Kitabı oku: «El latido que nos hizo eternos»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Carmen Pilar Marco López

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El latido que nos hizo eternos, n.º 282 - noviembre 2020

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1375-008-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Un portazo rompió el silencio de la vivienda.

Desde hacía casi un año, el mismo tiempo que llevaba habitada, los golpes y gritos eran constantes en aquel lugar.

La mayoría de los vecinos del edificio ya conocía el temperamento de Amanda, pero ninguno se atrevía a llamarle la atención, ni a presentar una queja en las juntas trimestrales. Y no era porque la joven fuese una persona fuerte, que dejase fuera de combate con un derechazo a su oponente. Sino porque se rumoreaba que estaba emparentada con personas que podían hacerte desaparecer con tan solo mover un dedo.

Si no hubiera sido así, estaban seguros de que hubiesen podido sacarla de aquel exclusivo edificio, uno de los más caros de Madrid, en menos que cantaba un gallo.

No obstante, nadie quería meterse en medio cuando estallaba la guerra entre ella y el hombre con el que vivía. Simplemente callaban y suplicaban que el berrinche acabase pronto.

Ese día no iba a ser menos. Cuando los gritos se hicieron insoportables, se escuchó el sonido de las ventanas cerrándose, mientras intentaban que sus casas quedasen lo más insonorizadas posible.

—Amanda, tranquilízate —suplicó Samuel, que ya estaba acostumbrado a los numeritos de su novia.

—¡No me voy a tranquilizar! ¡Siempre estás con lo mismo! —dio un empujón a una de las sillas del salón y esta cayó al suelo provocando otro sonido atronador—. ¡Tú lo que quieres es que me pase la vida aquí, que no me divierta!

—Eso no es verdad y lo sabes —replicó con paciencia—. Haces siempre lo que te da la gana, yo no me opongo a nada.

—¡Claro! Porque me paso la vida peleándome contigo para que no te entrometas en mis cosas.

—Cielo. —Colocó una mano sobre su hombro para que se calmase—. Puedes hacer lo que quieras, pero creo que este mes ya has gastado bastante. Estamos casi en números rojos.

—Habla por ti, Samuel, tú estarás en números rojos, yo no —lo atacó, mientras apartaba su mano y lo fulminaba con sus rasgados ojos marrones—. Con una sola llamada tengo el dinero que me dé la gana.

—No podemos estar aprovechándonos de la fortuna de tu hermano toda la vida. Tenemos que aprender a valernos por nosotros mismos —argumentó, intentando que entrase en razón.

Amanda resopló, mientras hacia una mueca de desprecio con los labios. Negó con la cabeza, consiguiendo que su cabello castaño se balancease hacia los lados y que algunos mechones tocasen sus mejillas.

—Mira, no tengo por qué estar discutiendo esto contigo. La próxima semana me voy a ir de viaje con Inma, te guste o no —le anunció. Dio la vuelta y caminó hasta su dormitorio.

Este era bastante amplio, luminoso, gracias a un ventanal que daba a un espacioso balcón, desde el que tenían unas vistas privilegiadas al bonito jardín comunitario.

La habitación, decorada con modernidad, estaba presidida por una enorme cama estilo japonés y un par de mesillas de noche. Tenía aseo propio, porque Amanda así lo exigió, y un enorme vestidor en el que almacenaba toda su ropa, que no era poca.

Samuel la siguió y se adentró también en la habitación, se colocó detrás de ella y cruzó los brazos.

—Y ¿cómo se supone que va a pagarse Inma el viaje? —se carcajeó con sorna—. No tiene dónde caerse muerta.

—Se lo voy a pagar yo —respondió con orgullo.

—¿Tú? Dirás que se lo va a pagar tu hermano, porque no has trabajado en tu vida para poder tener dinero propio.

Aquellas palabras le hicieron apretar los labios. Se dirigió hacia su mesilla de noche y le dio un manotazo a la lámpara que había sobre ella, para, después, volver a encarar a su novio.

—¡Eres un desgraciado! ¡Te encanta rebajarme! Te sientes superior cuando me dices eso, ¿verdad?

—Mi intención no es esa —se defendió—. Solo quiero que abras los ojos, que te des cuenta de que en la vida no podemos hacer siempre lo que nos gustaría. Tenemos unas obligaciones todos los meses, un piso que mantener, unas facturas que pagar.

—¡Y yo pago mi parte religiosamente! —chilló Amanda.

—No, cariño, la paga tu hermano. —Samuel suspiró y se pasó una mano por su cabello—. Nena, tienes que madurar. Tienes que empezar a trabajar o estudiar para poder tener un futuro.

—¡No! No me hace falta nada de eso, porque mi futuro va a ser igual que mi presente: cómodo y relajado. Es más, va a ser incluso mejor que ahora, ¿sabes por qué?

—Pues, no.

—Porque ya no voy a tener que aguantarte ni un minuto más —boceó fuera de sus casillas—. ¡Hemos terminado!

Los ojos de él casi se le salieron de sus órbitas. Dio un pequeño paso hacia Amanda.

—¿Qué… qué dices?

—¡Que se acabó! ¡Que no te aguanto! —Entró al vestidor y sacó su ropa sin cuidado—. Ya puedes tener la vida ordenada que quieres. ¡Ahora puedes ser responsable, puedes madurar y puedes irte a la mierda tú solito!

La cara de Samuel estaba desencajada. No había esperado ese final.

—Pero, nena, no… no lo estarás diciendo en serio, ¿verdad?

—¿Quieres que te lo vuelva a repetir? Porque yo creo que no me he reído en ningún momento —dijo con desprecio.

—Amanda… —No podía ni parpadear por el shock—. Tú sabes que nos queremos con locura, no nos hagas esto por una tontería.

—No. Yo no te quiero. Dejé de sentir eso por ti el día que comenzaste a interrumpir mi vida con tus consejitos de abuela. —Se mesó el cabello y terminó de sacar la ropa de los cajones—. No quiero estar atada a ninguna carga, y tú lo eres para mí. Quiero disfrutar de la vida, que ya bastante jodida es de por sí.

Samuel tragó saliva, sin saber qué decir. Finalmente reaccionó.

—¿Y ya está?

—¿Qué más quieres? ¿Que contrate a una orquesta para dejarlo contigo? —rio con desprecio.

—¡No, quiero que recapacites, porque me dejas a mí toda la mierda!

—¿De qué estás hablando?

—Te vas y me dejas con la carga de la hipoteca de un piso que elegiste tú, ¿recuerdas? Casi te da un ataque cuando te sugerí comprar otro más barato. Tenía que ser este. Y ¿ahora te largas y te desentiendes de todo?

—Sí —respondió con frescura—. Y si tienes algún problema al respecto, puedes hablar con mi hermano.

Dio media vuelta y cogió una maleta del fondo de su vestidor.

—¡Tu hermano, tu hermano! ¿Cuándo vas a dejar de ser una niña mimada?

—Lo que sea o deje de ser, cariñito, ya no es asunto tuyo. —Cerró la maleta y la arrastró hacia el exterior de la habitación.

Cruzó la vivienda, seguida por Samuel, que todavía no podía creer que todo aquello estuviese pasando de verdad.

Al verla abrir la puerta, la agarró por la muñeca.

—Amanda, espera —suplicó—. No te vayas, te quiero.

Ella lo miró de arriba abajo y resopló.

—¿Sí? Pues, yo no quiero volver a verte en lo que me queda de existencia. Adiós, Samuel. Espero que seas súper feliz con tu vida aburrida, tu madurez y tu hipoteca.

Y, tras decir aquello, salió de la casa y cerró la puerta, dando el último portazo en aquel edificio.

El rostro de Bruno mostraba preocupación.

No podía dejar de observar a su compañero, con el ceño fruncido.

Desde hacía casi dos años, no era el mismo. Ya no recordaba cómo era salir con él a tomarse unas cañas, bromear por cualquier tontería o, simplemente, ver un partido de fútbol como lo hacían antes.

En la actualidad, Oliver solo se relacionaba con él por cuestiones de trabajo. Y, cuando lo hacía, no reconocía a la persona que fue en el pasado. Desde aquel desafortunado accidente, se había vuelto taciturno, osco, frío y distante. Echaba de menos al Oliver de siempre. Echaba de menos al cabrón que se llevaba a las tías de calle con tan solo una sonrisa. Pero, sobre todo, echaba de menos verlo feliz y relajado.

Se conocían desde la adolescencia, y jamás pensó que algún día se convertiría en aquel ser, casi sin alma, que tenía delante.

—¿Estás seguro de querer hacerlo?

—Sí. —Ni siquiera miró a Bruno, que permanecía sentado en el salón de su casa.

Su amigo suspiró y se pasó una mano por su cabello, corto y moreno.

—No tienes por qué ir. Hay más agentes que pueden ocupar tu puesto.

—No quiero que nadie ocupe mi puesto —respondió con cansancio, dando el último trago a su cerveza y recostándose en el sillón, sin prestar atención a su amigo, que lo observaba con el ceño fruncido.

—Oliver, por favor, no te juegues la vida de esa forma.

—Alguien se la tendrá que jugar, ¿no? —Se levantó de golpe y fue hacia la cocina a por algo más de beber.

Un par de años atrás, el piso de Oliver era un coqueto estudio, pulcro y muy ordenado, que hacía las delicias de las chicas a las que llevaba para divertirse. Sin embargo, ahora estaba descuidado, y tan desmejorado como su dueño. Los botes de cerveza se apilaban sobre la mesa auxiliar del salón, había ropa amontonada sobre uno de los sofás y en la cocina los platos sucios formaban una montaña en el fregadero.

Bruno fue tras él y se quedó apoyado en el marco de la puerta, observando a Oliver.

Cómo había cambiado. Y no solo en temperamento, sino que su apariencia física también se había resentido durante todo ese tiempo.

Casi no quedaba nada del atractivo hombre de ojos avellana. Tenía aspecto cansado, con ojeras. La barba, mal recortada, lo hacía parecer mucho mayor de lo que era. Y su cuerpo atlético y fuerte había dejado paso a una pronunciada delgadez, que lo hacía tener aspecto enfermizo.

—¿Por qué no le dices a Garrido que dejas el caso? —insistió.

Oliver miró a su amigo a los ojos, cansado de tanta charla, y alzó la cabeza, orgulloso.

—¿Y tú por qué no dejas de darme el coñazo? —Abrió el armario donde guardaba los vasos de cristal y sacó uno, en el que se sirvió un poco de whisky. Se llevó el contenido a la boca de un solo trago e hizo una mueca de aprensión al notar cómo el líquido le quemaba la garganta—. Últimamente todos queréis meteros en mi vida, y yo no he pedido consejo a nadie. Tengo treinta y cinco años, soy bastante mayorcito como para poder tomar mis propias decisiones.

—Si tu madre se mete, es porque te ve perdido.

Al escuchar cómo nombraba a su madre, Oliver alzó la mirada de golpe.

—¿Has hablado con ella?

—Me llamó hace unos días.

—¿Por qué coño habláis de mí a mis espaldas?

—Porque estamos preocupados, tío. —Fue hasta su lado y le puso una mano en el hombro, para intentar que se relajase un poco—. Oye, mira…

Oliver se apartó de inmediato y le lanzó una mirada de advertencia a Bruno.

—¡Ya basta! Ni tú, ni mi madre, ni nadie de este jodido mundo, va a poder convencerme de que abandone la misión. ¡No sé por qué cojones habéis decidido inmiscuiros en mis asuntos, pero que os quede claro que voy a hacer lo que me dé la gana!

—Solo queremos que vuelva el antiguo Oliver, nada más.

—No sé de qué estás hablando.

—Pues, yo sí —insistió Bruno—. Desde que pasó aquello… siento que te hemos perdido.

Al escuchar las palabras de su amigo con respecto a aquel incidente ocurrido dos años atrás, Oliver apretó los puños y cuadró los hombros.

—¡No vuelvas a nombrar ese tema! —gritó fuera de sí—. ¡En tu vida me nombres ese tema! ¡No sabes de lo que hablas! ¡Todo fue mi culpa!

—¡Fue un accidente!

—¡No, no, no! —chilló. Cogió de nuevo la botella de whisky y bebió directamente de ella. Miró a Bruno a los ojos, y con un tono de voz cansado, se dirigió a él—: Voy a ir, cumpliré con mi objetivo y detendré a ese narco. Y me da igual qué penséis sobre ello.

—Al menos asegúrame que vas a llevar cuidado.

Oliver resopló.

—¿Por qué? Si me pillan, pues uno menos. No creo que el mundo note mucho mi ausencia.

Capítulo 2

El avión de Amanda hizo escala en Tenerife, y desde allí tuvo que volver a coger un vuelo que la llevase a su destino.

La aeronave aterrizó en el aeropuerto de Alajeró, un municipio de la isla de La Gomera. Tras un breve descanso, en el que estiró las piernas, cogió un taxi que la llevó hasta el pueblo donde vivía su hermano.

Amanda observó por la ventanilla del vehículo y recorrió con la mirada el municipio de Vallehermoso, en el que Alberto había comprado una casa cinco años atrás.

Sin embargo, no tardó mucho en apartar la mirada. No le pareció un lugar interesante. Simplemente eran un par de casas juntas, en donde no había centros comerciales, ni los restaurantes de moda a los que solía ir.

—Es bonito, ¿verdad? —dijo el taxista, orgulloso del atractivo de su isla.

Lo miró de reojo, sin ni siquiera girar la cabeza, y se encogió de hombros.

—He estado en sitios mejores —indicó con desgana.

El hombre, molesto, volvió a concentrarse en la carretera.

Amanda, al ver que dejaban atrás el pueblo, frunció el ceño.

—¿No habíamos llegado ya?

—No. La dirección que me ha dado está algo más alejada del pueblo.

—¿En las afueras?

—Está en plena naturaleza.

Ella chasqueó la lengua y cruzó los brazos sobre el pecho.

—Genial —resopló—. En medio de ninguna parte. Alberto, te has lucido.

Ya podía imaginar las horas muertas que le esperaban en aquel lugar. Iba a ser horrible tener que estar allí, rodeada por árboles y piedras, cuando lo que de verdad quería era bullicio. Le encantaban las aglomeraciones, el ruido de la ciudad, las avenidas llenas de comercios en los que gastar el dinero. Sin embargo, Alberto se negó a mandarle más dinero cuando lo llamó para informarle de su pelea con Samuel, y le ordenó viajar a La Gomera para que pudiesen hablar personalmente.

No quería quedarse allí. ¿Qué iba a poder hacer en ese lugar? ¿Aprenderse el nombre de los bichos autóctonos? ¿Practicar el silbo gomero?

Frustrada, sacó su teléfono móvil y ojeó los mensajes que todavía no había leído. La mayoría eran de Samuel. Le pedía que volviese con él. En algunos incluso suplicaba.

Lo guardó en su bolso. Ni loca iba a regresar con él. Samuel había sido una persona importante en su vida, habían pasado muy buenos momentos juntos, pero desde hacía tiempo pasó de ser una compañía agradable a una molestia. Ella necesitaba libertad. No quería cadenas que la atasen a nada ni a nadie, y él desde siempre se había empeñado en echar raíces y llevar una vida tranquila. No. Eso no era para ella. No quería caer en la rutina de tener un trabajo aburrido, un marido que le diese el coñazo, ni una casa llena de fotos de sus últimas vacaciones en Torrevieja.

Le costó mucho decidirse cuando le propuso irse a vivir juntos. Y cuando lo hizo, fue a regañadientes. Él le aseguró que podría seguir como hasta entonces, que nada cambiaría. Pero no fue así. Desde el primer día que se instalaron, la mentalidad de Samuel mutó. No dejaba de hablar de madurez, de sus continuos gastos en tiendas de ropa, de sus innumerables viajes con sus amigas…

Y sí, sabía que la mayoría de las personas cambiaban al llegar a cierta edad, al independizarse. No obstante, ella se negaba. Ese no era el acuerdo al que había llegado con su, hasta entonces, novio.

Le gustaba el glamour, la vida ociosa, las charlas y risas con sus conocidos. Claro estaba que a todo el mundo le gustaba eso, pero la diferencia era que ella se lo podía permitir. Su hermano le daba dinero cada vez que se lo pedía.

Metida en sus pensamientos, apenas se dio cuenta cuando el coche paró. Reaccionó al escuchar al taxista toser. Le pagó con rapidez y se incorporó del vehículo, arrastrando las maletas tras de sí.

Al levantar la vista, no pudo menos que abrir la boca.

La casa de su hermano en realidad no era una pintoresca casita en medio del bosque. Ante ella se encontraba un enorme caserío blanco de dos plantas, rodeado por una parcela gigantesca repleta de plataneras. Tan grande que le era imposible ver el final.

Hablaba muy poco con Alberto. Así que, cuando le dijo que se iba a dedicar al cultivo de plátanos, y abandonar su principal fuente de ingresos, pensó que había perdido la cabeza.

Al acercarse a la valla, que delimitaba la propiedad, vio que en el muro había unas letras de cerámica.

Las leyó.

—«El árbol». —Puso los ojos en blanco—. Qué nombre más estúpido para una casa.

No tuvo ni que tocar al timbre. Las puertas se abrieron solas.

Al levantar la cabeza, observó las dos cámaras de vigilancia que salvaguardaban el terreno.

Caminó casi doscientos metros por un camino empedrado y bordeado por palmeras desde el que se veía la plantación y a los jornaleros afanándose en su trabajo, hasta que llegó a un gran porche en el que había un cómodo balancín de hierro y mimbre, con mullidos cojines de color blanco.

Se encaminó hacia el portón de madera, por el cual se accedía al interior de la vivienda y, al llegar, este se abrió.

Ante ella apareció una mujer mayor. Era bajita, de complexión delgada, con un moño muy apretado en la nuca y con el semblante serio. La miró de arriba abajo, casi con hostilidad, y se hizo a un lado para que pudiese pasar.

—El señor Alberto la está esperando en su despacho —dijo con sequedad.

Dio la vuelta y comenzó a caminar hacia otro habitáculo.

—No sé dónde está el despacho —respondió Amanda, con las cejas alzadas y extrañada por aquel recibimiento tan frío. ¿Quién era esa mujer y por qué no había ido su hermano a recibirla?

—Segunda planta, tercera puerta a la izquierda —indicó con cansancio. Continuó su camino hasta que desapareció del recibidor.

Amanda miró a su alrededor, antes de emprender el camino hasta el despacho de su hermano, y se fijó en aquel lugar.

Era un espacio enorme, bonito, aunque sobrio, decorado con modernidad, pero sin estropear la belleza de aquel caserón colonial. Era una mezcla extraña, pero agradable. Los muebles de madera oscura otorgaban calidez a aquel amplio recibidor que, junto a las cortinas blancas y a algunas pequeñas palmeras, colocadas estratégicamente, daban la sensación de haber viajado hasta el trópico.

Dejó las maletas allí mismo y subió las escaleras, logrando que el sonido de sus tacones resonase por toda la casa.

La planta superior era igual de impresionante que la inferior. El color de la madera primaba por encima de todo, y apenas había muebles ni adornos en ella.

Encontró el despacho sin problemas. Abrió la puerta, sin tocar antes, y entró en aquella habitación con decisión. La opulencia de aquella estancia la impresionó tanto o más que el resto de la casa. El escritorio era de caoba, antiguo, de patas torneadas y bellos grabados, que admiró nada más poner sus ojos en él. Las paredes, forradas de madera oscura, estaban repletas de estanterías rebosantes de libros, los cuales parecían tan viejos como la misma edificación.

Su hermano se encontraba hablando por teléfono.

Al verla, la saludó con un movimiento de cabeza y le indicó que se sentase en una silla situada frente a él.

Casi no había cambiado nada en los años que había pasado sin verlo. Simplemente, su cabello moreno estaba salpicado por algunas canas, que lo hacían todavía más interesante.

Era un hombre guapo. Las personas que lo conocían siempre comentaban que tenía el porte de su padre. Sus ojos marrones y rasgados, su altura y su forma de fruncir el ceño.

Amanda no podía contradecir aquello, pues casi no se acordaba de su padre. Había muerto cuando ella tenía cuatro años, dejándola a cargo de su único hermano, del que la separaba una diferencia de edad de casi veinte años.

Cuando este colgó el aparato, se quedó mirándola unos segundos y le sonrió.

—¿Qué tal el viaje?

—Largo —se quejó ella—. Podrías haberte ido a vivir a China, ya de paso.

Alberto rio por la contestación de su hermana.

—Qué exagerada eres, son menos de tres horas desde la península.

—¿Y te parece poco?

Se frotó la mandíbula y la miró con interés.

—¿Qué ha pasado para que hayas decidido romper con él de esa forma?

—Lo que pasa es que Samuel me asfixiaba —se quejó, poniéndole morritos a su hermano—. No me dejaba ser yo, quería que me pudriese dentro de nuestra casa.

—¿Seguro? —preguntó sin llegar a creérselo, pues la conocía a la perfección—. Samuel siempre me ha parecido un buen hombre, y lo conozco desde hace más tiempo que tú.

—Ay, Alberto —lloriqueó como la mejor actriz—. No te puedes imaginar el infierno de vida que tenía. Era horrible.

Su hermano se echó hacia atrás en su silla y apoyó la espalda en el respaldo.

—Ya —asintió, mirándola fijamente—. ¿Y no será que eres una inmadura?

Amanda lo miró con los ojos muy abiertos.

—Pero ¿qué…?

—Hablé con él ayer. De hecho, fue Samuel el que llamó.

Ella irguió la espalda y alzó el mentón.

—¿Qué te dijo?

—Pues me confirmó lo que yo ya sabía. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Amanda, tienes que madurar.

—¿Cómo? —No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Sabes? La culpa es mía por haberte consentido tantas cosas. Tendría que haber sido más duro y recto contigo —dijo, más para sí que para ella—. Debería haberte cortado el grifo, no haberte dado dinero cada vez que llamabas.

—¡No! Tú hiciste lo que hubiese hecho cualquier buen hermano —lo aduló, para intentar que olvidase todo aquello.

—Sin embargo, de los errores se aprende.

Amanda alzó las cejas y lo miró con fijeza.

—¿Qué… qué quieres decir con eso?

—Que se acabó. Ya no voy a salvarte el culo cada vez que lo necesites. —La boca de ella se abrió por el asombro—. No voy a consentir que sigas por ese camino. Por tu bien. Tienes treinta y un años, ya va siendo hora de que tomes las riendas de tu vida.

—¡No jodas!

Alberto frunció el ceño por el vocabulario de su hermana.

—Se acabó el darte dinero y el sacarte de los líos en los que te metes. Se te ha acabado la vida ociosa —dijo con decisión—. Tienes que aprender a valerte por ti misma, buscar un trabajo, estudiar, salir tú sola adelante.

—¡Pero tú tienes dinero de sobra para los dos!

—El dinero se acaba, Amanda —resopló—. ¿Has pensado en eso? ¿Qué vas a hacer cuando yo no esté para ayudarte?

—Pues… —No supo qué contestar.

—Y no me digas que buscarías a algún ricachón con el que casarte, porque te desheredo ahora mismo —le advirtió—. Venga, contéstame, ¿qué harás cuando yo no esté? ¿Cómo te las vas a ingeniar ahora que no voy a darte más dinero?

Ella se levantó de la silla hecha una furia. Miró a su hermano con los labios apretados y dio un golpe en la mesa.

—¡No hace falta que montes todo este numerito! Ya me apañaré yo sola como buenamente pueda, aunque tenga que pedir limosna de puerta en puerta. ¡No quiero ser ninguna molestia para ti!

Alberto suspiró y se la quedó mirando con indiferencia.

—Yo no he dicho que no vaya a ayudarte.

—¡No! Solo me acabas de llamar niña mimada, me acabas de decir que soy una cría para ti —respondió dolida.

—Es que lo eres, para mí, siempre serás la niña pequeña a la que crie. —Rodeó la mesa para llegar a su lado y la cogió por los hombros, con cariño, intentando apaciguarla—. Quiero que te quedes aquí en El árbol. Esta casa es tanto mía como tuya.

—¡Pues deja de decir todas esas cosas sobre mí!

—Vale, lo siento —se disculpó, arrepentido. Le dio un beso en la mejilla y le sonrió. Amanda era su debilidad, siempre lo había sido desde que nació—. Me alegro de que estés aquí, de verdad.

—¿Seguro? —preguntó ella poniendo morritos.

—Sí. —La rodeó con los brazos y empezó a guiarla fuera del despacho, por el pasillo—. Mira, instálate y relájate unas semanas. Después hablaremos sobre tu futuro, ¿de acuerdo?

—Está bien. Pero no quiero que el tema del trabajo vuelva a hacernos discutir —dijo, poniendo carita de lástima.

—Cuando pase un tiempo ya decidiremos lo que hacer —indicó él zanjando el tema.

La hizo pasar a una enorme habitación blanca, con un espléndido ventanal por el que se veían todas las tierras de la plantación. En el centro de aquella estancia, había una hermosa cama con dosel. Era antigua, pero estaba en perfecto estado. Fue hasta ella y acarició la sábana bordada que la cubría, frunciendo el ceño por su inesperada aspereza. A su lado, una mesilla de noche bastante alta, delicada y majestuosa, en la que descansaba una cajita de música algo cuarteada, pero que seguía conservando su belleza. Frente a la cama, un gran armario ropero, tan antiguo como el resto de la habitación, con un espejo en una de las puertas que le devolvía su reflejo algo empañado y con un ligero abombamiento.

—Según me dijeron cuando compré la casa, esta era la habitación de la hija del terrateniente que la construyó. Una habitación digna de una princesa.

Amanda la recorrió con la mirada. Tenía que reconocer que era preciosa. Siempre había tenido predilección por las antigüedades.

—Me encanta.

—Pues es toda tuya. —Le sonrió—. Voy a mandar que te suban las maletas. —Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, pero de repente paró y volvió la vista hacia su hermana—. ¡Eh! Me alegro de que estés aquí, de verdad.

Al cerrar la puerta, dejándola sola en aquella habitación, Amanda rio contenta. Después de todo, las cosas no habían salido tan mal como pintaban en un principio. Viviría con su hermano en aquella propiedad, tendría tiempo libre para hacer lo que le viniera en gana y no tendría que aguantar más que le hablasen sobre futuro ni trabajo. Alberto había dicho que en un tiempo aclararían su situación, pero ella estaba segura de que, con sus mañas y sus artes para la interpretación, podría seguir dándose la buena vida como hasta entonces.