Kitabı oku: «Antifaz negro»

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Copyright © 2020 by Osvaldo Daniel Vena

Antifaz Negro.

El impacto de lo religioso en la vida de un niño.

de Osvaldo D. Vena. 2020, JUANUNO1 Ediciones.

All Rights Reserved. | Todos los Derechos Reservados.

Published in the United States by JUANUNO1 Ediciones,

an imprint of the JuanUno1 Publishing House, LLC.

Publicado en los Estados Unidos por JUANUNO1 Ediciones,

un sello editorial de JuanUno1 Publishing House, LLC.

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Library of Congress Cataloging-in-Publication Data

Name: Vena, Osvaldo D., author

Antifaz negro : el impacto de lo religioso en la vida de un niño / Osvaldo D. Vena.

Published: Miami : JUANUNO1 Ediciones, 2020

Identifiers: LCCN 2020941626

LC record available at https://lccn.loc.gov/2020941626

FIC042100 FICTION / Christian / Contemporary

FIC041000 FICTION / Biographical

FIC026000 FICTION / Religious

Paperback ISBN 978-1-951539-33-7

Ebook ISBN 978-1-951539-34-4

Editora: Marta Rosa Mutti

Diseño de Portada: Eugenia Martínez

Diagramación y Realización Ebook: JuanUno1 Publishing House

Director de Publicaciones: Hernán Dalbes

First Edition | Primera Edición

Miami, FL. USA.

-Agosto 2020-

D E D I C A T O R I A

Para todos los Antifaces Negros del mundo, que tienen que

esconderse detrás de una máscara para gritar su verdad.

ÍNDICE

Cover

Portada

Legales

Portada

Dedicatoria

Prefacio

Introducción

Nace Antifaz Negro

Papá

Mamá

El abuelo

La abuela

El altillo

La pieza del frente

El tío Gaetano

La Toya

Sor Juana

La muerte en mi pueblo

Despertar

La foto

El taller

Cine en la calle

La Tosquera

El árbol

De Chile con amor

La casa

Los congresos

Sonia

Los misioneros

Raquelita

Carlitos

Lito

La campaña de evangelización

El Espíritu

Crucifixión

Epílogo (Resurrección)

Sobre el Autor

PREFACIO

¿Por qué escribimos? La respuesta es sencilla: escribimos porque hay algo dentro nuestro que necesita ser compartido. Y lo hacemos no para expresar una idea universal o registrar un dato histórico irrefutable sino para expresar un punto de vista particular, nuestra visión del mundo. Las historias que siguen obedecen a este principio: son todas creaciones del autor, ninguna pretende acercarse a la realidad de manera absoluta. Ninguna está equivocada. El error no existe en la escritura, solo la percepción subjetiva de la escritora o el escritor.

Aunque están informadas por las vivencias del autor durante los años sesenta y setenta en una ciudad de la Argentina, pertenecen al género de la auto ficción, en donde la realidad y la imaginación conviven y se retroalimentan. El narrador es Pedro, quien describe su familia, la casa en donde vivió, las distintas personas que la habitaron, y la iglesia evangélica a la que asistió. Todos estos personajes se constituyen en verdaderos catalizadores de la sociedad de ese tiempo. Todos han sido fuertemente influenciados por la iglesia, y sus acciones son generalmente explicadas y justificadas por este dato. Incluso cuando no sea evidente, lo religioso está latente en cada historia y solo basta saberlo para descubrirlo.

Algunos de los temas más sobresalientes son la vida del inmigrante, la sexualidad, la muerte, la fe, las relaciones humanas, la función formadora de lo religioso, todos ellos entretejidos en la narrativa como una suerte de indecibles que se materializan en confesiones a través de la palabra escrita. Son pedazos de subjetividad hechos realidad a traves de una narración que desnuda sin escrúpulos el alma de un niño y de la sociedad que lo vio crecer.

Las historias de este libro tienen como propósito darle voz a un grupo religioso minoritario, los evangélicos, y criticar los privilegios no asumidos del status quo en un país marcado por grandes diferencias sociales, sexuales, raciales, políticas, religiosas, e intelectuales. No evidencian resentimiento, como se podría llegar a pensar, sino que afirman que ciertas vivencias son tan válidas como otras pues no hay nada que las distinga cualitativamente. Al criticar la meta-narrativa de la cultura oficial y descentrar la hegemonía de la heterosexualidad y el patriarcado asumidos en ella, estas historias se encuentran claramente arraigadas en la posmodernidad.

En esta invitación a entrar al mundo seudo ficticio de Antifaz Negro, lleno de situaciones hermosas y de las otras, de nacimientos y muertes, cirugías exitosas y suicidios, risas y llantos, en fin, toda la variada gama de las experiencias que nos hacen humanos, se espera que las lectoras y los lectores puedan descubrir la trayectoria ideológica del autor y encontrar en ella las herramientas necesarias para su propia decostrucción y crítica cultural.

INTRODUCCIÓN

Me llamo Pedro, y quiero contarles la historia de mi familia. Nací y crecí en una ciudad de la provincia de Buenos Aires, Argentina, en los años cincuenta, cuando tratábamos de entender quiénes éramos como país (todavía lo estamos haciendo… sin mucha suerte). En aquel tiempo nuestra sociedad gambeteaba el futuro entre opciones opuestas e irreconciliables: ser militar o democrático, radical o peronista, católico o protestante. Nada era gris, todo era blanco o negro. No había medias tintas.

Mi familia era protestante, o evangélica. Este no es un dato sorprendente puesto que el protestantismo llegó a la Argentina en el siglo XIX después de las invasiones inglesas y con los asentamientos escoceses y galeses en la Patagonia. Pero el tipo de protestantismo en el que yo me crie había venido de los Estados Unidos a principios del siglo XX, haciéndose notar significativamente después de la segunda guerra mundial como consecuencia de un agresivo programa de neo colonización por parte de ese país que utilizó a los misioneros como sus agentes inconscientes. Con los misioneros llegaron también las “bendiciones” del capitalismo: las empresas multinacionales, los armamentos bélicos, los préstamos de la banca internacional, y cosas más mundanas como el chicle, el blue jean y la música de rock, entre otras.

El protestantismo al que me refiero era de un conservadorismo teológico acérrimo, basado en una lectura literal de la Biblia a la que considerábamos nuestra única fuente de autoridad siguiendo aquella famosa máxima de Martin Lutero, sola escritura, sobre la cual la Reforma había construido todo su edificio ideológico. En ella encontrábamos argumentos y fuerzas para contrarrestar las burlas de una población mayoritariamente católico romana. Tratar de convencerlos de que sus santos, sus vírgenes, y su acatamiento a la autoridad papal eran una aberración teológica y una verdadera blasfemia contra Dios nos daba una gran satisfacción, pues nos hacía sentir justos y virtuosos. Yo crecí en este ambiente, al margen de la cultura religiosa oficial, con una especie de identidad sectaria de la que estaba a la vez avergonzado y orgulloso. Avergonzado como cuando me decían: “Si a vos la religión te prohibe bailar, fumar, tomar alcohol, tener relaciones sexuales, ¿para qué vivís?” Y orgulloso como aquella vez en la escuela secundaria cuando me llamaron a dar la lección—era sobre Egipto—y gracias a mi conocimiento del tema por haberlo leído en la Biblia, dejé a todos impresionadísimos, sobre todo al profesor, que me mandó a sentar diciéndome: “Ya está, es suficiente, tiene un diez.” Ese día mi marginalidad religiosa me catapultó a un protagonismo inesperado, similar al del patriarca José en Egipto.

Pero hay otro elemento en mi marginación y es el sentimiento de inferioridad que experimentara por el hecho de pertenecer a la clase de los artesanos, un grupo social que se ubicaba por encima de los pobres, pero un tanto por debajo de la clase media. Pertenecíamos a ella por obra y gracia de la profesión de mi padre, zapatero, un oficio muy común entre los inmigrantes italianos.

En mi ciudad había dos fronteras sociales, una natural, el arroyo; la otra artificial, las vías del tren. Ambas demarcaban el límite entre la civilización y la barbarie, como diría Sarmiento. Detrás del arroyo vivían los descendientes de los indios pampas, que habían habitado esta región en el siglo XIX. Detrás de las vías vivían los pobres, a los que llamábamos “negros”, pero que en realidad eran mestizos, gente del interior del país que hacían las tareas más denigrantes: basureros, barrenderos, camioneros, y otras profesiones similares. Entre estas dos barreras sociales y emocionales vivían los demás: ganaderos, estancieros, militares, profesionales, negociantes y artesanos. Arrastré esta doble marginación hasta que la gran urbe de Buenos Aires vino en mi auxilio ofreciéndome el piadoso anonimato de sus calles. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Primero quiero contarles qué sucedió el día en que me inventé a Antifaz Negro. Pero para eso van a tener que leer la primera historia.

NACE ANTIFAZ NEGRO

“Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno”

Evangelio según San Marcos 8:30

Desde mi mundo de soldaditos de plomo y autitos de plástico, que instalaba diariamente en el soleado patio de la casa, yo observaba pasar a mi padre ocupado en las tareas del taller de zapatería. Iba del taller a la cocina a buscar el mate, o al baño. Veía sus piernas, y el delantal de zapatero, pero raras veces me detenía a observar su rostro. Inmerso en mi realidad, yo contemplaba la de mi padre sin dejar que esta me afectara. La mía era controlable, predecible, acogedora. La de mi padre no. Nunca se sabía cuándo iba a venir la próxima cachetada, o la próxima mirada fulminante, o la próxima orden: “¡Vaya a barrer la vereda, y ayude a su madre!” Mi mundo, el del patio, ese que me invitaba todos los días a escapar de una realidad adulta que no llegaba a entender, o quizás no quería entender, era mi refugio emocional y creativo. Allí inventaba situaciones e historias donde yo era el protagonista principal, no mi padre. Ahí fue donde nació Antifaz Negro.

Trataba de emular al Zorro, había leído de sus aventuras y hazañas en las revistas de historietas. Como él, quería ser el defensor de los débiles, sobre todo de las niñas lindas e inalcanzables. Pero no tenía el apellido de alcurnia de aquel célebre californiano, De la Vega, ni su sofisticado nombre, Diego. No, mi nombre era común, Pedro, y mi padre no era el representante de la corona española en Los Ángeles sino el zapatero del pueblo. No obstante, yo pensaba que igual podía repetir las hazañas del Zorro. Así que un día, con las sobras de cuero que encontré en el taller de zapatería, me hice un antifaz y, como don Quijote de la Mancha, me di a mí mismo un nombre: Antifaz Negro. De ahí en más, y mientras tuviera puesto el antifaz, yo ya no era Pedro, era Antifaz Negro.

Por aquel entonces yo vivía en dos domicilios: en la casa paterna, y en la iglesia evangélica del pueblo. En ambos domicilios había un padre autoritario que me controlaba y limitaba. A uno podía ignorarlo, si quería, lo cual a veces hacía, ocultándome en mi mundo de juguetes, o enterrando la cabeza en la diaria tarea escolar. Al otro no. Era imposible evitar, en cada rincón de mi ser y en todo lugar, la presencia permanente de ese otro Padre, omnipotente y omnipresente.

Transitaba entre las dos casas con la constante sensación de que mi vida estaba siendo supervisada vertical y horizontalmente. No era libre ni para pensar, porque aún mis pensamientos más íntimos eran controlados por el Padre Celestial; y no era libre para actuar, porque todas mis actividades eran supervisadas por el padre terrenal.

El único momento en que podía ser yo mismo era cuando me ponía el antifaz. Ahí era otro y disfrutaba de una cierta autonomía y libertad. Me daba el lujo de soñar cosas, de imaginar mundos, de ser el héroe valiente de historias inéditas. Era otra persona. El antifaz parecía protegerme de mi mismo, de mi propia inseguridad por ser el hijo menor de una familia de seis, de los recuerdos de las veces en que mi padre me castigara por trivialidades, como aquel día cuando compré una revista en el kiosco equivocado y la paliza que me dio hizo que me orinara encima. Ese incidente me marcó para el resto de mi vida. Malentender una cierta información fue algo que determinó, ya de grande, decisiones importantes.

Con el antifaz puesto me animaba a todo, hasta a falsificar la firma de mi padre en el examen aquel de matemáticas que luciera un 2 primoroso, o a fumarme a escondidas un cigarrillo robado del saco sport de mi hermano, quien había regresado del servicio militar con ese vicio inmundo, según decía mi madre, y lo había descalificado de la membresía de la iglesia evangélica del pueblo, no solo porque el que fumaba era un pecador empedernido que terminaría sus días en el infierno, sino también porque se había puesto de novio con una chica católica, con la que finalmente se casaría en la parroquia de la virgen de Luján, atrayendo sobre sí, según la opinión generalizada de los evangélicos, la ira de Dios. ¡Casarse en una iglesia católica! ¡Qué blasfemia, rodeado de todos esos santos y vírgenes! Por eso me ponía el antifaz y así, creía yo, me hacía invisible. Nadie me reconoce, pensaba, y me sentía seguro. Ocultaba mi verdadero yo detrás de una máscara que parecía darme una cierta inmunidad contra la crítica de una sociedad en donde no había lugar para un niño de diez años con imaginación de poeta y que se creía el protagonista de una historieta de la cual él era también el autor.

Un día, cuando finalmente decidí salir por el barrio a buscar doncellas en apuros y débiles en necesidad, me di cuenta que antes debía comprobar si el disfraz funcionaba, o sea, si me hacía pasar desapercibido. Pero ¿cómo hacerlo sin despertar sospechas? Tendría que probar la eficacia de mi personalidad secreta con alguien que no la delatara en caso de que el antifaz no funcionara. Loló es la persona adecuada, pensé. Ella era mi sobrina, unos años menor que yo, quien solía venir a menudo de visita. En una de esas ocasiones, y cuando se encontraba distraída jugando con sus muñecas, tomé coraje, me puse el antifaz y asomándome por una ventana pequeña que comunicaba la despensa con el patio posterior de la casa grité: —¡Boo!

—¡Ay!, contestó Loló aterrorizada, y salió corriendo a refugiarse, llorando, en las polleras de mi madre quien, secándose las manos en el delantal, demandó una explicación.

—La nena dice haber visto un enmascarado. ¿Eras vos? Primero lo negué:

— ¿Un enmascarado? ¿Qué querés decir? No he visto a nadie por aquí…

Mi respuesta no fue muy convincente así que, después de dos o tres intentos por negar el hecho, tuve que sacar el antifaz del bolsillo y mostrárselo, avergonzado, a mi madre.

—Así que eras vos, ¿eh? ¿Y cómo se te ocurrió asustar así a la nena? ¡Que no se vuelva a repetir!

Aunque aparentemente el disfraz había funcionado, ya que Loló no se dio cuenta de que Antifaz era yo, lo mismo quedé destrozado, no tanto por la reprimenda, sino más bien por el hecho de que mi identidad secreta había sido descubierta. ¿Cómo iba ahora a proseguir con mi misión? Seguramente Loló iba a contárselo a todos y el plan se arruinaría. Pero para mi sorpresa no lo hizo, así que cuando las cosas se calmaron decidí continuar con mi tarea justiciera. Pero esta vez iba a tener que llevar mi acto fuera de casa. Y la oportunidad se me presentó un par de días después.

Hablando con dos chicas amigas, a quienes secretamente esperaba conquistar con mi audacia y mi valor, les comenté sobre Antifaz Negro. Les expliqué quién era este individuo a quien, de pura casualidad, había conocido una vez. Y les dije que si alguna vez se encontraran en algún peligro todo lo que tenían que hacer era llamarlo: ¡Antifaz Negro! Las chicas quedaron embelesadas.

—¿Estás seguro de que si lo llamamos vendrá? —preguntaron a coro.

—Por supuesto, — repliqué con cara de bobo. —Antifaz Negro nunca falla.

Al día siguiente una de las chicas me confesó que la noche anterior había hecho una prueba. Había llamado a Antifaz Negro fingiendo estar en apuros y ante su desconcierto este nunca apareció.

—Ah, dije, pero eso es porque no estabas realmente en peligro. Si lo hubieras estado, él hubiera venido a rescatarte. Ese tipo tiene un sexto sentido para olfatear el peligro (aunque no para detectar situaciones vergonzosas, como el lector pronto descubrirá). Como no vi que mi argumento las convenciera, pensé que necesitaba hacer algo drástico, y pronto. O sea, que Antifaz Negro debía entrar en acción lo antes posible. Y así fue.

Unos días después me encontraba en el club deportivo del barrio presenciando un evento gimnástico junto con mis dos amigas. Con cara de estúpido, y como quien no quiere la cosa, les digo:

—Me parece haber visto a Antifaz Negro en la plaza. ¿Quieren venir conmigo y conocerlo? Pero déjenme ir primero así lo pongo de sobre aviso. No le gustan las sorpresas. Las chicas consintieron, así que partí raudamente hacia la plaza y al llegar me puse el traje de Antifaz Negro, o sea, el antifaz, que llevaba siempre en el bolsillo de atrás de mi pantalón corto. Me oculté detrás de un árbol y cuando las chicas se encontraban a una distancia prudente salí de mi escondite:

—¡Boo! — grité.

— ¡Ay! —exclamaron las niñas a coro. Pero en lugar de huir despavoridas, como había hecho Loló, se quedaron ahí, plantadas, como esperando una explicación de mi parte. Traté de escapar, pero ya era demasiado tarde. Todavía recuerdo el episodio claramente. Es como si estuviera allí, presenciándolo todo desde una esquina de la plaza, como en esas películas donde el personaje principal se ve a sí mismo minutos antes de que ocurra la escena. ¡Cuántas veces quise detener la película y evitar la vergüenza! Pero ese privilegio no nos es dado a los humanos, solo a los dioses, y a veces ni a ellos.

—Sos vos Pedro, —gritaron. No huyas.

Sintiéndome descubierto una vez más, y terriblemente avergonzado, corrí como un desaforado hasta llegar al club en donde ágiles niños y niñas ejecutaban dificultosas piruetas ante el asombro de padres y parientes. Me senté y traté de calmarme. Estaba agitado y un leve sudor me cubría el rostro. El corazón me latía como un potro que se desespera por salir de su corral. Cuando me quise acordar, las chicas ya estaban allí, acosándome con sus infames acusaciones:

—Eras vos en la plaza, Pedro. Antifaz Negro sos vos, ¡mentiroso!

—No, contesté — no sé de lo que me están hablando. Yo no me he movido de esta silla.

—¿Ah no?, replicaron, ¿Y cómo explicás entonces que estés todo traspirado, ¿eh? Se nota que corriste. Sí, vos sos Antifaz Negro. ¿Cómo llegaste a creer que no nos íbamos a dar cuenta? Esconderte detrás de un antifaz. ¿A quién se le ocurre? ¿Vos pensás que somos estúpidas?

En mi gran humillación, salí corriendo del club perseguido por la mirada desilusionada de las chicas. Ellas hubieran querido creer que Antifaz Negro existía pues en su mundo pueril de libros de cuentos había un lugar para tal personaje, al igual que lo había en mis revistas de historietas. Yo necesitaba una excusa para liberarme de mi condición de ser el hijo del zapatero del pueblo, socialmente invisible, un evangélico en medio de tanto catolicismo asumido, no demasiado deportista, como los otros chicos de mi edad, pero más bien un soñador un tanto tímido. El antihéroe digamos. Por eso el antifaz y la identidad secreta. Desde allí yo pensaba que podría ser el que no era. Pero mi plan fracasó y mis aventuras como Antifaz Negro llegaron a su fin antes de que siquiera comenzaran.

Luego del incidente escondí el antifaz y nunca más lo volví a usar. Quedó en el fondo de un cajón, durmiendo su sueño de personalidades secretas y aventuras inéditas. Pero algunas personas, amigos de la familia, a quienes narré mi vergonzosa experiencia, comenzaron a llamarme cariñosamente “Antifaz,” y lo que al principio fuera motivo de vergüenza llegó a ser poco a poco parte de mi persona, y acepté el apodo gustosamente. Y un buen día me fui del pueblo y no volví nunca más. Y pensé que había enterrado el antifaz para siempre. Pero me di cuenta de que no fue así, que no podría haber sido nunca así porque yo había nacido ya con un antifaz, cosido en los pliegues más profundos de mi ser, el cual me había dado permiso para soñar, para crear, para disentir, para dudar, para soportar los castigos de mi padre, y para irme un día en pos de un ideal. Y con el correr de los años llegué a intimar con otros Antifaces Negros, entre ellos con un palestino de Galilea, quien según dicen anda todavía por ahí soñando utopías… aunque nadie le crea.

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141 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9781951539344
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