Kitabı oku: «Dionisíacas. Cantos XXV-XXXVI»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 319


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ÓSCAR MARTÍNEZ GARCÍA.

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

Este trabajo ha sido elaborado en el marco de una ayuda para formación de personal investigador concedida por la Dirección General de Investigación de la Comunidad de Madrid con fondos de la Unión Europea.

REF. GEBO400

ISBN 9788424936969.

INTRODUCCIÓN

LAS DIONISÍACAS. CANTOS XXV-XXXVI

La tercera entrega de las Dionisíacas de Nono de Panópolis, que se presenta ahora al lector, contiene los cantos XXV-XXXVI y abre la segunda parte de este extenso poema. En ellos encontraremos una mezcla de elementos tradicionales, como la imitación homérica del engaño de Zeus (Diòs apátē) o el catálogo de las tropas indias, e innovaciones en el campo de la épica, como son la colección de parádoxa y mitos locales poco conocidos, elementos novelescos y eróticos, etc. En definitiva, siguiendo el principio poético de la variación (poikilía), Nono emprende la narración de la segunda parte de su «proteica» obra centrándose en el desarrollo de la campaña índica de Dioniso.

En el segundo proemio que abre estos cantos, Nono invoca al autor de la Ilíada y, como si en verdad fuera un segundo Homero, proclama la excelencia de su canto en su particular «querella» con los modernos y los antiguos (XXV 27 néoisi kaì archegónoisi erízōn): la «materia báquica» supera con mucho la ira de Aquiles. Es tema más noble, afirma el de Panópolis, y digno de ser tratado con más profusión. Como puede verse en las muchas interpelaciones directas al inmortal aedo (XIII 50, XXV 8, 253, XXXII 184, etc.) y las innumerables alusiones a su Ilíada y su Odisea, Nono es émulo de Homero, pero también su feroz competidor.

Difícil disputa la que plantea el poeta grecoegipcio en los cantos que ahora se ofrecen en traducción castellana. Mas a pesar de la opinión desfavorable de muchos críticos que lo juzgaron un poema inabarcable y ajeno al helenismo1, las Dionisíacas poseen gran calidad literaria dentro de su colorida extensión. En una época que puede ser considerada el «barroco» de la Antigüedad, esta obra conjuga la herencia clásica con la nueva sensibilidad estética de lo que Peter Brown ha denominado con buen tino «la revolución romana tardía» o el «nuevo idioma pagano»2.

Últimamente, desde la aparición del anterior volumen, los estudios sobre Nono y las Dionisíacas han prosperado particularmente. Se aviva el interés, también tardío, por este poeta y han aparecido estudios de gran alcance3 y traducciones a diversas lenguas modernas4. Sigue siendo mucho el trabajo por realizar: la «cuestión noniana», polémica que, sobre la composición del poema, unidad y estructura, se desarrolló a imagen de la «cuestión homérica», continúa dando que hablar a los estudiosos: mucho se ha escrito sobre la trabazón entre los diversos episodios y las numerosas y extensas digresiones, lagunas e incoherencias del poema, desde los estudios analíticos de Collart y Keydell5 hasta la concepción de las Dionisíacas como conjunto de «epilios»6. A nuestro parecer existe un hilo argumental en el poema, y los excursus y episodios secundarios están enmarcados en un proyecto literario de enorme envergadura y ambición, inspirados en la variación poética y polifonía propia del estilo noniano. Y en el desafío o competición (erízōn) que anima en todo momento el poema.

En el caso de Nono, esta cuestión se complica —y casi se centra, en los últimos tiempos— en la temática opuesta de las dos obras que se le atribuyen (la pagana, Dionisíacas, y la cristiana, una Paráfrasis al Evangelio según San Juan): en esto también parece disputarle protagonismo a Homero, pues la «cuestión noniana» resulta de mayor complejidad, al hacer necesarias consideraciones sobre la religión del poeta, en una época de marcados cambios en la política y en la fe.

Las Dionísiacas, esta extraña compilación de mitos sobre Dioniso, son mucho más que una enorme epopeya a la manera homérica: el poeta aspira a tocar todos los temas y estilos. Desde el nacimiento y hazañas del dios —su insólita cruzada contra los indios— hasta la apoteosis final, hallaremos en el poema un abigarrado mosaico de ekphráseis, encomios, aventuras eróticas y novelescas, epigramas, epitafios, imitaciones de idilios, thrênoi, y rastros de los trágicos7. En su paráfrasis cristiana Nono trata de ennoblecer el lenguaje llano del. Santo Evangelio de Juan con su peculiar estilo lleno de repeticiones, amplificaciones retóricas y atrevidas innovaciones —referencias dionisíacas y vocabulario épico referido a Cristo y, viceversa, posibles referencias al cristianismo en su obra pagana8—. Solamente a partir de estas dos obras conservadas hay quienes afirman que Nono se convirtió al cristianismo en algún momento, habiendo escrito primero las Dionisíacas y después la Paráfrasis, e incluso quíenes sostienen que la misma persona no pudo escribir ambas obras9. Muchas son las teorías sobre la identidad de Nono: una de las más atrevidas, que lo identificaba con un obispo de Edesa del mismo nombre10, ha sido recientemente superada por los argumentos de Alan Cameron 11. La cuestión, sin embargo, queda abierta al estudio.

Pero la historia de las letras no quiso que Nono limitara su querella a néoisi kaì archegónoisi: la posteridad se hará cierto eco de esta obra hiperbólica. Recordemos que fueron muchos y de renombre los lectores de Nono, sobre todo en los dos siglos inmediatamente posteriores a la aparición de las Dionisíacas. Pronto surgió un buen número de imitadores: Nono era uno de los pocos autores «modernos» que se leían, junto a Homero, Eurípides o Menandro, en las escuelas y salas letradas del Egipto de su época12. Y esto se nota en las obras de sus casi contemporáneos: su obra dejó una huella importante desde su época hasta la caída de Constantinopla13. En algún momento de su transmisión, la obra parece haber sufrido casi una damnatio memoriae que borró la autoría de una parte de la tradición manuscrita. La recepción posterior será más limitada, pero merece un breve comentario final.

A raíz de la traducción del poema de Nono al latín a comienzos del XVII14, una serie de poetas y hombres de letras se interesarán en las Dionisíacas. Desde que Marino, en la Italia del diecisiete, se convirtiera en el primer gran imitador de Nono en una lengua moderna, muchos autores han versionado no sólo la epopeya de Dioniso, sino incluso la propia vida del poeta Nono, recreando en la ficción su ignota biografía.

Giambattista Marino (1569-1625), poeta barroco, sigue de cerca a Nono en La sampogna en poemas como el Adone, el Atteone y otros15. Damiani estudiaba la influencia del que podría definirse con justicia el «último poeta pagano» de la antigüedad, sobre Marino16, al que hemos de considerar paralelamente último poeta de tema pagano: una mitología barroca y una poética abigarrada y atractiva empareja, a mi entender, a ambos autores17.

En la Francia barroca, la traducción latina también da sus frutos y aparecen una serie de versiones cortesanas que presentan al Dioniso de Nono como héroe amoroso y cortés: la Ariadne de Claude Garnier, dedicada en 1605 a la duquesa de Longueville, es la primera de ellas. Le seguirán otras dos versiones, de 1625 y 1631 respectivamente18. La docta Alemania del XVIII y la Inglaterra del XIX acogen al poeta de Panópolis con más reservas y escasa repercusión literaria19; sólo lo suficiente para mantener vivo su estudio académico.

Pero también hay, como decíamos, obras de ficción dedicadas directamente a Nono de Panópolis, que juegan con las incógnitas de su vida. Destacamos el relato «The poet of Panopolis» en el libro The Twilight of the Gods (1888) de Richard Garnett, cultísimo bibliotecario de la Británica, o, más recientemente, la novela Im Garten Claudias (1970) de Margarette Riemschneider, estudiosa de las Dionisíacas que rindió así homenaje literario a la época y al autor (subtitúlase Roman über den letzten grossen Dichter der Antike).

Si en el volumen anterior citábamos a Goethe20 y Cavafis para terminar, en esta ocasión concluiremos con otro escritor que ha sabido apreciar la obra del poeta de Panópolis. Quizá parezca que Nono ha sido el gran olvidado en su disputa con Homero, que su derrota en esa «querella» que planteaba es más que obvia. Sin embargo, el placer barroco —casi rococó— de su lectura aún puede robarle admiradores a la Ilíada: Stefan George recuerda, a propósito de Mallarmé, «cómo a veces los arduos versos del apasionado egipcio, que corren y gritan como ménades, nos llenaron de voluptuosidad, más que los del viejo Homero»21.

ESTRUCTURA Y TEMÁTICA DE LOS CANTOS XXV-XXXVI

Pese a su extensión y numerosas digresiones, creemos que las Dionisíacas siguen un proyecto definido. Así, dentro de su plan general, los cantos que se presentan en este libro (XXV-XXXVI) son fundamentales en la epopeya de Dioniso. Por una parte, abren la segunda mitad del poema, con una nueva invocación a las Musas y a los poetas de los que se siente heredero Nono (principalmente Homero y Píndaro). Tras la pausa, por otra parte, se reanudan los combates de la guerra índica. Una profecía señala que aún faltan seis años para la victoria de Dioniso22.

Desde el canto vigésimo quinto, marcado por un segundo proemio y un juicio retórico de Dioniso, se retoma la narración guerrera con imitatio homérica. Así, el canto XXVI expone un catálogo de soldados y ciudades indias, dando pie a algunas narraciones fabulosas sobre la India. A continuación, la asamblea de los dioses y la narración de las batallas y principalías alternan con la disputa entre los dioses que se alinean en cada bando. Las digresiones de mayor importancia son dos, entre los cantos XXXI y XXXV: por un lado, el engaño de Hera a Zeus para hacerle dormir y poder infundir la locura en Dioniso (episodio de clara inspiración homérica). La segunda, más original, es la historia de desamor del indio Morreo y Calcomede. El canto trigésimo sexto cierra este tomo con la batalla de los dioses y el primer combate singular entre el rey de los indios, Deríades23, y Dioniso, tras la curación de su locura.

Veamos ahora, sin ánimo exhaustivo, el contenido de cada uno de los cantos que se presentan en este libro, junto con los aspectos más interesantes para el lector. Algunos de ellos se desarrollarán con más detalle en las notas al texto.

Canto XXV

El canto XXV abre la segunda parte del poema de Nono con un segundo proemio y un «juicio de Dioniso». El poeta tratará de demostrar por partida doble la excelencia de las Dionisíacas: por un lado, su héroe, Dioniso, y la «materia de la India» (es decir, el tema de la guerra de Dioniso contra los indios) son superiores a cualquier otro argumento de la épica precedente. La nueva invocación a las musas y a Homero24 y Píndaro, que se evidencian como modelos literarios del poeta (vv. 1-30), va seguida de larga comparación retórica entre Dioniso y otros héroes, hijos de Zeus, como son Perseo (31-147), Minos (148-174) y Heracles (174-252). La sýnkrisis más extensa se refiere a Perseo y minimiza con ironía todas las hazañas de este héroe: matar a la Gorgona o al kêtos que amenazaba a Andrómeda queda en nada si se compara con la guerra contra los indios y los Gigantes. También su familia pierde ante la de Dioniso: Dánae frente a Sémele y Andrómeda frente a Ariadna25.

Acabada la comparación y tras una nueva invocación a Homero (vv. 253-263) y a la Musa, se presenta la descripción del escudo de Dioniso, regalo de los dioses, a imitación de la Ilíada26. Atis es el encargado de traerlo y arengar a Dioniso (300-379). Mención aparte merece esta ékphrasis del escudo de Dioniso y las escenas que se representan en él (vv. 380-572): tras una imagen del cosmos y los breves episodios de la fundación de Tebas27 y el rapto de Ganimedes, se narra extensamente un raro mito de resurrección. Es un mito local lidio que hace referencia a la muerte de Tilo, mordido por una monstruosa serpiente, y a su resurrección (vv. 451-552)28. En él, como se comenta en las notas al pasaje, hallamos paralelismos con la narración noniana de la resurrección de Lázaro en la Paráfrasis (XI 1-185) a Juan XI, y una curiosa insistencia, que se repite en otros episodios de curación y resurrección29, en un vocabulario muy particular que sugiere la salvación más allá de la muerte. Se cierra el canto con el mito del nacimiento de Zeus, que escapa de la voracidad asesina de Crono (vv. 553-562) y con la llegada de la noche.

Canto XXVI

El canto XXVI reproduce un catálogo de tropas indias, siguiendo el homérico (Ilíada II 484 ss.). Se trata de un pasaje de notable interés, pues nos da idea del estado de los conocimientos sobre la India en la época de Nono, siglos después de los grandes geógrafos y de las conquistas de Alejandro. Comienza el canto con una aparición de Atenea, que visita en sueños a Deríades siguiendo un patrón conocido30 (vv. 1-37). Exhortado por el sueño, el rey indio arma a sus pueblos y se describe cada contingente junto con sus capitanes.

En primer lugar aparecen los lugartenientes de Deríades, Agreo y Flogio, por un lado, Paltanor y Morreo, por otro. Son los únicos personajes indios, junto con Orantes y las esposas Orsíboe y Quirobia, que tendrán una personalidad definida en el poema31. Sobre todo Morreo, que en los cantos siguientes será protagonista de una especie de «epilio» amoroso.

El catálogo continúa a partir del verso 72 con la mención de varios pueblos, cada uno de los cuales presenta peculiaridades que el poeta se recrea en resaltar: destacan los «orejotas» (ouatokoîtai), cuyas orejas son tan grandes que se envuelven en ellas para dormir. Hay, pues, una colección de rarezas siguiendo un gusto muy postalejandrino: la historia de Téctafo, amamantado por su propia hija Eeria para salvar su vida (vv. 101-145)32; los soldados de Arizantia y los prodigios de esa tierra: un árbol que da miel, las aves catreo y orión (vv. 183-217)33; una discusión naturalista sobre la India y Egipto con menciones al hipopótamo (222-249) y los elefantes (295-338), la descendencia del caudillo Areto, que nació muda tras un prodigio (250-294), etc. La mención del ejército de las trescientas islas da lugar a una interesante digresión sobre el Indo y el Nilo, exponiendo las dos teorías principales sobre sus fuentes. Y así, entre historias extrañas y prodigiosas, se va desgranando el oscuro catálogo de los pueblos indios y sus aliados: aracotas y derseos (vv. 146-151), cireos (173-182), derbices, etíopes, blemios, etc. (339-349).

Alguna historia más individualizada da color al catálogo, como la del general Habrátoo, un indio traidor a Deríades que lucha secretamente por Dioniso (vv. 152-172), igual que el rey de los zabios, Paltanor. El rey Deríades, que reina sobre esta variegada confederación de pueblos de piel oscura, es citado finalmente, junto a su genealogía, en los versos 350-365. Para Nono, los egipcios son de raza negra y se alían con etíopes y blemios, que son también oscuros: notamos una especie de maniqueísmo y acaso un asomo de racismo en la lucha de Dioniso contra estos pueblos. El elenco termina con la caída de la noche, la cena y el descanso de las tropas previo a la batalla.

Canto XXVII

En este canto el comienzo está cargado de presagios sobre la batalla inminente. Ya al amanecer Zeus derrama una lluvia de sangre (vv. 1-18) como también sucede en la Ilíada (XI 53 y XVI 459). En ambos bandos las tropas están preparadas y ya sólo resta la arenga de cada general. En primer lugar tenemos el discurso pronunciado por Deríades (vv. 19-145): el rey de los indios afirma su superioridad frente a Dioniso, acentuando más aún su impiedad como enemigo de los dioses lleno de hýbris. Deríades cumple con el papel de «teómaco» que le asigna Nono injuriando a Dioniso, a quien no considera un dios, y también a los Olímpicos. Tras aludir al vergonzoso episodio de Licurgo34, el rey indio amenaza con vencer a Atenea, arrebatarle a Zeus sus armas (como ya hiciera Tifón en los cantos I y II) y esclavizar a Hefesto en su taller. También alude a otros hijos de Zeus para demostrar que Dioniso no es invencible ni inmortal: Éaco, hijo de Egina, Dárdano, hijo de Electra y fundador de la estirpe troyana, y Minos, hijo de Europa, etc., y concluye así su discurso lleno de bravatas y alusiones mitológicas para amedrentar a los de Baco.

Por parte dionisíaca, y tras describir el orden de los ejércitos, Nono expone la arenga del dios a sus tropas (vv. 145-241): una exhortación centrada en los ancestros de Deríades y los indios, el río Hidaspes, el dios Sol-Helio, y la Tierra, que engendró a los indios. Dioniso se refiere a los mitos sobre el Sol y sus descendientes, las Helíades: Lampetia, que guardaba los rebaños de bueyes de Helio en la isla Trinacia (cf. Odisea XII 127 ss.), Astris, madre de Deríades, y, por último, aquellas Helíades que lloraron tanto la muerte de su hermano Faetonte, caído en el río Erídano tras ser derribado del carro de su padre por el rayo de Zeus35.

Tras la aclamación de Dioniso hay un episodio de clara procedencia homérica, la asamblea de los dioses en el Olimpo (vv. 241-341). Esta vez es Zeus quien toma la palabra en medio del banquete de los dioses, con un discurso en el que insta a Apolo, Atenea y Hefesto a ayudar a Dioniso (vv. 250-330). Después de estas palabras de ánimo, los dioses parten hacia el campo de batalla alineados en dos coaliciones: por un lado Apolo, Atenea y Hefesto apoyando a Baco, y por otro Hera, Ares —con sus hijos Fobo y Deimo—, Deméter y el río Hidaspes, junto a los indios (vv. 331-341).

Canto XXVIII

Hay al principio de este canto una escena de batalla que ha dado problemas a los editores del texto, pues claramente no pertenece a este lugar (vv. 1-6) y da idea de las razones que han llevado a muchos a cuestionar la unidad de la obra, como se comentaba más arriba. A continuación se describen los primeros encuentros entre los dos ejércitos (vv. 7-44): el orden de batalla y el tumulto del combate tienen aliento homérico36. En seguida destaca la figura del guerrero indio Corimbaso y se exponen sus hazañas individuales dando muerte a una serie de soldados báquicos (vv. 45-112): Faleneo, Dexíoco, Clitio —quien le desafía en una breve intervención—, Sebes, Enomao, Tindario y otros muchos mueren a manos de Corimbaso. Su «aristía» está modelada sobre algunas escenas de batalla homéricas (como Il. XI 546, a propósito de Ayante y otros pasajes que se comentan en las notas al texto).

Seguidamente tenemos una panorámica general de la batalla, centrada en las muertes más extrañas o «paradójicas» que se producen en el tumulto del combate: un soldado que sigue inspirando respeto después de muerto, un guerrero horriblemente mutilado que ansía seguir luchando, jinetes derribados y arrastrados por el polvo, etc. (vv. 113-171).

La narración se enfoca después en las hazañas de los soldados de Dioniso: en primer lugar los Cíclopes que luchan con armas ígneas (vv. 172-273), y el combate singular entre Halimedes el cíclope y Flogio. El catálogo de los cíclopes está compuesto por muchos nombres, algunos conocidos, como el de Polifemo, y otros que hacen referencia a las virtudes de sus portadores, como Elatreo, Euríalo, Halimedes, etc. En segundo lugar se cantan las hazañas de los Coribantes (vv. 274-330) que logran acorralar al propio rey Deríades al final del canto: sus nombres son también significantes (Damneo, Ocítoo, Meliseo, etc.) y aparecen ya en el canto XIII 135 ss., dentro del catálogo de las tropas de Dioniso, como valiosos aliados del dios. Termina el canto con la batalla en situación favorable para los de Baco, que provocan una masacre entre las filas indias.

Canto XXIX

Comienza el canto con los ánimos de la diosa Hera, partidaria de los indios, que infunde en ellos el coraje necesario para el contraataque (vv. 1-14). Éste será el canto que narre las hazañas de Himeneo, un muchachito amado de Dioniso, en la batalla que se desarrolla desde este punto hasta el final del canto. Este Himeneo «de hermosa cabellera» (como Ganimedes en un epigrama de Calímaco, LII 3) es un erṓmenos de Dioniso37. Se le puede confundir con el dios del matrimonio (XXXVIII 137 y XLIII 5), pero son dos los Himeneos que aparecen en Nono: éste, el mortal, es hijo de Flegias y amado de Dioniso, y el inmortal es hijo de Urania y compañero de juegos de Eros (XXXIII 64 ss.). En XXIV 88, Urania salvará al mortal por llamarse como su hijo y aparecerá igualmente en el catálogo del canto XIII al mando de las tropas beocias. Aquí, sus hazañas se desarrollan entre los versos 15-48, hasta que es herido por Melaneo (vv. 49-86), incitado por las palabras de un indio anónimo (a imitación de la escena de Laódoco y Pándaro en Il. IV 86 ss.). Melaneo encontrará la gloria y la muerte en este canto.

Nono presenta entonces una escena de tintes eróticos sobre la curación de Himeneo por Dioniso (vv. 87-178). La herida del muchacho, en el muslo, es un pretexto para compararle con el hermoso Adonis (136) y recordar su historia38: su curación, por otra parte, recuerda a la de Ares a manos de Peán (Ilíada V 902 ss.), pero también introduce los elementos propios de las historias de curación y resurrección comentadas a propósito del canto XXV.

La escena médica —la primera del canto— concluye felizmente y se vuelve a la narración de las hazañas de esta pareja de amantes. Seguidamente tienen lugar las proezas de Aristeo (vv. 179-192) y diversos lances guerreros de las tropas comunes de Dioniso: estas se divididen en Cabiros —Eurimedonte y Alcón— y Coribantes por un lado (193-224) y por otro Bacantes y Basárides (225-255), quienes tienen nombres parlantes, como Eupétale, Cálice, Enone, Estáfile, Trigia, etc. Los indios contraatacan a continuación, con la figura destacada de Morreo al frente causando grandes estragos entre las mujeres guerreras de Baco (256-263).

La segunda escena de curación se produce precisamente en este lugar, cuando en los versos 264-290 las Bacantes son sanadas por Dioniso a través de diversos «fármacos dionisíacos» como el mirto, el yeso, la hiedra y, cómo no, el vino (todos tenían usos curativos en la Antigüedad). Tras este episodio, que guarda grandes semejanzas con otras curaciones en Nono, cobran coraje de nuevo las tropas de Dioniso, causando una desbandada general entre los indios y la muerte de Melaneo, flechador de Himeneo (vv. 291-322). Se cierra el canto con una curiosa escena: el sueño de Ares (vv. 323-381). Aquí Nono invierte el célebre mito del adulterio de Afrodita con Ares (Odisea VIII 266 ss.) y es Ares quien teme que Hefesto reconquiste a Afrodita. El Sueño llega a sugerirle a Ares fabricar una red que capture a los amantes, como la que hizo Hefesto en su día para apresarle a él y a la diosa del amor. Ares, por supuesto, se despierta y sale corriendo para evitar esto, abandonando a los indios a su suerte.

Canto XXX

Tras la apresurada deserción de Ares, Dioniso campea entre los indios durante una docena de versos, pero pronto se dirige el canto a las hazañas de Morreo, que va cobrar protagonismo: después de un breve diálogo con su rey, Morreo destaca en el combate contra los Cabiros (vv. 44-62), que cuentan con la ayuda de su padre Hefesto. A su vez, Hidaspes asiste a Morreo (63-104), que hubiera sido vencido de no haberle envuelto el dios río en una nube, a imitación de varios pasajes de la Ilíada (III 380 ss. sobre Afrodita y Paris, XX 443 ss. con Apolo y Héctor, o XXI 597 sobre Agenor).

Repuesto de este lance, continúa la narración de la «Morreida» con la muerte del pantomimo Flogio (vv. 105-127). A su lado destaca el indio Téctafo, cuya historia ya conocemos por el catálogo del canto XXVI, quien lucha con brío hasta que recibe la muerte de Eurimedonte, uno de los Coribantes: su hija y paradójica nodriza, Eeria, llora desde las murallas por no haber podido salvarle una segunda vez39, como ya hiciera cuando le ofreció la leche de sus pechos (vv. 127-186). Hay un breve diálogo entre el padre moribundo y la hija, que recita una especie de epitafio para la ocasión en tono epigramático (v. 185).

Se retoma a continuación el elenco de las proezas de Morreo, que da muerte a Dasilio y diezma las filas de las Ménades: Eurípile, Estérope, Estáfile, Codone y Alcímaca (vv. 186-225). Las dos últimas serán muy lloradas y recordadas en posteriores ocasiones.

En el bando de Dioniso destaca la breve alusión a los Telquines, que es seguida por las nuevas hazañas del dios a partir del verso 231. Pero su desarrollo se ve menoscabado por una estratagema de Hera, quien ayuda al rey de los indios concediéndole un brillo cegador que causará el terror momentáneo de Dioniso y el repliegue de sus tropas. Atenea se aparece a Baco tirándole de los cabellos desde atrás, como hace con Aquiles en la Ilíada (I 197), y le infunde coraje. Dice el poeta: «¿A quién dio muerte primero Baco, a quién después, cuando Atenea, insaciable en la batalla, le inspiró valor?»40. Y de este modo, el canto concluye como empezó, con una principalía de Dioniso a la manera homérica y con la lista de los caídos a sus manos.

Canto XXXI

Con el final de las hazañas de Dioniso se produce la transición al canto XXXI y se introduce el tema del engaño de Zeus, a imitación del correspondiente episodio homérico (Ilíada XIV 293 ss.), que será desarrollado en el siguiente canto. Pero Nono va a innovar una vez más, entremezclando en los cantos XXXI y XXXIV el episodio de corte clásico (el «engaño de Zeus») con un epilio de tema erótico, el amor de Morreo por Calcomede. Dentro del primer motivo, Hera trama una nueva y elaborada insidia contra Dioniso, enojada con Dioniso y Perseo (vv. 4-29), lo que da lugar a una nueva comparación como la del canto XXV. Hera pretende dormir a Zeus tras yacer con él e infundir la locura en Dioniso a escondidas de su esposo, a fin de darle la victoria a los indios.

Para llevar a cabo sus planes, Hera necesitará a los servicios del Sueño y de las Erinias: en primer lugar persuade a Perséfone para que lance a sus Erinias contra Dioniso en un discurso (30-74) que recuerda el episodio de Dioniso Zagreo, hijo de Zeus y Perséfone (cf. VI 155 ss.). Perséfone, predispuesta contra Dioniso, confía a Hera los servicios de la Erinia Megera, que provoca la locura: Hera habla a la Erinia y le muestra en la India los destrozos causados por Baco (vv. 75-102). A continuación, ordena a Iris, la mensajera, que visite al Sueño, disfrazada de la Noche —madre del Sueño—, para convencerlo de usar sus armas contra Zeus (103-123); a cambio, le promete el amor de Pasitea, una de las Gracias (124-198).

El breve canto concluye con un episodio lleno de humor en el que Hera visita a Afrodita para ser instruida en las artes de provocar el deseo masculino (vv. 199-282). Imitando nuevamente a Homero, Nono recrea la escena previa a la unión de Zeus y Hera: el engaño al dios padre será completo cuando, después de la noche de amor, el Sueño le haga dormir para ocultarle los malévolos planes de Hera. Ésta reclama el «cesto»41 o ceñidor de Afrodita para estar más atractiva a los ojos de su marido, a lo que la diosa del amor accede, tras mostrarse burlona y desdeñosa, recordando las infidelidades de Zeus. La escena está cargada de fina ironía: Nono consigue representar a las diosas conversando como damas de alta alcurnia que están bien enteradas de los trapos sucios de cada cual. Afrodita se burla de los amoríos de Zeus, Hera, a su vez, le recuerda que es su suegra «por partida doble» (pues es madre de Hefesto, marido de Afrodita, y de Ares, su amante), en tanto que se ríe de su propio marido.

Canto XXXII

Afrodita accede a prestarle su ceñidor a Hera con unas breves palabras de advertencia sobre el inmenso poder del cesto (vv. 1-9) y en seguida vuelve a sus moradas en el Líbano. Entretanto, la diosa Hera no pierde el tiempo y se prepara en una breve y encantadora escena de toilette. Hera se maquilla con diversos cosméticos y perfumes desplegando sus encantos (10-37): se incluye un breve catálogo de las joyas de la diosa con rubíes, perlas y otras piedras preciosas especialmente indicadas en los lapidarios para la unión amorosa. Tampoco descuida los perfumes, y esto da lugar a un catálogo de flores igualmente afrodisíacas, como el mirto o «flor del amor».

«Veloz como un ala o un pensamiento» marcha Hera al encuentro de Zeus. El diálogo es breve, Zeus queda deslumbrado y Hera le dice que, como patrona del matrimonio, está preocupada porque Eros ha descuidado las uniones amorosas. En seguida, Hera y Zeus yacen juntos en un lecho protegido por las nubes; la naturaleza se regocija y las plantas masculinas y femeninas se unen42 (vv. 76-97). Mientras esto ocurre, Megera aprovecha que Zeus no está observando y a una señal secreta de Hera infunde la locura en Dioniso, pese a que Ártemis intenta defenderlo (vv. 98-150). Dioniso sufre alucinaciones y se comporta con violencia, destrozando árboles, atacando a sus propias tropas, etc. La descripción de su locura en Nono recuerda a la de Ayante en la obra homónima de Sófocles: Nono parece modelar algunas escenas de locura y de suicidio sobre la tragedia Ayante43.

El ejército indio aprovecha la locura de Dioniso para realizar una gran ofensiva (vv. 151-180) y el propio Ares se transforma en Modeo para apoyar a los indios. Entonces se canta la «aristía» de Deríades (181-198), introducida mediante una nueva invocación a Homero: «¡Cantad, oh Musas de Homero, quién murió, quién fue herido por la lanza de Deríades!»44. Después del elenco de víctimas se narran las nuevas hazañas de Morreo, que da muerte al chipriota Equelao, y a otros soldados de Dioniso (199-220). Acaba el canto XXXII con una retirada de todas las tropas de Dioniso: Bacantes, Sátiros, Silenos, Erecteo, Meliseo, Fauno, los Cíclopes, etc. (221-299).

Canto XXXIII

Mientras Dioniso vaga enloquecido por los montes, se fragua una nueva estratagema para contener al ejército indio. La Gracia Pasitea, cuyo amor prometió Iris al Sueño a cambio de su ayuda para dormir a Zeus, acude a Afrodita para que salve a Dioniso de su locura (vv. 4-63). La trama es paralela a la insidia de Hera en el canto XXX: Afrodita accede y envía a su mensajera, Aglaya en busca de Eros para que fleche al capitán indio Morreo, que tantos estragos está causando entre los de Dioniso, en una búsqueda de Eros que recuerda a las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (III 113), donde se requiere a Eros para que enamore a Medea. Aglaya encuentra a Eros jugando al kóttabos45 con Himeneo, el inmortal, hijo de la musa Urania, no el mortal, que aparece en el canto XXIX (64-104). Tras la victoria de Eros, Aglaya se dirige a él para decirle que Afrodita está en peligro (105-113). Nono describe la reacción de Eros a estas palabras con maestría, como la de un jovenzuelo impetuoso que no deja acabar el discurso de la Gracia: al punto, Eros parte al encuentro de su madre (114-142). Afrodita le convence para que enamore a Morreo de Calcomede, una Ménade de gran belleza (143-179).

Eros lanza su flecha contra Morreo en una estampa tradicional: apoyado en el cuello de la muchacha y apuntando su arco desde sus mejillas, dispara al corazón de Morreo. El caudillo indio sufre entonces los efectos físicos del amor, que se describen en los versos 180 y siguientes. Calcomede, astutamente, evita a Morreo contándole diversos mitos sobre amores infructuosos, como el de Dafne (201-232). Pero al caer la noche, las penas de amor de Morreo crecen y se reflejan en un monólogo desesperado en el que le reprocha a sus armas que no le valgan de nada y se queja de su destino, recitando un epigrama (233-316): recorre con la vista el cielo estrellado, desde Tauro hasta Casiopea, e insomne, Morreo recuerda algunas enseñanzas mitológicas sobre el amor (Pélope e Hipodamia, Antíope, Egina, etc.). A su vez, Calcomede se queja también y piensa suicidarse arrojándose al mar, mientras recuerda otros ejemplos míticos como el de Britomartis (317-345). Pero, al final, Tetis se le aparece y evita su suicidio; es preferible aprovechar el enamoramiento de Morreo para beneficio de la causa de Dioniso.

Canto XXXIV

Comienza el canto XXXIV con Tetis y Calcomede retirándose de la escena. Al punto, se cuentan las nuevas penas de amor de Morreo, después de sus soliloquios. Siempre insomne, reflexiona sobre los efectos del amor en la mente (vv. 1-20). Entonces Morreo mantiene una conversación nocturna con un centinela (21-88). Éste, de nombre Hísaco, hace una aparición humorística preguntando a Morreo cuál es ese mal que le hace abandonar de noche el lecho de su esposa, aunque lo adivina muy bien. Morreo, «enfermo de amor», le pide remedios contra su herida, usando el tópico del amor como enfermedad (un lugar común en la literatura griega ya desde Eurípides, cf. por ejemplo, Hipólito 267 ss. o 433 ss.)46 y vuelve después a la cama. Allí, sus sueños le infunden vanas esperanzas, al aparecérsele Calcomede diciendo palabras de amor: Morreo se despierta muy alegre y vuelve a monologar (89-121).

En este punto, la narración se dirige de nuevo a la batalla. Hay un cónclave de guerreros en torno al rey Deríades que precede a la nueva desbandada entre las filas dionisíacas: se describe la ruina de los cortejos y ritos dionisíacos (vv. 122-150). Muchas Ménades caen prisioneras de los indios, a excepción de Calcomede, y Morreo las entrega a Deríades como dote por su esposa Quirobia, hija del rey (151-192). Morreo obtuvo a la hija del rey como esposa tras su exitosa campaña entre los cilicios, lo que se recuerda en un diálogo entre Deríades y Morreo (193-220). El rey se da por pagado con las victorias pasadas y no acepta como regalo de boda a las Ménades; toma como esclavas a algunas. Otras sufren prisión y torturas mortales: una de ellas habla antes de morir entre las aguas (221-268).

Tras este episodio bélico, Nono vuelve a la historia de amor —un verdadero «epilio» erótico dentro de la segunda parte del poema47— con nuevas querellas de Morreo a Calcomede. El indio persigue ante la muralla a la Ménade, a quien contempla lleno de deseo (vv. 269-337). Pero ella logra pasar a las líneas del ejército de Baco y volver a la lucha, mientras Morreo, entristecido, se retira del combate, lo cual era el objetivo de la estratagema de Pasitea. Hay, pues, una breve pausa en la batalla, mientras puertas adentro de la ciudad india continúa la persecución y tormento de las Basárides (338-358).

Canto XXXV

El comienzo del canto retoma el ataque de Deríades a las Bacantes, a quienes condujo hacia dentro de la ciudad de los indios. Hay una escena general de lucha en la calle, con los ciudadanos como espectadores (vv. 1-20) y, seguidamente, algunos lances concretos: un indio se enamora del cadáver de una Ménade a la que acaba de matar y pronuncia un monólogo, en una escena de extraño erotismo, lamentando su muerte y declarándose vencido por su víctima (21-78); las mujeres indias toman las armas también contra las Ménades, destacando, entre alusiones a mujeres guerreras de la mitología, las tres esposas de los caudillos indios, Protonoe, Quirobia y Orsiboe (79-97).

Nono concluye a continuación los dos episodios más importantes que ha emprendido en estos cantos entre la narración general de la batalla, la Diòs apátē y el epilio amoroso de Morreo y Calcomede: en primer lugar, pone fin a la historia erótica del indio y la muchacha con una nueva estratagema de ésta, que convence a Morreo para que se quite las armas y se lave antes de entrar en su lecho (vv. 98-138). El indio responde encantado a su discurso y se quita la armadura y las armas (139-159). Mientras tanto, entre los dioses, Afrodita le hace ver a Ares lo que está sucediendo entre Morreo y Calcomede, y se burla de él demostrándole cuán poderoso es el amor que incluso un terrible guerrero como Morreo se desnuda y se lava en el río (160-184). Tras el baño de Morreo, en el que Nono resalta de nuevo lo imposible de una unión consentida entre una chica blaṅca y un hombre negro, Calcomede se retira pudorosa para no ver un desnudo masculino. Morreo intenta entonces violar a la Ménade, pero una serpiente oculta en su túnica la defiende y frustra el deseo del indio (185-222).

Como transición entre ambas conclusiones, y de vuelta al escenario de la guerra, Hermes ayuda a huir por la noche a las Basárides encerradas en la ciudad (vv. 223-241). A la mañana siguiente Deríades se da cuenta de la fuga y en vano sale a buscarlas (242-261).

Después de esta escena de transición, Nono pone fin también al episodio del «engaño de Zeus» y a la locura de Dioniso: Zeus despierta al fin y se da cuenta del engaño (cf. Ilíada XV 4 ss.). Entre amenazas consigue que Hera cure a Dioniso mediante la leche de sus pechos (vv. 262-340). Dioniso vuelve entonces a ponerse al frente de su ejército con una arenga (341-391).

Canto XXXVI

Como preludio a la reanudación de la batalla, y mientras Dioniso y Deríades arman sus respectivos ejércitos, los dioses van a tomar partido alineándose con cada uno de los bandos. Es este un episodio modelado de nuevo sobre la épica tradicional (la teomaquia de la Ilíada XX 31 ss. y XXI 385 ss.)48. La batalla de los dioses comienza con un combate de Ares y Atenea (vv. 3-27) seguido por la lucha entre Ártemis y Hera y las burlas de ésta (28-77). Por último, luchan Apolo y Poseidón y al punto habla Hermes para recuperar la concordia entre los dioses (78-132).

Tras estos preliminares entre los inmortales la narración vuelve al campo de batalla con la asamblea de los indios y la arenga de Deríades (vv. 133-164). En el campo de Baco, los prolegómenos son diferentes: los animales salvajes se alinean con sus tropas contra los indios (165-197). Acto seguido, se narran las primeras escenas de combate desde una panorámica general (198-240) y luego centrándose en algunos lances: un infante logra derribar a un jinete; las ménades dan muerte a los enormes indios, como Coletes, que cae a manos de Caropea ante la sorpresa de otro soldado indio; la contienda entre Carminos y Curetes, etc. (271-290).

A continuación se desarrolla el primer combate singular entre Dioniso y Deríades, en el cual el dios se transforma en fuego, agua y varios animales49 (vv. 291-333). Deríades se burla de su estrategia y contraataca (334-353), pero la vegetación dionisíaca se vuelve contra él y lo apresa, dejándole casi vencido50 (354-381). Dioniso se apiada de Deríades y le libera de los lazos de las plantas, pero el indio sigue luchando contra él (382-390)

Entonces se declara una tregua al caer la noche. Los de Dioniso aprovechan para construir una flota, siguiendo la profecía de Rea: «el fin de la guerra llegaría cuando los de Baco sostuvieran un combate naval con los indios» (vv. 399-423). Mientras los Radamanes construyen barcos para Dioniso, los indios se reúnen en asamblea y Morreo les propone declarar la guerra en mar abierto, a lo que responden aclamándole (424-475). A esto le sigue, para terminar el canto y el presente volumen, una nueva tregua durante tres ciclos lunares, «una calma que estaba, sin embargo, preñada de batallas» (476-480).


1 Cf., por ejemplo, L. R. LIND, «Un-hellenic elements in the Dionysiaca», LʼAntiquité Classique 7 (1938), 57-65.

2 Para la definición de Nono como poeta barroco, cf. G. Dʼ IPPOLITO, Studi Nonniani. Lʼepillio nelle «Dionisiache», Palermo, Presso lʼAccademia, 1964, págs. 44-57. Véase también P. BROWN, The World of Late Antiquity, Londres, 1971 = El mundo en la Antigüedad tardía [trad. A. PIÑERO], Madrid, Taurus, 1989, passim, en esp. pág. 54 y 95.

3 Por ejemplo, R. SHORROCK, The Challenge of Epic. Allusive Engagement in the Dionysiaca of Nonnus. Leiden, Brill, 2001 (Mnemosyne Suppl. 210), o D. ACCORINTI y P. CHUVIN (eds.), Des Géants à Dionysos. Mélanges de mythologie et de poésie grecques offerts à Francis Vian, Alessandria, Edizioni dellʼOrso, 2003.

4 Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques. Tome XVIII: Chant XLVIII, París, Les belles lettres, 2003, es la última entrega de la traducción al francés, dirigida por F. VIAN y aún incompleta. Se está traduciendo, además, al italiano en Adelphi y al griego moderno (E. DARBIRIS, Nónnou Dionysiaká. Tómos A-B, Atenas, Georgiadis, 2002 y 2003). Como curiosidad hay incluso traducción árabe (de un pasaje) en Malhamat Beirut almaymuna: qissat al-sira al-jalida min ayl, Beirut, Manshurat Dar al-Zaqafa, 1999.

5 P. COLLART, Nonnos de Panopolis: Études sur la composition et le texte des Dionysiaques, Le Caire, Publications de lʼInstitut franҫais dʼArchéologie orientale, 1930. R. KEYDELL, «Nonnos» RE 33, 1936, págs. 904-920. Para un estado de la cuestión en castellano, véase A. GONZÁLEZ SENMARTÍ, La poesía de Nono de Panópolis, diss. Univ. Barcelona, 1977, págs. 170-188.

6 G. Dʼ IPPOLITO, Studi Nonniani. Lʼepillio...

7 En la épica de Nono también «influye la tragedia con su páthos», como afirma A. LESKY, Geschichte der griechischen Literatur (2.a ed.), Berna, 1963 = Historia de la literatura griega [trad. J. M. DÍAZ REGAÑÓN], Madrid, Gredos, 1969, pág. 849. Otros estilos y géneros, mayores y menores, hacen su aparición en retazos. Cf., por ejemplo, B. HARRIES, «The pastoral mode in the Dionysiaca» en N. HOPKINSON, Studies in the ʽDionysiacaʼ of Nonnus, Cambridge, Cambridge Philological Society, 1994, págs. 63-85.

8 Varios ejemplos que se suelen discutir: Dioniso «lloró para liberar a los mortales del llanto» (XII 171) y Sémele, su madre, es «dichosa entre todas las hijas de Cadmo» (IX 71). Véanse las páginas que se dedican a Nono en V. EBERSBACH, «Zwei blutige Erlöser-Dionysos und Christus», en G. SCHUPPENER y R. TETZNER (eds.), Glaube und Mythos, Arbeitskreis für Vergleichende Mythologie e.V., Leipzig, 2000, págs. 43-62.

9 Cf. L.F. SHERRY, The hexameter paraphrase of St. John attributed to Nonnus of Panopolis, Diss. Univ. Columbia, 1991.

10 E. LIVREA, «Il Poeta ed il Vescovo, la questione nonniana e la storia», Prometheus 13, 2 (1987), 97-123.

11 A. CAMERON, «The poet, the bishop and the harlot», GRBS 41 (2001), 175-188. Cf. también la réplica de Livrea en «The Nonnus Question Revisited», en D. ACCORINTI y P. CHUVIN (eds.), Des Géants à Dionysos..., págs. 447-455.

12 K. TREU, «Antike Literatur im byzantinischen Ägypten im Lichte der Papyri», Byzantinoslavica 47.1 (1986), 1-7. La querelle des anciens et des modernes se remonta a mucho antes que la francesa, como recuerda E. R. CURTIUS, Europäische Literatur und lateinisches Mittelalter = Literatura europea y Edad Media latina [trad. esp. M. FRENK ALATORRE y A. ALATORRE], México, Fondo de Cultura Económica, 1955, pág. 354 ss.

13 La lista es larga, ya desde el siglo v: Pamprepio, Museo, Coluto de Licópolis, Cristodoro de Copto, Agatías, Pablo Silenciario, Juan de Gaza, Dioscoro de Afrodito, etc. (para su catálogo, véase R. KEYDELL, «Nonnos und die Nonnianer», en Die griechische Poesie der Kaiserzeit; Part II; Bursians Jahresbericht, vol. CCXXX, 1929, págs. 41-161, o A. CAMERON, «Wandering poets: A Literary Movement in Byzantine Egypt», Historia 14 [1965], 470-509). En época bizantina, Jorge de Pisidia (s. VII), el historiador Genesio (s. X), el rhḗtor Teodoro Hirtaceno (s. XIV), el monje Máximo Planudes, etc. (para más detalles, véase D. HERNÁNDEZ DE LA FUENTE, Greek, Román and Byzantine St. 43.4 (2002/3), 397-407.

14 E. LVBINVS, Nonni Panopolitae Dionysiaca, [...]. Hanoviae, tyris Wechelianis apud Claudium Marnium et heredes Iohannis Aubrii, 1605.

15 Cf. para el idilio Atteone, de 1608, GIOVAN BATTISTA MARINO, La Sampogna, V. DE MALDE (ed.), Parma, 1993, págs. 137-189

16 G. F.DAMIANI, Lʼultimo poeta pagano, Turín, 1902. Recientemente, F. Tissoni ha estudiado esta influencia (cf. F. TISSONI, Nonno di Panopoli. I canti di Penteo [Dionisiache 44-46], Florencia, 1998, 56-61).

17 Para otros lectores de Nono, cf. L. R. LIND, «Nonnus and his readers», Res Publica Litterarum 1 (1978), 159-170.

18 C. BOITET DE FRAUVILLE, Les Dionysiaques, ou les voyages, les amours et les conquestes de Bacchus aux Indes, traduites du grec de Nonnus Panopolitain, París, R. Fouët, 1625, y P. DE MARCASSUS, Les Dionysiaqves, ov, le parfait heros / de lʼinuention du Sieur de Marcassvs. A Paris: chez Tovssainct dv Bray..., 1631, inspiradas en Nono.

19 Un ejemplo es la traducción alemana de J. J. BODMER, Moschus: Die geraubte Europa, von Moschus / Dieselbe von Nonnus, Zúrich, 1753.

20 Cf. sus alusiones a Nono en E. GRUMACH, Goethe und die Antike: eine Sammlung, 1, Berlín, W. de Gruyter, 1949, págs. 276, 282, 293, 321-322.

21 S. GEORGE, Blätter für die Kunst 5, 1892-1893, pág. 392. La referencia y el texto, en la traducción española que citamos, están en E. R. CURTIUS, Literatura europea..., pág. 562.

22 Siguiendo el modelo de HOMERO, Ilíada II 308 ss.

23 Hay una curiosa etimología propuesta para el nombre Deríades (normalmente provendría de dêris, «combate») en J. W. MACCRINDLE, Ancient India as described in Classical Literature, Amsterdam, Philo Press, 1971, pág. 197, n. 1: podría ser una adaptación del sánscrito Duryodhana, nombre de uno de los héroes del Mahabharata.

24 Como el canto XIII 50, donde llama a Homero «gran puerto de bellas palabras».

25 Véase la introducción de F. VIAN, Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques, Tome IX: Chants XXV-XXIX, París, Belles lettres, 1990, pág. 38, y D. GIGLI, «Il Perseo nonniano. Osservazioni su uno studio sullʼironia nelle Dionisiache», Prometheus 7 (1981), 177-188.

26 Cf. la descripción del escudo de Aquiles en Ilíada XVIII 483 ss.

27 La leyenda de la lira de Anfión (cf. APOLODORO, Bibl. III 5 5). La de Cadmo la narra el propio Nono en IV 297 ss. y el trazado de los muros en V 51-84.

28 Narrado por JANTO DE LIDIA (765 Fr. 3 FGrH Jacoby) y PLINIO (Hist. Nat. XXV 14). Cf. J. y L. ROBERT, «Héros de Sardes dans Nonnos, Tylos», Bulletin Épigraphique 437 (1979) y G. M. A. HANFMANN, «Lydiaka», HSPh (1958), 65-88.

29 Zagreo en VI 155 ss., Ámpelo en XII 270 ss., Himeneo en XXIX 151 ss., Hera y Dioniso en XXXV 319 ss., Eeria y Téctafo en XXVI 101 ss. y XXX 126 ss., Paráfrasis V 10, etc.

30 Atenea toma la forma de Orantes, como el Sueño la de Néstor, para embaucar a Agamenón en HOM., Il. II 23 ss.

31 Orontes, yerno de Deríades, se suicida en XVII 262 ss., en un pasaje que recuerda la muerte de Ayante en SÓFOCLES, 845 ss. Los demás caudillos y pueblos indios aparecen puntualmente: los nombres de los generales seguramente aparecerían en las Basáricas de DIONISIO (cf. la edición de E. LIVREA, Dionysii Bassaricon et Gigantiadis fragmenta, Roma, 1973, fr. 1-3), un poema de temática dionisíaca que pudo inspirar a Nono para cantar la campaña índica. Con respecto a los capitanes y a sus pueblos, véanse las explicaciones de P. CHUVIN, Mythologie et géographie dionysiaques. Recherches sur lʼœuvre de Nonnos de Panopolis, Clermont-Ferrand, Adosa, 1991, págs. 294-312, y de J. W. MACCRINDLE, Ancient India..., págs. 197-200.

32 El padre amamantado por la hija es un motivo del folktale que aparece en la literatura desde antiguo (véase, por ejemplo, el Childe Harold de Lord Byron). Para esta episodio en Nono véase el estudio de C. MAINOLDI, «Eria e Tectafo nelle Dionisiache di Nonno», en Pietas e allattamento filiale. La vicenda, lʼexemplum, lʼiconografia. (Coll. Urbino, 2-3 magg. 1996), Urbino, Quattro Venti, 1997, págs. 161-170.

33 Véase el artículo de F. VIAN, «À propos de deux oiseaux indiens: lʼorion et le catreus», Koinonia XII 1 (1988), 5-16.

34 Cf. XX 149 ss., XXVI 22 et al. y el episodio en HOMERO, Il. VI 130-140.

35 Se trata de uno de los mitos de luto más usados por Nono: las Helíades se transforman en árboles y de sus lágrimas sale el ámbar (cf. OVIDIO, Met. II 340 ss.).

36 Imitan la Ilíada XIII 128-135 y XVI 215-217.

37 Himeneo recuerda constantemente a otros jovencitos amados por un dios: Jacinto o Atimnio, amados de Apolo (cf. XI 230) o Ámpelo, al que ama Dioniso en los cantos X-XII.

38 Cf. BIÓN, Epitafio de Adonis 7-16.

39 Igualmente hace Andrómaca frente a Héctor en HOM., Il. XXII 462.

40 En el verso 295, retomando la frase modelo de la Ilíada para introducir una «aristía» (aristeía) o principalía: cf. Il. V 703, XI 299, etc.

41 Véase HOMERO, Il. XIV 214; el «cesto» (kestós) de Afrodita es una especie de cinturón que es atributo de la diosa del amor.

42 El azafrán y la zarzaparrilla, por ejemplo, se unen, acaso haciendo referencia a la historia de amor de Croco y Esmilax, cuyos nombres en griego se corresponden, respectivamente, con los de ambas plantas (cf. OVIDIO, Met. IV 283).

43 Por ejemplo, la locura de Atamante, al comienzo del canto X (cf. SÓFOCLES, Ayante 284 y ss.), o el suicidio del indio Orantes en XVII 262 ss.

44 Cf. HOMERO, Il. V 703, XVI 692, etc., y CALÍMACO, Himno IV 82 para esta invocación a las Musas.

45 Sobre este episodio hay un estudio de J. F. SCHULZE, «Eros und Hymenaios bei Kottabosspiel», WZ Halle 18 (1969), 223-226. El kóttabos, que al parecer tenía origen siciliano, era un juego convival consistente en arrojar gotas de vino en un cuenco de metal. En este pasaje el proyectil es otro licor, el divino néctar.

46 En Nono es una de las metáforas amorosas más usadas, véase D. GIGLI PICCARDI, Metafora e poetica in Nonno di Panopoli, Florencia, Universitá degli Studi di Firenze, Dipartimento di Scienze dellʼAntichità «Giorgio Pasquali», 1985, pág. 41 ss.

47 G. Dʼ IPPOLITO, Studi Nonniani. Lʼepillio..., págs. 108-110.

48 Pero también innovador, en el duelo entre Ares y Atenea y la exégesis alegórica del mito, como ha visto F. VIAN en su estudio «La Théomachie de Nonos et ses antécédents», Rev. Ét. Gr. 101 (1988), 275-292.

49 Así hace también el primer Dioniso, Zagreo, para defenderse de los Titanes en el canto VI 174-205, en una extraña sucesión de cambios que tienen muchas interpretaciones (cf., por ejemplo, P. CHUVIN, Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques. Tome III: Chants VI-VIII, París, Les Belles lettres, 1992, págs. 153-154 y las notas a XXXVI 291-333). Por otro lado, también Penteo es atacado por el fuego de Dioniso en XLV 332-358.

50 Otro impío enemigo de Dioniso, Licurgo (cf. XX 149 ss.), es aprisionado por plantas báquicas —hiedra o vid— en XXI 17 ss.

NOTA TEXTUAL

En cuanto a la edición crítica utilizada, se ha preferido la última y excelente colección dirigida por Francis Vian que ha aparecido en Les Belles Lettres y aún está incompleta. En su defecto, se ha utilizado la edición de Rudolf Keydell. Los pasajes en los que hemos decidido apartarnos de las ediciones de la Budé (cantos XXV-XXIX51 y cantos XXX-XXXI52 respectivamente) o de la de Keydell (para los cantos XXXII-XXXVI53), vienen enumerados a continuación, con la lectura adoptada y preferida a la derecha, junto con su procedencia. En ocasiones se ha regresado a la edición en tres tomos de la Loeb Classical Library54, que contiene el texto de Ludwich55 ligeramente enmendado —y que sigue siendo útil para corregir algunas lecturas—, o bien se ha optado por enmiendas anteriores o lecturas del Laurentianus56.




51 F. VIAN, Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques. Tome IX: Chants XXV-XXIX, París, Les Belles lettres, 1990.

52 F. VIAN, Nonnos de Panopolis, Les Dionysiaques. Tome X: Chants XXX-XXXII, París, Les Belles lettres, 1997.

53 R. KEYDELL, Nonni Panopolitani Dionysiaca, Berlín, Weidmann, 1959.

54 W. H. D. ROUSE, Nonnosʼ Dionysiaca. I-III, Loeb Classical Library, Cambridge (Mass.)-Londres, Harvard U.P.-Heinemann, 1940.

55 A. LUDWICH, Nonni Panopolitani Dionysiaca. Recensuit Arthurus Ludwich. I-II Lipsiae, 1909-11

56 Se trata del Laurentianus Plut. 32.16 (que contiene las Dionisíacas en sus ff. 8v-173r), guardado en la Biblioteca Laurenziana-Medicea de Florencia, el manuscrito más importante para la transmisión textual.

BIBLIOGRAFÍA

Si en los volúmenes anteriores se ofrecia una bibliografía general sobre Nono, a continuación el lector encontrará un elenco más breve con los estudios básicos que se citan en las notas para referencia del lector, y algunos trabajos de nueva aparición. Para la lista de ediciones y traducciones, véanse los tomos anteriores.

Monografías:

D. ACCORINTI y P. CHUVIN (eds.), Des Géants à Dionysos. Mélanges de mythologie et de poésie grecques offerts à Francis Vian, Alessandria, Edizioni dellʼOrso (Hellenica. Testi e strumenti di letteratura greca antica, medievale e umanistica 10), 2003.

P. CHUVIN, Mythologie et géographie dionysiaques. Recherches sur lʼœuvre de Nonnos de Panopolis, Clermont-Ferrand, Adosa, 1991.

P. COLLART, Nonnos de Panopolis: Études sur la composition et le texte des Dionysiaques, Le Caire, Publications de lʼInstitut franҫais dʼArchéologie orientale, 1930.

G. Dʼ IPPOLITO, Studi Nonniani. Lʼepillio nelle «Dionisiache», Palermo, 1964.

D. GIGLI PICCARDI, Metafora e poetica in Nonno di Panopoli, Florencia, Universitá degli Studi di Firenze, Dipartimento di Scienze dellʼAntichitá «Giorgio Pasquali», 1985.

J. W. MACCRINDLE, Ancient India as Described in Classical Literature, Amsterdam, Philo Press, 1971.

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V. STEGEMANN, Astrologie und Universalgeschichte: Studien und Interpretationen zu den ʽDionysiakaʼ des Nonnos von Panopolis, Leipzig, Teubner, 1930.

Artículos y capítulos de libros

M. BRIOSO SÁNCHEZ, «De la épica como crónica a la épica subjetiva: Nono de Panópolis», ExcPhilol 4-5 (1994-5), 9-30.

M. BULL, «Poussin and Nonnos», Burlington Magazine 140 [1148] (nov. 1998), 724-738.

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D. GIGLI, «Il Perseo nonniano. Osservazioni su uno studio sullʼironia nelle Dionisiache», Prometheus 7 (1981), 177-188.

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CANTO XXV

SUMARIO

— Segundo proemio y juicio de Dioniso, vv. 1-263: Nueva invocación a las Musas y a los modelos literarios del poeta, Homero y Píndaro, vv. 1-30. Juicio de Dioniso y Perseo, vv. 31-147 (Perseo y la Gorgona, vv. 31-60; frente a Dioniso y la guerra índica, vv. 61-79; Perseo y el monstruo marino, vv. 80-84; frente a Dioniso y los Gigantes, vv. 85-97; lucha de Perseo y Dioniso ante Ínaco, vv. 105-112; Sus madres: Dánae frente a Sémele, vv. 113-122; sus esposas: Andrómeda frente a Ariadna, vv. 123-147). Juicio de Dioniso y Minos, vv. 148-174. Juicio de Dioniso y Heracles, vv. 174-252.

— Nueva invocación a Homero y a la Musa, vv. 253-270.

— Milagros dionisíacos antes del combate, vv. 271-299.

— Atis exhorta a Dioniso al combate y le regala un escudo, vv. 300-379.

— Descripción del escudo de Dioniso, vv. 380-572: Descripción general e imagen del cosmos, vv. 380-412. Fundación de Tebas por Anfión y Zeto, vv. 413-428. Rapto de Ganimedes, vv. 429-450. Mito de la resurrección de Tilo, vv. 451-552. Mito del nacimiento de Zeus y el engaño de Crono, vv. 553-562. Final y caída de la noche, vv. 563-572.

EN EL CANTO VIGÉSIMO QUINTO TENDRÁS LA LUCHA DE PERSEO Y EL JUICIO DE HERACLES FRENTE A LA VALENTÍA DE DIONISO

Oh Musa, traba de nuevo el docto combate con tirso inspirado. Pues aún no había plegado su rodilla servil ante Dioniso el Ares Oriental, ni se había concluido aquella contienda que ya duraba siete años. Ya de nuevo los nidos temblaban en las ramas de los plátanos indios, estremeciéndose [5] ante las fauces de una serpiente1. Esto profetizaba la guerra báquica.

No he de cantar los primeros seis años, mientras el ejército indio permaneció refugiado dentro de sus fortificaciones. Seguiré el modelo, a imitación de Homero, y cantaré el último año de guerra. Esbozaré el combate que lleva el mismo número que mi séptimo gorrión. En la cratera de la [10] poesía he de mezclar un canto en honor de Tebas, la ciudad de las siete puertas, pues también ella baila en éxtasis en derredor mío2, como una novia que se desnudara el pecho sobre su túnica, cabizbaja por el recuerdo de Penteo3. El anciano [15] Citerón me tiende su mano luctuosa para incitarme a entonar mi melodía, y se avergüenza, no vaya yo a cantar acerca del lecho impío o del hijo parricida que con su madre como marido yació4. Ya puedo oír el sonido de la cítara eonia.

Decidme, Musas, ¿qué Anfión redivivo arrastra piedras inertes para hacerlas rodar? Sé de dónde proviene este soni [20] do... Es la melodía dórica de la forminge de Píndaro, que suena en honor de Tebas5.

Ea, volvamos a exterminar la raza de los indios eritreos, pues nunca antes pudo el Tiempo contemplar tamaña contienda, semejante a la guerra del oriente, ni Enío ha visto en [25] los últimos tiempos ninguna guerra que se pueda igualar a la campaña contra los indios. Nunca tamaño ejército se llegó a los pies de Ilión, nunca tal armada de hombres. Vamos, que yo he de elevar las interminables fatigas de Dioniso, en disputa con los modernos y los antiguos poetas, al parangonar [30] el valor de los hijos de Zeus6. Así podré discernir quién ha salido victorioso de tan gran disputa, quién ha podido igualar a Baco.

Perseo, en primer lugar, el de veloces rodillas, haciendo girar sus talones de hermosas alas, recorrió una vez su camino cercano a las nubes a través del éter como un pedestre caminante —si es que en verdad puede volar—. ¿Y qué tiene de especial si se impulsaba nadando por los aires con su [35] alado talón de extraños remos? ¿Y qué si una vez le arrebató a la insomne hija de Forcis su errante ojo, con un gesto furtivo de sus manos captoras?7. ¿Y qué si también cortó la serpentina cabeza de una sola Medusa —sólo una— cuyo vientre estaba aún cargado con su fruto, su hijo Pegaso? Así hizo con el cuello de la Gorgona, cuando era una joven [40] novia encinta, lo tajó con una hoz, remedando a Ilitía la partera de niños8, al segar las primicias de su cuello de pasto caballar. Sin tener que trabar combate, alzó Perseo, el de sandalia veloz, los inertes trofeos de la victoria, los serpentinos despojos de la cabellera de Gorgona, los restos de su cabeza empapada de gotas de sangre, cuyas serpientes [45] aun emitían un débil silbido y sus gargantas recién segadas siseaban. Mas él no trabó viril contienda. No se oyó el griterío de un combate de infantería. No luchó Perseo en el [50] ponto ni el Ares marino hinchó las velas belicosas de las naves con sus vientos que incitan a la guerra. Ni se tiñó el libio Nereo9 de púrpura con las gotas de sangre derramada, ni recibieron sus aguas funestas cadáveres que cayeran rodando sobre sí mismos. No fue así, sino que, aterrado por el siseo de las serpientes del cabello de aquella enfurecida Esteno, el alado Perseo se dio a la fuga. Y aunque llevase el [55] yelmo de Hades y la hoz de Palas, y tuviese, además, las alas de Hermes y la ayuda de su padre Zeus, como un cobarde alzó en vuelo en huida al escuchar el bramido de Euríale, y no ya el fragor de la trompeta de guerra, tras saquear una pequeña cueva libia. No dio muerte a un ejército de [60] guerreros, ni incendió ciudad alguna con una antorcha llameante.

En cambio, no así fue la de Bromio10. No se vistió armas Baco a escondidas, como un doloso capitán, ni montó una emboscada contra la vigilancia circular del ojo insomne que las hijas de Forcis se pasaban de mano en mano intercambiándose el ala del sueño, ni tampoco ganó un femenil [65] galardón de la desarmada Medusa. En cambio Baco, segando las filas de los enemigos en una victoria de doble cara —un combate de infantería y un batalla de marinos caminos— anegó la tierra con crúor derramando olas de sangre y tiñó de rojo a las Nereidas con esa rubicunda corriente, exterminando las tribus bárbaras. Muchos indios de altivos penachos [70] cayeron sobre su madre Tierra como espigas de trigo, con la cabeza cortada. Otros muchos, masacrados por el agudo tirso en las aguas, navegaron por el ponto como marinos involuntarios, como turba de indios muertos. Y pasaré por alto el undoso combate entre el invicto Lieo11 y el belicoso río de aguas armadas, en el que la báquica antorcha [75] llameante prendió fuego al bárbaro caudal con un fuego empapado y bulló con humo fluvial el húmedo Hidaspes cuando hirvieron sus aguas en el calor de las olas.

Pero me replicarás que Perseo dio muerte al monstruo que fue criado en los mares. Con el ojo de la Gorgona, las [80] bestias marinas se vuelven de piedra. ¿Y qué tiene de extraordinario si, tras exponerse a la mirada de la mortífera Medusa, cambiaron de forma los miembros humanos de Polidectes a otro material, transformándose por sí mismos en piedra?12. Los trabajos del valeroso Baco, matador de indios, no son una sola Gorgona, ni una piedra lanzada por los [85] aires que golpea el mar, ni Polidectes... No, sino que Baco segó la mies de los Gigantes de serpentina cabellera, venciendo con su pequeño tirso mortífero cuando lanzó su hiedra guerrera contra Porfirión, hizo morder el polvo a Encélado y derribó a Alcioneo blandiendo tan sólo sus hojas13. [90] Disparó sus tirsos exterminadores de Gigantes y protectores del Olimpo cuando aquel pueblo nacido de la Tierra hizo girar sus doscientas manos oprimiendo el borde de los astros con sus cabezas de muchos cuellos. Mas hubieron de doblar [95] la rodilla ante la pica de insignificantes racimos, la lanza de hiedra. Y nunca tamaña muchedumbre ha caído bajo el rayo fulminante como sucedió entonces con el tirso mortífero.

Ea, amigos, juzguemos ahora. Pues en la tierra oriental el Sol se ha maravillado al ver las hazañas de Dioniso el [100] matador de indios, y, de otra parte, en el golfo occidental, la Luna ha visto a Perseo el de largas alas en las Hespérides esforzándose en trabajos mediocres con el bronce de curvas uñas14. Y tanto como Faetonte15 participó de la gloria por encima de la Luna, así de alto he de elevar yo a Baco por encima [105] de Perseo. Ínaco fue testigo de los hechos de ambos, cuando las broncíneas lanzas de Micenas disputaron con la férula de hiedra mortífera y Perseo, el portador de la hoz, huyendo ante el coraje guerrero de los Sátiros que entonan el evohé, cedió el paso a Bromio, el portador del tirso, y [110] lanzó un impetuoso venablo que acertó a la débil y desarmada Ariadna en vez de al guerreador Lieo16. No admiro a Perseo por haber dado muerte en sus vestidos nupciales a una mujer que aun exhalaba amor.

¿Y si se ufana por causa de los dorados himeneos de Dánae?17. Pues bien, el lluvioso Zeus no elevó al firmamento a Dánae para honrar su llovizna de amor en esas pequeñas gotas de adúltera unión. En cambio, a Sémele se la [115] llevó al Olimpo consigo Zeus, y allí participa de la misma mesa que los bienaventurados, sentada al lado de su hijo, el vinoso Dioniso. No obtuvo Dánae como lote una morada en el Olimpo, sino que esa novia de Zeus navegó en el interior de un cofre surcador de los mares, arrepentida de aquella [120] embustera lluvia de amor conyugal, de la dicha inestable de aquella fugaz tormenta.

Y sé bien que Andrómeda aparece dentro del Olimpo18, pero de nuevo sufriendo fatigas, incluso allí en el firmamento. La desdichada muchas veces, incluso ahora, pronuncia [125] estas palabras con voz vindicativa:

«¿Qué de bueno hiciste elevándome al firmamento, Perseo? ¡Buena dote me diste en el Olimpo! Aun aquí me persigue el estrellado monstruo marino, incluso aquí en el firmamento. Otro nuevo horror, semejante a aquel primero que me aterrorizó en la tierra y en el mar, me posee aún entre cadenas aquí en las estrellas. No me salvó de él tu hoz celestial. [130] En vano relucen dulcemente en el Olimpo los ojos de la constelada Medusa por mí. Aún me persigue el monstruo marino y ya no agitas tus ingrávidas alas... Mi angustiada madre Casiopea me apremia porque también ella, la muy desdichada, se sumerge en el mar a través del firmamento, temblando de miedo ante las Nereidas y estimando feliz el [135] curso de la Osa Mayor, que nunca llega a mojarse en el Océano ni jamás toca el mar. Y al ver el terror de Andrómeda ante el monstruo marino que la persigue en el Olimpo, el anciano Cefeo, incluso aquí en las estrellas, se lamenta después de lo que le sucedió en la tierra.»

[140] Tales fueron las palabras con las que se quejaba constantemente la joven cargada de pesadas cadenas y llamaba a Perseo, pero su cónyuge no la asistía. Y si Perseo se ufana de Andrómeda incluso arriba en las estrellas, dirige tu vista a través del firmamento, donde se aparece el resplandeciente Serpentario, blandiendo su víbora enroscada, y podrás contemplar [145] la circular corona de Ariadna, compañera del Sol en su curso, que se eleva a la vez que la luna anunciando el amor de Dioniso, el amante de las coronas.

Conozco también las hazañas de Minos19, quien trabó una femenil batalla blandiendo el ceñidor de mujer en vez del escudo de piel de buey, cuando Cípride se tornó diosa de [150] yelmo resplandeciente, cuando Persuasión agitó una lanza broncínea y se convirtió en Palas Atenea, como compañera de lucha de Minos el guerreador. Entre el tumulto del combate una turba nupcial de Amores indoctos en la lucha disparó sus flechas de amor y el encantador Deseo mutó en asediador de ciudades al toque de la trompeta de guerra cidonia, [155] que retumbó contra Niso de Mégara20 y cuando el Ares de bronce se retiró con pasos avergonzados al ver a Fobo y Deimo auxiliando a los Amores, a Afrodita blandiendo su escudo y al Deseo combatiendo con lanza. Al tiempo que Eros, el de suave túnica, daba cumplimiento a una victoria de hermosos cabellos sobre el bien pertrechado [160] enemigo. Pues Escila, mientras estaba dormido su padre de cabellera sin trenzar, le cortó aquel purpúreo racimo de cabellos que desde su nacimiento se había dejado crecer y tras segar un rizo de aquella cabeza protectora de la ciudad con su acero cortante, pudo saquear una ciudad entera. Minos el [165] saqueador de ciudades, en otra ocasión, también halló buen éxito en la batalla por causa de su propia belleza desnuda, pues no venció con el acero, sino con el amor y el deseo. En cambio, cuando Lieo tomó las armas no fue Deseo quien puso fin a la batalla de los indios portadores de lanzas, no fue la pafia diosa quien se armó para luchar al lado del liberador venciendo por su belleza. No fue una muchacha [170] aguijoneada por el enamoramiento quien otorgó a Dioniso el triunfo en el combate, ni tampoco un engaño de amor, ni los bucles de la cabellera de Deríades, sino solamente los cambios de la fortuna en la guerras indias, que se extendieron por doquier y le procuraron los votos de una victoria de [175] nuevo engrandecida.

Y si te jactas de las labores de Heracles e Ínaco21, habré de poner a prueba todas. Sé bien que él torneó su brazo curvado alrededor del cuello de aquel león y que lo atrapó trenzando un nudo de recias manos y llevándole la muerte sin usar el acero. Le apretó allí donde el aire del aliento atraviesa por la mitad la garganta vital. Tampoco de esto me maravillo, [180] pues Cirene una vez demostró su Valor en el frondoso bosque con manos matadoras de leones. Una doncella cumplió una hazaña semejante, pues domeñó a un león viril con su implacable lazo femenino22.

De la misma manera obró Baco, cuando aún era un muchacho, [185] pues una vez que entre los montes jugaba, con una sola mano apresó a un sanguinario león por su garganta hirsuta y se lo ofreció a su madre Rea, oprimiendo de la fiera de fauces abiertas el trenzado cuello. Aún con vida lo arrastró ciñéndole al petral y le puso a la fiera la rienda rectora [190] unciendo al yugo sus serviles mandíbulas. Y sentado sobre el carro azotó el lomo fiero de los temibles leones. La raza de las panteras y la estirpe de los osos feroces fueron también esclavizadas por las manos infantiles de Dioniso.

Sé bien la historia del montaraz jabalí de la Arcadia, y, sin embargo, para Lieo los cerdos salvajes y la especie de [195] los leones no fueron más que un juego de niños... ¿Y qué si el audaz Heracles logró liberar con grandes trabajos una pequeña fuente, la serpentina Lerna, tras segar las primicias de espontánea generación de aquella hidra que reptaba en su cubil con sus muchas cabezas de serpiente? Si tan siquiera [200] la hubiera dado muerte él solo... Pero no, llamó a Yolao23 como compañero en sus trabajos blandiendo una antorcha portadora de luz a fin de que le ayudara a cortar aquellas cabezas que recién brotaban, hasta que ambos triunfaron de la femínea serpiente. Yo al menos no sabría honrar a dos varones que pugnaron con una insignificante víbora hembra, ni cantar en loa de una hazaña realizada entre dos. En cambio, [205] quien partió en dos él solo a la ofidea descendencia de la Tierra24 fue Evio, portador del tirso y paladín de Zeus, el único que hizo frente a todos aquellos monstruos de cuyos hombros brotaban en alternancia, a ambos lados, hidras mucho mayores que la culebra de Ínaco. Unas hidras que sin cesar siseaban ya no en Lerna solamente, sino en el anchuroso firmamento, cerca de las estrellas. ¡Sé benévolo conmigo, [210] oh Yolao! Pues en verdad tú incendiaste el cuerpo de la hidra, pero Heracles te arrebató la fama de la victoria para él solo. No salvó mi campeón la insignificante Nemea, ni fue mi Baco quien libró a Lerna de las fauces de profundo bramido cortando aquel brote ofídeo de la hidra, que volvía a crecer continuamente. No, sino que fue quien envió al heraldo [215] de su famosa victoria a los cuatro confines, hacia el Noto, hacia los talones del Bóreas, las alas del Euro y hacia el Céfiro25, llenando el Océano, la Tierra y el ponto con sus hazañas. Si un solo dragón le aporta fama a un hombre, si las hidras que reptan en su cubil también lo hacen, sean éstas las guirnaldas que adornen el nacimiento de Baco, sean [220] éstas los tremendos lazos que trencen el cabello dracontino de Lieo, ya desde el momento en que abandonó el regazo del muslo paterno que lo gestaba.

Pasaré por alto al cervatillo de cuernos de oro26. Al menos llamaré al gran Heracles matador de un solo ciervo. [225] ¡No nos acordemos del tímido ciervo! Pues es un juego de niños la caza del corzo veloz para el tíaso matador de cérvidos.

Dejemos también de lado el trabajo de Heracles en Cnoso, porque no puedo admirarle por haber dado caza a un cierto toro, y porque, blandiendo su descomunal maza, haya descabezado su pequeña cornamenta. Muchas veces ha [230] hecho esto mismo una sola mujer, muchas veces una Bacante cualquiera, la más insignificante sierva de Dioniso, el de cuernos de buey, ha sacrificado una inefable manada de toros de hermosa cornamenta. Muchas veces, si le ha embestido con sus cuernos un toro enloquecido, le ha hecho plegar la rodilla, doblando hacia arriba la curva cornamenta [235] afilada de un toro que bien podría atravesar por la mitad a un león.

Obviemos asimismo a Geriones el de las cabezas de tres penachos, pues mi Dioniso27, con su hiedra que corta la carne, aniquiló a Alpo, el hijo de la Tierra y enemigo de los dioses, Alpo, que tenía cien cabezas de serpiente, tan enorme [240] que podía tocar el Sol y arrastrar a la Luna, y llegaba a azotar con sus cabellos las estrellas cercanas.

Los trabajos de Heracles, que descendía del inmortal Zeus —quien poseyó durante tres noches seguidas el lecho generatriz de Alcmena—, no han sido sino insignificantes tareas de granjero. Las hazañas de Baco, por el contrario, ya se trate de la muerte del gigante de mil brazos o del caudillo de los indios de altivos penachos, no se pueden igualar a dar [245] muerte a un solo ciervo ni a unas manadas de bueyes, ni a un hirsuto jabalí, no son ni perros ni perros ni frutos de dorado brillo que se generan por sí solos, ni limpiar estiércol ni el pájaro errante que tiene un pequeño pico alado desprovisto de acero, ni una quijada de caballo que devora a los [250] extranjeros, ni el insignificante ceñidor de Hipólita28. No. La victoria de Dioniso ha sido sobre el enorme Deríades y sobre Orontes, de veinte codos de estatura.

Oh ilustrísimo hijo de Meles, heraldo inmortal de Acaya, imploro la merced de tu libro, tan inmortal como la Aurora29. No he de acordarme ahora de la guerra de Troya, ni [255] compararé a Dioniso con el Eácida, ni a Deríades con Héctor. Debía haber cantado tu Musa una gesta más apropiada y mayor, a Baco, destructor de los Gigantes. Debía haber dejado que otros aedos tejedores de himnos cantasen las hazañas de Aquiles, si no te hubiera arrebatado Tetis ese premio. Pero, ea, inspírame tu divino aliento para comenzar mi canto, [260] pues he menester de tus bellas palabras30 para que, en cantando tamaña contienda, no vaya yo a envilecer las fatigas de Dioniso, matador de Indios.

Vamos, diosa, llévame de nuevo entre los indios, armado con la lanza inspirada y el escudo de mi padre Homero, [265] para combatir a Morreo y al insensato Deríades, vistiendo la coraza junto a Zeus y Bromio. Y en el tumulto de la batalla escucharé el sonido del caramillo báquico que conduce al ejército y el estruendo incesante de la docta trompeta de [270] guerra de Homero a fin de que yo pueda aniquilar con la lanza de la inteligencia lo que queda de los indios31.

Así pues, el ejército de Baco acampó en una boscosa ladera de abundantes pastos, como moradores del solitario monte en espera del combate. El Ganges tembló de miedo compadeciéndose de sus hijos. Toda la ciudad de los indios se conmovía ante el triste hado de los recién muertos y las [275] calles resonaban con los luctuosos lamentos de las plañideras. Deríades se estremecía de miedo, de asombro y de vergüenza, pues ya se había enterado de todo. Y más aún se afligió al observar con torva mirada que el Hidaspes había [280] cambiado su apariencia inspirada por la divinidad y rebullía ahora oscurecido por las vinosas olas.

Allí mismo, haciendo girar sus tardos pasos, un hombre de espesa barba al que hacía tiempo una sombría niebla le cegaba los ojos, se acercó al río y derramó el licor rubicundo del vino que alivia las penas sobre sus párpados pegados. [285] Y al recibir su rostro las gotas vinosas, se le abrieron los ojos. Con pies gozosos el anciano bailó cantando en honor de aquel líquido purpúreo del río, que podía sanar los males. Metiendo sus ancianas manos en la corriente y elevándolas como en una nube, se rociaba con el purpúreo vino la piel perfumada. Y así consagró un altar a Zeus y a Dioniso, el [290] que dispensa el vino, puesto que había podido contemplar el tardío resplandor de Faetonte que hasta entonces había sido insólito para él32.

Y un joven cazador abandonaba en esta ribera a sus perros de caza embriagados, que lamían las aguas deliciosas del río enrojecido. El muchacho, compañero de la montaraz Flechadora, dirigía sus pasos hacia la ciudad para anunciar a Deríades, que no daba ya crédito, el dulce fluir del aquel río [295] ebrio de vino. Ya recorría el perfume del vino toda la ciudad y sus vientos sonoros embriagaban las calles profetizando la victoria del Liberador Mataíndios.

Los temerosos ciudadanos se resguardaban en torres [300] enormes y los centinelas de la ciudadela de altivo penacho circundaban la muralla con sus escudos de piel de buey.

En los montes, entretanto, el enfurecido Dioniso reprochaba a Hera continuamente ya que, gracias a sus celos, se había retrasado de nuevo el combate con los indios, arrojando [305] toda esperanza de victoria a los vientos. Entonces observó a unos leones en su guarida ociosa —se dio cuenta de que cuando la luna hubo cumplido diez veces su curso sería la tricentésima vez, según sus cálculos, que la Aurora completaba su recorrido y que aún no se había trabado batalla. Rugió como un león y se lamentó en el interior de la espesura con sus ojos sin lágrimas.

[310] Y mientras así se afligía Baco, el estéril Atis, de túnica rastreante, recorrió en viaje los montes de Escitia fustigando a los leones de su carro. Él era veloz mensajero de la divina Rea, aquel que una vez tiñera de sangre la generatriz espiga de su juventud con el bronce sin llegar a consumar las bodas [315] y arrojara el amoroso surco de su arado virginal, las primicias de su masculinidad segada. Y así derramó sobre los muslos las sangrientas gotas generatrices de niños y convirtió su cuerpo caliente en cuerpo femenino con el acero castrador33. Él mismo, entonces, conduciendo el carro de la divina Cibeles, llegó como mensajero para consolar al afligido [320] Lieo. Y Dioniso, cuando lo vio, corrió hacia él, no fuera a ser que hubiera venido para traer a Rea la todopoderosa a la guerra contra los indios. Poniéndose en pie sobre su feroz carro, tras atar las riendas al parapeto, se vio brillar la piel de sus rosadas mejillas imberbes y dijo a Baco estas palabras [325] derramando el torrente de su aguda voz:

«Oh Dioniso de las viñas, oh hijo de Zeus, estirpe de Rea, responde tú a mi pregunta: ¿cuándo regresarás a la tierra de los lidios después de exterminar a la nación de los indios de crespos cabellos? Aún no ha visto Rea a tus cautivos [330] de guerra, aún no ha enjugado el sudor de tus leones migdonios en su montaraz guarida junto a la corriente opulenta del Pactolo después del combate. ¡No, sino que tú dejas que gire la rueda de los años sin trabar estruendosa batalla! Aún [335] no has llevado a las razas orientales de leones indios ante la madre de los dioses, criadora de fieras, como símbolo de la victoria. Toma, recibe estas armas de parte de Hefesto y de la inmortal Rea, que te es tan cara, armas que han sido forjadas en el yunque lemnio. Junto con la tierra, llevarás también en él el mar, el cielo y el coro de las estrellas34.»

Aún no había dejado de hablar cuando el valeroso Baco voceó lo siguiente:

«¡Duros y envidiosos son los dioses35! En esta guerra [340] podría asolar en un solo día la ciudad de los indios con mi lanza de hiedra. Pero la envidia de Hera, mi madrastra, me aleja de la victoria a mi pesar. El feroz Ares se erige como paladín de Deríades combatiendo a los Sátiros. Muchas veces he probado a herirle con mi tirso, pero el Cronión, amenazándome [345] con el fragor de sus truenos, ha contenido siempre mi ataque. Sin embargo, el celeste Zeus ha calmado hoy el estruendo de sus nubes de profundo resonar y mañana habré de encadenar a Ares hasta que acabe de segar la mies [350] de los indios de hermosos yelmos.»

Y tras hablar de tal manera, respondiole el lidio Atis:

«Blandiendo este escudo invulnerable que proviene del constelado cielo, amigo mío, no habrás de temer la cólera de Ares, ni la envidia de Hera. Ni siquiera a todas las cohortes de los bienaventurados —pues tienes de tu parte a Rea, la madre de todas las cosas36— o a un ejército de curvos arcos, [355] pues ¿cómo podrían éstos herir al Sol o dañar a la Luna lanzando sus dardos? ¿Qué espada podría vencer a la daga de Orión? ¿Qué flechas terrestres podrían alcanzar a la constelación del Boyero? Tú me replicarás que el padre de Deríades, [360] de hermosa cornamenta, sí podría hacerlo. ¿En qué te puede superar el Hidaspes a ti, que llevas de tu parte el Océano? Venga, cobra ánimos y emprende por segunda vez la lucha, porque mi Rea ha profetizado una victoria de tardío cumplimiento. No llegará, pues, el fin de la guerra hasta el momento en que las Estaciones de cuádruple yugo hayan llevado a término el sexto año de lucha. Así lo han permitido [365] el ojo de Zeus y el hilo de la inflexible Moira para complacer los deseos de Hera37. Mas cuando llegue el séptimo año, asolarás la ciudad de los indios.»

Diciendo así, le entregó el escudo a Bromio. Y deleitándose en su corazón, participó de un banquete en el que se bebió el vino que alivia las penas servido en copas sin mezclar. [370] Y cuando se hubo saciado en la mesa, Atis azotó de nuevo el lomo de sus leones con ánimo de retornar a su patria en Frigia, conduciendo su carro de montaraz camino. Pasó junto a los picos del Cáucaso38 y por las cumbres de Asiria y las impracticables montañas de Bactriana, por las [375] alturas del Líbano y las crestas del Tauro hasta que al fin pisó la tierra de Meonia. Penetró entonces en el divino palacio construido por la naturaleza que habitaba Rea, la de poderosa descendencia. Liberó del bocado a sus leones carnívoros, los ató en el cercano establo y los alimentó con ambrosía.

Entre tanto, sabedor de la profecía materna, Dioniso, el [380] de tirso enloquecedor, se mezcló con sus Bacantes en los montes abandonando a los vientos el peso de su angustia. Empuñó en su mano el abigarrado escudo, arma del Olimpo y docto trabajo de Hefesto. Se congregó en multitud su ejército, asombrado ante la contemplación de las maravillas del [385] arte divinal, maravillas que chispeaban de brillos, pues era la mano del dios la que había fabricado el adornado escudo polícromo. En su centro se había forjado la imagen de la tierra circular, y en torno a la tierra se veía grabado en el metal el cielo que la circundaba con el coro de los astros y a su vez se había representado, como correspondía, al mar unido [390] con la tierra. Y en el cielo, en tonos de oro, se había forjado al Sol sentado sobre su carro llameante, y en plata, por otra parte, se veía la circunferencia de la Luna llena de blancos destellos. Estaban también grabadas todas las estrellas del universo, de variado resplandor, que circundan el éter en [395] espiral corona de siete zonas. Junto a su eje circular se hallaba representada la doble simetría de movimiento de los carros celestes que jamás llegan a bañarse en el mar: pues ambos se desplazan por un carril que está por encima del Océano, por el que marchan uno y otro al lado de tal forma [400] que siempre se inclina la cabeza de la Osa que se oculta hacia abajo en exacta proporción a lo que la otra se extiende cuando se eleva. En medio de ambos carros se había retratado la constelación de Serpentario39 que casi podía tocar los miembros separados de ambos carros y doblaba su vientre [405] celeste con un impulso giratorio y alzando de nuevo hacia atrás su cuerpo cambiante como el espiral manantial del Meandro40, el curvo río cantarín que a través de la tierra conduce sus aguas zigzagueantes dando vueltas en redondo. De la misma forma, pues, tendiendo su vista fijamente sobre la cabeza de Hélice41, que se halla en frente de él, Serpentario rodea con sus consteladas escamas el cuerpo de las dos [410] osas, abrazándolas con sus astros. En la punta de la lengua, además, una estrella resplandeciente escupe fuego hacia delante, lanzando así una llama entre medias de los cientos de dientes que bordean sus labios.

Tal era la escena que el artífice del bronce había forjado en medio del lomo del bien trabajado escudo. Para complacer a Lieo forjó también los muros, trazados por un buey, de [415] Tebas, la ciudad que fue construida por la lira42, alternando las hileras de puertas de siete caminos que se habían erigido. Ahí estaba Zeto en sus fatigas por la patria, elevando sobre sus hombros doloridos el pétreo fardo, y también Anfión, que cantaba al compás de la lira43. Al son de esta música, una colina redondeada bailaba dando vueltas sobre sí misma [420] en su devenir y, como si estuviera hechizada, parecía hacerlo también sobre el propio escudo. Aunque sólo era una obra de arte, muy bien podrías decir que se veía cómo las inertes rocas de aquella colina inamovible brincaban juguetonas y se agitaban. Y al contemplar a aquel hombre ocupado con su lira silenciosa, entonando una melodía apresurada para unas piedras fingidas, te acercarías corriendo para aproximar [425] al escudo tus orejas y deleitar tu corazón con la forminge44 constructora de murallas, pues creerías escuchar el sonido de la melodía de siete cuerdas que hace que las piedras se muevan.

Asimismo, el escudo de hermoso disco tenía un adorno muy apropiado, pues en el lugar en que se hallaba reluciente el coro de las estrellas, dentro del palacio de Zeus, se había [430] forjado con arte divina al escanciador de Troya45, al cual un águila bien delineada llevaba como alada portadora, tal y como se le suele representar en las pinturas, arrebatándole con garras robadoras. El alado Zeus parecía angustiado en medio del firmamento pues trataba de alzar con sus zarpas al aterrado muchacho sin arañarle y batir sus alas calmadamente [435] con ímpetu retenido, no fuera a ser que los mortíferos escollos del mar sepultaran a Ganimedes si se precipitaba de cabeza desde los aires. Y más aún temía a las Moiras, no fuera a ofrecer su nombre el encantador jovencito al cercano [440] mar antes de tiempo, arrebatándole el honor que más tarde habría de obtener Hele46. Se podía ver también al muchacho en el festín de la celestial mesa de los dioses, exactamente como si estuviese escanciando la bebida; tenía una vasija llena del licor nectáreo que se derramaba por sí solo y ofrecía [445] una copa a Zeus que estaba cenando. Hera estaba allí sentada, enfurecida incluso en el escudo y con terribles celos en su corazón, tal y como mostraba su apariencia, puesto que con el dedo le estaba mostrando el muchacho a la divina Palas, que se sentaba al lado de la diosa, como si dijera; «¡y pensar que Ganimedes, un pastor de bueyes, está sirviendo el dulce néctar del Olimpo y llevando en su mano las copas mientras caminaba entre las estrellas! Esto es el cometido [450] de la doncella Hebe»47.

Habíase representado asimismo la tierra de Meonia, ya que fue nodriza de Baco, y en ella a Moría48, la serpiente moteada, la hierba de divino origen, Damasén, matador de serpientes e inmenso hijo de la tierra y, por último, a Tilo, que poco tiempo pudo habitar Meonia, pues murió prematuramente [455] víctima de una mordedura venenosa que le llevó a un hado cruel. Este último, una vez que caminaba junto a la ribera del cercano Hermo, el río migdonio, tocó una serpiente con la mano49. Y ésta, tensando el largo cuello, alzó la cabeza con implacables fauces abiertas y se lanzó contra el hombre. Azotando los costados de Tilo con la cola, desencadenó una oscura tempestad de destrucción, y enroscandóse [460] en torno al cuerpo del mortal formó una corona con sus anillos. Entonces saltó hacia las mejillas del joven, que estaban cubiertas de un leve bozo, surcó la piel de su quijada con el arado de sus cientos de dientes y escupió el licor de la muerte con mandíbulas venenosas. Como hubiese saltado sobre sus hombros, cargados ahora con el peso del [465] reptil, el cuello del joven estaba ceñido en medio por los enroscados anillos, que le procuraban un collar serpentino del Hades, compañero de la Moira. Y muerto en tierra cayó semejante a un joven brote de árbol desgajado.

Apiadándose del joven caído, de cuyo triste destino había sido testigo, una Náyade sin velo comenzó a llorar junto [470] al cadáver [***] y, entonces, apartó a la monstruosa fiera para que supiese [***]50. Pues no era el primer caminante que mataba, ni el primer pastor. No sólo murió Tilo antes de tiempo, sino que en la espesura de su guarida devoraba también fieras salvajes. Muchas veces arrastraba un árbol bien [475] plantado tras arrancarlo de raíz, lo sepultaba en su enorme garganta atrayéndolo con el tornado de sus fauces y, de nuevo, exhalaba un terrible soplido desde sus mandíbulas. Otras veces arrebataba al aterrado caminante y lo arrastraba dándole vueltas y vueltas hacia dentro de la boca con su cavernosa [480] respiración. Y se podía ver entonces al desdichado hombre siendo engullido entero en sus fauces abiertas51.

Moria pudo contemplar el asesinato de su hermano, que presenció desde la lontananza. Tembló de miedo la ninfa como viese la gran cantidad de filas de venenosos dientes. Vio también la guirnalda letal que se había tejido en torno a [485] la garganta del muerto. Y lloraba amargamente junto a la frondosa guarida del dragón cuando se encontró con el descomunal Damasén52, hijo de la Tierra, a quien otrora diera a luz su madre tras engendrarlo por sí sola. De sus mejillas redondeadas brotaba una barba de espesos mechones que tenía desde su nacimiento.

Después de nacer tuvo a la Discordia53 como nodriza. Lanzas le amamantaron en vez de pechos. Sangrientos combates [490] tuvo en lugar de baños. Armadura en vez de pañales. Y como soportase el peso de miembros tan descomunales aquel infante en armas, retoño bizarro cuya estatura era par al cercano cielo, podía empuñar una hermana lanza con la que nació juntamente, pues ya recién nacido Ilitía54 le armó con un escudo.

Mas cuando la ninfa lo vio junto a una colina del bosque de hermosos pastos, se arrodilló ante él suplicante y le mostró [495] lamentándose el enorme reptil que había dado muerte a su hermano Tilo, quien entonces, recién derribado, todavía se agitaba entre el polvo. No desoyó el gigante, ese sobrenatural campeón, sus ruegos, sino que, agarrando un árbol, [500] lo arrancó de raíz de su madre la tierra y atacó de través a aquel dragón carnívoro. Por su parte, el sinuoso campeón trabó combate con su serpentino lazo, lanzando un silbido de guerra con su garganta como una trompeta, aquella serpiente de anillos enroscados en movimiento que medía [505] cincuenta pletros55. Y en torno a sus pies trabó un lazo asfixiante que los apresó, mientras azotaba el cuerpo de Damasén con sus curvas espirales. Abrió entonces las puertas de los colmillos, sus fauces enloquecidas, arrojando el dardo líquido desde los labios a la vez que hacía girar sus torvos ojos que respiraban muerte. Escupió a la cara del gigante un [510] torrente de veneno que llovía desde sus mandíbulas, como flechas arrojaba la espuma verdosa desde los colmillos de largo alcance. Lanzose entonces contra la cabeza del gigante de altivo penacho, que erguido se agitaba con tal movimiento de miembros que la tierra se estremecía. Pero se libró [515] del peso de la espina serpentina el terrible gigante, agitando su cuerpo semejante a una montaña. Y en la mano blandió aquel arma de largas hojas, arrojándola como arbóreo proyectil directamente contra la cabeza del reptil, y el árbol golpeó, con raíces y todo, allí donde se unía el curvo cuello con la espina dorsal.

[520] Entonces el árbol enraizó de nuevo. Ya sobre la tierra yacía inmóvil el dragón, un cadáver en espiral. Mas de repente una serpiente hembra se arrastró arañando el suelo en su movimiento reptante, pues iba en busca de su fenecido cónyuge dando giros sobre sí misma, como si fuera una mujer que desea ver el cadáver de su esposo. Marchó en seguida veloz hacia las montañas, arrastrando su enorme espina [525] dorsal en dirección a un monte fecundo en vegetación. Y en aquella espesura segó con sus serpentinas fauces la flor de Zeus56 y llevó la hierba que alivia el dolor en la punta de los labios. Y puso en las resecas fosas nasales del espantoso cadáver la hierba que aleja la muerte, y al muerto lanzador de veneno, que estaba inmóvil, le dio vida por medio de [530] aquella flor. El cadáver se agitó rodando sobre sí mismo y mientras que una parte estaba inerte la otra se movía57: el muerto quedaba medio redivivo y se movía su cola por sí misma. Las frías mandíbulas retomaron la respiración de nuevo, poco a poco la boca se abrió y pudo oírse el acostumbrado [535] sonido del aliento, que derramaba su silbido recobrado. Al fin se puso en movimiento y regresó a resguardarse en su antigua guarida.

También Moria recogió la flor de Zeus y puso la hierba portadora de vida en la nariz generadora de vida del cadáver. [540] Y la planta que da vida, de sarmientos que alivian el dolor, le inspiró de nuevo al muerto el alma e infundió nueva vida en él58. El alma llegó por segunda vez al cuerpo. El frío cuerpo se calentó de nuevo con un fuego interior de salvación y el muerto, participando de nuevo del principio [545] regenerador de la vida59, agitó por un momento la planta del pie derecho, se incorporó sobre el izquierdo, plantó con firmeza su pierna sobre todo el talón y parecía igual que un hombre que, tras yacer en su lecho, se sacudiera el sueño de encima abriendo los ojos y poniéndose en pie. De nuevo [550] hirvió su sangre. Y como hubiera recobrado el muerto su aliento, se levantaron sus manos, el cuerpo recuperó la armonía, los pies el movimiento del caminar, los ojos la luz y los labios la voz.

También estaba forjada en el escudo Cibeles, justo después de dar a luz, de forma que parecía sostener en su regazo al fruto de su vientre, aunque no era verdadero, entre sus brazos de artificio. Y Rea, la tejedora de engaños, ofrecía a su esposo sin corazón un niño de piedra, pesado y áspero [555] banquete60. El padre sepultaba en su voraz garganta esta forma redondeada, este hijo marmóreo, celebrando un festín con el cuerpo de un fingido Zeus. Y una vez que tuvo dentro de su estómago fecundo la piedra, arrojó fuera el parto [560] múltiple que le angustiaba, vomitando el peso del embarazo de sus tragaderas.

Tales eran las variadas escenas representadas por el laborioso arte que se podían ver en el escudo guerrero de Baco, que procedía del Olimpo de muchas fuentes. Ante su contemplación, todos se admiraban uno tras otro y rodeaban [565] al portador del escudo torneado alabando las llameantes forjas del Olimpo.

Y mientras aún se deleitaban con esto, el día que ya se ocultaba terminó su camino, velado el resplandor de su rostro de ojos de fuego. Y la noche silenciosa oscureció con su sombra toda la tierra. La multitud en armas se acostó en sus [570] lechos agrestes aquí y allí, y después del banquete vespertino cayeron dormidos en el monte.


1 Estos versos recuerdan la escena homérica de la profecía sobre el fin de la guerra en HOMERO, Il. II 308 ss., donde una serpiente devora a nueve aves para indicar que aún faltan nueve años para la victoria.

2 La imagen de la ciudad de Tebas en éxtasis como una joven bailando y ataviada con las ropas de una Bacante se encuentra en EURÍPIDES, Bacantes 23 ss.

3 Aún no ha sucedido el episodio de Penteo en las Dionisíacas (cantos XLIV-XLVI). Sería, pues, un anacronismo, pero todo el poema se mueve en un terreno mítico en el que el cómputo del tiempo es bastante irreal.

4 Referencia a la vergüenza de Tebas por la historia de Edipo, ilustre hijo de la ciudad.

5 Alusión a la leyenda fundacional de Tebas, evocada también en «lira eonia», y mención a Píndaro, el «águila tebana», gran poeta de Beocia. Una de las tradiciones afirma que la ciudad fue construida por las piedras que seguían el son de la lira de Anfión (APOLODORO, Bibl. III 5 5). Véase PÍNDARO, Olímpicas I 17, para la referencia a este instrumento, la «forminge doria». En Nono, que imita cum uariatione, la melodía es dórica, y no la forminge, mientras que en Píndaro, la melodía es eólica (Ol. I 102).

6 Nono se dispone a realizar una sýnkrisis o comparación, procedimiento que es muy caro a la retórica de su época. A fin de subrayar la excelencia de Dioniso, comparará al dios con otros personajes de reconocido prestigio: Heracles y Perseo. En ello, además, disputará con los modernos y los antiguos, en referencia a su intención de superar a Homero pero también a la pléyade de poetas egipcios de su época. Por ello esta primera invocación a Homero en el verso 8.

7 Enumeración de las conocidas hazañas de Perseo, su desarrollo vendrá más adelante: arrebató el único ojo de las Grayas, y dio muerte a Medusa. Las Grayas, Penfredo y Enío, eran hijas de Forcis y Ceto (HESÍODO, Teog. 270-3), que también tuvieron a las Gorgonas.

8 Ilitía es diosa de los partos. Cuando Perseo dio muerte a Medusa, ésta estaba encinta de Crisaor y Pegaso, el caballo de Belerofonte, que nacieron espontáneamente (HES., Teog. 280, APOL., Bibl. II 3 2 ss.).

9 El mar de Libia, pues en África era donde habitaban las Gorgonas: Medusa, Esteno y Euríale, hijas de Forcis y Ceto (HES., Teog. 274-279).

10 Bromio es un sobrenombre de Baco, «el estruendoso».

11 Otro sobrenombre de Dioniso, que se aplicó también a la Gran Madre: significa «el liberador», como el Líber de los latinos. El pasaje se refiere al combate de Dioniso contra el río Hidaspes, que tiene lugar en el canto XXIII, imitando la lucha de Aquiles y el Escamandro.

12 Perseo usó la cabeza de Medusa para transformar en piedra a Polidectes, rey de Serifos, que le envió a llevar a cabo la difícil tarea de dar muerte al monstruo y pretendía unirse con Dánae.

13 Nombres de gigantes, probablemente inventados. Porfirión parece relacionado con la «púrpura»: Encélado es nombre de insecto en un escolio a ARISTÓFANES, Nubes 158. Alcioneo es parecido a alkyṓn, pájaro legendario identificado con el martín pescador.

14 Aquí comienza la comparación. El bronce al que se refiere el poeta es la hoz maravillosa de Perseo.

15 Faetonte, el Sol en este lugar.

16 La lucha entre Dioniso y Perseo se narra en el canto XLVII. Ínaco, primer rey de Argos, es el padre de Io. Sobre esta comparación, en general sarcástica hacia Perseo, véase el estudio de D. GIGLI, «Il Perseo nonniano. Osservazioni su uno studio sullʼironia nelle Dionisiache», Prometheus 7 (1981), 177-188.

17 Perseo es hijo de Dánae y Zeus, en su famosa unión con este último transformado en lluvia de oro. Su padre Acrisio recibió la profecía de que aquel hijo lo mataría y puso a Dánae y su bebé en un cofre que surcó los mares hasta llegar a la isla de Serifos, de donde era rey Polidectes.

18 Otra de las hazañas de Perseo fue liberar a Andrómeda, hija de Cefeo, rey de los etíopes, y Casiopea, que había sido insolente con las Nereidas (APOLOD., Bibl. II 4, 3 ss.). Como expiación, Andrómeda iba a ser sacrificada. Estaba atada a una roca, a punto de ser devorada por un monstruo marino cuando Perseo la rescató y se casó con ella, tras petrificar al monstruo y a Fineo, tío y pretendiente de Andrómeda. Posteriormente, Cefeo, Casiopea y Andrómeda serían elevados al firmamento. Nono lo cuenta aquí en la voz de una Andrómeda desilusionada.

19 Legendario rey de Creta, hijo de Zeus y Europa, y padre a su vez del Minotauro y Ariadna (HES., Teog. 948).

20 Niso, rey de Mégara, perdió su ciudad asediada por Minos, que cautivó a la princesa Escila para que traicionara a su padre. Niso fiaba su poder en un bucle purpúreo de su cabellera, que su hija cortó. Cuenta la historia APOLODORO (Bibl. III 15, 7 ss.). Por otra parte, Fobo y Deimo, o, si se prefiere, Terror y Espanto, son los hijos de Ares (HES., Teog. 933 ss.) que le asisten en su terrible labor.

21 Es el turno de Heracles en la comparación. Sus trabajos más conocidos se enumeran aquí: el león de Nemea (HES., Teog. 326 ss.), la Hidra de Lerna (ibid. 313 ss.), el jabalí de Erimanto (SÓFOCLES, Traquinias 1095 ss.), etc.

22 Cirene, hija de Hipseo, rey de los lapitas, era una doncella salvaje y montaraz famosa por haber dado muerte a un león. Por este motivo cautivó el corazón de Apolo (cf. PÍNDARO, Pit. IX passim). Es un motivo muy caro a Nono, que gusta de representar muchachas ariscas y luchadoras como Palene (XLVIII 93 ss.).

23 Yolao es el sobrino y compañero de fatigas de Heracles, una suerte de escudero fiel. Nono lo invoca para subrayar la injusticia de su papel siempre secundario frente a su ilustre tío.

24 Se refiere a los Gigantes, enemigos acérrimos de los dioses, a los que hubieron de combatir. Evio, por otra parte, es un sobrenombre de Dioniso relacionado con el evohé, grito ritual del tíaso.

25 Es decir, a los cuatro puntos cardinales, representados por los vientos del Sur, Norte, Este y Oeste.

26 Se refiere a otro trabajo hercúleo: el de la cierva de Cerinea (Cf. PÍNDARO, Olím. III 29 ss. y CALÍMACO, Himno a Ártemis 98 ss.). Le siguen otros dos de mayor fama, la captura del toro de Creta (APOLOD., Bibl. II 5, 7) y los bueyes de Geriones (HES., Teog. 287, 979), gigantesco habitante de Eritia, posiblemente en el sur de España, que tenía tres cabezas e incontable fortuna.

27 El uso del posesivo en Nono implica al poeta, de cuya vida nada se sabe, en su obra subjetivizando la épica. Así, Nono habla de «mi Nilo» (XXVI 238) o, como aquí, de «mi Dioniso». Cf. M. BRIOSO SÁNCHEZ, «De la épica como crónica a la épica subjetiva: Nono de Panópolis», Excerpta Philologica 4-5 (1994-5), 9-30, en especial págs. 24 ss.

28 Nueva enumeración de trabajos: nueve, por orden, la cierva de Cerinea, el ganado de Geriones, el jabalí erimantio, el descenso al Hades en busca de Cerbero, las manzanas de oro de las Hespérides, los establos de Augias, las aves estinfalias, las yeguas de Diomedes y el cinturón de la amazona Hipólita. Son mitos bien conocidos por el lector de mitología, que puede encontrar un buen resumen en APOLODORO, Bibl. II 4, 12 ss. o en PAUSANIAS, III 17, 3.

29 Segunda invocación a Homero, con quien Nono rivaliza conscientemente, en este canto tras la del verso 8. Nono le reprocha a Homero que haya tratado un tema tan insignificante como la guerra de Troya, las hazañas del descendiente de Éaco (padre de Peleo y abuelo de Aquiles), mientras que él se ocupa de las gestas de Dioniso. Cf. también XLII 181.

30 Véase también la referencia a Homero como «gran puerto de bellas palabras» en el canto XIII 50.

31 Dos nuevas alusiones al «padre Homero» (versos 265 y 269) para dar comienzo al nuevo ciclo de combates.

32 Se trata de un milagro dionisíaco bastante parecido a uno de Cristo: el ciego que recupera la vista. No olvidemos que a Nono se le atribuye también una Paráfrasis al Evangelio de San Juan que, en IX 70 ss. narra con los mismos términos (la «sombría niebla que le cegaba los ojos», 282 achlyóessan échōn alaōpòn omíchlēn) el milagro de la curación del ciego en Juan IX 1 ss. En las Dionisíacas, claro está, el barro ha sido sustituido por el don de Dioniso.

33 Resumen de la castración de Atis, que exhorta a Dioniso para la batalla y le trae un divino regalo para la lucha, a la manera del Aquiles homérico. Atis, hijo de una ninfa del río Sangario, fue enloquecido por Cibeles y se castró. Recordemos el poema de CATULO que narra su historia (63, 4-5: «aguijoneado allí por una rabia enfurecedora, con espíritu transtornado, se arrancó con afilado pedernal los pesos de las ingles» [trad. de A. SOLER RUIZ]). Véase también OVID., Fastos IV 223 ss.

34 El sýmbolon que Atis trae es un escudo cuya descripción ocupará el resto del canto, a imitación del escudo de Aquiles en HOM., Il. XVIII 483-608. Solo que Nono se entretiene más en su recreación mitológica (versos 388-412 para la descripción del cosmos, pero llega al 562 contando las otras escenas que se representan en el escudo).

35 Motivo extraído de HOM., Od. V 118.

36 En la antigüedad tardía el culto de Cibeles cobra extraordinario relieve como «madre de los dioses», por encima del propio Zeus, como se ve en el discurso V de JULIANO, (Sobre la madre de los dioses 179 D-180 B), que se dirige a ella como «corregente con Zeus», «fuente de todo pensamiento», «amante de Dioniso» y «salvadora de Atis».

37 Hay un doble juego de palabras en el griego original (vv. 365-366): en primer lugar, una hermosa aliteración entre atréptou («inflexible», «que no tiene vuelta atrás») y epétrepon («permitieron»). En segundo lugar, ya en el plano de contenido, atréptou recuerda al nombre de Atropos, una de las tres Moiras que rigen el destino, la que se encarga de cortar el hilo.

38 La geografía de Nono, bien estudiada por P. CHUVIN en su libro, Mythologie et géographie dionysiaques. Recherches sur lʼœuvre de Nonnos de Panopolis, Clermont-Ferrand, Adosa, 1991, suele ser confusa. Aquí, el Cáucaso se refiere al Hindu Kush (cf. P. CHUVIN, Mythologie..., págs. 286-287), punto de partida de Atis para regresar, a través de Bactriana, a Meonia, es decir, Lidia.

39 Ofiuco o «el Dragón». Nono usa la astrología muy a menudo y una de las interpretaciones de su obra (la de V. STEGEMANN, Astrologie und Universalgeschichte: Studien und Interpretationen zu den ʽDionysiakaʼ des Nonnos von Panopolis, Leipzig, Teubner, 1930) se basa en su supuesta intención astrológica y simbólica. A través de un poema lleno de números y estrellas, Nono habría descrito, según esta interpretación, el transcurso de un año cósmico, hasta la llegada del salvador Dioniso.

40 Río del Asia Menor famoso por sus curvas —como Nono se encarga de resaltar con su barroca adjetivación— que aparece ya en HES., Teog. 339, como hijo de Océano y Tetis. Es el actual Büyük Menderes en Turquía.

41 Hélice es una de las ninfas que cuidaron a Zeus niño. Crono, en venganza, la persiguió. Pero fue elevada al firmamento por Zeus, que la convirtió en la Osa Mayor (véase el mito en APOLONIO DE RODAS, Argonáuticas I 936, III 745, o en HIGINO, Fábulas 177).

42 Nueva referencia (tras el verso 19) al mito de fundación de Tebas: la versión de Anfión, que ya se ha comentado, y la que hace referencia a Cadmo y la vaca que se tumbó en el lugar donde habría de edificarse la ciudad, que narra el propio NONO en IV 297 ss. El trazado de los muros y las siete puertas se encuentra en V 51-84.

43 Los gemelos Anfión y Zeto, hijos de Zeus y Antíope, reinaron en Tebas después de Lico y la rodearon de murallas (cf. HOM., Od. XI 260-265). Nono insiste en el baile báquico de las piedras.

44 Pequeña arpa de tres a siete cuerdas de época homérica. Siete, como las puertas de Tebas, es el número tradicional que le otorga Nono.

45 Ganimedes, que se nombra más abajo y cuya historia es harto conocida, como único amor masculino de Zeus. Es el menor de los hijos de Tros, de la familia real de Troya. Aluden a esta historia multitud de autores, desde HOMERO (Il. V 265 ss.) hasta PÍNDARO (Ol. I 43) u OVIDIO (Metamorfosis X 155 ss.).

46 Es decir, Zeus, transformado en águila, tiene mucho cuidado al volar con el joven raptado, pues teme que se vaya a precipitar al mar, como le habría de suceder a Hele. Ésta es la hija de Atamante y hermana de Frixo que huye de su madrastra Ino en un carnero volador y muere al caerse al mar en el estrecho que se llama Helesponto («Mar de Hele») en su honor, como narra, por ejemplo, HIGINO, Fáb. 3.

47 La ékphrasis o descripción insiste en que el realismo de la obra de arte es tal que las figuras parecen hablar, estar vivas o sentir. Un topos de este género, como se ve en la obra de CRISTODORO DE COPTO, seguidor de Nono e imitador de este pasaje, en su descripción de las estatuas del Gimnasio de Zeuxipo (Antología Palatina, libro II).

48 Da comienzo aquí una antigua leyenda lidia que recrea con detalle Nono, amante de raros mitos locales, en unos cien versos: la muerte y resurrección del pastor Tilo. Fue narrada por JANTO DE LIDIA (765 Fr. 3 FGrH JACOBY) y PLINIO (Hist. Nat. XXV 14) alude a ella también. Véanse J. y L. ROBERT, «Héros de Sardes dans Nonnos, Tylos», Bulletin Épigraphique 437 (1979) y O. P. CYBENKO, «Une légende lydienne transmise en grec (NONN., Dion., XXV, 451-552)», Inozemna filolohija, LXXX (1985), 104-110 (en ruso en el original).

49 En las artes, la leyenda parece haber sido recogida por Poussin, que conoció a Nono en una traducción francesa: Les Dionysiaques, ou les voyages, les amours et les conquestes de Bacchus aux Indes, traduites du grec de Nonnus Panopolitain, París, R. Fouët, 1625. Entre los lienzos de Poussin, abundantes en escenas báquicas, hay dos que presumiblemente representan esta escena del mito de Tilo (M. BULL, «Poussin and Nonnos», Burlington Magazine 140 [1148], [nov. 1998], 724-738, en esp. pág. 729) en la National Gallery de Londres y el Musée des Beaux-Arts de Montreal (n° 178 y 96 del catálogo razonado de J. THUILLIER, Poussin, París, Flammarion 1994). Por otra parte, sobre el río Hermo, en Nono el término «migdonio» se aplica, en general, a Lidia (cf. P. CHUVIN, Mythologie..., pág. 100).

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