Kitabı oku: «La independencia de Escocia»

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La independencia de Escocia

El autogobierno y el cambio de la política de la Unión

Michael Keating

La independencia de Escocia

El autogobierno y el cambio de la política de la Unión

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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Título original:

The Independence of Scotland.

Self-government and the Shifting Politics of Union

Edición original en inglés en 2009.

La presente obra se publica

por acuerdo con Oxford University Press.

© Michael Keating, 2009

© De esta edición: Universitat de València, 2012

© De la traducción: Juan Pecourt Gracia

Revisión de la traducción: Joan Soler

Publicacions de la Universitat de València

Arts Gràfiques, 13 • 46010 València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Diseño de la cubierta y del interior: Inmaculada Mesa

ISBN: 978-84-370-9036-8

Índice

Prefacio

Lista de gráficos

Lista de abreviaturas

1. Estado y nación

2. Entender la Unión

3. La extraña muerte de la Escocia unionista

4. La independencia

5. La economía política de la independencia: Estados grandes y naciones pequeñas

6. Futuros constitucionales: Estado y nación en el siglo XXI

7. Más allá de la devolución: el cambio evolutivo

8. Escocia y el futuro de la Unión

Bibliografía

Prefacio

Este proyecto comenzó como un libro sobre la independencia escocesa, impulsado por la victoria del Scottish National Party en las elecciones de 2007, la promesa de un referéndum en 2010 y el poco debate sobre estos temas que se observaba tanto en Escocia como en Inglaterra. No se ha realizado un análisis intelectual serio del significado y las implicaciones de la independencia y no conozco ningún país con movimientos secesionistas en el que los miembros del Estado de acogida se muestren mayoritariamente tan indiferentes a la disolución. Sin embargo, a medida que comencé a escribir, la escala del proyecto aumentó. Si es cierto que la Unión anglo-escocesa se está disolviendo necesitamos saber más sobre cómo se construyó la Unión y cómo funcionaba. El capítulo 1 insiste, como antídoto al excepcionalismo británico, en que la relación entre el Estado y la nación no ha sido sencilla en ningún lugar, y que han existido muchas formas de organización política en la historia. Tanto las teleologías nacionalistas como las unionistas, al ver el final de la historia en un Estado-nación u otro, son problemáticas. También lo son las explicaciones simples de la supuesta caída de la Unión, ya sea por causas internas o externas. En vez de eso, debemos analizar la Unión y su trayectoria en cuatro niveles: cambio funcional, opinión de las masas, estrategias de las élites y los efectos conformadores de las instituciones. El capítulo 2 afirma que el secreto de la Unión fue el reconocimiento de la diversidad nacional dentro del Estado unitario, en donde la posición de Escocia se negociaba regularmente. Se entendía de forma diferente a cada lado de la frontera, una «anomalía» que en parte explica su éxito histórico. La Unión se caracterizó por una ideología distintiva, más difundida en Escocia que en Inglaterra, y por mecanismos institucionales elaborados y destinados a promover los intereses escoceses dentro del Reino Unido.

Actualmente, estos dispositivos están sometidos a fuertes presiones debido a las tendencias más amplias de la economía y la política, a la vez que la mística de la Unión se ha diluido y la crisis ideológica se revela en los intentos tortuosos que se están realizando para restablecer la britanidad (capítulo 3). Esto ha creado la estructura de oportunidades para que surja un proyecto de construcción nacional alternativo centrado en Escocia. Es importante notar que nada de esto depende de las diferencias sociales, económicas o culturales, ni de grandes diferencias de valores políticos. Escocia nunca ha necesitado ser diferente a Inglaterra para existir, pero sí proporciona un marco histórico e institucional y un foco de identidad para la construcción y reconstrucción de una comunidad política espacialmente focalizada. Esta tendencia no tiene por qué tomar la forma de un Estado-nación, por las mismas razones que han llevado al proyecto nacional británico a una situación de crisis. Lo que estamos viendo es la aparición de nuevas formas de comunidad política, que se asocian de modos más o menos intensos en diferentes uniones. El público de masas se ha hecho más escocés en su identidad y da apoyo a más autogobierno, pero duda ante la independencia. Los que apoyan la independencia tratan de situar su proyecto en estructuras más amplias. Por tanto, aunque el unionismo tradicional esté acabado, todos siguen hablando el lenguaje de la Unión.

El capítulo 4 toma en consideración las implicaciones legales, políticas e institucionales de la independencia. Escocia es posiblemente única en el hecho de que no se enfrenta a problemas legales o constitucionales serios en el camino hacia la independencia, ni tampoco encuentra, en principio, una gran resistencia del Estado que la contiene. Los mecanismos de realización son más complicados y defiendo que como la independencia total es imposible en el mundo moderno, la clave es cómo gestionar la interdependencia en las islas británicas, Europa, la comunidad atlántica y el mundo. La economía política de la independencia es aún más complicada, algo que se discute en el capítulo 5. Hay pruebas de que las naciones pequeñas independientes pueden tener éxito en los mercados europeos y globales, pero hay que realizar elecciones importantes entre los modelos sociales y económicos que existen. El debate apenas acaba de empezar, y se da la tendencia a mezclar las políticas deseadas de forma aleatoria, sin tener en cuenta su compatibilidad. Durante años, he argumentado que hemos pasado de un mundo de soberanía absoluta a una era de post-soberanía, donde el poder se comparte en muchos niveles diferentes y, por ello, la autodeterminación no implica necesariamente la creación de un Estado propio (Keating 2001a, 2002b). Escocia se encuentra en esta situación y, sin embargo, se han realizado pocos intentos para mostrar qué aspecto tendría una tercera vía post-soberana situada entre la independencia y la devolución. En el presente libro dicho tema se analiza en dos capítulos. No es solamente una cuestión de observar los poderes individuales, como se ha hecho habitualmente, sino de marcar la dirección del camino.

Si el unionismo se ha adaptado y ha aceptado la devolución, muchos nacionalistas también estarían dispuestos a aceptar alguna cosa que no llegara a ser la independencia. Aunque existe una división de principios ente los neo-unionistas, que parten de la premisa de la ciudadanía única británica, en sus dimensiones civiles, sociales y políticas, y los neonacionalistas, que parten del supuesto de la autodeterminación escocesa y se preguntan cómo podría encajar en un orden más amplio. La distinción condiciona los debates sobre la autonomía fiscal, la devolución de la política social, el tristemente famoso asunto de West Lothian [la polémica sobre el voto de parlamentarios escoceses o galeses en cuestiones que afectaran solo a los ingleses en el Parlamento de Westminster, después de las leyes de devolución, n. del ed.], las relaciones con Europa y la constitución del centro británico. Los modelos constitucionales estándar del Estado unitario, el federalismo en sus diversas formas, o el confederalismo, no encajan bien en el Reino Unido, pero sus principios siguen siendo relevantes. Los neo-unionistas se inspiran en la noción de la descentralización en la unidad, o en el federalismo cooperativo, mientras los neo-nacionalistas se inclinan hacia las ideas confederales. Por otra parte, estas perspectivas en contraste no impiden los compromisos prácticos. Los Estados plurinacionales están condenados a una cierta incertidumbre existencial sobre las cuestiones de la soberanía y la ausencia de consensos estables, pero la práctica constitucional puede superar estos obstáculos y evitar el bloqueo permanente. No sería la primera vez en la historia que una política o una reforma ha sido acordada por diferentes partidos por diferentes razones, y la misma devolución se basa en ese tipo de acuerdo.

Hace algunos años, una crítica anónima en The Economist de mi Nations against the State apuntaba que hacía las preguntas correctas pero no daba «la» respuesta: ¿deberían Escocia, Cataluña y Quebec hacerse o no independientes? Los lectores que busquen ese tipo de «respuestas» deberían parar aquí. Estamos tratando asuntos complejos que no pueden reducirse a las certidumbres de los viejos Estados-nación ni al dogma del libre mercado. La historia no ha terminado, a pesar del triunfalismo de principios de los 90. El orden político se está reconstruyendo de múltiples formas en todo el planeta, y Escocia, como otras sociedades, está evolucionando. La dirección del viaje en las últimas décadas ha sido hacia el autogobierno y la reconstrucción de la nación, pero el destino es incierto. Se ha convertido en un cliché describir la devolución como un proceso y no un evento; pero las instituciones, una vez se establecen, toman vida propia. Todos los partidos están comprometidos para reabrir el acuerdo de 1999, pero un nuevo acuerdo ha de establecerse a dos niveles, en Escocia y en Westminster. El problema en Westminster probablemente no sea tanto el grado de autogobierno escocés, un tema al que parecen indiferentes tanto los líderes como la opinión inglesa, sino la influencia escocesa en el centro. Por ello, mi provocativa sugerencia es que podría ser que, al final, fueran los ingleses, en su defensa de la concepción unitaria de la constitución, y no los escoceses, que están más habituados a la política a diferentes niveles, los que rompieran la Unión.

Al escribir este libro me he beneficiado de discusiones con colegas procedentes de la ciencia política, la sociología, la historia y el derecho, de Escocia, Cataluña, el País Vasco, Galicia, Ontario, Quebec y el European University Institute. En la mejor tradición académica llevamos nuestras ideas al punto en el cual ya nadie sabe quién es responsable de ellas –el intento de nombrar a las personas llevaría inevitablemente a olvidar algunas de ellas. Su contribución, por tanto, se reconoce y agradece aunque sea de forma anónima. He presentado mis ideas en conferencias en la universidad de Aberdeen; en la de Edimburgo; en la Queen’s University of Belfast; en la Goldsmith’s, University of London; y en la Xunta de Galicia, Santiago de Compostela; Centre d’Estudis Jordi Pujol, Barcelona; Pentsamundua, Bilbao; Grup Blanquerna (Mallorca); y ante la American Political Science Association en Boston. Todas ellas han reforzado mi convicción de que Escocia solo puede comprenderse desde una perspectiva comparativa ya que, aunque sea diferente, está muy lejos de ser única.

Michael Keating

Aberdeen y Florencia, diciembre 2008.

Lista de gráficos


2.1Porcentaje del PNB escocés en relación al Reino Unido, 1924-2006
3.1Identidad nacional, Escocia, 1992-2006
3.2Apoyo a la independencia en Escocia, 1999-2007
5.1Porcentaje que supone el 85% de los ingresos del petróleo del Mar del Norte en relación al PNB escocés no basado en el crudo
5.2Déficit fiscal del Reino Unido y Escocia, 1992-2006 (%PNB)
5.3Tipos impositivos (%), 2006-2007
5.4Crecimiento del PNB, 1980-2006

Lista de abreviaturas


ADQPartido de Acción Democrática de Quebec
GERSGovernment Expenditure and Revenues in Scotland [Gasto e Ingresos del Gobierno en Escocia]
NAFTANorth American Free Trade Agreement [Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte]
PQParti Québécois [Partido Quebequés]
SNPScottish National Party [Partido Nacional Escocés]
SSASScottish Social Attitudes Survey [Encuesta sobre las Actitudes Sociales Escocesas]
WLQWest Lothian Question [Cuestión de West Lothian]

1
Estado y nación


¿El final de Gran Bretaña?

Desde los años 90, ha aparecido un nuevo género ensayístico sobre la cuestión británica y la crisis de la Unión. Nairn (2000, 2007) retomando un tema que desarrolló hace ya una generación, escribe sobre la situación «después de Gran Bretaña». Bryant (2006:58) cuestiona si «la identidad nacional británica puede reconstruirse». Colley (2003: 275), después de trazar el proceso de formación de la nación británica, concluye que «no puede eludirse un replanteamiento profundo de lo que significa ser británico». Para McLean y McMillan (2005), el unionismo (si no la Unión) ha expirado. Weight (2002:1) se pregunta «por qué la gente de Gran Bretaña ha dejado de considerarse británica». Haseler (1996:3) considera «que estamos llegando al final de Gran Bretaña». Colls (2002) espera la reaparición de la nación inglesa a partir de las ruinas de la Unión. En los ámbitos más controvertidos del análisis político, Redwood (1999) creee que Gran Bretaña se ha terminado por la Unión Europea, mientras Heffer (1999) llama a la independencia de Inglaterra. Scruton (2000) cree que nunca existió la nación británica y lamenta la destrucción de la inglesa.

Actualmente existe un contraste chocante con la generación anterior en el ámbito de la historia y las ciencias sociales, cuando todo parecía apuntar a la integración y la armonía. Así Blondel (1974: 20) podía escribir que «Gran Bretaña es probablemente el más homogéneo de los países industriales» sobre la base de que las partes no-inglesas eran demasiado pequeñas para tomarlas en consideración. Finer (1974: 137) escribió que «como muchos de los nuevos estados actuales, Gran Bretaña también tuvo problemas con sus “nacionalidades”, con los “idiomas”, con la “religión”, por no hablar de su problema “constitucional”. Estos ya no son problemas.» Ciertamente Escocia se reconocía como una entidad «diferente», con una identidad fuerte con la que se identificaban sus gentes, pero se restringía básicamente a los ámbitos no-políticos del deporte, la cultura y la religión. Su política parecía seguir la pauta normal británica del bipartidismo, y los asuntos más importantes eran los mismos a ambos lados de la frontera.

Para las ciencias sociales dominantes, la Unión anglo-británica era un caso de integración funcional, a través del intercambio económico, de la creación de un mercado único, de las fusiones de compañías y sindicatos, y del libre movimiento de trabajadores. La integración política seguía el mismo camino, porque supuso la formación de una identidad nacional basada en experiencias comunes. La competición entre los partidos se basaba en las alianzas de clase de acuerdo a unas reglas de juego compartidas en las que la organización política no era un tema de controversia. La integración institucional estaba asegurada por un único parlamento y gobierno, cuyos aspectos específicamente escoceses eran de carácter secundario.

Los historiadores, aunque eran conscientes de las difíciles relaciones anglo-escocesas a lo largo de los siglos, tendían a mostrar el periodo de la Unión, al menos desde 1745, como una época de integración progresiva, de modernización y de progreso. La autocelebración de la historia whig, que veía la evolución constitucional británica como una lección para el mundo, incorporaba una aceptación complaciente de los beneficios de la Unión bajo la dominación inglesa. Cuando los historiadores whig pasaron de moda o se habían retirado debido a las críticas (Butterfield, 1968), la teleología de la Unión siguió sin cuestionarse.

El shock por el renacimiento del nacionalismo escocés a partir de los años 70 provocó una reacción aguda. Muchos académicos britániestado y nación cos rechazaron tomarse seriamente el asunto, con el argumento de que el voto nacionalista era solamente una «protesta», es decir, una forma de comportamiento desviado, mientras el voto a los laboristas y conservadores era el normal. Cuando la realidad del nacionalismo se hizo evidente, algunos académicos cambiaron abruptamente de discurso y argumentaron que, realmente, Inglaterra y Escocia nunca habían estado integradas, que la Unión era una mera apariencia de modo que, tan pronto como cambiaran las circunstancias internas o externas, estaba destinada a desintegrarse. Las explicaciones que se han ofrecido son innumerables, pero la mayor parte consisten en dar marcha atrás al reloj histórico con el fin de evidenciar el carácter artificial y contingente de lo británico, que implicaba una vuelta automática a las identidades pre-británicas en las naciones de las islas. El problema aquí es que las identidades pre-británicas no eran plenamente nacionales en el sentido moderno (Kidd, 1999) y deberían verse, más bien, como las semillas de proyectos modernizadortes alternativos que no llegaron a llevarse a cabo. Escocia existía antes de la Unión, pero no como un Estado y sociedad modernos, y lo que emergió de su fracaso fue algo diferente y muy influido por la experiencia de la propia Unión. La identidad británica, incluso, lejos de ser un revestimiento temporal, tenía una profundidad y convicción que imposibilitaba considerarla una conveniencia histórica, que podía tirarse en el momento que ya no fuera útil.

Un conjunto de explicaciones para la decadencia de la Unión se centra en las relaciones externas de Gran Bretaña y la disminución del valor instrumental y emocional de la Unión, tanto en el nivel de las masas como en el de las élites. Una estrategia frecuente es seguir la perspectiva de Linda Colley (1992) sobre el ascenso de la britanidad popular, forjada en la guerra con Francia y el protestantismo, y mostrar cómo estos factores ya no son relevantes (Bryant, 2006). La misma Colley escribe (2003: 6):

Como nación inventada que depende para su raison d’être de una amplia cultura protestante, de la amenaza de una guerra recurrente, particularmente de una guerra con Francia, y de los triunfos, beneficios y sentimientos de singularidad que representa un enorme imperio de ultramar, Gran Bretaña está destinada a estar bajo una enorme presión... podemos entender la naturaleza de los debates y controversias actuales solamente si reconocemos que los factores que facilitaron la forja de la nación británica en el pasado han dejado de operar.

Esta aproximación está abiera a diversas críticas. El protestantismo produjo divisiones en el Reino Unido y el prebisterianismo era una marca distintiva de la cultura e instituciones escocesas. Desde 1689, habían dos establecimientos religiosos diferentes en el Reino Unido, y hacia 1922, había cuatro. Esta diversidad, que desafiaba a los principios de Westfalia,1 era uno de los pilares fundamentales de la Unión, aunque llegó tarde para salvar el caso irlandés.2 La guerra con los vecinos era una experiencia europea común, no una peculiaridad británica. Desde los tiempos napoleónicos, Francia y Alemania se formaron como naciones modernas en base a la oposición mutua. Las identidades nacionales no son elegidas y abandonadas fácilmente, se construyen en una determinada época, y pueden estabilizarse y adaptarse a las nuevas circunstancias y problemáticas. Así, Francia, unida por el catolicismo, quedó aún más integrada por la República, especialmente después de 1870, cuando la Tercera República anticlerical construyó una nueva identidad laica. Alemania se unificó y nacionalizó a pesar de sus divisiones religiosas.

Una versión más antigua dice que el Reino Unido fue la criatura del Imperio y que, después de su desaparición, perdió su atracción instrumental y sus bases ideológicas (Marquand, 1995; Weight, 2002; Gardiner, 2004). El argumento es plausible pero tiende a situarse en un nivel demasiado general mientras minimiza la profundidad y realidad misma de la britanidad y del unionismo como doctrina (Aughey, 2001; Ward, 2005). Los escoceses participaron de forma desproporcionada en el Imperio (Fry, 2001; Devine, 2003), por lo que no se dio una frustación de movilidad ascendente, como se suele argumentar en otros casos como causa que favorece el nacionalismo. Hubo episodios de nacionalismo escocés a finales del siglo xix y principios del xx, generalmente situados dentro de la narrativa imperial. La caída del Imperio forzó a Gran Bretaña (dejo de lado la cuestión más complicada del Reino Unido) a reconstruirse como Estado-nación, pero pocas personas en los años estado y nación 40 y 50, con la construcción del Estado del bienestar, consideraron este aspecto particularmente problemático; por el contrario, estos eran tiempos difíciles para los anti-unionistas. La descolonización no puso inmediatamente sobre el tapete la naturaleza del Estado metropolitano como sucedió, por ejemplo, en España después de 1898 o en la Francia de los años 50 y 60.3 Esto es muy significativo porque la primera brecha del Imperio no se produjo en la periferia sino en el centro, en Irlanda, un país que había sido parte del Estado metropolitano durante más de cien años.

Otra explicación externa indica que Gran Bretaña se ha desecho debido a la influencia de la integración europea, puesto que los escoceses han abrazado Europa mientras los ingleses la rechazan (Weight, 2002). Como veremos, la cuestión europea influye en el debate sobre el lugar de Escocia en el Reino Unido, pero de una manera compleja. Las encuestas muestran que los escoceses se consideran tan euroescépticos como los ingleses, y los nacionalistas no son una excepción. Por tanto, el euroescepticismo es algo que podríamos considerar un factor de unión del Reino Unido, o por lo menos de Gran Bretaña, dada su explotación por los grandes partidos, y especialmente por los conservadores, para apuntalar el nacionalismo británico resurgido.

Las explicaciones internas también son múltiples. Una dice que la destrucción del Estado del bienestar ha roto el sustento básico de la britanidad, especialmente entre los miembros de la clase obrera. Hay mucho que decir sobre la idea de que el Estado del bienestar fue esencial para lograr el apoyo de la clase obrera escocesa a la Unión, y decisivo para desviar al laborismo y los sindicatos de las simpatías nacionalistas durante las décadas de los 30 y 40. Sin embargo, no es cierto que el Estado del bienestar se haya desmantelado. Por el contrario, resistió los asaltos del thatcherismo y actualmente disfruta de niveles máximos en el gasto. Se han producido cambios en las prioridades, sobre todo con la reducción de la provisión pública de viviendas y regímenes del desempleo, pero este hecho no es suficiente para demostrar la desaparición de la solidaridad a nivel estatal. Tampoco existen muchas pruebas de que la solidaridad estatal haya desaparecido, o que al menos haya precedido a la decadencia del unionismo, lo que sería necesario para darle primacía causal. La hipótesis de que los votantes ingleses han abandonado la creencia en el Estado del bienestar, mientras que los escoceses siguen aferrados a ella, debe descartarse. Ni los votantes escoceses ni los ingleses han rechazado los valores básicos del Estado del bienestar; las encuestas muestran a los escoceses ligeramente más a la izquierda que los ingleses, e incluso esa diferencia no se debe tanto a Escocia como al Sur de Inglaterra, que constituye el caso atípico del promedio británico (Rosie y Bond, 2007).

La decadencia de las identidades de clase también puede ser un elemento de la caída del unionismo. A principios del siglo xx, el laborismo escocés era bastante particularista y solo se alineó con el resto de Gran Bretaña después de la Primera Guerra Mundial, atrayendo a la clase obrera al sistema político británico (Keating y Bleiman, 1979). En principio, la solidaridad de la clase obrera era universal pero en la práctica se adaptó a las fronteras del Estado británico, como muestra la posición laborista frente a la integración europea en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Pero aun así no queda claro por qué la decadencia de clase beneficia a la renovación del sentimiento escocés. La relación entre clase e identidad nacional es compleja, y no deberían verse como meros sustitutos en diferentes periodos históricos.

Con la decadencia del unionismo en la derecha surge un problema similar. La decadencia del Partido Conservador y Unionista escocés4 se ha utilizado para explicar la erosión de la Unión. Pero en otras partes de Gran Bretaña el partido ha sido capaz de adaptar su ideología y apelar a diferentes doctrinas económicas, así como apoyar a estratos sociales emergentes. No parece que haya una razón a priori que explique por qué el conservadurismo de los años 80, incluso en su versión thatcherista, no atrajera a las nuevas clases medias escocesas.

Una explicación tiene que ver con las identidades cambiantes y con la notoriedad creciente de lo escocés. En la escala Linz-Moreno, que pregunta a la gente qué identidades priorizan, ha habido un giro hacia una mayor identidad escocesa y una menor identidad británica (Paterson, 2002a). Los que priorizaban la identidad escocesa subieron del 56% en 1979 al 76% en 2005, mientras los que se identificaban con lo británico cayeron del 38% al 15%. Más recientemente, hay pruebas de que los ingleses empiezan a priorizar la identidad inglesa mientras que el orgullo británico decae (Heath, 2005; Curtice, 2005). Sin embargo, la relación entre identidad y apoyo a la independencia escocesa es muy compleja (Bechhofer y McCrone, 2007). El apoyo a lo escocés está mucho más extendido que el apoyo a la independencia, e incluye a gente de opciones políticas muy diversas. Como veremos, ha sido, incluso, un ingrediente importante del propio unionismo.

Los análisis más instrumentales reducen la cuestión a los intereses económicos. Una de estas teorías se basa en la pobreza relativa, asegurando que los escoceses se han alejado de la Unión porque reciben menos de ella que los ingleses. Hechter (1975) presentó la versión más exagerada de la teoría de la pobleza relativa, afirmando que Escocia era una «colonia interior» explotada por el capital y el Estado inglés –una idea que no ha soportado el análisis profundo de los hechos (Page, 1978; McCrone, 2001b) y que el propio Hechter modificó en posteriores trabajos (1985). Otros argumentan que los escoceses realizan cálculos a corto plazo y se han hecho nacionalistas desde los años 70 porque la economía ya no funciona (Weight, 2002). Pero el nacionalismo escocés suele declinar cuando la economía escocesa va mal (como en los años 30, 50 y 80), mientras que mejora en los años de prosperidad relativa (como en los 70 y 90).5 Esto es perfectamente racional, porque en los malos tiempos muchos escoceses sienten que necesitan el apoyo del centro. En cualquier caso, Escocia accedió a la Unión por algo más que razones económicas, y el unionismo tiene razones más profundas que esas.