Kitabı oku: «Enigmas en el castillo Pittamiglio»

A mamá, papá, Quivi, Mati y Santi,
por su apoyo en cada momento.
A mis amigas, que de cierta manera
forman parte de esta aventura.
Y a mis lectores, por pedirme
más enigmas para investigar.

CAPÍTULO I
Un paseo
fuera de lo común
Emilia y Tamara eran amigas desde hacía tanto tiempo que ni se acordaban cuánto. Lo realmente inolvidable eran los momentos que habían disfrutado juntas, en especial, su aventura en Piriápolis. Aquellos días en que la investigación había dado frutos, unas vacaciones que parecían parte de un sueño. Incluso habían salido en los periódicos por su imponente hallazgo. Desde entonces, descubrieron algo más que los enigmas que escondía el cerro Pan de Azúcar: descubrieron que juntas podían hacer cosas increíbles.
Aquella tarde rememoraban sus andanzas por Piriápolis paseando por la rambla de Montevideo, cerca de Punta Carretas. Era uno de los paseos más frecuentes para los habitantes de la capital del país, así como también para turistas, en especial durante las estaciones cálidas. Hasta mitad de la tarde, el sol iluminaba la mayor parte. Héctor, el padre de Emilia, aseguraba que los montevideanos eran muy afortunados por tener un lugar tan maravilloso en la ciudad.
Por ahí cerca vivía Tamara con su madre, así que era una salida bastante común y corriente. Sin embargo, el paseo no era lo mismo luego de haber revelado uno de los secretos mejor guardados de la historia. Uno, por cierto, muy relacionado con algo que destacaba por ahí.
—El castillo Pittamiglio es espectacular —dijo de pronto Emilia.
—Sí, es tremendo —agregó Tamara, volviendo su vista hacia la construcción.

Una edificación magnífica y fuera de lo normal resaltaba entre todos los edificios, como una nave que estaba por comenzar a surcar los mares. Decoraba su fachada una escultura muy particular, como aquellas que adornan la proa de los barcos: la réplica de la Victoria de Samotracia. Junto a su extraña forma y la ornamentación, hacía del edificio un lugar emblemático de la costa montevideana.
—Ahora que lo veo me acuerdo del señor por quien lleva ese nombre. ¿Sabías que era amigo de Piria? —preguntó entusiasmada.
—Lo sabía, también era alquimista. Eso se dice.
—¿Y si entramos? Creo que nunca fui.
—No sé si se puede ahora. Tienen horarios para visitas guiadas.
—Bueno, al menos vemos cuándo podemos ir. Crucemos —tomó a su amiga del brazo y se acercó al borde de la vereda. Los autos no paraban de pasar.
—Vamos hasta el semáforo, es ahí nomás.
—Dale —se apuró.
Pudieron cruzar con mayor facilidad. Unos instantes después estaban frente a la puerta de entrada del castillo, que se había convertido hacía tiempo en un museo y centro cultural.
—Mirá, acá dice que las visitas son a las 17 horas —consultó su celular—. ¡Estamos a tiempo!
—¿Hoy es viernes, no?
—Sí —contestó, como si fuera evidente. Existía algo especial los viernes.
—Entonces, adentro.
La mujer encargada se mostró gratamente sorprendida ante el interés de las dos adolescentes. Les explicó breves detalles antes de ingresar y les indicó que esperaran donde estaba el resto de la gente. Pagaron lo necesario y se sentaron a aguardar. Ya en aquel vestíbulo pudieron comenzar a vislumbrar el misterio de la construcción, además de informarse con el celular mientras pasaba el rato. En el sitio web lo mencionaban como un libro abierto de la alquimia en vez de un edificio. Se enteraron de que Pittamiglio había agrandado sus terrenos obteniéndolos de Piria.
Emilia estaba impaciente. El ticket que le había dado la mujer, entre sus manos, tenía una forma indefinida.
—¿Por qué los nervios?
—No sé, este lugar da una inquietud.
—¿Pensás que vamos a descubrir algún enigma más? —sonrió su amiga.
—Tal vez. Pero no es eso por lo que estoy ansiosa, es alguna energía de este lugar me parece —miró a su alrededor, desconcertada.
Tamara levantó las cejas y abrió mucho los ojos.
—Estás medio loca.
—Solo tengo una percepción más profunda que vos de mi alrededor —levantó un poco el mentón.
—Hola a todos y bienvenidos —la voz de otra mujer invadió la pequeña habitación—. Por aquí —indicó con su cuerpo— va a comenzar la visita.
Aquella tarde de primavera no eran muchos quienes habían decidido visitar el Castillo Pittamiglio. Entre todos, ellas eran las más jóvenes. Había algunos extranjeros, reconocibles por cómo hablaban y por sus ropas extravagantes, aunque seguramente entendían español, pues de lo contrario la guía no les serviría de mucho.
—Esto me recuerda cuando visitamos el Castillo de Piria. ¿Te acordás?
—Sí, estuvo muy aburrido al principio, aunque después se transformó —asintió Emilia.
—Algo así como lo de los metales en oro —rio Tamara.
Durante la visita se enteraron de que Pittamiglio había sido arquitecto e ingeniero, graduado en el año 1918. Y, además, que su nombre en realidad era Umberto y él decidió cambiarlo a Humberto. Una de las razones, al parecer, tenía que ver con la importancia de la letra H para los alquimistas, que estaba presente desde la primera parte del recorrido. Les sorprendió saber que fue ministro de Obras Públicas durante la Presidencia de Baltasar Brum, en 1919. En aquel momento las chicas viajaron con la imaginación a aquel tiempo en que estudiaban ese gobierno.
—La historia no es del todo inútil —le dijo bajito Emilia a su amiga.
—Por supuesto, es una de las materias más importantes —destacó Tamara, un tanto ofendida por el término usado por ella.
Continuaron atentas a la guía, no solo porque estaban interesadas, sino también debido a que una de las mujeres cerca de Emilia le dedicó una mirada bastante intimidante.
Los recovecos que tenía el castillo eran muchísimos. Había escaleras que parecían subir a ninguna parte, pasillos que se asemejaban a un laberinto, puertas que no eran puertas. Las chicas tuvieron unas impresionantes ganas de recorrerlo por su cuenta, pero sabían que no debían. En el castillo de Piria se habían separado para investigar y conocían la salida. En ese edificio todo era tan entreverado que no hubieran adivinado para dónde ir.

Se quedaron observando una sección en que los techos y paredes con madera eran una maravilla, cuando de pronto unas palabras de la guía les llamaron poderosamente la atención.
—¿Dijo que acá está escondido el Santo Grial? —el rostro de Emilia reflejaba curiosidad.
—Sí… que estuvo —Tamara levantó la mano y la mujer le dio la palabra—. ¿Es eso una leyenda?
—Por supuesto —sonrió ante su pregunta—. La historia afirma que estuvo albergado en este edificio en cierto período. Aunque nunca se sabe, tal vez esté aquí en algún lugar —sonrió con complicidad—. Pero no se ha encontrado. Puedo asegurarles que muchos lo buscaron ya.
La gente empezó a hablar entre sí, incluida la mujer que se había enojado con las chicas por hacerlo. Para Emilia fue la oportunidad de devolverle la mirada inquisidora, pues en aquel momento ella estaba en silencio absoluto. A la mujer no le gustó nada, pero no tuvo otra opción que callarse.
Visitaron un salón de forma circular que tenía cualidades extraordinarias. Según entendieron había sido un lugar de adoración del sol. Por eso su forma y la característica de no tener un techo, para estar en contacto más directo con el universo. Ocurría algo muy singular en ese sector: cuando alguien se paraba en el centro exacto podía sentir una vibración en el cuerpo, en especial en los pies y en las piernas. Además, al hablar, la voz se escuchaba con una intensidad distinta, como si uno caminase por un túnel. Las dos amigas experimentaron aquello con tanta fascinación que fueron las últimas en retirarse cuando la guía continuó.
En el piso inferior también había un cuarto circular, casi exactamente igual a ese, pero con techo. Se sentía lo mismo en el centro, aunque faltaba la mística de la habitación a cielo abierto. También visitaron un patio interno que tenía una sencilla fuente y mucha decoración en las paredes. La H de la que tanto había hablado la guía estaba en distintos lugares del edificio.
Cuando terminaron la visita las dos estaban muy entusiasmadas. Tenían ganas de comenzar una investigación de inmediato. En primer lugar, por los símbolos alquímicos del castillo. En segundo lugar, por la leyenda del Santo Grial. Había sido un paseo en absoluto común y corriente, lleno de enigmas a resolver; esta vez en la rambla de Montevideo.

CAPÍTULO II
Se abre la investigación Pittamiglio
Debido a que el castillo lo había diseñado Humberto Pittamiglio, decidieron comenzar la investigación titulándola con su nombre. Ya que se trataba de un nuevo caso a resolver, les pareció interesante hacer las cosas de manera más ordenada. Se habían juntado en la casa de Tamara, que vivía cerca del Parque Villa Biarritz, a pocas cuadras de la rambla, para buscar un poco de información sobre todos esos enigmas que les intrigaban.
—Cuando vaya a casa voy a preguntarle a papá si sabe algo —dijo Emilia, revelando su pensamiento.
—Genial, seguro que sabe sí. A él le encantan todas estas cuestiones de la alquimia.
Héctor, el padre de Emilia, había tenido un importante papel ayudando a las chicas a resolver los enigmas con los que se cruzaron en el cerro Pan de Azúcar. Incluso él y un amigo fueron quienes las inspiraron a buscar la famosa cueva de Piria, donde se suponía que realizaba sus experimentos. Sabía mucho sobre el tema, por lo que seguramente podría decirles algo útil.
—El castillo tiene una página, la que vimos en el celular, vamos a ver qué más dice —Tamara abrió el sitio web con un clic. Había escrito «Castillo Pittamiglio» en el buscador.
—Buenísimo —Emilia se acercó a su amiga, que estaba sentada frente a su laptop.
—Mirá lo que dice acá —Tamara, interesada, leyó—: «lo que más sorprende es la belleza arquitectónica en perfecta sintonía con la sabiduría ancestral de la alquimia, que se expresa a través de las decenas de símbolos y esculturas, dispersas en los caminos laberínticos del Castillo».
—Sí, de esos vimos muchos recién.
—Habría que ir otra vez y sacarles fotos para buscar lo que significan.
—Capaz están en internet. Fijate.
—Es verdad. Veamos —Tamara hizo unos nuevos movimientos y aparecieron en la pantalla muchos símbolos además de fotos del lugar.
Luego de observarlos abrieron uno de los enlaces y encontraron más información sobre el misterioso edificio.
—Acá dice que se trata de una réplica casi exacta de muchos otros castillos construidos por los caballeros templarios que existen por la campiña francesa. ¿Y no eran esos caballeros templarios los que cuidaban el Santo Grial?
—Me parece que eran esos. Después vemos. Seguí leyendo.
—«Sus instalaciones son poco convencionales y al espectador puede no gustarle el diseño del castillo. Repite un plan que se encuentra en infinidad de construcciones templarias: la edificación de una casa cuya propia arquitectura es pensada para que sea un espejo y un testimonio eterno del propio proceso de aprendizaje del iniciado en la alquimia».
—Impresionante, Tam —Emilia estaba encantada.
—La verdad que sí.
—Eso de la casa que menciona es muy similar a lo del castillo de Piria. ¿Te acordás?
—Aunque no lo de los templarios, eso del proceso de aprendizaje es lo mismo. Nunca me olvido de que Piria lo construyó como lugar de paso para realizar ese proceso y después lo abandonó. Al parecer Pittamiglio encierra más enigmas de los que creíamos. ¿No?
—Tal cual, sigamos investigando. Si el Grial está ahí, quiero encontrarlo.
—Ya nos dijo la guía que lo buscaron muchas veces. Aparte, que estaba ahí supuestamente —le recordó, remarcando el verbo en pasado—. Ya no está, según la leyenda esa.
—No me importa. A la cueva de Piria también la habían buscado muchas veces.
—Es verdad, tenés un punto.
—Ahora buscá información de los caballeros templarios, a ver si estábamos en lo cierto.
Instantes después, leía sobre estos personajes históricos, protagonistas de diversas hazañas y cuentos a lo largo de la historia.
—«Los caballeros templarios fueron una orden creada durante la Edad Media, con el propósito de llevar adelante una batalla religiosa para recuperar la Tierra Santa». Eso dice como introducción, pero explica algo sobre lo que nos interesa —sus ojos recorrían la página con rapidez—: «Al parecer, numerosas historias colocan al Santo Grial como el centro de los tesoros templarios. Pese a que muchas de sus supuestas reliquias se perdieron, siguieron custodiando el Santo Grial, que se encontraría escondido en algún sitio». ¿Tal vez aún escondido? ¿En nuestro querido Uruguay?
—Sería asombroso.
—Pero extraño que no lo hayan encontrado todavía, si es que es verdad.
—Acordate de lo que te dije.
—Cierto —volvió su mirada a la computadora—. Veamos. Impresionante lo que uno encuentra cuando busca. Parece que «el último maestre del Temple: Jacques de Molay, momentos antes de ser quemado, pudo proclamar: Pero la orden vivirá para siempre».
—¿Será que está ahí o esto es pura fantasía? —seguía pensando en la leyenda.
—Nunca se sabe. La piedra filosofal es la misma historia. Hay quienes creen que existe y otros que no. Lo de los templarios es parecido. Alquimistas que buscan la piedra filosofal o elixir de la vida, templarios que buscan o protegen el Santo Grial, ¿no?
—Sí. Da que pensar eso. ¿No se asociará uno con otro? Fijate si aparece.
Su amiga tipeó algo en el teclado.
—Encontré una relación entre ellos. Dice que la idea del Santo Grial sería una cristianización de la piedra filosofal. Como que una idea es igual que la otra. «Así, no es de extrañar que uno de los motivos de las cruzadas fuese hallar el Santo Grial que, según decían, confería la inmortalidad o curaba a quién bebía de él». Tendría las mismas propiedades. Es decir, es lo mismo, pero con otro nombre.
—Entonces como que tiene sentido. Digo, que el Santo Grial esté escondido en el castillo de Pittamiglio, que justamente era alquimista, además de ingeniero y arquitecto.
—Sí, tiene sentido —La chica quedó pensativa durante un momento.
Alguien golpeó la puerta de la habitación. Fue como si aquel sonido las volviera a la realidad.
—Vinieron a buscarte, Emilia —Era la madre de Tamara.
—Bueno, gracias —se levantó, agarró sus cosas y saludó a su amiga—. La seguimos luego.
—Acordate de preguntarle a tu papá si sabe algo.
—Sí, le voy a preguntar. Después te mando mensaje.
—Dale, genial. Te acompaño hasta abajo.
También saludó a la madre de su amiga antes de salir de la casa. Instantes después estuvieron abajo.
—Nos vemos en estos días —Tamara le dio un beso en el cachete y saludó de lejos a Laura, la mamá de Emilia, que esperaba en el auto a su hija.
Los enigmas eran más cada vez.

CAPÍTULO III
Una charla enigmática
—Papá, tengo algo que preguntarte —Emilia ni siquiera había saludado a Héctor cuando se le acercó ansiosa por interrogarlo.
—¿Cómo estás, hija? Espero que hayas pasado bien. Hola, papá, gracias. Estoy bien. ¿Vos bien? —se lo hizo ver de forma graciosa, intentando educar a su hija con buenos modales.
—Perdoná, hola. Es que estoy con ganas de saber si tenés idea sobre algo.
—Acompañame al fondo que estoy empezando un fuego.
Mientras iban caminando, Emilia comenzó el interrogatorio.
—¿Sabés del Santo Grial?
—¿Por qué el interés? ¿No alcanzó con buscar la fórmula para la piedra filosofal? —rio.
—Los enigmas nos buscan, papá —sonrió su hija.
—En realidad de eso sé poco y nada. Hay muchas leyendas, pero nada certero. Se dice que fue la copa en la que Jesús tomó durante la última cena. Por tanto, le habría conferido poderes extraordinarios, parecidos a los del elixir de la vida. Quien tomara de ella sería bendecido con la vida eterna y sería la cura de cualquier enfermedad.
La chica se sentó en uno de los cómodos bancos del fondo, mientras su padre se ponía manos a la obra con la leña.
—Leímos que podría ser una cristianización de la piedra filosofal. ¿Eso es como que sustituye la idea, digamos?
—Algo así, es la conversión al cristianismo. Hace mucho tiempo, no solo se buscaba cristianizar personas, cambiar su religión al cristianismo, sino también sus creencias o tradiciones paganas. Entonces se ajustaban a lo cristiano.
—¿Paganas?
—Vamos a definirlo como personas que no veneran a un Dios único, ¿entendés?
—Sí, me parecía. Entonces esas ideas de gente no cristiana las cambiaban a veces para que se difundan como cristianas.
—Muchas veces.
—Es interesante.
—Se hacía incluso con los lugares religiosos.
—Supongo que querés decir que lugares religiosos paganos pasaron a ser cristianos.
—Exacto. Así que no está del todo errado eso de que las ideas de la alquimia se extrapolaran a lo religioso.
Emi: Tam, le pregunté a papá, pero no tiene mucha idea. Está de acuerdo en que la del Santo Grial puede ser una creencia parecida a la del elixir.
Tam: Ahí va, entonces vamos por buen camino. Después seguimos investigando.
Emi: Esto está reinteresante. Estaría buenísimo encontrarlo.
Tam: Increíble. Seguro sueño con eso.
Emi: Vos y tus sueños. Bueno, nos vemos. Mamá me llama. Papá está haciendo chorizos y queso provolone a la parrilla. Y unos morrones.
Tam: Riquísimo, que lo disfruten. Yo acá por comer unos ravioles.
Emi: Vos también. Suena deli. Abrazo.
Tam: Beso.
Emilia dejó el celular, porque la madre la instaba a hacerlo.
Apareció desde la cocina con lo que los brazos le alcanzaron para traer.
—Eso de tener el celular en la mano todo el tiempo ¿es necesario?
Se enojaba porque en la actualidad los jóvenes siempre estaban usándolo.
—No es todo el tiempo, solo hablaba con Tam.
—¿Es necesario ahora? Acabás de venir de estar con ella. Estamos por comer, en familia.
—Está bien, mamá. Ya lo dejé —levantó las manos.
—No es tan grave, Laura —el padre trató de calmar los ánimos.
—No tanto, pero importante, Héctor.
Emilia abrazó a su madre, quien se ablandó, sonrió y se dispuso a poner la mesa junto con su hija. Matías, su hermano, que había estado en el club deportivo, apareció por el fondo saludando. Dejó el bolso y la raqueta y las ayudó.
—Tenemos nuevos enigmas, hermano —le susurró mientras ayudaban.
—¿Ah, sí? —se sorprendió.
—El castillo Pittamigilio.
—¿En Montevideo?
—Sí, gracias al amigo de Piria. Parece que ahí estuvo escondido el Santo Grial. O está.

CAPÍTULO IV
Cumpleaños de 15
Al día siguiente volvieron a reunirse, esa vez en lo de Emilia.
—¿Qué vas a ponerte para el cumpleaños de Lucila? —le preguntó la dueña de casa a su amiga.
—El vestido que te mostré el otro día, que me prestó mi prima.
—Cierto, es relindo. Yo llevo un short y una blusa.
—Mostrame —pidió entusiasmada.
Como respuesta, salió apresurada hacia su habitación y le indicó que la siguiera. Era un conjunto muy bonito. Elegante, propio de una fiesta a la que hay que ir de vestimenta formal. El short era de un azul marino con cierto brillo y la blusa combinaba a la perfección, de una textura satinada, mostraba ciertos dibujos irregulares.
—¿Preparándose para el cumpleaños de quince? —indagó la madre, que apareció en el umbral.
—Chusma —sonrió su hija, largando unas carcajadas.
—Totalmente. Estas cuestiones me divierten, chicas. ¿Se olvidan de que fui jovencita como ustedes?
Se quedaron las tres sonriendo.
—Otra cuestión que me entretiene mucho es el amor adolescente. ¿Con Agustín qué pasó?
—Nos ennoviamos hace poco —Tamara se puso colorada.
—¡Oh, qué lindo! Felicitaciones entonces.
—Gracias.
—Está recontenta —intervino Emilia—. Aunque la veas callada y tímida, está contentísima.
—Me imagino que sí. Es una etapa maravillosa. Hay que disfrutarla, con tranquilidad.
—Sí, mamá —suspiró Emilia—. Dejala que viva el momento.
—Exacto, esa es la idea.
Se escuchó un llamado proveniente de algún otro sector de la casa.
—Parece que es tu padre, iré a ver qué necesita. Cualquier cosa me buscan.
A diferencia de Tamara, Emilia vivía con sus padres y su hermano Matías, en una casa enorme en las afueras de la ciudad. Aunque a esa altura ya era parte de la ciudad, que crecía a cada momento. Tenía un fondo gigante lleno de vegetación; un gran roble decoraba el centro y en un rincón habían armado un estanque artificial donde criaban unas hermosas carpas de colores.
—Hablando de Agustín, ¿está muy celoso por la fiesta a la que vas sin él?
—No, solo un poco. Dice que le gustaría ir conmigo para bailar juntos.
—Tu sonrisa es tan obvia, estás muy enamorada.
—No es verdad. Un poquito.
—Eso pensarás vos.
—Igual no importa si está celoso, le digo que confíe en mí. Si sabe que lo quiero a él.
—Pero como está la cosa hoy en día... Todos los chicos se te tiran arriba en los cumples de quince.
—Lo bueno es que a ti pueden seguir tirándosete arriba —rio Tamara.
Emilia le lanzó una almohada por la cabeza, con un rostro tan serio que daba miedo.
—Vamos a comer algo —dijo cambiando de tema.
—Dale.
Esa noche, el padre de Emilia pasó a buscar a Tamara para llevarlas a la fiesta. Habían quedado en que iban con él y volvían con la mamá de su amiga. Estaban muy entusiasmadas. Esos cumpleaños siempre eran divertidos, no solo por la comida, bebida, baile, sino además por las cuestiones amorosas. Siempre alguien se terminaba ennoviado o cortando el noviazgo. Aparte, era un momento de distensión, donde podían dejar de lado las charlas sobre las clases y profesores.
—Ay, estás preciosa, amiga —le dijo Emilia apenas entró al auto.
—Gracias, vos también. Relinda.
—Gracias.
—Ella es linda —aclaró Héctor, que iba a su lado al volante, acentuando el verbo.
—Es verdad, papá. Modestia aparte.
Rieron juntos.
Al rato, Tamara recibió un mensaje.
—Agustín me escribió. Dice que me divierta y agregó muchas caritas con besos.
—Está que arde. Seguro te escribe toda la noche, no sea cosa que te olvides de que tenés novio.
—Eso no va a pasar. Me encanta él.
—Lo sé, pero los hombres son inseguros.
—Ey —intervino su padre —¿De dónde sacaste esa idea?
—Siempre lo dicen.
—Puro invento. Todos somos diferentes, igual que ustedes las mujeres.
—Bueno, es verdad. Todo el mundo es distinto.
No tardaron en encontrar la dirección del salón de fiestas. Uno de los más grandes de la capital, donde muchas chicas querían celebrar.
—Acá llegamos —anunció el conductor.
Se acercó al cordón de la vereda y las saludó.
Apenas entraron en el salón se asombraron de la cantidad de globos que había flotando en el aire, algunos tocando el techo, otros colgados de unas piolas. Estaba todo hermoso, muy bien decorado. A la derecha, ni bien pasaron la puerta, se encontraba la enorme foto de la chica de cumpleaños, donde algunos compañeros ya estaban dejando dedicatorias y firmas. Ellas decidieron hacerlo después, cuando se vaciara un poco. Siempre estaba atiborrado cuando comenzaba la fiesta. Una muchacha les indicó dónde estaba el sector de los jóvenes luego de preguntarles sus nombres y verificarlos en una lista. Saludaron a sus compañeros de clase y se sentaron cerca de unas chicas con las que se llevaban mejor.
Entonces comenzaron los comentarios infaltables.
—Vieron qué divino está Lorenzo —dijo una de ellas.
—Me encanta su camisa —agregó otra.
—Lucila tiene suerte porque va a sacarla a bailar el vals —opinó la siguiente.
Emilia y Tamara se miraron mutuamente.
—Está lindo, pero tampoco para tanto —le susurró la primera.
—Eso decís porque no es quien te gusta —su amiga hizo un paneo general del sector a ver si encontraba la cara conocida que buscaba.
—Todavía no vino, ya busqué.
—Ah, pícara.
Comenzaron a llegar los bocaditos y refrescos.
Estuvieron charlando y riendo un buen rato antes de que ingresara la cumpleañera. Instantes antes, pasaron el video donde mostraban imágenes de ella cuando era pequeña, además de los frecuentes exteriores. Cuando entró, todos aplaudieron. Saludó a su familia y bailó el vals.
—Ay, qué envidia le tengo —escucharon que decía una de las chicas cuando Lorenzo la sacó.
Ellas rieron al oírlo y siguieron viendo el baile. Su vestido blanco tenía algunos tonos de azul celeste preciosos. Además, lucía un hermoso tocado en su pelo, haciendo juego con el atuendo.
Luego del vals comenzó la música movida para que todos bailaran. Hicieron rondas, juegos y se formaron algunas parejas a lo largo de la noche.
La fiesta continuó muy entretenida. En efecto, Agustín le envió varios mensajes a su novia para asegurarse de que todo iba bien. Ella le mandó fotos del lugar, una suya con su amiga, posando con los globos coloridos, aparte de otra en la que se pusieron gorros y pelucas que estaban disponibles para divertirse. La pasaron muy bien.

Finalmente, llegaron los postres. Deliciosos. Emilia adoraba el lemon pie y Tamara amaba el cheesecake con frutilla. Luego el cotillón. Fue entonces, al final de la fiesta, que uno de los chicos se acercó a charlar con Emilia y la sacó a bailar. Su amiga le sonrió y se quedó junto a otras compañeras en ronda, mientras no le sacaba el ojo de encima. Estuvieron compartiendo unos pasos un buen tiempo, hasta que Tamara tuvo que avisarle que su mamá había llegado a buscarlas. Le había mandado un mensaje. Se despidió del chico y juntas también fueron a darle un beso a la cumpleañera. A los demás les dedicaron un saludo general.
Afuera las esperaba la madre de Tamara.
—¿Cómo estuvo eso? —preguntó.
Su rostro denotaba cansancio.
—Excelente —dijo su hija.
—Buenísimo, sí —aprobó su amiga.
—Emilia bailó con un chico.
—Ey —le dio un codazo.
—Qué bueno, me alegro de que estuviera divertido.
Una madre sabe cuándo no seguir el tema.
Esa noche Emilia se quedó a dormir en lo de Tamara. Se entretuvieron conversando un rato hasta que el sueño les ganó.
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