Kitabı oku: «El cerebro y la música»

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A Nydia, esposa y compañera,

y a Florencia, nuestra hija,

alegrías de mi vida.

Prólogo

La música, cualquiera sea su género, ha tenido una presencia fundamental en todas las épocas y culturas a través de los siglos. La emoción que genera suele ser más extrema que la de las otras artes. No es indispensable para subsistir, pero no renunciaríamos a ella. Ni siquiera las sociedades más primitivas han prescindido de la música.

En la época actual, las investigaciones cerebrales han ido suscitando creciente y enorme interés, seguramente porque nos ayudan a comprender mejor el comportamiento humano en relación con el mundo que lo rodea. El cerebro está de moda. Las ciencias médicas reconocen especialidades como la neuroendocrinología, la neurocardiología y la neurogastroenterología. Han ido surgiendo en estos años sorprendentes disciplinas, como la neuroeconomía, las neurofinanzas, la neurocriminología, y también el neuroarte. No tardarían las neurociencias en indagar también las relaciones de la música con el cerebro, y surgió así… ¡la neuromúsica!

¿Por qué existe la música? ¿Es una forma de comunicarse, de desinhibirse? ¿Un cemento social? ¿Qué representa? Las artes plásticas y la literatura suelen inspirarse en el mundo concreto, el entorno, el mundo exterior. La música, en cambio, es abstracta, “viene de adentro”. ¿Cómo emerge entonces la creación musical? ¿Cómo florecen esas maravillosas melodías de Mozart? ¿Existe algún condicionamiento cerebral para la genialidad musical? ¿Son anómalos los cerebros de los genios de la música? ¿Qué sucede cuando esos cerebros se enferman? ¿Cómo funciona el cerebro en los grandes intérpretes, los improvisadores, los oyentes?

Este libro, que tuvo sus orígenes en un curso llevado a cabo en el año 2012 en una universidad privada de la ciudad de Buenos Aires, intenta responder estas y otras preguntas, ya que, además, la literatura local, accesible al lector general, sobre la interacción entre el cerebro y la expresión musical es virtualmente inexistente.

Espero que el lector sienta al leerlo la misma fascinación que conmovió al autor al escribirlo.

Osvaldo Fustinoni

Introducción

Sentir antes que razonar

“La música es una cosa extraña. Casi diría un milagro. Está a mitad de camino entre el pensamiento y el fenómeno, el espíritu y la materia, suerte de nebuloso mediador, igual y distinto a cada cosa mediada, espíritu que requiere manifestación en el tiempo y materia que no requiere espacio… no sabemos qué es”.

HEINRICH HEINE (1797-1856)

La música… curioso fenómeno… Nos tranquiliza y arrulla en la niñez. Nos emociona, nos deleita o nos deprime. No nos transmite significados precisos, pero nos excita, nos une en el canto o en el baile, a los que fácilmente nos prestamos. No es un lenguaje, pero nos evoca recuerdos, personas, lugares y épocas, tristes o alegres, siempre emotivos.

Ningún otro ser viviente ha creado música como el ser humano. Tampoco dibujo, pintura o escultura. Pero, en estas, la cognición, sobre todo visual, tiene un papel importante. La música, en cambio, no traduce significaciones cognitivas concretas, sino que es singularmente abstracta. Quizás por eso mismo, evoca emociones más intensas. No se comprende tanto como se siente.

La música emociona, pero también intensifica otras emociones, como el fervor religioso, el entusiasmo político o la pasión deportiva, cuyos acontecimientos acompaña con cánticos, himnos o marchas. No falta música en la celebración de aniversarios o fechas íntimas, aunque no sea más que para cantar el cumpleaños feliz o tocar la marcha nupcial. La música realza historias o escenas teatrales o cinematográficas. Sugiere o subraya el suspenso, el romance, el drama o la comedia. La ópera, las grandes obras sinfónicas, el jazz o el rock despiertan euforias más intensas que el teatro o las artes plásticas.

La emoción de un concierto, de una ópera o de una comedia musical se comparte. Podrá ser más o menos intensa, pero coincide en el tiempo, nos llega a todos simultáneamente. Además, desinhibe, a veces hasta la violencia, como lo saben bien los activistas políticos. Induce movimientos corporales, como el za­pateo, el cabeceo o el meneo corporal, que siguen su ritmo y que difícilmente esquivamos. Son casi reflejos, involuntarios, debemos esforzarnos conscientemente para evitarlos. Los contagia, de manera creciente, a otros, y los sincroniza: todos se mueven o bailan al mismo tiempo.

Las manifestaciones físicas de la emoción musical no difieren de las de otras emociones. Son aquellas producidas por la acentuación o la exaltación de un sector del sistema nervioso, autónomo, es decir, independiente de la voluntad, llamado sistema adrenérgico o simpaticoadrenérgico, generador de adrenalina, hormona que segregan la glándula adrenal o suprarrenal y los ganglios neuronales adrenérgicos. Es la hormona de la excitación y los impulsos, y causa además taquicardia, es decir, aceleración de las pulsaciones o de la frecuencia cardíaca, de la presión arterial y del ritmo respiratorio, dilatación de la pupila y tensión muscular.

Todas las culturas, desde la antigua Grecia hasta las tribus africanas, desde China e India hasta las civilizaciones originarias americanas, cuentan con la música entre sus manifestaciones. Como el lenguaje, resulta ser un fenómeno humano universal, que trasciende civilizaciones y culturas a través de las épocas, quizás genéticamente determinado. Pero no es necesaria para la subsistencia. No se puede sobrevivir sin comer, beber, o, para la especie, reproducirse, pero sí sin música. ¿Por qué existe, entonces? Tal vez porque satisfaga, más que ninguna otra expresión, las necesidades y los anhelos de emoción del ser humano.

Es posible que las funciones emocionales hayan precedido a las cognitivas, o al lenguaje, en la evolución humana: “No se comenzó por razonar, sino por sentir”, decía Jean-Jacques Rousseau en 1781.1

En las cuevas de Lascaux y de Chauvet, en el sur de Francia, y de Altamira, en España, aparecen dibujos efectuados hace 30.000 años –durante la Edad de Piedra tardía–, de caballos, toros y ciervos de llamativa abstracción y perfección plástica. No aparece, sin embargo, inscripción alguna. Aunque no hay evidencia fehaciente de ello, quizás el hombre pudo lograr la expresión pictórica, más visual, espacial y emotiva, antes del desarrollo del lenguaje, más lineal, analítico y racional.

Algo similar pudo suceder con la música: tanto ella como la expresión pictórica, como veremos más adelante, son una manifestación más propia de la mitad derecha o hemisferio cerebral derecho del cerebro, mientras que el lenguaje lo es del hemisferio izquierdo. Junto al dibujo y la pintura, como vimos, ya presentes en esa época, pudo haberse manifestado también la capacidad musical. El canto y la danza habrían precedido al lenguaje hablado, y de hecho, la música cantada efectivamente precede o evoluciona antes que la instrumental, que se desarrolla cuando la cognición y el lenguaje hablado se hacen más racionales. Es más: es posible que el florecimiento de la música instrumental, desconectada del canto y de las palabras, haya sido precisamente la reacción a la evolución de un lenguaje crecientemente divorciado de su componente emocional.

En el mismo sentido, es probable que el uso metafórico del lenguaje haya precedido al literal o científico, y la poesía a la prosa. El lenguaje metafórico puede haber sido la forma natural de describir el mundo antes de que surgiera el pensamiento científico en el siglo XVI, y el lenguaje se hiciera más abstracto: “… las primeras lenguas fueron melodiosas y apasionadas, antes de ser sencillas y metódicas” (Jean-Jacques Rousseau, Ibíd.).

La danza, expresión corporal de la música, reú­ne funciones cerebrales como las visuales, las de exploración del espacio, o las de la llamada somatognosia, o noción subjetiva del propio cuerpo o esquema corporal; todas ellas, también mayormente vinculables al hemisferio derecho.

La primera etapa de la adquisición del lenguaje es la identificación de los sonidos que forman las palabras. Luego, la asociación de esos sonidos con las sensaciones visuales, táctiles y auditivas determinadas por los objetos del medio exterior. Recién más tarde se accede a la capacidad semántica, la de la comprensión de los símbolos representados por las palabras, primero en relación con significados concretos y, más tarde, abstractos. “No se comenzó por razonar, sino por sentir”…

Si la capacidad musical preexistió al lenguaje hablado, entonces también podría haberlo condicionado. Hay manifestaciones no verbales, comunes a una y a otra expresión, que influyen en el significado de lo que se dice.

La prosodia, comúnmente llamada “acento”, nos permite reconocer la región de proveniencia de quien nos habla, y ubicarlo en su marco cultural. Nos posibilita distinguir un habla española de Buenos Aires, de una de la provincia de Córdoba, o de México o de España. Poniendo en función nuestra “teoría de la mente”, que es nuestra capacidad para comprender el punto de vista de los otros, de “ponernos en su lugar”, podremos entender mejor sus pareceres y opiniones. Quien nos habla, a su vez, podrá hacer lo propio con nosotros.

La entonación servirá para que diferenciemos una expresión interrogativa, de una imperativa o dubitativa.

El volumen, cuando aumente, revelará habitualmente enojo (“alzar el tono de voz”, como suele decirse),y cuando disminuya, confidencialidad o intención de no ser oído por terceros.

El ritmo y la secuencia se acentuarán para remarcar conceptos, o se aplanarán trasuntando irrelevancia.

Si la música (del griego mousike, “de las musas”), como tradicionalmente se la define, es el arte de organizar o combinar los sonidos, todas estas manifestaciones no verbales, que modulan el lenguaje hablado, son efectivamente musicales. “La melodía imita las inflexiones de la voz, expresa los lamentos, los gritos de dolor o de alegría… posee cien veces más energía que la palabra misma”, como también dijo Jean-Jacques Rousseau. Nuestra capacidad mu­sical se pone de manifiesto cuando percibimos variaciones de tono, volumen, duración, timbre y ritmo de los sonidos, incluyendo los hablados. Su expresión exagerada los caricaturiza, y si esa expresión es imitada, permitirá reconocer la prosodia personal de otros, lo que por eso mismo causa gracia. Los adultos solemos recurrir, muy fácilmente, a la llamada “prosodia bebé”, cuando intentamos establecer mejor comunicación con lactantes que aún no han adquirido el lenguaje hablado, imitando su “acento”. El grotesco resultado, que parece una regresión infantil, suele sin embargo evocar una alegre respuesta emotiva del bebé, para gran regocijo, a su vez, de los adultos presentes ¡Al bebé le encanta que le hablen en su lengua!

La música es entusiasmo, ardor y pasión, es alegría, efusión y dolor. La música es, en suma, emoción. La vida humana sería mucho más apática sin ella.

I Música y cerebro

Cuerpo humano y sistema nervioso:
acción y reacción

Para comprender plenamente el vínculo entre el ser humano y su compleja estructura física, con lo que podríamos llamar su producción cultural, y dentro de ella, la música, es necesario describir algunos aspectos de su funcionamiento.

Al igual que el de cualquier otro ser viviente, el cuerpo humano está compuesto por una serie de órganos que cumplen cada uno un papel específico en su funcionamiento. El corazón y los vasos aseguran la circulación de la sangre, llevando a los tejidos los elementos necesarios para mantener la vida. Los pulmones aportan oxígeno. El tubo digestivo absorbe los nutrientes provenientes de la alimentación. El hígado los aprovecha y asimila. El riñón filtra la sangre y elimina sus productos de desecho. El sistema nervioso, por fin, nos permite interactuar con el medio y desarrollar nuestra vida de relación, satisfacer nuestras pulsiones e instintos, regular nuestra volición, nuestra conducta y nuestras emociones, y reaccionar frente al peligro. Su máxima expresión es el cerebro.

Todos los órganos del cuerpo humano tienen una función sincrónica: su actividad se mantiene mientras se conserva la vida, y cesa con la muerte.

Únicamente el cerebro, órgano excepcional, asiento de la persona, tiene además una función diacrónica: el producto del funcionamiento cerebral, de la mente, se mantiene más allá de la muerte, aunque su función sincrónica se haya terminado. Es lo que nos permite disfrutar de un cuento de Borges, una novela de Dostoievski, una sonata de Mozart, un tango de Piazzolla, un cuadro de Monet o Picasso, o una escultura de Miguel Ángel. Los cerebros de todos ellos ya no están, han finalizado su función sincrónica, pero su producto nos sigue conmoviendo. Es también lo que nos hace recordar las enseñanzas de nuestros antepasados fallecidos, nuestros padres, abuelos y maestros, que nos brindan continuidad de cultura y de valores.

¿Cómo está constituido el cuerpo humano?

Los órganos del cuerpo humano están formados por múltiples unidades funcionales llamadas células, a modo de los habitantes de una ciudad o un país. Cada célula es individual, y tiene un núcleo que contiene el material genético (el ADN) y una membrana que la separa de las otras.

Los organismos vivos más simples están constituidos por una sola célula: son organismos unicelulares, como la ameba o el paramecio que estudiamos en la escuela secundaria, y sus funciones de relación consisten en una simple reacción, como cuando se retraen al recibir algún contacto.

Los organismos más complejos, como los mamíferos o los primates, están formados por múltiples células, son multicelulares, y esto resulta en una repartición y especialización de las tareas de las células. Se diferencian así distintos sistemas o aparatos, como el respiratorio o urinario, y también un sistema nervioso que se encarga de las funciones de relación a través de un sector receptor, que recoge estímulos, y otro efector o ejecutor, que reacciona y responde a ellos, generalmente en forma motora. A medida que se asciende en la escala zoológica, con el mayor desarrollo de las funciones de relación, se va perfeccionando el sistema nervioso hasta constituir un complejo mecanismo que culmina en el hombre.

En los organismos primitivos, el sistema nervioso está formado por una red de células llamadas neuronas. En los más evolucionados, como el hombre, se distinguen tres sectores: el sistema nervioso central, el sistema nervioso periférico y el sistema nervioso autónomo.

El sistema nervioso central está formado por el cerebro y el cerebelo, y sus prolongaciones, el tronco cerebral y la médula espinal. Todos ellos se encuentran dentro del cráneo y la columna vertebral, envueltos por membranas llamadas meninges.

El sistema nervioso periférico está constituido por una serie de cordones, los nervios periféricos, que a modo de cables conectan al sistema nervioso central con los demás órganos, transportando estímulos que van y vienen. El sistema nervioso autónomo, al que nos referimos al comienzo, es llamado así por ser automático y no influenciable por la voluntad. Regula las funciones de la vida vegetativa, o viscerales, tales como las secreciones y el movimiento gastrointestinales, la circulación y el número de pulsaciones cardíacas.

Microscópicamente, el sistema nervioso central está integrado por células especializadas, llamadas neuronas, y un tejido de sostén: la neuroglía.

Las neuronas tienen un cuerpo celular y extensas prolongaciones filiformes. Poseen dos propiedades: excitabilidad, la capacidad activarse eléctricamente por un estímulo, y conductibilidad, la de conducir ese impulso eléctrico a través de su estructura. Sus prolongaciones son de dos tipos: las dendritas, que son múltiples, y el cilindroeje o axón, que es único y puede alcanzar gran longitud.

Las dendritas constituyen la vía de entrada o aferente del influjo nervioso que le llega a la neurona, y el axón, el transmisor, la vía de salida o eferente de ese influjo hacia otras. Las primeras recogen y envían el impulso hacia el cuerpo celular, y el segundo lo transmite desde el cuerpo celular hacia otras neuronas o a un órgano efector o ejecutor. Los nervios están constituidos por múltiples axones provenientes de distintas neuronas.

La transmisión entre neurona y neurona se hace por contacto entre ellas, conservando cada una su unidad. A este contacto se lo denomina sinapsis, quedando entre una y otra neurona un mínimo resquicio o hendidura, el llamado espacio intersináptico. Las neuronas se comunican por sustancias químicas denominadas neurotransmisores, que por impulso eléctrico se liberan al espacio intersináptico y actúan sobre receptores específicos situados sobre la membrana de la neurona siguiente, llamada postsináptica, desencadenando un nuevo impulso.

Cada neurona tiene una especificidad bioquímica, según el neurotransmisor que ella libera en las terminaciones que preceden a la sinapsis (presinápticas).

Los neurotransmisores son muchos. Los más relevantes para nuestro tema son acetilcolina, adrenalina, dopamina y serotonina, que dan lugar así a sinapsis colinérgicas, adrenérgicas, dopaminérgicas y serotoninérgicas. El neurotransmisor modifica la permeabilidad iónica de la membrana, originando un potencial o impulso eléctrico, que puede ser excitador o inhibidor. Una vez logrado el impulso, el neurotransmisor se inactiva rápidamente, ya sea por degradación o por recaptación por parte de las terminaciones presinápticas, hasta que la neurona es estimulada de nuevo.

En el sistema nervioso central las sinapsis colinérgicas regulan la cognición; las adrenérgicas, las funciones vegetativas, la excitación y la ira; las dopaminérgicas, la sinergia motora y la conducta, y las serotoninérgicas, el estado de ánimo y afecto.

En forma mecanicista, el sistema nervioso ha sido comparado con una gran central telefónica, compuesta por numerosas unidades receptoras y emisoras, con múltiples conexiones internas (el sistema nervioso central), que se comunican con el exterior por cables salientes o entrantes (los nervios periféricos). Más recientemente, el símil ha sido el de una computadora que, programada genéticamente, asegura la integración de las informaciones entrantes/aferentes, para dirigir a los órganos ejecutores los impulsos salientes/eferentes necesarios para la vida del individuo.

En resumen, son tres los mecanismos que aseguran el funcionamiento del sistema nervioso: recepción, ejecución y, entre una y otra, integración, a través de la cual se elabora la información y regula la ejecución. El sistema nervioso central se encarga del mecanismo integrador, y los nervios periféri­cos que entran o salen, de los mecanismos receptor y ejecutor. Cuando la ejecución se dirige a los músculos, tenemos el denominado sistema nervioso esquelético o de la vida de relación, y cuando se dirige a los intestinos, al corazón o a las glándulas de secreción, tenemos el sistema nervioso de la vida vegetativa, o autónomo.

Pero el funcionamiento de estos sistemas puede ser tanto consciente como inconsciente, y mucha de la actividad del sistema nervioso sobre la que la música tiene particular influencia se efectúa en forma automática o inconsciente.

Cerebro y cognición musical:
canciones sin palabras

El cerebro humano, como lo hemos visto todos en las ilustraciones de los diccionarios, las láminas de anatomía de los libros o la internet, parece un hongo. Su sombrero se divide en dos mitades, los hemisferios cerebrales, unidos por una estructura fibrosa llamada cuerpo calloso. Su tallo es el tronco cerebral.

La superficie de los hemisferios es la corteza cerebral, que es desigual, con aspecto de papel celofán arrugado. Sus pliegues son las circunvoluciones cerebrales, y sus hendiduras, las cisuras o surcos. La corteza está conformada por neuronas y constituye la llamada sustancia gris, por su coloración algo más oscura que la de la región subyacente, llamada sustancia blanca, y compuesta por las prolongaciones neuronales, o axones, ya mencionados antes.

Los hemisferios cerebrales se subdividen regionalmente en los llamados lóbulos, que reciben el mismo nombre que el de los huesos del cráneo. El lóbulo frontal, el más anterior, se encuentra inmediatamente por detrás del hueso de la frente. El lóbulo occipital, que está justo por delante del hueso del mismo nombre, y por encima de la nuca, es el más posterior. Entre ambos se ubica el lóbulo parietal. El lóbulo temporal se encuentra por dentro del hueso homónimo, a la altura de las sienes, por debajo de los lóbulos frontal y parietal y por delante del occipital. Por último, un quinto lóbulo se encuentra oculto bajo los lóbulos frontal y temporal, y recibe por ello el nombre de ínsula (es decir, isla o lóbulo aislado). En la profundidad de los lóbulos cerebrales se encuentran diversas otras estructuras, que actúan como estaciones intermedias, o repetidoras, entre los estímulos entrantes, aferentes, que le llegan a la corteza, y aquellos salientes, eferentes, que esta a su vez envía.

La corteza cerebral es asiento de las funciones mentales. En la corteza del lóbulo occipital se encuentran las áreas de recepción de la visión; en la del temporal, en su región externa o lateral, las de la audición, y en su región interna o medial, las de la memoria de corto plazo, en una estructura llamada, por su forma, hipocampo. En la corteza del lóbulo parietal se hallan las áreas receptoras de la sensibilidad o sensaciones del cuerpo, así como las de integración de diversas funciones de la cognición, como el cálculo, la semántica, el reconocimiento del espacio y la lateralidad, la atención y el esquema corporal.

La corteza del lóbulo frontal no recibe estímulos externos, es la región ligada a la planificación, regulación y ejecución motoras. En cuanto a la corteza de la ínsula, se vincula fundamentalmente a funciones emocionales y vegetativas, propias del sistema nervioso autónomo.

El control del lenguaje hablado se localiza, en más del 90% de las personas, en el hemisferio izquierdo, en la corteza frontal para la expresión y en la temporal para la comprensión. Se dice entonces que estas personas tienen “dominancia izquierda” para el lenguaje, que coincide, mayoritariamente, con la preferencia de la mano derecha para la escritura. Los diestros tienen entonces dominancia izquierda. Su lenguaje se preservará en caso de lesión derecha. Esto difiere en los zurdos: aproximadamente 50% tienen dominancia izquierda y 50% dominancia derecha para el lenguaje.

El oído humano tiene receptores que descomponen o “deconstruyen” los sonidos en sus componentes de frecuencia, los codifican en forma de señales y los transmiten por vías especiales hacia el cerebro. El receptor auditivo es la cóclea u órgano espiral de Corti del oído interno, que tiene forma de caracol, y en el que los receptores se ubican topográficamente según el tono (distribución tonotópica): los sensibles a frecuencias bajas (tonos graves) en su punta o cúpula, y los que responden a frecuencias altas (tonos agudos) en su base. De la cóclea se desprende el nervio coclear que conduce los estímulos auditivos a núcleos neuronales del tronco cerebral. De allí, a través de la vía auditiva, y después de pasar por una estación intermedia –el cuerpo geniculado medial, una estructura neuronal en forma de rodilla, situada en la profundidad del hemisferio–, alcanzan la circunvolución transversa, que se dispone de través por el lóbulo temporal. Esta es el área auditiva primaria, es decir, el segmento de corteza cerebral de primera recepción del estímulo auditivo. Los sonidos captados por el oído derecho se dirigen preferentemente a la corteza auditiva izquierda, y viceversa. Esta también muestra distribución tonotópica: los tonos graves llegan a su porción más externa, lateral, y los agudos a la porción más interna, medial, de la circunvolución transversa.

El oído humano es capaz de percibir una gran variedad de tonos, pudiendo diferenciar sonidos con 1 Hz (Herz o herzio, unidad de frecuencia) de diferencia, en un rango desde los 20 hasta los 20.000 Hz. La cantidad de notas que pueden ser incluidas en una escala musical es por lo tanto muy numerosa, y en la actualidad la enseñanza de la música reconoce la existencia de cuartos y aún octavos de tono, así como en pintura el impresionismo supo abstraer y ampliar la gama de colores para plasmar el efecto de la luz sobre las figuras representadas. Aun así, el espectro habitual de sonidos necesario para producir efectos musicales es más limitado, y la gama usual de frecuencias de los sonidos musicales es considerablemente más pequeña que la gama audible. En el piano, la frecuencia de los tonos más bajos es 220, y la de los más altos, 13.186 Hz, que son las usualmente consideradas como los límites inferior y superior de los tonos musicales.

Otras áreas corticales se vinculan a distintas características o componentes de la capacidad musical.

El diapasón o tono de referencia (pitch, en inglés) es el tono convencional a partir del cual podemos identificar las restantes notas de la escala musical, y que habitualmente se utiliza para la afinación instrumental. Se vincula a áreas de los lóbulos temporal y parietal de ambos lados, aunque con predominio izquierdo.

El ritmo, ejecución de tonos con patrón de distribución regular en el tiempo, tiene control en el polo o extremo anterior de la corteza del lóbulo temporal en la línea media, y en la base de la corteza del lóbulo frontal, ambos del lado izquierdo.

La métrica, ya mencionada, reconoce un control temporal anterior bilateral, y el timbre, frontal y parietooccipital derechos.

El timbre es la forma como “suenan” los tonos musicales, lo que permite reconocer la fuente del sonido; por ejemplo, las voces humanas masculina, femenina o infantil, o el piano, el violín o el clarinete. Está determinado por los armónicos, frecuencias agregadas a la del tono principal, que la duplican, triplican o quintuplican.

La melodía (de melos, canto o frase musical, y aeido, yo canto) se vincula a la corteza de los lóbulos temporal y parietal derechos. Convencionalmente, concebimos a la melodía como una sucesión de tonos que causa una sensación emocional de placer estético. La melodía parece ser el factor más determinante de la emoción musical.2

En resumen, diapasón y ritmo se relacionan más con el hemisferio izquierdo, melodía y timbre con el derecho, y métrica con ambos.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
27 mart 2025
Hacim:
144 s. 24 illüstrasyon
ISBN:
9789500212243
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