Kitabı oku: «Las aventuras de Huckleberry Finn», sayfa 5
Capítulo 11
—Adelante —dijo la mujer, y obedecí—. Siéntate.
Me senté. Me miró muy atenta con unos ojillos brillantes, y va ydice:
–Y, ¿cómo te llamas?
–Sarah Williams.
–¿Por dónde vives? ¿por aquí cerca?
–No, señora. En Hookerville, siete millas más abajo. He venido andando todo el camino y estoy cansadísima.
–Y te apuesto a que tienes hambre. Voy a buscar algo.
–No, señora. No tengo hambre. Tenía tanta que tuve que pararme dos millas más abajo de aquí en una granja, así que ya no tengo. Por eso llego tan tarde. Mi madre está mala y se ha quedado sin dinero ni nada y he venido a decírselo a mi tío Abner Moore. Vive en la parte alta del pueblo, me ha dicho mi madre. Yo nunca he estado aquí. ¿Usted lo conoce?
–No, pero todavía no conozco a todo el mundo. No llevo aquí ni dos semanas. De aquí a la parte alta del pueblo queda mucho camino. Más vale que pases aquí la noche. Quítate el sombrero.
–No —dije—; voy sólo a descansar un rato y luego seguir. La oscuridad no me da miedo.
Dijo que no me dejaría marcharme solo pero que su marido llegaría más tarde, quizá dentro de una hora y media, y le diría que me acompañase. Después se puso a hablar de su marido y de sus parientes río arriba y de sus parientes río abajo y de que antes vivían mucho mejor y que no sabían si no se habían equivocado al venir a nuestro pueblo, en lugar de conformarse con seguir como estaban, y así sucesivamente, hasta que temí haberme equivocado pensando que ella me iba a dar noticias de lo que pasaba en el pueblo, pero luego se puso a hablar de padre y del asesinato y ahí sí que estaba yo dispuesto a dejar que siguiera dándole a la lengua. Me contó cómo Tom Sawyer y yo habíamos encontrado los doce mil dólares (sólo que ella dijo que eran veinte) y toda la historia de padre, y lo malo que era y lo malo que era yo y por fin llegó a la parte en que me asesinaban, y yo dije:
–¿Quién fue? En Hookerville se ha hablado mucho de todas esas cosas, pero no sabemos quién fue el que mató a Huck Finn.
–Bueno, supongo que aquí hay montones de gente que querrían saber quién le mató. Algunos dicen que fue el viejo Finn en persona.
–No … ¿eso dicen?
–Al principio era lo que creían todos. Nunca sabrá lo cerca que estuvo de que lo lincharan. Pero en seguida cambiaron de opinión y decidieron que lo hizo un negro fugitivo que se llama Jim.
–Pero si él…
Me callé. Calculé que era mejor no decir nada. Siguió hablando y no se dio cuenta de que yo la había interrumpido:
–El negro se escapó la misma noche que murió Huck Finn. Así que ahora ofrecen una recompensa por él: trescientos dólares. También hay una recompensa por el viejo Finn: doscientos dólares. Fíjate que vino al pueblo la mañana después del asesinato y lo denunció, y se fue con los otros a buscarlo en el transbordador e inmediatamente va y se marcha. En seguida querían lincharlo, pero fíjate que ya había desaparecido. Bueno, al día siguiente se enteraron de que había huido el negro y de que nadie lo había visto desde las diez de la noche del asesinato. Así que entonces ofrecieron una recompensa por él, ya entiendes, y cuando estaban todos convencidos al día siguiente vuelve el viejo Finn y se fue llorando al juez Thatcher a pedir dinero para buscar al negro por todo Illinois. El juez le dio algo y aquella noche se emborrachó y se quedó hasta después de medianoche con dos desconocidos de muy mal aspecto y después se fue con ellos. Bueno, desde entonces no ha vuelto ni lo esperan hasta que esto se haya pasado un poco, porque ahora la gente piensa que mató a su hijo y arregló las cosas para que todo el mundo se creyera que lo habían hecho unos ladrones y así podría llevarse el dinero de Huck sin tener que molestarse mucho tiempo con un pleito. La gente dice que no sería nada raro en él. Bueno, calculo que es muy listo. Si no vuelve en un año no le pasará nada. No se le puede probar nada, ya sabes; para entonces las cosas estarán más tranquilas y podrá marcharse con el dinero de Huck sin ningún problema.
–Sí, calculo que sí, señora. No creo que tenga problemas. ¿La gente ya no cree que lo hiciera el negro?
–Ah, no, no todos. Muchos creen que fue él. Pero al negro lo van a agarrar muy pronto y a lo mejor le meten miedo para que lo cuente.
–Pero, ¿todavía lo están buscando?
–Bueno, ¡sí que eres inocente! ¿Te crees que nacen trescientos dólares en los árboles todos los días? Algunos creen que el negro no ha ido muy lejos. Y yo tampoco… Pero no se lo he dicho a nadie. Hace unos días estaba yo hablando con un par de viejos que viven al lado en la cabaña de troncos y dijeron que casi nadie va a esa isla de allá que llaman la isla de Jackson. «¿Y ahí no vive nadie?», pregunto yo. «No, nadie», dicen. Yo no dije más, pero he estado pensándolo. Estaba casi segura de que había visto humo por allí, hacia la punta de la isla, hacía un día o dos, así que me digo: «A lo mejor el negro está escondido ahí; en todo caso», digo yo, «merece la pena buscar en esa isla». Desde entonces no he visto más humo, así que a lo mejor se ha ido, si es que era él; pero mi marido va a ir a verlo, con otro. Tuvo que ir río arriba, pero volvió hoy y se lo dije en cuanto llegó hace dos horas.
Me había puesto tan nervioso que no podía estarme quieto. Tenía que hacer algo con las manos, así que saqué una aguja de la mesa y me puse a enhebrarla. Me temblaban las manos y lo hice muy mal. Cuando la mujer dejó de hablar levanté la mirada y me estaba mirando muy curiosa y sonriendo un poco. Dejé la aguja y el hilo y puse cara de interés —y la verdad es que estaba interesado— y voy y digo:
–Trescientos dólares es un montón de dinero. Ojalá que lo tuviera mi madre. ¿Va a ir allí su marido esta noche?
–Ah, sí. Ha ido a la parte alta del pueblo con el hombre que te he dicho, a buscar un bote y ver si les prestan otra escopeta. Van a cruzar después de medianoche.
–¿No verían mejor si esperasen hasta que fuera de día?
–Sí. Y, ¿no vería también mejor el negro? Después de medianoche lo más probable es que esté dormido, y se pueden meter por el bosque ybuscar su hoguera mejor si está oscuro, si es que tiene una hoguera.
–No se me había ocurrido.
La mujer me seguía mirando muy curiosa y yo no me sentía nada cómodo. Y después de un momento va y pregunta:
–¿Cómo habías dicho que te llamabas, guapa?
–M … Mary Williams.
No sé por qué pero no me parecía haber dicho que era Mary antes, así que no levanté la vista… Me parecía que había dicho que era Sarah, así que me sentí como acorralado y tenía miedo de que a lo mejor se me notara. Tenía ganas de que la mujer dijera algo más; cuanto más tiempo pasaba callada más incómodo me sentía. Pero entonces va y dice:
–Guapa, creí que al llegar habías dicho que te llamabas Sarah.
–Ay, sí, señora, es verdad. Sarah Mary Williams. Me llamó Sarah de primer nombre. Algunos me llaman Sarah y otros Mary.
–Ah, ¿eso es lo que pasa?
–Sí, señora.
Ya me estaba sintiendo mejor, pero con ganas de marcharme de allí de todas maneras. Todavía no me atrevía a levantar la mirada.
Bueno, la mujer se puso a hablar de lo difíciles que estaban los tiempos y lo pobres que eran y cómo corrían las ratas por todas partes, como si la casa fuera de ellas, y de esto y de aquello, y me empecé a sentir más tranquilo. Tenía razón en lo de las ratas. A cada rato se veía una que asomaba el hocico por un agujero en un rincón. Dijo que tenía que tener cosas a mano para tirárselas cuando estaba sola, porque si no, no la dejaban en paz. Me enseñó una barra de plomo retorcido en forma de nudo y dijo que en general tenía buena puntería, pero que hacía uno o dos días se había dislocado un brazo y no sabía si ahora podía apuntar bien. Esperó una oportunidad y en seguida le tiró la barra a una rata, pero le falló por mucho y dijo, «¡ay!», que le dolía mucho el brazo. Entonces me pidió que probara yo con la siguiente. Yo quería marcharme antes de que volviera su viejo, pero claro que no lo dije. Agarré la barra y a la primera rata que asomó el hocico se la tiré, y de haberse quedado donde estaba no se habría sentido nada bien. Dijo que yo tiraba de primera y que calculaba que a la siguiente le daría. Se levantó a buscar la barra y la trajo y también una madeja de lana con la que quería que la ayudara yo. Levanté las dos manos y ella me puso la madeja y siguió hablando de cosas suyas y de su marido. Pero se interrumpió para decir:
–Sigue atenta a las ratas. Más vale que tengas la barra a mano, en el regazo.
Así que me echó el trozo de plomo al regazo justo en aquel momento y yo apreté las piernas para acogerlo y ella siguió hablando. Pero sólo un minuto o así. Después me quitó la madeja y me miró a los ojos y me dijo muy amable:
–Vamos, ahora dime cómo te llamas de verdad.
–¿Cooo? ¿Cómo, señora?
–¿Cómo te llamas de verdad? ¿Bill o Tom, o Bob? ¿Cómo te llamas?
Creo que me puse a temblar como una hoja, sin saber qué hacer. Pero dije:
–Por favor, no se ría de una pobre chica como yo, senora. Si le molesto, me…
–No, nada de eso. Siéntate y quédate donde estás. No voy a hacerte nada ni voy a delatarte. Me cuentas tu secreto y confias en mí. Yo te lo guardo, y lo que es más, te ayudo. Mi hombre, lo mismo, si tú quieres. Ya entiendo que eres un aprendiz y te has escapado y nada más. No es nada. No tiene nada de malo. Te han tratado mal y has decidido escaparte. Hijo mío, yo no te delataría. Ahora cuéntamelo todo, sé buen chico.
Así que dije que no servía de nada seguir fingiendo y que me dejaría de mentiras y se lo contaría todo, pero que tenía que cumplir su promesa. Después le dije que mi padre y mi madre habían muerto y que la ley me había asignado a un campesino viejo y mezquino que vivía por lo menos a treinta millas del río y que me trataba tan mal que no lo pude seguir aguantando; se había ido un par de días y yo aproveché la oportunidad para robar un vestido viejo de su hija y largarme, y había tardado tres noches en recorrer las treinta millas. Viajaba de noche y me escondía a dormir de día, y la bolsa de pan y de carne que me había llevado me había durado todo el camino, y todavía me quedaba. Dije que creía que mi tío Abner Moore se haría cargo de mí y que por eso había venido a este pueblo de Goshen.
–¿Goshen, chico? Esto no es Goshen. Esto es Saint Petersburg. Goshen está diez millas río arriba. ¿Quién te dijo que esto era Goshen?
–Bueno, un hombre con el que me encontré al amanecer esta mañana, justo cuando iba a meterme en el bosque para dormir, como siempre. Me dijo que los caminos se dividían y que debía seguir el de la derecha y al cabo de cinco millas estaría en Goshen.
–Debía de estar borracho. Te dijo exactamente lo contrario de lo que es.
–Bueno, sí que parecía que estuviera borracho, pero ya no importa. Tengo que seguir. Llegaré a Goshen antes de que amanezca.
–Espera un momento. Voy a darte algo de comer. A lo mejor te hace falta.
Así que me preparó algo de comer y dijo:
–Oye, cuando una vaca se echa, ¿por qué parte se levanta? Responde rápido, vamos; no te pares a pensarlo. ¿Por qué lado se levanta?
–Por el de atrás, señora.
–Bueno, ¿y un caballo?
–Por el de delante, señora.
–¿De qué lado de un árbol crece el musgo?
–Del norte.
–Si hay quince vacas pastando en una cuesta, ¿cuántas de ellas comen con las cabezas mirando en la misma dirección?
–Las quince, señora.
–Bueno, supongo que es cierto que has vivido en el campo. Creí que a lo mejor pensabas engañarme otra vez. ¿Y cómo te llamas de verdad?
–George Peters, señora.
–Bueno, George, trata de recordarlo. No te vayas a olvidar y a decirme que es Elexander antes de irte y luego quieras arreglarlo diciendo que es George Elexander cuando te pesque. Y no te acerques a mujeres con ese vestido viejo. Haces bastante mal de chica, pero quizá puedas engañar a los hombres. Y recuerda, hijo, que cuando te pongas a enhebrar una aguja no tienes que sostener el hilo quieto y llevar la aguja hacia él: ten quieta la aguja y pasa el hilo por ella; así es como lo hacen prácticamente todas las mujeres, pero los hombres siempre lo hacen al revés. Y cuando le tires algo a una rata o algo así, recuerda que te tienes que poner de puntillas y levantar la mano por encima de la cabeza lo más torpe que puedas y fallarle a la rata por seis o siete pies. Tira con el brazo tieso a partir del hombro, como si tuvieras un eje, como las chicas, y no con la muñeca y el codo con el brazo a un lado, como hacen los chicos. Y recuerda que cuando una chica trata de recoger algo en el regazo separa las rodillas, no las junta como hiciste tú cuando te tiré la barra de plomo. Pero hombre, si me di cuenta de que eras un chico en cuanto te pusiste a enhebrar la aguja, y las demás cosas las hice para estar segura. Ahora, vete corriendo con tu tío, Sarah Mary Williams George Elexander Peters, y si te metes en algún lío manda un recado a la señora Judith Loftus, que soy yo, y haré lo que pueda por sacarte de él. Sigue siempre por el camino del río, y la próxima vez que te eches a andar lleva zapatos y calcetines. La carretera del río tiene muchas piedras y calculo que vas a tener los pies hechos polvo cuando llegues a Goshen.
Fui por la ribera unas cincuenta yardas y deshice el camino para volver donde estaba mi canoa, bastante lejos por debajo de la casa. Me metí de un salto y salí corriendo. Fui río arriba lo bastante lejos para llegar a la punta de la isla, y después empecé a cruzar. Me quité el bonete, porque no quería ir como con orejeras. Cuando estaba hacia la mitad del camino oí que el reloj empezaba a dar las horas, así que me paré a escuchar; el ruido se oía débil por encima del agua, pero con claridad: las once. Cuando llegué a la punta de la isla no me paré a descansar, aunque estaba sin aliento, sino que me metí directamente donde estaba mi antiguo campamento y encendí una buena hoguera, en un sitio alto y seco.
Después salté a la canoa y fui a nuestro sitio, una milla y media más abajo, todo lo rápido que pude. Desembarqué y avancé entre los árboles hasta el cerro y llegué a la cueva. Allí estaba Jim, dormido como un tronco en el suelo. Lo desperté y le dije:
–¡Levántate y prepárate, Jim! No hay ni un minuto que perder. ¡Nos están buscando!
Jim no hizo ninguna pregunta ni dijo una palabra; pero por la forma en que trabajó la media hora siguiente se veía que estaba asustadísimo. Para entonces teníamos en la balsa todo lo que poseíamos en el mundo y estábamos listos para sacarla de entre los sauces donde estaba escondida. Lo primero que hicimos fue apagar la hoguera de la cueva, y después ya no encendimos ni una vela.
Aparté la canoa de la orilla un poco y me puse a mirar; pero si por allí había un bote no podía verlo, porque las estrellas y las sombras no valen para ver mucho. Luego sacamos la balsa y bajamos entre las sombras, hasta el pie de la isla en total silencio, sin decir ni una palabra.
Capítulo 12
Debía de ser casi la una cuando por fin pasamos el final de la isla y la balsa parecía avanzar muy lenta. Si se acercaba un bote, el plan era meternos en la canoa y avanzar hacia la orilla de Illinois, y menos mal que no llegó ninguno, porque no se nos había ocurrido poner la escopeta en la canoa, ni un sedal para pescar, ni nada que comer. Teníamos demasiada prisa para pensar en tantas cosas. No había sido muy inteligente ponerlo todo en la balsa.
Si los hombres iban a la isla, supongo que encontrarían la hoguera que había hecho yo y que esperarían toda la noche a que llegara Jim. En todo caso no se nos acercaron, y si aquella hoguera no los engañó, no era culpa mía. Yo había hecho todo lo posible por despistarlos.
Cuando se empezó a ver la primera luz del día amarramos a una barra de arena que había en una gran curva del lado de Illinois, cortamos ramas de alamillo con el hacha y tapamos la balsa con ellas para que pareciese que había habido un corrimiento de tierras por aquella orilla. En esas barras de arena hay alamillos tan apretados como los dientes de un rastrillo.
Veíamos montañas en el lado de Missouri y mucho bosque en el de Illionois, y el canal, por aquella parte, corría del lado de Missouri, de forma que no teníamos miedo de encontrarnos con nadie. Nos quedamos allí todo el día viendo las balsas y los barcos de vapor que bajaban por el lado de Missouri y los barcos de vapor que subían río arriba peleando contra la corriente en el centro. Le conté a Jim todo lo que había pasado cuando estuve hablando con la mujer y Jim dijo que era muy lista y que si fuese ella quien nos buscara no iba a quedarse sentada vigilando una hoguera; no, señor, iría con un perro. Bueno, entonces, dije yo, ¿por qué no podía decirle a su marido que buscara un perro? Jim dijo que seguro que se le ocurría cuando los hombres se pusieran en marcha, y que suponía que debía de haber ido a la parte de arriba del pueblo a buscar un perro, de forma que habían perdido todo aquel tiempo, o si no, no estaríamos allí en la barra de arena a dieciséis o diecisiete millas por debajo del pueblo; no, señor, estaríamos otra vez en el pueblo. Así que yo dije que no me importaba por qué no llegaban, mientras no llegaran.
Cuando empezó a oscurecer asomamos las cabezas entre los alamillos y miramos arriba y abajo y a los lados pero no vimos nada, así que Jim sacó algunos de los troncos de arriba de la balsa y construyó un wigwam muy cómodo para refugiarnos cuando hiciese mucho calor o lloviera y para tener las cosas en seco. Jim preparó un suelo para el wigwam y lo levantó un pie más por encima del nivel de la balsa, de forma que las mantas y las trampas estaban fuera del alcance del oleaje de los barcos de vapor. Justo en medio del wigwam pusimos una capa de polvo de cinco o seis pulgadas de grueso y la rodeamos con un bastidor para que no se saliera; era para hacer fuego cuando lloviese o hiciera frío; con el wigwam no se podría ver. También preparamos un timón de repuesto, porque uno de los que teníamos podía romperse o engancharse o lo que fuera. Preparamos un palo con una horquilla del que colgar el viejo farol, porque siempre tendríamos que encenderlo cuando viéramos un barco de vapor que venía río abajo, para que no nos pasara inadvertido, pero no teníamos que encenderlo para los que iban río arriba salvo que nos viéramos en lo que ellos llaman «entre corrientes», porque el río seguía muy alto y las riberas bajas continuaban sumergidas, de forma que los barcos que lo remontaban no subían siempre por el canal, sino que iban buscando aguas más fáciles.
La segunda noche navegamos entre siete y ocho horas, con una corriente que iba a más de cuatro millas por hora. Pescamos y charlamos y de vez en cuando nos echamos a nadar para no quedarnos dormidos. Era bastante solemne aquello de bajar por el gran río silencioso, echados de espaldas y mirando a las estrellas, y no nos daban ganas de hablar en voz alta ni nos reímos mucho, sólo alguna risa en voz baja. En general nos hizo muy buen tiempo y no nos pasó nada, ni aquella noche ni la siguiente ni la otra.
Todas las noches pasábamos junto a pueblos, algunos de ellos a lo lejos en cerros negros, sin ver nada más que el resplandor de unas luces, y ni una sola casa. La quinta noche pasamos junto a Saint Louis y era como si el mundo entero estuviera iluminado. En Saint Petersburg decían que Saint Louis tenía veinte o treinta mil habitantes, pero yo nunca me lo creí hasta que vi aquella maravillosa cantidad de luces a las dos de una noche silenciosa. No se oía ni un ruido: todo el mundo dormía.
Todas las noches yo me iba ala orilla junto a alguna aldea y compraba diez o quince centavos de harina o de tocino salado u otras cosas que comer, y a veces me llevaba prestado un pollo que no parecía sentirse cómodo. Padre siempre decía que había que llevarse un pollo cuando se tenía la oportunidad, porque si no lo quiere uno es fácil encontrar a alguien que lo quiera, y una buena obra nunca se olvida. No vi ni una sola vez que no lo quisiera padre, pero en todo caso eso es lo que decía.
Por las mañanas, antes del amanecer, me metía en los campos de maíz y me llevaba prestada una sandía, o un melón, o una calabaza, un poco de maíz nuevo o cosas así. Padre siempre decía que no tenía nada de malo llevarse prestadas cosas si se tenía la intención de pagarlas alguna vez; pero la viuda decía que aquello no era más que robar, por mucho que se disfrazara con palabras, y que las personas decentes no lo hacían. Jim dijo que calculaba que la viuda tenía una parte de razón y papá otra, así que lo mejor sería que escogiéramos dos o tres cosas de la lista y no las volviéramos a tomar prestadas, y entonces calculaba que no tendría nada de malo tomar prestadas las otras. Así que nos pasamos toda una noche hablando de eso, mientras íbamos río abajo, tratando de decidir si eliminábamos las sandías, las cantalupas, los melones, o qué. Pero para el amanecer lo teníamos todo resuelto satisfactoriamente y concluimos que eliminaríamos las reinetas y los caquis. Antes no nos habíamos sentido bien del todo, pero ahora ya estábamos tranquilos. Yo me alegré de haberlo resuelto así, porque las reinetas nunca están buenas y los caquis no estarían maduros hasta dentro de dos o tres meses.
De vez en cuando matábamos un ave acuática que se levantaba demasiado temprano por las mañanas o no se acostaba lo bastante temprano por las tardes. En general, vivíamos muy bien.
La quinta noche, río abajo de Saint Louis, hubo una gran tormenta después de medianoche, con montones de truenos y de relámpagos, y la lluvia caía como una sábana. Nos quedamos en el wigwam y dejamos que la balsa se manejara sola. Cuando brillaba un relámpago veíamos el río enorme y recto por delante y grandes acantilados a los dos lados. Y una vez voy yo y digo:
–Caray, Jim, ¡mira ahí!
Era un barco de vapor que había naufragado contra una roca. Nosotros íbamos directos hacia él. Con los relámpagos se veía muy claro. Estaba todo escorado, con una parte de la cubierta superior por encima del agua, y se veía cada uno de los cables de la chimenea con toda claridad y una silla junto a la campana grande, con un viejo chambergo que colgaba en el respaldo, cuando llegaban los relámpagos.
Bueno, como era tan tarde, había aquella tormenta y todo parecía tan misterioso, se me ocurrió lo mismo que a cualquier otro chico cuando vi aquel barco embarrancado tan triste y solitario en medio del río. Quería abordarlo y explorarlo un poco a ver lo que tenía dentro. Así que dije:
–Vamos a abordarlo, Jim.
Pero al principio Jim estaba totalmente en contra. Va y dice:
–No quiero andar metiendo las narices en un barco muerto. Nos va muy bien y más vale dejar que siga así, como dice el Libro. Seguro que hay un vigilante en ese barco.
–Vigilante, tu abuelita —dije yo—; no hay nada que vigilar más que la timonera y la camaretas superiores y, ¿te crees que nadie va a arriesgar la vida por una timonera y unas camaretas en una noche así, cuando lo más probable es que se parta en dos y se vaya río abajo en cualquier momento?
Jim no podía responder a aquello, así es que no lo intentó.
–Y además —dije yo—, podríamos tomar algo prestado que mereciese la pena en el camarote del capitán. Seguro que hay puros, de los que cuestan cinco centavos cada uno y en dinero contante. Los capitanes de barco de vapor siempre son ricos y cobran sesenta dólares al mes y les importa un pito lo que cuesten las cosas, ya lo sabes, si les apetecen. Ponte una vela en el bolsillo, Jim; no me puedo aguantar hasta que lo hayamos registrado. ¿Te crees que Tom Sawyer se iría sin más de un sitio así? Ni hablar. Diría que era una aventura, eso es lo que diría, y abordaría ese barco aunque fuera lo último de su vida. Y seguro que lo haría con estilo; o, ¿no te crees que organizaría una de las buenas? Hombre, te creerías que era Cristóbal Colón descubriendo el Otro Mundo. Ojalá estuviera aquí Tom Sawyer.
Jim gruñó un poco, pero cedió. Dijo que no teníamos que hablar más que lo inevitable, y eso en voz muy baja. Los relámpagos volvieron a mostrarnos el barco naufragado justo a tiempo y nos agarramos a la cabria de estribor y amarramos allí.
La cubierta estaba muy alta de aquel lado. Bajamos despacio por la pendiente hacia babor, en la oscuridad, hacia las camaretas altas, tanteando el camino muy despacio con los pies y con los brazos muy abiertos para apartar las cuerdas, porque estaba tan oscuro que no veíamos nada. En seguida llegamos a la parte de delante de la claraboya y nos subimos a ella, y al paso siguiente nos quedamos enfrente de la puerta del capitán, que estaba abierta, y, ¡qué diablos, al otro extremo de las camaretas vimos una luz! ¡Y en el mismo momento pareció que oímos voces bajas a lo lejos!
Jim me susurró que se sentía muy mal y me dijo que nos fuéramos. Yo dije que de acuerdo, e íbamos a volver a la balsa cuando oí una voz que lloriqueaba y decía:
–¡Ay, por favor, no, muchachos! ¡Juro que no lo diré nunca!
Otra voz dijo, muy alta:
–Es mentira, Jim Turner. Ya has hecho lo mismo antes de ahora. Siempre quieres más que tu parte del botín, y siempre te la has llevado, porque juraste que si no nos delatarías. Pero ahora lo has dicho una vez de más. Eres el perro más asqueroso y más traidor de este país.
Para entonces, Jim se había ido a la balsa. Yo estaba hirviendo de curiosidad. Y me dije que Tom Sawyer no se echaría atrás ahora, así que yo tampoco, y que iba a ver lo que pasaba. Así que me puse a cuatro patas en el pasillo y avancé en la oscuridad hasta que no había más que un camarote entre el cruce de las camaretas y yo. Entonces vi un hombre tirado en el suelo y atado de pies y manos y otros dos encima de él, y uno de ellos llevaba una linterna sorda en la mano y el otro tenía una pistola. Éste no hacía más que apuntar la pistola a la cabeza del que estaba en el suelo y decía:
–¡Ya me gustaría, y es lo que tendría que hacer, chivato de porquería!
El hombre del suelo se encogía, diciendo:
–Ay, por favor, no, Bill; no voy a delataros nunca.
Y cada vez que decía aquello el del farol se reía y decía:
–¡Desde luego que no! En tu vida has dicho una verdad mayor, te lo aseguro —y una vez dijo—: ¡Escuchad cómo suplica! Pero si no lo tuviéramos dominado y atado, nos habría matado a los dos. ¿Y por qué? Por nada. Sólo porque defendimos nuestros derechos, por eso. Pero te apuesto, Jim Turner, a que no vas a volver a amenazar a nadie. Deja esa pistola, Bill.
Bill dice:
–No me apetece, Jake Packard. Estoy de acuerdo con matarlo, ¿no mató él al viejo Hatfield así, y no se lo merece?
–Pero yo no quiero matarlo, y tengo mis motivos.
–¡Bendito seas por esas palabras, Jake Packard! ¡No las olvidaré mientras viva! —dice el hombre del suelo, como tartamudeando.
Packard no hizo caso, sino que colgó el farol de un clavo y avanzó hacia donde estaba yo en la oscuridad y le hizo un gesto a Bill para que se le acercara. Yo retrocedí unas dos yardas lo más rápido que pude, pero el barco estaba tan escorado que no podía ir muy deprisa, así que para que no tropezase conmigo y me cogieran me metí en un camarote de la parte alta. El hombre vino a tientas en la oscuridad, y cuando Packard llegó a mi camarote dijo:
–Aquí, ven aquí.
Y allí entró, con Bill detrás. Pero antes de que entrasen ellos yo me había subido a la litera de arriba, arrinconado y lamentando haber ido. Entonces se quedaron allí con las manos en el borde de la litera, hablando. Yo no podía verlos, pero sabía dónde estaban por el olor a whisky que habían tomado. Me alegré de no beber whisky, aunque tampoco habría importado mucho, porque era casi imposible que me olieran porque no respiraba. Estaba demasiado asustado. Y además, uno no podía respirar mientras oía aquello. Hablaban en voz baja y muy serios. Bill quería matar a Turner. Dice:
–Ha dicho que nos delataría y lo hará. Si le diéramos ahora a él nuestras partes, ya no importaría después de la pelea y de lo que le hemos hecho. Puedes estar seguro de que haría de testigo de cargo; ahora, escúchame. Yo soy partidario de quitarle las penas para siempre.
–Y yo también —dijo Packard, muy tranquilo.
–Maldita sea, había empezado a creer que no. Bueno, entonces no hay problema. Vamos con ello.
–Aguarda un momento; todavía no he dicho mi parte. Escúchame. Está bien pegarle un tiro, pero hay formas más discretas si es necesario hacerlo. Pero lo que yo digo es esto: no tiene sentido andar buscando que nos pongan una soga al cuello cuando puede uno conseguir lo mismo y no correr ningún peligro. ¿No es verdad?
–Seguro que sí. Pero, ¿cómo te las vas a arreglar esta vez?
–Bueno, he pensado lo siguiente: buscamos por todas partes y recogemos lo que se nos haya olvidado en los camarotes, nos vamos a la orilla y escondemos el botín. Después esperamos. Yo digo que no van a pasar más de dos horas antes de que esta ruina se parta en dos y baje flotando río abajo. ¿Entiendes? Se ahogará y no podrá denunciar a nadie. Me parece que es mucho mejor que matarlo. Yo no soy partidario de matar a alguien mientras se pueda evitar; no tiene sentido y no es moral. ¿Tengo razón o no?
–Supongo que sí. Pero, ¿y si no se rompe ybaja flotando?
–Bueno, de todas formas podemos esperar dos horas a ver qué pasa, ¿no?
–Está bien; vamos.
Así que se pusieron en marcha y yo me largué, empapado de sudor frío, tambaleándome hasta la proa. Estaba oscuro como boca de lobo pero dije en una especie de susurro ronco: «Jim!» Respondió justo a mi lado con una especie de gemido y dije:
–Rápido, Jim, no hay tiempo que perder con quejidos; ahí hay una banda de asesinos, y si no encontramos su bote y lo echamos al río para que no se puedan marchar del barco, uno de ellos va a pasarlo muy mal. Pero si encontramos el bote podemos dejarlos a todos muy mal: los va a encontrar el sheriff. ¡Rápido… aprisa! Yo busco por el lado de babor y tú por el de estribor. Empieza por la balsa, y…
–Ay, señor mío, señor mío. ¿Balsa? Ya no queda balsa. ¡Se ha roto o ha desaparecido! ¡Y nosotros aquí!
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