Kitabı oku: «Nuestro grupo podría ser tu vida», sayfa 11

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Llegó un momento en que dieron un concierto con muy poco público en Atlanta la misma noche que R.E.M. había agotado las entradas en un gran teatro universitario. R.E.M. se había convertido rápidamente en un grupo muy querido en ambientes universitarios, mientras que Burma, que había empezado antes que ellos, todavía no había conseguido salir del anonimato. Conley afirma que pudo haber sido un sueño, pero cree que esa misma noche, horas después de que acabara el concierto, las furgonetas de ambos grupos se cruzaron en el aparcamiento. Vio cómo Mike Mills, el bajista de R.E.M., miraba por la ventana.

—Estaba mirando fuera, mirándonos desde otro mundo —explica Conley, todavía con un punto de nostalgia después de tantos años—, un mundo de privilegios, locales abarrotados, ascensos sociales… y furgonetas bonitas.

También había buenas ciudades —Washington, San Francisco, Lawrence y Ann Arbor—, pero a la larga el aburrimiento de la carretera hizo mella incluso en este grupo de intelectuales. Durante las paradas y en los backstage se obsesionaron con un juego que consistía en lanzarse una botella grande de plástico como si fuera una pelota de ropa.

—Era alucinante —confiesa Conley—. Podía ser un deporte de verdad—. Una noche oscura en algún punto de Oklahoma, aparcaron en medio de la carretera y empezaron a lanzar fuegos artificiales, un espectáculo pequeño pero memorable que solo disfrutaron unos pocos afortunados.

Cuando se unió a Mission of Burma, Miller sabía que seguramente solo era cuestión de tiempo que tuviera que dejarlo. Ignoró su tinnitus hasta después de las ensordecedoras sesiones de Vs., cuando su estado se volvió demasiado grave como para continuar ignorándolo.

Sobre el escenario, Miller empezó a llevar tapones para los oídos y una protección parecida a unos auriculares diseñada para gente que disparaba armas de fuego y, con todo, no podía evitar oír los pitidos. Resulta que el sonido no solo entra a través del canal del oído, sino que también lo hace a través de los huesos de la cara y del cráneo. De gira, por la noche, cuando todo estaba muy tranquilo, podía oír lo que ocurría.

—Los tonos llegaban con un «bip» hasta que se estabilizaban —explica Miller—. Y luego oía otro tono. Y al final de la gira, oía constantemente ese «bip». Durante el resto de mi vida. Y eso me aterrorizó.

Miller sacó el tema al grupo por primera vez en otoño de 1982 tras un concierto en Washington D. C.

—Era una tema bastante espinoso —explica—. Estaba jodiendo las vidas de cuatro o cinco personas. Y así que solo me salió: «c’est la vie».

A principios de enero de 1983, Miller anunció que dejaba Mission of Burma porque su tinnitus no dejaba de empeorar. En una entrevista con Boston Rock, Miller, maestro de la composición, identificó específicamente los tonos de su tinnitus. «En septiembre me surgió en el oído izquierdo un mi», dijo. «Y en diciembre apareció un do sostenido bajo el mi. En mi oído derecho, empecé a oír un mi ligeramente sostenido en octubre. Forman unos acordes bastante interesantes que no cesan. Por la noche, cuando todo está en silencio, las notas gritan.»

Sorprendentemente, ni Conley ni Prescott ni Swope, ni siquiera Harte, estaban especialmente abatidos. De hecho, Harte comenta que todos experimentaron «una sensación retorcida de alivio». El grupo había hecho discos alucinantes, gozaba de amplio apoyo por parte de la radio universitaria y de la prensa, y sin embargo nadie iba a sus conciertos ni compraba sus discos.

—Simplemente, parecía que la cosa no estaba funcionando —explica Harte.

A pesar de todo, Prescott al principio pensaba de forma diferente.

—Seguramente, para mí fue un golpe mucho más duro porque creía que era un buen trabajo —explica—. Me gustaba trabajar con ellos, me encantaban sus letras, pensaba que podíamos hacer algo más. Pero, entonces, poco tiempo después, me alegré. Sabía que era algo que Roger debía hacer por el bien de su oído, y, para Clint, era un buen momento para alejarse de la música.

El tinnitus no fue el único peligro de la vida rocanrolera que afectó a Burma. La ansiedad de los directos, los horarios intempestivos, los largos períodos de aburrimiento y la sensación de tener que estar disponible permanentemente, todo ello contribuyó a hacer del alcohol una droga atractiva que casi acaba con Conley.

—Las cosas iban genial y disfrutábamos como locos y no había ningún motivo para dejarlo —explica Conley—. Pero al cabo de un tiempo, me di cuenta de que se estaba convirtiendo en un problema.

Conley no era, tal y como dicen en las charlas de rehabilitación, un «bebedor a lo grande», proclive a grandes y problemáticas borracheras que causan estragos.

—Era más bien un agotamiento controlado, de baja intensidad, de mis energías y productividad —confiesa—. Notaba cómo cada vez escribía menos canciones y me costaba cada vez más acabar las cosas. Me quedaba totalmente bloqueado.

Durante el proceso de mezcla de Vs., Conley «tuvo que tomarse unas pequeñas vacaciones» y pasó una breve estancia en un centro de rehabilitación. La claustrofóbica canción «Mica» parece hablar de esa experiencia.

Conley pasó el último año de existencia del grupo limpio y sobrio.

—Y muy contento por ello —añade animadamente—. No fue ninguna experiencia terrible ni penosa para mí a pesar de frecuentar clubs, lo que es una forma extraña de permanecer sobrio. Me sentía completamente libre y eufórico por el hecho de que no estaba enganchado. Fue un año muy feliz, en realidad. Fue un reto. Me siento muy afortunado.

Así pues, cuando Miller anunció que el grupo tendría que disolverse, Conley no estaba tan dolido como uno podría pensar.

—En muchos sentidos, noté como mi vida cambiaba —afirma—. No estaba atado a Burma para siempre. Estaba sufriendo enormes cambios en mi propia vida, de modo que pensé: «Bien, quizá ha llegado el momento de hacer algo nuevo». En ese momento, estaba convencido de que se trataría de más música. Resulta que no salió así. Pero salió muy bien.

—Recuerdo a Roger diciendo que iba a dejarlo y pensando, «bien, hasta aquí hemos llegado» —dice Conley—. El grupo había conseguido lo que quería y me sentía muy bien con respecto a lo que habíamos hecho, de modo que no tenía esa sensación de dejar algo inacabado ni ningún resquemor por eso. Pensé: «Eh, lo hemos hecho bastante bien».

Sin embargo, todo podría haber salido mejor si Ace Of Hearts y Coffman hubiesen formado mejor equipo.

—No siempre íbamos sincronizados —admite Coffman—. Él hacía lo que creía que tenía que hacer, y nosotros también. Confiábamos en que todo saldría bien, pero no había coordinación. Nos faltaba experiencia.

En enero de 1983 Harte contrató a Mark Kates, un chaval de veintidós años, para ejercer de enlace con la prensa y con Ace of Hearts. Coffman asegura que «fumaban demasiada hierba para que se hiciera algo», pero Harte se muestra completamente en desacuerdo. Harte afirma que Kates fue un regalo caído del cielo.

—Tenía un don para que las cosas ocurrieran —explica Harte—. Había noticias en el periódico y gente en los conciertos. Sí, tenía ese don, conseguía que pasaran cosas.

Sin embargo, Burma era una batalla perdida.

—Aunque Mission of Burma y alguno de los otros grandes grupos de Boston del momento eran realmente de talla mundial, la escena indie rock bostoniana era muy pequeña y generalmente desconocida para la gran mayoría —explica Kates—. En una ciudad en que el dinero, la educación, los seguros y cosas así dominan la población activa, el ciudadano de a pie no entendía lo que hacíamos.

El 13 de marzo, el grupo anunció dos conciertos de despedida en el antiguo salón de baile del Bradford Hotel de Boston. Kates llamó a todos los medios que se le ocurrieron y les comunicó la intrigante noticia de que el guitarrista de Mission of Burma corría el peligro de quedarse sordo, con lo que consiguió un poco de cobertura de la televisión local. Un informativo de Boston cerró con un perfil rápido del grupo y unas imágenes de un concierto cacofónico tras el cual un presentador estirado soltó en tono guasón: «¡Parte de nuestro público quizá piense que ya era hora de que lo dejaran!».

Gracias a la atención de los medios, los conciertos en el Bradford se llenaron de curiosos con ganas de ver a los tan elogiados héroes locales antes de que se separaran. Aunque ni la matinée para todas las edades ni el concierto vespertino habitual vendieron todas las entradas, la sala estaba llena. Pero los conciertos no fueron muy sentimentales, quizá porque la realidad de lo que estaba sucediendo aún no había calado.

—La gente no lo entendió —afirma Coffman—. La gente pensaba: «Sí, lo superarán. Volverán. Se recuperará de su problema de oído». Creo que había mucha negación.

Prácticamente el único gesto de reconocimiento del carácter definitivo de la ocasión fue el hecho de que Martin Swope hiciera su primera y única aparición encima de un escenario con Burma, tocando la guitarra en un clásico de The Kinks, «See My Friends».

Mientras el grupo bajaba del escenario, Conley gritó: «¡Dejad de ir a las discotecas, son malas para la salud! ¡Apoyad la música en directo!».

Pero aquello no fue el fin. Coffman había cerrado algunos conciertos muy bien pagados, de modo que después de Boston tocaron en Detroit, Chicago y Washington D. C., con Harte de acompañante. Todos los conciertos fueron grabados. En D. C. el público hostil de la escena hardcore y punk gritó «¡Oi!¡Oi!¡Oi!» durante todo el repertorio y pidió insistentemente a Conley que se cortara el pelo. El público de Detroit fue mucho más agradable, seguramente porque estaba compuesto, en gran parte, por la familia Miller. El grupo siempre daba lo mejor de sí, prueba de ello es el directo The Horrible Truth about Burma, donde figura una versión realmente explosiva de «Heart of Darkness» de Pere Ubu que interpretaron en Chicago. Sin embargo, solo había seis personas en el público para oírla.

—Fue horrible, muy triste —explica Harte—. Incomprensible.

El último concierto de Mission of Burma fue en el Paramount Theatre de Staten Island, como teloneros de Public Image, Ltd. Fue un desastre: «el Altamont de nuestro Woodstock en el Hotel Bradford», bromea Conley. Al principio, los representantes de PiL no permitieron a Mission of Burma utilizar sus altavoces, de modo que la voz salió por los monitores del escenario durante la primera tanda de canciones. Uno de los roadies de PiL se paseó por la primera fila con un látigo, amenazando a cualquiera que se acercara demasiado, hasta que Miller le pidió que se fuera. Para acabar de empeorar las cosas, muchos de los seguidores incondicionales de Burma que habían venido desde Boston en dos autobuses expresamente fletados habían tomado un mal ácido.

Con todo, el grupo estuvo pletórico, especialmente en la última canción, una versión de «The Ballad of Johnny Burma», que sumió al grupo en un estado incendiario de abandono.

—Fue una pesadilla —comenta Prescott del concierto—. Tenía que haber sido un momento fantástico, pero, en cierto modo, nuestro último concierto había sido el de Boston. Así pues, todo estaba destinado a ser un desastre porque teníamos que hacer uno más. Sí, según se mire, fue un marrón. No salió demasiado bien. Y Public Image, Ltd. era un grupo al que admiraba mucho en aquella época. Podríamos decir que no fue una noche demasiado divertida.

De forma típicamente autodestructiva, el grupo bromea diciendo que «la verdad horrible sobre Burma» era que sus conciertos no eran ni mucho menos tan cohesionados y coherentes como sus discos, pero The Horrible Truth fue, al fin y al cabo, el documento crudo y cacofónico que el grupo había estado buscando desde el principio. Sin embargo, Harte consiguió convertirlo en un ejercicio de artimañas de estudio. Aunque los diversos conciertos se grabaron en una vieja grabadora Crown de dos pistas, Harte las dividió en veinticuatro pistas, las ecualizó todas y entonces las volvió a juntar. The Horrible Truth se produjo en siete estudios diferentes, ni más ni menos.

Aunque el grupo parecía no ir a ninguna parte, Coffman insiste en que estaban a punto de revertir la tendencia.

—Empezaban a ocurrir cosas, ya fuera lo del artículo de Rolling Stone o lo que fuera, simplemente, se veía —explica Coffman—. Las cosas empezaban a salir bien. Y todo el trabajo preliminar que se había hecho, fuera yendo de gira o la radio universitaria o lo que fuera, habría valido la pena.

—Estaban a punto de separarse —añade Coffman—. Mucha gente pensaba: «¿Qué cojones les pasa a esos tipos? ¡Se están separando! ¡Ahora a la gente les encanta y van ellos y se separan!». De modo que fue una putada.

Mission of Burma condujeron su carrera de la forma más ejemplar posible. Desde el principio, insistieron en que los grupos de Boston que los teloneaban aparecieran en el cartel de los conciertos locales, una tradición que mantuvieron hasta el final.

—Teníamos muy claro que había que apoyar a la escena local —afirma Miller—. No soy nacionalista, pero si estás en un sitio, deberías trabajar allí mismo. Tienes que apoyar lo que crece a tu alrededor.

Posteriormente, cuando el hardcore creó un público más joven para el punk, también se esforzaron por dar conciertos para todas las edades, a menudo perjudicando su poder de convocatoria al tocar dos tandas de canciones cada noche.

Estas prácticas pronto fueron imitadas por muchos grupos de todo el país, pero, en términos musicales, Burma no era un grupo al que muchos copiaran directamente. Eso se debe al hecho de que los grupos a los que Burma influyó de verdad entendieron cuál era la esencia de Burma, que era ser original y fiel a una visión —y a la mierda los torpedos comerciales—. En la gira de Green de 1988, R.E.M. tocó una versión de «Academy Fight Song», lo que contribuyó a que se reeditaran muchas de las referencias de Burma.

Al mezclar a principios de los 80 guitarras ruidosas y agresivas, una batería martilleante y lo que eran sin duda alguna gloriosas melodías pop, a Burma siempre se les considerará «adelantados a su tiempo».

—Supongo que en cierto modo es un honor ser avanzado a tu tiempo —explica Conley con voz cansada—. Pero, por otro lado, también hubiera estado bien encajar en tu época.

Mission of Burma contribuyeron a poner los cimientos para muchos, muchísimos grupos que siguieron su estela.

—Ayudaron a crear un entorno «comercial» cuando a nadie le importaba una mierda esos grupos —dice Gerard Cosloy—. Y ayudaron a crear un entorno creativo en el que esos grupos pudieron hacer lo que hicieron.

Así pues, las irrisorias ventas de discos y cifras de asistencia no fueron en vano.

—Gracias a lo que hicieron, grupos como Yo La Tengo o Unwound son capaces de hacer lo que quieren, cuando quieren —explica Cosloy—. Ese es el legado.

Pero quizá el mayor logro de Mission of Burma es que, tal y como Prescott dice: «Nunca fuimos una mierda».

CAPÍTULO 4 MINOR THREAT

MUCHA GENTE QUE CONOZCO —QUIZÁ TODO EL MUNDO— SIENTE UNA GRAN IMPOTENCIA. ERES UN SER HUMANO Y EL MUNDO ES TAN GRANDE; TODO ES TAN INTOCABLE E INALCANZABLE. SOLO QUIEREN HACER ALGO DE LO QUE PUEDAN FORMAR PARTE Y PUEDAN MOLDEAR Y DAR FORMA.

IAN MACKAYE, 1983

Quizá Black Flag fueran sus padrinos y quizá los Bad Brains aceleraron su tempo a la velocidad de la luz, pero el hardcore no tiene ningún grupo más definitivo que Minor Threat. Los ritmos adrenalínicos, la feroz agresividad y las canciones sorprendentemente melodiosas del grupo les diferencian de todos los grupos anteriores y posteriores. La música no podría haber tenido un sentido más perfecto para los adolescentes sin camisa que se agolpaban en sus conciertos —era una actuación impecable de violencia precisa, alucinante por la economía de su agresión—. Y sin embargo, el grupo combinaba semejante vehemencia tonificante con una bonhomía contagiosa.

Minor Threat encarnaba una de las mayores fuerzas del hardcore: era música underground hecha por, para y sobre chicos librepensadores. Esos chicos no estaban en la misma longitud de onda que los modernillos-bohemios, bien porque no eran ni modernillos ni bohemios, bien porque pensaban que todo ese viaje era innecesariamente exclusivo y elitista. No es difícil pensar que el hardcore se haría popular en una ciudad decididamente aburrida como Washington D. C. El hardcore no era una pose de drogata tomada de Rimbaud, versaba sobre cosas que su público encontraba cada día y, ciertamente, no era ninguna estrategia de márketing empresarial de mínimo común denominador; los chicos del hardcore conocían las consecuencias de drogarse y entendían las implicaciones de participar de las estrategias comerciales. Y tenía un ritmo con el que podían bailar.

Incluso tan pronto como en 1981, el underground se estaba balcanizando. Tenías que ser un iniciado para llegar a conocer la existencia de Minor Threat, ya no digamos para oír su música. Eran superestrellas de un subconjunto (el hardcore de D. C.) de un subconjunto (la escena hardcore nacional que Black Flag había creado) de un subconjunto (el punk). Y no hicieron ningún esfuerzo por convertirse en algo más grande, aunque, al final, esa posibilidad acabó con el grupo.

Inspirado en gran medida en los intensamente espirituales Bad Brains, el grupo, especialmente el cantante Ian MacKaye, aportó un sentido de honradez al underground norteamericano. A pesar del ruido intimidante que generaban, el grupo estaba compuesto por cuatro chicos buenos de Washington D. C. que trabajaban duro, tocaban bien y siempre estaban dispuestos a echar una mano a cualquiera que quisiera seguir el camino que ellos habían escogido.

Pero además de las innovaciones formales, un movimiento social que ha pervivido hasta hoy y algunos discos increíbles y conciertos vertiginosos, Ian MacKaye y Jeff Nelson de Minor Threat también promovieron Dischord Records, el sello que estableció criterios éticos, estilo indie, desde su gestación. El sello se convirtió en un mito de la escena de D. C., inspirando a gente en ciudades de todo el país con parecida mentalidad a iniciar sus propias escenas —al fin y al cabo, si se podía hacer en la estéril Washington D. C., se podía hacer en cualquier lado—.

En 1974, cuando tenía trece años, Ian MacKaye y su familia se trasladaron a Palo Alto, California, durante nueve meses al obtener su padre una beca por la Universidad de Stanford. Mientras estuvo fuera, algunos de sus amigos empezaron a fumar hierba y a beber.

—Me perdí esa pequeña transición —comenta MacKaye—. Si hubiera estado allí, no sé… Dudo que hubiera ido con ellos, pero siempre me lo he preguntado. Pero lo que sí que me dio fue la oportunidad de volver a casa para ver los resultados de esa transición.

Los resultados, entre otras cosas, fueron que sus amigos habían empezado a cometer pequeños delitos y a colocarse.

—Pensé: «Vaya gilipollez, tío» —dice—. «¿Estos chicos tienen doce, trece años y eso es todo? ¿Eso es lo que piensan hacer el resto de su vida?» Porque eso parecía. Es la búsqueda eterna para que te den por culo. ¿Eso es diversión? Y una mierda. No me interesaba.

Mientras MacKaye estaba en California, alguien entró en la casa del nuevo chico del barrio, Henry Garfield, y robó algunas cosas. Garfield acusó a los amigos de MacKaye y les pegaba siempre que podía. Y cuando MacKaye volvió de California, Garfield intentó incluso pegarle a él.

—Cada vez que veía a Henry, tenía que correr —explica MacKaye—. Porque nos daba unas palizas de muerte.

Entonces, un día, justo antes de que MacKaye cumpliera los catorce, él y sus amigos iban con monopatín cuando Garfield pasó por allí.

—Nos vio y le dijimos: «¡Vamos!» —cuenta MacKaye. Garfield olvidó su rencor y se unió a ellos. Después de aquello, Garfield y MacKaye se hicieron inseparables hasta que tuvieron veintipocos años, cuando Garfield se unió a Black Flag y se convirtió en Henry Rollins; actualmente siguen siendo grandes amigos.

MacKaye y Garfield empezaron a interesarse por el hard rock, sobre todo por un mito gonzo de la guitarra de los 70 como Ted Nugent.

—Leímos cosas sobre The Nuge y lo que realmente nos impactó fue el hecho de que no bebiera, no fumara ni tomara drogas —dice Rollins—. Era lo más loco que habíamos visto sobre un escenario, y ese tipo en plan: «No me drogo». Aquello nos impresionó.

También aprendieron una importante lección cuando vieron tocar a Led Zeppelin.

—Dios mío, fue uno de los mejores conciertos de todos los tiempos —dice Rollins—. Y vimos cómo se desmayaba la gente en las sillas. Había tipos babeando, dormidos, porque estaban colocados. Ambos dijimos: «Nosotros nunca seremos así». Íbamos en bici o monopatín hasta las tres de la madrugada, nos quedábamos en el desván escuchando singles hasta las tres de la madrugada. No nos interesaba colocarnos ni perder el conocimiento.

Rollins recuerda que MacKaye jamás hacía las cosas que hacían los demás porque sí.

—Ian decía: «Bueno, a ver: ¿Por qué?», —recuerda Rollins—. Cuando estábamos en el último curso del instituto, cada día de verano era en plan: «A ver, es lunes por la mañana, ¿qué hace Ian?». Porque eso iba a ser lo que hiciéramos ese día.

MacKaye había deseado ser un músico rock desde que tenía doce años.

—Vi muchas veces Woodstock, escuchaba discos de rock & roll continuamente, quería tocar en un grupo —explica—. Lo único que quería hacer era romper guitarras. Cogíamos guitarras de plástico robadas y practicábamos la manera de romperlas en nuestros futuros conciertos. Ni siquiera intentaba aprender a tocar la hija de puta, simplemente la rompía. Pero como no tenía talento, sabía que jamás estaría en un grupo. No tenia ni idea de cómo tocar la guitarra. No tenía futuro porque no me iba el tipo de rock patrocinado por la industria, ese rock del tipo no-intentes-hacerlo-en-casa. Miras el rock & roll de esa época —Nugent, Queen o lo que sea— y ves que son dioses. Así que sabía que yo nunca podría ser así. Y renuncié y empecé a ir en monopatín.

En octavo curso, MacKaye descubrió un grupo llamado White Boy, una banda extraña compuesta por padre e hijo que tocaban canciones proto-punks con títulos como «Sagittarius Bumpersticker» [Pegatina para coche de Sagitario] o «I Could Puke» [Podría potar]. Los discos eran manifiestamente artesanales: la dirección de correo del sello era, evidentemente, la de su propia casa.

—Pensé que era absolutamente genial —afirma MacKaye—. Fue mi primera noción de algo de música independiente underground.

Entonces, MacKaye descubrió el punk rock gracias a sus amigos modernillos y a una emisora de radio modernilla —en este caso, la WGTB de la Universidad de Georgetown—. Hurgó más en esa música en Yesterday and Today, una tienda de discos de Rockville, Maryland, una aburrida ciudad en la periferia de Washington. MacKaye y sus colegas iban allí una vez a la semana y se abastecían de los últimos singles punk mientras el propietario, Skip Groff, les aleccionaba encantado sobre la historia del rock.

Jeff Nelson, compañero de clase de MacKaye, era un tipo increíblemente larguirucho y con gafas, hijo rebelde de un miembro del Departamento de Estado que «se perdió el décimo curso y parte del undécimo por culpa de la hierba», tal y como él mismo cuenta, «y entonces se perdió la mitad del undécimo y el duodécimo por culpa del punk». Él y MacKaye se conocieron por primera vez cuando Nelson hizo explotar una bomba casera fuera de su escuela y MacKaye salió a investigar; se hicieron amigos enseguida.

MacKaye y Nelson vieron su primer concierto punk en enero de 1979, un concierto benéfico de The Cramps para la WGTB, que se había enemistado con el decano de la universidad al poner un anuncio de Planned Parenthood [Planificación Familiar] y había perdido su fuente de financiación.

—Me dejó alucinado porque vi por primera vez esa comunidad enorme y completamente invisible que se reunía para ese acontecimiento tribal —explica MacKaye—. Y era tan peligroso, tan espantoso para mí: quiero decir, Lux Interior estaba vomitando sobre el escenario. Una escena completamente loca. Ese concierto desafiaba todas tus ideas preconcebidas. En ese momento comprendí que allí había una comunidad que era políticamente beligerante, teológicamente beligerante, artísticamente beligerante, sexualmente beligerante, físicamente beligerante, musicalmente beligerante. Locuras de todo tipo. Todo aquello estaba en esa sala. Pensé: «Esto me gusta. Este es el mundo en el que creo que puedo respirar. Esto es lo que necesito».

MacKaye estaba trabajando en una tienda de mascotas con Garfield y, pocos días después del concierto de The Cramps, se afeitó toda la cabeza con una maquinilla para perros, una gran declaración de principios en la época de los vaqueros de diseño. Y entonces, más o menos una semana después de eso, vio a The Clash. Ian MacKaye se había convertido en un punk.

En medio del caos del concierto de The Cramps, algunos tipos estaban repartiendo flyers de su grupo. Se hacían llamar Bad Brains.

—Y eran los tipos más guays y más duros del lugar —explica MacKaye—. Eran alucinantes.

Bad Brains habían empezado como un grupo de fusion jazz-rock, pero, tras descubrir el punk, utilizaron su técnica para tocar punk rock a velocidades mayores de las que jamás nadie había alcanzado, con mayor precisión de la que jamás nadie había logrado y con más pasión explosiva de lo que nadie jamás había imaginado. Lanzaron el histórico «Pay to Cum!» en 1980, un minuto y medio de rauda y pura furia punk.

—Bad Brains —explica MacKaye— fueron realmente uno de los grandes grupos de la época.

Tanto como la música, el ideario político y la espiritualidad rastafari de los Bad Brains influyó decisivamente en los punks de D. C.; les hizo darse cuenta de que el punk era algo ligado a unos valores.

Dejando de lado la técnica supersónica de los Bad Brains, los requisitos musicales rudimentarios del punk rock convencieron a MacKaye de que cualquiera lo podía hacer, y pronto él y Nelson empezaron a tocar en un grupo punk de instituto llamado The Slinkees con sus amigos Geordie Grindle, que tocaba la guitarra, y el cantante Mark Sullivan. Dieron un concierto justo antes de que Sullivan dejara la facultad; entonces reclutaron al cantante Nathan Strejcek después de que Garfield rechazara participar en el concierto y cambiaron su nombre por el de The Teen Idles.

MacKaye dijo que The Teen Idles «intentaban alejarse de una música corrompida hasta la médula, ya sabes, básicamente los grupos de heavy metal que estaban metidos en la heroína, la cocaína y que bebían mucho. Nosotros solo bebíamos mucha Coca-Cola y comíamos muchos Twinkies».

El grupo tocaba melodías proto-hardcore que incidían en su entorno social. «Cuando me hice punk, mi principal batalla era contra la gente que me rodeaba: amigos», dijo MacKaye en el esencial documental sobre el hard-core de 1983, Another State of Mind. «Me dije: “Dios, no quiero ser como esta gente. Tío, no encajo para nada con ellos”. Así pues, era una alternativa.»

En ese momento los grandes sellos estaban parasitando el punk rock, vistiéndolo con corbatas estrechas y peinados al estilo mod, dando forma a una tendencia llamada «new wave». Muchos fans picaron, como lo hicieron muchos grupos, devolviendo el punk a una situación marginal. Punks vanguardistas como The Clash y The Damned estaban perdiendo su encanto tan deprisa que, en 1980, Strejcek, de The Teen Idles, gritó en «Fleeting Fury»: «The clothes you wear have lost their sting / So’s the fury in the songs you sing35».

Para resucitar esa valiosa rabia, The Teen Idles intentaron parecer lo más intimidantes posible, luciendo cabezas afeitadas, crestas y otra quincalla propia de la estética punk. Nelson y MacKaye incluso se clavaron clavos y tachuelas en las suelas de las botas para que produjeran un claqueteo si-niestro.

—Recuerdo cuando una vez fui al dentista y llevaba esas tachuelas redondas de tapicería en los bajos de mis botas —rememora Nelson con una carcajada—. El vestíbulo tenía el suelo de mármol y había una gran puerta al final del pasillo, y ni siquiera la pude abrir, porque cuando tiraba de ella, resbalaba en dirección a la puerta. ¡No podía entrar!

También le cogieron el gusto a llevar cadenas en las botas de modo que tintinearan mientras andaban por la calle —la idea era intimidar a los tontos y a los paletos que habían empezado a meterse con ellos porque eran diferentes—. Pero el aspecto de tipo duro no podía estar más lejos de la realidad.

—En nuestros conciertos y dentro de nuestra comunidad, éramos tipos completamente bobos —explica MacKaye—. Éramos penosamente honestos: no robábamos, no cometíamos actos vandálicos, no hacíamos pintadas con spray. Sencillamente, éramos buenos chicos. Eso era lo irónico del caso: no hacemos nada, todo el mundo nos odia simplemente por nuestro aspecto.

Pero el aspecto de tipos duros no tuvo el efecto deseado, y los altercados se sucedieron aun más que antes.

—Fue una buena manera de descubrir que existe realmente mucho odio en este mundo —comenta MacKaye—. Si haces algo tan estúpido como pintarte el pelo con spray, acto seguido tienes a unos cuantos cafres del sur de Maryland persiguiéndote por la calle porque has decidido hacer algo un poco diferente. Te das cuenta de lo jodida que es nuestra sociedad.

The Teen Idles grabaron dos sesiones de demos en un estudio local en febrero y abril de 1980 y se mostraron inquebrantables incluso después de que el ingeniero y un grupo visitante se rieran abiertamente de ellos mientras grababan. Empezaron a tocar en pizzerías, fiestas domésticas, una galería de arte y comuna yippie llamada Madam’s Organ en Adams Morgan, un barrio racialmente variopinto de D. C., y en el Wilson Center, un centro de juventud latinoamericano en el cercano Mount Pleasant. Tras dar una docena de conciertos, hacer de teloneros de grupos locales como los Bad Brains o los Untouchables (el grupo de Alec, el hermano de MacKaye), enseguida decidieron marcharse a la costa.

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