Kitabı oku: «Silvas»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 202

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por GABRIEL LAGUNA MARISCAL.
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO303
ISBN 9788424932329.
INTRODUCCIÓN
Las Silvas
Tal como indica su nombre, las Silvas constituyen una colección de poemas varios, que, al modo como crecen sin orden en la fraga los árboles y los matorrales de especies diversas, brotaron de la capacidad creadora de Publio Papinio Estacio (c. 45 -c. 96 d. C.) en desordenada miscelánea.
¿Fruto espontáneo de su inspiración, como él pretende, o producto, más bien, de su oportunismo?
Sin negar su extraordinaria brillantez versificadora ni, sobre todo, su facilidad asombrosa para improvisar —cualidad que considera Quintiliano1 como el más valioso fruto de los estudios literarios y oratorios—, Estacio se muestra, principalmente, como un erudito, dotado de una notable cultura literaria y mitológica, y que utiliza su indudable habilidad para granjearse, por medio de sus abyectas lisonjas y con dudoso éxito, el favor del déspota Domiciano (81-96 d. C.), así como, con mayor fortuna, el de determinados personajes, ventajosamente situados en el plano político y económico de la Roma de finales del siglo I d. C.; de esta suerte, más afortunado que su genial contemporáneo Marcial y sin haber sido cliente de ningún patrono, como lo fue, bien a su pesar, el hispano de Bílbilis, disfrutó del mecenazgo de, al menos, algunos de los destinatarios de sus composiciones.
Por lo demás, parte de ellas carecen, en el fondo, de verdadero atractivo, dada la falta de interés de muchos de los temas que tocan, y porque, además, resultan formalmente enojosas, debido a los excesos en el amaneramiento y la pedantería, rasgos que contribuyen a oscurecer innecesariamente lo que podría haber sido más transparente, más fresco y directo, más poético.
Otras piezas, por el contrario, nos ofrecen noticias históricas y culturales de innegable interés, y tampoco faltan las que destacan por la sensibilidad de su autor ante el paisaje ni, sobre todo, aquellas que manifiestan un sentimiento sincero de cariño o de dolor; entre ellas puede contarse el poema III 5, dirigido a su esposa, a la que insta para que se retiren ambos a las tierras de su amado golfo napolitano; asimismo, el V 3, poema fúnebre dedicado al padre del poeta, composición que rebosa amor y admiración, aunque Estacio aprovecha la loa para loarse a sí mismo como autor épico en la creación de la Tebaida. Está lleno de ternura el poema V 5, en que llora la muerte de su niño, al parecer un pequeño esclavo manumiso, nacido en su propia casa y al que profesaba un cariño acendrado, como si se tratara del hijo que no tuvo.
No olvidemos tampoco el breve poemita V 4, compuesto en sus últimos tiempos, cuando su prematura enfermedad le impedía dormir, y que dirige al dios Sueño para suplicarle que acuda, aunque sólo sea de pasada, a aliviar el tormento de su vigilia.
También el poema en endecasílabos IV 9, dedicado a Plocio Gripo, es en cierto modo una excepción, puesto que, aun estando dirigido a un personaje eminente del entorno de Domiciano, y aunque contiene adulaciones evidentes —dados los cargos que, por favor del César, ostentó el destinatario—, su tono y su estilo son familiares, festivos y cargados de buen humor.
Cabe, asimismo, destacar esa frescura de talante en el poema IV 6, donde, por añadidura, se pone de relieve la sensibilidad y el primor del poeta en la apreciación de las obras de arte en general y, en particular, del Hércules, pequeño de tamaño y majestuoso en su concepción y en su factura, debido al genio de Lisipo.
El texto
En la presente traducción se ha seguido, excepto en algunos detalles no significativos y salvo, sobre todo, en la puntuación de ciertos pasajes que indicamos más abajo, el texto establecido por Henri Frère, tal como aparece en la segunda edición de la Sociedad «Les belles lettres» (París, 1961), con traducción de H. J. Izaac.
El primer hallazgo de un manuscrito de las Silvas fue debido al humanista italiano Juan Francisco Poggio, que lo descubrió, probablemente en Francia —quizá en Alemania— en la primera veintena del siglo XV, pero que, por desgracia, se perdió.
Tenemos un segundo manuscrito, el Laurenciano, que se remonta al siglo X, y que nos transmite solamente el poema II 7, dedicado a Pola, la viuda de Lucano; poema notable no sólo por su métrica y por la extraordinaria personalidad de su destinataria, sino también por la sinceridad que, en medio del habitual derroche de erudición, parece transparentarse en los elogios que se tributan tanto a Pola como a Lucano. Por ello, se comprende que pudiera gozar este poema de la predilección del copista del Laurenciano. Y otro motivo sobreañadido, relacionado con el anterior, puede ser el del rencor visceral que muestra el poeta ante el recuerdo de Nerón (ver, por ejemplo, II 7, 119 y V 2, 33).
El manuscrito más importante entre los que nos han hecho llegar el conocimiento de las Silvas es el Matritense, que en 1874 descubrió Löwe en la Biblioteca Nacional de Madrid y que puede datarse en 1417 ó 1418; de él, según determinó Klotz, deriva, directa o indirectamente, la treintena de manuscritos italianos, posteriores a 1450, que han pervivido hasta el momento presente. En él se basa, dentro de lo posible, la lectura crítica de Henri Frère y la traducción francesa de H. J. Izaac que aparecen en la edición citada de «Les belles lettres», así como la presente traducción castellana, en la que, aparte de los aspectos estilísticos —elemento eminentemente personal— y aparte, también, de un respeto más riguroso a la literalidad del texto establecido, existen algunas discrepancias notables en cuanto a la puntuación, debidas no sólo a criterios ortográficos, sino también al empeño de facilitar a los lectores la correcta interpretación de los textos.
He aquí los lugares en que dichas diferencias han sido más importantes:
| FRÈRE-IZAAC | PUNTUACIÓN ADOPTADA |
| I 2, 137 y ss.:Sed dabitur iuueni, cui tu, mea summa potestas,nate, cupis, thalami quamuis iuga ferre secundisaepe neget maerens. Ipsam iam cedere sensi | Pero será entregada al joven por quien tú abogas, hijo, mi potestad suprema: por mucho que ella niegue, en su tristeza, su voluntad de entrega a un nuevo yugo, ya he notado que cede |
| I 4, 65 y ss.:has ultro laudabit Iuppiter artes.Nam neque plebeiam aut dextro sine numine cretamseruo animam. Atque adeo breuiter, dum tecta subimus,expediam. Genus ipse suis permissaque retronobilitas; | Júpiter aprobará de grado nuestra empresa, porque no es la vida de un plebeyo ni la de un hombre que se haya encumbrado sin el favor divino la que intento salvar. Más aún —te pondré al corriente en pocas palabras mientras vamos a su casa—: es él quien presta lustre a su progenie y quien prestigia a sus antepasados; |
| IV 6 44 y ss.:quis modus in dextra, quanta experientia doctiartificis curis pariter festamina mensaefingere et ingentes animo uersare colossos! | ¡que mesura en la diestra, qué técnica en la empresa del docto artífice! ¡plasmar al mismo tiempo adornos para una mesa y concebir en su pensamiento colosos ingentes! |
| IV 6, 86:plebeia domus. | una casa plebeya: |
| V 1, 85-86:—nee enim… domo—, | , ya que no existe en la mansión sagrada un cargo más complejo: |
| V 1, 101:cunctaque si numerem, | si yo enumerase todas sus funciones… |
| V 1, 141-142:Florebant hilares inconcussique penates:nil maestum. Quid enim..? | Vuestro hogar florecía gozoso y sin quebrantos; nada era luctuoso: y ¿qué temor cabría..? |
| V 1, 155-156:Furuae miseram circum undiqueLeti nuallauere plagae, tenduntur… | Los lazos tenebrosos de la Muerte cercaron por doquier a la cuitada: se estiran… |
| V 1, 234 y ss.:Accipiunt uultus haud indignata decorosnumina: circumstant famuli consuetaque turbaobsequiis, tunc rite | Las deidades admiten de buen grado tu bello rostro; te rodean tus fámulos —la multitud de siempre— con sus servicios: de acuerdo con el rito |
| V 2, 11 y ss.;etiamne optanda propinquis tristia?-ut octonos bis iam tibi circuit orbesuita, sed angustis animus robustior annis,succumbitque oneri et mentem sua non capit aetas. | ¿Es que también los trances luctuosos deben ser deseados por los seres queridos, ahora, cuando tu vida ha surcado tan sólo dos veces ocho órbitas, aunque tu alma sea más robusta que esos escasos años y sucumba tu edad ante tu temple sin constreñir tu espíritu? |
| V 2, 46:Ipsa uirum norat iam barbara tellus, | La misma tierra bárbara conocía ya a aquel hombre: |
| V 2, 51 y ss.:Disce, puer, —nec enim externo monitore petendusuirtutis tibi pulcher amor: cognata ministretlaus animos. Aliis Decii reducesque Camillimonstrentur— tu disce patrem, | apréndelo, ya que no has de buscar el honroso deseo del valor en un maestro extraño y debe darte ánimo la gloria familiar: a otros se ostente el ejemplo de Decios y Camilos de vuelta del exilio; tú conoce a tu padre: sabe… |
| V 2, 117:—si… putaui—: | Si.. en armas: |
| V 2, 125-126:—nam… frater—, | : ya que… segura, |
| V 2, 141-143:… Araxes.quanta Caledonios… campos!cum… | Araxes! ¡Qué… los campos caledonios cuando… |
| V 2, 145-146:… castellaque longe—aspicis?— | y aquellas torres —¿las ves allá?— |
| V 3, 115:comam subnexus utroque. | ciñendo sus cabellos con dos trofeos… |
| V 3, 2, 62-264:Quos ego tunc gemitus—comitum manus anxia uidit,uidit et exemplum genetrix gauisaque nouit—quae lamenta tuli! ueniam concedite, manes, | ¡Qué gemidos vertí en aquel momento! Lo vio el tropel solícito de mis acompañantes; también lo vio mi madre, y la complugo contemplar mi ejemplo: ¡qué lamentos vertí! Dadme licencia, Manes; |
Debemos reseñar, asimismo, que en algunos lugares se han preferido, a las lecturas aceptadas por Frère-Izaac, las conjeturas que se recogen en la edición oxoniense de E. Courtney (1990), por considerarlas altamente valiosas para una mejor interpretación del texto, desde múltiples puntos de vista. Los pasajes más importantes en que ha parecido preferible adoptar dichas conjeturas son los siguientes:
| FRÈRE — IZAAC | COURTNEY |
| I 2, 45: pensa ueheret | prensum auerteret |
| I 3, 51: est experta | expertura |
| II 1, 223: meruit | renuit |
| II 5, 1: monstrata | constrata |
| III 3, 179-80: periuria…/ litore | per Sunia…/ litora |
| V 2, 117: armatumque | Martemque |
| V 2, 160: et mihi! | ei mihi! |
| V 5, 17: papillas | fauillas |
La traducción
Tratándose de un autor postclásico, de la llamada Edad de Plata de las letras latinas2, lo que equivale a decir barroquizante —y, dentro de la tendencia barroca, en la línea de lo que se ha llamado culteranismo por oposición al conceptismo—, en la presente traducción de las Silvas se ha procurado respetar ese espíritu y esas formas en tanto en cuanto ha sido posible.
Como resultado de tal intento, el empeño de identificación con Estacio se ha manifestado, de una manera casi totalmente involuntaria, en una traducción que, a lo largo de no pocos pasajes, se ofrece en forma de prosa métrico-rítmica, que, eso sí, procura evitar la rima, y que presenta, sobre todo, multitud de endecasílabos, de heptasílabos y de pentasílabos adónicos.
Tanto en la traducción como en los comentarios, se ha procurado prescindir de nombres y expresiones excesivamente técnicos y propios de especialistas, a fin de que todo ello estuviera al alcance de estudiosos y de amantes de la Antigüedad menos especializados. Valga, como botón de muestra, al principio del poema II 7, el uso del nombre Bacantes, de todos conocido, en lugar del sustantivo Basárides que emplea el autor para referirse a las devotas seguidoras de Basáreo, esto es, de Baco.
Del mismo modo, aunque se han utilizado ciertos cultismos inevitables en la traducción, otros han parecido excesivos y ociosos, y por ello se han sustituido por palabras o expresiones menos chocantes: así, el vocablo latino Bellipotens (Belipotente), que designa a Marte, se ha reemplazado, en los poemas I 4 y V 2, por el giro castellano «el señor de la guerra».
En otros pasajes, sin embargo, ha parecido preferible, porque de otra manera no era posible mantener la fidelidad al texto, respetar literalmente la construcción original, aclarándola mediante una nota. Así, en el poema IV 5 aparece el adjetivo bebricio, no sustituible por ninguno más usual; por consiguiente, se ha mantenido en la traducción, pero se ha explicado con la suficiente transparencia por medio de la nota oportuna y necesaria.
Por la misma razón, el adjetivo cecropio, que se emplea en los poemas II 6 y III 2 —con significados diferentes, por cierto— se ha respetado en la traducción, aclarando su empleo con la ayuda de sendas notas.
Éste es, entre otros, el motivo de que se hayan multiplicado las llamadas hasta unos límites poco usuales: Estacio, como se verá, hace gala de una erudición sin fin, erudición que se hace necesario desentrañar para ponerla al alcance de todos los lectores que, siendo cultos, no se han especializado en las parcelas que dominó el poeta.
Asimismo, a fin de facilitar a algunos posibles lectores, no excesivamente versados en cultura clásica, la comprensión del texto y de sus alusiones, se ha utilizado en algunos pasajes —pocos hasta donde ha sido posible— una traducción ligeramente aclaratoria, para no multiplicar en grado exagerado el recurso a las notas explicativas.

1 Formación del Orador Χ 7, 1.
2 PIERRON, en su Histoire de la Litterature Romaine (3.a ed., París, 1863, cap. XXXVII, págs. 531 ss.), lo incluye entre los escritores que él denomina pseudovirgilianos, esto es, aquellos que, después de Séneca y Lucano, pretenden, sin lograrlo, mostrarse como continuadores de Virgilio.
BIBLIOGRAFÍA
EDICIONES Y TRADUCCIONES
E. COURTNEY, P. Papini Stati Siluae, Oxford, Clarendon Pr., 1990.
H. FRÈRE-H. J. IZAAC, Stace, Silves (2 tomos), París, Société d’édition «Les Belles Lettres», 1961.
G. LAGUNA, Estacio, Silvas III, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla (coedición: Madrid, Fundación Pastor de Estudios Clásicos), Salamanca, 1992.
ESTUDIOS: véanse los publicados en el volumen:
H. TEMPORINI-W. HAASE (eds.), Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt, Berlín, New York, Walter De Gruyter, 1986, vol. II 32.5, a saber:
H. CANCIK, «Statius, “Siluae”. Ein Bericht über die Forschung seit Friedrich Vollmer (1898) (Bibliographie unter Mitarbeit von H. J. van Dam)», págs. 2681-2726.
H. J. VAN DAM, «Statius, “Siluae”. Forschungsbericht 1974-1984», págs. 2727-2753.
D. W. T. VESSEY, «Transience Preserved: Style and Theme in Statius “Siluae”», págs. 2754-2802.
LIBRO I
DEDICATORIA
Estacio saluda a su amigo Estela.
He vacilado larga y seriamente, Estela, joven excelente y eminentísimo en esa parcela que has escogido1 dentro de nuestro quehacer poético, antes de coleccionar y editar estas obritas que, frutos de un ardor repentino y de un cierto placer por la improvisación, <brotaron> una a una de mi seno. En efecto, ¿qué <necesidad había de> cargarme asimismo [5] con la responsabilidad de la publicación, si aún temo por la Tebaida, que sigue siendo mía a pesar de haberme dejado? Sin embargo, también leemos el Cúlex2, e incluso admitimos la Batracomaquia3, y no hay ningún poeta ilustre que no haya hecho preceder sus obras por algún escrito de [10] estilo más relajado. Por otra parte, era tarde para retener mis poemas, puesto que, de hecho, ya los teníais en vuestro poder aquellos en cuyo honor han sido escritos. Para los demás lectores, sin embargo, es inevitable que pierdan mucho de su justificación, ya que no conservan el único encanto que tenían, el de la frescura, porque en ninguno de ellos he [15] trabajado más de dos días, y algunos nacieron en uno solo. ¡Cuánto temo que mis versos muestren por sí mismos la verdad de mi aserto!
El primer poema tiene un testigo sagrado, ya que era de rigor comenzar por Júpiter4. Esos cien versos, compuestos a propósito de su colosal estatua ecuestre, se me encargó que [20] los entregara al más indulgente de los emperadores al día siguiente de la dedicación del monumento. «Quizá lo viste antes», podrá decirme alguien. Tú le contestarás, queridísimo Estela, porque sabes que tu epitalamio, por encargo tuyo, lo escribí en dos días; es un atrevimiento, desde luego, si bien [25] consta de trescientos hexámetros5. Ahora bien, alguien puede suponer que tú vas a decir una mentira para dejar en buen lugar a un colega tuyo; pero lo que no admite dudas es que Manilio Vopisco6, hombre lleno de erudición y que, por encima de todo, defiende del olvido las letras, ya en peligro de abandono, suele también gloriarse en mi nombre por la descripción que en un solo día hice de su villa de Tívoli. Viene a continuación una composición dedicada a la convalecencia de Rutilio Gálico7; de ella no digo nada, para que [30] no parezca que aprovecho para mentir la circunstancia de que mi testigo haya muerto. Sí poseo el testimonio de Claudio Etrusco8, que está vivo, y recibió de mí el poemita que dediqué a sus baños mientras esperábamos la cena9. Figuran, por último, las calendas de diciembre, que hallarán crédito sin lugar a dudas, porque canté aquella noche venturosa, sin [35] precedentes en las celebraciones populares, <a medida que se iban desarrollando los festejos>***10.

1
LA COLOSAL ESTATUA ECUESTRE DEL EMPERADOR DOMICIANO11.
¿Qué mole es ésta, agigantada por el coloso que se alza sobre ella y que domina todo el Foro Latino? ¿Ha llovido del cielo esta obra acabada? ¿O, forjada en las fraguas sicilianas, ha salido esta efigie de las manos cansadas de Estéropes y Brontes12? ¿O fueron, Germánico13, las manos de Palas14 las que para nosotros te plasmaron asiendo las [5] riendas, tal como te han contemplado hace poco el Rin y la mansión fragosa del asombrado dacio15?
Sea que una tradición más venerable se pasme ante el renombre, famoso por los siglos, del caballo de Troya, para el que se amenguaron, con la tala de sus bosques, las sacrosantas [10] cumbres del Díndimo y del Ida16. Pero a éste no habría podido darle acogida Ilión en sus rotas murallas, ni serían capaces de impulsarlo mancebos y doncellas17 en confusa bandada, ni el propio Eneas, ni el poderoso Héctor18. Aquél, por otra parte, era dañino y ocultaba en su seno a los fieros aqueos; a éste lo recomienda la benignidad de su [15] jinete: da gozo contemplar su rostro, que presenta las huellas de la guerra unidas a una plácida expresión de paz.
Y nadie crea que exagero: su belleza y su prestancia corren parejas con su dignidad. No es mayor la altivez con que, tras el combate, lleva a Marte su corcel tracio19, que se [20] enorguellece de su pesada carga y, lanzado al galope, humea a lo largo del río Estrimón20, que acelera su curso, a impulso de su aliento poderoso.
El emplazamiento es digno de la obra. De un lado, frente a ella, abre sus puertas el templo de aquel que, cansado de contiendas, por la ofrenda de su hijo adoptivo, fue el primero en mostrar a nuestros dioses el camino de las alturas21, y ahora comprende por tu semblante cuánto más clemente en las batallas eres tú, que, no proclive a ensañarte frente a la [25] furia bárbara, concedes un tratado a los catos y a los dacios. Si tú hubieras acaudillado sus huestes22, su yerno23 se habría sometido a tus leyes y Catón24 habría abandonado la contienda.
Contemplan tu andadura, a los costados, de un flanco la obra de Julio25 y del otro la elevada basílica del belicoso Paulo26; miran tu espalda tu padre27 y la Concordia con [30] rostro cariñoso.
Y tú, sumida tu cabeza excelsa en los puros cielos, resplandeces por encima de los templos y pareces vigilar si el nuevo Palacio se alza más hermoso desdeñando las llamas28 [35] y si el fuego troyano vela calladamente con su antorcha y si Vesta ya aprueba, tras su juicio, a sus sacerdotisas29.
Tu diestra se opone a las contiendas; no doblega tu siniestra el peso de la virgen Tritonia30, que ostenta la cabeza cortada de Medusa31; la diosa parece espolear a tu caballo; en parte alguna podría escoger sede más grata: ni siquiera si [40] fueras tú, oh padre de los dioses, quien la sustentara.
Tu pecho, que podría acabar con todos los cuidados del mundo, ha agotado por entero las minas de Témese32. De tus hombros pende la clámide. Tu costado se encuentra guarnecido con tu espada envainada; envainada, aunque su punta es tan temible como la del gigantesco Orión33, que amenaza a las noches de invierno y espanta a las estrellas. [45]
Y tu corcel, que copia el porte y el nervio de un caballo viviente, alza con altivez su testa y muestra el deseo de galopar; en su cuello gallardo se yerguen las crines; se trasluce en sus miembros el ímpetu vivaz y sus amplios ijares se muestran dignos de tus espuelas. En vez del césped de una tierra inane, su pezuña de bronce huella las ondas del Rin [50] sometido. Su presencia habría espantado a Arión, el caballo de Adrasto34 y al contemplarlo desde su templo cercano se atemoriza Cílaro, el palafrén del hijo de Leda35. Fiel a tu freno, nunca obedecerá a las riendas de otro amo: siempre estará sujeto a un mismo astro. [55]
El suelo apenas puede sostenerte y jadea a tus plantas la tierra al ser hollada por tal mole. No es el hierro ni el bronce: es tu genio el que fatiga el suelo, y lo fatigaría aun cuando fuera un pedestal eterno el que te sustentara, soportando las cumbres de una montaña alzada sobre él, o resistiendo la fuerza abrumadora de las rodillas de Atlante, [60] portador del cielo.
Y no ha sido largo el empeño. El propio dios36 presente en su hermosura, ha dado impulso a la obra y los jóvenes, consagrados al trabajo, se sorprendían al ver cómo se multiplicaban sus manos. A su impulso, resonaba la grúa gigantesca; el estrépito se extendía sin cesar por las siete colinas de Marte37 dominando los rumores confusos de la populosa [65] Roma.
El propio guardián de aquel paraje, cuyo nombre inmortal38 perpetúan el sagrado abismo y el lago famoso, al oír el infinito resonar del bronce y el mugido del Foro al golpe vigoroso, vuelve su rostro, áspero por la pátina sacra, y [70] ceñidas sus sienes venerables de follaje de encina bien ganado. Al pronto, se espantó ante la planta gigantesca y el refulgente brillo de tu caballo, más corpulento que el suyo, y, estremecido, sumergió en el lago por tres veces su cuello altivo; luego, dichoso ante la visión del jinete, proclamó: «salud, hijo y padre de poderosos dioses39. Desde hace tiempo tenía noticia de tu divinidad: ahora es bienaventurado mi lago, [75] ahora es venerable, pues me ha sido dado conocerte de cerca y contemplar, desde mi sede próxima, tu inmortal resplandor. Yo procuré y hallé por una sola vez la salvación de los hijos de Rómulo. Tú dominas las gestas de Júpiter, tú las guerras renanas, tú los impíos conflictos civiles, tú, en prolongada lucha, dominas la montaña reacia a los tratados40. Si tú [80] hubieras vivido en nuestros tiempos, mientras yo vacilaba, habrías intentado sumergirte en la profunda charca, pero la propia Roma habría retenido tu montura».
Atrás el corcel que yergue su estampa en su emplazamiento del Foro Juliano, frente al templo de Dione latina41; el caballo que, dicen, Lisipo, te atreviste a esculpir para honra [85] del héroe de Pela, y que luego sostuvo con testa orgullosa la efigie de César. Sin esforzar los ojos resalta la altura de donde un caballo al otro contempla. ¿Quién sería tan torpe que no confesara al mirarlos que, cuanto difieren los brutos, [90] difieren quienes los gobiernan?
Tal obra no teme al invierno pluvioso, ni al triple haz de rayos de Júpiter, ni a las legiones de vientos que Éolo retiene, ni a la injuria durable del tiempo: seguirá enhiesta mientras duren la tierra y el cielo y la gloria de Roma. Y aquí, al amparo de la noche silente, cuando los dioses de lo alto se complacen en las cosas de la tierra, la turba de los [95] tuyos42, abandonando el cielo, descenderá a abrazarse en torno a ti; y acudirán con ellos a ese abrazo tu hijo y tu hermano y tu padre y tu hermana: tu cuello acogerá a todos los astros43.
Goza por siempre de esta ofrenda que te brindan el pueblo y el egregio senado. Los colores de Apeles habrían [100] deseado retratarte; el anciano ateniense44 habría aspirado a levantar tu efigie, a ésta semejante, en un nuevo templo de Júpiter Eleo; la plácida Tarento habría preferido tu semblante45 y la indomable Rodas, menospreciando a Febo46, habría preferido tu mirada que imita el fulgor de los astros.
Así ames, fiel, la tierra, y habites en los templos que te [105] hemos consagrado; no te dejes ganar por la estancia celeste y contempla, dichoso, cómo ofrendan tus nietos el incienso ante este monumento.
2
EPITALAMIO EN HONOR DE ESTELA Y VIOLENTILA47
¿Por qué han resonado los montes del Lacio con un canto sacro? ¿Para quién, Peán48, pulsas un plectro nuevo y el marfil armonioso suspendes de tu hombro, en que tu cabellera se derrama? He aquí que las Musas abandonan el Helicón canoro49 y agitan en sus nueve antorchas la llama ritual del himeneo, trayendo de sus fuentes de Pieria50 la linfa [5] rumorosa. Entre ellas, la Elegía51 se aproxima, impulsiva, con mayor altivez que de costumbre, dando prisa a las Musas, marchando de una a otra para afianzar sus pasos, e intenta aparecer como la décima, y confundida entre las nueve hermanas, las engaña. La madre de Eneas52, en persona, [10] ha traído de la mano a la desposada, que abate sus pupilas y enrojece con dulce candidez. Y es ella quien prepara el tálamo y las sagradas ceremonias y, ocultando su divinidad en medio del cortejo de mortales del Lacio, atenúa el esplendor de su cabello, de su faz, de sus mejillas, en su deseo de [15] mostrarse menos bella que la recién casada.
Ya sé qué día es éste y cuál es el motivo de tal celebración: es a ti —abre las puertas—, es a ti, Estela, a quien canta ese coro; es a ti a quien aportan sus guirnaldas Febo y Euhan53 y la deidad alada de la Arcadia, que llega de las sombras del monte Ménalo54.
El tierno Amor y la Gracia no cesan de derramar sobre [20] ti flores sin número y una nube de aromas cuando abrazas los níveos miembros de tu esposa ansiada. Tú en tu frente recibes las rosas o los lirios que se entretejen con las violetas y proteges la faz como la nieve de tu dueña.
Llegaba, pues, el día, señalado por el blanco vellón de las [25] Parcas, en que debía proclamarse el canto de himeneo en favor de Estela y Violentila. Queden atrás cuidados y temores; que callen las malicias insidiosas de un poema mendaz, y tú, murmuración, guarda silencio55. Se ha sometido a la ley, admitió el freno la licencia amorosa. Se ha terminado ya el rumor del vulgo: los besos tanto tiempo criticados han [30] salido a la luz. Sin embargo, ofuscado, aunque se te ha brindado la ventura de una noche tan bella, aún vacilas entre el deseo y el temor ante una recompensa que se te ha concedido por el favor divino. Depón, dulce poeta, tus suspiros. Olvídalos: es tuya. Puedes ir y venir por su puerta, expuesto a las miradas, con paso no furtivo: ya no habrá portero, ni ley, ni pudor que te lo impida. Sáciate al fin del [35] del ansiado abrazo —¡es tuya!— al tiempo que recuerdas tus noches de tormento.
Sería, sin duda, digna recompensa, aunque Juno te impusiera los trabajos de Hércules, aunque el destino te obligara a competir con los monstruos estigios, aunque te vieras arrastrado en medio de las mareas entre las islas Ciáneas56. [40] Por ella valdría la pena correr, tembloroso, bajo las condiciones dictadas en Pisa, escuchando a la espalda los aullidos de Enómao57. Ni siquiera obtendrías dádiva semejante aun cuando, pastor temerario, asentaras tu sede en el Ida dardanio58, ni si la bienhechora Titonia59 hubiera deseado arrebatarte, para llevarte por los aires en su biga. [45]
Pero ¿cuál es la causa que ha traído esta unión, inesperado gozo del poeta? Dímelo aquí conmigo, dulce Érato60, mientras las puertas y el atrio hierven de gentío y mientras tantos fasces61 golpean el umbral. Estoy dispuesto a suscitar tan [50] oportuna charla, y esta docta morada sabe escuchar.
Una vez, donde se extienden las regiones lácteas del sereno cielo, la bienhechora Venus, cuando la noche acababa de huir, reposaba en su lecho, liberada del abrazo rudo de su amante gético62. Una multitud de Amores se agolpaba en torno a las columnas y a los colchones del lecho de la diosa, pidiéndole instrucciones: ¿qué antorchas debían llevar? ¿qué [55] pechos tenían que traspasar? ¿quería que se ensañaran en la tierra o en las aguas? ¿que implicaran a los dioses? ¿que se atrevieran a atormentar al divino Tonante?
La diosa todavía no había resuelto nada; no abrigaba en su corazón un deseo concreto. Yacía, fatigada, sobre el lecho en que antaño, culpable, se dejó sorprender en el lazo [60] del amante de Lemnos63.
Entonces, uno de los niños de su corte de seres alados, aquel en cuyo rostro resplandecía la luz más viva y cuya presta mano nunca había fallado el blanco de su flecha, la interpeló dulcemente desde la fila con su tierna voz, en tanto sus hermanos, la aljaba al hombro, guardaban silencio: «Sabes, madre —le dijo— cómo mi diestra no cede ante [65] ninguna empresa: todo mortal, toda deidad que me encomendaste, se abrasa. Pero por una vez, permite, oh madre, que nos conmovamos ante las lágrimas, las manos suplicantes, los votos y los ruegos de los hombres, porque no hemos sido forjados de duro acero, sino que somos tu prole.
Hay un joven, nacido de una ilustre familia latina, hijo [70] de antepasados patricios, a quien la Nobleza alzó, jubilosa, y, como un presagio de su donosura, se apresuró a brindarle un sobrenombre tomado de nuestro cielo64. Yo, malicioso, porque a ti te era grato, lo traspasé un día con una lluvia de saetas, dejando vacía mi aljaba. Y aunque muchas matronas [75] de Ausonia65 lo ansiaban con fervor como yerno, lo sujeté, después de vencido, y lo obligué a esperar por luengos años hasta que sucumbiera al yugo de una dueña irresistible. En cuanto a ella, apenas la he tocado —indulgente, porque así lo querías— con el extremo de mi antorcha y con un tiro de arco poco tenso. Soy testigo asombrado, desde entonces, [80] de la llama indomable que reprime el angustiado joven y de la intensidad de mis embates, que soporta noches y días. A nadie, madre, he atormentado nunca con más crudeza; a nadie he traspasado con heridas más incesantes. He visto a Hipómenes66 correr, ansioso, en liza despiadada, y no era [85] tal su palidez al llegar a la meta; he visto también los brazos del joven de Abidos67 cuando rivalizaban con los remos, he aplaudido a sus manos y a menudo le he mostrado mi luz mientras nadaba: era menor su ardor, aunque entibiaba el mar embravecido: tú, joven, has sobrepasado los amores célebres. Yo mismo me he admirado de que hayas resistido [90] en medio de un fuego tan intenso y he afianzado tu constancia y con mis suaves plumas he enjugado el llanto de tus ojos. ¡Cuántas veces se me ha quejado Apolo de que su poeta penara hasta ese extremo! Concédele ya, madre, el tálamo [95] que ansía. Él es nuestro aliado y nuestro fiel portaestandarte; habría podido cantar las hazañas guerreras y las claras acciones de los héroes y los campos surcados por ríos de sangre; pero es a ti a quien consagró su plectro: prefirió señalarse como vate pacífico y entretejer su lauro con nuestro mirto. Así ha cantado las debilidades de los jóvenes y las [100] heridas propias y ajenas. ¡Ah! ¡qué profunda es, madre, su devoción por la diosa de Pafos68! Él ha llorado el funesto destino de nuestra paloma69. Así dijo y, mimoso, se colgó del suave cuello de su madre y acercando sus alas dio calor a su pecho. Ella, prestando oídos a sus fervientes súplicas, [105] respondió: «Es sublime, en verdad, y poco usual entre los hombres —incluso entre los que gozan de mi favor— el afán de este joven amado de las Piérides70. En cuanto a ella, yo, prendada del esplendor sin par de su belleza, pareja con la gloria de sus antepasados y la prez de su estirpe, cuando [110] descendió al mundo la acogí, la protegí en mi seno, y mi mano, hijo mío, no cesó de embellecer su cuello y sus mejillas ni de ungir sus cabellos con aceite de amomo. Ha salido a mi imagen su dulzura. Contempla, aun de lejos, la prestancia de su frente y el tocado de su cabello. Juzga en cuánto aventaja a todas las madres del Lacio, cómo eclipsa [115] a las Ninfas la virginal progenie de Latona71 y cómo yo supero a las Nereidas. Habría sido digna de nacer a mi lado de las azules aguas y de ocupar mi concha72, y si hubiera podido ascender hasta las moradas pobladas de estrellas y penetrar en nuestras estancias, vosotros mismos, Amores, la confundiríais conmigo. Aunque le he concedido con largueza [120] bienes copiosos, en su pecho domina las riquezas. Lamento que los chinos, en su avaricia, exploten solamente unos bosques estrechos73; lamento que escaseen los retoños de Clímene74, que las verdes hermanas no prodiguen sus lágrimas75 y que sean ya pocos los vellones que se tiñen de rojo con el tinte sidonio76, y escasos los cristales que se hielan [125] entre nieves perpetuas77. Para ella he dispuesto que discurran el Hermo y el Tajo78 sobre dorada arena, que aún para su ornato no es bastante; para ella di orden a Glauco y a Proteo y a todas las Nereidas de buscar los collares de la India79. Si tú la hubieras visto, Febo, por los campos tesalios, [130] Dafne80 habría vagado sin peligro. Si se hubiera mostrado en la costa de Naxos junto al lecho de Teseo, incluso Euhan81 habría huido, dejando abandonada a la beldad de Cnosos82. Y si Juno no me hubiera reprimido con sus constantes quejas, Júpiter, señor infiel de las alturas, por ella habría [135] asumido plumas y cuernos y sobre ella se habría derramado en lluvia de oro puro83. Pero será entregada al joven por quien tú abogas, hijo, mi potestad suprema: por mucho que ella niegue, en su tristeza, su voluntad de entrega a un nuevo yugo84, ya he notado que cede y corresponde a la pasión del [140] joven».