Kitabı oku: «Los poetas malditos»

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Paul Verlaine

Los poetas malditos

e-artnow, 2021

EAN 4064066448165

Índice

I. Tristan Corbière

II. Arthur Rimbaud

III. Stéphane Mallarmé

IV. Marceline Desbordes-Valmore

V. Villiers de l'Isle Adam

VI. Pobre Lelian

I. Tristan Corbière

Índice

Tristan Corbière era un bretón, un marino y el desdeñoso por excelencia, caudal triple. Era un bretón sin asomo de práctica católica, pero creyente endiablado. Nada tenía de marinero ni de militar, menos aún de mercader; tan sólo, furioso amante del mar, era el jinete de su excesivo ímpetu, y en la más briosa de las grupas montaba en horas de tormenta. (Cuéntanse de él prodigios de loca imprudencia.) Despreciaba el Éxito y la Gloria hasta el punto de aparentar retarles, y creía eran imbéciles en cuanto al poder de moverle a compasión, tan sólo fuera un instante.

Dejemos al hombre que tan alto estuvo, y hablemos del poeta.

Como rimador y prosista, nada tiene de impecable, es decir, de abrumador y cargante. Ninguno de los Grandes como él ha sido impecable, desde Homero, que dormita a veces, hasta Goethe, el muy humano (digan lo que quieran), pasando por Shakespeare, algo más que irregular... Los impecables son Fulano y Zutano. Tarugos y leños. Corbière era un ser de carne y hueso. Así como suena.

Sus versos viven, ríen, lloran poco, se mofan a las mil maravillas y se chancean aún mejor. Además es salobre y amargo como su muy querido Océano, y a diferencia de este su turbulento amigo, no breza a ningún momento, sino que revuelve siempre los rayos del sol, los de la luna y los de estrellas en la fosforescencia de la marejada y de las enfurecidas olas.

Llegó un momento en que se hizo hombre de París, pero sin espíritu sucio y mezquino. ¡Hipos, vómitos, ironía feroz y rozagante, conversión de la fiebre y de la bilis, exasperadas en genio, alegría suprema e inverosímil!

Ejemplo:

AUXILIO

Si tú, guitarra mal templada,

kriss indio, bárbaro tres veces,

caja en los suplicios versada,

con mi pobre voz no enalteces

la dulzura de mi martirio,

y tú, cigarro, si a otros yerros

no me llevas, cual faro o cirio...

– ¡Maldito este oficio de perros...!

Si la tromba de mi amenaza

pasajera cuando maldigo,

todo lo enturbia o deslavaza,

– La mudez sea conmigo...

Y si es mi alma un encendido

mar que no tiene ola ni brisa,

– Por estar helado y cocido...

escurro el bulto a toda prisa.

Antes de pasar al Corbière que preferimos –aun cuando estemos chiflados por todos sus aspectos–, es menester insistir en el Corbière parisiense, en el Desdeñoso y el Chancero de todo y de todos, incluso de sí mismo.

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EPITAFIO

Se extinguió de entusiasmo y murió de pereza;

si vive es por olvido; no ser en una pieza

él mismo y su querida fue su única tristeza.

No nació de ningún modo;

va donde el viento le deja;

es cual bazofia compleja,

mezcla adúltera de todo.

Hecho de “qué se yo”. Un lince

en cuanto a vista. Oro y poco dinero.

Muchos alimentos y... un esguince

si el brío ha de ser duradero.

Un alma inmensa para quien no tiene violón.

Demasiado amor para un mal garañón.

Muchos hombres y... ninguna demostración.

…………………………………………………..

Omitimos trozos de los más regocijantes.

…………………………………………………..

Sin empaque. Sólo engreído

por lo único. Cínico y bobo.

Creyendo a todos, descreído.

Gustó el hastío con arrobo.

…………………………………………………..

Alma seca, beoda mollera.

Tan suyo, que a sí mismo era

fuerza el poderse tolerar;

murió mirándose vivir,

y por no saber acabar

vivió dejándose morir.

Aquí yace este corazón,

flor de fracaso y perfección.

Desde luego, sería menester citar toda la parte correspondiente del volumen, o el tomo entero, o mejor aún, reeditar la obra única, Los amores amarillos (Glady frères), publicada en 1873, hoy difícil o imposible de hallar (reedición Messein), en la cual Villon y Piron se solazarían viendo un rival a menudo afortunado, y los más ilustres de los verdaderos poetas contemporáneos encontrarían un maestro, cuando menos de su talla.

¡Y eso que aún no queremos abordar al bretón y al marino sin poner de manifiesto algunos versos sueltos de la parte de Los amores amarillos a que hacemos mención!

Acerca de un amigo a quien mató la bebida, el postín o la tisis, dijo: “Aquel que tan alto silbó el falsete de su cancioncilla”.

Probablemente, a propósito del mismo era aquello:

Cuán exacto a sí mismo era el mancebo fuerte.

Áspero con la vida, dulce con sus ensueños.

Y cuán bien y con cuántos pensamientos

risueños erguía la cabeza o la doblaba inerte.

También este soneto endiablado, de un ritmo tan bello:

HORAS

Tenga limosna el malandrín,

un hurgón el espadachín;

humille la mala mirada

otra peor. Mi alma no se halla inmaculada.

Soy el orate de Pamplona.

Temo a la luna, hipocritona,

que ríe bajo el negro crespón.

Todo está bajo un apagaluces. ¡Maldición!

Oigo un estruendo de carraca.

La hora suprema se destaca.

Caen campanadas fúnebres en la noche a compás.

Escucho más de catorce horas.

Lágrimas son las horas. ¡Lloras,

corazón mío! ¡Anda, canta...! No cuentes más.

Entre paréntesis, admiremos humildemente este lenguaje robusto, simple en su brutalidad, encantador, pasmosamente correcto, a la par que toda la ciencia del verso que hay, en el fondo, y el tesoro de la rima rara, por no decir rica hasta el exceso.

Y ya es hora de que hablemos de un Corbière más magnífico aún.

¡Vaya un bretón de cepa dando muestras inconfundibles de su estirpe! ¡Cómo se ve al hijo del monte bajo, del encinar y las riberas! ¡Y cuán arraigado tenía aquel falso escéptico alarmante el recuerdo y el cariño de las fuertes creencias, asaz supersticiosas, de sus rudos y tiernos compatriotas de la costa!

Escuchad, o mejor, echad una mirada, o si preferís, escuchad (ante él, ¿cómo expresaremos nuestras sensaciones?) estos fragmentos, tomados al azar, de su Perdón de Santa Ana:

…………………………………………………..

Madre de talla desigual,

duro y buen corazón de roble,

bajo el oro de tu brial

hay un alma bretona y noble.

Faz vieja y verde, desgastada

como la piedra del torrente

por la lágrima enamorada

y el llanto sangriento y ardiente.

…………………………………………………..

Madre de la Virgen divina,

cayado de ciego. Muleta

de las viejas. Dulce madrina

del pobre y del niño de teta.

Flor de la nueva doncellez,

fruto de la fecunda esposa

y consuelo de la viudez

prolongada y menesterosa.

…………………………………………………..

Apiádate de la madre-hija

y el niño, que en la senda están;

que si alguien les tira la guija

las piedras se cambien en pan.

…………………………………………………..

Es imposible reproducir más de ese Perdón, teniendo en cuenta los restringidos límites que nos hemos impuesto. Mas nos parecería mal despedirnos de Corbière sin ofrecer completo el poema, que encierra todo el mar, titulado

EL FIN

¡Cuántos hombres del mar, oh, cuántos capitanes! VICTOR HUGO.

Todos –los capitanes como los marineros–

para siempre en el grande Océano han caído.

Se fueron inconscientes según sus derroteros

y han muerto –exactamente como habían partido.

Tal es su oficio que han muerto con las botas

puestas, en sus capotes envueltos, y unas gotas

de aguardiente en el alma. Mas la Desnarigadano

se acuesta con ellos; es más bien su criada.

No son muertos. Enteros van en las olas rotas

bajo la turbonada.

¿Se parece a la muerte un turbión? El velamen

batido por el agua: Tal es cabecear... y si la arboladura a las olas que braman azota derribada: Eso es zozobrar...

Analizad el término zozobrar... Vuestra “Muerte” es muy poquita cosa bajo el temporal fuerte. Al marino que lucha no le produce efecto y sonríe con pena… ¡No debes estorbar, fantasma! Ya la muerte toma mejor aspecto: ¡El mar...!

Ellos no son ahogados, pues los ahogados son de agua dulce. No; echados a pique. El estrago alcanza vida y bienes. Con una maldición escupen el chicote en un estertor vago y beben sin arcadas el más amargo trago como al beber el bucarón...

Ni tumbas de seis pies, ni ataúdes, ni ratas.

Del tiburón son pasto, y su alma, al quedar sola,

en vez de rezumarse en míseras patatas,

respira en cada ola.

La marejada sigue sublevando la onda.

Parece el vientre inquieto de amor y de embeleco

de alguna prostituta embriagada y cachonda...

¡Para todos hay hueco!

Escuchad, escuchad la tormenta que brama.

Ese es su aniversario repetido. ¡Poeta,

guárdate tus romances de ciego, porque clama

el mejor De profundis el viento en su trompeta!

Dejadles en los ámbitos en donde sólo yerra

la muerte de los hombres desnudos y cobrizos

sin féretro, sin cirios... ¡Zascandiles de tierra,

dejad que siempre boguen, pobres advenedizos!

II. Arthur Rimbaud

Índice

Con gozo hubimos de conocer a Arthur Rimbaud. Hoy, muchas cosas nos separan, sin que, claro está, haya nunca faltado o disminuido nuestra profunda admiración por su genio y su carácter.

En aquella época, relativamente lejana, de nuestra intimidad, Arthur Rimbaud era un niño de dieciséis o diecisiete años, ya por entonces afianzado a todo el caudal poético, que sería menester que el público conociera, y del cual ensayaremos un análisis al tiempo que citemos cuanto nos sea posible.

Físicamente era alto, bien conformado, casi atlético; su rostro tenía el óvalo del de un ángel desterrado; los despeinados cabellos eran de un color castaño claro y los ojos de un azul pálido inquietante. Como era de las Ardenas, además de un lindo dejo del terruño, pronto perdido, poseía el don de la asimilación rápida, propio de sus paisanos, y esto puede explicar la pronta desecación de su numen (veine) bajo el sol insulso de París (hablemos como nuestros antepasados, cuyo lenguaje directo y pulcro, al fin y a la postre, no estaba tan mal).

Empezaremos por la primera parte de la obra de Arthur Rimbaud, producto de la más tierna adolescencia –¡sublime erupción, maravillosa pubertad!– y luego, examinaremos las diversas evoluciones de este espíritu impetuoso, hasta su literario fin.

Abramos aquí un paréntesis y, por si estas líneas caen casualmente bajo su mirada, sepa Arthur Rimbaud que nosotros no juzgamos los móviles de los hombres, y tenga por segura nuestra aprobación (y nuestra negra tristeza también) de su abandono de la poesía, supuesto que este abandono haya sido para él lógico, honesto y necesario, lo cual no dudamos.

La obra de Rimbaud, remontándose al periodo de su extrema juventud, es decir, a 1869, 70 y 71, es asaz abundante y formaría un respetable volumen. Se compone de poemas generalmente cortos, letrillas, sonetos, o composiciones de cuatro, cinco o seis versos. El poeta nunca emplea el pareado heroico (rime plate). Su verso, firmemente encajado, usa de pocos artificios; hay en él pocas cesuras literarias y no cabalga. La selección de palabras es siempre exquisita, a veces pedante adrede. El lenguaje es preciso y permanece claro aun cuando la idea suba de color o el sentido se oscurezca. Las rimas son muy honorables.

No podríamos justificar mejor lo que decimos sino presentando al lector el soneto de las

VOCALES

A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul: vocales,

diré algún día vuestros latentes nacimientos.

Negra A, jubón velludo de moscones hambrientos

que zumban en las crueles hediondeces letales.

E, candor de neblinas, de tiendas, de reales

lanzas de glaciar fiero y de estremecimientos

de umbrelas; I, las púrpuras, los esputos sangrientos,

las risas de los labios furiosos y sensuales.

U, temblores divinos del mar inmenso y verde.

Paz de las heces. Paz con que la alquimia muerde

la sabia frente y deja más arrugas que enojos.

O, supremo clarín de estridores profundos,

silencios perturbados por ángeles y mundos.

¡Oh, la Omega, reflejo violeta de sus ojos!

La Musa (¡vivan nuestros padres!), la Musa, decimos, de Arthur Rimbaud toma todos los tonos, pulsa todas las cuerdas del harpa, rasguea en las de la guitarra y acaricia el rabel con el más ágil de los arcos.

Arthur Rimbaud es zumbón y maligno socarronamente como nadie cuando le conviene, sin dejar de ser por ello ese gran poeta que es por la gracia de Dios.

Pruebas son la Oración de la tarde y Los sentados, dignos de que nos arrodillemos.

ORACIÓN DE LA TARDE

Como a un ángel que afeitan, vivo siempre sentado,

empuñando algún vaso de profundas estrías;

doblado el hipogastrio, miro cómo han zarpado

del puerto de mi pipa tenues escampavías...

Cual cálida inmundicia que un palomar ha hollado,

me abrasan dulcemente múltiples fantasías

y es mi corazón triste, árbol ensangrentado

por los jaldes resinas doradas y sombrías.

Cuando agoto mis sueños de bebedor asiduo

de cuarenta cuartillos, sin ningún sobresalto

me recojo y expulso el ácido residuo.

Tierno como el Señor del cedro y los hisopos,

meo hacia el cielo oscuro, muy lejos y muy alto,

con venia y beneplácito de los heliotropos.

Necesita la composición Los sentados, para su perfecta comprensión, que refiramos un hecho explicativo.

Arthur Rimbaud era por entonces alumno “de segunda” en el liceo de... y era muy aficionado a hacer novillos, fumándose las clases. Cuando –al fin– se cansaba de zancajear día y noche por montes, bosques y llanos –¡vaya un andarín!–, llegaba a la biblioteca de la ciudad que callo y pedía obras malsonantes para los oídos del jefe bibliotecario, cuyo nombre, poco requerido por la posteridad, baila en la punta de mi pluma. Mas ¿para qué nombraría yo a semejante metemuertos en este trabajo maledictino?

El excelente burócrata, que estaba obligado por sus funciones a servir los pedidos de Rimbaud, consistentes en numerosos cuentos orientales y libretti de Favart, alternados con mamotretos científicos raros y antiguos, renegaba al tener que “levantarse” por semejante chicuelo y le recomendaba se atuviera a Cicerón, Horacio y también a algunos griegos. El muchacho, que conocía y, sobre todo, apreciaba a los clásicos mejor que el mismo carcamal, acabó por incomodarse, y así hizo la obra maestra en cuestión:

LOS SENTADOS

Picados de viruelas, cubiertos de verrugas,

con sus verdes ojeras, sus dedos sarmentosos,

la coronilla ornada de costras y de arrugas

cual las eflorescencias de los muros ruinosos.

En idilio epiléptico han logrado injertar

su osamenta a los grandes esqueletos oscuros

de las sillas; ni un día han podido apartar

los pies de los barrotes raquíticos y duros.

Con el temblor doliente de sapos que tiritan,

los vejetes están al asiento trenzados,

junto al balcón en donde las nieves se marchitan

o entra el sol que los pone tan apergaminados.

Y con ellos los sórdidos sillones condescienden;

cede la paja sucia cuando alguno se sienta;

las almas de los idos días de sol se encienden

en las trenzas de espigas donde el grano fermenta.

Y sus dedos pianistas van ensayando a solas,

debajo del asiento, redobles de tambor,

mientras oyen gotear las tristes barcarolas

y sus chollas oscilan con balances de amor.

¡No hagáis que se levanten! Sucede algo espantoso;

se yerguen y enfurruñan cual gatos acosados,

y entreabre sus omóplatos el berrinche rabioso

que infla sus pantalones con frunces ahuecados.

En la paredes dan con sus cabezas mondas

y arrastran los torcidos monstruosos piececillos.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
27 şubat 2026
Hacim:
60 s.
ISBN:
4064066448165
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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