Kitabı oku: «Nunca nunca nunca quisiera volver a casa»
Nunca nunca nunca quisiera volver a casa
Martín Villagarcía

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There’s no place like home that’s why I left Buenos Aires Nueva York / Seattle San Francisco Seattle Los Ángeles Lima
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NUNCA NUNCA NUNCA QUISIERA VOLVER A CASA
BUENOS AIRES
17 de febrero
Odio los aeropuertos. Para todo hay que hacer fila y esperar. La puerta que me corresponde todavía no está abierta. Me siento cerca de la ventana, pongo a cargar el teléfono y abro el Grindr. Enseguida me escribe un español que espera el mismo vuelo que yo. Intercambiamos un par de fotos y acordamos encontrarnos en el baño. Desenchufo el celular y miro en esa dirección. Me parece verlo. Adentro está haciendo pis en uno de los mingitorios. Es morocho, algo musculoso y un poco más alto que yo. Debe de tener unos cuarenta años. Estamos solos, no hay nadie más. Me pongo al lado y saco la pija. Enseguida pasa de gomosa a dura. Los dos estamos al palo. Nos miramos y me la agarra. Mientras me la acaricia, mira para todos lados y me la chupa un toque. Solo la cabeza. Un par de lengüetazos y entra alguien a limpiar. Volvemos rápido a nuestra posición original. “Esto no pasa en Madrid”, me dice en voz baja. Sacude la pija, se sube el pantalón y sale. Yo espero un poco y hago lo mismo. Cuando me vuelvo a sentar, recibo otro mensaje suyo: “en el avión la seguimos”.
Nuestros asientos están cerca. Yo voy un poco más adelante, él va atrás con otro tipo que entiendo que es su pareja. Deben de tener una relación abierta porque todo es muy obvio. Durante el viaje miro tres películas: I, Tonya, Ladybird y Jumanji: Welcome to the Jungle. Cada tanto me doy vuelta, pero nuestras miradas no se cruzan. Cuando se atenúan las luces, voy al baño que está cerca de su asiento, pero parece dormir. Entro y enseguida escucho que tocan a la puerta. Abro y es él. Se mete y traba la puerta. Yo ya estoy con la pija al aire con una gota de pis que le cae y al toque se me pone dura. Se da vuelta, se llena de saliva el culo y se la mete. Se siente espectacular. Sorprendentemente dilatado, lubricado y cálido. No hay mucho espacio para moverse. Estoy tan excitado que acabo enseguida. Sin decir nada, se vuelve a levantar el pantalón y sale. Yo me quedo limpiándome un poco. Cuando vuelvo a mi asiento, lo veo abrazado a su novio con los ojos cerrados.
MADRID
18 de febrero
Llego a Madrid. Buenos Aires parece un sueño lejano que apenas puedo recordar. A diferencia de otras veces, no me preguntan nada en migraciones. Lo tomo como una buena señal. El universo quiere que esté acá. Entre que espero la valija y llego a la estación del Metro, se hacen las seis de la mañana. No entiendo si estoy cansado o no, ni qué hora o día es. Tomo la línea 8, bajo en Nuevos Ministerios y combino con la línea 10 en dirección a Puerta del Sur, me bajo en Plaza de España y combino otra vez con la línea 3 en dirección a Villaverde Alto y bajo, finalmente, en la estación Lavapiés. Es de madrugada, el cielo está oscuro, pero igual se ve distinto. El aire también es distinto. Estoy lejos. Estoy donde quiero estar. Camino y en la madrugada el único sonido que se escucha es el de las ruedas de mi valija girando contra el piso.
A las siete llego a la casa de Marcelo. Me recibe Alejandro, a medio vestir y a punto de irse a trabajar. Me cuenta que él y Marcelo van a casarse. Temen que la extrema derecha gane las próximas elecciones y que deje a la comunidad LGBT sin derechos. Me muestra un poco la casa y me lleva a mi habitación. Apenas se va, caigo rendido en la cama. Tomo media pastilla de Clonazepam y, antes de dormir, dejo el Grindr abierto.
Me despierto al mediodía a la misma hora que Marcelo. Me siento espléndido. Pablo nos espera para almorzar en un pequeño restaurante que está a unos diez minutos a pie. En el camino conversamos sobre el casamiento y su relación con Pablo. Me cuenta que Alejandro y él están pasando por una situación financiera un poco delicada y que, además, él está sufriendo de hipertensión. Nunca vi a Marcelo así, el eterno Aries que se lleva el mundo por delante. Pablo se ve igual que siempre. Se hizo un tatuaje nuevo con unos versos de Alejandra Pizarnik en el pecho “miedo de ser dos / camino del espejo”. Cada tanto se acaricia la barba de chivo. Conversamos como tres argentinos expatriados. Marcelo es el primero que se fue, a fines de los ochenta. Pablo se fue a fines de los noventa. Fantaseo que soy uno de ellos, recién exiliado. La generación perdida. El que acaba de llegar. Hablamos sobre el avance de la extrema derecha en Europa y en el mundo. La Argentina les resulta un país de avanzada en materia de derechos humanos por haber juzgado a sus propias dictaduras, cuando en países como Chile y España se sigue adorando a Pinochet y a Franco. Les advierto que las cosas cambiaron mucho en Argentina, que los derechos humanos pasaron a ser “un curro” y que hay gente que sale a marchar para pedir que vuelvan los militares, niega a los desaparecidos e insulta a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Después de comer, Pablo me vende un poco de marihuana y se despide. Paso por un kiosco y compro un pikachu de metal de tres pisos con filtro, como siempre quise, y sedas. Marcelo y yo paseamos por el centro y nos perdemos por las calles de Madrid. No me preocupo porque él conoce bien el camino de regreso. Yo ya lo olvidé. Caminamos hasta la Plaza de la Villa y después vamos a ver el Palacio Real desde afuera. Volvemos por la Plaza de Oriente y la Plaza Mayor. En el camino pasamos por un local de gafas vintage que tiene un mostrador original de Paloma Picasso de los ochenta. Los quiero todos. Están hasta los lentes de Javiera Mena de “Otra era”. Seguimos caminando y conversamos sobre la muerte de nuestras madres y cómo experimentamos la orfandad. Coincidimos en que lo peor es haber perdido esa contención incondicional que solo una madre es capaz de brindar. Su sol y mi luna en Aries dialogan. Paramos a tomar un chocolate con churros y volvemos a su casa a cenar con Alejandro.
19 de febrero
A la mañana voy de compras a Gran Vía. A pesar de la devaluación del peso argentino, la ropa sigue resultando barata. No entiendo por qué la ropa es tan cara en Argentina, especialmente la de hombre. Paso por H&M, Zara, Pull & Bear y Primark.
Al mediodía regreso y almuerzo con Marcelo, que se acaba de despertar. Alejandro trabaja.
Por la tarde quedo en encontrarme con un ruso con el que vengo hablando desde que llegué. Tiene mi edad. En las fotos parece lindo, aunque la mayoría son del culo y no se le ve bien la cara. Se distingue que es rubio y grandote. Tomo el metro y llego en unos pocos minutos. Vive en pleno Chueca. En persona no me resulta muy atractivo. Hay algo en la cara que no me gusta, pero ya estoy ahí. Me invita a pasar y nos sentamos en su sillón a charlar mientras escuchamos Fangoria y La Prohibida. En el living no hay la más mínima decoración. Solo una mesa con la computadora. No puedo evitarlo y le pregunto por la situación de la población LGBT en Rusia, teniendo en cuenta que las noticias siempre son terribles. Para mi sorpresa, se molesta conmigo. Ahí me doy cuenta de que lo que no me gusta de su cara es la expresión de disgusto permanente. Dice que ya abandonó Rusia hace mucho tiempo, que es parte de su pasado y afirma que él ya se siente español. Me resulta curioso el tema de las nacionalidades y las pertenencias a un colectivo. Me cuesta sentirme parte de algo porque siempre me sentí rechazado. Para evitar que se siga enojando, le mando mano adentro del pantalón y le empiezo a acariciar el culo. Funciona. Se tranquiliza y le cambia la cara. En silencio, acerca su boca a la mía para besarnos. Me encantan sus besos siberianos. Le bajo el pantalón y descubro que tiene puesto un suspensor azul eléctrico. Alto contraste con su piel de porcelana. Es totalmente lampiño. Me encanta acariciarlo. Despacio se va acomodando sobre el sillón y se pone en cuatro. Un culo así de lindo es una invitación a chuparlo imposible de rechazar. Tras unos lengüetazos, ya tiene el ojete bien húmedo y dilatado. Ayudado por mi propia saliva, le voy metiendo los dedos de a uno hasta comprobar que está listo. Su culo no ofrece ninguna resistencia. Mientras tanto, me voy sacando la ropa y reemplazo la lengua por mi pija. Sin hacer esfuerzo, se desliza directamente hacia dentro. La sensación es hermosa. Gime en voz baja y balbucea unas palabras en ruso para las que no me hace falta traducción. Voy acelerando el movimiento, cada vez más duro, más fuerte y más adentro hasta que acaba. La contracción de su culo en la pija me hace acabar a mí también. Nos limpiamos y antes de irme me explica cómo descargar el mapa de Madrid al Google Maps para poder usarlo en la calle sin conexión. Camino de regreso y paseo por Chueca. Me encantan las calles, los bares, la gente. Me encanta viajar. Me encanta estar en otro lado. Quiero que este momento sea para siempre.
A la noche, después de la cena, me escribe otro chico que anda por el barrio y me invita a dar una vuelta y fumar porro. Cuando lo encuentro me da un beso en la boca de una. Apesta a tabaco. Por el acento descubro enseguida que no es español. Es argentino, de Río Gallegos. Tiene veinte años, es alto y delgado, sin vello facial, y dice que estudió Psicología en Córdoba. No tengo ganas de estar con argentinos. No me gusta la boina que tiene puesta ni tampoco sus pantalones oxford de corderoy. Nos sentamos un rato en la plaza del Museo Reina Sofía y empiezo a pensar en excusas para irme. Es pasada la medianoche y ya no anda mucha gente por la calle. No tengo nada de sueño. Nos paramos y me lleva a un recoveco cerca del ascensor que sube por afuera del museo y me chupa la pija. Lo mejor que puedo hacer para irme es acabar rápido, así que uso mi imaginación para estimularme y le lleno la boca de leche.
20 de febrero
Me levanto temprano y me voy a hacer un tour por la ciudad. Camino con la ayuda del Google Maps hasta el punto de encuentro: la Plaza Mayor. Mientras espero que se haga la hora, fumo un porro que llevé armado. No me gusta estar solo, pero tampoco tengo muchas ganas de interactuar con nadie. Cuando el guía nos pregunta de dónde somos, varios decimos que venimos de Argentina. Una pareja va tomando mate durante el camino. Estoy a punto de pedirles que me conviden en varias oportunidades, pero no me animo. El recorrido dura unas tres horas. Paso la mayor parte del tiempo entumecido. Odio hacer turismo. No me interesa transitar la ciudad de esta manera.
A la tarde, Marcelo y yo vamos a hacer fotos al Parque del Retiro. Necesito dos retratos para los libros que Ezequiel está a punto de publicarme. Los almendros están en flor y el ambiente es más primaveral que invernal. Bajo el sol vespertino descubro la Fuente del Ángel Caído. No la recordaba del viaje anterior. El ángel se ve hermoso con la luz del atardecer. Luego de caminar un rato llegamos al Palacio de Cristal, inundado por los últimos rayos del sol. Es un lugar maravilloso. Quisiera quedarme acá para siempre.
A las 18 Marcelo se va a encontrar con Alejandro para asistir a un concierto de música clásica. Yo me voy al Prado a aprovechar las dos horas de entrada libre para visitar a mis amigos Goya y El Bosco. No tengo mucho tiempo, así que voy directamente a sus respectivas salas. Los cuadros negros de Goya son tan espeluznantes como los recordaba. Allí están las brujas, los aquelarres, el diablo y, mi obra favorita: “Saturno devorando a su hijo”. Aprovecho el rato que me queda y voy rápido a la sala del Bosco. De pronto estoy inmerso en el “Jardín de las delicias”. Es mucho, mucho más grande de lo que me acordaba. Por algún motivo pensaba que era una pintura casi en miniatura en una caja de madera. No sé si es el porro, el síndrome de Stendhal o qué, pero siento que todas esas figuritas adorables y macabras se mueven en el cuadro. Antes de irme, me despido también de la “Extracción de la piedra de la locura”.
A la vuelta, Marcelo y Alejandro todavía están en el concierto. Estoy solo en casa. Me escribe al Grindr un chico que está libre por la zona. Ya hablamos más temprano e intercambiamos fotos. Tiene treinta y ocho años, es bajo y delgado y tiene el pelo ondulado. Me gusta porque me hace acordar a un periodista y dramaturgo de Buenos Aires que me encanta. Tiene lugar, pero está trabajando, así que podemos hacer algo rápido. Llego enseguida y me mete a su habitación. Nos besamos y desvestimos con desesperación. Quiero coger, pero me dice que no está preparado. ¿Saben los europeos de lo que se pierden por no tener bidet? Me chupa la pija y acabamos mientras franeleamos y nos besamos.
Marcelo y Alejandro vuelven unas dos horas más tarde y cenamos casi a las doce. Es mi última noche en Madrid hasta el regreso, así que quiero aprovecharla al máximo. Mientras termino de armar la valija, me invita a su casa otro chico que vive a unos quinientos metros. Tiene treinta años, es un poco menos alto que yo, delgado y morocho. Me recibe en plena oscuridad y cuando lo toco me doy cuenta de que ya está desnudo. Me saco la ropa y nos acariciamos. Ninguno de los dos avanza como para darnos un beso. Mientras me chupa la pija, le acaricio el culo y se lo voy embadurnando de saliva con los dedos. Me lleva de la mano hasta su cama, se acuesta boca arriba, me envuelve el cuello con los pies y se da un buen saque de popper. Me ofrece, pero no quiero. El olor es tan fuerte que es como si hubiera inhalado yo también. La posición le queda perfecta y mi pija le entra enseguida. A medida que aumenta nuestra calentura vamos rotando hasta quedar cogiendo de costado. Con las manos le mantengo el culo abierto y con la pelvis se la voy metiendo y sacando cada vez más rápido y más a fondo hasta que acaba. Dejo la pija afuera y me pajeo mientras le acaricio el culo hasta acabar. Cuando nos volvemos a vestir conversamos un poco. Me cuenta que es italiano, de Roma, y que está en Madrid haciendo un máster en Lingüística. Le cuento que soy egresado de Letras de la UBA y me dice que le gustaría hacer un doctorado en Buenos Aires. Pienso en las dificultades académicas que hay en Argentina y en el estado crítico de las ciencias, pero prefiero no decir nada. Buenos Aires no existe.
ANDALUCÍA
21 de febrero
Viajamos a Córdoba en auto. Alejandro maneja, Marcelo y yo dormimos. En el camino escuchamos Absolutamente, de Fangoria. Ninguno de ellos soporta a Alaska, como la mayoría de los gays de izquierda de España. Le dicen “la gorda fascista”. Estoy un poco cansado, así que duermo la mayor parte del trayecto. Cuando abro los ojos, ya llegamos. Andalucía nos recibe con sol y flamenco. Dejamos el auto y cargamos con el equipaje hasta el Airbnb que alquilamos en plena judería, dentro del casco histórico de la ciudad. No se parece a ningún lugar que conozca. Estoy en la Edad Media, un viaje en el tiempo, es algo de otra era. La arquitectura me parece una mezcla entre romana y árabe y todas las calles son irregulares. Buscamos un lugar para comer. Ya es media tarde, así que no tenemos muchas opciones. Luego de caminar un buen rato, encontramos un restaurante andaluz abierto y pedimos salmorejo, berenjenas fritas y flamenquín de cerdo con patatas fritas. No entiendo cómo nunca se me ocurrió cocinar así las berenjenas. Todo me resulta delicioso, especialmente el flamenquín. Después de comer, salimos a recorrer el casco histórico. Las calles están llenas de pequeños palacios con patios y jardines. Algunos se pueden ver desde afuera y a otros se puede entrar. Queremos ir a la mezquita, pero ya está cerrada. Visitamos en su lugar el Cristo de los Faroles en la Plaza de los Capuchinos. Poco a poco se va haciendo de noche y el paisaje irreal de Córdoba se vuelve todavía más increíble con la luz violeta del crepúsculo. Regresamos al departamento y preparamos la comida. Alejandro se va a dormir y, pasada la medianoche, Marcelo y yo salimos a pasear. Todavía tengo jet lag, así que mis horas de sueño están totalmente alteradas. Son casi las dos de la mañana y no hay un alma en la calle. Siento que estamos en un pueblito de alquimistas y que, tras las puertas y ventanas, se ocultan magos y brujas en busca de la piedra filosofal. Lo que más me impresiona es la mezquita. Por fuera se ve enorme, imponente, mágica. No puedo esperar a visitarla por dentro.
22 de febrero
Cuando nos despertamos, Alejandro no está. Se fue a su pueblo a resolver un asunto familiar que involucra la herencia de un abrigo de piel. Marcelo y yo visitamos el Alcázar de los Reyes Cristianos y la Mezquita-Catedral por dentro. El Alcázar tiene una cantidad de jardines impresionantes que poco tienen que envidiar al Palacio de Versalles. Me encanta respirar el perfume de todas esas plantas. La mezquita por dentro conserva su mística exterior, multiplicada por el hecho de contener una catedral en su interior, justo en el centro. Pasamos de las columnas árabes a la arquitectura gótica y renacentista en unos pocos pasos. Entre los relieves, los metales preciosos y la música del órgano, empiezo a sentir otra vez el síndrome de Stendhal. La belleza es excesiva. Se me acelera el pulso y empiezo a sentir ansiedad. Tengo que tomar la medicación. Desde que llegué a Europa perdí la costumbre de tomar el antidepresivo y el ansiolítico todas las mañanas. Por momentos siento que el viaje en sí mismo es mi fármaco y que no necesito de la ayuda de los químicos para estar bien.
A la tarde nos encontramos con Alejandro y partimos rumbo a Sevilla en el auto. Llegamos a media tarde y nos sentamos a comer en la Alameda antes de ir al departamento. Se nota que seguimos en Andalucía, pero hay algo distinto. Marcelo y Alejandro se sienten nostálgicos de su vida aquí, antes de mudarse a Madrid. A la noche, mientras se hace la comida, arreglo para encontrarme con un chico. Las calles de Sevilla, como las de Córdoba, son serpenteantes y me resulta imposible pensar en llegar de un punto al otro sin perderme. Por eso le pido a mi cita que me pase a buscar. Tiene mi edad. Caminamos un poco, fumamos marihuana y vamos a su departamento, que queda al otro lado de la Alameda. Antes de llegar pasamos por debajo de las columnas de Hércules. Siento que es una buena señal del universo. Aunque esta vez no voy a pasar por Grecia o Italia, mis queridos dioses igual me acompañan. Cuando llegamos a su casa me dice que, por ser la primera vez, solamente vamos a mirarnos. Tengo un imán para la gente rara. Nos bajamos los pantalones y nos pajeamos. Hay algo en el límite que me excita y la pija se me pone re dura de solo mirarlo. Está claro que se muere de ganas de hacer algo más, así que le agarro la mano y se la llevo a mi entrepierna. Al principio solo me la acaricia, pero enseguida me empieza a masturbar y yo aprovecho y hago lo mismo. Me calienta que no me deje hacer más. Los dos movemos las manos cada vez más rápido hasta que acabamos. No tengo idea de cómo volver al departamento, así que le pido que me acompañe. En el camino va tomando una lata de Coca-Cola que saca de su heladera. En ningún momento me convida ni un sorbo.
23 de febrero
Sevilla se parece a Córdoba, pero en otras dimensiones. Más dorado, más ornamento y más gente. Nuestro departamento está en el Casco Antiguo. Por la mañana, Alejandro y Marcelo duermen. Me escribo con un chico y, aprovechando que tengo un cuarto propio, lo invito. Es puertorriqueño. Le cuesta un poco encontrar la dirección porque todas las calles avanzan en zigzag y se entrecruzan. No es fácil ir de un punto al otro sin perderse. Me recuerda a Ámsterdam. Mientras lo espero, me escribe otro chico que está en el mismo edificio que nosotros. Se ve superlindo, pero no puedo dejar al otro plantado después del tiempo que perdió buscando la dirección. Finalmente llega y bajo a abrirle. Subimos las escaleras y le pido que no haga ruido para no despertar a nadie. Tiene veintiocho años, es delgado y de estatura media. No se ve tan bien como en las fotos que me mandó más temprano, pero me gustan sus besos. Nos desvestimos, franeleamos y, sin que me dé cuenta, se mete mi pija en el culo. Como si nada. Me calienta tanto tenerla ahí adentro que no le digo nada. Me lo cojo un rato, pero no puedo dejar de pensar en el otro chico. No quiero estirarla más. Para sacármelo de encima simulo un orgasmo y le pido disculpas por no haber aguantado. Mientras bajamos las escaleras no deja de tocarme la pija, como comprobando si realmente acabé o no. Una vez que se va, vuelvo al departamento y le contesto al otro chico. Me dice que vaya y bajo de nuevo. Vive en la planta baja, al lado de la entrada. La puerta ya está entreabierta y él me espera desnudo en la cama. Es hermoso, mucho más lindo que en foto. Tiene veintidós años y el cuerpo fibroso. Me saco la ropa y me meto debajo del edredón con él. Es un dulce. Nos besamos y abrazamos como si quisiéramos fundir nuestros cuerpos en uno solo. También es puertorriqueño y estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Sevilla. Hacemos un 69 y yo le paso la lengua de la pija al culo y viceversa, mientras él se retuerce de placer y se mete mi pija cada vez más adentro de la boca hasta tragársela toda entera. Volvemos a ponernos frente a frente y lo recuesto boca arriba sobre la cama. Aprovecho la saliva que le dejé en el culo y le voy colando los dedos. Me lleno de saliva la pija y trato de metérsela, pero no está lo suficientemente dilatado. No insisto y me recuesto al lado de él nuevamente. Nos besamos y pajeamos hasta acabar.
A la tarde salgo a pasear solo y voy a la Casa de Pilatos. Me impresiona la arquitectura entre renacentista y árabe, con arcos y mosaicos y también esculturas griegas. En el patio central del palacio hay dos estatuas de Pallas Atenea, copias de originales griegos. Siento que el universo quiere que esté acá. Más tarde me encuentro con Marcelo y Alejandro en la Plaza San Francisco y paseamos hasta el anochecer.
24 de febrero
Me despierta el mensaje de un chico que quiere que le haga fist fucking. Es un poco temprano, pero no quiero perder la oportunidad. El camino hasta su casa es bastante directo, algo raro en Andalucía, y enseguida llego a nuestro punto de encuentro. De lejos veo que se asoma y con la cabeza me indica que lo siga escaleras arriba hasta su departamento. Acaba de pasar toda la noche en un sex club. Se le nota en la cara de pasado y en lo acelerado que está. Tiene treinta y siete años, pero a simple vista parece de treinta. Es delgado, un poco más bajo que yo y tiene ojos claros y el pelo rapado. Nos besamos un poco y enseguida se saca la ropa y se pone en cuatro a chuparme la pija. Mientras, me alcanza una botella de lubricante. No un pomo ni un envase pequeño, una botella enorme. La abro y saco un poco. Es mucho más viscoso que el que uso siempre. Se acuesta boca arriba, me embadurno bien la mano derecha y le meto de a uno los dedos en el culo hasta que tengo toda la mano adentro. Empujo un poco más y llego hasta la muñeca. Mientras tanto, él gime de placer e inhala popper. El culo se le abre todavía más y me pide que siga entrando. Continúo empujando y llego hasta la mitad del antebrazo. Inhala otro poco de popper y me pide que saque y vuelva a meter el brazo despacio. Cada vez siento menos resistencia por parte de su cuerpo. Es como si quisiera absorberme o asimilarme. Saco la mano para lubricarme un poco más y me pide que me acueste boca arriba. Sin decirme más nada, me llena el pie izquierdo de lubricante y se lo mete poco a poco hasta tenerlo casi todo adentro. Es una sensación de lo más extraña, pero me gusta. Aparentemente, a él también porque llega al orgasmo y eyacula enseguida, llenándose la panza, el pecho y el cuello de semen. Yo sigo caliente, pero no quiero acabar. Después de lavarme y limpiarme bien la mano y el pie, me voy. Cuando llego al departamento, me encuentro con Alejandro. Le cuento sobre mi experiencia con el chico del fist fucking y me dice que sabe quién es. Se llama Víctor y él también le metió el puño y el pie. Acá todos se conocen.
Paso el resto del día paseando. A la mañana voy al Real Alcázar. Camino siguiendo las indicaciones del mapa hasta que llego. Hay un montón de gente, la fila es larguísima y da vueltas como una víbora enroscada. Disimuladamente, me ubico justo en la última curva de la cola antes de la entrada, al lado de un hombre que va solo. Continúo como si nada y entro a los pocos minutos. El Alcázar por dentro es hermoso. Me impresionan sobre todo los azulejos y la forma de las ventanas y puertas. Si tuviera más tiempo y dinero me encantaría seguir hasta Marruecos, pero va a tener que ser en otro viaje. Después de caminar un rato me empiezo a cansar y aburrir. Quisiera poder compartir la experiencia con alguien. Les pido a otros turistas que me tomen fotos, pero salen todas torcidas y mal encuadradas. De regreso paso por un pequeño local de comida argentina y me compro una empanada para el camino por un euro cincuenta.
Por la tarde salgo a caminar con Marcelo. Recorremos los rincones que más le gustan de Sevilla: paseamos por la Maestranza, el Arenal, Triana, el Palacio de San Telmo y terminamos al anochecer en la Plaza de España. El lugar es increíble: un museo viviente de cerámica y ladrillo. Noto mejor a Marcelo. Por un momento parece que sus problemas de dinero y salud desaparecen y vuelve a ser el de antes. Se ríe a carcajadas, algo que no es muy usual, y aprovecho para sacarle fotos.
25 de febrero
Último día en Sevilla. A la mañana voy a la Catedral. Otra vez una fila larguísima de gente. Otra vez me cuelo. Por dentro el templo es hermoso, como el de Córdoba, pero más grande y opulento. Al mediodía me encuentro con Alejandro y Marcelo con la intención de almorzar juntos para despedirnos de Andalucía, pero entre que recogemos las valijas y buscamos el auto se hace demasiado tarde. No queda tiempo más que para darnos un abrazo hasta pronto y me dejan en el aeropuerto.