Kitabı oku: «Buscar el Domingo»

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Hablan de Buscar el Domingo

Mientras lees Buscar el Domingo, no solo sentirás la inspiración de Held Evans, sino también, creo, del Espíritu Santo, a quien sentí muy cercano, a la mano, mientras daba vuelta estas páginas.

Copyright © 2015 by Rachel Held Evans.

Buscar el Domingo

Amar, Dejar y volver a Encontrar la Iglesia
de Rachel Held Evans. 2020, JUANUNO1 Ediciones.

Título de la publicación original: “Searching for Sunday”

This translation published by arrangement with Thomas Nelson, a division of HarperCollins Christian Publishing, Inc.
Esta traducción es publicada por acuerdo con Thomas Nelson, una división de HarperCollins Christian Publishing, Inc.
Spanish Language Translation copyright © 2020 by JuanUno1 Publishing House, LLC.

All Rights Reserved. | Todos los Derechos Reservados.

Published in the United States by JUANUNO1 Ediciones,
an imprint of the JuanUno1 Publishing House, LLC.
Publicado en los Estados Unidos por JUANUNO1 Ediciones,
un sello editorial de JuanUno1 Publishing House, LLC.
www.juanuno1.com

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JUANUNO1 EDICIONES, los logotipos y las terminaciones de los libros, son marcas registradas de JuanUno1 Publishing House, LLC.

Library of Congress Cataloging-in-Publication Data

Name: Evans, Rachel Held, author
Buscar el domingo: amar, dejar y volver a encontrar la iglesia / Rachel Held Evans.
Published: Miami : JUANUNO1 Ediciones, 2020
Identifiers: LCCN 2020949693
LC record available at https://lccn.loc.gov/2020949693
REL012120 RELIGION / Christian Living / Spiritual Growth
REL012040 RELIGION / Christian Living / Inspirational
REL077000 RELIGION / Faith

Paperback ISBN 978-1-951539-44-3

Ebook ISBN 978-1-951539-56-6

Créditos Foto de Rachel Held Evans utilizada en portada:

Maki Garcia Evans

Traducción: Ian Bilucich

Corrector/Editor: Tomás Jara
Diagramación interior: María Gabriela Centurión
Director de Publicaciones: Hernán Dalbes

First Edition | Primera Edición

Miami, FL. USA.

Para Amanda —la pequeña hermana a la que admiro,

y la persona que me da más

esperanzas sobre el futuro de la iglesia.

Y para la comunidad del blog —escribí

cada palabra de este libro para ustedes.

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades… Más que el temor a equivocarnos, mi esperanza es que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa sensación de seguridad, dentro de las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “Denles ustedes de comer”.

—Papa Francisco1

Contenido

Cover
Portada
Hablan de Buscar el Domingo
Portada
Legales
Dedicatoria
Cita
Prefacio por Glennon Doyle Melton
Prólogo: Alba
I. Bautismo
1. Agua
2. Bautismo del creyente
3. Desnuda en Pascua
4. Conejito regordete
5. Suficiente
6. Ríos
II. Confesión
7. Cenizas
8. Voten sí a la uno
9. Ropa sucia
10. Lo que hemos hecho
11. Meet the Press
12. Polvo
III. órdenes Santas
13. Manos
14. La Misión
15. Error épico
16. Pies
IV. Comunión
17. Pan
18. La comida
19. Baile metodista
20. Brazos abiertos
21. Mesa libre
22. Vino
V. Confirmación
23. Soplo
24. Altares al lado del camino
25. Gigante Tembloroso
26. Duda de Oriente
27. Con la ayuda de Dios
28. Viento
VI. Ungir a los enfermos
29. Aceite
30. Sanación
31. Tedio evangélico
32. El asunto del coche fúnebre
33. Perfume
VII. Matrimonio
34. Coronas
35. Misterio
36. Cuerpo
37. Reino

Epílogo: Oscuridad

Agradecimientos

Prefacio

Cuando quiero darme un buen susto, imagino qué le pasaría al mundo si Rachel Held Evans dejara de escribir.

Mientras arraso con las páginas de Buscar el Domingo, me doy cuenta de que estuve esperando toda mi vida por algo así. El Jesús que Rachel ama tanto es el mismo del cual me enamoré hace mucho tiempo, antes de haber dejado que la hipocresía de la iglesia y mi propio corazón lo arruinaran todo. Buscar el Domingo me ayudó a perdonar a la iglesia y a mí misma, y a enamorarme de Dios una vez más. Fue como si, con el tiempo, se hubieran establecido barreras en el camino entre Dios y yo; al leer este libro sentí cómo las palabras de Rachel las eliminaban una por una hasta, al llegar al final, volver a encontrarme cara a cara con Dios.

PROLOGO

ALBA
Diré cómo el sol nació
-en cintas sucesivas -
—Emily Dickinson

El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer escribió que “las horas más tempranas de la mañana le pertenecen a la Iglesia del Cristo resucitado. Al romper la luz, recuerda la mañana en que la muerte y el pecado se postraron derrotados y se le dio una nueva vida y salvación a la humanidad”.2

Esta es una noticia desafortunada para alguien como yo, que apenas puedo recordar quién soy al “romper la luz”, y mucho menos reflexionar sobre las implicaciones teológicas de la resurrección. No soy lo que se dice una persona mañanera y, de hecho, preferiría ser de las que permanecen postradas y derrotadas en horas tan tempranas. La alegría de ver el amanecer sigue siendo para mí solo otro de los regalos inaccesibles del universo, como la aurora boreal y el cabello naturalmente rizado. Sin duda, habría ahuyentado a la pobre María Magdalena con un suave gruñido amortiguado por la almohada si me hubiera pedido que la ayudara a llevar las especias funerarias a la tumba esa fatídica mañana hace dos mil años. Hubiera dormido durante todo el evento principal.

UNO

AGUA
… por la palabra de Dios, existía el cielo y
también la tierra, que surgió del agua y mediante el agua
—2 Pe 3:5

En el principio, el Espíritu de Dios sobrevolaba las aguas.

Las aguas eran oscuras y profundas y, por todas partes, dicen los antiguos, reinaba un mar interminable.

DOS

Bautismo del creyente
Toda el agua tiene una memoria perfecta y siempre
está tratando de volver a donde estaba.
—Toni Morrison

Fui bautizada por mi padre. Su presencia a mi lado en el bautisterio, con el agua hasta la cintura, marcó otra de las ventajas de tener un padre que fue ordenado pero no que no era pastor, capaz de participar en mi vida espiritual sin arruinarla. Déjame decirte que las expectativas hacia una hija de profesor bíblico universitario son mucho más laxas que hacia un hijo de pastor, y principalmente involucran sugerencias gentiles de redirigir algunas de las preguntas que realizaba en la escuela dominical a la única persona en mi vida que sabía hebreo antiguo y que, mientras desayunábamos, podía explicarme exactamente cómo se las había arreglado Dios para crear la luz antes que el sol.

Así que, cuando mi padre me aseguró que no iría al infierno por esperar hasta los trece para bautizarme, le creí casi totalmente a mi padre. Casi totalmente. Sabía que estaba jugando al límite de la “edad de imputabilidad”, el punto en el cual los niños ya no comen gratis en O’Charley’s ni entran al cielo sobre la base de la fidelidad de sus padres, y sabía que algunos cristianos creían que tenías que estar bautizada para ser salva. En una tosca presentación de las realidades del denominacionalismo, un compañero de quinto grado me informó que, aunque le hubiera pedido a Jesús que entrara en mi corazón cuando estaba en el jardín de infantes, necesitaba sellar el trato y bautizarme rápidamente antes de que un accidente automovilístico o una desagradable caída desde un tobogán alto me llevaran directamente con el diablo.

TRES

Desnuda en Pascua
Cuán audaz se vuelve uno cuando está seguro de ser amado.
—Sigmund Freud

A comienzos de los años veinte, arqueólogos que exploraban las ruinas del desierto de DuraEuropos, una antigua ciudad romana limítrofe con la Siria moderna, descubrieron una serie de frescos crudos en las paredes de un hogar romano. Los frescos rodeaban una piscina de baño y representaban muchas escenas distintas: un pastor que llevaba un cordero en sus hombros, una mujer en un pozo, dos figuras que cruzan el mar mientras sus camaradas observan desde un barco, tres mujeres aproximándose a una tumba. Los arqueólogos habían descubierto el bautisterio de lo que queda del edificio iglesia, hasta ahora, más antiguo en el mundo.

Aproximadamente hace dos mil años atrás, una mañana de Pascuas justo antes de que el sol se elevara, la luz parpadeante de la lámpara habría iluminado los dibujos mientras los nuevos conversos al cristianismo se arrodillaban, completamente desnudos, en el agua del bautisterio. Uno por uno, los hombres separados de las mujeres, cada uno afirmaba públicamente los principios de la fe y renunciaba a Satanás y sus demonios antes de ser sumergido tres veces en el agua fría, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
“¿Renuncias a Satanás y a todos sus ángeles, a todas sus obras, a todos sus servicios y a todo su orgullo?”, les preguntan los sacerdotes ortodoxos a los conversos adultos hasta el día de hoy.
“Si, renuncio”, dice el converso.
“¿Te unes a Cristo?”.
“Lo hago”.
“Inclínate ante él”.
“Me inclino ante el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo”.
Luego del bautismo, a los conversos se les daban túnicas blancas para significar su nueva vida en Cristo y se los ungía con aceite, marcándolos como miembros del sacerdocio real. Luego, se unían a sus compañeros creyentes para celebrar la comida eucarística por primera vez. El proceso se repetía cada año, luego de varios días de ayuno en la culminación de la solemne vigilia de Pascua.10
En estos días, la mayoría de las iglesias no comienzan el domingo de resurrección con un montón de personas mojadas y desnudas renunciando a Satán y a sus demonios a las seis de la mañana. Este enfoque atraería a muchos menos visitantes que las elaboradas obras de teatro o las búsquedas de huevos de Pascua que prometen premios en efectivo. Sin embargo, a nivel histórico, la vida cristiana empezaba con el reconocimiento público de las dos realidades incómodas —maldad y muerte— y, con el bautismo, el cristiano hace la audaz afirmación de que ninguna de los dos tiene la última palabra.
Ahora, cada vez que leo una nota sobre exorcismos de demonios, me siento tan incómoda como un conductor de Honda que escucha la NPR,1 lee en el New York Times y es progresista. Cuando me topo con esos relatos en el Nuevo Testamento, me inclino a tomar un abordaje sofisticado y asumo que las personas a las que se les sacaron los demonios eran sanadas de enfermedades mentales, epilepsia o algo así (lo cual, cuando lo piensas, solo requiere intercambiar una historia altamente inverosímil por otra). Pero, últimamente, me he estado preguntando si esto deja algo importante afuera, algo verdadero sobre la forma y naturaleza del mal, lo cual, como lo expresa Alexander Schmemann, no es meramente ausencia del bien, sino “la presencia del poder oscuro e irracional”.11
Desde luego, nuestros pecados —odio, miedo, avaricia, celos, lujuria, materialismo, orgullo— a veces pueden tomar formas tan distintas en nuestras vidas que los reconocemos de forma grotesca en los rostros de las gárgolas que guardan las puertas de la catedral. Y estos pecados se unen a un coro —quizás, hasta podrías decir a una legión— de voces atrapadas en una batalla sin fin contra Dios para reclamar nuestra identidad, para convencernos de que les pertenecemos, que tienen derecho a nombrarnos. Donde Dios llama amada a la persona bautizada, los demonios la llaman adicta, puta, pecadora, fallada, gorda, insignificante, farsante, fracasada. Donde Dios la llama su hija, los demonios la atraen con ser rica, poderosa, bonita, importante, religiosa, estimada, exitosa, correcta. No es ninguna coincidencia que cuando Satán tentó a Jesús luego de su bautismo, empezó sus conjuros diciendo “Si eres el Hijo de Dios…”. Todos anhelamos que alguien nos diga quienes somos. La gran lucha de la vida cristiana es apropiarnos del nombre que Dios nos dio, creer que somos amados y creer que eso es suficiente.
Ya sea que provenga desde adentro o afuera nuestro, ya sea que representen distintas personalidades o pecados y sistemas que compiten por nuestra lealtad, los demonios son tan reales como las identidades competidoras que buscan poseernos. Pero, más que expulsarlos de nuestras iglesias, tendemos a invitarlos. Una vez allí, nos dicen que seremos hijos de Dios cuando

 venzamos la adicción.

 firmemos las declaraciones doctrinales.

 ayudemos con el ministerio de niños.

 hagamos las cosas bien y nos organicemos.

 diezmemos.

 cumplamos las reglas.

 creamos sin dudar.

 estemos casados.

 seamos heterosexuales.

 seamos religiosos.

 seamos buenos.

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94 s. 8 illüstrasyon
ISBN:
9781951539566
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