Kitabı oku: «Mensajes desde el infierno»
Título original: Unsub
© Meg Gardiner, 2017.
© de la traducción: Ana Herrera, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO288
ISBN: 9788491871088
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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Epílogo
Agradecimientos
PARA SHANE SALERNO
Quien lucha contra los monstruos, debería procurar no convertirse en monstruo en el proceso. Si miras demasiado tiempo un abismo, al final el abismo te devuelve la mirada.
FRIEDRICH NIETZSCHE
ABRIL DE 1998
Los chillidos la despertaron. La áspera voz de su padre gritaba al teléfono.
—Escúchame. No tenemos días. Tenemos horas.
El cielo negro se colaba por la ventana del dormitorio. Las sombras trepaban por el techo.
—¿No lo entiendes? Está en su mensaje... Mercurio ascendente con el sol.
Caitlin se hizo un ovillo, abrazada a su osito. Sabía muy bien lo que significaba «Mercurio». Significaba linternas y últimas noticias y todo el mundo muy asustado. Una bolsa de esas para meter cadáveres entrando en la camioneta negra del forense. asesino se cobra su octava víctima. Significaba que ya no podías cerrar los ojos, ni volver la espalda. Porque «él» te podía atrapar en cualquier momento, y en cualquier lugar.
—Nos lo está diciendo bien clarito. Volverá a matar cuando salga el sol.
Y papá tenía que parar todo aquello.
Y por eso cada palabra que pronunciaba Mack Hendrix sonaba más furiosa que la anterior. Por eso tenía la camisa sucia y llevaba tres días sin afeitarse, y cuando volvía a casa para estar solo una hora no les prestaba atención ni a la cena ni al partido de los Warriors ni a ella. Por eso iba de aquí para allá y miraba las paredes y chillaba al teléfono.
La puerta de atrás crujió un poco.
—Porque llevo cinco malditos años trabajando en este caso. Y lo sé.
Caitlin salió de la cama y se acercó a la ventana. Papá salió, encendió un cigarrillo y miró al jardín. La luz se reflejaba en su pistola y su placa de detective. Tenía los hombros caídos. Eso la asustó mucho. El viento difuminaba sus palabras.
Salió de puntillas de su habitación. La puerta de la de sus padres estaba cerrada: mamá dormía. Se metió en la cocina, que tenía la ventana abierta, para oír la conversación.
—... trabajamos con pruebas. Seguimos trabajando. De lo contrario, habrá más muertes.
Ella se detuvo. La puerta del garaje tenía una rendija abierta.
La norma era no entrar nunca en el garaje si papá no decía que adelante. Allí guardaba sus archivos, en el banco de trabajo. Toda su información. Pero a veces la dejaba entrar, para que lo ayudara a guardar sus papeles. Notó un nudo en el estómago. Miró de nuevo por la ventana de la cocina hacia fuera, al jardín. El cigarrillo relucía, rojo.
Las respuestas estaban en el garaje. La verdad. Se acercó a la puerta y pasó por la abertura.
Se quedó quieta, descalza, notando el frío del cemento en los pies. Las paredes estaban cubiertas de fotos.
Rostros. Carne. Ojos abiertos. Rajas desgarradas. Sangre. La cabeza le empezó a latir con fuerza.
Una bolsa de plástico encima de una cara que chillaba. Marcas de mordiscos. Perros. Por el rabillo del ojo veía temblar las estrellas. Un corte. Un corte. Él había cortado el pecho de la persona con un cuchillo, una persona muerta, ella está muerta.
Un sonido surgió de su garganta. Él le había hecho un dibujo con cortes a la mujer. Un monigote hecho con palitos. «Eso».
Se volvió en un círculo lento. Vio unos pies que colgaban. Cosido como Frankenstein. Un brazo con palabras grabadas... «Desesperación». Le temblaban las piernas. Los cortes los cortes los cortes. La señal.
Mareada, se volvió. Las fotos parecían atacarla, aullando. «Es un demonio un demonio él él». Se tapó la boca con las manos, pero el sonido era cada vez más fuerte.
Unos pasos resonaron por la cocina. La puerta se abrió de golpe.
—Dios mío, no.
Papá entró deprisa, con la boca abierta, los ojos ardiendo. El sonido salía de la garganta de ella, gritos incontrolables.
La cogió en sus brazos.
—No mires, Caitlin. Cierra los ojos.
Ella enterró la cara en su pecho, pero las fotos aullaban y la arañaban. Sollozó fuerte, agarrándose a él, notando que temblaba. La obra del asesino estaba por todas partes. Mercurio, el mensajero. El Profeta.
Estaban rodeados.
1
EQUINOCCIO
EN LA ACTUALIDAD
Con el arma en el costado, los ojos en la noche, Caitlin se acercó a la casa. La niebla se pegaba al suelo, deslizándose, espesa, más allá de la bahía de San Francisco. Escondía las estrellas, sus rostros, la vista que había más allá.
Subieron en silencio los escalones hasta llegar al amplio porche. El frío de marzo paseaba sus patitas por los brazos de Caitlin. Junto al timbre de la puerta, una pegatina desvaída anunciaba que Jesús era tu Salvador, pero Caitlin no veía prueba alguna de ello.
«Esta noche, no —pensó—. Esta noche Jesús no atiende llamadas».
Se reunieron junto a la puerta. Tras las cortinas corridas se oía el ruido de un televisor. Inteligencia les había dicho que quizás hubiera seis personas dentro. Pero no era seguro.
El corazón de Caitlin latía con fuerza dentro de su chaleco antibalas. Debajo llevaba una camiseta, vaqueros y botas de trabajo. El pelo rojizo lo llevaba metido en una gorra de visera. Sus nervios estaban afinados en una frecuencia superalta, y la adrenalina pasaba a través de su cuerpo como si fuera electricidad estática, esperando la señal.
El responsable de la redada levantó el puño. El equipo se quedó inmóvil.
Ríos era sargento del Departamento de Policía de Oakland, alto y cuadrado como un armario, y vestía equipamiento táctico negro. Miró hacia atrás: Policía de Oakland, Departamento de Policía de San Francisco, condado de Alameda.
En el chaleco de Caitlin ponía: sheriff. Su gorra de visera decía: equipo operativo narcóticos. Todos levantaron los pulgares.
El momento anterior, el de suspense, siempre la agobiaba mucho. La espera era terrible. Esa odiosa incertidumbre. La casa tenía dos pisos, era decrépita y gritaba peligro por los cuatro costados. Caitlin se pegó a la pared de estuco, con la pistola SIGSauer caliente en la mano. A su espalda, un joven ayudante del sheriff de Alameda llamado Marston repiqueteaba con los dedos, aprensivo.
«Vamos —pensó ella—. Quizá Jesús no responda a las llamadas esta noche, pero aquí estamos. Adelante».
Ríos levantó el rifle semiautomático y llamó a la puerta.
—Policía.
Ladró un perro. Se oía el monótono parloteo de la televisión. Ríos echó atrás el arma para llamar de nuevo.
Un disparo de escopeta desde dentro sembró el porche de astillas.
La electricidad estática de los nervios de Caitlin adquirió un tono decidido.
«Allá vamos».
Dentro de la casa se oyeron carreras. Chillidos de hombres. Ríos probó el picaporte. Cerrado. Señaló al cuarto hombre del equipo, un policía de Oakland que llevaba el «Cerdito».
Caitlin se preparó para recibir más disparos. El policía de Oakland, Hillyer, los rodeó y apuntó el Cerdito a la cerradura. Habían cargado la escopeta recortada con munición especial para asaltos. Disparó desde un par de centímetros de distancia. El conjunto de la cerradura salió volando hacia la casa y Hillyer se apartó a un lado. La puerta se abrió de par en par. Era una llave maestra: funcionaba con todas las cerraduras.
Ríos dijo:
—Vamos, vamos.
Con el rifle al hombro, dirigió a la formación y entraron.
La luz era escasa. El suelo estaba alabeado. Entraron en el vestíbulo, tensos pero sin detenerse. Ríos señaló hacia delante y luego a la derecha.
—Derecha, despejado —dijo.
Caitlin fue hacia la izquierda, con la pistola nivelada. Comprobó su zona.
—Izquierda, despejado.
El vestíbulo apestaba a azufre y amoníaco. En la parte de atrás de la casa, un ariete abrió de golpe la puerta trasera.
Marston pasó junto a ella y comprobó su zona.
—Despejado.
Cerraron filas detrás de Ríos, con la mano izquierda en el hombro de la persona que tenían delante, y avanzaron hacia la arcada amplia que conducía al salón. Ríos señaló. «Adelante». Entró.
—¡Suelta eso! —chilló.
Un arma resonó al caer al suelo.
Caitlin pasó tras él. Volvió a comprobar su zona. Ríos chilló:
—¡Al suelo!
Y ella vio por el rabillo del ojo cómo un hombre caía de rodillas.
—Izquierda, despejado —dijo.
Ríos dio una patada a un arma y la alejó del sospechoso, y apuntó con su rifle al hombre mientras Marston y Hillyer entraban en la habitación.
—Todo despejado.
En el vestíbulo se oían gritos de hombres. Pies que corrían de aquí para allá.
Ríos señaló a Caitlin y Marston y luego se llevó dos dedos a los ojos.
—Cocina. Adelante.
Caitlin volvió al vestíbulo. En el extremo más alejado, unos hombres cogían puñados de billetes y huían, con los policías persiguiéndolos. Avanzó hacia la puerta de la cocina, con el arma dispuesta, el dedo en el gatillo. El pulso le latía en los oídos. El chico, Marston, llegó detrás de ella, cerca.
El aliento de él le calentaba la nuca. Él solo medía metro cincuenta y cinco, y ella era, de momento, su escudo. En otra habitación, alguien gritaba y golpeaba una pared.
—¡Despejado! —gritó un oficial.
El hedor a amoníaco le quemaba la garganta. Se detuvo en el umbral, oculta. No se oía nada en la cocina. Marston le puso la mano en el hombro. Ella asintió: «Preparados para despejar la habitación». Él le dio un apretón: «Estaré justo detrás de ti». Se movieron juntos.
Ella se dirigió hacia la puerta con Marston pisándole los talones, y comprobó el hueco entre la puerta y el marco, mirando hacia un lado. Los ojos le latían y la SIG barrió la habitación. De inmediato, se apartó del hueco de la puerta. El conducto fatal, por donde se abren paso la mayoría de las balas.
—Derecha, despejado —dijo.
Marston la rodeó y siguió adelante.
—Izquierda, despejado.
Los platos sucios cubrían la encimera. En la mesa había una contadora de monedas, fajas para billetes de colores y un montón de dinero. Un rastro de billetes de veinte dólares se desperdigaba por el linóleo, a merced de la húmeda brisa que entraba por la ventana. Le habían dado un puñetazo a la pantalla desde dentro. Parecía una vía de escape rápida.
Un escalofrío recorrió los brazos de Caitlin. No le gustaba nada tener detrás de ella el hueco de una puerta. Aunque el equipo había despejado el vestíbulo, una puerta siempre era como una boca hambrienta a su espalda.
Y la ventana se abría a la oscuridad. Vistos desde fuera, Marston y ella eran unos blancos perfectamente iluminados.
Marston tenía los nudillos blancos de tanto aferrarse al arma. Ella esperaba que dijera que todo estaba despejado.
Tras el hedor químico se adivinaba también la peste a sudor. Ella escudriñó la oscuridad exterior, una despensa que había en una esquina de la habitación, y los billetes de veinte en el suelo. A decir verdad, el rastro del dinero no conducía hacia la ventana.
Marston dio un paso hacia la mesa. Fuera, un perro volvió a ladrar.
Caitlin levantó la mano izquierda, el puño cerrado.
«Alto...».
La puerta de la despensa se abrió de repente. Un hombre salió disparado y se lanzó hacia la mesa.
Iba sin camisa y estaba hecho un manojo de nervios. Un cuchillo de carnicero relucía en su mano derecha. Caitlin se giró y lo apuntó.
Marston estaba justo detrás de él, en su línea de fuego.
Chillando, el hombre lanzó el cuchillo hacia delante.
Ella se arrojó hacia él, como si se zambullese, y lo placó a la altura del pecho. Apestaba a sudor agrio. Los billetes de veinte se le escapaban de los bolsillos. Ambos cayeron sobre la mesa de la cocina y se deslizaron por encima de ella. Guiñando los ojos. Los dientes negros. Las manos como garras. Ella aprovechó el impulso y rodó hasta hacerlo caer al suelo con ella. El hombre chillaba como si fuera una alarma de incendios.
Ella lo puso boca abajo y lo sujetó con una llave de muñeca. Le movió la cabeza hacia el linóleo, con la rodilla apoyada contra su codo. Marston estaba de pie a su lado, mirándose el pecho. El cuchillo sobresalía de su chaleco antibalas.
Ríos entró por la puerta con el arma dispuesta. Se detuvo al ver a Marston y al hombre que se agitaba bajo la llave de sujeción de Caitlin, entre platos rotos y billetes arrugados.
Marston se arrancó el cuchillo del chaleco.
—Todo despejado.
Ríos bajó el rifle.
—¿Ese tío ha salido de la tostadora o qué?
Caitlin esposó al hombre y lo obligó a ponerse de pie.
—Es el genio de la meta.
Los ojos de Ríos no transmitían la misma ligereza que su tono.
—Todo controlado —dijo ella.
Marston se tocó el chaleco e hizo una mueca, como si tuviera las costillas magulladas. Ríos le ordenó que pusiera el cuchillo en una bolsa como prueba y que se llevara al sospechoso en custodia. Cuando Marston se alejó, Hillyer apareció en la puerta.
—La casa está despejada —informó.
Caitlin siguió a Ríos al vestíbulo. Los chillidos y carreras habían cesado. Había tres hombres sentados en el suelo del salón, esposados, con las espaldas apoyadas contra la pared. Los oficiales de la policía de San Francisco contaban bolsas de cristal. Ella enfundó el arma y soltó el aire.
Por encima se oía ruido. Todos alzaron la vista hacia el techo.
Ríos señaló a Caitlin y Hillyer.
—Arriba. Dos dormitorios. Adelante.
El ruido que resonaba en la cabeza de ella se aceleraba como una alarma de incendios. No preguntó qué podía haber pasado por alto el equipo. Sacó de nuevo el arma y encabezó la marcha junto con Hillyer por el lúgubre vestíbulo. Notaba el chaleco muy pesado. También la SIG-Sauer, que llevaba agarrada en modo combate, con las dos manos. Al pie de las escaleras, Hillyer le puso la mano en el hombro. «Tranquila». Ambos subieron juntos.
En el piso de arriba, comprobaron el vestíbulo y el primer dormitorio. La puerta del segundo dormitorio estaba entreabierta. Desde dentro llegaban sonidos ahogados. Caitlin levantó la SIG. «No me van a sorprender otra vez. Estaré preparada».
Los sonidos se hicieron más intensos. Casi gritos. Hillyer y ella se detuvieron ante la puerta. Estaban medio ocultos, pero no a cubierto, no si quien estaba dentro decidía dispararles a través del contrachapado. Ella intentó calmar su respiración para que fuese más lenta. Asintió, Hillyer le apretó el hombro, y ella atravesó la puerta de repente, apuntando con la pistola hacia el origen del sonido.
—¡Sheriff! ¡No se muevan!
El chillido era cada vez más intenso. Hillyer pasó a su alrededor, moviendo el arma.
—¡Alto! ¡Alto! —Ella levantó un puño. Cogió el chaleco de Hillyer—. No te muevas. No respires. Quita el dedo del gatillo. —Bajó el arma—. ¡Dios mío!
2
Caitlin cerró la puerta delantera tras ella y pasó el cerrojo. Sus pasos resonaron en el suelo de madera. La luz de una mesita le confería un resplandor ambarino al salón. Fue a quitarse el cinturón de servicio. Los dedos no le obedecían y no podían desabrochar la hebilla. Cerró los ojos y apretó los puños. Al cabo de unos segundos, el temblor cesó. Desabrochó el cinturón y lo dejó caer, resonando, en la mesa de centro.
Tenía los vaqueros rotos y la rodilla hinchada por el golpe que se había dado en la casa de la metanfetamina, en el suelo de la cocina. El pelo rojizo despeinado. Bajo la camiseta blanca, la cicatriz del agujero de bala irregular que tenía en el hombro le dolía. El mundo le parecía brillante y acelerado.
Desde la parte trasera de la casa llegó Shadow corriendo. Con las grandes orejas alerta y la lengua colgando. Caitlin se arrodilló y enterró su cara en el suave y exuberante pelo de Shadow, y dejó que la perra le lamiera la cara. El temblor de sus manos cedió poco a poco.
Se echó atrás y miró los ojos brillantes de Shadow.
—¿Quién es una buena chica?
La perrita ladró y se sentó mientras meneaba el rabo. Era delgada y negra, y tenía las patas blancas. Caitlin le acarició el pelaje y gruñó un poco al reincorporarse.
Siguió a Shadow a la cocina y le llenó el cuenco de agua. La casita destacaba por su calidez en la noche neblinosa. Era una casa de alquiler en Rock Ridge, una casa estilo Craftsman, rodeada por la típica valla de listones de madera. Las colinas de Berkeley se alzaban detrás. El barrio era muy populoso y ecléctico, lleno de abetos y de hiedra desbordada. Eso quería decir que estaba a salvo, más allá de la línea de fuego. Al menos, hasta que la línea de fuego llegase hasta su calle, bajando la colina.
Ya en el dormitorio, se quitó la SIG y la guardó en la cómoda. Se desvistió y se duchó para desprenderse del aroma de la metanfetamina y la tensión de los hombros. Se estaba poniendo unos vaqueros limpios y una camiseta cuando oyó un golpecito en la puerta delantera y una llave que giraba en la cerradura. Entreabrió la puerta y vio a Sean Rawlins cruzando el vestíbulo para dirigirse a su encuentro. Soltó el aire.
Sean acababa de salir de una guardia. Caminaba a pasos largos y lentos, sin quitarle ojo de encima, con las botas resonando en el suelo. Tenía el pelo oscuro alborotado por el viento. Ojos castaños de mirada intensa. Su tatarabuelo había cabalgado con los apaches chiricahua en la sierra Madre, y Caitlin pensaba en aquella mirada como la mirada guerrera de Sean. Esa mirada que decía «no intentes joderme» y que dedicaba a los sospechosos y a los vendedores de coches. Lo consideraba el hombre más guapo que había visto en su vida.
Una sonrisa acompañó aquella mirada. Él levantó una botella de tequila.
Ella se echó a reír, cogió la botella y dio un buen trago. Le ardía el pecho. Respiró con fuerza.
—Perfecto.
No bebía en días de diario, excepto en vacaciones, cuando había partido de los Warriors y cuando había tiroteos.
—Hay más —dijo él.
—Pues mejor.
Él la empujó desde el vestíbulo hasta la cocina. En la encimera, dejó una bolsa de papel marrón de una taquería del barrio.
—Alabado sea Dios —entonó Caitlin.
No se molestaron ni en sacar platos, sino que se comieron los tacos de pie, inclinados encima de la isla de la cocina y derramando la salsa pico de gallo.
—Y hay algo más —añadió él.
—¿Me ha tocado la lotería?
—Sales en las noticias.
La voz de él, por lo general fría, denotaba algo de emoción. Puso en marcha un vídeo en su móvil.
—Lo último que esperaba es verte salir de una casa de meta con un bebé en brazos —dijo él.
—Nunca se sabe lo que hay detrás de la puerta número tres.
La pantalla se iluminó. Era un avance informativo y, en efecto, ahí estaba ella.
Quizás el Equipo Operativo de Narcóticos había alertado a los medios sobre la redada. Quizás alguien había denunciado que se habían oído disparos. Se olvidó de la comida, fascinada mientras se contemplaba a sí misma como si fuera una extraña.
Salía de la puerta principal de la casa de la meta, con un bebé llorando entre los brazos. En pantalla, parpadeaba como si la hubieran cogido por sorpresa. Y así había sido.
Cuando pasó junto a la puerta del dormitorio de arriba, en la casa de la redada, estuvo así de cerca de disparar. Notaba todavía la presión de su dedo en el gatillo al entrar en la habitación, gritando... y callar de repente.
Fue al ver al bebé, una niña de solo unos meses de edad, que intentaba salir dando patadas de debajo de las mantas raídas que se amontonaban en el suelo. Por la ventana, abierta de par en par, entraba el aire frío. Los diminutos puños estaban apretados junto a su carita roja, y las piernas gordezuelas daban patadas sin parar. Caitlin enfundó el arma y la cogió en brazos. Asombrada.
Igual de asombrada se la veía en el vídeo. «Todo controlado», le había dicho a Ríos. Y una mierda.
—Era muy pequeñita, pero muy luchadora. Espero que eso sea buena señal —dijo.
—Siempre —repuso Sean—. Tanto si mides medio metro como si mides dos metros.
Ella le dirigió una mirada apreciativa, apagó el teléfono y se vio a sí misma reflejada en la ventana. Los ojos demasiado ardientes. Cogió la botella de tequila y dio otro trago. Quemaba menos que el primero.
Le pasó a Sean un brazo por la cintura, y señaló la placa de la ATF, la agencia estatal encargada de asuntos de alcohol, tabaco, armas de fuego y explosivos, que él llevaba colgando de una cadena en torno al cuello.
—Tu turno ha terminado —observó.
Se la quitó y la dejó en la encimera. Después levantó a Caitlin en volandas y también la sentó encima de la encimera. Ella lo acercó a su cuerpo. Él olía a jabón y a aire libre.
—¿Tienes algo más para mí, esta noche?
Él sonrió, y parecía una promesa muy pícara. Ella se echó a reír. Los restos de estrés se evaporaron. Lo besó. Luego lo abrazó y lo besó un poco más. Él le pasó los dedos por el pelo, echó la cabeza de ella hacia atrás y le besó el cuello.
Unos faros iluminaron la ventana. Ella se bajó de la encimera, agarrándose a él, y fue a cerrar los postigos. Se oyó una portezuela de coche que se cerraba.
Se quedaron parados. Volvieron a la ventana. Fuera, un coche del sheriff del condado de Alameda acababa de aparcar junto a la acera.
Se miraron el uno al otro. Un coche policía nunca era buena señal, ni siquiera en la casa de un policía. Llamaron con fuerza.
Ella abrió la puerta. La noche era fría.
El oficial de paisano que tenía ante ella parecía como muchos policías ancianos que se aferran al trabajo hasta que alguien les dice que ya es hora de jubilarse. Mejillas hinchadas, hombros caídos. Su expresión seria decía que pasaba algo realmente malo.
—Detective Hendrix. Necesito que venga conmigo.
El viaje fue muy largo, de una hora nada menos. Salieron de la ciudad y se internaron por el campo, que estaba a oscuras. Nadie hablaba. Los faros fueron barriendo campos vacíos hasta que doblaron un recodo junto a una frenética burbuja de rojo y azul. El tramo de carretera donde se detuvo el coche estaba desierto. Las luces que relampagueaban iluminaban unos maizales. Un helicóptero de la policía pasaba por encima. Una docena de policías estaban en movimiento en el terreno.
Caitlin bajó del coche. El viento era frío. El cielo nocturno estaba despejado. A dos pasos del coche, notó que la tensión era grande.
Reconoció al hombre que la esperaba en el arcén. Iluminado por detrás por las luces que giraban, con el abrigo aleteando en la corriente de aire producida por el helicóptero, el sargento superior de Homicidios Joe Guthrie la vio acercarse. Con los brazos en jarras. El aliento humeante. Esbelto y seco, con los ojos hundidos y oscuros, parecía alerta y agudo como un zorro. Tenía fama de investigador metódico, un hombre que iba buscando las debilidades con enorme paciencia y, cuando las encontraba, te desgarraba la garganta. La miró atentamente, mientras ella se acercaba a él. La sopesaba. Ella respiró hondo y le devolvió la mirada.
—Tiene que ver una cosa —dijo él.
Caitlin comprendió sin apenas margen de duda qué era esa cosa. Firmó el registro de entrada al escenario del crimen y se preparó. Había visto cadáveres antes, en la sala de autopsias y en el escenario de colisiones frontales, y en el suelo de sucias cocinas, un marido sangrando por una herida de cuchillo mientras su mujer luchaba por quitarse las esposas, gritando: «¡Se lo merecía, el muy cabrón!». La muerte adoptaba innumerables formas, y ella podía enfrentarse a todas ellas.
Apartaron los tallos en el maizal hasta llegar a un pequeño claro. Los focos del helicóptero pasaban por encima de ellos. Guthrie se apartó a un lado para enseñarle lo que se encontraba en el centro del claro.
Era una mujer joven. Tenía la piel blanca como el papel, y el pelo apelmazado y rojo por la sangre seca. La habían estrangulado.
El látigo le había arrebatado la vida, atado muy tirante en torno a su cuello. Unas marcas de azotes rojas le atravesaban la cara y el rostro, como rayas feroces. La blusa, cortada por el látigo, estaba abierta, y mostraba el símbolo que le habían incrustado en el pecho con unos clavos brillantes.

Caitlin se apartó y se dobló en dos. Se contuvo y se quedó allí un buen rato, con las manos en las rodillas y los ojos cerrados. Tenía que hacer un esfuerzo y respirar.
—Detective —dijo Guthrie.
La voz le llegaba como si viniera desde un pozo de treinta o cuarenta metros de hondo. La noche olía a tierra y a hierro.
«Es imposible —se dijo a sí misma. Pero notaba como si todas las pesadillas que había tenido en su vida cobraran vida de repente, rugiendo—. Desapareció hace muchos años. Hace décadas».
Abrió los ojos y se volvió para verlo de nuevo. Para probarse a sí misma que era real. Ese mismo símbolo, grabado en la carne de otra víctima. Su símbolo. Su locura.
El Profeta.
La cara de la víctima estaba llena de polvo y veteada de lágrimas secas. Los finos hilos de sangre que corrían desde los clavos significaban que todavía estaba viva cuando se los clavaron. No debía de tener más de veinticinco años.
Caitlin miró los ojos muertos de la mujer. De un azul liso. Notaba que Guthrie estaba de pie junto a ella. La examinaba muy de cerca. Vigilaba su reacción. Ella cerró los ojos para no ver el rostro de la víctima, pero un efecto visual la había dejado grabada en sus retinas. Se le cerró la garganta, y un dolor lleno de aturdimiento se abatió sobre ella. Luchó para dominarlo. Todo, hasta poder hablar de nuevo.
—¿Dónde está el otro cuerpo?
—Mire, no sabemos si es él —dijo Guthrie—. Podría ser un imitador...
—¿Él ha llamado por teléfono a la familia?
—Así hemos sabido dónde encontrarla.
«Deja eso —pensó ella—. No pienses ahora en su familia. Concéntrate en el escenario».
Pero no podía. Le volvía de nuevo todo lo que sabía del Profeta. Que cogía dos víctimas a la vez y las colocaba en escenarios grotescos, como si fueran maniquíes en unos escaparates infernales. La forma que tenía de grabarles en la carne su firma: el antiguo signo de Mercurio, mensajero de los dioses, guía hacia el inframundo. En una víctima lo marcaba con un cúter y vertía mercurio líquido en la herida.
—¿Dónde está la nota? —preguntó.
Guthrie dudó.
—Siempre había una nota —dijo.
Guthrie llamó a un oficial cercano, que trajo una bolsa de pruebas. El oficial la levantó y se la enseñó a Caitlin. Detrás de la gruesa tira de cierre roja, dentro del plástico transparente, se encontraba una hoja de papel blanco. Caitlin leyó el mensaje escrito a mano.
Años y años pasaron, y pensasteis
que me había ido. Pero el cielo y el infierno dan muchas vueltas, ángeles caen, el mensajero desciende y
esa insolencia vuestra hace mucho daño, se acaba vuestro desafío. Por mucho que gimáis y os enfurezcáis,
trae gran dolor el equinoccio.
Es como un huracán que golpea. Temblad: no podréis ocultaros.
Lo leyó despacio, dos veces, forzando las palabras para evitar que se agitaran ante su campo de visión. El viento la dejaba helada. «Trae gran dolor el equinoccio».
Era él.
—Esta es la primera noche de primavera. El equinoccio vernal —dijo ella.
Todos los que vivían en la Zona de la Bahía entre 1993 y 1998 sabían lo que eso significaba, porque la noticia había aparecido en las portadas de todos los periódicos, y en todos los noticiarios.
Once asesinatos, todos sin resolver.
Un sospechoso desconocido al que llegarían a apodar «el Profeta». Consiguió que las mujeres se quedaran en casa, en lugar de salir solas. Que los padres hicieran entrar en casa a sus hijas antes de oscurecer y las encerraran dentro.
Hasta que desapareció.
«No podréis ocultaros». Caitlin leyó de nuevo la nota, notando la mirada de todos los oficiales que estaban en el maizal. Todos la contemplaban.
—La segunda víctima —dijo.
—Por eso tenemos el helicóptero aquí. No hemos encontrado a nadie.
Desde la carretera, otro detective hizo señales a Guthrie. Allí había aparcado un coche, un periodista. Un hombre con el pelo lacio y gris, que intentaba pasar entre los ayudantes del sheriff y llegar a la escena. Guthrie se alejó, con la cabeza gacha, sin decir nada más.
Caitlin miró el maizal. Su aliento se congelaba en el aire de la noche, iluminándose a la luz de las sirenas que relampagueaban. Los tallos rozaban al dar otra pasada el helicóptero.
Ella iba repitiendo las frases de la nota mentalmente. «El cielo y el infierno dan muchas vueltas». Miró el largo surco de tierra negra que estaba entre las hileras de plantas de maíz. «Esa insolencia vuestra». El surco arado corría hacia un punto en el horizonte, y más allá, hacia la oscuridad.
Cogió la linterna que llevaba en el cinturón. Unas gomas elásticas del bolsillo de sus vaqueros. Se las pasó por la puntera de las botas para identificar sus pisadas. Los pies silenciosos en la tierra blanda, fue siguiendo el surco. Despacio. Paso a paso, dirigiendo el haz de su linterna por delante, comprobando cada centímetro de tierra en busca de huellas de pies o signos de alteración. Al final, tranquilizando su aliento, escuchó la noche. Todas las voces habían quedado tras ella. Por delante solo estaba el viento y las plantas de maíz, rozándose entre sí.
Al final de la hilera hizo una pausa. ¿Qué dirección seguir?
Podía dirigirse hacia la carretera o bien hacia el campo. Si todo aquello era un juego, ¿cómo lo habría imaginado el Profeta?
Le gustaba hacer exámenes, provocar. Era tanto un hacha sangrienta y roma como un pincho muy agudo. Ella se lo imaginaba dejando caer el cuerpo de una víctima en la línea central de una carretera rural. Sería descarado y grotesco... uno de sus estilos favoritos. Pero si hubiera hecho eso, aunque fueran las dos de la madrugada, el enjambre de vehículos del sheriff y el helicóptero que pasaba sin parar lo habrían descubierto.
Y un rastrillo había preparado este terreno. Dio la vuelta al extremo para seguir el siguiente surco, adentrándose más en el campo.
Donde acababa el surco volvió a dar la vuelta, internándose más entre el maíz. Las voces de los detectives y los polis de uniforme, el ronquido de las radios de los policías, el gemido del motor del helicóptero se fueron alejando. La oscuridad susurrante creció a su alrededor.
Entonces, al final de aquella misma hilera, su linterna captó un leve brillo entre la tierra. Se quedó completamente quieta. Intentó asegurarse de que lo estaba viendo de verdad.
Un rastro de un líquido plateado formaba una flecha al dar la vuelta el siguiente surco.
Brillaba bajo la luz de la linterna. Estaba claro. El líquido yacía en la tierra sin empaparla, sin tocarla siquiera, al parecer. Bajo el brillo de su linterna, era un espejo movible, que se agitaba. Azogue. Mercurio.
—¡Guthrie!
Sacando el arma, dio la vuelta al extremo final y pasó entre los tallos.
La segunda víctima yacía allí delante. La sangre seca manchaba los clavos de plata que le habían metido en el pecho.
Mientras apartaba a los lados los tallos del maíz, Guthrie vino corriendo. Quedó a la vista, a su lado, y se detuvo muy cerca.
Dejó escapar un uh duro e involuntario. Se quedó mirando un buen rato, y luego llamó a gritos a los médicos forenses.
—Ha interpretado el código del mensaje —le dijo a ella.
Ella asintió. No podía apartar la mirada del joven tirado en el suelo.
—¿Es él de verdad? ¿Es posible? —dijo Guthrie.
«Cualquier cosa es posible con el Profeta». Ella se quedó mirando el rostro de la víctima. La cabeza echada hacia atrás. Los brazos muy abiertos, una postura de crucifixión. Llevaba un ángel aterrador tatuado en el antebrazo.
—Ojalá no lo fuera —dijo ella.
Guthrie miró a la víctima largo rato. Cuando habló, sus palabras salieron forzadas.
—Tengo que hablar con su padre.
—No.
Sonaba más abrupto de lo que le habría gustado.
—Es importante.
—No es buena idea. Dejémoslo fuera de esto.
—Nos ayudaría mucho.
Ella sacudió la cabeza.
—Hablar con él no servirá de nada. Y el hecho de que yo vaya no ayudará. Olvídelo.
—Vamos a hablar con él con o sin usted. Con usted sería mejor.
El viento alborotó el pelo de Caitlin. La oscuridad parecía susurrarle.
Guthrie volvió la cara hacia ella.
—Su padre estaba a cargo de la investigación. Su compañero ha muerto. No queda nadie más.
3
El coche de Guthrie atravesó Oakland por una autopista vacía, con los faros asaeteando la oscuridad, y los neumáticos zumbando una letanía en los oídos de Caitlin: «No, no, no». El horizonte estaba manchado de gris hacia el este. En el asiento trasero había un abultado expediente. Caitlin estaba familiarizada con su contenido, porque lo había visto antes.
—Este caso... —Guthrie conducía con una sola mano, y se frotaba la mandíbula con la otra—. Lleva veinte años inactivo. Más frío, imposible.
Caitlin se acurrucó contra la portezuela, absorbiendo las ráfagas de aire de la calefacción. Pensó que Guthrie trataba por todos los medios hacerla sentir culpable para que lo ayudase en esa expedición.
Él le echó un vistazo.
—Casi todos los testigos han muerto, y la mitad de las pruebas han desaparecido.
—¿Perdidas? ¿Robadas?
—La gente se lleva recuerdos... Es repugnante, pero ¿acaso te sorprende?
El enfado apenas le duró unos segundos. Claro, la gente se lleva recuerdos. Un asesino en serie de la... ¿cómo podríamos llamarlo?, ¿altura, enormidad?, del Profeta... La gente quería un recuerdo suyo. Querían tocar un cable eléctrico y notar la corriente que pasaba por él. Sin quemarse, claro.
Se sentía mareada hasta la médula.
El escenario del crimen en el maizal era una zona rural no incorporada. Por eso la llamada había llegado a la oficina del sheriff de Alameda.
Ese era su método. Siempre lo había sido. El Profeta era astuto y estaba bien informado. Como otro infame asesino local, el del Zodíaco, perpetraba sus crímenes a lo largo y ancho de la Zona de la Bahía. Eso significaba que participaban múltiples departamentos de seguridad del Estado. Cada uno con su propio territorio que custodiar, su propia reputación en juego. La comunicación fue muy irregular. Las pruebas y líneas de investigación se superpusieron o se olvidaron, y no se compartieron. No había ni un solo archivo centralizado sobre el Profeta, porque media docena de departamentos de policía y del sheriff habían investigado cada uno por su cuenta. La enorme carga de trabajo, la presión y las rivalidades condujeron a errores.
«No es un imitador».
Guthrie la miró.
—¿Qué es eso que hemos visto?
—Creo que es él.
Clavó la mirada antes de que la bahía apareciera ante ella. El puente de la Bahía surgió, gracioso y curvado, con sus altas torres iluminadas de blanco ante el cielo que precedía al amanecer. Más allá, los rascacielos de San Francisco trepaban por las colinas y se reflejaban con ecos dorados en las aguas negras.
«La gente no lo sabe —pensó Caitlin—. La pesadilla de esta ciudad ha vuelto y la gente no lo sabe».
El sol irrumpió por encima del horizonte cuando cruzaban el puente. Se dirigieron al sur, hacia Potrero Hill, a través de unas calles muy empinadas, repletas de bloques de pisos y casas de madera de estilo victoriano. Las viviendas parecían más destartaladas y descuidadas a medida que iban pasando manzanas. Ya se veía gente caminar hacia la parada del autobús, con las manos bien metidas en los bolsillos del abrigo.
Guthrie dio la vuelta a una esquina y Caitlin señaló:
—Allá arriba, a la derecha.
Aparcaron en la calle, frente a una casa de huéspedes pintada de un color verde espuma de mar bastante feo. Era una casa victoriana que habría costado una fortuna en aquella parte de San Francisco, que ya se estaba gentrificando, de no ser por la pintura descascarillada y los cubos de basura desbordantes. La calle estaba muy inclinada hacia las aguas de la bahía, que se veían llenas de cabrillas blancas y doradas, a la luz del sol.
La vista era espectacular. Pero estaba a un mundo de distancia del cuidado rancho en Walnut Creek donde vivía de niña. Por suerte, Guthrie no dijo una palabra.
Dentro de la casa, desde una ventana saliente que ardía con el sol matinal, una figura los observaba, oscurecida por el resplandor. Cuando subieron los escalones se abrió la pesada puerta delantera.
Mack Hendrix estaba de pie en la penumbra del vestíbulo. Caitlin levantó una mano a modo de saludo.
Mack mantuvo la mano en el picaporte, como si quisiera darles con la puerta en las narices. Se le veía muy desmejorado y macilento, con el pelo muy corto, blanco y erizado. La camisa de franela azul le quedaba tirante por los hombros. Caitlin se preguntaba si habría vuelto a trabajar de temporero en la construcción. Tenía los ojos despejados. Llevaba una taza en la mano que olía a café, no a whisky.
—Detective Hendrix... —lo saludó Guthrie.
—Ya no soy detective. —Mack miró el expediente que llevaba Guthrie en la mano, y luego a su hija—. ¿Por qué has venido?
No era una pregunta y Caitlin lo sabía. Era un reto.
Guthrie subió hasta el umbral.
—Tenemos dos muertos. Un hombre y una mujer.
Mack no le hizo ni caso. Miró a Caitlin, quien comentó:
—Es él. Es el Profeta.
Mack se quedó quieto un momento, tan inexpresivo como un bloque de cemento. Luego se volvió y se introdujo en la penumbra del vestíbulo; dejó la puerta abierta.
La mandíbula de Caitlin se tensó. Guthrie y ella siguieron a Mack por el recibidor hasta el salón. La casa olía a comida frita y a ambientador, como el baño de un McDonald’s.
Guthrie le tendió el grueso expediente.
—Este es su archivo del Profeta. Su libro de asesinatos. Todo lo que sabe.
Mack caminó de lado hacia la ventana saliente y miró hacia fuera. Parecía vibrar, iluminado a contraluz por el sol estridente.
—No está nunca todo en el expediente. Él no está en el expediente. Él...
Agitó una mano como si el humo formase volutas en el aire, y se apretó el puño contra la frente.
—Justo por eso lo necesitamos —objetó Guthrie, pero Mack hizo como si no lo viera.
Caitlin notaba que la electricidad estática llenaba la habitación. Había que respetar unos ritmos y unos tempos si querían que Mack se concentrara. El problema era que esos tempos y esas normas cambiaban a su capricho. Y nunca sabías qué lo haría saltar. No llevaban allí ni minuto y medio, y ella ya veía avecinarse una tormenta.
—Deme todo aquello que no puso en el expediente —dijo Guthrie—. Impresiones. Pálpitos.
Mack negó con la cabeza. Caitlin sabía que detrás de sus ojos había empezado a proyectarse una película.
—¿Cuál es su victimología? —preguntó Guthrie—. ¿Qué significa para él el símbolo de Mercurio? Tenemos que ponernos al día rápidamente.
—No puedo ayudarlo.
—Entonces, sus notas privadas. Trocitos de papel. Apuntes. Post-its.
—Los quemé. Los destruí todos. —Mack arrojó una mirada a Caitlin, miró al suelo y luego se volvió hacia ella—. Este caso te arruinará la vida. Aléjate de él como del demonio.
Saltaron los plomos. Pero no los de Mack, sino los suyos.
—Qué fácil te resulta decirlo ahora —le reprochó.
Mack se inclinó hacia ella e hizo señas de unas comillas imaginarias.
—«Sueños de dominio y control contrastan con las inadecuaciones internas del asesino». —Su voz se volvió insistente—. Dominio y control. Dominio y control. Te lo dije, los asesinos en serie nunca lo dejan.
—¿Y eso es todo? ¿Recitar su perfil? Vamos...
Guthrie abrió el expediente.
—Usted advirtió de que la cosa iría a más. Lo supo al leer su carta. —Pasó el dedo por la nota—. «Mercurio habla a través del cielo. Controla lo vertical. Controla lo horizontal. Él...».
—¿Cree usted que yo descifré su plan solo leyendo esa carta?
A Mack le latía una vena en la sien.
—«Asciende con el sol. Y, ¡después de la publicidad!, vencerá. Sintoniza para oír su mensaje, en el número siete del dial». Con esto dedujo su calendario. ¿Cómo?
—Con mi Anillo Descodificador del Profeta. El cable de mi cabeza que sintoniza Radio Satán.
Caitlin cerró los puños y los volvió a abrir.
Mack extendió las manos. La taza de café temblaba.
—Ascender, Mercurio, siete. Un mapa celeste mostraba a Mercurio elevándose en el horizonte siete grados al sudeste del sol, la mañana del 18 de abril. —Lanzó a Guthrie una mirada feroz—. Iba a matar ese día. Todo el mundo tendría que haberlo visto, y no solo el Capitán Loco.
—Papá, basta —lo cortó Caitlin.
La sonrisa de él era cortante.
—Ayúdame, basta... Decídete.
Ella se clavó las uñas en las manos.
—Va a matar otra vez. Quizás el 18 de abril. Faltan menos de cuatro semanas.
—O no. Tiene paciencia. Veinte años... Es capaz de esperar más que la propia muerte.
En una mesita de centro, Guthrie extendió unas fotos tomadas en el escenario del crimen del maizal.
—Ya no espera más.
La boca de Mack se movió en silencio; apenas un instante. Una luz salvaje relució en sus ojos.
Guthrie se volvió hacia él.
—¿Odia a ese tío? Ayúdenos a atraparlo.
Mack dejó escapar un rugido y arrojó la taza a través de la habitación. Se rompió contra la pared. El café se desparramó.
—¡No me enseñe esa mierda!
Las manos temblorosas se cerraron, los puños tensos, y se puso en guardia ante Guthrie. Caitlin saltó entre ellos, apretó las manos contra el pecho de su padre y lo empujó hacia atrás.
—¡Por el amor de Dios! Esto no tiene nada que ver contigo. ¿Puedes centrarte por un minuto y recapacitar? —lo sermoneó.
Una mujer que iba en albornoz y mocasines apareció en la puerta. La dueña de la casa, a juzgar por la cara que puso.
—Mack... —comenzó.
Él no respondió. Retrocedió para alejarse de Caitlin. Respiraba con fuerza y se rascaba los antebrazos.
—No se preocupe —se excusó Caitlin—. Yo lo limpiaré y pagaré la taza.
La mujer murmuró algo y se alejó arrastrando los pies por el vestíbulo.
Mack se quedó mirando las fotos del escenario del crimen, repartidas aquí y allá. El dolor oscurecía su cara. Caitlin sabía cuál era el terrible espectáculo que se proyectaba en su cabeza. El último día. El cementerio. Seguía rascándose los brazos. Se levantó las mangas y se clavó los dedos en la piel.
Caitlin dio la vuelta para enfrentarse a él.
—Las últimas víctimas. La mujer y el hombre —«los chicos», pensó—, en el maizal. Estaban vivos cuando los claveteó.
El pecho de Mack subía y bajaba.
—Ya sé adónde quieres ir a parar. Quieres detener lo que yo no pude detener. Hacer las cosas bien. Si crees eso, él ya se habrá cobrado su siguiente víctima.
Ella enrojeció.
—No importa por qué lo hago. Necesito una ventaja. Ayúdame.
Le lanzó una mirada despiadada.
—Me estás pidiendo que te ayude a hacer de policía. Caitlin Rose, ya no tienes nueve años. No seas patética.
Las palabras le sentaron como un jarro de agua fría. Él se inclinó, pronunciando con cuidado cada palabra.
—Aléjate de este caso. Huye de él. Ni se te ocurra cogerlo.
Ella lo miró. Allí donde habían quedado al descubierto sus antebrazos, se veían unos tatuajes. Él retrocedió.
—Sal de aquí. Vete.
Caitlin retrocedió también.
—Sargento Guthrie, hemos terminado aquí.
Salió por el vestíbulo sin mirar atrás. La sangre le latía con fuerza.
¿De dónde habían salido esos tatuajes? ¿En qué estaba pensando aquel hombre?
Mack solía llevar manga larga. Al igual que ella, cuando estaba de servicio, porque también tenía los brazos marcados. Pero ese tatuaje... en el brazo derecho, Caitlin. Eso la había dejado muy afectada. Confusa. Pero no tanto como el tatuaje del brazo izquierdo.
Era el símbolo de Mercurio. ¿Qué demonios le estaba pasando?
4
Caitlin bajó corriendo los escalones de la casa de huéspedes hasta la calle, y se puso las gafas de sol para ocultar los ojos. En la puerta, detrás de ella, la casera se embolsó el dinero que ella le había ofrecido para pagar la taza y la limpieza de la alfombra. La mañana vibraba con la luz del sol. No eliminaba el frío, pero añadía un rumor, un zumbido detrás de sus ojos. Una migraña amenazaba con aflorar. Llevaba toda la noche levantada, y el cansancio le resultaba insoportable. Sabía que tenía la cara muy roja.
Guthrie estaba al teléfono, apoyado en el coche, de espaldas a ella. En un segundo se dio cuenta de que hablaba con el teniente de narcóticos de ella.
—... pérdida de tiempo —decía Guthrie—. Hendrix es un caso perdido.
Ella dudó, y avanzó con paso titubeante. Esa costra que siempre acaba arrancada.
Siempre sería así. Caminó hasta el coche. Guthrie la miró, algo violento, y puso fin a la llamada. El aire ahora parecía caldearse.
—Sargento, quiero trabajar en esta investigación —declaró ella.
Él apartó su teléfono.
—¿Quiere que la destinen a Homicidios?
—De inmediato.
Él la examinó de nuevo, sin disimulos, de pies a cabeza.
—¿Sabe lo verde que está?
—Puede mirar mi expediente.
Sabía lo que encontraría en él. Edad, veintinueve años. Siete años de patrulla. Recibió un disparo en el hombro durante el atraco a un banco. Solo seis meses como detective, pero en su primer caso en Narcóticos consiguió detener al Pirómano de la Casa de Cristal, un traficante de meta que pegaba fuego a los laboratorios de droga de los rivales.
Guthrie siguió mirándola. Había que olvidarse del orgullo por su trabajo. Olvidarse de su juramento como oficial. Ahora, al parecer, su único mérito se reducía a ser la hija de papá. Pues bien, que así fuera.
—Sí, estoy muy verde, es cierto. Pero tengo algo que nadie más puede darle. —Señaló hacia la casa de huéspedes—. Sus conocimientos.
Guthrie sonrió lentamente.
—¿Puede mantener los ojos abiertos y la cabeza baja mientras aprende cómo funciona una investigación de homicidio?
—Puedo hacer lo que sea necesario.
Él frunció los labios. Parecía preocupado, pero quizás estuviera dispuesto a darle una oportunidad.
—Su teniente decía lo mismo por teléfono, ahora mismo. Se está gestionando su traslado.
A ella se le aceleró el corazón.
—¿Y por dónde empiezo?
—Con los archivos de los casos antiguos.
El viento cambió y le alborotó el pelo alrededor de la cara. Parecía girar en un gran arco a través de la bahía.
El Profeta andaba por ahí fuera. Recreándose, rabiando, planeando.
«Mack está equivocado —pensó Caitlin—. Vamos a detenerte de una puta vez, eso seguro. Vamos a por ti, hijo de puta».
—Claro, jefe —dijo.
Sean la esperaba cuando entró por la puerta. Estaba a punto de irse a trabajar, con la placa alrededor del cuello y la Glock 22 metida en la funda, junto a la cadera. El sol entraba a raudales por las ventanas de la cocina. Él le sirvió una taza de café, pero ella la dejó en la encimera y enterró la cara en el pecho de él.
Él la rodeó con los brazos. Se quedaron ahí estrechamente abrazados durante un minuto entero. Él no dijo nada. Se daba cuenta.
—Esta vez —dijo ella obligando a su incertidumbre a convertirse en un juramento—, esta vez lo vamos a detener.
—Si necesitas algo, Cat...
Ella lo apretó más fuerte aún.
—Eso es todo. Tenemos que detenerlo. Es nuestra única oportunidad.
Él se echó un poco atrás, la miró a los ojos y asintió. De policía a policía.
El agente especial Sean Rawlins llevaba dos años con ella. Comprendía por qué el Profeta era un nombre que ella no mencionaba nunca. Sabía que era el veneno que había abierto un agujero en su vida, que había hecho de ella una marginada, de niña, y que la había llevado a convertirse en oficial de policía. Sabía cómo le estaba afectando todo aquello.
—Lo que le ocurrió a mi padre no me va a pasar a mí —declaró ella—. El caso es el caso. Mi vida es mi vida. No se mezclarán nunca.
—Te tomo la palabra.
—No te preocupes.
La preocupación en el rostro de él no hizo más que acentuarse.
Sabía que cuando ella solicitó entrar en la academia, escribió unos propósitos en un cuaderno: «Dedicación. Persistencia. El trabajo se queda en la comisaría». Este último era más fácil decirlo que hacerlo.
—Lo juro —dijo ella.
Él no quería expresar ningún miedo, pero le cogió la cara entre las manos.
—Ten cuidado.
—Comparado con Narcóticos, Homicidios es un jardín zen. Los detectives apenas tienen que saltarse los límites de velocidad.
—En este caso, no.
Al igual que muchos policías, Sean veía el mundo como un lugar peligroso, donde con suerte podía hacer lo justo para mantener a salvo a las personas más importantes de su vida: Caitlin, su hija de tres años y su exmujer. Tocó el hombro de Caitlin, donde ella había recibido el balazo unos años antes. Luego le puso la mano en el corazón.
—Cuidado. ¿Me oyes? —le dijo.
Ella asintió. Lo tenía. «Y te tengo a ti también, gracias a Dios».
—Sí. Y ahora tengo que ir a la comisaría.
A las cuatro de la tarde, las aulas del Instituto Sequoia estaban muy tranquilas. Los autobuses habían arrancado ya. Algunos miembros del equipo de atletismo estaban entrenando, y se oía el coro a capela. Pero el cuidado campus de las afueras de Pleasanton se estaba vaciando. Apenas rondaban por allí algunos profesores y conserjes.
En su clase de matemáticas, Stuart Ackerman recogía las cosas tras la jornada laboral. Borró la pizarra, haciendo una pausa al llegar a una ecuación algebraica que algunos chicos de noveno habían escrito cuando él no miraba. 100c × 100c = 200dd. Los ceros se habían convertido en tetas muy abultadas, completando la broma.
Qué descarados. Pero al menos los chicos mostraban interés.
Borró el dibujo casi con pena. Conocía a muchos tíos de su edad, treinta y tres años, cuyo sentido del humor no habría soportado ese tipo de cosas. Él mismo intentaba ser un adulto de verdad. Con la camisa bien abrochada y pantalones de tela, y corbata, excepto los viernes. El pelo corto, aunque con un corte moderno (su madre se lo había asegurado) y una barba de pocos días muy hipster de la cual la administración de la facultad nunca se quejó, gracias a los resultados de los alumnos en los exámenes. Metió un montón de trabajos en su maletín. Tenía los antebrazos estupendos, decidió. Tres días en el gimnasio y ya lo notaba. Bien.
Estaba de un humor primaveral. Se acercaba el fin de semana de Pascua.
Cerró el maletín y cogió las llaves. Tocó el teléfono móvil: se había quedado sin batería. Miró el ordenador del escritorio. Los dedos le cosquilleaban. Estaba prohibido su uso personal. «Borrar historial» estaba deshabilitado. La universidad podía rastrear todas las webs que visitara.
Pero se sentía bien. Afortunado. Se sentía... «Va, por favor, por favor...».
Solo una vez, decidió. Bueno, solo una vez más. Solo un minuto. Se inclinó sobre el teclado y ah, qué rápido, comprobó una web.
Hola, chico.
Tenía un mensaje privado de Starshine69.
Se sentó. Vaya foto.
Un breve parpadeo en la pantalla. Levantó las manos del teclado, preguntándose si habría algún contacto suelto o si la señorita Lovado, de la oficina del vicerrector, estaría espiándolo en secreto, encorvada en su pequeño cubículo como un gnomo del KGB. La pantalla se despejó.
El mensaje de Starshine decía:
Parque Silver Creek, mañana a las 9 de la noche.
Él respondió sonriendo:
Dispuesto para el jaleo.
Fuera, balanceó el maletín y apuntó con desparpajo el llavero hacia su coche, como un James Bond que desenfundara con rapidez. Sentía casi vértigo al subirse a su Toyota Sentra.
Al cerrar la puerta del conductor, captó otro parpadeo. Frente a él, al otro lado de la calle, un todoterreno negro avanzaba al ralentí. El conductor llevaba unas gafas de sol... ¿o eran prismáticos?
El todoterreno se alejó.
Ackerman salió al tráfico tras él. Desechó la extraña sensación. Fight Song. Subió el volumen y acompañó la canción. Qué sincronización más perfecta. Qué buena señal.
5
La comisaría de policía de Briarwood se encontraba situada entre dos parques empresariales en una amplia calle de las afueras. Caitlin entró en el aparcamiento a las siete y media de la mañana. Cerró la puerta de su Highlander y se dirigió a pie hacia el edificio. Se había levantado algo de viento, que agitaba las hojas verdes y primaverales de los arces. Ella llevaba todavía el pelo húmedo de la ducha. Vestía una camiseta de manga larga blanca y cómoda, unos vaqueros, unas botas Doc Martens, su placa y la SIG-Sauer P226 en una funda en la cadera.
Un coche patrulla pasó a su lado, un pulido Dodge Charger que se dirigía a la calle. Caitlin hizo un gesto como saludo. Cuando pasó por la puerta, la recepcionista civil que estaba detrás del mostrador le sonrió oculta detrás de un rollito de canela.
—Buenos días, Paige —la saludó Caitlin.
—Bonito día.
Paige se chupó el glaseado del pulgar.
Aquella chica era Miss Subidón de Azúcar. Cuando llegaban los ciudadanos a informar de algún delito, ella los saludaba animosamente, con la gracia predadora de un gatito. Le gustaba enterarse de las infracciones del Código Penal que los habían llevado hasta allí. Según Caitlin, tendrían que destinarla a la patrulla de Tráfico durante unas cuantas semanas, para que espabilara un poco.
Caitlin introdujo un código, la puerta zumbó y la dejó pasar. El ladrillo visto de la comisaría y su madera clara pretendían ser deliberadamente tranquilizadores. Y funcionaba, porque la curva de aprendizaje de los nuevos detectives se disparaba. Ella quería ser detective desde que iba a la guardería y veía a su papá enfundar la 38, tomarse el café ardiendo y quemarse la boca con él, y salir de casa a toda prisa para atrapar a los malos. Pero algunos días se sentía como el vaquero que monta la bomba H en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Métodos de interrogatorio. Protección de la integridad de las pruebas. Técnicas de irrupción. ¡Yiiijaaa...!
Al otro lado de la sala, Guthrie le silbó. A juzgar por la intensidad de su mirada, estaba en la cresta de una ola de cafeína.
—Trajeron más archivos anoche. Súbalos desde Pruebas. El equipo se reúne dentro de veinte minutos.
Treinta horas después de que se encontrara la primera víctima en el maizal, el departamento había considerado prioritario investigar aquellos asesinatos. Guthrie había reunido un batallón de detectives y había convertido una parte trasera de la comisaría en un centro de operaciones.
Un muro estaba cubierto de mapas, perfiles, antiguos retratos robot de sospechosos. Y fotos de las escenas de los crímenes. Caitlin contempló las nuevas fotos que habían pegado allí. El maizal, los cuerpos, tres huellas (del número 43, de hombre), y el rastro de mercurio. Una tras otra, como las estaciones del viacrucis. Se acercó a la pared.
Era el templo del Profeta.
23 DE SEPTIEMBRE DE 1993. Giselle Fraser. Hallada muerta, colgada por las muñecas de una viga. Las avispas se arremolinaban en tal cantidad en la choza que los servicios de emergencia apenas veían.
20 DE MARZO DE 1994. David Wehner. Asfixiado con una bolsa de plástico y abandonado en una feria ambulante. Una foto en el escenario del crimen mostraba el túnel de la risa, un puesto de algodón de azúcar, atracciones (Wild Mouse, Limbo, Skee-Ball) y el cuerpo de Wehner, sobresaliendo de un asiento de una noria. Llevaba una nota sujeta en su camisa: «Esto es una señal de lo que era, y lo que es, y lo que está por venir».
Así fue como se bautizó al asesino. «Habla como un profeta. Sí, se cree un profeta». El público lo adoptó enseguida, luego los medios de comunicación y, por último, también la ley.
Todo el mundo, excepto el propio asesino. Él nunca se refirió a sí mismo con ningún nombre. Solo firmaba sus mensajes con el símbolo de Mercurio.
21 DE MARZO DE 1995. Barbara Gertz. Apuñalada, arrojada a un túnel de lavado de coches.
12 DE ABRIL DE 1996. Helen y Barry Kim, la primera pareja asesinada. Muertos a golpes, arrojados en un vertedero. Post mortem los perros mordisquearon sus cadáveres.
26 DE ABRIL DE 1997. Justine y Colin Spencer. Sus cuerpos cayeron de la parte trasera de un volquete que entregaba piedras a una obra. El símbolo lo había cosido a su piel con hilo de pescar.
Ese detalle tan macabro se le había ocultado al público. Mantuvo despierta a Caitlin durante semanas, echada en su cama y helada, mientras el viento agitaba los árboles que golpeaban el tejado. Durante gran parte de su niñez durmió muy mal. Todavía seguía sin dormir bien.
20 DE MARZO DE 1998. Lisa Chu. La adolescente fue arrojada a un tanque de tratamiento de aguas, encadenada a un parachoques de cemento de un aparcamiento. En el antebrazo le habían escrito un mensaje con tinta indeleble.
Cuando Caitlin se quedó delante de aquella foto, un recuerdo ya casi borrado volvió con fuerza: estar sentada con las piernas cruzadas frente al televisor, jugando con sus Barbies, cuando de repente apareció una reportera. Una señora que daba las noticias, muy seria, ante el dibujo de un hombre con un bastón y cuernos de demonio.
—El Profeta ha atacado de nuevo, y ha dejado un terrorífico mensaje, escrito en la propia piel de la víctima: «Ira infinita y desesperación infinita».
La voz de su padre resonó entonces.
—Por Dios bendito, Sandy... ¿Has dejado puestas las noticias?
Corrió hasta llegar al aparato y lo apagó.
—Mierda.
Lanzó el mando a distancia contra la pared y fue corriendo a la cocina, y Caitlin no se movió, porque sus chillidos hacían que se le encogiera el estómago. Le oyó coger el teléfono y cuando se atrevió, miró por encima de su hombro y vio que deambulaba por la cocina.
—¿Lo has visto? Saunders, alguien se lo ha filtrado a esas hienas, joder.
Se sacudió el recuerdo visceral de aquella ira que empapó toda la casa.
18 DE ABRIL DE1998. Tammy y Tim Moulitsas. Cementerio de Calvary.
Miró las fotos de la joven pareja. Guthrie pasó a su lado.
—Hendrix. Vamos.
Caitlin llevó las cajas de nuevas pruebas a un carrito y se unió al equipo, que se estaba reuniendo en el centro de operaciones. La luz era áspera, la energía irregular.
Tomás Martínez llevaba una camisa de bolera y un sombrero de fieltro ladeado en la cabeza rapada. Tenía el aire complaciente de un camarero de un bar de playa, pero sus ojos, endurecidos por el espanto, traicionaban la década que había pasado trabajando en Homicidios. Caitlin pensaba que las fotos que tenía en su escritorio, de su mujer y sus cuatro hijas, tenían algo que ver con ello.
Cuando ella entró, él levantó la barbilla a modo de saludo.
—Niña...
Ella se contuvo para no responderle: «Abuelo...». Tenía cuarenta y tres años. Y su voz sonaba cálida.
—Detective.
Mary Shanklin colocó una pila de expedientes en la mesa, los ordenó bien y examinó a Caitlin con una mirada inquisitiva. Shanklin venía del cuartel general de la oficina del sheriff de Oakland. De treinta y tantos años, la consideraban una investigadora disciplinada. Llevaba el pelo castaño sujeto en una cola de caballo tirante. Su pintalabios era del rojo de una señal de tráfico. Se parecía a la instructora demasiado estricta de las niñas exploradoras que Caitlin recordaba de su niñez. Y a una dominatrix a la que había arrestado una vez.
—Buenos días, detective —la saludó Caitlin.
Shanklin hizo un gesto breve.
—Hendrix.
Guthrie entró y clavó dos nuevas fotos en la pared. Ampliaciones de las fotos del carné de conducir de las dos víctimas del maizal. Cuando Caitlin las vio vivas se le encogió el corazón.
Guthrie dio unos golpecitos en la foto de la mujer.
—Melody James. Veintiséis años. Desaparecida de Union City el martes por la noche. Acababa su turno como camarera en el Olive Garden a las once de la noche. No volvió a casa. —Sacó el teléfono—. Su marido recibió una llamada el jueves por la noche, a las once y cuarto. El buzón de voz recogió la llamada y grabó la conversación.
Desbloqueó el teléfono y activó el mensaje.
Tras el mensaje entrante, una voz de hombre sin aliento sonó en la línea. Parecía plenamente despierto y lleno de pánico. Caitlin casi podía verlo agarrando el teléfono.
—¿Melody? —decía.
Un hombre respondía:
—No, señor James. Pero sé dónde está.
Todo el mundo en el grupo se puso tenso.
—¿Dónde? ¿Quién es? —preguntó James.
—Vi su anuncio de una persona desaparecida.
Esa voz. Era una voz rasposa, áspera y chirriante. Shanklin le dirigió a Martínez una mirada pétrea. Él se la devolvió y luego meneó la cabeza calva, murmurando para sí. Caitlin notó un escalofrío.
¿Sería él? Veinte años antes, el Profeta había enviado grabaciones a la policía y a las cadenas de televisión. Sonaba más baja y más áspera de lo que ella recordaba. Era horrible.
La voz dijo:
—Está en un sitio junto a la carretera 88. Unos campos al este de Guadalupe Road.
James habló a toda prisa.
—¿Está bien? ¿Ha hablado con ella?
—La estoy observando ahora mismo. Creo que una recompensa...
—Está viva. Oh, Dios mío. ¿Puede hacer que se ponga? —La voz de James flaqueaba con alivio.
Aun ahora, cuando ya era demasiado tarde, Caitlin quería agarrarlo y apartar su mano del teléfono. «No expreses alivio. No expreses esperanza. No seas feliz. No hará más que empeorar el golpe que está a punto de darte».
—La gente decía que no podía ser, pero yo sabía que sí. —Las lágrimas se agolpaban en la voz de James—. Dígale... por favor, que venga a casa. No me importa por qué se fue, ni con quién...
—¿Se refiere al hombre que ha huido con ella?
James hizo una pausa, o bien asombrado, o bien intentando recomponerse.
—No haré preguntas. Quédese con ella ahí... Voy a salir ahora mismo.
—No hace falta que corra. Ella no se va a ir.
Puso en marcha una grabación de sonido. «No, no me haga daño...».
Era una mujer que sollozaba.
«Déjeme... Dios mío, quite eso...».
Ella chillaba. Y chillaba.
La voz volvió entonces.
—No se va a ir a ninguna parte. La he castigado. —Hizo una pausa—. De nada.
James dio un respingo y empezó a gritar. Los chillidos de su mujer llenaron toda la habitación. La llamada se cortó.
Guthrie paró la grabación.
—Pero qué hijo de puta —dijo Martínez—. Qué frialdad.
Shanklin se quedó mirando la foto de Melody James. Como contraste con el pintalabios rojo, tenía la cara blanca, llena de rabia.
—Sádico.
—La llamada procedía de un número 650 —explicó Guthrie—. Un móvil desechable. Y nuestros especialistas de audio sospechan que era una llamada rebotada desde otro móvil. Lo están estudiando ahora, pero dudamos que se pueda rastrear.
Caitlin miró aturdida la foto de Melody James. Notaba la garganta tan cerrada que parecía que tenía una manzana dentro. La foto del carné de conducir se confundía con la cara de Melody, veteada de lágrimas, sucia y muerta en el suelo.
La voz del asesino. Casi desenfadada, el aguijón acechando en los bordes. Masculina, de tenor, quizá deliberadamente ronca, en un intento de disfrazarla. Las palabras. Provocar. Dar esperanzas, agitando el anzuelo.
Si no era él, era alguien con el mismo deseo perverso del Profeta de infligir un dolor interminable.
—¿Comparación de impresiones vocales? —preguntó ella.
Guthrie la miró y luego a las cajas almacenadas en su escritorio.
—Las antiguas cintas están por ahí, en alguna parte. Búsquelas. —Su mirada era mordaz—. Sáquelo todo. Busque patrones en las pruebas. Similitudes entre los casos antiguos y los nuevos.
Ella asintió.
Él pasó a la foto de la víctima masculina.
—Richard Sánchez. Veintisiete años. Cajero de un supermercado de Alameda. Sin órdenes de busca y captura ni nada. Tal vez relacionado con Melody James.
Un hombre que estaba al fondo dijo:
—La voz de la grabación mencionó: «El hombre que ha huido con ella».
Era el jefe. El teniente Ray Kogara, que dirigía la Unidad de Investigaciones de la comisaría.
Kogara era intenso e imponente. Medio japonés, medio estadounidense, cuando entraba en una habitación la gente se erguía y cuadraba los hombros. Su traje color antracita envolvía con absoluta perfección su silueta esbelta. Dio unos pasos hacia la pared, y señaló las fotos de las víctimas.
—¿Y lo hizo? —preguntó—. ¿Huyó con él?
—No —respondió Guthrie—, pero quizá tuviera un lío con él. Los demás trabajadores del Olive Garden dicen que Sánchez era un cliente habitual y que Melody coqueteaba abiertamente con él... y que una vez él la recogió después de su turno. He entrevistado al marido de Melody. Conocía los rumores. Insiste en que lo único que le importa es atrapar al tío que ha matado a su mujer.
—Se hace el duro... —dijo Kogara.
—La noche en que desapareció Melody, Richard Sánchez recogió comida preparada del Olive Garden. Sospechamos que el asesino estaba cerca, observando. Luego siguió a Sánchez a su casa. Sánchez no llegó a entrar. Su coche estaba aparcado en el garaje, con la puerta bajada. Ha desaparecido el mando a distancia. Pensamos que el asesino accedió al garaje y le atacó allí.
Guthrie abrió un expediente.
—Tenemos los informes preliminares de la autopsia. Ambas víctimas murieron por estrangulamiento. Las marcas de ligaduras en su cuello coinciden con el látigo.
Tendió a Kogara fotos de la autopsia.
—Las abrasiones en las muñecas, tobillos y rostro indican que los ataron y amordazaron con cinta adhesiva. Se encontraron salpicaduras de la sangre de cada una de las víctimas en la ropa de la otra. Los azotaron muy cerca el uno de la otra.
Kogara cogió las fotos. Aunque no dijo nada, su expresión se puso más tensa.
Martínez meneó la cabeza.
—Horrible.
Caitlin notaba el estómago encogido.
Guthrie dijo:
—Las marcas de un utensilio en la piel de las víctimas indican que los clavos fueron disparados al pecho con una pistola de clavos. Estamos trabajando para identificar la marca y el modelo.
—¿Los clavos? —preguntó Kogara.
—Son de acero de diez centímetros, normales. De espiga larga y cabeza plana, punta en forma de diamante. Usados para la construcción y para armazones, y también para bricolaje de carpintería. Están por todas partes. No hay forma de rastrear ni el origen ni el punto de venta.
—¿Y el látigo?
—Es antiguo. Quizá de hace unos cien años. Estamos comprobando los vendedores en línea, pero igual llevaba un siglo guardado en el desván del asesino.
Kogara examinó el muro de fotos.
—¿Y el rastro del mercurio?
Shanklin se quedó de pie en posición de descanso, con las manos cogidas a la espalda.
—He enviado muestras al laboratorio para su análisis químico. En su forma pura, el mercurio es un metal plateado líquido a temperatura ambiente. Es lo que se encuentra en los termómetros, interruptores eléctricos o lámparas fluorescentes. Pero en la naturaleza se encuentra en compuestos y sales inorgánicas. No se puede purificar en casa. Y su venta está regulada. No se encuentra en los grandes almacenes.
—¿De dónde lo habrá sacado?
—Podría haberlo comprado online. Decir que es para una clase de química. Mientras pueda falsificar una dirección comercial, vale —dijo ella—. O también podría haberlo robado.
Kogara cruzó los brazos.
—¿Podemos rastrear un lote o un número? ¿Tiene alguna etiqueta el mercurio?
Caitlin se envaró.
—No. Solo a los explosivos se les requieren marcadores químicos. A las materias primas como el mercurio, no. —Miró a Shanklin—. ¿El laboratorio está buscando contaminantes y trazas?
Shanklin puso mala cara.
—No, grasas trans y edulcorantes artificiales, si te parece... Claro que los están buscando. —Pasó junto a Caitlin y fue a la mesa de conferencias que había en la parte delantera de la habitación—. Dos cosas más sobre el mercurio. La primera, que es tóxico. Y la segunda, que, si no está sellado, se evapora lentamente.
Kogara se volvió hacia Shanklin.
—O sea, que nuestras pruebas podrían evaporarse. Literalmente.
—Sí.
Caitlin se sentía mortificada. Guthrie le lanzó una mirada torva.
Él se volvió hacia los demás.
—Una cosa más. A Melody James y Richard Sánchez los asesinaron en algún lugar donde el perpetrador tenía sitio para maniobrar.
Señaló hacia las fotos en la pared.
—Ese látigo tiene dos metros de largo. A juzgar por las salpicaduras y el daño infligido, golpeó a las víctimas a gran velocidad. El asesino necesitaba espacio para empuñarlo. Algún lugar donde los vecinos no pudieran oírlos. Y para usar una pistola de clavos, casi con toda seguridad necesitaba un enchufe eléctrico. Ese hombre tiene una casa. O tiene acceso a un taller o algo así adonde puede ir fuera de los horarios normales. No ha podido cometer estos crímenes en un piso con paredes finas.
Kogara examinó las fotos de la autopsia con lo que parecía un dolor contenido.
—Si se repite el último ciclo, solo disponemos de cuatro semanas antes de que vuelva a matar. Está por ahí fuera, preparándose. Cada minuto cuenta. —Guthrie miró al equipo, uno por uno—. Venga, pongámonos a trabajar.
Cuando Caitlin se dirigía a su escritorio, Guthrie la llamó aparte. Parecía que tenía un abrojo en el zapato.
—Detective. Mary Shanklin lleva diez años en Homicidios. Usted solo un día.
—Me he pasado de la raya. Ya lo sé... Hay que agachar la cabeza. Y cerrar la boca.
—Empiece ahora. No tenemos ni un minuto que perder. —Señaló de nuevo las cajas—. Ahonde todo lo que pueda. Adelante.
6
La mancha de agua corría a lo largo de la caja de almacenamiento de cartón como si fuera una marea embarrada. Cuando Caitlin levantó la tapa, apareció un nido de arañas. Se frotó la cara con la manga. Comenzó una página en la tablilla agarrada con sujetapapeles y prosiguió con el inventario. Caja 13.
Las pruebas que había organizado partiendo de los ficheros originales cubrían una mesa de conferencias entera. Llevaba cinco horas con aquello. Estaba sacando muchos fantasmas a la luz.
Parte de aquel material ya lo había visto antes, en una mesa de trabajo en el garaje del hogar de su niñez. Donde Mack decía: «Calla. Cierra la puerta». Y dejaba que se quedara.
Los informes de respuesta de los oficiales. Los informes de los detectives. Declaraciones de los testigos que encontraron a las víctimas. De la adolescente que consiguió escapar a las garras del asesino.
Fotos de neumáticos. De una huella, de un zapato del número 42. Un mapa del primer escenario del crimen, dibujado a mano alzada por el asesino.
Eso le daba escalofríos.
Estaba arrugado y humedecido, pero dibujado con la precisión de un ingeniero. Una brújula indicaba el norte. Las calles estaban trazadas con curvas suaves e intersecciones agudas. Había colinas y árboles (¿quizá para indicar lugares donde ocultarse?) y el parque donde murió la víctima. Un riachuelo. Un desagüe con una longitud indicada de cuarenta metros. Una zona de pícnic marcada con diminutas mesas. Un parque infantil con columpios y un tobogán.
En el mapa se leía la palabra castigo.
La caligrafía era áspera, los trazos muy apretados en el papel. Escrita con bolígrafo, las esquinas de todas las letras eran angulosas, ligeramente descendentes. El mapa procedía de unos tiempos oscuros, en los que las cosas derivaban lentamente hacia el horror, antes de que nadie supiera que un asesino en serie estaba actuando.
Esas cajas eran un intento de ponerle categorías a un infierno absoluto. Pero el infierno no se podía contener. Y Guthrie tenía razón. El caso estaba muy muy frío.
Bastaba con hojear el inventario original para comprobar cuántas pruebas habían desaparecido a lo largo de los últimos veinticinco años. Enviadas a algún almacén... en alguna parte. Destruidas cuando se inundó la sala de pruebas. Hurtadas por policías, técnicos forenses e incluso agentes del FBI. Todo el mundo quería un trocito de leyenda.
Pero cuando investigó en la caja número 13, dio con algo bueno: dos cintas de casete etiquetadas como «llamada telefónica del Profeta».
Aunque no podía escucharlas, porque en la comisaría ya no había reproductor de cintas de casete.
Empaquetó las cintas y las llevó al laboratorio de Criminalística. Era un trayecto de media hora en coche, hasta un complejo rodeado de eucaliptos, en las colinas que había al salir por la 580 en Oakland. Cuando Caitlin firmó tras la entrega de las cintas, el investigador forense, Eugene Chao, las cogió con obvio desinterés. Luego vio la etiqueta de la bolsa de pruebas.
—¡No jodas!
—No jodo.
Él silbó.
—Lo necesito...
—Para la semana pasada. Lo tendrás. Por una vez, de verdad.
—Gracias, Eugene.
No podía ocultar su impaciencia mientras regresaba a la comisaría en el coche. La investigación requería diligencia. Una diligencia obstinada, paciente y agotadora. Pero un sonido como el latido de un metrónomo resonaba en su cabeza. Los segundos pasaban.
Hizo una búsqueda de voz en su teléfono:
—¿A qué hora y qué día aparecerá Mercurio la próxima vez en el cielo de la mañana?
«Interesante pregunta, Caitlin».
El teléfono no lo sabía. Ella frunció el ceño y redujo la velocidad porque delante había un semáforo. El coche que tenía delante era un Camry rojo.
Se lo quedó mirando.
—Mierda.
El teléfono dijo:
«No hace falta que digas eso».
Caitlin pasó al otro carril y se puso junto al Camry, cuando este se detuvo en el semáforo. La conductora estaba inclinada sobre el volante, y lo agarraba con fuerza. Caitlin tocó el claxon. Cuando la conductora levantó la vista, Caitlin se quitó las gafas de sol. Señaló un aparcamiento que había en la manzana siguiente.
Aparcó a toda prisa detrás del Camry y salió del coche. La conductora salió también de su vehículo, le dirigió a Caitlin una mirada muy airada, y caminó a su encuentro. El pelo rojo llameaba a la luz de la tarde. Una blusa con estampado de cachemira, un grito psicodélico, como una avalancha. Los tacones de las botas tatuaban el asfalto. Sandy, el tornado.
—¿Me sigues? —dijo Caitlin.
—Puedo pasar por la comisaría siempre que quiera. Especialmente ahora, que parece que has perdido la cabeza.
—Me alegro de verte, mamá.
—No lo hagas. Destruyó a tu padre.
Caitlin levantó las manos.
—Esa siempre ha sido tu excusa para detenerme. «No juegues con tijeras, que destruyeron a tu padre». «No les des de comer a las ardillas, que destruyeron a tu padre»... —Le dio unas palmaditas en el hombro a su madre—. Yo no soy papá.
Sandy Hendrix le dirigió a Caitlin una mirada mordaz y le cogió la mano con suavidad. La mano de Sandy hizo correr una oleada de calor por las venas de Caitlin. Memoria sensorial. Dolor, calor y vergüenza. Cogió aire con fuerza y lo obligó a pasar.
Sandy bajó la voz.
—Este caso te hace daño. Y apenas lo has visto de refilón. Si te metes como investigadora, será como tirarte a un volcán.
Cuando Sandy la emprendía con algo, no lo soltaba. Ese carácter tan implacable le había permitido ir a la universidad teniendo un marido de patrulla y un bebé en casa. Casi se dejó la piel por salvar su matrimonio. Le infundió fuerzas para sacar adelante a Caitlin y llevarla a tierra firme, durante aquel largo y oscuro verano, cuando ella tenía quince años.
Sandy le sostuvo la mano un segundo más, y luego se la soltó. No dejaba de mirar a Caitlin a los ojos. Esta replicó:
—No puedo apartarme. Está muriendo gente. —Oyó el temblor de su propia voz, y le pareció odiosa—. Tenemos que terminar con esto.
Sandy la abrazó.
—Cariño, no lo hagas... Eres la única hija que tengo.
—Te quiero —dijo Caitlin—. Pero tengo que hacer mi trabajo.
Sandy sonrió, una sonrisa dolida y asustada, y retrocedió. Cuando se acercaba a su coche se limpió unas lágrimas, y se las sacudió de las yemas de los dedos como si fueran venenosas.
Con la radio machacando, la boca seca por la emoción, Stuart Ackerman llegó al parque Silver Creek justo a las nueve. La noche había caído ya. La oscuridad parecía tan peligrosa como protectora.
La carretera que entraba en el parque era estrecha y serpenteante. Dejó el teléfono móvil. Iba vestido tal y como había especificado Starshine69. O eso esperaba, al menos. El mensaje le había llegado un par de horas antes. Durante un segundo de pánico, pensó que estaba cancelando la cita. Por el contrario, ella escribió: «Prepárate. Las cosas se van a poner serias».
Un chaleco de cuero. Eso serviría, ¿no? Y guantes. Cuero, en general. Unas botas de motorista, aún sin estrenar, que se había comprado en la universidad. Pero no las llevaría mucho rato. Eso esperaba, al menos. Los nervios lo consumían. Los robles de Virginia se inclinaban por encima, cuando los faros de su coche barrieron una curva y se dirigieron hacia una cañada oscura.
Un áspero porrazo sacudió el coche.
—Qué...
Aminoró la marcha. ¿Había chocado con algo? El volante viró a la izquierda. La luz amarilla de presión de los neumáticos se encendió. Se detuvo. Extrañado, salió del coche.
Se apartó de la portezuela para ver lo que pasaba. Lo vio y se quedó quieto, asombrado. No podía ser. Su neumático delantero había pinchado con...
—¿Es una broma...?
Entre los árboles apareció un hombre.
En un momento dado no estaba. Luego apareció. Su rostro, toda su cabeza, parecían ausentes. A Ackerman le costó un segundo de desconcierto comprender que lo que veía era un hombre que llevaba una máscara negra de esquí. Sin perder la calma, el hombre levantó...
¡Dios mío!
Stuart Ackerman dio un salto. Se dio la vuelta y corrió hacia los árboles. Las tiesas botas de motorista golpeaban la grava, y él tenía la cabeza echada hacia atrás, jadeando.
«No es verdad, no es verdad, Dios mío, no...».
Un silbido cortó el aire. El disparo derribó a Ackerman en el suelo.
«Dios mío».
Durante un extraño instante, le pareció que solo había sido un fuerte golpe. Luego lo asaltó el dolor, agudo, profundo e intenso. Intentó levantarse, pero no pudo. Se dio cuenta de su error. No debió haber corrido hacia el bosque. Estaba demasiado lejos, y lo dejaba expuesto y vulnerable, con los pies como único medio de huida. Tendría que haber ido hacia el otro lado. Buscar refugio. Un motor.
No oyó al hombre, pero lo notó. Notó que estaba más cerca que antes.
«Muévete, esto es grave». El dolor se extendió, brutalmente. Algo caliente recorría sus costillas y se le metía en el interior del chaleco de cuero, se encharcaba y goteaba hasta el suelo.
El coche. Herido, se volvió y gateó hacia él.
—¡Socorro!
El hombre se deslizó en su dirección.
—No, no vendrá nadie a ayudarte.
Se alzaba como un espectro. Sus pasos no emitían sonido alguno. Ackerman empezó a arrastrarse.
El hombre se acercó a cinco metros de él y se detuvo, con los pies en una postura firme. Apuntó.
—La sed de sangre trae el juicio final. Tú montaste la cita. Tú pagas.
Disparó otra vez. Ackerman chilló. Desde los árboles, los cuervos se alejaron en el cielo nocturno.
7
Justo después de las siete de la mañana, Steve Ramseur cogió la carretera de dos carriles y cruzó la puerta del rancho Six Pines. La mañana era borrascosa y las nubes se deshilachaban en un amanecer rojo. Las colinas eran de un verde intenso. No había visto a nadie en la carretera. Ni tampoco lo esperaba.
La caja de su camioneta Ford F-250 iba llena de pacas de alfalfa. La camioneta pasó traqueteando por encima de la defensa para el ganado y subió por una colina entre los robles, y pasó junto a los pinos que le daban nombre a aquel lugar. Conducía con una mano en el volante y con la otra sujetaba la taza de café especial para el coche, apoyada en el vientre. Llevaba un sombrero Stetson y una chaqueta acolchada Burberry, y la radio sintonizada en un programa para los que van a trabajar en coche de la Zona de la Bahía, Chaz y T-Bone.
«Son las siete y siete de un día aburrido, y vamos a ayudarte a pasarlo», dijo uno de ellos, con la misma ilusión que si hubiera metido la cara en un cuenco lleno de speed y empezara a tragar. El otro locutor se reía. «No importa si quieres pasarlo o pasar de todo. Puedes hacerlo con nosotros». Los subalternos de la emisora se rieron como borricos.
Ramseur no recordaba cuál de los dos tíos era Chaz y cuál era T-Bone. No importaba. Escuchaba porque le recordaba los veinte años que había pasado en atascos de tráfico en el puente de la Bahía, escuchando a los locutores mientras iba y volvía a su oficina en el distrito financiero de San Francisco. Le recordaba qué buena elección había sido hacerse cargo del rancho familiar. Allí estaba, a solo sesenta kilómetros de la ciudad, recorriendo un paisaje que prácticamente no había cambiado desde 1700. Aquel rancho pertenecía a su familia desde hacía siglos, ya que era una concesión de tierras otorgada por la Corona de España. Aquella era su herencia y su responsabilidad, y le encantaba. Escuchar a Chaz y T-Bone era oír el sonido de su libertad.
—Así que hoy vamos a hablar de los crímenes de la otra noche —dijo Chaz, o T-Bone—. La policía da largas, pero todo el mundo cree que los cometió el Profeta. El único e inimitable.
—Increíble de verdad, tío.
—¿Crees que ha sido él? ¿Después de todo este tiempo?
—O él o su fantasma, o su reencarnación. La semilla del diablo.
—Abriremos los micrófonos después de la pausa. ¿Qué opináis vosotros? ¿Ha vuelto el Profeta?
Locuras californianas.
Tres kilómetros más adelante, disminuyó la velocidad de la camioneta para cruzar el riachuelo. El agua le salpicó las llantas; era un sonido muy agradable. Coronó la siguiente colina y sonrió ante la extensión amplia y verde del valle.
Redujo un poco la velocidad.
—¿Qué demonios...?
Los caballos árabes estaban fuera.
Los encontró en el apartadero de los pastos, corriendo en estrecho círculo en el interior de la valla blanca. Tendrían que haber estado metidos en sus compartimentos, dentro del establo. Sobre todo, en esa época del año, con el frío que hacía. Pero... Joder, estaban fuera todos, al parecer. Coceando, dando vueltas, asustadizos.
Aceleró colina abajo hacia el granero. ¿Quién había dejado que pasara aquello? ¿Habría salido su hija la noche anterior, y se habría olvidado de asegurar la puerta del granero? Sacó el móvil, dispuesto a llamarla.
Pero aquello era absurdo. Él y su mujer habían salido los últimos la noche anterior. Los caballos estaban bien seguros en sus sitios, cuando se fueron. Lo había comprobado una y otra vez. Los árabes son unas criaturas muy caras y maravillosas, y había animales salvajes en las colinas. Nunca consentiría... Joder.
Aparcó en la grava, junto al establo. Salió, dejó el motor en marcha y a Chaz y T-Bone parloteando. «Ese tipo era un monstruo, pero un cerebrito. Con las cosas que hacía, hasta los policías más duros se meaban encima». La puerta del granero estaba cerrada. Se dirigió a la que daba a los pastos y avanzó hacia los caballos. Lo primero era lo primero: asegurarse de que estaban todos bien. Algo los estaba asustando.
El viento helado agarró el ala de su Stetson e intentó arrancárselo. Se lo encasquetó más todavía mientras caminaba a través de la hierba húmeda de rocío. Los caballos daban vueltas, coceando, con las colas enhiestas, los ojos muy abiertos. Y estaban todos empapados en sudor. El vapor surgía humeando de sus lomos y salía de sus ollares.
Mierda, ¿cuánto tiempo llevarían allí fuera? ¿Habrían pasado toda la noche?
En el extremo más alejado de los pastos había un abrevadero con agua. Los caballos le daban la espalda. Uno de ellos giró y se fue corriendo hacia el granero, bufando y sacudiendo la cabeza. Pero ¿qué demonios...?
Se acercó con cautela a una de las potrillas.
—Tranquila, chica... —No quería que lo cocearan. O acabar pisoteado, con los caballos en ese estado—. Tranquila.
Poco a poco, le puso una mano en el cuello. Ella dio un respingo. Él dejó la mano donde estaba y la fue acariciando. Estaba caliente. No tenía señal alguna de heridas. Ni tampoco los demás, por lo que podía ver.
El viento cambió y vino desde la colina, del abrevadero. Los caballos relincharon. El sonido era agudo, alarmado. Se volvían de espaldas al viento, como imanes atraídos por una brújula que da vueltas, y corrían y pasaban a su lado, atronando con sus cascos.
—Qué demonios...
Ramseur se quedó solo en el campo. El viento era muchísimo más frío que un minuto antes. Poco a poco, se volvió y miró el abrevadero.
Se quedó de pie durante un buen rato. Luego volvió a la camioneta Ford y sacó la escopeta del soporte.
Volvió a mirar hacia el abrevadero. No vio movimiento alguno. Pero dudó. No quería cruzar el campo y ver lo que había allí, ni siquiera con una Remington en las manos. Metió dos proyectiles en la recámara y caminó muy despacio, campo a través.
El abrevadero medía dos metros y medio de largo, un tanque estándar de setecientos litros de acero galvanizado. El agua salpicaba por su borde, y formaba ondas con el viento. Algo negro e hinchado flotaba en la superficie. Ramseur levantó la escopeta, tembloroso. Dios mío. ¿Qué mierda era lo que sobresalía allí?
Se acercó paso a paso, e hizo una pausa para frotarse los ojos y despejarlos. Se detuvo a veinte pasos del abrevadero.
Un cuerpo flotaba boca abajo. El agua estaba teñida de un intenso color rojo por la sangre. Por todos los demonios... Cuando el viento cambió, los caballos la habían olido.
Apuntó al abrevadero con la Remington y miró los pinos temblorosos, el espeso chaparral, las altas montañas y la línea de los árboles. Retrocedió, se dio la vuelta y corrió hacia la camioneta, hacia las carcajadas traídas por el viento que salían de los locutores de aquel programa de radio para conductores.
El hombre que estaba en el abrevadero, con un chaleco de piel y botas de motorista, flotaba en su propia sangre. Su cuerpo estaba erizado de flechas.
Un ayudante del sheriff respondió a su llamada al 911, un joven muy robusto al volante de un Chevy Explorer que llevaba escrito sheriff del condado de san joaquín en el costado. Al cabo de una hora, dos Explorers más y un turismo de color beis se alineaban en la carretera, junto a la valla de los pastos. Ramseur hizo pasar a los caballos a un prado adyacente y se apoyó en el parachoques delantero de la camioneta. En el abrevadero, los forenses, con unos monos blancos, tomaban fotos y extendían un plástico amarillo en el suelo. Señalaban y hacían gestos, discutiendo cómo sacar el cuerpo.
«Sacadlo de ahí —pensaba Ramseur—. Que desaparezca, para poder tirar el abrevadero a la basura». Luego quemaría los pastos y traería a un sacerdote para que hiciera un exorcismo. Hasta al mismo papa si hacía falta. Y eso que él era presbiteriano.
Los de los trajes blancos levantaron el cuerpo, lo sacaron del tanque y lo pusieron encima del plástico. Uno de los detectives saltó hacia atrás cuando el agua le salpicó en los zapatos. Un policía se tapó la boca con el dorso de la mano. Luego todo el mundo se quedó tan quieto como los pinos. Todos mirando. Excepto Steve Ramseur, que fue andando hacia los otros.
El hombre muerto estaba echado encima del plástico amarillo. Era joven. Cuando el agua ensangrentada se escurrió de su cara, detectó que tenía la piel de un gris azulado. El primer policía vio que Ramseur se acercaba, levantó la mano y fue en su dirección, haciéndole señas de que parase. Pero Ramseur siguió avanzando. Una fuerza extraña lo impulsaba. Eran sus tierras. Tenía que ser testigo.
—Señor. Señor Ramseur, por favor —dijo el policía.
Ramseur se detuvo. Pero lo vio. El símbolo, el signo astrológico. Los cuernos del diablo grabados en la frente del hombre.
Y en su pecho, que se veía porque el chaleco se había abierto, una sola palabra: respuesta.
8
Más tarde, cuando el miedo y la alarma se aplacaron un poco, las autoridades confirmaron que el archivo de vídeo llegó al servidor de la KDPX News a las 17:41, hora del Pacífico. Las cinco cuarenta y uno de la tarde. En los puentes, el tráfico era como un acordeón de movimiento lento. Por encima de la bahía, los vuelos descendían planeando hacia la pista de aterrizaje. A lo largo del frente marítimo de San Francisco se estaban encendiendo ya las luces.
En el café Cold Creek, en el puerto deportivo de Berkeley, la multitud contemplaba el partido de los Golden State Warriors. Caitlin entró por la puerta justo después de las seis, y pasó de la tarde ventosa, teñida de azul y oro, a un deslumbrante duelo de enormes pantallas de televisión. En el café había mucho ajetreo, pero no estaba tan lleno como de costumbre. Vio a Sean en la terraza. Se abrió camino junto a la barra y se dirigió hacia allí.
Estaba sentado a una mesa de pícnic con su hija, Sadie. Tenía la custodia compartida, y aquella era una de sus salidas habituales. La niña iba bien protegida contra el frío con una chaqueta que llevaba una capucha de oso panda. Sean llevaba una chaqueta azul con capucha de la Universidad de California. Miraba muy serio a Sadie, que jugaba con dos muñequitos de My Little Pony.
Qué fuerte. Él jugando con My Little Pony.
—¿Cuál es este? —preguntó Caitlin—. ¿Glitter?
Él sonrió. Sadie se iluminó como una bengala del Cuatro de Julio.
—¡Cat! —Se puso de pie en el banco y levantó un poni por encima de su cabeza—. Es Pinkie Pie. Ven a jugar.
Aquella sonrisa, aquellas mejillas sonrosadas, el afecto sin malicia de Sadie... Todas las preocupaciones de Caitlin desaparecieron. Se sentó y dijo:
—Pinkie Pie es muy bonito. ¿Sabe volar?
Sadie asintió con vigor. Se le bajó la capucha de panda y su pelo oscuro se alborotó con la brisa, lacio y sedoso.
Sean le tendió a Caitlin un poni de color azul eléctrico con la crin de arcoíris y unos enormes ojos violeta. Si ella hubiera visto unos ojos como aquellos por la calle, los hubiera considerado indicio suficiente para efectuar un registro y buscar LSD.
—Tienen mucha sed —dijo Sadie—. Tendrán que beber agua del lago.
E inclinó la cara de los ponis hacia el tablero de la mesa para que bebieran. Durante un segundo horrible, una imagen tomó forma en los ojos de Caitlin: los caballos árabes en aquel rancho del interior, rehuyendo el abrevadero donde flotaba Stuart Ackerman, muerto.
Entonces el viento alborotó el pelo de Sadie y se lo echó por la cara. Caitlin se lo apartó con el dedo índice y le volvió a subir la capucha de panda.
—Así —le indicó.
Sadie saltó del banco e hizo galopar a los ponis por toda la terraza.
—¿Quieres que cojamos una mesa dentro? —le preguntó Caitlin a Sean.
—El aire fresco nos vendrá bien.
—Sadie quería peinarte, ¿verdad?
—Hay cosas que un agente federal no debería hacer en un restaurante con mesas. —Se inclinó a besarla—. Estás helada.
—Lo que está helado es el caso antiguo.
—¿Y el nuevo?
—Ese da escalofríos.
Señaló al camarero.
—¿Una Coca-Cola light?
Ella puso las manos encima de la mesa de pícnic.
—Por favor.
—Has dudado. ¿Tan mal están las cosas?
Se había criado en una casa donde beber en días de diario significaba que el caso iba muy mal. Se recordó a sí misma que el trabajo debía quedarse en la comisaría. Y podía haber añadido: «Me adorarán como a una diosa», porque estaba trabajando para ampliar sus objetivos.
—Ha adquirido otro cariz. No tiene precedentes. Tres víctimas. Clavos, flechas, heridas... Esa palabra, «respuesta» —explicó—. Creí saber lo que se avecinaba, pero me equivocaba.
Hablaba en voz baja, aunque habría sido casi imposible que nadie la oyera, mientras los Warriors se peleaban con los Thunder en la televisión. Un pívot de los Oklahoma City Thunder penetraba y entraba a canasta con un gancho mientras sonaba la bocina del descanso.
Sean la miró con gesto sereno.
«Haz realidad lo que anotaste en el cuaderno, Caitlin. Deja el trabajo a un lado».
—¿Y qué tal te ha ido hoy?
En la televisión, un avance informativo interrumpió la actuación de la media parte. Apareció una presentadora, deslumbrante.
—«Noticias impactantes esta noche. En esta última hora, el Profeta ha enviado a la KDPX News un mensaje en el que se atribuye el crimen del profesor de Pleasanton, Stuart Ackerman».
A pesar del estruendo que reinaba en el restaurante, unas cuantas personas se volvieron hacia el televisor, incluidos Caitlin y Sean.
—«El cuerpo de Ackerman fue encontrado esta mañana en un rancho en el condado de San Joaquín. Aunque las autoridades no han revelado la causa de la muerte, confirman un dato clave en el mensaje del asesino: que se disparó a Ackerman repetidamente con un arco y unas flechas».
Más cabezas se volvieron. Un hombre murmuró:
—No jodas...
Una mujer dijo:
—Dios mío, qué psicópata...
Alguien le pidió al camarero que subiera el volumen.
—Lo que van a ver ustedes es el mensaje de vídeo completo que ha recibido la KDPX.
El restaurante quedó en silencio. Una imagen brillante y nítida llenó las pantallas de televisión.
Sean estaba de pie y ya a mitad de camino de la terraza para recoger a Sadie y apartarla de la televisión.
En el vídeo se veía un cartel pegado a una pared vacía. Alguien a quien no se veía sujetaba la cámara. Con una iluminación superior muy intensa. No había sombras. Ni tampoco audio. En el cartel se había impreso un mensaje:
Aunque mucho corrió, las flechas lo hirieron Que la violencia siempre trae violencia. Acabó cazado en un río de sangre. Ellos, los sheriffs de Alameda, sabían que venía, se lo dije.
Pero tropiezan y caen, como idiotas, jóvenes y viejos, en el pozo Todos sin una sola plegaria.
Es inútil esperar ayuda. El castigo lloverá sobre vosotros.
La gente dio un respingo.
—Increíble.
—Dios mío, la policía.
Caitlin echó en la mesa unas monedas y corrió detrás de Sean y Sadie, hacia la puerta.
Por la mañana, la foto de Stuart Ackerman ocupaba la primera plana del San Francisco Chronicle. Ackerman parecía encantador y un poco friki. Un profesor al que los alumnos de la clase de trigonometría podían hacer preguntas. Desde la cocina, Caitlin cambió de canal en canal pasando por todas las televisiones locales. Todas cubrían el asesinato. Los niños lloraban a la puerta del instituto Sequoia. Los padres hablaban con un nudo en la garganta de la devoción que Ackerman le profesaba a la docencia. El director había convocado a unos psicólogos especializados en duelo.
Los titulares clamaban: «El Profeta ha vuelto». Y: «La policía tropieza. El asesino satánico les advirtió».
El miedo y la rabia iban fermentando. Caitlin lo podía oler. Un olor antiguo, rancio, nauseabundo.
«... tropiezan y caen, como idiotas, jóvenes y viejos, en el pozo».
Esa frase no era accidental. ¿Sabía el Profeta que ella estaba en el equipo de investigación? Los nervios se le encogieron bajo la piel ante la idea.
Cuando entró en la sala de guerra, los demás detectives miraban sus pantallas o hablaban por teléfono. La atmósfera parecía muy cargada. Un periódico matutino yacía en la mesa de conferencias. El East Bay Herald. En la parte inferior de la primera plana, después del artículo principal, un titular decía:
EL FRACASO DE UN DETECTIVE EN UN CASO...
QUE AHORA PRETENDE RESOLVER SU HIJA
Por Bart Fletcher
Mientras el Profeta causa nuevos estragos en la Zona de la Bahía, la detective Caitlin Hendrix trabaja para resolver el caso que llevó a su padre a una tentativa de suicidio.
Notó un nudo en el estómago. Leyó el artículo por encima. Los asesinatos. El horror que iba en aumento. El escarnio público, los tropiezos y frustraciones que sufrían las autoridades.
Bart Fletcher. Conocía bien ese nombre. Una columna lateral lo describía como el reportero que había cubierto el caso original. En su foto actual se lo veía canoso y severo. Lo reconoció. Era el periodista al que había aplacado en el maizal, el que intentaba pasar junto a los policías y abrirse camino hasta el escenario del crimen.
Siguió leyendo y notó que la bilis le subía por la garganta. El artículo principal detallaba la dedicación de Mack al caso, y el día en que todo fue desastrosamente mal.
El reinado de terror del Profeta alcanzó su clímax la noche del 18 de abril de 1998. Una llamada al 911 desde el cementerio de Calvary informaba de un vehículo sospechoso. Una autocaravana había aparcado junto a un mausoleo. Se vio a su conductor llevando en la mano una especie de contenedor a su interior.
Hendrix y su compañero, el detective Ellis Saunders, respondieron. Dieron instrucciones a los empleados del cementerio de que no se acercaran ni al conductor ni al vehículo.
Cuando los detectives llegaron al cementerio, no se acercaron tampoco.
Por el contrario, aparcaron a una cierta distancia para vigilar al sospechoso a través de unos prismáticos. Le vieron acercarse a la puerta del mausoleo, detenerse y hablar con alguien que estaba dentro, al parecer en tono de conversación. Se retiraron, esperando cogerle en una conducta abiertamente delictiva.
Lo que no sabían ni los detectives ni los empleados del cementerio era que dentro del mausoleo se encontraba una joven pareja a la que el Profeta había secuestrado. Tammy y Tim Moulitsas, recién casados, estaban atados, amordazados y empapados en gasolina.
Cuando el sospechoso encendió una cerilla y la arrojó dentro, ya era demasiado tarde.
Caitlin se apoyó pesadamente contra la mesa de conferencias.
Hendrix y Saunders persiguieron al sospechoso, primero en coche, y luego a pie. El asesino (joven, blanco y rápido) escaló una valla y cayó en la autopista. Consiguió pasar entre los coches y también el detective Saunders. A Mack Hendrix lo rozó una camioneta. Magullado, se puso de pie y fue cojeando entre los carriles del tráfico, y siguió a su compañero hasta un almacén abandonado.
Allí encontró a Ellis Saunders con numerosos disparos, ahogado con su propia sangre y muerto.
Horas más tarde, Mack Hendrix se tiró de un puente con su coche. Lo sacaron del agua delirando y diciendo que oía voces.
El Profeta desapareció.
Y lo mismo ocurrió, a todos los efectos, con la vida de Mack.
Se pasó los seis meses siguientes en un psiquiátrico. Los doctores hablaban de tendencias bipolares, y de un brote esquizoide. El departamento lo obligó a jubilarse por motivos de salud. Su mujer lo abandonó.
Hoy en día sigue en una situación marginal, propenso, según diversas fuentes, a sufrir temblores, alucinaciones y estallidos de violencia. Recae en su hija, todavía con poca experiencia, tener éxito allá donde él fracasó.
Caitlin notó que un zumbido le llenaba la cabeza. Entonces un traje oscuro apareció ante ella. Guthrie le cogió el periódico de las manos.
—No haga ni caso de esto.
—Claro.
Quizá lo dijo con demasiado sarcasmo y una actitud que no era lo bastante dinámica.
Guthrie enrolló el periódico hasta formar un tenso cilindro.
—No permita que estas cosas la distraigan. Necesito que se centre en el caso.
—Ya.
Lo del cementerio era una tragedia pública e histórica. Y al menos el artículo no mencionaba las alucinaciones de su padre, ni los bichos que estaba convencido de que se movían bajo su piel. Pero ¿cómo demonios se había enterado Bart Fletcher del diagnóstico de los psiquiatras respecto a Mack? ¿Habría sobornado a algún administrativo del hospital? ¿Habría hablado con él algún vecino o pariente?
—¿Hendrix?
—Sí, señor.
«Cálmate». Las historias se acaban sabiendo. Es inevitable.
—Fletcher es un borracho y un fracasado. Olvídese de él. —Guthrie se volvió para irse—. Si necesita dar un puñetazo en una pared, hágalo, pero fuera.
—Sí, señor. En el lado del edificio que queda lejos de donde está aparcada la camioneta de la prensa.
Se encogió de hombros de manera casi imperceptible. Quizá se riera.
—Siga trabajando.
Golpeó con el periódico un costado de su escritorio y se alejó.
Caitlin se sentó ante su escritorio y abrió un nuevo archivo: COMUNICACIONES DEL PROFETA.
Empezó con la más reciente. La carta enviada a la cadena de televisión decía: REDACCIÓN KDPX. OAKLAND, CA. URGENTE PARA EL EDITOR DE NOTICIAS. Era un sobre blanco, de tamaño estándar.
Dentro había una sola hoja de papel tamaño DIN A4 doblada en tres partes. Era un papel de impresora de grosor medio, sin marca de agua. En la página se encontraba impresa una sola línea, en la fuente Courier, cuerpo 12, impresa con lo que, según el laboratorio, podía ser una impresora Hewlett-Packard Officejet 4620 multifunción. Barata y ubicua, se vendía en todas las cadenas de electrodomésticos y, quizá, hasta en el McDonald’s. Gladys, la vagabunda que dormía bajo el puente de la autopista, probablemente tenía una en su carrito de la compra.
La única línea que contenía aquel papel era una dirección URL. Un enlace a una página web.
La KDPX no pensaba renunciar al sobre ni a la nota sin una orden judicial. Pero su director de noticias y el abogado de la cadena dejaron la nota al laboratorio de Criminalística, y permitieron que los detectives la examinaran, y que los técnicos hicieran sus pruebas. El laboratorio utilizó un escáner de riesgo biológico. Tomó fotos de alta resolución, por delante y por detrás, bajo una luz diurna y también ultravioleta. Comprobó la solapa del sobre en busca de ADN. No lo había. No era ninguna sorpresa, porque el Profeta no era tan descuidado como para lamer un sobre.
El laboratorio encontró varias huellas dactilares latentes en el sobre. Estaba trabajando para excluir al personal del Servicio Postal y el interno de la KDPX que llevó la carta al editor de noticias. La nota estaba limpia.
Lo que atrajo la mirada de Caitlin al principio fue el matasellos. La carta había sido franqueada a las 12:07 de la mañana anterior. La habían metido en un buzón accesible desde el coche, en una central importante de Correos, en Fremont. Así podía entrar en el sistema y que la entregaran en el día.
Vaciaban el buzón cada dos horas. Lo más temprano que podía haber depositado la carta el asesino eran las diez de la noche anterior.
Había ido directamente desde el escenario del crimen a entregar ese mensaje. Tenía la nota preparada desde mucho antes. Se movía como una máquina. Hambriento e incansable, ansioso por captar la atención.
Pero ella no comprendía por qué había enviado la nota por correo. Podría haber contactado sencillamente con la cadena. ¿Por qué correr el riesgo de que un filamento olvidado, un pelo, pudiera caer en el sobre y darles a los forenses la oportunidad de atraparlo? ¿Por qué correr el riesgo de que alguna empresa cercana a la oficina de correos pudiera grabarlo con sus cámaras de vigilancia?
Entonces fue alineando todos los mensajes que el Profeta había enviado desde los años noventa, en orden cronológico, y lo comprendió. La primera carta que envió el Profeta, al East Bay Herald, se envió desde la Central de Correos de Fremont.
Una diminuta aguja parecía pincharle entre los ojos. Él le estaba diciendo: «Sí, soy yo, de verdad».
No era un eco. Era un grito.
Tecleó la URL en su ordenador. Como esperaba, apareció la bandera pirata, con la calavera abriendo y cerrando la mandíbula, riendo, y una señal roja de NO ENTRAR parpadeó en la pantalla.
El mensaje del Profeta se había descargado a través de un software anonimizador a una página destinada a ofrecer acceso una sola vez y luego autodestruirse. Pulsó la tecla Escape y eliminó la calavera sonriente. Entonces regresó a la captura de pantalla del propio mensaje.
Veinte años antes, el Profeta enviaba a la policía cintas de VHS. Ahora había enviado un mensaje de vídeo despojado de datos identificativos.
Era alguien que entendía de tecnología, e instruido. Usaba una gramática y una ortografía perfectas. Tenía dinero y acceso a una ballesta y a un vehículo caro. Dudaba mucho que se hubiera pasado los últimos veinte años en prisión.
Se echó atrás. ¿Dónde habría estado? ¿En el ejército, destinado a otro país? ¿En un monasterio? ¿Hibernando? ¿Por qué dejó de matar?
¿Y por qué había empezado de nuevo?
«Busca patrones».
Caitlin extendió los mensajes del Profeta encima de su escritorio como un amplio abanico.
Asombrada, descubrió que había veintisiete comunicaciones del asesino, que se remontaban al primer asesinato. Dos al sheriff del condado de Santa Clara. Cinco al Departamento de Policía de San Francisco. Tres al Chronicle de San Francisco, dos al East Bay Herald. Dos específicamente dirigidas al reportero del Herald, Bart Fletcher. Interesante.
Tres mensajes habían sido escritos en grafitis en el escenario del crimen. Dos con tinta en los cuerpos de las víctimas. Y ocho enviados al sheriff del condado de Alameda. Uno al detective Ellis Saunders. Siete al detective Mack Hendrix.
O, tal y como solía poner el asesino en los sobres, DET. MACK HENDRIX. PERSONAL.
Sí, muy personal.
Uno de ellos decía: «¿Le gusta mi regalo? Si atiende bien, entenderá el sentido». Iba seguido del signo de Mercurio.
El corazón de Caitlin latía demasiado rápido. Los recuerdos se amontonaban. El día que murieron los recién casados y el detective Saunders. Volver del colegio a casa en bicicleta, encontrar un coche patrulla aparcado ante la puerta e incluso con nueve años, saber lo que significa que llegue un coche blanco y negro a tu casa. «Ha pasado algo». Tiró la bici y entró corriendo. «Ha pasado algo, ha pasado algo». En la cocina, dos oficiales de policía uniformados estaban de pie, con las manos cogidas a la espalda. Su madre estaba apoyada en la encimera con una luz amarilla y la cara tapada con la mano.
—Papá. ¿Dónde está papá? —preguntó Caitlin.
Sandy dejó caer la mano, y la compasión más conmovedora se apoderó de ella. Lástima. Ira. Abrazó a Caitlin.
—Papá está bien —le dijo Sandy para calmarla; aunque se trataba de una mentira, era lo que necesitaba oír Caitlin para no desintegrarse—. Ha tenido un accidente de coche. Pero se pondrá bien.
Temblando, Caitlin enterró la cara en el pecho de su madre.
—¿De verdad?
—De verdad.
Por supuesto, no era verdad ni por asomo. Sandy abrazó a Caitlin y logró contener las lágrimas; se negó a llorar. Esposa de policía. Mantener el tipo. A pesar de todo, el mundo de Caitlin se hizo pedazos. No vio a su padre durante seis meses.
Se puso de pie y fue al vestíbulo, a las máquinas expendedoras. Quería despejar la cabeza. Caminó arriba y abajo mientras se llenaba la taza de café.
Los mensajes. ¿Qué significaban? ¿Qué revelaban del asesino?
Caitlin aún podía recitar el perfil del Profeta de memoria, casi palabra por palabra. Un asesino organizado. Contempla el asesinato como una misión. Extrovertido. Tiene habilidades sociales e incluso se lo puede contemplar como una persona encantadora y sociable. Pertinaz odio a las mujeres. Mostraba los cuatro rasgos de personalidad más oscuros: maquiavelismo, narcisismo, psicopatía y sadismo. La colocación de los cuerpos de las víctimas y el uso de mercurio son manifestaciones de una parafilia fetichista enraizada en sus fantasías.
Pero ¿cómo podía ayudar eso a resolver el significado oculto de sus nuevos mensajes?
Su tono amenazador parecía cada vez más religioso. La asustaba mucho más de lo que quería reconocer. Y los mensajes le producían una sensación incómoda. Sospechaba que contenían un código, pero ese se le escapaba.
«Patrones».
Guthrie pensaba que podría extraerlos de las notas del Profeta. Ella lo había intentado, leyéndolas palabra por palabra, sílaba por sílaba. Buscando la pista detrás de cada referencia, de cada metáfora.
Pero lo que veía eran roturas de los patrones. Las nuevas pruebas no encajaban. Las huellas del calzado no coincidían; el timbre de la voz del asesino variaba. Solo una víctima había muerto con flechas, no dos.
Desde luego, al enviar una carta desde la Central de Correos de Fremont, el asesino estaba voceando que era el Profeta. Quizá demasiado alto.
Bajo sus gritos, en los recovecos de su mente, algo le susurraba: «Vigila. Está jugando contigo».
9
Por la mañana hubo tormenta. Caitlin fue corriendo desde su todoterreno a la puerta de la comisaría, chapoteando en los charcos bajo un cielo rugiente y gris. Dentro encontró a Guthrie en su despacho, con los expedientes apilados hasta más de un palmo de altura, con notas de post-it pegadas en una docena de superficies, incluyendo una foto de Guthrie con dos terriers Jack Russell en brazos. Aquel día, el hombre iba muy bien vestido, con traje y corbata. Pero tenía unas ojeras moradas. Ella llamó a la puerta.
Él levantó la vista y la miró.
—¿Sí, detective?
—Sargento. Las cosas no cuadran.
Caitlin había aprendido ya a exponer las cosas con claridad, de frente. Sin pedir permiso, sin carraspear ni titubear. Si lo hacía, la considerarían una persona educada, pero también una blanda, una voz que se podía ignorar.
—¿En qué sentido? —Guthrie cogió su taza de café.
Ella se acercó al escritorio.
—Usted me pidió que buscara similitudes entre los casos antiguos y los nuevos crímenes. Que buscara patrones.
—¿Y no los está encontrando?
—Algunos. Sí. La escenificación extravagante de los crímenes. Casi guiñolesca. Y la esterilidad de los escenarios: sin ADN, sin huellas, casi sin rastro alguno. Es el mismo fantasma que ha sido siempre. Pero...
Guthrie bebió, mirándole por encima del borde de la taza.
—Hay un montón de cosas que no cuadran. —Hizo un gesto hacia la pared del centro de operaciones—. La huella parcial de un zapato del maizal. Es de una talla diferente a la huella de bota encontrada en 1993. Y el análisis de voz de la llamada telefónica... Informática Forense dice que no pueden excluir que el hablante sea la misma voz que en los casos antiguos, pero está muy lejos de resultar concluyente. El timbre de su voz es distinto.
Levantó una mano, previendo ya las objeciones que podía plantearle Guthrie, según le parecía a ella.
—Ya sé que las cintas originales se encuentran en muy mal estado, y que la grabación nueva se hizo a través de varias capas de teléfonos. Todavía están analizando el vocabulario del hablante, su dicción y su acento. Pero el registro de la voz suena más bajo. Y sí, ya sé que las voces cambian con los años. Por el tabaco, la bebida, la edad. Pero aun así...
—Sigue poniendo peros. ¿Qué me quiere decir?
—Que quizá sea la edad. Quizá sea algo deliberado. Quizás el asesino solo esté jugando con nosotros. O quizá no —añadió ella—. ¿No podría ser realmente un imitador?
Guthrie dejó su taza de café.
—No lo sé. ¿Qué opina usted?
Ella hizo una pausa, sorprendida.
—El Profeta tiene sus devotos. Hay docenas de libros «basados en hechos reales» sobre él. Telefilmes. Y esos foros online donde los detectives aficionados intentan resolver los casos.
—Esos... Han estado acosándonos como abejas que salen de una colmena.
—Es como un culto. La Iglesia del Profeta. Quizás alguien decidió replicar sus crímenes.
Guthrie se frotó la barbilla.
—Ya lo sé.
—Ahora veo un pero.
—Han pasado veinticinco años desde el primer asesinato conocido del Profeta.
Una sensación horrible la invadió al oír eso de «primer asesinato conocido».
—Tiene una fantasía, sí. Una necesidad primigenia que le guía... que nunca cambiará. Pero su modus operandi probablemente ha evolucionado con los años.
—Ya sé que ha matado de media docena de maneras distintas, pero...
—Los asesinos aprenden, Hendrix. Adquieren experiencia. Este tío es un hijo de puta retorcido, pero también es listo. No suponga que, como las cosas no acaban de cuadrar, es otro.
Ella soltó el aire. Asintió.
—Pero ha hecho bien al contarme todo esto. Quiero que mi equipo me lo cuente todo. No se guarde cosas. Podría descartar una pista que a lo mejor necesitamos.
—Sí, señor.
Se volvió para retirarse. Guthrie dijo:
—Y a propósito de los foros...
Ella tenía que haberlo visto venir. A los de abajo siempre les toca pringar. Pero aquella mañana se sentía como un cachorrillo ansioso. Se volvió.
—Una de esas personas online nos está inundando a consejos. Es una loca de la vida y sabe cómo encontrarme.
Se volvió hacia su ordenador y tocó unas cuantas teclas.
—Yo no le haría caso, pero probablemente entonces vendría aquí y aletearía contra la ventana, como un pájaro desorientado. —Señaló el ordenador de Caitlin—. Desconéctela. Escúchela, pero hágala callar. Con una almohada encima de la cara, si es necesario. —Levantó la vista—. No lo digo en serio...
—Mis almohadas las tengo en casa.
—Bien.
Caitlin se volvió para irse y él dijo:
—Y hable con su padre otra vez.
Ella se encogió de hombros.
—Hendrix. —La voz de Guthrie se suavizó—. Tenemos que tocar todas las teclas. Usted es la única que puede tocar esa.
—Sí, señor.
Al salir del despacho llamó a su padre por el móvil. Mack no respondió. Aliviada, dejó un mensaje en el buzón de voz, vago e inocuo, que seguramente conseguiría traspasar su perímetro defensivo. Se sentó a su escritorio y miró la información de la persona online que Guthrie quería que silenciara.
Estaba a punto de entrar en un circo de tres pistas.
—Con Deralynn Hobbs, por favor. De parte de la detective Hendrix, de la oficina del sheriff de Alameda.
—Soy Deralynn. —Con signo de admiración implícito—. ¿La detective Hendrix? ¿Su hija?
—Sí.
—Oh, Dios mío...
La voz de la mujer era alegre y animada. La pantalla del ordenador de Caitlin mostraba la foto del permiso de conducir de Deralynn. Caucásica, treinta y un años, con cara de luna llena y una sonrisa que podría haber fundido la cámara del Departamento de Tráfico. A través del teléfono llegaba el sonido del tráfico, parecía que de una autopista. Se oían voces infantiles. Música de dibujos animados.
Caitlin dijo:
—Usted contactó con el sargento Guthrie. Yo me encargo de hacer el seguimiento.
—¿Le contó lo del colgante que falta?
Deralynn había enviado una docena de mensajes de correo en los dos últimos días. Más enlaces a la web que llevaba, FindtheProphet.com. Caitlin fue pasando por la pantalla los mensajes de Guthrie.
re: El colgante de Barbara Gertz.
—Tengo su correo. Lo revisaremos.
—La víctima número tres. Marzo de 1995. Su pariente más próximo, el marido de Barbara, le dijo al forense que cuando la identificó le faltaba el collar. Se organizó un escándalo...
—Sí.
Caitlin abrió el mensaje. No sabía nada del escándalo.
—¿Acusó al personal del anatómico forense de robarle una joya a su mujer? ¿Antes de que la policía se diera cuenta de que el asesino quizá se la hubiera quitado?
Fue examinando el correo: «Colgante único de oro y ópalo en forma de colibrí de Barbara».
—Pondré una nota en el archivo, señora Hobbs.
—Deralynn. —Por teléfono, la voz de la mujer sonaba más baja—. Chicos, parad. Eso es para comer... Bueno, tendríais que haber acabado de desayunar ya. No... Weston, he dicho que... no lo abras en el coche, el yogur se...
Llegaron gritos desde el asiento trasero.
Caitlin se pellizcó la nariz.
—Coge una toallita húmeda de la bolsa de gimnasia —dijo Deralynn. Y luego a Caitlin—: ¿Sigue ahí?
—¿Por qué no hablamos en un momento mejor?
—No hay momentos mejores.
En la parte trasera del vehículo de Deralynn, que Caitlin se estaba imaginando como un monovolumen con un muñeco de Dexter de los que mueven la cabeza en el salpicadero, un niño se quejó:
—Mamá, la toallita no hace más que extenderlo por todas partes.
Deralynn dijo:
—Pues lo chupas.
Caitlin quería dejar caer la cabeza sobre el escritorio.
Deralynn se dirigió a ella:
—He encontrado el colgante en eBay.
Caitlin se puso tensa al momento.
—¿Cree usted que el collar que le faltaba a la víctima está a la venta en eBay?
—Lo estuvo. Hace cuatro años. Pujaron más que yo. Contacté con la policía, pero no volví a saber nada más. Esta semana, cuando ha vuelto a salir todo, le mandé un correo al sargento Guthrie para que contactara con el comprador y así pudiera rastrear la procedencia del colgante. Encontrar al vendedor y relacionarlo con la víctima.
—Vuelva a contármelo todo desde el principio.
Deralynn le hizo un resumen rápido y le contó que llevaba siete años buscando ese colgante.
—El Profeta no siempre cogía recuerdos. Pero con la teoría de que lo que llegó a su posesión siempre podía salir de sus manos (por ejemplo, si moría, o si se lo robaban) puse una alerta de búsqueda constante para ese colgante. No sé cuántas noches me pasé buscándolo. Y cuando apareció, fui a por él.
—Pero no sabe si pertenece realmente a la víctima.
—El mismo diseño, dimensiones y trabajo de artesanía, y los fragmentos de ópalo como ojos... Weston, no dejes que el perro se te coma el bocadillo.
Caitlin miró de nuevo la foto de Deralynn. Esa sonrisa. La cara resplandeciente y la figura rubensiana. Una obsesiva casi patológica, una cosechadora nocturna de datos, que compraba recuerdos de casos criminales en eBay. Una metomentodo que llamaba a los detectives mientras llevaba a los niños en coche al colegio.
Caitlin dijo:
—Mándeme todas las fotos y la información que tenga de ese colgante.
—En cuanto deje a los niños aparcados y le pase una manguera al coche.
La información llegó media hora después: capturas de pantalla del listado de eBay donde estaba el colgante. Por aquel entonces, Caitlin ya había conseguido desenterrar una foto de Barbara Gertz de los archivos de casos antiguos. Gertz tenía una sonrisa picarona y un martini en la mano. El colgante lo llevaba con una cadena de oro entre los pechos.
Parecía idéntico al colgante que Deralynn había encontrado en eBay... Hasta un arañazo en forma de media luna en el ala de oro del colibrí.
Caitlin procuró relajar la respiración. Tres meses después de que se tomara la foto del martini, el Profeta mató a puñaladas a Barbara Gertz. Descubrieron su cuerpo en el transportador de un túnel de lavado automático de coches. Los chorros de aire para el secado le habían arrancado la ropa.
Cuanto más comparaba Caitlin las dos fotos del colgante, más convencida estaba: era el mismo objeto. Movió la ruedecita para obtener los datos del vendedor de eBay. Requeriría una orden judicial y costaría varios días, aun con la urgencia del caso, que era de vida o muerte.
Volvió a su ordenador y leyó los mensajes de Deralynn Hobbs, con menos desdén en esta ocasión. Y abrió FindtheProphet.com.
La web era fea, pero estaba muy trabajada. Había un calendario de los asesinatos. Páginas de fotos tomadas por los agentes de la ley, la prensa y algunos civiles. Páginas para cada una de las víctimas. Eran completas y respetuosas. Incluían entrevistas con los familiares de las víctimas.
Y foros de mensajes. Caitlin se quedó asombrada. La web tenía cuatro mil quinientos usuarios registrados. Y a saber cuántos mirones más. Había 134 hilos con diversos temas. Caitlin se registró bajo el seudónimo de WarriorFan, y entró.
Sospechosos.
¿Son los crímenes al azar, o conocía el Profeta a sus víctimas?
Rimas en los mensajes. Numerología. Astrología. Satanismo.
¿Es el Profeta un imitador del asesino del Zodíaco?
¿Es el Profeta el asesino BTK?
Perfil del autor. Errores de la policía. Asesinatos que deberían atribuirse al Profeta.
Retratos robot... ¿Son precisos?
¿Qué significa el símbolo de Mercurio?
Algunos hilos tenían cientos de respuestas, con enlaces a todo, desde artículos del New York Times a archivos del FBI.
«Veinte años... ¿Dónde ha estado?». La moderadora de ese hilo: D. Hobbs.
Se arrellanó en su asiento. Algunos de esos hilos eran pura basura. Pero muchos de los comentarios eran reflexivos e inteligentes. Muy vehementes, sí. Pero bien documentados.
Esa web ahondaba tanto que en realidad podía ser un almacén de información que las agencias de la ley individuales nunca habían recopilado. Incluso podría tener fotos de pruebas que habían sido destruidas o robadas. Deralynn podía tener la clave del mundo perdido del caso.
Caitlin vio otro asunto de discusión: «¿Imitadores?». Contaba con setecientos comentarios polémicos.
Cogió el teléfono y llamó a Deralynn.
—Necesito incluir o excluir la posibilidad de que los nuevos asesinatos sean obra de un imitador. Podría usted ayudarme.
—Oh, Dios mío, claro que sí —dijo Deralynn.
Parecía que estaba otra vez en el coche, o todavía en él. Caitlin oía música y una pista de risas enlatadas. Bob Esponja.
—¿Podría usted resumirme los argumentos más interesantes de ese foro? Y si FindtheProphet.com tiene información relevante que no esté online, envíemela.
—Claro que sí. Y no le diré nada a nadie.
—Me alegro de no haber tenido que pedírselo.
Caitlin oyó el sonido de un intermitente, niños que recogían sus cosas diciendo «adiós» y «gracias».
—Portaos bien —dijo Deralynn—. Os quiero.
Se cerraron algunas puertas. Luego los neumáticos chirriaron, mientras Deralynn aceleraba furiosamente y se reincorporaba al tráfico.
—Voy a hacerlo —le aseguró y colgó.
Caitlin sintió que acababa de subir a una atracción de feria.
Pensó en Deralynn y su coche lleno de niños, y su ansiedad de sabueso para atrapar a un asesino. Risas y «os quiero».
Pensó en llamar de nuevo a su padre. Durante un nanosegundo. Al cabo de un momento, cogió el teléfono y llamó a Protección de Menores.
—Llamo por la niña que encontramos abandonada durante una redada policial, hace dos noches. Soy la oficial que la sacó de la casa.
Un minuto después se sentía mucho más ligera. Aliviada y con el nudo de su pecho algo más suelto. La niñita, Baby Doe, estaba perfectamente sana y se encontraba alojada temporalmente con una familia de acogida.
Aquella pequeña luchadora estaba a salvo, y caliente, y alguien la cuidaba. Sí, estaba en peligro psicológico. Abandonada. Pero estaba en unas manos que no la dejarían en una casa de meta, llena de drogas, cuchillos y armas de fuego. Caitlin recordó sus bonitos y enormes ojos, recostada contra su hombro.
—Gracias. Es una noticia estupenda.
Hay que aprovechar las cosas cuando vienen.
Detrás del instituto Sequoia, más allá del campo de fútbol, bajando la colina del huerto de los aguacates, estaba el canal de cemento para controlar las inundaciones que los chicos de los monopatines llamaban el Desagüe. La valla metálica no conseguía mantenerlos alejados de allí, ni siquiera una tarde borrascosa después de un día triste, con un ambiente extraño. El señor Ackerman había muerto. Media docena de chicos se reunían allí, aprovechando las pendientes y las curvas, las alcantarillas y los recodos... No era tan bueno como media tubería o una piscina vacía, pero era su espacio, para patinar, sentarse allí y hablar de lo raras que eran las cosas. El profesor sustituto de álgebra era como un conejo sorprendido por los faros de un coche. Como si la clase estuviera envenenada. Con las furgonetas de las noticias esperando fuera.
El Profeta. El asesino en serie real que grababa unos cuernos de diablo en sus víctimas.
Por lo general, les gustaba echar unas carreras desde la parte superior de la rampa de cemento en pendiente, hacer un ollie en el lecho del canal y bajar por la alcantarilla como si estuvieran surfeando una ola en Mavericks. Aquel día, no. Aquel día, sobre todo, estaban sentados, uno o dos fumaban, y todos deseaban haberse puesto ropa más abrigada. El viento los ponía nerviosos.
Entonces Kyle Pérez subió a la cima del promontorio y con aire despreocupado dirigió su monopatín hacia abajo, con un giro largo, con el pie derecho y hacia la izquierda. Distraído, porque, si no, no habría atacado la juntura del cemento en mal ángulo, ni habría salido volando con un molinete por delante. Un par de chicos se rieron y aplaudieron cuando bajó la pendiente agitando brazos y piernas. Su monopatín se deslizó rápido por el lecho del canal y se fue hacia la alcantarilla.
Kyle recuperó el control de sus brazos y piernas larguiruchos, y se enderezó el gorro de lana. Hizo una reverencia ante los aplausos fingidos, y entró sigilosamente en la alcantarilla para recuperar el monopatín.
Dentro estaba oscuro y húmedo. Sus zapatillas Chuck Taylor chirriaban en el cemento. Kyle encontró su monopatín y le dio un pisotón a la punta, de modo que este saltó y lo pudo coger y metérselo debajo del brazo.
Se volvió para salir y entonces se detuvo.
—Chicos —llamó.
Sus amigos siguieron hablando. Kyle se inclinó hacia la pared curvada de la alcantarilla y parecía que el corazón se le salía del pecho, y la piel de la nuca se le puso muy tensa, como si alguien la hubiera atado con una cuerda y estuviera tirando.
—Chicos, venid a ver esto.
Tony y Jaden se levantaron y fueron hacia allí, sombreados por la entrada de la alcantarilla.
—¿Qué pasa? —preguntó Jaden.
Kyle apuntó con la linterna de su cámara a la pared. Los números negros destacaron.
37.644827, - 121.781943
—Qué grafiti más aburrido —dijo Jaden.
Kyle dirigió la luz hacia la pared curva de la alcantarilla, de modo que pudieron ver el resto.
LA POLICÍA NO LO AVERIGUA. ¿CREES QUE PODRÁS TÚ?
—Son coordenadas. Longitud y latitud —aclaró Kyle. Lo buscó en Google—. Y está cerca de aquí.
Una ráfaga de viento entró por la alcantarilla. Por el extremo más alejado, donde la luz se volvía lechosa, pasó una sombra. Tony tembló y volvió hacia la luz del día.
—Tío. Qué susto. Era solo un pájaro. —De repente, Kyle ya no era un estudiante novato. Era el descubridor—. Tenemos que comprobar esto.
—No.
Kyle le enseñó el mapa con su teléfono a Jaden, que respiraba pesadamente.
—Está en el parque Silver Creek. Tony... conduce tú.
Jaden le cogió el brazo.
—Pero ¿no lo ves?
Cogió el teléfono de Kyle y apuntó con la linterna a la pared. Arriba, en el cemento, estaba aquello.

Kyle le lanzó una mirada intensa durante un momento.
—Tenemos que ir al parque.
10
Caitlin había mantenido los ojos cerrados y las manos apretadas encima de los auriculares. Tenía la voz del Profeta en la cabeza. La voz de hacía veinticinco años. La original, firme, segura voz de Mercurio. Hablando con la hija de una víctima, escupiendo veneno mientras ella sollozaba y le rogaba que dejara en paz a su familia. «Pero ella era una puta. Tuvo lo que se merecía», decía él.
Puso la grabación en pausa. Quería vomitar. Al cabo de un momento, cuando su pulso volvió a la normalidad, oyó sonar el teléfono de su escritorio. Se quitó los auriculares como si le pasara la corriente.
Cuando respondió al teléfono, la recepcionista le dijo:
—Tienes una visita.
Le costó un instante rehacerse, caminar hacia el mostrador de entrada y oír la voz emocionada de Deralynn Hobbs. Abrió la puerta del vestíbulo. Deralynn se levantó de un salto y le estrechó la mano.
—Detective. Cuánto me alegro de conocerla.
Era bajita, cuadrada y con los pies ligeros, como si fuera una pelota de playa. Su pelo rubio surgía como las espinas de un erizo, muy revuelto. Llevaba unos pantalones capri y un jersey del color de un cono de tráfico fluorescente. Tenía los ojos azul celeste y su sonrisa era amable.
—Lo del imitador. He encontrado casos antiguos sospechosos —dijo Deralynn—. Uno en Miami, hace diez años, y otro en Houston, hace dieciocho meses.
Caitlin le había pedido que marcara los mensajes y le remitiera información, no que empezara ella una investigación por su cuenta.
—¿Cómo que sospechosos?
—Parejas muertas cerca de un equinoccio.
Levantó los puños cerrados, llena de emoción.
—¿A qué distancia? ¿Fechas? ¿Nombre de las víctimas? ¿Número de caso y oficiales que lo investigaron?
—Lo tengo todo. Y también tengo esto. Las víctimas se conocieron a través de un servicio de citas online. Quizás el asesino se haya apuntado a un servicio de ese tipo.
Caitlin intentó no sonar totalmente escéptica.
—¿Y qué hace entonces?
Fuera sonó una bocina. Deralynn se inclinó hacia la puerta.
—Espere. O venga conmigo.
Salió. Caitlin se quedó atrás y luego pensó: «Dejemos que Deralynn vuelva a su coche y así se irá antes».
Un monovolumen polvoriento estaba aparcado en el espacio de las visitas. Una pegatina que llevaba decía: «Cuidado. Solo freno por: OH, DIOS MÍO, ¿ACABO DE ATROPELLAR A ALGUIEN?». Caitlin se alegró de ver que sus instintos se habían confirmado.
—Quizás encuentra perfiles de la gente —aventuró Deralynn—. Y sus fantasías. Estamos hablando de un asesino cuyo sentido más profundo se encuentra en una fantasía. Entonces, quizá, cuando las mujeres lo rechazan, las mata.
—Quizá.
Era difícil oír la voz de Deralynn por encima del sonido del claxon del coche. En el asiento del conductor, un husky siberiano apoyaba las patas delanteras en el volante. Deralynn abrió la puerta y lo apartó. El claxon dejó de sonar.
—Envíeme la información —dijo Caitlin.
—De inmediato. —Deralynn se cogió a la portezuela del coche—. Ya sé que venir aquí no es lo más adecuado. Pero cualquier cosa que pueda hacer para ayudar... de verdad...
Se estrecharon las manos de nuevo, subió al coche y se alejó, saludándola vigorosamente.
Glinda, la Bruja Buena de la Web.
Cuando Caitlin volvió a entrar en el vestíbulo, Paige se estaba mordiendo la uña del pulgar. Tenía un sobre de FedEx en la mano.
—Para ti.
—Gracias.
Caitlin entró en la comisaría y lo cogió. Paige se levantó de su silla y la siguió mientras ella se dirigía a su escritorio, como una invitada que acaba de entregar un regalo para el cumpleaños de una niña. ¿Tan poco trabajo había? ¿O simplemente Paige quería fisgonear en el centro de operaciones?
—¿Algo más? —preguntó Caitlin.
—No, es que... —Paige se encogió de hombros—. ¿No lo vas a abrir?
—Sí. Gracias.
Paige fue retrocediendo, poco a poco.
El sobre indicaba: DETECTIVE HENDRIX. PERSONAL. La dirección de la comisaría estaba escrita con mayúsculas. Caitlin no reconoció ni el nombre del remitente ni la dirección. Todo su ser le exigía que fuera precavida.
Abrió el sobre y salió un lápiz de memoria. No había nada más dentro.
—Martínez.
El otro detective levantó la vista, con la cabeza calva brillante. Le dirigió una mirada que habría dirigido a una hermana pequeña molesta que lo hubiera interrumpido. Entonces vio la cara de ella. Se acercó cuando ella lo llamó.
Señaló el lápiz de memoria.
—No espero nada y no reconozco al remitente. No quiero parecer exagerada, pero...
—No, no estás exagerando.
Sacó un par de guantes de látex del cajón de su escritorio y se los puso. Martínez se inclinó sobre su teclado, le pidió permiso y tecleó la dirección del remitente.
No encontrada.
Intercambiaron una mirada. Ella cogió el lápiz de memoria. Martínez la acompañó al departamento de Informática de la comisaría, un escritorio situado en una esquina del espacio de la oficina principal, donde ella introdujo sus credenciales en el ordenador estéril de la comisaría, la máquina designada para comprobar archivos no verificados y lápices de memoria. No estaba conectada con el resto de los ordenadores del edificio ni de la oficina del sheriff.
Insertó el lápiz. El ordenador lo examinó y no encontró programas maliciosos. Caitlin lo abrió.
Un vídeo se puso en marcha.
La imagen era oscura e irreconocible. Les llegó un sonido confuso que luego se fue aclarando.
Era un gemido.
En la imagen pasó a verse un aparcamiento con grava a la luz de la luna. Al fondo se veían las colinas plateadas. Unos robles oscuros y altos. La cámara iba recorriendo el espacio con suavidad, como un trávelin de Hollywood.
—Llama a Guthrie —ordenó Caitlin.
—Sí.
Martínez miró un segundo más y luego se alejó.
Caitlin estaba sentada muy rígida, con las manos extendidas encima del escritorio. En la pantalla, el gemido se convirtió en un grito.
Vio a Stuart Ackerman en el suelo, a gatas. Estaba a unos veinte metros de la cámara; se arrastraba para alejarse de la persona que estaba grabando aquel vídeo. Sus pies resonaban en la grava. Unas flechas sobresalían de su espalda.
Los quejidos procedían de él.
—«No... No... Dios mío...».
La cámara siguió avanzando. El paso del cámara era tranquilo.
Caitlin notó como si una banda le oprimiera el pecho. La sangre le rugía en los oídos. Detrás de ella, oyó a Martínez volver con Guthrie, pero no podía apartar los ojos de la pantalla.
—«¡Socorro!».
Ackerman hablaba casi en susurros y estaba completamente desesperado. La cámara se quedó enfocándolo, con paciencia, como si enmarcara la escena.
Luego corrió hacia Ackerman. Apareció a la vista una ballesta, y Caitlin reparó en que la cámara era una GoPro, probablemente montada en el hombro del asesino, y la ballesta apuntó a su blanco. Y disparó.
Caitlin dio un salto. Su respingo fue involuntario.
Martínez dijo:
—Madre de Dios...
El vídeo pasó abruptamente con un corte a un callejón. La respiración del cámara invisible era lenta y pesada. En la calle se oía ruido. En una pared de ladrillos se veía un grafiti pintado con aerosol: «Gotear sangre».
La respiración era una presencia. Se expandía más allá del ordenador, e invadía la habitación. Una voz susurró con aspereza:
—«Estás descarriada, Hendrix. Te has perdido en un bosque oscuro. Nunca encontrarás el camino».
La pantalla se fundió a negro.
—«Pero alguien lo hará, porque el castigo espera...».
Caitlin no podía moverse. No podía apartar la vista de la pantalla. Pero lo vio por el rabillo del ojo. La sala entera la miraba. A ella.
11
Desde la parada del autobús, mientras caminaba por Potrero Hill en dirección a la casa de huéspedes, Mack Hendrix vio el todoterreno desgastado de su hija bajar por la calle. Las sombras estaban invadiendo ya el barrio. El cielo tenía un borde dorado detrás de las colinas de la ciudad. En la bahía, grandes olas removían el agua. Caitlin aparcó, salió y subió las escaleras, sin verlo todavía.
Él aminoró el paso. Llevaba un periódico bajo el brazo. Unas botas Carhartt tiznadas de barro, y un gorro manchado de sudor. Tierra bajo las uñas. Había trabajado todo el día sacando piezas de cemento de un molde para la nueva casa de un millonario en Pacific Heights.
Trabajo honrado. Sudor limpio. Sin embargo, durante un momento quiso darse la vuelta y alejarse. Ella lo vería y lo juzgaría, y lo encontraría digno. Y él no quería eso.
Se detuvo en la acera y la vio subir el largo tramo de escaleras que había hasta la puerta delantera.
Era ligera y atlética. Había heredado la estatura de la familia de su madre. Tenía el cabello pelirrojo como una corona orgullosa, aquella noche sujeto hacia atrás con una especie de media cola de caballo un poco revuelta, como si aún tuviera ocho años y volviera del entrenamiento de fútbol con las mejillas rojas y llena de energía. Sus pasos eran urgentes.
Así era Caitlin: urgente. Aunque estuviera completamente quieta, guardándose los pensamientos y las esperanzas, cosa que pasaba la mayor parte del tiempo, por dentro corría siempre, con el corazón alborotado, la mente dando tumbos como un motor pasado de revoluciones, tragándose las escenas con los ojos.
¿Cómo podía él haber creado algo tan bello y tan decidido?
El viento lo abofeteó. La conocía demasiado bien: parecía que pinchaba, pero tenía un corazón enorme enterrado. Y por si eso fuera poco, era una cazadora.
Aquella parte sí que sabía exactamente cómo la había creado. A ella le encantaban los juegos. Le encantaba ganar. La caza le parecía emocionante.
Ganar le daba un objetivo, una meta. Y tener metas la apartaba de las divagaciones, de caer en la ciénaga de la obsesión y la depresión. Le evitaba hundirse en el pozo que él había excavado para ella.
Caitlin llegó al porche y llamó a la puerta. Él esperó un momento más. Cómo se parecía a su madre... Impulsiva. Intuitiva, siempre buscando conexiones donde otros veían solo niebla.
Dura, pero no cínica. Se había desilusionado muy joven, de una manera terrible. Pero conservaba la pasión.
Pasión por arreglar los males que la habían afectado. Redimir el nombre de Hendrix. Intentaba hacerse cargo de todo, ella sola. Y ahí residía la trampa, la lata de gasolina emocional que podía incendiarse de repente y quemarla.
Eso, y la compasión secreta que intentaba ocultar ante los extraños. Mack se dirigió hacia ella.
Ella estaba en la puerta, hablando con la casera.
—¿Sabe cuándo volverá?
Él subió las escaleras.
—Aquí estoy.
Ella se volvió. Algunos mechones de pelo se agitaron en torno a su cara, con el viento. Lo miró, le echó la mirada que ya esperaba, vio la tierra y el periódico y el barro de sus botas, midió lo firmes que eran sus pasos, y su cara no reveló nada. Pero él notó el alivio, el «oh, gracias a Dios que está sobrio». A él aún le quedaba un buen trecho para llegar a alguna parte. Aun después de veinte años.
—¿Vienes sola? —preguntó—. ¿El sargento Guthrie ha decidido que la cosa funciona mejor con uno solo?
Ella apretó los labios. Él la hizo entrar por el vestíbulo a la cocina.
—¿Quieres un vaso de agua?
—No, gracias.
Ella se detuvo en la isla de la cocina, con las manos muy metidas en los bolsillos de la chaqueta.
—Me ha mandado un mensaje.
Mack se quedó quieto, con la mano en el grifo. Caitlin rodeó la isla y se acercó a él.
—No entiendo lo que me está diciendo.
Él cerró los ojos.
—Dices que lo has dejado. Pero yo no me lo creo.
Él bajó la cabeza. Ella le cogió el brazo, levantó la manga y dejó al descubierto su tatuaje.
—Lo llevas debajo de la piel —dijo.
El calor que desprendían sus ojos parecía abrasar la tinta. Volvió el dolor de la aguja.
«He dicho que el símbolo del Profeta. Hazlo». Borracho en los barrios bajos, chillándole a un tatuador. El otro no quería peleas. Él quería una marca, un castigo, una puerta a la oscuridad. Un recordatorio de que el Profeta no había terminado.
—Papá.
Él leyó el segundo tatuaje, «Caitlin». Años después, se lo hizo estando sobrio. Porque ella era la luz.
Ella le dijo:
—Esta es la segunda vez que hace un comentario que podría referirse a mí. Y yo...
—El segundo... ¿Cuál fue el otro?
—El mensaje que envió a la cadena de televisión. «Viejos y jóvenes en el pozo». Creo que sabe que me han asignado a la investigación desde el principio. Y el mensaje de hoy... —Cogió aire con fuerza—. Me llama por mi nombre.
—No crees que te esté intentando apartar del caso.
—No intentó apartarte a ti, ¿verdad?
—Más bien al contrario —respondió Mack.
—Es posible que me quiera ahí. Es posible que...
—Te haya atraído.
Ella se quedó pensativa.
—Como si decidiera perseguirme.
A Mack se le aceleró el pulso. No se atrevía a decirlo, pero lo pensó: el asesino había seleccionado a Caitlin. Exactamente igual que había seleccionado a sus víctimas. Caitlin no fue asignada a la investigación: formaba parte del caso. Y el asesino quería que trabajase en él. La puso en el terreno de juego de uno de los casos de asesinatos en serie sin resolver más importantes de Estados Unidos.
Notó el corazón en un puño.
—Déjalo. Vete de la ciudad.
Pero vio que ella estaba desesperada. El miedo por ella lo invadió. Quiso apretarla contra su cuerpo y susurrar: «Huye de este caso». Pero la voz de ella estaba llena de furia y decisión.
—Si te está provocando directamente, es que planea algo —exclamó él—. Enséñame a ver.
Ya había oscurecido cuando los chicos del monopatín entraron en el parque Silver Creek. Kyle, Tony y Jaden iban en silencio, mientras Tony conducía el viejo Civic por el camino de grava lleno de charcos. Los ojos de Kyle pasaban de su teléfono, con las coordenadas geográficas, a las colinas y los árboles que se agitaban con el viento. Por allí no había nadie más.
—Qué sitio más macabro —dijo Tony.
—¿Crees que ese nos iba a mandar al Dairy Queen? —replicó Jaden.
Kyle pensó: «Ese». Un extraño temblor le subió a los labios. Se los mordió para detenerlo.
Cogieron una curva, rebotando, y llegaron a un aparcamiento vacío. Kyle comprobó las coordenadas.
—Está cerca. Aparca aquí.
Cuando Tony apagó el motor, el viento silbó a través de los paneles de la puerta. Se quedaron allí sentados. Al final, Kyle salió.
Siguió el mapa de su teléfono a través del aparcamiento, hasta un camino forestal. La cadena estaba puesta, pero había huellas de neumáticos a ambos lados. Saltó por encima y enfiló la carretera, hacia los árboles. Tony y Jaden lo alcanzaron.
Cerraron filas y caminaron en silencio. El viento los azotaba. Al cabo de cinco minutos de ascenso, doblaron un recodo y se encontraron en la cima de una colina, mirando hacia un barranco.
Había ramas rotas y arbustos arrancados de raíz, en una amplia trayectoria que caía en la profundidad del barranco. Parecía como si una manada de dinosaurios hubiera pasado entre los arbustos. Tony señaló:
—¿Qué demonios es eso?
Kyle levantó el teléfono e hizo una foto. La cámara relampagueó. Luego se echó a correr, y de su boca y la de Jaden y la de Tony solo salían gritos prolongados y recios.
Caitlin abrió su ordenador portátil en una mesita baja, en la sala de estar de la casa de huéspedes. La ventana saliente estaba llena de una oscuridad de carbón. Metió un lápiz de memoria con una copia del vídeo enviado por FedEx. Miró a su padre.
—Es un poco duro —le advirtió.
Mack se inclinó hacia delante, con las manos cogidas entre las rodillas.
—Ponlo.
Ella pulsó una tecla.
Mack no se movió. No parpadeó. Sus ojos examinaban la pantalla. En el vídeo, los gritos quejosos y desesperados de Stuart Ackerman seguían sin parar. A Caitlin se le encogió el estómago una vez más.
Cuando el vídeo se cortó y pasó al callejón con los grafitis, Mack se inclinó hacia delante.
La voz del vídeo susurró:
—«Estás descarriada, Hendrix. Perdida en un bosque oscuro. Nunca encontrarás el camino. Pero alguien lo hará, porque el castigo espera...».
El vídeo terminó. Mack seguía tan quieto como una estatua.
—Vuélvelo a poner —dijo con suma tranquilidad.
Caitlin lo pasó de nuevo. Mack lo vio sin moverse. Cuando acabó, dijo:
—Otra vez.
Lo contempló por tercera vez con la cara de un halcón. Cuando la imagen se fundió a negro, él dijo:
—¿Vas a hacer público el vídeo del grafiti?
—En cuanto el Mando lo firme. —Caitlin se pasó los dedos por el pelo—. Alguien ha tenido que ver ese grafiti.
—Quizá —dijo Mack con voz pensativa—. El Profeta nunca deja la elección de sus víctimas al azar del momento. Investiga y elige sus objetivos. Te está diciendo algo en concreto.
El nudo del estómago de ella se tensó más aún.
—Tiene algo pensado.
—«El castigo espera».
El aire se volvió más denso alrededor de ellos.
—Le gusta esa palabra —observó ella.
Sacó del bolso una fotocopia del mapa en el que el Profeta había dibujado el primer escenario del crimen. Lo que más sobresalía: castigo.
Mack señaló el mapa.
—Lo encontré en una alcantarilla a casi un kilómetro del escenario del crimen.
Ella se echó hacia atrás.
—Pensaba... Espera. Pensaba que lo envió por correo a la comisaría. Que los daños por el agua se habían producido cuando se inundó la sala de pruebas.
Mack negó con la cabeza.
Ella levantó el mapa.
—¿Y se le cayó allí el original de esto? Pero todo lo demás estaba impecable. No deja ADN, ni huellas dactilares, ni rastros detectables...
—Fue hace veinticinco años. Todavía era un novato.
—¿Y cometía errores de novato?
—El primer delito de un delincuente es siempre el más revelador —dijo Mack—. Por eso debes centrarte siempre en este, cuando evalúes una serie de crímenes. Te enseñará dónde se encuentra cómodo el criminal inexperto. Ese delito está muy cerca del lugar donde vive o trabaja, y su conducta es más natural, porque todavía no ha perfeccionado sus técnicas.
—De modo que me estás diciendo que debería volver adonde empezó todo. Con las avispas.
—No te estoy diciendo nada. Te dije que no quería que todo esto te afectara.
—Para ya. Me estoy ocupando de este asunto.
—Y tienes que escuchar lo que te estoy diciendo. Hoy en día ha perfeccionado sus técnicas. Ha adquirido una habilidad excepcional.
Sus ojos delataban melancolía, impregnados de una emoción que ella no podía identificar.
—¿Por eso el primer asesinato fue en otoño y todos los demás en primavera? —aventuró ella.
—Quizá. Si contamos estos nuevos crímenes, seis asesinatos han tenido lugar durante un equinoccio. Pero la primera muerte es la única que se produjo en otoño.
Ella se quedó pensativa. Él se rascó los brazos. La energía nerviosa de él llenaba la habitación.
—Has preguntado cuál es su mensaje. Pero no se trata de un mero mensaje —prosiguió—. Sí, hay un motivo por el cual se dirige directamente a ti de esa manera tan arcaica, «descarriada». Para él tiene sentido y debes descifrarlo. —Se contuvo—. Bueno, alguien debería descifrarlo. Pero ese otro mensaje quizá no sea ningún código.
—Podría ser un simple señuelo.
—No te dejes atraer por su mundo.
—De acuerdo.
Mack la miró a los ojos fijamente. Mantuvo la mirada largo rato.
—Se va metiendo en tu interior. La verdad sobre lo que los seres humanos pueden hacerse unos a otros. Al final, harás cualquier cosa con tal de detenerlo. —Hizo una pausa para asegurarse de que ella le prestaba atención—. Necesitábamos un descanso con este caso. Empezábamos a pensar: «Danos pruebas. Sigue haciéndolo».
Mack cogió aire con fuerza. Él se puso de pie y fue hacia la ventana.
Caitlin se sentó, con las manos colgando. Al cabo de un minuto le siguió a la ventana. Se puso a su lado, pero él seguía mirándola con gesto ausente, como si ella fuera invisible.
Ella se fue dando la vuelta hasta que él quedó justo enfrente de ella.
—Papá...
Él volvió la cabeza y al final le hizo caso. Tenía la mandíbula tensa.
—Yo... —Su voz se fue apagando.
Mack adoptó un gesto compungido.
—No hace falta que digas nada.
Ella se quedó un minuto mirando el suelo, luego asintió y se volvió para irse. Él la cogió por la muñeca.
—Tu vida está bien. No dejes que te la eche a perder.
Una vez fuera, Caitlin se dirigió a su Highlander. La luz amoratada del atardecer era cada vez más tenue y el viento traía el sonido del tráfico en la 280.
Mack acababa de hacer un acto de contrición. «Necesitábamos un descanso con este caso. Empezábamos a pensar: “Danos pruebas. Sigue haciéndolo”».
Era una confesión: que Saunders y él estaban tan obsesionados por atrapar al Profeta que perdieron la oportunidad de salvar a los recién casados en el cementerio. Ella se sintió mareada.
La ventana saliente de la casa de huéspedes resplandecía, iluminada. Ella veía a su padre en el salón. Estaba de pie frente a la pared, inmóvil, al parecer mirando al vacío.
Sonó el móvil. Era Guthrie.
—Hendrix. Parque Silver Creek. Puede ser nuestro escenario del crimen primario, donde mataron a Stuart Ackerman. Me reuniré con usted allí.
Ella saltó al coche.
—Ya voy. Tardaré media hora. Estoy en la ciudad.
—Vaya rápido. Hay unos chavales de instituto.
12
Caitlin vio un problema nada más aparcar en el parque Silver Creek. Las luces brillantes destellaban entre los robles, pero nadie había definido ni asegurado el escenario del crimen. Se detuvo junto a un Charger de la oficina del sheriff y salió. Un oficial uniformado se acercó a ella.
—¿Marston? —preguntó Caitlin.
El joven oficial, que había estado con ella en la redada en la casa de la meta, levantó la barbilla a modo de saludo.
—Están todos por ahí.
Cruzaron el aparcamiento de grava hacia un segundo coche patrulla. Los faros de este iluminaban a otro policía uniformado, varios civiles cuarentones y tres adolescentes. Un monovolumen, un Lexus y un Civic con una pegatina del aparcamiento del instituto Sequoia estaban aparcados allí cerca.
—¿Todo esto es parte del escenario del crimen? —preguntó Caitlin.
Marston señaló hacia el extremo más alejado del aparcamiento.
—El barranco de ahí arriba, en la pista forestal, a unos cuatrocientos metros. Ahí es donde los chicos han encontrado el coche.
—¿Y esa es la única carretera que proporciona acceso por vehículo al barranco?
—Que yo sepa, sí.
En su fuero interno notaba cómo se abrían paso una sorda irritación y una sensación de oportunidad perdida.
—Así que el coche del barranco tuvo que pasar a través de este aparcamiento. El asesino pudo haber pasado justo por aquí.
«Controla el escenario». Era una norma fundamental en el trabajo detectivesco. La grava crujió bajo sus botas. Se preguntó si estarían pisando en aquel momento pruebas ya pisoteadas previamente.
Señaló con un gesto a la gente que se congregaba un poco más allá.
—¿Ha hablado con los chicos?
Marston asintió.
—Con todos, por separado. Parece que llevan un buen susto encima. Pensaban que iban a divertirse un poco y han encontrado algo bastante terrible.
Aparecieron unos faros procedentes de la calle principal. Un coche marrón que era una auténtica cafetera se detuvo detrás de los coches patrulla y de él salió un hombre. Demacrado, gris, con una chaqueta desgastada de tweed y una camisa vaquera. Llevaba una libreta en la mano.
Se puso una mano alrededor de la boca y llamó:
—¡Detective Hendrix! Bart Fletcher, del East Bay Herald.
Fletcher. El gacetillero que había escrito el artículo que decía que Caitlin estaba intentando superar los errores que cometió su padre.
—¿Ha cometido otro asesinato el Profeta? —gritó.
Caitlin miró al segundo policía de uniforme. Lyle.
—Sáquelo de aquí. Cierre la entrada del parque. Ponga conos. Que no entre nadie excepto el sargento Guthrie o los de la Científica.
Lyle asintió y se dirigió a Fletcher. Caitlin oyó una conversación a lo lejos, y el motor de Fletcher que se ponía en marcha. Siguió andando.
¿Cómo se había enterado Fletcher?
—¿Qué han dicho por la radio de la policía?
—No estoy seguro —respondió Marston.
Ella se acercó al grupo. Los padres estaban pendientes, vigilantes y ansiosos. Ella los miró a los ojos, pero se dirigió a los chicos.
—Soy la detective Hendrix. ¿Estáis bien?
Los tres adolescentes asintieron. La miraron con un miedo evidente. Chicos con pantalones holgados, y uno de ellos, con un gorro de lana. Se mordían las uñas. No estaban acostumbrados a tratar con la policía. El más joven, Kyle Pérez, tendría unos catorce años y parecía como si le acabara de cambiar la voz. Les contó que habían encontrado las coordenadas geográficas en la alcantarilla de detrás del instituto.
—Así que decidimos venir a mirar. Yo pensaba que igual era una broma, y no queríamos avisar a la policía sin motivo, ¿sabe?
Su padre le puso una mano en el hombro.
—No has hecho nada malo.
Pero le apretó el hombro como si dijera: «De todos modos, tú y yo vamos a tener una conversación sobre las estupideces que no se deben hacer».
Kyle continuó el relato.
—De modo que vinimos aquí y buscamos las coordenadas, siguiendo la pista forestal de ahí... —Miró de nuevo a sus amigos. No le ofrecieron ayuda alguna—. Entonces vimos el coche. Y entonces...
Jaden, el chico que llevaba la gorra, intervino:
—Nos entró miedo.
Tony, el conductor, añadió:
—Estábamos todos en plan «Vámonos de aquí»...
—A toda prisa —terció Jaden—. Nos abrimos. Corriendo.
Kyle se limpió la nariz y tragó saliva.
—No querrá que volvamos allá arriba, ¿verdad?
—No.
Los chicos se relajaron.
Caitlin dijo:
—Marston, venga conmigo. Que todos los demás se queden aquí.
—Además —añadió Kyle—, es que... huele fatal.
Caitlin y Marston se dirigieron a la pista forestal. Guthrie llegó cuando estaban subiendo. Aparcó y se unió a ellos. La carretera ascendía por los bosques. En la cima de la colina, daba la vuelta y seguía a lo largo de un risco, por encima de un barranco.
La caída corría a través de arbustos de espinos y ramas de árboles. El coche estaba en lo hondo, a unos veinte metros, con la rejilla aplastada contra una roca. Una flecha sobresalía del neumático delantero izquierdo.
Notaron el olor. Olía a muerte. Luego lo oyeron. Un zumbido frenético. Moscas.
Marston tosió. Guthrie paseó el haz de su linterna por la escena. Caitlin combatió el deseo de retroceder. Aunque respiraba con inspiraciones cortas por la nariz, el olor le llenó nariz y garganta. Si lo respiraba por la nariz durante el tiempo suficiente, sus nervios olfativos acabarían por entumecerse. Un policía viejo se lo había dicho en el anatómico forense. También le dijo que los olores son partículas. Ella apretó los dientes y contuvo las arcadas.
Pasaron por encima del borde del barranco y bajaron de lado por la falla, barriendo los arbustos con las linternas. Cada vez olía peor. Diez metros más abajo, tenían un punto de observación mucho mejor.
—¿Qué demonios...? —exclamó Guthrie.
Apuntaron con las linternas hacia el coche accidentado. La parte trasera los apuntaba de cara. Era un Nissan Sentra azul, del mismo modelo y color que el vehículo perdido de Stuart Ackerman. Guthrie pidió el número, pero la matrícula no coincidía con la que estaban viendo. Y un nuevo olor se mezcló con el olor a muerte. Gasolina.
—¿Tanque de gasolina roto —preguntó Marston—, o manguera para gasolina?
Guthrie siguió paseando la linterna por el coche.
—Llame a los bomberos.
Marston acercó la boca a su radio, que llevaba en el hombro, y pidió ayuda de los bomberos por la presencia de un coche accidentado en medio del bosque. Respondió una voz.
Marston dijo:
—Detective, en el aparcamiento las cosas se están desmadrando.
—¿Qué pasa? —dijo Caitlin.
—Han llegado los medios a montones. La entrada del parque está cerrada, pero quizás hayan pasado a pie por el bosque, directamente.
—Dígale al ayudante del sheriff Lyle que los contenga —le ordenó ella.
De pie a mitad de camino de bajada al barranco, Caitlin y los dos hombres intentaron comprender qué veían. Estaban lo bastante cerca como para descubrir la fuente de aquel hedor.
El coche estaba lleno de cuervos muertos.
Las ventanillas estaban bajadas lo suficiente como para que el olor saliera y se arremolinaran las moscas, lo que evitaba que los animales salvajes de mayor tamaño saqueasen el escenario.
La instalación. Una exposición del Profeta.
Un par de buitres estaban posados en el techo, agazapados. Vivos.
Cuando Marston pasó el haz de la linterna por delante de ellos, graznaron y extendieron sus enormes alas y saltaron en el aire, alejándose pesadamente en la noche.
Cuervos. Docenas de cuervos. Estaban tiesos y destrozados, en un evidente estado de descomposición. Sus plumas de un negro reluciente cubrían una carne aplastada y ya medio deshecha. Caitlin no sabía cómo, pero parecían todos puestos de pie, como si fueran un coro. Cubrían el salpicadero y el estante que había detrás del asiento de atrás. Cubrían también el volante y el cambio de marchas y los asientos.
Todos los pájaros tenían una cabeza de muñeca.
Ella intentó contener el aliento.
Las cabezas de muñeca estaban incrustadas encima de las cabezas de los propios pájaros. Muñecas. Juguetes de plástico con los ojos vacíos. Algunas con pelo, otras pelonas. Barbies, Bratz. Bebés. Algunas rosa y brillantes, otras cubiertas por un moho negro. Diminutas bocas fruncidas, como si quisieran chupar.
Una de ellas tenía un teléfono móvil entre los dientes.
—Guthrie... —dijo Caitlin—. ¿Encontraron en San Joaquín el teléfono de Ackerman?
—No.
—Pero su cuerpo... Esa palabra que tenía grabada en el pecho...
—«Respuesta». —Guthrie le lanzó una mirada—. ¿Cree que alguien podría llamar?
En el bolsillo trasero de sus pantalones, el teléfono de Caitlin zumbaba con un texto entrante. Ella no le prestó atención. Luego le sonó el aviso del buzón de voz.
Guthrie se puso los guantes.
—Compruébelo.
Se dirigió hacia el Sentra, probó la ventanilla y metió la mano a través de ella.
Caitlin sacó el teléfono y vio una lista enorme de mensajes y llamadas perdidas. Textos de su madre y de Sean. Llamadas de Sean. Y un texto de Deralynn Hobbs.
«La enfoca la cámara».
Un sudor frío bajó por la espalda de Caitlin. Marcó la llamada. Deralynn cogió el teléfono de inmediato.
—Detective, hay una cámara transmitiendo en vivo desde ese coche accidentado. Él la está viendo. Todo el mundo la ve.
Caitlin le echó un vistazo al coche. Guthrie iba a tocarlo, con el brazo extendido, tratando de coger el teléfono móvil.
La noche dio un vuelco. El teléfono. La cámara. El olor a gasolina.
Chilló:
—¡Sargento...! ¡Salga de ahí! ¡Ahora!
Guthrie volvió la cabeza, alarmado. Ella bajó el talud hacia él, haciéndole señas de que retrocediera.
En la boca de la muñeca, la pantalla del móvil se encendió con una llamada entrante.
Guthrie sacó el brazo del coche. Y con un relámpago blanco, el interior del Sentra explotó.
La luz amarilla floreció de pronto. Los pájaros y las cabezas de muñeca se incendiaron abruptamente, desnudas y brillantes. Una llamarada caliente surgió del coche. Guthrie se arrojó hacia atrás, con los brazos levantados por delante de la cara. Caitlin corrió hacia él.
Él le hizo señas.
—¡Váyase!
Las llamas devoraron el interior del coche. Mientras Guthrie se apartaba de allí y se metía entre los arbustos, las ventanillas explotaron. El cristal le salpicó la espalda. El fuego surgía de las ventanillas, con un humo negro y arremolinado. Guthrie alcanzó a Caitlin y ambos subieron como pudieron por la colina.
—¿Está bien? —preguntó ella.
Él tosía, con la cara de un rojo vivo, y tenía esquirlas de cristal salpicadas por el pelo y la chaqueta.
—Bien.
—El teléfono —dijo ella—. Parece que era el detonador.
—Era un maldito artefacto explosivo improvisado —observó Guthrie.
Mientras terminaba de oscurecer, el coche que estaba en el fondo del barranco era un pequeño infierno. Las alas de los pájaros muertos ardían al azar. Las cabezas de muñeca se estaban fundiendo. El coche era pasto de las llamas y de él salía una intensa humareda.
Con un estallido agudo, los neumáticos explotaron, debido al calor.
Marston apartó con gestos el humo apestoso y negro.
—Sargento, ¿está bien?
Guthrie asintió.
—Tengo el extintor en mi unidad.
Bajó corriendo por la carretera. El calor del fuego era un muro ondulado.
Guthrie dijo:
—Quería que nos acercáramos al teléfono.
—Ha esperado hasta que hemos mencionado que era lo que encendía el fuego. —Caitlin se llevó su propio teléfono al oído—. ¿Deralynn?
—Ay, Dios mío. Qué espanto —dijo Deralynn.
—¿Todavía sigue en directo?
—La cámara ha dejado de funcionar.
Las llamas se elevaron más alto aún y el humo surgía de debajo del coche.
—Va a explotar —advirtió Guthrie.
Se retiraron a la pista forestal. Un segundo más tarde, un estruendo potente golpeó el aire, y un remolino de llamas rojas y humo se alzó por encima del borde del barranco. Las chispas incendiaron el aire. El calor irradió hacia la cara de Caitlin. A lo lejos se oía el gemido de las sirenas.
Lo que hubiera en el coche había desaparecido.
Guthrie meneó la cabeza con gesto de negación.
—Ha jugado con nosotros. El muy hijo de puta.
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