Kitabı oku: «María Magdalena revelada»

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Título original: MARY MAGDALENE REVEALED

Traducido del inglés por Julia Fernández Treviño

Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Maquetación: Toñi F. Castellón

© de la edición original

Meggan Watterson, 2019

Publicado inicialmente en 2019 por Hay House, Inc USA

Puedes sintonizar la emisora de Hay House en www.hayhouseradio.com

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

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España

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Contenido

Cubierta

Créditos

Dedicatoria

INTRODUCCIÓN

El ojo del corazón

Por qué besaría a un copto

No podemos morir a medias

LA PRIMERA POTESTAD

Lo que hemos olvidado

El cristianismo que todavía no hemos experimentado

Cómo una feminista ve a un ángel

El ministerio secreto de Currer Bell

El Levítico en zapatillas con forma de conejo

LA SEGUNDA POTESTAD

La niña que se bautizó a sí misma

La pasión de santa Perpetua

Los ojos de bombilla de la abuela Betty

El cristiano más enfadado que conocí en mi vida

El impresionante voto de Tara

Malinterpretando a Mr. Mister

Las tres Marías

El hilo rojo

LA TERCERA POTESTAD

Lo que sucede en la naturaleza

El Evangelio de María Magdalena

Lo que significa ser salvado

Lo que significa ser humano

Lo que me enseñaron que era la zarza ardiente

Cómo meditar como María Magdalena

El huevo rojo

El cuerpo nunca miente

María Magdalena no era una prostituta

No había nadie allí para dar fe de que había una testigo

La potestad que juzga

La Fuente Roja

Como un Arca de Noé de lo divino femenino

Una religión a la que todos pertenecemos

Por qué estoy orgullosa de mi parte impala

Cómo la médium de Long Island respondió a mis plegarias

LA CUARTA POTESTAD

Un barco sin velas

La ioni de la montaña

Lo que escuché en la cripta de María Magdalena

LA QUINTA POTESTAD

La princesa de la piedad

La Cueva de los Huevos

Ella, la que confirma la verdad

LA SEXTA POTESTAD

El quid de la cuestión es que nunca se acaba

El amor ya ha ganado

La Fuente Blanca

LA SÉPTIMA POTESTAD

Lo que hemos recordado

La mujer con la jarra de alabastro

El idioma de los ángeles

La plegaria del corazón

PALABRAS FINALES

Creo en María

APÉNDICE 1

La meditación de la voz del alma

APÉNDICE 2

La lista de lectura del hilo rojo de María Magdalena

APÉNDICE 3

Recursos para dar y recibir apoyo

AGRADECIMIENTOS

ACERCA DE LA AUTORA

Este libro es para mi hijo, Shai, que significa ‘regalo’ en arameo. En francés, amor a primera vista se dice coup de foudre (literalmente ‘golpe de rayo’). Cuando te vi por primera vez, Shai, eso fue lo que sentí. Te reconocí de inmediato.

Fue como ser testigo de la prueba de un amor que siempre había existido. Mi corazón dio un vuelco, y sigue expandiéndose desde entonces.

«Hermana, sabemos que el Salvador te amó más que a ninguna otra mujer. Dinos las palabras del Salvador que recuerdes, las cosas que sabes y que nosotros no hemos escuchado».

María respondió: «Lo que está escondido para vosotros os lo anunciaré».

EL EVANGELIO DE MARÍA MAGDALENA


INTRODUCCIÓN
El ojo del corazón


(Faltan las páginas 1-6)

María 1: 1

En el Evangelio de María Magdalena faltan las primeras páginas. Esas son las palabras que no podemos recuperar, esa es la sabiduría, la voz de Cristo expresada desde el corazón de una mujer, palabras que fueron arrancadas y probablemente destruidas antes de enterrar el resto de su evangelio. Había algo tan incendiario en esas primeras seis páginas que su evangelio comienza en la séptima.

Y hay algo poético en relación con todo esto, ya que de acuerdo con el Evangelio de María el siete es el número de las etapas que debemos atravesar, o de las potestades a las que tenemos que confrontarnos dentro de nosotros mismos, para alcanzar la claridad o singularidad del corazón que nos permite ver algo más real, duradero e infinito más allá del ego de nuestras pequeñas vidas, algo que ya existe aquí, en nuestro interior.

Se han recuperado tres copias del Evangelio de María, dos en griego y una en copto. En esas tres versiones de su evangelio también faltan las páginas iniciales, y cuatro más en la parte central del texto. Y esas cuatro páginas contendrían la respuesta a lo que creo que es una de las preguntas más significativas que se hayan planteado jamás. María le pregunta a Cristo:

«Entonces, Señor, aquel que tiene una visión ¿la ve con el alma o con el espíritu?».

Todo lo que tenemos de su respuesta es este inicio provocador y sin embargo enigmático:

«El Salvador respondió: ‘‘Una persona no ve con el alma ni con el espíritu. Es más bien el intelecto, que existe entre ambos, el que tiene la visión y es el que...’’».

«Intelecto» no es aquí el moderno concepto dualista que conocemos hoy en día. No es un intelecto vacío de cuerpo. Es una palabra que resulta difícil traducir del griego. Es mejor mantenerla en este idioma, aunque la primera vez que me topé con ella pensé que era un vocablo francés. La palabra es nous. Nous en francés significa ‘nosotros’. Nous en griego significa ‘el ojo del corazón’. Es la visión, o la percepción, del alma.

Nuestra forma de ver las cosas lo cambia todo. Y aquí hay mucho en juego, y por este motivo nos corresponde a nosotros responder la pregunta que ella le hace a Cristo. Y quizás también por eso la respuesta a su brillante pregunta fue arrancada de su evangelio, porque nos hubiera revelado que percibimos lo divino directamente, desde nuestro interior.

Lo que está en juego es la autoridad espiritual. Y al decir esto me refiero a la lucha para determinar quién tiene el poder para contar la historia de María Magdalena, y posteriormente la autoridad para decir la verdad sobre nuestra propia historia.

Si nosotros no vemos a través de la vista, si realmente vemos a través de una visión –una forma de percepción espiritual que nos permite conocer lo que es real, lo que es perdurable, lo que es realmente verdadero–, si todo esto procede de nuestro interior, entonces nadie tiene poder sobre nosotros.

Es simple, ¿verdad?

Sí, simple y sencillamente revolucionario.

Para mí, estas siete potestades del Evangelio de María sirven como un modelo de lo que significa ser humano. Es como si nos dieran un mapa de carreteras para recorrer el territorio interior. Aquí están las siete rutas que el ego puede seguir (y muy probablemente seguirá) mientras te encuentras en el cuerpo físico. Aquí están los lugares en los que los seres humanos nos quedamos bloqueados. Estos son los «climas», los estados mentales que pueden obligarnos a actuar de formas que no muestran quiénes somos en realidad. Estas son las potestades que pueden silenciarnos desde el interior de nosotros mismos.

Imagino que esta historia que estoy a punto de narrar es lo que los eruditos religiosos denominarían una «historia de conversión». El Evangelio de María me convirtió, o quizás sería mejor decir que su evangelio me ayudó a comprender por qué nunca me sentía como en casa en un cristianismo que lo excluía.

Desde una perspectiva teológica, el Evangelio de María Magdalena se considera una «narrativa ascendida», lo que significa que describe un camino que debemos recorrer para liberar el alma; no en el momento de morir sino aquí en la vida. Sin embargo, la palabra ascendida resulta confusa pues parece indicar que la imaginación se dirige inmediatamente hacia arriba. Sugiere trascendencia. De acuerdo con el Evangelio de María, la ascensión es más exactamente un descenso hacia el corazón; de manera que lo más lejano de allá arriba es en realidad lo más profundo que hay dentro de nosotros.

Para mí, encontrar la voz de María Magdalena significó recuperar mi propia voz. Por este motivo he pasado la mayor parte de mi vida estudiando su evangelio y siguiendo su leyenda a través de la historia. Tengo la esperanza de que al compartir su voz en este libro, tú serás capaz de escuchar la voz de tu propia alma. (Sé que esto puede parecer algo demasiado elevado y tal vez incluso intimidatorio, pero se trata simplemente de esa clara, serena y discreta voz llena de amor que hay en ti).

También quiero aclarar que esto va a terminar de la forma en la que comenzó. Como dice T. S. Eliot en sus Cuatro cuartetos: 1 «Y el final de toda nuestra búsqueda / será llegar a donde empezamos / y conocer el lugar por primera vez». No se trata de llegar a ninguna parte, ni de alcanzar ningún lugar. Y a pesar de todo, te contaré cómo terminé colgada de un barranco como un cabrito vestida con ropa de yoga por las montañas del sur de Francia buscando la «Cueva de los huevos» de María Magdalena.

El propósito del Evangelio de María no es sugerir que necesitamos convertirnos en otra persona, en alguien «mejor». No hay ninguna versión de ti mismo que tenga la vibración del Om, aunque tal vez creas que llegarás a ser esa versión al final de este libro, o que yo misma la he alcanzado al escribirlo.

Se trata de adquirir una visión que nos permita ver lo que siempre ha estado allí, dentro de nosotros. Se trata de la calidad y la intensidad de nuestra existencia. De la posibilidad de estar realmente presentes, en vez de estar atrapados sin siquiera ser conscientes de las infinitas historias que nos cuenta el ego desde el instante en que nos despertamos, separándonos de lo que ya está allí, separándonos de nosotros mismos y de los demás, separándonos de lo que consideramos bueno, o Dios. Se trata de despertar realmente al hecho de que nuestro modo de comprender el mundo ya no nos sirve.

La historia de mi conversión comienza aproximadamente de este modo. Me despierto para ver la manera en que he estado actuando en el mundo, el mundo creado por mi ego, y puedo ver el sufrimiento que el ego perpetúa. Veo que hay otra forma de hacer las cosas.

Y esa forma no incluye encontrar un amante apasionado y atrevido que me complete (al menos así ha sido hasta la fecha), ni descubrir una receta real y efectiva para la alegría ininterrumpida. Ni la fama. Ni el éxito. Aquí no existe un punto final, ni un estado fijo de realización. No hay maestros ni gurús. Hay solamente alfa, luego omega, ad infinitum. Esto es lo que estoy intentando explicar. No hay ninguna X para señalar ningún lugar.

Es mucho más simple que todo eso, y mucho más difícil.

Se trata más bien de una serie de momentos perpetuos en los que recuerdas que no tienes que sentirte separado del amor, si no es eso lo que deseas. Incluso en medio de las palabras más desagradables que nos decimos a nosotros mismos, incluso cuando alguien a quien queremos más que a nada en el mundo no es capaz de vernos tal como somos, podemos practicar una actitud que nos hace humildes, que bloquea la acción del ego, y nos deja volver una vez más al amor de la manera más fácil y cómoda (incluso con ligereza).

Todo está muy tranquilo y es muy normal. No tiene nada de especial. No es ostentoso ni fascinante. Es más que eso. Elizabeth Gilbert lo expresa del siguiente modo: «Nunca olvides que en una ocasión, en un momento de descuido, te reconociste a ti mismo como tu amigo».

Y es precisamente en ese momento de reconocimiento cuando nos salvamos a nosotros mismos del ser que desde el comienzo nunca fue real. Es entonces cuando vemos con el ojo del corazón.

Por qué besaría a un copto

Soy la primera y la última. Soy aquella que es honrada y aquella que es despreciada. Soy la prostituta y la santa. Soy la esposa y la virgen. Soy la novia y el novio. Soy ella, el Señor.

El trueno, la mente perfecta 1: 5-10

La evidencia más antigua del evangelio perdido de María Magdalena fue descubierta en 1896 por un erudito alemán llamado Carl Reinhardt en un mercado de antigüedades de El Cairo. El texto estaba escrito en copto en un pergamino. Se trata de un idioma que todavía es utilizado por los cristianos egipcios que reciben el nombre de «coptos». El manuscrito fue llevado al museo egipcio de Berlín con el título oficial, y el número de catálogo Codex Berolinensis 8502, que suena como un trabalenguas. Por este motivo, los eruditos se refieren a él como el Códice de Berlín.

El egiptólogo Carl Schmidt decidió traducir el evangelio al alemán. A excepción de las páginas que faltan, el texto estaba en buenas condiciones. Y dado que la escritura copta fue utilizada casi exclusivamente por los coptos, Schmidt concluyó que fueron las comunidades residentes en Egipto las que tradujeron, preservaron y tal vez incluso salvaron el Evangelio de María de la desaparición.

La publicación de la traducción de Schmidt del Evangelio de María fue entregada a una imprenta de Leipzig en 1912. Sin embargo, precisamente cuando la edición estaba a punto de ser ­finalizada, una tubería de agua se rompió y destruyó completamente la primera edición. Schmidt intentó arreglar el desastre pero el advenimiento de la Primera Guerra Mundial se lo impidió. Tenía previsto volver a Leipzig en cuanto fuera posible para retomar el proyecto, pero falleció en 1938. El proyecto fue legado a otro erudito, llamado Walter Till.

Entretanto, en 1917 se encontró un nuevo y pequeño fragmento en griego del Evangelio de María datado en el siglo III. Se lo conoce como Papyrus Rylands 463 y también fue descubierto en una localidad de Egipto, Oxyrhynchus.

Esta versión confirmó con mayor claridad los pasajes del Códice de Berlín, y además proporcionó nuevas pruebas sobre la datación temprana del evangelio. Till incorporó la nueva información a su traducción. Esta versión estaba finalizada y a punto de pasar a imprenta en 1943, pero en esta ocasión fue la Segunda Guerra Mundial lo que una vez más impidió su publicación. Finalmente, Till abandonó por completo el proyecto.

Cuando la guerra terminó se produjo un nuevo descubrimiento en una población de Egipto llamada Nag Hammadi. Se trataba de una gran cantidad de escrituras correspondientes a los primeros años del cristianismo: el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe y un texto poético llamado El trueno, la mente perfecta, entre muchos otros.

No había copias del Evangelio de María entre los textos conservados de Nag Hammadi. No obstante, entre todos los manuscritos descubiertos se hallaban los dos textos que se encontraron en el Códice de Berlín enrollados junto con el Evangelio de María: el Evangelio apócrifo de Juan, y La sabiduría de Jesucristo. A estos textos descubiertos en Nag Hammadi se los conoce en conjunto como los «Evangelios gnósticos», porque se enfocan en la gnosis, un término griego que significa ‘autoconocimiento’, o más específicamente, ‘el conocimiento que procede de la experiencia directa’.

Sin embargo, la etiqueta «gnóstico» generó una percepción errónea de estos primeros textos cristianos, y el Evangelio de María formó parte de esa confusión.

De modo que vamos a hablar con claridad: no existe nada que se llame «gnosticismo». Estos antiguos textos no hablan de un culto de gnósticos organizados. Dichos escritos, incluido el Evangelio de María, son una evidencia de las diversas formas de cristianismo que existían antes del siglo IV, época en la que fue codificada la forma actual de la Biblia. Soy consciente de que acabo de hablar del cristianismo en plural. A partir de la existencia de Cristo hubo muchas corrientes. Y una de ellas, a la que llamaremos el hilo rojo, consideraba que las mujeres eran tan valiosas como los hombres para enseñar y liderar la Iglesia. Como resulta evidente, esta no fue la corriente ganadora.

Nos encontramos aquí con una curiosa afinidad, o sincronicidad; supuestamente esos textos encontrados en Nag Hammadi fueron sacados ilegalmente de Egipto y permanecieron durante un tiempo en la colección de manuscritos del psiquiatra suizo Carl Jung. Esto resulta fascinante, por lo menos para mí, porque Jung creía que la Iglesia moriría sin la «Madre» y que lo femenino había quedado «inmerso» en nuestro inconsciente colectivo. Además, él escribió El libro rojo, que contiene esencialmente sus esfuerzos para conectarse directamente con su alma.

Todos estos textos del cristianismo primitivo que fueron encontrados enterrados en Egipto tienen en común que hablan del lado oculto, más humano –y femenino– de Cristo, de la importancia de María Magdalena y de la salvación como un acto introspectivo de transformación personal.

Los hallazgos de Nag Hammadi fueron finalmente revelados a un grupo de eruditos internacionales para que comenzaran a evaluar su importancia y su contribución a la comprensión de las creencias de algunos de los cristianos más antiguos. 2 De manera que, a pesar de que el Evangelio de María se halló en 1896, la ­primera edición impresa no apareció hasta 1955. El de María es el único evangelio escrito que lleva el nombre de una mujer.

Una tercera versión del Evangelio de María, posiblemente la versión final, fue encontrada en Grecia y también en Oxyrhynchus, al norte de Egipto. Este es un descubrimiento muy significativo. Como autora, académica y catedrática de Teología de la Universidad de Harvard, la doctora Karen King explica en su traducción del Evangelio de María: «Dado que es muy poco habitual que varias copias de un texto con fechas tan antiguas hayan sobrevivido, la certificación del Evangelio de María como un antiguo trabajo cristiano es de una importancia inusual». 3

La sacerdotisa episcopal, y autora, Cynthia Bourgeault afirma que si la doctora King está en lo cierto, «Esto situaría el Evangelio de María Magdalena en los estratos más tempranos de los escritos cristianos, prácticamente contemporáneos del Evangelio de Juan». 4

Este proceso arduo, y en cierto sentido desastroso, del Evangelio de María abriéndose finalmente paso hacia la imprenta me parece muy significativo. Refleja una resistencia casi magnética a cambiar nuestra perspectiva en relación con ella, similar al esfuerzo que supondría para un río cambiar la dirección de su curso. Y para mí refleja el proceso de lo que me ha costado personalmente compartir lo que considero que es la verdadera identidad de María, y el impacto real que ha tenido su evangelio en mi vida.

A medida que avancemos por cada uno de sus pasajes, verás que al inicio de algunos capítulos he incluido fragmentos procedentes de los siguientes tres textos: el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe y El trueno, la mente perfecta, y lo he hecho porque ayudan a contextualizar el Evangelio de María. Su evangelio no era una rareza aislada de carácter excepcional, como un unicornio entre caballos; leerlo junto con estos otros evangelios y las escrituras cristianas más antiguas nos permite comprender que formaba parte de una comunidad de creencias.

Me he formado como teóloga, es decir, como «alguien que se dedica al estudio de Dios». Aunque en mi caso debería decir alguien que se dedica al estudio de todo lo que ha sido excluido de las ideas que tenemos de Dios. Recurriré a mi experiencia directa, y aclararé cada uno de los pasajes todo lo que me sea posible. También avanzaremos juntos en la leyenda de María Magdalena, y su malinterpretada condición de prostituta penitente, que aún perdura, para revelar una visión histórica y teológicamente mucho más exacta de quién era ella.

Las siete potestades mencionadas en el Evangelio de María (la oscuridad, el deseo, la ignorancia, el anhelo de muerte, la esclavitud del cuerpo físico, la falsa paz de la carne y la compulsión de la ira) son los precursores de los siete pecados capitales del cristianismo (soberbia, avaricia, envidia, gula, lujuria, pereza e ira). Y según creo, son también los «siete demonios» que según se dice en Lucas 8:2 fueron expulsados del cuerpo de María. «Con él se fueron los Doce, y también algunas mujeres que habían sido curadas de enfermedades y por estar poseídas de espíritus malignos. Entre ellas María, conocida como María de Magdala (de la que se extrajeron siete demonios)». 5

Tradicionalmente, el énfasis de ese pasaje se encuentra en el hecho de que María tuvo que ser sanada, liberada de esos siete «demonios», pero a mí me gustaría destacar que María fue la primera de una lista de mujeres que habían sido sanadas y que caminaban junto a Cristo. Estas son las mismas siete potestades o «demonios» que el papa Gregorio proclamó en el siglo VI durante su 33.ª homilía para demostrar que María era una «pecadora». En mi opinión, en vez de probar lo bajo que había «caído», en realidad los siete «demonios» representan una prueba de todo lo que ella había ­superado.

Puede ser importante, y tal vez también contundente, hacer un pequeño esfuerzo consciente para desagraviarla. Para reparar la imagen de María Magdalena voy a analizar las siete potestades que ella enseña en su evangelio, y daré mi versión de una homilía, o un sermón. Y cuando digo sermón no hablo de un sermón oficial o formal, sino más bien de algo parecido a unas cartas de amor.

Y a pesar de que a lo largo del libro estas siete potestades siguen un orden lineal desde la primera hasta la séptima, en realidad deben ser comprendidas como potestades que vuelven a aparecer en nuestra vida una y otra vez, y para algunos de nosotros varias veces al día. Y cada sermón parecido a una carta de amor de alguna manera constituirá una oportunidad para que yo practique un cristianismo que nunca excluyó el Evangelio de María, y que comprendió estas siete potestades no como potestades demoníacas o pecaminosas, sino como potestades simplemente humanas.

Para los pasajes del Evangelio de María he utilizado como referencia la traducción que hizo la doctora Karen King en su conocido libro The Gospel of Mary of Magdala: Jesus and the First Woman Apostle [El Evangelio de María de Magdala: Jesús y la primera apostol]. Para la lista de las siete potestades traducida del griego en el Evangelio de María, me he inclinado por la traducción de Cynthia Bourgeault en su libro María Magdalena. Para el Evangelio de Tomás, he empleado la traducción de Elaine Pagels en Más allá de la fe: el Evangelio secreto de Tomás. Y he recurrido a la traducción del teólogo ortodoxo Jean-Yves Leloup del Evangelio de Felipe, en su libro Jesus, Mary Magdalene and the Gnosis of Sacred Union [Jesús, María Magdalena y la gnosis de la unión sagrada]. Todos los pasajes del Nuevo Testamento a los que hago referencia corresponden al libro del doctor Hal Taussig A New, New Testament: A Bible for the 21st Century Combining Traditional and Newly Discovered Texts [Un nuevo Nuevo Testamento: una biblia del siglo XXI que combina los textos tradicionales y los textos recientemente descubiertos].

Cuando tenía poco más de veinte años me topé con la cita que abre este capítulo al leer El trueno, la mente perfecta. Eso fue antes de conocer el Evangelio de María, y ahora puedo decir que en muchos sentidos me guio hasta él. Cuando leí «Soy la prostituta y la santa», todo mi cuerpo se puso a aplaudir. En aquel rincón de la librería tuve que apoyarme contra una estantería por el impacto y a la vez el enorme alivio que me produjo haberlo encontrado. No tenía la menor idea de qué era (o no era) Dios, no tenía ninguna forma de saber que pronto habría de dedicar mi vida a la teología feminista; sin embargo, en aquel momento todo mi ser supo que precisamente era eso lo que yo estaba echando en falta.

Aquella era una voz franca y contradictoria, poderosa y paradójica, y tenía tanto sentido para mí que por primera vez en mi vida sentí el deseo sincero de gritar «¡Aleluya!».

No podía entender por qué motivo el hecho de haber encontrado esta voz producía esos alocados riachuelos de alegría, esas corrientes eléctricas de energía que me atravesaban.

Mis ojos no dejaban de leer una y otra vez: «Soy ella, el Señor».

No podemos morir a medias

Cada naturaleza, cada forma modelada, cada criatura existe en y con las demás.

María 2: 2

Hace muchos años estaba despierta en mitad de la noche navegando por Internet, como si la Red tuviera muchos secretos que revelarme. Encontré un artículo sobre un banco de semillas enterrado en lo más profundo de una montaña de Noruega. Supuestamente hay allí más de ochocientas mil variedades de semillas de todo tipo de plantas, desde árboles hasta frutas y hortalizas... Es la mayor reserva mundial que existe en caso de que se produzca una destrucción masiva.

Prácticamente todos los países del mundo han contribuido aportando semillas, pero solo uno ha solicitado retirar algunas de ellas. Ese país es Siria, y esto ha sucedido recientemente. En dicho país la guerra ha sido tan devastadora para la tierra que han tenido que pedir a la reserva mundial algunas semillas para volver a ­empezar.

Me fascinó y horrorizó al mismo tiempo que fuera necesario tener un banco de semillas en caso de una destrucción mundial. Me impresionó que tuviéramos la necesidad de tener un plan para salvaguardarnos precisamente de aquello que hemos olvidado: cuánto dependemos unos de otros, y del planeta.

Pero también me imaginé andando a lo largo de todas esas filas de recipientes que contienen las semillas. La magnitud de todo ese potencial. Esa cámara en la montaña podría también estar llena de lingotes de oro. Las semillas son las precursoras del dinero. Fueron la moneda original. Me pareció inevitablemente esperanzador que me topara con este hecho tan interesante y al mismo tiempo tan alarmante.

Me sentí en sintonía con la necesidad, o con el deseo, de comenzar otra vez. En realidad, yo no quería comenzar de nuevo, ¿quién lo desea? Lo único que sabía era que me encontraba al final de algo.

«Cada naturaleza, cada forma modelada, cada criatura existe en y con las demás». Así es como empieza el Evangelio de María después de esas primeras páginas que faltan, y no estoy segura de que alguna vez haya existido una forma más elocuente de describir el amor. Pero no es el amor que hemos visto practicar con frecuencia. Solo algunas veces, en momentos de crisis. Se trata de un amor que hace que todos seamos iguales. Es un amor que afirma que yo no estoy separada de ti. Yo existo en ti y contigo, y tú existes en mí y conmigo. Es un amor que llega a todas partes y a todas las personas. Si todos existimos en y con los demás, entonces estamos inextricablemente conectados.

Nadie es extranjero, nadie es inmigrante, nadie es raro, nadie.

Aquella noche, completamente despierta a las tres de la madrugada, tomé conciencia de que ser extremadamente independiente solo nos conduce hasta aquí. Y verdaderamente es un buen signo que una vieja forma de funcionar en el mundo llegue a su fin, aunque en general no siente nada bien. En absoluto. Se percibe como algo parecido a un ataque de ansiedad, al abuso de alcohol o drogas, al insomnio o a ver televisión como si nos pagaran por ello. Y también un poco de cada cosa, que era lo que me sucedía a mí.

A veces las situaciones tienen que empeorar antes de mejorar. Me gusta este dicho. Me adhiero a él. Hasta cierto punto es verdad que no puedes morir a medias. Tienes que morir realmente para estar muerto. Y eso es lo que nos asusta. El carácter definitivo de la muerte. Pero así es justamente como ocurren las cosas a lo largo de la vida. Tienes que morir antes de poder resucitar.

De manera que cuando en mi vida todo comenzó a ir a peor, me mudaba cada dos años para poder pagar la renta, hasta que llegué a vivir completamente aislada en medio de un bosque que me pareció una tierra absolutamente salvaje después de haber vivido en un pequeño apartamento en la ciudad durante la mayor parte de mi vida. Era la cuarta mudanza que hacía con mi hijo, de siete años, y me despertaba noche tras noche porque estar sola en una casa despertó un viejo trauma que dejó de ser un terror latente para ser otro completamente palpable. Me daba pavor irme a dormir.

Y a pesar de que lo intentaba con todo mi corazón, no conseguía que mi sistema nervioso entrara en razón. Escuchaba ruidos mientras estaba dormida, y saltaba de la cama como una suricata, incapaz de relajarme el resto de la noche.

Estaba agotada.

Me sentía agotada, pero no solamente por la falta de sueño. Estaba exhausta por toda la energía que utilizaba para no ver lo que casi podía ver por la noche. Y lo que veía estaba de pie justo detrás de mí, como Jason con su máscara de hockey en la película Viernes 13. Yo necesitaba irme «a casa», a Cleveland. (Suena una música de terror). Allí podría recuperar la tranquilidad y recibir ayuda de mi familia. Sin embargo, luego tuve que enfrentarme conmigo misma para recordar los motivos por los que me había marchado de casa.

Y ahora te contaré lo que escuché más tarde, aquella noche, después de haber leído el artículo sobre el banco de semillas. Te ruego que no me juzgues. Al menos, inténtalo. En realidad no puedo pedirte eso, porque yo misma juzgué lo que ocurrió. Cuando lo escuché, experimenté un profundo desasosiego, como si todo mi cuerpo respondiera «¡Joder!» en cámara lenta.

Estaba tumbada en la cama, nuevamente paralizada como una suricata y con los ojos muy abiertos, porque había escuchado un ruido fuerte que llegaba desde el sótano y que me había resultado sospechoso. Es posible que alguna vez hayas pasado una noche como esa, o una situación parecida. Cuando las cosas están fuera de tu control sueles hacer un inventario moral de todos tus defectos o carencias, de todas esas ocasiones en las que ahora te das cuenta de que podrías haber dicho «sí», pero dijiste «no». Y también piensas en lo contrario. En todos los «noes» que has pronunciado. Como si hubiera habido alguna forma de no acabar en el mismo sitio. Como si hubiera existido alguna opción que te condujera a lo que anhelabas para tu vida.

Entonces, durante ese breve pero claro milisegundo tomé conciencia de que el verdadero problema era mi estado mental. Me percaté de que estaba sufriendo una nueva acometida de mis propios juicios. En realidad no me encontraba en mi habitación, sino atrapada entre mis pensamientos. Y en ese milisegundo pude ver todo lo que pensaba de mí misma, del hecho de seguir estando sin pareja, aislada, sola, desconectada, ansiosa y, literalmente, en la oscuridad. Y entonces reparé en que era como estar escuchando los comentarios de un trol enajenado. Todas las noches me metía en la cama con un trol 6 de los que utilizan constantemente el emoticono de la caca, 7 que destrozaba todo lo que había allí donde me encontraba y que era el motivo de que yo no estuviera donde creía que debía estar... Y ese trol era yo.

Dije una oración.

Y cuando digo oración, lo que quiero decir en realidad es que finalmente respiré en profundidad. Tomé conciencia de hasta qué punto estaba bloqueada, hasta qué punto estaba invadida y desbordada por lo que en Un curso de milagros se denomina «las pequeñas ideas absurdas» del ego. Y comprendí que eso es exactamente lo que es un «demonio».

Con la primera inhalación, sencillamente dejé que mi respiración me conectara con mi corazón. «Cada naturaleza, cada forma modelada, cada criatura existe en y con las demás». Sentí el amor que tenía por mi hijo y dejé que ese amor, que incluye un perdón incondicional e inquebrantable, se extendiera sobre mí. Como tantas veces había pensado, el amor que siento por él me enseña a amarme a mí misma, a dejar que el amor llegue a lo más profundo de mi ser, donde nunca antes ha estado.

Y luego respiré una vez más, e imaginé que con esa segunda inhalación iluminaba la pequeña y gruesa vela que hay en mi corazón. Y luego, en esa minúscula y casi imperceptible cantidad de espacio que la luz había forjado, me pregunté: «¿Qué demonios debo hacer ahora?».

Mis ojos derramaron grandes y ardientes lágrimas, porque me resultó muy doloroso estar tan cerca de lo que realmente era. Y sin embargo, al mismo tiempo la honestidad de esa sensación me hacía sentir muy a gusto. Y entonces oí la respuesta. Pero una vez más no quiero asustarte. Cuando digo que «oí» la respuesta, no me refiero a una voz como la que puede salir de un intercomunicador o de la megafonía de un avión. En realidad, no hay comparación posible. Se trata de un sonido que nunca llega a los oídos, a pesar de proceder de su interior. Es una voz que proviene del silencio. Y soy consciente de que suena contradictorio, pero creo que por el mero hecho de estar leyendo esto seguramente ya sabes a qué me refiero.

De manera que la tercera vez que respiré lo hice con todo mi cuerpo. Mis pulmones se llenaron como branquias y mi cuerpo se infló más allá de las costillas, y el peso de todas las cosas se ­modificó porque pude oír dentro de mí, con esa voz que es más una experiencia que un sonido, la respuesta de lo que estaba escrito que llegaría a mi vida.

«Entrégame todo aquello que tú no seas capaz de soportar».

Probablemente eso te parezca muy básico. Elemental. Pero cambió mi vida. Y el motivo –el motivo por el que sentí como si todo mi organismo estuviera respondiendo a esa pregunta con un «j-o-d-e-r» en negrita, en voz muy alta y en cámara lenta– es que supe que, por simple que pueda parecer, aquello significaba que todo empezaba otra vez para mí.

Aunque en realidad no es exactamente «empezar otra vez», sino más bien tomar conciencia de lo que siempre he sabido. Es llegar a estar en una estrecha proximidad con lo que para mí es una verdad. Supongo que se trata de la integridad. En aquel momento comprendí que tenía el poder para empezar de nuevo, y esto simplemente significa reconocer lo que ha sido una verdad para mí durante todo el tiempo que puedo recordar.

«Entrégame todo aquello que tú no seas capaz de soportar». Una frase que me estaba pidiendo que comenzara otra vez teniendo muy presente lo que siempre había sabido y sentido: que aquí hay muchas más cosas, cosas que pasan desapercibidas, cosas con las que podría contar, cosas en las que podría apoyarme y confiar. Una frase que me indicaba que tuviera en cuenta que yo existo en y con una presencia que se encuentra en este silencio, en este espacio diminuto dentro de mi corazón, en el que hay una vela pequeña y gruesa.

Lo que quiero decir (y me estoy dando cuenta de que soy yo la que se está asustando ante la posibilidad de admitirlo) es que la frase «Entrégame todo aquello que tú no seas capaz de soportar» llegó hasta mí con una voz y una presencia que pude reconocer. Un amor que jamás me ha abandonado.

Un amor con el cual yo parecía no poder reconciliarme, pero al que tampoco rechazaba.

Pero en aquel momento supe que debía hacer algo. Supe que tenía que contar esta historia, la historia del Cristo con quien me encontré gracias al Evangelio de María. Supe que la única forma de seguir adelante y atravesar los miedos era dejar morir la idea que tenía de Cristo, la idea que tenía de lo que significaba ser cristiano, y comenzar realmente a descubrir lo que todo eso representaba para mí.

1 N. de la T.: Publicados sucesivamente entre 1936 y 1942, los cuatro cuartetos son considerados la obra cumbre de T. S. Eliot. En ellos el poeta británico trata de recuperar, a través de lo sagrado, el sentimiento de integración del individuo. Sentimiento que parecía perdido en los convulsos comienzos del siglo XX.

2 Cynthia Bourgeault, The Wisdom Jesus: Transforming Heart and Mind –A New Perspective on Christ and His Message (Boulder, CO: Shambhala, 2008), 16.

3 Karen L. King, The Gospel of Mary of Magdala: Jesus and the First Woman Apostle (Santa Rosa, CA: Polebridge Press, 2003), 11.

4 Cynthia Bourgeault, The Meaning of Mary Magdalene: Discovering the Woman at the Heart of Christianity (Boulder, CO: Shambhala, 2010), 44.

5 Hal Taussig, ed., A New, New Testament: A Bible for the 21st Century Combining Traditional and Newly Discovered Texts (Nueva York: Houghton Mifflin Harcourt Company, 2013), 100.

6 En el argot digital, se utiliza el término trol para denominar al internauta que participa en las redes sociales, blogs o canales de noticias publicando comentarios incendiarios para provocar la reacción de la comunidad.

7 Emoticono muy popular en las aplicaciones de mensajería. Se suele utilizar para comentarios negativos, pero con cierto sentido del humor y por ello es de uso habitual entre los denominados «troles». Su creador aclaró en su día que inicialmente el emoticono pretendía representar un helado de chocolate, aunque el malentendido acabó por imponerse.

LA PRIMERA POTESTAD

LA OSCURIDAD


Lo que hemos olvidado

Si pudiera empezar otra vez desde el principio, empezaría por lo más invisible, los hilos de la red de nuestro ecosistema que rara vez son nombrados, y mucho menos reverenciados. Comenzaría por hacer una lista de los nombres de los árboles, las flores, las semillas que transportan la luz que nos da la vida, porque esto es lo que hemos olvidado. Esto es a lo que nuestra veneración todavía no ha llegado.

Comenzaría por el incienso y la mirra, y con los árboles Boswellia y Commiphora de los que proceden. Comenzaría por las abejas y el dulce néctar esencial del que se alimentan. Comenzaría primero por lo que pasa inadvertido, por todo aquello que ni siquiera nos hemos percatado de que es lo más sagrado que existe entre ­nosotros.

Comenzaría por los nombres de todos los que han sido excluidos, de los niños de la calle, de los millones de personas que están padeciendo hambre y se encaminan lentamente hacia la muerte a plena luz del día. Comenzaría por los forasteros, los marginados. Comenzaría por todos los que pensamos que no merecemos ser amados tal como somos. Pronunciaría en alto cada uno de los nombres de todas las que hemos sido convertidas en objetos, que hemos sido violadas y que para sobrevivir hemos abandonado nuestro cuerpo por completo.

Haría una lista de los nombres de todas las madres que han conocido el gozo indescriptible de albergar la vida en su interior, de sacarla de la oscuridad para llevarla hacia la luz. Las madres que ya no tienen la menor idea de dónde está su corazón, ahora que también está fuera de ellas. Las madres que nos recuerdan, independientemente de quiénes seamos, que nuestro primer país fue el cuerpo de una mujer, nuestro primer elemento fue el agua y nuestra primera realidad fue la oscuridad.

Si pudiera escribir sobre el inicio, no sería bajo la luz. Sería dentro del vientre, en la oscuridad, en una cueva, en un huevo. Nombraría a todo aquello que ha sido excluido de lo sagrado. La sangre, el cuerpo. Nada real ni imaginado ha sucedido jamás sin ellos.

Si pudiera empezar de nuevo, levantaría un altar en mi interior. Colocaría en él el objeto más sagrado: mi propio corazón. Si pudiera empezar de nuevo, sabría que la única catedral que siempre he necesitado encontrar, en la que he querido entrar, y a la que más tarde he deseado retornar una y otra vez, es esta humilde ermita roja, este espacio místico que contiene todas las respuestas. Empezaría de nuevo en el interior de mi corazón. Y viviría de ese modo. Hablando desde él.

Si pudiera empezar otra vez, empezaría por ella. A modo de introducción haría una lista de todos sus nombres, un linaje olvidado: Inanna, Enheduanna, Isis, Quan Yin, Miao Shan, Madre María, Sarah-La-Kali, Tecla, Perpetua, Juana de Arco, Marguerite Porete.

Comenzaría por la mitad oculta de la historia, las voces que fueron enterradas en desiertos y cuevas, las mujeres que fueron quemadas en la hoguera. Mujeres que resultaban muy peligrosas porque escuchar su voz significaba dejar que el amor llegara hasta donde nunca antes había llegado; a todos nosotros, a toda la creación, a las pequeñas cosas que hay entre nosotros, a los árboles y las flores, a las abejas que se alimentan de ellas, al incienso y la mirra, a la corteza y a la tierra, y a la región donde la palabra fue pronunciada por primera vez.

Si pudiera empezar otra vez, empezaría por el amor de ella porque es lo que ha sido olvidado. Esto es lo que necesitamos recordar más imperiosamente. Que ella pudo escucharlo a él, conocerlo, desde lo más profundo de su corazón. Que ella tenía mucho para enseñarnos, que gracias a su amor por él aprendió muchas cosas. Empezaría por el amor de ella porque ese fue el puente. Ese es el puente. Así es como hacemos avanzar la historia de lo que significa ser humano. De ella lo escuchamos, de ella escuchamos lo que su amor hace posible.

Si pudiera empezar otra vez, lo haría en la oscuridad. Y en la oscuridad lo único que veríamos sería una mano que se extiende repentinamente hacia nosotros. Y la invitación sería aterradora. Ver esa mano obligaría a nuestro corazón a comenzar a latir de forma rápida y audible. El miedo procede de la sensación de haber perdido el control. Queremos marcharnos pero al mismo tiempo, y en igual medida, queremos quedarnos. Queremos saber qué podría suceder a continuación, y desearíamos que todo permaneciera exactamente igual. Sujetar esa mano es una opción para entregarse. Entregarse a todo. A todos los temores. Al dolor. A la ira. Y al ego que los ha creado.

Si pudiera empezar de nuevo, empezaría por María Magdalena, porque ella es quien lo recuerda. Quien recuerda al Cristo que conozco a través de mi corazón.

El cristianismo que todavía
no hemos experimentado

Entonces Pedro le dijo: «Nos has estado explicando todos los temas; dinos una cosa más. ¿Cuál es el pecado del mundo?». Y el Salvador respondió: «No hay pecado».

María 3: 1-3

No estoy muy segura de lo que esperaba encontrar cuando, siendo niña, fui por primera vez a una iglesia. Bueno, en realidad sí lo sé. Esperaba que lo exterior fuera como lo interior. Deseaba que el enorme e indecible amor que sentía dentro de mí fuera visto o admirado fuera de mí. En aquel momento, antes de sentirme separada de él, dentro de mí había una vasta extensión de amor que parecía mi propio océano privado.

Por lo tanto, supongo que tenía la esperanza de que la iglesia fuera ese lugar donde todos se reúnen y se saludan, desde un océano a otro, con su ser más profundo precisamente allí sobre la superficie, y su mundo interior emergiendo de las profundidades para poder inhalar aire fresco. Un lugar donde podremos dejar nuestras máscaras junto a la puerta de entrada, y dedicarnos exclusivamente a ayudarnos los unos a los otros a ser humanos. Un lugar que me recordara cómo estar aquí en este mundo sin olvidar esa parte de mí que no forma parte de él.

Pero no fue eso lo que encontré.

Yo no soy cristiana. Sin embargo, me he bautizado a mí misma muchas veces. Como le sucedió a la fogosa profeta turca del siglo I llamada Tecla, que fue rechazada por Pablo cuando le comunicó que ya estaba preparada para recibir el bautismo. Ella le dijo: «Solo tienes que darme el sello de Cristo, y ningún juicio me afectará». Pero él pensó que todavía no estaba preparada y le aconsejó que tuviera paciencia. Tecla conocía su propio corazón (y es por este motivo por lo que la amo), y en vez de seguir su consejo se cortó el cabello y se bautizó a sí misma.

No conocí la historia de Tecla hasta que fui una joven adulta que estudiaba en el seminario. Los hechos de Pablo y Tecla es un texto que data del 70 d. C. Esto significa que es tan antiguo como cualquiera de los evangelios del Nuevo Testamento. Ese fue el comienzo de mi educación, o mejor dicho, mi reeducación. Lo que yo estaba buscando se encontraba dentro del cristianismo, pero no le pertenecía. Tecla no fue recordada como la primera profeta. Su historia no sirvió de precedente para que la voz de las mujeres se alzara en la jerarquía eclesiástica. Estaba demasiado imbuida de una verdad que en aquella época no estábamos preparados para aceptar. Porque para Tecla la salvación fue algo que encontró en su interior.

Pero más adelante volveremos a hablar de ella.

Los bautismos de mi vida, que para hablar con más precisión fueron breves inmersiones extáticas, se convirtieron en indicadores de todas las ocasiones en las que sentí que estaba expresando más fielmente lo que sucedía en mi interior, cuando ya no negaba ni silenciaba esta suave y modesta voz que habita en mí.

Yo no soy cristiana. Pero a menudo me siento en la obligación de aclararlo. Necesito asegurarme de que nadie se equivoque y me trate como si fuera una de ellos. No fui educada en la religión, fui educada en el feminismo.

Mi bisabuela, la gran Margie (que era pequeñita pero tenía una presencia tan enorme que parecía entrar en la habitación antes de ­llegar a ella) fue una sufragista. Me susurraba al oído comentarios alocados, como por ejemplo: «Está muy bien que quieras tener un marido y ser madre, pero debes asegurarte de que te paguen por ello».

Mi madre, Margie, se manifestó a favor de la Ley de los Derechos Civiles y de la Enmienda de la Igualdad de Derechos, y me enseñó a reclamar los derechos de la mujer en aquellos días en que la ley Roe vs. Wade 1 corría peligro de ser abolida. Cuando nos llevó a la manifestación, yo tenía trece años y mi hermana pequeña solo tres. La camiseta con el rótulo que decía «Planificación familiar» 2 le llegaba hasta las rodillas.

Las dos íbamos de la mano cuando de pronto una mujer mayor se acercó a mí enarbolando con mano de hierro un cartel a favor de la vida. Vino directamente hacia mí, hasta que quedamos frente a frente. Sentí que me odiaba. Fue una sensación visceral. Lo que pretendo decir es que ella odiaba todo lo que creía que yo representaba. Y estaba tan enfadada mientras hablaba que algunas gotas de su saliva comenzaron a salpicarme la cara.

Entonces exclamó: «¿Cuántos serán suficientes para ti?». Yo no tenía la menor idea de lo que me estaba preguntando. No estaba allí porque pensara que algún día me iba a someter a un aborto. Estaba allí porque sabía que si había algo sagrado, era precisamente la relación que tenía con mi propio cuerpo. Una relación demasiado íntima como para que nadie que no fuera yo pudiera controlarla o hacer que me avergonzara de ella.

Siempre he sentido que tendría que reescribir la historia del cristianismo para llegar a ser parte de ella oficialmente. No, no me refiero a hacer girar el mundo como hace Superman cuando muere Lois Lane, para asegurarme de que todos reciben el mensaje correcto desde el principio. O el mensaje tal y como yo lo creo: que de ninguna forma somos inherentemente pecadores ni indignos y que no deberíamos avergonzarnos por nuestra propia humanidad, por la frecuencia con que nos quebramos, perdemos la fe y cometemos errores de manera incontrolada.

Cuando asistí a la iglesia por primera vez cuando era una niña y leí la Biblia, la piel se me llenó de ronchas. No podía conciliar el feminismo con la idea de que Dios era el Padre, y que la salvación solo había llegado a través de su hijo Jesús, y que por lo tanto los hombres ostentaban este derecho exclusivo (por ser del mismo sexo que el Padre) de hablar en su nombre.

El cuerpo nunca miente. Y yo recibí un mensaje absolutamente claro en forma de un sarpullido rojo que cubrió toda mi piel y me indicó que ese sistema de creencias no concordaba con lo que había dentro de mí. Por lo tanto, abandoné la iglesia. Me marché físicamente de la Primera Iglesia Unitaria de Cleveland, pero también se fueron conmigo la agitación, la rabia, el amor intenso y el anhelo ardiente que sentía.

Todos los años que estuve en el seminario los pasé estudiando la historia de la Iglesia para conocer todos los momentos en que las mujeres fueron silenciadas, cómo surgieron las figuras del papa y de todos esos cardenales vestidos de rojo, y también para saber por qué la posibilidad de que hubiera una papisa era completamente inimaginable.

Busqué historias y voces que hubieran sido suprimidas o, como en el caso del Evangelio de María Magdalena, destruidas y enterradas.

Recuerdo la primera vez que conduje un retiro sobre el Evangelio de María Magdalena, y abrí la sesión con el siguiente pasaje: No hay pecado. Estábamos todas sentadas en círculo, de manera que pude ver la respuesta inmediata. Todas las caras se iluminaron, había en ellas sorpresa y entusiasmo a partes iguales.

No hay nada inherentemente pecador en el hecho de ser humano, expliqué. No hay nada que sea pecado en relación con el cuerpo, el sexo o la sexualidad. Ser humano no es un castigo, ni tampoco algo que debemos soportar o trascender. Se trata precisamente de ser humanos.

Nosotros no deseamos olvidar, pero tampoco equivocarnos (que es la forma en que se traduce del griego la palabra correspondiente a pecado) creyendo que tanto nosotros como los demás somos solamente este cuerpo. Somos este cuerpo, claro que sí, y además toda la furiosa humanidad que él demanda. Y también somos esta alma. Somos ambos.

Una de las mujeres que se encontraban en aquel círculo, Ger, rompió a llorar. Por lo que nos había contado durante el retiro yo sabía que era irlandesa, que había sido educada en la religión y que había sufrido abusos sexuales en la infancia. La calidez que irradiaba hizo que me enamorara completamente de ella. Nunca olvidaré la alegría que transmitían sus ojos, a través de sus lágrimas; era como cambiar las luces delanteras a luces largas.

Ella dijo: «Me has recordado al Cristo que conocía antes de ir a la iglesia». En verdad no recuerdo bien si eso sucedió en aquel retiro o más adelante cuando se unió a mi comunidad espiritual The REDLADIES (Las damas rojas), pero me impresionó porque no era eso lo que yo pretendía que sucediera cuando comencé a hablar del Evangelio de María. Yo solo quería hablar de las enseñanzas de María y compartirlas.

Para mí, conocer la voz de María Magdalena, su evangelio, fue como asistir finalmente a la iglesia que yo había imaginado cuando era una niña. Un lugar en el que no tenemos la intención de ser mejores que los demás, ni de ser mejores de lo que somos en ese momento, y en el que están incluidos todos los seres humanos, independientemente de quiénes sean, y todas las cosas, en especial el cuerpo.

Yo no soy cristiana. Pero recientemente encontré una cita del filósofo y teólogo laico inglés G. K. Chesterton que resume lo que he llegado a creer: «El cristianismo no ha fracasado, lo que ocurre es que todavía no ha sido experimentado».

De manera que no soy cristiana, y si lo soy pertenezco a un cristianismo que todavía no he experimentado, un cristianismo que incluye a María Magdalena. Es el cristianismo que existió antes de la iglesia. Es la iglesia cuyas puertas tienen las bisagras arrancadas. Es el cristianismo que incluye todo aquello que ha sido excluido.

Cómo una feminista
ve a un ángel

El Salvador respondió: «No hay nada que sea pecado; sois vosotros mismos los que producís el pecado cuando actuáis conforme a la naturaleza del adulterio, que se denomina ‘‘pecado’’. Por esta razón, el Bien llegó a vosotros persiguiendo (el bien) que pertenece a todas las naturalezas».

María 3: 3-5

Existe una leyenda que dice que María Magdalena era elevada por los ángeles siete veces cada día. Vivía en una cueva en el sur de Francia, donde se había refugiado escapando de la persecución después de que su hermano Lázaro fuera decapitado en Marsella, mucho más al sur del país. Supuestamente, ella había ejercido el ministerio y predicado en Francia en los años que siguieron a la crucifixión de Cristo. Durante los últimos treinta años de su vida permaneció en esa cueva, conocida como Sainte-Baume, donde los ángeles la alzaban para transportarla hasta la cima de las montañas, hacia el aire puro en el cual sus mensajes podían escucharse más claramente.

En las representaciones artísticas de esta leyenda, María Magdalena es sostenida físicamente por un grupo de ángeles. Sus alas rodean el cuerpo de María, mientras las manos de ella están posadas cerca de su corazón y su mirada se eleva más aún. Por ejemplo, en la pintura del Renacimiento italiano en la que el artista Giotto di Bondone representa esta leyenda, el cuerpo de María Magdalena está cubierto únicamente por su larga cabellera roja, y cuatro ángeles la sostienen en alto. Las manos de María están unidas palma contra palma en posición de la oración.

Creo que María era elevada siete veces al día por los ángeles. Y creo también que hemos malinterpretado profundamente lo que esta escena representa. Si podemos volver a considerar esta leyenda de la historia de María Magdalena, mirándola desde una nueva perspectiva y percibiéndola con los ojos del corazón, recordaremos una verdad que muchos de nosotros hemos olvidado.

Recordaremos que esta escena no es exclusiva de María Magdalena. Es la visión de un camino que es posible para todos nosotros. Recordaremos que esta interpretación artística de María Magdalena en verdad es una representación de la transformación interior, del terreno real y formidable que podemos atravesar con el fin de saber quiénes somos en verdad. Y recordaremos que un ángel es simplemente un pensamiento que nos eleva y nos saca de nosotros mismos, de las jaulas en las que el ego preferiría que permaneciéramos encerrados.

Si esto es todo lo que vas a leer, si decides abandonar el libro al final de esta oración, debes saber que este es el mensaje más importante del Evangelio de María: todos somos inherentemente buenos.

No obstante, si sigues aquí conmigo, te diré que esa bondad nunca puede perderse. Podemos sentir que la hemos perdido; sin embargo, está entretejida en el material del que estamos hechos; es nuestra naturaleza. La bondad. Y la palabra que para mí describe esta experiencia, la experiencia de conocer esta bondad inherente al ser humano, es alma.

Creo que la palabra alma describe el aspecto eterno de nuestro ser; un aspecto que nos permite sentirnos amados y experimentar que somos amor. Y reconocer que nuestra humanidad no es intrínsecamente pecadora ni vergonzosa. El cuerpo humano es la oportunidad que tiene el alma de estar aquí.

Cuando veo una pintura de seres alados vestidos con togas griegas, o desnudos, y halos dorados alrededor de sus cabezas levantando a María Magdalena en el aire, la considero como una representación simbólica de la transformación interior, como una expresión artística de un momento muy íntimo en el que María elige el amor que hay dentro de ella.

Para mí el significado de esos ángeles que la elevan en el aire, que están presentes en muchas de estas pinturas, es que están reuniéndose con ella dentro de su corazón, alejándola de la desesperación, o de la falta de perdón, o de la envidia que la está angustiando, para acercarla otra vez al bien, a Dios. Los ángeles son los pensamientos, la memoria, la sensación de amor. Ellos son todo lo que llega a nuestra vida para cambiarnos, y para que dejemos de estar perdidos dentro de nosotros mismos. Y para que seamos capaces de ver, pero no a través del ego sino con los ojos del corazón.

El pecado en el Evangelio de María no se refiere a una larga lista de normas morales o religiosas; no se refiere a las malas acciones. El pecado es simplemente olvidarse de la verdad y de la realidad del alma, y luego actuar desde ese estado de olvido. Por lo tanto, el cuerpo, el cuerpo humano no es innatamente pecador. «Pecado» es creer que solo somos este cuerpo, estas necesidades insaciables, estos deseos y miedos que el ego conjura. «Pecado» es un «adulterio», o una combinación ilegítima, confundir el ego con el verdadero ser en vez de recordar que el verdadero ser es el alma.

El alma vive en el silencio, en la quietud que tenemos que encontrar dentro de nosotros. (Esto puede ser difícil de escuchar y encontrar). Las palabras son los atuendos favoritos del ego. Las palabras son la forma en la que el ego aviva las llamas de los pensamientos que comienzan a pasar una y otra vez por nuestra mente desde el mismo momento en que nos despertamos. Nuestra capacidad para ver que en verdad no somos pecadores, que somos buenos, no tiene nada que ver con los ojos.

Entonces, ¿por qué cuatro ángeles, y por qué siete veces al día?

Creo que percibir el bien requiere práctica. Y creo también que necesitamos ayuda para llegar a ese sitio en la cima de las montañas, en lo más profundo del corazón, que nos recuerda lo que es bueno. Especialmente en un mundo, o en un corazón, que ha sido quebrantado y desde entonces está hecho pedazos.

En el Nuevo Testamento, Lucas 8: 1-3 es el primer pasaje en el cual se menciona el nombre de María. Ese es el pasaje del que ya he hablado, en el que se afirma que fue sanada al expulsar siete demonios de su cuerpo. (Para mí eso confirma su dominio de las siete potestades que ella describe en su evangelio).

La homilía 33.ª del papa Gregorio, en la que María es considerada como una prostituta, se difundió como el chismorreo más candente que podamos imaginar; y todavía perdura. De acuerdo con la académica de la Universidad de Harvard la doctora Karen King, la razón por la que la opinión del papa sobre María gozó de gran popularidad (y permaneció en la imaginación colectiva durante casi dos milenios) es que sirvió a los primeros padres de la Iglesia: «Esta ficción resolvió dos problemas al mismo tiempo, pues no solamente menoscabó las enseñanzas asociadas con María, sino también la capacidad de las mujeres para asumir roles de ­liderazgo». 3

Y esto es lo que todavía está en juego con la visión de María; desde el siglo I hasta el XXI las autoridades espirituales femeninas dentro de la Iglesia han sido muy combatidas, cuando no directamente negadas y rechazadas.

La última vez que se menciona a María en el Nuevo Testamento es en Juan 20, cuando Cristo emerge de la tumba vacía y se dirige hacia ella para pronunciar su nombre. Ella es la que tiene ojos para verlo.

Hermenéutica. Esta es una palabra que lo cambió todo para mí en la Escuela de Teología y en el seminario. En teología se refiere a la lente que utilizas para «leer» o interpretar las escrituras. El término teológico para extraer el significado de un texto es exégesis. Por tanto, tú utilizas una determinada hermenéutica, o una lente interpretativa, cada vez que traduces un pasaje de una escritura. Todos lo hacemos. El papa Gregorio lo hizo.

Cuando leo las escrituras, las interpreto con una hermenéutica feminista. Leo el texto desde la perspectiva de que todos somos igualmente divinos y humanos.

Pero ¿qué quiere decir aquí feminista?

A continuación voy a incluir una cita con la que me topé cuando era una adolescente y una feminista en ciernes. Pertenece a la poeta y autoproclamada «guerrera» Audre Lorde, y en el mismo momento en que la leí el fuego sagrado recorrió todo mi cuerpo: «No seré libre mientras haya una sola mujer que no lo sea, incluso si sus grilletes son muy diferentes a los míos». El feminismo no es real, o carece de una agenda divisoria, a menos que se refiera a todas las mujeres.

Y gracias al trabajo fundamental de Leila Ahmed, The Discourse on the Veil [El discurso sobre el velo], soy una feminista que cree que cada mujer tiene su propio criterio de lo que significa ser libre. No creo que la libertad sea uniforme para todo el mundo. La libertad es personal.

Ahmed explica en su libro que las feministas occidentales estaban intentando «liberar» a las mujeres musulmanas del uso del velo sin percatarse de que realmente para muchas de ellas significaba una libertad que las mujeres «feministas» occidentales no eran capaces de valorar. La verdadera libertad implica tener el poder de definir lo que significa ser libre en nuestra propia vida.

La brillante socióloga Patricia Hill Collins acuñó el término interseccionalidad para referirse a la realidad de que todas las mujeres no son oprimidas de la misma forma. Existen factores interconectados que aumentan o disminuyen la cantidad de privilegios y de poder que una mujer experimenta dependiendo, por ejemplo, de su raza, clase social, situación económica, sexualidad, nivel de educación y nacionalidad.

A menos que mi espiritualidad sea interseccional, no es más que una mera opresión vestida con ropa ligera.

Por lo tanto, ser teóloga feminista para mí quiere decir creer que todo ser humano es ego y alma a partes iguales (y por lo tanto merece tener los mismos derechos). Mi opinión es que sería tan dañino llamar madre a Dios como lo ha sido llamar padre a Dios durante innumerables siglos. Esto perpetúa la interpretación equivocada de que cualquiera de nosotros podría ser más o menos valioso que otros. Es fundamental seguir ampliando nuestra hermenéutica, nuestra visión de lo que es bueno, o de Dios, o de lo que es santo y sagrado. Tal como explica el místico William Blake en El matrimonio del cielo y el infierno, «si se limpiaran las puertas de la percepción todo aparecería tal cual es, Infinito».

El ministerio secreto de
Currer Bell

El misterio que une a dos seres es grande;

sin él el mundo no existiría.

El Evangelio de Felipe

Todos los años leo Jane Eyre al menos una vez. Las cuatrocientas páginas de principio a fin, hasta esa parte en la que Jane escucha la voz del señor Rochester como si la trajera el viento, o como si estuviera dentro de ella. A los trece años leí el libro por primera vez, y esa me pareció la imagen más electrizante y mágica que jamás había conocido. Ese amor de alguna manera nos ofrece acceso a los poderes sobrehumanos que desafían las leyes del espacio y del tiempo.

La novela Jane Eyre fue publicada en 1847 por Currer Bell, un seudónimo de Charlotte Brontë utilizado para ocultar el hecho de que su autora era una mujer. El padre de Brontë, Patrick, era un clérigo irlandés. Como es evidente, por el mero hecho de ser mujer ella no podía seguir sus pasos. O al menos, no exactamente. Las insinuaciones y comentarios espirituales sobre el cristianismo se suceden abiertamente a lo largo de la novela. Charlotte parece haber encontrado su forma de predicar: a través de su pluma.

Ella me ayudó a darme cuenta de que no todos los pastores tienen una iglesia, y que tal vez las mujeres nunca han estado del todo alejadas de los púlpitos; sencillamente encontraron otros medios para expresarse.

Hay muchas mujeres que jamás se ordenaron como ministras de la iglesia ni fueron reconocidas como autoridades espirituales. Sin embargo, al parecer existe una ley superior que considera sus voces entre las más sagradas, y así lo decreta. Escucha las palabras llenas de amor de Sojourner Truth, 4 que se puso de pie en la Convención de los Derechos de las Mujeres de 1863 y cuya voz ha quedado inmortalizada por la verdad que osó compartir con la audiencia en aquella ocasión:

Entonces ese pequeño hombre de negro que hay allí [señalando a un sacerdote] dice que las mujeres no tienen los mismos derechos que los hombres, ¡porque Cristo no era una mujer! ¿De dónde procede vuestro Cristo? ¡De Dios y de una mujer! El hombre no tuvo nada que ver con Él.

Jane Eyre fue el primer libro, entre otros muchos, que leí como si fueran las escrituras. (Tenía el cuerpo lleno de urticaria, y no podía tocar la Biblia). Me di cuenta de que todas las mujeres que llegarían a ser ministras, sacerdotisas y obispas se habían dispersado por todas partes, todos los géneros y todos los lugares, tanto en los sagrados como en los seglares. Nuestras voces espirituales estaban escondidas a plena luz del día. En publicaciones. Y en sitios en los cuales nuestras ideas sobre la religión, sobre Cristo y María Magdalena eran aceptadas porque las transmitíamos como si se tratara de una ficción.

Déjame describir la trama de la historia. Durante toda su vida Jane había sufrido indeciblemente por la falta de amor en el seno de su familia. Se da cuenta demasiado tarde de que su amado, el señor Rochester, tiene una esposa que vive en el ático y a la que tratan como una «mujer enajenada». Creo que su sufrimiento era mucho mayor. (Pero ese es el tema de otra obra maestra titulada Ancho mar de los Sargazos 5 ).

Los padres de Jane habían fallecido de tifus cuando ella era apenas una niña. De manera que Jane fue criada por su tía, Sarah Reed, que la atormentaba tratándola como si fuera una carga, mimando a sus tres hijos en su presencia pero negándose a cobijarla a ella bajo su amor. Jane solo encontraba consuelo en su amor por los libros.

Sin embargo, llega un día en el que Jane se harta de la situación. Su primo John la ha maltratado y la ha denigrado hasta la humillación demasiadas veces. La ataca con tanta dureza que finalmente ella cae al suelo. Incapaz de contenerse, se levanta y se dirige hacia él como un mono salvaje y feroz. Con la nariz ensangrentada y llorando, John le cuenta lo sucedido a la señora Reed. Indignada, la mujer encierra a Jane en la Habitación Roja, que es la estancia donde murió su tío. Ella golpea la puerta con sus puños y le ruega que la deje salir.

La Habitación Roja es donde finalmente Jane expresa toda su rabia por ser tan incomprendida y tan maltratada. Chilla y llora, y está tan alterada que finalmente se desmaya.

Su tía la envía al internado Lowood, un colegio para huérfanos cuyo director era el siniestro señor Brocklehurst, que el primer día humilla a Jane obligándola a permanecer de pie sobre su silla con un letrero alrededor de su cuello que dice «Mentirosa». La única niña que le dedica una sonrisa y más tarde le ofrece un trozo de pan es la pelirroja Helen Burns. Ese gesto es su comunión. Parece pequeño, pero para Jane es una verdadera fiesta tener por fin una amiga. Helen enseña a Jane que a su alrededor existe un «mundo invisible», «un reino de espíritus». Pero llega un día en el que Helen se encuentra a merced de la ética «cristiana» del señor Brocklehurst, basada en la vergüenza y la mortificación. Él ha ordenado que le corten su hermosa cabellera roja. Jane está allí para brindarle el mismo amor y compañerismo que recibió de ella, y se corta sus propios cabellos como un gesto de solidaridad.

Avancemos ahora rápidamente hasta el momento en que Jane es contratada como institutriz en Thornfield Hall, y por primera vez en su vida conoce el amor. Ha encontrado a su alma gemela, el señor Rochester, que la trata de igual a igual. Ambos se enamoran locamente. Pero pronto llega la desilusión. El fuego. Durante la boda, se revela dramáticamente que la «mujer enajenada del ático» es la esposa de Rochester.

Jane es salvada por St. John y sus dos hermanas, que son exactamente lo opuesto al hermano y las hermanas que tanto la habían atormentado cuando era pequeña. Ellos la ayudan y la cuidan para que recupere la salud después de llegar hasta su puerta completamente empapada y sin poder pronunciar palabra, con el corazón destrozado y en plena crisis nerviosa.

Y mientras su primo John nunca había sido amable con ella, y por el contrario se había dedicado a golpearla, St. John, su «hermano» redentor, un ministro de la Iglesia, quiere ofrecerle una nueva vida, una vida de servicio. Después de pasar juntos algún tiempo, le pide que lo acompañe a la India en una misión cristiana. Él quiere casarse con ella. Jane considera la posibilidad de acompañarlo en su misión, pero declina su oferta de matrimonio. Y en ese momento es cuando sucede todo.

Jane oye la voz de Rochester. Siempre me ha parecido significativo que todo comience en su corazón. Todo se inicia cuando este atrae toda su atención.

El corazón de Jane comienza a latir rápidamente, hasta el punto de que ella de pronto puede oírlo palpitar frenéticamente. Jane cuenta que entonces su corazón se detuvo, como si esperara que algo lo atravesara, lo estremeciera como una descarga eléctrica. Y afirma: «Los ojos y los oídos aguardaban mientras la carne temblaba sobre mis huesos».

Ella oye «Jane, Jane, Jane», pero no sabe de dónde procede la voz. Lo único que sabe es que esa es la única voz que durante mucho tiempo ha anhelado escuchar.

Ella lo invoca y le pide que la espere, e inmediatamente se dirige a su habitación a rezar. Pero no de la forma que reza St. John, Charlotte Brontë ni Currer Bell, sino de un modo que le es propio e igualmente efectivo.

Y debido a este momento, a esta conexión mística que comparten, Jane vuelve junto a Rochester. Él le confirma que ha pronunciado su nombre tres veces en voz alta, y eso es exactamente lo que ella ha oído.

Cuando en el Evangelio de Felipe se dice «El misterio que une a dos seres es grande», yo siempre pienso en esta escena de Jane Eyre. Es un misterio que Jane pueda oír la voz de Rochester a semejante distancia, como si él estuviera dentro de ella. ¿Cómo puede estar tan lejos de él y, al mismo tiempo, no haberlo abandonado nunca?

Y esto me hace pensar en Cristo y María. En que hemos subestimado el misterio que los une. En que lo hemos presenciado todo el tiempo en nosotros mismos y en los demás. En que lentamente hemos ido adquiriendo una visión que puede percibir cuán sagrado es el amor humano, una visión que puede salvar al mundo. Tal vez este fue el ministerio secreto de Currer Bell.

El Levítico en zapatillas
con forma de conejo

Jesús dijo: «Cuando consigas que los dos sean uno,

te convertirás en un hijo de la humanidad, y cuando tú digas ‘‘Montaña, apártate’’, ella se apartará».

El Evangelio de Tomás

La señora Van Klompenburg deambulaba por la casa calzada con unas zapatillas rosas con forma de conejo. Hablaba en un susurro mientras nos mostraba la cocina y el patio trasero con su peculiar jardín de rocas, y luego nuestros dormitorios. A mi amiga Shana le ofreció el dormitorio de su hijo. La habitación olía ligeramente a calcetines de gimnasia y tenía las paredes pintadas de un color azul oscuro, y la cama era triste y diminuta. Ver aquello me puso los pelos de punta, y por lo que pude ver en la expresión del rostro de Shana, también a ella.

A mí me dio la antigua habitación de su hija, pintada de color beis, que estaba al final de un corredor enmoquetado de pared a pared. Tenía un gran ventanal desde el que se veían a lo lejos las colinas rojizas, y la cama, cubierta con un suave edredón rosado, era de matrimonio. Traté de controlar un suspiro de alivio, y me limité a devolverle la sonrisa a la señora Van Klompenburg, que me sonreía de una manera un poco inquietante.

Shana y yo éramos estudiantes del último curso del instituto, y estábamos haciendo prácticas en una organización sin ánimo de lucro a través de la cual asistimos como voluntarias a una reserva de los indios navajos en Gallup (Nuevo México). Los Van Klompenburg eran nuestros anfitriones, y viviríamos en su casa todo el verano. Nunca habíamos vivido fuera de nuestros hogares laicos, de manera que la lectura de la Biblia antes de la cena nos sorprendió por completo, y también nos impresionó.

El señor Klompenburg había pedido a su mujer que leyera un pasaje del Levítico para nosotras. Ella se puso de pie sobre su silla y leyó con fervor y entusiasmo las setenta y seis cosas que no les está permitido hacer a los cristianos, y el castigo en el caso de que desobedecieran. Por ejemplo, traer un «fuego no autorizado» en presencia de Dios (Levítico 10, 1). En ese caso Dios «te castigará». O, en Levítico 18, 22: «Tener sexo con un hombre ‘‘como uno lo hace con una mujer’’». Esto se condena con la muerte.

Mientras la señora Van Klompenburg se encontraba de pie sobre su silla en medio del comedor con sus zapatillas con forma de conejo, anunciando la lista de todas las cosas que nunca deben hacer los que son realmente devotos, Shana y yo solo necesitamos intercambiar una mirada por encima de la mesa para saber que ella iba a mudarse a mi habitación.

Todas las mañanas, sin excepción, me despertaba con el sonido de un pequeño folleto que era deslizado sobre el suelo de madera por debajo de la puerta. La primera mañana, Shana saltó de la cama y tras echarle un vistazo dijo: «Jesucristo».

Ambas procedíamos de una zona del este de Cleveland con una gran población judía, de manera que ninguna de las dos habíamos sido expuestas a una intervención de este tipo para conseguir que «nos acercáramos a Jesús». El folleto tenía por título «El puente hacia Jesús». En la tapa había un dibujo que representaba a una mujer con los brazos en alto. Su rostro expresaba un dolor insoportable, probablemente producido por las llamas que la ­rodeaban. Y en el interior de este breve mensaje, se afirmaba que éramos pecadoras. No obstante, para nuestro regocijo, solo teníamos que pedir la salvación reivindicando a Jesucristo como nuestro Señor. Entonces seríamos salvadas. De lo contrario, nos enfrentaríamos a la condenación eterna.

Gordon House fue nuestro guía en la reserva de los indios navajos. Nos informaron que estaba a la espera de ser juzgado por conducir bebido y provocar un accidente mortal que fue considerado homicidio. No teníamos la menor idea de que Gordon House era un nombre muy conocido en esa zona de Nuevo México. Su caso DUI 6 finalmente terminó en la Corte Suprema. Cuando regresamos a casa en otoño, no teníamos la menor idea de que habíamos presenciado un episodio de la serie Dateline. 7 El verano que pasamos con él fue el último que Gordon estuvo en la reserva antes de ser condenado a veintidós años de cárcel.

El accidente mortal había tenido lugar en Nochebuena. Él testificó que había bebido siete cervezas aquella noche, pero que su confusión se debió a una migraña y no al alcohol. Tenía un historial documentado de migrañas y su tratamiento estaba basado en la medicina tradicional de los navajos. Aquel día se dirigía precisamente a ver al curandero. Él creía que estaba en la carretera de acceso, que corre paralela y en dirección opuesta a la carretera interestatal. Pero no era así. El resultado fue que chocó con un coche en el que viajaba una familia de misioneros cristianos. La madre y sus tres jóvenes hijas murieron debido al impacto.

Gordon fue el primer miembro de su familia en tener una licenciatura. Era un veterano de la Fuerza Aérea, y había sido trabajador social para la nación navajo. En el momento del accidente era director de la Casa de la Esperanza, que ofrecía asesoramiento a los adolescentes Navajos que consumían drogas. Era profundamente respetado en su comunidad. Y su orgullo por la comunidad navaja era palpable.

Nuestros días en Gallup (Nuevo México), transcurrían más o menos del siguiente modo:

Cada mañana nos recordaban a Shana y a mí que la vida eterna, o la condenación eterna, nos aguardaban, y que todo ello dependía de si nos arrepentíamos y volvíamos al camino de Jesús, o continuábamos con nuestras vidas pecaminosas.

Y todo esto acompañado de huevos con beicon.

Luego trabajábamos como voluntarias en el hogar para adolescentes y niños navajos, cuyos padres o cuidadores estaban en rehabilitación por el consumo de drogas. Los niños nos llamaban bilagaana. Yo lo traduje al inglés como algo parecido a ‘chica guapa’. Pero Gordon, con una ligera sonrisa, me informó que mi traducción era incorrecta. Ellos en realidad nos llamaban ‘chica blanca’. Lo que Shana y yo hacíamos como voluntarias era principalmente escuchar a los niños contar historias. Su imaginación era excepcional. Cuando le mencioné esto a Gordon, él me explicó: «En el idioma de los navajos no existe ninguna palabra para imaginación». Un sueño, o cualquier cosa que podamos imaginar, tiene igual valor que lo que sucede en la «vida real».

Cuando terminábamos de trabajar, Gordon nos recogía en la casa de los Van Klompenburg y nos sumergía en la cultura navaja. Nos llevaba a los sitios que los navajos consideraban sagrados, y a los lugares donde habían tenido lugar espantosas batallas en las que habían perdido su lucha para salvar a su tierra de los colonos americanos. Nos habló de las generaciones de niños navajos robados a sus familias y enviados a internados cristianos financiados por el gobierno, donde no se les permitía hablar su propia lengua, eran sometidos a malos tratos y se les enseñaba a avergonzarse de ser quienes eran.

Gordon nos dejó participar en una sauna ceremonial y en la tradicional danza de la lluvia. Y el hecho de estar en un círculo sagrado me enseñó la que acaso sea la verdad espiritual más esencial.

En el mundo espiritual no hay jerarquías.

Las personas con las cuales me senté en círculo en aquella sauna ceremonial, con las que canté y lloré, quemé salvia y sudé durante horas y horas, y las personas con las que bailé en círculo en la danza de la lluvia, convocaron a sus ancestros y honraron la tierra con las plantas de los pies, eran todas extrañas y diferentes a mí. Sin embargo, todas ellas me hicieron emocionar hasta las lágrimas, y las amé profundamente cuando intercambiamos miradas al calor de la sauna y bajo el frío aleccionador de la danza de la lluvia, porque me recordaron lo que yo había olvidado: que todos estamos conectados.

En el mundo espiritual no hay jerarquía. Lo único que existe es este círculo donde lo primero se convierte en lo último, y lo último en lo primero.

«Cuando consigas que los dos sean uno». Esta frase del Evangelio de Tomás significa para mí que cuando ya no estés separado de los demás, cuando (en la cinta del teletipo que hace repiquetear ideas en tu mente sin parar) ya no pretendas ser mejor, o lo que es más frecuente, peor que ninguna otra persona, entonces serás capaz de ver la conexión última que existe entre todos nosotros.

«Cuando consigas que los dos sean uno» para mí describe un estado interior que afecta a todas las relaciones externas. Cuando consigues que el ego y el alma sean uno, ya no puedes sentirte separado de los demás. Y esto es lo que mueve «montañas», o incluso modifica creencias profundamente arraigadas: nos unimos gracias al amor.

Al final de nuestra estancia los Van Klompenburg nos llevaron al aeropuerto de Albuquerque. Fueron las dos horas más largas de toda mi corta existencia. Todavía puedo ver en el rostro de la señora Van Klompenburg esa mirada exaltada que reflejaba su miedo y su ansiedad, mientras nos rogaba desde el asiento delantero que nos arrepintiéramos. Su habitual fervor por Jesús estaba todavía más exacerbado debido a la idea equivocada que tenía de que Shana y yo dormíamos juntas porque teníamos una relación romántica, en vez de reparar en el hecho de que sencillamente ella nos aterrorizaba.

Quise comunicarle lo que estaba bullendo dentro de mí desde el primer folleto que había deslizado bajo la puerta de nuestro dormitorio. Sentía una rabia enorme al presenciar la hipocresía de una religión que se considera tan superior y tan apartada de las demás que puede justificar el genocidio. Pero también intuía que si abría la boca podría transformarme en un dragón, y no tenía muy claro si volvería a ser yo misma, y cuándo. Sentía una rabia tan intensa que no sabía cómo expresarla, pues tenía la sensación de que si así lo hacía esa rabia podía llegar a consumirme.

Jamás le había dicho ni una sola palabra a aquella mujer. Sin embargo, sentía que esa pequeña y sincera parte de mí estaba chillando a la señora Van Klompenburg y a su Jesús desde el asiento trasero del coche. Tenía la sensación de estar escuchando ese núcleo de lava ardiente derretida de todo aquello en lo que yo creía con ardor, y con un fervor evangélico igual al de ella. Sentía que mi nivel de locura estaba a la misma altura que el suyo. Y esto sonaba algo parecido a:

Siento pena por usted. De que su Dios sea tan pequeño. De que su Dios tenga un ego tan frágil, como para enviarnos al infierno si no creemos en él. De que su Jesús ame solamente a sus seguidores, a las personas que se han rendido a él, como si fuera un líder hambriento de poder de un culto retorcido. Creo que usted no ha entendido absolutamente nada. Ha confundido a Dios con el poder. Creo que quienquiera que fuera Jesús, conocía el amor. Jesús se basaba en el amor, que es lo contrario del poder.

1 N. de la T.: El fallo del caso Roe vs. Wade –que da nombre a ley del aborto en Estados Unidos- se produjo en enero de 1973 después de que «Jane Roe» (seudónimo de una mujer soltera de veintitrés años) desafiara las leyes en Texas que dictaban que el aborto era inconstitucional, excepto en casos en los que la vida de la madre estaba en peligro. Henry Wade era el fiscal general de Texas que defendía la ley contra el aborto.

2 Nombre de una conocida organización sin ánimo de lucro estadounidense que proporciona métodos de contracepción, asistencia en abortos, así como todo tipo de información y ayuda en cuanto a control de la natalidad.

3 King, The Gospel of Mary of Magdala, 152.

4 Su verdadero nombre era Isabella Baumfree y nació esclava en Nueva York. En 1826 escapó y huyó a Canada con una de sus hijas; que aún no había sido subastada. Cuando en su ciudad natal se declaró la abolición de la esclavitud en 1827, regresó a por otro de sus hijos, que había sido vendido ilegalmente. Es así como se convirtió en la primera mujer negra en Estados Unidos que ganó un juicio a un hombre blanco. A partir de entonces, se convirtió en oradora y activista del movimiento abolicionista y del movimiento por los derechos de la mujer; un doble proceso simultáneo, de reclamación y reconstrucción de la identidad.

5 N. de la T.: Ancho mar de los Sargazos es una novela de la escritora anglo-caribeña Jean Rhys, nacida en la isla de Dominica. Cuenta la historia de Antoinette Cosway, la primera señora de Rochester (el enigmático personaje de la novela Jane Eyre), la esposa demente que vive encerrada en la buhardilla de Thornfield Hall y muere en el incendio que ella misma provoca.

6 N. de la T.: Los casos DUI son casos penales; DUI son las siglas de Driving Under Influence, es decir, conducir bajo la influencia de alcohol o cualquier otra sustancia, como marihuana o incluso determinados medicamentos que dificulte la conducción.

7 Reality show estadounidense sobre casos judiciales.

LA SEGUNDA POTESTAD

EL DESEO


La niña que se bautizó a sí misma

En las épocas tumultuosas inmediatamente posteriores a la crucifixión de Cristo, el cristianismo es una religión prohibida. Es ilegal ser cristiano. Sin embargo, un hombre demente y devoto llamado Pablo viaja de pueblo en pueblo contando historias sobre su experiencia con Cristo. En su camino se detiene en una pequeña aldea donde vive una joven de diecisiete años conocida como Tecla. Ella oye a Pablo desde la ventana de su dormitorio, y queda fascinada. Permanece junto a la ventana durante tres días y sus tres noches mientras Pablo narra las adversidades que había vivido con Cristo.

Entonces algo comienza a aclararse en su mente. O algo que siempre ha existido dentro de ella emerge de repente a la superficie, y a lo largo de esos tres días su vida cambia por completo. Su prometido le ruega que se aparte de la ventana. Le dice que ­debería avergonzarse por amar a alguien que no sea él. Le recuerda sus obligaciones, le recuerda la ley. Y además insta a su madre a que le ordene que vuelva a prestarles atención. Pero Tecla no se mueve de su sitio. Y por si fuera poco, empieza a albergar el deseo de conocer a Pablo, abandonar la vida que se espera de ella y reemplazarla por otra que ahora considera que es la que realmente le corresponde.

Su prometido denuncia a Pablo frente al gobernador, acusándolo de ser un mago y atribuyéndole el poder de inducir a las mujeres jóvenes a que no contraigan matrimonio. El gobernador arresta a Pablo y lo envía a prisión.

Tecla abandona su hogar en mitad de la noche para ir a verlo. Ofrece sus brazaletes al guarda de la prisión para que la deje entrar. Y cuando está junto a la puerta de la celda le da también un espejo decorado, y se deshace fácilmente de los vestigios de su antigua vida. El guarda la deja pasar, y ella se dirige hacia Pablo y se sienta a sus pies.

Al día siguiente se rumorea que Tecla ha estado en la prisión para conocer a Pablo. Su prometido se muestra absolutamente indignado. ¡Tecla es suya! Es su posesión. La madre de Tecla está de acuerdo con él y solicita que sea castigada. Su propia madre sugiere que sea quemada en la hoguera por haber desobedecido la ley y haber roto su compromiso matrimonial, por seguir su propio camino, por dejarse guiar por su joven y ardiente corazón.

El gobernador ha ordenado azotar a Pablo y expulsarlo de la aldea. Pero, además, con el fin de dar una lección a todos los habitantes, ordena que aten desnuda a Tecla en el poste de la hoguera.

La pira está encendida. Yo siempre he imaginado que, como es natural, ella debía de estar temblando. Sin embargo, su determinación está tan arraigada en lo más profundo de su ser que le da el coraje necesario para recordar quién es, y de qué es capaz. En el preciso momento en que las llamas están a punto de alcanzarla Tecla se persigna, y súbitamente la cubre un negro nubarrón. Y no solo la cubre a ella, sino también a todos los espectadores. La lluvia cae sobre el fuego que fue encendido con el fin de acabar con su vida. Y ella se salva. Se ha salvado a sí misma.

Tecla encuentra unos ropajes con los que cubrir su cuerpo, son prendas utilizadas normalmente por los hombres. Luego se pone en marcha para seguir los pasos de Pablo y caminar a su lado. Conoce a un niño en el mercado de un pueblo cercano. Él sabe dónde está Pablo.

Entonces el niño conduce a Tecla hasta el lugar donde Pablo la está aguardando, en profunda oración, sin saber si está viva o muerta. Ella lo saluda y le comunica que se cortará el cabello y lo seguirá allá a donde él vaya. Estoy convencida de que él se siente muy halagado, pero al mismo tiempo también preocupado. Al parecer Tecla era de una belleza extraordinaria. Por este motivo, él siente el temor de que, por ser una joven soltera, Tecla se enfrente todavía a más dificultades por el hecho de pertenecer a esta religión prohibida llamada cristianismo.

Ella lo tranquiliza: «Solamente debes darme el sello de Cristo, y no habrá ninguna dificultad que pueda afectarme». Quiere que la bautice, quiere que la confirme; está preparada para ser bautizada e incluso tal vez lo merece. Pablo le responde: «Debes tener paciencia». Y ella lo escucha, tan pacientemente como lo hace el amor. Y permanece a su lado.

Su ministerio los conduce a Antioquía (una región geográfica a la que los romanos denominaban Asia Menor, y que era una de las plazas más importantes de todo el Mediterráneo). Mientras caminan por las concurridas calles del centro de la ciudad, Alejandro, rey de Siria, ve a Tecla y decide que será suya. Quiere poseerla. Primero le suplica a Pablo, e intenta sobornarlo con dinero y poder con la esperanza de despertar su codicia. Pablo simula que no conoce a Tecla. Incluso la repudia delante de todo el mundo para hacerlo público. Ella, que es una adolescente sabia y empoderada, grita para que Alejandro no la viole.

Alejandro, que ostenta un enorme poder, hace caso omiso de sus gritos e intenta poseerla allí mismo en medio de la calle. Pero Tecla no se lo permitirá. Le arranca la corona de la cabeza y rompe sus vestiduras para llamar la atención sobre sus actos y, en consecuencia, avergonzarlo frente a los que están presenciando la escena. Una vez más, Tecla se salva. Se ha salvado a sí misma.

Sin embargo, es llevada ante un tribunal para que los jueces condenen sus acciones, y es sentenciada a morir en la arena del circo. Una vez más la conducen desnuda y con las manos atadas hacia el coliseo para que afronte su destino. La obligan a llevar sobre su cuerpo una palabra que resume los cargos de los que la acusan: sacrilegio. Ella está desnuda en el centro de un ruedo abarrotado de gente exhibiendo la palabra sacrilegio, mientras la muchedumbre grita fervorosamente para que dejen entrar a las bestias salvajes que habrán de acabar con su vida.

Una leona feroz se acerca a ella. A menudo imagino la mirada amorosa que ella le dirige. El coraje enfrentándose con el coraje. Imagino el profundo reconocimiento mutuo que debe de haberse producido en ese momento. Supuestamente, la leona se tumba a sus pies en vez de atacarla.

Presos de la frustración, los oficiales hacen entrar otros animales, pero la leona se ha convertido en su protectora, y arremete contra los salvajes animales cada vez que alguno de ellos intenta hacerle daño. Finalmente dan muerte a la leona, pero la multitud ha empezado a cambiar de opinión.

Las mujeres que hay entre los espectadores comienzan a chillar: «Este juicio es infame». Comienzan a proclamar la inocencia de Tecla y a expresar el verdadero sacrilegio, que es condenar a muerte a ese amor.

En el coliseo, junto a Tecla, hay un foso de leones marinos. A medida que un número cada vez mayor de animales entran en el ruedo y se dirigen hacia ella, Tecla dice: «En el nombre de Jesucristo me bautizo a mí misma». Y cuando entra en el agua una nube de fuego la rodea súbitamente, y nadie puede llegar hasta ella. Por tercera y última vez, Tecla se salva a sí misma.

Las mujeres que están observándola se identifican con ella, se reconocen a sí mismas en ella. Esta es la parte de la historia que más me gusta. Es la parte que me da mayor esperanza. La parte en la que las mujeres que hay en el estadio ya no se consideran separadas de ella. Y entonces se niegan a que le hagan daño.

Todas ellas arrojan pétalos de rosa, nardos, canela y cardamomo a la arena, justamente a sus pies. Y el perfume embriagador de las rosas y las especias adormecen a las bestias hasta sumirlas en un estupor. Y todas se quedan dormidas.

Entonces las escrituras dicen: «Todas las mujeres gritaron al unísono como si fueran una sola voz» elogiando el coraje de Tecla. Al salvarse a sí misma, ha unificado la fuerza del amor de todas las mujeres que la rodean. Al liberarse a sí misma, las ha liberado también a ellas.

Esta historia procede de una de las escrituras cristianas más antiguas. Su título es Los hechos de Pablo y Tecla. Basándose en la cantidad de copias que se han recuperado, los eruditos afirman ahora que este texto fue leído por mucha gente. Pero en el siglo II, un líder y teólogo cristiano conocido como Tertuliano condenó este escrito porque afirmaba que las mujeres tenían autoridad espiritual para liderar comunidades religiosas y bautizar.

El manuscrito termina con un relato que narra que Tecla curó a muchos enfermos, que su ministerio duró hasta su muerte, que se produjo a la avanzada edad de noventa años, y que, supuestamente, fue enterrada junto a Pablo.

Creo que el aspecto más amenazador de la historia de Tecla es que se libera a sí misma de cualquier ilusión que pretenda indicarle que el poder reside fuera de ella.

Esa Tecla que iba a contraer matrimonio, la Tecla que procedía de una familia prominente y en la cual su madre había depositado muchas expectativas, la muchacha que por ley debía convertirse en esposa y no tener ningún derecho terrenal a seguir sus propios dictados, a atender a su llamada interior, había muerto en esos tres días y tres noches en los que se negó a abandonar su puesto junto a la ventana y olvidarse del sonido de la voz de Pablo. Entonces comenzó a moverse por voluntad propia. Comenzó a rebelarse contra las expectativas depositadas en ella por ser mujer, que en aquella época se consideraba el sexo inferior. Comenzó a hacer lo que su corazón le indicaba. Y, según los que ostentaban el poder, ese fue el sacrilegio que cometió. Rehusó obedecer y otorgar valor a ninguna autoridad que no fuera ella. Incluso, en última instancia, también a la de Pablo.

Se bautizó a sí misma porque se dio cuenta de que podía hacerlo. Se percató de que el poder para salvarse se encontraba dentro de sí misma.

Y eso fue precisamente lo que hizo.

La pasión de santa Perpetua

La materia dio vida a una pasión que no tiene Imagen porque deriva de algo contra natura. Entonces todo el cuerpo experimentó una confusión inquietante. Por eso os dije: «Sentíos contentos en lo más profundo de vuestros corazones, pero al mismo tiempo permaneced insatisfechos y desobedientes; así es, sentid satisfacción y placer solamente en presencia de esa otra Imagen de la naturaleza». ¡Quien tenga oídos para escuchar, que escuche!

María 3: 10-14

Vibia Perpetua había tenido recientemente un bebé. Los guardias de la prisión donde se encontraba le permitieron cuidar de su hijo mientras esperaba su sentencia. Y quizás debido a que era una mujer que pertenecía a la nobleza de la sociedad romana, también le permitieron tener algunos objetos: una pluma, tinta y papiro. Gracias a esto hemos llegado a conocer mucho sobre ella. El diario que llevaba en prisión data del año 203; es conocido como La pasión de santa Perpetua y considerado uno de los escritos cristianos más antiguos que se conservan. Sus emociones, su belleza y su valentía articulan la visión de una clase de fe mucho más radical de lo que llegaría a ser el cristianismo, incluso un siglo más tarde.

Tenía veintidós años. Era una buena hija de su padre, una buena esposa de su marido y una buena madre de su hijo recién nacido. Pero ninguna de estas funciones era más importante para ella que el hecho de ser cristiana, razón por la cual Perpetua estaba en prisión.

Felicitas, una esclava que estaba embarazada de ocho meses, fue encarcelada con ella. Siempre he imaginado que se consolaban y se apoyaban mutuamente dado que ya no había ninguna separación entre ellas. La estricta estructura jerárquica romana ya no podía encasillarlas como una mujer libre y una esclava. Eran hermanas, eran iguales. Y eso fue lo que las hizo ser tan peligrosas.

En la antigua Cartago, una región del norte de África ocupada por los romanos al comienzo del siglo III, en aquella época convertirse al cristianismo era un delito que se castigaba con la muerte. Y esto se debía principalmente a que las creencias cristianas ponían de cabeza la estructura romana de poder y autoridad.

La premisa del cristianismo era que todos somos iguales a los ojos de Dios, o del Bien. El Evangelio de María derriba las fervientes creencias arraigadas en una sociedad cuyos baremos giraban en torno al sexo, la raza, la propiedad, la riqueza y la ciudadanía. En aquella época las mujeres eran definidas por su estatus social como hijas, esposas y madres. Y las mujeres, independientemente de su nivel social, se consideraban como una propiedad y tenían tan pocos derechos como un esclavo.

El emperador no podía tener a nadie como rival, ni siquiera a Dios. De modo que, para celebrar y honrar el cumpleaños del emperador Septimio Severo, varios jóvenes catecúmenos (cristianos convertidos que deseaban ser instruidos en la religión para recibir el bautismo) fueron detenidos y encarcelados. Estos futuros cristianos que recibían instrucción tenían dos opciones: renunciar a su fe o ser arrojados a la arena para su ejecución pública.

El padre de Perpetua la visitó varias veces en la prisión antes de que fuera sentenciada, para suplicarle que recordara que por ser su hija le debía fidelidad, que tuviera en cuenta cuál era su sitio en el orden de las cosas. «Por el amor que sentía por mí –explica ella en su diario–, mi padre deseaba que abandonara mi actitud y cambiara de opinión».

Durante una de esas visitas ella le preguntó:

–Padre, ¿puedes ver esta vasija que hay aquí? ¿Acaso podría ser llamada por otro nombre?

–No –respondió él.

–Bien, pues yo tampoco puedo ser llamada de ninguna otra manera más que por lo que soy, una cristiana.

Cuando al final de este pasaje correspondiente a María 3,14 Cristo dice: «¡Quien tenga oídos para escuchar, que escuche!», es evidente que no se está refiriendo a nuestros oídos reales ni a la capacidad de oír sonidos, sino a una capacidad de «escuchar», o lo que es lo mismo, comprender el mensaje que encierran las ­palabras.

Esto es lo que yo «escucho» cuando leo este pasaje.

La frase «La materia dio vida a una pasión» para mí significa el ego. El ego (esta pasión que la materia, es decir, nuestro cuerpo, ha dado a luz) no tiene una imagen ni una identidad real. La imagen aquí es lo que es duradero y eterno. El ego morirá al morir la materia, de modo que es algo opuesto al aspecto más incondicional de nuestro ser, o alma: nuestra imagen.

A medida que avanzamos y profundizamos en el Evangelio de María, comprobamos que esta imagen reside en el corazón. La orden «Sentíos contentos en lo más profundo de vuestros corazones» viene a decirnos que nos fundamos con la imagen, que nos identifiquemos más con la imagen del verdadero ser que con el ego, pues este desaparecerá al mismo tiempo que el cuerpo. Permaneced insatisfechos y desobedientes frente al ego, y no solamente al propio sino también al ajeno. No dejéis que os definan las reglas, las proyecciones y las expectativas de una sociedad que no ve vuestra verdadera imagen. Sentid satisfacción y placer únicamente con la imagen de vosotros mismos que os libera de los límites del ego. Solo el alma conseguirá satisfaceros, y es la única que puede definir la naturaleza de quienes realmente sois.

Perpetua nunca titubeó ni flaqueó. Estaba satisfecha en lo más hondo de su corazón. Sabía que jamás renunciaría a su fe. Sin embargo, rezaba y pedía un sueño que le revelara cómo afrontar la ­inminente fecha de su sentencia. En su diario describe una escalera de oro que llegaba hasta el cielo por la que sube en un sueño. El sueño había llegado a ella como una respuesta a sus oraciones. En la base de la escalera había un dragón feroz, y en el otro extremo, a apenas unos pocos centímetros a la izquierda y a la derecha de cada escalón, había todo tipo de armas letales.

Ella se encaramó a la cabeza del dragón para subir por la escalera y luego ascendió cuidadosamente para evitar las armas de guerra fabricadas por el hombre. En el sueño consiguió llegar al cielo, y esto le dio coraje para comparecer en el juicio y confesar que era cristiana.

También tuvo un sueño en el que luchaba contra un soldado egipcio en la arena del circo. Ella observaba que su cuerpo se transformaba, dejaba de ser femenino para ser masculino. Su cuerpo estaba desnudo y ungido de aceite para la batalla. En ese sueño también resultaba vencedora.

Y se dice que cuando finalmente fue conducida desnuda hasta la arena junto con su hermana cristiana Felicitas, se dirigió a la muchedumbre y gritó con valentía una y otra vez: «Amaos los unos a los otros». Insatisfecha y desobediente hasta su último aliento, encontró la satisfacción en lo más profundo de su corazón.

Los ojos de bombilla
de la abuela Betty

Habiendo dicho todas estas cosas, el Bienaventurado saludó a todos los que estaban allí. «¡Que la paz sea con vosotros! –dijo, y luego añadió–: ¡Engendrad mi paz dentro de vosotros mismos!».

María 4: 1-2

Mi abuela Elizabeth, que creía en la cerveza en la misma medida que en los ángeles, fue una de las primeras cristianas que conocí. Lo que quiero transmitir es que conocerla, escuchar lo que Jesús significaba para ella, saber lo que ella entendía cuando leía las escrituras me ayudó a comprender que no era la Biblia lo que me aterrorizaba sino la forma en que había sido interpretada.

Ella fue una presencia amorosa para todas las personas que conoció, y no solamente para otros cristianos. Irradiaba una profunda aceptación, y nunca sucumbía a la tentación de juzgar a nadie. No tenía ninguna agenda oculta, ninguna culpa, ni había ninguna coerción en su voz cuando mencionaba un pasaje determinado de las escrituras o citaba un salmo.

Una mañana me había despertado muy pronto. Había regresado a casa de la universidad; en aquella época tenía insomnio, y los primeros síntomas de un trastorno de ansiedad ya empezaban a manifestarse. Me sentía profundamente perdida. En realidad, no era exactamente así. Lo que pretendo decir puede describirse como esa etapa de la vida en que ya has dejado de ser un niño pero todavía no eres adulto, en la que el estado anímico imperante es la confusión. Aunque en realidad tampoco era exactamente eso lo que estaba sintiendo.

Yo sabía exactamente qué era lo que me pasaba. Sabía exactamente qué había perdido. Me faltaba una parte de mi ser. Una parte elusiva, efímera, pero sin embargo esencial. Sin esa parte sentía que me estaba limitando a ver pasar mi vida. La estaba presenciando, pero no estaba realmente presente en ella. Me encontraba constantemente atrapada por mis propios pensamientos. Me había quedado bloqueada en el pasado, o estaba asustada por el futuro.

Aquella mañana mi abuela Betty estaba de pie junto a la ventana de la cocina con una taza de café en sus manos. Vi que su mano temblaba mientras acercaba lentamente la taza hacia su boca. De pronto me vio y sonrió de aquella manera suave y relajada que la caracterizaba. No era una sonrisa forzada, y tampoco sonreía con la intención de que yo le sonriera a mi vez. Era una sonrisa que parecía brotar de lo más profundo de su ser, como si lo que había visto en su rostro fuera nada más que la punta del iceberg. Ella estaba muy serena. Parecía estar muy a gusto. Y en comparación, yo me sentía como un huracán diminuto y muy cansada.

Ella jamás estaba sola. Cuando estaba a su lado sentía que estaba en compañía de muchas más cosas, y no simplemente de ella. Era como si estuviera a punto de entrar en algún lugar o situación: una reunión, un diálogo, un romance. Y eso mismo fue lo que sucedió en aquel momento, mientras ella se encontraba en la cocina con su pequeño camisón de franela que le cubría hasta el cuello, sonriéndole a un diciembre gris, lóbrego y deprimente, tan característico de Cleveland. Ella estaba plenamente allí, con una presencia que residía en su interior y que parecía no abandonarla nunca. Una presencia que la llenaba de un amor que iluminaba su rostro y hacía que sus ojos brillaran como si dos velas ardieran detrás de ellos.

Cuando me marché a la universidad nos escribíamos cartas. Y continuamos haciéndolo muchos años más tarde, cuando comencé el primero de los tres peregrinajes que realicé en busca de esa luz que ella parecía poseer de manera innata. Estudié con teólogos, con eruditos del Antiguo y el Nuevo Testamento. Pero, en cierto sentido, la abuela Betty siempre fue para mí la máxima autoridad en lo que respecta a las escrituras. Creo que esto se debe a que era una prueba viviente de que había leído entre líneas, que había asimilado las palabras de un modo que la había liberado. Y muchos, pero muchos, de los más aclamados teólogos carecían de los ojos de bombilla de mi abuela Betty. No tenían la paz que ella emanaba.

Cuando en el Evangelio de María Cristo dice: «¡Engendrad mi paz dentro de vosotros mismos!», yo lo entiendo como una directriz para que no nos enfoquemos en adorarlo sino en parecernos a él. Una indicación para que no nos separemos de él ni lo consideremos diferente a nosotros, sino que lo consideremos como un ejemplo de lo que todos tenemos el potencial de ser. Podemos engendrar su paz dentro de nosotros mismos. Al menos eso es lo que la abuela Betty me mostró que era posible.

Después de que mi abuela Betty falleciera, mi madre me dio una de las muchas cartas que había guardado de la correspondencia que habíamos mantenido a lo largo de los años. Los bordes estaban un poco ajados, pero el papel conservaba su olor. Mi caligrafía es prima hermana de los jeroglíficos. Mi abuela había leído la carta con tanta dedicación que había marcado con lápiz todas las palabras que yo había escrito con tinta roja y que le había resultado difícil descifrar. Se me cayeron las lágrimas. Pude sentir su mirada dulce y tierna en esa amorosa dedicación con que había leído cada uno de mis sentimientos. Ella había sido mi testigo. Mi extraordinaria ministra secreta, la que me ayudó a descubrir por qué yo creía que amaba a Cristo y, sin embargo, a menudo sentía vergüenza en la iglesia.

Lo que aprendí en la Escuela de Teología, y más tarde en el seminario, es que hubo una historia sobre Jesús que resultó ­vencedora. Hubo una versión de Cristo que fue creada en el siglo IV. En el 313, a través de un único edicto, el emperador Constantino convirtió el cristianismo, una religión prohibida y perseguida por la cual Perpetua perdió la vida, en una religión estatal redefinida por los hombres.

El proceso de recopilar la versión actual de la Biblia, la que puedes encontrar en la mesilla de noche de la habitación de cualquier hotel, surgió por la necesidad de contar con una versión unificada del cristianismo. En el nombre de Cristo, existieron diferentes «cristianismos», muchas comunidades con ideas diversas en cuanto a qué o quién había estado en esta Tierra. Y más allá de la metafísica de lo que la existencia de Cristo podría significar, también estaba el tema más práctico de la autoridad. ¿Quién tendría autoridad para contar la historia?

En estos preceptos queda plasmada una «historia maestra», o una historia lineal, de Jesús. No obstante, de acuerdo con la doctora Karen King, esa historia deja mucho que desear: «En primer lugar, es una historia incompleta y evidentemente sesgada. Por ejemplo, en lo que se refiere a la función de las mujeres, la ignora por completo». 1 En la historia oficial que relata el canon bíblico, el hombre Jesús elige a discípulos hombres para que transmitan la tradición y otorga la autoridad a obispos hombres. Sin embargo, King afirma: «Sabemos que en los primeros siglos de la Antigüedad y a lo largo de la historia cristiana, las mujeres desempeñaron funciones prominentes como apóstoles, diáconos, predicadoras y profetas». 2

En el año 325, Constantino convocó el Concilio de Nicea, donde se decidió cuál de las escrituras formaría parte del canon y cuál sería suprimida (y posteriormente destruida). 3 En esa época la Iglesia comenzó a resolver su credo oficial, el Credo de Nicea, donde se afirma algo semejante a: «Creemos en un solo Dios, el Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en Jesucristo Nuestro Señor, el hijo de Dios, unigénito del Padre, ante todos los mundos, Luz de Luz, el Dios verdadero de Dios verdadero, hijo único, no creado, hecho de la misma sustancia del Padre, por el cual todas las cosas fueron creadas; el que se encarnó como hombre y descendió hacia nosotros para procurarnos la salvación...».

Las diversas escrituras que no pasaron la prueba para formar parte de la Biblia canónica tenían en común el mismo tema: la confirmación de la presencia de las mujeres en el ministerio de Cristo y la relación excepcional de este con María Magdalena. Por ejemplo, los evangelios de Tomás y Felipe, entre otros, confirman que había tres personas que estaban siempre junto a Jesús: María, su madre; María, la hermana de su madre, 4 y María de Magdala, a la que llamaban su compañera. 5

Uno de los temas más importantes que la Iglesia ortodoxa quería zanjar era cómo definir el rol que desempeñarían las mujeres, en especial en lo que se refiere a la autoridad apostólica. ¿También las mujeres podrían llegar a ser apóstoles y tener una función igual en la Iglesia?

Aparte de los funerales y bautismos, el único momento del año en que yo asistía a la iglesia después de alejarme de ella era para la misa de medianoche de Navidad en la primera Iglesia unitaria de Cleveland. Allí donde mi madre nunca podía evitar que se le cayeran las lágrimas mientras cantábamos Noche de paz. A continuación se distribuían pequeñas velas blancas con diminutos faldones de papel para atrapar la cera que se iba derritiendo. Luego se apagaban las luces del santuario y, utilizando las mechas de cada vela, las íbamos encendiendo lentamente, una por una, en el más absoluto silencio.

La abuela Betty siempre protegía la llama mientras le encendían la vela, pero, después, debido a sus temblores, el pequeño ­faldón de papel tenía trabajo extra. La cera se deslizaba hacia uno y otro lado. Mi hermana pequeña, Elizabeth, y yo nos reíamos y mirábamos con ternura cómo luchaba nuestra abuela para que la cera no cayera en su mano. Y cuando sucedía, ella susurraba el «¡Oh!» más dulce que yo haya escuchado jamás.

No se trataba de que la idea de Dios Padre me disgustara sobremanera, lo que me molestaba era que se trataba de una idea incompleta. El concepto de Dios como padre y Jesús como su único hijo no tenía ningún sentido. Me parecía que era solamente una parte de una historia de amor mucho más inclusiva y radical. Existe lo masculino, el hombre, y lo divino; pero también está lo femenino, la mujer, y lo humano.

Y allí estaba yo, junto a mi abuela Betty, un ser humano que real y físicamente había engendrado un hijo en su propio cuerpo. Un ser humano que irradiaba y emanaba el tipo de luz que solamente pueden simbolizar esas pequeñas candelas. Y sin embargo, no hay ni una palabra sobre ella en la historia. No hay una diosa, ni una hermana, ni una madre (que da vida con su cuerpo real de una forma muy humana, y nada inmaculada). Me pregunto por qué no hay más gente que se cuestione qué clase de Dios tendríamos si fuera mujer. O, mejor aún, ¿qué pasaría si se hablara de Dios como el amor que la mayoría afirma que Dios realmente es?

Me pregunto cómo sería ahora el mundo si desde el inicio no hubiéramos silenciado a las mujeres y no les hubiéramos pedido que abandonaran el altar. Y también me pregunto cómo se trataría a las niñas y las mujeres si hubiéramos sido capaces, todos juntos, de escuchar quién era Cristo, quién es Cristo de acuerdo con las mujeres, con las madres, con las hijas, con las almas de un cuerpo humano que realmente puede crear la vida. O, para decirlo de otra manera, me entusiasma la idea de poder ver cómo cambiará el mundo en cuanto lo hagamos.

Con el paso de los años he formulado de un modo amable y respetuoso, con curiosidad pero habiendo eliminado previamente cualquier rastro de irritación, la siguiente pregunta a muchos sacerdotes, ministros y pastores (y también a rabinos e imanes): «Si Dios no es un hombre, un ser humano, un hombre de carne y sangre, ¿por qué es teológicamente correcto utilizar el género masculino, el sustantivo padre?».

¿Por qué no resulta irresponsable referirse a Dios como Él, cuando todos –hombres, mujeres, intersexuales, transexuales, no binarios– hemos sido hechos a imagen y semejanza de lo divino? ¿Cómo no somos capaces de ver la jerarquía engañosa que esto recrea día tras día?

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9788418000973
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