Kitabı oku: «Romper la tierra»
Romper la tierra
Contra las mentiras del mundo rural
CICLOGÉNESIS 16 | RAYO VERDE

Primera edición: 1000 ejemplares, octubre 2021.
Título original: Estripar la terra
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C/o Rayo Verde Editorial, S.L.
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de esta edición, Rayo Verde Editorial, 2021
Diseño de la cubierta: Tono Cristòfol
Maquetación: Noemí Giner
Traducción: Víctor Sabaté
Corrección: Gisela Baños y Antonio Gil
Producción editorial: Xantal Aubareda y Sandra Balagué
Composición digital: Pablo Barrio
Publicado por Rayo Verde Editorial S.L.
Mallorca, 221, sobreático, 08008 Barcelona
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ISBN ePub: 978-84-17925-72-7
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Romper
la tierra
Contra las mentiras
del mundo rural
Pol Dunyó Ruhí
Propuestas para conocer y entender cuestiones sobre la diversidad, el equilibrio y la sostenibilidad, y para rechazar la sobreexplotación, las prisas y la violencia.

Índice
1 Germinación
2 Raíces
3 Mediocridad
4 Prisas
5 Violencia
6 Mentiras
GERMINACIÓN
Proceso por el que una semilla o una espora sale de un período de dormición.
Soy payés agroecológico desde hace unos años y, a pesar de haber descubierto mi pasión y de reafirmarla un poco más cada día, tengo la sensación de que cuanto más aprendo, menos sé. Cada cosa nueva que asimilo e interiorizo me abre una puerta al abismo, a la información, a posibilidades inacabables y al infinito, lo que es tan apasionante como asfixiante. Vértigo. Intentaré que estas páginas sirvan para concentrar y sintetizar parte de lo que he aprendido y para allanar el camino hacia este magnífico abismo que es la agricultura y el mundo campesino, así como para transmitir la pasión que me despierta.
Esta pasión por la agricultura nace de la necesidad imperante de averiguar de dónde procede lo que nos hace falta para vivir, en primer lugar, y de los miles de dudas y propuestas nuevas, satisfactorias y emocionantes que surgen a partir de esta primera inercia. Además, la posibilidad de autoabastecerme y no depender de los mercados —¡es solo una idea!— me pareció una propuesta muy coherente para concentrar mis reflexiones, desilusionado como estaba tras mi participación como activista político en ciertos ámbitos y tras ver como la mayor parte de la militancia no practicaba de forma individual las exigencias colectivas. La excesiva tutela paternalista de los estados y la burocracia, que van del brazo con los defensores del economicismo, han reducido la libertad individual y colectiva a un estúpido repertorio de derechos catalogables y, a menudo, más costosos de lo que nos podemos permitir. Consideré que la vida campesina y la autosuficiencia eran un modo adecuado de alcanzar ciertos objetivos sin exigir nada a nadie.
La agricultura va mucho más allá del cultivo de alimentos y vivir de la tierra; es una conexión indudable con la historia de la humanidad y su desarrollo. El trabajo de la tierra, la relación con el entorno, la piedra, la carne o el fuego, el sudor, el agotamiento y el aire en la nuca, la madera, el viento, los dedos entumecidos, el sol, el agua, la vida y la muerte; tiene la inmensa capacidad de obligarnos a aceptar los eventos tal como se producen y a intentar ofrecer lo mejor de nosotros para que se desarrollen como uno espera. Nos ata, pero nos hace libres.
De las pocas cosas que he sacado en claro estos últimos años, la más esencial es haber sido capaz de considerar los problemas como una contingencia que hay que resolver. Cuando no existe ninguna opción realista para corregir los acontecimientos desafortunados que se nos presentan, tenemos que ser capaces de aceptarlos como un tránsito y no como una frustración. Si contamos con diversas posibilidades, escogemos la mejor; si no hay ninguna, el problema se ha terminado.
Los motivos que a veces llevan a un campesino a perder una cosecha son diversos: una helada negra, una granizada, una plaga, una enfermedad que no se ha aprendido a prevenir… Pero en ningún caso la ofuscación cambiará nada. Así que debemos aferrarnos a la posibilidad de salvar lo que se pueda —si es el caso— y a pensar en las mejores opciones para que en los años siguientes no se repita esta situación. El problema de la agricultura, que es al mismo tiempo su gran virtud, es que todo aquello que no funciona, por el motivo que sea, en la temporada actual tendrá que esperar a la siguiente.
La inercia que nos conduce a la impaciencia, al quererlo todo para hoy, fracasa cuando se enfrenta al clima y a los ciclos naturales. Las prisas tienen poco que hacer contra la temperatura, las estaciones, el paso del tiempo o las inclemencias climáticas. Nada es para hoy mismo cuando se trabaja en el campo. Y muchas cosas ni tan siquiera lo son para mañana. Esto puede generar múltiples sensaciones o reacciones según el contexto de la situación y la persona que la padece, pero, sin duda, el tiempo siempre saldrá victorioso. Y creo que, a pesar del riesgo que comporta, este es un valor imprescindible que muchos de nosotros hemos perdido —yo incluido— y que, a mi parecer, debemos recuperar con urgencia.
No sé en qué momento la percepción de los elementos que me rodean ha cambiado o tan solo ha brotado como si hasta ahora hubiera estado hibernando, pero soy consciente de que he experimentado un cambio en lo que respecta a la sensación que me provocan ciertas situaciones cotidianas después de trabajar en contacto con ellas y de querer entender su presencia. La humedad, la hierba mojada a finales de verano y el brillo del rocío a primera hora sobre el verde desvaído y la tierra negra, las puestas de sol breves y rojizas a finales de otoño y la sensación de tranquilidad que transmite el cultivo; la violencia y el caos de la lluvia y del viento, del calor extremo y las épocas de sequía. Contemplar un tomate, un calabacín, cualquier fruto, y percibir todo lo que lo conecta con el universo. La savia que se mueve; las raíces que viajan y hablan entre ellas, que interactúan y absorben el agua repleta de nutrientes disponibles gracias a los miles de seres vivos que forman el suelo; el aire seco y cortante que riza las hojas y que se pasea por todas partes, imperceptible; el sol que calienta las cortezas y la tierra húmeda; el agua que todo lo alimenta y los polinizadores que todo lo conectan. Incluso yo, sembrando las semillas y supervisando su crecimiento. Y todos nosotros al mismo tiempo, en una coordinación perfecta que permite que todo viva y se manifieste a su manera, para después desfallecer y morir, para volver a formar parte de lo que antes ha propiciado la vida, favoreciendo la aparición de más vida.
La relación con la vida y la muerte avanza en una dirección muy diferente de la que hemos establecido en conjunto, me parece, y me planteo este asunto con grandes dificultades para comprenderlo o, al menos, cuestionarlo. La muerte, o la descomposición de un cuerpo en concreto, no debería percibirse como una pérdida, sino como un intercambio o una transformación, una metamorfosis —como ya contemplaba Goethe en su Teoría de la naturaleza—,1 sobre todo si entendemos que el crecimiento no se basa en una mera carrera contra el tiempo ni en un aumento del volumen de los cuerpos y los elementos, sino que implica una transformación permanente, un cambio, que no es mayor ni menor que el de un nacimiento o un deceso.
Esto, aunque sea difícil —o imposible— gestionarlo de igual manera en las diferentes situaciones que el hecho implica —pérdida de un cultivo, una bestia del ganado, un amigo, un familiar, un animal doméstico, bosques o elementos físicos del paisaje con los que mantengamos un estrecho vínculo emocional—, creo que es imprescindible para el desarrollo tanto individual como colectivo y para que aprendamos a relacionarnos con el entorno.
Buena parte de las religiones han contemplado la muerte como un ascenso, un viaje, un desplazamiento hacia lo que en cada caso consideraban que era más o menos cierto o que estaba más o menos de acuerdo con sus contextos históricos; creo que los dioses no son, en general, más que una reducción fácilmente inteligible del Todo, del entorno y el tiempo, y que «reunirse» con los dioses, o «ir» a sus dominios, tras la muerte no es otra cosa que un intercambio o una transformación. Una que trasciende la consciencia y el cuerpo humano —o cualquier otro cuerpo no humano— en una suma de nuevas utilidades post mortem.
La aparición de sentimientos o valores éticos vinculados, sobre todo, a la vida urbana y a la falta de contacto con lo que está vivo y en movimiento, lo dinámico, lejos de permitirnos comprender los procesos naturales en los que estamos inmersos y de los que formamos parte tanto como cualquier otro elemento, los personaliza y les otorga una perspectiva humanizada y sospechosamente antropocéntrica, imperante a pesar de los límites que comporta.
La misma perspectiva —imprescindible, diría, especialmente en el momento en el que vivimos— que nos insta a tratar a los animales y los cultivos con respeto y dignidad, en ocasiones conduce, por desgracia, a una dramatizada defensa de los diferentes seres que habitan nuestro entorno —en especial de los mamíferos, con los que, no por casualidad, nos sentimos identificados—, a los que dotamos de necesidades y sentimientos humanos que, lejos de saber con certeza si en efecto los sienten o sufren, tengo la sensación de que no son más que una proyección de nuestras propias debilidades.
Lo que durante la historia de la humanidad se ha aceptado como un acontecimiento indispensable y equilibrado, la ingestión de carne, que permite que sociedades humanas de todo el mundo se autoabastezcan de alimentos sin depender del transporte, de cadenas comerciales ni de vitaminas sintetizadas, curiosamente, hoy parece suscitar una gran y apasionada confrontación. Esta pasión nos lleva a humanizar a los animales y a tratarlos con una condescendencia dogmática y religiosa más allá de la lógica del respeto y la dignidad. A menudo lo hacemos incluso con una pátina de superioridad moral —ridícula a mi modo de ver, y que, me atrevería a decir, muestra menosprecio hacia los animales que supuestamente defendemos—, cuando los tratamos como seres indefensos y angelicales que debemos proteger como si fueran de cristal.
Con estas palabras no pretendo justificar las prácticas que nos conducen a menospreciar a los animales y vegetales, a privarlos de salud, dignidad y libertad de movimientos y a proporcionarles una alimentación indigna, por no hablar de los devastadores efectos que estas prácticas tienen sobre el medio ambiente y sobre la salud de los que se «benefician» de ellas. Yo mismo arriesgaría mi vida por la mayoría de mis animales. No se puede defender lo indefendible. Pero entiendo que relacionarse con la vida y la muerte de forma continua proporciona una visión probablemente menos personalista de lo que esto implica.
Eliminemos la industria cárnica, sí, y recuperemos los rebaños en el bosque y la cría extensiva, el ganado doméstico y el respeto por los que nos darán la vida. Y, sin querer coartar la opinión de nadie, soy consciente de que la rectitud y el obrar correctamente —la moral— desde la perspectiva humana, en general, dependen de los intereses y los contextos socioeconómicos en los que estas cuestiones se plantean.
Las personas tenemos ideas más brillantes, pésimas o absurdas en función de nuestro entorno, que las condiciona. La moral se vende en la opinión pública. Así, de igual forma que en una región y en una época determinadas el sacrificio ritual de animales, o incluso de personas, se veía con absoluta normalidad y como respuesta a una necesidad, nosotros —el mal llamado «primer mundo»— nos escandalizamos por comer pollos criados en pleno bosque o por labrar con mulas y caballos, mientras esterilizamos a nuestros perros, los llevamos atados, los obligamos a vivir en pisos y los privamos de lo que desean: revolcarse entre heces, perseguir animales —matarlos si es preciso— y reproducirse. Los sistemas de valores mutan y se adaptan a los requerimientos de cada época y de las personas que la habitan, a menudo sin que esto implique ninguna «certeza» científica.
RAÍCES
Quién sabe por cuántos ventanales has viajado, pensando, tras la helada lluvia, y en qué horizontes te has aventurado.
No hay olor que no te hable del tiempo, pero la hierba seca se te pega en los calcetines, y ni el hinojo refresca el aire.
Hace unos años, a partir de una visión romántica y vinculada estrictamente a las emociones, me planteé la posibilidad de trabajar la tierra como se hacía en la antigüedad. La idea —sin abandonar, por supuesto, los conocimientos y las técnicas modernas— contemplaba la posibilidad de realizar las tareas de cultivo con caballos. No sé si me incliné por llevarlas a cabo con estos animales, y no con bueyes, mulas o burros, por algún motivo en particular, aunque siempre he tenido una pasión innata por los caballos.
Lo que al principio me pareció una posibilidad ligeramente ingenua y sin demasiadas posibilidades de éxito me llevó a lo que ha terminado convirtiéndose en la principal referencia de mi vida cotidiana «laboral»: la tracción animal. Esta es una práctica que suele asociarse al anacronismo y a la involución —¡al menos en nuestros lares, claro!—, pero, día tras día, no hago más que corroborar lo contrario. ¡Es un elemento de futuro! Qué barbaridad, ¿no? En la era de la tecnología, la digitalización y las comunicaciones desenfrenadas, en la que la velocidad y la cantidad tienen prioridad por encima de la calidad, y en la que el trabajo ocupa una parte importantísima de nuestro tiempo y lo que queremos es aligerarlo tanto como sea posible para poder irnos enseguida a quién sabe dónde, ¿trabajar con un animal en vez de una máquina es realmente una posibilidad de futuro? No creo que se trate de algo que pueda explicarse a bote pronto; como todo, hay que experimentarlo para poder formarse una opinión.
El trabajo de la tierra con animales requiere un saber añadido al del oficio del agricultor moderno. Más allá de las innumerables e inalcanzables —en su totalidad— habilidades necesarias, que van desde el conocimiento de los diferentes tipos de suelos, el clima, las variedades vegetales y las razas animales, su nutrición y desarrollo, la recolección y el almacenamiento, la organización de los diversos elementos, la artesanía y la destreza manual en el cultivo, hasta la comercialización, la publicidad, la gestión y la incansable, absurda y exasperante burocracia que nos aparta de nuestra labor y nos empuja al despropósito y a la banalidad de la legalidad, más allá de todo esto, trabajar con animales implica conocer el oficio en sí —que es uno nuevo—, perfeccionar su práctica y, lo que es más importante para mí, entender cómo y por qué desarrollamos nuestra relación con aquel o aquellos animales. Implica comprender su comportamiento y sus necesidades, aprender a centrar nuestra atención en el trabajo que llevamos a cabo juntos y, al mismo tiempo, mantenernos tranquilos y ser perseverantes.
La tracción animal tiene muchas ventajas respecto al trabajo motorizado: se minimiza la compactación del suelo, lo que lo libera de la presión que evita que su estructura pueda desarrollarse; mejora la circulación del oxígeno, las raíces y las sociedades —microorganismos e insectos— presentes en él; aumenta su capacidad de absorción y retención del agua, y disminuye la posibilidad de que se erosione. Esto permite labrar con una regularidad menor y siempre de forma superficial, evitando dañar la capa viva de la tierra que trabajamos. Es más económico y, por supuesto, no hay ni que mencionar las ventajas de su bajo impacto ecológico. Por no hablar de que se trata de una indudable fuente de materia orgánica compostable para los cultivos. Asimismo, permite trabajar con todo tipo de herramientas modernas, adaptadas al «nuevo» sistema de tracción, y la velocidad de trabajo es alta y muy efectiva en las tareas que requieren precisión, sobre todo en espacios de dimensiones reducidas y en fincas agrícolas pequeñas o medianas —hasta dos hectáreas por animal o por una pareja de animales pequeños o medianos—. Es importante ser conscientes de que, además, trabajar con animales propios, sobre todo si disponemos de espacio para el cultivo de su alimento, dota a la finca de una independencia y autosuficiencia que no obtendrá nunca con maquinaria de fabricación compleja y que suele requerir combustibles fósiles o baterías eléctricas, por ejemplo, para su funcionamiento. También es esencial comprender que los animales de trabajo no solo suponen un beneficio como «herramienta», sino que enriquecen el tejido vivo y organizativo de la finca. Trabajan, aportan estiércol, limpian las márgenes y pastan en los sembrados o los abonos verdes, desbrozan el bosque y facilitan la obtención de leña para el invierno. Son un activo permanente en nuestras fincas.
Pero, aunque este es un tema interesante y sobre el que hay mucho que hablar,2 todavía lo es más, desde mi punto de vista, el elemento que expondré a continuación y que en la actualidad parece el menos relevante: el vínculo emocional. Tal vez todo funcionaría de otra forma si, en mayor o menor medida, priorizáramos el desarrollo emocional, individual y colectivo, en el momento de caminar y avanzar en las múltiples direcciones que se nos presentan y que solemos llamar «vida».
Me niego a entenderla como una sucesión de años que hacen crecer a una persona y luego la minan hasta hacerla desaparecer. La vida es un complejo de una densidad inconmensurable y, al mismo tiempo, ligera y fresca, como el agua, dinámica y vivaz, pero también estanca y aparentemente inerte, como el barro, y no una serie de años más o menos medibles que comprenden el espacio consciente de un individuo. La vida de una persona continúa bajo centenares de miles de formas después de su descomposición, y ya existía también descompuesta antes de tomar forma en cada uno de nosotros.
Pero, después de este pequeño inciso, sigamos con el tema que nos ocupaba: trabajar con un animal, bien sea labrando, conduciendo un rebaño, avanzando por los caminos o en cualquier otra de las numerosas posibilidades que ha gestado la humanidad en esta milenaria simbiosis multidisciplinar, no es en absoluto lo que muchos de nosotros, lejos de entender lo que significa, podríamos imaginar. No significa, en ningún caso, encontrar a un animal que se adapte a nuestras necesidades, educarlo como quien instala un programa informático y ponerlo a trabajar en lo que nos parezca más adecuado.
Trabajar con un animal requiere un método de aprendizaje; cada animal tiene el suyo y cada persona también, pero no se trata de un proceso concreto que empiece y acabe en un tiempo determinado ni siguiendo un protocolo específico. El elemento más importante de este proceso, igual que sucede con cualquier persona, es que requiere que el otro nos conozca y nos respete, que confíe en nosotros y que esta confianza sea recíproca. El aprendizaje es continuo, aunque la parte inicial sea la más significativa, y no es unidireccional, sino que se retroalimenta de forma constante y sin descanso. La tracción animal no supone sustituir los motores por caballos, mulas, burros o bueyes. Supone introducir a los animales en nuestra vida. Cambiar el concepto.
Mi experiencia personal con los animales, después de años de miedo, incertidumbre e implosión emocional, supuso un cambio drástico en mi forma de entender las relaciones. Lo que aparentemente es una actividad hermosa y agradable —y lo es— en ciertos momentos es también peligrosa y pone a quien la practica en un estado de tensión considerable. Compartir una experiencia con un animal de seiscientos kilos —como en mi caso—, que puede herirnos e incluso matarnos si se produce alguna situación que no somos capaces de resolver o si trabajamos de forma temeraria, irresponsable o negligente, nos obliga a adoptar una posición de responsabilidad absoluta, tanto respecto a nuestra integridad y la del animal como a la de todo lo que nos rodea y puede verse perjudicado por nuestro proceder.
Tampoco conviene exagerar; no es que trabajar con tracción animal sea especialmente peligroso, pero sí comporta un riesgo evidente, como muchas otras actividades que realizamos a diario, con el matiz de que en este caso también participa en ella otra conciencia, con unas necesidades y una perspectiva diferentes de las nuestras, lo que, a pesar de los peligros y los incidentes imprevisibles que comporta, suma y añade mayor calidad al resultado final.
Los animales de trabajo no se limitan a obedecer órdenes ciegamente, sino que toman decisiones y tienen iniciativa, y a veces impiden errores humanos en la ejecución de las tareas. Cuántas veces el animal se para cuando le estamos pidiendo que avance, hasta que nos damos cuenta de que lo hace porque hay algo que imposibilita la acción o la hace peligrosa; cómo aprende a girarse al final del surco, mientras aporcamos las patatas, y queda listo para el siguiente caballón, deteniéndose hasta que no le demos la orden de que vuelva a empezar. Los caballos, en este caso, como, entiendo, la mayoría de los animales de tiro, son presas por naturaleza. Tienden a huir, a evitar la confrontación.
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