Kitabı oku: «Voces contra la mediocridad»

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VOCES CONTRA LA MEDIOCRIDAD

LA VANGUARDIA TEATRAL

DE LOS PROVINCETOWN PLAYERS, 1915-1922

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http://www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

VOCES CONTRA LA MEDIOCRIDAD

LA VANGUARDIA TEATRAL

DE LOS PROVINCETOWN PLAYERS, 1915-1922

Noelia Hernando Real

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Voces contra la mediocridad: la vanguardia teatral de los Provincetown Players, 1915-1922

©Noelia Hernando Real

1ª edición de 2014

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-161-1

Imagen de la portada: Provincetown Playhouse Open Door

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

A Basia


Wharf Theatre, embarcadero Lewis, Provincetown, Massachussetts

Carl Van Vechten-Library of Congress, Prints and Photographs Division, Van Vechten Collection, reproduction number LOT 12736, no. 1332

Índice

Prefacio

PARTE I

CAPÍTULO 1 Hacia un nuevo teatro norteamericano

CAPÍTULO 2 El sueño de una noche de verano: Provincetown, 1915

CAPÍTULO 3 El sueño se consolida: la segunda temporada en Provincetown, verano de 1916

CAPÍTULO 4 Los Provincetown Players en Nueva York: la primera temporada, 1916-1917

CAPÍTULO 5 Sin miedo a fracasar: la segunda temporada, 1917-1918

CAPÍTULO 6 El nuevo teatro en el 133 de la calle MacDougal: la tercera temporada, 1918-1919

CAPÍTULO 7 La temporada de la juventud: la cuarta temporada, 1919-1920

CAPÍTULO 8 Y Nueva York tuvo su cúpula: la quinta temporada, 1920-1921

Capítulo 9 El fin de la amada comunidad: la sexta temporada, 1921-1922

PARTE II OBRAS SELECCIONADAS

Cambia de estilo (George Cram Cook, verano 1915)

La partida (Louise Bryant, verano 1916)

Cocaína (Pendleton King, temporada 1916-1917)

Noche (James Oppenheim, temporada 1917-1918)

El cochecito de bebé (Bosworth Crocker, temporada 1918-1919)

Aria da capo (Edna St. Vincent Millay, temporada 1919-1920)

Herederos (Susan Glaspell, temporada 1920-1921)

Al límite (Susan Glaspell, temporada 1921-1922)

Bibliografía

Agradecimientos

El presente volumen no se podría haber escrito si no fuera por las personas e instituciones que a lo largo de los años han apoyado mi trabajo. Gran parte del material que he empleado para escribir esta historia sobre los Provincetown Players fue recogido mientras investigaba sobre la dramaturga Susan Glaspell, una investigación que vio la luz en 2011 bajo el título Self and Space in the Theater of Susan Glaspell.

Como en esa ocasión, he de agradecer a los bibliotecarios de la Henry W. and Albert A. Berg Collection y de la Billy Rose Theatre Collection, Lincoln Center for the Performing Arts, de la New York Public Library, por su inestimable ayuda. Los viajes para poder consultar estos materiales fueron facilitados por el Ministerio de Educación, a través de una beca de investigación FPU, por varios proyectos de investigación, que me han permitido durante más de diez años poder ir a estas y a otras bibliotecas que albergan los fondos necesarios para la redacción del presente volumen, y por bolsas de viaje ofrecidas por la Universidad Autónoma de Madrid, por la Universidad Complutense de Madrid y por el Instituto Franklin-Universidad de Alcalá. Estas bolsas de viaje también me facilitaron el poder asistir a congresos especializados en el tema. Merecen especial mención aquí los paneles y congresos organizados por la International Susan Glaspell Society y la Eugene O’Neill Society, que me han servido de inspiración y han sido fuentes de energía renovada.

Y cuando la escasez de fondos me hizo enfrentarme a la dificultad de investigar sobre el teatro norteamericano desde el otro lado del Atlántico, han sido personas con nombres y apellidos las que me han ayudado a hacerle frente.

Quisiera agradecer muy especialmente a Bárbara Ozieblo el poner a mi total disposición sus fondos bibliográficos y su tiempo; y a Sherry Engle el darme un hogar en Nueva York. Judith E. Barlow y Ralph Melnick fueron fundamentales para localizar a la heredera de Bosworth Crocker. Gracias también a Carme Manuel por acoger con entusiasmo mi propuesta y por sus incansables ánimos.

Finalmente, quiero agradecer profundamente a los herederos que han dado permiso para que las obras de sus antepasados se tradujeran al español: gracias a Valentina Cook por su permiso para traducir las obras de Susan Glaspell y George Cram Cook; a Mary Hoffman, nieta de Mary Arnold Crocker Childs (Bosworth Crocker); y a la Edna St. Vincent Millay Society. Sin su desinteresada voluntad, este libro no habría sido posible. Para el apoyo y los ánimos de Félix, familiares, amigos y compañeros, simplemente, no hay palabras suficientes de agradecimiento.

Prefacio

La gran esperanza del futuro está en que los teatros pequeños fertilicen a los grandes, en que Broadway sea fertilizado por Provincetown.

William Archer, Evening Post, 1920

En estos días en los que el teatro comercial parece dominar la escena, sea en Broadway, en el West End londinense o en la Gran Vía de Madrid, se antoja necesaria la reconsideración de cómo son los teatros pequeños los que siempre han luchado por renovar la escena y por mantener viva la experimentación teatral. Estos teatros son los que, sin apenas recursos, sin grandes estrellas, pero con mucho esfuerzo, escriben esa otra historia del teatro que no tiene luces de neón. El presente volumen, Voces contra la mediocridad:la vanguardia teatral de los Provincetown Players, 1915-1922, pretende llenar un vacío existente sobre un pequeño teatro, el de los Provincetown Players, que revolucionó la escena norteamericana de principios del siglo XX, primero en su teatro de Provincetown, en el cabo Cod, y después en el Greenwich Village neoyorquino. Este teatro, como ellos mismo dirían, pretendía –y consiguió– alzar la voz contra la mediocridad de los teatros grandes, contra el comercialismo de Broadway, y convertirse en un laboratorio donde crecería un teatro moderno puramente norteamericano.

Si bien es cierto que la historia de los Provincetown Players ya ha sido escrita, también lo es que el lector que no es angloparlante no tiene fuentes a las que dirigirse. Es por este motivo que la primera parte de este volumen se centra en la historia de los Provincetown Players. Para ello, en un primer capítulo se detalla el contexto cultural, social y político, ese germen del que surgiría esta compañía. Con posterioridad, los capítulos se suceden cronológicamente, desde sus orígenes en 1915 hasta su desaparición en 1922. Cada temporada se describe en profundidad, incluyendo las obras producidas, su recepción por parte de la crítica, así como el propio desarrollo organizativo del grupo y los inevitables enfrentamientos entre líderes que acabarían por dar muerte a la aventura teatral de los Provincetown Players.

El presente volumen bebe directamente de las historias ya escritas en inglés sobre los Provincetown Players. Además de las biografías y autobiografías de varios de los que fueron protagonistas directos, entre las fuentes se encuentran dos historias escritas por miembros del grupo: aquella escrita por Edna Kenton, que fue miembro durante el período retratado en este volumen, y que se publicó en 1997 a partir de sus manuscritos, y la que Helen Deutsch y Stella Hanau, agentes de prensa del Experimental Theatre, la compañía autoproclamada como heredera de los Provincetown Players, publicarían en 1931. Cabe destacar la inmensa labor llevada a cabo por Robert Károly Sarlós, el primer historiador de los Provincetown Players, cuyo volumen Jig Cook and the Provincetown Players: Theatre in Ferment (1982) es una fuente inestimable para los estudiosos de los Provincetown Players. Leona Egan, por su Provincetown as a Stage (1994), también es significativa para conocer en profundidad las dos primeras temporadas de los Provincetown Players. Asimismo, entre las reescrituras posteriores de esta historia, es más que reseñable la que Cheryl Black lleva a cabo en su The Women of Provincetown, 1915-1922 (2002). En este volumen, Black saca del olvido a las mujeres que trabajaron para la compañía: actrices, directoras, artistas, escenógrafas, costureras, dramaturgas y secretarias; todas y cada una de ellas merecían aparecer en la historia de los Provincetown Players, que, generalmente, y como mucho, solo había destacado a tres personalidades: Susan Glaspell, Eugene O’Neill y George Cram Cook. Brenda Murphy también ha resuelto con maestría el análisis de los Provincetown Players desde el punto de vista de la modernidad en su The Provincetown Players and the Culture of Modernity (2005), donde dedica una parte considerable del volumen a tratar las obras más experimentales del grupo: las obras de los Other Players, un grupúsculo surgido dentro de los Provincetown Players que incluía a los poetas modernistas estadounidenses más significativos de la época, como Alfred Kreymborg, Edna St. Vincent Millay, Djuna Barnes, William Carlos Williams o Wallace Stevens, entre otros.

Sin embargo, el presente volumen es novedoso también si se atiende a estas historias ya escritas en el mundo académico anglonorteamericano por incluir documentos que no aparecen en ellas, o que, si lo hacen, es de forma fragmentada. Parece fundamental que, para ser fiel a esta historia, haya que volver a los documentos originales, tales como la Constitución de los Provincetown Players, su manifiesto, las circulares que enviaban temporada tras temporada a sus subscriptores, así como su carta de despedida. No es solo en el tipo de obras que ponían en escena, sino en estos documentos, donde se palpa la que sentían que era su misión dentro de la cultura norteamericana, donde se siente la angustia de un teatro pequeño que lucha contra un gigante, y donde se ven las luchas de poder entre las personalidades más fuertes del grupo.

Este volumen también es novedoso por incluir la primera traducción al castellano de ocho obras. En la segunda parte de este volumen, se encuentra la traducción de una obra por cada temporada de los Provincetown Players, precedida de una breve introducción. Las obras seleccionadas pretenden dar una visión general de las diferentes corrientes, estilos y temáticas que encontraron un lugar en el escenario de los Provincetown Players. Puede que sorprenda al lector iniciado no encontrar ninguna obra firmada por Eugene O’Neill. Obviamente, debido a que el ganador de un Nobel de Literatura y del Pulitzer de Teatro ya ha sido magistralmente traducido al español, como en el caso de las traducciones de Ana Antón-Pacheco y de León Mirlas, y que sus obras se siguen viendo sobre los escenarios del mundo, se ha preferido familiarizar al lector con otros autores mucho menos conocidos. En cuanto a las obras seleccionadas para su traducción, debe subrayarse que no son meros retratos del teatro del siglo pasado, anacrónico y temporal, sino que estas obras hablan de realidades a las que el mundo se enfrenta hoy en día, desde los conflictos bélicos en Aria da capo, de Edna St. Vincent Millay, y en Herederos, de Susan Glaspell, hasta las difíciles relaciones entre el artista, su libertad y el mecenazgo en Cambia de estilo, de George Cram Cook, pasando por la reescritura del Sueño Americano en El cochecito de bebé, de Bosworth Crocker, por la crueldad de la vida en La partida, de Louise Bryant, o en Noche, de James Oppenheim, para llegar a la desesperación de aquellos que dependen de las drogas en Cocaína, de Pendleton King, o a la necesidad del individuo por definirse a si mismo, como es el caso de Al límite, de Susan Glaspell. De esta forma, se espera que, al poner estas obras al alcance del lector hispanoparlante, la historia de los Provincetown Players se siga escribiendo en español, en libros, en artículos y sobre los escenarios.

PARTE I

Capítulo 1

Hacia un nuevo teatro norteamericano

La cruzada de los teatros pequeños

Dejaremos morir este teatro antes de que

se convierta en otra voz de la mediocridad.

Provincetown Players, 1917

De esta forma tan explícita, los Provincetown Players expresaron su cruzada contra la mediocridad del teatro norteamericano. Es esta una afirmación que se convirtió tanto en el espíritu inspirador que respaldaba al grupo como en su propio epitafio. Desde 1915 hasta 1922 los miembros de los Provincetown Players lucharon para vencer a la mediocridad creativa de Broadway, pero el gigante de luces de neón acabó venciendo al pequeño David, y por eso, con motivo de su marcha a Grecia, George Cram (Jig) Cook, cofundador, director y, podría decirse, líder espiritual del grupo, sintiendo que su experimento había fracasado, recordó esta máxima en su carta de despedida. Para él, ya se habían convertido en otra voz de la mediocridad.

A pesar del derrotismo con el que Jig Cook se enfrentó al fin de los Provincetown Players, este es un grupo que merece un lugar destacado en la historia del teatro de vanguardia de los EE. UU. Durante siete años demostraron que, incluso sin financiación, era posible poner en escena obras de teatro completamente novedosas, obras de estilos bien diferentes, que iban del realismo al futurismo pasando por el expresionismo y el simbolismo, y obras que trataban temas originalmente norteamericanos. Un teatro del pueblo y para el pueblo. Durante su andadura de 1915 a 1922 pusieron en escena noventa y siete obras escritas por cuarenta y seis dramaturgos norteamericanos y, como Edna Kenton se vanagloria en su historia de los Provincetown Players, casi dos tercios de estas obras forman ya parte de la historia teatral de los EE. UU. (1997: 158), sin olvidar que proporcionaron un lugar donde experimentar a los padres del teatro estadounidense: Susan Glaspell y Eugene O’Neill.

Sin embargo, a pesar de que la labor de los Provincetown Players al llevar a cabo una revolución teatral podría ser fácilmente mitificada, esta pudo tener lugar por la confluencia de diversos factores, desde la existencia de un gigante al que vencer, hasta los pequeños esfuerzos individuales, el malestar social y político y las reformas radicales, por nombrar algunos de los factores que se explicarán a continuación y que crearon un entramado de relaciones personales que hizo posible tal revolución.

Es un hecho bien conocido que la revolución teatral en EE. UU. sigue a la que años antes ya se había producido en Europa. No obstante, antes de 1915, las nuevas tendencias europeas habían tenido un impacto mínimo en el teatro norteamericano. Una de las razones fundamentales se encuentra en el poder de “El Sindicato.” Esta organización, fundada en 1896 por Sam Nixon, Fred Zimmerman, Charles Frohman, Al Hayman, Marc Klaw y Abraham Erlanger, se hizo con el control del teatro al ofrecer temporadas completas, que incluían a grandes estrellas en los papeles principales de las obras, con la condición de que los contratantes locales concertaran los espectáculos solamente a través de su organización. El Sindicato se centró en rutas entre las ciudades principales del país, quitando del medio a los managers que no acababan de cooperar, muchas veces con técnicas bastante oscuras. De forma más que autoritaria, el Sindicato se negaba a incluir obras que no fueran completamente del agrado del gran público y favorecía el star system. De esta manera, el Sindicato ayudó a que el teatro estadounidense fuera conservador y comercial entre 1900 y 1915 (Brockett 1995: 461).

Fueron algunos los que hicieron frente a su férreo control, aunque no lo hicieron por querer dar lugar a un teatro de vanguardia. Por un lado, los hermanos Shubert levantaron sus teatros cerca de aquellos controlados por el Sindicato, pero sus intereses, como los del Sindicato, eran el beneficio económico propio y la espectacularidad de sus montajes, para lo que normalmente elegían musicales y melodramas (Frick 1999: 216-18). David Belasco intentó sin duda dar al público neoyorquino algo diferente a lo que el Sindicato y los Shubert ofrecían: un teatro que mostrase la realidad con el detalle de una fotografía. Son bien conocidas sus puestas escenas para The Governor’s Lady (1912) y The Easiest Way (1918). En la primera, Belasco reprodujo en escena, cuchara a cuchara y tenedor a tenedor, el famoso restaurante Child’s, y para la segunda reconstruyó sobre el escenario, pieza a pieza y detalle a detalle, una pensión real (Murphy 1987: 21-22).

Pero para aquellos que buscaban una reforma profunda del teatro norteamericano, el teatro realista de Belasco no era sino otra piedra en el camino que debían sortear. Dos de los grandes teóricos del momento, y miembros de los Provincetown Players en algún período, así lo defendían en su manual Continental Stages (1922). Kenneth Macgowan y Robert Edmond Jones, que junto a Eugene O’Neill formarían el triunvirato que se haría cargo de los Provincetown Players tras la marcha de Cook, apuntaban en 1922 el hastío que sentían por el realismo, al que llegan a definir como “esa ciénaga en la que nos hemos entretenido” (1922: 3). Tras un viaje por Europa en los años previos a la Primera Guerra Mundial, en el que Macgowan y Jones estudiaron las nuevas formas teatrales de Appia, Reinhardt y Copeau, entre otros, los dos mantenían la esperanza de que Estados Unidos fuera ese lugar donde un nuevo futuro para el teatro sería posible, pero un futuro bien arraigado en las nuevas corrientes que habían visto en Europa (1922: 40). Como apuntaban, cincuenta años de realismo eran más que suficientes para un estilo que había nacido por el deseo de representar los avances de la ciencia. Para ellos, este era un tipo de teatro que se centraba en el detalle para acercarse lo más posible a la realidad, pero que no era precisamente real en el sentido de ser verdadero. El teatro realista, al estilo de las obras de David Belasco, era para ellos un “Realismo de la Carne,” pero no un “Realismo del Espíritu” (1922: 16), que solo se podía alcanzar con una transformación total de la forma en que se entendía el teatro. El teatro, según Macgowan y Jones, ha de apelar al “Realismo del Espíritu,” a la “verdad interior,” para lo que había que demoler la cuarta pared, alejarse de representaciones minuciosas y estremecer al público por lo que se le hacía sentir.

En términos bastante menos teóricos, Susan Glaspell habla de su propia experiencia como espectadora de este teatro tradicional, de donde se extrae que la repulsa que sentían hacia este teatro les abocaría a crear formas teatrales nuevas en su propio teatro:

Íbamos al teatro, y casi siempre salíamos deseando haber ido a cualquier otro sitio. Aquellos eran los días en los que Broadway florecía sin que nadie lo desafiara. Las obras, como los relatos cortos de una revista, tenían una estructure fija. … No requerían nada de ti, esas obras. Una vez pagada la entrada, no había nada más que hacer. … Jig solía decir que el público tenía imaginación. ¿Qué era esto de “Broadway,” que podía coger algo tan interesante como es la vida y convertirlo en algo tan aburrido como es una obra al estilo de Broadway? (1926: 190, énfasis en el original)

Como Macgowan y Jones, Glaspell, Cook y muchos otros futuros miembros de los Provincetown Players, llevaban tiempo sintiendo que el teatro norteamericano no mostraba la vida real, auque aparentemente lo hiciera. Las obras eran mortalmente aburridas y no requerían ningún esfuerzo por parte del público. No había una unión entre teatro y público, sino un mero intercambio de dinero por “entretenimiento,” en el mejor de los casos.

A pesar del arraigo del Sindicato y del realismo imperante tan de moda gracias a David Belasco, las nuevas corrientes europeas, como el expresionismo, el simbolismo o el futurismo, fueron abriéndose camino en Estados Unidos, sobre todo gracias a los little theatres, o teatros pequeños; a la labor llevada a cabo por George Pierce Baker y a los diferentes intercambios que se produjeron entre norteamericanos que viajaban a Europa y europeos que viajaban a Estados Unidos. Podría decirse que George Pierce Baker es en gran medida el ideólogo de la transformación radical que el teatro estadounidense experimentó a principios del siglo XX. Desde su viaje a Alemania, para visitar a su amigo George Rice Carpenter, un reconocido estudioso de la obra de Ibsen, en Berlín, Baker quedó impactado por las nuevas formas teatrales que se estaban desarrollando en el país germano, sobre todo por Reinhardt y su uso revolucionario del escenario y de la iluminación. Allí también conoció a Oscar Wilde y a George Meredith (Kinne 1954: 33-34). Posteriormente, en 1912, pasaría un tiempo con las figuras más prominentes del nuevo teatro irlandés, Yeats y Lady Gregory, así como con Gordon Craig (Kinne 1954: 174). Baker puso en práctica todos sus nuevos conocimientos en sus propios experimentos teatrales, pero lo que es quizá más importante es que también ayudó a diseminar estas ideas a través de sus conferencias y de sus clases en Harvard. Requieren una mención especial sus cursos English 47, sobre cómo escribir teatro, que empezó a impartir en 1905, y English 47a, en el que a partir de 1915 profundizaba en técnicas de creación teatral con aquellos alumnos que habían brillado en el curso English 47 (Kinne 1954: 102-3). Huyendo de la moda escapista de las obras que se producían en Broadway, Baker animaba a sus alumnos a “Escribir lo que sabéis que es cierto sobre vuestros personajes, y no escribáis nada que sepáis que no es cierto… Conseguid vuestro material de lo que veis alrededor” (en Gelb y Gelb 2000: 431).

Entre sus más afamados alumnos se encuentran, por ejemplo, Eugene O’Neill y Edward Sheldon. Y como Wisner Payne Kinne afirma, la influencia que Barker ejerció sobre grupos como el Neighborhood Playhouse, los Washington Square Players y los Provincetown Players es innegable (1954: 198-200). A modo de ejemplo, cabe destacar que los Washington Square Players pusieron en escena obras de Percy Mackage, John Reed, Lewis Beach y Edward Massey; todos ellos alumnos de English 47. Otra alumna de este curso, Agnes Morgan, trabajaba para el Neighborhood Playhouse, y el mismo Baker pasó unos días en Provincetown viendo la obra Bound East for Cardiff, de su antiguo alumno Eugene O’Neill. Asimismo, Rita Creighton Smith también había escrito su obra The Rescue, producida más tarde por los Provincetown Players, bajo la tutela de Baker, y otros futuros miembros de los Players, como Hutchins Hapgood, Edward Eyre Hunt, Robert Edmond Jones y Kenneth Macgowan también participaron en las clases de Baker.

A través de sus conferencias, que lo llevaron de Nueva Inglaterra al Medio Oeste, a los estados sureños y a California, Baker también ayudó a difundir una nueva forma de crear teatro. Por ejemplo, en sus conocidas conferencias “El desarrollo del teatro en el siglo XIX,” “El teatro norteamericano de hoy” y “El teatro moderno,” Baker enfatizaba el nexo que debía existir entre el teatro y la vida al decir que no se debía tratar al teatro “solo como una forma literaria, sino como una fuerza en la vida moderna, un reflejo del pensamiento y de la conducta de nuestro tiempo” (en Kinne 1954: 67). En su análisis del teatro norteamericano, destacaba que no existía un teatro norteamericano per se, y que esta situación era culpa tanto de los dramaturgos como del público, que no había sido educado para apreciar el género dramático. Ya en 1899, ante su auditorio en Cambridge, Baker había denunciado que “Desde 1830 hasta 1885 o 1890 el teatro no ha sido sino el bufón del rey. No debemos creer que por esto el teatro no pueda llegar a ser nada más. Debe cogerse de la mano, remodelarse y reajustarse a las condiciones de esto siglo y del que viene” (en Kinne 1954: 67). Y a pesar de admirar profundamente el teatro europeo, avisaba de que el trabajo de Ibsen, entre otros, no era lo que Estados Unidos necesitaba. Los dramaturgos norteamericanos debían analizar y estudiar profundamente la vida para poder representarla (Kinne 1954: 69). El país necesitaba su propio teatro; una llamada a la que los Provincetown Players, entre otros, responderían. La máxima de Baker acerca de que los dramaturgos debían contar con una total libertad para elegir su temática y estilo, y que solo así el teatro norteamericano podría desarrollarse (Kinne 1954: 148), es otra idea fundamental que los Provincetown Players, casi de manera excepcional, asumieron como marca identitaria.

Aparte de la labor que Baker desempeñó al dar voz a las nuevas corrientes europeas en Estados Unidos, fueron muchos los artistas europeos que cruzaron el Atlántico. Cabe destacar la influencia que los Abbey Players de Dublín tuvieron en el desarrollo del teatro norteamericano moderno. El 5 de octubre de 1911, Yeats dio una conferencia sobre “El teatro de la belleza” ante el Harvard Literary Club en la que habló del nuevo teatro europeo. Esta conferencia era parte de una gira de los Abbey Players, que duró de septiembre de 1911 a marzo de 1912 y que fue subvencionada por el abogado y amante del arte John Quinn. Como Adele Heller subraya, las obras que los Abbey Players montaron “tenían raíces fuertes en el realismo de la vida irlandesa” y denotaban el esfuerzo de la compañía por “crear un teatro nacional con objetivos tanto artísticos como sociales” (1991: 221). Los Abbey Players maravillaron al público estadounidense. Susan Glaspell y Jig Cook tuvieron la oportunidad de verlos en Chicago, tal y como Glaspell recuerda:

En ese momento había algo emocionante en Chicago. Los Irish Players. Con mucha probabilidad, los Provincetown Players no habrían existido de no ser por los Irish Players. Lo que [Cook] vio que hacían por la vida irlandesa era lo que él quería para América – no había convenciones teatrales que obstaculizaran la proyección humilde del sentimiento verdadero … El asombro por unas formas nuevas, y de ahí el tomar conciencia de la forma, la aventura de una gran oportunidad nueva para expresar lo que no ha tomado forma. (1926: 167)

Floyd Dell también recuerda en su autobiografía ir a ver a los Abbey Players, definiendo el “sentarse en el auditorio noche tras noche y ver el rico mundo de Synge y Lady Gregory” como una “experiencia maravillosa” (1969: 231). Y Eugene O’Neill no se perdió ni una sola de las representaciones de los Abbey Players en Nueva York (Gelb y Gelb 2000: 313). Brenda Murphy traza magistralmente los paralelismos entre los Abbey Players y los Provincetown Players: sus orígenes amateur, su dedicación al teatro como una forma artística, su nacionalismo, el rechazo a emplear convenciones teatrales y la determinación para crear una forma de teatro totalmente novedosa (2005: 4). Ciertamente, podría afirmarse que los Provincetown Players son en gran medida la versión norteamericana de los Abbey Players.

Otras giras y visitas de grupos y personalidades europeos que deben mencionarse por su influencia sobre el desarrollo del teatro estadounidense a principios del siglo XX son los Ballets Rusos y Jacques Copeau. La compañía de ballet fundada por Sergéi Diágilev en 1907 realizó una gira por Estados Unidos, después de hacerlo por Europa, en 1916. Su forma de experimentar con el espacio escénico, alejándose de convenciones y del ilusionismo, y favoreciendo la estilización a través de la exageración plástica de colores y formas, tuvo una influencia incalculable sobre el desarrollo de nuevas formas teatrales (Brockett 1995: 454-55). En cuanto a Jacques Copeau y su Théâtre du Vieux Colombier, desde el que proyectaba su vuelta al escenario desnudo y la remodelación del teatro, su gira por Estados Unidos entre 1917 y 1919 le puso en contacto directo con los teatros pequeños, y específicamente con los Provincetown Players, a los que visitó, lo que sin duda también sirvió de inspiración para la reforma del teatro norteamericano.

La publicación de El arte del teatro, de Edward Gordon Craig, en 1911 también supuso una oportunidad para que los creadores al otro lado del Atlántico supieran lo que se estaba haciendo en Europa. Como es bien sabido, Craig abogaba por el fin del realismo y por un tipo de escenografía que llevara al público a utilizar su imaginación. Craig, como Adolph Appia, defendía que “la sugestión, la evocación, la representación simbólica, eran mucho mejor que una opulenta reproducción de la realidad” (Bablet 1981: 178). Como Brockett ha señalado, la obra de Craig llevó, tanto en Europa como en América, a desarrollar una tendencia hacia decorados simplificados, hacia representaciones tridimensionales del escenario y hacia una plasticidad e iluminación bien dirigidas y sugerentes (1995: 446). Además, la puesta en escena de Sumurum, de Max Reinhardt, a cargo del productor Winthrop Ames en Nueva York a principios de 1912, demostró visiblemente cuál era el potencial del movimiento llamado New Stagecraft (Nuevo arte teatral). Tras esta puesta en escena, fueron varios los diseñadores y directores teatrales que se decidieron a aprender en Europa estas nuevas técnicas, como Robert Edmond Jones, que tras pasar una temporada con Reinhardt se convirtió en el mayor defensor del New Stagecraft en Estados Unidos. La influencia que Reinhardt, Craig, Appia y Copeau tuvieron sobre Jones, quien estaría presente en el nacimiento de los Provincetown Players, es evidente en su forma de entender el diseño teatral: “Una escenografía no es solo algo bonito, una colección de cosas bellas. Es una presencia, un estado de ánimo, un viento cálido que aviva el teatro hasta que prende. Hace eco, realza, da vida. Es una expectación, una corazonada, una tensión. No dice nada, pero lo expresa todo” (1985: 26). Otros diseñadores claves en el teatro norteamericano moderno que viajaron a Europa entonces fueron Arthur Hopkins y Sam Hume, aprendiz de Edward Gordon Craig, que se encargaría de montar la primera exhibición sobre el New Stagecraft en Cambridge, Massachusetts, en 1914; una exposición que también llegaría a Nueva York un poco más tarde.

Por su parte, los teatros pequeños se convirtieron en la nueva esperanza y, sin apenas recursos, no cesaron en su lucha para cambiar el rumbo del teatro. Aunque el presente volumen se centra en los Provincetown Players, sería faltar a la verdad si se obviase que Chicago, antes que Greenwich Village, fue el centro cultural más importante de los EE. UU. a principios del siglo XX. El Renacimiento literario de Chicago es de sobra conocido. Y si bien el resurgir de una nueva actividad literaria norteamericana encontró allí su lugar – recordemos que, por ejemplo, en 1912 Harriet Monroe publicaba Poetry: A Magazine of Verse y que Jig Cook y Floyd Dell, desde el Friday Literary Review, animaban a los escritores a buscar nuevas formas de expresión, también es cierto que parte de la vanguardia empezó a emigrar a Greenwich Village en 1913. Chicago no fue solo testigo del resugir de la poesía, la prosa e incluso el periodismo, sino que además allí también comenzó el movimiento de los teatros pequeños. Maurice Browne y Ellen Van Volkenburg, tras pasar un tiempo con los Abbey Players, cuando estos estuvieron en Chicago a principios de 1912, fundaron su influyente Chicago Little Theatre, empezando con la puesta en escena de On Baile’s Strand, de Yeats (Bigsby 1983: 5-6). De hecho, fue la propia Lady Gregory quien animó a Browne y a Van Volkenburg a crear su propio teatro, a formar a sus actores e incluso a “estar preparados para cuando se les rompa el corazón” (en Browne 1955: 116). Cabe destacar que, a pesar de que la historia siempre cite al Chicago Little Theatre como el germen del movimiento de los teatros pequeños en Estados Unidos, el propio Browne, en su autobiografía, renuncia a tal honor y admite que el mérito es de Laura Dainty Pelham y de sus Hull House Players (1955: 28). Independientemente de este dato, el Chicago Little Theatre tendría una influencia directa sobre los Provincetown Players, pues, como apunta Brenda Murphy, muchos de los futuros co-fundadores del grupo estaban en Chicago en ese momento (2005: 4), convirtiéndose en ávidos seguidores de este teatro e incluso participando en algunas de las obras. Por ejemplo, Brör Nordfeldt diseñó y construyó la escenografía para The Trojan Women, además de actuar en algunas de las producciones, como también lo hizo Edna Kenton.

Aproximadamente al mismo tiempo que Browne y Van Volkenburg avanzaban con su aventura en Chicago, otros teatros pequeños se fundaban en Nueva York, como la New York Stage Company y el New York Neighborhood Playhouse. Este último, un teatro de índole claramente social, pues nació del centro comunitario de la calle Henry, ponía en escena obras que buscaban ayudar a la comunidad, más que reformar estéticamente el teatro norteamericano. La misma Susan Glaspell recuerda la importancia que el Neighborhood Playhouse tendría en la forma de entender el teatro de los Provincetown Players. Fue tras ir a ver una representación de Jephthah’s Daughter que Glaspell y Cook entendieron el vacío que sentían cuando veían obras en Broadway y entonces hablaron “de lo que el teatro debía ser. Es una de las cosas misteriosas y bellas del mundo, si eres sincero con lo que sientes” (1926: 191). A principios de 1915 nacían los Washington Square Players, que cuatro años más tarde se convertirían en el Theatre Guild. El grupo nació del Liberal Club, cuya importancia se discutirá más tarde, comenzando con representaciones bastante amateur. Lawrence Langner, uno de sus futuros fundadores, recordaba cómo una noche estaba sentado junto a Ida Rauh, sufragista y esposa del periodista Max Eastman, en el Liberal Club, viendo una obra de Floyd Dell. Entre risas y mofas, surgió una confidencia: el espectáculo era bochornoso y ellos mismos podrían hacerlo mejor. Según Langner, tras esa representación, Ida Rauh le mostró su determinación por volver al teatro. Langner decidió entonces embarcar a Ida Rauh y a Albert Boni, el librero más conocido de Greenwich Village, en la planificación de un grupo teatral que aunara a sus diferentes amistades. Boni se encargó de invitar a Robert Edmond Jones y a Sam Eliot; y Langner a Edward Goodman, a Philip Moeller y a Josephine A. Meyer. Los nombres de George Cram Cook, Susan Glaspell y Lucy Huffaker, entre otros, también se añadieron a la lista (1952: 90-92). Durante un almuerzo en el lujoso restaurante Breevort, compartido por Lawrence Langner, Robert Edmond Jones, Philip Moeller y Edward Goodman, entre otros, discutieron el trabajo de Max Reinhardt, pues Jones y Moeller acababan de regresar de Alemania y anhelaban que el espíritu de Reinhardt tuviera un hueco en Estados Unidos. Jones tenía un volumen de las obras de Lord Dunsany, y su obra The Glitering Gate fue la primera que los Washington Square Players pusieron en escena. Este comienzo marca la tónica general del grupo y una diferencia clave con los Provincetown Players: la preponderancia de autores extranjeros. Como Albert Parry apunta, los nombres extranjeros de los dramaturgos, el simbolismo y los finales trágicos se convirtieron en las señas de identidad de este grupo, atrayendo así de forma importante al público inmigrante del Village (1960: 279). Y esto a pesar de que en sus “Principios y Objetivos,” los Washington Square Players anunciaron que

Solo tenemos una política en cuanto a las obras que montaremos – deben ser meritorias desde el punto de vista artístico. Se dará preferencia a obras americanas, pero también incluiremos en nuestro repertorio las obras de autores europeos bien conocidos que han sido ignorados por los responsables comerciales. (en Langner 1952: 94)

La existencia de los Washington Square Players impulsó a los Provincetown Players de al menos dos maneras. Por una parte, porque varios de los futuros miembros de los Provincetown Players también estaban relacionados con los Washington Square Players, incluso de forma simultánea posteriormente, como Robert Edmond Jones, Rollo Peters, Floyd Dell, Ida Rauh o John Reed. Y por otra parte, porque varios de los futuros miembros de los Provincetown Players vieron que sus obras “americanas” eran rechazadas por los Washington Square Players a favor de obras de maestros europeos, como Maeterlinck, Andreyev, Schnitzler o Strindberg. Este fue el caso de Suppressed Desires, de Susan Glaspell y Jig Cook; de Freedom, de John Reed, y con bastante probabilidad de Constancy, de Neith Boyce; y de Bound East for Cardiff y Thirst, de Eugene O’Neill (Egan 1994: 122). Todas estas obras formarían parte de la programación de las primeras temporadas de los Provincetown Players. Asimismo, cabe destacar que los Washington Square Players también inspiraron a los Provincetown Players en cuanto a la forma de anunciarse. Los Washington Square Players mandaban circulares a un grupo seleccionado de personas y les pedían que se subscribieran a sus temporadas. Y como los Provincetown Players también harían, casi todos trabajaban gratis para el teatro (Moderwell 1918: s. p.).

Poco a poco lo pequeños teatros fueron proliferando por todo el país. De hecho, en 1910 ya se había fundado la Drama League of America, una organización primordialmente de mujeres que se convirtió en unas de las organizaciones teatrales más importantes en las décadas de 1910 y 1920, una organización que actuó como catalizador para la explosión de entusiasmo por el teatro amateur. En el año 1910 agrupaba a sesenta y tres clubes, con diez mil miembros, que en 1915 se convirtieron en cien mil (Blair 1994: 143-77). Como Susan Harris Smith apunta, la Drama League intentó cambiar el curso del canon teatral norteamericano, por ejemplo, mediante el envío de boletines a sus miembros recomendando buenas obras (1997: 86). En 1915 había pequeños teatros extendidos por todo el país, con producciones de todo tipo, amateur y comerciales; centradas en los clásicos y en los maestros europeos, pero lo cierto es que eran muy pocos los que experimentaban con la forma y los que buscaban crear un teatro norteamericano de vanguardia en cuanto a temática, a estética y a desarrollo escénico. Aquí es donde los Provincetown Players emergen como un grupo totalmente innovador. Como se discutirá más adelante, no solo se propusieron poner en escena obras norteamericanas, como teóricamente ya se habían propuesto los Washington Square Players, sino que este fue su firme cometido, la razón de su nacimiento y, en cierta medida, la causa de su desaparición. Pero antes de ahondar en el surgimiento de este grupo, es necesario explorar el contexto que propició su aparición con más detenimiento.

Los bohemios de Greenwich Village: el A Club, el Liberal Club y el salón de Mabel Dodge

A principios de la década de 1910, Greenwich Village, esa área al sur de Manhattan que había sido relegada a acoger a inmigrantes mientras la gente bien se quedaba en el norte de la isla, entró en ebullición. Como Floyd Dell recordaba años más tarde, “En aquellos días, ya lejanos y olvidados, el Village era realmente un pueblecito. Artistas y escritores vivían ahí porque el alquiler era bajo,” porque por el diseño de sus calles, que apartaba el tráfico, “parecía una isla … donde el ritmo de la vida se hacía un poco más lento y te dejaba tiempo para soñar y para la amistad y para el arte y para el amor” (en Arens 1919: 15). John Reed también recoge con simpatía el sentimiento que compartían los que vivían en el Village en los siguientes versos:

Al final somos libres lo que vivimos en Washington Square, nos atrevemos a pensar como los del norte de la ciudad no se van a atrever. Hacemos que las noches ardan con discusiones divertidas sin mesura, ¿qué nos importa el aburrido viejo mundo que nos censura, cuando que pondremos de moda algo glorioso es cosa segura?

(en Arens 1919: 2)

Aquí todo aquel que se considerara liberal, reformista, radical o simplemente bohemio encontró un hogar. Una pequeña república en la que se podía vivir con poco dinero, convivir con anarquistas, socialistas, sufragistas, con aquellos que creían en el amor libre y con los que confiaban en el matrimonio, con los que aplicaban las últimas teorías sobre el psicoanálisis a sus vidas, con artistas que se mudaban al Village tras conocer de primera mano las revoluciones artísticas en Europa, con aquellos recién llegados del Medio Oeste americano y con los inmigrantes irlandeses, judíos e italianos que, simplemente, llevaban en el Village toda su vida.

Previo a su confluencia en los Provincetown Players, muchos de los miembros ya habían coincidido en algunos de los clubes del Village, clubes que a su vez son fundamentales para entender la diseminación de ideas y la aparición de la vanguardia teatral estadounidense. Uno de los más antiguos era el A Club, que además de club era una especie de cooperativa situada en una antigua mansión en el número 3 de la Quinta Avenida. Mary Heaton Vorse, co-fundadora de los Provincetown Players y periodista, solía pasar los inviernos con su marido, Joe O’Brien, en esta cooperativa, que contaba con dieciocho personas, todas radicales de algún tipo, desde comunistas que apoyaron la Revolución Rusa de 1905-1907 a reformistas liberales como los Vorse. Otros miembros conocidos eran Upton Sinclair, Mark Twain y Jack London. El nombre de A Club se debe a que el anarquista Maksim Gorki se alojó en él durante su viaje por los EE. UU., haciendo que el club se ganase el apelativo de Club A – Club Anarquista (Egan 1994: 97-98), y siempre fue un centro donde los habitantes del Village podían acercarse para discutir sus ideas políticas acerca de diferentes reformas sociales.

En su breve historia de Greenwich Village, Love in Greenwich Village, Floyd Dell señala que la aparición de un club en el número 137 de la calle MacDougal fue crucial para que la comunidad bohemia tomara forma en el Village (1926: 17). Este club no es otro que el nuevo y radicalizado Liberal Club. El Liberal Club original había sido fundado por el Reverendo Percy Stickney Grant, Lincoln Steffens y otros liberales que abogaban por la reforma de las leyes sobre el divorcio, entre otras. Pero Henrietta Rodman, profesora y defensora a ultranza de los derechos de la mujer, se enfrentó a las facciones más conservadoras de este club, escandalizadas por las relaciones extramatrimoniales de varios de sus miembros, y decidió llevarse el nuevo club de la calle Dieciocho a Washington Square (Humphrey 1978: 23).

El Liberal Club se convirtió en el punto de encuentro de los que buscaban diversión en el Village, no siempre haciendo justicia a su slogan: “Un punto de encuentro para aquellos interesados en ideas nuevas,” como recordaba Lawrence Langner (1952: 68). El Liberal Club contaba con dos salones grandes y una terraza interior en lo que era antes una residencia familiar. Aunque el mobiliario era espartano – unas pocas mesas y sillas – las paredes daban fe de que ahí se fomentaba la vanguardia: diversas pinturas cubistas y futuristas las adornaban. Debajo del club estaba el Greenwich Village Inn, un café regentado por Paula (Polly) Holladay, amante del anarquista Hippolyte Havel, que solía tildar a su clientela de “¡Cerdos burgueses!” (en Churchill 1959: 64). El Liberal Club y el café de Polly, donde se servían comidas sencillas y baratas, se convirtieron en las oficinas centrales de los escritores, artistas, periodistas y editores que vivían en el Village. Justo al lado, en el 137 de la calle MacDougal, estaba la librería de Washington Square, regentada por los hermanos Boni, quienes podría decirse que, a veces muy a su pesar, se convirtieron en los mayores prestamistas de libros de la zona. Más aún cuando los dos locales se comunicaron y los clientes podían coger los libros de la librería y leerlos, que no comprarlos, mientras tomaban algo (Langner 1952: 75-76). Los hermanos Boni también se convirtieron en motores tras la revolución artística del Village al publicar manuscritos rechazados por otras editoriales, como es el caso de la revista The Glebe, de Alfred Kreymborg, que los Boni sacaron adelante entre 1913 y 1914 (Homberger 2002: 118-19).

El Liberal Club era conocido por las fiestas que organizaba los viernes por la noche, en las que por 25 centavos los asistentes disfrutaban de vino, baile y buena charla. Porque a pesar del espíritu festivo del club, ahí también se discutían muchas de las ideas radicales que inundaban el Village. Son memorables las discusiones que Harry Kemp, Rachel Lindsay o Alfred Kreymborg mantenían sobre poesía. Entre los que frecuentaban el Liberal Club se encontraban poetas como los citados anteriormente, escritores como Theodore Dreiser y Upton Sinclair, la trabajadora social Grace Potter y su marido; Ernest Holcombe, Mary Heaton Vorse, Neith Boyce y Hutchins Hapgood, Lincoln Steffens, Inez Hayes Gillmore (después Irwin), Mary Carolyn Davies, Edna Kenton, Jack Reed, Max Eastman y Ida Rauh.

Además de la importancia que el Liberal Club tenía como centro diseminador de ideas en el Village y por ser otro punto de encuentro para muchos de los miembros de los Provincetown Players, este club también impulsó el nuevo teatro norteamericano al dedicar ciertas noches a este género. Al presentar obras de un acto, las cuales llevaban a escena los mismos miembros del club, el Liberal Club se convirtió en el germen del futuro Theatre Guild, pasando primero por llamarse los Washington Square Players, del cual se ha hablado anteriormente.

Otro punto de encuentro fundamental para los futuros miembros de los Provincetown Players era el salón de Mabel Dodge (después Dodge Luhan). Era finales de 1912 cuando Mabel Dodge, una mujer adinerada de treinta y tres años, volvía de Europa y se alquilaba un apartamento en la segunda planta del número 23 de la Quinta Avenida. Sin ser el prototipo de la Nueva Mujer (New Woman), pues no tenía estudios y se mantenía del dinero que la familia de banqueros de la que provenía le proporcionaba, Dodge hizo mucho por la cultura americana a principios del siglo XX. Puede ser debido a que ella misma no tenía ningún talento especial, pero sí dinero, que unos de los objetivos primordiales en su vida siempre había sido el de reunir a su alrededor a gente interesante. Ya en Italia Mabel Dodge había hecho algo parecido, convirtiendo su Villa Curonia en un punto de encuentro para artistas que pasaran o estuvieran en Florencia, como fue el caso de Gertrude Stein. Aunque a los ojos de muchos bohemios, Mabel Dodge era una excéntrica caprichosa, cuando conoció al entonces periodista y crítico musical Carl Van Vechten y al periodista Hutchins Hapgood y forjaron una larga amistad, varios empezaron a responder a sus invitaciones. Como ella confiesa en sus memorias, le parecía que en el Village había mucha gente interesante que tenía cosas en común, pero que ni siquiera se conocían entre ellos (1971: 23).

Por este motivo, se decidió a hacer de su casa ese punto de encuentro. Lo que en un principio eras simples fiestas evolucionó hasta convertirse en un salón donde una noche a la semana, conocidas como “Veladas” y que normalmente se celebraban los miércoles, se encontraban todo tipo de gentes: inconformistas adinerados, reformistas de clase media, periodistas, críticos, artistas, editores, feministas y sindicalistas, con el fin común de discutir temas poco convencionales. En el tercer volumen de sus memorias, Movers and Shakers, Dodge elabora un extenso listado en el que tipifica las diferentes clases de personas que se veían en sus “Veladas”:

Socialistas, Sindicalistas, Anarquistas, Sufragistas, Poetas, Conocidos, Abogados, Asesinos, “Viejos amigos”, Psicoanalistas, Miembros de los International Workers of the World, Defensores del impuesto único, Defensores del control de natalidad, Periodistas, Artistas, Artistas modernos, Mujeres de mundo, Mujeres de el-lugar-de-la-mujer-está-en-casa, Pastores protestantes y gente corriente se encontraban allí, tartamudeando en un tipo de expresión inusual llamada Libre, e intercambiaban unas variedades de vocabulario que se llaman, desde el optimismo más eufemístico, ¡Opiniones! (1971: 83)

Entre los invitados se encontraban personalidades como Hutchins Hapgood, Carl Van Vechten, Neith Boyce, Robert Edmond Jones, John Reed, Walter Lippmann, Margaret Sanger, Hippolyte Havel o Harry Kemp. Durante las “Veladas,” Mabel Dodge se limitaba a quedarse callada, vestida con su túnica blanca larga, y asumía el rol de anfitriona saludando y sonriendo a todos los invitados, pero lo cierto es que era ella la que elegía el tema que se iba a discutir durante esa velada y que era ella la que seleccionaba al orador de la noche (1971: 74-95). Los temas no seguían una lógica temática, sino que fuera lo que fuera que estaba de moda en ese momento, se convertía en el foco de discusión. De esta forma, los temas tratados iban desde la psiquiatría, como cuando invitó al Doctor Brill, hasta la lacra de la prostitución, una velada en la que la invitada, una jovencita conocida como Babs, después de su intervención, ofreció gratuitamente su cuerpo a quien lo quisiera para acabar con este mal social; pasando por el control de natalidad, a cargo de la activista Margaret Sanger; el anarquismo, el socialismo y el feminismo.

Tal variedad, por supuesto, llevaba a tremendos enfrentamientos. George Middleton habla de esto en su autobiografía, donde comenta que “Se peleaban entre ellos pero nunca con Mabel, aunque ella no se perdía nada y disfrutaba en silencio al ver a los animales actuar” (1947: 114). En una línea similar, Max Eastman incluso llegó a asegurar que esto era lo que le divertía a Mabel Dodge (1948: 523), y no el mero hecho de dar a la gente una oportunidad de intercambiar ideas y opiniones. Por ejemplo, una de las veladas que Mabel Dodge organizó bajo el tema de una “Velada radical” pretendía dar lugar a una acalorada discusión entre tres puntos de vista totalmente diferentes: por una lado Emma Goldman, el temido Alexander Berkman y Ben Reitman hablaron a favor del anarquismo, por otro, Bill Haywwod, Carlo Tresca y Elizabeth Gurley Flynn, representando a los International Workers of the World (un sindicato también conocido como I.W.W. o los Wobblies), defendieron el derecho a la huelga y la práctica del sabotaje, mientras que William English Walling, Walter Lippmann y Max Eastman intentaron convencer a sus contertulios de que la propaganda era suficiente para cambiar las cosas y hacer del mundo un lugar mejor. Aparentemente, nadie llego a convencer a nadie, ni siquiera al resto de los asistentes, sobre todo si se presta atención al detalle de que Hippolyte Havel dejó el salón tremendamente enfadado tras gritarles a todos “¡habláis como unos malditos burgueses!” (en Churchill 1959: 57).

Sin embargo, la influencia que el salón de Mabel Dodge tuvo en el desarrollo del Village y en juntar en este ambiente a varios de los futuros Provincetown Players no puede negarse. En su novela Peter Whiffle: His Life and Works, Carl Van Vechten describe a Mabel Dodge, la persona real tras el personaje de Edith Dale, como “una energía eléctrica. Era la amalgama que mantenía unido a este grupo incongruente; era el alambique que convertía la escoria en oro” (1922: 125). En sus memorias, Dodge se vanagloria del poder magnético que tenía sobre los hombres, cómo los fascinaba, convirtiéndose ella en una especie de Musa, no en el sentido tradicional de la palabra, sino en un sentido moderno de un motor que hacía que los hombres se sintieran desafiados (1971: 44-45). También es innegable que los periódicos se hacían eco de los invitados al salón y que, a pesar de fiascos como el de la “Velada radical,” los asistentes salían más que convencidos de que el mundo se podía cambiar aunque no supieran cómo. Como Lincoln Steffens apuntó, cuando Mabel Dodge se fue a finales de 1913, las “Veladas” se acabaron porque faltaba su labor organizativa (1958: 75).

La Revolución está aquí: El Armory Show

Mabel Dodge, como varias de las personalidades ligadas a los Provincetown Players, también jugó un papel importante en el mayor evento artístico de la época: el Armory Show. Dodge recuerda a los organizadores, James Gregg y Arthur B. Davies, como “unos caballeros … que querían dinamitar América” (1971: 26). Dodge ayudó a organizar la exposición y admite que se sintió “como si la Exposición fuera mía,” “mi pequeña Revolución. Iba a cambiar a América,” porque “las viejas formas deben extinguirse y con ellas sus sacerdotes” (1971: 36). El Armory Show fue organizado por la Asociación de Pintores y Escultores Americanos y se celebró en la armería del 69º regimiento de la Guardia Nacional en la ciudad de Nueva York del 15 de febrero al 15 de marzo de 1913, seguido de su traslado a Chicago y Boston. La Asociación de Pintores y Escultores Americanos seguía a la formación originaria del grupo de “Los Ocho,” capitaneado por Robert Henri, que en 1908 ya había montado una exposición de obras de arte modernista en la Galería Macbeth tras el rechazo de la Academia Nacional de Diseño a exponer sus obras.

Tras ver el catálogo de la Exposición Sonderbund en Colonia en 1912, Arthur B. Davies, el presidente de la Asociación, envió a su secretario, Walter Kuhn, a Colonia para organizar el envío a Nueva York de la mayoría de las obras de arte moderno allí expuestas. La publicidad en torno al evento fue tal que en una carta a Gertrude Stein, Mabel Dodge confiaba en que

Hay una exposición en camino … que es el evento público más importante que ha tenido lugar desde que se firmó la Declaración de Independencia, y es de una naturaleza similar. … Va a haber un alzamiento y una revolución y las cosas nunca serán lo mismo después de esto. (en Watson 1991: 172)

Al organizar el evento, Walter Kuhn se refería a la exposición como “una bomba” (en Aronson 2000: 15), términos parecidos a los empleados por Hutchins Hapgood, para quien el Armory Show era como “un gran incendio, un terremoto o una revolución política: una serie de eventos transgresores – que destruye en pos de la re-creación” (1939: 341). Como Steve Watson apunta en Strange Bedfellows:

El Armory Show no era simplemente otra ola en el ir y venir de la moda. Simbolizaba una dislocación sísmica de todo lo que había ordenado el mundo del siglo XIX, atacando las formas aceptadas de percepción, los paradigmas de la belleza y los estándares morales. Para el visitante no iniciado el Armory Show parecía el Apocalipsis. Para el vanguardista americano, el Armory Show era justo lo contrario, era el comienzo, no el final. (1991: 172)

Según Milton Brown, el Armory Show “fue, quizás, el primer gran evento artístico mediático. Pero más que eso – un hecho con frecuencia olvidado – es que fue una exposición coherente, bastante exhaustiva, e incluso ‘académica’ de lo que es el desarrollo del ‘arte moderno’” (1991: 167).

La exposición reunió unas 1.300 obras de arte, en su mayoría europeas, aunque también incluía obras norteamericanas. De entre estas últimas, el Armory Show dio a los miembros de la Escuela Ashcan, también conocidos como realistas neoyorquinos, la oportunidad de mostrar que los EE. UU. también estaban desarrollando su propio arte antiburgués. Los realistas de la Escuela Ashcan, que incluía a artistas como Robert Henri, John Sloane o Everett Shinn, “querían acabar con el encorsetamiento del gusto burgués sobre la concepción de la belleza y el arte … a través del tratamiento de temas considerados vulgares y con una fuerza nueva – mediante la presentación de nuevos conceptos que ofendían el decoro” (Green 1991: 159). Los realistas de la Escuela Aschcan, como harían los Provincetown Players, buscaban mostrar temas genuinamente norteamericanos. Y como apunta Brenda Murphy, “llamaron la atención sobre aspectos de la vida americana que la tradición gentil ignoraba a propósito al introducir una temática novedosa y desafiante y al pintarla con una honestidad molesta” (2005: 35). Como se verá más tarde, esto es exactamente lo que los Provincetown Players querían hacer con su teatro: desafiar al público mediante la sincera presentación de temas de su realidad nacional para remover sus conciencias.

Tal y como se señalaba anteriormente, el gran éxito del Armory Show se basó en la exposición de obras radicales de artistas europeos. La exposición recogía obras de “viejos maestros,” como Ingres y Delacroix, y de artistas modernos, como Jean-Baptiste-Camille-Carot y Edouard Monet. Una sala entera estaba dedicada a los Impresionistas, como Edgar Degas, Claude Monet, Pierre Auguste Renoir y Camille Pissarro. También había una generosa representación de obras post-impresionistas de la mano de Paul Gaugin, Vincent Van Gogh y Paul Cézanne. Una galería lateral recogía las obras simbolistas de Odilon Redon. Y, sin duda, la galería que obtuvo mayor notoriedad fue la sala cubista, que pasó a conocerse popularmente como la “Cámara de los horrores.” Obras de Pablo Picasso, Constantin Brancusi y Marcel Duchamp encontraron ahí su espacio. De hecho, la obra de Duchamp “Desnudo bajando una escalera” se convirtió en el emblema público del arte moderno.

El Armory Show fue un éxito rotundo. Christine Stansell señala que “Unos setenta mil visitantes vieron la exposición, incitados por miles de postales que se enviaron con antelación, por los pósteres pegados por toda la ciudad y, quizá de forma más importante, por el clamor de la prensa. El New York Times … declaró que la exposición ‘destruye, degrada, si no destroza, no solo el arte, sino también la literatura y la sociedad’” (2000: 102). El Armory Show marcó el fin de la elitista y conservadora Academia Nacional de Diseño de Estados Unidos y la explosión de arte modernista en el país y, tal y como temía el New York Times, la exposición no solo fue una amenaza para la forma tradicional de entender el arte, sino también para la sociedad burguesa:

Los artistas modernistas se liberaron mediante una insurrección dentro del ámbito artístico, un coup d’état que dio pie a un enemigo dentro de las bellas artes. … Esta era una guerra de guerrillas contra la clase burguesa y su dominación, sus representantes en los talleres, sus tradiciones renacentistas y su herencia griega y romana. Los grandes talentos, en cierto sentido, se negaron a ser adultos y ciudadanos, se aliaron con los niños, con los salvajes, con los locos, y en contra del género, raza y clase dominantes. Renegaron de la realidad a través del rechazo al realismo, este es el arte que llegó a los Estados Unidos con el Armory Show de 1913. (Green 1991: 158)

A pesar de que hay críticos que niegan ese efecto que el Armory Show tuvo de forma directa sobre el teatro norteamericano (Aronson 2000: 15), puede afirmarse que el Armory Show no solo tuvo un impacto al abrir de par en par las puertas del país al modernismo europeo, sino que sirvió de germen para futuras colaboraciones entre los artistas que visitaron la exposición, como es el caso de los Provincetown Players. De hecho, en una carta a Susan Glaspell, George Cram Cook confiesa haberse sentido “fascinado” por el Armory Show (en Ozieblo 2004: 6), lo que afianzó su fe en que era posible regenerar el alma a través del arte y lo que “desencadenó su deseo por un teatro autónomo y artístico … y por producir obras que rechazaran una puesta en escena realista y que buscaran una verdad interior que no se encontraba en Broadway” (Ozieblo 2004: 6)

La conciencia social: la escenificación de la huelga de Paterson y The Masses

Tres meses después de que el Armory Show sacudiera Nueva York y, por extensión, los Estados Unidos, tuvo lugar otro evento fundamental para entender la aparición de los Provincetown Players. En este caso, el salón de Mabel Dodge goza también de un papel clave por ser el lugar donde se gestó la puesta en escena de la huelga de Paterson, conocida como la Paterson Strike Pageant, que se estrenó el 7 de junio de 1913.

La huelga de los trabajadores de las fábricas de seda en Paterson, Nueva Jersey, comenzó el 1 de febrero de 1913 y no terminó hasta el 28 de julio. Los huelguistas protestaban por el cierre de varias fábricas y demandaban unos salarios más acordes al trabajo y la mejora de las condiciones laborales, al mismo tiempo que se ponían de manifiesto las desigualdades de clase, raza y género. Respaldados por los Industrial Workers of the World, la respuesta policial a la huelga fue brutal. Unas 3.000 personas fueron arrestadas, incluyendo a los líderes de los I.W.W., William Dudly Haywood y Elizabeth Gurley Flynn. Un vecino, Modestino, que ni siquiera era trabajador de la fábrica y mucho menos un piquete, recibió un disparo cuando miraba a los piquetes mientras sostenía a su bebé en brazos. Elizabeth Gurley Flynn le pidió a su viuda que dejara que los I.W.W. lo enterraran, convirtiéndolo así en una víctima simbólica de la tiranía del poder (Camp 1995: 53). En sus memorias Mabel Dodge recuerda una conversación en la que Haywood, después de pasar ocho horas con los piquetes en Paterson, se quejaba de que no conseguía que la prensa publicara nada sobre el tema. Dodge, en un tono casual, le propuso: ¿”Por qué no traes la huelga a Nueva York y se la enseñas a los trabajadores?” Y ante la mirada atónita de Haywood, sugirió: “¿Por qué no alquilas un espacio y reproduces la huelga aquí? Muéstralo todo: las fábricas cerradas, los pistoleros, el asesinato de [Modestino], el funeral. ¡Y que los líderes hablen delante de la tumba como hicisteis en Paterson – tú y Elizabeth Gurley Flynn y Tresca!” De entre aquellos que allí estaban, un joven de veinticinco años se ofreció voluntario para trabajar en este proyecto. Era John Reed. Dodge recuerda el brillo en sus ojos mientras las diferentes ideas que tenía sobre este evento se agolpaban en su mente, con apenas tiempo para poder articularlas (1971: 188-89).

El desfile de la huelga de Paterson tenía dos finalidades. Por un lado, recaudar fondos para aliviar la situación de los huelguistas. Y por otro lado, hacer que todo el mundo fuera consciente de lo que estaba ocurriendo en Paterson. Como Stansell lo define, este evento “fue una integración total de política laboral y teatralidad bohemia” (2000: 183). John Reed se fue a Paterson para hacer trabajo de campo y para reclutar a las 2.000 personas necesarias para representar la huelga, mientras, en Nueva York, todos se afanaban en conseguir dinero para el acto (Luhan 1971: 204). Reed les enseñó a cantar, a moverse. Contó con amigos como Hutchins Hapgood, Lincoln Steffens o Upton Sinclair para los papeles de policías (Tripp 1987: 142). Y también contó con antiguos compañeros de la universidad, como Robert Edmond Jones, que diseñó la escenografía, al estilo de Max Reinhardt, que iba a hacer que Madison Square Garden se convirtiera en Paterson gracias a una escenografía expresionista. John Sloan pintó unos enormes telones de fondo. Reed escribió el texto de la representación, acomodó a los huelguistas en el Madison Square Garden y no paró de dar instrucciones por un megáfono. Por su parte, Hutchins Hapgood dio publicidad al evento a través de sus artículos, como también hicieron campaña a favor de los huelguistas Mary Heaton Vorse y Joe O’Brien (Egan 1994: 106). Ochenta miembros de Heterodoxy, un club neoyorquino para mujeres autodenominadas “radicales,” entre las que se incluían Mabel Dodge, Susan Glaspell y Ida Rauh, también participaron (McLaughlin 2006). Y entre los espectadores no pudieron faltar futuros miembros de los Provincetown Players (Egan 1994: 106).

El programa del desfile se dividía en seis episodios, que en su totalidad pretendían mostrar la batalla entre la clase trabajadora y la clase capitalista, esta última claramente unida a la brutalidad policial y al cierre de las fábricas que, como reza el programa, permanecen “muertas” mientras el desfile se desarrolla. El primer episodio tiene lugar a las seis de la mañana un día de febrero de 1913 y muestra cómo “las fábricas están vivas y los trabajadores muertos” y cómo estos empiezan a organizarse. Los empleados trabajan sin cesar con el estridente ruido de un silbato y de los telares de fondo. De pronto una chispa hace que los trabajadores se planteen su situación e, invitando al público a unirse, entonan las Marsellesa. El segundo episodio se centra en que “las fábricas están muertas, los trabajadores vivos.” El desfile representa los piquetes, la brutalidad policial ante una masa que se manifiesta pacíficamente, las peleas entre policía y huelguistas y la muerte de Valentino Modestino. El funeral de Modestino es el tema principal del tercer episodio, en el que los huelguistas van en procesión llevando su ataúd, y le ofrecen claveles rojos que simbolizan “la sangre de los trabajadores.” En el cuarto episodio unos 20.000 huelguistas se reúnen con representantes de los I.W.W. Se entonan las canciones que los propios huelguistas habían ideado, además de la Internacional y la Marsellesa, invitando de nuevo al público a unirse. El quinto episodio se divide en dos. Primero, la celebración del Día del Trabajador, en la que, mientras la banda toca, los trabajadores desfilan portando banderas y sus esposas e hijos visten de rojo. Esposas e hijos protagonizan la segunda parte de este episodio cuando las huelguistas dan a sus hijos a “madres huelguistas” de otras ciudades, simbolizando la unión entre trabajadores. El episodio termina con los discursos de Elizabeth Gurley Flynn sobre la solidaridad, seguida de Bill Haywood. En el sexto episodio, los huelguistas se reúnen y deciden aprobar ellos mismos una ley que garantice la jornada laboral de ocho horas, a lo que le siguen nuevos discursos a cargo de Elizabeth Gurley Flynn, Carlo Tresca y Bill Haywood (Boyd 1964: 210-14).

La idea de utilizar a los propios trabajadores como actores, así como el fin último de recaudar fondos, levantó ampollas en la prensa. Como Rosemary McLaughlin recoge, el Paterson Guardian no tardó en alzar la voz:

Ahora van a usar a los trabajadores y trabajadoras como marionetas en un desfile. … Si los huelguistas solo pueden ser inducidos a explotar su propia miseria y a hacer un espectáculo público de ellos mismos para satisfacer la vana curiosidad del público neoyorquino, los agitadores de los I.W.W. tendrán éxito en su último esfuerzo para sacar dinero de los huelguistas de Paterson. Ese es el motivo por el que los agitadores están tan ocupados estos días en sus reuniones diarias para que el espectáculo de Nueva York sea un boom. (2006)

Pero las 15.000 personas que vieron esta puesta en escena no dudaron en calificarlo como un éxito rotundo. Periódicos como el New York Tribune resaltaron su “ultramodernidad,” aunque para otros, como el New York Times, fue una mera “sucesión de estampas en acción … diseñadas para estimular una loca pasión contra la ley y el orden y para promulgar el evangelio del descontento” (en McLaughlin 2006). El evento fue ampliamente cubierto por la prensa y especialmente por críticos teatrales que resaltaban ante todo la teatricidad vanguardista de la puesta en escena. De hecho, como Brenda Murphy apunta, “el objetivo era la autenticidad, la simplicidad y la unidad de efecto a las que Gordon Craig y los seguidores del New Stagecraft llamaban en Europa” (2005: 6). Más aún, tal y como señala Watson, el desfile de la huelga de Paterson inspiró a los habitantes del Village para perseguir sus propias vocaciones en el teatro. Por ejemplo, a Jig Cook y Susan Glaspell

El evento les conmocionó tanto que esa noche se quedaron hasta tarde imaginando en qué podría convertirse el nuevo teatro americano. Como si predijera su propio futuro con los Provincetown Players, Cook había escrito unos días antes, “Es posible que esta representación que tiene un propósito fracase de forma provocativa – que el impulso que genera pueda ser refinado por una destreza artística mayor más tarde.” (1991: 149)

Los Provincetown Players son el producto de las revoluciones que en diferentes ámbitos estaban teniendo lugar en los Estados Unidos, del mismo modo que el desfile de la huelga de Paterson “preparó el camino para los Provincetown Players. Fue una mezcla de arte, política, e intriga social, como las primeras obras [de los Players]” (Egan 1994: 106).

Una revista altamente ligada a los Provincetown Players que también se hizo eco de la puesta en escena de la huelga de Paterson fue The Masses, que también había cubierto la huelga. De hecho, en junio de 1913 John Reed publicó un artículo titulado “Guerra en Paterson” y, tras su visita de campo, tras ser arrestado allí y encerrado durante cuatro días, escribió otro artículo en el que hablaba de su relación con los trabajadores encarcelados y de la pasividad de los sindicatos y del partido socialista. Los artículos de Reed hicieron que el Village hiciera la causa suya incluso antes del desfile, y fueron muchos los que cada domingo se desplazaban a Paterson a manifestarse con los trabajadores y sus familias.

The Masses aunaba arte, política e intriga social y daba a muchos de los futuros y presentes miembros de los Provincetown Players un espacio desde el que proyectar sus revoluciones políticas, sociales y artísticas. The Masses fue ante todo una oportunidad para que escritores y artistas se expresaran con total libertad y para que su trabajo transcendiera las fronteras del Village. Los veinte editores eran los propietarios de la revista y publicaban una gran variedad de materiales, desde tiras cómicas, relatos breves, reseñas de libros y dibujos a poesía, obras de teatro, editoriales de índole política y noticias relacionadas con el mundo laboral. Su historia comenzó a escribirse en enero de 1911, cuando Piet Vlag, un socialista holandés, la fundó. Vlag confió en los pintores Art Young y John Sloan, en los escritores Inez Haynes Gillmore y Eugene Wood, en el poeta Louis Untermeyer y en el artista Maurice Becker para sacar adelante este proyecto. El primer número dejaba claro que pretendían ser una nueva fuerza de índole política y social. Se publicitó como una revista dedicada a los intereses de la clase trabajadora, “lo quieran o no” (en Parry 1960: 285). En un principio The Masses estaba dedicada a difundir el socialismo y, bajo la dirección de Vlag, sobrevivió hasta el verano de 1912, cuando Rufus Weeks retiró su financiación. Aunque Vlag quería llevarse la revista a Chicago, los editores decidieron que debía quedarse en Nueva York y eligieron a Max Eastman, un profesor de Filosofía en Columbia, como editor jefe. Eastman consiguió convencer a varios inversores y dirigió la revista desde diciembre de 1912 hasta diciembre de 1917, cuando el gobierno la clausuró por criticar la política de los EE. UU. en cuanto a la guerra. The Masses costaba diez centavos y era una publicación mensual de veinticinco páginas. Aunque se llegaron a vender hasta catorce mil copias, The Masses no era autosuficiente desde el punto de vista económico, por lo que debía financiarse a través de donaciones, de lo que Eastman cobraba por dar conferencias y de los beneficios que se sacaban de las fiestas de disfraces que se organizaban en el Webster Hall, en la calle Once.

John Reed se unió a la revista a principios de 1913 y fue él quién puso en palabras cuál sería la misión principal de The Masses:

El amplio propósito de The Masses es social: atacar eternamente los viejos sistemas, las viejas morales, los viejos prejuicios – todo el peso del pensamiento obsoleto que los muertos nos han encasquetado – y comenzar sistemas nuevos en su lugar. … Queremos ser arrogantes, impertinentes, de mal gusto, pero no vulgares. No vamos a encorsetarnos en el credo de nadie ni en una teoría de reforma social, sino que vamos a expresarlas todas, siempre y cuando sean radicales. (en Humphrey 1978: 41)

Al querer dar voz a todo tipo de revolución, la revista combinaba el feminismo y el socialismo con desnudos y psicología freudiana. The Masses se enorgullecía de la diversidad ideológica que tenía cabida entre sus páginas. En teoría, su público también era variado, de hecho debería ser “las masas,” socialistas y no socialistas, como Eastman escribió en su primer número como editor. Pero lo cierto es que The Masses no era en absoluto una revista para las masas, sino para los rebeldes que tenían una educación. Si se tiene en cuenta que The Masses abogaba por el amor libre, el nudismo y la danza moderna, no es difícil preguntarse cómo iban estos temas a llegar a las masas. De hecho el trovador Bobby Edwards, escribió unos versos más que satíricos al respecto:

Pintan mujeres desnudas para Las Masas muchachas gruesas, desgarbadas, feas.

¿Cómo ayuda esto a la clase que trabaja? (en Humphrey 1978: 43-44)

Pero también es cierto que otros temas que trataron a lo largo de su trayectoria fueron el control de la natalidad, la prostitución, la reforma de las prisiones, la educación, los males del capitalismo, de la iglesia y la entrada de EE. UU. en la Primera Guerra Mundial, tema que le costaría grandes problemas con la justicia y su clausura.

La mayoría de los que participaban en la revista era personalidades del Village, como Floyd Dell, que ejercía de ayudante del editor, Harry Kemp, Sherwood Anderson, Wilbur Daniel Steele, Mary Heaton Vorse, Susan Glaspell, Jig Cook o John Sloan. El contenido de la revista se decidía de forma democrática; se leían en alto los trabajos recibidos y se mostraban las diferentes ilustraciones que podrían publicarse. Esto, por supuesto, no estaba exento de crear disputas entre artistas y escritores. Dado que partían de la premisa de que la creatividad no estaba reñida con políticas de índole radical, nadie consideró que podría darse un conflicto entre el compromiso ideológico y el dar alas a la imaginación. Pero de hecho, este conflicto dio lugar a grandes peleas en el comité editorial. Por ejemplo, Mary Heaton Vorse recordaba que era horrible que lo que había escrito fuera destrozado por los artistas (1935: 42). Obviamente, al final Eastman y Dell decidieron poner fin a esta práctica. Los rifirrafes entre escritores y artistas cada vez eran más evidentes. A los artistas no les gustaba que Dell y Eastman pusieran pie a sus ilustraciones, convirtiéndolas en lo que ellos consideraban que era burda propaganda política, y los editores literarios, a su vez, se quejaban del revuelo que los artistas armaban con frecuencia. El conflicto se hizo más evidente en marzo de 1916 cuando John Sloan, que capitaneaba a los artistas descontentos, propuso que Eastman y Dell no pudieran decidir sobre la parte gráfica de la revista, dejando esto a elección de los artistas. Cuando Eastman consiguió suficiente apoyo para echar atrás esta propuesta, Sloan y el resto abandonaron la revista, y su lugar fue ocupado por artistas que estaban más que dispuestos a cumplir con el objetivo de crear propaganda política, como Boardman Robinson y Robert Minor (Humphrey 1978: 40-41).

The Masses no tardó en tener problemas con la justicia. Primero, en 1913 tuvieron que enfrentarse a la Associated Press, que había denunciado a Art Young y a Max Eastman después de que estos publicaran en la revista que la forma en que se estaba informando de las huelgas que estaban teniendo lugar en los campos de algodón de Virginia era totalmente tergiversada y que iba claramente en contra de los trabajadores. Tras dos años de juicios, el caso no llegó a más (Fishbein 1982: 20-21). El segundo problema fue más grave, pues tuvo que ver con la censura en los tiempos de la Primera Guerra Mundial (Parry 1960: 289-90). Como ya le había pasado a otras publicaciones, como Seven Arts o Pearson’s, cada vez era más difícil poder publicar opiniones contrarias a la guerra. De hecho, Eastman ya había tenido que lidiar con problemas de comercialización cuando las empresas de reparto en Boston y Filadelfia se negaron a distribuir la revista, que además fue retirada de bibliotecas universitarias y de librerías. En enero de 1916 se retiró de las distribuidoras del metro de Nueva York por considerarse antipatriótica y blasfema. La situación empeoró con la Ley de Espionaje de 1917, que explícitamente prohibía cualquier apoyo a los enemigos del gobierno de Estados Unidos, así como cualquier llamamiento a la insubordinación o entorpecimiento del proceso de reclutamiento. El número de noviembre-diciembre de 1917 de The Masses fue el último. Correos se negó a distribuir la revista y, en abril de 1918, Eastman, Dell, Reed, Young, Josephine Bell, H. J. Glintenkamp y Merrill Rogers fueron a juicio por “conspirar contra el gobierno” y por “interferir en el reclutamiento.” El jurado no llegó a un acuerdo y en noviembre de 1918 hubo un segundo juicio. John Reed, que acababa de volver de Rusia, pudo presentarse al juicio en esta ocasión. Esta vez tampoco se llegó a un veredicto (Parry 1960: 292-93). Eastman suavizó sus argumentos, mostrando abiertamente su apoyo al Presidente Wilson, lo que le ganó la enemistad de viejos amigos, y aún así no consiguió recuperar la licencia para sacar The Masses a la calle. En marzo de 1918, ya estaba coeditando junto a su hermana, Crystal Eastman, la revista sucesora a de The Masses bajo el nombre de The Liberator.

La relación entre The Masses y los Provincetown Players era más que estrecha. Como se ha señalado, muchos de los miembros de los Provincetown Players también utilizaban The Masses como plataforma para expresar sus ideas políticas, sociales y artísticas. De hecho, existen grandes paralelismos entre los temas que la revista trataba y las obras de teatro de los Provincetown Players. Por ejemplo, si The Masses se hizo eco del caso de Frank Tannenbaum, el joven radical judío que junto a un grupo de hombres desempleados ocuparon varias iglesias de Nueva York buscando refugio el 4 de marzo de 1914, los Provincetown Players pusieron en escena en el verano de 1915 Contemporaries, una versión dramatizada de este hecho de mano de Wilbur Daniel Steele. Si The Masses se enfrentó la Ley de Espionaje, Susan Glaspell escribió su obra Inheritors (Herederos), estrenada en 1921, abogando por la libertad de expresión. Y si, como se ha detallado, los problemas que había dentro del comité editorial de The Masses dio lugar a tremendas trifulcas entre editores, ilustradores, filósofos y reformistas, Susan Glaspell decidió retratarlos, renombrándolos como The People en la obra del mismo nombre, que se estrenó en la cuarta temporada de los Provincetown Players en 1917.

Tras este breve capítulo en el que se ha comenzado a delinear la aparición de los Provincetown Players, el resto de capítulos presta atención al desarrollo de la compañía, las corrientes estilísticas que fueron tomando, la amplia temática social y política que trataron y cómo, a pesar de dificultades económicas, problemas organizativos y luchas entre genios, lograron mantenerse como la fuerza más viva en el teatro norteamericano entre los años 1915 y 1922.

Capítulo 2

El sueño de una noche de verano: Provincetown, 1915

La leyenda de los Provincetown Players: el primer programa

La veracidad de la leyenda de los comienzos de los Provincetown Players, que reza que el grupo apareció de forma totalmente espontánea para aliviar el aburrimiento que padecían una noche de verano de 1915, ya se ha cuestionado en el capítulo anterior. Como se ha demostrado, muchos de los miembros ya trabajaban juntos, como en The Masses o preparando la escenificación de la huelga de Paterson, o se reunían en clubes de sobra conocidos, como Heterodoxy, el Liberal Club o el A Club; eran seguidores de las obras que los Washington Square Players o los Neighborhood Playhouse Players, entre otros, ponían en escena, y tras ver formas experimentales de teatro en Europa o en Estados Unidos y ver o escuchar a los Abbey Players, todos reconocían que el teatro norteamericano necesitaba dar un giro de 180 grados para mostrar su realidad social y política desde unas formas propias. Por lo tanto, ese mítico verano de 1915, los futuros Provincetown Players estaban más que concienciados de que quizá ellos podrían ser los que cambiasen el rumbo del teatro. Si, como se ha visto, Mabel Dodge cumplió un papel fundamental a la hora de hacer que futuros miembros de los Provincetown Players empezaran a trabajar juntos antes de comenzar su aventura teatral, hay otra mujer que jugó un papel parecido al reunir a estos futuros miembros en Provincetown. Y esta mujer es Mary Heaton Vorse.

Los encantos de Provincetown, un pequeño pueblo pesquero en la punta del cabo Cod, habían sido sobradamente publicitados por Mary Heaton Vorse, haciendo que este pueblecito se convirtiera en un pequeño y costero Greenwich Village. Mary Heaton Vorse había visitado Provincetown por primera vez en 1906 con su primer esposo, Albert Vorse, después de que Violet Roseboro, editora de la revista McClure’s para la que ambos trabajaban, les hablara de este lugar. Fue, en palabras de Mary Heaton Vorse, amor a primera vista (1991: 9). En 1909, Wilbur Daniel Steele, primo lejano de Albert Vorse, se convirtió en un habitual de Provincetown, quedándose a menudo en casa de Mary (Vorse 1991: 42), hasta que esta empezó una relación con su segundo marido, Joe O’Brien. En 1911 Hutchins Hapgood y su esposa, la también escritora Neith Boyce, comenzaron a veranear aquí, y dos años más tarde, lo harían los recién casados Susan Glaspell y Jig Cook.

En 1914, John Reed y Mabel Dodge, cuyo romance había comenzado entre los preparativos para la escenificación de la huelga de Paterson, alquilaron una casita, y con ellos vinieron amigos de Reed, como Robert Edmond Jones y Robert Emmons Rogers. Polly Holladay y Hippolyte Havel mudaron su restaurante de Washington Square a Provincetown, con la ayuda de Christine Ell y su esposo Louis. También se unieron entonces Max Eastman y Ida Rauh, Margaret Sanger, B. J. O. y Margaret Nordfeldt, Lee Simonson, Floyd Dell, que definió Provincetown como “la capital estival de Greenwich Village” (en Kemp 1924a: 3), y un largo número de artistas visuales.

En el verano de 1915, después de que varios de los futuros miembros hubieran ido a Europa para cubrir la guerra y mientras algunos, como Reed, seguían allí, varios regresaron al cabo Cod, como Glaspell y Cook, Rauh y Eastman, Hapgood y Boyce, los Steele y los Nordfeldt, entre otros. Polly Holladay y Hippolyte Havel volvieron a montar la versión veraniega de su restaurante neoyorquino, pero ahora con la competencia de Christine Ell. Glaspell recuerda con cierta nostalgia esos primeros veranos en Provincetown:

Se suponía que éramos un grupo “especial” – radical, salvaje. Bohemios, incluso eso se nos ha llamado. Pero a mí me parece que éramos personas particularmente simples, … que nos necesitábamos los unos a los otros como una forma de protección contra las adversidades, y que, sin embargo, vivíamos como lo hacíamos por un instinto hacia lo tradicional, tener un jardín, y vecinos, mantener el fuego y dejar entrar al gato por la noche. … Éramos como una nueva familia; nos prestábamos dinero los unos a los otros, nos preocupábamos cuando alguien estaba enfermo, comíamos juntos … y hablábamos de nuestro trabajo. Todos podíamos ser nosotros mismos, quizá eso fue lo mejor que hicimos los unos por los otros. (1926: 180-81)

Cómo surgieron exactamente como grupo teatral es aún motivo de debate, primordialmente animado por la tendencia a romantizar y a hacer mitos que generalmente se da en la literatura (Murphy 2005: 1; Sarlós 1982: 9, Sheaffer 1969: 342-43). Durante décadas parecía que Jig Cook había sido el único responsable de que este grupo comenzara, sobre todo si se presta atención a la idealización que Glaspell hace de su difunto esposo en The Road to the Temple o a la historia escrita por su fiel amiga Edna Kenton, también tras la muerte de Cook. Los historiadores nos han llevado imaginar esos primeros días de planificación como una escena en la que un grupo de amigos habla en la playa o una noche alrededor de un fuego acerca de cómo debería ser el teatro. Aunque es imposible saber a ciencia cierta cómo se desarrollaron los eventos, sí parece posible, como Bárbara Ozieblo apunta, que Glaspell y Cook hablasen con sus íntimos amigos, Hutch Hapgood y Neith Boyce, sobre el malestar que sentían porque la obra que habían escrito juntos, Suppressed Desires, hubiera sido rechazada por los Washington Square Players. También parece más que probable que, dado que Neith Boyce ya tenía experiencia escribiendo obras, tanto ella como su marido tuvieran un papel importante en los inicios del grupo, a pesar de haber sido eclipsados por la sombra de Cook (2000: 70).

Los historiadores marcan la noche del 15 de julio de 1915 como el momento preciso del estreno de los Provincetown Players. Su “teatro” fue la casa que los Hapgood habían alquilado en el 621 de la calle Commercial. Edna Kenton recoge cómo fue esa primera noche, en la que la casa de los Hapgood, “con un salón suficientemente grande como para dar cabida a unos pocos actores y a un público generoso” (1997: 19) – un salón repleto de gente, según Deutsch y Hanau (1972: 8) – se convirtió en su primer escenario. Edna Kenton también señala cómo fue gracias a la maestría de Robert Edmond Jones, sin contar con equipamiento de ningún tipo, que esta casa pudo acoger dos obras con ambientaciones diferentes:

Constancy requería un decorado marítimo, y cuando la primera noche el público se reunió a principios de julio, se encontraron con un escenario listo e iluminado – la veranda de los Hapgood que daba al mar. Las puertas anchas que la abrían se convirtieron en el proscenio, el mar con la marea alta en el telón de fondo y el sonido de las olas en la orquesta, mientras que el faro de Long Point en la punta del cabo Cod ampliaba la vista hasta más lejos. El utillaje lo componía un diván bajo repleto de cojines de colores brillantes. Dos lámparas, cada una a un lado de la puerta, eran las “luces.” Ni siquiera con más decorado se habría conseguido ni una pizca más de belleza en el escenario sencillo, precioso, sobre el que los dos Hapgood, Neith y Hutchins, escenificaron la obrita marital que uno de ellos había escrito.

Para Suppressed Desires se necesitaba un interior, y cuando Constancy llegó a su final triunfal, para el que no se necesitaba telón, se invitó al público a levantarse y a girar sus sillas para ver el segundo escenario – una estancia por la que Bobby Jones se había estado moviendo sin hacer ruido llevando velas y lámparas. Entonces, en 1915, en América, en el cabo Cod, la idea de una plataforma giratoria en el escenario estaba en el aire, incluso aunque en esta ocasión fue el público el que tuvo que girarse. (1997: 19-20)

Desde las primeras obras que llevaron a escena, se observa que los Provincetown Players se basarían en unos principios que iban a marcar su carácter: simplicidad, escenografías sugerentes y la máxima explotación de los recursos más básicos, como se verá más adelante.

Así pues, el primer programa de los Provincetown Players contó con dos obras, las dos de un acto, lo que también se convertiría en un rasgo identitario del grupo. Ha de tenerse en cuenta que las obras de un acto son mucho más económicas y que, por lo tanto, los Provincetown Players vieron en ellas una forma ideal de llevar a cabo multitud de experimentos temáticos y formales. Estas dos obras, además, también están marcadas por el que sería otro de los principios del grupo: el tratar temas de su propia realidad. Constancy, de Neith Boyce, cuestiona las dificultades de mantener los roles tradicionales de hombre y mujer para una pareja que ha llegado a la mediana edad y que es aparentemente moderna. Pero la obra no es del todo generalista, pues en realidad lo que Boyce retrata es la tormentosa relación entre su amiga Mabel Dodge y John Reed y el preciso momento cuando Reed, después de que Dodge, cansada de las infidelidades de Reed, lo hubiera dejado, volvió con un anillo para pedirle matrimonio. En la obra se ve que Moira, inmersa en una relación de aparente amor libre con Rex, madura en su relación. Mientras que Rex considera que la constancia del título, su fidelidad, se refleja en que él siempre vuelve a ella tras sus aventuras, Moira consigue liberarse de su dependencia de Rex, ante los reproches de su amante, que la considera “inconstante” por poner fin a su historia de amor libre.

Ciertamente, aunque todos los asistentes a la obra pudieron ver a Dodge y Reed reflejados en Moira y Rex, también subyace la realidad en la que vivían muchos de los Provincetown Players. En el bohemio Greenwich Village el amor libre se había convertido en una máxima, poniendo en peligro más de un matrimonio. Por ejemplo, Boyce y Hapgood tendrían frecuentes discusiones por este motivo. No parecía compatible ser madre de cuatro hijos y amante esposa a la vez que una mujer sexualmente activa con otros hombres; y por su parte, parece ser que Hapgood intentaba ser moderno, pero que amaba demasiado a su esposa como para serlo del todo (Luhan 1971: 45-46). De hecho, Ellen Kay Trimberger habla de la constante tensión en este matrimonio, marcado por la doble moralidad de Hapgood y los valores victorianos en los que Boyce se había educado. Trimberger llega a firmar que “Obviamente, Neith admiraba a Mabel por acabar con su relación” (1991: 110), lo que podría parecer cierto a la luz de Constancy. Más aún, el hecho de que en principio fueran los propios Boyce y Hapgood quienes dieran vida a Moira y Rex no deja de tener sus implicaciones personales y de autorreflexión. Sin embargo, como Ozieblo señala, y a pesar de la descripción que Edna Kenton hace, Hapgood se negó a actuar y fue sustituido por Joe O’Brien (2000: 74). La relación entre Glaspell y Cook también se ve reflejada en cierta medida en Constancy. Glaspell tuvo que soportar las infidelidades de su marido, como con Ida Rauh, mientras que ella se veía incapaz de sentir algo por otro hombre. De esta forma, Constancy no solo se refería a la relación puntual entre Dodge y Reed, sino que era un estudio y una representación directos del tema candente del amor libre y de la paradoja del matrimonio moderno, y no una mera “farsa” ni un “diálogo entretenido,” como algunos críticos la han definido (Sarlós 1982: 15; Egan 1994: 173). Desde el punto de vista formal, esta obra, merecidamente, no ha satisfecho a los críticos. Para Brenda Murphy el final no es resolutivo (2005: 66), lo que revela, según Ozieblo, que es imposible crear una pieza teatral de forma efectiva partiendo de dos bases tan opuestas como son Moira y Rex (2000: 73).

La segunda obra, Suppressed Desires, también retrata desde un punto de vista sobradamente satírico la realidad del Village, y más en concreto la incipiente obsesión que había con Freud y el psicoanálisis. Sigmund Freud había dado sus Cinco conferencias sobre el Psicoanálisis en la Clark University en 1909, despertando una enorme curiosidad en los que se consideraban a sí mismos modernos. Tener sesiones de psicoanálisis se había convertido en algo muy chic. Mabel Dodge, Floyd Dell y Max Eastman fueron de los primeros en ser psicoanalizados. Como Glaspell recuerda en The Road to the Temple: “Esos eran los primeros días del psicoanálisis en el Village. No podías ir a comprar el pan sin escuchar que alguien tenía un complejo” (1926: 192).

La primera escena sucede en el salón del estudio que Henrietta y Steve Brewster comparten en Washington Square, un hogar prototípico del Village. Henrietta es el arquetipo de mujer radical, miembro del Liberal Club e interesada en cualquier idea moderna. Cuando su hermana Mabel le habla de un sueño recurrente, Henrietta, que está escribiendo un artículo sobre psicoanálisis, lo tiene claro: Mabel ha de dejar a su marido. Steve también tiene un sueño recurrente y, forzado por su mujer, decide ir a ver al Dr. Russell. Cuando en la segunda escena Steve vuelve de su sesión de psicoanálisis y anuncia que, siguiendo las recomendaciones del médico, debe abandonar a Henrietta, y que a Mabel le ha recomendado no solo dejar a su marido, sino vivir con Steve, pues ese es su deseo reprimido del título, Henrietta decide olvidarse del psicoanálisis para poder vivir feliz con su esposo y recomienda a su hermana que siga reprimiendo su deseo por Steve.

Los paralelismos entre los personajes de la obra y miembros del Village son más que claros. El público podría reconocer sin dificultad a Henrietta Rodman en Henrietta y a Mabel Dodge en el papel de Mabel. El apellido Brewster hace referencia a Edwin Tenney Brewster, que había escrito sobre las teorías freudianas en McClure (Ozieblo 2000: 69), y el traductor de Freud, A. A. Brill, quien de hecho había sido invitado a hablar en unas de las “Veladas” de Dodge, aparece en el personaje ausente del Dr. A. E. Russell. Por lo tanto, como Sarlós ha recalcado, la obra no es solo una burla al psicoanálisis casero, sino también a “las flaquezas del ambiente intelectual y bohemio en el que vivían” (1991: 255). Como en el caso de Constancy, Suppressed Desires tiene de trasfondo el choque entre la mentalidad victoriana y la moderna (Gainor 2001: 35). Aunque Henrietta es una New Woman y una mujer supermoderna, que no tiene problema en recomendarle a su hermana que deje a su marido, su modernidad llega a un punto de retorno cuando es su propio matrimonio el que está en juego.

En el estreno, Glaspell hizo el papel de Henrietta y Cook el de Steve, de nuevo jugando con las parejas en la vida real, y Lucy Huffaker, amiga de Glaspell y miembro de los Washington Square Players, actuó en el papel de Mabel. La obra se incluyó en el segundo y en el noveno programa de la primera temporada en Nueva York. La obra también se montó en el Liberal Club con el mismo reparto y en el estudio de Ira Remsem en marzo de 1916. Los Washington Square Players produjeron la obra en el Comedy Theatre en 1917, y los Provincetown Players la llevaron a Broadway in 1921. Dirigida por Jig Cook, en esta ocasión Ida Rauh hizo de Henrietta, E. J. (Teddy) Ballantine de Steve y Florence Burnsmore de Mabel. Paradójicamente para una pieza que los Washington Square Players habían rechazado por ser demasiado “especial,” Glaspell se congratulaba en 1926 de la popularidad que había alcanzado. Según cuenta ella misma con sarcasmo, Suppressed Desires se había montado “en todos los teatros pequeños, en casi todas las iglesias metodistas, en los clubes de golf de Honolulu, en universidades en Constantinopla, en París, en China, y en todos las rutas rurales de América” (1926: 192-93). Aunque críticos como Ludwig Lewisohn encontraron la obra “bastante trivial” (1922: 104), casi todos estaban de acuerdo en que era “una pieza original muy divertida” (“Provincetown Players Offer Three More Plays” 1916: s. p.) y una muestra de cómo la inteligencia sutil se expresa en un sátira (Corbin 1917: 6).

Tras el estreno, todos se sentían eufóricos por lo acometido. Neith Boyce escribió una carta a su yerno en la que le contaba las maravillosas sensaciones que había tenido y cuánto la habían aplaudido (en Ben-Zvi 2005: 160). Glaspell recordaba con alivio el pánico escénico que Cook y ella habían sentido antes de salir a escena y admitía que, ahora que se había acabado, se sentían tristes. “A la gente le gustó, y a nosotros nos gustó hacerlo,” señalaba más tarde (1926: 193). Mary Heaton Vorse también recuerda que la acogida por parte del público y sus propias sensaciones les llevaron a concluir que debían seguir con la aventura (1991: 118). Pero la casa de los Hapgood se les había quedado pequeña para responder a las expectativas de los veraneantes que se habían quedado sin ver el estreno, y que se sentían, en palabras de Glaspell, “heridos” (1926: 193).

El teatro del embarcadero Lewis: el segundo programa

En el verano de 1915, Mary Heaton Vorse compró el embarcadero Lewis, situado en el número 571 de la calle Commercial, justo enfrente de la casa de Glaspell y Cook, y que incluía un cobertizo de pescadores y un poco de terreno además del embarcadero (Vorse 1991: 110). Ese verano, Margaret Steele estaba usando el viejo cobertizo como estudio, pero accedió a cederlo para que los Provincetown Players tuvieran un lugar donde curar las heridas de su público (Glaspell 1926: 193). Edna Kenton recuerda el cobertizo en términos románticos: “Los viejos cobertizos de pescadores deben de haber sido construidos originalmente con la idea de un teatro nativo en mente – son tan nativos en sí mismos como lo son la orilla y el mar” (1997: 20). Las medidas del cobertizo no son del todo exactas, aunque Sarlós ha estimado que debía ser de unos 8 metros de ancho por unos 10 metros de largo y unos 8 metros de alto (1982: 17). El escenario era aproximadamente de 3 metros por 3.5 metros. A pesar de este tamaño, las posibilidades de este espacio “nunca se agotaron; ofrecía una variedad de escenarios que era realmente extraordinaria para un escenario tan pequeño” (Kenton 1997: 21). Glaspell apunta que el escenario “se dividía en cuatro secciones, así que podíamos tener distintos niveles,” y que la puerta corredera del fondo multiplicaba las posibilidades (1926: 194). Si abrían las puertas que daban al mar, incluso podían tener un telón de fondo real. Como puede observarse, desde los comienzos las dificultades económicas no fueron un problema para ellos, pues todo lo que importaba era que tenían un escenario. Como la prensa diría de ellos: “El dinero no puede crear algo así – esto nace del alma” (en Glaspell 1926: 236).

La siguiente producción de los Provincetown Players en el verano de 1915 tuvo lugar el 28 de agosto. Todos aquellos involucrados participaron con cinco dólares para adecentar el cobertizo, que pasó a conocerse como el Wharf Theatre y, según algunas fuentes, le pidieron a su público que se trajera sus propias sillas. Volvieron a representar Constancy y Suppressed Desires, para lo que cuatro personas tuvieron que sostener lámparas de aceite en las esquinas del escenario y otros tantos se repartieron por la estancia portando linternas (Vorse 1991: 118). Mary Heaton Vorse rememora esa noche como algo mágico: “El teatro estaba lleno de entusiastas – un público creativo. … El interior oscuro, la gente que se reía, una actuación vivaz sobre el pequeño escenario … son parte de la memoria de la primera noche de los Provincetown Players” en el Wharf Theatre (1991: 119-20).

Tras otra buena acogida, los Provincetown Players sintieron aún más que ellos podrían renovar el teatro norteamericano, y por ello planearon un segundo programa para el verano, que tendría lugar el 9 de septiembre. Jig Cook quería intentar componer una obra él solo, y así escribió Change your Style (Cambia de estilo), una comedia sobre las diferentes escuelas de arte que había en Provincetown y que se encuentra introducida y traducida en la segunda parte de este volumen. La segunda obra del programa sería Contemporaries, de Wilbur Daniel Steele, una versión dramatizada del caso de Frank Tannenbaum que tanta expectación y revuelo había levantado en Greenwich Village. Frank Tannenbaum era un joven de los I.W.W. que lideró la ocupación de varias iglesias de Nueva York para cobijarse del frío del invierno de 1914. Él mismo, encabezando uno de los grupos de desempleados, ocupó la Iglesia de San Alfonso. Gracias a la colaboración del sacerdote, la policía lo arrestó, condenándolo a un año de cárcel. Este fue un caso ampliamente recogido en The Masses y en el que se involucraron personalmente Mabel Dodge y Mary Heaton Vorse, quien animó a Steele a escribir esta obra (Egan 1994: 136-37).

A diferencia del estilo puramente realista de Change your Style, con Contemporaries ya se atisba una cierta experimentación con el espacio escénico y un uso patente del simbolismo. La obra se desarrolla en una casi total oscuridad y en una planta baja para connotar el estado de los trabajadores en paro y para disolver la obra en el tiempo y en el espacio. La luz que alumbra el escenario al final de la obra, en vez de representar vida y salvación, desvela que la obra no se localiza en Nueva York en 1914, como parecía, sino en el Jerusalén del Nuevo Testamento. Como Brenda Murphy afirma “Para ser efectiva, la obra depende de mantener una semioscuridad hasta el final” (2005: 76). Y como parte de la sucesión de imágenes religiosas de la obra, el protagonista, del que solo se sabía que era carpintero, hace de Tannenbaum un nuevo Jesús, el salvador de la clase trabajadora que es sacrificado por las clases gobernantes, como de hecho Art Young lo había dibujado en The Masses. Claramente, esta es la primera obra de los Provincetown Players que se sumerge en temas políticos, pues además de presentar al anarquismo como un nuevo Mesías, también trata del abuso policial, de la pasividad que muchos de los afectados siguen soportando y del pacto entre iglesia y estado para mantener controlada a la población. Y claramente también, el hecho de que Steele, a diferencia de las obras previas, base toda su obra en el juego de luces, denota su técnica y formación artística, algo que muchos de los Provincetown Players aún debían aprender.

Planes de futuro

Al terminar el verano, muchos de los veraneantes volvieron a Nueva York, aunque otros, como los Nordfeldt y los Steele, decidieron hacer de Provincetown su hogar para el invierno. Cabe destacar que, como se ha visto, casi todos lo miembros de los Provincetown Players tenían otras ocupaciones; eran pintores, periodistas, novelistas o poetas, y el teatro no era su medio de vida. De esta manera, sí que es cierto que el motor que impulsó al grupo fue Jig Cook, un hombre de mediana edad que, después de haber tenido todo tipo de experiencias, veía un futuro en el teatro.

Cook nació en 1873 en Davenport, Iowa, hijo de una familia adinerada que prestó una atención especial a dotarle de formación. Cursó estudios universitarios en la Universidad de Iowa, en Harvard y en Heidelberg. Un hombre intelectualmente inquieto, se convirtió en profesor en las universidades de Iowa y Stanford, en periodista, novelista, poeta, granjero, jardinero e incluso inventor, campos en los que encontró cómo llevar a la práctica sus intereses políticos, sociales y filosóficos, que iban del socialismo al nihilismo de Nietzsche, pasando por el clasicismo y el transdendentalismo de Haeckel. En Davenport estrechó lazos con Floyd Dell, con quién formó el Monist Club, en el que conocería a Glaspell y por la que dejaría a su segunda esposa, Mollie Price. Con Dell se marchó a Chicago, donde, como Dell, escribiría para en el Friday Literary Review, el suplemente literario del Chicago Evening Post. Poco a poco, se fue especializando en las reseñas teatrales.

Podría decirse que Cook tenía dos grandes sueños. Por una parte, tal y como Glaspell recoge en The Road to the Temple, siempre había soñado con inspirar a otros, como se ve en su idea de convertirse en rector de una universidad por el simple hecho de tener la oportunidad de “cambiar las almas de los hombres” (en Glaspell 1926: 28). Es muy citada la anécdota en la que se recuerda que cuando el grupo se reunía para relajarse tras largas horas de trabajo y empezaba a ser evidente que se les iba a acabar el alcohol, Cook solía proponer: “Dádmelo todo a mí y os garantizo que os embriagaré a todos” (en Glaspell 1926: 204). Su segundo sueño tenía que ver con el teatro. En el verano de 1915, cuando casi todos se habían marchado de Provincetown, Cook y Glaspell se quedaron un tiempo. Jig estaba obsesionado con el teatro, visitando el teatro en el embarcadero una y otra vez, recalculando las medidas, abriendo las puertas y mirando al horizonte (Glaspell 1926: 193-94). Y entonces es cuando articuló su sueño de la “amada comunidad de los que dan vida,” un pseudónimo afectuoso para los que serían los Provincetown Players, y cuya esencia Cook y Neith Boyce definirían así: “Un hombre solo no puede hacer teatro. El teatro verdadero nace de un sentimiento que anima a todos los miembros del clan – un espíritu compartido por todos y que unos pocos expresan por todos” (en Glaspell 1926: 194).

Durante ese invierno en Greenwich Village, Cook y Glaspell vieron más obras en Broadway, aumentando su decepción, y también vieron más obras de los teatros pequeños, incluso Suppressed Desires en un par de locales (Glaspell 1926: 194). Pero el pequeño teatro que se había creado para dar esperanzas a un teatro de vanguardia norteamericano, los Washington Square Players, no estaba cumpliendo con su labor. Kenton los critica afirmando que, tras ver las pocas oportunidades que los americanos tenían de ver sus obras genuinamente americanas en escena, los Provincetown Players entendieron ese invierno que eran ellos los que tenían que llevar a cabo esa misión. Aunque los dos grupos tenían como objetivo rebelarse contra la comercialización del teatro, sus formas eran diferentes, y, como Kenton apunta, había sitio para los dos en el Village (1997: 21).

Capítulo 3

El sueño se consolida:

la segunda temporada en Provincetown, verano de 1916

Si en el verano de 1915 Provincetown había entrado en ebullición, en el de 1916 ya se consideraba una gran colonia de artistas dispuestos a revolucionar el teatro. Con mucha probabilidad, los miembros que habían estado en Nueva York ese invierno continuaron hablando de los planes para el próximo verano, y muchos de los que no habían estado en 1915, ahora respondieron a la llamada. John Reed, ya de vuelta de Europa, y su nueva pareja, la sensual Louise Bryant, fueron unos de los primeros a los que Cook convenció y a finales de mayo ya estaban en Provincetown (Gelb 1973: 65). Parece que a Cook le bastó un poco de vino y unas horas de charla para que el poeta errante Harry Kemp y su esposa, Mary Pyne, que actuaría en varias de las obras de los Players, se unieran también (Brevda 1986: 142-43). Como Kemp escribió tras la muerte de Cook, “Podías sentir cómo todas las estrellas salían en el cielo cuando hablabas con Cook” (1924b: 12). Los Zorach, que ya habían trabajado en la escuela de Arte Moderno de Myra Carr y Frederick L. Burt en Nueva York, llegaron a Provincetown para enseñar en la escuela que Carr había abierto allí para el verano. Al llegar, se encontraron con que Brör Nordfeldt ya ocupaba el puesto, pero aún así, sin este trabajo, se quedaron. Pronto se vieron fascinados por el cometido de los Provincetown Players, y cuando les invitaron a diseñar y ejecutar decorados para ellos, no dudaron en aceptar (Zorach 1967: 45).

Entre los miles de artistas que había en Provincetown ese verano, el teatro, como Hutchins Hapgood afirma en su autobiografía, se convirtió en lo más importante del pueblo (1939: 395). De hecho, con la crudeza de la Primera Guerra Mundial de fondo, “el movimiento Provincetown fue, en parte, un esfuerzo social para vivir otra vez – espiritualmente, para recuperarnos del desaliento y de la decepción, para liberarnos del veneno de la existencia y del veneno del mundo” (1939: 392). Cook jugó un papel fundamental a la hora de que lo que se había iniciado el verano anterior no cayera en el olvido. Glaspell recuerda cómo “los que volvieron el verano siguiente tenían pocas oportunidades de escaparse … [Cook] iba a coger a los que se le antojara para crear su Amada Comunidad” (1926: 194).

Kenton afirma que a los veintidós miembros originales, se unieron otros ocho, aunque solo da los nombres de los ocho miembros nuevos: John Reed, Louise Bryant, el periodista y editor Lucian Cary y su esposa; Augusta, Harry Kemp, la trabajadora social y psicoanalista Grace Potter, Eugene O’Neill y ella misma, que había venido a Provincetown invitada por Cook (1997: 22). Sin ni siquiera tener borradores de obras nuevas, anunciaron cuatro programas de tres obras de un acto cada una. Publicitaron su apertura por todo el pueblo, buscando subscriptores que, por 2.5$ por dos entradas para cada programa, apoyaran su proyecto. Alcanzaron ochenta y siete subscripciones, consiguiendo un total de 217.5$, con los que pudieron instalar luz eléctrica y asientos (Kenton 1997: 22). Además, establecieron una cuota para miembros activos de 5$ y de 2$ para miembros asociados.

El primer programa

El primer programa comenzó con la reposición de uno de los éxitos de la temporada pasada, Suppressed Desires, además de dos obras nuevas: Winter’s Night, de Neith Boyce, y Freedom, de John Reed, aunque no puede asegurarse que siguieran exactamente este orden. La reapertura del Wharf Theatre estaba prevista para el 13 de julio. Vorse recuerda con horror que apenas unos días antes un cigarro mal apagado lo hizo arder en llamas (“Playhouse History II”: 2), lo que parecía imposibilitar que llegaran a esta fecha. Dos de las paredes quedaron calcinadas, por lo que tuvieron que pintar las otras dos de negro para que no se notara y comprar un telón nuevo, pues el que tenían se había chamuscado (Sarlós 1982: 20). Contra todo pronóstico, el día 13 de julio todo estaba preparado para el comienzo de la temporada, aunque público y actores tuvieran que soportar el olor de la chamusquina durante la función.

Winter’s Night añadió el tono trágico a este primer programa y es una obra que guarda muchos paralelismos con la conocida Trifles, de Susan Glaspell. Como Trifles, Winter’s Night sucede en una granja durante un invierno gélido. La obra comienza cuando Rachel y su cuñado Jacob regresan del funeral del esposo de Rachel, Daniel. Desde el primer momento se observa que Rachel ha intentado convertir este lugar oscuro, simbólico de su matrimonio, en algo diferente. Por aquí y por allá hay alfombras rojas y azules, un mantel rojo escarlata y otros adornos que Rachel ha ido tejiendo para dar color a su vida, y en las que, como Brenda Murphy sugiere, podría verse la sensibilidad de una artista post-impresionista (2005: 83-84). Como una proto-New Woman, Rachel sueña con dejar la granja y establecerse en la ciudad, comenzando su propio negocio como modista. La muerte de su esposo, tras veintiocho años de matrimonio, no es sino una liberación del encorsetamiento sufrido por muchas mujeres en el rol del ángel del hogar. Como ella dice: “Ahora soy libre” (2009: 40) y “¡Claro que me voy a marchar! ¡Aquí estoy en una cárcel, he estado en ella durante años!” (2009: 43). Sin embargo, Rachel tendrá que vencer al poder de la tradición cuando su cuñado insiste en casarse con ella, siguiéndola a la gran ciudad si es necesario. Pero Rachel no solo quiere escapar de la granja, un lugar en el que no se siente viva, sino de la institución del matrimonio. Ante el rechazo de Rachel, Jacob llega a ponerse violento, y solo es interrumpido por la visita de Sarah, una amiga que ha venido a consolar a Rachel. Cuando Jacob deja el escenario airado, los temores de Rachel, y los del público, se confirman. Desde el inicio de la obra, una escopeta que se ha mantenido en escena ha simbolizado la sombra de la muerte. Cerca de la resolución de la obra, se oye un disparo, y la obra termina con la confirmación de que Jacob se ha suicidado en el granero.

Winter’s Night, como Trifles, es una “obra naturalista con tintes simbólicos” (Barlow 2009h: 30). Los colores y la escenografía, como se ha visto, no solo tratan de representar de forma realista la realidad, sino que hablan del hogar como una prisión oscura y del ansia de una mujer por ser ella misma y por sentirse viva. Como Barlow señala, los nombres son claramente simbólicos: en el Antiguo Testamento, Jacob es el marido de Rachel, por lo que en la obra Jacob se siente con el derecho de que Rachel se convierta en su esposa (2009h: 30). La obra está claramente inspirada en Hedda Gabler, de Ibsen, pero a pesar de que Brenda Murphy insista en que Winter’s Night gira hacia el melodrama al final de la obra (2005: 84), el hecho de que Rachel, mientras Sarah se desmaya, se tape los oídos es un acto simbólico que denota que esta mujer tiene claro cómo quiere que sea su vida y que no va a dejar que el suicidio de Jacob le trastoque los planes, aunque tenga que cargar con un sentimiento victoriano de culpa. Como en obras anteriores, se observa que los Players tomaban el material de sus propias vidas. Winter’s Night se basa en la situación roambolesca vivida por Mollie Price, la segunda esposa de Jig, cuando, durante un velatorio, su cuñado intentó seducirla. Esta anécdota que Cook compartió con sus amigos no solo inspiró esta obra, sino relatos breves salidos de la pluma de Floyd Dell y de Sherwood Anderson (Sarlós 1982: 21).

Para el estreno Nancy Schoonmaker hizo el papel de Rachel, Jig Cook el de Jacob y Mary Heaton Vorse el de Sarah. Es probable que Boyce dirigiera ella misma la obra y la escenografía estuvo a cargo de Edith Haynes Thompson (Barlow 2009h: 29). La obra se repitió como parte del sexto programa de los Provincetown Players en su primera temporada en Nueva York en enero de 1917. En esta ocasión Ida Rauh tuvo el papel de Rachel, Hutchinson Collins el de Jacob y Mary Pyne el de Sarah. Nina Moise, de quién se hablará más tarde, la dirigió a petición de Boyce. Los Washington Square Players también llevaron Winter’s Night a su escenario (Barlow 2009h: 29-30).

A pesar de que Deutsch y Hanau definen Freedom como una “obra amarga sobre la cárcel” (1972: 11), lo cierto es que es más cómica que trágica, o incluso una “farsa hilarante,” según Sarlós (1982: 21). Los personajes de la obra son arquetipos: el Romancero, el Poeta, el Preso de confianza (aquel que, estando en la cárcel, recibe un trato especial por buen comportamiento y colabora con los guardias) y Smith, un apellido tan común en Estados Unidos que representa a cualquier hombre. Al comenzar la obra, el Preso de confianza está leyendo su Biblia cuando los otros tres hombres, abriendo un butrón, irrumpen en su celda. Cuando el Preso de confianza rechaza la invitación para huir de la cárcel con ellos, el Poeta empieza a reconsiderar sus motivos para ser libre. Teme que, al no estar preso, no pueda escribir sus poemas sobre la libertad de forma sincera. El Romancero, muy al uso de Tom Sawyer (Murphy 2005: 90), se queja de que “no hay guardias a los que disparar – y ni siquiera un barrotito que limar” (Reed 1916: 87) y, viendo que la huida va a ser muy fácil, decide que no merece la pena escapar. Habiendo decidido que no van a huir, el Poeta y el Romancero ven en Smith a un traidor por querer escapar y evitan su huida llamando la atención de los guardias.

Como Brenda Murphy sugiere, la obra amplía su dimensión si se considera como “una metáfora cultural de la modernidad” (2005: 91). De esta forma, Reed estaba mandando un mensaje a sus colegas del Village: a no ser que realmente quisieran ser radicales, sin importar lo que el resto pensase sobre ellos, si estaban locos o no, como en el caso de el Poeta y el Romancero, siempre serían prisioneros de la mentalidad del siglo XIX. Más aún, Murphy también invita a ver la obra como una metáfora sobre las personalidades de Reed (2005: 91). Reed era un joven que había estudiado en Harvard, viajado a Europa para cubrir la guerra, a Méjico para cubrir la Revolución, que fue encarcelado en Paterson y que en el Village se juntaba con radicales y literatos. De esta forma, se entienden las referencias literarias y políticas que abundan en la obra, como a la sufragista británica Pankhurst, al filósofo transcendentalista Henry David Thoreau o al poeta romántico Lord Byron, pues todas forman parte de la miríada de personalidades diferentes que Reed veía en sí mismo.

No está claro cual fue el reparto para el estreno, aunque bien podría incluir a O’Neill y a Wilbur Daniel Steele (Kennedy 2007d), pero sí el de la reposición en noviembre de 1916 en Nueva York. En esa ocasión Brör Nordfeldt hizo de Preso de confianza, O’Neill de Poeta y Harry Kemp de Romancero (Kenton 1997: 44).

El segundo programa: Eugene O’Neill entra en escena

Eugene O’Neill ya estaba en Provincetown en el verano de 1916 y, antes del estreno de su primera obra con el grupo, ya había trabajado con ellos. De hecho, la lista de miembros, aún no completa, sí incluye a O’Neill como miembro honorario, esto es, que no aportaba cuota alguna. De la misma manera en que el surgir de los Provincetown Players ha tendido a romantizarse, la aparición de Eugene O’Neill tampoco ha estado exenta de misterio. Solía decirse que Eugene O’Neill estaba en Provincetown por casualidad, que no sabía nada de los Provincetown Players, y que si se unió al grupo fue gracias a que Glaspell, que andaba buscando obras para el segundo programa del verano de 1916, se tropezó con Terry Carlin, un conocido anarquista del Village. La leyenda que rodea el hallazgo de O’Neill cuenta que Carlin le comentó a Glaspell que había venido a Provincetown con un amigo que tenía un baúl lleno de obras. Ese amigo era, naturalmente, O’Neill (Glaspell 1926: 195). Inmediatamente después, Glaspell invitó al joven O’Neill a traer una de sus obras para leerla en grupo. O’Neill trajo Bound East for Cardiff, que sería su primera obra con los Provincetown Players.

Aunque la leyenda es sin duda más romántica, lo cierto es que O’Neill llevaba dos años en el Village, frecuentando los mismos clubes, cafés y teatros que muchos de los Provincetown Players, por lo que debían de tener nexos antes de su llegada a Provincetown. Más aún, Barbara Gelb, biógrafa de Reed y Bryant, y su marido, Arthur Gelb, detallan que ese invierno O’Neill había pasado a ser de su círculo de amigos y que incluso Bryant, que tendría una relación con O’Neill ese mismo verano, ya habría flirteado con él mientras Reed estaba fuera de Nueva York (Gelb y Gelb 2000: 546). De hecho, los Gelb citan al dramaturgo diciendo que ese verano fue Reed quien lo trajo a Provincetown (2000: 547). Según la autobiografía de Hutchins Hapgood, tampoco parece cierto que fuera Glaspell quien invitara a O’Neill a traer una de sus obras a una de las reuniones del grupo. De forma mucho menos romántica, parece ser que Carlin y O’Neill habían ido a casa de los Hapgood para ver si les podían prestar dinero. Coincidió con que el grupo estaba allí reunido y O’Neill se quedó absorto escuchándolos hablar. Después de la reunión, O’Neill, según Hapgood, les dio el manuscrito a su esposa y a él, y fue Boyce la que, viendo la maravilla de obra que era, se la pasó a Cook con la firme indicación de que, fuera como fuera, debían montar esa obra (1939: 396). Existe una tercera versión a cargo de Harry Kemp en la que los hechos se describen de manera aún más simple: Eugene O’Neill conocía de sobra a los Provincetown Players y, tras intentar fallidamente que otras compañías montaran sus obras, les envió una copia de la colección de obras que se había autoeditado. Según Kemp, a nadie le convencía lo que escribía. Así que el mismo O’Neill tuvo que coger su manuscrito de Bound East for Cardiff, presentarse en una reunión y leerla en alto para que al final le dieran una oportunidad (1930: 22). Como puede observarse, las versiones son bien diferentes, y aunque no se puede asegurar cuál de ellas es la más cierta, lo importante es que, a partir de la lectura de Bound East for Cardiff, todos estaban de acuerdo en que esta obra era el producto de un dramaturgo genuino. Y no les faltaba razón.

El segundo programa de la temporada, en cartel dos días como en el caso del primero, se estrenó alrededor del 28 de julio con Bound East for Cardiff, The Game, de Louise Bryant, y Not Smart, de Wilbur Daniel Steele. Bound East for Cardiff refleja sin duda la maestría del gran dramaturgo que O’Neill llegaría a ser. Usando sus propias experiencias en el mar, O’Neill retrata de forma realista la muerte de Yank y las últimas horas que pasa con su viejo amigo Driscoll. El hecho de que la obra se desarrolle al mismo tiempo que estalla la Primera Guerra Mundial dota a la obra de un simbolismo explícito acerca del nihilismo de la vida y de la imposibilidad de escapar de la muerte. La obra es a la vez un interesante estudio de dialectos y acentos, pues, como si de un melting pot se tratara, el barco, como un microcosmos de los Estados Unidos, resuena con acentos que van desde el noruego hasta el irlandés, pasando por el escocés, el sueco, el ruso y el inglés cockney.

Esta obra de un acto se asemeja a la crónica de una muerte anunciada. Desde el principio se sabe que Yank va a morir, como se refleja en que el resto de personajes se refieran a él en pasado, por lo que los espectadores han de enfrentarse a la agonía final de Yank. Como si de un himno a la vida perdida se tratase, se le oye arrepentirse de la vida que ha llevado en el mar, cuando hubiera preferido asentarse en Argentina o Canadá, tener una esposa e hijos y ser enterrado en tierra. Con la muerte frente a frente, Yank empieza a cuestionar la existencia de Dios y si, si existe, tendrá en cuenta todo lo que ha luchado en el mar. Presentando la amistad como ese atisbo de esperanza que la vida da, su amigo Driscoll le sirve de consuelo, justo antes de ver a una bella dama vestida de negro que simboliza la muerte y de exhalar su último aliento.

La escenografía, aunque ambiciosa para un grupo amateur como los Provincetown Players con su pequeño teatro en el embarcadero, cumplió a la perfección su cometido. Como Brenda Murphy señala, aunque simple, la representación del camarote en el que los cinco personajes pasan juntos las últimas horas de Yank aportó un significado visual a la obra, a la vez que sirvió de metáfora para representar lo constreñida que es la vida de un marinero (2005: 80), y por extensión, la vida en general. El propio O’Neill codirigió la obra con Teddy Ballantine, un actor profesional que además hizo el papel de Cocky. Cook hizo el papel de Yank, Frederick L. Burt el de Driscoll, y John Reed, Wilbur Daniel Steele, Harry Kemp, Brör Nordfeldt y David Carb completaron la tripulación (Ben-Zvi 2005: 172, Gelb y Gelb 2000: 569). Todo el grupo se congratuló del trabajo realizado en esta obra, señalando de forma significativa la puesta en escena con el mar real de fondo, invitando al público a sentirse parte de esa comunidad de marineros que esperan juntos la llegada de la muerte (Vorse 1991: 123).

El segundo programa también incluía The Game (La partida), una obra simbolista en la que la Vida y la Muerte se juegan a los dados el futuro de los seres humanos y que también tiene la Primera Guerra Mundial como trasfondo. Esta obra se trata con más detenimiento en la segunda parte de este volumen, donde se encuentra traducida. La última obra de este programa fue Not Smart, de Wilbur Daniel Steele, que si bien en la primera temporada había contribuido con una crítica social y política, en esta ocasión probó con el género de la farsa. El tema principal de Not Smart es a la vez un acto de autorreflexión sobre las actitudes teóricamente modernas de los artistas de Provincetown y, por extensión, del Village, y su conflicto con esa mentalidad aún victoriana que pesaba sobre ellos. El título se debe a una expresión coloquial portuguesa que se empleaba en Provincetown, que es el lugar en que se desarrolla la acción, para referirse a una mujer que va a tener un hijo fuera del matrimonio. La persona que no es demasiado lista es Mattie, la criada de Milo y Fannie Tate, dos artistas. Mientras Mattie, que es una inmigrante portuguesa que no habla muy bien inglés, no acaba de entender la discusión entre Milo y Fannie, estos dos se sumergen en una pelea sobre el estado de Mattie y qué hacer con ella. Es más, Fannie sospecha que ha sido su marido el que ha dejado embarazada a la criada y piensa que deben acogerla y mantener su embarazo en secreto, mientras que Milo ya planea enviarla a la ciudad para que aborte. Tras una conversación en la que se manifiestan los problemas de comunicación entre los que hablan inglés y la pobre criada, queda patente que la pareja de artistas ha estado magnificando un hecho bien sencillo y que ni siquiera se han preocupado de conocer a su criada: Mattie está casada y espera un hijo de su marido.

Parece ser que, para la puesta en escena original, Teddy Ballantine hizo el papel de Milo, Margaret Steele el de Fannie, y aparentemente la prima de Margaret, Nani Bailey, y Mary Heaton Vorse tenían los otros dos papeles femeninos, Mattie y la Sra. Painter (Kennedy 2007g). La obra tendría su estreno en Nueva York en febrero de 1919, como parte del cuarto programa de la tercera temporada de los Provincetown Players en la gran ciudad.

El tercer programa

El tercer programa, estrenado el 8 de agosto, anunciaba tres obras: la reposición de Constancy, una nueva obra de Reed titulada The Eternal Quandrangle, y la obra que se convertiría en una de las joyas del grupo, Trifles, de Susan Glaspell. The Eternal Quadrangle puede definirse como una obra shaviana sobre el amor libre y la institución del matrimonio. Como Bárbara Ozieblo apunta, Reed se inspiró en Anatol, de Arthur Schnitzler, que había sido traducida al inglés en 1911, para así parodiar “tanto las obras sobre triángulos amorosos que tanto éxito tenían en Broadway como las obras ‘sociosexuales’ de Ibsen y Shaw” (1994: 105). Yendo más lejos, la obra bien podría considerarse otra delirante muestra de autorreflexión sobre las relaciones personales entre los miembros de los Provincetown Players.

Como el mismo título presagia, un “típico” triángulo amoroso se convierte en un cuadrado. Desde el comienzo de la obra se observa cómo el adinerado hombre de negocios que es el Sr. Fortescue pone mucho empeño en que su esposa, Margot, tenga amantes, para así poder dedicarse a sus asuntos. De hecho, está muy disgustado porque el amante de su mujer, Temple, le informa de que han roto. En un puro estilo absurdista, Fortescue le recuerda a su mujer que él no es su amante, sino su esposo (1994: 110), y aunque no quiere cumplir con sus obligaciones emocionales como cónyuge, sí quiere controlar las infidelidades de Margot. Parece ser que Margot no ha sabido seleccionar bien a sus amantes; últimamente solo ha elegido a artistas malos, como el poeta que siempre llegaba tarde a comer y que no se limpiaba jamás las uñas o el pintor que les pintó todas las paredes y que encima les robó un reloj (1994: 110). Fortescue encuentra en el mayordomo, Archibald, que resulta ser un campeón de patinaje, un perfecto candidato. Y lo que es más, Estelle, la criada, que resulta ser la mujer de Archibald, está completamente de acuerdo, pues está cansada de intentar educarlo. Como ella dice, todas las mujeres son “supermujeres,” pues ellas hacen de los hombres lo que quieren, y los hombres, por su parte, están deseando que una mujer los moldee. Temple entonces le propone a Estelle que lo eduque a él, y de esta forma hay un intercambio de parejas un tanto rocambolesco que parece contentar a todos los involucrados.

La comicidad de The Eternal Quadrangle se basa ante todo en el veloz desencadenamiento de la trama, en las frases inteligentes y en darle la vuelta a tópicos: el marido que, en vez de enrabietarse por las infidelidades de su mujer, se enfada cuando se acaban, y esposos que se congratulan de que sus cónyuges les sean infieles e incluso les buscan pareja. Como Reed anunció, después de su obra vendría una obra “respetable,” Constancy; así pues, la suya no era moral para nada (en Sarlós 1982: 26). Cabe preguntarse si Reed, que escribió la obra ese mismo verano, no estaba escribiendo en realidad sobre los problemas que atravesaba su relación con Bryant, sugiriendo que él sabía de sobra que le estaba engañando con Eugene O’Neill (Murphy 2005: 61; Black y Sarlós 2002: 136). O quizá, como Brenda Murphy defiende, Reed estaba representando a Mabel Dodge, que, como Margot, tenía un amante tras otro, como Reed lo fue, mientras estaba casada con el millonario Ewin Dodge, y en este caso Temple representaría al también amante de Dodge, Maurice Sterne, con quien estaba ese mismo verano (2005: 61-64). De esta manera, también es fácil imaginarse cómo de herida Mabel Dodge se sentiría con este grupo, que había montado dos obras sobre sus relaciones en el mismo programa. Sea como fuere, tampoco deja de ser irónico que Louise Bryant hiciera el papel de la siempre infiel Margot, acompañada del propio Reed como Archibald, el mayordomo, de Cook como Fortescue, de Ida Rauh como Estelle y de un tal Sr. Brown en el papel de Temple (Kennedy 2007i). Esta fue la única producción de la obra, que de hecho fue publicada por primera vez en 1994 en la colección The Provincetown Players, editada por Bárbara Ozieblo.

El tercer programa del verano de 1916 se cerró con Trifles, la segunda obra de Susan Glaspell, hasta entonces principalmente periodista, novelista y escritora de relatos breves, y la primera que escribía en solitario. En The Road to the Temple Glaspell admite que fue el propio espacio escénico del embarcadero el que hizo que la obra tomara forma en su cabeza. Protestando ante el anuncio que Jig había hecho de que Glaspell tenía una nueva obra para el programa, cuando no era cierto, Jig le dijo: “Tienes un escenario, ¿no?” (1926: 196). La historia de cómo Trifles apareció en la mente de Glaspell es así:

Así que me fui al embarcadero, me senté sola en uno de nuestros bancos de madera sin respaldo, y miré durante un rato largo nuestro pequeño escenario vacío. Al poco tiempo el escenario se convirtió en una cocina – una cocina entera. Vi donde estaba la estufa, la mesa, los peldaños que llevaban al piso de arriba. Entonces se abrió la puerta del fondo, y la gente entró – dos o tres hombres, no estaba segura, pero sí estaba segura de las dos mujeres, que se resisten a entrar en la cocina. Cuando trabajé de reportera en Iowa, fui al sur del estado a cubrir un caso de asesinato, y nunca me olvidaré de cuando entré en la cocina de la mujer que estaba en la cárcel del pueblo. Había pensado usarlo para un relato, pero el escenario se apropió de la idea, así que salí corriendo para escribir lo que había visto. Cada vez que me quedaba atascada, atravesaba la calle corriendo e iba al viejo embarcadero. (1926: 196-97)

El caso que Glaspell había cubierto como reportera años atrás era el asesinato de John Hossack en Indianola, aparentemente a manos de su mujer, Margaret, mientras dormía el 2 de diciembre de 1900. Tras estudiar el caso y los artículos que Glaspell escribió para Des Moines Daily News, Linda Ben-Zvi cuenta que John Hossack murió tras recibir dos hachazos en la cabeza mientras que su esposa, con la que llevaba casado treinta y tres años y con quien tenía ocho hijos, dormía plácidamente. Como Margaret dijo en su defensa, ella dormía profundamente, y cuando quiso darse cuenta de que alguien había atacado a su marido, ya era demasiado tarde (1992: 144). El caso causó un gran revuelo en la comunidad, pues nadie podía pensar que esta mujer hubiera sido capaz de matar a su marido, pero más y más pruebas aparecían contra ella. En sus primeros artículos, Glaspell hablaba de Margaret como una mujer fría, pero a partir de su visita a la granja de los Hossack, algo cambió en ella y en lo que escribiría sobre Margaret Hossack desde ese momento. Simplemente mirando el espacio en el que esa mujer vivía, entendió sus motivos: una vida miserable, un marido frío, incluso violento, la falta de comunicación y de amor (Bryan y Wolf 2005). Por eso no es de extrañar que, al sentarse en su teatrillo en Provincetown, fuera el escenario el que diera forma a la obra, la cocina de la granja de los Wrights donde se localiza la acción de Trifles es la clave para que la Sra. Hale y la Sra. Peters averigüen por qué Minnie Wright ha matado a su marido.

La obra es un claro ejemplo de cómo el realismo se mezclaba con el simbolismo en el escenario de los Provincetown Players. La cocina se convierte en un mapa que descubre qué es lo que ha pasado en esa casa. El desorden del lugar habla de una mujer cansada de sacar adelante una casa sin que nadie se lo agradezca, sus viejas ropas de la tacañería de un marido que habría prohibido a su mujer ir al pueblo, una colcha con unas puntadas desiguales revela el estado de nerviosismo previo a cometer un acto violento. Y finalmente, mientras irónicamente los hombres, representantes de la ley, se marean dando vueltas por la granja intentando encontrar una sola prueba para incriminar a Minnie, las pruebas más claras que la Sra. Hale y la Sra. Peters, actuando como un jurado de pares al margen de la ley, encuentran en la casa son una jaula y un canario muerto. La jaula rota les indica que John era violento, y el pajarillo que encuentran con el cuello partido dentro de una preciosa cajita les confirma sus temores: John Wright, que no quería que su mujer fuera feliz, había estrangulado al único atisbo de alegría que Minnie tenía, ese canario que cantaba y que simbolizaba para ella la libertad perdida al casarse. La obra termina cuando la Sra. Hale y la Sra. Peters deciden absolver de forma simbólica a Minnie al llevarse con ellas el canario muerto, esto es, la prueba incriminatoria.

Con esta obra, teóricamente escrita en escasos diez días, Glaspell inició la que se convertiría en una de sus técnicas teatrales más fructíferas, la de la protagonista ausente, que repetiría en Bernice y Alison’s House. Aunque Minnie Wright no aparece en escena, es central para el desarrollo de la obra, y gracias a los otros dos personajes femeninos, el público consigue perfilar en su mente a Minnie Wright. Más aún, lo que Glaspell consigue es que la experiencia de Minnie se universalice; al fin y al cabo, parece que la Sra. Hale y la Sra. Peters están hablando más de sus propias situaciones que de lo que realmente le ha pasado a Minnie. Si leen las pistas con tanta facilidad es porque ya han visto esas pistas en otros lugares, en sus propias casas o en las de otras vecinas. Esto explica por qué la obra se convirtió en paradigma de los estudios de la mujer en los años ochenta: fuerza al espectador a mirar y entender como una mujer lo haría. Y todo esto en los escasos treinta minutos que dura la obra. No sorprende entonces que, como Sally Burke apunta, Trifles tenga el récord en ser la obra de un acto escrita por una norteamericana que aparece en el mayor número de antologías (1996: 57), pues es un gran ejemplo de la efectividad de una obra de un acto escrita con maestría.

Para el estreno Glaspell y Cook hicieron de la Sra. y el Sr. Hale, Alice Hall y Robert Conville de la Sra. y el Sr. Peters y Robert Rogers del Fiscal Henderson. Aunque la obra fue un éxito total, tardaría años en volver al escenario de los Provincetown Players. Por razones económicas, Glaspell tuvo que ceder la obra a los Washington Square Players, lo que provocó que críticos como John Corbin pensaran que Glaspell era uno de los descubrimientos de los Washington Square Players (Ozieblo 2005), lo que no deja de ser irónico si se recuerda que fueron ellos los que rechazaron su primera obra, Suppressed Desires.

El cuarto programa

Atendiendo a las obras recogidas en el cuarto programa, parece que Edna Kenton está en lo cierto al decir que se “durmieron en los laureles” (1997: 26). Programado para finales de agosto, el programa incluyó la reposición de Change your Style y Contemporaries y una nueva obra de O’Neill titulada Thirst. La obra, escrita entre 1913 y 1914, es, como Trifles, una mezcla de realismo y simbolismo al estilo de Strindberg y Maeterlinck. Inspirada en el hundimiento del Titanic (Murphy 2005: 92), el tema principal de la obra puede definirse como el de la condición humana. La obra trata de tres pasajeros, un Caballero, una Bailarina y un Marinero mulato de las Indias occidentales, que han sobrevivido al naufragio de un transatlántico de lujo. Tras pasar varios días en una balsa, el Caballero y la Bailarina empiezan a alucinar y creen que el Marinero les ha robado el agua. La Bailarina intenta obtener el agua de diferentes formas: ofreciéndole un collar de diamantes y ofreciéndole su cuerpo. Cuando el Marinero insiste en que no tiene agua, la Bailarina intenta matarlo y finalmente ella es la que muere. Navaja en mano, el Marinero se alegra de tener algo para comer, ante la repulsa del Caballero, que tira el cuerpo de la mujer por la borda para que se lo coman los tiburones. Totalmente en cólera, el Marinero apuñala al Caballero, quien, al caer, arrastra al Marinero mientras los tiburones los rodean.

Como Brenda Murphy afirma, los tres personajes representan de forma metafórica tres formas diferentes de ver la vida y de enfrentarse a ella (2005: 92-94). El caballero es puro victorianismo: siente pena por el Marinero, que es de una clase inferior, intenta proteger a la Bailarina y muere por defender sus valores. La Bailarina, que siempre ha vivido de otros y ha sabido vender su cuerpo, no tiene problema en matar, engañar y prostituirse. Y el Marinero es básico es sus acciones: todo vale por la supervivencia. O’Neill deja claro al final el nihilismo de la vida. Como dice el Caballero “¿qué importa? – que haya tiburones o no – el fin es el mismo” (1988a: 40). Como estos personajes abstractos representan, no importa cómo uno se enfrente a la vida, pues el fin es siempre el mismo: la muerte.

Para el estreno Cook representó al Caballero, O’Neill al Marinero y Louise Bryant a la Bailarina (Gelb y Gelb 2000: 571). Los Zorach habían hecho un decorado modernista para representar el mar que O’Neill rechazó, siendo sustituido por un decorado realista (Black 2002: 119, Deutsch y Hanau 1972: 15), demostrando los primeros enfrentamientos dentro del grupo. No existen tampoco reseñas de la obra, pero puede ser que, a pesar de ser un temprano experimento con personajes de corte expresionista, no acabara de convencer, pues no se vio sobre el escenario neoyorquino de los Provincetown Players.

El quinto programa: producciones especiales

El quinto programa de la temporada, para el que hay no fuentes que indiquen una fecha determinada, no se desarrolló de forma habitual, sino que hubo representaciones especiales de tres obras: Enemies, de Boyce y Hapgood, Mother Carrie’s Chickens, de Henry Marion Hall, y la reposición de Freedom.

Si con Constancy muchos ya habían visto que, además de la relación entre Dodge y Reed, los Hapgood estaban tratando sus propios problemas maritales, con Enemies fueron un poco más lejos en ese ejercicio de autorreflexión. La obra sigue la forma de un diálogo en el que Él y Ella, cuyas líneas, según Hapgood, fueran escritas por él y su esposa respectivamente, ofrecen su visión sobre el amor y el matrimonio (1939: 395). De hecho, ellos mismos fueron los actores en la producción original. La obra comienza con Ella leyendo mientras fuma un cigarro y con Él escribiendo. Él no para de interrumpirla, hasta que ella espeta esa típica frase en una escena marital en la uno dice aquello de “Veo que quieres discutir – ¿así que sobre qué vamos discutir? Elige el tema que quieras, cariño” (Boyce y Hapgood 1916: 99). Él se queja de que ella no es una buena ama de casa, ni una buena madre, ni una buena esposa, de que siempre está callada y de que es fría. Es más, la acusa de serle infiel espiritualmente. Ante esto, ella le acusa a él de serle infiel físicamente y de intentar dominarla, convirtiéndose en un obstáculo para las cosas grandes que ella podría hacer por la humanidad. Pero estas acusaciones tan graves no parecen ser más que rutina, por lo que al final deciden hacer las paces y ser “¡Fieles hasta el fin!” (1916: 111).

Aunque las acusaciones que se suceden no dejan de ser parte de la estructura cómica de la obra, el final no es resolutivo y por lo tanto no termina de convencer, pero cumple perfectamente con la idea de un final feliz. Al fin y al cabo, parece que Él y Ella no son sino arquetipos realistas de un matrimonio que, llevando juntos quince años, han aprendido a estar juntos por un bien común y porque, en el fondo, se quieren. Con el toque moderno proporcionado por su contexto, el matrimonio, esa herencia de épocas antiguas, parece mantenerse gracias a “breves descansos sexuales” (Murphy 2005: 68), por lo que la infidelidad parece ser algo positivo, sobre todo si es el hombre el que es infiel. Como Hapgood escribe en su autobiografía, con la obra respondían a ese incipiente feminismo que abogaba por una mayor libertad sexual en las parejas, haciendo que las esposas “demandaran algo que no querían,” como aparentemente era el caso de Boyce. Así, con la obra querían transmitir que lo único que había que buscar en realidad era tener un acompañante en la vida y cómo hombres y mujeres pueden llegar a entenderse y conocerse a través del diálogo (1939: 395). Pero sin duda, lo que la obra refleja desde la perspectiva de hoy en día es la doble moralidad de los llamados modernos y hombres feministas que solo creían en el feminismo cuando se trataba de que la mujer de otro fuera liberal. Los Provincetown Players debieron encontrar la obra significativa, pues la repusieron en el segundo programa de su primera temporada en Nueva York.

La segunda producción especial fue, curiosamente, una obra infantil titulada Mother Carrie’s Chickens, cuyo título hace referencia a los petreles, esos pájaros que aparecen en el mar cuando va a haber una tormenta. El autor, Henry Marion Hall, un profesor de la Universidad de Columbia, se encargó de ensayar con los niños, y los padres hicieron de público. La obra incluía piratas, sirenas, gaviotas y petreles, y parece diseñada para entretener a los niños del pueblo y a los hijos de los Provincetown Players, pues además varios actuaron en ella. La obra tuvo tanto éxito que se amplió su tiempo en cartel y se volvió a montar el verano siguiente (Sarlós 1982: 28-29). El tercer evento especial, del que no existen reseñas, fue la presentación de Freedom, de Reed, en el Beachcombers Club el 30 de agosto (Sarlós 1982: 30). Para cerrar el verano los Provincetown planearon un programa especial, uno que hablaba de sus sueños de Nueva York.

La constitución de los Provincetown Players

Los Provincetown Players cerraron el verano de 1916 con un programa especial que incluía Thirst, The Game y Suppressed Desires los días 1 y 2 de septiembre con el objetivo de recaudar fondos para llevar su aventura teatral a Nueva York. Cobrando 50 centavos por entrada, consiguieron reunir 80$. El Boston Sunday Post reseñó la temporada, augurando un buen futuro para los Provincetown Players, a los que definía como “lo último en modernidad” y veía en O’Neill a esa promesa que los Players también supieron ver (en Gelb y Gelb 2000: 573), elogios en letras mayúsculas para un grupo amateur que se proponía renovar el teatro. Animados por el trabajo bien hecho, el día 4 de septiembre se reunieron en el Wharf Theatre y, a pesar de las quejas de Hapgood, que como buen radical insistía que “organizarse es morir,” el resto sí creía que tenían que organizarse. Durante la reunión Robert Rogers actuó de moderador y Louise Bryant, como secretaria, levantó acta.

En esta primera reunión se acordó que habría tres tipos de miembros, cuya nomenclatura ya habían estado usando este verano: activos, asociados y miembros del club, tipologías clarificadas en su Constitución, cuyos artículos y resoluciones se citan a continuación. Dado que no iban a tener licencia, esta era la única forma de vender entradas, pues la ley prohibía la venta de entradas en taquilla. Esta reunión también fue el momento de decidir el nombre del grupo. Se sugirió Tryout Theatre, apelando al sentido de innovación que les caracterizaba. Ante las protestas de muchos de ellos, que alegaron el cariño que le habían cogido al nombre de los Provincetown Players, este fue el nombre con el que pasarían a la historia. O’Neill sugirió entonces un nombre para ese teatro en Nueva York que todavía ni siquiera tenían. Debía llamarse el Playwrights’ Theatre, el Teatro de los Dramaturgos, un nombre que celebraba el teatro en sí y a las personas que se dedicaban a él. Sin embargo, y a pesar de que oficialmente el teatro se llamaría el Playwrights’ Theatre, siempre fue conocido como el Provincetown. Jig Cook fue elegido presidente esa misma noche y se decidió dejar la elección de secretario-tesorero para una vez que la Constitución estuviera redactada. Reed, junto a Cook, Eastman y Burt, fueron los encargados de redactar la Constitución, que estaba lista para aprobarse al día siguiente (“Minutes” 4 septiembre 1916). La Constitución, escrita en una noche, reza así:

CONSTITUCIÓN DE LOS PROVINCETOWN PLAYERS (Aprobada el martes 5 de septiembre de 1916)

I

El nombre de este club será los Provincetown Players. Su propósito será producir obras escritas por sus miembros activos o por otros en cuyo trabajo se interesen los miembros activos.

II

Los cargos de este club serán el de Presidente y el de Secretario-Tesorero, cuyos salarios serán determinados por los miembros activos. Estos cargos, junto a tres miembros activos no asalariados, formarán un comité ejecutivo para dirigir este club. Los cargos y miembros ejecutivos se elegirán anualmente al término de la temporada de verano en una fecha acordada por el comité ejecutivo, y estarán sujetos a revocación mediante el voto mayoritario de los miembros activos.

III

Habrá tres tipos de miembro en este club: (1) activo, (2) asociado y (3) miembro del club

Sec. 1 Serán considerados como miembros activos aquellos que estén interesados en y comprometidos con la producción de obras. Se elegirán mediante el voto mayoritario de los miembros activos. Los miembros activos que cesen en su interés pueden dejar de serlo mediante el voto mayoritario de los miembros activos.

Sec. 2 Serán considerados como miembros asociados aquellos que al comienzo de cada temporada efectúen el pago por adelantado para todas las producciones de la temporada en curso. Tal pago por adelantado cubrirá las cuotas y la tasa de inscripción y proporcionará al miembro asociado con tantas entradas como funciones haya a un precio reducido. Sec. 3 Serán considerados como miembros del club aquellos que paguen la tasa de inscripción y las cuotas de una temporada y que tendrán derecho a adquirir entradas para todas las funciones. No se venderán entradas salvo a miembros.

IV

Las reuniones de los miembros activos serán convocadas por el Presidente con tanta frecuencia como él crea recomendable. Un tercio de los miembros activos constituirán el cuórum para abordar cualquier asunto.

V

Los miembros activos como organización decidirán qué obras serán llevadas a escena y el resto de cuestiones relevantes que les presente el comité ejecutivo. (“Constitution” 1916: 1-2)

RESOLUCIONES

Se resuelve:

Que el objetivo principal de los Provincetown Players es fomentar la escritura de obras de teatro americanas que tengan un verdadero mérito artístico, literario y dramático – opuesto al teatro de Broadway.

Que dichas obras serán consideradas sin atender a su valor comercial, puesto que el teatro no debe hacerse para conseguir un beneficio económico.

Que, para alcanzar los resultados deseados, los Provincetown Players no limitarán necesariamente la elección de obras a aquellas escritas por miembros activos del grupo.

Que será obligación de los miembros activos descubrir y alentar nuevas obras y a nuevos dramaturgos.

Que, para evitar un aluvión indiscriminado de obras, el siguiente plan se aplicará para la selección de obras:

1. En caso de equidad, se dará preferencia a obras de miembros activos.

2. Ninguna obra se tendrá en cuenta si no se presenta ante un comité cualificado de lectura de obras formado por miembros activos. En caso de que un autor le pida a un miembro de este comité que lea una obra, este puede negarse a hacerlo, pero no tiene el poder de rechazar dicha obra en nombre de los Provincetown Players. Consecuentemente, el autor tiene el derecho de buscar uno a uno entre los miembros activos del comité hasta que encuentre a quien quiera leer su obra.

3. Ninguna obra se tendrá en cuenta si el autor no se compromete a supervisar personalmente su puesta en escena en nuestro teatro de Nueva York.

4. Será necesaria una mayoría de los miembros activos del comité de lectura para que se acepte una obra.

5. Una mayoría de miembros activos podrá determinar el método a seguir para leer y juzgar obras en cualquier momento, tanto mediante una reunión general, como se hace actualmente, como mediante la designación de un comité de lectura de obras, o de cualquier otra forma, siempre y cuando esto no suponga una actuación que suprima el control democrático esencial de los miembros activos sobre el material presentado.

6. Siendo el plan la presentación de un nuevo programa de obras cada dos semanas cada temporada, los miembros activos se reunirán lo necesario como para proporcionar suficientes obras que montar. La frecuencia de dichas reuniones se determinará con posterioridad a la experiencia de las primeras reuniones en Nueva York.

7. Una vez que se haya votado sobre un número suficiente de obras, el comité ejecutivo podrá combinar estas obras en un programa; y si quedasen obras excluidas, estas se reconsiderarán para el siguiente programa en la siguiente reunión de lectura de obras, y así sucesivamente.

8. Una vez que se hayan tomado las decisiones pertinentes para un programa, el Presidente informará a los autores de las obras seleccionadas y planificará con ellos los ensayos, etc.

Sea además resuelto que el siguiente plan para la puesta en escena de obras queda adoptado:

1. El Presidente cooperará con el autor para poner en escena la obra bajo la dirección del autor. Lo recursos del teatro, inclusive el personal voluntario disponible, los actores que, siendo miembros o no, deseen formar parte, la utilería, escenografía, vestuario, etc., que estén disponibles, se pondrán a disposición del autor. Con la pertinente recomendación del Presidente, también contará con la cantidad de dinero de la tesorería que el comité ejecutivo considere apropiada para cubrir los costes de la puesta en escena. El autor pondrá en escena la obra sin ningún tipo de obstáculo, siguiendo sus propias ideas.

2. El autor, con la ayuda del Presidente, debe elegir a los actores, asegurarse de que hayan ensayado y, en general, dirigir la puesta en escena.

3. Muchos de los miembros activos actuarán, trabajarán sobre el escenario, en la escenografía, en el vestuario e iluminación, pero por lo general el comité ejecutivo y los miembros activos recopilarán nombres de personas que no sean miembros activos que deseen serlo mediante su disposición a trabajar como actores, tramoyistas o en otra actividad relacionada con el teatro. Y esta lista asimismo estará abierta a autoresdirectores.

Sea además resuelto que, para evitar que nos convirtamos en una sociedad cerrada y para que atraigamos hacia los Provincetown Players a todas las fuerzas nuevas y vitales que cumplan con nuestra idea del teatro, y para asegurar que nuestros socios sean activos y se comprometan, se adopta el siguiente plan en relación a los miembros activos:

1.En principio, la cualificación como miembro activo vendrá dada por el servicio y mérito en cuanto a la escritura, actuación en o puesta en escena de obras en el Teatro de los Provincetown Players. Y ninguna persona podrá ser candidata si no tiene dicha cualificación por servicios meritorios. Aún así, será necesaria la mayoría de miembros activos para cualificar a un candidato como miembro activo, aunque la única objeción válida a dicha cualificación será su falta de afinidad con los objetivos de esta organización.

2.Los miembros activos que se ausenten de cuatro reuniones ordinarias consecutivas, o que ni trabajen ni ofrezcan sus servicios durante seis programas consecutivos, o que, según la opinión de los miembros activos, pierdan interés en los Provincetown Players, podrán dejar de ser miembros si una mayoría de los miembros activos así lo decide en cuórum. Sin embargo, tales personas podrán optar a una re-elección en cualquier tiempo futuro bajo las mismas condiciones que aquellos que no son parte del grupo. (“Resolutions” 1916: 1-3)

Con la Constitución en la mano el día 5 de septiembre y tras aprobar las Resoluciones redactadas por Reed, los Provincetown Players empezaron a organizar su estructura. De acuerdo a esta constitución, la junta directiva contaría con un Presidente y un Secretario-Tesorero, cuyo sueldo sería determinado por los miembros activos. El trabajo que dos personas habían llevado a cabo ese verano les erigieron como Presidente y Secretaria-Tesora: Jig Cook y Margaret Nordfeldt, por un salario de 15$ a la semana, aceptaron sus cargos. Estos dos cargos, junto a otros tres miembros que no cobrarían salario alguno, formarían el comité ejecutivo. Floyd Dell, Louise Bryant y John Reed lo formarían en esta primera ocasión. Los veintinueve miembros activos a 5 de septiembre eran:


Edward Ballantine Stella Ballantine Neith Boyce Louise Bryant Frederick L. Burt David Carb Myra Carr George Cram Cook Floyd Dell Charles Demuth Max Eastman Susan Glaspell Alice Hall Dr. Henry Marion Hall Hutchins Hapgood Lucy Huffaker Brör Nordfeldt Margaret Nordfeldt Eugene O’Neill Ida Rauh John Reed Robert Emmons Rogers Edwin D. Schoonmaker Nancy M. Schoonmaker Margaret Steele Wilbur Daniel Steele Mary Heaton Vorse Marguerite Zorach William Zorach

De acuerdo a su Constitución, el Presidente, que no Director, debía reunir a los miembros activos y, para tomar casi todas las decisiones, la mayoría de los miembros activos debían estar de acuerdo. Como Edna Kenton apunta, pronto tuvieron que cambiar esta organización, pues era imposible poner de acuerdo a un grupo tan extenso (1997: 28). Primero se decidió que la toma de decisiones se validaría con el cuórum de un tercio de los miembros activos (“Minutes” 5 septiembre 1916), pasando en temporadas posteriores a establecer el cuórum en doce, nueve, y luego en solo siete miembros activos. El cambio de la organización se aprecia en que en la temporada 1918-1919, el Presidente pasó a llamarse Director y en que, aún con más claridad, en la última temporada las decisiones eran tomadas por los cinco miembros del comité ejecutivo y a veces, simplemente, con el acuerdo de tres de ellos.

Pero el fin del verano del 1916 deja una estampa de un grupo lleno de entusiasmo y que tenía como claro objetivo cambiar el teatro desde Nueva York. Su organización, al estilo de la de los Washington Square Players o The Masses, tenía el halo de democracia y creencia en el trabajo duro y la libertad como medios para conseguir su meta. Ante el estado financiero del grupo, cuyas cuentas ascendían a los 80$ recaudados en el programa especial de fin de verano, se pidió a los miembros que contribuyeran de alguna manera. Ocho miembros dieron 30$ cada uno, aumentando los fondos a 320$ (Kenton 1997: 31). Floyd Dell fue el encargado de encontrar un lugar en Nueva York, pero cuando días más tarde no había tenido éxito, Jig Cook tomó la iniciativa para cumplir con la importante misión de encontrar un teatro donde instalarse. Sin duda, lo encontraría. Los sueños de Nueva York echarían raíces en Greenwich Village.

Capítulo 4

Los Provincetown Players en Nueva York: la primera temporada, 1916-1917

La primera temporada de los Provincetown Players puede considerarse un éxito. Fueron capaces de encontrar un teatro que, aunque algo espartano, les dio la oportunidad de mostrar a Nueva York la revolución teatral que habían empezado en Provincetown. Y no solo sobre su escenario, sino mediante la publicación de sus obras, que editadas por Frank Shay aparecieron con el título The Provincetown Plays. First, Second and Third Series (1916). Esta temporada está marcada por un claro carácter de experimentación, por el temprano establecimiento de Susan Glaspell y Eugene O’Neill como los grandes dramaturgos de la compañía e, inevitablemente, por los primeros problemas organizativos. El hecho de que casi todos tuvieran otro trabajo, el que realmente les sustentaba económicamente, no les dejaría mucho tiempo para dedicarse al teatro tanto como era necesario. Pronto habría disputas por cuánto trabajaban unos y qué poco otros, por aquellos que, aún sin estar cien por cien dedicados al grupo, también querían tomar decisiones. Durante esta temporada también es significativo que los Provincetown Players fueron capaces de rodearse de un público fiel, dispuesto a convertirse en esos subscriptores sin los cuales su proyecto era prácticamente imposible, y de presentar al público neoyorquino un total de dieciocho obras nuevas, aunque de calidad dispar.

El teatro en el 139 de la calle MacDougal

Como se concluía en el capítulo anterior, Jig Cook, como el líder nato que era, viajó a Nueva York al fin del verano, y tras visitar la casa que había en el 139 de la calle MacDougal, decidió que ese sería su teatro. Cook dibujó en su mente cómo la mitad de la planta baja, equipada con unas correderas victorianas, podría emplearse para sentar al público, y que la parte del comedor bien podría convertirse en el escenario. La parte de arriba, una vez pudieran alquilar esa planta también, se convertiría en los camerinos. A pesar de que casi todo el dinero con el que contaba debía destinarse a reforzar el suelo, para que pudiera soportar el peso del público, Cook alquiló la planta baja de esta casa.

Ciertamente, el 139 de la calle MacDougal no era mucho mejor que su teatro en el embarcadero Lewis. Como Kenton afirma: “Incluso la escenografía más modesta, los escenarios más vacíos, dejaban un espacio de poco más de 3.5 metros por poco más de 3 metros, un espacio en el apenas cabían tres actores a la vez” (1997: 51). Aunque Ben-Zvi corrige estas medidas, afirmando que el escenario medía 4.2 metros por 3.2 metros, también mantiene que: “En comparación con otros teatros de Nueva York, el del 139 era espartano; de hecho, no era para nada un teatro, sino tres estancias, dos recibidores y un comedor de 7.3 metros de ancho y 24.6 metros de largo, con un pasillo estrecho que se usaría más tarde como acceso al auditorio y al escenario” (2005: 180). Los muros se tiraron de tal forma que dos de las habitaciones se convirtieron en el auditorio y una en el escenario. La casa de los Nordfeldt, en el 135 de la misma calle, sería la oficina, y esta casa, más la de los Reber en el 137, la de los Cary en el 133 y la de Ira Remsen y Donald Corley en el 131, serían los vestuarios (Kenton 1997: 33). Gracias al ferviente trabajo de todos, y especialmente de los artistas del grupo, se hicieron algunas mejoras: “Los bancos se pintaron de color lavanda, las paredes de gris oscuro, con puertas y paneles en verde esmeralda, se puso un arco sobre el escenario, y en los lados se pintaron cuadrados dorados y motivos en púrpura, y se instaló una cortina que era de un maravilloso púrpura real con una banda color cereza de lado a lado” (Mary Pyne a Mary Heaton Vorse en Ben-Zvi 2005: 181). Y si los Washington Square Players tenían Polly’s, los Provincetown Players también tuvieron un restaurante en el edificio del 139: Christine Ell abrió su Christine’s en la tercera planta, convirtiendo su local en el lugar de reunión de los Players, así como de muchos otros artistas (Sarlós 1982: 64), aunque eso sería ya en la segunda temporada.

Una vez que ya habían encontrado un hogar para su teatro, necesitaban dos cosas con urgencia: equipamiento y gente que lo llenase, un público. El primer problema se solucionó cuando el Liberal Club les vendió el suyo por 40$, con la condición de que les dejaran usar su teatro por 5$ cuando estuviera libre (“Minutes” 5 octubre 1916). En cuanto a la búsqueda de un público, la siempre eficiente Margaret Nordfeldt contactó a los subscriptores de Provincetown que habían regresado a Nueva York para pasar el invierno, consiguiendo algunas renovaciones. Pero no era suficiente, así que decidieron darse a conocer escribiendo su primera circular, que a la vez es su declaración de intenciones. Reunidos en el apartamento de John Reed al sur de Washington Square, los Provincetown Players escribieron el borrador del primer manifiesto de su “teatro libre”:

Los Provincetown Players

El Teatro de los Dramaturgos

Temporada 1916-1917

El 3 de noviembre o en una fecha próxima, los PROVINCETOWN PLAYERS abrirán su primera temporada en Nueva York con la puesta en escena, en su teatro del 139 de la calle MacDougal, en Manhattan, de tres obras originales de un acto escritas por autores americanos.

La presente organización es el resultado de un grupo de personas interesadas en el teatro, que se reunieron de forma espontánea durante dos veranos en Provincetown, Massachusetts, con el propósito de escribir, producir y montar sus propias obras. El deseo imperioso del grupo era encontrar un teatro donde dramaturgos que tengan un propósito teatral, literario y poético sincero pudieran ver sus obras en escena, y supervisar todo el proceso sin tener que doblegarse ante las interpretaciones del gusto del público de los directores comerciales. Igualmente, nuestro propósito era ofrecer una oportunidad a actores, productores, diseñadores escénicos y de vestuario de experimentar con un escenario que tiene recursos extremadamente simples – puesto que un precepto fundamental de los PLAYERS es que una escenografía elaborada es innecesaria para resaltar las cualidades esenciales de una buena obra de teatro.

A lo largo del verano de 1916, once obras originales de un acto, escritas por autores americanos, se estrenaron en el Wharf Theater, y dos de estas obras fueron reposiciones de la temporada del verano anterior. Todas estas obras fueron escritas, producidas y representadas por miembros del grupo; y la producción más cara ascendió a menos de 13$. La venta de localidades mediante la subscripción de miembros asociados fue suficiente para cubrir los costes de la instalación, los asientos, la luz eléctrica, el telón, el vestuario y la escenografía.

El éxito de este experimento, el interés suscitado en el público y, sobre todo, el entusiasmo que el grupo mismo manifestó, nos persuadió para que los PROVINCETOWN PLAYERS continuaran sus actividades en Nueva York durante el invierno.

Tenemos pensado ofrecer una temporada de veinte semanas, presentando diez programas de obras originales de autores americanos. Se estrenará un programa nuevo cada quince días en las noches de los viernes y sábados de semanas consecutivas. Las producciones serán dirigidas personalmente por el autor, y los miembros de los PROVINCETOWN PLAYERS serán los encargados de llevarlas a escena y de actuar en ellas.

Entre los miembros activos figuran:


George Cram Cook John Reed
Susan Glaspell Max Eastman
Mary Heaton Vorse Ida Rauh
Hutchins Hapgood Floyd Dell
Neith Boyce Eugene O’Neill
Edna Kenton Charles Demuth
Edwin Davies Schoonmaker Wilbur Daniel Steele
William Zorach Marguerite Zorach
Frederick L. Burt Edward A. Ballentine
B. J. O. Nordfeldt y muchos otros.

El teatro de los PLAYERS continua, tal y como empezó, como un teatro a favor de la experimentación dramática libre propia de un verdadero espíritu amateur. A excepción de dos cargos asalariados que dedicarán todo su tiempo a este trabajo, el resto de miembros cederán sus obras y sus servicios sin remuneración.

Para que este experimento sea posible, necesitamos garantizar un número suficiente de espectadores para cada temporada. Los PROVINCETOWN PLAYERS tiene carácter de Club para evitar los consecuentes obstáculos legales que existen para establecer un teatro público.

No se venderán entradas en la puerta.

Solo se venderán entradas a los miembros.

Queda invitado a unirse a los PROVINCETOWN PLAYERS como Miembro Asociado. El pago de Cuatro Dólares, por adelantado, da acceso a ser Miembro Asociado, cubre las tasas de inscripción, y da derecho a una entrada para la temporada – las entradas tienen un valor de Cinco Dólares.

Los estrenos serán anunciados con suficiente antelación. Los miembros pueden adquirir entradas adicionales por cincuenta centavos para cualquier función, siempre y cuando la capacidad del teatro lo permita, para lo que han de solicitarse con antelación a la Secretaria-Tesorera, adjuntando un sobre con la dirección y sello.

Se pide una respuesta rápida.

(“‘The Playwrights’ Theatre.’ Season of 1916-1917” 1916: 1-4)

En dos meses habían conseguido atraer la atención de quinientos subscriptores. Y fueron más cuando John Reed animó a los doscientos miembros de la New York Stage Society, una asociación liderada por Emilie Hapgood, cuñada de Hutchins Hapgood, a unirse y a traer con ellos a otro miembro asociado (“Minutes” 5 octubre 1916), y tras anunciarse en el New York Times el 26 de octubre de 1916 (“New Groups” 1916: 11) y en The Survey (“On the Road” 1916: 78). Como ya decían ellos en su manifiesto, el ser un teatro pequeño sin licencia les llevó a necesitar subscriptores y a cambiar de programa cada dos semanas, decidiendo ofrecer finalmente cinco funciones a la semana, de viernes a martes (Kenton 1997: 36, “Minutes” 22 octubre 1916).

En las actas de las reuniones previas a la primera temporada, se ve el esfuerzo del grupo por mantenerse fieles a la estructura organizativa que habían adoptado en Provincetown. De esta forma, todos los miembros activos estuvieron presentes en la votación, en la que se decidía a quién mandar la primera circular. Siendo leales a la idea de que el suyo era un teatro para la gente de a pie, dejaron fuera a muchos que sabían que eran críticos teatrales y decidieron que si los críticos querían ver sus obras, tendrían que subscribirse y pagar sus entradas. En las primeras reuniones también se votó para que Edna Kenton, Lucian Cary, Judith Lewis, Robert Parker y Grace Potter pasasen a ser miembros activos (“Minutes” 5 octubre 1916). En las primeras reuniones de octubre, todos escucharon atentamente la lectura de las obras propuestas para la temporada, votando su aceptación o rechazo. Para la sexta reunión, la del 22 de octubre, ya se había decidido que no se tenían que leer todas las obras en alto, que no había que discutir la pertinencia de una obra en público y que la votación se haría en secreto y nunca el mismo día en que se había leído. También se empezaron a crear comités, como un comité de producción, presidido por Teddy Ballantine, y un comité de escenografía, liderado por Brör Nordfeldt (“Minutes” 22 octubre 1916).

El primer programa

En estas primeras reuniones se decidió que las obras que formarían el estreno de los Provincetown Players en Nueva York serían Bound East for Cardiff, The Game y una obra de Floyd Dell titulada King Arthur’s Socks (“Minutes” 7 octubre 1916). Parece que con las dos primeras obras no hubo grandes problemas, pero sí con King Arthur’s Socks, lo que pondría de manifiesto los problemas organizativos de los Players, que llevarían a Dell a dejar su cargo como miembro del comité ejecutivo en la reunión del 7 de octubre, siendo reemplazado por Lucian Cary (“Minutes”). En su autobiografía, con cierto aire de superioridad quizá justificado, Dell habla de los Provincetown Players como un grupo demasiado amateur para él, cuyas obras ya se habían montado sobre el escenario de los Washington Square Players, y demasiado dirigido por un Jig Cook, a veces lunático y despótico, al que el resto seguía con los ojos cerrados (1969: 265-66).

King Arthur’s Socks, estrenada el 3 de noviembre, es una sátira ambientada en una casa de verano en Camelot, Maine, en 1916. El tema principal, resumido por Sarlós como una “mofa de las prácticas modernas” (1970a: 94), es uno de actualidad pero ya revisado en obras anteriores: el del amor libre y el matrimonio. Dando un giro de tuerca a la historia de amor entre Lancelot y Ginebra, estos, además estar inmersos en su traición al rey Arturo, también discuten sobre cómo Lancelot ha enamorado a otras dos mujeres, Vivien y Mary. Dell hace de Ginebra una mujer victoriana que no es capaz de olvidarse de su marido y disfrutar del amor libre con Lancelot, que, como la encarnación de uno de los hombres modernos del Village, resume su dilema: “Quieres portarte mal, y quieres que sea culpa de otra persona,” lo que Ginebra finalmente confirma al afirmar que envidia “a las mujeres que se atreven a ponerse en evidencia – que se olvidan de todo y no les preocupa lo que hacen. Supongo que eso es el amor – y yo no estoy dispuesta.” La obra termina evidenciando que la fidelidad marital es el mayor enemigo del amor libre. Los dos amantes están de acuerdo en que no son “lo bastante primitivos” y Lancelot se marcha dejando a Ginebra remendando los calcetines del rey Arturo como si de un perfecto ángel del hogar se tratara (1922: 172-73). Para el estreno del 3 de noviembre, Dell contó con Teddy Ballantine para la dirección, una vez que él mismo se vio superado por esta actividad durante los ensayos, y con Max Eastman, Edna James, Agusta Cary y Jane Burr en los papeles de Lancelot, Ginebra, Mary y Vivien, respectivamente (Kenton 1997: 42).

El único crítico que reseñó este programa fue Stephen Rathbun, del Evening Sun. De The Game, solo destacó el decorado de los Zorach, el mismo usado en Provincetown; el resto le pareció demasiado amateur. Le maravilló el realismo de la segunda obra, Bound East for Cardiff. Y sobre King Arthur’s Socks, puede decirse que cumplió las expectativas de una sátira, pues Rathbun la consideró, al menos, divertida (en Gelb y Gelb 2000: 583-84).

El segundo y tercer programa

Justo al día siguiente de terminar el primer programa, hubo una reunión en la que se leyeron varias obras. Los Zorach trajeron Lima Beans, de Alfred Kreymborg, John Reed leyó Half an Hour in Heaven, de Edward Eyre Hunt, Teddy Ballantine leyó de The Obituary, de Saxe Commins, y Max Eastman leyó A Dollar, de David Pinski. Se aceptaron Half an Hour in Heaven y The Obituary y se rechazó A Dollar, aunque esta se recuperaría para otro programa (“Minutes” 8 noviembre 1916). Se armó un gran revuelo por Lima Beans, una obra muy vanguardista, que solo fue aprobada cuando Reed amenazó con dejar el grupo si no la apoyaban (Sarlós 1982: 70). La obra de Edward Eyre Hunt no pudo llevarse a escena pues, como Kenton apunta, el tener “a Dios mismo como actor” presentaba problemas legales que en ese momento no estaban dispuestos a asumir (1997: 150).

El segundo programa, que iba a incluir la reposición de Enemies, Sauce for the Emperor, de John Chapin Mosher, y The Betrayal, una obra que el irlandés Paedric Colum había escrito en 1914, se estrenaría el 17 de noviembre (“Minutes” 22 octubre 1916). Sin embargo, se decidió dejar la obra de Mosher para el cuarto programa, siendo reemplazada por la reposición de Freedom, y, a pocos días del estreno, Colum retiró su The Betrayal, por lo que Suppressed Desires, prevista para el tercer programa, tuvo que reemplazarla (“Minutes” 8 y 15 noviembre 1916). Pero lo que parecían malos augurios terminó en un gran éxito. Durante cinco noches el teatro estuvo completamente lleno. Como Reed estaba ausente, Arthur Kohl, de los Washington Square Players, dirigió Freedom, que contó con Floyd Dell como Poeta, con Harry Kemp como Romancero, con Lew Parrish como Smith y con Brör Nordfeldt como el Preso de confianza. Los Hapgood dirigieron Enemies, pero en esta ocasión su pelea marital fue escenificada por Ida Rauh y Justus Sheffield. Tal y como habían hecho en Provincetown, Glaspell y Cook, acompañados por Margaret Nordfeldt en el papel de Mabel, hicieron de Henrietta y Steve en su obra, la cual se convirtió en el éxito absoluto del programa (Kenton 1997: 44-45).

En las reuniones posteriores al segundo programa, se aprobaron dos obras de Neith Boyce, The Two Sons y Winter’s Night, y se le rechazó otra, The Faithful Lover. A Dell se le aprobó A Long Time Ago y se le rechazó Poor Harold. Se rechazó Wanted, de C. Guy Heguenborg, se aprobó Collusion, de Lincoln Steffens, y se leyeron Cocaine, de Pendleton King, Graven Images, de Wilbur Daniel Steele, Fog, de Eugene O’Neill y Tomorrow, de Mary Heaton Vorse (“Minutes” 22 y 27 de noviembre 1916). Que el espíritu completamente democrático con el que habían empezado a trabajar no era funcional es evidente en el hecho de que en noviembre se aprobó que los cinco miembros del comité ejecutivo, junto a los presidentes de los comités de producción y escenografía, fueran los encargados de configurar los programas. Aunque aceptarían discutir la programación con los miembros activos, la resolución aprobada detalla que la decisión final estaría en manos de estas siete personas (“Minutes” 22 noviembre 1916).

Las obras seleccionadas para el tercer programa, que se estrenó el 1 de diciembre, denotan los conflictos existentes por arriesgarse a poner en escena obras excesivamente vanguardistas en su forma. Hasta este programa, lo cierto es que, salvo excepciones, y nunca en Nueva York, habían seguido apostando por el realismo. Eugene O’Neill estrenó una obra que había escrito durante el verano, titulada Before Breakfast, y que sorprende al poner en escena a un único personaje, mientras que otro permanece callado e invisible, salvo por su mano, durante toda la obra. La obra se desarrolla una mañana temprano en el Village, en la calle Christopher, y se basa en el monólogo, que no diálogo, que la Sra. Rowland mantiene con su marido, un poeta. Todo tipo de acusaciones revelan el deterioro del matrimonio: se casaron porque ella estaba embaraza, él le es infiel; ella lo sabe y aún así no se quiere divorciar, ella odia el apartamento en el que viven, le reprocha que beba tanto, que no encuentre trabajo, y un largo etcétera. El Sr. Rowland no articula palabra; solo cuando alarga la mano para coger agua para afeitarse se comprueba que la Sra. Rowland está de hecho hablando con alguien. El desenlace trágico que da fin a la obra es el suicidio del Sr. Rowland. Un grito de dolor y el ruido de un cuerpo que se desploma ponen fin a años de matrimonio.

Ciertamente, con esta obra, Eugene O’Neill estaba ante todo experimentando con el público. Según recoge Edna Kenton, O’Neill quería saber cuánto tiempo puede el público aguantar un monólogo: “No le importaba el éxito de la obra – solo le preocupaba la reacción del público” (1997: 48). Cabe recordar que su gran éxito, The Emperor Jones, es un monólogo en gran medida, pero habiendo experimentado con este formato en Before Breakfast, O’Neill estaba listo para escribir otra obra con esta técnica. Aparentemente, aunque esto es algo que O’Neill negó más tarde, su padre, el famoso actor James O’Neill “dirigió” la obra, dando todo tipo de instrucciones a Mary Pyne, en el papel de Sra. Rowland, para mostrar emociones a través de exagerados gestos histriónicos y, en menor medida, por razones obvias, a su hijo en el papel de Alfred Rowland, la cual sería además la última actuación de Eugene O’Neill. Aparentemente también, tan pronto como su padre abandonó el ensayo, O’Neill le dijo a Mary Pyne que no hiciera caso alguno a las recomendaciones de su padre (Sarlós 1982: 70).

Tras Before Breakfast, el público pudo ver Lima Beans, la obra más vanguardista que los Provincetown Players habían montado en el Village hasta la fecha. Como se explicó antes, fue por la amenaza de John Reed de dejar el grupo que finalmente se le dio una oportunidad a esta obra de la pluma de un poeta que se alejaba completamente del realismo. De hecho, hasta se le dijo que tendría que contar con sus propios actores, que no fueron otros que los poetas Mina Loy y William Carlos Williams en los papeles de Ella y Él. El reparto lo completó William Zorach como el Verdulero, y la escenografía fue diseñada por los Zorach (Kenton 1997: 47). El argumento, que es quizá el motivo por el que muchos de los miembros activos no estaban del todo convencidos de aprobarla, es bastante simple. Ella quiere acabar con la rutina de cenar habas todas las noches, por lo que compra judías verdes. Pero ante el enfado monumental de su marido, vuelve a comprar habas, a prepararlas, y así la obra concluye con la reconciliación de la pareja. El interés de Lima Beans es puramente formal. La experimentación es palpable a varios niveles. En primer lugar, en el lenguaje, que se asemeja al verso libre y que hace que la obra se desarrolle como una sucesión de intercambios, muchas veces esticomíticos, veloces. Además, como las acotaciones apuntan, la obra también experimenta con la forma de actuar, pues los actores, diseñados como marionetas, deben moverse como autómatas al estilo gestual de la pantomima. La escenografía estaba compuesta por unos paneles blancos y negros, diseñados por los Zorach al estilo de Craig, salpicados por ornamentos de colores que sugerían verduras (Kreymborg 1916: 173-74, Kreymborg 1925b: 243). El hecho de que el telón aparezca listado como un personaje más, el que se encarga de interrumpir el beso entre Ella y Él, así como los múltiples juegos con el público, que sirven para tirar abajo la cuarta pared, son una prueba más del espíritu puramente vanguardista de esta obra y la convierte en una experimento temprano con el expresionismo (Valgemae 1972: 23). Según Kreymborg, la obra fue todo un éxito; fueron dieciséis las veces que tuvieron que volver a escena por los incesantes aplausos de un público entusiasta (1925b: 244) y le valió a su autor el reconocimiento del grupo, que no dudó en incluirlo en su lista de miembros que leían las obras para decidir cuáles se llevarían a escena.

La obra que cerraba el tercer programa era The Two Sons, una obra de un acto de Neith Boyce ambientada en Provincetown. El tema principal de la obra, como Ozieblo ha señalado, es el efecto drástico que la sobreprotección de una madre hacia sus hijos puede acarrear (2000: 102). Dos hermanos bien diferentes, Paul, un artista que vive con su madre, Hilda, y Karl, un rudo marinero que se ausenta a menudo de casa, discuten cuando Paul trae a su novia Stella a casa. Mientras Karl la lleva a dar un paseo, Hilda aprovecha para malmeter a Paul contra su hermano: le quiere robar la novia de la misma forma que de pequeño le robaba los juguetes. Las discusiones consiguientes entre los hermanos revelan una rivalidad fomentada por la madre, que trataba con dureza a Karl y mimaba a Paul, haciendo que este se sintiera débil. Durante su segunda conversación a solas, animados por el alcohol, Paul le dice a Karl que se puede quedar con Stella, a lo que Karl responde que todas las mujeres son demonios y confiesa que siempre que ha fastidiado a Paul era para acercarse a él.

Para el estreno Boyce contó con Lew Parrish para el papel de Paul, con René de la Chapelle para el de Karl, con August Quidington para el de Hilda y con Augusta Cary para el de Stella. Edna Kenton no se detiene a hablar de esta obra en su historia de los Provincetown Players, probablemente porque fue bastante floja y pasó inadvertida entre los dos experimentos que supusieron Before Breakfast y Lima Beans.

El cuarto programa

En la reunión del 3 de diciembre, los Provincetown Players decidieron que iban a estrenar un programa cada tres semanas en lugar de cada dos. Los problemas que habían tenido con obras que se caían del cartel en el último segundo, el tener varias obras nuevas para ensayar al mismo tiempo y, obviamente, sus propios conflictos personales, hacían casi imposible mantener programas de calidad sostenida cada dos semanas. En esta reunión se incorporaron cinco miembros activos: Justus Sheffield, Louis Ell, Augusta Cary, Donald Corley y Alfred Kreymborg (“Minutes” 3 diciembre 1916). En la reunión del 6 de diciembre, y con las quejas constantes de Hucthins Hapgood sobre la manera de votar (Sarlós 1982: 71), se pasó a una forma diferente de votación a través de comités. Se formó un comité para seleccionar las obras y otro de revisión, para aquellos autores que hubieran recibido la “recomendación” de revisar sus manuscritos. El comité de revisión incluía a Neith Boyce, Jig Cook, Susan Glaspell, Edna Kenton, Alfred Kreymborg, Henry Marion Hall, Mary Heaton Vorse y Eugene O’Neill (“Minutes” 6 diciembre 1916). En la reunión del 11 de diciembre, se pasó a votar a los miembros de comités existentes y a la elección de su director. El comité de producción contaría con Cook, Teddy Ballantine, Ida Rauh, Sophie Treadwell, Roland Young, Robert Parker, Lucian Cary y Harmon Cheshire. Las votaciones para el comité de escenografía incluyeron como miembros a Cook, Louis Ell, Marguerite Zorach, Alice Hall, Charles Demuth, Joseph Weyrich, Townsend, Don Corley, Margaret Swain y Thomas Ball (“Minutes” 11 diciembre 1916). Estos cambios denotan que Cook, ahora presente también en los comités, deseaba controlar la compañía más como director que como presidente. Además, el hecho de que Brör Nordfeldt no fuera miembro del de escenografía, cuando lo había dirigido anteriormente, denota cierto conflicto que estallaría más tarde. A pesar de esto, su obra Joined Together inauguraría el cuarto programa, aunque sería la primera y última obra de Nordfeldt con los Players.

De la obra que inauguró el cuarto programa el 15 de diciembre poco se sabe. Tan solo que incluía a un Pintor de 23 años, a su compañero de habitación, Peter Barlow; a su mujer, llamada Sally, a un profesor universitario llamado John Torrence, y a una tal señorita Smith a la que todos llaman Baby. Los actores en estos papeles fueron, respectivamente, Richard Silvester, René de la Chapelle, Margaret Nordfeldt, Henry Marion Hall y Margaret Swain (Kenton 1997: 49). La segunda obra en cartel fue The Obituary, de Saxe Commins. Commins era el cuñado de Teddy Ballantine y, tras conocer a los Provincetown Players, quedó fascinado por la literatura de tal modo que más tarde abandonaría su carrera de dentista para convertirse en editor. Todo lo que se sabe de esta obra, de la que no existe copia tampoco, es que se desarrolla en un único acto que tiene lugar en el funeral de un tal Sr. Foster. Los personajes de Sra. Foster, Charles Foster, Sr. Westphal, Sr. Crosweel; el abogado, y el de la Criada fueron encarnados por Tracy L’Engle, Teddy Ballantine, Lew Parrish, Henry Marion Hall y Mary Pyne, respectivamente. El diseño de la escenografía corrió a cargo de la Srta. Whittredge (Kenton 1997: 50).

La tercera obra del programa era una comedia en un acto de John Chapin Mosher titulada Sauce for the Emperor. El motor de esta sátira ambientada en la antigua Roma es un concurso que Nerón establece para premiar a la mejor salsa. Paula le ofrece a Nerón la salsa que su prometida, llamada Donor, ha elaborado. Nerón elige esta salsa como la mejor, pero decide quedarse con Paula como amante y degradar a Donor a cocinera. Al oír hablar de la belleza de Lady Aglaia, Nerón se olvida de Paula, contentando a Donor por haber rechazado a Paula y enfadando a esta por encontrar a otra mujer más bella que a ella. Los papeles principales corrieron a cargo de Justus Sheffield como Nerón, Allen Norton como Donor y Virginia Tobey como Paula (Kenton 1997: 50), y fue dirigida por la dramaturga Sophie Treadwell (Black 2002: 96).

Como Sarlós afirma, y tal y como los mismos Provincetown Players estaban viendo, su forma de trabajar les estaba llevando a montar obras que se alejaban cada vez más de ese teatro nuevo, moderno y de calidad que les había llevado a Nueva York. A estas alturas, hasta Jig Cook sentía desesperación. En una carta a Glaspell compartía sus temores: “Apenas tenemos obras buenas, interesantes, y si no las conseguimos, nos vamos al traste” (en Sarlós 1982: 71). Al terminar el programa, organizaron una fiesta en el Samovar, regentado por Nani Bailey y que era el hogar de los Players para sus festejos antes de que Christine’s abriera en su mismo edificio. Allí bebieron su famoso ponche a base de whiskey, brandy de melocotón, ron, jugo de limón y azúcar e intentaron olvidar lo malo y recordar su misión (Egan 1994: 51).

En la reunión del 20 de diciembre votaron a favor de Fog, de Eugene O’Neill. También se leyeron On Bail, de George Middleton, e In the Fishhouse, de Mary Heaton Vorse. En la reunión del 27 de diciembre, se aprobó Graven Images, de Wilbur Daniel Steele, se rechazó On Bail, y se leyeron Family Pride, de Susan Glaspell, a la que después titularía Close the Book, y The Sniper, de Eugene O’Neill (“Minutes” 20 y 27 diciembre 1916). Como Kenton afirma, se pasaron todas las vacaciones de Navidad ensayando y trabajando (1997: 51), y solo así se vería si los conflictos personales acabarían o no con el corto sueño de los Provincetown Players.

El quinto programa

El quinto programa marcó el abandono definitivo de Floyd Dell. Si a raíz del ensayo y puesta en escena de King Arthur’s Socks ya había mostrado su descontento, este se convertiría en enfado monumental con A Long Time Ago. En esta ocasión, Dell volvió a prescindir de su derecho a dirigir la obra, dejándola en manos de Duncan MacDougal, que había trabajado con los Abbey Players. La idea molestó al resto, pues no querían a gente de fuera, y porque a nadie parecía caerle simpático. Y cuando Dell vio lo que estaba haciendo, con los actores subidos en unos zuecos que producían un ruido horrible sobre el escenario, se sintió ofendido y pensó que su trabajo era menospreciado. A pesar de que esto era en parte culpa suya, por no haberse ocupado de su proyecto, Dell se dio de baja como miembro de los Provincetown Players (Sarlós 1982: 71).

A Long Time Ago es una obra de trama rocambolesca, con una Reina caprichosa buscando el amor, un Príncipe que no se queda en el mismo sitio más de tres días y que no va a comprometerse por amor, y un Bufón convertido en héroe tras besarle la Reina tres veces, que mata al Príncipe y mete al país en la guerra con la que la obra termina. Ciertamente, el tono lúgubre se vio ensombrecido cuando, por el ruido de los zuecos de madera de los actores, el público soltaba grandes carcajadas, poniendo en evidencia a los actores, que intentaban no caerse de los zuecos que los levantaban del suelo 25 centímetros. Los papeles principales fueron representados por Ida Rauh como Reina, Pendleton King como Príncipe y Duncan MacDougal como Bufón (Kenton 1997: 52-53).

La obra se estrenó el 5 de enero junto a Fog, de O’Neill, y Bored, de John Chapin Mosher, en un programa definido como “francamente mediocre” (Kenton 1997: 53). No existe copia de Bored, que abría el programa, pero Kenton la define como mucho peor que Sauce for the Emperor (1997: 53) y sería la última contribución de Mosher al grupo. Fog, por su parte, no es precisamente una de las mejores obras de O’Neill, y Sarlós llega a calificarla como “la más floja de las obras de un acto” del dramaturgo (1982: 71). Fog comparte con Thirst la ambientación; sucede tras el naufragio de un barco. Cuatro personajes comparten un bote salvavidas inmerso en la niebla: un Poeta, una Campesina polaca, su Hijo muerto y un Hombre de negocios. Mientras la mujer sostiene el cadáver de su hijo en brazos en un extremo del bote, el Poeta y el Hombre de negocios discuten sobre la vida; uno es socialista y reformista y el otro capitalista. También discuten cuando oyen al equipo de rescate: el Poeta mantiene que no hay que gritarles, pues para salvarles a ellos en la niebla corren el riego de chocar contra un iceberg y de morir todos, pero el Hombre de negocios solo quiere que lo salven. Finalmente, cuando el equipo de rescate llega, los dos no pueden más que asombrarse al escuchar que han venido alertados por el llanto de un niño. Es entonces cuando descubren que la mujer, que creían dormida, ha muerto congelada y, atónitos, no saben cómo explicar qué es lo que ha pasado. Por esto, el Poeta decide quedarse “con los muertos” mientras son remolcados (1988a: 122).

Es difícil imaginarse cómo pudieron los Provincetown Players poner en escena una obra que requería especificaciones técnicas tan necesarias para el desarrollo de la trama como es la niebla. La escenografía fue diseñada por Brör Nordfeldt y Margaret Swain, que además hizo el papel de madre. John Held hizo de Poeta, Hutchinson Collins de Hombre de Negocios y Karl Karstens de Oficial (Kenton 1997: 52). Edna Kenton afirma sin pudor que lo mejor de este programa es que a uno de los ensayos de Fog vino una persona que, aunque tarde para esta ocasión, les ayudaría a reconducir su proyecto: la directora Nina Moise (1997: 53).

El sexto programa

Antes del estreno del quinto programa, el 3 de enero, se reunieron y aprobaron The Sniper, de O’Neill, y leyeron dos obras de Rita Wellman, Dear Departed y Barbarians. Reunidos el día 10 de enero, se leyó Ivan’s Homecoming, de Irwin Granich, y se decidió montar un programa especial sobre la guerra que incluiría The Sniper, Barbarians y Ivan’s Homecoming. Además, en esta reunión Mary Pyne y Pendleton King fueron promocionados a miembros activos. En la reunión del 17 de enero, se aceptaron The Prodigal Son, de Harry Kemp, y Family Pride, de Glaspell, de quien se leyó The People. También se leyó la obra Tearful Theokinda, de H. Durant Rose (“Minutes” 3, 10 y 17 enero 1917).

Los Provincetown Players afrontaban el sexto programa siendo conscientes de que todo se iba al traste. Tener buenas intenciones no era suficiente, necesitaban buenos actores, buenas obras y buenos directores. El sexto programa, que se estrenaría el 25 de enero, incluía la reposición de Winter’s Night, en esta ocasión con Ida Rauh en el papel de Rachel, con Hutchinson Collins como Jacob y con Mary Pyne como Sarah. Y también incluía dos obras nuevas: Pan, de Kenneth MacNichol, que abrió el programa, y de la que no hay registro, mas que Jig hacía de Pan y Edna James de una chica joven, y A Dollar, de David Pinski (Kenton 1997: 53-54).

Aunque Nina Moise ayudó extraoficialmente a dirigir tanto Pan como Winter’s Night, con A Dollar, dado que el autor no estaba presente, ella asumió toda la responsabilidad. Nina Moise, a diferencia de la gran mayoría, era una persona totalmente de teatro. Tras completar su carrera de Historia en Stanford en 1912, Moise se había formado en la Escuela de Oratoria Cumnock de Los Ángeles y había trabajado en una compañía de teatro. Su incorporación a los Provincetown Players tuvo lugar tras la visita a su amiga Margaret Swain, que había co-diseñado la escenografía de Fog. Aparentemente, Swain le había comentado que los Provincetown Players necesitaban directores, por lo que pronto se reuniría con Jig Cook. A Cook le bastó con llevarla a un ensayo de A Dollar, en el que Moise comenzó a dar indicaciones correctas a los actores para que no se pusieran unos en medio de los otros, para pedirle que dirigiera la obra (Black 2002: 97). Como Cheryl Black afirma, gracias al trabajo de Moise, las técnicas de dirección del grupo pasaron “del colectivismo a la especialización” (2002: 97). Nina Moise se quedó con los Provincetown Players desde enero de 1917 hasta mayo de 1918 y fue rápidamente elegida miembro activo por unanimidad el 7 de febrero de 1917 (“Minutes” 7 febrero 1917). Dirigió diecisiete obras y co-dirigió tres, convirtiéndose, por el número de obras, en la persona que más montajes dirigiría durante la existencia de la compañía (Black 2002: 97).

A Dollar es una comedia alegórica con tintes trágicos escrita por David Pinski, un famoso dramaturgo del Yiddish Theatre. En ella, los miembros de una compañía de actores ambulantes se pelean por un billete de un dólar. El Cómico y el Villano son las fuerzas principales del grupo y deciden que quien se quede con el dólar también tendrá el control sobre el grupo. La obra se acerca a su conclusión cuando un extraño, como un deus ex machina, les ofrece cambio, pero lo que hace es sacar una pistola, robar el dólar y salir corriendo. Brör Nordfeldt diseñó el bosque donde se desarrolla la acción, además de hacer de el Cómico. El reparto lo cerraban B. W. Huebsch como el Villano, Pendleton King como el Actor Trágico, David Cummings como el “Hombre mayor,” Mary Pyne en el papel de la Heroína, Margaret Bailey en el de la Ingenua y Hutchinson Collins como el Extraño (Kenton 1997: 54). Aunque la obra en sí no sea de estándar alto, sí es cierto que le permitió a Nina Moise empezar a trabajar con los Players, una relación que daría muy buenos frutos.

Cerca de la clausura del sexto programa, los Provincetown Players tuvieron su primera reseña de la mano de Heywood Broun para el New York Tribune. Broun había estado leyendo la publicación de obras de los Provincetown Players a cargo de Frank Shay, seguramente sin saber que Shay ya se había negado a publicarlas todas tras ver la escasa calidad de algunas, como el mismo Shay dijo en la reunión del 11 de diciembre de 1916 (“Minutes”). Aún así, Broun destaca que los Provincetown Players estaban haciendo “teatro experimental.” Menciona el hecho de que los Washington Square Players estén haciendo Trifles, considera Suppressed Desires como la mejor obra del grupo por la forma en que captura una controversia contemporánea, y alaba la creación de la atmósfera en Bound East for Cardiff (1917a: s. p.). Sin duda, y a pesar de que Broun no es tan generoso con todas las obras, el hecho de que este crítico los llamara “teatro experimental” debió de darles fuerzas para sobreponerse a los varapalos de los últimos programas y para seguir confiando en su proyecto. Al fin y al cabo, nadie les había dicho que fuera a ser un camino de rosas.

El séptimo programa: el programa sobre la guerra

Mostrando su compromiso social e intuyendo que la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial era una cuestión de tiempo, el 10 de enero de 1917, los Provincetown Players decidieron mostrar lo que ellos pensaban de la guerra con un programa especial que incluiría obras de tinte bélico. El programa se inauguró el 16 de febrero y Nina Moise dirigió todos los montajes. Ivan’s Homecoming es una obra del comunista, periodista y escritor Irwin Granich, quien después se cambiaría el nombre por el de Mike Gold. De ella solo se sabe que está ambientada en Rusia y que trata de un soldado muerto cuyo fantasma visita a su familia, encarnados por Lew Parrish como el soldado, Mary Pyne como su esposa, y Magda Boris como su hija (Kennedy 2007e, Kenton 1997: 55).

La segunda obra del programa, Barbarians, es una joya perdida cuya versión anterior, titulada “The Horrors of War” (1915), puede consultarse en la colección de Judith E. Barlow Women Writers of the Provincetown Players (2009). Esta obra bélica es de hecho una obra sobre dos guerras: la guerra militar y la guerra de sexos (Barlow 2009d: 323-24). La obra está ambientada en una casa en “un país en guerra” (Wellman 2009: 327) donde tres hermanas, Sonia, Marta y Lisa están muertas de aburrimiento. Como Sonia lamenta, lo único que hacen en la vida es “Tejer, atender la casa, llorar” (2009: 329). Esto es, las tres hermanas, en una clara referencia a Chejov, están cansadas de respetar el papel de la buena mujer. Pronto se ve que las tres quieren rebelarse contra este rol; envidian a los soldados que han podido escapar del tedio al alistarse. Más aún, estas mujeres también se alejan de clichés al encontrar algo que las anima: el pensar que los soldados enemigos que merodean por la zona, los bárbaros del título, irrumpirán en la casa. Cuando la Sra. Peters llega corriendo con la intención de llevarse a las tres hermanas para ponerlas a salvo, las tres deciden quedarse y recibir a los soldados en lencería. De esta forma, Wellman destroza expectativas de género: las mujeres no son asustadizas, no huyen, no quieren protección, y a la vez Wellman invita al público a pensar cómo el enemigo es normalmente estereotipado como ese ser monstruoso y cruel. Como Sonia dice: a diferencia de “nuestros hombres, ellos son bárbaros” (2009: 345).

Pero estas expectativas son de nuevo destrozadas cuando los tres bárbaros entran en escena disculpándose por las molestias, pidiendo algo de comer con suma educación y ofreciéndose a poner la mesa. De forma cómica, y no por ello menos seria, Wellman re-escribe el mito de la guerra y de la heroicidad del soldado. Cuando Marta le pide a un “bárbaro” que le hable de sus conquistas, este no tiene nada que contar, y cuando Marta le ofrece sus labios, él la rechaza con un “No puedo. No está bien” (2009: 353). La obra, obviamente, concluye con la total decepción de las mujeres. Los hombres, tras llenar sus estómagos, se despiden con cortesía y se marchan. En esta obra de corte realista parece ser que los hombres solo pueden ser apasionados, románticos y machos en la imaginación de las mujeres que los esperan en lencería y en la literatura bélica convencional.

El estreno contó con Ida Rauh, Luie Erle y Dorothy Upjohn en los papeles de Marta, Sonia y Lisa, respectivamente. Nancy Schoonmaker hizo el papel de la vecina; la Sra. Peters, y Pendleton King, Morton Stafford y Theron M. Bamberger de los bárbaros más corteses que se han visto sobre un escenario. Edna Kenton recoge que, desde los ensayos, todos estaban seguros de que esta obra sería un éxito (1997: 55-56), pues es una obra de su tiempo que llamaba a reconsiderar el sinsentido de la guerra en Europa y el odio étnico que no atiende a la realidad de que los enemigos también son personas.

La pieza que cerraba el programa era The Sniper, una obra que O’Neill había escrito para sus clases con George Pierce Baker y que se desarrolla en Bélgica. La obra comienza con un hombre mayor llamado Rougon entrando en su casa, que está destrozada por los bombardeos, a través de un agujero, y llevando en sus brazos el cadáver de su hijo muerto, un soldado caído a manos de los alemanes. El público es testigo de cómo la ira de Rougon va en aumento. Crece cuando el Sacedote aparece para consolarle, y crece cuando recuerda que prometió a su hijo no tocar su rifle. Pero cuando le llegan noticias de que su mujer y la prometida de su hijo, que habían huido hacia Bruselas, han muerto a causa de una explosión en el camino, Rougon coge su rifle y dispara con rabia contra unos soldados que pasan desfilando. Aplicando la ley, el Capitán ejecuta a Rougon, que se niega a encontrarse con Dios, rechazándolo por lo que está dejando que ocurra. Aunque los críticos consideran The Sniper como una obrilla de los comienzos de O’Neill, su compromiso por escribir sobre una realidad social y política contemporánea y por describir los horrores de la guerra merecen ser comentados. Es más, la obra también merece especial atención por la forma en que retrata una naturaleza humana desnaturalizada y un mundo en el que la religión no ofrece consuelo. En suma, The Sniper no es solo un canto contra la guerra, sino contra religiones institucionalizadas que pretenden que el dolor de la guerra se asuma con dignidad cristiana.

Donald Corley diseñó la escenografía, que consistía en una cabaña de barro con un agujero para representar la casa de Rougon, y además hizo de Sacerdote, mientras que Jig Cook tuvo el papel protagonista (Kenton 1997: 55). Con el esfuerzo de todos, y más aún con el de Nina Moise como directora, consiguieron que el programa subiera el nivel respecto al programa anterior. Buscando ese compromiso con el público, y con vistas a un programa final que recogiera las mejores obras de la temporada, los Provincetown Players pasaron un cuestionario a sus subscriptores.

Parece ser que habían entendido que necesitaban directores profesionales, porque no todos podían opinar sobre todo, y que no podían permitirse seguir estrenando programas que no contribuyeran firmemente a la renovación del teatro norteamericano. Este cambio tan importante se manifiesta en el hecho de que en la reunión del 21 de febrero, nada más cerrar el programa, se decidió que Nina Moise y Donald Corley, que había hecho todos los diseños de este programa, fueran nombrados directora del comité de producción y director del comité de escenografía, respectivamente (“Minutes” 21 febrero 1917). Ya en el siguiente programa, todas las obras serían dirigidas por profesionales: Frederick L. Burt, Margaret Wycherly y Nina Moise. En esta reunión también se suplieron a John Reed y Louise Bryant en el comité ejecutivo; tras la votación pertinente, sus puestos los ocuparon Edna Kenton y Ida Rauh, y Hutchinson Collins fue elegido como miembro activo (“Minutes” 21 febrero 1917).

El octavo programa

Edna Kenton define el octavo programa “como uno extraordinario de principio a fin” (1997: 57). Con los cambios organizativos, las nuevas incorporaciones y buenas dosis de inspiración, consiguieron reponerse de lo que se estaba convirtiendo en un fiasco para así reinventarse y reconducir su sueño. Estaban tan seguros de que este programa sería un éxito que incluso incluyeron una noche extra, por lo que el programa se presentó del 9 al 14 de marzo. Las tres obras de este programa eran estrenos, de la calidad de dos de ellas, Cocaine, de Pendleton King, y The People, de Susan Glaspell, no tenían dudas. La obra que abriría el programa, The Prodigal Son, de Harry Kemp, era más incierta, como se refleja en que, según Sarlós, esta obra se incluyó porque no tenían nada mejor (1982: 73).

The Prodigal Son es una re-escritura cómica de la conocida parábola bíblica del hijo pródigo. Kemp le da una vuelta de tuerca a la historia cuando al regreso del hijo pródigo, Levi, los personajes femeninos, Rachel y Miriam, concubina y prometida del otro hermano, le piden que las lleve con él de vuelta a Roma. Cuando se descubre que Rachel planea huir, Reuben, el padre, recomienda a su hijo que la venda. Ante esto, Levi le propone a Rachel huir esa misma noche a Roma, donde ella se convertirá en la bailarina que siempre ha soñado ser, y él se convertirá “en su representante” (1917: 93). Con escenografía de Cook, la obra fue dirigida por Frederick L. Burt, contando con Lucian Cary como Levi, con Hutchinson Collins como su hermano Simeon, con Donald Corley como el padre, y con Mary Pyne y Ida Rauh en los papeles de Rachel y Miriam, respectivamente (Kenton 1997: 57).

Cocaine fue la primera y única obra de Pendleton King sobre el escenario de los Provincetown Players. De hecho, tras su participación en los dos programas restantes de esta temporada, King desapareció del grupo. Se sabe que fue llamado a filas, que regresó en abril de 1919 y que falleció el 28 de mayo de ese año tras contraer neumonía al intentar salvar de morir ahogadas a dos mujeres (Kennedy 2007c). Esta comedia con tintes trágicos en un solo acto desarrolla con dos personajes la dependencia de las drogas y el doble estándar en cuanto a la prostitución. Esta obra se encuentra traducida e introducida en la segunda parte de este volumen.

La obra que cerraba el programa es una comedia con tintes sociales y políticos a cargo de Susan Glaspell. The People está ambientada en la oficina de “El Pueblo: una revista de la revolución social” en una mañana de 1917. La revista va a cerrar por problemas económicos. Pero esta no es la única dificultad, pues los problemas organizativos de la revista también son considerables. El Artista demanda que la revista incluya más ilustraciones, Oscar; el ayudante del editor, más poesía, el Toque Ligero un tono más liviano, el Agitador más valentía a la hora de enfrentarse a los principios burgueses y el Filósofo, cuyas intervenciones se pierden en silogismos sin fin, más eficacia. Sara, una de las redactoras, es la única en darse cuenta de que el problema son ellos mismos y de que si vuelven a sus raíces y se olvidan de primar sus propios intereses, la revista saldrá adelante.

Pero Sara es incapaz de convencer a Ed, el editor, y el cierre solo será evitado por la visita inesperada de una Mujer de Idaho, que representa al “Pueblo” y que ha venido para hablar con Ed. Otros dos personajes que representan al pueblo también acuden; el Chico de Georgia, que se ofrece a distribuir gratis la revista con tal de que siga en las calles, y el Hombre del Cabo, que ha dejado su trabajo pescando ostras para evitar que la revista desaparezca. La Mujer de Idaho le recuerda al editor su cometido y cómo ha venido mostrando la verdad de sus vidas, haciendo que Ed se llene de energía para seguir sacando “El Pueblo” adelante a pesar de las adversidades.

Es francamente sencillo darse cuenta de que la revista ficticia The People es en realidad The Masses, y de que esta obra refleja los problemas económicos y organizativos que la revista había experimentado casi desde sus comienzos. El público no tendría problema alguno en ver a Floyd Dell en Oscar Tripp, a Max Eastman en Ed Wills, a John Sloan en el Artista, a Hippolyte Havel en el Agitador e incluso a Mary Heaton Vorse en la pacificadora y tranquila Sara. Pero The People también es un fiel reflejo de los Provincetown Players como una organización democrática que quiere llegar al “Pueblo,” pero cuyas dificultades financieras y por el choque de personalidades hacen que esta tarea sea difícil de realizar. El público también tendría fácil llegar a este paralelismo al ver a Jig Cook en el papel de Ed Wills. Aparte de por su temática actual, que también incluye la eterna pregunta de si el arte puede cambiar a la sociedad (Hinz-Bode 2006: 75), si el radicalismo político y social está condenado a extinguirse pasado un tiempo (Makowsky 1999: 55) o las dificultades de conectar con el público, The People es significativa por la forma en que mezcla la comedia costumbrista y el realismo de los diálogos con unos personajes expresionistas como son el Artista o el Agitador.

Otros de los actores que completaron el reparto liderado por Cook fueron Pendleton King como Oscar, Harry Kemp como el Anarquista, Hutchinson Collins como el Filósofo y Pierre Loving como el Toque Ligero. Una brillante Susan Glaspell hizo el papel de la Mujer de Idaho y Nina Moise dirigió la obra además de hacer de Sara (Kenton 1997: 57). Ciertamente, doce personajes para el escenario minúsculo del 139 de la calle MacDougal eran demasiados, mas con la destreza de Moise, la obra fue todo éxito.

Al crítico Heywood Broun le entusiasmó esta pieza y añadió que esperaba que los Provincetown Players encontraran un teatro más grande para seguir con su experimentación teatral (1917b: 3). A Jacques Copeau le impresionó especialmente la actuación de Glaspell: “Me llegó a lo más profundo por la simplicidad de su actitud, por la calidad pura de su persona, por el sentimiento inimitable del matíz de su entonación” (en Ozieblo 2000: 110). Así pues, The People fue un éxito también con el público, como demuestra que muchos teatros pequeños la llevaran a escena, como el The Plays and the Players Club de Filadelfia, los Washington Square Players, el Neighborhood Playhouse y los Vagabond Players de Baltimore (Papke 1993: 165 S008).

El noveno programa

Tras el séptimo programa, los Provincetown Players, reunidos el 28 de febrero, habían decidido que el noveno programa, antes del final, incluiría Collusion, de Lincoln Steffens, The Red Pavilion, de Ethel Watts Grant, In the Fishhouse, de Mary Heaton Vorse, y Half an Hour in Heaven, de Edward Eyre Hunt (“Minutes” 28 febrero 1917). Pero no sería así. El cansancio físico y mental les llevaría a concluir la temporada con el programa de reposiciones para el que habían pedido opinión a su público al término del séptimo programa (Kenton 1997: 58-59). Reunidos el 15 de marzo, y ante la buena recepción de las obras del octavo programa, decidieron incluir Cocaine y The People, aunque el público no había votado sobre ellas, junto a Barbarians y Suppressed Desires.

Tanto en la reunión del 15 como en la del 21 de marzo, se tomaron decisiones muy significativas. En la del 15, Ira Remsen, Harry Kemp y Ellen Cook, la madre de Jig, conocida como Ma-Mie, pasaron a ser miembros activos. Y en la del 21 de marzo, se hicieron cambios drásticos en la Constitución, a pesar del desacuerdo de algunos de los miembros presentes. El cuórum necesario para aprobar propuestas pasó de un tercio de los miembros activos a doce miembros. Por razones prácticas, también se aprobó celebrar elecciones en primavera y no al final del verano en Provincetown. En materia económica se decidió que el Secretario-Tesorero dejaría de tener un sueldo, básicamente para poder pagar a Nina Moise como directora profesional y a Louis Ell como carpintero, y que se le asignaría una secretaria remunerada. La palabra final sobre la selección, el reparto y el montaje de las obras recaería en el comité ejecutivo de cinco personas formado por el Presidente, el Secretario-Tesorero y tres miembros elegidos por votación. Además se aceptaron las renuncias de Floyd Dell, Max Eastman y Hutchins Hapgood y se aprobó que el mismo actor no pudiera tener más de un papel protagonista en el mismo programa (“Minutes” 21 marzo 1917).

De esta forma, podría decirse que a estas alturas Cook sabía que podía contar, además de con su esposa y con su madre, con Edna Kenton, Lucian Cary y Ida Rauh, que eran parte del comité ejecutivo, y que salieron reelegidos en esta reunión, con veintidós votos a favor y seis en contra. El hecho de que seis pesonas votaran en contra del comité ejecutivo denota dos facciones, que se evidenciaron más en las votaciones para la presidencia. Cook fue reelegido presidente, con veintitrés votos a favor y otros seis en contra, que apoyaron la candidatura de Frederick L. Burt. Dos personas que habían estado ligadas a los Provincetown Players desde el comienzo dejaron el grupo tras esta reunión: B. J. O. y Margaret Nordfeldt. El caso de Brör fue polémico, pues se celebró una votación para decidir si debía abandonar su estatus de miembro. Diecisiete personas votaron a favor, seis en contra, y dos apuntaron que esta delicada cuestión requería más discusión. En cuanto a Margaret, si a la expulsión de su marido se le suma el hecho de que en las votaciones para ser re-elegida Secretaria-Tesorera perdió por veinticinco votos a seis frente a David Carb, no es de extrañar que no dudara en marcharse. Su resentimiento queda patente en las actas que ella misma se había encargado de levantar escrupulosamente desde el comienzo de los Provincetown Players, pues añade que solicita ser relevada de su puesto a la mayor brevedad posible en esa misma semana (“Minutes” 21 marzo 1917). Kenton resume esta reunión como una en la que para ver el bosque “quitaron los árboles” (1997: 59). Un mes después, Frederick L. Burt, Myra Carr y Edwin y Nancy Schoonmaker presentaron su baja del grupo (“Minutes” 25 abril 1917). Sumando estas cuatro pesonas a los Nordfeldt, es plausible que ellos fueron los que votaron sistemáticamente en contra del bando que resultó ganador.

Con un grupo drásticamente reducido, el noveno programa vio la luz el 30 de marzo. El éxito de las tres comedias incluidas fue tal que tuvieron que extenderlo hasta el 6 de abril, en lugar de finalizar el día 4, como estaba previsto. Kenton recuerda que todos los críticos importantes del momento, como Burns Mantle del Evening Mail, pagaron de su propio bolsillo para ver sus obras. Barbarians se repuso con casi el mismo reparto, exceptuando el papel de la Sra. Peters, que pasó de Nancy Schoonmaker a Helen Zagat, y los papeles de Morton Stafford y Theron M. Bamberguer como bárbaros, que fueron reemplazados por Hutchinson Collins y Eugene Lincoln. The People contó casi con el mismo reparto, a excepción del papel de Enfoque Serio, que había representado Morton Stafford y que ahora recaería en Lew Parrish. Cocaine contó con el mismo reparto y para Suppresed Desires Glaspell y Cook volvieron a representar a los Brewster y Mary Pyne hizo de Mabel. En su reseña del 4 de abril para el Evening Mail, Burns Mantle aplaude el que todos los autores sean estadounidenses y se maravilla de que hayan “sobrevivido en Nueva York un año sin un agente de prensa” (en Kenton 1997: 62). En su repaso a la temporada teatral en Nueva York del 13 de mayo de 1917, Alexander Woollcott, crítico del New York Times, destaca sobre todo a Glaspell, como un producto de los Provincetown Players, por su “originalidad, imaginación y humanidad.” Woollcott veía en ella a una nueva y prometedora dramaturga (1917: s. p.).

Al final de su primera temporada en Nueva York, y tras tener que sortear momentos delicados, parecía que los Provincetown Players estaban haciendo realidad el sueño de Cook, que ya era un sueño compartido, aquel de la “amada comunidad” que lucha junta, expulsando a agentes molestos si fuera necesario, en pos del bien común. Aunque el grupo seguía manteniendo su genuino carácter amateur, había conseguido que profesionales como Nina Moise, Donald Corley o Margaret Wycherly trabajasen con ellos. Actores y actrices empezaban a brillar con luz propia, como Ida Rauh y Susan Glaspell, y su organización, dejando atrás sueños infantiles de una democracia total, supo reajustarse a la circunstancias. Con el dinero recaudado en la temporada se permitieron reformar ligeramente el teatro. Pensando en su público, pusieron respaldo a los bancos, dándole una apariencia de “bancos de iglesia” (Kenton 1997: 62). Y tras esto se cogieron los meses estivales para “descansar y escribir, diseñar y pintar” (1997: 62).

Capítulo 5

Sin miedo a fracasar: la segunda temporada, 1917-1918

Viendo los problemas acarreados por su ambiciosa programación para la temporada anterior, teniendo que pasar de diez a nueve programas, incluyendo reposiciones y obras de calidad dudosa, para la temporada 1917-1918, los Provincetown Players decidieron de antemano poner en escena menos programas, sumando un total de siete, para espaciar así más los estrenos. Esto finalmente no influiría en el número de obras nuevas, que ascendió a veinte. Por lo tanto, esta nueva organización no solo les permitió trabajar de manera más holgada, sino que podría decirse que incluso les animó a ser más productivos. El hecho de tener a Nina Moise con ellos también sería fundamental; los dramaturgos podían confiar en ella para montar obras más arriesgadas. Hasta Cook se atrevió a escribir una obra de tres actos. Esta temporada también está marcada por las desavenencias entre el núcleo duro del grupo y los artista más experimentales, lo que dio lugar a un programa especial de la mano de los Other Players, liderados por Alfred Kreymborg y los Zorach.

Tras el verano, tuvieron las primeras reuniones el 1 y el 2 de octubre. Se leyeron dos obras de O’Neill, The Long Voyage Home y Ile, Change your Style, de Cook, dos obras de Harry Kemp, una de Lawrence Langner, una de Harold Armstrong y otra de Florence Kiper Frank. Las dos de O’Neill y la de Cook fueron aprobadas, y las de Armstrong y Frank quedaron pendientes de revisión (“Minutes” 1 y 2 octubre 1917). La lista de miembros activos recogida en las actas es la siguiente:


Nani Bailey Neith Boyce Louise Bryant David Carb Lucian Cary Augusta Cary Hutchinson Collins George Cram Cook Ellen Catherine Cook Donald Corley Charles Demuth Louis Ell Susan Glaspell Harry Kemp Edna Kenton Pendleton King Nina Moise Mary O’Brien (Heaton Vorse) Eugene O’Neill Robert Parker Grace Potter Mary Pyne Ida Rauh John Reed Ira Remsen Justus Sheffield
Alice Hall Henry Hall Lucy Huffaker Alfred Kreymborg Marguerite Zorach William Zorach (“Minutes” 1 octubre 1917)

Para seguir dándose a conocer y seguir consiguiendo el tan necesitado apoyo de sus subscriptores, enviaron su segunda circular, que reza así:

LOS PROVINCETOWN PLAYERS

EL TEATRO DE LOS DRAMATURGOS

1917-1918

LOS PROVINCETOWN PLAYERS inauguran su segunda temporada en Nueva York el viernes 2 de noviembre. Seguimos adelante porque queremos probar que lo que nos gusta hacer es lo que un número suficiente de personas quiere ver hecho. Somos conscientes de las alegrías del teatro de la calle MacDougal el año pasado; y esas alegrías, extrañamente poco comunes en este mundo en el que se llevan obras a escena y en el que se va al teatro, son, como la belleza, su propia excusa para la existencia. Además, es necesario que haya un pequeño teatro para los escritores americanos para experimentar – un teatro pequeño donde, si el espíritu los anima, puedan ofrecer obras que, por una razón u otra, es probable que no se estrenen en ningún otro lugar. Es nuestra intención continuar dando a los artistas del teatro – dramaturgos, actores, directores, diseñadores de escenografía y vestuario – una oportunidad de llevar a cabo su trabajo con total libertad.

El trabajo que se hace por diversión parece tener una frescura que no se encuentra en el teatro que se ha convertido en un negocio. Las vidas detrás de los miembros de este grupo son de una gran riqueza. Estaban acostumbrados a tratar la vida con imaginación antes de juntarse y de comenzar a centrar sus impulsos creativos en este escenario pequeño pero libre. En sus mentes laten cosas que son más interesantes que nada que hayan escrito o hecho antes. Su esperanza es mayor de lo que era al principio.

Seguimos sin miedo a fracasar en lo que merece la pena que se intente. Esta temporada será una aventura. Dejaremos morir este teatro antes de que se convierta en otra voz de la mediocridad. Estamos aquí para recibir y ayudar a cualquier escritor de este país – que sea ya parte de nuestro grupo o que aún no se haya unido a nosotros – que sea capaz de coger el fuego del cielo para ponerlo sobre nuestro escenario.

En esta temporada se presentarán siete programas – seis de obras originales escritas por autores americanos y un programa de reposiciones. Puede que ofrezcamos una obra extensa. Estrenaremos un programa cada cuatro semanas – lo que supone un intervalo suficiente para asegurar una puesta en escena adecuada. Dentro de más o menos las cien obras de las que elegiremos las que serán llevadas a escena, tenemos dos obras nuevas sobre el mar de mano de Eugene O’Neill, autor de “Bound East for Cardiff,” una obra nueva de Susan Glaspell, autora de “Trifles” y “The People,” una obra larga de George Cram Cook, co-autor de “Suppressed Desires,” y obras nuevas de Rita Wellman, que escribió “Barbarians,” de Irwin Granich, Harry Kemp, Mary Heaton Vorse, Wilbur Daniel Steele, Grace Potter, Lincoln Steffens, Don Corley y de muchos otros.

El pasado otoño nos vimos obligados a cerrar las subscripciones poco después de que la temporada comenzara, y la demanda de entradas adicionales durante la temporada excedieron nuestras posibilidades. En respuesta a nuestra circular de la pasada primavera, un setenta y cinco por ciento de las entradas disponibles para algunas de las noches se habían reservado con antelación. Solo quedan veinticinco entradas de temporada para los viernes. Por lo tanto, pedimos a nuestros miembros asociados del año pasado que no se hayan subscrito aún, pero que deseen hacerlo, que lo hagan lo antes posible. No es nuestro deseo desplazarlos, pero no habría motivo para rechazar a nuevos subscriptores que lo soliciten antes de que aquellos renueven su subscripción.

Al habilitar un ropero, una sala de descanso, una oficina, un almacén para la escenografía y camerinos en la segunda planta, hemos ampliado nuestras dependencias. Para mejorar la comodidad, los asientos del año pasado se están renovando, reduciéndolos en número en cierta medida. Para poder incrementar el número de espectadores, las funciones estarán en cartel más noches.

El trabajo de los Provincetown Players sigue con los mismos principios que el año pasado. A excepción de ciertos cargos que, al dedicar todo su tiempo a este trabajo, tienen un salario, los miembros ofrecerán sus servicios y sus obras sin remuneración.

Los Provincetown Players somos un club privado, no un teatro público. La subscripción para una temporada asciende a 5$.

Bajo ningún concepto se darán entradas gratuitas.

Las entradas se venderán únicamente a miembros.

No se venderán entradas en la puerta.

Queda invitado a unirse a los PROVINCETOWN PLAYERS como Miembro Asociado.

El pago de Cinco Dólares, por adelantado, da acceso a ser Miembro Asociado, cubre las tasas de inscripción, y da derecho a una entrada para la temporada y el privilegio de adquirir entradas adicionales para funciones sueltas. Los Miembros Asociados pueden adquirir estas entradas, siempre y cuando el aforo lo permita, enviando setenta y cinco centavos a Los Provincetown Players, calle MacDougal 139, Nueva York.

(“‘The Playwrights’ Theatre.’ 1917-1918” 1917: 1-4)

Como puede observarse, los Provincetown Players habían aprendido la lección del año pasado: pondrían menos programas en escena y mejoraban su espacio, todo en pos de seguir luchando contra la mediocridad. En la circular se observa que fueron capaces de alquilar la segunda planta del 139 para ampliar el teatro y disponer así de un vestuario, un ropero, camerinos y un almacén. Los que recibían un salario por trabajar con ellos eran pocos: Cook como Presidente, una secretaria administrativa – Petra Wold – Nina Moise como directora y Louis Ell por realizar los decorados. Ma-Mie dirigía el comité de vestuario de forma gratuita (Kenton 1997: 65). Finalmente, atendiendo a la premura que solicitan de parte de sus subscriptores, podría asumirse que realmente tenían una larga lista de subscriptores potenciales. Aunque quizá, atendiendo a que más tarde tuvieron dificultades para encontrar suficientes subscriptores, bien podría considerarse una técnica publicitaria.

Lo que se aprecia en las actas de los últimos meses de 1917 es que el grupo aún tenía muchas decisiones organizativas que tomar. Al poco de estrenar su primer programa de la temporada y reunidos a 5 de noviembre, se aprobó que el cuórum pasaría de doce a nueve miembros y además propusieron cambiar el artículo 3, sección 3 de su Constitución, aquella que hablaba sobre la categoría de miembro del club. La enmienda se aprobó en la reunión del 8 de noviembre, a partir de la cual la nueva sección rezaría así:

III. 3. Serán considerados miembros del club aquellos que estén interesados en o comprometidos con la producción de obras u otro trabajo del teatro de los Provincetown Players. Para ser elegido como miembro del club será necesario el voto mayoritario de un cuórum de miembros activos. Tendrán derecho a adquirir entradas adicionales para las funciones sin tener que subscribirse para la temporada. No se podrá elegir a alguien como miembro del club si no ha trabajado para este teatro. Los miembros activos que dejen de serlo, de acuerdo a la sección final de las Resoluciones del 5 de septiembre de 1916, pueden ser elegidos como miembros del club. Los miembros del club podrán ser elegidos como miembros activos. Los miembros activos serán elegidos en cualquier reunión, ordinaria o extraordinaria, de los miembros activos mediante el voto mayoritario de un cuórum. Podrán dejar de ser miembros del club por el voto mayoritario de un cuórum en cualquier reunión ordinaria o extraordinaria. (“Minutes” 8 noviembre 1917)

Resulta bastante obvio que dentro del grupo estaban aquellos que trabajaban y aquellos que trabajaban menos, pero que todos tenían la misma categoría. Con la aprobación de esta enmienda, los cambios se sucederían rápidamente. Acto seguido, Neith Boyce, Robert Parker, Henry Hall y Alice Hall se dieron de baja por petición propia como miembros activos y fueron elegidos como miembros del club. A petición de Susan Glaspell se dio de baja a Augusta Cary y a continuación se procedió a dar de alta como miembros del club a catorce personas: Rollo Peters, Avril Unger, Margaret Swain, Petra Wold, Christine Ell, James Light, Rita Wellman, Clara Savage, Dorothy Upjohn, Irwin Granich, James Oppenheim, James Matthews, Paul Reber y Esther Pinch (“Minutes” 8 noviembre 1917).

El primer programa

El primer programa se estrenó con The Long Voyage Home, de Eugene O’Neill, el 2 de noviembre. The Long Voyage Home continua con el tono trágico de Bound East for Cardiff. El protagonista en esta obra es Olesen, quien, acompañado por compañeros ya conocidos por el público, como Driscoll y Cocky, entra en un pub en Londres. Acaban de atracar en el puerto y tienen dinero. Pero Olesen tiene otros planes para sus ahorros, planes que recuerdan a aquellos del moribundo Yank, y sueños que, como los de Yank, no podrán realizarse. Mientras sus compañeros se emborrachan, Olesen guarda su dinero con la idea de poder volver a su granja para vivir con su familia. Pero el dueño del bar está metido en un negocio sucio por el que secuestra a marineros y por un precio se los da al cruel capitán de un barco, que los trata como esclavos. Cocky reconoce que a él le ha pasado esto en este bar, pero el alcohol le hace despreocuparse. Cuando Cocky y Driscoll dejan solo a Olesen para acostar a otro compañero que está borracho como una cuba, Olesen es drogado. Cuando sus amigos vuelven, les dicen que Olesen se ha ido con una de las mujeres del bar, pero lo cierto es que ha sido secuestrado y que lo han metido en el barco más horrible imaginable. Nina Moise dirigió la obra y contó con la escenografía de Ira Remsen, quien también hizo el papel protagonista. Hutchison Collins hizo de Driscoll, Eugene Lincoln de Cocky, Jig Cook del malvado Fat Joe, que regenta el tugurio, y Ida Rauh de la prostituta Freda. El reparto lo completaron nuevas incorporaciones, como las de Donald Dean Young como Ivan, Harold Conley como Nick y Alice MacDougal como Kate (Kenton 1997: 65-66).

Tras el trágico desenlace de The Long Voyage Home, la segunda obra del programa, Close the Book, de Glaspell, buscaba despertar la risa del público. Esta obra, aún poco reconocida hoy en día, es una sátira realista que funciona a la perfección para criticar las estrecheces mentales de aquellos que se creen superiores intelectual y socialmente. Ambientada en el salón más que tradicional de los Roots en el Medio Oeste, el conflicto dramático tiene lugar cuando Jhansi, una jovencita universitaria de origen gitano e ideales radicales, aparece en la casa con su prometido, el hasta ahora más que digno profesor universitario Peyton Root. Jhansi siente repulsión ante el clasismo de los Roots, pues prefiere vivir al aire libre, comiendo bayas y frutos secos, como ella misma afirma. Pero los Roots no van a dejar que Peyton se “agitane,” por lo que tienen que normalizar a Jhansi. El giro cómico más desternillante de la obra ocurre cuando un libro genealógico de la región descubre que Jhansi es en verdad la hija de unos respetables ciudadanos – y por respetable ha de entenderse blancos, anglo-sajones y cristianos – y que su nombre, el cual para ella era la prueba máxima de su etnicidad, es el nombre de una misión en la India con la que su madre trabajaba. Jhansi se siente profundamente ofendida y, aunque incluso se le presenta a familiares que confirman la historia, sigue renegando de sus antepasados. El final feliz demostrará cómo se puede ser radical y parte del núcleo social al mismo tiempo: cuando Jhansi descubre en ese libro que también hay antepasados que no se comportaron del todo bien, se siente más feliz con su nueva familia. Y Peyton, a quien no le hacía gracia esa idea de vivir al aire libre, también se contenta al saber que en su familia de abolengo hubo algún que otro desliz. Y de esta forma tan simplista, los radicales pueden seguir pensando que son radicales.

La obra fue dirigida por Nina Moise y contó con la misma Glaspell en el papel de la Sra. Root. El papel de su hijo lo representó James Light, un profesor de Columbia que se estrenaría con los Players en esta ocasión y que se convertiría en una figura clave del grupo. Edith Unger, escultora y propietaria del famoso local del Village The Mad Hatter, también conocida como Avril, hizo de Jhansi. El reparto lo completaron Clara Savage como la Abuela Peyton, Justus Sheffield como el Tío George Peyton, Alice MacDougal como la hermana de Peyton, Bessie; y David Carb y Esther Pinch como el Senador Byrd y su esposa (Kenton 1997: 66). Los críticos no dudaron en aplaudir la sátira inherente a la obra. Para John Corbin, Glaspell es capaz de diseccionar con escalpelo la pose de los que viven en el Village (1917: 6), o como más tarde diría el crítico Edwin Björkman, con esta obra Glaspell es una Shaw americana, destacando cómo fusiona “el convencionalismo con un vida bohemia auto-consciente” (1920: 518). Ante el éxito, posteriormente los Washington Square Players pusieron Close the Book en escena también.

La obra elegida para cerrar el programa fue Night, de James Oppenheim. La obra, como su subtítulo anuncia, es un “poema dramático.” En ella las visiones simbólicas que un Sacerdote, un Poeta y un Científico tienen sobre la vida se verán sacudidas ante la cruda realidad de la vida encarnada en los personajes de una Mujer y un Hombre. La obra es introducida en más profundidad junto a su traducción en la segunda parte de este volumen. El cierre de este programa dio lugar a una de las tradiciones que los Provincetown Players mantendrían: la celebración informal de la clausura con bebidas y refrigerios en la segunda planta del teatro. Gracias a un donativo de Otto Kahn, Christine Ell, que había trabajado en Polly’s, pudo abrir su bar aquí, Christine’s, convirtiéndose en un lugar de encuentro donde de forma distendida, y en una “atmósfera amistosa,” se discutía sobre las obras, a veces hasta el amanecer (Kenton 1997: 67).

El segundo programa

A pesar de que los Provincetown Players habían decidido tomarse con más calma la puesta en escena de demasiadas obras en una temporada, con el segundo programa volvieron a fallar a sus decisiones, estrenando cuatro obras. El programa, repetido seis noches, se estrenó el 30 de noviembre e incluía dos obras del poeta Maxwell Bodenheim, Knot-Holes, junto a William Saphier, y The Gentle Furniture Shop, ‘Ile, de Eugene O’Neill, y Funiculi-Funicula, de Rita Wellman.

El poeta Maxwell Bodenheim ya había trabajado con Saphier cuando editaba la revista Others en Chicago, junto a Alfred Kreymborg y William Carlos Williams. La obra que escribieron juntos, Knot-Holes, inauguró el segundo programa. El título alude a los agujeros que hay en un muro de madera situado tras el cementerio que se ve sobre el escenario. El personaje del Albañil Desenfadado intenta convencer al Alcalde Soñoliento de sustituir este muro por uno de ladrillo. Apelando al sentimentalismo el Alcalde se niega, cuando dos Fantasmas aparecen. Como Murphy señala, los dos fantasmas representan “el romance del pasado” (2005: 128) y convencen al Albañil del romanticismo inherente al muro de madera, a través de cuyos agujeros la vida se ve de otra manera. Los dos fantasmas lo convencen de que hay en él un niño muerto que ha de despertar. La obra termina con el Albañil y el Alcalde mirando como niños a la luna a través de estos agujeros. Como Murphy sugiere, el Albañil y el Alcalde se dan cuenta de que los muros no son lo que separa a unas personas de otras, sino la falta de capacidad de mirar a través de los agujeros de esas líneas divisorias que nos permitirían ver de verdad al resto del mundo (2005: 128). El despertar del niño dormido en nuestro interior, que más tarde se convertiría en un cliché, se emplea para presentar la necesidad de despertar al mundo de la imaginación y lograr así una total comunicación con el universo. Solo así, al conectar con el romanticismo del pasado y al abrirse al mundo, la civilización cobrará sentido y será capaz de admirar la belleza del mundo. El propio Bodenheim hizo de Alcalde Soñoliento en el estreno, acompañado de Otto K. Liveright, un agente literario que se estrenaba con los Provincetown Players, como el Albañil Desenfadado y de Alice MacDougal y Dorothy Upjohn como los Fantasmas. Kenton no especifica director ni diseñador – aunque probablemente Nina Moise la dirigiera – pero sí detalla que el vestuario corrió a cargo de Edith Unger (1997: 67).

Con la segunda obra del programa, ‘Ile, Eugene O’Neill volvía a evocar el mar, pero alejándose de los mundos exclusivamente masculinos de Bound East for Cardiff y The Long Voyage Home, en esta ocasión el mar se convierte en la ambientación de una pieza con tintes de drama doméstico. Como en otras obras de los Players, el argumento se basa en un hecho real que había sucedido en Provincetown y que Mary Heaton Vorse le había contado a O’Neill. Según esta historia local, el capitán John Cook se había llevado a su esposa Viola a uno de sus viajes para cazar ballenas. La mujer no pudo soportar la experiencia y enloqueció (Vorse 1991: s. p.). O’Neill utilizó este hecho para escribir una obra de un acto sobre la soledad y la brutalidad de la vida en un barco. Cuando la obra comienza, el capitán Keeney ya lleva dos años cazando ballenas para conseguir su aceite, el ‘ile (oil) del título. El barco queda atrapado en el hielo, ante la desesperación de Annie, la esposa del capitán que lo acompaña en este viaje. Al principio el Capitán accede a volver a casa, pero cuando Slocum le informa de que el hielo se está rompiendo y de que pueden seguir hacia el norte, cambia de opinión, enfrentándose con violencia al resto de la tripulación que, como Annie, quiere regresar. El capitán solamente piensa en que siguiendo hacia el norte podrían conseguir mucho más aceite. El repentino cambio de opinión del capitán, que prima sus propios intereses y su hombría antes que el bienestar de su esposa o el de su tripulación, tiene un efecto nefasto en Annie; se vuelve completamente loca y la obra termina con Annie tocando el piano de forma frenética mientras que su esposo se dispone a cazar ballenas.

Kenton se refiere a esta obra como “un típico melodrama de O’Neill,” pero también mantiene que fue gracias a montar una obra de O’Neill que tuvieron subscripciones suficientes como para poder seguir adelante con el resto de la temporada (1997: 68). Sin embargo, John Corbin parece contradecir a Kenton en su reseña al fin de la temporada en mayo de 1918, diciendo que la obra no encontró el beneplácito el público. Corbin alaba esta pieza por la forma en que O’Neill retrata a un capitán que lleva a su esposa a la locura por su “orgullo profesional,” añadiendo que la obra tiene “un toque creativo tan original como auténtico” (1918a: 8). Nina Moise dirigió la obra de forma efectiva, contando con el diseño de Louis Ell, que además hizo de Joe, el arponero, con Hutchinson Collins y Clara Savage en los papeles del capitán Keeney y su esposa, y con Harold Conley como Ben, con Ira Remsen como Slocum y con Robert Edwards como Sobrecargo (Kenton 1997: 67).

The Gentle Furniture Shop, de Maxwell Bodenheim, fue la tercera obra del programa. Brenda Murphy resume de forma sucinta y efectiva el tema de la obra como “una metáfora de las fases de la vida” (2005: 128), a lo que habría que añadir que es una obra contra el determinismo y contra estereotipos de género y edad. En la obra se ve cómo hay tres tiendas que representan tres fases de la vida: la tienda de ropa de baile para jóvenes, la tienda de muebles del título para gente de edad avanzada y un puesto de adivinación para los de mediana edad. Así parece que los jóvenes solo han de pensar en divertirse, los mayores en tener una silla en la que descansar y los de edad mediana han de pensar en los problemas y en su futuro. La acción se desarrolla en la tienda de muebles. Los dos tenderos, que irónicamente están sentados en el suelo, hablan de cómo los clientes no pueden comprar lo que quieren, sino lo que ellos les dicen que tienen que comprar, como les ocurre al señor y a la señora que entran en la tienda. Cuando están a punto de pagar por la silla que no quieren, aparece una joven para comprar una silla. Cuando los tenderos le dicen que este no es su lugar, sino la tienda de ropa de baile, la chica agarra la silla y sale corriendo, dando lugar al despertar del señor y la señora, que se empeñan en, y al final consiguen, llevarse la silla que quieren. La moraleja de la obra es suficientemente clara: “Hay que coger las riendas de la vida para ser feliz, y aquellos que se ahogan en las circunstancias sin hacer nada están abocados a no sentirse satisfechos” (Murphy 2005: 129).

Como para Knot-Holes, Bodenheim contó con Otto K. Liveright y con Dorothy Upjohn, aquí en los papeles de señor y señora mayores, completando el reparto con Eduard Nagle y Mozart Maskewitz como los vendedores, con W. S. Matthew como el Propietario y con Edith Unger como la Joven. Unger corrió a cargo del vestuario y, según Cheryl Black, la obra fue dirigida por Nina Moise (2002: 168). Por su parte, Edna Kenton es bastante dura con las dos obras de Bodenheim. Kenton se refiere a Knot-Holes y The Gentle Furniture Shop como “las fantasías de Bodenheim” y los “hijastros del programa” (1997: 68). Esto no hace sino reflejar la brecha entre los miembros más vanguardistas y “poéticos” y aquellos que no lo eran tanto y presagia el programa especial que estos “hijastros” montarían más tarde.

La obra que cerraba el programa, Funiculi-Funicula, era la segunda contribución de Rita Wellman a los Provincetown Players. Esta obra para tres personajes está ambientada en un apartamento del Village donde Taddema, un poeta fracasado, y su pareja, Alma, que era pintora, malviven entre tabaco y desorden con su bebé, llamado Bambi. La obra comienza con el médico reprochando a Alma su forma de vida y los efectos nocivos que tiene sobre el bebé. Pero Alma, representando a la mujer bohemia, no está dispuesta a cambiar su forma de vida, lo que cuestiona si un bebé puede criarse en el ambiente bohemio y las responsabilidades de un padre y una madre, sean bohemios o no. Cuando el médico se marcha y Taddema llega, la obra también plantea la cuestión de la doble moralidad. Taddema no vende ni un poema, pero mantiene que su alma debe ser libre para crear, así que las facturas del médico no se van a interponer en su camino. Mientras tanto, Alma ha dejado de pintar y se ocupa de la casa y del bebé. El fin a sus problemas es catastróficamente trágico. Alma entra en el cuarto para arreglarse para ir a una fiesta en el piso de arriba y, cuando sale, su gesto dice que algo va mal. Sin embargo, se afana en convencer a Taddema de que todo está bien y de que hay que ir a la fiesta. Finalmente, mientras la alegre canción “Funiculi-Funicula” habla de diversión, la pareja ha de enfrentarse a la muerte de Bambi. De esta manera, Wellman ofrece su amarga visión de lo que la vida bohemia del Village también podía ser; una llamada a la autocrítica para sus compañeros y vecinos, que a la vez eran actores y público. Ida Rauh y James Light encarnaron a la pareja, acompañados por Hutchinson Collins como el Doctor Collins (Kenton: 1997: 68).

El tercer programa

El tercer programa, que se inauguró el 28 de diciembre, volvió a incluir tres obras en vez de cuatro y aumentaron en un día las funciones, llegando a siete. La primera de ellas era otra contribución de Irwin Granich (Mike Gold) bajo el título Down the Airshaft. No existe copia de esta obra, pero gracias a la entrevista que Sarlós le realizó a su autor en 1964, se sabe que la obra se ambientaba en una casa de vecinos en el East Side, donde un joven llamado Sammy Cohen, que ha perdido su trabajo, sueña con hacer fortuna en el oeste. Su madre intenta en vano convencerle de que se quede, pero entonces se oye una música que viene del patio de luces – que de hecho fue Cook tocando la ocarina – y Sammy habla de oír una llamada misteriosa (1982: 84). El papel de Sammy Cohen fue interpretado por Max Fromm, el de su madre corrió a cargo de Bella Nodell y la voz misteriosa que oye Sammy era la de Bella Cohen. Los créditos se completan con la escenografía de Louis Ell y la dirección de David Carb (Kenton 1997: 69).

Aunque en teoría Floyd Dell había dejado para siempre a los Provincetown Players tras su mala experiencia con A Long Time Ago – y con aquellos zuecos de madera terriblemente estruendosos – volvió en el tercer programa de la segunda temporada. Es posible que trabajar de nuevo con ellos le sirviera de respiro ante la presión que suponía haber perdido su puesto en The Masses por lo problemas de la revista con la justicia. Eso sí, aparentemente, y analizando los créditos, volvió con la condición de supervisar la producción de principio a fin. The Angel Intrudes es una sátira inspirada en La révolte des anges, de Anatole France, a quien Floyd Dell pide disculpas en el subtítulo. En la obra de Dell, Arcade es el ángel de la guardia de un joven llamado Jimmy Pendleton, que vive en el Village. Cuando Arcade decide visitar a Jimmy en su apartamento en Washington Alley, lo encuentra con Annabelle, planeando escaparse en tren. Arcade les dice que quiere ser humano, así que allí mismo aprende a fumar, a beber alcohol y a flirtear, hasta el punto de que le quita la novia a Jimmy. Despojado de su ropa blanca y de sus alas, Arcade coge los billetes de tren que Jimmy tenía para escaparse con Annabelle y los dos salen de escena. Con el escenario vacío unos instantes después, Arcade entra sigilosamente en la habitación, coge sus alas y se las aprieta contra el pecho.

Los créditos apuntan que Dell, junto a Neil Reber, se encargó de la escenografía, para lo que se pintó un gran fondo que representaba Washington Square una noche de nieve. Para la dirección contó con la colaboración fructífera de Nina Moise, pero el gran logro de esta obra fue dar con una gran actriz. En su autobiografía, Dell recuerda que durante las pruebas para encontrar a la actriz que hiciera de Annabelle apareció “una chica delgada con el pelo rojo. … y leyó las líneas de Annabelle. Daba la apariencia de frivolidad a la perfección, y leía el texto con tanta voluntad y se sentía tan comprometida – por un salario de nada de nada … Dejó su nombre y dirección al marcharse, y cuando se hubo marchado, leímos su nombre y nos quedamos atónitos, pues era Edna Millay” (1969: 299). Todos se preguntaban si esta chica era la misma poeta que había escrito Renascence and Other Poems (1917), y así era. Pronto Edna St. Vincent Millay se unió al grupo, escribió sus propias obras y se trajo consigo a sus hermanas Norma y Kathleeen y a su madre. Junto a Edna St. Vincent Millay, el reparto lo completaban James Light como el Ángel, Justus Sheffield como Jimmy Pendleton y Abram Gillete como el Policía que indica al Ángel cómo llegar a la casa de Jimmy al principio de la obra (Kenton 1997: 69).

El programa se cerró con una nueva obra de Susan Glaspell titulada The Outside. La obra se desarrolla en el puesto de salvamento de Peaked-Hill Bar de Provincetown, la misma casa en la que Mabel Dodge se alojó el verano de 1915. Cuando Glaspell escribió la obra en 1917, la casa ya estaba tremendamente deteriorada y casi cubierta por completo por las dunas, convirtiéndose en la localización simbólica óptima para esta obra que trata sobre la lucha entre la vida y la muerte. La obra comienza cuando tres hombres traen el cuerpo de un marinero a esta casa para intentar reanimarlo. La dueña de la casa, la Sra. Patrick, que ha venido a este lugar para dejarse morir tras ser abandonada por su esposo, se niega, en vano, a que ocupen su espacio. La Sra. Patricks ha contratado a Allie Mayo, una lugareña, para que la ayude en la casa. El motivo por el que la ha elegido no da lugar a dudas sobre sus deseos de aislamiento: Allie Mayo es conocida en Provincetown por no decir más que lo necesario desde que perdió a su marido. Al ver a los hombres intentar resucitar al marinero, Allie Mayo despierta a la vida e intenta convencer a la Sra. Patrick de hacer lo mismo. Viendo que con palabras no es suficiente, Allie Mayo compara la lucha entre la vida y la muerte con el bosque y las dunas de Provincetown. Mientras el bosque luche, habrá vida. Pero la Sra. Patrick solo ve muerte en las dunas, igual que solo ve muerte en el mar, como el cadáver del marinero que continúa sobre el escenario le recuerda. Por esto, Allie Mayo hará uso de su lenguaje corporal para llamar a la Sra. Patrick hacia la vida; levantando su brazo para imitar la forma del cabo Cod, se ofrece como puerto, como ese punto de apoyo que la Sra. Patrick necesita para seguir adelante, una amiga y compañera con quien la lucha por la vida sea más fácil. Aunque la Sra. Patrick se ríe de ella al principio, la obra termina con la Sra. Patrick articulando su deseo de enfrentarse a lo que hay “ahí fuera.”

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