivos ante estos avasallamientos. En 1939 la Iglesia Congregacional Alemana, la Evangélica de habla francesa, la Metodista, la Valdense, la Alianza Misionera Cristiana, la Misión Evangélica Menonita y la Unión Evangélica Sudamericana formaron la Confederación de Iglesias Evangélicas del Río de la Plata (CIERP), que se propuso actuar como portavoz político del mundo protestante y denunciar la censura que sufrían sus emprendimientos radiofónicos, como asimismo las imposiciones de enseñanza religiosa (católica) en las escuelas (Bianchi, 2004: 183).

Ya en tiempos peronistas, los evangélicos volvieron a organizarse para protestar vivamente contra la creación estatal del Fichero de Cultos, destinado a controlar la disidencia religiosa y a impedir el funcionamiento de cualquier centro religioso no registrado. Dicho mecanismo jurídico nominalmente establecía la necesaria inscripción de todo culto no católico en un registro nacional, a fin de controlar sus actividades y la designación de sus autoridades. Se mantenía el privilegio de la personería jurídica pública para la Iglesia Católica, mientras que el resto de las confesiones (entre las que se destacan las evangélicas y pentecostales) debían inscribirse a su vez como “asociaciones civiles” en la Inspección General de Justicia, situación que se mantiene hasta nuestros días (Catoggio, 2008). Si bien los evangélicos no lograron impedir la creación y puesta en marcha de este organismo monitor, sí consiguieron bloquear, mediante presentaciones ante el Senado, una iniciativa aún más restrictiva que circuló por esos años y que buscaba confinar las actividades de los cultos no católicos exclusivamente al ámbito de sus templos (Bianchi, 2004: 215).

Resulta útil detenerse en el peronismo como etapa política, porque dicho gobierno será el que ofrecerá una impasse al tiempo de las hostilidades gubernamentales y facilitará un marco de oportunidades para los evangélicos. En sus comienzos la afinidad con la jerarquía católica era profunda, producto del diálogo mantenido entre el programa del célebre movimiento y la doctrina social de la Iglesia Católica. Sin embargo, tras unos primeros años de mutuo entendimiento, las relaciones entre ambos actores se crisparon a partir de acusaciones recíprocas de injerencias indebidas (Caimari, 1995). En contrapartida, el gobierno peronista inició una relativa apertura hacia el espacio público por parte de algunos grupos religiosos, que pudieron gozar de permisos gubernamentales para disponer de lugares masivos para sus cultos (Bianchi, 2004). En este contexto se destacó el apoyo logístico brindado a la visita del predicador norteamericano Tommy Hicks. Hicks era conocido por sus campañas de sanación, que se enmarcaban en jornadas de varios días, usualmente en estadios de fútbol u otros espacios con gran capacidad. El gobierno peronista concedió el permiso para que se realizaran en el estadio del club Huracán y luego en el de Atlanta, y el resultado fue una concurrencia que desbordó las expectativas iniciales. Miles de personas participaron durante tres días del evento, que fue criticado con suspicacia por la jerarquía católica.

Además de la masividad y lo novedoso del apoyo gubernamental, las campañas de Hicks marcaron un hito en la historia política evangélica porque representaron, en primer lugar, un acceso al espacio público que propició a su vez el mutuo reconocimiento de la pertenencia a una minoría. Por otro lado, en la huella mnémica de generaciones de evangélicos pentecostales quedó grabado el gesto de Perón de apoyar un evento de esas características y esta acción sembró una simpatía que perduró por décadas, y que incluso sigue hasta nuestros días.4

El golpe de Estado de 1955 y los gobiernos dictatoriales que le siguieron reactivaron los vínculos y la afinidad entre catolización y militarización de la sociedad argentina, en detrimento de los derechos del resto de las confesiones religiosas. Las acusaciones por “infiltración ideológica” hacia las comunidades judías y evangélicas reaparecieron en las décadas de 1950 y 1960, y ya en la última dictadura militar (1976-1983), nuevos decretos reafirmaron la hegemonía católica: la ley 21.950 de asignación mensual a dignatarios religiosos, la ley 22.161 sobre asignación mensual a curas párrocos de frontera y la ley 22.950 para el sostenimiento y la formación del clero de nacionalidad argentina. La posición preferencial del catolicismo al interior del campo religioso se cristalizó plenamente en 1978 con la restauración del Fichero Nacional de Cultos no Católicos, cuya finalidad expresa era “controlar” todas las creencias no católicas. Con este andamiaje jurídico también se restauró una definición particular de lo religioso en la Argentina, donde las confesiones religiosas no católicas fueron inscriptas bajo una doble otredad: otredad religiosa, pero también política, ya que el ser católico establecía una equivalencia radical con el ser nacional.

Este contexto de hostigamiento no significó que las comunidades evangélicas se refugiaran intramuros, sin elaborar posicionamientos. En este sentido Bianchi (2004) plantea que, paralelamente a la restauración de los tiempos persecutorios, tuvo lugar una división en el espacio evangélico. Mientras las iglesias herederas de la primera reforma y venidas a la Argentina en la primera migración (metodistas, valdenses, luteranos, la Evangélica del Río de la Plata, entre otras) se mostraron afines con el “evangelio social” y con el desarrollo de una pastoral cercana a la teología de la liberación, un segundo grupo (los evangelicales y los pentecostales) se afilió a la corriente fundamentalista que sobrevino en las comunidades norteamericanas después de la Segunda Guerra Mundial, fortalecida a posteriori con la conformación de la Nueva Derecha Cristiana.5 La dictadura militar de 1976 acentuó más estas diferencias en la medida en que el primer grupo se alió al sector progresista católico para conformar, en 1975, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y en 1976 el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH); mientras que el segundo respaldó silenciosamente el golpe de Estado (por considerarlo una medida oportuna y necesaria para frenar el avance del comunismo) o bien optó por recluirse bajo lo que Matt Marostica (1997: 247) denomina “el paradigma misionero”: una modalidad de organización eclesial de carácter cerrado, que fomentó la preservación de la identidad denominacional, el aislamiento social y el apoliticismo como dogma.

Hilario Wynarczyk (2009: 53-63) considera que estas diferenciaciones respondieron a matrices teológicas y en razón de ello llamó al primer grupo “el polo histórico liberacionista” y al segundo, “el polo conservador bíblico”. El primero fundó sus posicionamientos públicos en una hermenéutico-histórica de la Biblia, en diálogo con las ciencias sociales y con una fuerte preocupación pastoral por la cuestión social, mientras que las iglesias pertenecientes al polo conservador bíblico se ajustaron a una lectura fundamentalista de los textos sagrados, que redundó en posicionamientos ortodoxos en cuestiones vinculadas con la moral sexual y al compromiso político. Este polo conservador bíblico se conformó por iglesias evangelicales, pentecostales y neopentecostales, y constituyen el grupo mayoritario al interior del espacio evangélico, que se nucleó en la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (mayoritaria, aunque no solo pentecostal) y en la Federación Confraternidad Evangélica Pentecostal (Fecep). Por su parte, las iglesias del primer polo confluyeron en la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE).

La democracia como oportunidad

Con la recuperación y consolidación democrática (1983), si bien las prerrogativas legales del catolicismo se mantuvieron, el nuevo contexto propició una mayor apertura gubernamental hacia los grupos cristianos no católicos. Diversas denominaciones evangélicas contaron con el beneplácito de las autoridades para la realización de multitudinarios cultos y campañas de sanidad en estadios, plazas y parques, y para la utilización y adquisición de medios masivos de comunicación.

Esta apertura se conjugó con cambios endógenos del mundo evangélico y la combinación dio lugar a un salto cuantitativo en términos de cantidad de fieles y visibilidad en el espacio público. En este sentido, el cambio fue motorizando un proceso de pentecostalización (Wynarczyk, Semán y de Majo, 1995), esto es, la progresiva irradiación de cosmovisiones y recursos teológicos desde el subcampo pentecostal al resto de las denominaciones evangélicas. Wynarczyk destaca la propagación de los marcos interpretativos en la difusión del “evangelio del poder” y la noción de “la unción” como dos cosmovisiones teológicas que impulsaron la movilización evangélica. Estas visiones decían que la Argentina era una tierra bendecida por el Espíritu Santo, pero su acción trascendente necesitaba ser expandida a partir de la misión a todos los espacios y a todas las personas, a los fines de lograr que “el país se convierta”. Las campañas de líderes carismáticos neopentecostales, como las de Carlos Annacondia en la década de 1980, favorecieron la organización de actividades interdenominacionales que atravesaron las fronteras de las comunidades, las tornaron porosas y, al mismo tiempo, las orientaron hacia la construcción de una identidad común: “ser evangélico”. Marostica (1997: 66) asigna un rol primordial a los líderes y su carisma en esta etapa, en la medida en que no solo contribuyeron a la unidad de aquello que se encontraba inconexo, dotándolo de un sentido de pertenencia, sino que asimismo favorecieron la conformación de un nuevo repertorio de creencias y acciones colectivas.

Entre todas las denominaciones evangélicas, el crecimiento fue marcado en el pentecostalismo, por su éxito proselitista entre los sectores populares urbanos del país. En sintonía con el planteo de Pablo Semán (2000a), el crecimiento de las comunidades evangélicas en el complejo mundo popular se explica por su capacidad para acompañar las situaciones de empobrecimiento que sus miembros experimentaban en las primeras décadas democráticas, en un contexto donde además entraban en crisis las instituciones que históricamente los habían representado y movilizado, como es el caso de la Iglesia Católica, los sindicatos y los partidos políticos, en especial el peronismo (Míguez, 1997). Las propuestas pastorales de estas iglesias pentecostales de barrio fueron exitosas porque no intentaron suplantar la matriz religiosa holista, relacional y cosmológica del mundo popular, sino que se insertaron en ella a partir de un mensaje que se preocupaba tanto por la restauración espiritual como material de los creyentes, en un marco de relación horizontal entre estos y los especialistas sagrados, ya que en muchos casos se trataba de vecinos del mismo barrio alcanzado por la crisis económica, política y social.

Estos cambios profundos que se dieron en la posición social de los evangélicos en la década de 1980 sirvieron de soporte para que en la década siguiente tuvieran lugar dos acciones políticas: la vía partidaria y la movilización en el espacio público.

La vía partidaria6

El primer partido evangélico fue el Movimiento Cristiano Independiente (MCI), que se formó en la provincia de Buenos Aires en 1993. Paralelamente se constituyó el Movimiento Reformador Independiente (MRI), el cual resultó ser la expresión de esta misma fuerza política en la provincia de Córdoba. En ambos casos se trataba de agrupaciones conformadas por pentecostales que se lanzaban al mundo de la política con la idea de redimir y reconstruir dicha esfera de la actividad humana (afectada en su cosmovisión por el mal pecaminoso de la corrupción), valiéndose de los principios bíblicos como ejes medulares de esta tarea. En el orden estratégico, estos dirigentes procuraban afianzar sus bases electorales al interior de las congregaciones evangélicas, por lo que organizaban campañas en los templos, presentándose como los portadores de una misión que resultaba complementaria a la ejercida por los especialistas religiosos, y que se fundaba en la aplicación de principios y criterios extraídos del Antiguo Testamento (“reconstruccionismo bíblico”, en términos de Wynarczyk, 2010: 98-99).

Estas fuerzas políticas evangélicas tuvieron su primera experiencia en la arena partidaria en las elecciones generales de 1993, con resultados magros. En el marco de las candidaturas a la Asamblea Constituyente de 1994 el MCI complejizó su plataforma política, presentando la demanda de igualdad religiosa en la Argentina. En efecto, si bien el contexto democrático allanó los canales de la publicitación de la disidencia religiosa, el andamiaje jurídico que garantizaba la hegemonía católica seguía intacto, tal como lo había perfeccionado la dictadura.

Para desarrollar esta estrategia política más ambiciosa, orientada a la representación electoral de una minoría discriminada y a la movilización de fieles en torno a su programa (Wynarczyk, 2009: 109-111), los dirigentes del MCI se contactaron con sus pares de las federaciones y con pastores reconocidos en el ambiente evangélico. Sin embargo, pese a las reuniones y presentaciones en los templos, los votos de los hermanos en la fe volvieron a serles esquivos.

Fortunato Mallimaci (1996b: 276) contrapone la apuesta de representación colectiva del MCI a la extraordinaria vía de la participación, como convencional constituyente, del pastor metodista José Míguez Bonino por las filas del Frente Grande, en compañía de otras figuras religiosas, como el obispo católico Jaime de Nevares. El exitoso caso de Míguez Bonino7 encarna la figura de un líder de reconocido prestigio social, cuya inscripción partidaria se fundamentó en la afinidad con el programa y las propuestas de una organización política, en un contexto clave de redefinición de las reglas constitucionales, pero sin usufructuar su posición de líder religioso ni alentar la formación de una línea política exclusivamente evangélica.

Una nueva derrota en las elecciones de 1995 provocó el desmembramiento del MCI y una fracción de dicho espació fundó el Movimiento Reformador (MR) que abandonó la idea de un partido confesional y apostó por una política de alianzas, comportándose como un espacio evangélico al interior de estructuras políticas “seculares”. En su programa, reemplazó el esquema del reconstruccionismo bíblico por la búsqueda de la justicia social, la lucha contra la corrupción y la reivindicación de los intereses del pueblo. La afinidad de este ideario con la tradición peronista habilitó la construcción de un antagonismo con la dirigencia política oficialista (el menemismo) y un acercamiento sucesivo a diferentes formaciones peronistas “disidentes”: sus miembros integraron primero el Frepaso, luego la Democracia Cristiana y, por último, el Polo Social dirigido por el sacerdote católico Luis Farinello8 (Wynarczyk, 2006: 29; 2010: 325).

Pese al cambio estratégico y a las adaptaciones realizadas a sus propuestas políticas, el MR tampoco alcanzó cargos públicos en sus sucesivas participaciones en alianza con estructuras partidarias seculares y, tras el cierre de la experiencia del Polo Social, la agrupación política evangélica se disolvió.

Cabe destacar que la suerte de los partidos confesionales en la Argentina contrastó con otras experiencias latinoamericanas paralelas. En los mismos años, en Brasil, la participación de las iglesias evangélicas en la vida política se presentó como uno de los casos paradigmáticos de la región, por su fuerte repercusión mediática y por incidir en una nueva dinámica dentro del sistema político, en la cual el voto evangélico actuó como una variable de influencia. Entre los ejemplos más renombrados pueden citarse la elección de Anthony Garotinho9 como gobernador del estado de Río de Janeiro en 1998 y su posterior candidatura como presidente en 2002; la competencia entre dos evangélicas, Rosángela Matheus (esposa de Garotinho) y Benedicta da Silva, por la gobernación del estado de Río en 2002 (con resultado favorable para la primera) y la elección del obispo Marcelo Crivela, líder de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), como senador en los mismos comicios. En lo que concierne estrictamente a las elecciones parlamentarias, estudios como los de Maria Campos Machado (2006) y Leonildo Silveira Campos (2005, 2007) establecen una tendencia ascendente, con la elección de cuarenta y cuatro diputados federales evangélicos en 1998 y sesenta y uno en 2002. Finalmente, Ricardo Mariano y Antônio Pierucci (1996) señalan el desenvolvimiento de líderes y pastores pentecostales favorables a la elección de Fernando Collor de Mello en las presidenciales de 1989,10 y Silveira Campos (2005: 174) da cuenta del importante rol asumido por IURD en las elecciones presidenciales de 2002, cuando su cúpula dirigencial pactó con Lula da Silva un apoyo electoral estratégico, que culminó con la designación de José Alencar como vicepresidente.

El número de escaños conseguidos por las denominaciones evangélicas en algunos estados como Río de Janeiro o Rio Grande do Sul, e incluso en el Congreso Nacional durante las décadas de 1990 y 2000, llevó a la prensa y a la dirigencia política tradicional a referirse a la constitución de una “bancada evangélica”,11 en tanto grupo orgánico dotado de intereses y modalidades de acción propios.

Según los analistas del caso brasileño, este avance político de las iglesias se explica gracias a la profesionalización de la proyección en la esfera pública por parte de las iglesias evangélicas y neopentecostales,12 que dio lugar a un modelo de inserción de carácter corporativo. A diferencia de la etapa previa a la Asamblea Constituyente,13 cuando las incursiones políticas se inscribían en iniciativas de índole individual, en la era democrática fueron las iglesias, en tanto corporaciones, las que “produjeron” a sus propios líderes políticos, a partir de mecanismos de selección, formación y seguimiento de sus candidatos, la mayoría de ellos pastores. Los “políticos de Cristo” –los dirigentes formados al interior de las iglesias– “se ven […] como portadores de una misión divina, para la cual fueron llamados, con el fin de promover una especie de exorcismo de la vida política nacional” (Silveira Campos, 2005: 159).

Esta postura redentora14 se complementó, por un lado, con la búsqueda de beneficios directos para los proyectos de la iglesia de pertenencia, a partir de la gestión parlamentaria, y por el otro, con la presentación de proyectos legislativos basados en cuestiones morales y éticas (Campos Machado, 2006), que procuraron diferenciar a los políticos evangélicos de la clase política tradicional y expandir su visión doctrinal en diversas áreas de la gestión pública.

La estrategia desarrollada por las iglesias neopentecostales y evangélicas en Brasil no fue formar partidos confesionales, sino posicionar a sus candidatos en diferentes estructuras partidarias, para potenciar así sus posibilidades de obtener bancas en las legislaturas estaduales y nacionales. En otras palabras, la politización del campo evangélico en Brasil se cristalizó de manera acabada en la asunción del rol de “partidos paralelos” por parte de las iglesias.15 También hay que contabilizar entre las condiciones de posibilidad de este fenómeno características distintivas del sistema político brasileño, como su marcado federalismo, la debilidad de la mayoría de los partidos políticos y un sistema electoral que habilita la elección de varios diputados por cada estado, potenciando de esta manera la incidencia de una comunidad minoritaria y dispersa como la evangélica (Freston, 1991: 31).

De manera semejante, la experiencia evangélica en el espectro partidario colombiano puede comprenderse analíticamente a partir de un modelo de inserción bajo el cual las megaiglesias pentecostales16 se comportaron organizacionalmente como partidos políticos confesionales, compitiendo en elecciones y estableciendo alianzas entre sí o con estructuras partidarias seculares. Se destacan los casos del Partido Nacional Cristiano (PNC), que tiene como comunidad de referencia la Misión Carismática Internacional; el Compromiso Cívico y Cristiano con la Comunidad (C4), que proviene de la Cruzada Estudiantil y Profesional de Colombia, y el Movimiento Independiente de Renovación Absoluta (MIRA), cuyas raíces se extienden en la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional. Bajo esta lógica, Claudia Rodríguez Castellano, líder de la Misión Carismática Internacional, fue candidata presidencial por el PNC. En 1991 resultó electa senadora de la República, cargo al que volvió a acceder en 2006, tras una alianza celebrada por su partido, el PNC y Cambio Radical. En el historial político del PNC también se cuentan la obtención de un escaño en la Cámara de Representantes en 1998, y en el Senado Nacional en 2000. A su vez, el hijo del pastor fundador de la Cruzada Estudiantil y Profesional de Colombia y líder de dicha comunidad, Jimmy Chamorro, resultó tres veces electo senador de la República en el período comprendido entre 1994 y 2006. En el proceso electoral de 1998, el C4 integró una alianza con el Partido Conservador cuyo candidato a presidente era Andrés Pastrana. Esta acción dio cuenta de su independencia del resto de las corrientes políticas neopentecostales (Cepeda van Houten, 2007: 208-209, 170-171).17

Perú también resulta uno los casos más representativos en la historia reciente por la participación masiva de líderes y pastores evangélicos en el partido político Cambio 90, que consagró como presidente de la república de Perú a Alberto Fujimori en las elecciones de 1990, cuyo mandato se extendió hasta 2000.18

El estudio de Víctor Arroyo y Tito Paredes (1991) resalta el rol de los dirigentes más importantes del campo evangélico peruano en la constitución legal de Cambio 90 y en su posterior difusión mediante la afiliación de miembros de las iglesias y el recorrido de los sectores periféricos del país, en tanto estrategia proselitista. Como resultado del proceso electoral y del apoyo brindado al movimiento de Fujimori, dieciocho parlamentarios evangélicos (catorce diputados y cuatro senadores) pasaron a formar parte del nuevo Congreso de la República, a los que se suma la asunción a la vicepresidencia segunda por parte del pastor bautista Carlos García (López Rodríguez, 2004: 23).

Tras el denominado “autogolpe” de 1992 y el inicio del proceso de centralización al interior de la política fujimorista, se producen múltiples fraccionamientos en el conjunto de parlamentarios y militantes evangélicos, algunos de los cuales optan por abandonar su banca e ingresar a las filas de otros partidos políticos, mientras que un segundo sector permanece y se constituye en parte del soporte ideológico del régimen, con declaraciones que afirmaban, por ejemplo, la concreción de un plan divino en la presidencia del líder de Cambio 90 (López Rodríguez, 2004: 25-27).19

La movilización por los derechos en el espacio público

En un camino paralelo y autónomo a la proyección partidaria, diferentes sectores evangélicos convergieron en una segunda acción política, también en la década de 1990. Sus analistas (Marostica, 1994, 1997, 2000; Wynarczyk, 2009) subrayan sus orígenes reactivos y su derrotero finalmente exitoso.

Para comprender su importancia y su huella hay que retomar el hilo del crecimiento demográfico y la acumulación de recursos materiales y simbólicos que el espacio evangélico experimentó a fines de la década de 1980 y principios de la de 1990. Las campañas de evangelistas como Carlos Annacondia y Omar Cabrera se habían vuelto eventos comunes, al igual que la reconversión de los cines de zonas céntricas en iglesias de gran tamaño y que gozaban de una concurrencia llamativa. Mientras tanto, las pequeñas comunidades pentecostales transformaban el paisaje urbano: en los barrios de las periferias de las grandes urbes, por cada parroquia se contabilizaban siete u ocho iglesias evangélicas, que a sus prácticas cultuales sumaban merenderos, radios comunitarias, talleres, etc. Si bien en esos momentos no existían registros estadísticos del cambio religioso, la efervescencia de estas dinámicas presagiaba un impacto que los censos de una década más tarde confirmarían: los evangélicos (en su conjunto) crecían a expensas del catolicismo y orillaban el 10% de la población total de la Argentina.

En su asamblea plenaria de 1986 los obispos católicos advirtieron a la opinión pública y al gobierno sobre la presencia de sectas invasoras (entre las que incluían a los evangélicos) que contaban con financiamiento internacional y que, en su planteo, buscaban erosionar el vínculo histórico entre catolicismo y argentinidad en los sectores populares (Frigerio y Wynarczyk, 2008: 242). Interpelados por esta acusación, dirigentes evangélicos de diferente procedencia reaccionaron y elaboraron documentos donde destacaban la histórica y saludable presencia de sus iglesias en el territorio nacional, mientas que etiquetaban a su tiempo como sectas a religiosidades seudocristianas y cultos oscurantistas (Marostica, 2000: 21). En 1989 periodistas y psicólogos organizaron un movimiento antisectas de carácter secular que instaló mediáticamente la responsabilidad de cultos no católicos en técnicas de “lavado de cerebro” (Frigerio y Wynarczyk, 2008: 243). En este clima social, la Secretaría de Cultos diseñó un anteproyecto de ley de cultos, que en 1993 fue enviado por el Poder Ejecutivo al Congreso Nacional y obtuvo media sanción de la Cámara de Senadores. Diferentes pastores evangélicos, muchos de ellos reconocidos y prominentes en sus comunidades, interpretaron estas acciones en el plano político como la antesala de la inminente promulgación de normas restrictivas contra la libertad religiosa, y alentaron al resto de sus hermanos en la fe a tomar conciencia del riesgo en ciernes y movilizarse.

Fueron las federaciones Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (Aciera) y las mencionadas Fecep y FAIE las que, deponiendo sus históricas diferencias, organizaron una comisión tripartita y criticaron públicamente el llamado “proyecto Centeno” (Wynarczyk, 2009: 280). Entre sus argumentos se contaba el mantenimiento de la desigualdad religiosa (no modificaba los privilegios del catolicismo) y la introducción de cláusulas de difícil cumplimiento para las comunidades evangélicas más pequeñas. En efecto, el proyecto Centeno establecía que, para inscribirse en el Registro Nacional de Cultos, las comunidades religiosas debían observar arraigo histórico en el territorio nacional y caudal demográfico (Proyecto de Ley sobre Libertad de Conciencia y Religión, 1993: art. 8º inc. a), dos requisitos difíciles de cumplir para numerosas comunidades pentecostales, lo que las obligaría a registrarse bajo iglesias más importantes (Wynarczyk, 2009: 238).

Además de acciones en el plano jurídico, las federaciones organizaron una marcha con seis mil creyentes al Congreso Nacional para protestar contra la sanción de esta ley (Marostica, 2000: 24), al mismo tiempo que se reunieron con legisladores y la Secretaría de Cultos para visibilizar su férrea oposición. Finalmente, el proyecto Centeno perdió estado parlamentario, en parte por la denuncia crítica de las comunidades evangélicas como por la oposición del sector más conservador del Episcopado católico, que deseaba mantener todas sus prerrogativas (Frigerio y Wynarczyk, 2008: 245).

Tras el fracaso del proyecto Centeno, entre 1995 y 1999 surgieron iniciativas por una nueva ley de cultos en la Argentina, pero ninguna logró consolidarse (Wynarczyk, 2009: 249). Sectores evangélicos fueron particularmente hostiles a estas propuestas, porque incluían estrictas condiciones para la inscripción al Registro: presencia histórica en el territorio nacional o ser la iglesia oficial de Estados con relaciones diplomáticas con la Argentina y presencia efectiva en por lo menos tres provincias argentinas o un caudal demográfico relativamente alto. La oposición evangélica cobró mayor coordinación e intensidad cuando las mencionadas federaciones constituyeron el Consejo Nacional Cristiano Evangélico (CNCE) en 1996. En septiembre de 1999, el CNCE convocó a todas las denominaciones evangélicas a una concentración pública en el centro de la ciudad de Buenos Aires con un doble propósito: orar por la nación y sus gobernantes, y denunciar la desigualdad religiosa de la que eran objeto. El “obelisco evangélico” se repitió en 2001 bajo las mismas consignas e incluso contó con la asistencia de autoridades de la ciudad de Buenos Aires y de la Nación.

Si bien no lograron que un proyecto de igualdad religiosa fuera sancionado una vez malogrado el proyecto Centeno, la acción política de las federaciones en la década de 1990 fue significativa, porque frente al fraccionamiento estructural del campo evangélico, Aciera, FAIE y Fecep se consolidaron como portavoces legítimos del reclamo colectivo, y encabezaron las movilizaciones e incluso el diseño de un proyecto de ley propio en nombre de la totalidad del campo evangélico. Como señalaron los especialistas en este curso de acción (Marostica, 2000; Wynarczyk, 2009), el éxito de esta primera dinámica representativa residió en la capacidad de pastores prominentes y dirigentes de las federaciones para generalizar un marco interpretativo que aludía a una agudización de la injusticia estructural padecida por los evangélicos y articular, a posteriori, una estrategia de denuncia pública que remarcara la mutua pertenencia a una situación de minoría discriminada por sobre las diferencias teológicas, doctrinales y políticas que históricamente han dividido a las propias entidades federativas y a sus respectivas iglesias afiliadas.

La politicidad evangélica en discusión

La frustrante experiencia de los partidos confesionales evangélicos y el ciclo de movilización en torno a la ley de cultos sentaron las bases para una primera reflexión académica en torno a la dimensión política de los evangélicos en la Argentina.

Los especialistas coinciden en las razones del fracaso de los partidos confesionales en la década de 1990. La causa más fuerte indica que las experiencias partidarias confesionales sobreestimaron el peso de la identificación religiosa en la orientación política de los votantes. El escaso caudal electoral obtenido en las sucesivas presentaciones afirmó, por el contrario, la densidad histórica de las identidades políticas tradicionales (Wynarczyk, 2006: 29). Aun cuando, con el paso de las elecciones, la estrategia de los militantes evangélicos se reconfiguró en torno a una política de alianzas y a una oferta electoral más compleja (que incluía demandas sociales y un discurso ético enmarcado en la lucha anticorrupción), su performance electoral se vio drásticamente erosionada por la mayor competitividad y arraigo de la afiliación peronista, incluso al interior del propio espacio evangélico (Semán, 2013). En este sentido, Wynarczyk (2006) asevera que el habitus religioso pentecostal no modificó el habitus político de los sectores populares, asociado a su posición en la estructura económica y su entroncamiento en la historia oficial del país, fuertemente impactada con el primer peronismo y la doctrina justicialista.

En segundo lugar, a los candidatos evangélicos les resultó imposible emular la estrategia de sus pares brasileños y colombianos de convertir a las iglesias en partidos paralelos, porque sus propuestas de movilización de fieles con fines electorales chocaron con la férrea aversión de los pastores, quienes se negaron a la politización de las comunidades y asimismo observaban a los “políticos evangélicos” como competidores de su liderazgo (Wynarczyk, 2006: 27-30). En idéntico sentido, tampoco contaron con el apoyo de los dirigentes de las federaciones quienes, paralelamente, durante esa misma década habían construido un modelo representacional exitoso en torno a la causa de la desigualdad religiosa. Los dirigentes de Aciera, Fecep y FAIE conceptualizaron la propuesta partidaria como un elemento que propiciaba la desarticulación y el antagonismo antes que la unidad al interior del campo evangélico. En suma, la vía partidaria terminó siendo un emprendimiento aislado, cuasi individual y sobre bases estructuralmente endebles.

Otro punto de coincidencia entre los especialistas resultó la afinidad electiva entre peronismo y pentecostalismo, el sector con mayor dinámica y crecimiento en el mundo evangélico. La relación entre ambos marcos identitarios responde a la huella de acontecimientos históricos fundantes, tales como la prédica del pastor Hicks durante el primer gobierno de Perón (Saracco, 1989; Marostica, 1997; Bianchi, 2004; Wynarczyk, 2009b), pero también al anclaje recíproco entre los sectores populares. En este sentido, Semán (2000a, 2000b) dio cuenta de cómo el pentecostalismo respetó y abrevó en el acervo cultural de los sectores populares entre los cuales crecía. Particularmente esta forma religiosa rescató el peronismo, no solo como una opción electoral “correcta” sino fundamentalmente como una matriz identitaria, “una estructura del sentir” que traspasaba las fronteras del espacio partidario y permeaba activamente las prácticas, los valores y las creencias de los actores asociados a la “clase trabajadora”. En esta perspectiva ciertas marcas identitarias, inherentes a la tradición peronista, como la dignidad y los derechos del pueblo trabajador, la conformación de un espíritu asociativo y la importancia de la figura del líder en tanto referente comunitario, fueron actualizadas y recreadas en los rituales pentecostales (Semán, 2000a: 154-155), reafirmando de esta manera un anclaje identitario de carácter populista que funcionó como un espacio de intersección entre imaginarios políticos y religiosos.

El debate se agrieta en el momento de precisar la potencialidad política de los evangélicos en la Argentina: se dirime entre quienes acentúan sus progresos y quienes remarcan sus encrucijadas.

Tanto para Marostica como para Wynarczyk, la lucha contra la estigmatización en el contexto democrático marcó un punto de inflexión en la historia política de los evangélicos, en la medida en que dio lugar a su conversión exitosa en movimiento social. Las campañas pastorales de la década de 1980 prepararon el terreno, porque dotaron de lenguajes, liturgias y modelos pastorales comunes a un colectivo hasta ese momento fragmentado. También la actividad de evangelización motivó la generación de recursos y nuevas herramientas, como la adquisición de medios masivos de comunicación y el desarrollo de cierta experticia en la ocupación de lo público. Pero para estos autores el paso decisivo resultó la movilización del conjunto “de la iglesia” en contra de una iniciativa legislativa claramente adversa a sus intereses y a la continuidad de su expansión. A su juicio, la unidad en la acción colectiva resultó un indicador claro del pasaje de los evangélicos al estatus de movimiento social. Un mundo religioso estructuralmente plural consigue hacerse de una identidad y una serie de objetivos comunes: identidad como minoría religiosa amenazada que tiene como meta defender las posiciones ya ganadas y ampliar en lo posible sus oportunidades de crecimiento, en el marco garantizado de la ley. En la construcción del movimiento, Marostica (1997) y Wynarczyk (2009) coinciden en la importancia crucial de los liderazgos y su tarea clave de construir marcos interpretativos que resulten convincentes para lograr movilizaciones efectivas en el espacio público. Si en la década de 1980 ganó adhesiones la idea de que la Argentina era una tierra visitada por el Espíritu Santo y que los evangélicos eran quienes agenciaban esa visita, en la de 1990 cobró potencia política el marco que señalaba que los evangélicos en su conjunto eran víctimas de una persecución legal, pergeñada por un complot católico.

Frente al fracaso y la complejidad de la arena partidaria, el espacio público en sentido amplio comprendería entonces aquel campo donde los evangélicos encontrarían su lugar como religión pública (Casanova, 1994). En suma, la “politicidad” de la praxis evangélica reside, para Marostica y Wynarczyk, en las disputas por la reconfiguración de las relaciones de poder jurídicas y simbólicas que reproducen la hegemonía católica y que establecen la conculcación de derechos de los evangélicos, en tanto minoría religiosa. Esta acción se desprende de un proyecto de carácter netamente dirigencial, que se cristaliza en la constitución de las federaciones y que obtiene legitimidad representativa en la circunscripción de su accionar a una protesta conectada con un marco de injusticia en el que se reconocen los miembros de las diferentes denominaciones.

En un plano más escéptico se posicionaron los estudios de raíz antropológica que guardan como común denominador su preocupación puntual por el fenómeno del pentecostalismo y sus incidencias políticas, a su criterio situadas en los márgenes o directamente por fuera del sistema político-partidario. Daniel Míguez (1997) considera que, en un contexto de creciente pauperización de las condiciones de vida cotidiana de los sectores populares, las pequeñas iglesias pentecostales de barrio resultaron espacios que canalizaron la protesta y el desencanto social de los sectores populares en la década de 1990, teniendo en cuenta a su vez la pérdida u erosión de su vínculo con las instituciones que otrora les proporcionaban marcos de sentido históricos, en particular, la Iglesia Católica, los sindicatos y los partidos políticos.

Sin embargo, para el mismo autor, la materialización del pentecostalismo como respuesta política transformadora del escenario social observa límites. En primer lugar, Míguez (1997: 158-160) sostiene que las iglesias pentecostales inscriptas en los barrios representan comunidades cuyos lazos de solidaridad alcanzan exclusivamente a aquellos que se desempeñan como miembros, siendo dificultoso el armado de un tejido comunicante con el resto de las fuerzas sociales, que habilitarían una movilización conjunta. Paralelamente, detectó en las comunidades pentecostales tradiciones ambiguas en lo que se refiere a la relación con lo mundano: mientras por un lado los líderes de las iglesias ponderan una misión redentora en las estructuras terrenales (sociales y políticas), por otro estos mismos dirigentes aducen que no es conveniente envolverse en el mundo y “meterse” en política partidaria. Como resultado de este encuentro entre formaciones discursivas contradictorias se registra la neutralización de su visión más crítica y contestataria.

Míguez (1997: 161-162) también reconoce como límites constitutivos la escasa producción de una “teología política pentecostal” que pudiera informar la acción de quienes quisiesen participar en la reformulación de las relaciones de poder. A esto se suma su posición diferencial en el campo religioso nacional, que priva al pentecostalismo de vínculos sedimentados con el poder político, los cuales podrían redundar en una mayor capacidad de influencia a nivel social. En definitiva, para Míguez la variante pentecostal que se desarrolla entre los sectores populares constituye una forma cultural eficaz en las tareas de contención y elaboración de respuestas a las dificultades cotidianas de hombres y mujeres postergados política y socialmente, pero sin que esto permita vislumbrar la construcción de un nuevo orden social, a partir del despliegue de una acción religiosa en clave emancipadora.

Para Semán (2013), el problema de los evangélicos (tomados en su conjunto) es inverso al del catolicismo: mientras que este intenta una gestión de la diversidad en el marco de su propia estructuración piramidal, el mundo evangélico lucha contra el difícil escollo de la representación: cómo lograr encolumnar un vasto campo de realidades denominacionales, con tradiciones, afinidades, historias y posicionamientos públicos diferentes, detrás de un mismo proyecto político. Solo la conciencia de la pertenencia a una minoría religiosa perseguida pudo lograr la preciada articulación, pero en contadas ocasiones.

Enfocándose en el pentecostalismo, Semán subraya que la originalidad y potencialidad política evangélica provienen de su posición subalterna en el espacio religioso nacional. Dicho espacio es un ámbito de competencia, no solo por el “monopolio de los bienes de salvación”, al decir de Pierre Bourdieu (2009), sino también por las nociones de sanidad y prosperidad que circulan socialmente, y por los niveles de magia o encantamiento tolerables como componentes de la realidad. Es en esta competición donde el pentecostalismo revela su costado más político, porque su carácter plebeyo asociado con la idea del sacerdocio universal habilita que sectores subalternos en la escala social puedan conectarse con lo trascendente de una manera opuesta y hasta desafiante a las matrices religiosas históricas y hegemónicas. Así, cada caso de conversión comprende un gesto político, porque imprime una maniobra de emancipación en el plano capilar y microscópico donde se juegan nuevas formas de ser persona, de producir subjetividades. Este fenómeno se nutre de dos marcos más amplios. Por un lado, la extensión de derechos civiles (en particular, la libertad de expresión y confesión de creencias), garantizados por el proceso de democratización de las relaciones sociales a partir de 1983, ya que disminuye el costo de la disidencia católica y refuerza la individuación en la elección religiosa. Por el otro, y en un plano más general, los procesos modernos de individuación también asisten a este cambio político, ya que permiten a los sujetos “soltar amarras” (Pierucci, 1998), esto es, distanciarse críticamente de sus pertenencias religiosas pretéritas, y elegir reflexivamente su nuevo repertorio de creencias.

A conclusiones semejantes arribó el trabajo de Joaquín Algranti (2010), realizado casi una década más tarde. Considera que las fórmulas de legitimidad en el mundo de la política y en las iglesias no es equivalente y esta distancia traba el surgimiento de líderes o pastores que arrastren a sus fieles a sus proyecciones partidarias. Si a esto se suma las dislocaciones surgidas entre el liderazgo pastoral, los dirigentes de las federaciones y los candidatos evangélicos, lo que se escenifica es el problema de la representación de este mundo religioso. Por ello, para este autor, lo político de lo evangélico-pentecostal no debe buscarse en el centro, en las altas esferas del poder, en la lucha por los cargos, sino, por el contrario, en los márgenes, en el trabajo que la estructura eclesial hace para integrar a sus fieles a sus rutinas, modelando sus subjetividades, haciéndolos portadores de marcos de sentido a conjugar en diferentes esferas de la praxis humana, para transformarlas “desde adentro” según los principios del “evangelio”. El concepto de adecuación activa ilumina este proyecto: la misión política de las iglesias se orienta a que el feligrés incorpore el estilo de vida trabajado en las células y comunidades no de una manera pasiva, contemplativa, solo reservada al fuero personal y al contacto con lo trascendente, sino de manera activa, transformadora, adecuándolo a sus rutinas familiares, laborales y ciudadanas. Cabe destacar que esta posibilidad se encuentra matizada por un segundo problema que se cierne sobre la acción política de las iglesias evangélicas y que Algranti denomina “el problema de la demanda”: no todas las problemáticas sociales pueden ser tematizadas y reelaboradas en el corazón de las instituciones. Algunas de ellas, por el propio pensamiento doctrinal y litúrgico de las instituciones religiosas, quedan por fuera. Las demandas por la despenalización del aborto, el reconocimiento legal y social a las parejas del mismo sexo y la posibilidad de emprender cambios sociales a partir de acciones violentas son ejemplos de causas que no encuentran respuesta sencilla ni canalización en el corazón institucional y se convierten así en puntos de fuga, tópicos donde ocurre un desfasaje entre la necesidad y la realidad del creyente y el dispositivo de respuestas de las comunidades religiosas. Por ello la adecuación activa solo se concreta plenamente en los líderes y los cuadros medios de las iglesias y menos en los creyentes que habitan la periferia institucional y que son más autónomos de sus mandatos institucionales.

La finalidad de esta obra es realizar un aporte a esta discusión todavía en ciernes, a partir de evidencia empírica. Para ello invito al lector a recorrer en las páginas que siguen el derrotero de algunas experiencias partidarias evangélicas en el nuevo milenio que, en su singularidad, me permitirán mostrar continuidades con los diagnósticos señalados, pero también mutaciones importantes en la politicidad evangélica, a la que es preciso atender, más allá de lo inobjetable de los números y los vaivenes electorales.

1. Estos dos últimos artículos fueron suprimidos por la reforma constitucional de 1994.

2. La primera experiencia tuvo lugar en 1884, con la fundación de la Unión Católica, partido que procuraba imitar el modelo de las estructuras partidarias surgidas en Europa para combatir el liberalismo (Di Stefano y Zanatta, 2000: 354). En verdad, se hallaba conformado por laicos católicos de extracción liberal que se habían separado temporariamente del régimen debido a sus ataques contra las prerrogativas de la Iglesia Católica. Una vez que dicha ofensiva modernista-secularizante se atenuó (producto de los nuevos horizontes de conflicto y la crisis económica de 1890), la Unión Católica acabó por disolverse, decisión acompañada por la escasa adhesión que su propuesta había obtenido dentro de las propias filas católicas, distribuidas en diferentes facciones.

Un segundo ciclo de emergencia de partidos confesionales católicos tuvo lugar en las primeras tres décadas del siglo XX, a la luz del fortalecimiento de la democracia representativa. En 1907 fue el turno de la Unión Patriótica, una suerte de liga electoral cuyo objetivo se centraba en capitalizar los votos católicos en beneficio de candidatos dispuestos a defender la doctrina católica, más allá de sus filiaciones a diversas listas (Di Stefano y Zanatta, 2000: 380). Su fracaso dará paso a otro intento, el Partido Constitucional, especialmente orquestado para afrontar el nuevo escenario de competencia política producido por la Ley Sáenz Peña. Esta formación se disolverá en 1918, ante la ausencia de seguidores y los conflictos que desató al interior en el propio espacio católico, en la medida en que varias figuras destacadas de dicho ámbito criticaron su espíritu conservador. Finalmente, el ciclo cierra con la fundación del Partido Popular, por parte del laico José Pagés e inspirado en una experiencia italiana similar. A diferencia de sus predecesoras, esta formación abandonó el formato de partido confesional y se posicionó en el espacio electoral como un partido laico, aunque sus discursos y estrategias de campaña sostuvieron la pretensión de generar lazos de identificación entre los católicos. Su propuesta alcanzó escasa competitividad frente a otras identidades partidarias ya consolidadas, como el radicalismo, el socialismo y los conservadores, y a su vez su performance se vio erosionada por una constante en el accionar estratégico de la jerarquía católica: la desconfianza con respecto a la proyección partidaria y la opción por otras vías de influencia sobre lo político.

3. Susana Bianchi (2004) destaca cómo el grueso del clero nacional, con monseñor Gustavo Franchesi a la cabeza, en aquel momento sostuvo que no existían connotaciones intrínsecas en los judíos como para declararlos “un peligro para la nación”, pero que asimismo convenía que la “cuestión judía” (que tantos estragos había causado en Europa) era un mal que era innecesario importar. Por tanto, desde su perspectiva se volvía imperioso acotar la inmigración de judíos del este y evitar la expansión institucional de todos los radicados en el país.

4. Tanto Saracco (1989) como Wynarczyk (2009: 72) van más lejos con una hipótesis explicativa: sostienen que el éxito del citado evento religioso radicó en un proceso de sustitución del liderazgo carismático de Perón por parte del predicador, bajo un contexto de crisis social y anomia. Esta proposición supone una traducción total entre los capitales y sentidos que componen los imaginarios políticos y religiosos, y delinea un vínculo que perduró a lo largo de las décadas, y que incluso se cristalizó en el espacio de las competencias electorales.

5. La Nueva Derecha Cristiana representó un movimiento conformado por la unión de los grupos Voz Cristiana, Tabla Redonda Religiosa y Mayoría Moral, que gravitó con fuerza en la vida política norteamericana de la década de 1980, en tanto proveedor de dirigentes y candidatos del Partido Republicano. Articulados en torno a la figura de Jerry Falwell, estos sectores se proponían marcar la agenda de la gestión pública, evitando el avance de la regulación estatal en áreas consideradas sensibles. Para un análisis del surgimiento de Mayoría Moral, ver Casanova (1994: 206-207), y de la importancia de la Nueva Derecha Cristiana en el Partido Republicano en las últimas décadas, ver Giroux (2004).

6. Un antecedente a los partidos confesionales fueron la Asociación Alianza Evangélica Argentina (Aleva) y, posteriormente, Civismo en Acción (CEA), grupos conformados por abogados y empresarios de congregaciones bautistas y de hermanos libres, que procuraron reflexionar y motivar la participación de sus hermanos en la fe en las estructuras partidarias (Wynarczyk, 2010: 27). Estos grupos de reflexión, debate y estudio sobre la praxis política no derivaron directamente en una vía partidaria, aunque de todos modos Wynarczyk (65-69) resalta la importancia de esta etapa transicional, porque significó el encuentro entre tradiciones y perspectivas evangélicas disímiles: por un lado, los grupos evangelicales, que provenían de familias tradicionalmente evangélicas, de clase media y alta y con tendencias políticas afines al liberalismo; por el otro, grupos pentecostales conformados por personas “convertidas” al evangelismo, de clase media y baja, y con identificaciones políticas más cercanas al peronismo.

7. Si bien Wynarczyk (2010: 293) no profundiza sobre el caso de la elección de Míguez Bonino en 1994 por encontrarse fuera de su objeto de estudio, menciona que su participación se enmarcó en una situación de algún modo “extrapartidaria”, por tratarse de una asamblea constituyente, y que sus intervenciones cuestionaron la necesidad real de una nueva ley de cultos.

8. Sacerdote de la zona de Quilmes, en el sur de la provincia de Buenos Aires, Luis Farinello perteneció al Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo (MSTM) durante la década de 1970. Ejerciendo una intensa pastoral social desde su iglesia Jesús Liberador en la localidad de Bernal, en los 90 creó su propia fundación y doce comedores populares en su zona de actuación. Afín al peronismo de izquierda desde su participación en el MSTM, en 1998 constituyó el Polo Social, una formación política orientada a priori a diferenciarse del modelo bipartidario compuesto por la Alianza y el Partido Justicialista, a partir de un discurso y una praxis posicionada en torno a la justicia social como eje nodal de su proyección (Página 12, 1 de enero de 2001). Si bien en sus inicios contó con el apoyo de exfrepasistas y de sectores desafiliados del esquema bipartidario, el capital político de Farinello se diluyó en pocos años frente a la densidad territorial de las estructuras partidarias ya consolidadas, y con él las posibilidades de constituirse en senador por la provincia de Buenos Aires en las elecciones de octubre de 2001.

9. La figura de Anthony Garotinho resulta una de las trayectorias partidarias evangélicas paradigmáticas en Brasil. Empresario mediático, se convirtió al protestantismo en 1994, tras un accidente automovilístico. Su campaña a la gobernación del estado de Río de Janeiro resultó emblemática, porque su formato publicitario, el frente Muda Rio, visibilizó con singular intensidad la apelación a la identidad evangélica en la dinámica electoral. Para un análisis de su trayectoria, ver Silveira Campos (2005) y Campos Machado (2006).

10. El estudio de Mariano y Pierucci (1996: 203-206), si bien no establece la fuerza electoral efectiva de los pentecostales, proporciona un minucioso examen del apoyo brindado por la cúpula de las iglesias a Collor de Mello, propiciando su visita a los templos e impulsando una campaña de desprestigio contra el principal candidato opositor, Luiz Inázio Lula da Silva. El motivo de la fuerte aversión pentecostal hacia el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) se fundamentaba en su asociación con el comunismo (ideología atea, favorable a la expropiación de templos) y con el catolicismo, en tanto religión imperialista.

11. Para Pierucci (1996: 166), la conformación de una bancada evangélica en el Congreso Constituyente representó una fuente importante de recursos culturales, retóricos, humanos y organizacionales para las coaliciones de derecha, al mismo tiempo que vehiculizó hacia la arena pública demandas provenientes de los sectores populares.

12. El concepto “neopentecostales” alude, para algunos autores del campo disciplinar brasilero como Mariano (1995), a la presencia de nuevas iglesias cuya matriz teológica y estrategias de relación con la sociedad difieren de manera sustantiva con el pentecostalismo clásico. Esta perspectiva remite a la emergencia de IURD y su perfil de iglesia con sentido de expansión empresarial, manejo de los medios de comunicación, inserción en el mundo de la política a partir de una estrategia corporativa y difusión de un mensaje evangélico que se arraiga en la teología de la prosperidad y los cultos de sanidad. Freston (1999) contrapone a esta visión de ruptura la concepción de una redefinición gradual de la relación establecida entre las iglesias pentecostales y las formaciones culturales de cada país. Así, lo que otros investigadores denominan “neopentecostalismo” equivaldría, en la perspectiva de Freston, a una nueva “ola” o etapa de actualización del lazo cultural que las iglesias pentecostales tienden hacia la sociedad, y que es producto de una resignificación de contenidos previos. Algranti (2010: 78-79) considera que esta última comprensión analítica del fenómeno del neopentecostalismo se ajusta más acertadamente a las características del caso argentino.

13. Tras una participación discreta y sin incidencias mayores en lo que respecta a la dinámica del campo político y religioso brasileño (Freston, 1991; Silveira Campos; 2005) en la Asamblea Constituyente de 1986 resultaron electos un total de treinta y tres diputados, la mayoría de ellos pertenecientes a denominaciones bautistas y pentecostales (Asamblea de Dios).

14. La apreciación de lo político como un espacio susceptible de ser redimido no es exclusiva de los movimientos evangélicos y pentecostales, sino que conforma una lógica que atraviesa a distintas modalidades religiosas modernas, la mayoría de ellas asociadas a corrientes neopuritanas (Pace, 2006).

15. En su estudio sobre el proceso electoral 2002-2006 en el estado y la ciudad de Río de Janeiro, Campos Machado (2006) resalta la exitosa adaptación de las denominaciones pentecostales a los patrones clientelistas y personalistas de la política brasileña, en la medida en que los actores religiosos utilizan sus afiliaciones en actividades sociales de las iglesias como atributo político, a los fines de conseguir votos y mantenerlos en el tiempo. Para esta autora, la creciente capacidad de influencia de iglesias como IURD en la esfera pública remite no solo a la fuerza de su carisma entre sus fieles, sino también a la absorción selectiva de temas de la agenda social en curso y, fundamentalmente, a la crisis de credibilidad de la elites e instituciones políticas tradicionales.

16. Las megaiglesias constituyen un formato de organización eclesial al interior del espacio pentecostal de notorio crecimiento mundial en las últimas décadas. Con una feligresía superior a los veinte mil miembros, dichos espacios religiosos se estructuran en torno a la figura de un pastor central y su esposa, y se caracterizan por su organización celular, donde se articulan diferentes estratos de liderazgo. En la Argentina se destacan la megaiglesia Rey de Reyes del pastor Claudio Freidzon, que ha sido estudiada en profundidad por Algranti (2010), Catedral de la Fe de Osvaldo Carnival y Centro Cristiano Nueva Vida del pastor Guillermo Prein.

17. A diferencia del brazo político de la Misión Carismática Nacional y el C4, MIRA ha rechazado las alianzas con otras iglesias y partidos políticos, prefiriendo una performance electoral que afirmara su identidad y su carácter independiente. Su intervención en el escenario político colombiano data de 2000, y desde entonces ha conseguido la elección sucesiva de su pastor Carlos Alberto Baena López como concejal de Bogotá, y la elección en 2000 y 2006 de Alexandra Moreno Piraquive (hija de la pastora central de la Iglesia de Dios) como senadora de la República.

18. Como antecedentes de esta incursión se cuentan la formación del Frente Evangélico en 1980 y la Asociación Movimiento de Acción Renovadora en 1985, ambos movimientos políticos de orientación confesional (compuestos mayoritariamente por bautistas y pentecostales) que pretendían obtener candidatos propios en las elecciones generales, a los fines de brindar soluciones concretas ante la crisis que se cernía sobre la realidad peruana (Arroyo y Paredes, 1991; López Rodríguez, 2004: 18).

19. En su evaluación sobre la gestión parlamentaria evangélica, López Rodríguez (2004) subraya que en ningún momento los evangélicos electos formaron parte de una “bancada”, es decir, de un grupo político organizado, debido a su inexperiencia en lo que concierne a la gestión pública y a sus posteriores divisiones. El autor incluso matiza los argumentos provenientes del periodismo y de ciertos estudios que les adjudican a los evangélicos un rol decisivo en lo que se refiere a las sucesivas elecciones ganadas por el ingeniero Fujimori. Sin embargo, el peso del imaginario que asoció el éxito de Cambio 90 con la inserción masiva de evangélicos funcionó como eje motivador de experiencias políticas secundarias, como la formación de los partidos evangélicos Unión Renovadora del Perú, Musoq Pacha (“tierra nueva”), Presencia Cristiana, Coordinadora Nacional Evangélica y Movimiento de Restauración Nacional. Para López Rodríguez (66), el fracaso de estas experiencias radicó en su organización coyuntural, en su propósito de captar exclusivamente el apoyo de la comunidad de referencia “sin entender que el juego político exige tener horizontes de relaciones más amplios”, y en su presunción del voto evangélico como un “voto cautivo”.

CAPÍTULO 2
Justicia y redención para el pueblo: los movimientos evangélicos peronistas

Cuando comencé mi investigación en 2008 sobre la actividad partidaria de actores evangélicos en la Argentina, el caso de la diputada Cynthia Hotton llamó rápidamente mi atención. Su trayectoria se ajustaba perfectamente a la construcción de mi objeto: una mujer que alcanzaba un cargo político notorio (diputada nacional) y que conjugaba permanentemente su identidad como evangélica en la construcción de su carrera política.1

Sin descuidar lo interesante de este caso (fundamentalmente porque después Hotton fundó un partido, Valores para mi País, y la apelación a lo evangélico volvió a ser clave), comencé a sospechar que no era el arquetipo de las incursiones partidarias evangélicas. Por el contrario, por sus capitales culturales y sociales y por su inserción encumbrada en la política argentina, se trataba de un caso singular que se recortaba dentro de un conjunto de experiencias más plurales, pero menos notorias o conocidas mediáticamente.

Esta precaución se vio retroalimentada por los aportes previos de Míguez (1997) y Semán (2007). Estos autores habían remarcado que, sin llegar a formar partidos políticos en todos los casos, los pastores pentecostales con iglesias en el conurbano bonaerense se habían transformado en referentes sociales de sus barrios por su capacidad para canalizar las demandas de sectores postergados, a partir del despliegue de un trabajo social extenso, que incluía comedores, copas de leche, merenderos, apoyo escolar, entre otras actividades sociales. En el marco de la recomposición de un entramado social alcanzado por la flexibilización laboral y por la pérdida de sus marcos de referencia tradicionales –los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones sociales, entre otros–, las actividades de contención brindadas por las iglesias evangélicas fueron incorporadas al circuito de estrategias de supervivencia disponibles para los sectores populares.

Opté entonces por seguir la pista de la gravitación social de los pastores en el conurbano bonaerense y de esta manera, mediante el efecto “bola de nieve”, encontré el siguiente dato: el Movimiento Justicialista Cristiano (MJC) iba a lanzar su campaña el sábado 7 de mayo de 2011, a las 22 horas, en el Centro Cristiano de Hurlingham, provincia de Buenos Aires. Según la información suministrada por informantes claves, las aspiraciones de la organización se centraban en que Walter Ruiz Díaz, su líder, compitiera por la intendencia de la citada comuna del conurbano. Además de lo pertinente del caso, me atraía la posibilidad de analizar una experiencia desde sus inicios y seguir su derrotero temporal, con sus posibles variaciones, marchas, contramarchas y resultados.

El evento en cuestión iba a tener lugar en un espacio privado: el Centro Cristiano de Hurlingham. Por ello, luego de algunos llamados y charlas con asesores, di con Walter Ruiz Díaz y le manifesté mis intenciones de asistir al lanzamiento de su candidatura, dando a conocer los objetivos de mi investigación. Su respuesta no podría haber sido más cordial: me manifestó un entusiasmo sincero por contar con mi presencia, y esa predisposición volví a encontrarla más tarde en otras entrevistas y coberturas etnográficas de eventos políticos evangélicos. Tiempo después, casi al cierre de mi investigación, entendí que los sujetos que estudiaba buscaban incesantemente legitimar sus actividades, ante el periodismo, otras confesiones religiosas, el mundo de la política, pero también ante aquellos que venían de “la ciencia”.

Dado la lejanía de Hurlingham con mi domicilio y mi desconocimiento del territorio (situado prácticamente en la otra punta del conurbano bonaerense de donde yo me encontraba), decidí salir con mucho tiempo de anticipación. Esa precaución me permitió llegar casi cuarenta minutos antes de la hora señalada y poder observar con detenimiento el escenario en el que se iba a realizar el citado lanzamiento.

El Centro Cristiano de Hurlingham está ubicado en una de las avenidas principales del distrito y su estructura es considerable. Su capacidad ronda las mil personas y esta sobriamente equipado con dispositivos de audio, luces, escenario. Un lugar ideal para realizar reuniones de todo tipo, con instalaciones en muy buen estado, que contrastaba en mi memoria con otras iglesias y centros evangélicos, mucho más modestos en lo que refiere a sus equipamientos, ubicación y confort.

Aquella noche, en la puerta del Centro Cristiano, los invitados a la cena-lanzamiento político eran recibidos por un afiche gigante con la cara del candidato, Walter Ruiz Díaz, el escudo de la organización y el lema de la campaña que allí se iniciaba: “Un gobierno como Dios manda”.

En el escenario preparado para los oradores, al lado de una cruz gigante se distinguía una bandera donde se leía “Kolina” (Corriente de Liberación e Integración Nacional, la agrupación política dirigida en aquel entonces por la ministra de Desarrollo Social de la Nación, Alicia Kirchner) y la consigna “Cristina 2011”. En efecto, además de la disputa a nivel municipal, estaba en ciernes la campaña presidencial, donde Cristina Fernández de Kirchner apostaba a la reelección de su mandato, en octubre del mismo año.

En torno al escenario había largas mesas, decoradas con manteles celestes y blancos, y cada asiento poseía un individual compuesto por un collage de fotos (imagen 1). La parte central del collage replicaba el afiche de bienvenida, rodeado a su vez por otras imágenes, entre las que se destacaban, por un lado, las de Juan Domingo Perón y la presidenta Cristina Fernández (en su asunción en 2007), y por el otro, las del candidato con Néstor Kirchner, Alicia Kirchner y Luis Vivona (secretario nacional de Turismo y dirigente de Kolina), todas ellas en actos políticos, y con pastores del distrito en un desayuno de trabajo. Sobreimpreso a estas imágenes se destacaba una frase que condensaba la identidad del MJC: “Somos un movimiento que piensa que recuperando a las personas, cambiamos la sociedad, instrumentando una nueva representación política”.


Imagen 1. Publicidad del acto de lanzamiento del Movimiento Justicialista Cristiano.

Tanto la composición del público como la estructuración secuencial del evento dieron cuenta de la convergencia de elementos religiosos y políticos, que anticipaban la propuesta sincrética del MJC. Entre los invitados se destacaban pastores de iglesias adyacentes que apoyaban la candidatura de Walter Ruiz Díaz: Carlos Annacondia, hermano del reconocido evangelista2 y presidente del Frente Justicialista por la Fe (Frejufe), y dirigentes políticos del partido Nuevo Encuentro de Morón y el mencionado Luis Vivona (https://www.perfil.com/noticias/politica/luis-vivona-el-k-que-aterra-a-cariglino-20110917-0012.phtml).

Tras las palabras de bienvenida por parte del anfitrión, el pastor del Centro Cristiano de Hurlingham, y de un breve show coreográfico, a cargo de un grupo juvenil evangélico, se produjo la entrada del candidato Walter Ruiz Díaz, envuelto en una lluvia de papelitos, aplausos y abrazos prolongados con varias de las personalidades reunidas. Durante la entonación colectiva del Himno Nacional, varios de los presentes acompañaron la estrofa “Coronados de gloria, vivamos…” con la V de la victoria, histórico gesto de pertenencia peronista.

A continuación, tomó la palabra el presidente del Consejo Pastoral de Hurlingham, quien apeló a la figura bíblica de José y su triunfante gestión en el imperio egipcio3 para destacar que la candidatura de Ruiz Díaz a intendente del municipio no solo era legítima (porque esa experiencia “ya está narrada en la Biblia”), sino que se trataba de una bendición porque “hacía falta un cambio espiritual en Hurlingham”. Luego fue el turno de Osvaldo, un dirigente político de primera línea, titular de un puesto ejecutivo importante a nivel nacional, y, según me enteré más tarde, padrino político de la candidatura del pastor.

Finalmente llegó el esperado discurso del candidato evangélico. En su mensaje, trazó las líneas maestras de una propuesta política arraigada en la solución de problemas sociales, a partir de la reivindicación del nuevo rol asistencial del Estado en la era kirchnerista y su complemento mediante la “contención espiritual” propia del trabajo evangélico:

Quiero decirles que hay esperanza. Que hay posibilidades de estar mejor, de cambio. Se los dice alguien que conoció lo que es estar mal, lo que es creer que ya no había más posibilidades.

Las iglesias evangélicas sabemos del sufrimiento de la gente, de nuestra gente, de nuestros barrios. Hemos palpado el hambre, la falta de trabajo, pero sabemos que algo cambió desde 2001. Porque ahora, cuando vamos a una casita, por más humilde que sea, sabemos que allí el Estado está sosteniendo, a partir de una Asignación Universal que posibilita ir al colegio, por ejemplo. Es por eso que tenemos la necesidad de seguir continuando el trabajo. (Walter Ruiz Díaz, discurso en el Centro Cristiano de Hurlingham, 7 de mayo de 2011)

Mientras se sucedían los aplausos, las aclamaciones y los abrazos de los presentes que subían al estrado para saludar al candidato, en pantalla gigante se proyectaba un video donde se entremezclaban las imágenes de Ruiz Díaz y de las banderas de su agrupación en el acto de Cristina Kirchner en el estadio de Huracán, con un audio de Juan Domingo Perón, donde el dirigente histórico del justicialismo repetía: “El líder del pueblo debe salir del pueblo, parecerse al pueblo, ser del pueblo. Si cumple estas condiciones, será un gran líder, porque los pueblos rara vez se equivocan”.

La descripción densa (Geertz, 2006) del lanzamiento político del MJC me permitió detectar la convergencia de estructuras de sentido, políticas y religiosas, que auguraban la presencia de un modelo evangélico de acción política que también pude detectar en otras incursiones de pastores y líderes en el conurbano bonaerense en el período 2007-2011. En el proceso de comparación continua que acompaña todo proyecto basado en el estudio de casos, comprobé que existían comunes denominadores entre la formación del MJC y la candidatura de Ruiz Díaz a la intendencia de Hurlingham y otras experiencias, como la constitución de Cristianos en Acción y su gravitación en el escenario político de Quilmes, la candidatura de Ángel Annacondia a la intendencia del mismo municipio mediante la organización del Frente Unión por la Fe (Freufe).4

Además de la coincidencia territorial y temporal (líderes evangélicos que aspiraban a ser intendentes del municipio en el conurbano en la segunda mitad de la primera década de 2000), los elementos comunes aludían a la pertenencia social y religiosa de los candidatos, a sus formas de acceso la política, a sus afinidades partidarias, a sus plataformas electorales, a los recursos conjugados en sus posicionamientos públicos y a lo que denominaremos “apuestas representativas”, esto es, las estrategias emprendidas en pos de conquistar la representación de determinados sectores sociales.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
325 s. 10 illüstrasyon
ISBN:
9789876918282
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar