Kitabı oku: «Dr. Blanco Rivera: hacedor de tragedias»

- Nathalia Tórtora -

Dirección editorial: Natalia Hatt
Corrección: Naiara Philpotts
Diseño de cubierta e interior: H. Kramer
Imágenes: Archivo General de la Nación Argentina, Adobe Stock y pch.vector/Freepik.
Tórtora, Nathalia
Dr. Blanco Rivera : hacedor de tragedias / Nathalia Tórtora. - 1a ed . - Crespo : Vanadis, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-47601-0-4
1. Narrativa Argentina. 2. Vampiros. 3. Literatura de Terror. I. Título.
CDD A863
© 2020 Nathalia Tórtora
© 2020 Editorial Vanadis
www.editorialvanadis.com
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ISBN: 978-987-47601-0-4
Vieytes 1254, Crespo, Entre Ríos. Marzo de 2020.
CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
EPÍLOGO
NOTA PARA EL LECTOR
AGRADECIMIENTOS
SOBRE LA AUTORA
INTRODUCCIÓN
EL ARRIBO
En 1868, Buenos Aires era una de esas urbes a las que se iba para escapar de los recuerdos que te perseguían en el día a día, para huir del pasado y, en algunos casos, para comenzar desde cero con otra identidad. Era una ciudad joven y alejada del resto del mundo en la que existía la promesa de que los sueños podían cumplirse para quienes supieran cómo soñarlos, un sitio en el que las fortunas se cosechaban si uno sabía dónde plantar sus metas. Locales e inmigrantes trabajaban duro porque se creía que las labores y los esfuerzos darían, tarde o temprano, sus frutos. Las posibilidades de triunfo eran altas en comparación con otras partes del planeta.
Desde Europa, llegaban con frecuencia personajes extravagantes que se trasladaban en barcos de todo tipo. Arribaban desde España y desde Italia, desde Inglaterra y desde Portugal. Desde países que no conocían el idioma y también desde el norte del continente americano.
Los motivos para el traslado variaban, cada caso era único. Muchos extranjeros llegaban para quedarse —aunque eso significase vivir entre la mugre de los conventillos por tiempo indeterminado—, otros huían con el rabo entre las patas de sus familias, de compromisos y de bodas indeseadas, de herencias perdidas, de deudas, de expectativas de terceros e, incluso, de la ley.
En las orillas, junto al improvisado puerto, se veían con asiduidad amantes que buscaban con ahínco un paraíso en el que estar juntos, un refugio que les permitiera profesar su pasión lejos de los prejuicios —sociales y familiares— que buscaban separarlos. Desembarcaban también jóvenes que se negaban a cumplir con las órdenes de sus padres: convertirse en soldados, en sacerdotes o para volcarse a una profesión que no fuera de su agrado. Llegaban los artistas y los soñadores, los visionarios rechazados por quienes no veían futuro en sus ideales. Lo que en Europa era un fracaso o un crimen, en América podía convertirse en un sueño y en un logro. O, al menos, esa era la creencia popular. Triunfar y cumplir con las metas no era sencillo y muchos se rendían en el camino.
Lo cierto era que, en estas nuevas tierras colmadas de posibilidades, cualquiera podía hacerse pasar por alguien más: por un abogado o por un hombre adinerado, por un ingeniero o por un profesor. Solo era cuestión de poder fingir, de ser un buen actor. Era indispensable hablar con elocuencia o vestir un buen traje; también era válido saber algunas frases en francés o en inglés, demostrar un poco de educación y de conocimiento cultural. Para los recién llegados, pretender era la clave para sobrevivir. Quien fuese capaz de convencer a los porteños de su alto estatus sería recibido entre los mejores círculos.
En Buenos Aires vivieron falsos nobles, profesionales sin título universitario y supuestos magnates del comercio con fortunas al otro lado del océano. Algunos fueron descubiertos en vida; otros, mucho tiempo después. Y, de seguro, habrá decenas de casos que jamás saldrán a la luz.
A medida que en Europa el boca en boca despertaba ilusiones, los barcos comenzaban a llegar con mayor frecuencia. Las promesas de tierras para el cultivo, de comida en abundancia y de fortunas fáciles de lograr atraían cada día a más personas. A los desesperados y a los rechazados, a los oportunistas y a aquellos que no tenían nada que perder.
Sin embargo, el brillo en las miradas de muchos viajeros se apagaba cuando la vista de la costa de Buenos Aires aparecía en el horizonte. Desde el Río de la Plata, la imagen era austera. Solo las torres de algunas viejas iglesias resaltaban a contraluz sobre la planicie. Para quienes estaban acostumbrados a las metrópolis europeas, la primera impresión de sus destinos era desalentadora. Luego de pasar meses de tortuosa jornada en altamar, pocos eran los que sonreían con ilusión al llegar. Muchos se preguntaban incluso por qué habían tomado una decisión así de mala.
Pero llegaban, porque en ese momento era tarde para arrepentirse y regresar.
Si el tamaño del barco y el estado del Río de la Plata lo permitían, el navío internacional lograba acercarse lo suficiente como para que sus pasajeros se trasladaran a carruajes altos que los acercarían a la costa con los pies húmedos y embarrados; la inexistencia de un puerto real obligaba a muchos navegantes a esperar por botes o por vaporcitos1 que los arrimaran hasta tierra firme. Con la ropa fría y sucia, la ciudad les daba una triste y húmeda bienvenida a los viajeros y a sus nuevos residentes.
A partir del momento en el que uno posaba sus pies sobre Buenos Aires, cualquier cosa podía ocurrir. Esta ciudad portuaria en particular ha sido siempre una tierra inesperada, tormentosa en cuanto sus repentinos cambios. En esa época, ser un extranjero entre las calles de la urbe era jugar con el destino y lanzarse a los brazos del azar. Todo podía pasarle al inmigrante, o quizá nada le ocurriera. Dependía de su suerte.
Muchos registros se han perdido sobre este período de la historia, sobre los nombres que los viajeros apuntaban al llegar y sobre los barcos que los trasladaban a través del oleaje. Sin embargo, quedan rastros de ciertos eventos. Hay uno en particular que se destaca entre el montón por su peculiaridad.
Existen al menos un par de periódicos de la época que han mencionado el caso de la silenciosa llegada de La Gloire.
El navío francés arribó poco antes de una madrugada otoñal. En Buenos Aires no hubo quien recibiese al único pasajero que descendió, envuelto en la sombra de la noche y bajo un sombrero que era demasiado grande para su cabeza.
Cuando el amanecer porteño despertó a los primeros habitantes de la ciudad, algunas horas después del desembarco, La Gloire flotaba, muda, a varios metros de la costa. Dentro no había señales de vida o de muerte; solo el abandono de helados muros que repetían las voces de quienes revisaban sus recovecos, como si se burlara de su curiosidad.
Fue un caso extraño, sin lugar a dudas.
El doctor Hipólito Blanco Rivera —como se haría llamar Niavasha en tierra americana— se había internado en las calles de Buenos Aires antes de que los primeros rayos del sol bañaran su piel. Había hallado el que sería su lóbrego refugio en una habitación vacía del segundo piso del convento de San Francisco. Había decidido que, desde allí, observaría por un tiempo el nuevo mundo, al resguardo de la oscuridad. Observaría y, al mismo tiempo, aprendería a velocidad inhumana las costumbres locales para poder pronto mezclarse con la multitud.
Niavasha llegó, como quien dice, en el momento indicado. El creciente brote de fiebre amarilla oscilaba al igual que un péndulo: constante y con sus altibajos.
El escenario social no podría haber sido mejor para su festín.
1. Vaporcito: nombre coloquial que se le daba a pequeños barcos a vapor que estaban diseñados para realizar viajes breves, sin alejarse demasiado de la costa. Los navíos más grandes podían atravesar el Río de la Plata y llegar hasta lo que es, en la actualidad, Uruguay. Comenzaron a utilizarse en 1825 para traslados locales entre Buenos Aires, San Isidro y Quilmes.

Puerto de Buenos Aires, circa 1880.
Antes de la construcción del primer muelle de pasajeros en 1885, los navíos se aproximaban tanto como podían a la costa, pero la única forma de llegar a tierra firme era a través del trasbordo a un carruaje alto o a un bote pequeño.
CAPÍTULO 1
INVIERNO
Con el invierno de 1869 llegaron los vientos fríos del sur. Las noches le robaron horas al día y escondieron a los transeúntes bajo las largas sombras de las torres de las iglesias que se extendían a lo largo de las calles porteñas.
Niavasha estaba listo para dar sus primeros pasos a través de los recovecos de la ciudad.
El primer domingo de julio, se colocó su gran sombrero y cargó con el bolso médico a cuestas; el vampiro abandonó su húmedo refugio de gruesas paredes y aroma a encierro, hambriento.
Caminó a paso lento hasta la catedral, que se encontraba cerca del Cabildo de Buenos Aires. Cruzó las plazas por la Recova para huirle a los últimos rastros del día que amenazaban con destruir su rostro —única parte de su piel que no estaba del todo cubierta—.
El vampiro llegó a destino poco antes de que concluyera la última misa del día. No entró. La eucaristía cristiana no tenía poder alguno sobre su persona, como los mitos urbanos alegaban, pero algo dentro de él le impedía acercarse a sitios en los que se alabase a cualquier clase de deidad. Quizás esto se relacionara con su condición inhumana o, tal vez, un recuerdo olvidado de su vida mortal despreciara los símbolos divinos. Le daba igual el motivo, tan solo se negaba a ingresar a las capillas y altares de alabanza, a las celebraciones en honor a cualquier dios. El convento en el que se escondía no le incomodaba, después de todo, porque ya se había deshecho de los simbolismos religiosos.
Se detuvo en la escalinata y esperó. Con sus excepcionales sentidos, oyó los ruegos y la desesperación de quienes temían caer bajo la infame enfermedad que había azotado la ciudad en el pasado y que podría arremeter, otra vez, en cualquier momento. Se deleitó con el pánico de aquellos que habían perdido a sus seres queridos y que creían que la epidemia se trataba de un castigo del cielo que caería también sobre ellos, tarde o temprano.
Niavasha se relamió.
Buscó entre la multitud de voces sin rostro hasta hallar unas cuyas palabras denotaban cierta noción técnica del problema. Los fieles eran casi en su totalidad mujeres, pero allí había también hombres cuyos tonos resaltaban sobre el montón. De seguro iban para acompañar a sus familias o para utilizar la misa como un pretexto para reunirse a debatir sobre la situación política y social de Buenos Aires.
«Médicos jóvenes, tal vez. O abogados quizá, de esos que se creen que lo saben todo sobre el mundo», pensó el vampiro, sonriente. Había hallado su primera conexión con la sociedad porteña.
Clavó su mirada en la entrada de la catedral y esperó a que el gentío comenzara a abandonar el edificio. Entre decenas de largos vestidos asomaban con timidez los pocos pares de pantalones que indicaban, según la calidad de su confección, con quién valía la pena a relacionarse.
Niavasha volvió a relamerse antes de acercarse a dos hombres que conversaban en voz baja mientras avanzaban rumbo a la plaza Mayor. Se detuvo frente a ellos para cortarles el paso, se quitó el sombrero por un instante para hacer una leve reverencia con su cabeza y les dedicó una amable sonrisa.
—Buenas tardes, señor —respondió al gesto uno de los extraños.
El vampiro abrió su mano derecha y la colocó frente a los porteños. En la palma de su guante blanco había una tarjeta de papel escrita con prolija caligrafía cursiva en la que se podía leer el nuevo nombre que ahora portaba: «Doctor Hipólito Blanco Rivera». Luego, con ayuda de su otra mano, giró el texto y les mostró el reverso: «Médico español, mudo. A sus servicios».
Niavasha no era mudo, pero odiaba el sonido discordante de los idiomas modernos, con sus sílabas desafinadas y sin ritmo alguno. Se negaba a pronunciar cualquier lenguaje que no fuese el suyo; para él, la única lengua real era la que hablaban los antiguos, que recitaba las palabras en un cántico constante y melódico.
—Es un placer conocerlo. Nunca lo he visto por la ciudad. ¿Ha llegado usted en barco recientemente? —preguntó el otro hombre, con una ceja en alto.
El vampiro negó. Mentiría. Sabía que los extraños le prestaban atención a su intromisión nada más que porque él llevaba vestimenta de clase, un traje costoso y limpio que había conseguido en Europa antes de su viaje. Guardó su tarjeta de presentación en un bolsillo e hizo señas para que los humanos esperaran por un segundo. Después, abrió su bolso médico y de allí sacó un cuaderno con tapas de cuero del que sobresalían decenas de cintas que marcaban las diferentes páginas. Abrió la primera.
Las frases que había armado eran simples y toscas porque su dominio del español no era todavía perfecto. Las tenía escritas de antemano y respondían a las preguntas que sabía le harían tarde o temprano.
«He viajado por todo el continente con el propósito de invertir mi fortuna en salvar a la gente. He venido para tratar la fiebre», decía el texto.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del primer hombre.
—Es usted muy noble, Dr. Rivera. ¿Le interesaría conversar con los médicos de nuestra ciudad sobre el tema? Quizás este encuentro haya sido dictado por el destino. —Extendió su mano—. Yo soy el doctor Luis Tamini y este es mi colega, Santiago Larrosa.
Ambos hombres estrecharon la mano del vampiro con confianza.
—No sé si lo sabe, pero los casos de fiebre han disminuido con los años. La epidemia ya está bajo control2, aunque siempre es reconfortante saber que el cuerpo médico de la ciudad está listo para cumplir con su labor —explicó el doctor Larrosa.
La conversación se extendió por algunos minutos. Ambos profesionales locales hacían preguntas sencillas al recién llegado y le hablaban sobre sus métodos y logros hasta el momento.
—¡Tengo una idea fantástica! —exclamó Tamini, de repente, cuando las calles se volvían demasiado oscuras para ser transitadas—. Imagino, doctor Rivera, que usted no conoce a nadie en Buenos Aires todavía, ¿no es así? —Sin esperar por una respuesta, añadió—: ¿Le interesaría entonces que organizara un almuerzo entre colegas la próxima semana? Estoy convencido de que podremos aprender mucho de su experiencia.
Niavasha sonrió otra vez. Tomó una pluma de su bolso y escribió en la última página del cuaderno: «Cena por favor, tengo compromisos previos». No podía arriesgarse a caminar por la ciudad bajo los rayos del sol.
—Comprendo, debe tener planes y obligaciones durante la jornada —respondió Tamini, pensativo—. No hay problema, doctor Rivera. Permítame anotarle mi dirección.
El médico porteño acomodó sus lentes, tomó la moderna pluma de viaje que el vampiro le ofrecía y anotó con ella sobre el cuaderno. Seleccionó una fecha y un horario. Debajo, colocó la ubicación del hogar.
—Lo estaré esperando, doctor Rivera. Estoy seguro de que nuestros colegas se alegrarán de recibirlo —aseguró Tamini—. Si necesita que le mostremos la ciudad, no dude en ponerse en contacto con nosotros.
—He de admitir que siento curiosidad por su historia, así que espero que la lleve escrita o que se anime a resolver nuestros interrogantes —añadió Larrosa, de buen humor—. Claro está, solo si usted así lo desea.
Niavasha asintió para indicar que estaba preparado para responder a casi cualquier pregunta. Agachó luego su cabeza en señal de respeto y se marchó.
Todavía tenía que hallar un hospedaje real al cual remitirse cuando le cuestionaran al respecto, pero, antes, la prioridad era alimentarse. Llevaba tiempo sin comer y su autocontrol comenzaba a flaquear. Se hallaba en el límite de su cordura.
Con sus primeras conexiones establecidas, el siguiente paso era mantener un perfil bajo, pasar desapercibido con pequeños bocados hasta que existiera suficiente confianza con sus supuestos colegas. Después, podría darse su festín. Necesitaba ser paciente.
2. Los brotes de fiebre disminuyeron considerablemente entre 1859 y 1869. Fue recién al año siguiente, en 1870, que la situación comenzó a escalar hasta convertirse en epidemia.
CAPÍTULO 2
COLEGAS
Niavasha exploró la zona sur de la ciudad durante el resto de la semana. Halló presas entre los angostos recovecos y se aseguró de alimentarse bien antes de su reencuentro con los médicos de Buenos Aires. Se esforzó por cazar a los marginados y a los olvidados, a las personas que se encontraban socialmente muertas. Disfrutó de borrachos y de inmigrantes, de enfermos a los que les quedaba poco tiempo de vida y de prostitutas; de gente a la que nadie extrañaría, de los que estaban solos en el mundo.
Así, el día acordado arribó sin que los habitantes de Buenos Aires notaran que un predador se encontraba entre ellos, camuflado en las sombras del ocaso y de la noche.
La reunión de profesionales de la medicina comenzó en la casa del Dr. Luis Tamini cuando el sol todavía se alzaba entre las construcciones de Buenos Aires. Durante varias horas, alrededor de una docena de hombres bien vestidos compartieron sus opiniones sobre diversas noticias internacionales que salían en los periódicos y sobre sucesos recientes de la ciudad. Intercambiaron palabras sobre muertes y sobre nacimientos, sobre desengaños amorosos y sobre disputas relacionadas con los personajes más importantes del momento, entre tantos otros tópicos que despertaban el interés de los letrados.
El doctor Hipólito Blanco Rivera arribó varias horas más tarde, cuando el día ya se había escondido debajo del horizonte y un cielo grisáceo guiaba sus pasos. Llegó con la mirada oculta bajo su gran sombrero y con una sonrisa ladeada que asomaba entre sus delgados labios. En la mano izquierda sostenía el cuaderno de cuero. Con la derecha cargaba su bolso médico.
—¡Doctor Rivera! —saludó con ánimo su anfitrión, Luis Tamini, al verlo en el umbral—. Pase, pase que lo estábamos esperando. Hubiera enviado un coche por usted, pero no sé dónde se está alojando. Olvidé preguntárselo el otro día. Espero que no haya tenido inconvenientes para encontrar mi hogar.
El vampiro agradeció con un gesto mientras que una empleada tomaba su abrigo y su sombrero. Liberado de los accesorios, caminó directo hacia uno de los muebles que descansaban contra las paredes y apoyó allí sus pertenencias. Del bolso sacó su pluma y un tintero para viajes. Luego, abrió el anotador y escribió la respuesta a las interrogantes de su interlocutor. Con el paso de los días, su dominio del español iba en aumento: «Hotel Londres. Una lectura me ha hecho perder la noción del tiempo, disculpadme».
—¡Ja! De seguro es un buen libro —respondió Tamini con algarabía.
El invitado guardó los objetos de nuevo en el bolso y el anfitrión lo guio hasta el salón central de la casa. Allí, el resto de los profesionales aguardaba, expectante y curioso, conocer a este extranjero tan peculiar.
Todas las miradas se posaron sobre Niavasha. Algunos hombres analizaban su vestimenta y otros su rostro; intentaban descubrir en su apariencia los secretos triviales y mundanos que la primera impresión suele brindar. Si vestía a la moda europea o americana, si su ropa era de calidad o de materiales económicos, si tenía el saco emparchado o bien alisado. También había quienes observan su bolso: el tamaño y el material, su pulcritud y buena presentación.
Las sonrisas asomaron poco a poco, con cierta timidez. Lo habían aceptado como a un igual incluso antes de intercambiar palabras con él.
«Esto será más fácil de lo que creí», pensó el vampiro con júbilo. Había tomado la decisión correcta al embarcarse al nuevo continente. Allí le sería fácil alimentarse hasta saciar su sed.
Aunque los demás no lo supieran, Niavasha también analizaba a los porteños y sus costumbres, la ecléctica decoración europea de la construcción y cada mínimo detalle que pudiese ayudarle a mimetizarse con la sociedad. Sabía que todavía necesitaba aprender algunas cosas para no llamar la atención.
—La cena estará lista en algunos minutos y sé que todos querrán presentarse y hacerle preguntas al doctor Rivera; pero, por el momento, creo que lo mejor será que él se nos una en el debate— indicó Larrosa al resto mientras se aproximaba al vampiro para saludarlo con un amistoso apretón de manos.
Niavasha asintió.
—No sé si ha leído el periódico local o si las palabras de quienes son chismosos y tienen tiempo de sobra han llegado a sus oídos, pero estábamos debatiendo una muerte inusual.
El vampiro abrió los ojos en señal de sorpresa; temía saber a qué se refería su supuesto colega, necesitaba jugar bien sus cartas.
—Hace dos o tres días, dependiendo de quién cuente el relato, se ha hallado a una pareja de inmigrantes muertos en su pequeña habitación —explicó Larrosa—. Ambos presentaban algunas señales de la terrible fiebre, pero también mostraban anomalías en sus síntomas.
—Yo fui quién los revisó —dijo un hombre desde la otra punta de la habitación. Varios pares de ojos se posaron en él mientras avanzaba a paso lento hacia el vampiro—. Mucho gusto, soy el doctor Montes de Oca —aclaró antes de continuar con su relato—. La pareja en cuestión había llegado desde el Imperio del Brasil, según palabras de sus vecinos; no hablaban mucho con otros porque no dominaban por completo el español. Sin embargo, cuando varios días transcurrieron sin que abandonaran el cuarto que alquilaban, un vecino se arrimó a la puerta y olió la muerte. La información me llegó por medio de un mensajero al cabo de unas horas. —Hizo una pausa—. Cuando alcancé la vivienda, analicé a los difuntos con extremo cuidado. Y, como he mencionado antes, noté que presentaban signos claros de la fiebre, como sus lenguas amarillas y la garganta seca; pero, además, la textura de su piel era áspera como la piedra en bruto y se veía lívida como si en sus venas no hubiese nunca corrido sangre. Tenían los ojos desorbitados. ¡Oh, qué horrible visión! —exageró con dramatismo—. Nunca he encontrado víctimas como estas. A decir verdad, no estoy seguro de si las peculiaridades se relacionan con una intoxicación o si han padecido de dos enfermedades en simultáneo, una quizá de la que no hemos oído jamás, ¿se imagina, doctor? ¡Qué haremos si esto se convierte en una doble epidemia! ¿Acaso usted, que es hombre de mundo, ha visto algún caso similar?
Niavasha agachó la cabeza para ocultar el brillo de sus ojos y negó en silencio.
—Yo creo que estas personas sufrían de alguna anomalía en la sangre, de una cualidad típica de la selva, tal vez. Otra posibilidad radica en la comida vieja o mordida por ratas que, en combinación con la fiebre, ha causado una deformación de la enfermedad —se atrevió a decir Tamini—. Pero el doctor Javier Muñiz discrepa —señaló a otro invitado—. Su teoría dice que algún criminal aprovechó la enfermedad como forma de esconder el modo en el que realmente quitó la vida a las víctimas. Yo sostengo que esta pareja de inmigrantes era pobre y que no tenía objeto alguno que tentara a un asesino, por lo que es imposible que se trate de un crimen premeditado. Pero Muñiz insiste en que las víctimas de seguro guardaban algún objeto de valor con recelo y que, sin pensarlo, lo mencionaron en un bar o en el barco que los trajo hasta aquí.
—Debo insistir, doctor Tamini, en que no me agrada cuando pone mis palabras en su boca. Preferiría decirlas yo mismo —se quejó un hombre que descansaba sobre una silla, cerca de la ventana lateral. Estaba de espaldas a Niavasha.
El vampiro asumió que se trataba de Francisco Javier Muñiz. Este profesional vestía con su uniforme militar plagado de condecoraciones y hablaba con firmeza; la determinación brotaba por sus poros.
—Creo yo, señores, que nuestro criminal ha viajado en el mismo barco que sus víctimas. Allí, ha oído alguna conversación privada sobre una joya familiar o sobre dinero que la pareja tenía ahorrado. Es normal que los inmigrantes traigan algo valioso para invertir en su nueva vida —explicó—. También supongo que este asesino los ha seguido y espiado por algunas semanas hasta asegurarse de que su plan funcionaría. Sin embargo, cuando notó que la pareja no salía de la habitación, ha creído que sospechaban de él y, en un acto apresurado, ingresó. Comprendió que sus víctimas estaban enfermas, pero no sabía cuándo les llegaría el final, así que les dio algún veneno o medicamento en demasía mientras tomaba el objeto de valor en cuestión. Luego, se marchó sabiendo que nadie podría delatarlo. De hecho, es posible que el pobre desgraciado se haya contagiado.
—¡Ah, los dilemas de los pobres! Son siempre muy interesantes —bromeó Larrosa sin desprecio, aunque con sorna; a él nunca le había faltado techo o comida—. Le encuentro dos puntos débiles a su teoría, sin embargo, doctor Muñiz. Si yo tuviese un solo objeto de valor en mi hogar, lo guardaría con recelo en un sitio fuera de la vista. Y la habitación estaba, de hecho, ordenada. No había signos de búsqueda alguna. Además, ¿qué clase de veneno secaría la sangre en sus venas? Insisto, se trata de una variante de la fiebre que ha sido transportada desde el imperio de Brasil. —Hizo una pausa y se giró hacia el recién llegado—. ¿Usted qué cree? ¿A quién daría la razón, doctor Rivera?
Niavasha era el asesino. Esa pareja fue su primer ataque; la sed lo había llevado a beber más de la cuenta por error.
El vampiro se llevó una mano a la barbilla en un gesto pensativo. Por fortuna, no necesitó dar una explicación porque una empleada anunció que era hora de la cena. La interrupción puso fin al debate.
«Deberé tener un ojo puesto en el militar», pensó ante la sagacidad de Muñiz.
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