Kitabı oku: «Diario de un MIR. Aventuras y desventuras de un médico con vocación», sayfa 2

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Léela, estúdiala, recuerda lo que dice. Cada vez que desfallezcas vuelve a leerla.

Me despido, por ahora.

Un abrazo, compañero.

«Consejos de Esculapio a su hijo»:

¿Quieres ser médico, hijo mío? Aspiración es esta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. Deseas que los hombres te tengan por un dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el temor. Pero ¿has pensado en lo que va a ser tu vida?

Tendrás que renunciar a la vida privada: mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta estará siempre abierta a todos. A toda hora del día y de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus aficiones, tu meditación; ya no tendrás horas que dedicar a tu familia, a la amistad, al estudio. Ya no te pertenecerás.

Eras severo en la elección de tus amigos. Buscabas el trato de hombres de talento, de almas delicadas, de ingeniosos conversadores. En adelante, no podrás desechar a los pesados, a los cortos de inteligencia, a los altaneros, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado: prolongarás vidas nefastas y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir o denunciar acciones indignas de las que serás testigo.

Crees firmemente que con el trabajo honrado y el estudio atento podrás conquistarte una reputación: ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las chácharas y a los gustos de tus clientes. Los habrá que desconfíen de ti si no gastas barba, otros si no vienes de Asia; otros, si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos.

Aunque la medicina es ciencia oscura, que, gracias a los esfuerzos de sus fieles, se va iluminando poco a poco, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder tu crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees, para curarla, un remedio que no falla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

No cuentes con el agradecimiento de tus enfermos. Cuando sanan, la curación se debe a su robustez; si mueren, tú eres quien los ha matado. Mientras están en peligro, te tratan como a un dios: te suplican, te prometen, te colman de halagos. Apenas empiezan a convalecer, ya les estorbas. Cuando les hablas de pagar los cuidados que les has prodigado, se enfadan y te denigran. Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen.

Cuando a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños débiles y deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano que hay en la ciudad. Entonces te encargarán que separes los menos dotados de los más robustos, para salvar a los enclenques y enviar a los fuertes a la muerte.

Piénsalo bien mientras estás a tiempo. Pero si, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si, sabiendo que te verás muchas veces solo entre fieras humanas, tienes el alma lo bastante estoica para satisfacerse con el deber cumplido, si te juzgas suficientemente pagado con la dicha de una madre que acaba de dar a luz, con una cara que sonríe porque el dolor se ha aliviado, con la paz de un moribundo a quien acompañas hasta el final; si ansías conocer al hombre y penetrar en la trágica grandeza de su destino, entonces, hazte médico, hijo mío.


Capítulo 4
La frustración








Verás, creo que para explicarte mejor cómo es la profesión de médico es importante que te aclare algunos conceptos. Siempre que trabajamos tenemos «compañeros» de turno, o así les llamamos nosotros, que aunque no son visibles están siempre presentes. Uno de ellos, por ejemplo, es la muerte. Siempre intentamos a toda costa evitar que un paciente nuestro fallezca, pero también está en la mano del médico, y esto es superimportante que lo tengas claro, acompañar al paciente en sus últimas horas para que alcance el final de su vida con dignidad. Cuanto antes interiorices esto mucho mejor te irá.

Cuando empezamos un turno de noche en urgencias siempre deseamos que no haya ningún fallecido. Bueno, un turno de noche o cualquier día que entramos al hospital. Nunca nos decimos nada entre nosotros. Sabemos lo que queremos, sabemos lo que deseamos pero no lo decimos en voz alta. Como si decirlo en voz alta fuera a traer mala suerte. Sí, es poco científico, lo sé, pero te aseguro que cuando estás haciendo la guardia de noche y dices las palabras «parece que está tranquilita la noche» alguien en su casa se acuerda de que le duele la rodilla desde hace un año y que las tres de la mañana es la mejor hora para ir a urgencias a ver qué le dice el médico.

No quiero que esto se malinterprete. No estoy diciendo que alguien no tenga que ir al médico porque le duele una rodilla desde hace un año, es más, ¡debería haber ido antes! Lo que quiero decir aquí es que las urgencias deberíamos usarlas para lo que son, para las urgencias. Es responsabilidad de todos. Nosotros, los sanitarios, tenemos que educar sobre cómo usarlas y los pacientes deben aprender qué es urgente y qué no. Si no, vamos a cargarnos el sistema público de sanidad, que ya está malito y casi necesita cuidados intensivos.

Esto lo hablaremos más adelante en el libro. Es un tema muy interesante y del que tengo que contarte anécdotas muy divertidas, pero todo a su debido tiempo, joven padawan.

Como te decía antes, otra de las compañeras de profesión es la frustración. Te sientes frustrado cuando no sabes cómo ayudar a un paciente porque no sabes cómo diagnosticarle; cuando un cáncer vuelve a dar guerra a pesar de la quimioterapia, radioterapia y cirugía radical; te frustras cuando no puedes salvar a alguien porque no hay respiradores ni sitios suficientes en terapia intensiva, pero tienes que aprender a convivir con ella.

Mi primer contacto con la carrera de Medicina fue ¡no conseguir entrar! Seguro que conoces a alguien en mi situación o quizá tú te encuentras en esa situación ahora. Tranquilidad. Vamos a ir parte por parte y te voy a contar cómo logré superar esa frustración.

Viajemos atrás en el tiempo y veamos un joven estudiante de dieciocho años recién cumplidos que hace la selectividad y no consigue entrar en Medicina. El tortazo y golpe psicológico que me llevé se oyó hasta en Siberia, según me contaron más adelante unos compañeros rusos.

El chasco, la rabia y la frustración que sentí en ese momento fueron realmente difíciles de sobrellevar. Ponte en mi lugar (o en cualquiera de los cientos de estudiantes que no pueden entrar en la carrera deseada a la primera). Te esfuerzas mucho durante Bachillerato, renuncias a tanta vida social con tus amigos, te presentas a todos los exámenes para subir nota, haces caso omiso de las personas que te dicen que no lo vas a conseguir, para nada. Te sientes como un perdedor. Sientes que lo que te decían esas personas que te aconsejaron que no lo intentaras era verdad. Te cabreas contigo mismo. Repasas todos y cada uno de los detalles que te han llevado a fracasar. Dejas incluso que te invadan pensamientos como ¿y si no valgo? ¿Y si no me lo merezco?

Si estás pensando esto mientras lees este libro deja de pensarlo ahora mismo. Es más, vamos a hacer una cosa. Levántate (no, en serio, hazlo). Ve al espejo más cercano que tengas. Mírate a los ojos. Quiero que repitas muy lentamente (mientras te miras a la cara): Voy a conseguir todo lo que me proponga. Soy capaz. Me lo merezco. Soy bueno en lo que hago. Nada ni nadie me va a impedir llegar a mi meta.

Esto lo puedes aplicar en cualquier situación de tu vida, ante cualquier obstáculo. Te recomiendo que repitas esas palabras cada mañana. En serio. Mírate al espejo y repítetelo. Haz de esto tu mantra. Fake it until you make it («finge hasta que lo consigas», que dirían los británicos).

¿Y cuándo puedo dejar de repetirlo? Muy fácil: cuando te lo creas.

Pues bien, tras estos minutos motivacionales, volvamos a nuestra historia. Tú ponte en el lugar de una persona de dieciocho años que la vida le da su primer tortazo profesional. Mientras yo estaba en esa situación mi padre, sin decirme nada, había reservado plaza en una universidad privada para poder entrar en Fisioterapia.

Jamás me había planteado estudiar Fisioterapia. Es más, sabía más o menos de qué trataba, pero no la había valorado. Yo quería hacer Medicina. Lo tenía claro. Pero no iba a poder ser ese año. En ese tipo de situaciones —y ahora, siendo médico— de frustración profunda es importante apoyarte en tus seres más cercanos. Bien sea tu jefe, compañeros, pareja, padres, hermanos, es importante que le pongas palabras a lo que sientes. Verbalizar todo lo que pasa por tu cabeza, ya sea con alguien que se dedica profesionalmente a ello, a un amigo, o incluso un diario te ayudará a darle la importancia y el lugar que se merece.

No te lo quedes para ti o te acabará consumiendo. Escucha lo que las personas que de verdad te conocen y que no van a poner límites a tus metas tienen que decirte. Te conocen realmente bien. Quizá tienen puntos de vista que tú no has llegado a ver sobre el motivo por el que no has conseguido tu objetivo. En serio, escúchalos.

El verano fue de transición. Ya no éramos estudiantes de Bachillerato, éramos preuniversitarios. Un viaje por Europa con mis mejores amigos fue lo que me ayudó a aceptar la situación. No fui el único de mi grupo de compañeros que no consiguió entrar en Medicina. Algunos optaron por Farmacia, otros por Enfermería y otros más por Odontología. Claro que hubo gente que entró, pero de estos ya hablaremos más adelante. Os voy a hacer un pequeño espóiler, yo fui el único que acabó siendo médico. Quizá fue porque la Fisioterapia no acabó de enamorarme o quizá porque mis amigos se enamoraron de sus nuevas carreras. El hecho es que se me había metido entre ceja y ceja hacer Medicina, como ya sabes.

Fíjate, curiosamente en mi primer año de universidad como estudiante de Fisioterapia cometí uno de mis peores errores: estuve a punto de renunciar a ser médico. Empezaron las clases, y la experiencia del colegio mayor, vivir fuera de casa de mis padres, conocer a mucha gente y las hormonas, casi consiguen que se me fuera olvidando la frustración (o eso creía yo). Las clases de Anatomía y Bioquímica eran las mismas que seguían los estudiantes de Medicina, por lo que pude saborear un poco lo que era estudiar Medicina. Tenía amigos que estudiaban Ingeniería, Física, Química, Biología, Derecho, Economía y también Medicina. Con estos últimos no acababa de llevarme del todo bien. Es más, esto es un secreto que te desvelo ahora: les odiaba.

En serio, repudiaba todo lo que hacían. Los había muy majos, claro que sí, pero no podía ni verlos. Honestamente, no sabía por qué. Pensaba que eran unos creídos, unos niños de papá, unos malcriados, unos que tenían mucha suerte y que no se la merecían. Te haces una idea, ¿no? Con el tiempo aprendí que eran un recordatorio constante de lo que yo no había podido conseguir. Eran un recordatorio constante de que yo iba a ser un médico frustrado toda mi vida.

Esto seguro que lo has oído más de alguna vez. «Sí, yo iba para médico pero acabé siendo podólogo: soy un médico frustrado». «Yo no estudié Medicina no porque no tuviese nota, sino porque con Enfermería podía empezar antes a trabajar y me daba pereza estudiar tanto, podría decirse que soy un médico frustrado». «Yo hice Ingeniería porque quiero ser ingeniero, déjame tranquilo, te lo suplico, deja de seguirme por la calle o llamo a la policía».

No había palabras que me dieran más miedo por aquel entonces: médico frustrado. ¿Cómo? ¿Lidiar con la sensación de frustración toda la vida? Menuda mierda tenía que ser aquello.

Pasaron los meses y yo cada vez sentía menos interés por la Fisioterapia. Veía a muchos de mis compañeros apasionados por aprender las técnicas de valoración, los diferentes tipos de corrientes que se pueden aplicar al cuerpo para estimularlo profundamente o para conseguir efectos analgésicos, la cantidad de Anatomía que teníamos que aprender, pero yo no sentía mariposas en el estómago. La Fisioterapia me parece que es una rama sanitaria preciosa y muy necesaria para la rehabilitación, tratamiento y prevención de muchas patologías, pero yo no la sentía como mía.

Estudiaba asignaturas mucho más sanitarias que Historia o Ciencias de la Tierra como había hecho en Bachillerato pero aun así no lo sentía.

Llegué incluso a autoconvencerme de que lo que haría sería rescate marino. Terminaría Fisioterapia y me dedicaría a salvar a personas desde un helicóptero. Sí, evidentemente ver la película El Guardián tuvo ese efecto en mí en un momento en el que estaba perdido profesional y personalmente. Podría haber sido una carrera bonita, pero seamos honestos, era una huida hacia delante para no afrontar el verdadero problema: no iba a poder ser médico.

Mentí a todas las personas de mi entorno y les dije que me gustaba, que se me había quitado de la cabeza el ser médico. Quizá pude engañar a unas cuantas, pero había una a la que no podría haber engañado nunca y que desde el primer día sabía que era mentira. ¿Sabéis a quién me refiero? Eso es, a mí mismo.

Recuerdo con mucho cariño a nuestro profesor de Neuroanatomía. Él, neurocirujano puntero y algo excéntrico, no se dio cuenta de que con un simple gesto consiguió devolver la llama casi apagada de un estudiante de Fisioterapia que andaba más perdido que un pulpo en un garaje. Un día nos dijo que si queríamos podíamos entrar con él a quirófano. Podría ser muy interesante, pensé. Y acabé siendo, curiosamente, uno de los pocos estudiantes que acabaron yendo.

Una anécdota graciosa que recuerdo de aquel día es que fuimos mi compañero de clase y yo a verle operar. Solo que nos equivocamos de hospital. Cuando llegamos, subimos hasta la zona donde tenían los pacientes de neurocirugía y le pregunté a un médico dónde iba a operar esa tarde el doctor García (no es su nombre verdadero, es un alias para proteger su identidad. No porque sea un agente secreto ni nada parecido, sino porque voy a hacerlo así y ya está).

El médico al que me dirigí, que resultó ser neurocirujano también, le preguntó a su jefe de servicio si había contratado a García. Debía haber malos rollos entre el jefe y el neurocirujano ya que empezaron a discutir. «Me habías dicho que no le ibas a contratar y ahora vienen estos preguntando que si le pueden ver operar en mi quirófano». Menuda liamos. El jefe en mitad de la discusión se giró y nos dijo, el doctor García no opera aquí, opera en el Hospital de la Mandarina (otro nombre en clave, ya sabes).

Nos fuimos corriendo y llegamos justo a tiempo de presenciar la operación del doctor García. Evidentemente, no le contamos nada de nuestro pequeño incidente, espero que tú tampoco lo hagas.

Llegamos supersudados y pidiendo perdón porque nos habíamos equivocado de hospital. Yo tenía excusa, llevaba pocos meses en la ciudad, mi compañero sin embargo vivía en esa ciudad. Por aquel entonces empezaban a aparecer los primeros móviles con internet. ¿Me siento como un dinosaurio diciendo esto? Afirmativo. Pero bueno, la primera se perdona.

La cirugía que iba a hacer era un recambio de dos discos intervertebrales por dos prótesis. Los discos intervertebrales son las almohadillas que tienes entre las vértebras, lo que te permite mover tu columna y que no rocen entre ellas. Seguro que has oído hablar de ellos cuando tu tía la del pueblo se queja de las hernias discales que tiene. Que sepas que en medicina llamamos hernia a cualquier cosa que se sale del sitio donde debería encontrarse. Como, por ejemplo, la hernia inguinal. Pues bien, ahora ya sabes a qué discos me refiero.

La paciente a la que iban a operar parece ser que tenía dos discos completamente fastidiados, por lo que tenían que ponerle dos prótesis. Nos dieron un delantal de plomo (que pesaba muchísimo) para que nos protegiera de la radiación de la cirugía (ya que iban a ir haciendo radiografías para ver cómo iban) y nos dijeron una frase que tienes que grabarte a fuego si alguna vez entras a un quirófano y no eres un paciente o un sanitario: «No toques lo verde».

Era la primera cirugía que veía en mi vida en directo (sí, había visto ya alguna en YouTube) y recuerdo que durante las tres horas que duró no pude tener la boca cerrada de asombro. Menos mal que llevábamos mascarillas quirúrgicas y no se me podía ver la cara de tonto.

Después de dar las gracias cincuenta mil veces al cirujano salimos del hospital aliviados de no tener que llevar el delantal de plomo. Para mi compañero (ahora un fisioterapeuta y preparador físico buenísimo, apasionado de lo que hace) fue una experiencia más. Para mí sin embargo fue LA EXPERIENCIA.

Sentí un ardor en el pecho, pero no de gastritis ni de reflujo, no, un ardor de emoción. Me dieron ganas de llorar, de gritar, de reír. Me sentí tan inundado de emociones diversas que no sabía muy bien cómo reaccionar. En cuanto llegué a casa llamé a mis padres y les dije que lo que yo quería era ser médico. Que además quería ser cirujano, porque no me imaginaba que existiese un trabajo tan bonito. Su respuesta es una frase que siempre llevaré conmigo. Me dijeron «nosotros ya lo sabíamos, estábamos esperando a que te volvieras a dar cuenta tú».

Lo que quiero transmitirte es que, si te encuentras en una situación similar, no estás solo. Muchas personas no conseguimos nuestro propósito a la primera. Qué carajo, yo he tenido que intentar todo varias veces para encontrarme donde estoy ahora. Si no has conseguido entrar en Medicina no digas «no he conseguido entrar en Medicina» lo que tienes que decir es «no he conseguido entrar en Medicina AÚN». Te aseguro que esa palabra, ese «aún» hace una gran diferencia. No te desanimes. No te desestimes. No te quedes sin fuerzas ahora. No va a importar cuántas veces lo has intentado una vez que estés dentro. Es más, tengo ganas de tenerte como futuro compañera o compañero. Dale caña, los médicos, tus futuros compañeros, te estamos esperando.





Capítulo 5
La primera clase








Es de noche. El otoño ha llegado para quedarse en la húmeda y vetusta ciudad de Pavía y cada mañana nos despertamos con más y más niebla. Una niebla densa que no deja ver cinco metros más allá.

Curiosamente, cuando me iba a poner a escribir este capítulo he oído sirenas de los bomberos, que se paraban a unos ochenta metros de mi casa. Evidentemente, he salido de casa, con la mascarilla puesta, para comprobar qué estaba pasando. Fuego en el cuarto y último piso de un edificio residencial. Los bomberos ya en marcha con los extintores y muchos curiosos que se acercaban e incluso se ponían a grabar con el móvil. Yo, sin embargo, no estaba allá para ver cómo trabajaban los bomberos, había decidido que quería ofrecer mi ayuda. Me he acercado al jefe de los bomberos y le he dicho que si necesitaban ayuda, que soy médico y que me iba a quedar ahí hasta que resolvieran la situación, por si había que atender a alguien hasta que llegase la ambulancia. En mi cabeza iba repasando posibles diagnósticos y escenarios con los que podría encontrarme: quemaduras, inhalación de humo, ataques de pánico. Estaba pausada y concienzudamente releyendo en mi cabeza todo lo aprendido en este último año trabajando en urgencias y estaba dispuesto a ayudar en lo que me fuera humana y médicamente posible. Por fortuna, no ha sido necesario actuar ya que era un fuego muy controlado. Ha sido un aspirador que se ha incendiado al aspirar unas brasas. La que se podría haber liado en un momento…

Pero hoy no quiero hablarte de esto. Es una anécdota más, un día más en la vida de un médico. Cuando te conviertes en médico no puedes dejar de serlo ni siquiera un minuto. Es posible que algunos de mis compañeros no hubiesen ido a ver qué pasaba, pero quiero pensar que la gran mayoría sí.

Vamos a ir atrás en el tiempo, no vamos a saltarnos tantos años de golpe, ya que aún quedan muchas cosas que merecen la pena ser contadas. Volvamos al año 2010, el año en el que entré en Medicina. Cuando conseguí entrar en la carrera fuimos mis padres, mi hermana y yo a celebrarlo a un restaurante mexicano a las afueras de Madrid, en nuestro viaje de regreso a Logroño. No sabría decirte si lo que sentí fue euforia, tranquilidad, miedo o excitación. O quizá un poco de todo. ¿Por qué deberíamos definirlo?

Aquel verano fuimos a conocer el país que se convertiría en mi casa durante los años venideros, Lituania. Un país de la antigua Unión Soviética que ha sufrido mucho a manos de comunistas y fascistas pero que tuvo la fuerza y determinación para plantar cara a la Unión Soviética y declarar su independencia, reclamar lo que ya era suyo, como dicen ellos, en el año 1990, un año antes de que yo naciera. Se podría decir que somos prácticamente de la misma quinta. Si nunca has estado en el país te lo recomiendo. En el momento que escribo este manuscrito está bastante bien de precio y tiene muchísima historia y su gastronomía es supercuriosa. Te prometo que no me llevo ningún tipo de beneficio recomendándote esto, es que ha sido mi segunda casa, mi segundo hogar.

El primer día de universidad, no cuando iniciaban oficialmente las clases sino cuando nos presentaban el curso, cómo lo iban a organizar y con quiénes íbamos a estar en el grupo de trabajo fue muy emocionante. Nos acogieron a todos los alumnos (unos 60 alumnos internacionales) y a un familiar. Mi padre me pidió si podía entrar él y mi madre aceptó sin problemas. No sé quién estaba más contento, si él o yo. Mi hermana y mi madre fueron a explorar la ciudad y mi padre y yo, sentados en ese hemiciclo escalonado, en unos bancos de madera marcados con compás donde podían leerse cosas en lituano y en inglés nos pusimos a escuchar cómo iba a ser mi primer año de Medicina. Escuché, claro está. Pero no te voy a engañar: me pasé prácticamente el 60 por ciento del tiempo mirando alrededor, intentando averiguar quién era el familiar y quién era mi compañero de clase. Más tarde fuimos a comer un grupo de estudiantes españoles y unos días después mis padres y hermana volvían a Logroño y yo me quedaba en Kaunas, en mi piso recién alquilado que aún no tenía lavadora y que se encontraba a medio camino entre la facultad del centro y el policlínico.

Cuando tras la inauguración del curso en octubre tuve mi primera clase de Medicina aún no podía creer lo que estaba sucediendo. ¡Estaba estudiando Medicina! ¡Iba a ser médico! Y eso que mi primera clase fue bastante poco médica. De hecho, la primera asignatura que tuve fue Física médica. Con el tiempo he aprendido a apreciar todas las materias que aprendí durante la carrera. Aunque los médicos no nos demos cuenta, todas las cosas que hemos interiorizado durante las largas tardes de estudio, las noches sin dormir antes de un examen, los repasos grupales y la preparación de exposiciones, todo, absolutamente todo, sirve.

Recuerdo que cuando estudiábamos Física mi entusiasmo por la asignatura fue decreciendo de manera proporcional a la cantidad de información que yo consideraba inútil para ejercer como médico.

¿Para qué tengo que saber cómo funcionan los fluidos? ¿Por qué debería entender cómo funcionan los rayos X? ¿Y a mí qué más me da aprender el efecto Doppler? Perdonadme. Perdonadnos a todos los médicos y médicas que alguna vez hemos pensado así. No nos deis una colleja a los sanitarios que hemos pensado que la física no sirve para nada en el mundo sanitario.

Déjame que te cuente un secreto. Puede que te pille por sorpresa: la medicina no es una ciencia. Tranquilidad. Respira. Es normal. A mí la primera vez me pasó lo mismo. La medicina no es una ciencia o, por lo menos, no es una ciencia fundamental como podrían ser las matemáticas, la física, la química, la biología… la medicina es ¡muchísimo mejor! Tú piensa que lo que hace la medicina es coger lo que más necesita de cada ciencia fundamental y lo aplica e interioriza para poder salvar vidas de personas, para prevenir enfermedades fatales y para poder acabar con enfermedades que sin los avances científicos no sería posible y mucho más importante, ayuda a prevenir sufrimiento.

El otro día, cuando estaba en la planta de medicina de urgencias, hacía falta que entrara más rápido el suero fisiológico en la vena del paciente. Estábamos haciendo una prueba para ver si al meter más volumen en los vasos del paciente subiría la presión y esta se mantendría. Total, que no bajaba lo suficientemente rápido. Como si de un flashback se tratara conecté con unas prácticas de física médica de hace diez años donde nos explicaron que por la dinámica de fluidos y ayudándonos de nuestra amiga la gravedad, si necesitamos que el fluido baje más rápido deberemos subir el gotero aún más. Se lo propuse a mi compañero médico. Lo hicimos y bajó más rápido.

Es algo que puede parecer muy obvio, algo de primero de EGB (yo esto realmente no podría saberlo porque hice Primaria, Secundaria y Bachillerato), pero no te quedes con el ejemplo que te he puesto.

Verás, creo que hay muchas veces durante nuestra vida, y ahora no te hablo como médico, te hablo como persona, que pensamos que no podemos aprender nada de una situación. Sin embargo, yo creo que podemos sacar algo positivo de todas ellas.

Como decía Bruce Lee, be water my friend. Bueno, vamos a modificar la frase. Be esponja my friend. La esponja absorbe toda el agua que tiene alrededor, toda la que puede. En este caso el agua sería la información y sabiduría que podemos sacar de cada situación. Ten siempre la cabeza abierta a aprender nuevas cosas, a asimilar nuevos conceptos. No te quedes con el «esto ya me lo sé». Enfócalo desde el punto de vista de «¿cómo puedo interiorizar este concepto mejor?».

¿Te ha dejado una novia que pensabas que era tu amor y que acabaríais comiendo perdices y siendo felices? Intenta aprender por qué no ha funcionado, mira cómo te encontrabas en la relación e interioriza posibles errores tanto suyos como tuyos para hacerlo funcionar mejor la próxima vez.

¿Tenías una idea genial de negocio, pero se te ha ido al garete? Bueno, una vez más toca hacer autocrítica. ¿Qué has hecho mal? ¿Qué vas a hacer para volver con más fuerza y que no te vuelva a pasar? ¿Es una idea que merece la pena pero que no ha funcionado? Dale caña otra vez. ¿Es una idea que parecía buenísima pero tras analizarla más detenidamente es una auténtica bazofia? Descártala. Ya tendrás otra más adelante. ¿Sabías que las charlas sobre fracasos empresariales y sobre los errores que han cometido los emprendedores suelen funcionar muchísimo mejor que las charlas sobre «ay, mira, hice esto y me salió todo bien a la primera»?

Y ya que estamos aquí los dos tan a gusto, yo escribiendo y tú leyendo, voy a contarte otro secreto. Durante mucho tiempo me he sentido un fracasado. He sentido que no valía como médico y que, aunque me graduara, sería siempre un médico de segunda. ¿Por qué? ¿Es que acaso no has leído que me fui a Lituania a estudiar Medicina? ¿No has leído que no entré en Medicina en una universidad pública a la primera en España? ¿No has visto que no me presenté otra vez a selectividad? ¿No te has dado cuenta de que ni siquiera intenté entrar en una universidad privada en España? Ah, que no crees que sea para tanto. Pues tienes razón. Pero afrontarlo me ha costado años, lloros, terapia y charlas infinitas con mis seres queridos, hasta que me di cuenta de que estaba sacando las cosas de quicio.

Seguramente conocerás a alguna persona que por enchufe haya conseguido algún puesto de trabajo o alguna persona que se haya ido a estudiar a una universidad privada porque a la pública no pudo acceder por falta de nota. Ojo, esto es importante que te lo grabes a fuego. El enchufe o el esfuerzo económico para entrar en sitios en los que no lo has logrado por no haber hecho una buena entrevista o una buena selectividad no te aseguran una permanencia en el puesto de trabajo o en la universidad. ¿Te da envidia que esa persona haya entrado y tú no? En vez de focalizar tu rabia contra esa persona, utiliza esa energía y descubre la mejor manera para estar tú en ese sitio. Eres más de lo que crees, fíate de ti.

Puede ser que hayas tenido que entrar por una puerta trasera de servicio para sentarte en la mesa de los niños grandes, pero serán tu firmeza, decisión y perseverancia las que te asegurarán la permanencia allí.

La vida no es como la pintan. La vida hay veces que es una hija de puta. Es así. Cuanto antes lo aceptes antes podremos ponernos a trabajar en lo verdaderamente importante: conseguir tu objetivo. ¿Quieres ser médico? A tope. ¿Quieres ser piloto? A tope. ¿Quieres ser escritora? A tope.

Tú te pones tus límites, tú decides cuánto lo quieres. Con el tiempo y los años y sobre todo los fracasos he ido desarrollando una teoría, una frase de empoderamiento que me suelo aplicar cuando me fallan fuerzas o tesón. Aunque no es científicamente correcta me vas a permitir la analogía. En la vida existen los avestruces y los leones. Mejor dicho, está la actitud de avestruz y la actitud de león. El avestruz cuando se encuentra ante una adversidad en la vida mete la cabeza bajo tierra y dice: ¿por qué yo? ¿Por qué todo lo malo me tiene que pasar a mí? Y espera a que pase el problema lo más rápido posible y que sea lo menos doloroso, sin hacer nada al respecto.

El león, sin embargo, se enfrenta al problema. Lo encara. Le mira a los ojos y le dice, ven aquí, estoy preparado. Y rugiendo como hacen los leones salta hacia el problema, sin miedo, sin que nada le pare y con un objetivo claro: abatir el problema, abatir la presa.

Tras esta pequeña charla motivacional que cobrará más sentido en los episodios venideros quiero decirte que yo durante mucho tiempo he sido avestruz. Primero, al sentirme un estudiante de Medicina de segunda por no haber podido entrar en una universidad pública en España y después un médico de segunda que decía con la boca pequeña que se había graduado fuera de España. ¿Y sabes lo peor de todo? Que lo entendí mal.

Para nada fui una persona de segunda. Yo tenía un objetivo claro, ser médico. Y con el esfuerzo incansable de mis padres (tanto económico como sentimental) y con la perseverancia y confianza en mí mismo me mudé a más de 3.500 kilómetros de mi casa, a un país que hablaban un idioma completamente desconocido para mí, donde en invierno había poquísimas horas de luz solar y una temperatura media de 15°C, con un objetivo claro: luchar por mis sueños.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 şubat 2025
Hacim:
162 s. 21 illüstrasyon
ISBN:
9788491397427
Telif hakkı:
Bookwire
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