Kitabı oku: «La copa fantasma»


Doce Suricatos 
© del texto: Mario Pérez
© de las ilustraciones: Pau Mandroska
© corrección del texto: Equipo BABIDI-BÚ
© de esta edición:
Editorial BABIDI-BÚ, 2021
Fernández de Ribera 32, 2ºD
41005 - Sevilla
Tlfn: 912.665.684
www.babidibulibros.com
Producción del ePub: booqlab
Primera edición: enero, 2021
ISBN: 978-84-18789-66-3
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra»
ÍNDICE
1. Un hogar especial
2. Fútbol de noche
3. El nuevo álbum
4. El mejor futbolista
5. Brujas y fantasmas
6. El reto
7. Los fichajes para el partido
8. Preparación para el partido
9. Entrada al estadio
10. La Copa Fantasma
11. A la mañana siguiente
Para Lizma, Pipe, Nico, Emma y Álvaro, por una vida llena de magia y aventura.

Un hogar especial
En la ciudad de Manchester, Inglaterra, existe un residencial llamado San Jorge. Este es un edificio viejo que parece un castillo rodeado de enormes parques verdes y encerrado por una altísima cerca de metal negro.
Allí viven varias familias con chicos que son buenos amigos, y que se reúnen por las tardes a jugar. A los vecinitos les encanta juntarse en un patio que está entre el edificio principal y la calle, pero allí hay algo muy curioso: ¡viejas tumbas esparcidas por todas partes! Algunas tienen formas extrañas con cruces muy elaboradas, otras parecen cajones. La mayoría son de piedra y con el tiempo se han puesto verdosas, luciendo gastadas y maltratadas. Muchas de estas lápidas tienen inscripciones con palabras extrañas que son difíciles de entender; otras son más nuevas, con materiales que brillan y nombres de personas talladas a relieve donde con cierta frecuencia acuden visitas a dejar flores. Ese jardín no es un cementerio, eso sería muy extraño. Hay hombres y mujeres enterrados allí desde hace cientos de años porque eso es lo que hacen las personas en las iglesias, y San Jorge había sido construida como una catedral siglos atrás.
Para algunos esto resulta un poco terrorífico y extraño. Más de una vez se ha escuchado a alguien decir descripciones que incluyen la palabra «escalofriante» o «aterrador». Sin embargo, para los que viven allí es de esperar que un lugar que había nacido como una iglesia gótica tenga gente enterrada por todas partes. Luego de haber sido abandonada por décadas, algunos valientes constructores decidieron convertirla en apartamentos, renovando mucho del antiguo edificio, pero sin tocar los jardines para no perturbar el sueño de los muertos. A los niños no les importa nada de esto, el macabro jardín es su lugar favorito para reunirse a jugar al fútbol. Aquellas tumbas ya se han convertido como en muebles que están acostumbrados a ver todos los días, hasta casi llegar a olvidar que están allí. No hay de qué asustarse porque nadie ha visto ni escuchado de fantasmas o zombis por ahí, inclusive durante las noches de luna llena.
En San Jorge vive la familia Livingstone. Su apartamento es uno igual a los demás del edificio, y para llegar a él hay que subir un piso por unas viejas escaleras de madera que crujen a cada paso. Los escalones antiguos están hundidos y deformados en el medio por el constante caminar de la gente. Los pasamanos están pelados por el continuo contacto de las personas que se apoyan para no tropezar en la penumbra de los pasillos. La oscuridad y el frío han hecho que se respire un olor a moho que se puede ver trepando por las antiguas paredes como nubes negras que se esconden en las esquinas. El interior es una inmensa bóveda, y aún se pueden ver las formas de la vieja iglesia donde alguna vez estuvo el altar y la larga nave central, donde la gente hacía fila para comulgar. Este lugar parece una caverna, con espacios enormes en todas direcciones que no dejan entrar luz y dan un ambiente tenebroso. Los pasillos de madera cuelgan casi suspendidos en el aire, comunicando las viviendas que están en el interior. Aquel no es un techo cualquiera, resulta tan alto y gris que al mirar hacia arriba se ve un negro profundo que no permite apreciar dónde termina. Cada palabra hablada dentro de este maravilloso edificio se esparce y aumenta por un fantástico eco que rebota por todas las paredes de piedra. Aquí no hay secretos, todas las historias, canciones, risas, carcajadas y todos los sonidos que tiene la vida en aquel increíble lugar retumban en la dura roca del interior y se reparten a todos los vecinos.
A los niños les gustaba esconderse entre las sombras para asustar a los invitados que los visitaban por primera vez, y en el momento preciso les gritaban «¡Eres un toffee y te voy a comer!», y corrían tras ellos.
La puerta del apartamento de la familia Livingstone es de color rojo oscuro, con el número diez en dorado situado en el medio. Al abrirla, lo primero que se siente es un estallido de luz que proviene de un gran ventanal que se encuentra al fondo. Toda la oscuridad del interior del edificio la compensa la iluminación de los apartamentos, la cual alumbra el interior de San Jorge cada vez que se abre una puerta. Al entrar hay una hermosa cocina con su comedor. La familia pasa momentos lindos haciendo y disfrutando su desayuno inglés de pudding negro y riñones con salsa, o comiendo pescado frito con papas y tomando té. ¡Todas las mañanas, mamá les hace el desayuno que también lleva frijoles! Antes de irse al colegio, los hermanos Livingstone se despiden de sus padres con un beso en la mejilla y un abrazo fuerte. «Aprendan mucho y diviértanse, niños», siempre les dice papá.
A un costado de la cocina hay una escalera de caracol que lleva al área favorita de los niños: la sala. Allí tienen una mesa que utilizan para estudiar, compartir las aventuras del día y jugar con juegos de mesa por las noches en familia. El favorito de todos es Bears vs Babies, donde todos tratan de hacer el ejército más poderoso de osos mutantes para derrotar a los malvados bebés.
En la sala hay un gran sofá en el que cada uno tiene su espacio predilecto, creando un nicho que ya ha tomado la forma del cuerpo de cada miembro de la familia; esto ha pasado luego de tanto uso y abuso, por lo que se siente como si el mueble los abrazara cuando se dejan caer en él. Este es el lugar donde la familia comparte la mayor parte del tiempo y el sitio oficial de los partidos de videojuegos. Después de un año de excelente comportamiento y notas casi perfectas, Santa Claus trajo en navidad el regalo más anhelado: una PlayStation con dos controles personalizados, uno transparente y otro dorado. El videojuego favorito en casa es FIFA, y se usa a diario entre los hermanos o en línea con los amigos.
El extremo de la sala tiene una baranda por la que se puede ver hacia abajo donde se encuentra la cocina. A la hora de ir a dormir, los chicos bajan a la primera planta donde están los dormitorios, uno grande para papá y mamá, otro que comparten los niños, y uno pequeño todo pintado de color rosa para su hermanita. Cada habitación tiene su baño y un espacio para guardar ropa. El cuarto de los chicos posee una pequeña ventana que en los inviernos deja entrar un frío insoportable que los hace acurrucarse demasiado con las sábanas por las noches, y en el verano no es lo suficientemente grande para aplacar el calor, pero ellos adoran su espacio. Hay muebles donde ordenar los juguetes, pero los chicos prefieren tenerlos escondidos debajo de sus camas. Cuentan con jaulas para las mascotas, pero ellos eligen dejarlas vivir sueltas.
Uno de los regalos que ha dado aquella habitación es Mosi, una araña cebra saltarina que apareció un verano. A su llegada, era una pequeña arañita negra con líneas blancas y enormes ojos que parecía estar perdida y asustada. Los chicos la rescataron y la adoptaron, y desde aquel día vive con ellos. Mosi había crecido hasta volverse grande y fuerte, daba saltos altísimos hasta las manos de los niños y tejía telarañas desordenadas cerca de la ventana o entre las cortinas. Nunca había querido escapar, ni siquiera en los momentos que peleaba con su compañero.
Tunya es un cobayo de pelo largo que últimamente está tan gordito que parece un chanchito de bolsillo. Tiene el cabello precioso, con una mezcla de color caramelo, blanco y negro. Tunya adora a los chicos, canta y vibra de la emoción cuando escucha sus voces. A veces, Tunya se pone agresivo con Mosi cuando ambos quieren la atención y el cariño de los chicos, pero cuando están trabajando en equipo se puede ver un espectáculo sin igual: ¡una araña cabalgando sobre un cobayo! Cuando Tunya se emociona hace un sonido muy particular que se escucha incluso a través de las paredes.
San Jorge es un lugar mágico y maravilloso, aunque a algunas personas les ponga los pelos de punta al entrar. Su exterior es un magnífico edificio de piedra color gris que parece haber sido el sueño de un santo hecho realidad por las manos de artesanos que esculpieron la roca hasta el más mínimo detalle. Cada espacio tiene detalles escondidos que cuentan historias, con gárgolas, profetas y demonios, que solo sus autores conocen. Infinidad de santos tallados adornan las paredes y cuidan los hogares que están allí dentro como una capa protectora que los resguarda del mundo exterior. Inglaterra es tierra de brujas, duendes, elfos, gnomos, hadas, fantasmas y otras criaturas aterradoras, pero en San Jorge los chicos se sienten seguros.
Aquel edificio rectangular muestra piedras en las paredes que lo rodean, y la cara que da a la avenida principal tiene unas pequeñas escaleras que con unos cuantos pasos llevan a un gran jardín. Para ellos, este es un lugar perfecto para jugar al fútbol porque la medida es exactamente la mitad del tamaño del campo de juego del estadio de Old Trafford. El costado está protegido por una cerca que no permite que la pelota vaya a parar a la calle. Lo único que hace falta es una mejor iluminación para poder ver bien la pelota por las noches. Hay grandes y viejos árboles ubicados en las esquinas del campo que sirven de lugar de descanso para los días soleados y como sitio ideal para contar historias de miedo por las noches. En este campo los niños del barrio juegan persiguiendo el sueño de formar parte del Manchester United, y como además el lugar está rodeado de lápidas hechas de piedra, ellos le han puesto cariñosamente el apodo de «La Cantera» a la cancha.
—Phillip Cornelius Livingstone —dijo la maestra.
—Te llama la maestra, Pip — susurró Liam, que estaba sentado detrás de él. Al ver que Pip no reaccionaba por estar mirando el campo de fútbol del colegio por la ventana, le dio una patada en la silla que lo trajo de regreso a clase.
—Presente, señora G —dijo en ese momento un chico que estaba sentado en la primera fila del salón.
Pip era un niño alto y delgado, con una melena de cabello castaño oscuro que necesitaba ser podada constantemente para evitar que pareciera un pequeño hombre lobo. Ese día, al igual que todos los demás, tenía una amplia sonrisa que dejaba ver unos grandes dientes. Cursaba tercer grado en el colegio y sus clases favoritas eran matemáticas y ciencias. Era un voraz lector de libros de aventura, ya que como es sabido, los Livingstone vienen de un linaje de grandes exploradores y aventureros. Siempre trabajaba duro para ser el mejor estudiante de la clase y ayudaba a sus amigos con las tareas. Era un chico estudioso y dedicado, pero lo que más le gustaba es cuando llegaba la hora del recreo y podía ir a jugar al fútbol con sus amigos.
—Recuerden que para mañana deben traer la investigación de biología explicando con detalle algún animal o insecto común en el Reino Unido. Se pueden organizar en grupos de cuatro para realizar la presentación —indicó la maestra una vez todos los alumnos estaban prestando atención.
«Fácil», pensó Pip, mientras rebuscaba en su maleta, donde estaba escondida Mosi.
En ese momento sonó la campana del colegio indicando que habían terminado las clases. Pip ordenó sus cosas, cogió su maleta y se preparó para regresar a casa. Antes de salir de la escuela fue a la puerta principal donde todos los días se encontraba con su hermano Nicky. Una vez cruzaron la puerta, Pip abrió su maleta para que Mosi trepara hasta llegar a sus hombros y llevarlo allí durante todo el camino a casa.
Ebenezer Nicholas Livingstone era un par de años menor que su hermano. Un muchacho de gran porte y robusto, con un corazón muy noble. Una especie de mini gigante tierno. Siempre compartía con sus amigos, maestros y padres, ya que buscaba que todos a su alrededor siempre estuvieran felices. También era de los niños más inteligentes de su clase y esa capacidad la aprovechaba para ayudar a sus compañeros con los deberes. Nicky tenía una tez muy blanca y cabello naranja quemado que coronaba una cara que siempre lucía una gran sonrisa. Le encantaba cantar y bailar, no había momentos tranquilos con él. Era un gran deportista y participaba en torneos de golf, básquet y fútbol. Lo que más le gusta es jugar a las escondidas, especialmente en casa se había vuelto muy bueno desapareciendo de la sala e incluso por los jardines. Por las tardes le encanta salir a caminar con linterna en mano para ver animales y recolectar bichos que luego estudiaba detenidamente.
Los hermanos Livingstone eran mejores amigos, compañeros y cómplices. Pasaban todos los días y noches juntos, tanto así que algunas personas habían llegado a sospechar que ellos hubieran aprendido a leerse la mente, ya que tenían una conexión muy fuerte. En más de una ocasión se apoyaron mutuamente para salirse con la suya, incluso con sus padres.
Nicky iba saltando, cantando y conversando todo el camino, un remolino de actividad que disparaba adivinanzas dificilísimas para divertirse, mientras atravesaban la ciudad hasta llegar a casa.
—¿Cuántos animales caben dentro de una ballena? —preguntó Nicky.
—No sé, ¿cuántos? —contestó Pip.
—No te lo voy a decir hasta que no adivines una. ¿Cuál fue el último animal que creó Dios?
—No sé, ¿el búho enano? —dijo Pip intentando adivinar.
—¡No! ¿Cuál es el animal con más dientes?
—Ese sí lo sé seguro, es el tiburón.
—¡No, Pip! No te sabes ni una.
—Bueno, entonces yo te hago una a ti. ¿Por qué ponen rejas alrededor de los cementerios?
—Yo no sé, pero cuando llegue a casa preguntaré a papá por qué pusieron rejas alrededor de San Jorge.
Con esto, ambos se rieron a carcajadas y continuaron su camino. Cambiaron de tema para lo que iban a hacer una vez llegaran a casa, ya que Pip había invitado a compañeros de su clase para trabajar la investigación que les había dejado la maestra y jugar un partido de fútbol. Mientras avanzaban se imaginaban cómo sería el trabajar como entrenador de una selección de los mejores niños de Manchester.
—Podría armar un equipo tan bueno que le ganase a niños de secundaria —dijo Pip
—Yo podría hacer uno que le gane al Manchester United —respondió Nicky.
—¡Entonces mi equipo de niños les ganaría a los mejores jugadores del mundo! —refutó Pip.
—Eso es imposible, los niños no le pueden ganar a adultos y menos si son profesionales.
—¿Quién dijo eso? Sería supercool poder hacer un partido y seguro que ganamos.
—¡Y si le ganas te tienen que dar un premio!
—Yo les pediría sus camisetas autografiadas al final del partido, si les ganas te las tienen que dar —cerró Pip.
—Si nosotros perdemos yo les doy mis taquillos viejos y unas medias sucias llenas de huecos —dijo Nicky y ambos se echaron a reír.
Pip y Nicky se divirtieron armando los equipos para esa tarde. No jugarían con profesionales, pero se iban a divertir con sus amigos. Discutieron cuáles serían las formaciones, fichajes, compras e intercambios de jugadores para la jornada.

Fútbol de noche
Al llegar a San Jorge los hermanos Livingstone tiraron con fuerza de la puerta principal que estaba en medio de la reja de metal. Era una inmensa cerca colocada en el medio de dos grandes gárgolas de piedra que enseñaban los dientes de manera amenazante. Dentro, lo primero que los recibía eran unas antiguas tumbas y los patios que rodeaban la vieja iglesia. En medio de la verja y el edificio había un árbol muy extraño porque era totalmente negro, solamente tenía grandes ramas y ni una sola hoja. Los chicos siempre sentían un terrible escalofrío cuando pasaban a su lado, tenían una gran intriga de qué era ese extraño palo que además parecía tener inscripciones talladas en la madera, pero ningún adulto les quiso decir por qué era diferente a los demás. Al llegar al edificio, que antes era la catedral, los hermanos tenían que abrir una vieja puerta de madera que parecía haber sido hecha con restos de un barco pirata hundido. A un lado de la pesada puerta había una cara de grifo con un inmenso anillo de bronce que lucía perfecto para un calabozo medieval, y al tirar de él con todas las fuerzas se entraba al edificio. Rápidamente subieron por la escalera, causando un estruendoso traqueteo hasta llegar a su apartamento. «Llegaron los niños Livingstone», pensaron todos los vecinos que se alertaron con el escándalo. Corrieron hasta su habitación para quitarse el uniforme escolar y ponerse una camiseta de fútbol. Mientras que sus amigos llegaban, Pip había adelantado la investigación de las arañas saltarinas e hizo una cartulina con fotos de Mosi. Sobre las imágenes había marcado con unos resaltadores de colores las patas, ojos, abdomen, mandíbulas, hileras y demás partes de la araña. ¿La mayor sorpresa? Sacaría a Mosi de la mochila por primera vez para que la maestra y sus amigos la conocieran, y seguramente más de uno iba a gritar si le saltaba encima. «¡Va a ser una clase muy divertida!», pensó.

Con la tarea completada, Pip y Nicky fueron a La Cantera. Igual que en otras ocasiones, los chicos buscaron piedras para marcar el campo. La Cantera era el mejor lugar de la propiedad para jugar al fútbol, por ser un espacio plano, sin caídas ni huecos. Lo más importante es que era la única área donde las lápidas estaban en los extremos, por lo que se podía correr de lado a lado sin temor de tropezar, ni caer, ni estrellarse, ni encontrarse con barrancos ni lomas que hicieran incontrolable la pelota.
Con el campo alistado llegó el momento de armar el área de meta. Esto se podía lograr con palos o piedras, pero si no encontraban nada más, en algunas ocasiones usaban las lápidas que estaban allí para completar uno de los lados por donde podía entrar el balón.
Esa tarde fueron a buscar dos piedras grandes y pesadas que habían dejado del día anterior, pero solo encontraron una. Eso significaba que la portería para aquel partido sería, de un lado la piedra que encontraron, y en el otro extremo una tumba cuadrada. Midieron la distancia hasta asegurar que tenía el ancho adecuado. Nicky se paró en medio y se tiró de clavada con toda su fuerza simulando detener un balón. Al caer, sus dedos alcanzaron a tocar el frío mármol de la sepultura, comprobando que era la medida exacta para hacer paradas espectaculares.
Los jugadores no le prestaron mucha atención a aquella lápida, y no sería la primera ni la última vez que la usarían como parte de su partido. Los niños la llamaban por el primer nombre que aparecía escrito en grande en la inscripción: George. Los chicos recordaron haber escuchado a personas irla a visitar y decir que de todos «él había sido el mejor». ¿Pero el mejor qué? No tenían idea ni les preocupaba en lo más mínimo; ¡era hora del partido de fútbol!
Esa tarde comenzaron a jugar dos equipos de tres chicos cada uno. Pip en la delantera, Nicky en la portería y su amigo Bert en el mediocampo. Los tres estaban vestidos de rojo, los colores del equipo de casa, el Manchester United. Bertram, o Bert como le decían sus amigos, era un compañero de clases. Bert era el chico más alto de su grupo; usaba el cabello negro largo al frente y resultaba ser el campeón goleador de la ciudad; un jugador con un remate potente y una actitud muy competitiva, el cual buscaba siempre ganar y marcar la diferencia para su equipo con sus habilidades excepcionales.
Esa tarde jugaban contra sus vecinos y buenos amigos Lloyd, Rosie y Liam, del equipo amarillo. Lloyd era un niño pecoso que tenía un excelente control en el mediocampo, repartía jugadas y daba instrucciones al equipo para aprovechar los espacios. Ese día no estaba de buen humor, ya que su color favorito era el rojo, y había tenido que ponerse un peto amarillo encima de su uniforme del Manchester United. Primrose, o Rosie, era la capitana del equipo femenino de fútbol del colegio y la jugadora con mayor cantidad de asistencias en el equipo combinado de su academia. Era una dama en el campo, bien educada y siempre aseguraba que su equipo jugara limpio, especialmente cuando estaban sin árbitro. Era una niña muy veloz, con un remate contundente que muchas veces enviaba la pelota al fondo de la portería. Además, poseía un carácter tierno, y cuando iba a San Jorge siempre tomaba un tiempo para jugar a las muñecas con Lily, la hermana menor de Pip y Nicky. Por último, estaba Liam, un muchacho muy técnico que era excelente armando la estrategia de juego. Su especialidad era saber cuáles eran las fortalezas y debilidades del oponente y con esto armar equipos y estrategias ganadoras.
Los compañeros jugaron toda la tarde y se divirtieron como siempre. Estos niños no recuerdan una época de la vida sin conocerse; habían crecido juntos y apenas aprendieron a caminar lo primero que trataron de hacer fue clavar un gol. Se despertaban con una pelota de fútbol, la llevaban al colegio, luego jugaban con ella toda la tarde y por las noches la colocaban bajo sus brazos a la hora de dormir. Si no estaban jugando al fútbol, lo estaban mirando en la tele o discutiendo la última jornada.
—Pásenmela, que estoy abierto. —Se escuchaba gritar a Bert que buscaba sus oportunidades.
—Bajen, bajen, que vamos al ataque —decía Lloyd mientras señalaba a sus compañeros hacia dónde buscar la pelota mientras dirigía en el campo.
Se escuchaban las carcajadas de Nicky mientras subía y bajaba por el campo a toda velocidad.
—El que meta el próximo gol gana y cambiamos los equipos —indicaba Rosie.
Los amigos jugaron toda la tarde. Nadie contó cuántos goles se anotaron ni cuánto tiempo duró cada juego. No se supo quién fue el vencedor, de hecho, nunca se sabía quién ganaba, solo lo mucho que se habían divertido. Terminados los partidos, cuando ya la tarde no dejaba ver tan claro el campo ni la pelota, los chicos pasaban a hacer competencias: quién podía patear más lejos la pelota, quién hacia la mejor chilena, concursos de media volea…
Así la tarde se convirtió en noche. Las madres comenzaron a llamar a los niños desde las ventanas para que regresaran a sus hogares y tomar la cena. Pero los integrantes del equipo rojo y amarillo seguían su partido en La Cantera mientras quedara algo de luz que les dejara poder divertirse un poquito más. Se comenzaban a sentir los olores de la cena en San Jorge; en casa de los Livingstone se comía más tarde que en las otras, para que los chicos pudieran jugar más tiempo y que la comida no se les enfriara. Mamá y papá los vigilaban desde la ventana, mientras ellos seguían divirtiéndose y sudando. De vez en cuando, los chicos buscaban la ventana iluminada para sentirse seguros de que los estaban cuidando.
Con las luces de la calle encendidas y un leve brillo proveniente de los hogares del edificio, se lograba recibir una tenue luz amarillenta en La Cantera con la que los chicos hacían un gran esfuerzo para ver la pelota y poder continuar un rato más. Esa noche había una extraña neblina de un tono verdoso que merodeaba alrededor de San Jorge; parecía vigilar a los chicos. Ellos se daban cuenta cuando se acercaba, aunque estuvieran distraídos en sus juegos por el fuerte hedor que emitía.
Cuando ya el cansancio les comenzaba a indicar que realmente el encuentro estaba por terminar se pusieron a practicar penalties. Bert fue el primero que chutó y de forma contundente conectó el balón con un estallido seco y profundo que salió volando el balón a toda velocidad directo al travesaño de la portería. Nicky reaccionó inmediatamente con un salto que dio utilizando toda su fuerza, y logró estirar el brazo lo suficiente para que su puño derecho desviara el intento de gol.
Había sido un milagro esa salvada, con la poca luz de los faroles era casi imposible ver qué estaba pasando en el campo. La brisa comenzaba a enfriar, arrastrando ese olor a huevo podrido que tenía a los niños un poco revueltos en la panza. Solo se escuchaba el susurro que generaba el movimiento de las hojas de los árboles y los gritos de los chicos en el campo que tenían que subir la voz para orientarse, ya que casi no se podían ver.
Ahora le tocaba el turno a Nicky. Se acomodó muy lejos de la pelota para poder tener más impulso, corriendo a toda velocidad como para cargar su pierna de fuerza. Pateó la bola y esta salió disparada, cortando el aire como un misil a toda velocidad. Pegó contra el poste lateral o, mejor dicho, contra la lápida que tenía inscrito el nombre de George.
Al chocar con el monumento de piedra se escuchó un eco del pelotazo, que sonó como un trueno. Por el suelo se sintió una ola de vibración que movió el suelo como si hubiese caído un elefante del cielo. La neblina rápidamente se disipó y el mal olor desapareció.
—¿Sintieron eso? ¡Le pegó durísimo! —dijo Pip sin poder ver casi nada.
—Es que la pateé con la máxima velocidad —contestó Nicky.
Los niños se acercaron para ver qué había pasado, y al estar frente a la tumba pasaron la mano sobre la roca fría. Se dieron cuenta de que Nicky había golpeado la piedra con tal potencia que ahora tenía una raja inmensa que la atravesaba desde la parte superior donde había dado el golpe hasta la base. Los niños podían jurar que la fuerza del golpe viajó por la tumba hasta penetrar el suelo y de allí quién sabe hasta dónde más. Hasta el mismo centro de la tierra se debería haber sacudido. Los chicos podían ver que la lápida estaba un poco ladeada e inclinada hacia atrás, pero ¿siempre había estado así?
—¿Eso estaba así antes? —preguntó Rosie, preocupada por el daño causado mientras señalaba la enorme herida que se veía sobre la roca.
—Creo que no, aunque no siempre jugamos con esto de portería, sí estoy seguro de que ninguna de estas tumbas estaba rota, son viejísimas, pero están todas en buen estado, solo un poco sucias y llenas de moho —dijo Liam utilizando su excelente memoria.
—Busquemos a alguien para que nos ayude a arreglarlo y que quede como antes —indicó Rosie.
—Nunca hemos visto a nadie pasar por acá a reparar estas lápidas, solo a las familias que vienen a traer flores. Las más bonitas son las rojas, pero casi siempre suelen dejar blancas —comentó Lloyd.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.