Kitabı oku: «Crónicas del cielo y la Tierra»
Crónicas del cielo y la Tierra
Crónicas del cielo y la Tierra
Mariano Ribas
Índice de contenido
Portadilla
Legales
¿Por qué recomendar un libro? - Dr. Adrián Paenza
Prólogo - Dr. Juan Carlos Forte
No hay cielos sin historias... ni historias sin cielos
Capítulo 1. Mensajes celestiales
¿Qué fue la estrella de Belén?
Los vikingos y el Sol: auge y ocaso de las primeras colonias americanas
Genghis Khan y los cinco planetas
El eclipse de Luna que “salvó” a Colón
La espiga de fuego: el cometa de Moctezuma II
Capítulo 2. Los genios miran hacia arriba
El resplandor Da Vinci
Cuando Galileo casi descubrió a Neptuno
Einstein y el eclipse que probó la Relatividad
Capítulo 3. Astronomía, arte y cultura
El cielo de Hiparco… en una escultura
Vincent van Gogh y “el lucero”
La canción de las siete estrellas: un hit de la libertad
Las Pléyades y las lluvias: una tradición de los Andes
Capítulo 4. Fantasías astronómicas
La teoría de la “Luna-espejo”
Vulcano y otros mundos que nunca existieron
Capítulo 5. Del cielo y el mar: dos tragedias del siglo XX
Titanic: el factor astronómico del hundimiento
Tunguska: el día que estalló el cielo
Bibliografía consultada
| Ribas, Mariano Crónicas del Cielo y la Tierra : astronomía, historia y cultura / Mariano Ribas ; editado por Julieta Elffman ; fotografías de Mariano Ribas ; prólogo de Adrián Paenza ; Juan Carlos Forte. - 1a ed ilustrada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Julieta Irene Elffman, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-86-4362-51. Astronomía. I. Elffman, Julieta, ed. II. Paenza, Adrián, prolog. III. Forte, Juan Carlos, prolog. IV. Título.CDD 520 |
© TantaAgua 2018
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Libro de edición argentina.
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723
Cuidado de la edición: Julieta Elffman
Corrección: Juan Horowicz
Diseño: Cristina Angelini
Foto de cubierta: ESO/P. Horálek
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-86-4362-5
Dedicado a mis padres, Beatriz y Gabriel…
Agradezco a los doctores Adrián Paenza y Juan Carlos Forte, dos de mis más grandes maestros y ejemplos de vida,
tanto personal como profesional.
A mis familiares, amistades y compañeros de trabajo que, desde el comienzo de este proyecto, me acompañaron con palabras de aliento, alegría y confianza.
A Julieta Elffman y Cristina Angelini, quienes con absoluta generosidad me regalaron parte de su tiempo y todo su talento, creatividad y sensibilidad para convertir un viejo sueño en esta preciosa realidad.
¿Por qué recomendar un libro?
¿Por qué recomendar un libro? ¿Por qué recomendar un autor? Seguramente usted tendrá o imaginará una razón distinta. Yo tengo la mía y la quiero compartir acá. Conocí a Mariano hace 15 años, cuando Claudio Martínez lo incorporó al equipo de columnistas del programa de televisión Científicos Industria Argentina. La idea era que yo grabara con él breves segmentos sobre temas de astronomía, que durarían entre 3 y 5 minutos. El equipo de producción los incluiría en la edición final de cada uno de los sucesivos programas. Mariano me enviaba un resumen con los temas que habría de abordar, una suerte de síntesis. Se suponía que con ese material yo debería dejar volar mi curiosidad y hacerle preguntas alusivas al tema que él quería desarrollar. Bien. En 15 años... otra vez... ¡15 años!... no hubo una sola vez en la que yo le hiciera una pregunta que él no pudiera contestar. Más aun: cada pregunta parecía preparada para que él se “luciera” al exhibir sus conocimientos. En cada intervención, Mariano me demostró que él ya se había contestado esas preguntas, las preguntas obvias de alguien que no conoce nada del tema… y, para cada una, siempre tuvo algo más para aportar.
Y de eso se trata. Este libro es un compendio espectacular de crónicas y artículos, hilvanados de principio a fin con un mismo hilo conceptual: el cruce permanente entre la astronomía y sus fenómenos con hechos y personajes de la historia, la ciencia y el arte. Episodios sumamente curiosos y mayormente desconocidos para los legos como yo, contados en forma entretenida y amena.
¿Cuándo es posible detectar que cumplió con su cometido? Cuando uno empieza a lamentar que el libro se está por terminar... cuando uno va recorriendo las páginas y descubre que “ya falta menos”...
Algo más: no puedo evitar hacer un cálculo junto a usted. Si grabamos durante 15 años 2 capítulos de Mariano por mes, y en cada año hay 12 meses, el resultado es sencillo: 12x2x15=360. Supongamos que exagero. Dividámoslo por la mitad. Aun así, son 180. Cuando se sumerja en el libro, verá que entre crónicas, historias y curiosos apartados, hay alrededor de 30 temas en total... En este hecho tan sencillo hay que depositar la esperanza de que habrá mucho más para contar.
Vuelvo al principio: ¿por qué recomendar un libro? ¿Por qué recomendar un autor? La respuesta, de acuerdo con mi visión, se encuentra en los tres párrafos anteriores. Ahora le toca a usted. Empezó bien: ¡ya tiene el libro en sus manos!
Dr. Adrián Paenza
Prólogo
Las estrellas, distantes e indiferentes… La figura literaria es posiblemente descriptiva de una realidad innegable. La inversa no lo es: las estrellas, y en general todo aquello que se mueve en el cielo, han acaparado la atención de nuestra especie desde nuestros orígenes y a lo largo de los milenios.
Una mirada superficial podría sugerir que los aspectos estéticos o religiosos han sido el principal motor de esa situación. Esa apreciación, parcialmente cierta, queda muy detrás de la verdadera razón: el estudio del cielo –la astronomía– ha sido una herramienta de supervivencia esencial para los seres humanos. Es muy posible que aún tengamos ancianos “genes astronómicos”, que se remontan a esas épocas de nuestra relación “cara a cara” con el cielo, cuasidormidos en las grandes “burbujas de luz ciudadana” en las que muchos de nosotros habitamos en la actualidad.
La astronomía nos ha permitido dar los primeros pasos en el dominio cuantitativo del espacio y el tiempo, más allá de la capacidad innata que nos ha sido provista por la naturaleza. Muy difícilmente algo puede efectivamente prosperar hacia “lo inteligente” sin un manejo sofisticado de esas dos variables que, junto con la materia, completan una trilogía clave del Universo.
La relación de la astronomía, primero con la matemática y luego con la física, aunada a su histórico romance con las tecnologías de punta, la ha convertido en una disciplina con enorme potencial para enfrentar preguntas con respuestas inciertas. Respuestas que, sin embargo, podrían resultar claves para el desarrollo de nuestro futuro. Esta afirmación no es simplemente una prospectiva intrigante, pues esos “aportes del cielo” ya han ocurrido a lo largo de la historia, y sin dudas volverán a repetirse.
Detrás de todo esto, y como en cualquier desarrollo científico o tecnológico, subyace aquello que conocemos como “el aspecto humano”. Esta obra de Mariano Ribas es una atractiva invitación a recorrer ese otro “universo” lleno de matices. Se trata de un panorama que nada tiene que ver con la imagen “pasteurizada” que frecuentemente se tiene de la actividad científica y que, incomprensiblemente, hasta la coloca en el apartado de las actividades no humanistas.
La experiencia acumulada por Mariano en el contacto directo con audiencias muy heterogéneas en el Planetario Galileo Galilei de la Ciudad de Buenos Aires, y en otras actividades de divulgación científica, se advierte claramente en el texto, que fluye amablemente e invita a seguir leyendo. Entre otras cosas, como respuesta al evidente entusiasmo que el autor ha invertido en una tarea que lo apasiona.
Este libro es un aporte disfrutable y valioso que, además, puede abrir puertas a lectores con intereses diversos en una época sin precedentes históricos en cuanto a nuestra capacidad de explorar y tratar de comprender el Universo que habitamos.
Dr. Juan Carlos Forte
CONICET - Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires
Sobre el autor
Mariano Ribas es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Coordinador del Área de Divulgación Científica del Planetario de Buenos Aires Galileo Galilei desde el año 2000. Además, es docente del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA y miembro de la Red Argentina de Periodismo Científico.
Columnista especializado en astronomía del programa de TV La Liga de la Ciencia (2017-2020), también participó en Científicos Industria Argentina (2004 a 2016), ambos emitidos por la TV Pública Argentina. Trabajó como asesor en temas científicos en los canales Encuentro y Paka-Paka.
En los últimos 20 años escribió más de 500 artículos sobre temas científicos, en su mayoría para el suplemento Futuro del diario Página | 12. Desde 2011 es Secretario de Redacción de la revista Si Muove, editada por el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires Galileo Galilei.
Es autor de varios libros de divulgación. Entre ellos: Historia de las Estrellas (Capital Intelectual, 2006); Guía Turística del Sistema Solar, La Luna del 1 al 10, y Guía Turística de la Tierra Extrema (Iamiqué 2008, 2015 y 2016).
Astrónomo amateur desde 1986, cuenta con un observatorio astronómico propio en el porteñísimo barrio de Boedo, es astrofotógrafo y desde hace más de una década pertenece al grupo “Rastreadores de Cometas” de la Liga Iberoamericana de Astronomía.
No hay cielos sin historias... ni historias sin cielos
El desafío de la astronomía es intelectualmente irresistible: explicar los más profundos enigmas de la existencia. Las cuestiones de espacio, tiempo, funcionamiento, origen, destino y –si realmente lo hubiese– el sentido último de ese todo que nos desborda e intimida cada vez que dirigimos una mirada al cielo. O cada vez que nos ponemos a pensar en nuestra propia existencia, buscando marcos de referencia físicos y comprobables que den alivio a cierta angustia vivencial.
No es raro entonces que, al igual que la filosofía, la ciencia que estudia el Universo haya sido uno de los primeros y más extraordinarios frutos de la mente humana. Nacida hace varios milenios, la astronomía es hoy en día una ciencia elegante, madura y absolutamente fascinante. Resulta muy difícil resistirse a sus encantos: sus objetos de estudio (los astros, en toda su rica vastedad), leyes, mecanismos, grandes números, y –no menos importante– su belleza total.
De la mano de la astronomía, la humanidad ha logrado entender una parte más que apreciable de la intrincada maquinaria del cosmos. Esa misma maquinaria que, entre otras cosas, permitió nuestra (fortuita) aparición. Hoy sabemos que vivimos en un minúsculo mundo de roca y metal, salpicado de agua líquida, que forma parte de una familia de cuerpos variopintos encabezada por una modesta estrella. Y que esa familia está perdida en los arrabales de una colosal “isla” espiralada, formada por cientos de miles de millones de estrellas y nubes de gas y polvo: nuestra galaxia, la Vía Láctea. Una galaxia más entre miles y miles de millones dispersas en un mar de espacio mayormente vacío. También sabemos que, aparentemente, todo, pero absolutamente todo, incluso el propio tiempo, comenzó hace casi 14 mil millones de años, con el “estallido” de “algo” (casi) infinitamente denso y caliente. Desde entonces, el Universo no ha hecho otra cosa que crecer sin parar.
Como toda ciencia, la astronomía es un producto social, cultural e histórico. No salió de la nada, ni tampoco fue el resultado del trabajo de una sola mente especialmente iluminada. Su sólida construcción actual –y sus extraordinarios alcances conceptuales– son el producto de experiencias, aprendizajes, logros y conocimientos compartidos y transmitidos de generación en generación, a lo largo de siglos y milenios. Incluso, hasta de errores sabiamente corregidos. De allí que su comunicación, divulgación y enseñanza sean esenciales para garantizar su propia prosperidad y supervivencia. En suma: a la ciencia hay que contarla.
Dicho todo lo anterior, no resulta extraño que la astronomía, lejos de ser una disciplina distante y ajena a la mayoría de los seres humanos, esté cargada de episodios absolutamente terrenales. Y justamente hacia allí vamos: este libro explora más de dos mil años de historia, rescatando una rica y variada colección de episodios, especialmente curiosos y significativos, en los que la astronomía y sus fenómenos alteraron –de un modo u otro, pero siempre de manera real y no del modo ingenuo y falaz que pretenden algunas supersticiones– el devenir de grandes civilizaciones, imperios y pueblos del pasado. Fenómenos celestiales que coquetearon, directa o indirectamente, con algunos de los personajes más relevantes de la ciencia, el arte y la cultura en general. Y hasta llegaron a entremezclarse con el terreno de la fantasía, o incluso con resonantes catástrofes.
Parte importante de este libro está basada en algunos de mis más preciados artículos publicados, entre 1997 y 2014, en Futuro, el legendario suplemento científico del diario Página/12 que dirigiera el recordado Leonardo Moledo. Aquellos textos originales fueron rescatados, agrupados, adaptados, actualizados y enriquecidos para esta especial ocasión. Junto a nuevas historias, curiosidades, apartados temáticos específicos y abundantes ilustraciones y astrofotografías (mayormente propias), dan forma y vida a estas Crónicas del cielo y la Tierra.
Los invito, pues, a un recorrido que nos llevará desde la posible identidad de la estrella de Belén, la relación entre la actividad solar y los asentamientos vikingos en América o el cometa que “anunció” la caída del imperio azteca; hasta el catastrófico caso Tunguska, el eclipse que probó la Teoría de la Relatividad General de Einstein o las variables astronómicas que incidieron en el hundimiento del Titanic. Por su propia naturaleza, este libro puede leerse de modo tradicional o bien eligiendo historias sueltas, de a ratitos en casa, en una sala de espera o en un largo viaje en tren o en colectivo.
Cualquiera sea el camino elegido, confío en que esta colección de hechos, personajes, curiosidades científicas, obras de arte y hasta famosos desastres nos conducirán, inexorablemente, a aquella idea inicial: no hay cielos sin historias... ni historias sin cielos.
Lic. Mariano Ribas
Periodista, escritor y divulgador especializado en astronomía
Capítulo 1 Mensajes celestiales
¿Qué fue la estrella de Belén?

Adoración de los Reyes Magos Giotto di Bondone, Capella degli Scrovegni, Padua (c. 1306). El pintor representó a la estrella de Belén con el aspecto de un cometa, probablemente inspirado por la aparición del Halley en 1301
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el
reinado de Herodes, unos magos de Oriente se
presentaron en Jerusalén (2:2) y preguntaron:
‘¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?
Porque vimos su estrella en el este y hemos venido a adorarlo’.
Evangelio de Mateo, capítulo 2
Perdida en el tiempo y en las espesas brumas del mito y la leyenda, la estrella de Belén vuelve a brillar cada fin de año. Aparece en tarjetas navideñas, adornos, canciones, programas de televisión y películas. Es el ícono por excelencia en esos días de apresurados y nerviosos festejos. Y, sin embargo, poco se sabe de ella. El misterioso objeto solo aparece mencionado, y muy brevemente, en uno de los cuatro relatos del Evangelio sobre la vida de Jesús, vinculado a su nacimiento y al legendario viaje de los míticos reyes magos desde Persia hasta Palestina. Un poco más adelante, el Evangelio de Mateo agrega: “… la estrella que habían visto en oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”.
Eso es todo lo que dice la Biblia sobre la estrella de Belén. Pocos datos, y muy vagos. Teniendo en cuenta la época y el contexto histórico, nada impide pensar que se tratara tan solo de un recurso narrativo o de un poderoso símbolo. No hay que olvidarse de que el relato no fue escrito en el momento, sino casi un siglo más tarde. Por lo tanto, pudo estar adornado y modificado una y otra vez. Por otra parte, no existe ningún registro preciso e independiente desde el punto de vista astronómico.
Ante semejante panorama, científicos e historiadores se han lanzado durante siglos al desafío de identificar posibles fenómenos celestes que pudieran ponerse el pesado traje de la estrella de Belén. Otros, basándose en la vaguedad de los detalles y hasta en las contradicciones en las que incurren los propios textos bíblicos, creen que la tarea no tiene sentido. Transitemos, pues, el resbaladizo terreno que nos llevará (o no) a revelar la identidad del más popular de los íconos navideños.
Mensajes del cielo
Desenmascarar a la estrella de Belén siempre ha sido un desafío muy tentador para la astronomía. Los historiadores suelen ubicar el nacimiento de Jesús en torno al año -6, lo cual reduce el marco de búsqueda. Aun así, la tarea no es sencilla. El relato bíblico es desalentadoramente incompleto: no se habla de estimaciones de magnitudes [brillo aparente de los astros], colores ni formas. Ni mucho menos de coordenadas celestes, por supuesto.
Esa ausencia de datos precisos resulta comprensible: hace dos mil años, casi nadie pensaba el cielo en términos verdaderamente astronómicos, sino más bien como un conjunto de símbolos y significados. El cielo era una especie de “techo” natural en el que se proyectaban figuras y seres sobrenaturales dibujados con las estrellas: las constelaciones. Y, también, una suerte de “pizarra” en la que los astrólogos creían leer mensajes divinos, codificados a partir de la posición de los planetas, el Sol y la Luna, la sorpresiva aparición de un cometa o los siempre espectaculares eclipses. Eran épocas en las que los asuntos del cielo no siempre iban de la mano de lo cualitativo y cuantitativo. Por todo lo anterior, no debe sorprendernos que el Evangelio solo haya reparado en el significado de la “estrella” (la supuesta llegada del Mesías), y no en sus características físicas.
Ante los escasos datos que aporta el Libro de Mateo podríamos pensar, simplemente, que la estrella de Belén pudo haber sido cualquier fenómeno astronómico llamativo: desde una supernova o un gran cometa hasta un meteoro extraordinario o una curiosa conjunción planetaria. Pero si aplicamos un análisis astronómico riguroso, echamos mano a fuentes históricas y recurrimos a modernos programas de computación que simulan el aspecto del cielo, varias hipótesis inevitablemente se caen a pedazos. Otras, en cambio, salen bastante más airosas…
¿Un meteoro, un eclipse, una estrella brillante?
Lo más fácil de descartar son los fenómenos breves: las “estrellas fugaces” especialmente brillantes o la caída de algún gran meteoro. Teniendo en cuenta que los “reyes magos” –que no eran reyes sino astrólogos; y que probablemente ni siquiera fueran tres– recorrieron los dos mil kilómetros que separan a Persia –su lugar de origen– de Palestina, su viaje debió haber durado varios meses. Es lógico pensar que nada intrínsecamente fugaz pudo haberlos acompañado y guiado durante el largo periplo.
Siguiendo la misma línea de razonamiento, podríamos descartar los eclipses de Sol y de Luna que –si bien no son fenómenos tan fugaces como un meteoro– no duran más de dos o tres horas. Además, más allá de los falsos efectos que se les atribuían, los eclipses eran bien conocidos en aquellos tiempos. Resulta difícil pensar que algo supuestamente extraordinario como la llegada del Mesías pudiese estar ligado a algo tan regular y previsible como las eclipsantes danzas del Sol y la Luna.
¿Pudo haber sido una estrella muy brillante –como Sirio, Vega, Arturo o Rigel– asomando por el este? Difícilmente, porque las estrellas notables estaban muy bien identificadas, tanto en su posición como en sus trayectorias y épocas de visibilidad. Eran parte del paisaje rutinario del cielo. Por lo tanto, es raro que pudieran “anunciar” algo tan especial como el nacimiento del “rey de los judíos”.
Algo más sólida parece la hipótesis de las novas: las “estrellas nuevas” que se encendían de golpe. Si bien existen ciertos indicios de una nova [una estrella que sufre un fuerte aumento de brillo sin llegar a estallar] observada por astrólogos chinos y coreanos en el año 5 a. C., las dudas superan a las certezas.
En cuanto a las supernovas, fenómenos mucho más espectaculares [se trata de estrellas que explotan al llegar al final de sus vidas], tampoco hay mucho que decir: no existen registros, relatos o indicios de ningún pueblo antiguo que hagan referencia a semejante cataclismo celeste en aquellos tiempos. Y los chinos eran verdaderos maestros en el tema.
La hipótesis del cometa
A partir de la iconografía clásica –que se plasmó, incluso, en obras maestras de la pintura, como La adoración de los Reyes Magos de Giotto, realizada en 1306–, la imagen tradicional de la estrella de Belén es la de un cometa. De hecho, cada Navidad las “estrellas con cola” aparecen en todas partes: desde los tradicionales arbolitos hasta luminarias callejeras, tarjetas, juguetes, bebidas y golosinas. Tal es la fuerza de esa identificación que muchas veces se ha vinculado a la estrella de Belén con el más famoso de los cometas: el Halley. Pero el Halley pasó cerca de la Tierra varios años antes del nacimiento de Jesús, en el 11 a. C.
¿Pudo haber sido, acaso, otro cometa? Los chinos también eran grandes observadores de cometas. Sin embargo, ni ellos ni ninguna otra cultura de aquel entonces parece haber registrado el paso de ninguno durante la época del nacimiento de Jesús. Solo existe una referencia en las crónicas de un tal Ho Pen Yoke que habla de un supuesto cometa que apareció en el año 5 a. C., pero probablemente se tratara de la mencionada nova.
Sea como fuere, hay dos cosas que no “cierran”: ese objeto permaneció en el cielo del este. Y, si bien es cierto que el Evangelio de Mateo dice que la estrella apareció en el oriente, luego debió haber cambiado de posición, porque si los “reyes” viajaban de Persia hacia Palestina, iban hacia el oeste. Entonces nunca podrían haber sido “guiados” por algo que se quedó clavado en el este. Por otra parte, asociar a un cometa con la estrella de Belén parece desacertado: en la antigüedad, estos astros eran vistos casi siempre como señales del mal, avisos de muertes, guerras y todo tipo de catástrofes.
Sin meteoros, eclipses, estrellas brillantes ni cometas, el cerco parece cerrarse. Si la estrella de Belén realmente existió como fenómeno astronómico –y no fue una mera alegoría, metáfora o adorno narrativo–, la opción astronómica más verosímil podría ser la danza de los planetas en el cielo.
Conjunciones planetarias
Al igual que las estrellas notables, es muy improbable que la estrella de Belén haya sido alguno de los planetas observables a simple vista. Solo hay cuatro que realmente se destacan en el cielo. En orden de brillo: Venus, Júpiter, Marte y Saturno (Mercurio es bastante más pálido y difícil de ver). Ninguno de ellos podría ser interpretado como el aviso celestial de un evento extraordinario, y menos a los ojos de los famosos “reyes” y otros observadores calificados: los planetas no eran nada especial ni novedoso, porque siempre habían formado parte del paisaje del cielo nocturno… más allá de sus continuos cambios de posición con respecto a las estrellas de fondo. Sin embargo, sus movimientos los llevan a formar curiosos y apretados dúos, tríos, y hasta cuartetos y quintetos aparentes. Esas “conjunciones” sí podían llamar la atención, tanto desde lo visual y astronómico como desde lo astrológico. No olvidemos que los “reyes magos”, como astrólogos, estaban pendientes de cualquier “señal” del firmamento (de hecho, la estrella de Belén les “anunció” el nacimiento de Jesús).
La pregunta surge sola: ¿qué conjunciones notables ocurrieron en aquel entonces? A partir de distintas fuentes, y fundamentalmente de la mano de softwares astronómicos que simulan el aspecto del cielo en cualquier época y lugar, es posible identificar algunas conjunciones planetarias que pudieron haber sido la estrella de Belén.
Así sabemos, por ejemplo, que el 17 de junio del año 2 a. C., los dos planetas más brillantes del cielo, Venus y Júpiter, protagonizaron una espectacular conjunción en el oeste, tras la puesta del Sol. Aparecieron tan juntos, apenas separados por 40 segundos de arco (casi 50 veces menos que el tamaño aparente de la Luna) que fusionaron sus brillos, dando la impresión de ser un astro único y deslumbrante.
Pero este singular fenómeno tiene varios contras para nuestra hipótesis: por empezar, la fecha. Es demasiado tardía, ya que habrían transcurrido más de cuatro años desde el nacimiento de Jesús. Además, se vio hacia el oeste, y los magos habían sido alertados por algo que asomó por el este. Finalmente, su duración fue demasiado breve: en los días siguientes, ambos planetas se separaron en el cielo, siguiendo cada uno su propio movimiento orbital en torno al Sol.
Lo que sí coincide temporalmente es un curioso fenómeno propuesto por el astrónomo estadounidense Michael Molnar, de la Universidad de Rutgers: el 17 de marzo del año 6 a. C., la Luna ocultó –y luego dejó reaparecer– al planeta Júpiter en Aries. Según él, esta (y no Piscis, como dice la tradición) era la constelación que por entonces estaba astrológicamente asociada al pueblo judío. Desde el punto de vista simbólico, el fenómeno pudo haberse relacionado con el nacimiento del nuevo “rey de los judíos”.
El punto débil de este escenario es que la ocultación (y reaparición) de Júpiter ocurrió en cielo diurno, por lo que resultó prácticamente invisible a ojo desnudo. Y eso nos deja cara a cara con la explicación astronómica más sólida…

Conjunción de Júpiter y Saturno en el cielo de Belén
Simulación realizada con el software Stellarium
Los planetas de Kepler
En 1614, el gran astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) [ver recuadro] calculó que durante el año 7 a. C. Júpiter y Saturno habían protagonizado tres conjunciones muy llamativas. Y así fue, tal como podemos comprobar con la ayuda de la informática: el coqueteo celestial entre ambos planetas comenzó en mayo de ese año, cuando se los pudo ver en el cielo del amanecer (en el oriente). En los meses siguientes, el apretado dúo fue desplazándose lentamente hacia el oeste. Durante todo octubre, a la medianoche, permanecieron muy cerca uno del otro en pleno cielo occidental. Finalmente, a principios del año –6, se les sumó el rojizo Marte, agregándole incluso más dramatismo al cuadro celestial.
Salvo por la fecha, tal vez algo temprana, la conjunción Júpiter-Saturno encaja razonablemente con los pocos datos que surgen del Evangelio de Mateo: una estrella brillante, duradera, apareciendo inicialmente por el este, pero luego moviéndose hacia el oeste durante los meses siguientes. Así, esa conjunción muy bien pudo “acompañar y guiar” a los reyes hasta Belén.
¿Asunto resuelto? No del todo: los cálculos indican que, en aquella oportunidad, Júpiter y Saturno no llegaron a juntarse tanto en el cielo como para llamar especialmente la atención. Incluso teniendo en cuenta el estudio de antiguas tablas babilónicas, queda claro que los astrólogos tampoco le dieron especial importancia a esa conjunción planetaria. ¿Y entonces?
Dos fenómenos independientes
A comienzos de este siglo, el astrónomo Mark Kidger, del Instituto de Astrofísica de Canarias, propuso una ingeniosa variante para salir del paso. Según Kidger, la estrella de Belén no fue un solo acontecimiento sino la sucesión de los dos fenómenos antes mencionados: la triple conjunción Júpiter-Saturno y la ocultación de Júpiter por la Luna habrían sido las señales celestes que alertaron a los reyes del nacimiento de Jesús.
Hay muy buenas pistas, es cierto. Sin embargo, aún no podemos asegurar con certeza qué fue realmente la estrella de Belén. Lo que sí es seguro es que el solo ejercicio de explorar histórica y científicamente el tema resulta por demás interesante… y hasta divertido.
En cuanto a las brumas y a los misterios que aún rodean al ícono más poderoso de la Navidad, no podemos negar que tienen su especial encanto. A fin de cuentas, todos vivimos de historias. Reales y fantásticas. Del cielo y la Tierra.