Kitabı oku: «Tic... Tac»

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Tic... Tac

Tic... Tac

nilo espinoza haro


Tic... Tac

Primera edición digital, publicada en Lima en septiembre de 2021.

Primera edición impresa, publicada en Lima en agosto de 2021

por Gambirazio Ediciones.

© 2021, Nilo Espinoza Haro

© 2021, Mal Menor E.I.R.L.

Para su sello editorial Gambirazio Ediciones

Av. Ayacucho S/N Mz. G, Lt. 38, Urb. La Capullana-Santiago de Surco, Lima33

Telf.: (51) 986 732 950

gambirazioediciones@gmail.com

gamva.ediciones@gmail.com

Dirección editorial: Juan Carlos Gambirazio Vásquez

Diseño de portada e imágenes interiores: Lorenzo Osores

ISBN: 978-612-48476-8-4

Hecho el Depósito Legal

en la Biblioteca Nacional del Perú n° 2021-09017

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni en su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 a 272 del Código Penal).

Índice

Plaza San Martín.

Carlota.

Si lo cuentas, se cumple.

Montserrat.

Enterrando huellas.

El huésped.

GIRÓSFOROS

En el tictac del reloj hay un Génesis en Tic y un Apocalipsis en Tac.

Frank Kermode

Puesto que querer es desear, el deseo ha de ser la esencia del hombre.

Querer ser para siempre.

Baruch Spinoza

Para Gabriel, Marisel y Paula.


Plaza San Martín.

Credo quia absurdum (Lo creo porque es absurdo).

San Agustín

Señor ingeniero Luis Maldonado:

Estimado Luis: te escribo desde Marcará, distrito de la provincia de Carhuaz, localidad que pertenece al Callejón de Huaylas, región Ancash y que está ubicada a una altura de doscientos mil setecientos cincuenta y siete metros sobre el nivel del mar y a cuatro cientos cincuenta y tres y medio kilómetros de Lima, capital política del Perú.

El señor Felipe Lazarte Solís, amable vecino de este lugar, es el portador de la presente carta que, con carácter de más que urgente, te la envío para pedirte que me auxilies de la siguiente manera: por favor, lo más rápido posible contrata a una grúa para que, a mí y a mi camioneta, que está muy averiada nos trasladen a Lima.

La razón, estimado socio y colega, por la que te hago este pedido es porque, tal como el señor Lazarte te dirá, aquí en Marcará, no hay servicio mecánico disponible, ni herramientas ni quien pueda arreglar vehículos a gasolina y, por supuesto, menos a los que, como el mío, emplean energía nuclear.

Confío, estimado socio y colega, en que luego de que recibas esta carta, y en el menor tiempo posible, te esforzarás en llevar a cabo todo lo que convenga hacer para que, por fin, ya no continúe en el desamparo en el que me encuentro aquí.

Ten en cuenta, además, que este pedido lo hago apelando a nuestra condición de organizadores y principales accionistas de la exitosa empresa consultora de ingeniería mecánica en la que estamos trabajando más de una década, pero principalmente, a la gran amistad que nos une.

Repito, quiera Dios que esta carta la recibas en el término de la distancia. Para que sea así, es que estoy invocando con toda mi alma al divino. Tengo que proceder así porque no estoy muy seguro de que la recibas. La razón de ello es que te la estoy enviando de una manera poco común en estos tiempos, es decir, lo hago como se acostumbraba hacer este tipo de envíos postales en los remotos tiempos en los que no existía el servicio de correos, no solo en nuestro país, sino en el mundo entero, esto es, mediante un mensajero expreso. Pues, la verdad, estimado socio y colega, pese a que vivimos en los fabulosos tiempos post modernos y llenos de sofisticadas tecnologías, aquí no hay otra forma de hacer este o cualquier envío.

Estimado socio y colega, te informo que, durante mi permanencia aquí, me ha extrañado mucho el hecho de no haber visto circular automóviles ni camiones ni ómnibus ni motocicletas. Curiosamente tampoco caballos ni burros ni mulas o cualquier clase de transporte. Además, solo el hostal en el que me hospedo cuenta con corriente eléctrica, que es proporcionada por un vetusto generador. El resto de esta pequeña localidad carece totalmente de luz eléctrica.

El caso es, como ya te he dicho líneas arriba, que no funciona el servicio de correos ni hay luz eléctrica, sin embargo, felizmente no todo está perdido porque he tenido la gran suerte de que el señor Felipe Lazarte Solís tiene mucha urgencia de ir a Lima y, como no hay un medio de transporte que lo lleve a la capital de la república, lo hará en bicicleta, porque, según él, es un hábil ciclista y su bicicleta dice que es muy poderosa y él, gracias a Dios, ha aceptado ser el que te entregue esta carta y en el momento en que lo haga, por favor, remunérale con doscientos cincuenta dólares o su equivalente en soles. Esa cantidad de dinero no es un pago exagerado. Está más que justificado, debido a las circunstancias en las que están las comunicaciones en este distrito. Apenas me encuentre en Lima, yo te reembolsaré ese gasto y el pago a la grúa.

Estimado socio y colega, te preguntarás ¿qué estará haciendo el ingeniero mecánico Marco en este lugar? Bueno, pues, yo Marco Romero Pastor estoy buscando a Carolina Cruz, La Gatita, o sea a una especie de novia mía a quien por causas ajenas a mi voluntad, y más precisamente por ser muy descuidado, no tuve ocasión de presentártela por lo cual, desde ya, te ofrezco las respectivas disculpas.

A lo dicho, sin embargo, tengo una excusa que exhibir por no presentártela y es esta: la Gatita y yo nos veíamos solo en las noches. Durante el día, por más que quisiera, jamás aparecía ella.

De ella, ahora puedo decirte que con tan solo verla la primera vez me deslumbró y me encendió con el fuego de una increíble y maravillosa pasión que, como prueba de que era y es de fuego auténtico, me ha marcado para siempre porque se ha introducido por mis poros y hundido en mi piel hasta llegar al centro más profundo de mis huesos y de mis sueños. Más que eso, sin ella no puedo ni respirar normalmente y, todavía más, tengo la viva sensación de que mi sangre, sin ella, detiene su circulación.

Tan extraordinaria y única es esa pasión que, aunque no la veo ahora, con solo recordarla me hace sentir el sabor y esencia de lo que es vivir lo más sabroso de la vida y en toda su plenitud, vale decir, ella, su presencia, su recuerdo y hasta su sombra, todo eso es la ecuación que compone la flor que no es otra cosa que la pasión sensual que el más exigente de los mortales pueda anhelar y que, por supuesto nunca la ha vivido, pero yo, orgullosamente, digo que sí, que la he vivido y a fondo.

Ella, estimado socio y colega, mi Gatita, en síntesis me hizo vivir esa dicha de manera prodigiosa y en su más grande dimensión. Solo que, lamentablemente, no sé por qué, una madrugada de pronto, mientras yo dormía profundamente, esa increíble pasión se hizo añicos, porque ella, mi Gatita, en la única página en blanco de mi libro Structural Engineer´s Pocket Book escrito por Fiona Cobb, libro del que, entre paréntesis, solo me despego cuando duermo, en letra palmer caligrafió lo siguiente: Para que me tengas presente tal como soy en estos días y no me veas marchita o sea castigada por el tiempo, y así no decaiga tu amor, ese gran amor que me has dado y que te he dado y para que tengas siempre un buen y bello recuerdo de mí, me voy para siempre de tu lado, e inmediatamente se fue de mi vista, pero no de mi vida.

¿Tú te preguntarás por qué le digo Gatita? Le digo Gatita, por sus bellísimos ojos, que son muy parecidos a los de una gata. Y, sobre todo, porque Manuel Figueroa Moncada, veterinario especializado en animales menores, cuando hace un mes le consulté al respecto, me dijo que los ojos de algunas especiales y contadas gatas solo se acercan y retienen, o mejor dicho, apresan con la mirada a lo que ellas desean apoderarse o apropiarse para siempre a como dé lugar de algo o de alguien; y parece, aunque no es seguro para mí, que ella es del tipo de esas gatas, porque a veces tengo el presentimiento de que se ha apropiado de mí, que me tiene cautivo, preso.

De esta manera: cuando la vi por primera vez, sus ojos me hicieron sentir una atracción tan fuerte como aquella que, como sabemos no solo los que trabajamos con metales, poseen los imanes cuando atraen los objetos elaborados con hierro, acero y otros materiales semejantes.

Palabra, estimado socio y colega, en esta oportunidad, no me da vergüenza confesar que sentí y todavía siento que sus ojos me absorbieron y aún me absorben de cuerpo entero, con toda mi alma, con todo mi corazón, con toda mi vida, con mis dos zapatos, con mi camisa y con todo lo que tengo y lo que no tengo. De modo tal que, desde que ya no me miran esos ojos como ahora, siento estar a merced de un poderoso viento sin destino ni término.

Tú dirás, ¿por qué he venido a Marcará? Bueno, porque hace dos días, revisando mi papeles en el escritorio de mi departamento, encontré un papel que con la fina letra de mi dulce Gatita Carolina estaba escrita la siguiente dirección: Calle Central 177- distrito de Marcará- Provincia de Carhuaz Región Ancash.

Fue en ese momento en que recordé que me había hablado varias veces de lo agradable que era para ella este distrito. Más que eso, recordé entonces que me dijo que había vivido aquí, en Marcará, y que una de las cosas que más le gustaba de este lugar era ver desde la ventana de su dormitorio la belleza del enorme nevado Huascarán y de los otros imponentes y también muy bellos nevados que forman parte de toda la llamada Cordillera blanca.

Asimismo, me dijo que Marcará es una palabra que, en quechua ancashino, significa llevar a alguien cargada o cargado en brazos, por eso, siempre me pidió que la cargara, que la llevara cargada en brazos a la cama y allí ella, en la cama, me gratificaba de tal manera que me hacía sentir en el paraíso de los paraísos.

Bueno, pero volviendo al papel con la dirección que te he dicho que estaba escrita ahí y el recuerdo de todo lo que me dijo de este sitio y, más que eso, la esperanza de encontrarla cuanto antes, y recobrar el norte de mi existencia. Todo, todo eso se acumuló de tal forma en mí, que no tuve otra cosa que hacer que ponerme en camino en dirección de este lugar, de Marcará.

A continuación, paso a contarte que volando, sí, volando pero de a verdad, y pensando nada más que en encontrar a toda velocidad a mi Gatita Carolina, sí a toda velocidad, con mi cuatro por cuatro que tú conoces, me enrumbé por la carretera Panamericana Norte.

La carretera estaba prácticamente desierta y a mi discreción. Contra lo que era común y corriente, te repito, la Panamericana estaba totalmente libre. Sin embargo, ni me fijé ni lo tomé en cuenta ese detalle, porque solo estaba pendiente en avanzar lo más rápido posible y llegar a ver a mi Gatita.

Es decir, estaba concentrado en el camino y en ninguna otra cosa más. Así estuve varias horas. Luego, saliendo de la carretera Panamericana Norte y estando ya en la carretera que pasa digamos por el centro del Callejón de Huaylas y muy cerca de llegar a Marcará, empezó la noche y al mismo tiempo cayó una lluvia fuerte.

Llovió lo que se dice a cántaros, pero a cántaros de a verdad o sea cántaros hechos tal vez por seres gigantescos. Entonces, la computadora, las crucetas, los palieres y la bomba de agua de mi vehículo, por una o por varias causas que ignoro totalmente, se averiaron.

La camioneta, en tres palabras, estimado socio y colega, se me plantó. Se me plantó en un lugar patéticamente solitario. Por eso, con gran molestia y mucho temor a que me la roben o la canibalicen como lo hacen en Lima con los vehículos que están a la intemperie, tuve que dejarla allí, o sea a dos kilómetros de distancia de Marcará, donde, después de muchas horas, conseguí alojamiento.

Desde la medianoche de ayer ocupo una habitación de la segunda planta con vista a la calle de un hostal, que está a unos cincuenta metros de la plaza más importante de este distrito.

Me molesta que hasta este momento, por estar concentrado en mi Gatita, no he podido ver el paisaje no solo de este lugar, sino de todo el Callejón de Huaylas; pero lo que me fastidia más, y casi me olvido de decirte, es que tampoco funciona mi Laptop ni mi Tablet y menos mi teléfono móvil.

En el recibidor del hostal hay un teléfono fijo que no funciona. Tampoco funciona el teléfono móvil de su propietario y administrador, cuyo nombre es Federico Terry Váscones, quien, dicho sea de paso, me presentó al señor Felipe Lazarte Solís y me ayudó a convencerlo para que sea el portador de esta carta y también me ha advertido que el combustible que usa el viejo generador, que proporciona corriente eléctrica, se agotará pronto y no tiene cómo obtener combustible que lo reemplace.

En el mismo recibidor hay un antiguo tocadiscos a tubos que reproduce música folklórica sin descanso y en el comedor un televisor también a tubos que en todo momento pasa versiones grabadas de fiestas del lugar, de antiguos partidos de fútbol de Lima y presentaciones de un cantor que, como me informó el señor Terry, lo llamaban El jilguero del Huascarán, también de una cantante llamada Pastorita Huaracina y de otra cantante llamada Princesita de Yungay y, como me dijo el señor Terry, es la única que está viva y tal vez ya no cante porque debe estar muy anciana. Todas esas grabaciones son de por lo menos cuarenta o más años atrás.

Al respecto, el señor Terry me ha dicho que pasa esas grabaciones cada vez que puede, porque le recuerdan su infancia y, sobre todo, porque los que aparecen allí, según sus palabras: me acompañan como nadie lo ha hecho desde hace mucho tiempo.

Hasta esta hora, diez de la mañana, aparte de Federico Terry Váscones y el señor Lazarte, no he visto a ninguna otra persona en el hostal y cuando he mirado desde la puerta a la calle tampoco he visto a ningún hombre, o mujer o niño o niña que caminen por ahí.

Eso me ha inquietado bastante, pero dejando ese tema a un lado, al señor Terry le pregunté si sabía o si conocía a una señorita llamada Carolina Cruz o una familia de apellido Cruz.

Para sorpresa mía, me respondió que como había nacido hace muchos, muchos años aquí en Marcará y que pocas veces había salido a otro sitio, conocía a todos los que viven y han vivido aquí y que jamás había oído ese nombre y ese apellido.

Luego, muy preocupado, le pregunté por los gatos de Marcará. Él me dijo que hace un tiempo unos desconocidos que pasaron por Marcará encargaron a una anciana el cuidado de una hermosa gata.

La anciana estaba muy contenta de tenerla y de cuidarla y, por eso, estaba muy agradecida a esos desconocidos que, según ella, parecían gitanos.

La anciana vivió mucho tiempo cuidando a la linda gata, pero como no todo en la vida dura, ella murió y la preciosa gata desapareció. Lo que me dijo Terry hizo que se me helara la sangre.

El asunto es que, además, en este preciso momento, no sé por qué, tuve la rara sensación de que los únicos habitantes de esta localidad son el señor Terry y el señor Lazarte.

Un instante después, recordé que el señor Federico Terry Váscones, al servirme el desayuno a las siete de la mañana, en el comedor, me dijo que Carhuaz, es decir el nombre de la provincia al que pertenece el distrito de Marcará, en quechua ancashino significa color amarillo.

También me explicó por qué llevaba la provincia ese nombre. Al respecto, me contó que, desde mucho tiempo atrás, tal vez mucho más antes de los tiempos en que los incas gobernaban y pasando los tiempos, mucho después, es decir, hasta diez años antes de este siglo XXI, el color amarillo había predominado de manera brillante en el follaje, en el cielo y en el aire de esta provincia, por eso lo antiguos pobladores de este sitio, le pusieron ese nombre.

Ese amarillo, según me dijo, era muy alegre y tenía mucha vida. Era signo de prosperidad porque, según él, es el color que tiene el oro y es la presencia bendecida del dios de los incas, el sol.

Sin embargo, me dijo, que desde la mitad del año 1990 para adelante poco a poco ese color amarillo brillante y alegre cambió de tono. De brillante, bruscamente, se convirtió a un amarillo de tono pálido. Según él, junto con ese tono ha llegado pena, enfermedad, preocupación, tristeza y dolor.

Y, según me dijo el señor Terry, ese color amarillo cada día se va poniendo tan débil al punto que, según subrayó, no sé qué gran terrible desgracia pueda pasar de aquí a más adelante.

Todo eso me lo dijo no con la voz enérgica pero despejada, apacible y amable con la que me recibió ayer en la noche y que sonaba así hasta hace pocos instantes, sino con una voz cada segundo que pasaba más baja, apagada y sin vigor.

Bueno, pues, como él me ha atendido con gran gentileza, en retribución le he ofrecido darle unas pastillas para que su voz no se apague totalmente.

Antes de subir a mi habitación para cumplir con entregarle al señor Terry las pastillas para que le alivie la garganta y no se apague su voz, le pedí papel y bolígrafo para escribirte esta carta, que ojalá, repito, te entregue cuanto antes el señor Lazarte.

Muy cordialmente, el señor Terry me dio lo que le pedí. La prueba es que, si cumple el señor Lazarte, recibirás lo que te estoy escribiendo y seguro no te negarás a auxiliarme.

Ya sentado frente a una pequeña mesa de la habitación que ocupo, como una película, me ha venido a la mente todo lo que me ha ocurrido desde que en Lima encontré el papel con la dirección que di por hecho que escribió mi Gatita. Mejor dicho, en mi mente se ha rebobinado todo lo que he estado viviendo durante los últimos cuarenta y pico de horas o más.

El resultado me ha desconcertado. Porque, fíjate, para comprobar cada paso que he dado, lo primero que he hecho es abrir el libro del que te dije líneas arriba que nunca me separo, es decir el que lleva por título Structural Engineer´s Pocket Book escrito por Fiona Cobb, y, para mi total desconcierto, no he encontrado lo que te dije que había anotado mi Gatita despidiéndose de mí, y si a eso añado que se me ha extraviado por completo el papel en el que estaba la dirección de Marcará que encontré dentro de mis papeles y, más aún, si a lo que estoy mencionado sumo lo que me ha dicho el señor Terry en el sentido que en Marcará no hay ninguna familia apellidada Cruz, eso me ha preocupado.

Más que eso, cuando me habló de la anciana que cuidaba a una hermosa gata dejada por desconocidos que parecían ser gitanos, me ha dejado en un estado de ánimo de mucha desorientación y perplejidad., porque tal cosa significa nada menos que a lo mejor mi Gatita en el mejor de los casos podría ser un simple espejismo, o una ilusión, u otra cosa que no me atrevo a decir lo que en verdad pudiera ser.

Para salir de esas suposiciones o certezas me puse de pie, respiré con todas mis fuerzas, hice diez lagartijas y luego y para tranquilizarme definitivamente me acerqué a la ventana para ver por primera vez en mi vida lo grandioso que es el nevado Huascarán y todos los nevados de la Cordillera Blanca.

Pero, ¡qué es lo que vi! El Huascarán convertido en un cerro pequeño y sin nieve, igualmente cerros más pequeños y sin nieve los que hasta hace unos años, según vi en la revistas de turismo y en el cine cuando fui niño, eran enormes y hermosos nevados de la mencionada cordillera.

Resumiendo, estimado socio y amigo, te ruego que a la brevedad posible me envíes la grúa que te he pedido. Porque cada minuto que pasa aquí, me hace sentir que estoy hundiéndome en un mar tormentoso de nervios.

Más aún, tengo la viva certeza de estar exactamente en lo que muchos dicen que es un agujero negro porque, además y sobre todo, no sé lo que me ha sucedido y me sucede en mi vida.

Para no seguir cayendo más al fondo de ese agujero negro, o sea en lo más profundo de un pozo tenebroso lleno de desconcierto y pánico, además de pedirte otra vez auxilio, te escribo esta carta de muchas páginas y tal vez no muy ordenada, como una forma de conseguir un poco de alivio a la terrible angustia que estoy padeciendo.

Discúlpame. Estoy seguro que, en mi situación, tú harías lo mismo.

Cuando ya iba a terminar de hacer esta carta, he abierto el cajón de la mesa en la que estoy apoyando el papel y, ahí, he encontrado un recorte de un periódico español antiguo y un hoja escrita a puño y letra que me ha causado mucha mayor preocupación de la que estoy viviendo en estos momentos y, para que te enteres, sin comentarios te lo envío a continuación.

Con mis atentos saludos, estimado socio, colega y amigo, reiterándote mi pedido de ayuda inmediata, me despido de ti,

Marco Romero.

Posdata: este es el recorte del periódico español antiguo, míralo: y a continuación está la hoja de la que te he hablado líneas arriba:

El 7 de julio de 1919 llegó al Callao (Perú) el vapor «Iquitos» que traía el monumento a don José de San Martín. Este monumento fue embarcado en el puerto de Alicante bajo la supervisión de su autor, don Mariano Benlliure, y es considerado una verdadera obra de arte según las personas que vieron los bocetos. Vino en 161 bultos con un peso total de 591 toneladas, distribuidos en la cubierta de popa y en la bodega de proa, número 2, del vapor «Iquitos». La obra de desembarco duró 5 días, el mismo tiempo que se empleó en el embarque en los muelles del puerto español, teniendo en cuenta las disposiciones que para evitar su deterioro, dictaba el maestro Benlliure, quien presenció el embarque. El viaje del «Iquitos» duró 8 meses. Con el monumento llegó al Perú, especialmente enviado por su maestro Benlliure, el escultor Domingo, quien trajo el encargo de colocar la base y montar la figura de San Martín sobre su pedestal.

Publicado en El Fígaro, Diario de Madrid, del 3 de setiembre de 1919.

Y a continuación está la hoja de la que te he hablado líneas arriba:

Plaza San Martín: mediodía de un 29 de febrero.

–El sol resplandecerá con tal fuerza que podría reducir a carbón a todas las almas que estén a su alcance. A partir de ese instante, poco a poco, por uno de sus accesos, precisamente por la avenida Nicolás de Piérola, más conocida como La colmena, empezará a ingresar una débil corriente de aguas turbias.

–Horas antes de ese mediodía, en muy grandes y nunca vistas olas, con áspera e irrebatible potencia, el mar se desbordará y penetrará hasta los últimos rincones de las casas, de las calles, de las plazas, de los malecones, de los parques, de los callejones y del rosario de los tugurios y hasta de las cuevas del puerto del Callao y sus alrededores.

–Sobre esas olas, buques, yates, veleros, lanchas, botes y otras embarcaciones de todo calado chocarán entre ellas como si fueran juguetes arrojados por niños que han enloquecido.

–Encima de esas olas, como islas flotantes y chocando entre ellas, también se aglomerarán grandes, gruesos y compactos bloques de desechos de infinitas clases de plástico sintético.

–La altura del desborde de las aguas de mar será superior al de un edificio de cinco plantas. Serán olas inmensas que avanzarán furiosas en dirección a la Plaza San Martín. Esas enturbiadas aguas con desmedida fuerza cubrirán totalmente, con personas incluidas, casas, comercios, edificios, vehículos, no solo todo tipo de animales domésticos, sino también los del zoológico Parque de la Leyendas, más árboles y en fin lo que se encontrará en las avenidas Venezuela, Argentina, Mariscal Benavides, La Marina, La Paz, Nicolás de Piérola o La Colmena, la plaza Dos de Mayo y todas las calles, avenidas, pasajes y todos los jirones del Centro histórico de Lima.


Carlota.

Hell is empty and all the devils are here.

William Shakespeare

Entonces, en la ventana de la recámara, apareció una cabeza monda como un monte pelado. Luego, una cara oscura con una espumilla plateada de barba rala. Sentada estaba Carlota, sentada la hija de Roberto Corday y de Angelina de los Reyes.

[Sentada la que, según dijo su madre más de una vez, tenía la cabeza fuera de su lugar. ¿Dónde tienes la cabeza, hija? ¡Dónde! Con todo cariño te lo pido, ¡ponla en su sitio! ¡Hazlo!, te ruega la que te tuvo en sus entrañas. Claro que lo puedes hacer. Una vez lo hiciste. ¿Te acuerdas que cuando tu papá dijo que la maldad había secado el agua de todos los ríos y de todos los mares y que por eso en toda la Tierra se estaban muriendo de sed los hombres, las mujeres, los niños y todos los animales y todas las plantas?, ¿te acuerdas? ¿Te acuerdas cómo te asustaste?, ¿te acuerdas cómo temblaste? ¿Te acuerdas que yo te dije que eso no había pasado? Más que eso, ¿te acuerdas que te saqué a la calle para que mires que la gente seguía viva?, ¿te acuerdas que así te calmaste? ¿Sabes por qué? Porque pusiste la cabeza en su sitio. Te acuerdas que ya calmada me preguntaste: «¿Por qué mi papá ha dicho eso?» Yo te respondí que tu papá había soñado eso, que él, como varias veces me ha dicho, solo soñaba eso desde que tuvo uso de razón. Hija, por eso te digo, no creas todo lo que oigas, te puede hacer daño.Ten la cabeza siempre en su sitio, hazme caso.]

Enseguida, en la ventana de la recámara, aparecieron otras caras. Después muchísimos ojos y una boca con unos colmillos solitarios como mustios dientes de ajo.

Carlota está sentada en el medio de la recámara-

rosada-amarilla-roja-

celeste-verde-violeta-naranja-morada-negra, que al mismo tiempo es cocina, sala de estar, comedor y…

de techo hendido.

Carlota está sentada, golpeándose el pecho, pecho adentro:

—Dios mío, Dios todopoderoso, ¡qué he hecho!

—¡Has actuado mal!

—Dios mío, ¡por qué no has impedido que lo haga!

—¡Dios mío, ¡por qué he tenido que hacerlo!

—Solo tú lo sabes, Carlota!

—¡No sé lo que he hecho, Dios mío!

—¡Tienes las manos manchadas de sangre!

—¡Mira!, ¡mírate!

—Carlota, reconoce, ¡estás maldita!

—¡Mereces estar como estás!

Sentada está Carlota en una silla ajada. Está desnuda y su piel es igual a la piel de una gallina.

[Martín la vio por primera vez, a muchas calles de aquí, allá muy cerca de aquí, en la salida de la parroquia de la Buena Muerte. Fue tu novio, ¿te acuerdas, Carlota? Yo Martín Miranda, te juro que siempre estás en mi corazón, Carlota Corday, muñequita linda, de cabellos de oro, de dientes de perla y labios de rubí. Era verano de 1987 en el Centro Histórico de Lima, en los Barrios Altos, en el estrecho patio del caserón (de este caserón cuyos dueños dicen que son tatatataranietos bastardos de los que vinieron con los pizarros, los almagros y los luques al Perú cuando no se llamaba Perú sino Tawantinsuyo y era cuatro o cinco veces más grande que ahora), donde cada mañana la gente que vivía y vive allí se empujaba y se empuja por conseguir un sitio en la fila del grifo de agua: cabellos desgreñados, diez, veinte, treinta mujeres con camisones rotos y de todos los colores, tetas colgando, montones de brazos purulentos de viejos y viejas, niños con sus vientres como globos a punto de reventar, ratas atisbando, bocas sin dientes, caras llenas de mugre, todos los olores, ojos legañosos, maldiciones esperando que corra el agua. El agua empieza a salir por el grifo y los baldes o cubos y los lavatorios o jofainas y las ollas y los hervidores y las tazas y los orinales y las botellas y los jarros viejos, oxidados, desportillados, nuevos, sucios, de mil colores ajados y de lindos colores y limpios suenan como campanas enloquecidas, mientras tanto, ni tú, mi bella Carlota Corday, ni yo hemos olvidado que, en esos momentos, en un rincón de este caserón, muy cerca, donde estamos ahora, o sea a un metro de aquí nomás, cómo nos abrazábamos y cómo nos besábamos. Yo volaba de felicidad y estoy seguro que tú también, pero una mañana nos vio tu papá y…]

Diez, cien, mil, millones de voces se apiñan en la ventana de la habitación.

Desde hace muchos días, un espeso mal olor cubre el caserón e impregna a todos los que están allí. Sentada está Carlota.

[Roberto Corday, padre mío, al día siguiente en que mi mamá y Martín murieron, empezaste a mirarme de otro modo, ¡por qué, padre, por qué! Tu padre, mi marido, ahora da miles de vueltas en el mismo sitio. Es un bote viejo perdido en un mar que nadie ve. No siempre fue así. Antes de venir a este solar, a este caserón, Carlota Corday de los Reyes, hija mía, para él no había otra cosa que vigilar a los que hacían el mal. «Soy un detector de la maldad. Soy los ojos y los oídos del bien y del orden», decía. Y era verdad. Nunca estaba en casa, porque en nuestra casa solo hay orden, bondad y cariño. No sé por qué cambiaba de nombre a cada rato y también de cara. Nunca me decía lo que hacía. «Si te lo digo, a lo mejor la maldad contra la que lucho te puede contagiar», repetía. Recuerdo que a veces tenía cara de profesor, otras veces de alumno universitario, otras de vendedor ambulante, otras de cantante de boleros, otras de jardinero, otras de galán de cine mexicano y muchas veces de perro. Hacía bien su trabajo, de eso estoy segura porque un día vino a la casa un colega de él y me dijo: «Hace dos años, en 1986, su esposo don Roberto Corday Quispe fue a un distrito de Huamanga Región de Ayacucho y sin ayuda de nadie ubicó a los senderistas, a los terrucos, los terroristas rojos pues, que con un hacha habían matado sin compasión a un alcalde, a su mujer y a sus cinco pequeños hijos»]

(Señorita, ¿dónde está su señor padre?, le dice que su colega y gran amigo el capitán José Montalvo ha venido a expresarle sus sentidas condolencias por la muerte de su señora esposa, la señora Angelina; pero, por favor, respetuosamente, señorita, le aconsejo que no juegue con ese filudo cuchillo, se puede herir)

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9786124847684
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