Kitabı oku: «Deja que entre el sol»
Índice de contenido
Prólogo
1. Margot
2. JC
3. Margot
4. JC
5. Margot
6. JC
7. Margot
8. JC
9. Margot
10. JC
11. Margot
12. JC
13. Margot
14. JC
15. Margot
16. JC
17. Margot
18. JC
19. Margot
20. JC
21. Margot
22. JC
23. Margot
24. JC
25. Margot
26. JC
27. Margot
28. JC
29. Margot
30. JC
31. Margot
32. JC
33. Margot
34. JC
35. Margot
36. JC
37. Margot
38. JC
39. Margot
40. JC
41. Margot
42. JC
43. Margot
44. JC
45. Margot
46. JC
47. Margot
48. JC
49. Margot
50. JC
51. Margot
52. JC
53. Margot
54. JC
55. Margot
56. JC
57. Margot
58. JC
59. Margot
60. JC
61. Margot
62. JC
63. Margot
64. JC
65. Margot
66. JC
67. Margot
68. JC
69. Margot
70. JC
Epílogo: Margot
Agradecimientos
Título: Deja que entre el sol
© 2022 Patricia Rodríguez Huertas
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Corrección: Xavier Beltrán
Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
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1.ª edición: febrero 2022
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2022: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
A mi madre.
Prólogo
Springfield, Illinois. 1963 Escuela Católica de Santa Agnes
—¡Póngase en pie, señorita Addams! Necesita que alguien le enseñe disciplina y parece que Dios ha dejado en mis manos esa laboriosa tarea.
No quiso arrastrar la silla, esa era la verdad, pero el chirrido resonó en el aula, y todas las niñas se estremecieron de terror. Era un sonido espantoso y la hermana Ethel lo odiaba.
—Eso le costará un castigo más, señorita Addams. ¡Fuera!
Ni una sola de sus doce compañeras presentes levantó la mirada del pupitre, no mientras ella estuviera allí; no mientras los ojos de la monja la miraran con el brillo de la autoridad.
«Su autoridad». Una que a ella le costaba reconocer.
Le temblaron las piernas y el miedo apenas le permitió dar un paso tras otro sin tambalearse. Le suplicó al crucifijo de la pared que cayera un rayo, que sonara la campana, que alguien viniera a salvarla. Pero su ruego silencioso solo enardeció más a la hermana. Estaba furiosa y la arrastró del brazo con tanta saña que el gemido reverberó en el pasillo.
«No llores, Margot». Si lloraba, estaba perdida.
¿Qué había de terrible en mirar por la ventana? A la hermana Francine no le importaba siempre que hubieran acabado la tarea. Fuera, la primavera se había engalanado de flores y mariposas, y Margot adoraba las mariposas, adoraba verlas revolotear por el jardín y se quedaba embobada imaginando que era una de ellas y que podía ir donde el viento la llevara.
Para la hermana Ethel su actitud constituía una falta muy grave, decía que esos bichos inmundos eran el mal de Lucifer y que Margot iría derechita al infierno por culpa de su atolondrado comportamiento.
—Una criatura de Dios se muestra sumisa y obediente —masculló—, pero a ti te dieron unos ojos demasiado grandes y una curiosidad que solo tienen los siervos del mal.
Para la hermana Ethel todo lo que no era de su agrado se consideraba pecado, y las niñas, cuya mente resultaba fácilmente impresionable, creían en su visión como si fuera una verdad absoluta. Pero ¿qué había de malo en mirar el vuelo de las mariposas? ¿Qué había de malo en ser como ella? Dios la había hecho así, con la mirada despierta y la cara redonda, con ganas de cerrar los ojos al recibir los rayos del sol. Soñadora, parlanchina, enamorada de la vida…
Solo era una niña de siete años.
La segunda vez que la hermana Ethel la sorprendió mirando a través de los cristales del aula decidió imponerle un castigo ejemplar. Y con «ejemplar» quería decir que sería algo que no olvidaría jamás, ni Margot ni ninguna de las otras criaturas que se habían convertido en estatuas mientras abandonaban el aula.
Margot tropezó con los adoquines y se cayó de bruces, pero eso no detuvo a la hermana Ethel. La vara de madera, que era una prolongación natural de su mano, asomó entre los pliegues del hábito como una amenaza de lo que le esperaba si no se ponía de pie y continuaba andando. La madre Mary le había prohibido pegar a las alumnas, pero todas habían visto cómo lo hacía con las más pequeñas cuando no obedecían sus estúpidas normas de comportamiento.
—¿Necesita usted que la ayude a caminar, señorita Addams? —preguntó con una ceja levantada.
—No, hermana.
Margot se sacudió las magulladuras de las rodillas y se apresuró tras la monja. No se quejó al sentir el roce del calcetín sobre la herida que se había hecho, pero sí ahogó un gemido al ver el rumbo que tomaba la hermana Ethel.
«A la cueva de la capilla no, por favor. Allí no».
Había tantas historias acerca de lo que pasaba en las profundidades de aquel lugar que fue deteniéndose poco a poco, hasta que sus pies dejaron de obedecerle. No quería que la encerrasen tras las puertas del infierno.
La hermana mayor de Elizabeth White estuvo allí y no dejó de llorar durante días. Las chicas del último curso susurraban que allí se te comían el alma supuestamente corrompida y te condenaban a vagar para siempre por los fuegos del averno. Decían que una niña había muerto en aquel espacio sagrado y que sus huesos formaban parte de las paredes de piedra que había tras la puerta de hierro, detrás del altar.
«La puerta del infierno».
—No —musitó sin poder contener las lágrimas. Margot quería irse con su mamá.
—¿Ha dicho usted algo? —La hermana se detuvo y la desafió por encima del hombro—. ¡Muévase o será la vara la que la mueva!
—No. —Apretó las manitas a la altura de los labios—. No lo haré más. Por favor…
—Rogar y llorar no la va a librar del castigo, pequeño demonio. Si no se mueve por las buenas, será por las malas. Ya rezará cuando le llegue la hora.
Margot dio un paso atrás y luego otro. Si echaba a correr, no podría cogerla. Todas sabían que las hermanas no eran muy propensas al ejercicio físico, y la hermana Ethel, en concreto, lo único que movía a la perfección era la mandíbula cuando comía.
Pero también sabía que terminaría por encontrarla y, entonces, sería mucho peor. No solo la encerrarían, también llamarían a sus padres y ellos la castigarían. A su madre le gustaba ese colegio, ella estudió allí y fue una gran alumna, pero las hermanas decían que Margot no se parecía a ella, que era demasiado rebelde.
La mano de la hermana Ethel la agarró por la nuca y apretó fuerte para hacerla andar.
—Aprenderá lo que es el respeto, señorita Addams, y luego se someterá a la ira de Dios para que Él juzgue sus pecados.
—No —gimoteó al atravesar la puerta de la vieja capilla.
Si no hubiera estado tan aterrada, se habría dado cuenta de que no era un lugar tan espantoso. No era más que piedra sobre piedra. Olía a humedad, pero también a cirios y a flores frescas. Los colores de las dos únicas vidrieras eran más intensos a contraluz, y la imagen tallada de Santa Agnes tenía un gesto apacible y esperanzador.
Pero lo que había detrás del altar era otra historia.
La hermana se persignó y le dio un fuerte coscorrón para que ella también lo hiciera. Luego, extrajo una pesada llave del bolsillo del hábito y la encajó en la cerradura oxidada de aquella puerta que daba tanto miedo.
—Así aprenderá a prestar atención, a no distraerse, a ser mejor alumna y a poner un poco de orden en esa cabeza invadida por los malos pensamientos. Rece, señorita Addams, rece. Tal vez Él se apiade de usted y le salve el alma. O tal vez no.
Oyó el sonido de los goznes oxidados como si fueran gritos en el silencio. Se tapó las orejas y apretó los ojos. Las lágrimas le mojaron el cuello del uniforme y los labios le temblaron entre pucheros e hipidos.
—Por favor, hermana, no lo haré más, se lo prometo. No volveré a hacerlo.
—Seguro que no —sentenció la monja, y la empujó dentro de aquella oscuridad espesa y pegajosa.
Margot gritó. Gritó mientras se cerraba la puerta, gritó al oír la llave girar, al no ver nada alrededor, al no saber qué pisaban sus pies. Gritó y lloró y golpeó la puerta con los puños, pero la hermana Ethel no volvió.
No supo cuánto tiempo pasó de pie, con la espalda pegada a la pared. ¿Y si había alimañas? ¿Y si allí dormían las gárgolas de verdad? ¿Y si ella también moría en ese pedacito del infierno y sus huesos se quedaban en las paredes? Se apartó horrorizada por la idea, tropezó y cayó al suelo. Por mucho que abriera los ojos, no podía ver nada, sus manos estaban mojadas, pero era imposible identificar qué las había empapado. ¿Era humedad? Allí hacía frío. ¿Y si era sangre…?
La repugnancia que sintió la puso de pie de un salto. Solo se oía su respiración, sus sollozos y todo un mundo de ruidos aterradores, cortesía de una imaginación sobreexcitada.
Odiaba a la hermana Ethel.
Odiaba aquel colegio.
Odiaba la oscuridad.
No volvería a estar a oscuras nunca.
Nunca más.

1. Margot
Springfield. Verano de 1971
Me escapé por la ventana de mi habitación mientras Richard Nixon anunciaba la cancelación unilateral de los acuerdos de Bretton Woods con las Naciones Unidas. Mis padres estaban embobados frente al televisor, como buenos republicanos, como siempre que el presidente aparecía en antena, y yo había quedado con mi amiga Dotty en el árbol junto a la parada del autobús, como cada sábado desde que ella y su familia se mudaron a la casa de enfrente, hacía ya cuatro años.
El verano aún no había llegado, pero sí el calor infernal. El fuego del asfalto me quemaba las plantas de los pies a través de la suela de las sandalias y el sudor me mojaba las axilas. Tampoco ayudaba que llevase pantalones a medio muslo, en vez de esos shorts que vestían las chicas de mi edad, y que mi madre no aprobaba. En realidad, mi madre no aprobaba nada de lo que yo hiciera.
—Tengo que volver dentro de diez minutos. —Bufé y me dejé caer junto a Dotty en el banco de piedra—. Si me llaman a comer y no estoy, no me dejarán salir hasta los veintiuno.
—¡Bah! Nixon está dando un discurso en la tele, tendremos treinta minutos de paz asegurados. Tu padre lo adora, no os sentaréis a comer hasta que haya acabado.
Tenía razón. Dotty siempre tenía razón.
Éramos las mejores amigas en la historia de las mejores amigas, pero tan diferentes como el agua y el aceite. Ella provenía de una familia de mente abierta, pintores y artesanos, almas libres que disfrutaban siendo libres, con sus extravagancias y sus disparates. Por eso Dotty era tan feliz, tan alocada, tan soñadora. Yo, en cambio, era una chica convencional sometida a las estrictas normas de mis padres. Una muchacha ejemplar por fuera, una mente inquieta por dentro.
—¿Has pensado ya qué harás cuando acabemos el curso? ¿Vendrás con nosotros?
Negué, apenada. Ni siquiera se lo había preguntado a mis padres. ¿Recorrer el país por carretera hasta San Francisco con un mercadillo ambulante? Eso solo era para hippies. Podía oír a mi madre disertar acerca de lo holgazana que era la gente como los Baker, lo mal que olían y la falta de moral que los caracterizaba. Pero los padres de Dotty no eran así, y mi madre lo sabía. No ponía reparos a visitar su casa, incluso me dejaba pernoctar allí, pero ¿de vacaciones en una furgoneta? ¡Ni hablar!
A mí, por el contrario, me parecía toda una aventura; me fascinaban las historias que contaban los Baker: dormir al raso, quemar malvaviscos, danzar bajo la luna en medio de desconocidos. Adoraba su manera de disfrutar de la vida, sin límites ni barreras.
—Me quedaré aquí y moriré de aburrimiento —respondí después de dar una breve calada al cigarrillo que Dotty le había birlado a su padre.
—No morirás de aburrimiento, Margot. Saldrás con las chicas de tu clase, haréis hogueras a la orilla del lago y os bañaréis en la piscina. Eso te dará la oportunidad de conocer a muchos chicos. —Me dio un codazo y me atraganté con el humo. ¿Estar con chicos en la piscina? Antes tendría que aprobarlo mi madre, y era casi tan improbable como que me dejara ir de vacaciones con Dotty—. Venga, no será tan malo. Tendremos un montón de historias que contarnos, nos mandaremos cartas…
Un par de bocinazos resonaron por encima de las palabras de mi amiga. Un imponente camión de bomberos amonestó a unos niños que se habían cruzado en su camino y reemprendió la marcha muy despacio, tan despacio que tuve oportunidad de ver a los ocupantes.
De verlo a él.
Oh. Dios. Mío.
Mi corazón latió a un ritmo muy extraño. Me quedé muy quieta, con la boca abierta, con la mano suspendida en el aire, con el cigarrillo humeando entre los dedos… Recuerdo que parpadeé muchas veces, la lentitud del camión era algo casi irreal. Él me miraba fijamente, como si solo me viera a mí. Y luego vino aquel gesto, aquella media sonrisa, aquel guiño que me devolvió a la realidad. La vida retomó su ritmo habitual, el camión giró en la siguiente esquina y solté la colilla al notar la quemazón en los dedos.
—¿Has visto eso? —preguntó Dotty—. Te miraba a ti.
«Me miraba a mí», me dije. Dios mío, nadie me había mirado así jamás.
—Tiene que ser la nueva dotación de bomberos de la que hablaba mi padre —supuso Dotty—. Está en Chatham Road. ¿Vamos?
—¡No! —exclamé, horrorizada—. Tengo que volver a casa. Mi madre me matará.
—¡Venga, Margot, hagamos algo divertido! Es sábado, Nixon aún estará un buen rato hablando, y me aburro —se quejó con tono lastimero—. No te vayas, por favor. Mi madre quiere que hagamos atrapasueños, y me obligará a ir a por las plumas de las gallinas de la señora Blosom.
—En otra ocasión, te lo prometo. Además, ¿qué pensarán de nosotras si nos presentamos en el parque de bomberos? No es propio de…
—Bla, bla, bla, detesto cuando hablas como tu madre. Me gusta más la Margot atrevida. ¡Iremos mañana! —decidió—. Nos veremos aquí cuando vuelvas de la iglesia.
Lo pensé un segundo y asentí.
—Solo un paseo.
—Solo un paseo —aceptó Dotty con una pícara sonrisa—. Prometido.
2. JC
«Novato, novato, novato», estaba harto de esa palabra. Y también estaba harto de que el nombre de mi padre saliera en todas las conversaciones. No hacía falta que nadie me recordara que James Curtis Gallagher era un héroe. ¡Yo vivía con él!
Quise ser como él desde la primera vez que lo vi con uniforme. Pero nunca imaginé que ser hijo del bombero más cualificado de Springfield pudiera ser tan duro. No me medían con el mismo rasero que a los demás; a mí se me exigía el doble, porque era un Gallagher. Tampoco ayudaba que mi padrino fuera el jefe de distrito Traveller. John me apretaba demasiado, me había puesto bajo las órdenes de uno de los capitanes más tiranos del cuerpo porque, según él, se me tenía que curtir la piel. ¡Y un cuerno! Lo único que estaba consiguiendo era que regresara cabreado a casa después de cada servicio.
Di un portazo al llegar y subí las escaleras hasta mi cuarto. No tenía ganas de ver a nadie, no estaba de humor para sentarme a cenar. Mi padre me preguntaría cómo había ido el día y yo no podría ocultarle que había sido uno de los peores de mi vida.
Me habían humillado, se habían reído de mí porque era el maldito novato de la compañía, me habían gastado una broma que no tuvo gracia y terminé sentado delante del capitán balbuceando como un niño. ¡Si hasta había sentido el nudo en la garganta que precede a las lágrimas!
Apreté la cara contra la almohada y ahogué un grito de frustración. Descargar puñetazos contra el colchón no me alivió en absoluto, pero era mejor que hacerlo contra la pared o contra el rostro de Charlie Flint, el capullo que me había endosado aquellos maniquíes como si fueran víctimas. Creí que había hecho una heroicidad, pero solo fue una pérdida de tiempo y el motivo de las burlas de todos mis compañeros.
Mi madre llamó a la puerta de la habitación y puso fin a mi momento de autocompasión.
—Te he traído algo de cenar —musitó, insegura—. ¿Estás bien?
Encendí la luz de la mesilla y me conmovió su aspecto: había estado llorando. Los ojos hinchados y la nariz enrojecida la delataron.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está papá?
Un encogimiento de hombros fue la única respuesta que recibí. Se entretuvo unos segundos en ordenar la ropa que yo había dejado tirada de cualquier forma y le di el espacio que necesitaba. Era una mujer fuerte, decidida, valiente, salvo cuando tenía que enfrentarse al miedo de perdernos a papá o a mí.
No obstante, no podía haber pasado nada grave, o yo lo sabría.
—Tu padre ha ido a ver a un compañero de otra unidad. Nada importante.
—Y, entonces, ¿por qué estás así?
Volvió a encogerse de hombros y no la presioné. Formaba parte de su manera de protegerse, por si algún día era el teléfono de nuestra casa el que sonaba en el silencio de la noche. Por si los siguientes éramos nosotros.
Me levanté de la cama y la abracé con cariño. Ojalá hubiera podido prometerle que todo iba a ir bien, que no tenía que preocuparse. Pero no podía hacer eso, no podía mentirle. La nuestra era una profesión de riesgo, donde cualquier imprevisto podía alterar el curso normal de nuestras vidas para siempre. Mi padre y yo lo sabíamos y ella también, lo había aprendido a la fuerza.
La estreché más fuerte cuando la oí suspirar. Me dolía su congoja. Me sentía responsable de buena parte de su preocupación. Ella eligió amar a un bombero, fue su decisión, pero seguir los pasos de mi padre fue la mía, y le había causado una herida que no tenía alivio ni cura, que era para siempre.
—Creo que cenaré abajo contigo y después podemos ver el nuevo episodio de la familia esa que tanto te gusta. ¿Cómo se llaman?
—La tribu de los Brady —respondió más animada—. Me encanta la criada.
Y a mí me encantaba verla sonreír de nuevo.
3. Margot
—¿Has hecho brownies para los bomberos? —preguntó Dotty, sorprendida—. Vaya, chica, ayer solo querías dar un paseo y hoy pretendes meterte en la boca del lobo.
—Solo es un detalle. Somos chicas educadas.
Había escondido unos cuantos trozos de brownie en una servilleta para que mi madre no los viera. Por muy amable que fuera el gesto, a mamá se la hubieran llevado los demonios de haber sabido quién se los comería.
Caminamos cogidas del brazo hasta el 2502 de Chatham Road. Llevábamos vestidos de domingo, zapatos limpios y una amplia diadema que mantenía perfecto nuestro pelo enlacado. Dotty estaba preciosa, yo solo era una chica del montón. No podía competir con sus grandes ojos azules ni con el rubio natural de un ángel. Mi mirada oscura no era cautivadora, tenía la boca demasiado grande, una melena indomable y unas caderas de talla extra large. Mi mejor baza era mi ingenio, pero eso no sería suficiente para encandilar a nadie.
Además, me quedaba en blanco cuando me ponía nerviosa y solo decía tonterías. A los chicos guapos no les gustaban las tonterías.
—Es un lugar bonito, ¿no te parece? —comentó Dotty al llegar.
Arrugué la nariz y me salió una mueca de asco. Aunque fuera de nueva construcción, aquel sitio solo era una mole de ladrillos rojizos con unos cuantos árboles alrededor.
—Es horrible. Huele a combustible y a goma quemada.
—La belleza está en el interior, Margot.
«Literalmente», pensé. Si el muchacho del camión estaba allí, la frase habría dado en el clavo.
—¿Buscáis a alguien? —preguntó un afroamericano recién salido de ninguna parte—. ¿Necesitáis ayuda?
—Nosotras… No… Solo hemos…
—Hemos venido a daros la bienvenida al barrio —intervino Dotty. Se acercó a mí, me quitó el hatillo de brownies y se los ofreció al bombero—. Los ha hecho mi amiga. Están muy buenos.
El hombre nos miró un poco confundido, pero la sonrisa de Dotty lo conquistó y terminó por sonreír él también.
—Vaya, gracias. No teníais por qué hacerlo. —Se volvió hacia el interior del parque y silbó fuerte—. ¡Eh, muchachos! Tenemos visita.
Cinco hombres de diferentes edades acudieron a la llamada, pero ninguno era el chico que yo había visto. Dotty habló con ellos y les sacó algunas carcajadas, mientras yo, en segundo plano, me retorcía la tela de la falda, incómoda con la situación.
—¡Novato! Si no vienes, te quedas sin bizcocho —gritó uno de ellos.
El chico apareció y mi cuerpo reaccionó con un súbito bochorno.
Era tan perfecto…
Llevaba un mono de trabajo en el que no cabía ni una mancha de grasa más, se limpiaba las manos con un trapo negro como el carbón, iba despeinado y con la cara sucia, pero todo eso lo hacía aún más atractivo.
Solo tuve ojos para sus ojos. Eran de un azul intenso, limpio, como el del cielo de Springfield en verano. Le caía un mechón en la frente y me di cuenta de que no lo llevaba a la moda como sus compañeros. Nada de grandes patillas, nada de medias melenas, nada de rizos a lo afro, no. Él lo llevaba corto de los lados y más largo por arriba, como Jim Stark en Rebelde sin causa.
Suspiré, y debió de ser un suspiro enorme porque todos se rieron.
—Parece que a nuestro novato le ha salido una admiradora.
Me puse tan roja como la carrocería del camión. Él seguía sin inmutarse, continuaba limpiándose las manos y me miraba con el ceño fruncido, como si le molestara mi respiración.
Uno de sus compañeros le ofreció un trozo de brownie, pero él lo rechazó.
—No me va el dulce. Soy más de salado —pronunció con una voz tan profunda que se me erizó el vello de la nuca.
—No les hagas ese feo a las chicas, hombre. Los han hecho para nosotros.
—Los ha hecho Margot —insistió Dotty.
—Sí, eso, los ha hecho Margot —se burló un bombero que imitó el tono jovial de mi amiga.
A él se le dibujó una sonrisa en los labios y, sin apartar la mirada de la mía, alargó la mano, cogió un brownie, lo mordió y lo volvió a dejar.
Era de mala educación observar a la gente cuando comía, pero yo lo miré a placer mientras masticaba. Lento, muy lento, como todo lo que hacía.
—Demasiado dulce —murmuró—. Vuelvo dentro, chicos. Señoritas. —Inclinó la cabeza a modo de despedida y desapareció por donde había llegado.
Me quedé tan desolada que no presté atención a la charla de Dotty de regreso a casa. Para ella la visita había sido fascinante, para mí fue una humillación.