Kitabı oku: «Hamburguesas, salchichas y carne (humana)»
Hamburguesas, salchichas
y carne (humana)
La Ventana de Overton
‘Guía para transformar en posible lo imposible’
OBRA DE TEATRO
Pablo Martín Tharrats

© Pablo Martín Tharrats
© Hamburguesas, salchichas y carne (humana)
Diciembre de 2021
ISBN papel: 978-84-685-6400-5
ISBN PDF: 978-84-685-6399-2
ISBN ePub: 978-84-685-6401-2
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Este libro se puede descargar, reenviar y leer gratuitamente en PDF. La versión en papel es de pago, y debe ser comprada. Cualquiera representación pública, ya sea profesional o aficionada (incluso gratuita) debe ser autorizada por el autor de la obra Pablo Martín Tharrats. Contactar con el autor: https://www.bubok.es/autores/PabloBCN
Dedico este libro a mi padre, José Martín Morán,
que está en el Cielo con Dios.
¡Gracias por todo papa, gracias Pepe!
Dedico este libro a mi madre, María Helena Tharrats Vidal,
que está en el Cielo con Dios.
¡Gracias por todo mama!
También se lo dedico a mis hijos, Mireia,
Inés y Pablo, a mi esposa Cristina.
Índice
Sobre el Autor
Personajes
ACTO I
Escena 1
Escena 2
Escena 3
Escena 4
Escena 5
Escena 6
Escena 7
Escena 8
ACTO II
Escena 1
Escena 2
Escena 3
Escena 4
ACTO III
Escena 1
Escena 2
Escena 3
Escena 4
Escena 5
Escena 6
Escena 7
ACTO IV
Escena 1
ACTO V
Escena 1
ACTO V (Bis)
Escena 1
COMENTARIO DEL AUTOR
ANEXO. Cuadro Ventana de Overton
Sobre el Autor

No soy escritor, ni pretendo serlo, tan solo he escrito este libro para pasármelo bien, y con la esperanza que aquellas personas que lo compréis, si lo leéis, os lo paséis como mínimo igual de bien que yo me lo he pasado escribiéndolo.
Esta obra de teatro, es mi primera incursión en este género, además es la primera vez que escribo con la intención de denunciar, y avisar sobre lo que yo creo que se nos avecina, o tal vez ya lo estamos sufriendo.
La “Ventana de Overton” es una de las muchas formas que existe para manipular la opinión pública sobre cualquier tema… incluso el canibalismo, aunque el trasfondo de esta obra de teatro, no es convencer de la bondad y necesidad de comer carne, me refiero a carne humana, sino que es mi forma de alertar y avisar del Nuevo Orden Mundial, y Reset que sufriremos, antes o después… y sino al tiempo.
http://edicionespuertaconpuerta.wordpress.com
https://www.bubok.es/autores/PabloBCN
Personajes
María de las Virtudes. Secretaria de Dirección de la empresa, desde la época en la que el abuelo de Albert era el presidente, y todavía sigue en su puesto. Malas lenguas dicen que María de la Virtudes, o la Virtudes, había hecho un pacto con el diablo y que no se moriría nunca. En Embutidos y productos cárnicos Domínguez, S.A. todo el mundo ya está de vuelta de los comentarios de María de las Virtudes, por esto, nadie nunca le hace ni caso. (Intervenciones: 214)
Bibi. Rubia espectacular. El nivel académico de Bibi, es como ella, más bien cortito, y escaso, pero aun así ella alardea de su inteligencia y belleza, si de lo segundo está sobrada, no así de lo primero. No como Teresa que andaba muy sobrada de ambas, aunque no las exhibe, ni alardea. Y encima la rubia bote alardea de hablar inglés, porqué un verano “supuestamente” estuvo en Oxford estudiando. (Intervenciones: 180)
Albert. Albert Domínguez es la quinta generación de su familia que llevaba el negocio que, su tátara no sé cuántos abuelos, fundó, y que ha sido el orgullo familiar a lo largo de algo más de doscientos años, y es que dos siglos de historia no es un tema baladí que pueda ser ignorado, y mucho menos despreciado, tal vez por ello a Albert no le quedó más remedio que coger las riendas del negocio familiar al ser el único hijo varón, del único heredero varón. Y es que la familia de Albert parece que se quedó anclada en la España de hace doscientos años, dónde las mujeres, eran poco más que eso, mujeres. El despacho de Albert está anclado, como su familia, en el pasado, pero tiene toques de modernidad, como es un ordenador, o una pantalla de televisión de dimensiones algo desproporcionadas, y más si lo que se quiere ver, no va más que las noticias. (Intervenciones: 141)
Gustavo. Gustavo Rodríguez Gutiérrez – (La Roca) La Roca, es el mote de Gustavo Rodríguez Gutiérrez, aunque en su casa le llamaban “Gusta”, en la fábrica lo apodan “La Roca”, entre otras cosas porqué el tío es duro, y tal vez por esto, el padre de Albert lo nombró jefe de Planta de Producción. Es algo cortito de luces, y a la par que inocente. Cuando intuye la presencia de Bibi en la fábrica, no desperdicia la ocasión de saludarla y estar, aunque sólo sea unos instantes, cerca de ella. (Intervenciones: 111)
Lolo. Bartolo de los Hoyos y Quintana de León, Lolo para los amigos. Es amigo de la infancia de Albert, además estudiaron la carrera juntos, y el Master. Es de esos amigos de toda la vida que al final se confunden con uno más de la familia, y tal vez por ello Albert lo contrató hace ya años como director Comercial, Marketing y Exportación. Tiene un tono de voz algo pijo, y pedante. (Intervenciones: 91)
Teresa. Novia-prometida de Albert. Es una joven respetuosa, católica y bien preparada, a nivel de estudios y de idiomas, guapa de cara, y de presencia. (Intervenciones: 72)
En total hay, 809 intervenciones. En las intervenciones de los personajes, hablan 14.658 palabras (incluye Acto V y Acto V bis), o 14.454 palabras (sólo incluye Acto V), o 14.187 palabras (Sin Acto V ni Acto V bis).
ACTO I
Decorado de un despacho, a la izquierda del escenario está la puerta de acceso al despacho, así como una pantalla de televisión. A la derecha del decorado hay un sofá y una mesa de despacho. Albert está sentado en la mesa.
Escena 1
Una rubia de esas de las que salen en las portadas de las revistas de moda, entra como un torbellino gritando en el despacho.
Bibi. — ¡Hemos ganado! Hemos ganado el concurso de embutidos. Nos han premiado con la medalla de oro. Sin duda, hoy 30 de octubre, pasará a la historia de la empresa, cómo uno de sus días más importantes.
(Albert no reacciona ante la noticia, ni ante la presencia de la rubia despampanante que acaba de entrar. Sigue trabajando en su mesa con la mirada puesta en un informe que está leyendo).
María de las Virtudes. — (Justo detrás de Bibi entra María de las Virtudes. Con tono de guasa, y cierto desdén hacia Bibi, dice) —Albert, ha llegado tu amiga, Bibi.
Bibi. — (Bibi que ya conoce el percal que se llevaba María de las Virtudes con ella, simplemente hace oídos sordos a palabras necias) — Albert ¿te has enterado de la noticia? Habéis ganado el premio.
María de las Virtudes. — Es lo qué querías, ¿verdad? —(le pregunta a Albert).
(Albert aterriza en la tierra, estaba ausente).
Albert. — El premio… Sí, así es. —(tono seco de voz).
Bibi. — Entonces, ¿cómo es que no te emocionas?
Albert. — Todavía no me he sacado de la cabeza el accidente de aquel pobre desgraciado. Precisamente ahora estaba leyendo el informe que ha llegado esta mañana de Magistratura del Trabajo, donde nos exculpan de cualquier responsabilidad legal y penal, pero aun y así, fue muy fuerte.
Bibi. — Un accidente, ¿quién se accidentó?
María de las Virtudes. — Un pobre desgraciado, que ahora además es manco.
Albert. — No le llames desgraciado, no lo es, sólo que no tuvo suerte.
María de las Virtudes. — Cómo quieras, pues es un pobre desgraciado… —(pausa)— Sin suerte y manco.
Bibi. — ¿Pero se puede saber de quién estáis hablando?
Albert. — De Antonio, por qué se llamaba Antonio, ¿verdad?
María de las Virtudes. — Sí, el pobre desgraciado sin suerte y manco, se llama Antonio, y ahora los amigos seguro que lo llaman, Antonio el manco.
Albert. — ¡Joder Virtudes! Ya vele no crees.
María de las Virtudes. — Albert, que quieres que te diga. Si en España tenemos la curiosa costumbre de ponerle un mote a todos los raritos, pues el de Antonio, está escrito. —(risita)
(María de las Virtudes, cierra su mano derecha, como si se tratara de un muñón, y la mueve al aire)
Bibi. — ¿Y qué le pasó al desgraciado…? —(comienza a hablar, pero se para al ver la incorrección de llamarlo desgraciado)— Bueno, al Antonio ese, ¿qué le paso?
María de las Virtudes. — Básicamente, y sin entrar en detalles escabrosos… ¡qué perdió un brazo!
Bibi. — Gracias María de las Virtudes, tu explicación ha sido clarificadora, en grado sumo.
María de las Virtudes. — ¡Caray guapa, eso de en grado sumo! ¿De dónde lo has sacado, de Sálvame Deluxe?
Bibi. — ¿Tú qué sabrás? —(tono despectivo).
María de las Virtudes. — Pues de ese programa, sinceramente, nada de nada, aunque para eso ya te tenemos a ti, ¿verdad bonita? —(la pregunta la hace con tono despectivo).
Escena 2
(Un joven vestido con ropa de trabajo llama a la puerta y sin esperar la autorización, entra).
Gustavo. — Hola Bibi, he visto tu coche aparcado en la zona de visitantes, y me he imaginado que estarías aquí.
María de las Virtudes. — Lo que digo siempre de ti Gustavito, ¡eres un lince! — (Al terminar su frase suelta una sonrisita o mueca, algo forzada para denotar que se está burlando de su presa) — Lo tuyo es cómo las moscas que aparecen cuando huelen la mierda.
(Bibi se da por aludida por el comentario de María de las Virtudes, y simplemente hace un gesto de cabeza para mostrar su total desprecio).
Bibi. —¿Sabes la última noticia?, hemos ganado el concurso.
Gustavo. — ¿Qué concurso?
María de las Virtudes. — Retiro lo dicho, no eres ningún lince, sigues siendo el mismo lerdo de siempre — (Espeta María de las Virtudes con un tono de voz marcando el desdén hacia Gustavo, éste se la mira y pasa de ella).
Bibi. — No sé lo que os pasa hoy a todos. Parece que nadie se emociona con la noticia.
María de las Virtudes. — A mí no me incluyas, guapita de cara, son las mojamas estas que parece que están más aleladas que de costumbre.
Bibi. — Me refiero al concurso ese al que nos presentamos hace semanas ¿Es qué no te acuerdas Albert?
Albert. — Sí, lo recuerdo perfectamente, y la verdad es qué no comprendo que hayamos podido ganar, además ahora tengo mucho lío en la cabeza, así que no estoy para concursos, ni concursas.
Bibi. — Pues acaban de anunciar los ganadores, y hemos ganado, ¡créetelo!
María de las Virtudes. — Yo tampoco comprendo cómo es posible que hayamos ganado nosotros de entre más de doscientas cincuenta empresas que se presentaron de Europa, América, Asia, ¡e incluso varias de África!
Bibi. — Pues está más que claro, ¿o es que no lo ves guapa? Hemos ganado porqué, pues porqué, bueno pues… bueno, hemos ganado, y punto.
(Albert que está sentado en su silla, pone una cara cómo si la divina providencia le hubiera iluminado con una visión, es como si de golpe lo viera todo claro, y en ese momento espeta).
Albert. — Bibi, ¿me estás diciendo qué hemos ganado por…? Vamos, ¿no me estarás diciendo que nos han dado el premio por qué hemos…?
(Albert no sabe cómo plantear el tema, Bibi al ver por dónde va, dice).
Bibi. — ¡No, claro qué no! Yo no te digo nada de eso…
Gustavo. — Perdonad chicos, pero me he perdido, qué es lo que se supone que nos está diciendo Bibi. Está claro que vosotros sabéis de qué estáis hablando, pero el resto de los presentes en este despacho no tenemos ni pajolera idea de lo que queréis decir.
María de las Virtudes. — Chico, es que no te enteras de nada.
Gustavo. — ¿De qué no me entero?
Bibi. — (Pregunta Bibi dirigiéndose a Albert, pasando de Gustavo) —¿Entonces?
Albert. — Simplemente es que no lo entiendo cómo es posible que hayamos ganado. El problema es que ahora tendremos que hacer toda una campaña de Marketing y Publicidad, y programarlo todo.
Bibi. — ¡Exacto, y por esto he venido! Estoy aquí para ayudaros.
Gustavo. — Debo de ser transparente, o algo así. Me puede explicar alguien, ¿qué es lo que nos está diciendo Bibi?
María de las Virtudes. — Confirmado, lerdo, lerdo —(dice con tono de burla)— ¡Pues qué ha habido tongo!
Gustavo. — ¡Tongo! —(exclama)— Pero, ¿cómo puede haber tongo en un concurso?
María de las Virtudes. — Lo que yo digo Gustavito, además de lerdo, cortito. Vamos a ver hijo, tú te crees que los concursos esos de niñas monas, gana siempre la mejor, o en Eurovisión gana la mejor canción, ¡pues aquí ha pasado lo mismo!
Gustavo. — ¿Estás diciendo que hemos comprado el premio?
María de las Virtudes. — Eso seguro qué no, sino me hubiera enterado, ya que, de la caja no ha salido ni una peseta.
Bibi. — Mira que llegas a ser arcaica, todavía hablando de pesetas. ¡Pues no hace años ni nada que dejaron de usarse!
Albert. —¡No ha habido tongo! Aquí nadie ha pagado nada para ganar el concurso.
(Bibi carraspea de forma ostensible, con la intención de llamar la atención de los presentes, y todos se dan por aludidos y la miran).
Albert. — ¡Bibi!
Bibi. — Albert
Albert. — (Albert sube el tono de voz, casi gritando) — ¡Bibi!
Bibi. — ¿Albert?
Albert. — Bibi, no habrás hecho lo que me temo que has hecho.
Bibi. — Albert, me temo que sí he hecho lo que tú te temes que he hecho, suponiendo que tú te temas lo que realmente he hecho.
Gustavo. — Ya estamos con los acertijos. Podéis hablar en cristiano. ¿Se puede saber qué habéis hecho?
(María de las Virtudes se acerca a Gustavo, y se pone justo a su lado acercando su boca a la oreja de éste, como quién le quiere decir un secreto a otra persona para que nadie más se entere. Él al verlo, pone la oreja para poder escuchar lo que aparentemente le va a decir en voz baja).
María de las Virtudes. — ¡Soborno! —(le grita a Gustavo, y después se aleja de éste)— Hemos comprado el premio. El problema Albert es que no sé cómo lo vamos a pagar, ahora nuestra caja B, parece más bien una caja V.
(María de las Virtudes, al ver que nadie pilla su chistecito de la B y la V, dice)
María de las Virtudes. — V de vacía. Qué, por cierto, lo de caja B, debería ser Caja N, de dinero negro, aunque tampoco sé por qué se le llama dinero negro al dinero que no se declara a Hacienda, tal vez porqué los negros están todos muy buenos, y son muy apetecibles. Tal vez debería ser dinero S, de sucio, aunque bien visto, el dinero no es sucio por no haber pagado los impuestos, así que lo mejor sería llamarlo dinero A…
Albert. — Por favor, María de las Virtudes, no nos recites el abecedario.
María de las Virtudes. — En fin, después de que pagaras las reformas del piso que te has comprado, y otros gastos varios, como el todo terreno, y tus vacaciones a todo plan el verano pasado, digamos que la caja B, está V de vacía, o P de pelada.
Bibi. — Tranquilos, no hay que pagar nada.
María de las Virtudes. — ¡Caray! La rubia de bote lo ha pagado de su bolsillo.
Bibi. — No, no es eso.
María de las Virtudes. — ¡Ya decía yo! Las sanguijuelas nunca dan, sólo chupan.
Albert. — ¿Y cuánto nos va a costar?
Bibi. —Cuánto, no, sino, qué.
Albert. — ¿A qué te refieres con qué?
Bibi. — Un coche.
Albert. — ¡Un coche! — (exclama) — Eso no es qué, es cuánto.
Bibi. —¡No! Eso no es cuánto, es qué, y el qué, ¡es un coche!
María de las Virtudes. — Déjalo Albert, es imposible explicarle a alguien que se cree que la leche sale de los Tetrabrik, porqué un coche no es qué, sino cuánto.
Bibi. — Lo de la leche, no ha tenido ninguna gracia. Hace tiempo cuando lo dije, era para hacer un chiste.
María de las Virtudes. — Sí claro, lo que tu digas.
Gustavo. — ¡Joder, sí que hemos caído bajo! Ahora sobornamos a jurados de concursos.
María de las Virtudes. — Albert, no creo que ni tu padre, ni tu abuelo, ni tus antepasados vieran con buenos ojos que hayas sobornado al jurado para ganar el concurso.
Albert. — ¡Qué yo no he sobornado a nadie! ¡Por quién me habéis tomado! Además, me acabo de enterar ahora mismo qué nos habíamos presentado al concurso ese.
Bibi. — Te lo comenté hace semanas.
Gustavo. —¡Qué concurso! Me puede explicar alguien, ¿qué concurso hemos ganado?
Albert. — Sí, lo sé, recuerdo que me lo comentaste, pero también recuerdo que te dije que no lo tenía nada claro si debíamos presentarnos, ya que no tenemos ningún producto nuevo para presentar.
Gustavo. — Hola, estoy aquí —(mueve los dos brazos, a modo de saludo para que se fijen en él) — ¿Alguien puede responder a mí pregunta?
María de las Virtudes. —Entonces, coche aparte, ¿hemos ganado por ser los mejores? — (utiliza su habitual tono de burla, y termina la frase con su risita habitual).
(Se produce un silencio en el despacho)
María de las Virtudes. — Albert, dime la verdad, cómo secretaria primero de tu abuelo, luego de tu padre, y ahora tuya, creo que tengo derecho a saberlo, ¿tú sabías algo?
Bibi. — Joder guapa, tú llevas en esta empresa desde la época de los Reyes Católicos.
Albert. — María de las Virtudes, créeme que yo quiero lo mejor para la empresa, pero jamás se me ocurriría sobornar a nadie, y, además, ¿a quién? Pero si ni siquiera sabía que nos habíamos presentado.
Gustavo. — Si sirve de algo, yo tampoco lo sabía, bueno, por no saber, no sé de qué diantres estáis hablando.
Escena 3
Mientras Gustavo habla, un joven entra en el despacho de Albert sin molestarse en llamar a la puerta.
Lolo. — Felicidades Albert, hemos ganado.
Albert. — Gracias Lolo.
Lolo. — Hemos arrasado con el primer premio, ¡somos los mejores!
Albert. — Sí, y la verdad es que no lo comprendo.
Lolo. — ¿El qué no comprendes?
Albert. — Pues eso, que hayamos ganado.
Lolo. —Pues está claro, ¡somos los mejores! — (exclama)
Albert. — Ya Lolo, eso ya lo has dicho, pero lo que no entiendo cómo es posible que hayamos ganado.
María de las Virtudes. — Pues la rubia de bote, te lo ha dejado muy claro, y la respuesta tiene cuatro ruedas.
Albert. — Eso me ha quedado claro, pero lo que no comprendo, por mucho coche que tengamos que regalar, ¿cuál de nuestros productos ha resultado premiado?
(Silencio en el despacho. Al ver que nadie responde, Albert insiste).
Albert. — ¿Se puede saber qué productos hemos presentado al concurso? No sé Bibi, por lo menos tú lo debes saber.
Lolo. — Obvio.
Albert. — ¿Obvio el qué?
Lolo. — Obvio.
Albert. — No me jodas Lolo, y déjate de bobadas de obvios.
Lolo. — Joder Albert, no seas tan roñoso con tus muestras de alegría, no entiendo por qué no estás contento.
Albert. — Obvio — (dice Albert imitando el tono de voz algo pijo y pedante de Lolo) — Pues por qué no sabía que se hubiera fabricado ningún embutido especial para presentarlo en el concurso ese, ¿te parece eso suficientemente obvio?
Lolo. — Ya sé que no fabricaste nada, por eso me tuve que encargar yo mismo de solucionar el problema, y lo fabriqué yo.
Albert. — ¿Qué hiciste qué?
Lolo. — Hace unas semanas, era el último día que teníamos para enviar nuestras propuestas de embutidos a los premios, Meat Sausage Awards, y ese día os largasteis todos al hospital por no sé qué problema hubo en la fábrica, y como Bibi no paraba de atosigarme de qué teníamos que presentarnos, y que teníamos que enviar algo nuevo, y rompedor, por esto, aquella tarde tuve que hacer yo los embutidos que enviamos al concurso, y no veas, además salieron por mensajero urgente a las tantas de la tarde, y poco más y no nos los aceptan, suerte que Bibi convenció a uno del jurado para que dejara entrar en el concurso a nuestros embutidos.
María de las Virtudes. — Bibi no convenció a nadie, bueno si por convencer, te refieres a regalarle un coche al tío ese, entonces, ¡sí que convenció al del jurado!
Gustavo. — Lolo, sólo una pregunta, ¿de dónde sacaste la carne para hacerlos?
Lolo. — De la máquina nueva esa que comprasteis, qué, por cierto, menuda forma de tirar el dinero, sólo funcionó un día, y aun suerte, ya que, gracias a ella, hemos ganado.
Gustavo. —¡No me jodas Lolo! Usaste la carne que había picada en la máquina.
Lolo. — Cuál sino crees que usé.
Albert. — ¿Sí, o no?
Lolo. — (Se intenta hacer el graciosillo) — Adivina…
Albert. — ¡Joder Lolo! ¿Sí, o no?
Lolo. —¡Coño, sí! — (exclama Lolo) — ¿Se puede saber qué te pasa?
(Albert mira fijamente a Gustavo, y éste en un gesto de complicidad al comprender lo que le quiere decir, dice).
Gustavo. — No.
Lolo. — (Lolo sin entender nada, y al sentirse excluido de la conversación, dice) — ¡No! ¿No qué?
Gustavo. — ¿A qué jode no saber de qué están hablando los demás?
Lolo. — Déjate de tonterías.
Gustavo. — Albert me ha preguntado sí limpié la máquina, y tiré la carne que contenía.
Lolo. — Qué Albert te ha preguntado, ¿qué? Yo no he escuchado nada, además qué problema hay con esa máquina.
Albert. — ¿Lolo, me estás diciendo que cogiste la carne que había dentro de la máquina nueva, e hiciste los embutidos que enviaste al concurso, sin tener mí autorización, ni ningún control sanitario?
Lolo. — Sí —(mueve la cabeza enfatizando su respuesta afirmativa).
Gustavo. — ¿Cogiste la carne que había, sin saber qué tipo era, y sin realizarle los pertinentes análisis de sanidad?
Lolo. — Sí —(vuelve a mover la cabeza, esta vez de forma exagerada, para enfatizar más si cabe, su, sí)
Gustavo. — ¿No te enteraste que ese día el técnico que vino a instalar la máquina perdió un brazo?
Lolo. — Sí algo oí, pero eso qué tiene que ver con el embutido…
(Lolo no termina de decir la frase, cuando cae en la cuenta del pequeño detalle, y dice cambiando el tono de voz).
Lolo. — Me estáis diciendo que el desgraciado ese, perdió el brazo en esa máquina, y que los embutidos que envié al concurso estaban hechos con carne del brazo de ese desgraciado.
(Gustavo y Albert mueven al unísono la cabeza como antes había hecho Lolo para enfatizar un sí).
María de las Virtudes. — Antonio.
Lolo. — ¿Qué?
María de las Virtudes. — El desgraciado del que hablas, se llama Antonio, por lo que los embutidos que enviaste, llevan carne del brazo de Antonio.
Gustavo. — ¿Y ahora qué hacemos?
Bibi. — Visto lo visto, y oído lo oído, tenemos que retirarnos del concurso, aunque el coche cae igual, que yo ya me he comprometido.
María de las Virtudes. — ¡Eso nunca!
Bibi. — ¿Cómo qué eso nunca? El coche lo tenemos que regalar, sí o sí. Me va mi palabra en ello.
María de las Virtudes. — ¡Tú coche me importa un carajo!
Albert. — María de las Virtudes, entonces ¿qué has querido decir con eso nunca? Pero es que no has escuchado a Lolo, los embutidos que enviamos al concurso contenían carne humana.
María de las Virtudes. — Sí, eso lo he entendido perfectamente, pero lo que no entiendes es que el concurso, obliga a fabricar suficiente embutido como para suministrar producto durante todo un año a las principales cadenas de distribución de Europa y América, incluido Estados Unidos, y que sí no suministramos el mismo producto, con las mismas calidades e ingredientes, seremos, no sólo descalificados, sino que tendremos que pagar una multa multimillonaria de diez millones de dólares.
Gustavo. — Pues entonces está claro que nos retiramos.
María de las Virtudes. — Gustavito, ¿qué parte de, multa multimillonaria de diez millones de dólares, no has comprendido?
Bibi. — Si nos retiramos ahora, no tendremos que fabricar nada.
María de las Virtudes. — Guapita cara, por un casual, tú te leíste el contrato y todas las cláusulas del concurso cuando te presentaste en nuestro nombre.
(La cara de Bibi, evidencia la respuesta que María de las Virtudes se imagina, y es que Bibi, lo de leer lo lleva cuesta arriba).
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