Kitabı oku: «Cierta fortuna»

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Pablo Bohoslavsky

Cierta fortuna



Bohoslavsky, PabloCierta fortuna. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-375-41. Narrativa Testimonial. I. TítuloCDD A863

©Libros del Zorzal, 2010

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo

Bohoslavsky, de penal | 5

Cierta fortuna | 7

Buenos muchachos | 11

Cuerpo Humano: una máquina perfecta | 16

Don Alejo | 21

Empeños maternales | 27

Sanaciones urinarias | 34

La dialéctica de la guerra | 39

Tratamientos especiales | 46

Ciencia e ideología | 52

Defensa Siciliana | 58

El buen guardián | 64

Un eco desagradable | 68

Sueños de libertad | 74

Doce o trece | 79

La confesión | 85

Reglas de urbanidad | 92

Terapias alternativas | 96

El reencuentro | 102

Prólogo

Bohoslavsky, de penal

Pablo B. se ha tomado tiempo. Lo que dura una larga y dolorosa digestión. Porque recién ahora, décadas después, regresa –se permite regresar– a la memoria de los años que se comió (porque la cárcel se come) en Rawson durante la Dictadura.

No es fácil. Esos años y esos recuerdos han ido decantando, se han destilado de miedos y de odios puntuales e imborrables que, por serlo, quedan acá implícitos, tácitos, conjurados por una memoria sensible y selectiva.

Ni morbo ni golpes bajos: el horror no tiene por qué ser explicitado, se desprende solo, fluye entre líneas como un sudor leve, frío y constante que acompaña cada escena, como un temblor de manos y vacilación de las voces visibles / audibles sin necesidad de registro alguno durante los ominosos diálogos en que la posibilidad de la muerte a plazo fijo es el sobreentendido.

El alarde de entereza que significa escribir –con pudor y sabia reticencia– estos relatos atroces sin énfasis, patéticos, a menudo irónicos y repletos de paradojas, es tan revelador de integridad moral y memoria ética como el más feroz testimonio de tortura, la denuncia cara a cara de crímenes y criminales del terrorismo de Estado. Con nombres e iniciales que los identifican y ocultan a la vez, los protagonistas de estos textos, apuntes del natural de aparente pretensión anecdótica, son –militantes presos y carceleros burócratas y/o represores– personajes de destino perdurable. Quiero decir que los hombres que disfrutan de esta paradójica Cierta fortuna –“Muchachos, estamos de suerte. Vamos a la cárcel”– viven por sí mismos, más allá de la identificación puntual o la referencia documental, convertidos en auténticos personajes.

Internos y celadores, según la retórica del ámbito cerrado, microcosmos sin fisuras que reproduce en escala las posibilidades múltiples del escenario mayor de la Dictadura. Un dentista y un peluquero carcelarios –sádicos de manual pero con contradicciones– que parecen sacados de cuentos de García Márquez; paranoicos consecuentes hasta el delirio que hablan por señas; jugadores de una fantasmal partida de ajedrez hecha de golpecitos y anotaciones virtuales; dogmáticos pesimistas cultores de la más desgraciada profecía; jubilosos detectores de la desesperada esperanza más o menos meada por la suerte; consecuentes inquebrantables que encuentran la réplica final, el chiste de humor negro proferido contra el miedo y la desesperanza; y hasta algún oscuro jefe no arrastrado por la barbarie y la tentación de impunidad, que encuentra un resquicio para salvar algún tipo de código y a cierto anónimo condenado a la hora de pasar lista.

Todos están acá, convocados por la memoria de primera mano y de última hora de Pablo Bohoslavsky, para que al ser una vez más, tan bien dicho y escrito en estas historias, sea nunca más en la Historia a secas.

Juan Sasturain,

abril de 2010.

Cierta fortuna

“Eh, usted”, dijo uno de los hombres al que los presos encapuchados no podían ver. Y al decirlo pateó la pierna de Julio R. advirtiéndole que era el destinatario del mensaje. “Ahora lo van a llevar al baño, se va a duchar y afeitar; le van a dar ropa limpia y deberá estar atento porque será trasladado. ¿Entendió?”.

Julio R. apretó las mandíbulas, su garganta involuntariamente contrajo los pliegues vocales. Apenas balbuceó: “Sí, señor”.

Julio R. presentía que le esperaba el destino de muchos desaparecidos de su pueblo: aparecer públicamente frente a los medios de comunicación, pero muertos.

El hombre invisible dirigió sus pasos en otra dirección. Ninguno de los secuestrados, que permanecían encadenados al piso o esposados en alguno de los camastros que había en la habitación, deseaba ser destinatario de esa invitación a la higiene que habían escuchado. Aunque estaban en el infierno, preferían seguir allí antes que emprender el camino de la muerte.

Los pasos del hombre retumbaban sobre el suelo de madera. Para algunos, los que lo sentían alejarse, el repiqueteo era un alivio. Para otros, en cambio, la cercanía de los pasos amenazaba con hacerles estallar el corazón.

El hombre invisible repitió el ritual otras tres veces: advirtiendo, pateando y ordenando a Rubén R., Agustín C. y Víctor B. lo mismo que a Julio R. Uno a uno, los cuatro fueron llevados a cumplir con el rito preparatorio que saciaría, aunque en proporciones infinitesimales, la sed de los dioses terrenales que pretendían salvar a la humanidad.

Era de noche cuando los subieron a una camioneta, atados a la espalda y vendados. Los lazarillos ayudaban a que no hubiera tropiezos o golpes. Los iban a matar pero no querían lastimarlos. Ni siquiera provocarles un rasguño.

La camioneta anduvo una hora. Luego otra. Daba vueltas como buscando un lugar adecuado. Finalmente el conductor detuvo la marcha. Los hombres invisibles guiaban a los hombres en tinieblas.

Los cuatro notaron bajo sus pies un piso de piedras pequeñas y olieron el pasto recién cortado; era noviembre y la primavera estaba avanzada. Los pájaros trinaban, anticipando el día. Unos gorriones en las ramas bajas, los benteveos en las más altas, las corbatitas en vuelo rasante e invisible y los horneros, trabajadores sin fatiga, formaban el coro de aparente despedida. Julio R. conocía la geografía del lugar. Pensó: “Éste es el Parque de Mayo”.

A los cuatro los pararon hombro con hombro, hasta que el cuadrado quedó cerrado. Julio R., Rubén R., Agustín C. y Víctor B. creyeron que no tendrían otro amanecer. Se despidieron mentalmente unos, se arrepintieron otros, maldijeron todos. Ninguno pidió clemencia, ni siquiera cuando escucharon la orden de “ahora se ponen de rodillas”. Los pájaros parecían trinar más fuerte; Víctor B. recordó a Chéjov, repetido por su pequeño hermano, Andy, “los mirlos rugen en Rusia”, y concluyó: “Estos gorriones ordinarios lo hacen acá”.

Uno de los hombres invisibles dijo: “Señores, ahora cuenten hasta cien. Luego se sacan las vendas, se desatan y se van a sus casas. Al que denuncie dónde estuvo o vuelva a la política lo hacemos boleta”. Los cuatro oyeron abrirse y cerrarse las dos puertas de la camioneta. Sintieron también que los otros tres o cuatro subían a la caja. Alguien encendió el motor y el vehículo emprendió la marcha.

Julio R., Rubén R., Agustín C. y Víctor B. quedaron nuevamente paralizados. Antes, por el olor de la muerte cercana, y ahora por este desenlace. ¿Desenlace o celada? No atinaban siquiera a descubrirse los ojos o soltar las ataduras.

De pronto, oyeron el aullar de una sirena acercándose. Frenadas y otros hombres invisibles que corrieron hacia ellos. Órdenes, y una voz: “Ayuden a esos muchachos, parece que los iban a matar. Sáquenles las vendas y desátenlos. Que suban a nuestro vehículo”.

Era una F350 del Ejército Argentino. Cuando los cuatro recuperaron la vista, dolidos los ojos por la claridad de la mañana, notaron que los acompañaban jóvenes oficiales y suboficiales. Uno de los primeros aclaró: “Les salvamos la vida. Los iban a matar. Eran de las tres A; no los podemos seguir porque tenemos un solo vehículo”. Los cuatro asintieron, moviendo apenas sus cabezas, pero sin decir palabra.

A continuación las preguntas de rigor y las respuestas cuidadosas:

“¿Dónde estuvieron?”.

“No lo sabemos”, dijeron, aunque sabían que habían estado en dependencias del Quinto Cuerpo en Bahía Blanca, apenas a mil metros de donde los habían dejado.

“¿Los torturaron?”.

“No”, fue la respuesta, aunque los dolores del cuerpo y de la mente que los acompañarían durante años, estaban allí.

Finalmente llegaron a la Comandancia de esa dependencia militar. Cuando la F350 se detuvo los cuatro, invitados a descender, se encontraron frente a una parada militar: un general, coroneles, y oficiales de menor graduación, ordenados por rango, los miraban escrutándolos.

El general V. habló primero, dirigiéndose a los cuatro: “Señores, los hemos rescatado de un grupo que intentó matarlos. Deben agradecer a la patrulla de oficiales y suboficiales del Ejército Argentino que les salvó la vida. ¿Tienen documentos que los identifiquen?”.

“No, señor”, fue la respuesta de los cuatro.

“Les adelanto que permanecerán en estas dependencias hasta que se aclare la situación personal de cada uno, si tienen algún antecedente relacionado con la subversión o si han cometido delitos contra la propiedad o las personas. En caso afirmativo serán juzgados por un tribunal castrense y en caso negativo quedarán en libertad”.

Los cuatro volvieron a asentir levemente con la cabeza.

Preguntó V.: “¿Tienen familiares o amigos en Bahía Blanca?”.

Los cuatro contestaron, excitados y al unísono: “Sí, señor”.

“Entonces pueden hacer una llamada cada uno; avisen que están bien y que pueden venir a visitarlos. Eso sí, como les dije antes, sepan que pueden ser condenados si han andado en cosas raras. Buenos días”.

“Buenos días, muchas gracias”, coincidieron, sin proponérselo, los cuatro.

Cada uno hizo un esfuerzo por recordar el teléfono de alguien a quien no comprometería si lo llamaba, mientras Agustín C., reconfortado y con deseos de entusiasmar a los otros tres, dijo, curiosamente, unas palabras que sonaron como un canto de vida, como un futuro próximo y deseable: “Muchachos, estamos de suerte. Vamos a la cárcel”.

Buenos muchachos

“Mucho tenemos que agradecerle, rector. El apoyo de su institución ha permitido que estos internos, que hoy reciben sus diplomas, puedan, una vez que hayan cumplido su condena, reincorporarse a la sociedad en mejores condiciones. No dude que son buenos muchachos”.

“Es lo menos que podemos hacer por aquellos que pretenden un futuro distinto a este presente tan duro que les toca vivir. Además que los presos quieran realizar estudios superiores puede representar un auténtico ejemplo para otros establecimientos penales. Ojalá se pueda reproducir”.

Corría el año 1995. Pedro V., rector de una institución de educación superior y Adalberto G., director de una unidad del Servicio Penitenciario Federal, pronunciaban esas palabras en la ceremonia donde se premiaba el esfuerzo realizado por algunos presos que habían concluido sus carreras universitarias.

El salón estaba repleto de periodistas, que habían acudido a cubrir una nota original y esperanzadora en relación con las que generalmente provenían de las cárceles: intentos de fuga, hacinamiento y malos tratos, violación de derechos… Era el salón donde los presos realizaban sus actividades físicas bajo techo: piso de baldosas, tribuna lateral, bandas de pinturas perimetrales denunciando los límites de las canchas de básquet y fútbol. Las jirafas con los aros y los hierros de los arcos descansaban a un costado.

Asistían las autoridades políticas de la ciudad y el obispo de la diócesis, que acompañaba al capellán del penal. Pedro V. estaba acompañado de dos colaboradores y el director de la cárcel vestía su mejor uniforme entorchado, al igual que el alcalde y demás oficiales.

Sobre las mesas de manteles blancos, unos nuevos y otros añejos y amarillentos, había platos con aperitivos. Los invitados podían servirse vinos rojos o blancos, gaseosas o agua en copas que resplandecían gracias a los desvelos de quienes las habían lavado una y otra vez para que lucieran mejor.

Los presos de mejor conducta eran los encargados del buffet: circulaban, solícitos y silenciosos entre los invitados y las autoridades, asegurándose que las copas no quedaran vacías y que no faltaran canapés y sándwiches en los platos. Los tres presos graduados disfrutaban de la excepcional atención de sus pares. Al fin y al cabo, con las mismas autoridades habían padecido toda clase de atropellos. “Será la nueva política”, atinaban a decir como respuesta y explicación.

La reposada música funcional completaba el cuadro. Toda una fiesta. La circunstancia lo merecía.

Adalberto G. estaba exultante e insistía en las bondades de la iniciativa académica que tocaba a su fin. También celebraba su nuevo rol como director del penal. Las copas parecían haber ayudado a desinhibirlo. Estaba chispeante y con deseos de conversar con sus invitados.

“Si me permite, rector, quisiera tener unas palabras con usted”.

“Por supuesto, director”.

“Después de tantos años de luchar por las condiciones de los presos, esta es una gran victoria”.

“Me imagino, ¿lleva mucho años en el servicio penitenciario?”.

“Casi treinta. Entré en el ´66. Trabajé desde la época en que Onganía era presidente. Me tocaron gobiernos constitucionales y de los otros. Pero ojo, yo nunca cambié la manera de tratar a los presos”.

“Eso es muy bueno, mantener los principios a pesar de la adversidad”.

“No tenga dudas. Siempre me animó la recuperación de los condenados, porque yo he estado en establecimientos donde los detenidos tenían fallos firmes. Y para mí, no le voy a decir que eran como mis hijos, pero siempre pensé que eran todos recuperables para la sociedad y que merecían otra oportunidad”.

“Seguro. ¿Por eso los llama buenos muchachos?”.

“Ah, ¿se dio cuenta? Algunos se sorprenden cuando los califico de esa manera. Pero los veo así. Mire, tal vez parezca exagerado, pero lo he tomado como algo parecido a una tarea de redención. Casi un sacerdocio. Bueno, será por eso que no me he casado ni he tenido hijos. Ahora que estamos en democracia me siento mucho más cómodo con esta tarea que me he impuesto”.

Pedro V. estaba azorado. Pocos sabían que él mismo había estado en la cárcel de Rawson en aquellos años duros. No lo ocultaba, claro que no, aunque tampoco alardeaba de su paso por la prisión sureña. Al fin y al cabo, solía decir, fue de manera involuntaria. Y además había compartido su infortunio con otros miles, entre 1976 y 1983.

Pero lo que le llamaba la atención era la vocación mostrada por el director de la cárcel. Incluso cuando le escuchó expresiones como tarea de redención, sacerdocio. “Toda una definición, aunque algo exagerada”, pensó.

Adalberto G. le resultaba vagamente conocido. Tal vez se hubieran encontrado años antes. Consideró: “Yo estuve preso en Rawson, él ingresó a servicio en 1966…, a lo mejor nos cruzamos”. Eso lo empujó.

“Director, una curiosidad. Usted dice que comenzó unos treinta años atrás, ¿verdad?”.

“Así es, tengo una larga carrera. Pero ya pronto me jubilaré. Creo que merecidamente. ¿Y por qué me lo pregunta?”.

“Porque usted me resulta conocido. Tal vez nos hayamos visto en alguna oportunidad”.

“Es posible. Estuve en tantos. ¿Y cuál es su profesión?”.

“Profesor de historia”.

“Tal vez por ese lado”.

Los periodistas que cubrían el evento se acercaron con interés de entrevistar a Adalberto G. a propósito de su trabajo en el servicio penitenciario durante la última dictadura. Quizá tuviera algo para contar. No dudaron en aprovechar la feliz circunstancia que los había convocado, y lo distendido del encuentro para preguntarle.

“Director, soy del periódico La Semana Austral. Usted que es un hombre preocupado por los presos, ¿por qué no nos cuenta de sus actividades en la época del proceso militar?”.

“Sí, estuve un tiempo en Villa Devoto, otro en Ezeiza y también en Rawson. Pero mi norte fue el que le decía al rector: intentar que los presos se recuperaran y que al salir pudieran integrarse y servir a la sociedad”.

“Discúlpeme, señor, pero en esos años maltrataban a los presos, ni siquiera podían leer. E incluso a algunos los sacaron para matarlos en los traslados”.

“No se lo voy a negar. Pero les reitero mi conducta: sólo me guiaba la voluntad de resocializar a los presos y mis acciones fueron en esa dirección”.

Los periodistas se miraban entre ellos. Ninguno preguntó más. Se hizo un profundo silencio que duró minutos. Adalberto G. supuso que si no aclaraba un poco más su foja de servicios quedaría en tela de juicio.

“Y les digo más, señores periodistas. Yo no era calvo como ahora, sino que tenía abundante pelo rojizo. ¿Y saben qué apelativo me habían puesto los presos, sobre todo los presos políticos, como muestra de afinidad y cercanía?”. No esperó respuesta. Ellos no la tenían. “Me llamaban, a mis espaldas, claro, el ruso G. o el colorado G.”.

Al oírlo, Pedro V. creyó estar frente a una revelación. Abrió grandes los ojos y su memoria volvió varios años atrás para traerle en instantes, retazos del pasado. “Ahora lo ubico”, se dijo.

“Director, ahora recuerdo dónde nos hemos encontrado”.

“No me diga, ¿de dónde me recuerda?”.

“De Rawson, director. Yo estuve allí entre los años ´77 y ´81”.

Los periodistas no sabían si estaban cerca de una primicia o de una mera conversación de circunstancias.

“No me diga, ¡qué casualidad!”.

“Es verdad, una casualidad. Pasaron casi veinte años y si usted no hubiera mencionado el apelativo no lo hubiera reconocido”.

“¡Qué cosa! ¿Y usted daba clases de historia allí? Eso es muy meritorio”.

“No, yo era uno de sus buenos muchachos”.

Adalberto G. se mostró incómodo. Haciendo honor al viejo apelativo, su rostro fue tomando un color rojizo.

“Me parece que en esa época yo era el Jefe de Administración”.

“Pero no, director. Tiene que acordarse. Usted era el Jefe de Seguridad Interna del Penal”.

Una risita forzada. “¡Qué buena memoria! ¿Y se acuerda de esos años? Debe preferir olvidarse, seguramente”.

“¿Sabe qué pasa? Es que no podría olvidarlo aunque quisiera. Ya lo ve, siempre tiene cerca alguno de sus buenos muchachos.

”Director, no se ponga mal. Al fin y al cabo usted pudo recuperarme para la sociedad. Si no le molesta, ahora le voy a contar a los periodistas cómo lo logró”.

Cuerpo Humano: una máquina perfecta

“Parece que me voy, nomás”, pensó Pedro B. al leer la notificación, de pie frente a la reja. En ella se le informaba que el día 15 de abril de 1981 cumpliría su condena y saldría en libertad del penal de Rawson. Faltaban apenas 24 horas.

Ya se lo había adelantado su esposa pero igualmente, ante la ratificación formal, le temblaron las piernas. Estaba pálido y no podía moverse.

“¿Malas noticias, interno?”, preguntó, casi deseoso, el oficial de guardia.

“No, señor celador. Al contrario”.

Inspiró hondo, dio la espalda a los barrotes que en unas horas atravesaría, cerró los ojos por un momento y se dirigió a la primera mesa que se encontraba entre las dos alas del pabellón. Se dejó caer y ofreció, calladamente y a quien quisiera leerla, la cédula notificatoria de su próxima liberación.

Corrió un susurro de boca en boca. Como una suave brisa de otoño, rara en la Patagonia, preñada de envidia, alegría, voluntades de multiplicación: “Pedro B. se va”.

“Casi cinco años preso. Cuatro en Rawson. Y aquí estoy, entero. Bueno, casi entero”. Miró a su alrededor.

“Algunos están jodidos”, se dijo Pedro B. Y agregó, para fortalecer su punto de vista, “Juan Carlos, que confortaba a los desanimados y daba aliento a los descreídos de toda esperanza, se pasa preguntando delante de la reja del pabellón si ha llegado su familia para visita. Todos los días lo hace. Metódicamente: una vez a la mañana, otra a la tarde temprano y la tercera antes del cierre. De dos meses a esta parte no lo llamaron nunca para el encuentro tan esperado”.

Siguió: “Honorio, otrora gran lector y conversador, ha enmudecido. Escribía las cartas de los analfabetos que habían ido a parar al penal de Rawson. Esos muchachitos, poco más que adolescentes, que habían sido arriados en las razzias del monte tucumano de 1975 y 1976. ¡¡Cómo leía Honorio!! Todo lo que llegaba a sus manos lo devoraba: diarios censurados, revistas recortadas y novelas autorizadas. Leía, comentaba y discutía sus lecturas y las ajenas. Reflexivo y analítico como pocos. Ahora se pasa horas sentado sobre su camastro, hamacándose en una mecedora imaginaria y mirando la línea donde la pared se junta con el techo”.

Pedro B. se paró y fue al encuentro de Juan Carlos. Lo tomó del brazo y con el mayor de los afectos le susurró al oído: “Amigo, tenés que darte cuenta. Ya te van a avisar cuando venga tu familia. No te des manija, todos queremos ver a los nuestros”.

Juan Carlos H. lo miró sorprendido.

“Me acerco por las dudas. ¿Y si mi familia vino y estos tipos se olvidan de avisarme?”.

“No puede ocurrir eso, Juan Carlos. Les insistirían desde adelante”.

“Para vos es fácil. Ya me enteré que salís en libertad. ¿Qué te importa si te vienen a ver o no. Dejame tranquilo”. Juan Carlos H. se sacudió, incómodo el brazo de Pedro B. y, si bien no se acercó a la reja, miró insistentemente hacia ella. Esperando.

Los guardiacárceles, como tiburones oliendo sangre, habían detectado en Juan Carlos H. esa confusión entre el deseo y la realidad. A veces, cuando la guardia recorría el pabellón, caminando entre los presos, lo azuzaban: “Me pareció escuchar su apellido. Tal vez tenga visitas”.

Pedro B. quedó perplejo. No esperaba esa actitud cortante de su compañero. Ratificó: “Está mal”.

Fue arrancado de la perplejidad por Carlos V.: “Honorio te quiere felicitar”, le dijo. Pedro B. se acercó hasta su celda. A punto de entrar, Honorio le hizo una señal. La de la enfermera en los hospitales, con el dedo índice de la mano derecha apenas sobre la comisura de los labios, llamando a silencio. Se sentó junto a él.

Honorio T. le habló con el lenguaje de las manos, que volaban como las de un mago: “No-hables-hay-micrófonos-por-toda-la-celda-estoy-contento-porque-te-vas-en libertad”.

Pedro B. le respondió de la misma forma: “Gracias-pero-por-qué-crees-que-los-presos-tenemos-micrófonos-en-las-celdas”.

“No-todos-sólo-tenemos-los-que-podemos-dar-o-recibir-información-importante”.

A continuación levantó su mano, pidiendo con un gesto imperativo a Pedro B. que siguiera el curso del dedo que fue apuntando a distintos lugares de las paredes y el techo. Allí donde Honorio T. señalaba, Pedro B. sólo advertía rugosidades, ligerísimas fisuras, manchas de humedad o cagadas de moscas.

Honorio T. lo sacudió con su brazo izquierdo, mientras que su mano derecha interrogaba en un vuelo arrebatador: “¿Viste-las-instalaciones-que-te-marqué?”. Pedro B. sólo atinó a responder, eligiendo cuidadosamente las palabras: “No-veo-bien-estoy-sin-los-lentes-y-ya-está-un-poco-oscuro-se-hace-de-noche”.

Pedro B. se sentía arrasado: al mismo tiempo que deseaba abrazar a Honorio T., también quería irse de la celda. Se paró frente a la puerta un celador: “¿Qué hace interno en una celda que no es la suya?”.

“Discúlpeme, señor celador. Vine a despedirme porque me avisaron que mañana salgo en libertad”.

“Se va a despedir cuando corresponda. Retírese. ¿No ve que el interno T. no quiere hablar con nadie?”.

“Sí, señor celador. Hasta luego, Honorio”.

Se hizo la noche. Los presos cenaron y luego fueron encerrados en las celdas. Los candados sonaban al ajustar sus cuellos al cuerpo de hierro: “Trac trac, trac trac”. Así se repetía tantas veces como celdas ocupadas. Uno, dos, tres, cuatro, ... treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis. El pabellón estaba completo. Todos los cerrojos puestos. Sin sorpresas.

Pedro B. tardó mucho en dormirse. Hubo gritos en medio de la noche. No eran inusuales, pero el enfermero había ingresado al pabellón, a requerimiento de un guardia. Se había abierto la puerta de una celda, por un largo rato.

Pedro B. estaba embargado por la emoción ante la inminencia de la libertad y el dolor de advertir cómo dos de sus compañeros de cárcel iban entrando en un túnel de paranoia.

Pedro B. notó, al día siguiente, que el pabellón era otro. No sólo porque saldría en libertad –para lo que se había preparado acomodando sus pocas pertenencias y dejando las vituallas a sus compañeros–, sino también porque en el aire se respiraba que algo había pasado. La puerta de la celda de Honorio T., a diferencia de todas las demás, permaneció cerrada hasta media mañana. A eso de las diez el celador de turno la abrió, se paró bajo el marco, y llamó a Pedro B.

“Interno, ayer Honorio T. se hirió. Ahora está tranquilo, pero pidió verlo a usted. Tienen cinco minutos para hablar”.

“Gracias, señor celador”.

El guardia se corrió y entonces Pedro B., mientras entraba a la celda, pudo ver a Honorio T. con una venda en la cabeza y otra, más gruesa, en el estómago.

“¿Qué te paso?”.

Honorio T. se sentó en la cama y volvió a hacer, como el día anterior, el gesto imperativo de silencio con su dedo índice. Y su mano volvió a hablar: “Vos-tenías-razón-los-micrófonos-no-estaban-en-la-celda”.

Pedro B. respondió de la misma forma: “Entonces-por-qué-no-hablamos-y-¿qué-te-pasó?-¿por-qué-estás-vendado?”.

Aleteó la mano de Honorio T: “Porque-ahora-tengo-los-micrófonos-en-el-cuerpo-ayer-me-los-quise-sacar-de-la-cabeza-y-el-estómago-por-eso-me-lastimé”.

Pedro B. abrazó, de manera instintiva, y muy fuertemente a Honorio T. Así permanecieron hasta que el guardia se asomó a la puerta.

“Interno. Pasaron los cinco minutos”.

“Está bien, señor celador. Ya me retiro”.

Pedro B. tomó con sus brazos los hombros de Honorio T. Sólo atinó a decirle: “Mucha fuerza”. Honorio T. volvió a hacer la seña de silencio y acompañó con una sonrisa la salida de Pedro B.

Antes del mediodía tronaron desde la reja: “Pedro B., prepárese para salir”. La hora había llegado. Se despidió, con abrazos estrechos, de cada uno de los presos que se acercaron. Cada uno dijo lo suyo. Pedro B. también, intentando confortar a quienes, irremediablemente, iban a quedar atrás.

Cuando estaba llegando a la reja de entrada, dispuesto a atravesar el grueso portón, Juan Carlos H. se puso a su lado.

“Disculpame por lo de ayer. ¿Te puedo pedir un favor?”.

“Sí, hombre, por supuesto”.

“Si encontrás a mi familia afuera, que debe haber llegado, decile que estoy preparado para ir al locutorio de visitas y muy contento de que haya venido”.

“Seguro. Mucha fuerza”.

Don Alejo

Finalmente llegó. El guardiacárcel Isidoro G. caminó mucho por Rawson para entender lo que le había dicho el interno Juan Z. Esa primavera de octubre del año 1980 lo encontró calzando sus gruesos borceguíes y con la ropa de fajina invernal. Las compañeras de Isidoro G. fueron las primeras en reclamar el cambio de ropas. “Están fuera de temporada”, era el argumento esgrimido.

Anduvo un buen trecho por la Avenida Antártida Argentina, en dirección a la desembocadura del río Chubut. El sol de la tarde se hacía sentir, pero más fuerte era la decisión de entender esa expresión que Juan Z. le había dicho: “Las aguas luchan”. Le causaba gracia, incluso se dibujaba una leve sonrisa en su rostro. “Como dos boxeadores”, pensó.

Todo había empezado un día que Isidoro G. pasó frente a la celda de Juan Z., quien permanecía sentado en su camastro y abstraído mientras leía un libro apoyado sobre la mesa empotrada en la pared. La mano izquierda sostenía la cabeza, mientras el codo hacía de punto de apoyo en la mesa. El dedo índice de la mano derecha recorría los renglones, guiando la lectura. Estaba tan abstraído que se sorprendió grandemente con las palabras de Isidoro G.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
24 mart 2025
Hacim:
101 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875993754
Telif hakkı:
Bookwire
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