Kitabı oku: «Metrópolis»
Título original: Metropolis
© Thynker Ltd, 2019.
© de la traducción: Eduardo Iriarte, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO566
ISBN: 9788491875093
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
TERCERA PARTE
NOTA DEL AUTOR
KERR PHILIP. BERNIE GUNTHER
KERR PHILIP. SCOTT MANSON
NOTAS
PARA JANE, AHORA Y POR SIEMPRE
PRÓLOGO
Como cualquiera que haya leído la Biblia, me había acostumbrado a vivir con la idea de que la ciudad de Babilonia era sinónimo de todos los excesos y las abominaciones terrenales, fueran cuales fuesen. Y como cualquiera que viviese en Berlín durante la República de Weimar, también me había acostumbrado a la frecuente comparación entre ambas ciudades. En la berlinesa iglesia luterana de San Nicolás, a la que asistía con mis padres de niño, nuestro gritón y malcarado pastor, el doctor Rotpfad, daba la impresión de estar tan familiarizado con Babilonia y su topografía que yo estaba convencido de que había vivido allí. Y eso estimuló mi fascinación con el nombre y me llevó a consultarlo en la Meyers Konversations-Lexikon, que ocupaba toda una balda en la estantería de la familia. Pero la enciclopedia no decía gran cosa sobre las abominaciones. Y aunque es verdad que en Berlín abundaban las prostitutas y mujeres de vida alegre y había una amplia oferta de pecados al alcance de la mano, no estoy seguro de que fuera peor que cualquier otra gran metrópolis, como Londres, Nueva York o Shanghái.
Bernhard Weiss me dijo que la comparación era y siempre había sido una bobada, que era como comparar peras con manzanas. Él no creía en el mal y me recordó que no había leyes contra este en ninguna parte, ni siquiera en Inglaterra, donde había leyes contra prácticamente todo. En mayo de 1928, la famosa Puerta de Ishtar, la entrada norte a Babilonia, todavía no se había reconstruido en el Museo de Pérgamo de Berlín, de modo que la fama de la capital prusiana como el lugar más pervertido del mundo aún tenía que ser subrayado en rojo por los guardianes de la moral de la ciudad, lo que dejaba cierto margen para la duda. Quizá solo éramos más sinceros acerca de nuestras depravaciones y más tolerantes con los vicios ajenos. Pero qué me iban a contar: en 1928, el vicio y todas sus infinitas combinaciones eran responsabilidad de mi departamento en la Jefatura de Policía de la Alexanderplatz de Berlín. Desde el punto de vista de la criminalística —que era una palabra nueva para los polis como nosotros, gracias a Weiss—, sabía casi tanto sobre el vicio como Gilles de Rais. Pero, en realidad, con tantos millones de muertos en la Gran Guerra y la gripe que llegó justo después, y que, como una plaga bíblica, mató a otros tantos millones de personas, parecía irrelevante preocuparse por lo que los demás se metían por la nariz, o por lo que hacían en sus oscuros dormitorios Biedermeier cuando se desvestían. Y no solo en los dormitorios. Durante las noches de verano, a veces había tantas putas copulando sobre la hierba con sus clientes que el Tiergarten parecía un picadero. Supongo que no es de extrañar que después de una guerra, en la que tantos alemanes se vieron obligados a matar por su país, ahora prefirieran follar.
Teniendo en cuenta todo lo ocurrido antes y todo lo que pasó después, es difícil hablar con exactitud o imparcialidad sobre Berlín. En muchos sentidos, nunca fue un lugar agradable, y en ocasiones podía resultar incluso repugnante y absurdo. Demasiado frío en invierno, demasiado caluroso en verano, demasiado sucio, demasiado cargado de humo, demasiado apestoso, demasiado ruidoso y, por supuesto, tan sobrepoblado como Babel, que es el otro nombre que recibe Babilonia. Todos los edificios públicos de la ciudad se habían construido para la mayor gloria de un imperio alemán que apenas había existido y, como los peores tugurios y casas de vecinos, hacían sentir inhumano e insignificante a casi todo aquel que se los encontraba. Aunque tampoco es que los berlineses les importaran mucho a nadie (desde luego, no a sus dirigentes), pues no eran ni muy agradables, ni amistosos, ni bien educados. Es más, a menudo eran estúpidos, pesados, sosos y vulgares a más no poder. En todo momento eran crueles y brutales. Los homicidios violentos estaban a la orden del día. Los cometían, sobre todo, varones borrachos que volvían a casa de la cervecería y estrangulaban a sus respectivas esposas porque estaban tan embrutecidos por la cerveza y el schnapps que no sabían ni lo que hacían. Pero a veces era algo mucho peor: un Fritz Haarmann o un Karl Denke, uno de esos peculiares alemanes impíos que parecían disfrutar matando por matar.Aunque ni siquiera eso resultaba tan sorprendente. En la Alemania de Weimar había tal vez una indiferencia a la muerte súbita y al sufrimiento humano que cabía considerar como un legado inevitable de la Gran Guerra. Nuestros dos millones de muertos equivalían a la suma de los de Inglaterra y Francia. En algunos campos de Flandes los huesos de nuestros jóvenes abundan tanto que podríamos considerarlos más alemanes que Unter den Linden. E incluso hoy en día, diez años después del final de la guerra, las calles están siempre llenas de tullidos y lisiados, muchos de ellos todavía de uniforme, mendigando calderilla delante de las estaciones de ferrocarril y los bancos. Raro es el día en que los lugares públicos de Berlín no se parecen a un cuadro de Pieter Brueghel.
Y, sin embargo, pese a todo, Berlín también era un sitio maravilloso y estimulante. A pesar de todas las razones antes mencionadas para tenerle aversión, era un espejo enorme y luminoso del mundo y, en consecuencia, para cualquiera que estuviese interesado en vivir en él, un reflejo maravilloso de la vida humana en toda su fascinante gloria. No habría vivido en ningún lugar que no fuera Berlín ni aunque me hubieran pagado, sobre todo ahora que Alemania había dejado atrás lo peor. Después de la Gran Guerra, la gripe y la inflación, las cosas estaban mejorando, aunque poco a poco. Aún había mucha gente que lo pasaba mal, más que nada en el este de la ciudad. Pero era difícil imaginar que Berlín fuera a correr la misma suerte que Babilonia, que, según la Meyers Konversations-Lexikon, fue destruida por los caldeos; sus murallas, templos y palacios fueron saqueados y las ruinas lanzadas al mar. A nosotros no nos ocurriría nunca algo así. Fuera lo que fuese lo que nos esperaba, lo más probable era que estuviéramos a salvo de la destrucción bíblica. No le interesaba a nadie —ni a los franceses ni a los británicos ni, desde luego, a los rusos— ver Berlín y, por extensión, Alemania, sometido a una apocalíptica venganza divina.
PRIMERA PARTE
MUJERES
Por doquier el misterio del cadáver.
MAX BECKMANN,
Escritos, diarios y discursos
(1903-1950)
Cinco días después de las elecciones generales federales, Bernhard Weiss, el jefe de la Policía Criminal de Berlín, me citó a una reunión en su despacho de la sexta planta de la Alex. Engalanado con el humo de uno de sus puros Schwarze Weisheit preferidos y sentado a la mesa de reuniones junto a Ernst Gennat, uno de sus mejores inspectores de homicidios, me invitó a tomar asiento. Weiss tenía cuarenta y ocho años y era berlinés, pequeño, esbelto y pulcro, de aspecto académico incluso, con gafas redondas y un bigote fino y bien recortado. También era abogado y judío, lo que lo hacía impopular entre la mayoría de nuestros colegas, y había superado muchos prejuicios para llegar donde estaba: en tiempos de paz, a los judíos se les había prohibido llegar a oficiales del ejército prusiano; pero cuando estalló la guerra, Weiss se alistó al Ejército Real de Baviera, donde ascendió rápidamente al rango de capitán y ganó una Cruz de Hierro. Después de la guerra, a petición del Ministerio del Interior, reformó la policía de Berlín y la convirtió en uno de los cuerpos más modernos de Europa. Aun así, cabe decir que era un policía de aspecto improbable. Siempre me recordaba un poco a Toulouse-Lautrec.
Tenía ante sí un expediente abierto que, al parecer, versaba sobre mí.
—Han estado haciendo un buen trabajo en Antivicio —dijo con su voz engolada, casi dramática—. Aunque me temo que están librando una batalla perdida contra la prostitución en esta ciudad. Todas esas viudas de guerra y refugiadas rusas se ganan la vida como buenamente pueden. Yo no hago más que decirles a nuestros líderes que si nos esforzáramos más por conseguir la igualdad salarial para las mujeres, resolveríamos el problema de la prostitución en Berlín de un día para otro.
»Pero no está usted aquí por eso. Supongo que habrá oído que Heinrich Lindner ha abandonado el cuerpo para trabajar de controlador aéreo en Tempelhof, lo que deja un asiento libre en el furgón de homicidios.
—Sí, señor.
—¿Sabe por qué se fue?
Lo sabía, pero como daba la casualidad de que no quería decirlo, me vi haciendo una mueca.
—Puede decirlo. No me ofenderé lo más mínimo.
—Tengo entendido que dijo que no le gustaba acatar órdenes de un judío, señor.
—Así es, Gunther. No le gustaba acatar órdenes de un judío. —Weiss dio una calada al puro—. ¿Y usted? ¿Le supone algún problema acatar órdenes de un judío?
—No, señor.
—O acatar órdenes de cualquier otro, si a eso vamos.
—No, señor. No tengo problemas con la autoridad.
—No sabe cómo me gusta oír eso. Porque estamos pensando en ofrecerle un asiento permanente en el furgón. El asiento de Linder.
—¿A mí, señor?
—Parece sorprendido.
—¿Sabe? Es que se rumorea por la Alex que ese puesto llevaba escrito el nombre del inspector Reichenbach.
—No a menos que usted lo rechace. E incluso en ese caso, tengo mis dudas sobre ese hombre. Como es natural, habrá quien diga que no me atrevo a ofrecerle el puesto a otro judío. Pero no se trata de eso en absoluto. En nuestra opinión, tiene usted madera de buen inspector, Gunther. Es diligente y sabe cuándo tener la boca cerrada. Eso es bueno para un inspector. Muy bueno. Kurt Reichenbach también es un buen inspector, pero es bastante ligero de puños. Cuando aún iba de uniforme, otros colegas suyos de la policía comenzaron a apodarlo Sigfrido, por su querencia natural a blandir la espada y golpear a algunos de nuestros clientes con la empuñadura o el plano de la hoja. Me da igual lo que haga un agente de policía en defensa propia, pero no pienso tolerar que un agente se dedique a partir cráneos por placer. Da igual el de quién.
—Y carecer de espada no lo ha disuadido —señaló Gennat—. En fechas más recientes corrió el rumor de que había vapuleado a un hombre de las SA al que había detenido en Lichtenrade, un nazi que acuchilló a un comunista. No se demostró nada. Quizá goce de popularidad en la Alex, incluso algunos antisemitas parecen apreciarlo, pero tiene mal carácter.
—En efecto. No digo que sea mal policía. Solo que lo preferimos a usted. —Weiss miró la hoja de mi expediente—. Veo que obtuvo el grado de bachiller. Pero no asistió a la universidad.
—La guerra. Me presenté voluntario.
—Claro.
—Bien, entonces, ¿acepta el puesto? Si lo quiere, suyo es.
—Sí, señor. Con gusto.
—Ya ha trabajado otras veces en la Comisión de Homicidios, claro. Así que sabe investigar asesinatos, ¿verdad? El año pasado. En Schöneberg, ¿no? Como bien sabe, me gusta que todos mis inspectores hayan tenido la experiencia de investigar un homicidio junto a un hombre de primera como Gennat, aquí presente.
—Eso me lleva a preguntarme por qué cree que merezco ese puesto permanente —intervine—.Aún no hemos resuelto el caso de Frieda Ahrendt. Sigue pendiente de resolver.
—Igual que la mayoría de los casos —observó Gennat—. Y no solo los casos. Los investigadores también tienen sus periodos duros. Sobre todo, en esta ciudad. No lo olvide nunca. Es la naturaleza del trabajo. La clave para resolver casos pendientes es adoptar nuevos puntos de vista. De hecho, le puedo pasar otros casos a los que puede echar un vistazo si en algún momento tiene algo parecido a un rato libre. Los casos pendientes son lo que le permite a un inspector labrarse su reputación.
—Frieda Ahrendt —dijo Weiss—. Recuérdemelo.
—Un perro encontró trozos de un cadáver envueltos en papel de estraza y enterrados en el Grünewald —le informé—. Y fueron Hans Schnieckert y los chicos de la División J los que la identificaron. Gracias a que el asesino tuvo el detalle de dejarnos las manos de la joven. Las huellas dactilares de la chica muerta revelaron que estaba fichada por hurto menor. Era de suponer que eso habría abierto muchas puertas. Pero no hemos encontrado ni familiares suyos, ni un lugar de trabajo, ni siquiera una última dirección conocida. Y como un periódico cometió la insensatez de ofrecer una recompensa considerable a cambio de información, perdimos mucho tiempo entrevistando a ciudadanos más interesados en ganar mil marcos que en ayudar a la policía. Al menos cuatro mujeres nos dijeron que habían sido sus respectivos maridos. Una sugirió incluso que su marido había tenido intención de cocinar los trozos del cadáver. De ahí el epíteto que le adjudicó la prensa: el Charcutero de Grünewald.
—Es una manera de librarse del marido —comentó Gennat—. Colgarle un asesinato. Más barato que divorciarse.
Después de Bernhard Weiss, Ernst Gennat era el inspector de mayor rango de la Alex. También era el más corpulento. Por eso lo apodaban el Gran Buda. No sobraba el espacio en el furgón cuando Gennat iba a bordo. Weiss en persona había diseñado la furgoneta de homicidios, equipada con radio, una mesita plegable con máquina de escribir, botiquín, equipo fotográfico en abundancia y casi todo lo necesario para investigar un asesinato salvo un misal y una bola de cristal. Gennat poseía un mordaz ingenio berlinés. Ello se debía, según él, al hecho de haber nacido y crecido en las dependencias del personal de la cárcel de Plötzensee de Berlín, de la que su padre era vicealcaide. Se rumoreaba incluso que cuando había ejecuciones, Gennat desayunaba con los verdugos. Durante los primeros días que pasé en la Alex, decidí analizar a ese hombre y tomarlo como modelo.
Sonó el teléfono y contestó Weiss.
—Usted es del Partido Socialdemócrata, ¿verdad, Gunther? —preguntó Gennat.
—Así es.
—Porque no queremos política en el furgón. Comunistas, nazismo... Bastante me dan la lata en casa. Y está soltero, ¿verdad?
Asentí.
—Bien. Porque este trabajo da al traste con cualquier matrimonio. Igual me mira y piensa, no sin motivo, que gozo de mucho éxito entre las mujeres. Pero solo hasta que llega un caso que me obliga a pasar día y noche aquí en la Alex. Si algún día me da por casarme, tendré que echarme una novia policía. Bien, ¿dónde vive?
—Alquilo una habitación en una pensión de Nollendorfplatz.
—Este puesto significa un poco más de dinero y un ascenso, y quizás una habitación mejor. En ese orden. Y estará uno o dos meses a prueba. ¿Hay teléfono en esa pensión donde vive?
—Sí.
—¿Se droga?
—No.
—¿Ha probado a hacerlo alguna vez?
—Un poco de cocaína, una vez. Para saber a qué venía tanto revuelo. No era lo mío. Además, no me la podría permitir.
—No tiene nada de malo, supongo —comentó Gennat—. Después de la guerra, en este país queda todavía mucho dolor que aliviar.
—Mucha gente no la toma como analgésico —observé—. Por eso a veces los deja con un tipo de crisis muy diferente.
—Hay quien piensa que la policía de Berlín está en crisis —señaló Gennat—. Quien piensa que la ciudad entera está en crisis. ¿Qué cree usted, muchacho?
—Cuanto más grande sea una ciudad, más grande será la crisis, si la hay. Creo que siempre nos enfrentaremos a algún tipo de crisis. Más vale que nos hagamos a la idea. El mayor factor potencial de crisis es la indecisión. Esos gobiernos que no hacen nada. Sin una mayoría clara, no sé si este será distinto. Ahora mismo, nuestro mayor problema parece ser la democracia misma. ¿De qué sirve si no nos proporciona un gobierno viable? Es la paradoja de nuestros tiempos, y a veces me preocupa que nos hartemos antes de que la situación se solucione por sí sola.
Asintió, en apariencia porque estaba de acuerdo conmigo, y pasó a otro asunto.
—Hay políticos que no ven con muy buenos ojos nuestro índice de resolución de casos. ¿Qué dice usted al respecto, muchacho?
—Deberían venir a conocer a algunos clientes nuestros. Tal vez no les faltaría razón si los muertos fuesen un poco más habladores.
—Estamos obligados a prestarles oídos de todos modos —observó Gennat, que rebulló su enorme corpulencia un momento y se puso en pie. Fue como ver ascender un zepelín. El suelo crujió cuando fue hacia la ventana de torreta de la esquina—. Si escucha con suficiente atención, aún puede oírlos susurrar. Como esos asesinatos de Winnetou. Yo creo que sus víctimas siguen hablándonos, lo que pasa es que no hemos entendido su idioma—. Señaló la metrópolis que había al otro lado de la ventana—. Pero hay alguien que lo entiende. Alguien ahí abajo, quizá saliendo de los almacenes Hermann Tietz. Quizás el propio Winnetou.
Weiss acabó de hablar por teléfono y Gennat regresó a la mesa de reuniones, donde encendió un puro acre. A esas alturas ya había un buen manto de humo sobre la mesa que me hizo pensar en el gas arrastrándose a ras de la tierra de nadie.
Estaba demasiado nervioso como para encender un pitillo. Demasiado nervioso y azorado por el respeto a mis superiores; seguía impresionado y asombrado de que quisieran que formase parte de su equipo.
—Era el ViPoPra —dijo Weiss.
El ViPoPra era el «presidente» de la policía de Berlín, Karl Zörgiebel.
—Parece que la fábrica de bombillas Wolfmium en Stralau acaba de saltar por los aires. Las primeras informaciones sostienen que hay numerosos muertos. Quizás hasta treinta. Nos mantendrá al tanto.
—Permítame recordarle que acordamos no usar el nombre de Winnetou cuando nos refiramos a nuestro asesino cazador de cabelleras. Flaco favor les hacen a esas pobres chicas muertas usando nombres sensacionalistas. Ciñámonos al nombre que consta en el expediente, ¿de acuerdo, Ernst? Estación Silesia. Será mejor para garantizar la seguridad.
—Lo siento, señor. No volverá a ocurrir.
—Bueno, bienvenido a la Comisión de Homicidios, Gunther. Hoy es el primer día del resto de su vida. No volverá a ver a la gente de la misma manera. A partir de ahora, cuando esté junto a un hombre en una parada de autobús o en un tren, lo evaluará como un posible asesino.Y hará bien. Según las estadísticas, la mayoría de los asesinatos en Berlín los cometen ciudadanos normales y decentes. En resumidas cuentas, gente como usted y yo. ¿Verdad que sí, Ernst?
—Sí, señor. Rara vez he conocido a un asesino que lo pareciera.
—Verá cosas tan horribles como las que vio en las trincheras —añadió—. Solo que algunas víctimas serán mujeres y niños. Pero tenemos que ser duros. Y verá que tendemos a hacer chistes a los que la mayoría de la gente no le encontraría ninguna gracia.
—Sí, señor.
—¿Qué sabe sobre los asesinatos de la Estación Silesia, Gunther?
—Cuatro prostitutas de la zona asesinadas en otras tantas semanas. Siempre por la noche. La primera, cerca de la Estación Silesia. Las golpearon a todas en la cabeza con un martillo de bola y luego les arrancaron la cabellera con un cuchillo muy afilado. Como si lo hubiera hecho el Indio Rojo que da nombre a las famosas novelas de Karl May.
—Que usted ha leído, espero.
—Muéstreme a un alemán que no las haya leído y le mostraré a un alemán que no sabe leer.
—¿Le gustaron?
—Bueno..., hace unos cuantos años..., pero sí.
—Bien. No podría tomar aprecio a un hombre al que no le guste una buena novela del Oeste de Karl May. ¿Qué más sabe? Sobre los asesinatos, quiero decir.
—No gran cosa. —Meneé la cabeza—. Lo más probable es que el asesino no conociera a las víctimas, y ello hará más difícil atraparlo. Quizá sea el instinto del momento lo que motiva sus actos.
—Sí, sí —lo cortó Weiss, como si ya hubiera oído todo eso en otras ocasiones.
—Parece ser que los asesinatos tienen efecto sobre la cantidad de chicas presentes en las calles —señalé—. Hay menos prostitutas que antes. Algunas me han dicho que tienen miedo de trabajar.
—¿Algo más?
—Bueno...
Weiss me lanzó una mirada burlona.
—Suéltelo, hombre. Sea lo que sea. Espero de todos mis investigadores que hablen con franqueza.
—Es solo que las prostitutas se refieren a esas mujeres por otro nombre. Porque les arrancaron la cabellera. Cuando asesinaron a la última, empecé a oír que la describían como otra reina Pixavon. —Hice una pausa—. Como el champú, señor.
—Sí, ya he oído hablar del champú Pixavon. Según los anuncios, un champú usado por «buenas esposas y madres». Un toque de ironía callejera. ¿Algo más?
—La verdad es que no. Solo lo que dice el periódico. Mi casera, Frau Weitendorf, sigue el caso con mucha atención. Como cabría esperar, teniendo en cuenta lo escabrosos que son los detalles. Le encantan los buenos asesinatos. Nos vemos obligados a oírla mientras nos sirve el desayuno. No es un tema muy apetitoso que digamos, pero qué se le va a hacer.
—Me interesa. ¿Qué dice su casera al respecto?
Me callé, imaginando a Frau Weitendorf con su habitual verborrea, rebosante de una indignación casi santurrona y sin apenas interés en si le prestaba atención alguno de sus inquilinos. Grande, con una dentadura postiza que no acababa de encajarle, y dos dogos siempre pisándole los talones, era una de esas mujeres a las que les gusta hablar, con público o sin él. La bata acolchada de manga larga que llevaba a la hora del desayuno le daba el aspecto de un mugriento emperador chino, un efecto que su doble papada no hacía sino realzar.
Además de Weitendorf, éramos cuatro en la casa: un inglés llamado Robert Rankin que aseguraba ser escritor; un judío bávaro apellidado Fischer que decía ser viajante de comercio, aunque con toda probabilidad era alguna clase de maleante; y una mujer joven llamada Rosa Braun que tocaba el saxofón en una orquesta de baile pero que, casi con total seguridad, era medio fulana. Incluida Frau Weitendorf, éramos un quinteto insólito, aunque quizás una muestra representativa del Berlín moderno.
—Por lo que respecta a Frau Weitendorf, ella diría algo así: «El que a esas chicas les rebanen el gaznate son gajes del oficio. Bien pensado, se lo tenían merecido, la verdad. Bastante barata es la vida sin necesidad de asumir riesgos innecesarios, ¿no? Pero esto no fue siempre así. Esta era una ciudad respetable, antes de la guerra. La vida humana dejó de tener mucho valor después de 1914. Y para colmo de males, luego llegó la inflación en 1923 y nuestro dinero pasó a no valer nada. La vida es lo de menos cuando ya lo has perdido todo. Además, cualquiera puede ver que esta ciudad ha crecido demasiado. Cuatro millones de personas que viven codo con codo. No es natural. Y algunos de ellos viviendo como animales. Sobre todo, al este de Alexanderplatz. Así pues, ¿por qué debería sorprendernos que se comporten como animales? No hay valores morales. Y con tantos polacos y judíos y rusos que viven aquí desde la revolución bolchevique, no es de extrañar que a esas jóvenes las asesinen. Ya verán, al final resultará que quien mató a esas mujeres es uno de esos. Un judío. O un ruso. O un ruso judío. A mi modo de ver, por algo echaron de Rusia el zar y los bolcheviques a esa gentuza. Pero el auténtico motivo por el que mueren esas mujeres es el siguiente: los hombres que volvieron de las trincheras regresaron con un ansia de matar que necesitaban satisfacer. Igual que los vampiros que necesitan sangre para sobrevivir, esos tipos necesitan matar a alguien, a cualquiera. Enséñenme a un hombre que fue soldado en las trincheras que diga que no ha querido matar a nadie desde que volvió a casa y les enseñaré a un mentiroso. Es como la música jazz que tocan esos negros en las salas de fiestas. Les calienta la sangre, ya les digo yo que sí».
—Parece una mujer horrible —comentó Weiss—. Me sorprende que se quede a desayunar allí.
—Va incluido en el precio de la habitación, señor.
—Ya. Ahora, dígame qué opina esa mala pécora acerca de por qué el asesino les arranca la cabellera a esas mujeres.
—Porque odia a las mujeres. Cree que durante la guerra fueron las mujeres las que acuchillaron a los hombres por la espalda y ocuparon sus empleos por la mitad del sueldo, de modo que cuando los hombres regresaron ya no quedaba ningún trabajo porque las mujeres seguían en sus puestos. Por eso las mata y por eso les arranca la cabellera también. Por puro odio.
—¿Y qué cree usted? Sobre la razón por la que ese tipo les arranca la cabellera a sus víctimas.
—Creo que me gustaría saber algo más sobre el asunto antes de hacer especulaciones, señor.
—Sígame la corriente. Aunque tengo que advertirle una cosa: no se ha recuperado ninguna cabellera. Por lo tanto, debemos llegar a la conclusión de que las guarda. No parece tener preferencia por ningún color de cabello en particular. Bien podríamos deducir que las mata a fin de quedarse la cabellera. Lo que plantea la siguiente pregunta: ¿por qué? ¿Qué saca con eso? ¿Para qué iba a arrancarle alguien la cabellera a una prostituta?
—Igual es un extraño pervertido sexual que quiere ser mujer —aventuré—. Hay muchos travestidos en Berlín. Igual tenemos un hombre que quiere el pelo para hacerse una peluca. —Negué con la cabeza—. Ya lo sé, suena ridículo.
—No más ridículo que Fritz Haarmann, que cocinaba y se comía los órganos internos de sus víctimas —observó Gennat—. O Erich Kreuzberg, que se masturbaba sobre las tumbas de las mujeres a quienes había asesinado. Así fue como lo atrapamos.
—Visto así, no, supongo que no.
—Tenemos nuestras propias teorías acerca de por qué ese individuo les arranca la cabellera a sus víctimas —dijo Weiss—. O al menos la tiene el doctor Hirschfeld. Nos ha asesorado en este caso. Pero agradeceremos cualquier idea suya. La que sea. Por disparatada que parezca.
—Entonces se reduce a mera misoginia, señor. O mero sadismo. Un deseo de degradar y humillar, así como de destruir. Es muy fácil infligir humillación a una víctima de asesinato en Berlín. Siempre me ha parecido terrible que esta ciudad permita aún que cualquiera inspeccione los cadáveres de las víctimas de asesinato en el depósito municipal. No hace falta ir más allá para encontrar a alguien que quiera cerciorarse de que sus víctimas se vean humilladas y degradadas.Ya va siendo hora de que se ponga fin a esa práctica.
—Estoy de acuerdo —convino Weiss—. Y así se lo he dicho al ministro prusiano del Interior en más de una ocasión. Pero cuando parece que se va a hacer algo al respecto, nos encontramos con un nuevo ministro del Interior.
—¿Quién es esta vez? —inquirió Gennat.
—Albert Grzesinski —respondió Weiss—. Nuestro antiguo presidente de la policía.
—Bueno, es un paso en la dirección adecuada —observó Gennat.
—Carl Severing era un buen hombre —aseguró Weiss—, pero tenía demasiadas cosas entre manos, obligado como estaba a negociar con esos malnacidos del ejército, los mismos que ya se preparan en secreto para otra guerra. Pero no nos entusiasmemos demasiado con Grzesinski. Puesto que también es judío, lo más probable es que su nombramiento no despierte grandes entusiasmos. Grzesinski es el apellido de su padre adoptivo. En realidad, se apellida Lehmann.
—¿Cómo es que yo no lo sabía? —preguntó Gennat.
—Pues no lo sé, Ernst, porque tengo entendido que es usted inspector. No, me sorprendería mucho que Grzesinski dure en el puesto. Además, tiene un secreto que seguro que sus enemigos no tardan en aprovechar. No vive con su mujer, sino con su amante. Una actriz americana. Usted no le da mucha importancia, Bernie, pero solo los ciudadanos berlineses de a pie tienen derecho a ser inmorales. Nuestros representantes electos no están autorizados a ser representativos de veras; de hecho, se les prohíbe tener vicios propios. Sobre todo, si son judíos. Fíjese en mí. Soy prácticamente un santo. Estos puros son mi único vicio.
—Si usted lo dice, señor.
Weiss sonrió.
—Así es, Bernie. Nunca acepte la palabra de nadie cuando habla sobre sí mismo. No a menos que lo hayan declarado culpable. —Anotó algo en un papel y le aplicó el secante—. Llévelo a la oficina del cajero. Le darán una cartilla de cobro y una placa nuevas.
—¿Cuándo empiezo, señor?
Weiss tiró de la cadenilla del reloj de bolsillo hasta que tuvo el cazador repujado en oro en la palma de la mano.
—Ya ha empezado. Según su expediente, tiene unos días de permiso por delante, ¿no es así?
—Sí, señor. A partir del martes que viene.
—Bueno, hasta entonces es usted el agente de servicio en fin de semana de la Comisión. Tómese la tarde libre y familiarícese con los informes de la Estación Silesia. Eso lo ayudará a permanecer despierto. Porque si asesinan a alguien en Berlín de aquí al martes, usted será el primero en personarse en el escenario. Así que esperemos por su bien que sea un fin de semana tranquilo.
Hice efectivo un cheque en el Banco Nacional de Darmstadt para apañármelas el fin de semana y luego fui hasta la enorme estatua de Hércules. Musculoso y gruñón, llevaba una cachiporra de aspecto bastante útil sobre el hombro derecho y, salvo por el detalle de que estaba desnudo, me recordó mucho a un policía de ronda que acabara de imponer orden en algún garito nocturno de la zona este.A pesar de lo que había dicho Bernhard Weiss, un poli necesitaba algo más que una placa y una orden tajante para cerrar un bar a medianoche. Cuando unos alemanes no han dejado de empinar el codo todo el día y la media noche, es necesario algún objeto contundente con el que golpear el mostrador y conseguir que hagan caso.