Kitabı oku: «El Ser Confinado: Diarios de una Pandemia», sayfa 3

Yazı tipi:

SER COVID-19 POSITIVO
TRAUMA Y ACEPTACIÓN


Verónica Sordelli, Argentina
Abrazos del Alma

Era lunes por la mañana, el viernes anterior había recibido un llamado ofreciéndome trabajo, acepté inmediatamente. Apenas si pude manejar mi ansiedad, intenté controlarla, pero fue el fin de semana más largo que recuerdo, las horas no pasaban y mi casa, que hasta ese momento era mi fortaleza, se había convertido en mi prisión, me costó conciliar el sueño. Sonó el despertador a las cinco y diez, gracias a Dios que ya era hora de levantarme, me tomaría mi tiempo para desayunar, darme un baño, arreglar mi cabello, nada debía ser azaroso, era la primera vez que ejercería mi profesión. Hacía apenas unos meses había recibido mi título de enfermera, pero universitaria me apresuraba a aclarar, cómo si no serlo fuera sinónimo de vergüenza, seguramente tenía que ver con esa pregunta que escuché durante tantos años y que seguía escuchando. Con la inteligencia que tenés ¿porque no estudiaste medicina? Porque no señores, me hubiese encantado gritarles a todos. No soy de esas mujeres confrontativas, elijo sonreír, tengo muy en claro que a la gente le gusta opinar y dar su punto de vista para intentar cambiar el pensamiento del otro, ¿para qué? para nada, o mejor dicho, para no tener que hacerse cargo de sus propios pensamientos.

Llegué al hospital muerta de miedo y me dirigí a la administración, donde me informaron que debía presentarme con el jefe de enfermería, subí al primer o segundo piso, no lo recuerdo bien, estaba nerviosa, y no era para menos, mucha gente caminaba por los pasillos, el personal ensimismado en sus tareas, que apenas me miraban al pasar por al lado, y yo sola, con mi mochila cargada de ilusión. Golpeé la puerta, adelante escuché, pasé.

—Buenos días, tratando de identificar al jefe del servicio.

¿Sonrío? Me pregunté caminando al encuentro de la persona más cercana a la puerta, no conocía otra carta de presentación. Que difícil me resultaron esos pasos, ¿Cómo no ingresar al lugar que sería mi trabajo sin una sonrisa que demostrara la felicidad que sentía? Lo hice, pero el tapabocas se encargó de ocultarla y hacer todo más solemne.

Levantó la vista de las planillas que tenía en sus manos, vi sus ojos apenas.

—Amanda ¿verdad?

Me emocionó que me esté esperando y sepa mi nombre. No hubo ni una mano estrechada, ni un beso, la distancia que debíamos mantener así lo exigía. Un televisor colgado pasaba las noticias locales, nada alentadoras, por cierto, y mucho más importante que mi llegada al lugar. ¿Cómo se comienza una relación laboral sin poder dar un beso?, sin poder tocar la piel del otro en un abrazo, o simplemente estrechando la mano. Me sentí incompleta.

—Escuchen un momento (dijo el jefe de enfermeros levantando su tono de voz), ella es Amanda, y comienza hoy a trabajar con nosotros.

—Hola (dijeron distraídamente sacando apenas la mirada del televisor).

—El tema está complicado, (sus ojos se clavaron en los míos y pude notar su cansancio en la mirada)

Me contó que la terapia estaba con sus camas ocupadas, porque el día anterior habían ingresado diez ancianos, todos ellos contagiados dentro de un geriátrico.

—Tenemos compañeros en aislamiento, continuó, y veo que tus prácticas las realizaste en terapia intensiva, hablé con el supervisor del sector, ahí te necesitamos, En quince minutos comienza nuestro turno, por favor ve a cambiarte.

Mientras me colocaba el ambo me golpeó la realidad que se estaba viviendo, sola en casa no había logrado dimensionarla y me asustó no estar a la altura del momento.“Es la hora”, escuché decir al otro lado de la puerta. Salí apresurada, la sonrisa, aunque intenté ya no aparecía en mi rostro.

Entramos a la antesala de la terapia y nos vestimos de acuerdo al protocolo, lo poco que recordaba de mis compañeros se fue perdiendo a medida que la protección iba cubriendo sus cuerpos y apenas podía ver sus ojos. El supervisor retiró las historias clínicas, las camas separadas por cortinas delimitaban el espacio de cada paciente dejándolos en soledad, más todavía. Me entregaron una con el número de cama, me dirigí al lugar, María Adela leí en la ficha, noventa años, covid-19, insuficiencia respiratoria.

Dos datos, sólo dos que no hablaban de su vida, ni de su historia, ni de sus hijos y nietos. Solo un documento en el que estaba escrito María Adela, noventa años. Busqué sus ojos y los vi abiertos, con un celeste desgastado me miraron, le sonreí, sin ser consciente de que esa sonrisa no llegaría a destino. María Adela seguía mirándome y sentí un ruego en las lágrimas que corrían por sus mejillas, toqué su mano, dos pares de guantes me separaban de su piel sedienta, pero ese contacto ardió en mí, cuánto tiempo hacía que no acariciaba.

—Adela va a estar todo bien, (le dije pasando mi mano por su cabello blanco), pronto todo pasará.

Una sonrisa apareció en su rostro, ella tenía el privilegio de que su sonrisa sea visible, movió sus labios, traté de acercarme para entender lo que decía, era muy difícil con la máscara protectora, pero seguí intentando. Sus labios se movieron nuevamente, la escuché:

—Hija, quiero estar con papá.

No contuve el llanto, no estaba preparada.

Nunca nos preparamos, para dejar partir.

No sé si hice lo correcto, en ese momento mis sentimientos me invadieron y solo quería abrazarla a ella, pero no podía

—Hija quiero estar con papá, repitió

—Él te espera, le dije acariciando su mano, ve…

Inmediatamente me sorprendió la alerta en el monitor. “El carro de paro” gritó el médico ocupando su lugar en la cabecera de la cama, no lo había visto llegar, otra enfermera lo acercó y yo… apenas si pude reaccionar a lo que estaba sucediendo, no me di cuenta, o si me di cuenta, no lo sé. Me aferré a la mano de María Adela, porque para ella era su hija y mi mano la ayudó a volar.

Mi cabeza cayó hacia adelante y lloré sin consuelo, sentí que me tomaron de los hombros, y amablemente me sacaron de lugar.

—vamos, te acompaño, (dijo una voz, yo lloraba desconsolada como la niña que era, necesitaba desesperadamente un abrazo, pero no se podía. Estábamos en ese tiempo en que solo nos expresamos con la palabra).

—Perdón, (dije entre llantos a la persona que me acompañaba, temiendo no haber cumplido con mi obligación)

—Gracias, me susurró al oído, ella se fue acompañada.

Es lunes por la mañana, hora de salir de casa, tengo organizada una reunión con los supervisores, lo hago cada semana para que los distintos departamentos funcionen lo mejor posible, ya llevo cinco años en el cargo de jefa de enfermería

—Me voy, (le avisé a mi hija).

— ¿Mamá me llevás hasta la parada? Me quedé dormida y en una hora comienza la clase, no llego

—Dale, apurate (dije con palabras), “siempre la misma historia” (dijo mi sonrisa).

Sus ojos me miraron pícaros, un abrazo y un beso en la mejilla, me llenaron el alma

—Gracias ma. ¿Sabías que te quiero?

—Vamos María Adela, se hace tarde.

Jeniffer Susana García Valerio, Perú
Atesorando momentos

Soy médica de profesión, erradicada en Lima-Perú desde hace dos años y ocho meses. Me tocó aprender otro oficio, pues inicié a trabajar en un programa de televisión llamado “Nota Universitaria”, órgano informativo de la universidad Ricardo Palma. Gracias a mi líder de trabajo, el Lic. José Castro Machado, periodista reconocido, quien me dio la oportunidad de formar parte de su equipo de trabajo y en donde confirme aquello de que quien solo sabe de medicina pues ni de medicina sabe. Y antes de la cuarentena me encontraba realizando día a día extensas jornadas de grabaciones, entrevistas, comisiones diversas en todo Lima, para llevar a cabo la realización del programa de televisión. Una rutina bien fuerte y movida, un ritmo bien acelerado sin duda, por lo que esos días de encierro tan necesarios para preservar nuestra salud fueron un cambio radical que se fomentó de manera brusca y simplemente con buena actitud fuimos amoldando a nuestro quehacer hogareño.

Una de las cosas más bonitas también, es que tengo un cachorrito llamado Charlie de un año y medio, un canino ligado con Chihuahua, todos los días se quedaba solo en nuestra habitación, pues mi esposo y yo debíamos salir a trabajar una jornada completa, y llegábamos de noche para hacerle cariños, mimos y dedicarnos a él. Literalmente mi canino fue el más feliz porque toda la cuarentena la pasó 24–7 de nuestro lado. Su felicidad era incomparable, una conexión inexplicable.

No hay duda de que debemos vivir cada día como si fuera el último y darle valor a todo lo que nos rodea por mínimo que sea, siempre agradeciendo a Dios cada día de vida y teniendo fe en que siempre lo que pasa es lo mejor, cada día es una página de nuestro libro de vida.

“La cuarentena”: un suceso inédito e inesperado para las nuevas generaciones, algo que ninguno de nosotros esperaba que ocurriera en nuestras vidas. Qué ironía es pensar que todo lo tenemos fríamente calculado, cuando la realidad del diario vivir demuestra lo contrario. Esta pandemia nos ha dado una lección de vida, una experiencia inolvidable. Y creo que no existe un ser humano en la tierra que pueda decir lo contrario.

En lo personal, había dado por perdido muchas cosas, entre ellas, por ejemplo, compartir un almuerzo en familia, un rico café con ese calor humano, una cálida conversación en medio de sonrisas, poder conocer con exactitud quién vive a tu lado, compartir con los más pequeños de casa, prestar atención con total libertad a tu mascota. En fin, puedo decir que hasta había perdido hábitos de lectura, todo por falta de tiempo, y lo que ahora entiendo, es que simplemente han sido excusas, porque nos acostumbramos a una rutina de vida, pero la cuarentena por covid-19 nos ha obligado a mirar donde antes no lo hicimos, esto sólo nos ha dejado una enseñanza y particularmente creo que es cuestión de preservar valores, organizar el tiempo, tener mente positiva, buena vibra, buena disposición, y humildad por encima de todo.

En el día número uno de cuarentena, exactamente el 16 de marzo del 2020, fue inigualable esa sensación de estar encerrados, y la gran pregunta fue, ¿Ahora qué hago? ¿qué hacemos? Empezó la preocupación por los alimentos, ¿Cómo rendirlos?, saber si continuará la jornada laboral y ahora virtual ¿Cómo será? Poco a poco, fueron transcurriendo los días, dolores de cabeza viendo noticias, el incremento diario de las medidas de bioseguridad, aun cuando estábamos encerrados.

Y de repente, las cosas fueron cambiando, para la segunda semana de cuarentena comencé a sentir síntomas de resfriado común, lo que pensaba, era normal por el encierro, jamás pensé que podía llegar a tener diagnóstico de covid-19, ya que en ningún momento salí de casa. Pasé exactamente catorce días enferma y cada uno de ellos era más fuerte que el otro, recuerdo que el día número ocho de estar enferma, en sus 24 horas, estuve recostada en mi cama sin poder levantarme, sin poder comer, sin olfato, sin gusto, pidiendo a Dios que no fuera coronavirus. Para los últimos días de la enfermedad tenía dificultad para respirar y dolor en el pecho, tenía mucho miedo, pero en el fondo ya sabía que sí era covid-19, así que decidí pedir apoyo médico para realizarme una prueba y efectivamente salí positiva. Ese día el médico me dio el resultado y yo me quedé fría, paralizada, con mucho temor, porque apenas eran los primeros veinticinco días de cuarentena y a todos nos daba mucho temor, porque muchas personas estaban muriendo y como es lógico, reinaba un ambiente de pánico, las medidas fueron las mismas para todos, porque en casa enfermó toda la familia, no había explicación ya que nunca habíamos salido y aun así nos contagiamos. Llegamos a la conclusión de que en la bodega o en el mercadito se pudo haber contraído la enfermedad, aunque sólo una persona de la familia era quien hacía las compras, seguimos encerrados haciendo el tratamiento, y reforzando las medidas de prevención para no complicarnos, pasaron los días y me recupere al igual que mis familiares.

Cada día le doy y le damos gracias a Dios por qué vencimos al covid-19, pudimos aconsejar a otras personas para que no se complicaran, y también para que previnieran la enfermedad, de un momento a otro ya ninguno en el hogar tenía síntomas, nos recuperamos y decidimos complementar nuestra salud realizando ejercicios; esperamos con ansias las 7:00 de la tarde para hacer bailo terapias, las cuales eran dirigidas por mi hermano y creamos un ambiente hermoso en familia, cada día cocinamos algo diferente, postres caseros, todos nos reunimos en la mesa a la hora del almuerzo para reír, contar historias, recordar anécdotas, y la esperada hora de la noche para tomarnos el cafecito, asomarnos a la ventana y ver las calles vacías, todo en absoluto silencio, en realidad fue hermoso, compartimos momentos y cosas que teníamos años sin hacer en familia, reinaba un ambiente de alegría, de entusiasmo y de ganas de continuar avanzando, esos momentos de encierro en cuarentena los atesoro en mi mente y corazón y nunca los voy a olvidar; aunado a ello, permanecer en cuarentena me recordó que lo más importante en la vida de un ser humano es tenervalores y que la familia si es la base fundamental de la sociedad, que no hay nada más bonito que poder compartir con tus seres queridos. Si, fue muy duro para muchas personas perder a sus seres queridos, pero tenemos que saber que en esta vida todo ocurre por un motivo y por una razón, todo pasa por algo, y que está en nuestras manos saber afrontar cada situación con valentía y con mucha fortaleza.

Edgar Benítez, Barquisimeto, Venezuela
Mi amada compañía

El domingo 15 de marzo era el día que habíamos escogido para, al fin, ir a visitar a tres de nuestros hijos, uno de ellos residenciado en Austin, nuestras dos hijas y tres de nuestros nietos en Orlando, lugar de nuestro reencuentro. Para ello tuvieron que ayudarnos con los pasajes aéreos debido a la franca y ya prolongada merma de nuestros ingresos producto de la crisis económica generada por el llamado Socialismo del siglo XXI. Dos profesionales, mi esposa ingeniera y yo psiquiatra con 45 años de ejercicio y 69 años de edad, no disponíamos ya de ingresos salvo para sobrevivir.

Tenemos cinco hijos y seis nietos. Todos tuvieron que emigrar producto de la inseguridad, pocos ingresos, falta de vacunas y medicamentos, fallas cada vez más frecuentes y prolongadas de electricidad, falta de gas, agua y ya, para ese momento, graves fallas de gasolina (yo he llegado a estar más de una vez en una fila por más de doce horas y regresar sin poder cargar el tanque).

El resultado: una hija casada viviendo en Buenos Aires con dos niños; un hijo en Santiago de Chile con su hija y el resto en USA.

Después de tres años sin verlos y agotados por el mucho trabajo mal remunerado íbamos a ese encuentro por apenas dos semanas.

El miércoles 11 de marzo vimos en las noticias el avance del covid-19 en USA y que cerraban los parques de Disney, que están a cuarenta minutos de la residencia de nuestros hijos. Además, nuestro viaje lo haríamos con escala de ida y de regreso por Santo Domingo. Ante la situación decidimos el 12 de marzo, con dolor, suspender el viaje. Tengo amigos que se quedaron en los países de tránsito, otros en casa de los hijos, algunos sin suficientes recursos económicos.

Quedarnos significaba agregarle a lo antes descrito de la situación sociopolítica del país el tener que asumir la cuarentena. Dejar de reunirnos con amigos y familiares, cosa que afecta mucho a un venezolano porque somos “gente de abrazos “, como bien lo dijo Carlos Cruz Diez, nuestro gran artista, y de reunirnos mucho, sin otro motivo más que el de compartir.

La última semana de julio comienzo con malestar intestinal. A los pocos días aparece fiebre. Llamo a un colega y me dice que me aísle catorce días en cuarto aparte, para dolor de mi esposa y el mío, pero también con miedo por mi evolución y con temor de haberla contaminado. Tanto él como otro brillante colega sospechaban covid-19 variedad intestinal. Decidimos no decir nada y menos buscar dónde hacerme el examen, porque lo tiene centralizado el gobierno, tardan quince días en dar los resultados y, de paso, como aquí todo lo manejan cuartelariamente, podrían “decidir” que debería ir a un hospital común sin recursos (tampoco los hospitales están dotados, muchos médicos mueren por carecer de los medios mínimos apropiados para su protección. Es una negligencia criminal con pacientes y médicos, (y lo digo como médico) y, por si fuera poco, sin casi alimentación, padecer una cuarentena que terminaba siendo una prisión en la que la gente se ha quejado de maltrato. Lo otro que también decidimos fue no decirles nada a nuestros hijos porque se hubieran angustiado demasiado, sobre todo cuando era imposible venir a ayudarnos y pensando que todo era peor de lo que les informáramos. Solo sabían mis dos colegas–amigos y un cuñado que nos podría prestar apoyo en caso necesario y sólo informaríamos a los hijos si fuera realmente necesario.

Evolucioné bien y a los catorce días, con buen estado de salud, retorné a mi cuarto con mi esposa, mi única compañía, su única compañía.

Durante ese período de estar enfermo y aislado me había inscripto en un curso: Filosofía para Coaching con la finalidad de usar el tiempo en algo más realizador. Leía y hacía las asignaciones en los momentos que me pasaba la sensación de debilidad y malestar. Trataba, en todo momento, de mantener algo de sentido del humor sobre todo en el chat de mis compañeros de graduación de medicina y con algunos amigos. Pero también llegué a sentir en dos oportunidades el miedo a que se me complicara, cosa que, afortunadamente, no ocurrió.

Un día mi esposa se acercó al cuarto con su mascarilla puesta y comenzó a llorar “quiero que regreses al cuarto rápido’’. Me partió el alma, el corazón, porque nos amamos mucho y tenemos una bella vida de pareja. Me quedé mirándola en silencio.

NOSOTROS, LOS QUE AMAMOS

Vivimos un tiempo/

de adioses signados/

de incierto retorno. /

“Ya no soporto/

una despedida más “/

Así decía Ana/

la Ajmátova/

“la Musa del llanto”.

Nos tocó /

–a ella también– /

quedarnos sentados /

al borde de un muelle /

viendo /

cómo se aleja lo que antes/

estuvo tan cerca, /

tan entrañablemente cerca /

de nuestros corazones... /

Los que amamos /

y nos aman /

tejemos, juntos, /

una tela de araña /

sobre el mundo /

donde atrapar

el más mínimo recuerdo /

de algo /

que los devuelva a mi /

que me regrese a ellos– /

Y yo/

sin poder hacer nada /

salvo escribir /

estos versos /

y mantener /

en vigilia/

mi lámpara.

Álvaro Alberto Sirgott, Inglaterra
“Emma: mi súper heroína”

Aquí está el segundo encierro que ordenó el gobierno, se va a intensificar mañana y el jueves cierran fronteras, un poco engorroso, mucha gente ha perdido su trabajo porque bares y tiendas han cerrado para cumplir, y el gobierno se está encargando de muchos gastos, pero la economía se está paralizando.

Cuando se inició el primer encierro las personas se quejaron bastante, muchos creen que es una farsa. A mí me dio, y no lo es; y muchos no respetan las normas básicas de higiene y distanciamiento social. Cuando se decretaron las primeras medidas “de libertad”, poder salir, abrir las tiendas, la gente se volvió loca, nadie utilizó mascarillas, nadie respetó el distanciamiento y el Reino Unido encabeza Europa con el brote de coronavirus.

Yo empecé en la última semana de marzo a tener dificultades para respirar, sentía una tranca debajo de la garganta, llame al sistema de salud, me dijeron que me calmarla que podía ser psicológico, pero al día siguiente tenía fiebre que no bajaba de 40 grados y dificultades para respirar, vinieron tres personas tipo astronautas, con sus trajes antivirus, mascarillas, a tomar muestras a mi hija y a mí, mi niña tiene cinco años, las muestras fueron exámenes de sangre y serigrafía.

Pase una semana y media en cama, sintiéndome horrible, me dijeron que podía llevar a la niña con su madre, yo les dije que no, porque soy separado y siempre me ocupe de ella, su mamá no, se desentendió, aparte es asmática, y si pasa algo quizá sea más grave, así que yo me hago cargo.

Al día siguiente me tocaron la puerta y me dejaron todo el tratamiento en la puerta, y mucha comida, una fiebre que no bajaba de 42° toda la semana, antivirales, haciéndome cargo de la niña con un gran esfuerzo, porque no podía respirar bien, me levantaba asfixiado, con malestar en el cuerpo, con migraña que no se me quitaba.

Y mi niña cuidándome, haciéndose cargo de mí, en cosas básicas, alcanzarme las pastillas, servirme agua, ella se portó muy bien esa semana. Pero los niños parece que no tienen sangre en las venas sino gasolina de cohete.

Yo trabajo desde casa, soy programador y me dedico a la creación de tiendas virtuales, así que pude seguir trabajando del mismo modo, a pesar del encierro.

Me ordenaron encierro total por veintiún días a principios de abril y ya el sistema británico estaba colapsado.

Lo único que puedo agregar es que el vínculo con mi niña se fortaleció mucho. Ella es mi supe heroína, y a pesar de todo lo que ha pasado desde la separación de su mamá y la pandemia, se ha mantenido muy alegre y colaborativa. Soy muy afortunado de que Emma sea mi hija.

En tiempos de crisis, sin importar la edad, siempre aflora lo mejor del ser humano.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
445 s. 10 illüstrasyon
ISBN:
9789878717395
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: