Kitabı oku: «Metazoos», sayfa 6
EL CAMARÓN MANCO
Probablemente un cangrejo se indignaría si pudiera oírnos clasificarlo sin más preámbulo ni disculpas como un crustáceo, y despacharlo de esta manera. «No soy tal cosa», diría; «yo soy YO MISMO, solo YO MISMO».
WILLIAM JAMES, The Varieties of Religious Experience
Maestro
Alejándonos un poco de la escena que abrió el capítulo anterior (la llanura arenosa, las mareas rápidas y el ascenso del coral blando), una tubería delgada y vieja recorre el fondo marino, desde la costa hasta la bahía. Un batiburrillo de vida ha crecido alrededor de la tubería semienterrada. A medida que nadas a lo largo de ella, ves esponjas que ajustan de manera imperceptible el flujo de agua a través de su cuerpo y corales blandos que despliegan sus tentáculos digitiformes. Te desplazas a lo largo de formas antiguas y lentas de acción animal. Y entonces, bajo una cornisa, algo muy diferente: un movimiento de antenas. El alboroto de muchas patas. Y atención, orientadas hacia ti, a medida que te acercas.
Los camarones limpiadores bandeados o gambas boxeadoras tienen el cuerpo con franjas rojas y blancas como los antiguos postes de las barberías. Son crustáceos, como las langostas y los cangrejos. El término «camarón» es vago y no se refiere a una sola rama del árbol evolutivo; los animales a los que se denomina comúnmente «camarón»11se encuentran en varias ramas cercanas. Los crustáceos, de hecho, tampoco son una rama única. Pero todos estos animales son artrópodos, y esta es una rama del árbol, grande e importante. El camarón limpiador (de nombre científico Stenopus hispidus) tiene un cuerpo de algunos centímetros de largo, dos brazos grandes con garras impresionantes y varias antenas largas y blancas, más largas que el cuerpo. Vi un par de estos animales juntos en un lugar concreto, y meses más tarde, cuando estaba cerca, fui a comprobar si ellos, u otros como ellos, estaban todavía allí.
Me planté allí y vi un camarón limpiador bandeado posado sobre el pitorro de una ascidia. Este camarón había perdido uno de sus grandes brazos con garras. Esta pérdida no lo había afectado demasiado, pues poseía una profusión de otras patas, incluidas varias garras menores que acompañaban a la enorme que le quedaba.
El camarón pasó algún tiempo posado frente a un pequeño tiburón que dormitaba bajo una cornisa rocosa, aparentemente dándole golpecitos. El tiburón se movió un poco y prestó poca atención. De repente, el camarón trepó bajo la cornisa y debió de quedar colgado boca abajo, porque todo cuanto se veía de él eran unas pocas antenas largas, como los bigotes de un gato, que pendían hacia abajo.
Pensé: ¿por qué no tocarlas? Podría asustar al camarón, pero este, si quería, podía huir adentrándose más bajo la cornisa. Parecía que no le preocupaba en absoluto el tiburón. De modo que extendí la mano y toqué levemente una antena, con una caricia. Para mi gran sorpresa, el camarón descendió directamente y me miró.
Yo estaba encantado. Después de años siguiendo a pulpos, ya me he hecho a la idea de un cierto grado de contacto con animales inverosímiles, pero me dejó atónito la mirada de hito en hito que este camarón me dirigía.
Volvió a moverse. ¿Qué estaba ocurriendo en su interior? El camarón me contemplaba y me permitió que le diera unos toques más. Permanecía con un único brazo levantado como un director de orquesta, un maestro diminuto, frente al tiburón adormilado.
De los animales que he descrito hasta ahora en el presente libro, este es el primero que puede ver un objeto como nosotros, el primero con ojos que pueden distinguir objetos (aunque algunas medusas raras que mencioné anteriormente, como las cubomedusas, poseen ojos que se aproximan a los de este tipo). Este es también el primer animal que he descrito que puede moverse con velocidad. Puede trepar rápidamente, hacia ti o alejarse. Puede manipular cosas. Puede dirigir acciones sobre objetos, así como dirigir su mirada. Es un animal que mantiene una relación diferente con su entorno, un modo de ser diferente de los que hemos comentado hasta aquí. ¿Cómo ha llegado a existir?
El Cámbrico
Animales de este tipo son un producto del Cámbrico, otra época fundamental en la historia de la vida animal. En el capítulo anterior vimos el periodo inmediatamente anterior al Cámbrico, el Ediacarense, la época de los primeros animales fósiles conocidos. Este periodo va de animales inmóviles como las flores a animales que se arrastraban y excavaban. El Cámbrico, que se inició hace unos 540 millones de años, parece asistir a un cambio súbito, casi una ruptura. Entre sus fósiles existen animales con partes duras, patas y conchas, y ojos conspicuos. Los pioneros eran parientes antiguos de este camarón.
Todavía se debate si la aparición de un cambio súbito es algo engañoso (y «súbito» implicaría todavía una escala temporal de millones de años). Existen diversas teorías acerca de por qué en esta época apareció una gama de animales muy diferente, aunque dichas teorías suelen invocar factores que pueden operar en conjunto. Las condiciones ambientales habían cambiado, con más oxígeno disponible. La química oceánica se estaba volviendo más favorable para la vida animal. Sin embargo también quizá posibilitado por el oxígeno pero más allá de un simple efecto químico, en la propia evolución se inició un nuevo régimen.
Volviendo al Ediacarense, en la fase del Mar Blanco vimos animales que comenzaban a arrastrarse sobre superficies y a excavar un poco en el pantano submarino. También vimos la aparición de carroñeros. Se hace visible una ruta evolutiva, que empieza con movimientos lentos hacia la comida, y después con otros no tan lentos, pues otros podrían alcanzarla primero. El siguiente paso es que el carroñeo se transforme en depredación. Esto produce una «carrera armamentista». Cuando hay animales que intentan comerte, que rastrean tu olor y lo siguen, sale a cuenta mejorar tus propios sentidos y medios de movimiento. La evolución de los ojos pudo tener un papel especial en este proceso, pero pronto afectó a muchas facetas de la sensibilidad y el comportamiento.
El cuadro fósil más claro de este proceso podría incluir los restos de ediacarenses superados, vapuleados por los recién llegados. En realidad, no existe un registro fósil de una sustitución activa, pues los ediacarenses habían desaparecido, por lo que sabemos, para cuando surgieron los animales del Cámbrico. Parece como si, sencillamente, hubieran abandonado el escenario y hubieran sido sustituidos por un reparto diferente.
Parece que los artrópodos marcaron el camino. En la actualidad, este grupo incluye un enorme número de insectos; se trata de animales que llegaron más tarde, y a su debido tiempo hablaremos de ellos. Las formas más antiguas suelen ser reconocibles como crustáceos, aunque los más conspicuos, los trilobites, pueden estar más estrechamente emparentados con las arañas. Parece que en esta época los artrópodos inventaron una nueva manera de ser un animal, con un esqueleto que sostiene y organiza acciones complejas. También inventaron las garras y, junto a ellas, ojos que forman imágenes.
El camarón limpiador es un ejemplo de este nuevo tipo de animal; es la esencia misma de un artrópodo, y sintetiza su manera de ser. En medio del movimiento inquieto de todas las patas, me costó un poco descubrir qué había allí. Básicamente, hay dos garras12grandes en largos brazos (excepto en el individuo al que estaba visitando, que había perdido una). Hay dos pares de garras menores o pinzas, con dispositivos para agarrar en su extremo. Esto son cuatro garras adicionales. Después hay algunas patas, varias cosas que parecen peines extendidos, y otras partes menores. Mirando las fotos del animal, la caja de herramientas que suele usar es algo así como seis quelas, cuatro patas, seis antenas y otros dos fragmentos de parafernalia parecidos a peines. Esto suma, por lo menos, dieciocho extremidades y protuberancias. Un cuerpo como una navaja del ejército suizo.
No es fácil hacer el seguimiento de este cuerpo. En cierto punto de los acontecimientos descritos anteriormente, una de las grandes garras del camarón empezó a agarrar una de sus propias patas, y rápidamente desistió, liberando así la pata locomotora. El crustáceo utilizaba varios de estos apéndices, especialmente las garras pequeñas, para rebuscar y agarrar fragmentos de comida. Estas acciones se alejan mucho del lento despliegue del coral blando y del silencioso bombeo de la esponja.

Figura 6. Una escena del Cámbrico. Los animales son: A, Anomalocaris (un depredador, no el noble gigante que se menciona en el texto, que apareció más tarde); B, Pikaea, al que volveremos a encontrar en el capítulo 7; C, Opabinia, otro depredador emparentado con los artrópodos; D, Cheirurus, un trilobites.
Este aspecto de caja de herramientas vaciada es relativamente típico de los artrópodos. Si construimos un cangrejo ermitaño, ¿por qué no colocar algunas cosas que parecen espátulas sobre la cara? ¿Por qué no? Esta es la manera de evolucionar de los artrópodos: cuando se tengan dudas, añádanse algunas patas. Añade algunas espátulas a tu cabeza. Mi camarón manco pertenece a una especie que normalmente tiene una garra pequeña y una enorme, extragrande, como si el animal la hubiera comprado por internet a altas horas de la noche.
La evolución de los artrópodos ha sido imparable durante quinientos millones de años. El mayor artrópodo que se haya encontrado es un anomalocárido gigante. Este grupo, que apareció primero en el Cámbrico, presentaba formas nadadoras y depredadoras. Pero la mayor, de más de dos metros de longitud, era un pacífico comedor de plancton, algo así como una ballena barbada.
Hoy en día no hay tantos artrópodos nadadores: su competencia en aguas abiertas ha sido diferente, y formidable, durante mucho tiempo. Los nadadores actuales suelen ser de pequeño tamaño, con formas a menudo delicadas y bellas. Buceando en el estrecho de Lembeh, Indonesia, vi nadando un camarón de las anémonas del género Periclimenes (nombre que se le dio, según creo, por un nieto proteico de Poseidón, el dios griego del mar, aunque muchas especies se están pasando ahora al género Ancyclomenes, nombre que procede del término griego que significa «curvado» y que suena como un antibiótico). Estos camarones son limpiadores de otros animales, pero viven entre las anémonas para protegerse. Son diminutos, casi transparentes, con unas pocas manchas y bandas de color vivo. Cuando se pusieron a zumbar alrededor de su anémona, parecían un feliz grupo de ángeles.
En estos animales, que tienen unos buenos ojos y unas garras bien diseñadas, existe relación con los objetos externos, tanto en el aspecto sensorial como en el activo. Pueden ver objetos y manipularlos. Aunque el camarón limpiador que visité había perdido un brazo, era el único animal de aquella escena con algo parecido a brazos o garras. A su alrededor había moluscos y gusanos, también el tiburón, y ninguno de ellos estaba bien dotado en lo que a medios de manipulación se refiere. (Aquel día no había pulpos por los alrededores). El artrópodo podía actuar sobre los objetos de maneras que ningún otro animal allá abajo podía igualar: realmente un maestro. Así es como eran las cosas allá por el Cámbrico y, a diferencia del tiburón adormilado, ningún animal de aquella época tenía dientes. En el país de los que carecen de extremidades, el camarón manco es el rey.
Sensibilidad animal
En el capítulo 3 consideramos la historia temprana de la acción animal. Ahora, bajo los atentos ojos del camarón, nos dirigimos a algunos episodios en la historia de la sensibilidad.
Los animales no inventaron sentir, igual que actuar; una capacidad de sentir de algún tipo se ve en toda la vida celular conocida. Los organismos unicelulares pueden seguir pistas táctiles, sustancias químicas, la luz e incluso el campo magnético de la Tierra. Pero en los animales la sensibilidad experimentó una transición; de hecho, varias transiciones.
En el capítulo anterior estudiamos acciones que implican la coordinación de muchas partes, organizadas en el espacio. El mismo tipo de cambio tuvo lugar con la sensibilidad. Los animales desarrollaron superficies, matrices y pantallas que son sensibles, que pueden captar una impresión o una imagen. La retina de uno de nuestros ojos, por ejemplo, es una capa de células organizada en la que la luz que incide forma una pauta. La pauta o imagen no es vista por el cerebro, pero su disposición espacial (qué fragmentos están junto a qué otros) tiene efectos posteriores, sobre las neuronas conectadas al mismo. Los sensores de nuestra piel que detectan el tacto son parecidos, y detectan la forma de una impresión o la textura de un objeto.
Anteriormente planteé la idea de que la evolución de la acción «precedía» un poco a la evolución de la sensibilidad. Era una conjetura. No sabemos qué tipo de ordenación hubo entre la evolución de nuevos tipos de sensibilidad y de nuevos tipos de acción. Y una vez que estamos en el Cámbrico, ambos avanzaron rápidamente. En cualquier caso, al igual que los animales se convirtieron en nuevos tipos de objetos cuando desarrollaron acción multicelular, también lo hicieron cuando desarrollaron sensibilidad multicelular, al promover que partes de su cuerpo se convirtieran en mapas o reflejos de fragmentos de su entorno.
Los ojos son un caso paradigmático, y a principios del Cámbrico adquirieron mayor complejidad. Los ojos de los artrópodos están «compuestos» en la mayoría de los casos, de muchas partes pequeñas cada una de las cuales posee su propia lente. En cambio, nuestros ojos poseen cada uno una lente o cristalino y una retina; este es el diseño de tipo «cámara». Algunas arañas son casos especiales entre los artrópodos, pues poseen ojos más parecidos a los nuestros (y algunas tienen asimismo insertada una lente de teleobjetivo). Pero los ojos de artrópodos más complejos, y según algunos criterios los ojos más complejos de cualquier animal, son los de las gambas mantis.
Las gambas mantis, o estomatópodos, se cuentan entre los artrópodos marinos más activos que hay hoy vivos. No son muy grandes, pero en algunos aspectos recuerdan los años del Cámbrico de dominancia de los artrópodos. Seguí a una de ellas durante un rato, también en el estrecho de Lembeh, en Indonesia. Tenía unos quince centímetros de longitud, parecía una langosta compacta y, al estilo de los verdaderos artrópodos, tenía la cabeza engalanada con palos de golf y luces de fiesta.
Se alejó rápidamente por el fondo marino. La seguí, no demasiado deprisa, pero de manera persistente. Siguió moviéndose y, de vez en cuando, se detenía de golpe y miraba hacia atrás. Imaginé que cada vez decía «¿QUÉ? ¿QUÉ?», una interrogación que le causaba irritación. (Una interpretación más precisa podría ser «mira… mira…»). Normalmente cabría esperar que un animal que hiciera esto girara hacia atrás su cabeza o su cuerpo para mirar, pero los ojos de un estomatópodo son dos esferas sobre pedúnculos que pueden girar libremente y hacerlo con independencia uno del otro. Podía hacer su irritada inspección sin girarse.
Los estomatópodos pueden mirar el mismo objeto con partes diferentes de un ojo, y por lo tanto ver la profundidad con este ojo único. Sus ojos tienen del orden de una docena de diferentes receptores del color, en comparación con los nuestros, que son normalmente tres. Estos animales poseen también un arsenal complejo. El armamento de que disponen consiste básicamente en martillos y picas, organizados con «muelles, pestillos y brazos de palanca» (cito de un artículo uno de cuyos autores es Roy Caldwell, el biólogo de Berkeley y encantador de estomatópodos que ha hecho más que nadie para discernir qué es lo que pueden hacer estos animales). Cuando se dispara un martillo desde este aparato, su movimiento alcanza, por un momento, velocidades extraordinarias y puede vaporizar el agua.
Un camarón limpiador tiene un comportamiento más pacífico. En mis encuentros con ellos, cuando salieron para observarme, tuve la impresión inicial de que su respuesta era de curiosidad. Más tarde comprendí la base biológica del fenómeno. Estos camarones, como los diminutos que vi en Indonesia, son limpiadores de animales mayores. Comen los parásitos del cuerpo de otros animales: peces, anguilas y tortugas. El camarón que me dio la bienvenida en las primeras páginas de este capítulo estaba probablemente comprobando si yo era un candidato para ser limpiado, un cliente.
Ahora tenemos a punto tanto la acción como la sensibilidad en una escala multicelular. Esto no es simplemente un aumento de complejidad de ambos aspectos, un par de mejoras complementarias. La combinación proporciona una nueva forma a las relaciones entre estas dos capacidades antiguas, sentir y actuar.
Un ejemplo ideal con el que introducir este tema son las antenas del camarón limpiador. Son largas, miden varias veces la longitud del propio cuerpo. Son activas, ondean en todas las direcciones, y también sensitivas. Si extiendo mi dedo y una antena lo toca, el animal suele responder de inmediato. Sin embargo estos animales vagan con frecuencia por el entorno de una cornisa confinada. Sus antenas deben de chocar con objetos todo el tiempo, como consecuencia de las acciones del animal. El mismo contacto puede tener causas diferentes, siendo sus propias acciones una de tales causas. El camarón parece ser capaz de registrar qué contactos se deben simplemente a su deambular, y cuáles se deben a las acciones de otro, como yo.
No conozco investigaciones sobre el uso de estas antenas, ni de cómo el camarón limpiador gestiona la relación entre hechos causados por él y los causados por otros en este caso. Pero se ha demostrado que animales de este tipo general (cangrejos de río y moscas) poseen sistemas que modulan la interpretación de información sensorial por parte del registro que el animal efectúa de lo que está haciendo en cada momento. Esta capacidad es una característica general de los animales; no de todos, pero sí de muchísimos, entre ellos algunos con sistemas nerviosos más simples que los de los artrópodos. Es una forma de coordinación entre las partes de un animal que perciben y las partes que actúan. Deduces qué cambios sensoriales cabe esperar encontrar como consecuencia de lo que estás haciendo en este momento (según si te estás moviendo o te estás quieto, etcétera), y buscas cambios sensoriales añadidos a esos. Los cambios «añadidos» son señales de que algo sucede fuera de ti, como que alguien extienda la mano y te toque la antena.
Si un animal no hace algo parecido, sus propios movimientos confundirán su intento de comprender qué es lo que ocurre. Si un animal sí que lo hace, está sintiendo el mundo de una manera que rastrea la división entre yo y otro, entre el propio animal y todo lo demás. A veces, este rastreo puede conseguirlo un sistema nervioso de una manera muy sencilla, pero se haga como se haga, el animal está haciendo ahora cosas dirigidas a referir algunos hechos a sucesos externos y otros hechos a sí mismo. Está tratando con el mundo de una manera nueva, sensible a la distinción entre mundo externo y yo.
Hay mucha literatura que define esta capacidad como el tratamiento de un problema al que se enfrentan los animales. Lo he mostrado así más arriba. El neurocientífico Björn Merker plantea las cosas de esta manera en un artículo influyente. Moverse es bueno, dice Merker, pero moverse tiene costes u «obligaciones», y uno de los costes es que el mundo se hace más desconcertante. Pero existe otra manera de considerar esta situación. El hecho de que las acciones afecten a los sentidos no es solo un problema; también es una oportunidad. Mediante la acción se puede sondear el mundo y dar lugar a nuevos estímulos. Es posible tocar e interferir y hacer que el mundo responda. Las antenas del camarón lo dejan claro. La acción aporta a los sentidos una combinación de dificultades y percepciones, sencillas o complejas en función de cuánto se pueda hacer y cuánto se pueda percibir.
Este tipo de sensibilidad que marca la relación entre el yo y lo otro es una característica importante del modo de vida animal. Da origen a una nueva manera de ser en el mundo. Implica el establecimiento de un punto de vista, una perspectiva, en un nuevo sentido.
Hasta aquí he estado hablando de manera general acerca de la «sensibilidad», pero este fenómeno difiere mucho de un sentido a otro. En la vista y el tacto, las acciones tienen efectos inmediatos y fuertes sobre lo que se percibe. Un ligero movimiento de la cabeza cambia todo el campo visual, y esto produciría mucha confusión si no se tuviera noticia de ese movimiento. Lo mismo se aplica al tacto. Pero el oído es muy diferente: los efectos de las acciones sobre lo que se oye son ciertamente reales, pero suelen ser más leves. Si movemos la cabeza mientras oímos, hay consecuencias, pero el mundo auditivo no cambia de manera espectacular. Movimientos pequeños tienen efectos menos marcados sobre lo que se oye. El olfato y el gusto, los sentidos químicos, también son diferentes; se encuentran quizá entre los dos extremos mencionados.
Con todas las incertidumbres de los fósiles, no está claro cuándo se iniciaron estas nuevas maneras de percibir el mundo. No parece probable que nada de esto surgiera de golpe. Probablemente el Cámbrico tuvo un papel especial, porque tanto los ojos como las nuevas maneras de moverse parecen datar de esta época. Algunos trilobites del Cámbrico tenían también antenas. De nuevo, el camarón limpiador es un ejemplo en tales cuestiones. Estos camarones son objetos muy tridimensionales, con sus antenas y pinzas manipuladoras sobre largos brazos. Ocupan mucho espacio; su cuerpo tiene mucha presencia en el espacio. El camarón es el origen y el centro de muchas de las exploraciones y manipulaciones de los objetos circundantes. Creo que la experiencia de un camarón es de un mundo muy espacializado, incluyendo una distinción entre exactamente qué es eso y qué no es eso; recuérdese, de antes, el agarre momentáneo y la liberación de su propia pata.
Los animales limpiadores, por cierto, tienden a distinguirse en este ámbito. Los limpiadores tienen una relación matizada con su entorno, pues tratan con el más complejo de todos los factores ambientales: otros agentes. La «prueba del espejo» es una prueba que se utiliza para dilucidar si un animal puede reconocerse en un espejo como él mismo, por ejemplo, acicalando o limpiando un punto de su cuerpo que solo pueda verse en el espejo. Poquísimos animales superan esta prueba. El único animal del que, hasta ahora, se ha informado que ha superado alguna de sus versiones sin ser un mamífero o un ave (y solo unos pocos de estos la superan) es un pez limpiador.
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