Kitabı oku: «Mil máscaras»
Siglo XXI / Ciencias sociales
Paolo Mossetti
Mil máscaras
La deriva del nacionalpopulismo italiano
Traducción: Juan González-Castelao

En 2018 Italia se convierte en el primer país que, siendo uno de los fundadores de la Unión Europea, es gobernado por una coalición nacionalpopulista formada por un partido fundado por un cómico y otro que abandonaba sus raíces secesionistas por un nacionalismo oportunista. Para llegar al gobierno, fomentaron la crispación social y explotaron la erosión de las instituciones. ¿Cómo debemos interpretar esta deriva nacionalpopulista que se está expandiendo al resto de Occidente?
Paolo Mossetti, ensayista y analista político, en este magnífico relato de los últimos cuarenta años de la historia de Italia hasta la pandemia de la covid-19, nos muestra cómo la política italiana se ha transformado en un aberrante carnaval. Los discursos y debates, así como los problemas a los que se enfrenta la sociedad, son mil máscaras que escamotean la realidad, que disfrazan la profunda crisis que amenaza con arrasar los cimientos de la democracia liberal.
«Un gobierno nacionalpopulista como síntoma de una enfermedad: la descomposición de la democracia europea. Populismo zigzagueante, con el que las elites italianas acuerdan, que alimenta el resentimiento general y que mueve a la izquierda a repensarse y quizá enmascararse. Todas las buenas trampas, y el neopopulismo lo es, tienen parte de verdad.»
JUAN CARLOS MONEDERO
«Paolo Mossetti es uno de los mejores y más agudos comentaristas políticos en Italia. Este libro confirma su reputación, ofreciendo una magnífica historia de las tendencias políticas del presente y una advertencia de hacia dónde pueden llevarnos en el futuro. El debate intelectual español acaba de adquirir una nueva y fundamental voz.»
FEDERICO CAMPAGNA
Paolo Mossetti, experto en historia italiana del siglo xx y analista especializado en política, es un periodista y ensayista que ha trabajado en el sector editorial en Nápoles, Londres y Nueva York. Colaborador habitual en medios como N + 1, Le Grand Continent o las ediciones italianas de Esquire, Forbes y Wired, escribe sobre cuestiones económicas y conflictos políticos.
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RAG
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© Paolo Mossetti, 2021
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2021
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-2017-0
A mi madre, a mi hermana y a mi padre, que nos sigue con su mirada.
Parla dell’amore che bisogna spezzare e mangiare.
Comanda che tempo non c’è, che per sempre
tutto se non si vince ritornerà.
Di’ come ci hanno uccisi e i nomi dei nemici.
Tenta di persuadere. Pretendi. Interroga.
Habla del amor que hace falta despedazar y tragar.
Exige que tiempo no hay, que para siempre
todo si no se supera volverá.
Di cómo nos han matado y los nombres de los enemigos.
Intenta persuadir. Exige. Interroga[1].
Franco Fortini
[1] Traducción propia [N. del T.].
PRÓLOGO Y AGRADECIMIENTOS
Italia es el primer país de Europa occidental en ser gobernado por partidos que se declararon abiertamente «antisistema». A este récord se ha añadido luego otro: después de 14 meses, uno de esos dos partidos ha sido enviado de vuelta a la oposición, mientras que el otro se ha convertido en garante perfecto del mismo sistema que quería echar abajo, aliándose con los enemigos de siempre.
Esta sucesión de acontecimientos, inimaginable hasta hace pocos años, ofrece oportunidades sin precedentes a los politólogos, historiadores y simples apasionados de las cosas de este mundo: por un lado, estudiar de cerca una alteración de equilibrios políticos consolidados resuelto, aparentemente, con una contención; por otro lado, observar la crisis italiana como manifestación más confusa de una crisis general de las democracias liberales de Occidente. No obstante, la singularidad del caos italiano radica también en sus proporciones: un país de 61.000.000 de habitantes, en una posición geopolítica prominente, que plantea un riesgo objetivo para la estabilidad de toda la Eurozona.
Sin embargo, no se reflexiona lo suficiente sobre estos acontecimientos y lo que se escribe sobre ellos, especialmente en Italia, casi siempre está viciado por prejuicios, por el interés de los autores en posicionarse estratégicamente en la división existente, o por una perspectiva demasiado limitada a los aspectos más extremos del fenómeno populista, como el estilo y la propaganda que emplea o sus financiadores.
No es este el método que voy a seguir. Mi idea de fondo es que el nacionalpopulismo italiano es un síntoma de heridas profundas y no va a desparecer con facilidad, sean cuales sean los partidos y las alianzas políticas que lo representen en el Parlamento. Para comprender realmente este fenómeno trataré de explicar no solo su método, sino también las personas que atrae, sus aspiraciones, las tendencias a largo plazo que les mueven, sin que ello agote el tema en sí.
Quien escribe proviene de una educación humanista y económica, lo cual en sí puede parecer una contradicción, y está convencido al modo keynesiano de que un economista discreto debe ser a un tiempo y en cierta medida matemático, historiador, político y filósofo, capaz de «descifrar símbolos y usar palabras; debe poder remontarse de lo particular a lo general y poder pasar de lo abstracto a lo concreto en el proceso mental mismo; debe poder estudiar el presente a la luz del pasado, para los objetivos del futuro»[1].
En el último año y medio este libro ha tomado cuerpo principalmente gracias a las amplias discusiones sobre populismo con personas muy valiosas. Enumerarlos a todos sería imposible, pero siento que tengo que expresar mi agradecimiento en particular a Viola Carofalo, Lorenzo Castellani, Thomas Fazi, Alex Foti, Andrea Genovese, Paolo Gerbaudo, Gilles Gressani, Alessio Koulionis, Samuele Mazzolini, Christian Raimo, Raffaele Alberto Ventura y Alessandro Volpi. Por haber reanimado mi pasión por la escritura en años difíciles tengo que culpar a Elisa Cuter, Matteo De Giuli, Dario De Marco, Giulia Blasi, Mark Krotov, Alessandra Lanza, Valerio Mattioli, Francesco Pacifico, Davide Piacenza, Stefano Piri, Richard Seymour, Timothy Small y los demás redactores que han requerido mi trabajo estos años.
Por último, me gustaría dar las gracias aquí a mi editor, Tomás Rodríguez, que fue quien tuvo la idea del libro; a mi amigo fraterno Federico Campagna, por devolverme el estusiasmo en tiempos difíciles; y a Ceren Demirağaç, por haberme aguantado en la última fase de escritura.
La responsabilidad de todos los accidentes del camino es solo mía.
Nota del traductor
Se han traducido los títulos de los numerosos artículos de prensa citados en las notas a pie de página y aparecen, entre corchetes, justo detrás de aquellos. En una época en la que cada vez son más accesibles las herramientas de traducción de internet, aunque el lector no sepa italiano o inglés, hemos considerado que pueda estar interesado en acceder a algunos de los enlaces proporcionados por el autor, una vez que conozca el título del artículo.
El traductor desea agradecer al autor su colaboración en la precisión de algunas cuestiones del texto, así como al periodista Nacho Montserrat y al filólogo Davide Termine por su amable disponibilidad a la hora de contrastar terminología especializada.
[1] Marshall, A., «1842-1924», The Economic Journal 34, n.º 135 (sep., 1924), pp. 321-322; cit. en M. N. Gregory, Principi di economia, Zanichelli, Bolonia, 2004.
INTRODUCCIÓN
Entre la primavera de 2018 y la de 2020 Italia se convierte en un laboratorio de múltiples crisis que penetran unas en otras de forma compleja y en gran medida impredecibles: médicas, económicas, políticas y epistémicas. Las desencadenan con fuerza dos terremotos. El primero se produce en mayo de 2018, cuando Italia se convierte en el primer país de Europa occidental en ser gobernado por una mayoría populista. A continuación, en febrero de 2020, Italia se convierte en el país del mundo con más infecciones y muertes por coronavirus en todo el mundo, aparte de China.
En el debate público que recorre ambos acontecimientos se describe a menudo la pandemia de covid-19 como una oportunidad. Según algunos es precisamente una oportunidad para la renovación de un sentido de comunidad que, con el tiempo, podría corregir algunas de las distorsiones más oprobiosas de la sociedad que han llevado a la explosión populista. Para otros, en cambio, es una oportunidad para que las elites repriman, de una vez por todas, cualquier intento de recuperación, de reconquista, de las clases más humildes, con la excusa –o incluso la planificación sobre la mesa– de una catástrofe sanitaria que, después de todo, no iba a ser tan grave.
Este libro nace de la convicción de que la condición de Italia como laboratorio de crisis no debe interpretarse como una anomalía, y de que el shock que comenzó en 2018 y continuó hasta convertirse en un estado de emergencia surrealista y semipermanente –con millones de personas (que habían perdido ya la confianza en las instituciones hacía ya mucho tiempo) sometidas a severas restricciones personales– no es nada más que el término final de tendencias que ha tenido el país durante décadas, así como de profundos estertores en su interior, que muchos, incluido quien escribe estas líneas, no quisieron (o supieron) anticipar en el momento apropiado para hacerlo.
Hasta el punto de que la miopía de muchos comentaristas se había convertido en un shock ya el 4 de marzo de 2018: cuando el Movimento 5 Stelle (Movimiento 5 Estrellas; de ahora en adelante M5S), partido «nacido» en el blog de un comediante de 60 años en 2008, y la Lega Nord (Liga del Norte), partido regionalista que se había convertido en nacionalista desde hacía cinco años, por lo menos, habían obtenido el voto de casi uno de cada dos italianos en las elecciones generales. Haciendo añicos la hipótesis de una Große Koalition (Gran Coalición) entre centro-derecha y centro-izquierda (solución predicha por la mayoría de los analistas políticos), estos dos partidos, que siempre habían sido vistos como extremistas y outsiders, foráneos, siempre adversarios entre sí, deciden después de meses de negociaciones intentar una alianza surrealista entre ellos. Así nació el gobierno «giallo-verde» («amarillo-verde»), llamado así por el color símbolo de los dos vencedores morales de la ronda electoral.
No obstante, lo que entra en declive después de casi un cuarto de siglo, por encima de todo, es toda una estructura política de forma bipolar y conocida informalmente con el nombre de «Segunda República», que había resistido desde el terremoto judicial de principios de la década de los noventa y pasando por la crisis financiera de 2008, sin convencer nunca a los italianos. Ahora es sustituida por una especie de «interregno» en el que tienen lugar «los fenómenos morbosos más variados» de los que hablaría Antonio Gramsci, entre indicios de pánico por parte de los liberales y la izquierda, y repentinos cambios de chaqueta[1]. Ya desde el momento de su formación está claro que no va a ser un gobierno como cualquier otro: el gabinete está compuesto en una mitad por exponentes populistas muy puros, que actúan como elementos de perturbación con respecto al pasado, y en otra mitad por tecnócratas clásicos, que actúan como elementos de estabilidad. Y hay un profesor de derecho desconocido, Giuseppe Conte, nombrado primer ministro. Nadie lo conoce, y para muchos va a ser un títere sin el peso de los verdaderos líderes, los principales candidatos y secretarios del M5S y de la Lega, Luigi Di Maio y Matteo Salvini. El «contrato de gobierno» que proponen estas fuerzas parece ser una difícil síntesis de las prioridades de los segmentos que votan a esos partidos: promesas de represión, derogación de las leyes buscadas por los liberales que han hecho que la economía sea demasiado flexible, amnistías, e incluso la hipótesis de la salida del euro. No es una mezcla creíble, pero refleja los deseos de los votantes.
¿Cómo se llegó a esto? La respuesta más cómoda para la parte perdedora es que los populistas italianos ganaron las elecciones dando prioridad al «sentido común» y a los instintos más bajos de la nación, prometiendo dar voz a un pueblo que siente que ha sido descuidado y menospreciado por la elite. En el banquillo de los acusados de los italianos que se constituyeron como una «masa de reacción» contra el viejo sistema estaban los dos polos cardinales de la bipolaridad: por un lado, el de centro-derecha que giraba en torno a Forza Italia (FI), el partido «personal» de Silvio Berlusconi, formado por liberales demasiado centrados en defender los burdos intereses de su líder político y empresario en lugar de las necesidades de la panza italiana; pero, por otro lado, los populistas veían de forma aún más negativa al polo de centro-izquierda, centrado en torno al Partido Democrático (PD), constituido en 2007 por una clase dominante que en parte había crecido en el antiguo Partido Comunista Italiano (PCI) y provenía en parte de círculos católicos o liberales de centro.
Aunque no ganó claramente ninguna elección desde 2006, es decir, desde el año anterior a su nacimiento, este último partido, que nunca logró convertirse en serenamente socialdemócrata y, sin embargo, muy fuerte en los centros históricos, entre las clases educadas y la tercera edad, logró entrar en coaliciones de gobierno que han gobernado Italia casi continuamente desde 2011 hasta 2018. Esto significó acompañarla en algunas de las fases más dramáticas de su historia reciente, en los años posteriores al choque de 2008 y los de la reacción de las estructuras de poder de Bruselas (en la llamada crisis de la deuda soberana), pasando por una crisis migratoria sin precedentes en Europa desde el final de la Guerra Fría. El PD es, sobre todo, a los ojos de los italianos más afectados por la crisis, el partido que junto con FI ha respaldado las medidas de austeridad aplicadas por el gobierno tecnocrático Monti en el bienio 2011-2013 (entre las cuales figuran la subida de los impuestos, de la edad la jubilación y de la precarización laboral en un país que ha crecido poco o nada desde hace veinte años) y, mientras tanto, ha hecho posible el desembarco de cientos de miles de inmigrantes irregulares.
Gracias a estas acusaciones, a la vez económicas y culturales, el PD ha experimentado un progresivo recorrido de distanciamiento con respecto a la moderación y el europeísmo de muchos de sus votantes, que además habían visto en toda la «Segunda República» una sucesión de gobiernos entre bloques dominados por «berlusconianos» y «antiberlusconianos» sin que se produjese ningún tipo de ruptura radical. En esta falsa alternancia los populistas adivinaron la crisis de la democracia real y en 2018 están trasvasando un número impresionante de votantes desde los partidos tradicionales, convenciéndoles de que finalmente es posible una verdadera dislocación de las relaciones de poder.
No fue exactamente así, y tanto la burocracia europea como la presidencia de la República, y sobre todo la renuencia de la mayoría a romper del todo con Bruselas, han mantenido a raya las tentaciones más beligerantes de los recién llegados. Sin embargo tomó fuerza con rapidez, en la oposición en su conjunto, una lectura decididamente alarmista del colapso de las democracias liberales, con la sombra de un nuevo tipo de autoritarismo que se cernía sobre Italia. Las preocupaciones tienen cierto fundamento, a partir del plan de estudios xenófobo e iliberal de la Lega, de los lazos oscuros que este partido ha tendido desde hace tiempo con algunos oligarcas rusos, del deseo de superar la democracia parlamentaria expresado en varias ocasiones por el propietario de la plataforma de internet del M5S, o del coqueteo entre Salvini y varios grupos cercanos al neofascismo. Por esta razón, en muchos casos la prensa progresista todavía asocia a los populistas con las manifestaciones populistas originarias (y bastante evanescentes) de finales del siglo xix o de la posguerra, como el llamado «poujadismo» en Francia o el «Uomo Qualunque» («Hombre Común»[2]) en Italia; espacios políticos para inadaptados y provincianos, destinados a reducirse a la primera dificultad. Sin embargo, en algunas circunstancias parece justificada la ecuación entre populismo y extrema derecha, o incluso entre populismo y fascismo.
Pero estas correspondencias solo resultan eficaces si se juzga la forma del populismo, más que los contenidos de este, y si se limita la observación al fenómeno analizando solo Italia y en el corto plazo. El capítulo I del libro está dedicado enteramente a los protagonistas de esta historia, los partidos políticos que mejor encarnan la ola populista. La base ideológica del M5S y de la Lega tiene que ver con antiguas heridas, pero al mismo tiempo es transmitida por una estructura organizativa original, distinta de los ilustres precedentes del populismo, capaz de adaptarse al momento actual de revuelta contra los expertos certificados de todo el mundo y a las especificidades italianas. Son dos partidos, M5S y Lega, cuyas «partículas» vienen de lejos pero cambian de forma decisiva, especialmente en el último lustro, adaptando su «oferta» a un contexto en el que parecen haber desaparecido las diferencias sustanciales entre los partidos políticos establecidos y la política ha decidido delegar en instituciones aparentemente neutrales la tarea de reducir las ambiciones de la burguesía. Esto ha convertido a Italia en el primer caso en el mundo de país conducido por un partido nacido en un blog y por un partido que en nueve décimas partes de su historia había sido ferozmente regionalista e incluso separatista.
Siguiendo los trabajos que han visto ya la luz en los últimos meses, creo que el término más adecuado para describir esta síntesis, a veces inquietante, no es ni extrema derecha ni fascismo, sino «nacionalpopulismo». Esto se debe a que la fuerte sacudida telúrica que socava los cimientos de la bipolaridad de la última década del siglo xx y la primera del xxi contiene, por primera vez en proporciones decisivas, elementos agresivamente nacionalistas y elementos de extrema derecha (concentrados principalmente en la Lega) y otros puramente populistas, especialmente por lo que respecta al M5S, que parece seguir a la opinión pública dondequiera que vaya, sin procurarse una coherencia interna.
El principal problema es que gran parte de lo que se escribe sobre el nacionalpopulismo adopta un punto de vista declaradamente hostil. E, incluso cuando está justificado por la realidad de los hechos, termina muchas veces obstaculizando significativamente la comprensión del fenómeno. Quizá también debido al hecho de que la nueva estructura política está aparentemente orientada por completo a darle la vuelta a la anterior, con demasiada frecuencia los escritos críticos terminan concentrándose en lo que los nacionalpopulistas amenazan con hacer en lugar de lo que hacen o quiénes son en realidad. De este modo, los liberales y la galaxia de las izquierdas terminan pintando a los nacionalpopulistas como un bloque tetragonal, sin darse cuenta de que el electorado que vota para derrocar la democracia liberal está formado por segmentos diversos, unos más intransigentes y radicalizados, otros más moderados y maleables.
Estos grupos tienen muchas aspiraciones en común y una visión bastante similar de la sociedad. Están convencidos, por ejemplo, de que el papel de la mujer en Occidente en las últimas décadas se ha deteriorado, que el movimiento de la «contestación», de la protesta, de los años sesenta ha hecho más daño que bien, que el islam representa un peligro para la civilización y que la inmigración trae más problemas que ventajas. Pero al mismo tiempo son grupos representativos de intereses y estilos de vida que también son muy diferentes entre sí.
Este libro no pretende romantizar o suavizar las tensiones que mueven a estos segmentos, pero se basa en la creencia de que con algunos de ellos sería útil poder entrar en conversación: de ello resultaría, creo, una comprensión mucho más rica y articulada de sus proyectos que el actual.
20, 30 y 40 años atrás
Analizando el «lado de la oferta» de los partidos nacionalpopulistas habremos abordado solo una parte de la cuestión de cómo fue posible, pero para comprender el significado de este terremoto debemos dar un paso atrás y observar las profundas tendencias a largo plazo que han remodelado la sociedad italiana en los últimos cuarenta años. La génesis del nacionalpopulismo se desarrolla a lo largo de tres vías, a veces superpuestas, que se desarrollarán en el capítulo II. Los primeros indicios de la primera vía se remontan a finales de los noventa y principios de la década de 2000, con la entrada de Italia en el euro, la decisión de la centro-izquierda de apoyar la intervención de la OTAN en la desaparecida Yugoslavia y el derrumbe de las Torres Gemelas. Esos acontecimientos coinciden con el comienzo de veinte años de laceraciones en casi todos los aspectos de la vida nacional, también por causas no vinculadas únicamente a esos eventos: desde las aspiraciones de estabilidad de la clase media hasta la ocupación general; desde los ideales del multiculturalismo hasta los de utopía proeuropea. Son veinte años que inspiran más directamente que otros las elecciones estratégicas y los lemas del nacionalpopulismo actual, y por la fuerza de las circunstancias significa que los jóvenes son decididamente seducidos por ellos. Pero, además de la destrucción de estos años, hay más cosas.
Para la segunda vía de la crisis italiana, la de la despolitización colectiva en relación con una serie de entidades fundamentales de la vida pública, podemos remontarnos a los años a caballo de la caída del Muro de Berlín, que arroja a los comunistas a un abismo existencial del cual no se han recuperado aún completamente, al comienzo casi contemporáneo del escándalo político más grave en la historia de Italia, con toda la clase política de sello centrista y socialista acusada de ser estructuralmente corrupta e inadecuada para dirigir el país. La condena, sin apelación posible, que vendrá después afectará también de modo determinante al «gran desmantelamiento» de las empresas públicas, que han estado en dificultades financieras durante algún tiempo y se liquidan con un proceso que seguirá vías poco transparentes, acelerado por la ansiedad de tranquilizar a los inversores y las instituciones europeas. Estos son también los años en los que, mientras en Francia estalla el nacionalpopulismo en la variante lepenista, en Italia se abre camino una combinación de movimientos regionalistas y xenófobos que responden al atávico atraso del sur de Italia y que se tomará el nombre de Lega Nord (Liga del Norte).
Profundizando aún más, el proceso de formación nacionalpopulista encuentra sus raíces incluso a finales de los años setenta, cuando quince años de profundos trastornos sociales y económicos, que involucran a la Iglesia y a los partidos políticos, terminan de manera catastrófica, dando paso a un declive de cuarenta años. El milagro económico y las esperanzas reformistas de centro-izquierda habían vuelto a fluir dolorosamente. Con la explosión del movimiento estudiantil y el «otoño caliente», los aparatos del Estado desviados reaccionan con los años sombríos de la «estrategia de tensión», mientras que los movimientos más radicales responden con una ofensiva terrorista sin parangón en Europa. Un armisticio estratégico histórico entre los dos gigantes políticos de la época, la Democrazia Cristiana (Democracia Cristiana [DC]) y el Partido Comunista, se verá condenado al fracaso, dando comienzo a un proceso de decadencia y degeneración de cuarenta años en las instituciones, la clase empresarial y la política. Hay un mundo entero en proceso de derrumbe y las partículas primitivas del populismo italiano se dispersan en las multiformes corrientes de la marginalidad o integrándose completamente en la sociedad. Pero será solo un retiro temporal, que en realidad acumula, entre frustración y desesperación, un resentimiento que más tarde estallará.
Así pues, la historia del populismo italiano no empezó el 4 de marzo de 2018, ni siquiera en el lustro anterior (cuando Lega y M5S adquieren las formas y las peculiarilades que todos conocemos hoy), sino que es el resultado de fracturas de décadas: algunas específicamente italianas, como la gran división entre el norte y el sur o el pesado legado del Partido Comunista más fuerte de Occidente, y otras compartidas con otras democracias en crisis en Europa y el Atlántico, como la volatilidad del electorado, la creciente desconfianza hacia los partidos políticos o la sensación de impotencia de la clase media. Incluso allí donde las diferencias parecen abismales, las reacciones explosivas del laboratorio italiano deberían servir de alarma para aquellos países que se consideran inmunes.
El análisis de Italia ofrece una ventaja significativa: al ser la primera zona de construcción del nacionalpopulismo «en el gobierno» de Europa occidental, puede convertirse en un objeto de estudio con el que realizar evaluaciones empíricas y cuentas precisas, y no solo conjeturas. El capítulo III del libro estará por ello dedicado a los movimientos y disimulaciones de los dos partidos nacionalpopulistas una vez llegados al poder.
Conquistado el Palacio Chigi[3], el M5S y la Lega comenzaron inmediatamente una llamativa tarea de erosión de las normas consolidadas, poniéndose en un rumbo de colisión con la Unión Europea (UE) para abandonar la trayectoria de reducción del déficit que los gobiernos italianos anteriores habían aceptado seguir. Aún más importante fue la imposición de Salvini, como ministro del Interior y vice primer ministro, como la cara más influyente de la alianza y casi el primer ministro de facto, centrando casi toda su acción en la lucha contra la inmigración (clandestina y no clandestina). Mientras tanto, numerosos intelectuales, jóvenes o de trayectoria consolidada, pasaron del centro liberal que antes había sido berlusconiano a este «gobierno de cambio», con una especial predilección por la dureza de Salvini, quien, en el ínterin, se había convertido en uno de los políticos más queridos. Al mismo tiempo, el PD y FI caían a sus mínimos históricos en las encuestas, y a lo más lejos posible de cualquier estrategia de recuperación. Se podía juzgar de muchas maneras, pero el nuevo orden «amarillo-verde» se había convertido en una fuerza que debía tomarse en serio.
A pesar del escepticismo de muchos observadores, que habían previsto una fuga desde los populistas en cuanto apareciesen las primeras dificultades, más de uno de cada dos italianos transcurrido más de un año de las elecciones generales apoyaba todavía la actuación del gobierno. Sin embargo, pronto se habían vuelto del revés las relaciones en la alianza: la Lega, insistiendo en el tema de la inmigración y la seguridad y mostrándose como el lado pragmático de la pareja, duplicó su aprobación, mientras que el M5S, centrado en la lucha contra la pobreza y en los costes de la política, cayó al tercer lugar entre los partidos más votados en los últimos comicios europeos, por detrás de la Lega y el PD.
El modelo de partido-cruzada, contenedor vacío de las instancias más diversas, que fue durante mucho tiempo el punto fuerte del M5S y le había otorgado un voto de cada tres en 2018, parecía en ese momento todo menos estelar, encerrado en un abrazo pasivo con su aliado, un partido con una fuerte identidad y un orden del día casi monotemático. Con la oposición aún viva pero desarmada, el gobierno estaba siendo arrastrado ahora por una Lega sin frenos, preparada para noquear ya al aliado.
Los historiadores tendrán dificultades para explicar lo que sucedió en el verano de 2019, cuando una serie de golpes de escena dieron completamente la vuelta a esta historia de un modo sorprendente. Todavía a principios de agosto, una mujer alemana de 30 años con rastas, arrestada por haber forzado con el barco de una ONG el bloqueo italiano para poner 42 migrantes a salvo, fue calificada por la derecha y parte de la izquierda como un símbolo de todo lo que el país tenía que destruir: narcisismo patológico, porosidad de las fronteras, obligaciones externas, sustitución étnica. Unas semanas más tarde las prioridades de los comentaristas eran completamente diferentes: Salvini, en un exceso de seguridad en sí mismo debido a las encuestas favorables, deja caer al gobierno creyendo que podía volver a las urnas como dominador indiscutible de la centro-derecha, conquistar una mayoría absoluta y hacer que los italianos le concedan «plenos poderes». Sin embargo, para sorpresa de todos, el M5S realiza una serie de movimientos que le llevarán de vuelta al cauce de los partidos moderados, lejos del aliado de la Lega: primero apoya el nombramiento de la conservadora Ursula Von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea, y luego, cuando el gobierno ya está en crisis, después de unos días de negociaciones, teje un gobierno alternativo con el PD, el enemigo más odiado.