Kitabı oku: «Dostoievski en las mazmorras del espíritu»
DOSTOIEVSKI
EN LAS MAZMORRAS DEL ESPÍRITU
NICOLÁS CAPARRÓS
DOSTOIEVSKI
EN LAS MAZMORRAS DEL ESPÍRITU
BIBLIOTECA NUEVA
Cubierta: Malpaso Holdings, S. L.
© Nicolás Caparrós Sánchez
© Biblioteca Nueva, S.L., Madrid
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ISBN: 978-84-18546-19-8
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ÍNDICE
PRÓLOGO
CAPÍTULO I
LA AGONÍA DE LOS ABSOLUTOS
Logos frente a Hybris
Nihilismo
El nihilismo filosófico
El miedo como origen de las religiones
El nihilismo en acción: la versión eslava
Los socialismos
Bakunin y el anarquismo ruso
Conclusiones provisionales del siglo que termina
La política en la vida de Dostoievski
El decembrismo. La revolución occidentalista fracasada
Crimea. El anuncio del fin del zarismo
La abolición de la servidumbre
CAPÍTULO II
LA EMOCIÓN, EL PENSAMIENTO Y, POR FIN, LA PALABRA
Las letras: odas, elegías y poemas épicos
El relato corto, la novela extensa y, siempre, el poema
Pushkin, el poeta eterno, el autor supremo
CAPÍTULO III
EL SIGLO LITERARIO DE FIÓDOR MIJÁILOVICH DOSTOIEVSKI
Nikolái Vasílievich Gógol (1809-1852)
El cosaco transterrado
Mihaíl Yuriévich Lérmontov (1814-1841)
El poeta que soñaba su propia muerte
Iván Alekxándrovich Gonchárov (1812-1891)
El amable escritor que atisbó el nihilismo
Iván Serguéievich Turguéniev (1818-1883)
El alma rusa revolotea, sin posarse, por Europa
Nikolái Alexéievich Nekrásov (1821-1878).
El sufrimiento interminable
Fiódor Mijáilovich Dostoiévki (1821-1881)
De las profundidades infernales al éxtasis que desafía el tiempo
Lev Nikoláievich Tolstói (1828-1910)
Extenso como la estepa que acogió su cuerpo
Nikolái Semiónovich Léskov (1831-1895)
El «varón justo» de existencia solitaria
CAPÍTULO IV
UN PRECURSOR DE LA PSICOLOGÍA PROFUNDA
Los críticos, la crítica
Su obra y los innumerables relatos
CAPÍTULO V
LA RELIGIÓN EN DOSTOIEVSKI: CREER, CAVILAR, AMAR
La importancia de lo religioso en su vida y en su obra
La iglesia ortodoxa
Creo… creeré
Las creencias
La libertad
La culpa
Dios, el Bien, el Mal y otras cuestiones
El catolicismo y sus desviaciones
El diablo, el ente que dispersa
Amar, amar-se, el amor
CAPÍTULO VI
MEMORIAS DEL SUBSUELO (1864)
Presentación del hombre del subsuelo. Un nuevo homo absconditus
Chernishevski: ¿Qué hacer? O el idílico anuncio del hombre nuevo
El argumento
El romanticismo
Una lejana huella del romanticismo: el drama en Dostoievski
Las siniestras catacumbas de la mente
Memorias del subsuelo, segunda parte. La destrucción del amor
CAPÍTULO VII
CRIMEN Y CASTIGO (1866)
El estallido literario
Una época tormentosa, el sueño de una imposible libertad
La escritura apresurada
La obra y sus personajes
CAPÍTULO VIII
DEMONIOS (1873)
Un siniestro anuncio
El preludio imposible de una nueva Rusia
La novela y el confuso panorama que allí se encuentra
Los antecedentes
El incesante goteo de personajes
Apéndice con Tijon. La confesión de Stavroguin
CAPÍTULO IX
LOS HERMANOS KARAMÁZOV: PARRICIDIO Y NIHILISMO
La luminaria se extingue. El tránsito hacia la inmortalidad
El drama como leitmotiv. La sinfonía comienza
El Gran Inquisidor, un decisivo interludio
Los personajes
Fiódor Pávlovich. El patético y lujurioso bufón
Dimitri, el sensual que se apiada de Dios
Iván, el intelectual atormentado por el mundo de Dios
Aliosha, donde la tempestad se aquieta
Zósima, un hombre para la eternidad
Smerdiákov, el remedo del nihilista
Grúshenka, la inocente que aprendió a sobrevivir
Katia Ivánova, donde la soberbia aumenta y la autoestima disminuye
Los hermanos Karamázov: Parricidio y nihilismo
CAPÍTULO X
A MANERA DE CONCLUSIÓN: DOSTOIEVSKI, NIETZSCHE, FREUD
Más allá del tiempo
Física, Metafísica, religión y el hombre mismo
El Dios de Dostoievski
Nietzsche, el filósofo que ignoraba a las masas
Freud y los subrogados de Dios
Es preciso concluir
BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
Conozco solamente a un psicólogo que haya vivido en el mundo en el que el cristianismo es posible, en el que en todo momento puede surgir un Cristo... Y ese es Dostoievski.
NIETZSCHE
I
Dostoievski fue un escritor extraordinario, pero con esa afirmación su humanidad se escapa. El genio es inefable, habita más allá del análisis; se contempla, se admira, se le venera, está. Transciende la razón. No pertenece a la horda humana que busca el consenso. La supervivencia está ahí, pero ¿quién se acuerda de la supervivencia en el espacio multidimensional de la emoción?
Se llamaba Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Hijo segundo de un padre insuficiente y de una madre devota y entregada. Dubitativo como su patria, inmenso como la estepa y tortuoso y oscuro como la kátorga.
Dostoievski exhibe sin pudor su inconsciente a la vista de todos, siempre por mediación de la escritura. Aparece brutal y primario a través de Smerdiákov, encarna el abismo de la identidad que desaparece, que se disuelve, con el funcionario Goliadkin; es un ser-para-el suicidio con Kiríllov, el mundo y sus miserias se desvanece con Aléksei en su interminable diálogo con la ruleta. Es Mishkin, angélico e inhumano, ser que transcurre en un mundo cotidiano sin apenas rozarlo, protegido por el mal sagrado que llamamos epilepsia. Es también Raskólnikov el nihilista que dialoga con el evangelio. Se revela en la pulsión oculta y sublimada de Aliosha. «Todo está permitido», tanto más cuanto su libre pensamiento se angosta en la prosa de sus emociones; es el universo tortuoso de Iván Karamázov.
La virtud oculta bajo la quebradiza lámina de la prostitución en Sonia Marmeládova, que se mantiene pura en medio del fangal de la miseria. ¿Qué decir de Liza?, que se propone amar al hombre del subsuelo. ¿Acaso Grúshenka es la hembra primordial? ¿Qué expresar de Katia, la mujer contenida y orgullosa que se ve rebasada por situaciones que no comprende, pero que ha de respetar? La excéntrica Natasha de El idiota, la amazona Liza, que pereció entre las llamas menos ardientes que la ardentía de Demonios. Una mención también para La mansa.
A modo de contrapunto: ese volcán viviente llamado Fiódor Pávlovich Karamázov, que oculta cualquier atisbo de bondad en la turbamulta de sus pasiones; irreal encarnación del maligno, doble minucioso del transcendente stárets Zósima, el hombre bueno al que el pueblo designa por su propio impulso. El nihilista Stavroguin, el hombre que nació para ser ahorcado y que se ahorca a sí mismo…
Fiódor inviste al ser imposible conocido como el hombre del subsuelo: «soy un hombre enfermo, soy un hombre rabioso». ¿Cómo olvidar a ese perpetuo denunciador de sí mismo que se desangra por su herida narcisista?
De los abismos de lo inconsciente a los instantes románticos de Cinco noches blancas, cuando el narrador —el omnipresente narrador— y Nástenka alimentan un fugaz encuentro donde la ilusión perece y el ensueño cumplido de la joven aniquila el romanticismo.
En las antípodas fermenta la cuestión del nihilismo. En realidad, el nihilismo es un tránsito efímero y vertiginoso donde un vacío imposible, la nada pensable que es por naturaleza inhóspita, ha de dar paso a la destrucción. Dostoievski se abisma con el hombre del subsuelo en la pesadilla que supone esta doctrina, una y otra vez poblada de incontables y aterradores fantasmas; más tarde contempla el mismo paisaje desde la atalaya social que nos trasmiten Raskólnikov, Stavroguin y Kiríllov, alienta la relación entre el nihilismo y el crimen, como consecuencia lógica si nos detenemos a pensar que en la concepción nihilista el otro no existe y el mundo circundante se desvanece.
El designio momentáneo que lleva al crimen presta sentido a la desolación nihilista. Nadie mejor representa el estático narcisismo que el Bazárov de Turguéniev, que concentra su interés en el mundo en las ranas. Ranas-ciencia, rescoldos inhumanos donde todo esta permitido, conocer, saber, atesorar, matar cientos de ranas como hará el Lopújov de Chenishevski. Ancestro cierto de ese «prohIbído prohibir» de Mayo del 68. ¿Qué son los crímenes sino la suprema expresión de la indiferencia oculta tras un tenue velo llamado odio? Stavroguin, y su «deber ideológico», Roghozhin, asesino de Natasha; Raskólnikov, que da muerte a la usurera y también Smerdiákov, el compulsivo instrumento de la pulsión homicida de los Karamázov. Muerte, ¿de qué, de quién?
¿Acaso este rimero de pensamientos y emociones caben en el insuficiente calificativo de genio o de artista del gran escritor?
II
Mi alma es inaccesible al impetuoso entusiasmo de antaño, está en calma, como lo está el corazón de un hombre que esconde un secreto profundo; para estudiar lo que «significa la vida y el hombre». Me siento triunfante, los personajes que puedo estudiar en los escritores con quienes lo mejor de mi vida fluyen libre y gozosamente. Me siento seguro. El hombre es un misterio, que debe esclarecerse y si lo intentamos con insistencia durante toda la vida, no podrá decirse que perdemos el tiempo. Estudio este misterio porque deseo ser un hombre.
DOSTOIEVSKI
La carta que escribe a su hermano Mihaíl el 16 de agosto de 1839, es impropia de un estudiante de la Academia de Ingenieros que por entonces cumplía 18 años. Su inclinación se abría paso con cautela ante la imposición paterna, que le impulsaba a cursar esos estudios conforme a las exigencias de la época. Las armas parecían ser el refugio de la cultura y la única ventana hacia el progreso social.
Dostoievski triunfa de las dificultades y será un escritor que hará crecer su proyecto en el fértil campo de la novela donde, con sus laberínticos vericuetos y acontecimientos inesperados, terminará por abrirse paso. El literato alberga al psicólogo y con el discurrir apresurado que imprime a sus personajes se permite remansos de reflexión que sustentan al filósofo y cimas metafísicas que alcanzan al eterno sentimiento religioso. Y en medio de todo, la constante insistencia del alma rusa, que oscila entre la resignada aceptación de la miseria con sus pequeñas dichas y acontecimientos que escapan a la atención de los señores, como lo atestigua el mínimo Vasia de Un corazón débil.
La penosa penumbra del alma rusa se concentra en la palabra nítchevo, introducción a una nada de la que resulta inconcebible escapar; también en la conciencia delirante y voluptuosa del hombre del subsuelo, que fía su salvación en zambullirse en los abismos del no ser abrumado por el peso de la culpa.
El alma rusa y su deleitosa y doliente contemplación, es una constante en su obra. Con el nihilismo, producto espurio del romanticismo, el espíritu asume un talante demoniaco y enajenado. Dostoievski penetra con decisión en este espacio, tras abandonar la utopía de un mundo mejor que nos acogerá en el trance místico de la idea abstracta que adopta la apariencia de una alucinación. Adiós al círculo Petrashevski y a sus ensueños furieristas.
Al mismo tiempo, se mueve entre la omnipotente y desdeñosa aristocracia rusa, la clase con recursos que recorre, entre asombrada y reticente, Europa, partiendo de los humedales petersburgueses o desde la adormecida ciudadela del Kremlin moscovita hacia la Alemania de Goethe y Schiller o la Francia donde aun brilla el rescoldo abrasador de Napoleón. Es el caso de Pólina, la rica y vaporosa damisela de El jugador, que revolotea aquí y allá rozando la existencia en abierto contraste con el vacuo, pero seductor, De-Grillet o con el negociante en azúcar Astley, conspicuo representante del mercader inglés. El jugador, rodeado de vertiginosas ruletas, ve con entumecida sensibilidad, como su pasión se angosta siguiendo con mirada ávida los saltitos tornadizos de la bola que se desliza, aleve, sobre los incesantes números.
El alma rusa surge una y otra vez y siempre con más insistencia cuanto más nos acercamos a la entraña hosca y sensible del campesino tal y como aparece en El mujik Marey.
La tarea que Dostoievski presintió a sus dieciocho años se concreta en la creación de una serie de personajes, por momentos irreales y desmesurados, pero casi siempre contradictorios en su miserable grandeza que reflejan los conflictos sociales del momento junto con la afanosa búsqueda del mundo interior. El lector se ve invadido por su proximidad irritante que le depara sensaciones inconexas de las que le resulta imposible tomar distancia. Todo ello en un encuentro dialéctico, como lo describe Nicolái Berdiáiev, que no deja reposo a la reflexión, para el que resulta necesario tomar distancia.
Según este autor, «Dostoievski es el campeón de los Humillados y ofendidos, para otros un genio inmisericorde y aún el profeta de un nuevo cristianismo; el descubridor del hombre del subsuelo, pero también el típico representante de la ortodoxia del oriental, el heraldo de la idea mesiánica rusa».1 En la disparidad de juicios que sobre él se emiten reside su riqueza; cierto es que escapa a la comprensión concreta, al veredicto cierto. Apenas creemos tenerlo huye sin que sepamos hacia dónde.
Freud, en su breve ensayo de 1927, Dostoievski y el parricidio, escribe:
En la rica personalidad de Dostoievski se deberían diferenciar cuatro facetas: el escritor, el neurótico, el hombre poseedor de una ética (Ethiker) y el pecador. ¿Cómo desenvolverse en esta complejidad desconcertante?
Para el lector no existen dudas, su lugar no está lejos de Shakespeare: ambos comparten el sitial privilegiado de la dramática.
Los hermanos Karamázov es la novela más grandiosa jamás escrita; el episodio de El Gran Inquisidor constituye una de las mayores realizaciones de la literatura mundial; nunca se estimará lo bastante esta leyenda que se desliza por sorpresa en el encuentro de los dos hermanos.
Freud se rinde ante el artista y se conforma con analizar al neurótico de una manera que hoy nos resulta discutible por lo inconclusa. Más adelante nos ocuparemos de ello.
La indomeñable fuerza de la vocación literaria de Dostoievski se apoya siempre en un trasfondo agónico. Una enfermedad crónica agotadora, una sucesión de olvidos, de lagunas, de necesidades materiales que se hacen críticas por su pasión por el juego, pero causadas en primer lugar por su propia generosidad,
(Dostoievski, Crime et Châtiment. Pascal, 1958, p. XVI)
Esas son las terribles condiciones en que acomete Crimen y castigo, según la descripción de Pierre Pascal.
Desde el punto de vista de una literatura que se pliega a los criterios clásicos, la novelística dostoievskiana nace desprovista de unidad, mal trabada, extrañamente escrita… Opuesta de manera radical a las exigencias filosóficas de claridad y distinción.
(Michel Eltchaninoff)2
Dostoievski es pobre y a la vez generoso, rasgos compatibles en el jugador para quien el dinero adquiere un valor peculiar: es ante todo lo que permite acceder al juego mismo.
El clasicismo, venerado y denostado a un tiempo, efímero y duradero, lugar de la admiración y del hastío representa un pasado. Lomonósov es el clásico, la piedra miliar en el camino de la literatura rusa que se pierde en las sombras de los orígenes. Dostoievski es un presente extenso que oculta un pasado arcano y que balbucea un futuro que no sabe presentir.
III
Memorias del hombre Dostoievski. Su sola enumeración es casi imposible. La atención que ha suscitado y aún suscita ofrece obras de valor dispar y de interés disperso. Todas, incluso las más insignificantes, encierran algo que resaltar. ¿Cómo no recordar la mínima distancia que separa la felicidad de la tragedia en el funcionario de Un corazón débil? ¿Cómo borrar la memoria del sueño imposible de Bobok, la avaricia del señor Projarchin, la insidiosa paranoia de Goliadkin, o la huella leve de la pequeña Nelly? Su número y diversidad confirman lo que venimos diciendo en este prólogo: Dostoievski es inabarcable como totalidad y al tiempo incontable en el detalle.
Si atendemos a las obras que de él se ocupan y que merecen la calificación de mayores y sin la pretensión de ser exhaustivos, hay que citar el monumental trabajo de Joseph Frank, Dostoievski, en cinco tomos, que pretende ser descriptivo y huir de excesivas valoraciones. Posee el indudable valor de lo enciclopédico y adolece, quizás, de ciertas carencias en la vertiente emocional tan presente en Tres maestros, de Stefan Zweig, la obra más interpretativa que se haya escrito sobre este autor.
El texto Vida y obra de Dostoievski de Konstantin Mochulski posee trazos más vigorosos que la obra de Frank, de carácter más académico. El arte de Dostoievski es expresivo, dirá, opuesto al estilo de Tolstói, Gonchárov o el del mismo Turguéniev. Tema que también aborda George Steiner en Tolstói o Dostoievski, donde enfrenta a dos colosos de la literatura.
«Dostoievski y el parricidio», el apunte de Freud, posee el fundamental valor de ser una confrontación directa entre las teorías psicoanalíticas y el universo interior de Dostoievski. De no haber tenido en aquella época otras inquietudes, Freud habría podido producir una obra más rica que la que al final vio la luz. No obstante, sirve indirectamente como vara de medir el nivel de comprensión de los distintos autores que lo mencionan a la hora de valorar la dinámica profunda del mundo de Dostoievski. En este sentido, Frank se muestra remiso mientras que Mochulski y Steiner son más proclives a penetrar en las hipótesis freudianas. La epilepsia, la hístero-epilepsia, tema sobre el que incidirá Sutterman en Dostoievsky y Flaubert, está presente en la obra dostoievskiana sobre todo en los personajes de Mishkin y Smerdiákov; las descripciones de éste resultan más deslumbrantes aún bajo los ojos de un médico.
Pierre Pascal el autor de Dostoievski l´homme et l´ouvre; católico y bolchevique al tiempo, asistió en 1917 a una «explosión de libertad»: la marcha hacia el socialismo, que se le antoja la entraña misma del cristianismo evangélico. El 30 de agosto de 1918 participó en la creación del grupo comunista francés. El texto de Pascal representa un encuentro entre ideologías y creencias dispares con la contradictoria personalidad de Dostoievski y su tiempo como un personaje clave para entenderlas.
En el campo de lo religioso, tan importante en su vida y obra, los trabajos muy numerosos y discordantes, siempre están sesgados por la militancia ideológica de sus autores. Desde la obra de N. Berdiáiev: Dostoievski. An Interpretation, que exclama: «Son tan grandes los merecimientos de Dostoievski, que el haberlo creado es una suficiente justificación para la existencia de los rusos en el mundo». Más ponderado resulta L. Pareyson en su libro Dostoievski: filosofía, novela y experiencia religiosa. A su juicio, el pensamiento de Dostoievski merece ser calificado de filosofía de la libertad.
De especial interés resulta el libro de Jaques Catteau, Dostoievski and the process of literary creation; su objetivo fundamental es analizar en detalle la gestación de sus novelaspara escudriñar el meollo de su creación. Pero, al mismo tiempo expone una visión de conjunto sobre las tendencias generales de los estudios sobre el autor y su obra que clasifica en tres grupos. En el primero, el novelista es sobrepasado por el filósofo, el profeta y el vidente: el Bien y el Mal, Dios y Cristo, el socialismo y la revolución, la libertad y la predestinación, etc. A este grupo pertenecen Merezhovski, Berdiáiev y Camus, entre otros. La segunda tendencia abandona el terreno de lo literario para concentrarse en sus paradojas existenciales y en su carácter: epiléptico, en el inválido, en el hombre traumatizado que enfrentó su propia ejecución, el jugador, el periodista, el renegado político, el apóstol del amor que oscila entre lo sacro y lo profano, y el padre devoto.
La tercera corriente busca analizar en profundidad sus obras literarias a las que hay que añadir la correspondencia, notas y borradores de sus novelas: en especial las de Crimen y castigo, El idiota, Demonios y Los hermanos Karamázov.
Catteau supone que la abundancia de los estudios sobre Dostoievski se debe a la originalidad y riqueza del autor, que se presta a las más diversas lecturas y reflexiones. Además, aborda temas que poseen rasgos intemporales vigentes para la mayoría de los lectores de sucesivas generaciones.
Nosotros hemos dedicado, junto a estas inevitables consideraciones, una atención preferente a la situación sociopolítica rusa del siglo XIX, ya que en Occidente tenemos una visión superficial y prejuiciosa de la historia de este periodo, sin cuyo conocimiento Dostoievski resulta un ser exótico, cuando no incomprensible. ¿Qué peso posee el nihilismo ruso en las revoluciones del siglo XIX? ¿Qué decisivos matices ofrece su religión? ¿Cuál es el peso que debemos otorgar el siervo en todo este proceso? En suma, intentamos situar al escritor en el contexto de su tiempo.
Si comparamos, como a menudo sucede, a Shakespeare con Dostoievski, en el caso del primero analizamos sus obras, la estructura que poseen, el mensaje que deslizan. Nada en referencia a su autor. Se dirá, y con razón, que su existencia resulta un misterio. Con Dostoievski las cosas acontecen muy de otro modo: El jugador se mezcla de manera inextricable con su vida; tras Smerdiákov se oculta el deseo de matar al padre, Mishkin encarna sus anhelos religiosos, Stavroguin el vértigo ante una amenazante nada, etc. ¿Será acaso Shakespeare un Hamlet, un Otelo, un Macbeth, un Falstaff o una inextricable mezcla de todos ellos? No lo sabemos. No sucede lo mismo con nuestro hombre.
Su amor por Pólina Suslova se traduce en varios personajes femeninos de sus novelas: la Aglaya de El idiota, Liza de Demonios y Katia de Los hermanos Karamázov.
Leon Chéstov (1937) caracteriza a Dostoievski, junto a Nietzsche y Kierkegaard, como un «talento cruel».
Este autor divide en dos períodos su actividad literaria: el primero comienza con Pobres gentes y termina con Memorias de la casa muerta; el segundo arranca con Memorias del subsuelo y finaliza con el Discurso sobre Pushkin.
Suya es esta luminosa reflexión:
Lo que Kant nos da no es la crítica, sino la apología de la razón pura. Si se ha escrito alguna vez la crítica de la razón pura hay que buscarla en Dostoievski.
G. Lukács (1949) dirá que fue el primero en describir las deformaciones mentales que deparan las necesidades sociales de la vida en una ciudad moderna. Su genio consiste, precisamente, en su capacidad de reconocer y representar la dinámica de una futura evolución social, moral y psicológica desde los gérmenes de algo que estaba apenas comenzando.
Memorias del subsuelo es el testimonio de una de las crisis más atroces que el alma humana es capaz de soportar y de sufrir.
Mihaíl Bajtín (1979), en su obra Problemas de la poética de Dostoievski, se ocupa de la estructura dialógica de sus novelas, donde expone y enfrenta distintas cosmovisiones representadas por medio de sus personajes. Traigamos como ejemplo el diálogo Shátov-Stavroguin de Demonios o el encuentro final entre Iván y Aliosha en Los hermanos Karamázov.
Besançon (1968) entiende así el fundamento de sus cuatro obras principales: Crimen y castigo es psicológica, El idiota es mística, Demonios política y Los hermanos Karamázov ideológica.
Innumerables son los trabajos destinados a estudiar un aspecto concreto de la vida o de la obra de nuestro autor. Destacaremos el de Leónid Grossman sobre «Dostoievski y el judaísmo», donde se analiza su pretendido antisemitismo con toda profundidad. El judío Grossman huye de la fácil caracterización de Dostoievski y se abisma en la compleja estructura de sus creencias religiosas.
Berdiáiev afirmó que era el más grande y en cierto modo el único filósofo ruso.
Su mundo se disuelve en sus ideas políticas, un caos que le rodea y en el que penetra sin miedo en su protesta contra la falsedad y los efectos deletéreos de la naciente sociedad burguesa.
La resistencia que Dostoievski opone a la categorización subraya su papel fundamental en la articulación del giro histórico desde el universo euclídeo a otro que se acomoda no solo a la teoría general de la relatividad, sino también a los dilemas de la mecánica cuántica. Haciendo de él un difícil aliado de cualquier ortodoxia ya fuese ideológica o religiosa.
(Robert Bird, Fyodor Dostoevsky, 2012)
Quizás fuese esto lo que hizo exclamar a Einstein que no había aprendido tanto de nadie como de él.
Dostoievski es un escritor de importancia capital. Supo, durante la crisis de su país y de la totalidad de la raza humana, plantear cuestiones de manera punzante e imaginativa. Creó seres cuyo destino y vida interior, cuyos conflictos y relaciones con otros personajes, cuya atracción hacia los seres humanos y a sus ideas, dieron luz a los problemas de mayor calado de su época, antes y de manera más profunda que otros lo hicieran. Esta anticipación al desarrollo moral y espiritual del mundo civilizado aseguran el poderoso y perdurable efecto de sus trabajos, que se han convertido, con el paso del tiempo en algo cada vez más actual y duradero.
(G. Lukács, Dostoievski, 1949)
Dostoievski se acerca.
1.Dostoiévski, an interpretation, N. Berdiáyev, 1934. Semantron press, 2009, p. 14
2.Dostoïevski: roman et philosophie (pp. 21-22). Presses Universitaires de France 2013 (Edición de Kindle).