Kitabı oku: «Los triunfos pasajeros»

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COLECCIÓN PRIMEROS LIBROS

LOS TRIUNFOS PASAJEROS

MELINA DORFMAN


Dorfman, Melina

Los triunfos pasajeros / Melina Dorfman. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tenemos las Máquinas, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3633-28-7

1. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

© Melina Dorfman, 2019, 2021

© Tenemos las Máquinas, 2019, 2021

EDICIÓN

Julieta Mortati

DISEÑO

Julián Villagra

CORRECCIÓN

Martín Vittón

RETRATO DE CUBIERTA

Ana Carucci

instagram.com/lostriunfospasajeros

EDITORIAL TENEMOS LAS MÁQUINAS

Av. Independencia 2765 (1225), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

tenemoslasmaquinas@gmail.com

www.tenemoslasmaquinas.com.ar

Hecho el depósito que establece la Ley 11723.

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Tendemos a notar aquello que esperamos notar.

Muy lejos de Kensington, MURIEL SPARK

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Epígrafe

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  Sobre este libro

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1

Habían pasado tantos años desde mi última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la imposibilidad. Sentía que el fracaso era mi destino. Durante casi una década no recibí demasiadas propuestas. Al principio me victimizaba, infiriendo que siempre había tenido mala suerte en el amor. Cuando ese argumento comenzó a debilitarse por no estar edificado sobre una base racional sólida (¿quién es, en definitiva, desafortunado por siempre y debido a qué factores terrenales?), recordaba a la fuerza ciertas experiencias fallidas con algunos hombres y terminaba asumiendo que me habían dejado una huella traumática, lo cual explicaba el descenso de mi autoestima al nivel de un sótano corriente. Con cada relación, en lugar de meditar sobre las características psicológicas de los otros en combinación con las mías y repartir responsabilidades, reducía los hechos a un enunciado: si con todos me pasaba lo mismo, la culpable de no lograr sostener ninguna historia era yo. Así fue que me convencí de varias cosas, entre ellas, que no era atractiva para nadie y que no podría volver a seducir a un ser humano por el resto de mi vida. Entonces, traté con vehemencia de ajustar la realidad a mis parámetros, de prestar exclusiva atención a los hechos que justificaran el concepto que a esa altura tenía de mí misma. Y debo admitir que hasta hace poco tuve muchísimo éxito en mi lamentable misión.

Cuando Félix me escribió para que fuéramos a tomar algo una noche yo ya estaba enceguecida, incapaz de ver más allá de un sentido literal. Primero me mandó un mail diciendo que le había sorprendido que lo visitara en el negocio donde lo acababan de contratar, tras años de mutua ausencia. Al día siguiente me envió otro para proponer un encuentro y, al rato, uno más aludiendo querer saber a qué me estuve dedicando, cerveza de por medio. Incluso me dejó su número de teléfono. Acepté la salida a pesar de que nunca había tenido en claro los pretextos por los que habíamos dejado de vernos. Pensé en aprovechar la oportunidad para dilucidar esas circunstancias difusas de nuestro pasado.

Quedé en pasar a buscarlo a las diez de la noche por su trabajo. Como habían transcurrido cuatro días desde la confirmación, presentí que no se acordaría y decidí llamarlo. “Sé que estás ocupado ahora, ¿sigue todo en pie? Estoy en camino”, dije. “Sí, por supuesto, te espero”, aseveró en tono claro, enardecido. Llegué al local: persiana cerrada. Creí que estaba adentro, porque siempre quedan algunas tareas pendientes una vez que los clientes se van. Aguardé unos quince minutos sin mejor distracción que ver los autos y colectivos que transitaban por la avenida. De pronto advertí los candados colocados. Miré a ambos lados de la calle y no quedaban rastros de su presencia. No quería molestarlo; habíamos perdido la confianza que teníamos cuando éramos amigos. Le mandé un mensaje de texto para ver por dónde estaba y como no obtuve respuesta lo volví a contactar.

Me atendió con una voz tan distinta que por un segundo me descolocó (¿había marcado mal?). “Félix, ¿sos vos?”, pregunté. “Sí, ¿quién más?”, contestó. Recuerdo que no me había gustado esa exhibición altanera de carácter. “¿Estás cerca del negocio?”, proseguí. “Claro, ¿dónde, si no?”, replicó con mayor prepotencia. Y le corté: me pareció un desconsiderado. ¿Por qué me hablaba de ese modo, si yo estaba allí acudiendo a su ofrecimiento? Marqué de nuevo y descubrí que su modulación había empeorado: no podía hilar más de dos palabras y cada una se deslizaba hacia diferentes escalas, a veces graves y otras agudas. “¿Estás bien?”, se me ocurrió indagar, aun sospechando que no. Me empeñé en hacerle confesar al menos su localización geográfica. “¿Dónde estás?”, repetí con recelo. “No sé, supongo que a la vuelta”, expresó con un dejo de interés en ser ubicado. Guardé mi teléfono en el bolsillo y me dispuse a recorrer la manzana. Lo buscaba en todas direcciones y, a cada paso, elucubraba posibles razones por las que había cambiado de actitud. Cuando hablé para reconfirmar, arriba del taxi, perfilaba lúcido y exaltado. ¿Qué pudo haberle sucedido en los quince minutos que tardó mi arribo para afectar sus sentidos en tal extremo? Esbocé varias hipótesis: quizás le había bajado la presión y se había sentado en un escalón para recuperarse, o fue víctima de un intento de robo y había sido golpeado por unos delincuentes. Y mientras más reflexionaba, aumentaba en mí la curiosidad y ansiaba hallarlo. Era extraño, no concebía que algo malo estuviera aconteciendo. Lo tomaba como un juego: debía develar dónde se había escondido quien solía ser mi amigo y ya no lo era, porque había quedado en salir con él y de ninguna manera se trataba de una cita, como para espantarse tanto.

En plena divagación mental y barrial lo divisé a mis pies. Estaba echado de costado, posición fetal, a la entrada de un edificio. Se había puesto la mochila debajo de la cabeza, comprimiendo su pelo hasta los hombros. Si bien medía un metro setenta, en ese estado de indefensión aparentaba ser más pequeño. Me agaché como hacen los chicos cuando quieren inspeccionar el obrar de las hormigas. ¿Pero de qué me serviría a mí colocarme en el lugar de bióloga? Noté que tenía la camisa fuera del jean y algunas manchas de suciedad en la cara. Y que estaba dormido. Al enderezarme, me invadió una sensación de triste quietud que me era conocida. Justamente porque ocurrió lo que imaginaba. Mi razonamiento pasó de un análisis objetual (“¿Qué habrá ingerido para desvanecerse en ese lapso?”) a conferirme toda carga en el asunto (“Para amenizar mi advenimiento”). Ya no me importaba su salud: sólo mi estado anímico, súper egoísta. Así como estaba acostumbrada al rechazo (porque lo buscaba al asegurarme de que estaba signada a eso), sentirme mal al respecto también era parte de mi cómodo folclore. Y si en ese instante no podía soportarme a mí misma, menos podía ensayar técnicas de reanimación a una víctima de sobredosis. Yo era una simple periodista, no miembro de la Cruz Roja. Nada me ataba, en lo afectivo, a quien me debatía rescatar.

Insegura de mis decisiones, llamé a Simona para pedirle asesoramiento: “¿Recordás a Félix? Bueno, es largo de explicar cómo nos volvimos a ver. Quedé en ir a tomar una cerveza y lo encontré tirado en la puerta de un edificio. No sé cómo actuar”. Sin planearlo, había dado con la consejera que más se adecuaba a mis probables fallos. Al principio se alteró y gritó: “¡¿Por qué te enamorás de ese tipo de gente?!”. Luego, recuperó la calma y me sugirió: “Andá a dormir. Se va a poner bien. No debe ser la primera vez que pasa por una situación así”. Y eso fue lo que hice.

2

Me topé con Lina y Román, unos amigos con los que iba a bailar cuando recién empezaba mi carrera. Frecuentábamos distintas fiestas electrónicas donde yo conocía un chico por fin de semana, al que terminaba viendo fuera de esos ámbitos, incluso durante meses, pues disfrutaba de cada experiencia sin proyectar. ¡Qué coincidencia! O quizás haya sido un mensaje del Universo, una voz oculta en una alcantarilla, que pujaba por decirme con reverberación: “Ruth, no añores esa época tan próspera, replicala, si se puede…”. Es que había guardado cada uno de esos momentos en el freezer porque no estaba preparada para consumir en lo inmediato los productos del azar.

Lina y Román venían de un minimercado. Llevaban varias botellas (¿de cerveza?) en bolsas de tela. Me hubiera quedado charlando indefinidamente, como en un sueño, pero les anuncié que había quedado en ver una muestra de Xul Solar con Emilia y partí. Ese apuro no valió la pena: tras varios minutos de espera, deduje que me había dejado plantada.

En lugar de entrar al museo me propuse investigar las fuentes del desaire. ¿Acaso no le gustaba la obra del inventor que nació para convencernos de que la realidad puede cambiarse? ¿O tuvo un percance no menos inconfesable? “A veces, cuanto más minucioso es el punto de reunión, mayor es la divergencia entre las personas”, discurrí hasta correr el foco de análisis en mí. El episodio me dio bastante qué pensar… He visitado muchas exposiciones en mi vida pero ahora, a la que no pude ir, fue a la de Xul Solar. Sin dar más vueltas al asunto, me quedó claro: deposito en la presencia de un otro la posibilidad de alcanzar mi Yo luminoso. Es decir que cada vez que emprendo la búsqueda de mi Yo, dependo de los demás.

Por supuesto que fui a tocarle el timbre a Emilia (¡qué impertinente, se había desconectado por completo!). Me cuesta lidiar con la duda. ¿Y si le había pasado algo? De acuerdo con mi premonición, la encontré en cama con mal aspecto: demasiado pálida, con los ojos entrecerrados, bordeados de sombra. Pero no por un virus o una bacteria. Por eso la increpé y, en contra del sentido común, se ofendió. Ni quedándome a su lado, sirviéndole un vaso de agua, logré hacerla recapacitar. ¿La había descuidado, como osó echarme en cara? ¿No fue al revés?

Una vez más caí en la emboscada que tanto me enfurecía. Y la congoja fue tal que me objetivó. Me tiré por un trampolín, desde un malestar difuso hasta la dicha de conciencia plena. Vi mi propio mecanismo cerebral y sus engranajes. Sobre todo la partecita que alimentaba el resto, ese pensamiento tosco, firme, que versaba: “Antes de considerarme desamparada, siento que abandono si me permito embarcar, en soledad, una travesía personal más solar”. Era cuestión de tolerar la culpa automática que me generaba el tomar mis propias decisiones. A la larga, mi cabeza funcionaría bien.

En base a esa clarividencia, me animé a hacer lo que deseaba hacía mucho tiempo, sin haber tenido la valentía de concretarlo.

Otra casualidad… Ese mismo día fui a cubrir la inauguración de un festival literario y me presentaron a una tarotista que prestaba sus servicios en la sala como un detalle organizativo adicional (desentonaba pero al mismo tiempo no). Le comenté que nunca me había sometido a una sesión por temor a las predicciones, a saber con exactitud lo que me iría a ocurrir. Si me senté fue porque me ratificó que su tarea es la de guiar espiritualmente y no vaticinar hechos. Mi interrogante fue sobre mi estado sentimental. De todas las cartas que me salieron, sólo recuerdo una: la figura de un hombre invertido, sujetado de un árbol por medio de una soga atada a su tobillo izquierdo.

—¿Qué significa? —señalé.

—El Colgado. Concentrate en las piernas. Están cruzadas de tal modo que la derecha forma un triángulo. Según Crowley, “representa el descenso de la luz en las tinieblas para redimirlas”.

—Me da miedo.

—No tenés motivo —me tranquilizó. Ahora, observá el pie izquierdo, que pende de la cruz. Tiene una serpiente alrededor, “animal productor de cambios, que crea y destruye por igual”. Cada extremidad está clavada a un disco verde. Mi maestro lo define como “el color de Venus, de la esperanza que hay en el Amor”. Y asegura que “en esta oscuridad inferior de la Muerte comienza a agitarse la serpiente de la nueva vida”*.

—…

—Esta carta salió para insinuarte que necesitás dejar de lado una vieja actitud. Simboliza la pasividad: el estar suspendida, ser testigo inerte de lo que sucede, dominada por las circunstancias.

—No entiendo…

—¿Qué opinás del rostro del hombre colgado? Se lo ve en paz, ¿no? Eso se debe a que nada lo obliga a estar así. Lo hace para obtener un punto de vista diferente sobre las cosas.

—¿Y qué tiene que ver esa carta con mi consulta? —pregunté ya cansada de la abstracción.

—Bueno, vos tenés un problema de mentalidad. Estás convencida de que no vas a conseguir lo que querés y te comportás de acuerdo a eso. A menudo son otros los que ven tu potencial. Incluso hay mucha gente interesada en vos y no te das cuenta. Siempre creés que tenés que estar preparada para actuar. Y no. Podés ir construyendo mientras probás. Es momento de que reconozcas tu parálisis y asimiles que la sola percepción de tu realidad te da la oportunidad de alterarla.

Confieso que no manejo bien la obra de Xul Solar. Mucho tiempo después, supe que había ideado su propio mazo de tarot. Me lo contó Ingrid, cuando comenzó a curar una exhibición colectiva que lo incluía. “¿Te diste cuenta de que pronunciás ‘Xul’ con y griega?”, me indicó. “Es como si dijeras Yo.”

* Aleister Crowley. The Book of Thoth, Samuel Weiser, York Beach, Maine, 1991.

3

Luego de varias semanas, recibí un mail de Félix. Para ser franca, no lo esperaba. Había pasado noches casi enteras conversando con amigos al teléfono o en bares, analizando cada detalle de una escena de la que no fui parte, usando todo mi poder de deducción. Lo describía tal como lo recordaba, descansando en el piso sin ningún signo de estrés. Entonces, llegábamos a la premisa de que no le habían robado a mano armada ni mucho menos a puñetazos porque les señalaba que había utilizado su mochila de almohada, aunque sin duda no le habrá resultado para nada confortable. Por lo tanto, concluíamos que era imposible que se hubiera desvanecido ya que premeditó la posición en que terminaría su noche. Pero en soledad, antes de irme a dormir, continuaba dando vueltas al asunto y sin el apoyo intelectual de mis seres queridos debía afrontar el costado más oscuro de mi forma de ver mis condiciones de existencia. Recostada en la cama, me desvelaba mi extremo talento para el método científico contrario: soy una experta en el arte de inducir, en ir sumando hipótesis (en su mayoría distorsionadas) basadas en acontecimientos particulares para así llegar a una resolución final que no es más que una opinión negativa de mí misma que a nadie le importa y que no hace otra cosa que condicionar mi presente y futuro de la peor manera. Con los ojos cerrados, cavilaba: “¿Habrá querido demostrarme desde el vamos en qué se convirtió, para que yo supiera a lo que tendría que atenerme?”. De a ratos me persuadía de que estaba en lo cierto, que había interpretado correctamente su mensaje: “Hola, soy un adicto y saldré de mi fosa gracias al amor de alguien, en este caso el tuyo”. Y justo cuando estaba a punto de dormirme, me despabilaba y volvía a ser la misma pesimista de siempre: “No, tragó pastillas a propósito, para evitar reunirse conmigo. Por algo que incité”.

Leí su mail por la mañana, antes de ir al diario. Pedía perdón, que no sabía bien qué le había ocurrido, y afirmaba que no pudo llamarme antes porque había perdido su celular aquella noche (con mi número guardado en él) y recién ahora pudo comprar otro. ¿Acaso no tenía computadora, si al fin y al cabo se estaba contactando por escrito? No tomé su argumento como ciento por ciento falaz. Se trataba de un enunciado craneado para no expresar nada en lugar de engañar. Me gustó que hiciera eso, me pareció que traslucía una especie de vergüenza. Mucho tiempo después, me daría cuenta de que nada lo abochornaba y que exhibirse como un ente despreciable formaba parte de una estrategia para generar rechazo y alcanzar el desapego suficiente para seguir su camino, lleno de incertidumbres laborales y certezas sexuales. Porque si bien nunca sabría a qué dedicarse (tenía múltiples aficiones que no desarrollaba), tendría en claro lo mucho que disfruta estar con varias mujeres en simultáneo y que en alguna ocasión elegiría sólo a una que, de más está aclarar, no sería yo.

Más allá de la retórica, lo que me asombró fue su convicción de no haber sido visto en el estado en que había caído. Era táctico pero sin demasiadas luces: un hombre llano que administraba sus procedimientos probados con éxito en antiguas relaciones y que fracasaba a la hora de aplicarlos conmigo. Tanto es así que cuando deslizó que seguía pendiente nuestro encuentro, lo desafié a poner hora y coordenadas. Quedamos un jueves, a las nueve, en la esquina de su trabajo. A metros de llegar, temí encontrarme con la misma secuencia que me había atormentado pero no intimidado. Por suerte lo vi sentado tomando cerveza de una botella.

“Hola, ¿me convidás?”, le dije. Se levantó y me esbozó su mejor sonrisa, que invalidaba todo lo que había pasado y anunciaba lo que iría a suceder. “Mejor vayamos a un bar que queda cerca”, propuso. Caminamos un par de cuadras y cada uno contó cómo le había ido en su día —a él en el negocio, a mí en la redacción— hasta que me cansó el relato sobre lo cotidiano y lo increpé: “¿No me pensás explicar por qué me dejaste plantada, hace un mes?”.

Félix comprendió que no me movía la mera indiscreción sino un interés genuino por su integridad (manifestación, desmedida como las suyas, que implicaba una debilidad por lo menesteroso), producto de años de amistad a recuperar. Me confesó que estaba pasando una etapa especial, que se sentía perdido y que tomaba cocaína para reconstruir su entusiasmo. Y agregó lo que suelen enunciar muchos, cual cliché coral: “Lo bueno es que puedo manejarlo, consumo y abandono cuando quiero”.

Por supuesto que no le creí demasiado. Si esa había sido la droga a la que recurrió antes de la primera cita que me propuso, me hubiera recibido eufórico, no devastado. Y si se asumía tan omnipotente, no lo explayaría en voz alta como para convencerse a sí mismo. Ya en el bar, asumí que la conversación no comulgaría con la franqueza y decidí cambiar de tópico.

“No conocía este lugar. Me agrada”, opiné (porque había llegado mi turno de fingir). Tenía mesas y sillas de madera ordinaria, apenas barnizadas; una pared cubierta de fotos de líderes de bandas de rock y otra de grafitis dejados por habitués; y unas pantallas de papel colgando del techo que apenas irradiaban luz. Pedimos una cerveza y varias más. Y a la par nos reíamos de lo que veíamos a nuestro alrededor, de nosotros mismos, uno frente al otro. Félix se mostraba complacido de que al fin hubiera finalizado mi pesquisa narcótica y le encantaba que le narrara distintas historias sobre mi fanatismo por los scones, una adicción más inocua que la suya. Consideré que había llegado el momento de olvidar el hecho que había presenciado y proyectar una especie de absolución mundana. Si había aceptado un nuevo encuentro, no era para seguir juzgándolo.

Mientras hacíamos gala de nuestras habilidades discursivas, estimuladas por el alcohol, alguien del bar subió el volumen de la música. O quizás ya estaba fuerte y no nos habíamos percatado. Lamento no acordarme de qué tema sonaba: ¡una torpeza haber eliminado de mi memoria la banda sonora que elevaría mi punto álgido emocional! Se trataba de una canción lenta de synth pop, con melodía pegadiza y coro angelado, de esas que escuchaste infinidad de veces y no retuviste cómo se llamaba ni de quién era. “Mirá, esa pareja ya está explotando la situación”, señalé a un costado. Cuando Félix vio que me refería a un hombre y una mujer besándose a ritmo, comenzó a emular un striptease, que yo interpreté como gesto irónico. Entre carcajadas, le imploré que se volviera a poner su chaleco. Obedeció pero se dirigió hacia mí y dijo: “Bueno, si no me desvisto yo, te toca a vos”. Me quedé quieta, como las presas que se resignan a ser cazadas, tan mareada que no estaba en condiciones de evaluar pasos a seguir.

Félix se levantó y se estiró sobre la mesa para desabrochar mi camisa. Algo que me había llamado la atención, sin alertarme, es que no dejaba de mirarme a los ojos mientras lo hacía. Cuando llegó al tercer botón, casi a punto de dejar al descubierto mi ropa interior, reaccioné con rapidez. Le corrí la mano y puse una especie de límite: “Ya basta, no me divierte”. Lejos de tomarme en serio, asumió mi resistencia como una postura a rebatir. Ese fue el preciso instante en que percibí que, en el fondo, me conocía como nadie: valoraba mi histrionismo pero, sobre todo, detectaba mis miserias. Y eso que apenas habíamos vivido alguna que otra experiencia juntos. Era instintivo aunque no tanto, un animal de zoológico, y yo apenas lo descifraba; ni siquiera podía advertir qué iría a llevar a cabo en breve.

De nuevo en su silla, guardó el semblante risueño fuera de mi alcance y, con total seriedad, cruzó sus brazos y sentenció: “Si pensaste que yo vendría hasta acá sólo para tomar cerveza, estás muy equivocada”. Ante mi perplejidad, que evidenciaba no entender en lo más mínimo a qué se refería, persistió: “¿Necesitás que te aclare lo que acabo de decir?”. Y sin aguardar mi respuesta, emitió una frase que abrió aún más la zanja de silencio que a ese nivel de la charla nos separaba: “Sin haber tenido sexo con vos, no voy a volver a mi casa”.

Noté un dejo de cinismo en su estilo de abordaje pero no es que yo fuera incapaz de vislumbrar un escenario (¿cómo detallarlo?) erótico. Simplemente me paralicé ante ese acontecimiento imprevisto. Cuando éramos amigos, varios años atrás, nos veíamos una vez por semana. En aquella época me parecía lindo y me hablaba permanentemente de su novia. Yo trataba de ponerme a tono y le relataba mis constantes andanzas con hombres, que nunca trascendían a nada. Ninguno de los dos intentó seducir al otro. Después vendría el distanciamiento temporal, el reencuentro en el negocio, su desvanecimiento en la calle, mi huida de la coyuntura, la cita en el bar decadente y mi reiteración, lógica: “Pero si nunca, jamás, te atraje, y viceversa”.

Félix optó por ser antirevisionista: no me dio la razón, tampoco me contradijo. Sólo informó que iba al baño y me pidió que meditara su proposición. Cuando regresó, se sentó en el mismo lugar, no a mi lado. Esa maniobra me desconcertó: ¿quién arroja una propuesta de intimidad al vacío sin echar una red de acercamiento físico? A falta de confianza en mí misma, me persuadí de que estaba frente a un acto cómico. Incluso llegué a pedir disculpas cuando su rostro, clamando una inminente resolución, dejó de darme gracia. Y ahí fue cuando salté de autoprotegerme a quedar expuesta. En realidad, ansiaba recostarme en una cama con él, intercambiar miradas y acechar agitados por quién movería la primera ficha. Pero aún no nos habíamos besado y a mí me abrumaba el pasado. Supuse que confesando mis penurias no lo expulsaría. Al contrario, se apiadaría de mí, quedaría exenta de juicio y, sobre la base de una triste verdad, podría edificar algo que valiera la pena, aunque durara sólo esa noche. “Hace mucho tiempo que no tenía una cita con alguien. Temo decepcionarte: llevo años sin tener sexo”, declaré. Eso, en mi peculiar jerga, fue responder “sí”.

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Hacim:
97 s. 13 illüstrasyon
ISBN:
9789873633287
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