Kitabı oku: «Cómo conquistar a un millonario - Dulce medicina»

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28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 425 - agosto 2020

© 2009 Teresa Hill

Cómo conquistar a un millonario

Título original: The Nanny Solution

© 2007 Marie Rydzynski-Ferrarella

Dulce medicina

Título original: Taming the Playboy

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-617-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Cómo conquistar a un millonario

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Dulce medicina

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

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Capítulo 1

PARECES una monja vestida así!

Audrey Graham suspiró y se volvió hacia la que debía de ser la única amiga que le quedaba, Marion Givens, que tenía unos sesenta y pico, o setenta y pico años, y era su inspiración, quien más la animaba, su casera y, a partir de ese momento, su asesora laboral.

—Gracias, creo —contestó ella.

Se había tapado de pies a cabeza con un traje abrigado que a ella le había parecido estiloso.

—No era un piropo —replicó Marion—. Aunque, con esa cara, eres mucho más guapa que una monja. Pero si se te mira por la espalda…

Audrey frunció el ceño al ver su propio reflejo en el espejo.

Se había cortado la larga melena castaña hacía seis semanas porque necesitaba… estar diferente, diferente en todos los aspectos. Al estar más corto, el pelo también se le rizaba más, dado que no pesaba tanto, y se le ponía en la cara constantemente.

En ocasiones, le parecía que estaba mona. Esperaba no estar sexy.

Esa mañana no se había maquillado, sólo se había puesto un poco de brillo en los labios y máscara de pestañas, y parecía…

Audrey no sabía lo que parecía.

No era la Audrey de antes, eso era seguro.

Parecía más joven de lo que ella había imaginado, aunque ése tampoco había sido su objetivo.

Había esperado… volverse invisible, o algo parecido.

—He oído que la vida de las monjas es muy tranquila —comentó mientras tomaba el bolso y buscaba las llaves en él—. Y suena bien. Aunque, en estos momentos, estoy muerta de miedo. Hace casi veinte años que no hago una entrevista de trabajo.

Con diecinueve años había ido a buscar trabajo a un local en el que las camareras llevaban mucho escote y la falda corta, y donde recibían muy buenas propinas. Y se lo habían dado.

Ya casi tenía cuarenta e intentaba taparse lo máximo posible.

—No creo que la manera de hacer entrevistas haya cambiado mucho —dijo Marion, intentando tranquilizarla.

—¿Estás segura de que necesita a alguien? ¿No le habrás pedido que me haga un favor, o que haga una buena obra o algo así?

—Estoy segura. Está desesperado. Casi no podía ni hablar cuando me lo encontré en el restaurante. Y eso no es normal en él. Además, cielo, recuerda lo más importante: que vive en el lugar perfecto.

A sólo cinco manzanas de la casa de su hija que, en ese momento, la odiaba.

Para Audrey era un sueño poder estar tan cerca de Andie, ya que nunca habría podido permitírselo.

—Está bien, estoy lista —dijo, mirándose el reloj. Tenía que marcharse.

—Relájate —le recomendó Marion—. Respira. No es un ogro, ni un hombre brusco, sólo un poco acelerado. No le gusta perder el tiempo. No intentes darle palique, lo odia. Y no le des besos, también lo odia.

—¿Hay algo que le guste? —preguntó Audrey, todavía más nerviosa.

—La paz. Me dijo que necesitaba tranquilidad, y tú puedes darle eso. Tal vez el traje de monja no sea tan mala idea después de todo.

Audrey se aferró al volante como si fuese a enfrentarse a una muerte cercana.

A pesar de estar desesperada por ver a su hija, odiaba ir a aquel lado de la ciudad. De hecho, nunca iba allí. Le aterraba encontrarse con alguien conocido.

Bueno, pues tendría que superarlo.

Porque, en realidad, a su ex marido ya no le interesaba ser padre, aunque Andie estuviese viviendo con él. La pobre no tardaría en darse cuenta de que no podía contar con él desde hacía mucho tiempo, y entonces…

Tendría que volver con su madre, ¿no?

Con eso contaba ella.

Lo cierto era que el tiempo y la cercanía eran sus únicas esperanzas.

Tal vez Andie no la perdonase, pero necesitaría una madre, y ella pretendía estar lo más cerca posible cuando eso ocurriese.

Lo que significaba que tenía que conseguir el trabajo.

Giró en Maple Street y agarró el volante con tanta fuerza que le sorprendió que no se partiese en dos. Al entrar en su anterior barrio, se le aceleró el corazón.

«Respira», se recordó. «Ya no eres esa mujer, Audrey. Ya no estás tan dolida. Ni tan enfadada. Ni eres tan autodestructiva».

El corazón se le calmó un poco.

Después de diecinueve años siendo prudente y predecible, con un matrimonio relativamente bueno y una familia bastante feliz, lo había echado todo a perder en un ataque de ira y desconcierto el otoño anterior, cuando su marido las había abandonado.

Era como si aquellos diecinueve años no hubiesen valido nada, y ella era sólo la mujer en la que se había convertido durante aquellos crudos y dolorosos días y noches. Mientras que el hecho de que su marido las abandonase parecía del todo aceptable.

Cerró los ojos y respiró.

«Ya no eres esa mujer».

Al final de la manzana, giró y entró en la parte más antigua de Highland Park, y se dio cuenta de que Simon Collier vivía en la zona más lujosa del barrio, en la que las casas eran casi fincas.

Era impresionante.

La casa era una imponente estructura de piedra gris de tres pisos, con mucho terreno alrededor… un tanto descuidado en algunas partes.

Avanzó por el camino que llevaba hasta ella y aparcó fuera del garaje de dos pisos, para cuatro coches. Salió y se miró el reloj.

Justo a tiempo. Exactamente a las siete de la mañana se abrió la primera plaza de garaje y allí de pie, al lado de un reluciente Lexus negro convertible vio a un hombre vestido con un elegante traje negro, camisa blanca, corbata azul y zapatos impecables.

Simon Collier, supuso Audrey.

La forma en la que salió de la oscuridad del garaje, con la precisión de un mago, justo a las siete en punto, le dio un poco de miedo.

Ella sonrió un poco, a pesar de que tenía ganas de vomitar. Avanzó y se dijo que lo mejor sería imaginarse que era un importante cliente de su ex marido, que iba a cenar a casa, y que tenía que asegurarse de que estuviese cómodo y lo pasase bien.

Le tendió una mano muy cuidada, ya que la manicura era el último vicio que le quedaba y dijo:

—¿Señor Collier? Soy Audrey Graham. Encantada de conocerlo.

Él le dio la mano y la miró de manera aprobatoria, probablemente por su puntualidad y por no haberse puesto a parlotear nada más verlo.

Audrey todavía estaba intentando respirar con normalidad.

Sus ojos se ajustaron por fin de la luz del sol a las sombras del garaje y fue cuando se dio cuenta de que era un hombre muy guapo.

Iba muy bien vestido y arreglado, y le había dado la mano con fuerza y seguridad. Tenía el pelo moreno, todavía abundante y grueso, perfectamente peinado, los ojos oscuros y una sonrisa educada. Era elegante y muy masculino al mismo tiempo.

Y más joven de lo que ella había esperado. Y según se fue acostumbrando a la luz del garaje, más guapo y joven le pareció.

No había esperado algo así, dado el barrio en el que vivía, y el modo en que Marion había hablado de él, debía de tener mucho dinero. Ella se había imaginado a un hombre de unos sesenta años, calvo y gordo.

—Señora Graham, ha llegado justo a tiempo. Bien. Lo siento, pero tengo muy poco tiempo esta mañana, como casi todas las mañanas. Será mejor que vayamos directos al grano.

—Por supuesto.

—En estos momentos, tengo cuatro problemas en vida, Audrey. ¿Puedo llamarte Audrey?

—Por favor.

—Bien. Llámame Simon, por favor. Como te decía, tengo cuatro problemas. No me gustan los problemas y cuatro son demasiados.

—Lo siento —fue lo único que se le ocurrió contestar a ella.

—No lo sientas. Espero que puedas resolver tres de esos cuatro problemas. ¿Eres consciente de que tendrás que vivir aquí?

—Sí.

—Excelente. Mi primer problema es el jardín. Marion me dijo que tenías el jardín más bonito de Mill Creek.

—Bueno… —¿qué podía decir?—. A la gente parecía gustarle.

—Marion me dio la dirección y pasé por allí ayer con el coche, para echarle un vistazo. Me pareció muy agradable. Ni demasiado recargado, ni demasiado… ordenado. Grande, frondoso, floreciendo incluso en esta época del año. ¿Podrías hacer algo parecido aquí?

—Por supuesto, pero quiero dejar claro que no tengo ninguna formación en jardinería…

—Eso no me importa —dijo él, señalando con una mano el jardín delantero y echando a andar, ella lo siguió—. Ya he contratado a tres paisajistas y no me ha gustado ninguna de sus ideas. Me han hecho perder mucho tiempo. ¿Fuiste tú quien planeó y plantó el jardín de tu anterior casa? ¿Lo mantuviste sola?

—Sí.

—Bien. Me gustaría algo parecido. Algo… normal. Normal y verde. Y quiero que trabajemos juntos del siguiente modo: no quiero que me molestes con detalles, quiero que seas tú quien resuelva los problemas según vayan surgiendo. Quiero un diseño, un presupuesto y que tú hagas todo lo demás. ¿Entendido?

—Sí —contestó ella, intentando no parecer asustada después de saber que había rechazado los servicios de tres paisajistas. Y con su manera de dar las órdenes.

No es que le hablase con malos modales, sino que daba por hecho que todas sus órdenes debían obedecerse.

Llegaron al jardín delantero y él se movió muy deprisa, casi sin hacer ruido, y ella intentó seguirlo y casi se cayó. Por suerte, Simon la agarró con firmeza por los brazos.

—Lo siento —le dijo, sonriéndole de manera exasperada, soltándola y retrocediendo inmediatamente.

Después de verlo tan de cerca, Audrey se dijo que, definitivamente, no era tan mayor. ¿Llegaría a los cuarenta?

Audrey lo miró, siendo consciente de sus treinta y nueve años, y volvió a desear todavía más que él hubiese tenido sesenta.

No iba a volver a hacerlo. No volvería a lanzarse a los brazos de otro hombre para olvidarse de sus problemas.

Él parecía casi tan desconcertado como ella y se quedó inmóvil un momento, como si hubiese perdido el hilo de las órdenes que le estaba dando.

—Lo siento —repitió—. Me ha dado miedo que te hicieses daño.

Simon bajó la vista hacia sus pies y vio un enorme agujero en el suelo.

—Éste es mi segundo problema.

—¿Un agujero en el suelo? —Audrey estaba perdida.

—Muchos, por todas partes. Ten mucho cuidado por aquí, no quiero que te rompas nada, como el último paisajista. Ahora quiere demandarme. Otra cosa para la que tampoco tengo tiempo.

—Ah —dijo Audrey—. Tendré cuidado. ¿Tiene algún problema con algún… animal?

—Tengo un perro que excava.

Audrey se esforzó por no reír.

¿Cómo era posible que un hombre como aquél no fuese capaz de controlar a un perro?

Él la miró como si supiese que tenía ganas de reír.

Audrey se puso todavía más seria y entonces vio, sorprendida, como era él quien sonreía, sacudía la cabeza y juraba algo ininteligible.

—Sí, ya lo sé, vencido por un perro. Soy consciente de que es ridículo. No obstante, éste es el estado en el que me encuentro. Yo desprecio al perro. Y el perro me desprecia a mí. Hace semanas que estamos en guerra y me está ganando. No sabes lo que me cuesta admitirlo…

—Sí, claro que sí.

Audrey se dio cuenta de que Simon estaba luchando por no volver a sonreír.

Él se aclaró la garganta y continuó:

—Marion también me dijo que tenías un perro que se comportaba muy bien.

—Teníamos una perra maravillosa. Murió hace dos años.

—¿No estropeaba el jardín?

—Tenía un rincón en el que le permitía enterrar los huesos. ¿Sería posible que el perro tuviese un pequeño rincón para él?

Simon suspiró.

—Si es necesario…

—A mí me parece que sí.

—Está bien —accedió él, como si acabase de hacer una concesión de millones de dólares en un contrato—. El perro es de mi hija, Peyton. Ella lo adora, de hecho, lo quiere más que a mí en estos momentos. Y no me enorgullezco de ello, pero tengo que admitir que intenté ganarme su cariño con el perro y funcionó. Ahora le gusta mucho venir, pero su madre sólo la deja hacerlo algún fin de semana que otro, y el perro está aquí siempre. Porque la madre de Peyton no quiere al perro en su casa. Yo creo que lo hace para atormentarme todavía más.

—Lo siento mucho —dijo Audrey, sorprendida de que hubiese admitido tantas de sus debilidades con esa franqueza. Otros hombres habrían fingido ser invencibles. Y había algo en su comportamiento que podía parecer intimidante, pero que a ella le resultaba divertido.

Y, además de eso, le daba la impresión de que, a pesar de que todo aquello le pareciese un fastidio, estaba seguro de que iba a triunfar. Era como si tuviese un secreto que le permitiese mantenerse tranquilo y poder con todo.

Salvo con el perro.

—Está aquí siempre —se quejó—. Y excava. Se come mis calcetines. Se comió mis zapatos favoritos, hace ruido a todas horas y me molesta. Me parece que no lo hemos educado bien.

Audrey asintió.

—Imagino que lo habrá intentado con algún entrenador de perros.

—Con tres.

Que tampoco habrían tenido éxito y le habrían hecho perder el tiempo, como los pobres paisajistas. Audrey se preguntó cómo actuaría Simon Collier cuando estuviese enfadado de verdad. Si la tierra temblaría o algo así.

—Pues tampoco tengo formación en… el entrenamiento de animales —empezó Audrey.

Él le lanzó una mirada que quería decir: que ya lo sabía; que ya habían hablado de eso antes; y que no iba a molestarse en contestar.

—Está bien —dijo ella—. Tengo que educar al perro. ¿Cómo se llama?

—Yo lo llamo de muchas maneras —contestó él en tono seco, pero con un pequeño toque de humor.

Y Audrey se preguntó si no sería todavía más joven de lo que había imaginado.

¿Treinta y ocho?

¿Treinta y seis?

De repente, se sintió vieja y envidió su confianza en sí mismo, su aire de poder, su riqueza y toda la seguridad que ésta le daba, el no tener que depender de nadie.

—¿Cómo llama tu hija al perro? —le preguntó.

Él hizo una mueca de disgusto y admitió a regañadientes:

—Tink, supongo que tendré que presentaros antes de que aceptes el trabajo —dijo él, y esperó.

Tal vez esperase que ella dijese que no era necesario.

¿Debía acceder?

¿Tanto deseaba el trabajo?

Se temía que sí.

Entonces, Simon la salvó diciendo:

—Mi experiencia me dice que tengo que hacer todo lo posible porque aceptes antes de que conozcas al perro. ¿Quieres que te enseñe tu alojamiento?

—Por favor —contestó ella.

Él levantó el brazo e hizo un gesto para que lo siguiese.

—Por cierto, tengo que contarte mi tercer problema. Mi ama de llaves, la señora Bee. La adoro.

—¿De verdad?

Increíble, alguien que le gustaba.

—Sí —contestó él sonriendo un poco—. Tal vez te digan que soy… difícil. Exigente. Poco razonable. Que no hay mujer en el mundo que quisiera vivir conmigo, pero no es verdad. La señora Bee y yo nos llevamos estupendamente.

Capítulo 2

ASÍ que la gente también hablaba de Simon Collier, y era evidente que a él no le gustaba. Audrey pensó en decirle que lo comprendía y que no haría caso de las habladurías.

Pero en el poco tiempo que había estado con él se había dado cuenta de que era cierto que a ninguna mujer le sería fácil convivir con él. Era evidente que era exigente, perfeccionista, que, de niño, debía de haber sido de los que no jugaban bien con los demás.

Tampoco con las mujeres.

Por supuesto que no. Era él quien tenía todo el poder, y ellas, nada.

Audrey ya había estado en una relación así, y había terminado mal.

Pero en ese caso se trataba de él y de la señora Bee.

—Me alegro por vosotros —comentó.

Él sonrió.

—Llevamos juntos diez años. Nuestra relación ha durado mucho más que mi matrimonio. Es ordenada, cuidadosa. Lleva mi casa como una máquina. Todo lo que hay entre estas paredes es su dominio. No tienes que interferir en su trabajo, ni molestarla, porque no puedo imaginarme vivir sin ella.

—Está bien.

¿Qué era entonces lo que tenía que hacer?

—Por desgracia, la señora Bee odia al perro, todavía más que yo, si es que eso es posible.

—Ah —Audrey comprendió.

—Ha amenazado con marcharse si no me deshago de él. Y tengo que confesarte que he pensado en decirle a Peyton que se había escapado, o que lo había atropellado un coche, pero entonces lloraría, y odio ver llorar a mi hija. Pero, al mismo tiempo, me niego a vivir sin la señora Bee.

—Lo entiendo.

—Le prometí que encontraría a alguien que se ocupase del perro. Es la única manera de que se quede. Y ahí es donde entras tú en acción. Tienes que asegurarte de que el perro no moleste a la señora Bee, por eso necesito a alguien que viva aquí.

Llegaron al garaje y él la condujo hasta unas escaleras que había en el lateral del edificio que llevaban al segundo piso, y a una puerta que él abrió antes de retroceder para dejarla pasar.

Era un lugar abierto, en forma de L, amueblado con muy buen gusto. Un salón y una pequeña zona de comedor con cocina que, sin duda alguna, habían sido visitados recientemente por la señora Bee, porque estaban impolutos. Los suelos de madera brillaban, igual que las encimeras y los electrodomésticos.

Las paredes estaban pintadas en tono crema y había muchas ventanas, con vistas al jardín.

Audrey asomó la cabeza por la puerta que había enfrente de la cocina y descubrió un dormitorio y un bonito cuarto de baño.

—Los anteriores dueños tenían un hijo que estaba en la universidad y que vivía aquí —comentó Simon—. Espero que te parezca aceptable.

—Es perfecto.

Mucho más de lo que ella habría podido permitirse, dada su falta de experiencia o formación profesional.

—Entonces, ¿puedes arreglar el jardín, encargarte del perro y evitar que moleste a la señora Bee?

—Seguro que sí.

—Excelente —le dijo cuál sería su sueldo, que era más que justo, dado que iba a vivir allí—. ¿Cuándo puedes empezar?

—¿Cuándo quieres que empiece?

—Supongo que no puedes empezar ahora mismo, dado que necesitarás algo de tiempo para traer todas tus cosas aquí. ¿Qué tal mañana?

—¿No quiere referencias ni un currículum…?

Él negó con la cabeza.

—Marion responde por ti. Y eso es todo lo que necesito.

Audrey asintió.

—¿Te ha dicho…? Quiero decir, que deberías saber…

—Estabas perdida, tenías algunos problemas y querías volver a empezar, ¿no? Y ella te acogió durante una temporada.

—Sí.

Era evidente que conocía bien a Marion.

—¿Te han detenido alguna vez?

—No.

—Marion no te dejaría estar en su casa si no fueses limpia y formal, así que con eso me basta. No necesito más detalles. Sólo quiero que alguien me solucione mis tres problemas. ¿Estás dispuesta a hacerlo?

—Sí —contestó ella.

—Excelente —le tendió las llaves del apartamento, se dio la vuelta y se alejó sin dejar de hablar.

Audrey lo siguió.

—Tendrás que presentarte sola a la señora Bee. Está esperándote en la cocina. Ella te dará los detalles que necesitas —le dijo, y esperó a que cerrase la puerta con llave.

—Muchas gracias.

—No, gracias a ti. Vas a hacerme la vida mucho más fácil.

Audrey asintió.

—El perro llegará en cualquier momento. He contratado a una persona para que lo saque a pasear. Sí, ahí viene.

Audrey lo siguió escaleras abajo y esperó a que una joven con pantalones cortos y camiseta se acercase, casi arrastrada por lo que parecía un enorme perro de pelo largo, blanco y negro, que no era más que un cachorro, debía de tener seis meses.

A pesar de volver de su paseo matutino, daba la sensación de que el animal acababa de despertarse y estaba preparado para correr un maratón. Tenía la boca abierta, parecía que sonreía, y estaba contento.

Era precioso.

—Hola, señor Collier —dijo la joven, e intentó darle la correa del perro, pero él señaló hacia Audrey.

El perro movió la cola vigorosamente e hizo un sonido de alegría, se sentó en las patas traseras y levantó las delanteras para posarlas en los muslos de Audrey.

Simon Collier hizo una mueca.

—Lo siento —dijo, y luego se despidió de la chica.

Audrey sonrió y miró al perro a los ojos, luego, le hizo bajar las patas y se arrodilló delante de él.

—Hola, Tink.

El perro sonrió todavía más y le lamió la cara.

Simon hizo un sonido de asco.

—Vamos a ser amigos —le susurró Audrey al perro, esperando que fuese verdad. Su trabajo dependía de ello, al fin y al cabo, y el pobre cachorro no tenía amigos, salvo Peyton Collier.

Se levantó y el perro se quedó donde estaba, no saltó.

—Muy bien —le dijo Audrey.

—No vas a cambiar de idea, ¿verdad? —preguntó Simon.

El perro se dio la vuelta y se marchó.

—No, ¿pero por qué compraste un border collie?

—Porque a mi hija le encantó, y la mujer que nos lo vendió dijo que era un perro inteligente, aunque a mí todavía no me lo ha demostrado. ¿Por qué? ¿No es un buen perro?

—Es un perro que ha sido criado para pasarse el día corriendo detrás de las ovejas, sin cansarse —le informó Audrey.

—¿Me estás diciendo que tengo que comprarle un rebaño si quiero que esté contento?

Audrey se echó a reír.

—No, es sólo que es un animal con mucha energía, y por eso te parece tan destructivo. Debe de aburrirse mucho y necesita hacer algo.

Simon frunció el ceño.

—¿Y qué puede hacer, además de guardar el ganado?

—Ejercicio. Yo iré a correr con él todas las mañanas. Y tal vez también por las tardes, si es necesario. Así estará demasiado cansado para causarnos problemas.

—¿Eso es todo lo que necesita? ¿Estar demasiado cansado?

—Eso nos ayudará bastante. Y la buena noticia es que la mujer que os vendió el perro tenía razón, son animales muy inteligentes.

—Éste, no.

Audrey volvió a reír, acarició al animal, que volvió a ponerle las patas delanteras encima, incapaz de contener la emoción.

—Ves —dijo Simon.

Audrey lo empujó con cuidado y dijo:

—Tink, abajo.

El perro obedeció y se quedó mirándola, moviendo el rabo.

—Buen perro —añadió Audrey. Era una pena que no tuviese nada con lo que recompensarlo.

—No lo es.

—Bueno, en cualquier caso, es lo suficientemente inteligente para saber que no te gusta…

—Para eso no hay que ser un genio.

Audrey contuvo una sonrisa.

—Y, por el momento, ha sabido cómo llamar tu atención.

Simon la miró con incredulidad.

—Quiero decir que el perro siente la animadversión que existe entre ambos, y eso no está ayudando a solucionar el problema. ¿Qué tal si haces como si no te interesase pelear con él…?

—¿Quieres que me retire de la batalla? —preguntó Simon, de nuevo con incredulidad.

—Marion me ha dicho que detestas perder el tiempo. Y supongo que te has dado cuenta de que es una pérdida de tiempo intentar pelear con este perro. Es algo indigno de ti. ¿Por qué no vas a hacerte con el poder de un país, o algo así? ¿No te gustan más esos retos?

Él la miró sorprendido.

¿Estaría furioso?

Finalmente, dijo en tono altanero:

—Yo no dirijo ningún país.

Luego, se echó a reír, y Audrey volvió a respirar.

—Creo que lo vamos a pasar muy bien trabajando juntos, Audrey. Nos veremos el viernes por la noche, cuando vuelva a la ciudad.

Entró en el garaje, se metió en el Lexus negro y desapareció por el camino.

El perro empezó a gimotear para llamar la atención de Audrey.

«Maldita sea», pensó ella. ¿Dónde se había metido?

Simon no pudo apartar su imagen de la cabeza, a pesar de que se había tapado de los pies a la cabeza, lo que era una pena esconder un cuerpo así.

Sacó el teléfono mientras conducía y llamó a Marion.

—No me habías dicho que era impresionante.

—¿Desde cuándo necesitas que alguien te diga que una mujer es impresionante?

Simon juró entre dientes.

Y Marion rió.

—Todavía no me he recuperado de la última mujer que dejé entrar en mi vida.

—Créeme, eres el último tipo de hombre con el que Audrey Graham querría tener algo, lo que significa que no tienes nada de lo que preocuparte con ella.

—¿Y por qué no querría tener nada conmigo? Soy un partidazo.

Era rico. Rico, soltero y tenía menos de cuarenta años.

—Ya sabes que no me gusta hablar de los demás, Simon, pero te diré que Audrey acaba de deshacerse de un hombre muy parecido a ti, y no quiere repetir.

—¿Cómo que muy parecido a mí? ¿Qué quieres decir? Con buen carácter y muy sexy.

—Sí, en eso estaba pensando. Aunque tengo que decirte que estás de mejor humor que de costumbre. ¿Te encuentras bien?

—No te preocupes, estoy seguro de que se me pasará.

La idea de que alguien amaestrase al perro, hiciese feliz a Peyton, y a la señora Bee, le hacía estar más tranquilo.

¿O era el haber conocido a una mujer muy guapa, con buena actitud y a la que no le preocupaba enfrentarse a él lo que lo había puesto de tan buen humor?

No había muchas mujeres que se atreviesen.

O que pudiesen hacerle reír, como había hecho ella.

—Sólo necesito a alguien que se ocupe del perro y del jardín —dijo, tal vez para recordárselo a sí mismo, más que a Marion.

—Y la acabas de encontrar —añadió ella.

—No se te ocurra intentar emparejarme con ella, ¿de acuerdo?

—Ya te he dicho que ella tampoco quiere saber nada de hombres ahora mismo.

«Qué pena», pensó Simon.

Le gustaban las mujeres que no se sentían intimidadas por él, que escupían fuego de vez en cuando.

En especial, en la cama.

Audrey no podía creer que hubiese conseguido el trabajo. Y un lugar donde vivir, tan cerca de su hija.

Aquél sería el primer paso para volver a entrar en su vida.

Ni siquiera conocer a la señora Bee podría estropearle el día.

Y eso que la señora Bee era más fría que el viento del norte, bizca, muy delgada y estirada, y le gustaba dar órdenes todavía más que a su jefe.

Permitió la entrada a Audrey en su pulcra y tenebrosa cocina sólo el tiempo suficiente para que le diese su número de la seguridad social y para volver a reiterar el odio que sentía por el perro, y que esperaba que Audrey no causase más problemas ni a ella, ni al señor de la casa. Sobre todo los problemas que causaban las mujeres indignas cuando intentaban echarle el lazo a Simon Collier.

Audrey intentó asegurarle que no quería meterse en ningún tipo de problemas, aunque la señora Bee no pareció convencerse del todo.

Se sintió aliviada al salir de la cocina y se dijo que era una suerte no haber ido allí con la idea de hacer amigos.

Iba hacia el coche para marcharse cuando Tink, que había estado durmiendo bajo un árbol cercano, corrió hacia ella como si no quisiese quedarse allí solo con la señora Bee.

—Tengo que irme, pero volveré pronto. Y, luego, nos haremos amigos.

El perro gimió.

—Tengo que ir por mis cosas.

El animal gimió más.

—Lo siento, tengo que marcharme.

Tink empezó a ladrar como un loco.

Y ella no fue capaz de hacerlo callar.

La señora Bee apareció en la puerta trasera de la casa, con el ceño fruncido.

—Ah, todavía está aquí —dijo al ver a Audrey con expresión de disgusto—. ¿Va a hacer algo con esa cosa o va a ignorar su responsabilidad hasta que vuelva mañana? —le preguntó.

Audrey consiguió esbozar una sonrisa.

—Creo que voy a llevármelo a dar un paseo, tal vez algo más de ejercicio lo ayude a estar más tranquilo y a… hacerle a usted el día más agradable.

Si es que era posible que la señora Bee tuviese un día agradable.

A la señora Bee pareció sorprenderle su respuesta, resopló y cerró la puerta.

Audrey tomó aire, buscó la correa del perro en el garaje y salió con él de la propiedad.

Empezaron andando con rapidez y terminaron trotando. Y enseguida salieron de la zona en la que vivía Simon Collier y se adentraron en la que había vivido Audrey.

Al llegar a la que había sido la heladería favorita de su hija, no pudo correr más. Audrey se detuvo para recuperar la respiración y para que Tink bebiese agua.

El perro estaba tan contento que saltó sobre ella dos veces, y Audrey iba a regañarle cuando oyó una voz que le decía sorprendida:

—¿Mamá?

Ella se giró y allí estaba Andie, con un helado de chocolate en la mano, con expresión de no poder creer lo que estaba viendo. Estaba con Jake Elliott, uno de sus amigos.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Andie en tono acusador.

Ella no supo cómo decírselo, a pesar de haber imaginado aquella conversación cientos de veces.

—He encontrado trabajo en Highland Park. Voy a vivir allí.

Andie parecía horrorizada. Se le dilataron las pupilas y los ojos se le llenaron de lágrimas, retrocedió.

—No puedes hacerme eso —susurró.

Jake se puso a su lado, para reconfortarla, y Audrey se alegró de que su hija tuviese a alguien en quien apoyarse, aunque también estuviese en contra suya.

—Pues ya está hecho.

—¿Cómo has podido? —preguntó Andie, sacudiendo la cabeza—. ¿No crees que ya has hecho suficiente para arruinarme la vida?

Audrey no supo qué decir, pero no tuvo que decir nada porque, en ese momento, Tink la salvó. Debía de haber sentido la tensión, y gruñó a Andie y a Jake.

—Tink, no —dijo ella.

El animal la miró y dejó de gruñir, pero se quedó a su lado por si lo necesitaba.

—¿Crees que puedes volver a mi vida así, sin más? —inquirió Andie.

No, sólo había pensado en estar cerca, por si en algún momento su hija la necesitaba.

—Sólo he sacado al perro a pasear, Andie. No tenía ni idea de que estuvieses aquí. ¿Cómo iba a saberlo? Hacía dos meses que no te veía.

—¿Por qué has tenido que venir aquí, donde vivo yo? Bueno, pues no va a funcionar. Hagas lo que hagas, no funcionará —le advirtió Andie, y se marchó.

Tink ladró con todas sus fuerzas, contra el enemigo.

—No —intentó explicarle Audrey—. Es mi niña. Mi pequeña.

Y se quedó allí, viendo cómo Andie se metía en su coche y desaparecía. Luego, se dejó caer en un banco al lado de la heladería, temblando, con el perro apoyado en su regazo, gimiendo de nuevo, sin entender lo que le pasaba, pero queriendo serle de ayuda.

Capítulo 3

ANDIE seguía temblando cuando entraron en el camino que llevaba a su casa, en la que vivía con su padre. Jake había intentado calmarla, pero sin éxito.

Estaba demasiado furiosa.

Además, prefería estar sola. De todos modos, sabía que no podía contar con nadie.

Después de lo que su madre había hecho el otoño anterior, sabiendo que todo el barrio hablaba de ella, ¿cómo se había atrevido a volver?

Salió del coche y dio un portazo, luego, se secó las lágrimas. El coche de su padre no estaba en el camino, lo que significaba que no estaba en casa, como de costumbre. Sí había otro coche, el de su joven, estirada y rubia novia.

«¡Estupendo!», pensó.

Si sus padres hubiesen aguantado dos años más, ella ya habría estado en la universidad y no le habría importado. ¿Cómo iba a soportar otro año y medio más viviendo con su padre y la Barbie? Y, encima, con su madre en el barrio…

Entró en la casa por el garaje y estaba casi en su habitación cuando se dio de bruces con el nuevo amor de su padre. La Barbie llevaba puesta una bata, zapatillas de casa y una porquería de color verde en la cara.

La rubia resopló enfadada al verla.

—Pensé que eras Richard —dijo.

—¿A estas horas? ¿Cuándo lo has visto llegar tan pronto? Tiene que trabajar mucho, para pagarte todos los caprichos. El coche nuevo, tus tratamientos de belleza, Barbie.

Ella le sonrió con dulzura, como diciéndole que no iba a librarse de ella tan fácilmente.

Y Andie se dijo que le daba igual. Entró en su habitación, se tumbó en la cama y descolgó el teléfono para llamar a su padre.

—Por favor, responde, por favor —susurró—, sólo esta vez.

Pero respondió, cómo no, su secretaria, que accedió a concederle una audiencia con su padre. Por esa vez.

—¡Papá! —gimió Andie—. Me ha pasado algo horrible. Me he encontrado con mamá en la heladería. ¡Me ha dicho que va a vivir en Highland Park!

Él rió.

—Andie, tu madre no podría permitirse vivir allí. A no ser que…

«A no ser que haya encontrado otro hombre que la mantenga», pensó.

Pero no lo dijo, no era necesario.

—Dice que ha conseguido un trabajo —le explicó Andie.

—¿De qué? No sabe hacer nada.

—Ya lo sé.

Entonces… ¿La había mentido su madre? Eso no era nuevo.

—No soportaría tenerla aquí —sollozó—. Ahora que las cosas habían empezado a calmarse. ¿Puedes llamarla y decirle que se marche, por favor? Dile que, si de verdad me quiere, se vaya.

—Yo… Espera, Andie. Tengo otra llamada…

—Papá, ¡por favor!

—Lo siento.

—No. Díselo. Prométeme que lo harás.

Pero él ya había colgado.

Andie colgó también. Cómo no, su padre no podía hablar con ella porque tenía otra llamada más importante. Estaba acostumbrada a que no le dedicase más de cinco minutos al día, a veces, a la semana. Había vuelto a vivir a la casa familiar, pero en realidad no estaba allí. Estaba tan poco como antes de que se separase de su madre.

Y ella estaba sola.

Audrey no tenía muchas cosas que llevarse.

Se había marchado de su casa tres meses antes, sólo con una maleta y una bolsa de viaje pequeña. Y había llegado a casa de Marion hacía dos meses, con lo mismo. En el tiempo que había pasado allí sólo había acumulado cosas que le cabían en dos cajas, que ya estaban en su coche. Cerró la maleta y miró a su alrededor. Sintió algo parecido al pánico.

—Venga, venga —le dijo Marion abrazándola por la cintura—. No te pongas así. Ya es hora. Y vas a estar bien.

—Me alegra que alguien piense así —contestó ella apoyando la cabeza en su hombro—. No sé cómo darte las gracias —añadió, con un nudo en la garganta.

—No, por favor. Ésta es una casa alegre. Te lo dije cuando llegaste. Me ha encantado tenerte aquí. Te echaré de menos. Puedes llamarme y venir a verme cuando quieras. De hecho, me dolería mucho que no lo hicieras. Pero es hora de salir del nido, cariño. Tienes que continuar con tu vida. Yo sé mucho de estas cosas. Y nunca me equivoco. Estás preparada.

Audrey se irguió y luchó por no llorar.

—No pensé que nadie fuese a darme otra oportunidad, y tú…

—No, no. Si quieres agradecérmelo, ayuda a alguien a seguir adelante. Así es como quiero que me lo agradezcas.

—Está bien. Lo haré —le prometió, mirando a su alrededor—. Voy a echar de menos este lugar.

Marion le sonrió.

—Estás preparada para marcharte, cariño. Por cierto, no me has dicho qué te ha parecido Simon.

—Bueno, no tiene sesenta años, ni está calvo.

—¿Por qué pensabas que iba a tener sesenta años e iba a estar calvo?

—No lo sé. Quiero decir, que me hablaste de que tiene mucho éxito, de que es muy rico. Di por hecho que no era…

«Tan atractivo».

—¿Cuántos años tiene? —le preguntó, porque fue lo primero que se le ocurrió, y no quería hablar de lo guapo que era.

—No lo sé. Lo conozco desde siempre. Desde que era un niño.

—¿Y siempre ha sido tan… exigente?

—Sí, siempre ha sabido lo que quería, y cómo conseguirlo. En los negocios, quiero decir

Audrey sintió pánico por un momento.

—¿No querrás emparejarme con él, verdad?

—No, por supuesto que no…

—Porque lo último que necesito en estos momentos es un hombre.

—Lo sé. Bueno, ¿esto es todo lo que tienes?

Audrey asintió. Y salieron.

—No mires atrás —le aconsejó Marion—. Sólo hacia delante. Es la única manera de llegar adonde quieres llegar.

A ella le entraron de nuevo ganas de llorar.

—Hoy he visto a Andie.

—¿De verdad? —Marion sabía lo mucho que eso significaba para ella.

Audrey fue hacia el coche. Marion la siguió.

—A un par de manzanas de casa de Simon. Se puso furiosa cuando le dije que iba a vivir cerca.

—Bueno, ya imaginabas cuál sería su reacción. Sólo te demuestra que tenías razón al pensar que, viviendo cerca, te la encontrarías. Dale tiempo. Ya verás como acabas ganándotela.

—Eso espero. No sé qué más hacer.

—Es una adolescente. Cambian de idea cada treinta segundos, y cualquier cosa les parece un drama.

—Lo que hice no fue cualquier cosa.

—Lo sé, pero sigues siendo su madre. Las chicas de su edad necesitan a su madre, y nunca es demasiado pronto para aprender a perdonar —insistió Marion—. Tengo razón en eso. Y tengo razón contigo. Cree en mí, si todavía no eres capaz de creer en ti misma.

—Lo haré —le prometió Audrey.

Dejó la maleta y el bolso en el asiento trasero. Y entonces sonó su teléfono.

—Es Richard —comentó, haciendo una mueca al ver el número.

—No permitas que te intimide. Él también tiene su parte de culpa en todo esto.

Audrey tomó aire y contestó.

—Hola, Richard.

—¿Qué tontería es ésa de que vas a vivir en Highland Park, Audrey? —preguntó gritando.

—Es la verdad, voy a vivir allí. He encontrado trabajo.

Él rió.

—Ya me imagino cómo vas a ganarte la vida en un barrio como Highland Park.

Audrey se mordió la lengua. Aquella conversación no le pillaba por sorpresa. Andie no quería tenerla cerca, y quería que Richard le pidiese que se marchase.

—Dile que lo siento, pero que me voy a quedar —le dijo a su ex marido cuando pensó que ya había oído suficiente.

Richard le dijo que era egoísta, irresponsable y mala madre. Aún gritaba cuando le colgó.

Marion seguía delante de ella. Parecía triste y enfadada, pero tranquila al mismo tiempo.

—Ya lo has oído, Andie le ha rogado que me pida que me marche.

Marion asintió con confianza. Y Audrey pensó que ella no volvería a sentirse segura de sí misma en toda la vida.

—Lo sorprendente es que Richard haya tenido tiempo de escucharla y de hacer lo que le ha pedido —añadió.

—Eso mismo estaba pensando yo —comentó Marion, agarrándola de la mano—. Y te voy a contar un secreto, sólo por si te hace sentir mejor. Si alguna vez quieres que lo haga, Simon podría aplastar a tu marido con sólo mover el dedo meñique, en los negocios, quiero decir.

Audrey rió, le gustaba la idea de que alguien aplastase a Richard.

—Si nuestra hija no tuviese que ir a la universidad dentro de año y medio, me lo pensaría —suspiró—. ¿Qué hago ahora?

—Confía en ti misma. Confía en que sabes lo que estás haciendo, en lo que es más importante para ti. Tu hija. Y piensa que estás trabajando para arreglar las cosas con ella.

Audrey se inclinó para abrazarla.

—¿Cómo has llegado a saber tanto?

—Cometiendo muchos errores importantes en mi vida. El truco está en aprender de ellos, y tú lo has hecho. Ahora, ve a recuperar a tu hija.

La casa de Simon Collier estaba en silencio y a oscuras cuando aparcó debajo de las escaleras que llevaban a su alojamiento. Estaba sacando la primera caja del coche cuando se abrió la puerta, la señora Bee se asomó y Tink ladró como un loco.

—Veo que llega temprano —dijo la señora Bee, sorprendida y, probablemente complacida.

—Puede dejar salir al perro. Yo me ocuparé de él.

Dos segundos más tarde, Tink corría hacia ella con cara de felicidad, como si estuviese encantado de que hubiese vuelto.

Audrey dejó la caja y se arrodilló para saludarlo. El animal puso las patas sobre sus muslos y chocó contra su pecho. Ella rió, lo abrazó y el perro empezó a lamerle la cara.

—Está bien, está bien —le dijo—. Gracias, pero…

Entonces, empezó a llorar.

Tink se apartó al probar sus lágrimas. Confundido, ladeó la cabeza y empezó a gimotear.

—Estoy bien —le aseguró Audrey—. O, al menos, lo estaré pronto. Es sólo que no recuerdo la última vez que alguien se puso contento al verme. Eres un encanto. Un poco salvaje, pero un encanto.

Ya se le había olvidado que el amor de los perros era incondicional, y Tink se lo demostró lamiéndole de nuevo las mejillas.

—Ya vale —lo apartó con cuidado—. Creo que te va a resultar difícil entenderlo, pero a muchas personas no les gustan los besos caninos, Tink. ¿Por qué no subes conmigo y te enseño mi nueva casa? Te buscaré un lugar donde dormir, y mañana saldremos a correr.

Veinte minutos más tarde ya tenía todas sus cosas arriba. El lugar era tranquilo, y para ella sola.

Se hizo un ovillo en un rincón del mullido sofá, con el perro prácticamente en su regazo, y se quedó dormida.

Capítulo 4

A AUDREY la despertaron muy temprano los húmedos lametazos de Tink. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba tumbada en el sofá.

—Vaya —se quejó, le dolía la espalda y el cuello.

Tink dio un ladrido y le sonrió.

Ella suspiró y miró por la ventana. Todavía estaba amaneciendo.

—Bueno, supongo que no está mal que empecemos el día tan temprano —le dijo al animal—. Dame unos minutos e iremos a correr, te lo prometo.

Se levantó del sofá y fue dando tumbos hasta la puerta. Dejó que el perro saliese a hacer sus necesidades y ella se lavó los dientes, se puso un chándal y zapatillas de deporte y fue hacia la puerta.

Tink la estaba esperando al otro lado, sonriendo de oreja a oreja.

Audrey buscó su correa y se la puso.

—Bueno, tenemos mucho trabajo por hacer —le dijo, haciendo una lista en su mente—. Lo primero, iremos a correr.

Echó a correr despacio, en dirección contraria a su antigua casa. Hacía fresco, pero el sol ya brillaba entre los árboles. Se cruzaron con otras personas que iban corriendo, con otros perros.

Tink parecía encantado. Y ella esperó llegar pronto al mismo estado. Llegar al punto en el que dejaba de pensar, en el que la necesidad de respirar, y el sonido de su propio corazón, la brisa en la cara y el ritmo de sus pies golpeando el suelo, lo eran todo.

Quería estar en paz.

Si corría lo suficiente, si se cansaba, podría por fin estar en paz.

Esa mañana lo consiguió, así que corrió hasta que le dio un calambre y tuvo que parar. Se dejó caer en un banco enfrente de la heladería, con Tink a sus pies. Audrey intentó estirar la pierna sin levantarse, porque la otra pierna se había quedado casi sin fuerza.

La gente estaba empezando a salir a la calle. Un par de niños que iban al colegio se detuvieron a acariciar al perro. A Audrey le pareció ver a una mujer que conocía del colegio de Andie, pero no estaba segura.

Cuando por fin se le pasó el dolor, se levantó y dio un par de pasos.

—Nos hemos superado mucho esta mañana —le dijo a Tink—. Creo que voy a tener que volver a casa cojeando. Espero que tú también estés cansado.

Fue avanzando despacio, y no llevaba mucho andado cuando se detuvo un coche a su lado.

Un adolescente salió de él. Era Jake, el amigo de Andie.

—¿Señora Graham? ¿Está bien?

—Ha sido sólo un calambre, Jake. Estamos bien.

Él dudo antes de preguntarle:

—¿De verdad ha venido a vivir por aquí?

—Sí.

—¿Quiere que la llevemos?

—Jake —lo llamó el conductor del coche—. Tenemos que ir a clase.

—Tenemos tiempo —le contestó él—. De verdad —añadió, mirando a Audrey.

A ella le dio la impresión de que quería hablarle, así que aceptó. Jake se subió al asiento de atrás y ella fue delante, con el perro a su lado, sentado en el suelo. Jake la presentó a su amigo como la madre de Andie. Audrey les indicó dónde vivía y les agradeció que la llevasen.

Al llegar delante de la casa, Jake silbó, impresionado.

—Guau. ¿Vive aquí?

—Trabajo aquí —respondió ella mientras salía del coche.

—Andie está muy disgustada con su vuelta —comentó Jake.

—Lo sé. Y lo siento, pero tengo que intentar arreglar las cosas con ella, Jake.

Él asintió.

—No sé si la perdonará, pero… la verdad es que no es feliz viviendo con su padre y su novia.

—Ya lo imaginaba, pero gracias por confirmármelo, y por ser su amigo. Y siento todo lo que pasó el otoño pasado. No tenía derecho a involucrarte a ti también.

Audrey se había emborrachado en una fiesta y había montado todo un numerito. Andie había llamado a Jake para que las llevase a casa. Él, que por aquel entonces todavía no tenía el carné de conducir, había tenido un accidente con el coche de su tío cuando llevaba a Audrey, que estaba inconsciente, al hospital. A ella le seguía pareciendo un milagro que los tres hubiesen salido ilesos.

—Mi tío dice que fui yo quien tomé la decisión de ir.

—Pero fui yo quien te hizo tomar esa decisión. Lo siento.

—Ya lo sé. Recibimos su carta.

—Bien. Gracias por traerme. Si Andie o tú necesitáis algo, ya sabéis dónde estoy. Vivo encima del garaje. Podéis venir cuando queráis.

Jake se montó en el coche y Audrey observó cómo se alejaba. Luego, fue cojeando hasta su apartamento.

Estaba sentada debajo de un árbol en el jardín delantero, estudiando la casa, la situación de los árboles más grandes, las plantas y flores existentes, la valla que separaba la propiedad de la del vecino, pensando en qué hacer con lo que había allí y qué añadir, cuando sonó el teléfono.

Tink levantó sólo la cabeza para ver de dónde venía el sonido, y volvió a bajarla al ver que era su teléfono.

Ella todavía estaba riéndose al pensar en lo cansado y tranquilo que había estado después de la carrera cuando respondió.

—¿Dígame?

—No me digas que de verdad te está divirtiendo el trabajo —le dijo Simon Collier en tono sorprendido.

Ella sintió que algo recorría su cuerpo.

¿Placer?

¿Al oír su voz?

No podía ser.

«Por favor, no», pensó.

—¿Tanto te cuesta creer que pueda estar divirtiéndome? —le preguntó, esperando que su tono de voz no la delatase.

—Me parece, al menos, bastante improbable, dadas las tareas que te he mandado. Sobre todo, la relacionada con cierta criatura salvaje —le dijo él.

—Me estaba riendo del perro —le explicó.

—No puedo creerlo. Tiene el cociente intelectual de un arbusto.

Audrey no quería volver a discutir acerca de la inteligencia del perro y de su lucha por el control.

—Me estaba riendo porque es divertido y porque se ha portado muy bien durante todo el día.

—Imposible. ¿Qué le has hecho? ¿Drogarlo?

—Eso, ni pensarlo. Lo he llevado a correr esta mañana y está agotado.

—Me parece difícil de creer —insistió Simon, luego se quedó en silencio y Audrey oyó que anunciaban un vuelo por la megafonía del aeropuerto—. Es el mío. Tengo que irme. Sólo quería saber que todo iba bien, que no te habías hecho daño, ni te lo había hecho el perro.

—No, estoy bien.

—La señora Bee me ha dicho que esta mañana casi no podías andar cuando volviste de darle el paseo a Tink. Creo que han tenido que llevarte a casa.

—Ah, no ha sido nada. Me dejé llevar y corrimos demasiado. Me dio un calambre, no fue culpa de Tink.

—¿Estás segura? Porque no permitiré que ese animal le haga daño a nadie…

¿Estaba preocupado por ella? ¿O sólo buscaba una excusa para deshacerse del perro?

—Tink no es malo. Y es inteligente, pero no sabe cuándo debo dejar de correr para no hacerme daño.

—Está bien, si tú lo dices. Por cierto, ¿cómo va mi jardín?

—Lo estaba estudiando. Me da la sensación de que hace años que no se talan los árboles…

—¿Quieres cortar mis árboles? A mí me gustan. Son grandes, frondosos y verdes, ¿recuerdas? Eso es precisamente lo que quiero.

—Sí, pero hay ramas que están justo encima de la casa. Si se cayese alguna podría causar muchos daños.

—Está bien, tienes razón, pero no los tales.

—Sólo quiero que los poden.

—Está bien. Hazlo.

—Harán mucho ruido. Tendrán que venir varios hombres, un camión…

—Entonces, hazlo cuando yo no esté allí. Háblalo con la señora Bee, ella conoce mi agenda.

—De acuerdo.

—Y cuídate —añadió Simon, casi con preocupación.

—Lo haré —y luego, sin pensarlo, terminó—: Nos vemos el viernes.

Como si estuviese deseando verlo.

Se sorprendió a sí misma.

Él no pareció darle importancia, se despidió y colgó.

Volvería a casa el viernes.

Pero a ella le daría igual.

Simon llegó a la puerta de embarque, pero, a pesar de que hubiesen anunciado el vuelo, todavía no estaban embarcando.

«Qué rabia», pensó.

Deseó estar en su despacho, en la ciudad, y en su casa, en vez de tener que esperar para subirse a un avión y luego pasar la noche en un hotel.

Le sonó el teléfono. En la pantalla, apareció el número de la señora Bee.

—¿Sí, señora Bee?

—Está sentada sin hacer nada en el jardín, mirándolo todo. Ella y ese animal.

Simon deseó estar allí para ver al perro tranquilo, tumbado en el césped, y a Audrey, probablemente cruzada de piernas a la sombra de uno de sus enormes árboles que iba a talar. Se imaginó a la señora Bee espiándola desde una ventana, con el ceño fruncido.

Tuvo la sensación de que le habría gustado verlo.

—¿Qué hay de malo en ello?

—Es… extraño. ¿No averiguaste qué es lo que hizo para que la acogiese en su casa esa mujer a la que tanto le gustan los delincuentes y que a ti te cae tan bien?

—¿Que le gustan los delincuentes? —Simon rió. La señora Bee era capaz de hacer parecer mala a cualquier persona que no le gustase.

—Marion Givens es experta en meterse en problemas, y lo sabes. Y ahora te ha convencido para que contrates a una mujer que está en tu jardín reconociendo el terreno…

—¿Reconociendo el terreno? ¿Piensas que va a robarnos?

—Eso me parece.

—Lo que va a hacer es arreglar el jardín, ¿recuerdas? Y tiene que estudiarlo antes si queremos que haga un buen trabajo.

La señora Bee resopló con desaprobación.

—Creo que ha encantado a ese animal.

Simon volvió a reír.

—No encuentro ninguna otra explicación a su comportamiento.

—¿Crees en la brujería, señora Bee?

—Por supuesto que no. Ya sabes lo que quiero decir. No es posible que lo haya conseguido con sólo chasquear los dedos, aunque eso es lo único que ha hecho desde que ha llegado aquí. ¿Cómo lo ha hecho?

—No lo sé y no me importa, siempre y cuando funcione.

—Bueno, pues yo no me fío de ella —dijo la señora Bee—. Y no puedo creer que tú lo hagas.

—¿Te preocupa que me embruje a mí también?

Eso era imposible, después de su primera experiencia con el matrimonio.

Aunque no le importaría que Audrey intentase embrujarlo.

—Te gusta —lo acusó el ama de llaves. Y maldijo a todos los hombres y a su falta de capacidad de razonamiento y fuerza de voluntad cuando una mujer bonita se les ponía delante.

La señora Bee era la única mujer del mundo que se atrevía a hablarle así.

—Intentaré mantener la cabeza en su sitio en todo lo relativo a Audrey, te lo prometo.

—Y yo no voy a perderla de vista —dijo ella.

—Está bien —contestó Simon, todavía divertido cuando colgó el teléfono.

No necesitaba que la señora Bee lo protegiese.

Sólo había visto a Audrey una vez y habían hablado de trabajo, y del perro.

No podía estar enamorado tan pronto. Además, él nunca se enamoraba. Y ella debía de sentir mucho respeto por él, dada su reputación profesional. Eso le evitaba muchas conversaciones inútiles, le ahorraba tiempo y, a menudo, aburrimiento.

Y, no obstante, la había llamado en cuanto había tenido una excusa, y estaba deseando volver a casa en vez de estar trabajando, aumentando su impresionante cuenta bancaria.

Ésa era la única manera de mantenerse a flote, ya que en su vida no había otra cosa que no fuese Peyton.

Aguantó otras treinta y seis horas más de viaje y luego decidió mandarlo todo a hacer puñetas y volver a casa un día antes.

Porque no estaba sacando nada en claro.

Y no por otro motivo.

Llegó a casa después de la medianoche y dejó el coche fuera del garaje para no despertar a Audrey, o, lo que era más probable, al perro, que, a su vez, despertaría a Audrey. De acuerdo con los informes de la señora Bee, ambos salían a correr por las mañanas nada más amanecer.

En cualquier caso, no era buena idea despertarlos a esas horas.

Entró en la casa, se dio una ducha rápida y se metió en la cama, agradecido de que fuese la suya y pensando que, aunque durmiese en ella también al día siguiente, el mundo no tenía por qué acabarse y que, probablemente, su humor se lo agradecería.

Golpeó la almohada varias veces hasta que adoptó la forma deseada, cerró los ojos y se quedó dormido en cuestión de segundos.

Y se despertó con…

¡Había sonado como si una bomba hubiese caído encima de su casa!

Se incorporó, con el corazón latiéndole a toda velocidad.

Debía de habérselo imaginado, porque la casa seguía en pie.

No se le había caído nada en la cabeza. No oía nada.

Sacudió la cabeza y volvió a tumbarse, y casi se había dormido otra vez cuando oyó un fuerte crujido justo fuera de su ventana.

—¿Qué demonios ha sido eso? —murmuró. Y se puso los pantalones del pijama que guardaba en el cajón de la mesita de noche para cuando Peyton estaba allí.

Bajó corriendo las escaleras y fue a la puerta principal.

¿Quién iba a querer bombardear Highland Park?

Salió gruñendo de la casa y se encontró con un grupo de hombres con cascos, un par de máquinas enormes y ruidosas y con su jardín que parecía haber sido bombardeado. Había ramas por todas partes. ¡Todavía no eran las seis y media de la mañana y alguien había bombardeado su jardín!

Fue hacia el tipo que estaba más cerca dispuesto a cantarle las cuarenta cuando oyó la voz de Audrey que lo llamaba y la vio avanzar corriendo hacia él. Lo agarró con fuerza para llevárselo. Movía los labios, pero Simon no entendió lo que decía.

—¿Qué demonios está pasando? —le preguntó, enfadado. Habría dicho algo mucho peor, pero estaba intentando mejorar su lenguaje por Peyton.

—¡Ven aquí! —gritó Audrey.

Él volvió oír el mismo estruendo que en la cama y una enorme rama cayó en el suelo detrás de él. Se dio la vuelta y la miró con la boca abierta. ¡Casi lo habían matado en su propio jardín!

—¿Qué demonios están haciendo, cortando ramas así, cuando hay gente por el medio?

—Están podando los árboles —espetó ella—. ¿Qué estás haciendo tú aquí?

—¡Vivo aquí! ¡Es mi casa! ¡Pensé que alguien estaba bombardeando el barrio!

—¿Bombardeando el barrio? —repitió ella, haciendo que sonase como una ridiculez.

—Eso me ha parecido cuando me han despertado —añadió él a gritos—. ¡Podían haberme matado!

—Ya lo sé. He sido yo la que te he apartado —dijo Audrey.

Uno de los tipos con casco se acercó a ellos corriendo.

—¿Qué demonios está pasando? —le gritó a Audrey.

Simon se interpuso, decidido a parar aquello en ese mismo instante. No iba a permitir que nadie le levantase la voz a Audrey.

Ella debió de imaginarse lo que iba a pasar, porque se colocó entre los dos hombres y levantó una mano para que Simon no se acercase más al otro.

Él se quedó paralizado al notar la palma de su mano en su pecho desnudo.

Capítulo 5

PARA Audrey fue como si se hubiese quemado.

Bueno, primero se sintió aterrada y, luego, le dio la sensación de haberse quemado. Y no era una quemadura mala, pero buena, tampoco.

Mantuvo la mano en su pecho desnudo sólo el tiempo suficiente para detenerlo y lo miró a los ojos como solía mirar a su hija cuando se ponía cabezota. Luego, se volvió hacia el otro hombre y le dijo que ella se encargaría de Simon.

—Dile que se mantenga alejado de la zona de trabajo —dijo el obrero—. Supongo que no hay nadie más en toda la propiedad, ¿no?

—Por favor, dime que tu hija no está aquí —le pidió ella a Simon.

—No.

—Y que no… quiero decir… que no hay ninguna mujer en casa.

—¿Una mujer? —repitió él, arqueando una ceja.

—Simon, no seas tonto. Pensé que esa rama iba a caerte en la cabeza y, aunque estoy segura de que la tienes muy dura, no creo que hubiese soportado el golpe.

—Lo siento —dijo él, aunque sus palabras no sonaron a disculpa—. No todos los días está uno a punto de morir en su jardín, y luego lo acusan de acostarse con… alguien. Es cierto que me acuesto con mujeres, pero anoche, gracias a Dios, estaba solo.

—No hay nadie más —le confirmó Audrey al otro hombre—. Sólo él.

Y luego tuvo que volverse de nuevo hacia Simon, que estaba impresionante, sin camisa, todavía respirando con dificultad y con unos pantalones de pijama que se le sujetaban de manera muy peligrosa a las caderas, dejando al descubierto las bonitas líneas de su pecho y abdomen.

Audrey necesitó respirar hondo. Otra vez más.

Entonces se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente.

Al menos, ya había apartado la mano de su pecho.

La palma seguía quemándole, como si la huella de su piel siguiese allí.

Era su jefe.

Y era aún más atractivo de lo que ella había pensado. Y le había gritado como si fuese su hijo.

—Me dijiste que me ocupase de esto cuando tú no estuvieses aquí, ¿recuerdas?

Simon asintió.

—Me sugeriste que le preguntase a la señora Bee, ¿recuerdas?

Él volvió a asentir.

—Bueno, pues lo siento, pero he hecho lo que me dijiste que hiciera, y se suponía que tú no tenías que estar aquí esta mañana. Se suponía que no volverías hasta mañana por la noche.

Él pareció enfadarse todavía más. Seguía respirando con dificultad, todavía estaba impresionante, todo despeinado y con cara de sueño, y con toda aquella piel brillando bajo la luz del sol.

Audrey decidió que le hacía daño mirarlo.

¿Por qué no podía dejar de mirarlo?

Oyeron caer otra rama, pero más lejos de ellos.

—¿Quieres que les pida que paren? —le preguntó.

—No —gruñó él—. Tendrían que venir otro día y van a tardar horas en limpiar todo este caos. Será mejor que se queden y terminen.

—Está bien. Lo siento. Quería que acabasen antes de que tú volvieses…

—No, tienes razón. Has hecho lo que te pedí —sacudió la cabeza—. Cambié de planes en el último momento, lo siento…

Y luego se quedaron los dos allí, no estaban contentos, pero tampoco se estaban gritando más.

Y Audrey pensó que no le gustaría perder su trabajo en la primera semana. Sería humillante, y ya la habían humillado lo suficiente durante el último año.

—Volveré dentro para no molestar —dijo él por fin.

Y desapareció, haciendo que Audrey pudiese respirar de nuevo.

—¡Le he gritado! —le contó Audrey a Marion por teléfono esa misma noche.

—¿Has gritado a Simon Collier y has sobrevivido para contarlo? —preguntó su amiga, sorprendida.

—Por ahora, sí. Supongo que puede echarme en cualquier momento —comentó ella, sentándose al lado de la ventana que daba al camino—. Todavía no puedo creer que lo haya hecho. No sé cómo ocurrió. Todo iba bien y, de repente, estábamos gritándonos el uno al otro.

«Y, él, medio desnudo», pensó.

Ésa había sido parte del problema.

Que él estaba medio desnudo y que ella se había asustado al ver que la rama le caía tan cerca.

—Bueno, supongo que le viene bien que le griten un poco. Yo creo que él lo hace con bastante frecuencia, y nadie le contesta.

—Estupendo.

—Supongo que se quedó tan sorprendido que no se le ocurrió despedirte.

—Sí, pero, ¿y cuándo no esté sorprendido? Quiero decir, que podría despedirme en cualquier momento, y no puedo permitir que ocurra, Marion, necesito este trabajo.

Tink se acercó a ella y le apoyó una pata en la rodilla, como si estuviese preocupado.

Audrey le acarició la cabeza.

—No te preocupes, cariño —le dijo—. Peyton vendrá pronto.

Tink miró por la ventana, se puso sobre las dos patas traseras y sonrió abriendo mucho la boca.

—Por fin vas a conocer a la señorita.

—¿Tan mala es?

—Es Simon el que es malo con ella. O eso he oído. También me han dicho que es una buena chica, al fin y al cabo.

—Yo necesito que el perro se comporte bien, que Peyton esté contenta y que Simon también lo esté, pero hoy no he podido salir a correr con Tink porque los taladores han llegado muy pronto. He tenido que dejar al perro encerrado hasta que han terminado, y luego me he pasado la tarde extendiendo el mantillo. Estoy tan agotada que casi no puedo ni andar.

—¿Por qué lo has hecho tú? Podías haber pedido que lo hicieran.

—No se me ocurrió.

—Y, encima, le has gritado a Simon. ¡Menudo día!

—Sí —admitió ella, compadeciéndose de sí misma en ese momento—. Y todavía tengo que conocer a Peyton, espero que todo vaya bien con ella y con el perro.

—Sal un rato con el perro y una pelota, y tírasela para que vaya a buscarla, a ver si se cansa. Luego, podrás darte un baño caliente y meterte en la cama. Todo se ve distinto por la mañana.

Audrey se despidió de Marion, buscó la pelota favorita de Tink y bajó las escaleras con el perro completamente emocionado a sus pies.

—Tink —le dijo ella al llegar al jardín—. Tiene que salir bien, ¿de acuerdo? Va a venir Peyton y necesito que te comportes lo mejor posible mientras ella y su padre están aquí. ¿Podrías hacerlo por mí? ¿Por favor?

Pensó que no tenía nada que perder si intentaba explicárselo.

Él ladeó la cabeza, como intentando descifrar el significado de sus palabras, y luego volvió a mirar la pelota, que le parecía mucho más interesante.

—Tanto discurso para nada —dijo Audrey, y se la lanzó.

Audrey estaba nerviosa sólo de pensar que iba a volver a ver a Simon y que no sabía qué iba a hacer o a decirle éste después de que le hubiera gritado. Le dolían todos los músculos del cuerpo y todavía no llevaba ni una semana en el trabajo.

Peyton llegó a las seis en punto, nada más salir del coche corrió a los brazos de Simon, que la levantó del suelo y le dio una vuelta, y ella rió y se aferró a él. Un momento después aparecía el perro, corriendo.

Simon dejó a Peyton en el suelo y contuvo la respiración mientras esperaba que el perro se detuviese, se sentase y actuase como si estuviese bien educado, cosa que hacía siempre que estaba allí su hija.

Levantó la mirada y vio a Audrey girando la esquina de la casa. Parecía tan nerviosa como él. Cómo no, el estúpido perro se detuvo delante de Peyton, se sentó y movió la cola con frenesí. Pero se mantuvo tranquilo mientras su hija lo abrazaba y lo saludaba como si fuese su mejor amigo. Luego le dio un beso en el hocico, el perro le lamió a ella la nariz y la hizo reír.

—¡Te he echado de menos, Tink! —gritó—. ¿Y tú a mí?

—Guau —respondió el animal.

Simon sacudió la cabeza. Sabía que tendría que compartirla con el perro durante todo el fin de semana y ocupar un segundo lugar detrás de él.

«Vencido por un maldito perro», pensó.

Peyton siguió tratando al animal como si llevase años sin verlo. Él le hizo un gesto a Audrey para que se acercase y poder presentársela a su hija, se dio cuenta de que se movía con cautela.

—¿No te habrán hecho daño esos idiotas de los árboles, verdad?

—No —contestó ella.

—¿El perro?

—No. El perro no es un problema, Simon.

—Entonces, ¿por qué casi no puedes andar?

—Creo que he trabajado demasiado. He estado extendiendo el mantillo.

Él miró a su alrededor y luego volvió a mirar a Audrey.

—¿Tú sola?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque había que hacerlo.

—Pero no tenías que hacerlo tú —le dijo Simon, y se dio cuenta de que había estado a punto de gritarle otra vez, y eso era lo último que quería hacer, después de lo que había pasado esa mañana.

Se había comportado como un imbécil y todavía no se había disculpado.

—No quiero que trabajes tanto —insistió.

Ella puso el mismo gesto de obstinación que por la mañana y replicó.

—Ya está hecho, ¿de acuerdo?

—Y ahora estás sufriendo por ello…

—Simon…

—La próxima vez que haya que hacer un trabajo que requiera fuerza física, contrata a hombres.

Estaba intentando hacerle un favor a esa testaruda, quería cuidar de ella.

¿Por qué le daba la sensación de que ella se sentía insultada, de que se estaba enfadando?

¡Mujeres!

¿Acaso nunca aprendería que eran seres difíciles y que era mejor mantenerse alejado de ellas?

Nunca había tenido suerte con las relaciones y, en esos momentos, Audrey parecía tenerle miedo. O eso, o se iba a echar a llorar.

No, por favor. Cualquier cosa menos eso.

Ya tenía otra cosa por la que disculparse. Aunque aquél no parecía el mejor momento para hacerlo, ya que lo más probable era que empezase a gritarle y tuviese que disculparse después, por tercera vez.

Tomó aire, intentó tranquilizarse y llamó a su hija:

—¿Peyton?

La niña dejó por fin al perro y se volvió hacia él.

—Ésta es la señora Graham, de la que ya te he hablado. Se ocupa del perro cuando tú no estás.

Peyton se incorporó y sonrió, y le tendió la mano como él le había enseñado a hacer cuando le presentaban a un adulto.

—Hola, soy Peyton Alexandra Collier.

Impresionante, teniendo en cuenta que tenía sólo cinco años.

Audrey le dedicó una maravillosa sonrisa y le dio la mano.

—He oído hablar mucho de ti. Y Tink ha estado esperándote, llevaba horas mirando por la ventana, a ver si llegabas. Creo que te ha echado de menos.

—¿De verdad?

—Sí.

—¡Yo siempre lo echo de menos! —dijo Peyton, suspirando con dramatismo—. ¿Vas a quererlo y a ser buena con él? Porque papá y la señora Bee piensan que es horrible.

—A mí me parece un perro maravilloso —contestó Audrey—. Sólo necesita que lo ayuden a entender cómo debe comportarse. Eso es todo. Y es más fácil hacérselo entender si todos lo tratamos igual y esperamos lo mismo de él…

—Todos vamos a ser buenos con él, ¿verdad? —preguntó Peyton, preocupada.

—Sí, todos vamos a ser buenos los unos con los otros —le aseguró Audrey.

La niña puso un brazo alrededor del perro y se acercó para decirle a Audrey al oído:

—¿Puedes hacer que mi papá y la señora Bee sean buenos con Tink?

Simon rió.

Audrey asintió.

—Cuando tú no estés aquí, Tink se quedará conmigo, para que no moleste a nadie.

—Eso me parece bien —dijo Peyton, luego, se volvió hacia su padre—. Papi, ahora quiero ir a jugar con Tink. Me ha echado de menos.

—Está bien, cariño —dijo él dándole un beso en la cabeza—. Ve. Te esperaré dentro.

Simon se quedó allí, mirando a su hija y al perro. Audrey le dio a Peyton la pelota y le explicó que a Tink le gustaba que se la tirasen para ir por ella, y le enseñó cómo hacerlo.

—Es adorable —le dijo luego a Simon.

—Yo también lo pienso, pero tengo que admitir que no soy imparcial.

Después de ver cómo miraba Simon a su hija, con aquel orgullo de padre, decidió que no era sólo un hombre guapo.

Era devastador.

Deseó que su marido hubiese tenido sólo un poco de ese amor y esa ilusión en los ojos cuando miraba a su hija.

—¿Audrey? —Simon le puso una mano en el hombro y la miró con preocupación—. Te has hecho daño de verdad, ¿no? Maldita sea, me habías dicho que estabas bien…

—Y lo estoy —dijo ella, conteniendo las lágrimas—. Quiero decir, que no es lo que piensas. Es por tu manera de mirarla. Es maravilloso, y espero que siempre sea así. Espero que siempre sientas eso por ella.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo no iba a hacerlo? Es mi hija.

—Exacto —dijo ella, intentando sonreír.

—¿Tienes una hija? —adivinó Simon sin dejar de mirarla a los ojos, como si fuesen un puzzle que quisiese resolver.

—Sí.

—¿Y está… bien?

Audrey se encogió de hombros. ¿Qué debía contarle?

—Andie vive en la casa que viste, con su padre y la novia de éste, y va al instituto de la zona. La última vez que la vi, estaba bien.

Furiosa con ella, pero bien.

—De acuerdo —dijo él, pero tenía un millón de preguntas más acerca de la situación. Esperó a que ella se las contestase sin tener que hacerlas.

Pero Audrey no quería hacerlo.

—Lo siento —fue lo único que dijo ella, cambiando de tema—. Siento haberte gritado esta mañana, siento que casi te haya aplastado una rama…

Él le apretó el hombro para reconfortarla.

—Ya te he dicho que ha sido culpa mía. No tenía que haberte gritado así. A veces, soy un poco brusco, pero sé que eso no es excusa. Lo siento de verdad.

Audrey se limpió una lágrima.

—Entonces, ¿todo arreglado?

—Por mi parte, sí. ¿Tú estás segura de que estás bien?

Ella asintió, se sentía como una tonta.

—Tengo que hablar con tu hija de un par de cosas acerca del perro…

—Luego. Ahora vete a casa. Tómate un descanso y ven cuando te sientas mejor.

—De acuerdo, gracias.

Y subió casi volando las escaleras de su apartamento. Cuando se giró a cerrar la puerta, Simon seguía allí, observándola.

Capítulo 6

ESA misma noche, Audrey descubrió que Peyton sabía escuchar y aprendía pronto.

Después de la cena, fue con Simon y su hija a la terraza cubierta que había en la parte de atrás de la casa, para darle un par de lecciones a la niña acerca de cómo hacer que el perro se comportase bien.

Peyton consiguió enseguida que Tink acudiese cuando lo llamaba, que se tumbase y que se quedase así unos segundos. Y el animal casi había entendido que le tenía que dar permiso antes de subirse a su regazo o lamerle.

—Muy bien —comentó Audrey.

—Papá dice que no es un perro listo, pero yo sé que sí lo es —dijo la niña.

Simon, que estaba en el otro extremo del patio, con una copa en la mano, observándolas, miró a Audrey a los ojos y sacudió la cabeza.

Ella sonrió, no pudo contenerse.

—Ahora —le dijo a Peyton—. Vamos a hablar de esta noche. ¿Suele dormir Tink contigo?

Peyton asintió.

—En mi cama. Le gusta mucho. A la señora Bee, no, pero… —miró a su padre con preocupación.

—La señora Bee sabe que duerme en tu cama, Peyton —le dijo su padre.

La niña sonrió.

—Así que quieres que duerma contigo. Eso está bien. Sólo tienes que asegurarte de que salga a hacer sus necesidades antes de acostaros. Dile que tiene que salir, y lo hará. Y haz que espere a que le invites antes de que salte a tu cama… Luego, se levanta temprano. Sobre las seis. Y tiene que volver a salir, y correr. ¿Tú te levantas tan pronto?

Peyton negó con la cabeza.

—Yo estaré despierto —dijo Simon—. Lo dejaré salir. ¿Y luego?

—Yo me lo llevaré a correr —dijo Audrey.

—¿Y yo? ¿Puedo ir yo a correr con él? —quiso saber Peyton.

—No creo que puedas correr tan rápidamente como él, pero estaría bien que tú también le hicieses hacer ejercicio. Mañana por la mañana hablaremos de eso, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Tink lamió a la niña y la hizo reír. Peyton miró a Audrey como si le hubiese llevado la luna o algo así.

Y eso le hizo pensar en Andie, y en la época en la que su hija pensaba que era una madre increíble. Le preocupó que no volviese a pensarlo nunca más.

Simon pensó que Audrey era estupenda con su hija. Y que había sido milagrosa con el perro, hasta el momento.

Peyton estaba encantada de tener una amiga, y a alguien a quien también le gustase el perro, en la casa. Y la señora Bee no se había quejado de Tink desde que Audrey estaba allí.

Simon estaba contento. Muy contento.

Sólo le hubiese gustado saber por qué ella parecía tan angustiada cuando hablaba de él y de Peyton, y por qué no vivía con su hija.

Además, le había gritado esa mañana, y ella había hecho el trabajo de tres hombres en el jardín. Casi no podía ni andar y tenía pensado levantarse al amanecer para ir a correr con el perro.

No podía permitirlo.

Se merecía un descanso, y una disculpa.

Dejó a Peyton y a Audrey en la terraza, con el perro, y fue a la cocina.

La señora Bee se lo encontró allí, hablando por teléfono con Natasha Warren, la dueña de un balneario al que solía ir mucho.

—Estaba pensando en un masaje de noventa minutos —le dijo.

—¿De noventa minutos? —preguntó ella, sorprendida.

—Está hecha polvo —le explicó. Oyó reír a Natasha y notó que la señora Bee lo miraba escandalizada—. ¡No pienses mal!

—Si tú lo dices —contestó Natasha.

—Ha trabajado demasiado.

—¿Demasiado? Debe de haber alguna postura que no conozco, aunque pensaba que las conocía todas…

—Vaya. Quiero decir que ha trabajado en el jardín, nada más.

Simon juró, y Natasha rió todavía más.

—Noventa minutos de masaje —añadió—. ¿Algo más?

—No lo sé. ¿Qué les gusta a las mujeres últimamente?

—Si Simon Collier no sabe lo que le gusta a una mujer, es que tenemos un problema —ronroneó Natasha.

—Me refiero a qué les gusta de tu balneario —le explicó él, que estaba empezando a perder la paciencia.

—Está bien. Si ha estado trabajando en el jardín, estoy segura de que necesita una manicura, aunque no le durará nada si sigue haciendo ese tipo de trabajo. ¿Qué tal un corte de pelo y unas mechas?

—Deja su pelo tranquilo. Es perfecto —dijo él, y vio que la señora Bee volvía a mirarlo.

Pero a él le daba igual.

¿Acaso no podía gustarle su pelo?

No quería que nadie tocase los sensuales rizos de Audrey, salvo él. Le gustaban tal y como eran, naturales, libres, bailando alrededor de su cara.

No era un delito que le gustasen los rizos de una mujer.

—Está bien, le dejaré elegir entre manicura, pedicura o tratamiento facial. ¿Qué te parece? —sugirió Natasha.

—Me parece estupendo. La mandaré en un coche —para asegurarse de que iba y porque quería mimarla de verdad—. Se levanta temprano. ¿Qué tal a las siete y media? ¿Es posible?

—Para ti, todo es posible. Pero sólo para ti.

Simon le dio las gracias y colgó. La señora Bee estaba esperándolo.

—Sabía que te gustaba —lo acusó.

—Me gusta su pelo, ¿de acuerdo? Tiene un pelo precioso —se defendió Simon.

—Claro que sí. ¿Has averiguado qué ha hecho para terminar aquí, viviendo encima de tu garaje y jugando a ser la niñera del perro?

—No. ¿Y tú? —le preguntó, porque estaba seguro de que lo había intentado, ya que a la señora Bee le gustaba saberlo todo de todo el mundo.

—Todavía no. Actúa como si me tuviese miedo…

—Me pregunto por qué —replicó Simon. La mayoría de sus empleados sentían terror por la señora Bee, y ella lo sabía y disfrutaba con ello.

—No le he hecho nada —dijo el ama de llaves—. De hecho, creo que le da miedo que se me acerque el perro y me moleste. Y tengo que decir que, de eso, me alegro. Pero dado que el perro casi siempre está con ella, no he visto demasiado a tu nueva em-ple-a-da.

—Soy consciente de que trabaja para mí.

—Y de que tiene un pelo perfecto —comentó la señora Bee mientras salía de la cocina.

Simon se quedó mirando por la ventana de la cocina a Peyton, Tink y Audrey.

Seguro que podía resistirse a algo tan simple como un pelo perfecto.

A Simon no le alegró oír el despertador a las cinco cuarenta y cinco de la mañana siguiente, pero se puso ropa de deporte y estaba en la habitación de Peyton poco después de las seis.

Se quedó viendo cómo dormía desde la puerta.

El perro levantó la cabeza y frunció el ceño al ver a Simon entrar, gruñó y volvió a bajar la cabeza, como para decirle que no pensaba salir de la cama tan temprano.

Simon juró entre dientes y se preguntó qué debía hacer. ¿Esperar a que el perro decidiese levantarse?

—Tienes suerte de que Peyton te adore —le dijo al animal, que se había estirado, como si fuese a levantarse pronto.

«Estoy hablando con el perro», pensó Simon.

—Yo estoy levantado. Y seguro que Audrey también, así que tú vas a levantarte. Venga.

Tink bajó de la cama a regañadientes y se puso a su lado.

—Venga, vamos fuera.

El perro lo siguió escaleras abajo y ambos salieron por la puerta de la cocina. Tink hizo sus necesidades enseguida y luego miró hacia las escaleras del garaje que llevaban al apartamento de Audrey.

—Sí, lo sé. Las dos piensan que eres estupendo, ¿verdad?

Simon tomó una correa del garaje y siguió a Tink escaleras arriba. Ella abrió la puerta antes de que llegasen. Llevaba puesta una camiseta ancha y unos bonitos pantalones de ciclista cortos, aunque no se le veía nada, porque la camiseta era demasiado ancha y larga.

Iba con la cara lavada, el pelo más salvaje de lo habitual, pero tan mono como siempre. Estaba adormilada, dulce, tentadora…

Y Simon pensó que, si fuese suya, no se levantarían tan pronto por las mañanas.

—¿Tuvisteis algún problema anoche? —le preguntó Audrey.

—Ninguno. Salvo que cuando he ido a despertarlo hace un minuto, no quería levantarse.

Audrey se inclinó y saludó al animal, preguntándole si era un buen chico y diciéndole que había oído que sí. Luego se incorporó y miró a Simon, que iba vestido con ropa de deporte.

—¿Vas a venir a correr con nosotros?

—No, voy a ir yo con el perro, y tú vas a tomarte el día libre.

Ella lo miró con preocupación. ¿Cómo era posible que le preocupase la idea de tomarse el día libre? Las mujeres eran muy extrañas a veces.

—Ayer hiciste demasiado ejercicio. Seguro que esta mañana te duele todo, así que no hace falta que saques al perro a correr…

—Puedo hacerlo —insistió ella.

—Estoy seguro de que sí —rió él. Audrey parecía sentirse insultada y él lo único que quería era disculparse—. Te estoy diciendo que no tienes que hacerlo, no quiero que lo hagas.

—Pero, es mi trabajo…

—Lo sé, pero no soy un negrero, en contra de lo que hayas podido oír decir de mí. Audrey, estoy intentando disculparme. Ayer por la mañana perdí los nervios, te grité…

—Y yo a ti —le recordó ella.

—Ya lo sé. Estaba allí.

Y ella pareció otra vez preocupada.

Simon se maldijo.

No quería que le tuviese miedo.

No quería que tuviese miedo de nada.

—No quiero que trabajes tan duro y no quiero que hagas nada hoy. Va a venir un coche a recogerte para llevarte…

—¿Un coche? —repitió ella, completamente devastada.

—Un conductor con un coche, que va a llegar exactamente dentro de… —se miró el reloj— cuarenta y siete minutos para llevarte a Morton’s.

—¿A Morton’s? —preguntó Audrey, y la cara se le iluminó.

Simon sintió por fin que había hecho algo bien.

—¿Lo conoces?

Ella asintió.

—Bien, pues vas a ir a que te mimen un poco.

—No puedes hacer algo así.

Simon rió.

—Claro que puedo. Ya lo he hecho. Todo está planeado.

—Pero… no.

¿Acaso no lo entendía aquella mujer? Nadie discutía con él, salvo la señora Bee.

—¿Por qué no?

—Porque, Simon, eres mi jefe.

—Sí.

—No me parece… apropiado.

—¿Por qué no?

—Porque eres mi jefe —repitió Audrey.

—Y tú has hecho grandes progresos con el perro. De hecho, es sorprendente. No podría estar más contento. Hasta me gustan los árboles podados. Y perdí la compostura. No debiste echar el mantillo tú sola… Por eso quiero agradecértelo y disculparme al mismo tiempo, ¿de acuerdo?

—No me parece… bien que me mandes a un balneario.

—¿Por qué no?

—Porque no me parece el tipo de regalo que un jefe le hace a su empleada.

—¿Por qué no? —a él le parecía una buena manera de pedirle perdón.

Se quedó mirándola fijamente, en principio, sólo para averiguar qué le pasaba, pero pronto se distrajo pensando lo guapa que estaba.

Lo tentadora.

Lo atractiva.

Ella frunció el ceño. Y Simon se dio cuenta de que la había enfadado.

—Simon, si estás pensando en…, en…

—¿Sí?

—En que puede haber algo más entre nosotros… —continuó ella, ruborizándose.

Él pensó en lo mucho que deseaba que hubiese algo más entre ellos, en lo mucho que le hubiese gustado que el perro desapareciese y meterla en su apartamento, cerrar la puerta tras de ellos, quitarle la ropa y llevársela a la cama.

Pero no podía decírselo.

Al menos, no debía decírselo.

No solía tontear con sus empleadas. Ya se había sentido tentado antes, pero siempre se había resistido.

Aunque nunca había deseado tanto romper aquella norma.

El perro gimió. Y Simon lo odió en ese momento.

Pero Audrey parecía realmente asustada, triste y vulnerable. Y él no quería complicarle más la vida.

—Audrey —le dijo sin mirarla más, mirando a la pared, al sofá, a la cocina—. Lo hago siempre.

Ella abrió la boca, pero no dijo nada.

Y él pensó en lo que acababa de decir.

—Me refiero a Morton’s —le explicó, intentando comportarse como si no hubiese pasado nada—. Tengo una cuenta allí. Mando a mis empleados a menudo. Ya sabes, grito más de lo que debería, y estoy intentando corregirme, pero hasta que lo consiga, al menos intento disculparme después. Y, por el momento, a todas mis empleadas les ha gustado que lo haga mandándolas a Morton’s.

Ella parecía confundida, incrédula.

—¿De verdad? —preguntó, esperanzada.

Él asintió.

—Todo está planeado. Te están esperando. Tienes cuarenta y cinco minutos antes de que llegue el coche. Disfruta del día.

Simon intentó marcharse justo después de decir aquello, pero el perro no se movió. Se quedó en la puerta, lloriqueando y mirando a Audrey como si no soportase separarse de ella.

—Serán sólo unas horas —le dijo Simon—. Volverá.

Y si los perros eran capaces de hacer pucheros, ése hizo uno.

—Por Dios. Si quieres ir a correr esta mañana, ven conmigo. Si no, vámonos los dos a dormir.

—Vete, Tink —le dijo Audrey—. Ve con Simon. Corre.

«Corre» pareció ser la palabra mágica, porque el perro bajó las escaleras y salió corriendo. Simon se preguntó cuántos kilómetros tendría que correr para olvidarse de todo lo que quería hacer con Audrey, pero dudó ser capaz de correr tanto.

Si Audrey hubiese sido Cenicienta, en su versión habría preferido ir a Morton’s en vez de a un ridículo baile.

En vez del cochero y los corceles blancos fue a recogerla un chófer con un coche, lo que le pareció bien, aquello le permitía seguir soñando.

Porque tenía que estar soñando.

Lo que significaba que, en realidad, no había acusado a Simon de intentar comprarla con un día en un balneario. ¡No podía haber hecho algo así!

Gimió, confundida, y se sentó en el asiento trasero del coche. Llegó a Morton’s, que parecía cerrado, y cuando estaba empezando a preocuparle el poder despertarse del sueño, vio cómo se abría la puerta y la recibía una mujer muy sonriente.

—Señora Graham. Bienvenida —le dijo—. Soy Natasha Warren, la dueña. Le prometí a Simon que la trataría muy bien.

La condujo a una habitación en la que se respiraba serenidad, en tonos crema, el lugar perfecto.

—Simon ha sugerido que empezásemos con un masaje y, después, ¿qué prefiere: manicura, pedicura, un tratamiento facial?

Audrey cerró los ojos y deseó poder disfrutar todo aquello antes de despertar del sueño.

—Tratamiento facial, por favor. He pasado demasiado tiempo al sol.

Aunque en esos momentos lo único que le preocupaba era conservar su trabajo y que su hija dejase de odiarla. Pero iba a relajarse y a disfrutar.

Oyó a Natasha haciendo sonidos de preocupación acerca de sus manos mientras las cubría de crema. Luego empezó a masajearle la cabeza, el cuello y los hombros.

Y ella no hizo nada más que girarse cuando se lo pedía y gemir de felicidad de vez en cuando.

Era la primera vez que alguien se ocupaba de ella, ya que, en su vida, siempre había sido al contrario.

Se quedó adormilada, demasiado relajada para pensar. Cuando el masaje hubo terminado, pensó que las piernas no iban a poder sujetarla.

—¿Bien? —le preguntó Natasha.

Audrey abrió los ojos, parpadeó y volvió poco a poco al presente.

—Muy bien.

Tenía que estar soñando. Aquello no podía ser verdad.

Natasha rió y dijo:

—No se lo digas a Simon, pero yo creo que algunas de sus mujeres intentan provocarlo para que les grite y luego las mande aquí.

—¿Las mujeres de Simon? —preguntó Audrey. Ella no era una de sus mujeres.

—Las mujeres que trabajan para él —puntualizó Natasha—. Yo siempre bromeo con él y le digo que voy a crear unos paquetes especiales para sus empleadas.

Audrey se dijo que, después de todo, tal vez no estuviese soñando.

—¿Hace esto con frecuencia?

Natasha se encogió de hombros de manera elegante.

—Debería ser suyo el negocio, de todo el trabajo que me manda.

—Así que… —Audrey pensó que no había nada de especial en que la hubiese mandado allí. Simon era así.

Y ella lo había acusado de querer algo más.

—¡Oh, no! —dijo.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—No —repitió Audrey.

¿Cómo podía haberle dicho algo así? ¿Cómo podía haberlo pensado?

Que ella pensase que Simon era atractivo no quería decir que él opinase lo mismo de ella.

De camino a casa de Simon, no consiguió dejar de darle vueltas al tema. El coche se detuvo y el conductor le abrió la puerta, y ella tuvo que bajar, porque no tenía elección, sólo con la esperanza de que Simon no estuviera esperándola.

—Que se divierta, señora Graham —le dijo el conductor.

—Sí, gracias —susurró ella con tristeza.

Se quedó en el camino. Le había parecido oír unas pisadas fuertes, decididas, masculinas, detrás de ella.

Y cuando abrió los ojos lo vio justo enfrente.

—¿No te ha gustado? —le preguntó él.

—Simon… —gimió ella.

—¿Qué pasa? —le preguntó él, agarrándola por ambos brazos, preocupado—. ¿Qué ocurre?

Ella cerró los ojos, bajó la cabeza, incapaz de mirarlo a los ojos.

—Natasha me ha dicho que lo haces a menudo, con mucha gente.

Él le levantó la cabeza poniéndole un dedo debajo de la barbilla.

—¿Y?

Ella abrió los ojos, pero no lo miró a él, sino al cielo azul que se extendía por encima de su hombro derecho.

—Por favor, dime…

—¿El qué?

—Dime que no te he acusado de querer ligar conmigo, ni de querer comprar mi cariño mandándome a Morton’s…

—¿Quieres que te diga que no lo has hecho?

—Sí, por favor.

—Está bien, no lo has hecho —dijo él.

Audrey apartó la mirada, no quería verlo así, así de agradable, ni quería preguntarse por qué había cambiado de actitud desde que lo conoció.

Pero lo había acusado de algo de manera injusta, y no podía olvidarlo. Y, sobre todo, no podía abrazarlo.

—Lo siento mucho —dijo.

—¿Por qué? —preguntó él, confundido.

—Porque no estabas intentando ligar conmigo. Ni siquiera se te había ocurrido. Sólo estabas siendo… tú. No significaba nada más.

En especial, no significaba que la desease. Aunque a ella no le molestase la idea.

Pero él no la deseaba.

De todas maneras, con los problemas que había tenido con los hombres el año anterior, tenía suficiente para toda la vida.

—Quería que pasases un buen día —dijo él—. Y quiero que no trabajes tan duro de aquí en adelante. Y quería pedirte perdón.

—Lo sé. Gracias. Ha sido un día estupendo. Estupendo.

—Bueno, me alegro —dijo él, que seguía estando demasiado cerca y se aproximó un poco más mientras hablaba—. Y tal vez no debería decir nada más, dado que era un tema que te preocupaba, o tal vez sí debería decirlo, dado que estabas tan preocupada. O tal vez debería decirlo sólo porque quiero decirlo…

—¿Decir el qué? —inquirió Audrey con cautela.

—Lo siento, Audrey, de verdad. Siento si esto hace que las cosas sean todavía más difíciles para ti. Sé que no debería hacerlo. E intentado no hacerlo, de verdad. Pero si esta mañana has pensado que yo deseaba que hubiese algo más entre nosotros…

«Oh, no».

Su nariz le acarició el pelo y su aliento le calentó el oído.

—Tenías razón.

Capítulo 7

AUDREY se sintió tan frustrada que pensó en darle una bofetada.

Él retrocedió y estudió su rostro antes de decir:

—De verdad que lo siento. No quiero ponerte las cosas más difíciles…

—¿Difíciles? —repitió ella.

—Sí —susurró Simon.

—¿Difíciles? —gritó Audrey.

«Maldita sea», había vuelto a gritarle.

—Sí —asintió él, en voz todavía más baja.

Se suponía que era un hombre con mal carácter, pero, en ese momento, el de ella parecía peor.

—Oh, Simon —gimió, y las lágrimas brotaron de sus ojos.

Y Audrey odiaba llorar. Lo odiaba.

Simon parecía desconcertado, como si no supiese si salir corriendo o quedarse y rogarle que le diese una pista de lo que ocurría.

—¡No lo entiendes! —volvió a gritar Audrey.

—En ese caso, explícamelo —le pidió él, acercándose otra vez y limpiándole las lágrimas—. Porque quiero entenderlo. Quiero ayudarte y hacer que las cosas sean mejores para ti. Dime lo que necesitas.

—Sólo necesito este trabajo. Lo necesito tanto…

—Y nada ni nadie va a quitártelo, pase lo que pase, o lo que no pase, entre nosotros.

Ella asintió antes de soltar la parte más dura:

—Necesito que no pase nada entre nosotros.

—¿Por qué? —quiso saber él.

—Porque quiero recuperar a mi hija y vive a cinco manzanas de aquí. Estar cerca de ella es lo más importante para mí.

—Y vas a estarlo, pero no entiendo el resto. ¿No puedes estar conmigo, aunque lo desees?

—Quiero recuperar a mi hija, es lo más importante.

—Y piensas que, si tuvieses algo conmigo, eso interferiría en tus planes.

—Sé que lo haría.

—Audrey, eres una mujer adulta, ya no estás casada, pero no quieres que haya otro hombre en tu vida…

Ella volvió a romper a llorar.

—No sabes lo que hice. No sabes lo horrible que fue, el daño que hice a tantas personas. No puedo volver a hacerlo, Simon. No puedo.

Él quería seguir contradiciéndole, pero, en su lugar, le puso la mano en la mejilla, como si le doliese verla tan triste, y luego la abrazó con tanto cuidado que Audrey deseó llorar todavía más.

Era tan grande y sólido, su cuerpo la tranquilizaba tanto.

Por un momento, volvió a sentirse segura, como hacía mucho tiempo que no se sentía, como había deseado sentirse desde que su matrimonio se había roto.

¿Por qué necesitaba a un hombre para sentirse así? En realidad, las mujeres nunca estaban seguras con un hombre al lado. Y ella tenía que haberlo aprendido a esas alturas. No obstante, allí estaba, sollozando contra su pecho, envuelta por el calor de sus brazos.

—No deberías ser tan bueno conmigo —protestó.

Él rió.

—No suelo serlo.

—Claro que sí, pero intentas ocultarlo.

Él la apretó un poco más para reconfortarla. Audrey sintió sus labios en una mejilla mojada por las lágrimas, luego, en la comisura de los labios, muy despacio, para darle tiempo a apartarse, a rechazarlo.

Pero ella, como si no hubiese aprendido nada durante todo el año anterior, en vez de separarse de él, levantó la cara, abrió la boca y recibió el embriagador placer de besar a Simon Collier, muy despacio, con mucha dulzura, como si tuviesen todo el tiempo del mundo.

Él gimió, la apretó contra su cuerpo y su lengua la acarició, le prometió todo tipo de placeres.

Audrey puso los brazos por encima de sus hombros, arqueó la espalda y apoyó todo su cuerpo contra él.

Se sintió feliz besándolo.

Y se olvidó de todo lo demás.

Andie estaba en la heladería el sábado por la tarde, en alerta por si su madre volvía a aparecer.

No había hablado con ella desde que se habían encontrado allí, pero sabía que estaba cerca. Media docena de amigos la habían llamado para decirle que la habían visto haciendo footing por el barrio, o en un parque cercano, con un perro.

¿De verdad estaba trabajando como niñera de un perro?

Andie pensaba que aquello no tenía sentido.

Seguro que era otra mentira más.

Aunque ya le daba igual.

Oyó que un coche se detenía en la curva y vio a Jake, que sonreía, como siempre.

Se sintió contenta y tranquila, y tensa por dentro.

Aquello era ridículo.

Al fin y al cabo, era un hombre, no podía fiarse de él. Ni debía sentir nada por él.

—Eh, ¿te llevo a casa? —le preguntó.

—Pensaba ir dando un paseo.

En realidad, sólo estaba allí pasando el rato, para no estar en casa. La Barbie y su padre habían tenido una pelea, y ella había preferido quitarse del medio.

—Ven, te llevaré —insistió Jake, sonriendo todavía más.

Andie se levantó dispuesta a rechazar su ofrecimiento, porque era lo más inteligente.

Jake era encantador, pero era como un niño grande. No obstante, se había portado estupendamente con ella durante los últimos meses, que habían sido horribles, a pesar del lío en el que le habían metido su madre y ella.

Andie seguía sintiéndose fatal por aquello.

—Venga —le abrió la puerta del copiloto para que entrase.

—Bueno, supongo que será mejor que me vaya de aquí, que es donde me encontré a mi madre. No quiero volver a verla.

—Yo también la vi aquí el otro día —comentó Jake.

—No me lo habías dicho —le recriminó Andie, como si hubiese hecho algo horrible, y entró en el coche.

—Pensé que sólo serviría para disgustarte, por eso no te lo mencioné.

—¿Y qué te dijo? ¿Qué hizo? No permitas que vuelva a causarte problemas, Jake.

—No me contó mucho, la verdad. No fue ella quien se acercó a hablarme, sino yo quien la convenció de que nos dejase ayudarla. Se había hecho daño en una pierna y la llevamos a casa.

—¿Quiénes?

—Estaba con Jordan y unos amigos suyos. Tu madre sólo estuvo en el coche dos minutos, Andie. ¿No querrías que la dejásemos volver a casa cojeando?

—Me da igual lo que haga, siempre y cuando yo no tenga que verla ni hablar con ella.

Pero, ¿se habría hecho daño de verdad? Andie intentó no pensar en ello.

—¿Viste dónde vive? —preguntó.

Jake asintió.

—Es como una mansión.

—Cómo no. Ha debido de encontrar a otro hombre que la mantenga otra vez. Es lo único que sabe hacer.

—Me dijo que trabajaba allí.

—Ya sabes que no puedes fiarte de ella.

—Yo sólo te estoy contando lo que me dijo —insistió él, suspirando. Detuvo el coche delante de la casa de Andie.

Ella se quedó allí sentada, no quería entrar. En realidad, no quería hacer nada.

—¿Se están peleando otra vez? —le preguntó Jake.

Ella asintió.

—¿Quieres venir a mi casa? Ya sabes que a mi tío y a Lily no les importa.

—Ya lo sé —murmuró ella.

No le gustaba estar en casa de Jake. Allí el ambiente era agradable, todo el mundo era simpático, pero sabían todo lo que había pasado con su madre. Odiaba que la gente la mirase, cuchichease, se riese, pero casi era peor que la tratasen con amabilidad.

Como si les diese lástima.

Eso, lo odiaba.

No obstante, hacía semanas que no iba a casa de Jake.

—Venga, Andie, ven. Le he prometido a Lily que cuidaría de las niñas para que ella pueda salir con mi tío.

—Está bien.

Sólo tardaron un par de minutos más en llegar a su casa. Andie salió del coche y se encontró con la señora Richards en la acerca. Tuvo la esperanza de que la mujer no se detuviese, pero no hubo suerte. Su madre la había considerado su amiga, pero durante el último año, ésta no había hecho nada más que criticarla.

—Andie, cielo, qué casualidad. Juraría que acabo de ver a tu madre saliendo de Morton’s y subiéndose a un coche muy elegante con chófer y todo.

¿De Morton’s?

—¿El balneario? —preguntó Andie.

La señora Richards asintió.

—Supongo que tu madre ha vuelto a ser la de siempre. Me habían dicho que trabajaba paseando a un perro, pero uno no va a Morton’s con ese trabajo, así que supongo que tiene un hombre nuevo. ¿Lo conoces ya?

Andie negó con la cabeza y se mordió el labio inferior para no decir nada. De todos modos, ¿qué iba a decir?

—Bueno, me alegro de verte, cariño. Cuídate —se despidió la señora Richards.

Ella se apoyó en el coche de Jake. Él estaba en la acera, a su lado, intentando decidir qué hacer.

—Morton’s —murmuró Andie—. Vive con un hombre viejo y rico en Highland Park y se pasa el día en Morton’s. Es perfecto. Perfecto.

—Eso no lo sabes —insistió Jake—. La gente habla sin saber lo que dice.

—Tienes razón. No lo sé. Así que será mejor que lo averigüe. Tú sabes dónde vive, ¿no? Pues llévame allí.

—Andie, no tienes por qué hacerlo. No te pelees más con ella. Sólo vas a conseguir que las cosas vayan a peor.

—Jake, llévame a su casa. Ahora —repitió Andie, entrando de nuevo en el coche.

Él cedió.

—De acuerdo, pero no le saltes a la yugular nada más verla. Prométeme que vas a darle una oportunidad, ¿de acuerdo?

—¿Por qué?

—Porque es tu madre, y porque tu padre es un idiota y odias a su novia y no eres feliz con ellos.

—Estoy bien con ellos.

—Sí, estás encantada con la situación.

—No tengo elección, Jake.

—Sí, claro que la tienes. Algunos no la tenemos, pero tú, sí.

Andie se sintió avergonzada, guardó silencio.

Jake había perdido a sus padres en un accidente de tráfico el año anterior. Por eso había ido a vivir con su tío.

—Daría lo que fuera, lo que fuera, por poder volver a hablar con mi madre —confesó Jake—. Por poder verla. Por poder vivir con ella, pero no puedo. Tú, sí.

—Es verdad. Lo siento.

—Andie, tal vez no tengas siempre la posibilidad —le dijo con tristeza.

—Es sólo… —no quería decírselo a Jake, ni a nadie.

Le aterraba volver a depender de su madre. Depender de alguien.

Incluso de él.

—¿Puedes llevarme a su casa, por favor?

—Está bien —dijo él.

Parecía harto de ella y de sus problemas.

«Mejor», pensó Andie.

Él también pensó que era mejor estar enfadado.

De todos modos, Andie ya le gustaba demasiado.

Simon no estaba seguro de cómo habían terminado así: con Audrey entre sus brazos, su exquisito cuerpo contra el de él, sus brazos alrededor de su cuello, su boca abierta para recibir la de él, pero, en cualquier caso, estaba encantado.

Habían discutido, después Audrey había llorado, y allí estaba en esos momentos. Y pretendía aprovechar la ocasión, ya que le daba la sensación de que ella tardaría en volver a dejarse llevar.

Había soñado con tenerla así, pero la verdad era que la realidad superaba a su imaginación.

Audrey olía como para comérsela, su piel era muy suave, y su pelo un poco loco y muy sexy. Ella estaba temblando, pero hambrienta de él, también. Lo besaba como si su vida dependiese de ello.

Simon se preguntó si conseguiría llegar así con ella hasta su apartamento sin que nadie los viese, en especial, su hija, que estaba echando la siesta en el patio trasero con el perro.

Si el maldito animal los oía, querría subir también.

Y él quería estar a solas con Audrey, detrás de una puerta cerrada con llave, de preferencia, en una habitación con una cama, porque quería quedarse en ella un rato después, pero se temió que no iba a conseguirlo.

Ella lo deseaba, pero estaba asustada.

Y él la deseaba, a pesar de los miedos de ella.

Podrían superarlos juntos. Él lo arreglaría y luego, tendría a Audrey en su cama.

—Ven arriba conmigo —le susurró contra los labios.

—¿Qué?

—Arriba. Conmigo. No te preocupes. Peyton está dormida.

Y sintió la resistencia de Audrey, supo que estaba intentando ser fuerte y rechazarlo.

—No —le dijo él—. No lo hagas. No pienses en los motivos por los que no debemos hacerlo. Ya nos ocuparemos de eso más tarde. Yo lo arreglaré, sea lo que sea. Ahora, quédate conmigo, sé que es lo que quieres. Y es también lo que yo deseo.

Ella gimió y se puso de puntillas para besarlo todavía más desesperadamente.

—Simon, no puedo.

—Claro que puedes…

Audrey estaba intentando zafarse de él cuando Simon se dio cuenta de que no estaban solos. En el camino se había parado un viejo coche que no conocía. Detrás del volante había un chico.

Y justo fuera una muchacha alta y rubia, que los miraba con indignación.

Audrey dio un grito ahogado.

—Así que trabajas aquí —dijo la chica—. ¿Así lo llamas ahora? ¿Trabajar? ¿No hay nada más, verdad?

—¿Quién eres? —inquirió Simon.

La muchacha lo fulminó con la mirada.

—¿Que quién soy? ¿Quién eres tú?

«Estupendo».

Una adolescente furiosa con lengua viperina.

Él se dispuso a contestarle en el mismo tono. No estaba acostumbrado a que nadie le hablase así, pero Audrey le puso una mano en el pecho para detenerlo.

—Simon, es mi hija, Andie.

Vaya, la noticia no era buena.

—Andie —empezó Audrey.

—Ahórrate las palabras, madre. Había venido a ver si de verdad trabajabas aquí, y ya tengo la respuesta —dijo—. Había oído que alguien te había regalado una sesión en Morton’s y pensé que tendrías un hombre nuevo. Veo que no me había equivocado. A juzgar por la casa, debe de tener más dinero que el último con el que estuviste. Me alegro por ti.

Simon se imaginó a Audrey con otro hombre y le resultó insoportable, pero se contuvo. Le puso el brazo alrededor de los hombros, pensase lo que pensase su hija, porque se dio cuenta de que estaba temblando, dolida y preocupada.

La joven lo miró a él.

—Por favor, dime que no estás casado, porque la última vez que mi madre estuvo con el marido de otra montó un buen follón.

Simon apretó la mandíbula.

—No, no estoy casado —se limitó a responder.

—Bueno, algo es algo. Espero que seáis muy felices juntos —añadió—. Asegúrate de cerrar bien el armario de las bebidas, porque mamá tiene un pequeño problema con el alcohol. Aunque supongo que ya lo sabrás a estas alturas, ¿no?

Simon se dio cuenta de que el chico que conducía el coche había salido de éste. Parecía avergonzado, incómodo y arrepentido.

—Andie —dijo, poniendo un brazo alrededor de los hombros de la chica—. Vamos, te llevaré a casa.

La muchacha lo miró y, de repente, pareció volverse vulnerable, pareció dolida.

—Yo ya no tengo casa.

¿Acaso no vivía con su padre? A Simon no le dio casi tiempo a pensarlo, porque el estúpido perro escogió ese preciso momento para aparecer en escena, gimiendo, ladrando.

¿Acaso no se daba cuenta de que Simon podía hacerse solo con la situación?

Estaba tan molesto que le costó darse cuenta de que Peyton estaba también allí, observando la escena como había observado sus peleas con su ex mujer.

—Supongo que éste es el perro —dijo la hija de Audrey—. ¿De verdad esperas que la gente se crea que te dedicas a pasear a un perro…?

En ese instante, Simon se cernió sobre ella y le dijo en voz baja.

—Ésa es mi hija. Tiene cinco años. Y no tiene por qué oír nada de esto. ¿Lo entiendes?

—Lo ha entendido perfectamente —dijo su amigo, interponiéndose entre ambos.

A Simon le gustó el muchacho.

—Peyton —dijo sin volverse—. Todo va bien, te lo prometo. Toma al perro y llévatelo al porche, yo iré en un minuto.

—Pero…

—Peyton, vete y llévate al perro.

Esperó a que su hija y el perro desapareciesen.

Mientras tanto, la hija de Audrey no dejó de mirarlo a los ojos, como si estuviese retándolo.

—Que sepas que lo estropea siempre todo —le dijo, refiriéndose a su madre.

A Simon no le parecía posible.

—Andie, vámonos —insistió el chico.

Y ella cedió por fin, se dio la vuelta y entró en el coche después de mirar a su madre una vez más.

—Me aseguraré de que llega bien a casa —le dijo el muchacho a Audrey.

—Gracias, Jake —murmuró ella.

Luego se dio la vuelta, subió las escaleras de su apartamento y cerró la puerta tras de ella.

Capítulo 8

ASÍ que bebía?

¿Y le gustaban los hombres casados?

¿Los hombres con dinero?

Simon se quedó en las escaleras de su apartamento, y pensó que odiaba haber oído todo aquello de ella.

¿Era él otro hombre rico más del que esperaba sacar provecho a cambio de meterse en su cama?

No era posible.

Pero la muchacha era su hija, y la conocía mejor que nadie. La chica parecía muy dolida, y le había parecido un dolor muy real.

Y Audrey no había negado nada de lo que había dicho. Aunque seguro que lo habría hecho si hubiese podido.

Lo que le recordó que su hija lo había oído todo. Antes de nada, tenía que asegurarse de que estaba bien.

Dio la vuelta a la casa y se la encontró hecha un ovillo en una tumbona, con Tink a su lado. El animal parecía preocupado, tal vez fuese más inteligente de lo que él creía.

Le rascó la cabeza, porque Simon apreciaba a cualquiera que fuese bueno con su hija, y se sentó a los pies de la tumbona.

—¿Ya se ha ido esa chica mala? —le preguntó la niña.

—Sí, se ha ido.

—No me gusta. Es mala. Y tú no deberías haberle hablado así. Asusta mucho.

Simon le retiró el pelo de la cara y se dio cuenta de que había llorado, algo que le rompía el corazón en dos.

—Siento que lo hayas oído, Peyton. No quiero que nada te asuste, ni te preocupe.

—¿Quién era?

—La hija de Audrey.

—¿Y discute así con su madre?

Simon asintió.

—Pues no debería hacerlo.

—Lo sé. Las personas no deben tratarse así las unas a las otras. Sobre todo, cuando se quieren. Pero todos lo hacemos a veces.

—¿Tú crees que ella todavía quiere a su madre?

—Sí.

—¿Y su madre la quiere a ella?

—Claro que sí, Audrey me lo ha dicho.

—Tink me quiere —dijo la niña, abrazando al perro—. Y yo a él.

—Yo también te quiero —le dijo Simon—. Y tu madre te quiere.

—¿Te lo ha dicho ella? Porque a veces se enfada mucho conmigo, papá.

—Bueno, todos nos enfadamos a veces, y nos preocupamos o nos asustamos. Peyton, quiero que sepas que siempre podrás contar conmigo si alguna vez tienes un problema. ¿Lo recordarás? Yo siempre te ayudaré. Te lo prometo. Y siento que ya no vivamos todos juntos. Te echo de menos.

—Yo también te echo de menos, papá —dijo la niña incorporándose y dándole un abrazo.

Él la apretó con fuerza.

El perro intentó meterse entre ambos y Peyton rió y lo abrazó también.

Al menos, volvía a estar contenta. Y eso lo era todo para él.

—Peyton, voy a intentar que podamos volver a vivir juntos, ¿quieres?

—¿Cómo? ¿Todos juntos otra vez?

—Tal vez… tú y yo juntos. Todo el tiempo.

—¿Y Tink y la señora Bee también?

—Sí, también. ¿Te gustaría?

—¿De verdad, papá?

—Voy a intentarlo.

—Seguro que lo consigues, papá.

Peyton tenía la fe de una niña de cinco años, y él esperó no defraudarla.

—¿Crees que Audrey está bien? —añadió la niña—. Tink y yo estamos preocupados por ella. ¿Podemos ir a verla?

—Cariño, no sé si querrá ver a alguien ahora mismo. Tal vez prefiera estar sola.

—Nadie quiere estar solo cuando está triste —declaró Peyton.

Simon respiró hondo.

—Está bien.

Tink ladró alegremente y corrió hacia casa de Audrey.

—No puede haberme entendido —dijo Simon.

—Por supuesto que sí —respondió Peyton, como si no le cupiese ninguna duda.

Luego, subió las escaleras detrás del perro, y él los siguió a regañadientes.

Estaba seguro de que Audrey no querría verlo.

Audrey no estaba llorando.

¿Para qué iba a llorar? No conseguiría nada llorando. Ni tampoco iba a emborracharse, como había hecho otras veces cuando las cosas se habían puesto así de mal. Ya no bebía.

Así que allí estaba, sentada, sintiéndose fatal, triste, decepcionada, perdida y sola.

Cerró los ojos y se hizo un ovillo en el sofá. Recordó lo que le había dicho el psicólogo: «No intentes huir de tus problemas. No intentes minimizarlos. No intentes negarlos. No intentes olvidarte de ellos bebiendo. Siéntelos».

Pues eso estaba haciendo, y se sentía fatal.

¿Cómo iba a ayudarla aquello?

Entonces, oyó que llamaban a la puerta.

—Simon, ahora no, por favor —le rogó—. Te contaré lo que quieras, pero…

La puerta se abrió y entró el perro, que saltó al sofá y le lamió la cara.

—Tink —le dijo—. Ya hemos hablado de esto, ¿recuerdas?

Él gimió pero dejó de lamerle.

Audrey levantó la vista y se encontró con Simon y Peyton. Eso la sorprendió.

—Peyton estaba preocupada por ti —le explicó él.

—Ah.

—Y Tink también —añadió.

—Bueno, sois muy amables preocupándoos por mí.

—No me ha gustado esa chica mala…

—Peyton, ¿recuerdas quién te he dicho que era? —la interrumpió su padre.

Peyton frunció el ceño.

—¿De verdad es tu hija?

—Sí —respondió Audrey.

—¿Y por qué es tan mala contigo?

Audrey echó todo el aire que tenía en los pulmones, no sabía qué contestar a aquello.

—¿Peyton? —dijo su padre—. Ése es un problema entre ellas, nosotros no debemos entrometernos.

—Pero yo no quiero que esa chica le grite a Audrey —insistió la niña.

—Peyton, cielo, siento que hayas tenido que oírlo. Lo siento mucho —se disculpó Audrey.

—No me gustan las peleas.

—A mí tampoco —le dijo ella.

—¿Estás muy triste? —quiso saber la niña.

—Sí.

—Bueno, Tink y yo vamos a intentar animarte —le aseguró la niña muy seria, acercándose al sofá y poniéndole una mano en el brazo.

—Es lo mejor que me han propuesto en mucho tiempo —le dijo ella sonriéndole y acercándose para que Peyton pudiese abrazarla.

Levantó la mirada y vio a Simon todavía en la puerta, observándolas con los ojos entrecerrados. Debía de tener un millón de preguntas que hacerle y, aunque le daba miedo contestárselas, lo haría.

Y, después, si le pedía que se marchase, se iría.

A parte de eso, Audrey no podía pensar mucho más.

Aquello era demasiado duro.

—¿Quieres venir al parque a jugar con Tink y conmigo? —le preguntó Peyton.

—Peyton, no —dijo Simon—. Vamos a darle a Audrey el día libre. Ayer trabajó mucho y hoy ha tenido un día muy duro.

—Pero si todo el mundo está contento en el parque…

Audrey deseó que las cosas fuesen tan sencillas. Miró a Simon, para ver si quería que fuese con ellos, pero él se encogió de hombros, como si le diese igual.

—Por favor —insistió la niña—. No podemos dejarte aquí sola, estando tan triste.

—Está bien —accedió Audrey—. Iré.

Andie no podía ir a casa en ese estado. Y con la Barbie y su padre enfadados.

No deseaba que supieran lo decepcionada que estaba con su madre.

Así que dejó que Jake condujera, hasta que llegaron a un aparcamiento cerca del lago. Salió del coche, se sentó en el capó y apoyó la espalda en el parabrisas. El motor todavía estaba caliente, brillaba el sol y el aire era fresco. Era perfecto, o casi.

El lago estaba azul y tranquilo.

Andie se quedó allí, mirándolo, con Jake a su lado, tirando piedras al agua de vez en cuando. No iba a intentar hacerla hablar, lo que era un detalle por su parte. Sólo le estaba dando tiempo y, cuando ella estuviese preparada, lo sacaría todo. La conocía demasiado bien y eso la molestó.

—¿Cómo ha podido volver a hacerlo? —gritó después de un rato en silencio.

Jake se encogió de hombros, no parecía ni sorprendido, ni enfadado.

—Quiero decir que parece que no haya aprendido nada de la última vez.

—No daba la sensación de estar bebida —mencionó él—. Ni la última vez que la vi, tampoco.

—La última vez que la viste eran las siete de la mañana —señaló Andie.

—Sólo me refería a que tal vez haya dejado de beber.

—Lo que es de alabar en una madre: ya no bebe —dijo Andie en tono sarcástico—. ¿Y qué le pasa con los hombres? ¿Acaso es incapaz de estar sola? ¡Tiene treinta y nueve años! Es una mujer adulta. Debería ser capaz de cuidarse sola.

Se prometió en silencio que ella nunca sería tan débil, nunca estaría tan desesperada.

Miró a Jake, que estaba tirando otra piedra al lago.

—¿Qué? ¿No me dices nada? —le preguntó en tono belicoso.

—No sé qué decirte, Andie. No sé en qué piensa tu madre. Y no sé qué decirte para hacerte sentir mejor. Ojalá lo supiera.

—Vas a defenderla a ella, ¿verdad? —estaba segura—. Nos dijo que trabajaba allí…

—Y tal vez sea verdad. Todo el mundo la ha visto con el perro.

—Y nosotros la hemos visto con ese hombre.

—Bueno, pero eso no implica que no esté trabajando allí.

—Y tonteando con su jefe cuando hace sólo una semana que está allí. Qué rápida es.

Jake no supo qué contestar.

—¿Por qué no puede dejar de hacer estupideces? ¿Por qué va detrás de los hombres como si estuviese desesperada? ¿No puede buscarse un trabajo normal y llevar una vida digna? ¿Acaso es demasiado pedir para una madre? —sollozó.

—Andie, tengo que recordarte que fue tu padre quien os dejó primero.

—Porque debía de ser muy infeliz con ella.

—Ése no es motivo para abandonarte a ti —insistió Jake.

—Pero ahora está ahí…

—¿Sí? A mí me da la sensación de que nunca está…

—Tiene que trabajar.

Jake se limitó a mirarla fijamente.

—¡Es verdad! Trabaja mucho, para cuidarnos.

—Casi no tiene tiempo para su novia. Tú misma me lo has dicho. Y da la sensación de que la ha llevado a vivir a vuestra casa para que ella cuide de ti, cosa que hace de mala gana. Y no me sorprende, sólo tiene… ¿cuántos? ¿Ocho o nueve años más que tú?

Andie se quedó con la boca abierta y lo miró fijamente.

—Si estás intentando hacerme sentir mejor, no lo estás consiguiendo. Gracias, Jake.

Vaya, había vuelto a hacerlo, había vuelto a arremeter contra él, a pesar de ser la única persona en el mundo que seguía preocupándose por ella.

Se levantó del coche y echó a andar en dirección a su casa.

—Eh —la llamó Jake—. ¿Adónde vas?

—A casa, andando —respondió.

—Andie, no seas así —le gritó él.

Pero no dejó de andar. Últimamente, no era una buena compañía para nadie.

***

Audrey quería ir andando hasta el parque para que cuando llegasen allí el perro ya estuviese cansado y no fuese demasiado brusco con los otros perros ni con sus dueños debido a su estado de excitación.

Peyton decidió ir andando con ella y Simon dijo que las acompañaría. Peyton no calló en todo el camino y el perro, estuvo yendo y viniendo de un lado a otro sin parar.

—¡Qué fastidio! —murmuró Simon entre dientes.

Audrey lo miró, intentando averiguar cómo estaba de enfadado. No le habría sorprendido que la despidiese, a pesar de lo que le había dicho antes de besarla.

Intentó no pensar en aquello. Había demasiadas cosas en juego. No quería preguntarse por qué la había besado, ni por qué se había dejado llevar ella, ni cómo se había sentido. En esos momentos, lo único que le importaba era aquel trabajo y estar cerca de su hija.

Respiró profundamente e intentó tranquilizarse.

¿Cómo había podido tener tan mala suerte? ¿Cómo era posible que Andie hubiese aparecido en ese preciso instante? ¿Y cómo había podido ella cometer el mismo error? ¿Acaso no había aprendido nada de la debacle del otoño anterior?

En esos momentos, le daba la sensación de que no.

Y estaba segura de que su hija pensaba lo mismo. Eso era lo peor. Quería demostrarle a Andie que había cambiado, que había aprendido, que las cosas iban a ser diferentes.

Encima, no podía echarle la culpa a Simon de lo que había ocurrido, porque ella también se sentía atraída por él. Había deseado que la abrazase, que la besase.

¿Cómo era posible seguir deseando eso, después de los problemas que le habían causado los dos últimos hombres que había tenido en su vida?

—¡Ahí está! ¡El parque! —gritó Peyton, sonriendo de oreja a oreja.

Tink empezó a ladrar como un loco e intentó correr, pero Audrey lo llevaba con la correa. Le dolió el brazo del tirón, pero se mantuvo firme.

Simon debió de darse cuenta, porque juró entre dientes y la ayudó a sujetarla.

—Maldito perro —dijo—. Tiene demasiada fuerza para ti.

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