Kitabı oku: «Deber de memoria»

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Primo Levi

Deber de memoria



Levi, PrimoDeber de memoria / Primo Levi. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUB - (Trazos)Archivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Octavio Kulesz.ISBN 978-987-599-507-91. Ensayo Literario. I. Kulesz, Octavio, trad. II. Título.CDD 854

Traducción: Octavio Kulesz

Ilustración de tapa y contratapa: María rabinovich

Diseño: Verónica feinmann

© Libros del Zorzal, 2006

Buenos Aires, Argentina

“Le devoir de Mémoire”

© Mille et une nuits, département de la Librairie

Arthème Fayard, 1995, 2000.

Este libro se realizó con el apoyo de la Dirección General de Industria, Comercio y Servicios de la Subsecretaría de Producción,

G.C.B.A.

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Este volumen reproduce el diálogo mantenido entre Primo Levi y dos historiadores, Anna Bravo y Federico Cereja –ambos profesores de la Universidad de Turín–. El encuentro tuvo lugar en el marco de una investigación sobre la memoria de la deportación, iniciada en 1982 y auspiciada por la Asociación nacional de ex deportados (ANED), el Consejo nacional de Piamonte y el departamento de Historia de la Universidad de Turín. La entrevista se realizó el 27 de enero de 1983 y fue publicada en la Rassegna Mensile di Israel en 1989, conservando las diferentes marcas de oralidad. El texto fue editado en formato libro por la editorial francesa Mille et une nuits, en 1995.

Entre los puntos importantes de su conferencia en la Universidad de Turín estaban los rituales, los comportamientos sugeridos, impuestos o decididos en común que llamamos el “saber vivir” del campo.

Sí, prefiero comentárselo ya mismo. Puede que sea reiterativo y que repita cuestiones que aparecen en mis libros, es un inconveniente inevitable. Como en cualquier parte, existía un código oficial, un sistema de prohibiciones y prescripciones impuestas por las autoridades alemanas. Pero a ese código se le agregaba también un código de comportamiento espontáneo que denomino “saber vivir”; algunas de las prescripciones o de las prohibiciones podían esquivarse, pero eso se aprendía con la experiencia, cuando uno sobrevivía a la crisis de iniciación, que era la más penosa. El que sobrevivía a los primeros días terminaba aprendiendo todos los rodeos, todas las artimañas posibles –por ejemplo, la mejor manera de hacerse el enfermo–, la corrupción reinaba en el Lager 1, lo cual sorprendía a todo el mundo. En efecto, nosotros al menos, judíos italianos que tardamos bastante en entrar en contacto con los alemanes, habíamos adoptado la imagen oficial del alemán, cruel e incorruptible, cuando en realidad eran extremadamente corruptos. Eso se aprendía más o menos rápido, con la experiencia. Pero no sólo se trataba de los alemanes, que se mantenían a un lado y parecían divinidades inaccesibles, sino de toda la jerarquía del campo que dependía de los alemanes. Había una palabra polaca que se aprendía enseguida: protekcja. Reinaba toda una serie de comportamientos que no tenían que ver directamente con la supervivencia, pero que era considerada la marca de una buena o mala educación. Hablé por ejemplo de cuando se pedía prestada la cuchara. En general, éste era un préstamo que sólo se otorgaba a una persona de confianza, porque una cuchara constituía un capital, valía una ración de pan: uno se la prestaba exclusivamente a gente de confianza o a personas fáciles de vigilar. Al comienzo no nos regalaban la cuchara, había que ganársela, es decir, comprarla con pan. Entre paréntesis, cuando se liberó el campo encontramos un depósito lleno de cucharas, no había motivos para no distribuirlas... El recién llegado estaba entonces obligado a lamer la sopa como un perro, pues nadie le daba una cuchara; en todo caso, cuando alguien nos pedía prestada la nuestra, convenía lamerla primero; tomábamos nuestra sopa y luego lamíamos bien la cuchara para limpiarla y sólo en ese momento la prestábamos. Pienso ahora en otra cosa más: la vestimenta, la compostura. Esto puede parecer extraño, ya que era casi imposible estar bien vestido; pero, como en la vida normal, la ropa tenía su importancia: sombrero y zapatos “decentes” –lo digo entre comillas porque nunca eran decentes, los deportados tenían tras de sí un recorrido tremendo–, de algún modo este cuidado por la prolijidad formaba parte de la disciplina del campo. Al comienzo solía olvidarla, pues me parecía una preocupación inútil, creía que era inútil sacudirle el polvo a una chaqueta llena de grasa y manchas de óxido. Pero los antiguos deportados me dijeron: “no debes actuar así: aquí hay que tener los zapatos y la chaqueta limpios; hay que lavarse la cara y no escaparle al peluquero”. Nos afeitábamos solamente una vez por semana, pero había que hacerlo por respeto a la disciplina y las reglas del campo y también como armadura externa y visible de nuestra vida moral. Nos movía una suerte de instinto colectivo. El que se dejaba llevar estaba en peligro, llegaba siempre último.

¿Pudo observar, respecto de esta exigencia de dignidad incluso a nivel de las apariencias, si podían establecerse distinciones de origen social, si los modelos culturales de prolijidad y decencia jugaban algún papel?

No creo... De hecho, el origen social se desdibujaba muy rápido, y otros factores prevalecían. Recuerdo que los intelectuales entraban en decadencia velozmente, mientras que la gente acostumbrada al trabajo manual resistía más. No había un criterio absoluto. Uno de los múltiples criterios era el peso corporal: es claro que un hombre como yo, naturalmente flaco, que al llegar al Lager pesaba cuarenta y nueve kilos, necesitaba menos calorías que uno de ochenta o noventa kilos. En mi caso eso fue un factor de supervivencia, una ventaja. Muchos intelectuales caían porque se encontraban con un trabajo que nunca antes habían realizado, enfrentados a la obligación de trabajar físicamente, de ocuparse de cosas que un hombre acomodado no realizaba jamás, cepillar la ropa sin cepillo, con las manos, con las uñas...

Ocuparse de lo propio.

Sí, en vez de delegarlo a otros.

En efecto, en las familias ese trabajo recaía en las mujeres: la esposa, la empleada...

Por supuesto. En el Lager, de hecho, había que estar atento. Yo mismo me encontré en gran peligro los primeros días, a causa de un hecho importante para nosotros los judíos italianos: la imposibilidad de comunicarnos. Y creo que lo que me salvó fue la amistad. Sentí esa imposibilidad como una marca de fuego, como una tortura; caí en un medio en el que no comprendía una sola palabra, en el que uno no podía hacerse entender. Era afortunado quien hallaba un italiano con el cual comunicarse. Eramos pocos de esa nacionalidad, unos cien sobre un total de diez mil, el uno por ciento de los detenidos del Lager, y eran pocos los extranjeros que hablaban nuestra lengua; entre nosotros, casi nadie hablaba alemán o polaco, apenas había algunos que hablaran francés. Sufríamos mucho por ese terrible aislamiento lingüístico. Encontrar una grieta, una forma de superar ese aislamiento constituía un factor de supervivencia. Y hallar la otra punta del hilo, un amigo, era la salvación. Pero ese muchacho del que a menudo he hablado en mis libros, Alberto, era la persona que faltaba, se animaba a revender para sí mismo y para los demás, y me encontré con él de casualidad, sin comprender demasiado... En él hallé a un salvador. Me decía: “tienes suerte”. No sé en qué se basaba para decir eso, pero el destino lo mostró más tarde: tuve suerte. Varias veces intenté teorizar acerca de lo que me había salvado y saqué poco en limpio; llegué a la conclusión de que el azar había sido el factor dominante. Por ejemplo, en mi caso, yo que no tenía una salud particularmente sólida estuve un año sin enfermarme, ni siquiera una afección banal.

Y luego, finalmente...

Me enfermé justo cuando hacía falta, cuando eso era una suerte, porque contra todas las previsiones los alemanes libraron a los enfermos a su propio destino.

Tal vez suene un poco apresurado decir que en ciertas ocasiones la suerte consiste en poder enfermarse cuando se puede, como si el cuerpo resistiera por una especie de autorregulación hasta el momento en que nos dejamos llevar.

En ciertos casos es así. Quizás haya sucedido eso, pero el fenómeno también se produce en la vida corriente.

Efectivamente. Pero volviendo a ese “saber vivir”, recuerdo que hizo alusión a un código explícito según el cual convenía no hablar de ciertas cosas.

Sí. Aquí abordamos un tema que remite al discurso acerca de la muerte, del cual hablaré un poco más tarde. En la vida corriente, en un momento distendido y familiar no conviene hablar de cáncer. De igual modo, en el campo era un signo de torpeza, de mala educación hablar del crematorio o de la cámara de gas. Sí, era un tema que podía evitarse, porque no estaba materialmente en nuestro campo; yo no estaba en Birkenau, sino en Monowitz. En Auschwitz no había un solo campo, había varios y el mío era el tercero en jerarquía –Auschwitz III–, el más grande de los campos secundarios. El crematorio estaba en Birkenau; nunca pisé ese lugar y no puedo decir si este código de conducta también regía allí, pero en mi campo se consideraba incorrecto evocar aquellos temas: se callaba a quienes los mencionaran, se cambiaba de tema.

¿Había otros temas prohibidos además de ése?

No. El tema que volvía como una obsesión era la comida, pero era tan general, tan común a todos y a cualquiera, que se lo toleraba, aunque fuera nocivo. Hablar de recetas exquisitas bajo semejantes condiciones traicionaba una pulsión imperiosa y suscitaba una reacción de irritación, nerviosismo, pero todos lo hacían. Conocí a pocos hombres lo suficientemente fuertes como para resistir la tentación de hablar de lo que comían en sus casas, idealizándolo. Era por cierto el tema principal, no se salía de ahí; era el tema de conversación por excelencia. También quería mencionar esto: el discurso sobre la muerte. El miedo a la muerte no era cualitativamente diferente

–al menos que yo recuerde– de lo que se conoce en la vida normal. Hoy en día podemos sentirnos libres, pero todos sabemos que vamos a morir, y allí tampoco ignorábamos que la muerte golpeaba: no era cuestión de diez, veinte o treinta años, sino de algunas semanas o meses. Y sin embargo, extrañamente, eso no cambiaba demasiado las cosas. El pensamiento de la muerte se reprimía, al igual que en la vida corriente. La muerte no figuraba en el registro de las palabras o los miedos cotidianos. Nos faltaban tantas cosas, comida, calor, era tan vital evitar el cansancio y los golpes, que la muerte, que no parecía un peligro inmediato, se relegaba a un segundo plano.

¿Hubo alguna clase de selección cuando llegaron?

Sí, al bajar del tren, en los primeros minutos. Así ocurría cada vez que llegaba un contingente, pero en el momento no lo comprendimos. En todo caso, yo no lo comprendí, y entre los italianos pocos lo entendieron. Era una operación extremadamente rápida, basada en un cupo constante, de más o menos cuatro quintos. Al menos tres cuartos de los deportados eran enviados directamente a la cámara de gas, y un quinto o un cuarto iba a trabajar.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
24 mart 2025
Hacim:
41 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875995079
Telif hakkı:
Bookwire
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