Kitabı oku: «La luz oscura», sayfa 3
También pensé en Patricio Reinoso. Mi padre reconoció a alguien, o más bien creyó reconocerlo. La primera duda era si es que Reinoso era esa persona que él creyó reconocer. Y en la eventualidad de que esa sospecha fuese cierta, la otra duda era quién había sido esa persona para que mi padre tuviese esa reacción. Podía tratarse de un traidor, como el encapuchado del Estadio Nacional: un antiguo militante socialista que se volvió soplón y usaba una bolsa de papel en la cabeza con dos agujeritos para esas armas mortales que resultaron ser sus ojos (esa bolsa de papel lo hacía ver como una versión criolla de los miembros del Ku Klux Klan). Llevaban a los prisioneros a las graderías y aparecía el encapuchado como si fuera un equipo saliendo a la cancha (o un árbitro drástico y muy temido, mejor dicho). Caminaba por la pista atlética rodeado de soldados, hasta que se detenía frente a un prisionero y lo apuntaba con el dedo. Y después otro, y otro, y el encapuchado descansaba un par de días y volvía a trabajar. Lo encontraron cuatro años después, en un sitio eriazo, al cadáver del encapuchado.
Y al parecer no era ese el único encapuchado en el Estadio Nacional; se decía que eran varios, que la tortura había transformado a algunos presos en delatores y que incluso metían infiltrados a los camarines como falsos detenidos, para ver si obtenían alguna información. Eran más de doce mil prisioneros y los cambiaban constantemente de lugar. El delator podía ser un rostro conocido de nombre desconocido. Tal vez mi padre compartió un cigarro con Reinoso y le contó algo comprometedor, que al final podía ser cualquier cosa, como su militancia en algún partido o un atisbo de información sobre un dirigente, y días después apareció Reinoso, encapuchado, y lo apuntó con el dedo. Y por alguna razón mi padre lo vio (“Me vio, huevón, me vio”, apuntando con el dedo). El rostro de mi padre cambió bastante desde la época en que estuvo en el estadio hasta el día de la reunión (había engordado al menos unos cuarenta kilos), lo que podría explicar el hecho de que él reconociera a Reinoso, pero Reinoso no lo reconociera a él.
Esa tarde me había puesto de acuerdo con Claudia para comer algo y ver una película en su departamento. Era de esos nuevos, de paredes delgadas, donde uno escucha cuando tiran los vecinos. Tenía un dormitorio, cocina americana y un pequeño living. Quedaba cerca del metro Escuela Militar. Llevábamos juntos cerca de cuatro meses. La había conocido en un bar, después de la oficina, en una de esas despedidas a las que uno se siente obligado a asistir como parte de un deber tácito pero real, aunque el abogado al que se está despidiendo te resulte desconocido, insignificante o incluso detestable. Una terraza donde abundaban las corbatas. Me sentí inmediatamente atraído por Claudia, aun antes de hablarle, cuando la miraba de reojo hacia la mesa vecina, porque ella nada tenía que ver con la despedida. Me pidió fuego. Yo no tenía, pero le seguí hablando. Una atracción física, por supuesto, pero que iba un poco más allá del mero gusto por su apariencia. También estaba su gesticulación, sus movimientos con ciertos rasgos felinos que me impedían dejar de mirarla. Claudia se había ido de la casa de sus padres hacía solo dos meses para vivir sola en ese departamento. Aunque tenía un trabajo bien pagado en una empresa de retail, de la que además su padre era uno de los ejecutivos principales, en su familia la noticia no cayó nada bien. Para su madre, Claudia solo debía irse de la casa cuando su padre la llevara del brazo al altar. Yo veía lo nuestro como algo relajado, sin mayores compromisos o exigencias asfixiantes. Simplemente dos personas que lo pasan bien estando juntas.
Claudia me dio las llaves y me dijo que la esperara en su departamento mientras ella terminaba de trabajar. Inventé una hora al dentista y salí temprano de la oficina; no podía seguir viendo esas sonrisas de abogado. La esperaba en el living bebiendo una cerveza. Llevaba media hora de retraso. Mientras tanto, me acompañaba Reinoso. Otra de las posibilidades era que fuese su torturador. La víctima suele tener los ojos vendados y esa venda podría haberse movido, permitiéndole ver su rostro. También estaba el recuerdo de su voz (una voz aguda, que podría haber sido de una mujer), que pudo ser la de su interrogador. Pero no había forma de saberlo, al menos no con la sola revisión del relato (el relato era, tal vez intencionadamente, bastante confuso).
El chirrido del timbre me sobresaltó. Le abrí la puerta a Claudia. “Perdona, pero me di una vuelta por el Parque Arauco y me atrasé un poco. Mira, me compré esta cartera. ¿Te gusta?”. Dije que sí, aunque siempre he encontrado todas las carteras iguales. Ella me abrazó y me dijo te eché de menos. Yo le dije lo mismo. Me preguntó si me pasaba algo, que tenía una mirada rara, como triste. Nada más que un poco de sueño. Se sentó junto a mí, en el único sillón que había en el living. Me alejé algunos centímetros porque ella había encendido un cigarro. El olor me producía una sensación de rechazo. Ella quería hablar; yo la dejé mientras me tomaba otra cerveza. Se sentía bien oír sin escuchar. De vez en cuando observaba su rostro de rasgos delicados; me gustaban sus pestañas largas, que contrastaban con unos ojos celestes que se verían huérfanos sin ellas. Creo que hablaba sobre una compañera de oficina que se había enrollado con su jefe. Pero mi cabeza estaba en otra parte. Hacía cinco años, Reinoso era jefe del departamento de atención al cliente de la sucursal de Megatel en Ahumada con Agustinas, una de esas empresas en las que se puede hacer carrera. Tal vez todavía trabajaba ahí. Sentí algo húmedo en mi cuello. Claudia se acercaba. Yo no podía. Seguía pensando en Reinoso. “No me pasa nada, solo estoy un poco cansado”, le dije. Ella se enojó. No me sentía capaz de hablar de mi padre con Claudia. Su familia venía del otro lado, por lo que preferíamos no hablar de política. Y lo que le había pasado a él, sin duda caía dentro de ese tema. Aunque, en realidad, a Claudia la política no le importaba mucho, más bien le era indiferente; ella estaba bien y con eso se daba por satisfecha. De todas formas, yo no quería hablarlo ni con ella ni con nadie. Terminé mi cerveza en silencio y me fui.
Pude haber tomado el metro, pero preferí irme en micro por Apoquindo hacia el poniente. En los asientos de atrás había un grupo de adolescentes ruidosos, seguramente borrachos. Busqué un asiento adelante y traté de no escucharlos. Me acordé de la vez que Claudia me presentó a su familia en un almuerzo de día domingo. Al principio, pensé en inventar una excusa, porque iba a ser en el Club de Polo, pero después algo pasó y lo cambiaron por la casa de sus padres en La Dehesa.
Fui en mi Citroën ZX. Di varias vueltas por los alrededores, un poco perdido, arrinconado por las señoras que me tiraban encima sus enormes todoterrenos, hasta que por fin encontré la casa. Quedé impresionado con el jardín; era, sin exagerar, unas diez veces más grande que el de la casa de mi madre. El padre era un tipo de pelo gris y mirada severa. Trabajaba en la misma empresa que Claudia. Sentí que estudiaba en silencio cada uno de mis movimientos y comentarios. Solo habló para informarnos sobre la calidad de la botella de vino que se disponía a descorchar. El vino estaba bueno, me ayudó a sobrevivir. El almuerzo fue servido por la nana, vestida de uniforme negro con ribetes blancos y una toca cubriendo su cabeza. Claudia se esforzó para que todo fluyera, pero su madre se empeñaba en escudriñar en mi pasado. “¿A qué colegio fuiste? Ah, no lo ubico. ¿Y la universidad? ¿Y en qué trabajan estos niños con los que compartes la casa? ¿Dónde vive tu mamá? Ah, dicen que Ñuñoa ha mejorado mucho desde que llegó Sabat. ¿Conoces a la Sarita Gutiérrez, que es tan dije?”. Y yo respondía, esforzándome por hacerlo bien, mientras me concentraba en no hacer ruido al comer.
La micro se demoró solo diez minutos en llegar a Antonio Varas. Como era habitual, el familiar rumor de los gritos se escuchaba desde la calle. El portón eléctrico del pasaje estaba malo, bastaba con empujarlo. Mi casa era la segunda a la izquierda. Podía distinguirse fácilmente porque el pasto del pequeño antejardín tenía unos cincuenta centímetros de alto. El olor a carne asada consiguió animarme, era una buena forma de evasión. Estaban en el patio: minúsculo callejón donde apenas llegaba el sol, pero bastaba para poner una parrilla, una pequeña mesa y algunas sillas. El rostro de Roberto se veía anaranjado por el reflejo del fuego. Había estudiado arquitectura y llevaba poco más de un año trabajando en el Ministerio de la Vivienda, además de otros trabajos que hacía por su cuenta, pero en el fondo su profesión era la de parrillero. El asado lo hacía él y nadie más que él (quien se atreviera a cortar un pedazo de carne sin su autorización arriesgaba su integridad física). Los demás podían opinar, ayudar, acompañar, pero nunca decidir. Butifarras, costillar, prietas y lomo vetado, que seguramente había sido un aporte suyo. En ese orden; sin arroz, ensalada o nada que se le pareciera. Carne cortada en pedacitos junto a las brasas.
Con una piscola en la mano, me senté en una silla de plástico, entre Tísico y Carlos. Mi sensación era la de quien, después de un mal día, se sienta a comer junto a su familia y se sumerge en una conversación banal para dejarlo atrás. Me saqué el gorro de lana porque ya no sentía frío. Hablaban del Mundial. Argentina le había ganado por seis a cero a Serbia. Tísico creía que tenían equipo para ser campeones: arriba estaban Riquelme, Crespo y Tévez (no Saviola, que al final no era desequilibrante), además de Messi, que era un niño, pero si llegaba a explotar los dejaría a todos asombrados. Carlos decía que Argentina siempre tenía equipo para ganar el Mundial, pero nunca lo ganaba (salvo robando, o con Maradona). Yo escuchaba y seguía bebiendo piscolas cada vez más fuertes. A Roberto le gustaba Holanda y tenía una especial fascinación por Van Nistelrooy.
Roberto repartía el lomo cortado en pedacitos sobre una tabla de madera que tenía unos pequeños surcos donde se acumulaba el jugo de la carne. En la parrilla, Roberto era imbatible, y por eso tenía derecho a hacer lo que quisiera. Tísico también comió, a pesar de tenerlo prohibido: a los veintisiete años ya se las había arreglado para tener un ataque de gota (no habían factores congénitos, solo mérito individual). Creía que cuidarse significaba cambiar la piscola por cerveza, pero seguía comiendo carne y le echaba la culpa a Roberto en caso de que le diera un nuevo ataque. Me tomé cuatro piscolas más y después nos fumamos un pito. Más que la descarga efímera de la eyaculación, necesitaba una anestesia cerebral.
Cerca de las cuatro de la mañana, Roberto se fue a su casa y Tísico se fue a la cama (cuando le daba mucho sueño era capaz de quedarse dormido sentado, en medio de una conversación, así que a la primera pestañeada partía a acostarse). Quedábamos solo Carlos y yo desparramados en las sillas. Sobre la mesa, también de plástico, estaba la tabla con algunos restos de carne ya fría. Seguíamos comiendo por inercia. Carlos no fumaba marihuana, pero después de haberse tomado sus diez piscolas de costumbre, estaba borracho. El día siguiente era sábado y tenía que trabajar. Pero su trabajo era redactar un reportaje y podía hacerlo desde su cama. Además, necesitaba solo cinco horas de sueño, cosa que siempre le envidié.
Nos servimos otra piscola.
–¿Estabas donde la Claudia?
–Sí, estuve con ella un rato.
–Ah, va bien encaminada la cosa, entonces.
–Igual me gusta, lo paso bien con ella. Quiero que sea algo relajado, pero creo que ella se está empezando a enganchar –comencé a sentirme mal. No tenía que ver con la borrachera; era la anestesia, que no estaba funcionando.
–Eso es típico, pasa cuando las minas se acercan a los treinta. Se enganchan en muy poco tiempo. Acuérdate del reloj biológico.
–Tiene veintiséis, huevón.
–Bueno, pero eso no quita que la mina igual te gusta. Y creo que eso de que ella está más enganchada que tú se debe a tu aversión al compromiso más que a otra cosa.
–La verdad, no tengo idea a qué se debe, pero la consecuencia es la misma.
–Tómatelo con calma, entonces, pero igual tu relación con la Claudia es lo más serio que has tenido desde la Francisca –Carlos se detuvo un instante para encender un cigarrillo, cosa que solo hacía cuando estaba muy borracho–. Igual estoy nervioso por el partido del domingo con la Católica –dijo al fin, aprovechando la pausa para cambiar de tema.
–El recuerdo de la final que nos ganaron por penales el año pasado no me tiene muy tranquilo que digamos.
–Tenemos que llegar temprano al estadio, porque va a ir harta gente.
–No creo que vaya –le dije, bajando la voz.
–Pero, huevón, hemos ido a casi todos los partidos de este campeonato de mierda y se te ocurre faltar a los más importantes –la voz de Carlos comenzó a escucharse un poco más lejos. Volví a tener frío.
–No me siento capaz de volver al estadio.
Yo no soy de esos borrachos a los que el alcohol les suelta la lengua, sino más bien al contrario, si algo me pasa cuando bebo es que me pongo más ensimismado. Pero las piscolas no tuvieron nada que ver, sino que simplemente me di cuenta de que necesitaba contárselo a alguien y que ese alguien tenía que ser Carlos. Ya me había ayudado una vez a empezar de nuevo y podría volver a hacerlo. Le conté todo: el descubrimiento en el ático, los relatos, la conversación con mi madre, su revelación y forzado ofrecimiento, mis divagaciones y preliminares suposiciones. Solo decía “qué fuerte, es que no puede ser”, con la lengua igual de traposa que la mía. Se me habían acabado las palabras y Carlos contemplaba los hielos en su vaso vacío.
–Has estado rarísimo toda la semana, con cara de enfermo, pero sin estarlo. Pensé que había pasado algo con la Claudia, pero veo que no tiene nada que ver –Carlos hablaba de una manera particular, con un tono de constante sube y baja. Pero cuando conversaba de algo íntimo, su voz se volvía más plana, casi monótona.
–No dejo de pensar en mi viejo, de mirar hacia atrás y encontrarme con momentos como el partido del 94, del que habla en su relato. Nunca lo sentí tan cerca, abrazados gritando el gol de Salas, pero ahora me doy cuenta de que en ese minuto había un abismo entre los dos.
–Puta, debe ser súper difícil tener que reinterpretar todos esos momentos.
–Es verdad, esto también me ha hecho ver mi vida como una permanente contradicción –le dije, echándome el último hielo a la boca–. Ese día mi viejo estaba viendo fantasmas por todos lados, y yo saltaba, cantaba y reía, incluso lo hueveaba porque se quedaba ahí sentado, mirando el suelo.
–Pero creo que hay algo que se te está olvidando –dijo Carlos, echando un poco de pisco en su vaso–. Tu viejo vibraba con la U, quizás nunca vibró con otra cosa tanto como lo hizo con la U. El grito de ese gol de Salas tuvo que haber sido una catarsis tremenda para él, tal vez más grande que para cualquier otro hincha de los que estaban en el estadio. Y tú estabas ahí con él, abrazándolo, compartiendo ese momento, dándole todavía más sentido. Eso es lo importante, huevón.
–Puede ser. Pero lo que más me angustia, además de darme cuenta del infierno que vivió, es que siento que no conocí a mi viejo. Pensé que mi vieja me iba a ayudar, pero no sabía nada. Y mi cabeza no me deja en paz, fantaseando con horrendas imágenes suyas. No voy a estar tranquilo hasta que sepa qué le pasó.
–Y que no se te olvide lo del otro tipo, Reinoso.
–Claro, también Reinoso. No puedo seguir así.
–Estoy seguro de que encontrarás tus respuestas. Vas a ver que no es tan difícil como crees –Carlos volvía a subir el tono–. En este país uno hurguetea un poco y la mierda sale a flote con facilidad. Solo hay que apretar las teclas adecuadas.
–Muchas gracias, huevón. Necesitaba hablar con alguien, te juro que lo necesitaba –le dije, mientras me paraba de la silla y le daba un abrazo largo y apretado (en el abrazo, hay que reconocerlo, sí tuvieron que ver las piscolas).
4
Retornamos a Chile el 24 de febrero de 1985. Vivíamos de allegados en la casa de mis abuelos, en Santa Isabel, a dos cuadras de Vicuña Mackenna. Nos instalaron en la pieza de alojados, que estaba al frente de la habitación de mis abuelos. A mí me dejaban durmiendo en el suelo, a los pies de mis padres, sobre un colchón delgado y duro, tapado con un saco de dormir celeste. Una semana después, la tierra se movió, enérgica y destructora, tal vez enfadada con la idea de nuestro retorno. Yo tenía cinco años y no sabía lo que era un terremoto. Mi madre, que por primera vez pisaba nuestra tierra movediza, tampoco. Observaba, hechizado, el librero de mi abuelo haciendo danzar a los libros, y había varios que ya se caían al suelo de tanto bailar y al mismo tiempo escuchaba a lo lejos los chillidos de mi madre amortizados por el ruido ensordecedor que hace la tierra cuando se sacude. Fue mi padre el que reaccionó (ya tenía más de un terremoto en el cuerpo). Me tomó en sus brazos, enérgico, pero calmado, y me llevó a la terraza, donde esperaba mi madre, sentada en posición fetal bajo una mesa con cubierta de vidrio.
Mi padre nunca me pareció tan fuerte, tan protector, como en el terremoto. El recuerdo del sismo se acerca más a la fascinación que al terror. No era muy recomendable para un niño de cinco años quedarse en casa viendo el rostro descompuesto de su madre, sobre todo si era ella quien solía llevar las riendas de la familia. Al día siguiente, ella se quedó con mis abuelos y mi padre me sacó a dar una vuelta. Su tercer relato se llamó “Ruinas” y habla de ese paseo que dimos por el centro después del terremoto. Solo me acuerdo de una imagen que él describió así: “Dos perros luchan por un pedazo de carne podrida, probablemente en lo que alguna vez fue la cocina de la casa. Las paredes de adobe yacen esparcidas sobre la calle. Hay en el aire una capa de polvo que insiste en invadir mis ojos. Un hombre y una mujer están sentados en la vereda, con la espalda apoyada en lo que queda del muro, y a sus pies tienen los restos del desayuno sobre el pavimento. Dos niños, que deben ser sus hijos, cada uno con un palo en la mano, corren sobre los escombros de la casa, ahuyentando a los perros que peleaban por el pedazo de carne”. Lo recuerdo extrañamente tranquilo en comparación con el estado de ánimo del resto de mi familia y de la ciudad.
Tres meses después, mi madre consiguió trabajo en un hospital público. No era bien pagado, pero representaba el primer paso para asentarnos. Uno de los administrativos del hospital también era catalán y fue fundamental para que la contrataran. Mi madre nunca tuvo mucho contacto con otros catalanes en Chile. Mis años en Barcelona se fueron transformando con el tiempo en imágenes y sensaciones puntuales más que en recuerdos concatenados, un collage desordenado y sin sentido donde se agolpan esos recuerdos de manera caótica y superpuesta, como el departamento donde vivíamos: no tenía mucha luz y hasta yo lo encontraba pequeño. Cuando salía a la calle, esta también era estrecha y oscura, como si formara parte de un laberinto. Había mal olor, como a alcantarillado. Pasé mucho tiempo dentro de ese departamento y su recuerdo es como una sensación de encierro y ahogo que se pasaba cuando mi madre me llevaba a jugar a una plaza. Iba a un jardín infantil que estaba cerca de nuestra casa; me gustaba estar ahí porque podía gritar y jugar a la pelota. También el recuerdo de mi padre encerrado en el baño; el haz de luz saliendo por debajo de la puerta, que se mantenía cerrada durante horas. Y la imagen de los cerditos muertos expuestos en los mostradores del mercado, que me observaban con sus cabezas y sus colitas enroscadas; los quedaba mirando, como hipnotizado, mientras mi madre esperaba que trajeran el cadáver de un toro de lidia para comprarme carne, porque era más barata. Y cuando le insistía para que me llevara a dar una vuelta por la Rambla de los pájaros, me quedaba embobado mirando los canarios en sus jaulitas de madera, tirándole la falda para que me comprara uno, pero ella se mantenía incólume, negando con la cabeza. Y las veces en que íbamos al Parque de la Ciudadela, donde me gustaba que me subieran en la trompa del mamut. O el día que mis padres me llevaron al Montjuic. Hicimos un picnic con huevos duros y sándwiches de salame, y después nos subimos al teleférico; siempre recordé esa imagen de la ciudad, que partía en el mar y terminaba encaramada sobre los cerros, vista desde las alturas movedizas, en esa cabina roja que se mecía suavemente con el viento.
Nos fuimos a vivir a una casita de un piso, en Macul, cerca de Rodrigo de Araya. Tenía solo dos habitaciones, una mucho más grande que la otra; la primera para mis padres, la pequeña para mí. Mi padre se quedaba en la casa (su condición de retornado no le ayudaba mucho en la búsqueda de un trabajo, algo de por sí esquivo para quien ha estudiado literatura) y me cuidaba cuando volvía del colegio. Yo jugaba en el patio, que recuerdo inmenso, aunque seguramente se encogió con el paso de los años. Había dos árboles, uno que me parecía muy grande, con el tronco grueso y ramas perfectas para encaramarse, y el otro, más pequeño pero que tenía el tronco desnudo, lo que frustraba cualquier intento para subirme a él. Mi padre se quedaba en la terraza con un libro, una botella de pisco y un pequeño vaso de color verde con relieves verticales. Yo tenía un disfraz del Hombre Araña e intentaba trepar al árbol de tronco grueso. También jugaba a patear una pelota contra la pandereta. Y él leía con un cigarro en la mano y tomaba pisco, y comía mucho pan con mermelada; se podía comer un kilo de pan en una tarde. No le gustaba que yo gritara. Al principio me lo decía y después me lo ladraba. A veces jugaba conmigo, pero se cansaba pronto (nunca fue muy bueno para la actividad física) y después volvía a sentarse en la terraza. Cuando ya conseguía subirme al árbol con mi traje de Hombre Araña, me dio por saltar y caer en cuatro patas. Le decía que me mirara cómo saltaba y él seguía leyendo, pero yo de todas formas saltaba como el Hombre Araña, y como no dominaba por completo la técnica de caer en cuatro patas, a veces me golpeaba con el suelo y me ponía a llorar, y mi padre se enojaba.
Una sensación cálida. Había despertado justo cuando los primeros rayos del sol se asomaban sobre la cordillera; los estuve mirando un par de minutos y después jugué con mis playmobiles, pero al poco rato me aburrí y fui a despertar a mi madre. Estaba despeinada, un poco aturdida también, y caminaba hacia mi habitación con los ojos entrecerrados. Abrió mi cama. “¡Matías! ¿Hasta cuándo vas a mojar la cama? ¡Ya tienes siete años. Estás grande para andarte meando como una guagua!” Y por atrás apareció mi padre, tranquilo, moviendo la cabeza para lado y lado. “Ya aprenderás a ir al baño, solo concéntrate y no tomes ni una gota de agua antes de irte a dormir”, me dijo, acariciándome la cabeza. Cuando mojaba la cama era de las pocas veces en que mi padre se mostraba comprensivo conmigo.
Iba a un colegio de curas donde daban algunas becas a hijos de retornados. En los recreos jugábamos fútbol. Yo quería ser Patricio Reyes, porque era el único jugador de la U al que llamaban a la selección. También jugábamos a los dibujos animados que veíamos en Pipiripao (me gustaban El Capitán Futuro, El Galáctico, El Vengador, El Hombre Araña, He-Man, Mazinger, Inspector Gadget y Los Imposibles; y otros de los que me avergonzaba un poco, como Marco y La Pequeña Lulú). Muchas veces interrumpían Pipiripao para mostrar a Pinochet en una cadena nacional que no terminaba nunca (incluso, más que su imagen, me acuerdo de su voz chillona y amenazante). Mi padre me dejaba ver toda la tele que quisiera, pero mi madre no, aunque a veces, cuando Pinochet llevaba mucho rato hablando, mi padre me la apagaba.
Estaba viendo He-Man en el living. Tuve que subir un poco el volumen porque los gritos no me dejaban oír nada. “¡Esto no se ha acabado, mierda! ¡Ahora sí que me vas a escuchar!”. Yo trataba de concentrarme en la pelea contra Skeletor, pero no podía porque solo escuchaba el estruendo de un plato que se quebraba contra el piso de cerámica. Estarían en la cocina. Y mi madre al principio gritaba, llorando, pero al poco rato quedaba solo el llanto. Subí el volumen al máximo y estuve un rato así, tratando de no oírlos y seguir con mi atención puesta en la carrera de He-Man sobre su enorme gato. Pero llegó mi padre. “¡Cuántas veces te he dicho que no pongas esta mierda tan fuerte!”, me dijo, mientras la silenciaba.
Él comenzó a enfermarse seguido, aunque nunca supe muy bien de qué. Se quedaba en la cama con la botella en el velador. Tal vez por eso comenzó a engordar. Le preguntaba “qué te pasa, papá” y él respondía “nada, déjame tranquilo”, y se quedaba acostado, leyendo un libro. No me gustaba mucho entrar a su pieza. Había mal olor, una mezcla de cigarro, pisco, inmovilidad y encierro. Mi madre trabajaba muchas horas al día, y mientras ella estaba en el hospital, él se acostaba y yo podía pasarme la tarde en la sala, frente al televisor en blanco y negro donde también veía Sábado Gigante (el sábado, eterno, era el imperio absoluto de Don Francisco; creo que las horas de mayor aburrimiento que he tenido en mi vida las pasé viendo su enorme cabeza). Cuando no encontraba nada bueno en la tele, me imaginaba que venía Fujur, el dragón blanco de La Historia Sin Fin, y me sacaba a volar sobre su lomo. Otras veces me quedaba mirando la máquina de escribir de mi padre, que estaba puesta sobre una mesa de madera; estuvo siempre en el mismo lugar, aunque nunca lo vi usándola. No me atrevía a tocarla por el recuerdo de los cinturonazos que me dio la única vez que jugué con ella.
Yo trataba de no mojar la cama y había veces en que lograba despertar en la mitad de la noche justo antes de mearme, y partía corriendo al baño. Más aliviado, podía concentrarme en los ruidos y en el olor a cigarro que venían desde el living. Asomaba la cabeza y veía a mi padre frente al televisor. Se vestía solo para mirar la tele de noche, con zapatos y todo. Veía películas de Cantinflas, con su vasito verde de relieves verticales. Siempre estaba en la misma posición, con el vaso en la mano izquierda y las piernas estiradas sobre la mesa de centro. En primer plano aparecían sus mocasines sobre la mesa y tras ellos su rostro impasible, mientras escuchaba el acento mexicano que venía desde la televisión. “Qué bueno que llegaste al baño, ahora anda a acostarte”, me decía, haciendo un gesto con la cabeza para que me largara.
La época que más me gustaba era la Navidad. Mi madre compraba unos turrones buenísimos (duros y blandos). Los primeros años, la de mi familia era muy distinta a las Navidades de mis compañeros, porque abríamos los regalos para el día de los Reyes Magos, pero a mí eso no me gustaba mucho, porque hacía ya dos semanas que todos tenían sus regalos y yo no tenía nada, solo las chucherías que traía el caga tió que mi madre ponía en un lugar privilegiado de la sala. Al final, ella se terminó rindiendo y me entregó los regalos para nochebuena. Pero nunca creí en el Viejo Pascuero.
Me ponía triste verlo en cama, con su pijama de rayas celestes y blancas, casi siempre mal abrochado. “Déjalo tranquilo, el papá no se siente bien”, me decía mi madre cuando quería jugar con él. A veces se levantaba, pero de mal humor. Un día jugaba a ser León o, gritando ¡Thundercats!, con la espada del augurio en mis manos, para llamar a los demás. “Para con los gritos”, me dijo mi padre. Pero si me callaba Mumm–ra se saldría con la suya, porque tenía prisionera a Chitara, así que tenía que seguir llamándolos. Fue una cachetada con la mano abierta. Al menos nunca lo hizo con el puño. Siempre lo veía acostado, pero casi nunca durmiendo. A veces me quedaba junto a su cama jugando con los dos playmobiles que tenía, y lo miraba y él me miraba de vuelta; y no decíamos nada, como si habláramos en silencio.
Poco después, mi madre me dijo que él se había ido de vacaciones. Estuvo fuera por tres meses. Durante el día, me dejaba donde mis abuelos. Me gustaba estar ahí. Mi abuelo me regaló otro playmobil (un vaquero) y se quedaba jugando conmigo mientras mi abuela preparaba la comida (hacía unos porotos con longaniza que me encantaban; me comía dos platos y quedaba con el estómago hinchado toda la tarde). Volvió mi padre y se levantó de la cama sin su vasito verde. Y comenzó una nivelación para sacar pedagogía en castellano.
Al menos al frente mío nunca se habló mucho de política en la casa; yo solo sabía que Pinochet era el malo. Pero tras el plebiscito del 88, cuando ganó el NO, me llevaron a celebrar a la calle. Mi padre compró una bandera chilena y otra con los colores del arco iris. Un vecino nos subió en la parte de atrás de su camioneta. Era impresionante verlo saltar, a mi padre, haciendo chirriar los resortes de la camioneta, sin dejar de repetir: “¡Y ya cayó!”. Nunca lo había visto llorar. Parecíamos felices.
No tuve que esperar mucho tiempo para verlo llorar de nuevo, aunque esta vez no se trató de un llanto de alegría precisamente. Fue el 15 de enero del 89. La U jugaba con Cobresal en el Estadio Nacional. El técnico era Manuel Pellegrini. Mi padre, como siempre, se negó a llevarme al estadio. Escuchamos el partido por la radio, en la terraza. Creo que tuvo un cigarro encendido durante los noventa minutos. Hacía mucho calor. Nunca lo había visto transpirar tanto. Estaba empapado. Cuando sonó el pitazo final, la U descendió a Segunda División por primera y única vez. Mi padre me abrazó y volvió a llorar, pero de una manera muy distinta; tenía las mejillas mojadas e incluso se sorbía los mocos como un niño. Yo estaba tan impresionado que, por más que trataba, no me salieron las lágrimas.
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