Kitabı oku: «Más allá de las caracolas», sayfa 3

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«¡Caray con la curandera!», pensé. «¿Es que también tiene ojos en la nuca?».

No sabía ni qué decir y, lógicamente, dije una tontería:

—No, no me escondía. Es que no quería molestarte.

Dio dos pasos, se puso delante de mí, me miró (ahí sí que no pude evitar mirarla) y me sonrió socarronamente:

—Anda, ven conmigo, acompáñame… Algo aprenderás. Y no te había visto, pero te han descubierto tus perros —remató tras una breve pausa mientras me escrutaba con sus profundos ojos.

Ya no pude pensar ni «caray con la curandera» ni nada parecido. Simplemente, la seguí.

La marcha-lección duró casi dos horas. Puedo decir que me enseñó muchas cosas sobre las hierbas que iba recogiendo, pero puedo asegurar que no aprendí nada, al menos en aquella primera salida que nunca olvidaré. Mi pensamiento no estaba para lecciones de botánica. La verdad es que mi mente se había quedado suspendida en el aire y se había perdido por el camino. Yo trataba de razonar y tranquilizarme, pero ni por esas. Solo la miraba de reojillo, o de soslayo si lo quieren un poco más fino, pero mi agitación interior iba en aumento y aquella voluntad que había puesto en marcha los días anteriores para no verla, para tratar de olvidarla, se había convertido en una nube blanca que flotaba sobre mi cabeza, pero ajena completamente a mi necesidad. Y hasta me dio la sensación de que se había aliado con la «recogehierbas» para burlarse de mí.

De camino de vuelta y ya a la vista de la aldea, Nina hizo un alto en sus lecciones y se sentó sobre una piedra, indicándome que me sentase a su lado. Me temblaban hasta las canillas y seguía sin recoger mi mente y mi nube, pero me senté. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me di cuenta, con la escasa capacidad de pensamiento que me quedaba, de que a pesar del desasosiego y la inquietud que me producía su presencia, a pesar de mis miedos, me gustaba su compañía, me gustaba que me hablase, me encantaba mirarla cuando ella no lo hacía y continuaba excitándome tremendamente su cercanía. De repente aquel barullo de mi cabeza se paralizó al sentir su mano sobre mi hombro.

—Aunque ya te oí en la asamblea, ¿exactamente por qué has elegido este lugar para vivir? —preguntó.

Y aquella simple pregunta fue como un extraño bálsamo que, tras obligarme a responder buceando en los recuerdos de mi mente, me hizo recuperar esta y, al ir narrando cómo había ido a parar allí, retomé el control de la nube que bailaba sobre mi cabeza.

Me escuchó en silencio y, tras mi relato y una breve pausa, me miró y señaló con su mano el océano.

—Antes me has dicho que te gusta mucho el mar, pero que lo temes y te fascina. Ahora me gustaría que siguieses mis palabras, que te relajases. Intenta no pensar en nada, solo déjate llevar por mi voz… Concéntrate en la superficie del océano… Sumérgete en él… Permite que te lleven las olas… Siente su fuerza y su poder… Fúndete con el agua, siéntete agua… Tú eres agua… Tú eres las olas… Tú eres el océano… Tú eres su poder… Tú eres la vida…

Giré mi cabeza hacia ella y la miré con extrañeza, pero su mirada no era escudriñadora ni penetrante. Era una mirada serena y dulce, que me invitaba a seguir su voz. Sonrió y volvió a señalarme, allá abajo, el gran océano. Y me dejé llevar. Total, no tenía otra cosa que hacer. Tengo que decir que, sin mucho convencimiento, me dejé guiar por su voz, que repetía una y otra vez aquella letanía. Fijé la vista en un punto de aquel azul intenso. Después miré las olas que, una tras otra, acababan con más o menos ímpetu en la playita, para volver a mirar el océano, nuevamente las olas, la playa, el acantilado, hasta que poco a poco me fui serenando y dejando la vista fija en un solo punto. Intenté mentalmente sumergirme en el agua, me imaginé nadando en aquel precioso tono azul hasta sentir que ese azul llenaba todos los resquicios de mis pupilas. Solo veía el color azul, no veía nada más. Me pareció que flotaba con aquel color rodeándome y me entregué totalmente, sin resistencia, sin pensar en nada. Ni siquiera recuerdo si en aquellos momentos seguía oyendo su voz…

La siguiente percepción que tuve es que ya no flotaba en el color azul, sino en el agua, sentía el agua. Me dejé llevar por el agua, me sumergía una y otra vez en ella, me envolvía. Sentí como una especie de mareo, de torbellino líquido que me arrastraba, y noté una paz inmensa. No sentía mi cuerpo, solo sentía el agua, simplemente era agua, era el fondo del océano y era la superficie, era agua, era ola… Me invadió una gran fuerza y un poder que me llenaba, pero que no conseguía dominar. De repente un miedo irracional me sacó bruscamente de aquel océano y me hizo volver a la realidad.

Tardé unos cuantos minutos en superar mi sensación de mareo y en darme cuenta de dónde estaba. Me encontraba aturdida y me resistía a creer lo que me había sucedido y, lo que es peor, seguía teniendo miedo. De nuevo sentí su mano sobre mi hombro, pero no logró que me tranquilizara. Me levanté y me alejé unos pasos de ella.

Había hecho a lo largo de mi vida muchos cursos de distintos tipos de meditación, de control de la mente y cosas similares, y al realizar algunos ejercicios típicos había tenido leves experiencias de vislumbrar otra realidad más allá de nuestros sentidos racionales, pero nunca había experimentado algo tan fuerte y tan impactante.

Ella se quedó sentada, mirándome sonriente, y me indicó que me sentase de nuevo a su lado. La tranquilidad, poco a poco, fue volviendo a mí y con ella la consciencia de lo que había sucedido. Sorprendentemente, volví a recuperar mi mente, mi nube, y con ellas mi seguridad. Fue otra sensación extraña, porque me di cuenta de que, aunque seguía produciéndome un dulce desasosiego, estaba en condiciones de comunicarme con ella. Era como si lo que acababa de experimentar hubiese facilitado superar mi etapa de balbuceo y se hubiese establecido un vínculo de comunicación que iba más allá de lo verbal. Un vínculo espiritual. Me acerqué, me senté otra vez a su lado, la miré y conseguí sonreír:

—No más lecciones, por favor. Por hoy ya he tenido bastante.

Tomó una de mis manos entre las suyas, me miró con esa mirada que me traspasaba y me sonrió con una expresión entre ternura, comprensión y una pizca de socarronería seductora. No sabría si esta descripción, sobre todo la última palabra, se acercaba a la verdad o era más bien fruto de mi deseo, que, a pesar del susto, seguía latente en algún rincón de mi calenturienta mente. Aunque también sospechaba que su ternura socarrona se podía deber a que se había percatado de la turbación que me producía, lo cual me causaba, si cabe, mayor azoramiento.

—No pensé que lo conseguirías la primera vez, pero veo que no me he equivocado contigo y que puedes empezar el camino —afirmó un tanto enigmática.

A pesar de que sentía que había establecido con ella un vínculo de comunicación digamos energética, por llamarlo de alguna forma, notar el contacto de sus suaves manos y tenerla tan cerca revolucionó de nuevo mis neuronas y supongo que mis hormonas, a pesar de que pensaba que estas últimas se habían ido de vacaciones hacía tiempo. Tuve que cerrar los ojos para poder vencer el fuerte deseo de abrazarla. Seguro que se dio cuenta… Hoy sé que se dio cuenta, así que, sin soltar aún mi mano, se levantó, cogió la cesta y caminamos hacia la aldea. Total, que entre sensaciones neuronales, hormonales y demás «cacaos mentales», no me detuve a pensar en el significado de su última frase y, por lo tanto, no pude preguntarle a qué camino se refería.

Al llegar a mi casa no me dio opción a llegar a la puerta. Se colocó frente a mí, me dedicó una de sus seductoras sonrisas, me acarició una mejilla, me dio un beso en la otra y me deseó que pasase un buen día mientras yo hice un esfuerzo enorme para no colgarme de su cuello y besar su boca.

Tardé una semana en volver a encontrarme con ella. La verdad es que lo evité, pues necesitaba serenarme, asumir e intentar comprender mi experiencia y a la vez aclarar mis sentimientos. Pero apenas pude dormir. La inquietud seguía presente en mi universo, aunque sabía en el fondo de mi corazón que su influencia iba a ser positiva en mi vida, al margen de los sentimientos desbocados que me producía pensar en ella.

REFLEXIONES EN PANTUFLAS


Sobre la experiencia hice mis propias disquisiciones mentales, reflexionando en mi sillón, frente a la chimenea y en pantuflas, que es como mejor se reflexiona, y llegué a la siguiente conclusión o «parida», que me tranquilizó totalmente, motivo más que suficiente para darla por buena aunque con ello se me abría todo un abanico de posibilidades para trabajar, investigar y experimentar: creo que en el universo todo está interconectado y, por lo tanto, en nuestro microcosmos también. Todo lo que existe, ya sea animal, vegetal o mineral, no son más que diferentes manifestaciones de la energía inteligente que crea y mueve la vida. Todas esas manifestaciones vitales están preparadas, cada una en su campo, para sobrevivir en el medio en el que se desarrollan, y para ello van adquiriendo con el paso evolutivo las facultades necesarias para permitirles esa supervivencia, no solo como entes aislados, sino como especie.

El ser humano, como animal racional, ha ido adquiriendo también en su evolución las facultades propias a su especie para sobrevivir. Para deambular por este nuestro mundo físico poseemos los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el tacto, además de la facultad parlante, que algunos se han tomado demasiado en serio ignorando la sabiduría del silencio. También estamos dotados de un cerebro, cuyo complejísimo funcionamiento estamos estudiando, y de un cuerpecito que dista muchísimo de ser perfecto y que, después de siglos de evolución, nos sigue dando disgustos y al final se le agota la batería. Pero también poseemos algo más, algo intangible, eso que se llama «sexto sentido» o intuición, que está demostrado que existe aunque no sepamos a ciencia cierta cómo o por qué funciona.

Si observamos nuestros sentidos, por ejemplo, tenemos vista y oído, pero tanto nuestra visión como nuestra audición se mueven dentro de una escala. Nuestro espectro audible está formado por las frecuencias que oscilan entre los 20 Hz y los 20 kHz. Por encima de ellas están los ultrasonidos y por debajo, los infrasonidos; ambos, por tanto, fuera de nuestro campo auditivo. Sin embargo, curiosamente, sí parecen estar dentro del campo auditivo de algunos animales. Por ejemplo, es sabido que perros y gatos, entre otros, son capaces de notar un seísmo antes de que este llegue a sentirse por los seres humanos, es decir, por el Homo sapiens, ese ser al que hemos colocado en la cúspide de la evolución. Asimismo, según estudios e investigaciones realizados últimamente en África, se cree que algunos mamíferos como los elefantes se comunican entre ellos por medio de ondas que se transmiten a través del suelo.

Con respecto a nuestra capacidad visual, también está muy limitada. De todas las radiaciones electromagnéticas, el ojo humano no percibe el ultravioleta, ni el infrarrojo, ni las microondas. Tampoco vemos la polarización de la luz, ni percibimos movimientos demasiado rápidos, ni somos capaces de ver con intensidades de luz muy bajas y podemos dañar nuestra vista con intensidades muy altas.

Es decir, que fuera de las escalas de audición y visión, tanto por encima como por debajo, ni vemos cosas que existen ni percibimos otros sonidos que también están ahí, porque nuestro cerebro no está preparado para ello. Esto no quiere decir que ese otro mundo que no vemos o no escuchamos no exista realmente. Por poner otro sencillo ejemplo, tampoco vemos las ondas de la radio o de la TV que viajan a través del espacio, pero gracias a un aparato preparado para captarlas podemos oírlas y verlas. Si tenemos en cuenta todo eso, no me parece nada disparatado pensar que puede haber otro tipo de manifestaciones o de realidades que no podemos captar porque no estamos facultados para ello, porque nuestro desarrollo no ha llegado a ese punto, porque nuestra especie se mueve en otra frecuencia o porque aún no hemos inventado ningún artilugio que nos permita entrar en contacto con ellas. El día que, gracias a nuestra futura evolución o a la ciencia, se pueda llegar a conocer y comprender esas otras posibles realidades que nos rodean, tendremos los fundamentos necesarios para explicar lo que llamamos milagros y los fenómenos paranormales.

A pesar de una línea del pensamiento científico que asegura que el ser humano, como especie, ha dejado de evolucionar, yo no lo creo. Al contrario, creo que la evolución de las especies es imparable, porque la vida está en una constante evolución; generación tras generación, nos estamos transformando continuamente. Por lo tanto, tampoco me parece tan disparatado pensar que, si la evolución no se ha parado ni se para en el actual Homo sapiens, este pueda seguir evolucionando de forma divergente y quizás una de esas modificaciones pudiera seguir la pauta de aumentar su parte energética en detrimento de su parte física, dando lugar a un sistema, a un ser, a una manifestación menos densa que no estamos preparados para ver. ¿Y si eso hubiese sucedido ya?

Llegados a este punto, me inclino a creer que quizás puedan existir otras formas de vida más evolucionadas, de las que no somos conscientes porque nuestro cerebro no tiene la capacidad para ello. No podemos ver ni captar determinadas ondas o formas de vida más espirituales o energéticas, pero ello no quiere decir que no estén ahí, a nuestro alrededor. Sé que esta idea no es ninguna tontería. Si han leído algo sobre los últimos descubrimientos en física cuántica, sobre todo lo que se refiere a los multiversos y mundos paralelos, comprobarán que podría ser posible. Por poner un ejemplo, el físico y premio nobel Steven Weinberg, citado por otro famoso físico, Michiu Kaku, en uno de sus divulgativos libros, equipara esta teoría del universo múltiple a la radio: «A nuestro alrededor —dice Weinberg— hay cientos de ondas de radio que se emiten desde emisoras distantes. En cualquier momento dado, nuestra oficina, coche o sala de estar están llenos de estas ondas de radio. Sin embargo, si conectamos la radio podremos escuchar solo una frecuencia cada vez. Cada estación tiene una energía diferente, una frecuencia diferente. Como resultado, nuestra radio solo puede sintonizar una emisora cada vez. Del mismo modo, en nuestro universo estamos «sintonizados» en una frecuencia que corresponde a la realidad física, pero hay un número infinito de realidades paralelas que coexisten con nosotros en la misma habitación aunque no podamos «sintonizarlas». Aunque estos mundos son muy parecidos, cada uno tiene una energía diferente».

Sé que algunas personas en determinados momentos de su vida (me incluyo entre ellas) han tenido algún tipo de experiencia extrasensorial. Intentando comprender este tipo de fenómenos, había llegado a creer que todo era producto de la mente, ilusiones producidas por nuestro cerebro, aunque desconocía qué mecanismo era el que hacía que nuestras neuronas nos engañasen, haciendo que nos pareciese real un episodio completamente imaginario e ilusorio.

Sin embargo, tras mi experiencia tan impresionante con el agua, lo que había sentido no me parecía ilusorio, sino otra cosa muy distinta. Algo mental, desde luego, pero no imaginario. Y siguiendo con mis cábalas deductivas, pienso que determinados estímulos puntuales, o un periodo de aprendizaje y mucha práctica, pueden despertar algunas facultades de nuestro cerebro, acaso atrofiadas o acaso sin desarrollar, que nos permiten tomar contacto no con mundos imaginarios, sino con otras realidades que, en las condiciones normales de nuestro día a día, no sabemos o no podemos captar.

Así que, definitivamente, pensaba que todo, absolutamente todo lo que existe, no es más que la misma energía, que, al vibrar en distintas escalas, se manifiesta de diferentes formas. Me viene ahora a la mente una frase del genial científico Nikola Tesla: «Si lo que quieres es encontrar los secretos del universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración».

Resumiendo (sigo con las pantuflas puestas), tenía el convencimiento de que lo que me ocurrió frente al océano fue que mi energía vibró en aquellos momentos en la misma frecuencia que la del agua y por eso llegué a fusionarme con ella. Mental y energéticamente, fui agua. Así de complicado y, a la vez, así de simple.

Recuerdo que cuando acabé mis reflexiones sentí un enorme alivio, pues pensé que había descubierto algo así como la piedra filosofal. Y me quedé mirando el fuego… Siempre me ha fascinado contemplar las figuras caprichosas de las llamas. Igual que puedo pasarme horas frente al mar, puedo pasarme horas frente a una chimenea. Rememoré algunos viajes con amigos y amigas y estancias en casas con chimenea o acampadas al aire libre con hogueras nocturnas, y cómo teníamos que echar a suertes quién se encargaba de encenderla porque todos queríamos hacerlo. ¿Nos vendrá esa fascinación de nuestros recuerdos ancestrales de las fogatas en las cavernas?

El caso es que me quedé mirando fijamente las llamas, aunque no había dejado de mirarlas durante toda mi disquisición «pantuflo-enciclopédica», y pensé: «Pues igual que lo he conseguido con el agua, puedo intentarlo con el fuego».

Y me puse a ello. Fijé mi vista en los troncos ardiendo e intenté sentirme llama… Sentirme llama… Soy la llama…

Cuando desperté, estaba amaneciendo y en la chimenea solo quedaban rescoldos. No recordaba haberme sentido fuego, ni llama, ni flama, ni lumbre, ni brasa… vamos, que ni siquiera cerilla. En ese momento lo único que sentía era un dolor enorme en las cervicales, por lo que deduje que me había fusionado con algún contorsionista.

Pero no vayan a pensar ustedes que por ello me desanimé. De eso nada. Tenía la seguridad de que el análisis de mi experiencia con el agua estaba bien planteado y aclaraba, de momento, todas mis interrogantes. Así que pensé que tendría que practicar más veces o que quizás no había dado resultado por el cansancio, pero mi disposición a seguir investigando y avanzando por aquel camino era total.

SALIR DE LA HIBERNACIÓN


En cuanto a mis sentimientos, no quise ni escudriñarlos. Me había sorprendido que alguien hubiese despertado mi curiosidad hasta el punto de hacerme pensar de nuevo en el amor. Habían pasado algunos años desde mi última experiencia amorosa, que, para colmo, no había terminado muy bien, lo que, unido a la edad que me iba llegando sin haberla llamado, me hizo retirarme del mercado y dar por finiquitados mis escarceos y coqueteos seductores. Cerré aquella etapa de mi vida y me dediqué a confraternizar más con mis amigos, ir a conciertos, al cine, leer y trabajar. Una vez atendidos estos quehaceres, no me quedaba tiempo para mucho más.

En esos últimos años había conocido bastante gente nueva, pues seguía teniendo una vida social muy activa, pero nunca conocí a nadie que volviese a hacerme sentir aquella chispa mágica y primaveral que nos hace salir de la hibernación en la que de vez en cuando todas las personas entramos. Por eso, andaba yo tan tranquilamente por la vida, sin pensar ya en esas zarandajas, y de pronto, cuando menos lo esperaba, en una aldea de cincuenta personas al otro lado del globo me tropiezo con un rostro, con unos ojos, con una mirada que me conturba, que desarma mi sentido común y que convierte mi mente en un caos del que no sé muy bien cómo voy a salir. Pero no les voy a engañar, en el fondo me hacía sentir la vida con más fuerza que nunca. Siempre había oído decir que el amor no tiene edad, ni color, ni conoce barreras, pero mi edad y, sobre todo, la diferencia con la de ella sí que suponían para mí una barrera, una muralla psicológica, pero muralla al fin y al cabo. Y aunque me hacía ser más consciente de la vida y me había sacado de mi letargo amatorio, me resistía. Me resistía hasta el punto de pensar que empezaba a estar un poco senil, que aquello no era posible, y empecé también a sentir que aquellos sentimientos rozaban el ridículo. Así que, como ya he dicho, opté por no darle más vueltas. «¿Quién sabe?», me dije. «A lo mejor es un calentón repentino y se me pasa sin más».

Estaba ordenando un poco la cocina, después de haber desayunado, cuando oí que llamaban a la puerta y tanto Tao como Greta no paraban de dar saltos y ladridos. Abrí, secándome las manos con un paño de cocina, y allí estaba ella.

—Buenos días —dijo mientras acariciaba a mis perros.

—Buenos días —respondí sonriendo e, intentando aparentar tranquilidad, me aparté de la puerta invitándola a entrar.

—Hace una semana que no te dejas ver. ¿Otra vez te escondes?

«¡Vaya!», pensé, viendo cómo se diluía mi tranquilidad. «No te andes por las ramas, tú directa».

No le respondí. La invité a sentarse, preparé una infusión de hierbas, las mías tranquilizantes, y me senté frente a ella. Estaba jugando con Greta, y Tao se le había subido encima. Tomó el cacillo con la infusión y me miró un poco seria.

—No pretendo inmiscuirme en tu vida, pero no he vuelto a verte desde que tuviste tu experiencia y solo quiero saber si estás bien. Quizás quieras hablar de ello, cualquier cosa menos esconderte. Sabes, en el fondo de tu corazón lo sabes, que no debes temer nada. Estoy aquí para ayudarte, para que tu camino sea más fácil. —Hizo una pausa y continuó—: Pero si no quieres mi ayuda, si no quieres continuar lo que has comenzado, dímelo y desapareceré. No volveré a molestarte.

Consiguió asombrarme y, a la vez, desarmarme de nuevo. No sabía a qué se refería con lo del camino, aunque en el fondo lo intuía. Entonces, sin pensarlo, me levanté, me senté junto a ella y le conté todo lo que había sentido (sobre la experiencia, se entiende), todas las preguntas que me había hecho y las conclusiones a las que había llegado, sin obviar el intento fallido de la noche anterior con el fuego. Esto último la hizo reír mientras me miraba con expresión divertida.

—No es tan fácil. La verdad es que es bastante difícil conseguirlo. Lleva mucho tiempo y hay que practicar mucho.

—Entonces —respondí con extrañeza— ¿por qué lo conseguí el otro día si era la primera vez que lo intentaba?

—Porque estabas conmigo. Mi energía mental potenció la tuya y te ayudó a experimentarlo.

—¡Caray! ¿Qué quieres decir con eso? —pregunté un poco mosca y, tengo que reconocerlo, poniéndome en guardia, pues aquello ya no me gustaba nada.

—Tranquila, no temas. No he violado tu mente ni tu consciencia. Nadie puede hacer eso si tú no quieres. Nadie puede forzar tu voluntad, incluso aunque te hipnoticen, si tú no quieres. Solamente en algunos casos determinados, si se tiene miedo… El miedo es lo único que podría abrir la puerta de tu mente a influencias o invasiones externas.

—Entonces ¿qué has querido decir antes?

—El otro día quise mostrarte el poder y la fuerza de los pensamientos. Quise que comprobaras que la mente, con un aprendizaje y preparación, siempre que haya disposición y deseo para ello, puede llegar a dominar la energía mental humana, modificándola y transformándola en cualquier otro tipo de energía presente en la naturaleza. Ello nos permite entrar en contacto directo, de una forma similar a la ósmosis o simbiosis, con todo lo que existe. Porque todo lo que existe, ya sea materia, conciencia, pensamientos, sentimientos o sueños, en el fondo no es más que pura energía, manifestándose de diferentes formas. Solo hay que saber conectar con ella. Y eso fue lo que tú lograste el otro día. Conectaste con el agua y sentiste su poder, porque en aquel momento tú frecuencia energética era la misma que la del agua.

—¿Y haces eso con todas las personas que conoces? ¿Toda la gente del pueblo sabe también llegar a ese punto?

—No, no toda la gente del pueblo domina esa técnica. En realidad, la dominan muy poquitos. No todo el mundo está capacitado o ha llegado al nivel mental y espiritual necesario para lograrlo.

—Sí, pero no me has respondido. ¿Haces eso con todas las personas que conoces?

Antes de que llegase su esperada respuesta sentí de nuevo la mirada profunda de sus ojos, pero esta vez no conseguí apartar los míos, aunque la verdad es que tampoco lo intenté mucho. Sencillamente, la miré y me dejé llevar por una catarata de sentimientos que sentía precipitarse desde mi cerebro hasta eso que llamamos «corazón» para después inundar cada una de mis células, lo que se tradujo en una paralización absoluta de mis pensamientos. No podía pensar, era incapaz de pensar en nada… Solo sentí que mis ojos habían entrado en los suyos, buscando con ansiedad el camino de su corazón. Necesitaba saber quién era realmente aquella mujer, lo que sentía en su interior, pero en un momento fuertemente intuitivo me di cuenta de que era yo, únicamente yo, quien me había vuelto a desnudar por dentro, ofreciéndome totalmente a ella a través de nuestras miradas. Me invadió una sensación de mareo y de repente, para terminarlo de arreglar, sentí que tomaba mis manos y elevando una de las suyas acarició mi rostro. En ese momento su cálida voz me trajo a la realidad.

—Yo puedo responderte, pero ¿estás tú en disposición de querer oír realmente mi respuesta?

Sus manos regresaron a la pose inicial, encima de sus piernas, y su mirada interrogante, por encima de una sonrisa que volvió a parecerme un pelín burlona, quedó esperando mi reacción. La inseguridad volvió a adueñarse de mí y con ella empecé a sentir cierta irritación al darme cuenta no de la dominación que ejercía sobre mí, sino de la sumisión emocional que yo sentía ante ella. Siempre había sido una persona bastante segura y nunca me había sentido así ante nadie, ni siquiera en la fase más tontorrona del enamoramiento. Sabía que aquello era algo más profundo, que escapaba de mi control, y en un recurso instintivo de protección psicológica me levanté del sofá, me senté en el sillón que había al lado y respondí con bastante acritud, no exenta de cierta dosis grosera.

—El otro día, cuando hiciste tu experimento conmigo, no recuerdo que tuvieses la delicadeza de preguntarme si estaba en disposición de querer hacerlo.

Nada más soltar mi frase lamenté el tono con el que la había pronunciado. No fue el qué, sino el cómo. No obstante, la misma inseguridad que me invadía se convirtió en una leve arrogancia, que me hizo mirarla desafiante esperando su contestación.

Tras un silencio que me aplastó como una losa, acarició a Tao, quien de un salto había vuelto a enroscarse junto a ella, y me miró muy seria.

—Tienes razón, quizás debería haberte pedido permiso o haberte contado lo que iba a hacer. No lo hice porque estaba segura de que podías lograrlo, aunque jugué con el elemento sorpresa para que la experiencia te impactase más. Sabía que con ello te impulsaría a buscar respuestas, como así lo has hecho, pero también creí que habíamos conseguido establecer fluidez y confianza en nuestra comunicación. Obviamente, creo que me equivoqué en esto último. Te pido disculpas por mi torpeza y te prometo que no volveré a molestarte.

Ya desde la puerta, se volvió para despedirse:

—Que tengas un buen día. Si necesitas algo y puedo ayudarte, ya sabes dónde puedes encontrarme, aunque será mejor que no me busques hasta que hayas aclarado todos tus conflictos internos… Ya sabes a qué me refiero.

No pude moverme del sillón. El ruido de la puerta al cerrarse anuló mi falsa altivez y maldije mi gran estulticia. Había tolerado que mi propia agitación e incertidumbre interna se hubiesen revelado en una tensión erótica y emocional que, al ser incapaz de domeñar y manejar, se había convertido en una alteración nerviosa que, en un arrebato pueril y torpe, había transformado en una respuesta altanera y tosca que no tenía nada que ver con lo que verdaderamente sentía en mi corazón.

Pero no podía volver atrás. Lamentablemente, las palabras no pueden recogerse y tenía que asumir mi metedura de pata. Anduve todo el día de acá para allá, de muy mal humor y sin conseguir centrarme en nada de lo que hacía. Aquella tarde ni salí a pasear ni me pasé por el bar al anochecer. No salí de casa. Pasé la tarde frente a la ventana, contemplando los árboles que, frente a la casa, se iban espesando hacia la izquierda, subiendo un suave repecho, para convertirse al final de este en un tupido bosque. Un poco más hacia la derecha podía ver el principio de la ladera que desembocaba en la pequeña cala y parte de los acantilados y, más allá, el horizonte, que se confundía con el azul del océano. El hermoso paisaje conseguía hipnotizarme durante algún tiempo, pero el desbarajuste de mis pensamientos me arrancaba finalmente de mi abstracción.

Aquella noche ni siquiera encendí la chimenea. Me arrellané en el sofá, me tapé con una manta y, sintiéndome idiota por enésima vez, rememoré su frase de despedida desde la puerta. ¿Mis conflictos internos? ¿Que yo sabía a qué se refería? Claro que era consciente de mis conflictos internos, los verdaderos, que eran los sentimientos que ella me producía, porque sobre la fuerte experiencia con el océano más o menos había llegado a una explicación que, de momento, me servía para entenderla. Pero ¿a qué conflictos se refería ella? Si yo acababa de revelarle todas mis especulaciones sobre la prueba en la que me había guiado y coincidía bastante con lo que ella me dijo después, era evidente que ahí no había conflicto. ¡Dios, qué mujer! De nuevo tuve la seguridad de que ella conocía perfectamente la pasión que había despertado en mí, así como la confusión de mis pensamientos, que, lógicamente, únicamente yo podía aclarar. Me sentí en ese momento como si fuese de cristal y evoqué nuestro primer encuentro, cuando tuve la sensación de que su mirada llegaba hasta los más recónditos rincones de mi alma.

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