Kitabı oku: «Historias. Libros III-V»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 409

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO SOCAS GAVILÁN .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2013.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición: junio de 2013
REF: GEBO474
ISBN: 9788424937713
LIBRO III
SINOPSIS
(Año 69 d. C., otoño)
Capítulos
1 -14 Marcha de las tropas flavianas sobre Italia
15 -25 Segunda batalla de Bedriaco
26 -35 Segunda batalla de Cremona
36 -48 Convulsión en el imperio romano
49 -63 Marcha de los flavianos contra Roma
64 -75 Sucesos en Roma
76 -83 Conquista de Roma por los flavianos
84 -86 Final de Vitelio
Marcha de las tropas flavianas sobre Italia
1. Los generales del partido flaviano 1 estaban preparando la campaña de guerra 2 con mejor suerte y mayor confianza. Se habían reunido en Petovio 3 en los campamentos de invierno de la legión XIII 4 . Allí debatieron si decidían bloquear los Alpes de Panonia 5 hasta que todas las fuerzas 6 se agruparan a sus espaldas o si resultaría un golpe más osado enfrentarse de una vez al enemigo y luchar para asegurar Italia. Quienes preferían esperar a los refuerzos y [2] alargar la guerra resaltaban el poder y la reputación de las legiones de Germania 7 y la subsiguiente llegada de Vitelio con el grueso del ejército de Britania 8 . Las legiones flavianas, por su parte, eran inferiores en número, habían sido derrotadas recientemente 9 y, a pesar de sus bravatas, la moral entre los vencidos era más bien baja. Pero, mientras ellos controlaran los Alpes, Muciano llegaría con las tropas de Oriente 10 . Más aún, Vespasiano controlaba el mar con la flota 11 y tenía el apoyo de las provincias, gracias al cual podría abrir, por así decirlo, la masiva maquinaria de una segunda guerra. Así que, con una sana espera, llegarían nuevas fuerzas y no perderían nada de las actuales.
2. A estos argumentos Antonio Primo 12 , el partidario más entusiasta de la guerra, respondió que la rapidez sería beneficiosa para ellos y fatal para Vitelio. Los vencedores, afirmaba, incrementaban más su indolencia que su confianza, pues ni siquiera se mantenían de servicio en el campamento: andaban descuidados por todos los municipios de Italia, temibles solo para sus anfitriones, hartándose de placeres inusuales con una avidez que [2] igualaba a la violencia con la que se habían comportado antes. Además, el circo, el teatro o los atractivos de Roma los habían ablandado y las enfermedades los había debilitado 13 . Pero, si se les daba un respiro, también ellos recuperarían la energía mientras se entrenaban para la guerra. Germania, de donde procedían sus fuerzas, no quedaba lejos; Britania estaba separada por un estrecho y al lado estaban Hispania y las Galias, de donde llegaban hombres, caballos e impuestos 14 . Estaba la propia Italia y los recursos de Roma. Y si los vitelianos quisieran iniciar una ofensiva, disponían de dos flotas 15 y el mar Ilírico 16 sin defensa. ¿De qué serviría entonces el bloqueo de las montañas? ¿De qué prolongar la guerra hasta el próximo verano? ¿De dónde obtendrían ellos dinero y víveres 17 ? Al contrario, debían aprovecharse precisamente de que las legiones de Panonia, engañadas más que vencidas 18 , estaban deseosas de levantarse de nuevo para vengarse, y de que los ejércitos de Mesia aportaban sus fuerzas intactas 19 . Si se computaba el número de soldados y no de legiones 20 , había más fuerza en los flavianos y ninguna corrupción por los placeres. Además, la misma humillación por la derrota había ayudado a la disciplina. Es más, la caballería ni siquiera había sido vencida, sino que, a pesar de la situación adversa, habían [4] roto las líneas vitelianas 21 . «Entonces —exclamó Antonio 22 —, dos regimientos de caballería de Panonia y Mesia desbarataron las filas enemigas, ahora las enseñas unidas de dieciséis regimientos con su empuje, su estruendo y su misma polvareda cubrirán y desbordarán a jinetes y caballos olvidados ya del combate. Si nadie se opone 23 , seré al mismo tiempo responsable del plan y de su ejecución 24 . Vosotros, que conserváis la suerte intacta, mantened las legiones en la reserva, yo tendré suficiente con unas cohortes ligeras. Pronto oiréis que el camino de Italia se ha abierto de nuevo para los soldados 25 y pronto escucharéis que han sido derrotadas las fuerzas de Vitelio. Tendréis el placer de seguirnos y pisar las huellas del vencedor».
3. Pronunció estas y similares palabras con fuego en los ojos y voz enérgica para que se le escuchara de lejos, pues centuriones y algunos soldados se habían sumado al consejo de guerra 26 , y lo hizo de tal forma que impresionó incluso a los cautos y prudentes. Los soldados rasos y demás, despreciando la indolencia de los otros, lo aclamaban entre alabanzas como el único con hombría y el único líder. Esta reputación la había conseguido al instante en la asamblea militar en la que se había leído la carta de Vespasiano 27 , pues no habló como la mayoría en términos ambiguos para interpretarlos de una manera o de otra según se presentasen los acontecimientos. Se veía que se había comprometido abiertamente con la causa de Vespasiano, y por eso tenía más peso entre los soldados como su compañero en el fracaso o en la gloria.
4. El siguiente en autoridad era el gobernador Cornelio Fusco 28 . Tampoco a él, acostumbrado a atacar sin compasión a Vitelio, le había quedado esperanza alguna en caso de derrota. Tampio Flaviano 29 , indeciso por naturaleza y por edad, levantaba entre los soldados sospechas de que no había olvidado su parentesco con Vitelio. Y es que, al huir cuando se inició el levantamiento de las legiones y regresar después espontáneamente, se creía que buscaba la oportunidad de traicionarlos 30 . En [2] efecto, tras abandonar Panonia Flaviano entró en Italia y se puso fuera de peligro. Y su deseo de cambio revolucionario le había empujado a recuperar el nombre de legado imperial y unirse a la guerra civil. Lo aconsejaba Cornelio Fusco, no porque estuviera necesitado de la ayuda de Flaviano, sino porque tenía la intención de que el nombre de un excónsul aportara al movimiento flaviano que especialmente por entonces tomaba auge.
5. Por lo demás, con el fin de que el paso a Italia se produjera sin peligro y con provecho, se enviaron instrucciones escritas a Aponio Saturnino 31 para que se diera prisa con el ejército de Mesia. Y para que las provincias desguarnecidas no quedaran a merced de los pueblos bárbaros, se incorporaron al ejército los líderes de los sármatas yáciges 32 que controlaban el gobierno de su ciudad. Ofrecían también a su pueblo y la fuerza de su caballería, en la que reside todo su poder, pero se rechazó tal servicio por miedo a que en medio de nuestras discordias pudieran suscitar una guerra contra el imperio o a que ante una recompensa mayor ofrecida por el otro bando se olvidaran de todo derecho divino y humano. Se atrajo a la causa a Sidón e Itálico, reyes de los suevos 33 , quienes desde antiguo se habían mantenido leales a los romanos y cuyo pueblo era más capaz de [2] cumplir la palabra dada 34 . Se apostaron en el flanco derecho tropas auxiliares a la vista de la hostilidad de Recia, cuyo go bernador era Porcio Septimio 35 , un hombre de incorruptible lealtad hacia Vitelio. Así que se envió a Sextilio Félix 36 con el regimiento Auriano de caballería 37 , ocho cohortes y los jóvenes nóricos a ocupar la ribera del río Aeno 38 , que corre entre retos y nóricos. Y como ni unos ni otros presentaron batalla, la suerte de los bandos se decidió en otro lugar 39 .
6. Antonio 40 , que se apoderó rápidamente de los destacamentos de las cohortes y una parte de la caballería para invadir Italia, estuvo acompañado por Arrio Varo 41 , un oficial valiente en la guerra y con una reputación que había ganado bajo la jefatura de Corbulón y tras los éxitos logrados en Armenia. Pero corría el rumor de que en conversaciones secretas con Nerón este mismo había criticado los méritos de Corbulón; por ello, tras alcanzar el puesto de primer centurión por ese infame favor, la mal ganada alegría del momento se tomó pronto en su [2] desgracia 42 . Sin embargo, Primo y Varo, después de ocupar Aquileya 43 , fueron recibidos calurosamente en las ciudades vecinas y en Opitergio y Altino 44 . En Altino dejó una guarnición contra la flota de Rávena, de cuya defección todavía no se tenía noticia 45 . Después Patavio y Ateste 46 se incorporaron a su bando. Allí 47 se supo que tres cohortes vitelianas y un regimiento de caballería, el llamado Sebosiano 48 , se habían apostado en el Foro [3] de Alieno 49 después de tender un puente. Les pareció que era una buena oportunidad para atacar a los vitelianos que se encontraban desprevenidos. Y es que también se habían informado de ello. Al amanecer aplastaron a muchos de ellos desarmados. Habían recibido instrucciones de que, si mataban a unos pocos, obligarían a los demás a cambiar de bando por miedo. Y hubo quienes se rindieron de inmediato, pero los más, tras romper el puente, cortaron el camino al enemigo que los estaba acosando.
7. Cuando se divulgó este éxito y que las primeras 50 escara muzas de la guerra habían caído del lado de los flavianos, las legiones VII Galbiana y la XIII Gemina con el legado Vedio Áquila 51 llegaron eufóricas a Padua. Allí se tomaron unos pocos días de descanso y el comandante del campamento 52 de la legión VII, Minicio Justo 53 , por ejercer el mando con más rigidez 54 de lo permitido en una guerra civil, tuvo que ser arrancado de la ira de los soldados y enviado ante Vespasiano 55 . Un [2] hecho largamente añorado se exageró mucho debido a la inter pretación que se le dio y al afán de notoriedad, una vez que Antonio cursó órdenes para que se repusieran en todos los municipios los bustos de Galba derribados en las discordias de los tiempos, pensando que sería honroso para la causa, si se creía que el principado de Galba les agradaba y sus partidos volvían a cobrar fuerzas.
8. La siguiente cuestión que se discutió fue el lugar que se elegiría para el escenario de la guerra. Se optó por Verona 56 por disponer en sus alrededores de campos abiertos para la lucha a caballo, en la que eran superiores. Además, privar a Vitelio de una colonia tan rica parecía que era una buena política y buena propaganda. Se ocupó Vicecia 57 en la misma marcha: un hecho de poca importancia en sí mismo (el municipio, en efecto, disponía de pocos recursos) supuso un hito de gran importancia, si se reparaba que allí había nacido Cécina 58 y que se arrebataba su patria a un general de los enemigos. Verona mereció la pena: ayudaron a la causa flaviana con su ejemplo y apoyo material; además, el ejército, desplegado entre Recia y los Alpes Julios, se interponía para que por allí no encontraran paso 59 los ejércitos [2] de Germania. Vespasiano ignoraba o había vetado estas operaciones, pues sus órdenes eran detener la guerra en Aquileya 60 y esperar a Muciano; y a sus órdenes añadía su estrategia de que, dado que tenía el control de Egipto, de sus depósitos de granos y de los impuestos de las provincias más ricas 61 , podía forzar al ejército de Vitelio a la rendición por falta de paga y de [3] trigo. El mismo consejo transmitía en reiterados despachos Muciano, quien ponía como pretexto una victoria sin sangre y sin duelos, pero la realidad era que estaba ávido de gloria y de reservarse todo el brillo de la guerra. Por lo demás, desde tierras tan lejanas las instrucciones oficiales llegaban después de los hechos 62
9. Así pues, Antonio lanzó una repentino ataque contra las avanzadillas enemigas y, tras tantear los ánimos en una escaramuza, se separaron en igualdad de condiciones. Luego, Cécina fortificó su campamento entre Hostilia 63 , aldea de Verona, y los pantanos del río Tártaro 64 , un emplazamiento seguro, porquelas espaldas quedaban cubiertas por un río 65 y los flancos poruna barrera pantanosa. Y si Cécina hubiera sido leal a Vitelio, o [2] podría haber aplastado con todas las fuerzas vitelianas a dos legiones 66 , pues todavía no se les había unido el ejército de Mesia 67 , o los flavianos tendrían que haber dado la vuelta y habríansido obligados a abandonar Italia en vergonzosa huida. Pero Cécina con sucesivas dilaciones permitió al enemigo llevar la iniciativa en las primeras fases de la guerra, mientras increpaba por carta a quienes estaba en condiciones de derrotar por las armas, hasta poder confirmar mediante emisarios los términos de su traición 68 . Mientras tanto llegó Aponio Saturnino con la [3] legión VII Claudiana 69 . Al frente de la legión estaba Vipstano Mesala, hombre de ilustres antepasados y él un miembro ilustre y el único que podía aportar buenas artes a esta guerra 70 . A estas [4] tropas que no se podían equiparar de ninguna manera con las vitelianas (pues todavía eran solo tres legiones 71 ) envió Cécina unas cartas reprochándoles la temeridad de defender una causa perdida 72 . Al mismo tiempo destacaba entre alabanzas el valor del ejército de Germania con una ligera y trivial mención a Vitelio y sin ningún insulto hacia Vespasiano. Nada, en suma, que [5] pudiera seducir o intimidar al enemigo. Los generales del bando flaviano, soslayando la defensa de su desgracia en el pasado 73 , respondieron 74 en términos pomposos a favor de Vespasiano, con lealtad hacia la causa, seguros del ejército y con enemistad hacia Vitelio, aunque ofrecían a tribunos y centuriones la esperanza de conservar las concesiones que les hubiera hecho Vitelio. Al propio Cécina le proponían sin rodeos que se pasara a su bando. La lectura de las cartas 75 en la asamblea levantó la moral de la tropa, pues el tono de los escritos de Cécina era recatado, como si temiera ofender a Vespasiano, mientras que el de susoficiales era despectivo con la intención de insultar a Vitelio.
10. Después, con la llegada de dos legiones 76 , la III al mando de Dilio Aponiano y la VIII a las órdenes de Numisio Lupo, se decidió hacer una exhibición de fuerza y rodear Verona de for tificaciones de campaña. Sucedió que a la legión Galbiana 77 letocó la obra del vallado en la parte frontal y, cuando vieron a lolejos a jinetes aliados, los tomaron por enemigos provocando una falsa alarma. Corrieron a tomar las armas por miedo a una [2] traición. La ira de los soldados se descargó contra Tampio Flaviano 78 sin ningún fundamento para tal acusación, pero como loodiaban desde hacía tiempo exigían su muerte en medio de untorbellino de rabia. Iban gritando que era pariente de Vitelio, traidor de Otón y ladrón de sus gratificaciones. No se le dio oportunidad para defenderse, aunque tendía sus manos suplicantes, se arrastraba reiteradamente en tierra, se desgarraba la ropa y golpeaba el rostro y el pecho entre sollozos. Eso mismo irritaba más a sus agresores, como si el miedo exagerado fueraprueba de su culpa. El griterío de los soldados ahogaba las palabras [3] de Aponio 79 cuando intentaba hablarles, y a los demás oficiales los despreciaban entre abucheos y gritos. Únicamente a Antonio prestaron oídos los soldados, pues efectivamente no solo poseía elocuencia y habilidad para calmar a la soldadesca, sino también la autoridad de un líder. Cuando el motín empezó a recrudecerse y pasaban de los insultos y reproches a las manos, ordenó que encadenaran a Flaviano. Los soldados se sintieron burlados 80 y, tras quitar de en medio a quienes vigilaban la tribuna, se disponían a ejercer la máxima violencia. Antonio interpuso [4] su pecho con la espada desenvainada perjurando que moriría a manos de los soldados o con las suyas propias; cuantas veces veía a un conocido y distinguido con alguna condecoración militar, lo llamaba por su nombre para que fuera en su ayuda. Luego, volviéndose a los estandartes y a los dioses de la guerra 81 , suplicaba que descargaran más bien aquella locura y aquella rebeldía sobre el ejército enemigo. El motín se fue apagando y hacia el final del día cada cual se fue esfumando hacia sus propias tiendas. Flaviano, que partió esa misma noche, se libró del peligro gracias a un despacho que le llegó en el camino.
11. Las legiones, como si estuvieran contagiadas por la peste, atacaron a Aponio Saturnino 82 , comandante del ejército de Mesia, y lo hicieron con la mayor violencia, porque no estaban, como antes, cansadas con el trabajo de trincheras, sino que su ira había estallado al mediodía tras divulgarse unas cartas que, al parecer, [2] Saturnino había escrito a Vitelio 83 . Si antiguamente los soldados rivalizaban en valor y disciplina, ahora lo hacían en insolencia e insubordinación, pues no iban a exigir la ejecución de Aponio con menos violencia que la de Flaviano. Lo cierto era que las legiones de Mesia recordaban que habían ayudado a las de Panonia en su venganza y las de Panonia se alegraban de repetir su culpabilidad, en la idea de que se sentían disculpadas por el motín de los otros. Se dirigieron a unos jardines en los que Saturnino tenía su residencia. [3] Y no fueron Primo, Aponiano y Mesala 84 quienes liberaron a Saturnino, aunque lo intentaron por todos los medios, sino la oscuridad del escondite donde se ocultaba, pues se había metido en los hornos de unos baños que casualmente estaban fuera de servicio 85 . Luego se marchó a Patavio 86 sin la escolta de los lictores. [4] Con la marcha de los excónsules, únicamente Antonio se quedó con el poder y la autoridad de los dos ejércitos 87 , pues sus colegas cedieron ante él y los soldados le respaldaron con entusiasmo. No faltaban quienes pensaran que los dos motines se debían a maniobras traicioneras de Antonio para aprovecharse él solo de la guerra.
12. Tampoco en el bando de Vitelio estaban los ánimos tranquilos 88 . Andaban revueltos por una discordia más destructiva, causada no por las sospechas de los soldados rasos, sino por la perfidia de los oficiales. Lucilio Baso, el comandante de la flota de Rávena 89 , había sumado a su bando a soldados indecisos, pues la mayoría provenía de las provincias de Dalmacia y Panonia, que estaban bajo el control de Vespasiano. Eligieron la noche para consumar la traición, con el fin de que únicamente los conspiradores se reunieran en los cuarteles de mando sin el conocimiento de los demás. Baso, sea por vergüenza o por [2] miedo, esperaba el desenlace dentro de su casa. Los capitanesse lanzaron en medio de un gran alboroto contra los bustos de Vitelio y, cuando degollaron a los pocos que ofrecieron resistencia, el resto de la soldadesca, deseosa de cambios, empezó a inclinarse por Vespasiano. En ese momento compareció Lucilio [3] para hacerse públicamente responsable del movimiento. La flota escogió como comandante a Cornelio Fusco 90 , quien llegó a Rávena a toda velocidad. A Baso, acompañado de una escolta de honor 91 , lo transportaron en una flotilla ligera a Atria 92 , donde Memmio Rufino 93 , el comandante del regimiento de caballería que estaba allí al frente de una guarnición, lo puso bajo arresto. Sin embargo, lo libraron rápidamente de las cadenas gracias a la intervención de Hormo, liberto del César 94 , pues este también pasaba por ser uno de los líderes de los flavianos.
13. En cuanto a Cécina 95 , tan pronto como se conoció la defección de la flota, convocó al cuartel de mando a los centuriones de mayor rango y a unos pocos soldados, aprovechándose de la soledad del campamento, mientras el resto de la tropa estaba distribuido en las tareas de la milicia. Entonces ensalzó las cualidades de Vespasiano y la solidez de su bando. Aseguraba que la flota se había pasado a su lado, que las provisiones escaseaban, que las Galias e Hispanias estaban en contra, que en la capital no había nada seguro. Y todo lo que decía de Vitelio era muy pesimista. Inmediatamente, después de que sus cómplices empezaran a prestar juramento a Vespasiano, obligó a hacer lo mismo a los demás, aturdidos por el cambio. Al mismo tiempo, se arrancaron los bustos de Vitelio y se enviaron emisarios a Antonio con la noticia. Pero cuando [2] el rumor de la traición llegó a todo el campamento y los soldados, que regresaban corriendo al cuartel de mando, vieron que se había inscrito el nombre de Vespasiano y se habían derribado los bustos de Vitelio, se hizo primero un gran silencio y luego todo estalló de golpe 96 . Gritaban «¿A tal punto había caído el honor del ejército de Germania, para que sin batalla, sin heridas entregaran sus manos atadas y rindieran sus armas? ¿Pues cuáles eran las legiones que se les oponían? Sin duda legiones vencidas. Y lejos quedaba el verdadero músculo del ejército de Otón, los de la legión I y XIV 97 , a quienes sin embargo ellos habían derrotado y aplastado en aquellas mismas llanuras 98 . ¿Que iban a regalar al desterrado Antonio 99 a tantos [3] miles de hombres armados, como si fuera un rebaño de esclavos a la venta? ¡Nada menos que ocho legiones 100 serían el añadido a una sola flota! A Baso y a Cécina, después de sustraerle a Vitelio mansiones, jardines y riquezas, les parecía bien sustraerle al emperador también sus soldados y a los soldados su emperador 101 . Sin una baja y sin una herida, sin valor incluso a los ojos del bando flaviano, ¿qué iban a decir a quienes les pidieran cuentas de sus éxitos o fracasos?».
14. Tales eran los gritos que lanzaban separadamente y a una, según la indignación empujaba a cada cual. Siguiendo la iniciativa de la legión V 102 , repusieron en su lugar los bustos de Vitelio y encadenaron a Cécina 103 . Eligieron como jefes a Fabio Fabulo 104 , comandante de la legión V, y a Casio Longo, jefe del campamento; degollaron a los soldados de las tres galeras libúrnicas que se presentaron por casualidad ignorantes y ajenos a lo sucedido. Abandonaron el campamento y, tras cortar un puente 105 , sedirigieron de nuevo a Hostilia y desde allí a Cremona para unirse a las legiones I Italica y XXI Rapax 106 , a las que Cécina había despachado con parte de la caballería para ocupar Cremona.
Segunda batalla de Bedriaco 107
15. Cuando Antonio se enteró de lo sucedido 108 , decidió atacar a aquellos ejércitos enemigos, que estaban en desacuerdo y con sus fuerzas separadas, antes de que los jefes recobrasen la autoridad, los soldados la disciplina y las legiones ya reunidas 109 la confianza. Y en efecto, suponía que Fabio Valente 110 había salido de Roma y se daría prisa al tener conocimiento de la traición de Cécina; en realidad, Fabio también era leal a Vitelio y experto en la guerra. Al mismo tiempo, se temía una enorme invasión de germanos a través de Recia 111 . De hecho, Vitelio había reclamado refuerzos de Britania, Galia e Hispania, lo que hubiera representado un verdadero desastre bélico, si Antonio, que temía eso mismo, no se hubiera asegurado la victoria apresurando el combate. Con el ejército completo [2] se trasladó de Verona a Bedriaco en dos jornadas 112 . Al día siguiente 113 , retuvo a las legiones en labores de fortificacióny envió a las cohortes auxiliares al territorio de Cremona, con el objetivo de que, so pretexto de allegar provisiones, los soldados le cogieran gusto al saqueo de civiles 114 . Él mismo con cuatro mil jinetes avanzó hasta ocho millas de Bedriaco 115 para que saquearan con mayor libertad. Los exploradores, como era usual, cubrían más terreno.
16. Èran casi las once de la mañana, cuando un jinete al galope anunció que el enemigo estaba llegando, que unos pocos marchaban en la vanguardia y que se oía un movimiento estruendoso en una gran extensión de terreno. Mientras Antonio debatía el plan de actuación, Arrio Varo 116 , ansioso por intervenir, lanzó un ataque con los jinetes más osados y rechazó a los vitelianos infligiéndoles bajas poco importantes. En efecto, con la llegada de más adversarios se cambiaron las tomas: los perseguidores [2] más encarnizados pasaban a la cola de la huida. Tales prisas no habían partido de la voluntad de Antonio, quien pensó que sucedería lo que había sucedido. Después de arengar a los suyos para que tomasen las armas con la moral alta, desplegó sus escuadrones de caballería 117 hacia los flancos dejando un pasillo libre para dar acogida a Varo y a sus jinetes. Se ordenó a las legiones que tomaran las armas y por los campos se pasó la consigna de que todos y cada uno abandonaran el pillaje y acudieran al combate por el camino más corto. Mientras tanto, un aterrorizado Varo se mezcló con el grueso de los suyos sembrando el pánico entre ellos. Los soldados derrotados, los ilesos junto a los heridos, chocaban entre ellos mismos debido a su propio miedo y las angosturas de los caminos.
17. En medio de aquel pánico Antonio no omitió ninguna responsabilidad propia de un oficial firme y de un soldado valiente. Salía al paso de los que estaban aterrorizados; donde se requería más esfuerzo, donde quedaba algún atisbo de esperanza, con sus órdenes, con sus hechos y con su voz se distinguía ante el enemigo y se dejaba ver ante los suyos 118 . Por último, llegó a tal grado de excitación que atravesó con su lanza a un abanderado que se daba a la fuga, y luego recogió el estandarte 119 y lo volvió contra el enemigo. Ante tal vergüenza, no más de cien jinetes mantuvieron sus posiciones. Les ayudó el lugar, pues el camino se estrechaba allí y estaba roto el puente sobre el río que corría entre los dos ejércitos 120 , el cual impedía la huida a causa del fondo inseguro y sus escarpadas orillas. Aquella [2] circunstancia, fuera necesidad o suerte, recompuso al bando que ya estaba hundido. Apoyándose unos en otros con las filas apretadas se enfrentaron a los vitelianos lanzados a lo loco, que fueron rechazados en confusión. Antonio acosaba a los caídos y derribaba a los que le plantaban cara; al mismo tiempo, los demás, según sus inclinaciones, los despojaban, los apresaban y les quitaban armas y caballos. Y los soldados que hacía poco vagaban huyendo por campo abierto, alertados ahora por los gritos de júbilo, se unían a la victoria.
18. A cuatro millas de Cremona brillaban los estandartes de las legiones Rapax e Italica 121 , atraídas hasta allí por el éxito inicial de su caballería en la batalla. Pero cuando la suerte se volvió contraria, no abrieron las líneas, no acogieron a sus compañeros en desorden, no tomaron la iniciativa de atacar al enemigo que estaba cansado de correr y de luchar por una extensión de terreno tan amplia 122 Derrotados por el azar, no habían echado de menos a un jefe en el éxito, del mismo modo que entendían [2] que les faltaba en el fracaso. La victoriosa caballería se lanzó contra sus líneas vacilantes y se le unió el tribuno Vipstano Mesala 123 con las tropas auxiliares de Mesia, a quienes seguían muchos legionarios pese a su rápido ritmo de marcha. De esta forma, la mezcla de infantes y jinetes rompió la formación en columna de las legiones. Las cercanas murallas de Cremona, cuantas más esperanzas de refugio ofrecían, menos ánimos para resistir infundían. Antonio tampoco insistió más al recordar las fatigas y heridas con que la suerte de tan incierto combate había castigado a jinetes y caballos, pese a su final feliz.
19. Con las sombras de la tarde llegaron todas las fuerzas del ejército flaviano. Y, al marchar sobre los montones de muertos y los recientes vestigios de la matanza, como si la guerra hubiera acabado, exigieron marchar a Cremona y aceptar la rendición de los vencidos o conquistarla. Esto decían en público, bonitas palabras, pero cada cual pensaba para sí que la colonia, [2] situada en el llano, podía tomarse al asalto. Los atacantes mostrarían igual valentía durante las horas de la noche y gozarían de mayor libertad en el saqueo. Pero si esperaban a que amaneciera, entonces habría paz y después seguirían las súplicas de perdón y en pago a sus esfuerzos y heridas recibirían la gloria de la clemencia, es decir, nada, mientras que las riquezas de los cremonenses irían a los bolsillos de los prefectos y legados 124 . Las ciudades conquistadas pertenecían a la tropa, las quese rendían a los generales. Trataron con desprecio a centuriones y tribunos y, para que ninguna voz se pudiera oír, golpearon susarmas con la intención de desobedecer las órdenes si no se les conducía al asalto.
20. Entonces Antonio se metió entre las compañías y, cuando su presencia y prestigio habían conseguido silencio, les aseguró que no pretendía arrebatar ni la gloria ni la recompensa a quienes habían merecido tanto, pero que comandantes y tropa tenían responsabilidades diferentes. A los soldados les correspondía la agresividad en el combate, mientras que los jefes mostraban su utilidad en la planificación y la deliberación, en la prudencia más que en la temeridad. Si antes había ayudado a la [2] victoria con las armas en la mano en la medida de sus fuerzas, ahora sería de utilidad con el cálculo y el consejo, las cualidades propias de un jefe. Y desde luego sobre los peligros que acechaban no había dudas: la noche, el emplazamiento de una ciudad extraña, los enemigos dentro y todo dispuesto para las emboscadas. Ni con las puertas abiertas se debería entrar si no se exploraba antes y si no se hacía de día. ¿Es que empezarían el asalto sin ninguna posibilidad de ver cuáles son los lugares llanos, cuál es la altura de las murallas, o si había que atacar a la ciudad con catapultas y proyectiles o con trincheras o manteletes? Después, dirigiéndose a cada uno por separado, les iba [3] preguntando si llevaban consigo las hachas, picos y demás equipamiento para asaltar las ciudades. Y cuando le respondieron que no, les espetó: «¿Hay alguna mano que pueda romper y socavar murallas con espadas y lanzas? Si hubiera necesidad de levantar una empalizada, si tuviéramos que protegemos con manteletes y cañizos, ¿nos quedaremos sin hacer nada, como el vulgo temerario, contemplando la altura de las torres y las defensas de nuestros adversarios? ¿No será mejor esperar una sola noche, traer catapultas y maquinaria de artillería y llevarnos así con nosotros el poder de la victoria?». Sin más dilaciones envió a Bedriaco a porteadores y cantineros 125 con los jinetes más descansados con la intención de que trajeran provisiones y demás cosas que pudieran necesitar.