Kitabı oku: «El Alfabeto del Silencio», sayfa 5
Jinete y montura
«La tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas,
aunque sea fértil; así es el entendimiento del hombre».
Santa Teresa de Jesús
La mente es una enorme inteligencia abierta más allá del pensamiento, un ámbito ilimitado de vasta sabiduría. Se halla en la raíz de toda idea. Es el ámbito del cual estas surgen y desde donde se pueden regir.
En ella reside el conocimiento original. Tiene acceso directo a la realidad y para ello no necesita del razonamiento, ni de la lógica, ni de la deducción, ni del entendimiento. Alcanza directamente a la totalidad, la comprende, la abarca y la contempla. Simplemente conoce. La realidad solo es accesible por la mente porque solo la realidad tiene contacto con la realidad. La mente es parte del océano y es el océano.
El pensamiento es una pequeña porción de la mente. Su función consiste en penetrar, analizar, indagar. Utiliza como herramientas la deducción, el silogismo, la pesquisa, la especulación10. Al hacerlo entiende aisladamente. La gran realidad es incognoscible por el intelecto, que solo ofrece racionalidad. Lo que Es está más allá de todo lo que pueda ser entendido; no obstante, puede ser experimentado.
La mente es el jinete, el pensamiento, el caballo. El sueño surge cuando el caballo corre desbocado. Entonces se produce una aparente división. Por una parte, queda la consciencia pura, intacta, plena, en contacto con la fuente de donde surge y en la cual reside dueña de total seguridad, plenamente tranquila, dichosa y pacífica. Por otra, el razonamiento corre perdido intentando encontrarse sentido dentro de su propia lógica.
Igual que aquello experimentado cuando se sueña parece real, lo percibido en el entramado del raciocinio cobra apariencia enteramente sólida porque emana del poder de la mente —el pensamiento es parte de ella— cuya capacidad no conoce límites.
Cuando el cimarrón corre enloquecido, el jinete se apea en un lugar permanentemente accesible. Allí permanece sosegado. No utiliza la fuerza para domarlo porque la mente no conoce la fuerza y no la necesita. Aun así, aunque la conociera, utilizarla extremaría la reacción del caballo.
Para despertar es necesario que la montura se serene, reconozca que se ha asilvestrado y deje guiarse voluntariamente. Solo entonces queda en disposición de ser conducida. Mientras, el caballero espera pacientemente. El trance acaba cuando la montura se aquieta y el jinete vuelve a guiarla.
A causa de esta escisión entre mente y pensamiento, entre conocimiento y raciocinio, entre consciente e inconsciente, vivimos entre la Paz y el temor, entre el Amor y el miedo. Cuando el jinete desmonta abandonamos el conocimiento y entramos en la turbación; cuando vuelve a cabalgar nos reencontramos. Ese es el origen de la dicotomía —tensión-reposo, desconsuelo-dicha, odio-afecto— en la cual nos debatimos continuamente.
Una parte de esos pares de opuestos es un artificio altisonante, enervado, escandaloso cuyo sostenimiento demanda atención constante. La otra refleja la realidad de lo que podríamos llamar Espíritu11, donde reside la memoria esencial.
Esto no significa que el pensamiento sea necesariamente pernicioso. Al contrario, cuando se utiliza acertadamente es un utensilio extraordinario. El aparente problema surge cuando se agiganta y obtura la mente. El abuso de la razón oculta el gran reino omnisciente abierto tras ella donde reside la consciencia pura.
Despertar consiste en retomar el contacto con la gran mente rectora, en alinear el pensamiento y la mente consubstancial al Espíritu dejando que lo segundo conduzca a lo primero. Así es posible reencontrar la Paz íntima de la cual emana la plenitud. Despertar consiste, pues, en volver a la Paz a través de la gran mente en calma.
Un freno de mano
Mantén la boca cerrada y empuja la lengua suavemente contra la cara posterior de los dientes incisivos. Si te resulta incómodo, apóyala contra el trozo de encía que hay encima. Si lo prefieres, haz vacío en la boca y mantén la lengua pegada al paladar. En caso de que también te sea difícil, retrae la lengua hacia la glotis y pósala en el suelo de la boca con cuidado de evitar cualquier tensión. Elige el método que te sea más cómodo.
…
Deja la lengua en posición normal y entra a propósito en un diálogo interno desatado, cuanto más furioso mejor. Piensa en lo que debiste hacer ayer y olvidaste, en algo apremiante que sucederá más tarde, en cómo solucionar un problema imposible, en un conflicto, en lo malo en ti o en otros o en cualquier otra cosa que te provoque un ruido mental clamoroso. Permanece así un minuto.
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Ahora, mientras sigues inmersa en ese fragor mental, coloca la lengua en una de las cuatro posiciones descritas al principio. Permanece así otro minuto.
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¿Qué has notado?
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Esta es una sencillísima herramienta que puedes utilizar cuando te sientas abrumado por el estruendo, te des cuenta y quieras salir de él. Simplemente bloquea la lengua y reposa, vuelve, descansa.
Notarás que al hacerlo el ritmo respiratorio se ralentiza. Quizá quieras acentuar esa relajación. Si es así, respira profundamente mientras bloqueas la lengua.
Prueba hacer esto tres o cuatro veces al día: justo después de despertarte, a media mañana, por la tarde, antes de dormir… Estas paradas ayudan a atenuar la inercia intelectual descontrolada. Con algo de práctica acaso notes cómo su intensidad media durante el día disminuye mientras tu Paz aumenta. No es posible recalcar suficientemente los beneficios asociados.
También es aconsejable realizar esta práctica al comenzar un periodo de meditación o al inicio de cada ejercicio propuesto en este libro.
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Percepción frente a conocimiento
El proceso de percepción se realiza de afuera hacia adentro. Consiste en captar con los sentidos y luego procesar la información que ofrecen utilizando una porción mínima de la mente llamada pensamiento. El proceso del conocimiento es el inverso: consiste en primero mirar dentro certeramente y luego dirigirse hacia lo que llamamos exterior.
La comprensión —la vivencia producida al trascender las barreras perceptivas e intelectuales— se produce cuando se accede al interior sin alterarlo, sin realizar modificación alguna, presenciándolo, dejándolo Ser; así se extiende por sí solo con dicha y sin esfuerzo encontrando evidente la unión con todo lo demás. Por el contrario, la percepción —la distorsión de lo que Es— se origina al dar por válida la fragmentación percibida por la criba del raciocinio y de los sentidos.
Uno de los pasatiempos predilectos de la razón cuando está ofuscada es concebir cualquier experiencia a partir de ideas preconcebidas por ella misma. La realidad no necesita explicación para ser como Es. Aun así, la manipulamos a menudo aviniéndola a nuestra propia horma. Al tratarse este de un rodar continuo, las ideas barajadas por el intelecto son desintegradas, revueltas, desvirtuadas y luego recompuestas. Este es el mecanismo utilizado por el ego para aislarse, reafirmarse, y sustituirte12.
Un proceso semejante transforma el mundo en función de lo que se piensa: así es como se empieza a ver todo a través del opaco cristal del intelecto exagerado. Cualquier razonamiento urdido por el pensamiento incontenido se inclina a interpretar el entorno en función de falsas convicciones. De esta manera, el mundo externo comienza a percibirse como un reflejo del revolver interno.
La creación se manifiesta exactamente al contrario: cuando se advierte que lo externo es causa de lo interno, que no hay nada fuera de ti. Tu entorno, tus amistades, tus actividades, tus actitudes y todo lo demás aparecen en tu propio escenario tal y como lo concibes. Fíjate: cuando tu estado de partida es calmo, acogedor y consciente, lo que percibes alrededor comparte esa misma naturaleza. Si por el contrario es tenso, conflictivo y complicado, todo lo demás será exactamente igual para ti. Quien concibe miedo experimenta miedo. Quien concibe Amor experimenta Amor. Mas solo en este segundo caso reconoce su propio rostro en todas las cosas, y en ellas a su semejante.
Cuando el pensamiento se desliga de la voluntad de pensar se experimenta un entorno dominado por el miedo. Cuando está ligado a ella se conoce un entorno regido por el Amor. Solo uno de los dos es cierto. Una vez te percatas de ello, es decisión tuya abrazar uno u otro.
Esta es una proposición contraria al dictado de la percepción y al reino de los sentidos. Afirmar que todo aquello percibido con la tensión o el temor que generalmente produce el ruido mental es falso, y que solo lo captado con la seguridad y el sosiego de la gran mente es real puede ser difícil de aceptar. Aunque quizá sea algo que ya reconoces en tu propia experiencia. Si es así, no hace falta más. Si no es tu caso y quieres, te invito a que no rechaces esta posibilidad hasta darte la oportunidad de comprobar o rechazar su veracidad por ti misma a través de las meditaciones que siguen.
Extender o proyectar
Cierra los ojos, bloquea la lengua nuevamente y centra la atención en tu interior. En esta práctica, como en todas, es importante alcanzar un buen grado de interiorización.
Permanece así tres o cuatro minutos.
Luego ábrelos y mira con detenimiento a tu alrededor.
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Es posible que dentro de ti, a ojos cerrados, hayas encontrado un gran espacio calmo lleno de algo inmediatamente reconocible llamado Paz. En caso de que hayas reconocido esa Paz como algo propio y unido indisolublemente a ti, estarás de acuerdo en que has alcanzado tu núcleo.
Quizá al abrirlos has observado cómo lo que te rodea se encuentra penetrado por lo que acabas de experimentar.
Si ha sucedido así es porque has reconocido alrededor tu realidad interior.
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Es también probable que no hayas encontrado ese espacio. Hay tres posibles motivos para ello. Uno es que en esta ocasión el diálogo interno indeseado no haya remitido, que hayas permanecido atrapado en su malla y que su fragor te haya embarcado en un viaje vertiginoso. En ese viaje habrás creído encontrar desde inseguridad, hasta culpa, rabia, preocupación, rencor, extravío o cualquier otro derivado del miedo. Al abrir los ojos hacia el aparente exterior se habrá proyectado un escenario idéntico al recién percibido internamente.
Si ha sido así, prueba diferentes posiciones de la lengua, cambios sutiles en su colocación dentro de las cuatro posiciones sugeridas más arriba. A la vez respira profundamente. Mira si ahora distingues un seno interior común a ti y a mí.
Otro motivo probable es que efectivamente te hayas aproximado a la serenidad sin permanecer en ella lo suficiente como para detener totalmente la inercia del pensamiento.
En este caso, lo único que has de hacer la próxima vez es perseverar, reforzar tu voluntad de permanecer en la calma, reposar un poco más.
También puede que no hayas notado nada, tal vez porque el hastío provocado por el diálogo interno te haya hecho insensible a la calma y al interiorizar no la hayas reconocido. Entonces este te habrá parecido un ejercicio vano.
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La captación del mundo derivada de estos dos últimos estados surge de una confusión esencial sobre nuestra propia naturaleza.
La diferencia entre extender realidad y proyectar ilusión radica en el estado de la mente al mirar. La mente es capaz de acceder al interior cuando no está velada. Entonces el interior se extiende alrededor a través de ella. Cuando se interpone el razonar bullicioso, desgobernado, este obstruye el acceso a la mente, el interior no es visible y el raciocinio ve una proyección de sí mismo.
Recuerda el cristal quebrado. En el primer caso estamos viendo a través de un vidrio intacto, cristalino, prístino. En el segundo estamos anteponiendo un prisma desfigurado, turbio, rayado.
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Corrobora o rebate si en tu experiencia sucede esto mismo: el mundo aparece ante ti según tu estado interior. Podemos crear realidad o fabricar ilusión: cuando en nuestro interior hallamos miedo, resentimiento o culpa, nos estamos percibiendo erróneamente.
¿Cómo saber que esto es cierto? Porque si lo que quieres es bienestar, algún pensamiento te está separando de aquello que añoras, o dicho de otra manera, te está alejando de ti mismo.
Al alejarnos de nosotros mismos nos alejamos de todo lo demás y como consecuencia captamos una visión ilusoria de lo que nos rodea, manufacturamos un entorno ficticio.
Cuando en nuestro interior encontramos luz, nos estamos viendo acertadamente. Entonces tal visión se extiende alrededor contribuyendo a la expansión de la realidad intrínseca. ¿Por qué nos estamos viendo correctamente en este caso? Dime si cuando hallas Paz o Amor en ti no acabas de encontrar lo que más ansías, lo que más valoras, tu bien más preciado, a ti misma. Y dime si no sufres cuando lo extravías.
…
Cuando dentro de mí encuentro un inmenso remanso pacífico, una sensación plena de Unión, una inconmovible seguridad y plena dicha, he accedido a la realidad en mí. Al experimentar el mundo desde ese estado, atestiguo un mundo real, porque solo desde la realidad se puede captar la realidad. Si accedo a la profundidad del océano en mí, puedo ver la profundidad del océano frente a mí; desde aquí se alcanza el saber de que ambas profundidades son la misma. Se rompe la división entre dentro y fuera, haciéndose obvio que ambas esferas coinciden y entre sí se ensanchan.
Por el contrario, en cada ocasión en la que en mi interior encuentro miedo, inseguridad, rencor, culpa u odio, al mirar fuera experimento irrealidad. ¿Por qué? Porque parto de un error sobre mí mismo. Si percibo mi superficie como tormentosa, pensaré que la totalidad es tormentosa. No obstante, si me adentrara más allá descubriendo la calma que hay en el fondo y desde allí mirara la superficie, la reconocería como una capa infinitesimal dotada de un significado diferente. Entonces dejaría de llamar océano a la superficie y vería realidad tanto en el aparente dentro como en el aparente fuera.
En resumen, se puede decir que la realidad no es accesible por los sentidos ni por el intelecto. Al ser ambos limitados, únicamente tienen acceso a lo limitado. La realidad ilimitada es solo alcanzable por lo que podemos llamar la gran mente, que por carecer de fronteras tiene acceso a la totalidad.
Si al mirar la ola lo haces de fuera hacia dentro, percibirás algo acotado. Si lo haces de dentro hacia fuera, presenciarás algo inabarcable. ¿Por qué? Porque solo la inmensidad puede comprender la inmensidad. La infinitud que hay en ti comprenderá la infinitud del océano. Cuando accedes a la profundidad en ti, accedes a la profundidad en todo.
Darse cuenta de que un primer paso hacia el conocimiento consiste en descubrir realidad dentro para luego hallarla fuera es vital en el proceso del despertar13. La paradójica consecuencia natural está en percatarse de que no existe división entre interior y exterior, que ambos recintos son el mismo. En esto estriba la diferencia entre advertir Unión o inventar separación, entre percibir y conocer, entre coexistir con la realidad contribuyendo a desplegarla o urdir sueños.
Otros despertares
Existen otras maneras de despertar. En una de ellas, por lo general, después de un periodo de intenso sufrimiento, el soñador decide abandonar el sueño sin pasar por la etapa lúcida y despierta repentinamente. Esto puede parecer asunto de místicos, santos, bodhisattvas o maestros ascendidos y así es, pero también de seres cotidianos con los que nos cruzamos rara vez sin que reparemos en ellos; personas de sonrisa indeleble, poseedoras de cierto brillo en los ojos, de una frente despejada desprovista de preocupaciones y que parecen decir: «a qué esperas para darte cuenta y salir del malestar que te has provocado».
Pero también existe un camino sin dolor. No hace falta sufrir para despertar. ¡No esperes a que el desconsuelo decida por ti! Esta es una manera aun extremadamente inusual, aunque muy posible, de volver a la vida. La han experimentado personas que un buen día se han levantado, se han mirado a sí mismas, a un semejante o a un objeto aparentemente baladí y se han dado cuenta. ¿De qué? De todo.
Ese despertar consiste en recordar por inspiración. Es una vía que, como cualquier otra, no se puede emprender en solitario. Es necesario apelar a un guía, a un consejero. A un tutor que tienes mucho más cerca de lo que te imaginas14. Por favor, invócalo antes de sentirte perdido, o hazlo inmediatamente si ya te sientes así.
La noble y prescindible función del dolor
El sufrimiento ha sido hasta ahora el detonante más frecuente para despertar de las ilusiones. Ello no implica que sea deseable, ni necesario, ni mucho menos imprescindible, ni que se recomiende buscarlo para salir del sueño, ni que quien se lo inocula o lo espolea en otros no esté contribuyendo al caos del mundo sin pretenderlo.
El dolor no cura, solo produce más dolor y más ilusión. Hasta que se hace insoportable e impulsa al doliente a despertar. Quienes comienzan a ver, por lo general previamente pasan por un periodo oscuro. Cuando la confusión fabricada por el pensamiento circular se hace insoportable, el sufriente resuelve encontrar una vía de salida y no cesa hasta encontrarla.
Paradójicamente el sueño cuenta con un mecanismo autodestructivo instalado en su interior: cuando el dolor activa la determinación a renunciar a él, comienza el camino de vuelta, un camino diferente y adaptado a cada Ser. Por eso el sufrir cumple una noble, aunque muy prescindible función: empujar hacia la lucidez.
Cada vez que sufras, agradece tu dolor y descubre hacia dónde te guía, pero al mismo tiempo recuerda que no es necesario. Esas punzadas son evitables. No hace falta esperar a su aparición para despertar. Pueden ser utilizadas como alarmas una vez que rechinan, mas, por favor, no esperes a su aparición. Si lo haces antes, te ahorrarás a ti y a quienes te rodean una enorme cantidad de dolor innecesario.
He aquí una manera de comenzar a despertar sin dolor.
Deshilar la madeja
En los próximos minutos se contiene todo el tiempo. Si quieres, inviértelos en esta contemplación.
Vuelve a cerrar los ojos, bloquea la lengua y respira hondamente. Esta puede ser una excelente manera de profundizar con rapidez.
Visualiza una pared frente a ti. En esa pared hay un agujero. Detrás de él está tu pensamiento. Mira al orificio y espera a que por él salga la primera idea.
…
Cuando asome, contémplala en caso de que se exprese como una imagen, escúchala si viene en palabras o en sonidos, siéntela o tócala si se manifiesta como una sensación o como un objeto. Sobre todo, permanece atento a no dejarte arrastrar por ella. Simplemente déjala ser. Eso se consigue observándola, presenciándola sin evaluar ni opinar, pero por encima de todo sin intentar detenerla.
Luego vuelve a enfocar la atención en la pared hasta que surja otro pensamiento.
Quédate así un par de minutos.
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Quizás hayas notado que el primer pensamiento ha tardado en salir, aunque haya sido solo un instante. La duración no es importante por ahora, lo substancial es algo en apariencia insignificante, pero cuya trascendencia no es posible enfatizar suficientemente: se ha producido una separación entre tú y él.
Por tanto, quizá no seas tu pensamiento.
…
Además, han sucedido cuatro cosas:
Una: has sido capaz de detener por un momento la corriente mental. Si esta vez no has podido mantenerte observante mucho tiempo no te preocupes, lo conseguirás con algo de práctica.
Dos: tal vez hayas notado cómo, al poco de contemplar, el pensamiento se ha disuelto y ha desaparecido. Eso sucede cuando no se lo nutre con energía. Los pensamientos son cúmulos energéticos generados por uno mismo. Cuando se cesa de alimentarlos a través de opiniones, juicios, acuerdos u oposiciones, desaparecen. Sucede como cuando el viento amaina sobre un velero: este sigue avanzando un tanto hasta detenerse. Lo mismo pasa cuando se deja de soplar sobre la vela de la razón.
La tercera es especialmente relevante: durante ese intervalo, el divagar no ha tenido poder sobre ti, lo que hace sentir una enorme sensación de liberación.
Finalmente, la cuarta: desde esa posición tranquila y alerta es posible distinguir aquello que hay más allá. Verás que, con algo de práctica, observando el pensamiento y trascendiéndolo, es posible experimentar algo extraordinario largamente olvidado.
Con práctica ese intervalo crece. Al principio parece no consistir en nada sino en un vacío improductivo. Poco a poco se comienza a notar cómo allí se encuentra el origen de toda idea, de toda emoción, de toda creación. Es el vientre del Mundo: en él se gesta y de él surge. Desde ahí, es posible concebirlo sin filtros. También podrás atestiguar cómo lo que Es aflora. Tal vez, entonces comiences a experimentar de una manera esencialmente diferente.
…
Es fundamental aplicar estos ejercicios en la experiencia cotidiana. He aquí la utilidad inmediata de este: si en tu vuelta al fragor mundano te sientes arrastrado, considera tu propio cavilar. Para ello, visualiza la pared ante la cual se encuentra la cordura. Vuelve a ti.
Luego abre los ojos y mira de nuevo al torbellino. Nota si ha cambiado algo.
…
Actuar sobre el pensamiento produce transformaciones radicales porque es incidir sobre la cepa, sobre el humus de lo percibido. Igual que el sueño de la razón se produce cuando lo que se piensa se desatiende y comienza a ser automático, el despertar surge al atenderlo, al no abandonarse a él notando qué efecto tienen las ideas propias sobre uno mismo. Se trata de abrir un espacio entre tú y ellas, para desde allí desentrañar cuáles te acercan y cuáles te alejan de lo que Eres, cuáles te ayudan y cuáles te frenan, cuáles parten de ti y cuáles de una conjetura sobre ti. Se trata de discernir realidad de invención.
La manera de despertar no es evitar el sueño, sino atravesarlo. El sueño desaparece al verlo como un sueño porque ante la hermosa luz de la consciencia toda ilusión se disuelve. El enorme poder de la consciencia es capaz de utilizar la propia ilusión como medio para despertar.
¿Cómo comprobar que lo que llamamos realidad tiene la naturaleza de un trance? Puedes hacerlo de dos maneras. Pregúntatelo dentro de cien años. Si puedes contestar, aunque nada de lo que conoces ahora permanezca, habrá sido así. Si no puedes hacerlo porque ya nada exista en absoluto, ni siquiera tú, así habrá sido. En caso de que no quieras esperar tanto, vuelve a la consciencia del ahora, elimina lo transitorio y mira qué queda.
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